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Etiqueta: Recursos energía y medio ambiente

Catástrofes y anticapitalismo

Las catástrofes naturales suponen tres enfoques diferentes para los medios de comunicación. El primero, esencialmente emocional, nos muestra la desgracia en sus términos más patéticos. Los heridos, los muertos, los desterrados y hambrientos desfilan delante de nosotros, en una especie de rutina inevitable. El segundo apela a nuestro bolsillo en forma de oleada de solidaridad supuestamente espontánea. ONG’s y organismos gubernamentales nos solicitan dinero para que, en teoría, los afectados sean menos desgraciados. Las cuentas corrientes, los mensajes SMS y otros medios de recaudar dinero se multiplican como hongos después de que la naturaleza muestre su lado menos amable. El tercer enfoque, quizá menos evidente, pero de efectos mucho más persistentes, es que las catástrofes se han convertido por sistema en una excusa aceptable y aceptada para atacar a Occidente y al sistema de libre mercado, a los que directa o indirectamente se culpa de la desgracia de los perjudicados.

Cuando el huracán Katrina asoló la norteamericana ciudad de Nueva Orleáns, los medios, además de mostrarnos las desgracias de sus habitantes, atacaron sin piedad a la administración de George W. Bush, no sin razón, y en general a la sociedad americana, pero sobre todo no dudaron en culpar al capitalismo de la situación sin tener en cuenta que la Agencia Federal para la Gestión de Emergencias, la encargada de "solucionar" el entuerto, fuera de naturaleza estatal o que los diques que terminaron rompiéndose fueran propiedad de la Administración. El caso de Nueva Orleáns fue un chollo para los medios de comunicación, un chollo siniestro si tenemos en cuenta que miles de personas perdieron vidas y propiedades para que los redactores y los jefes destilaran su veneno progresista.

La hipocresía se hace evidente cuando los afectados por las catástrofes tienen la "suerte" de vivir en un país de régimen liberticida. No importa si este es un régimen socialista o una dura dictadura militar desde hace seis décadas o un país, eterno aspirante a potencia económica mundial, que con un poco de maquillaje político y diplomático ha conseguido deslumbrar a miles de millones de incautos, pese a seguir siendo uno de los peores opresores del planeta. Myanmar (antes Birmania) y China, China y Myanmar se han visto afectadas por dos de las peores catástrofes de este año. Cientos de miles de personas han muerto y millones han perdido todo o casi todo, pero nadie ha puesto en duda la naturaleza de sus sistemas políticos o que sean responsables de gran parte las desgracias de los afectados durante y después de las desastres. Apenas algunas noticias despistadas, no vaya a ser que se arruinen las poltronas de unos o las olimpiadas de agosto de los otros.

El caso birmano puede que sea el más sangrante. Las autoridades, temerosas de que los efectos de una catástrofe puedan suponer la caída del régimen, no sólo han maquillado el número de muertos y afectados (78.000 han terminado por a reconocer mientras que la ONU y las ONG’s hablan de una cifra que supera los 130.000 muertos y unos 2,5 millones de afectados), sino que se han negado en redondo a que entre ayuda internacional en el país, hasta el punto de que se han repartido imágenes de camiones que distribuían comida y pertrechos entre los afectados tirándolos desde los vehículos en marcha, al no tener permiso para parar y realizan un reparto más adecuado. Si a los medios de comunicaciones les moviera más los principios que la propaganda, los especiales denunciando al régimen y sus acciones, desde luego en comparativa con el caso estadounidense, hubieran sido legión. Mientras militares y ONU, incluyendo a la líder opositora birmana Ban Ki-moon, llevan semanas negociando cómo y cuánta ayuda va a llegar, miles de birmanos sufren no sólo la ausencia de ayuda, sino la imposibilidad de que los propios afectados se puedan organizar para sacar adelante una situación muy difícil porque la bota militar ha sabido hacer muy bien su trabajo.

Precisamente Ban Ki-moon ha puesto como ejemplo de eficacia al Gobierno chino, que en los últimos días hace frente a un seísmo que de momento y oficialmente ha dejado 62.664 muertos, 358.816 heridos y 23.775 desaparecidos, además de un número de afectados que cifran en 11 millones. China, a diferencia de sus vecinos birmanos, no corría el peligro de que su régimen se tambaleara en unas elecciones evidentemente amañadas, pero con la incertidumbre del efecto del tifón. Sin embargo, sí que debe hacer frente a una campaña de imagen de cara a los Juegos Olímpicos de Pekín que ya fue enfangada por los disturbios del Tíbet y la violenta respuesta china. La política de "transparencia" de los chinos parece impecable, cada día se descubre un nuevo superviviente, cada día aparecen más políticos preocupados por los afectados o se solicita ayuda, en un gesto impensable en un régimen de carácter totalitario, poseedor del secreto de la eterna perfección, y todo ello es recogido por las redacciones occidentales con esmero sin que el régimen chino sufra ni siquiera un poco, sin sembrar una pequeña duda de su papel en la desgracia.

De hecho, si hemos de buscar un culpable en esta situación debemos prestar atención a los constructores, porque señores, la China actual, la que ha permitido, en un gesto de generosidad sin precedentes, que parte del sistema capitalista se asiente en sus tierras, ha sabido descubrir quién es sin duda el criminal. Las autoridades chinas han prometido medidas severas contra cualquier responsable de los edificios estatales de mala calidad, después de la denuncia de miles de padres que han visto como sus hijos morían bajo los escombros de edificios estatales de calidad ínfima. Parece que el hecho de que los constructores dependan de la administración china, regional o central, que sea esta la que en teoría debe supervisar sus construcciones, que la corrupción favorecida por el régimen sea habitual, que se haya mostrado incompetente e incapaz, que cualquier parecido de todo ello con un mercado libre es pura y trágica coincidencia, no es relevante. Como en el caso de Nueva Orleáns, pero con mucho más alcance, el Estado es responsable directo de la desgracia de la gente, pero se lava las manos y el agua se la da una prensa occidental que se dice libre, pero que no duda en sacrificar esa libertad a estos dioses totalitarios.

Ni con crisis cumplimos Kyoto

A pesar de que con la excusa de salvarnos de la catástrofe climática tanto el Gobierno del PP como el del PSOE han introducido en nuestra sociedad mecanismos de intervención económica que harían las delicias del socialista más radical, las emisiones de CO2 siguen disparadas. El año pasado fueron un 1,8 por ciento superiores al año anterior y nuestro país ya tiene un desfase de 33 puntos porcentuales con su compromiso de Kyoto. Dicho de otro modo, España emite un 52% más de lo que emitía en 1990 a pesar de que el límite de acuerdo con el protocolo de Kyoto sólo le permite incrementar las emisiones un 15%.

La relación entre crecimiento económico y emisiones de CO2 es tan estrecha que si estuviésemos seguros de que existe un calentamiento peligroso para el ser humano cuya causa son esas emisiones, sólo habría dos modos de evitarlo: transformar nuestro sistema productivo o paralizar su crecimiento. La transformación del sistema productivo puede lograrse con la aceleración del proceso de acumulación de capital, con el establecimiento de deducciones fiscales a las empresas que reduzcan sus emisiones o mediante cambios tecnológicos. El mercado puede aprovechar estas tres fórmulas sin necesidad de coacción.

Sin embargo, el protocolo de Kyoto y el resto de medidas aprobadas por nuestro Gobierno consisten en intentos desesperados por detener el crecimiento económico convirtiendo el mercado en un juego de suma cero o planificando en contra del mercado libre el tipo de factores productivos que van a participar en el proceso de producción al margen de que sean considerados o no los más económicos por empresarios y consumidores.

Este año parece que la situación económica está provocando que las emisiones sean, por ahora, menores. El motivo se encuentra sencillamente en la crisis económica y en el elevadísimo precio del petróleo. Pero según José Santamaría, director de World Watch en España, "esto no es suficiente". Después de todo se nos empieza a dar la razón. Haría falta un colapso total de nuestra economía para poder cumplir con el dichoso protocolo. ¿Alguien está dispuesto a pasar por eso para detener las emisiones de CO2 cuando existen alternativas que no atentan contra el libre mercado y los derechos individuales? ¡Yo no!

Lo que nos enseña Walt Disney sobre Economía

Una de las teorías más populares en los libros de texto de economía que justifican las amplísimas intervenciones estatales es la de los fallos del mercado. Éstos, aunque tradicionalmente se han dividido en tres, se pueden identificar siempre que la realidad económica no coincida con el equívocamente llamado modelo de competencia perfecta; es decir, en la gran mayoría de los casos. ¿Incertidumbre, información imperfecta, monopolios, perturbaciones económicas…? Todo puede caber dentro del gran saco de los fallos del mercado, para justificar mayores intervenciones y llenar el estómago insaciable del estado.

Dentro de este gran saco, la teoría de los bienes públicos sostiene que el sector privado será incapaz de proveernos de aquellos bienes cuyo consumo sea conjunto, es decir, que el hecho de que una persona consuma una unidad adicional de un bien o servicio, no hace disminuir el consumo de otra. Por ejemplo, en el caso del alumbrado de las calles, el que aumente el número de transeúntes que se benefician de la luz, no implica que otros se vean perjudicados. Además, estos bienes también suelen presentar la cualidad de que su consumo no se puede excluir. En el ejemplo, no se puede evitar que un transeúnte concreto, que no haya pagado por el alumbrado, disfrute de él. Por estas razones, se dice que estos bienes deben ser provistos de manera coactiva por las administraciones públicas, ya que los agentes privados no lo harían, debido especialmente al problema del gorrón o free-rider.

Obviando las críticas teóricas que se pueden hacer esta teoría, un caso real bastaría para refutar la afirmación de que resulta imposible que instituciones privadas provean adecuadamente de bienes colectivos. El caso que he escogido, dentro de la infinidad de ejemplos que existen, es el de Walt Disney World (WDW). Es un complejo de ocio del tamaño de San Francisco, situado en Florida, que cuenta con parques temáticos, acuáticos, campos de golf, complejos deportivos, numerosos hoteles y tiendas, así como centros de entretenimiento y restaurantes. Lo más destacable, en relación con los párrafos anteriores, es que el sector público ha participado muy poco en este gran proyecto y ha concedido gran autonomía y libertad (como ciertas exenciones legales y regulatorias) a la compañía de Disney para llevar a cabo sus ideas. ¿Y qué hizo la compañía con esta libertad? ¿Contaminar salvajemente, destruir la fauna y la flora a su antojo, establecer la ley de la selva? Pues no, todo lo contrario, y es que destaca la actitud de respeto al medioambiente y de preservación de los espacios naturales en todo el parque. ¿Y qué hay de los bienes públicos? Los provee la misma compañía: bienes públicos de toda variedad desde las calles y el alumbrado hasta sistemas de recogida de basuras, con una tecnología muy innovadora. Han leído bien, se trata de una gran ciudad o comunidad que demuestra que la provisión privada de bienes colectivos es perfectamente viable.

No obstante, WDW es más que una comunidad privada donde hay numerosos bienes colectivos. Fue una excelente visión empresarial del creador Walt Disney (paradigma del self-made man y muestra de la existencia del American Dream), que como buen empresario, se adelantó al resto y ofreció la posibilidad de satisfacer necesidades que él mismo descubrió, siendo un gran ejemplo del ejercicio de la función empresarial austriaca. Su visión consistió en crear una comunidad utópica, un espacio recreativo en el que imperase la armonía, la felicidad y la diversión.

En resumen, podemos llegar a varias conclusiones. En primer lugar, el caso de Walt Disney World y otros parques de la misma compañía, demuestra lo errado de la conclusión principal de la teoría de los bienes públicos, a saber, que la provisión privada de estos bienes es inviable. Por el contrario, es un caso claro de cómo pueden funcionar comunidades privadas, especialmente en relación a los bienes colectivos. En segundo lugar, también se puede ver cómo en un ambiente de mayor libertad y menores regulaciones, en el que el Estado tiene poco que decir, se fomenta la innovación tecnológica y se protege el medioambiente y las zonas salvajes. Por último, la vida de Walt Disney nos ilustra a un gran empresario, que empezando desde muy abajo, y gracias a su constante esfuerzo, dedicación y perspicacia empresarial, consiguió liderar la empresa de entretenimiento más exitosa del siglo XX.

El precio del agua sin precio

La política ha secuestrado ese bien, como tiende a acaparar todos los aspectos de nuestra vida con el único fin de controlarla, de robarnos el derecho a decidir sobre ella. El agua es como cualquier otro bien y está sometido a la lógica inmanente de las relaciones entre nuestras necesidades y los bienes: aquello de la oferta y la demanda, de los precios y la producción. Y del intervencionismo, claro está, que es por desgracia el estado habitual del elemento.

El agua es muy abundante y convertirla en potable, en apta para nuestro consumo, es realmente barato. La capacidad del mercado de llevar bienes baratos hasta los rincones más recónditos y hasta las sociedades más pobres es conocida. Hay zonas de la América hispana o del África subsahariana donde el agua pública no llega pero sí lo hace la privada, llevada por empresarios con el único objetivo de obtener un beneficio. Se sabe que en pleno Sáhara la Coca Cola llega a sitios donde no lo hace el agua y, allí donde el elemento esencial está presente, es a un mayor precio. Si esto es así, ¿cómo se explica que en una ciudad como Barcelona puedan tener problemas de abastecimiento? Porque, con la excusa de colgar el cartel de “bien esencial” al agua, su gestión ha sido arrebatada a los particulares y reservada por la fuerza a la Administración.

Si el Estado subvenciona los regadíos y la agricultura en general, si hace lo propio con el agua y si, especialmente, marca para ella un precio que no refleja su verdadera escasez, su consumo se dispara. Se utiliza demasiado donde no es necesaria y no llega a donde sí lo es. Otro de los grandes éxitos de la gestión pública.

¿Qué ocurriría si el agua fuese privada y se permitiera su libre intercambio en el mercado? Que las fugas, que actualmente representan el 30 por ciento del consumo (perdido) de agua, serían un coste inasumible para cualquiera y se reducirían drásticamente. Y que su uso se racionalizaría por el propio interés del consumidor, sin necesitad de costosas e ineficaces campañas sobre el uso del agua. Ocurriría, también, que hay zonas donde es muy abundante y sería muy barata y otras donde es muy escasa y sería muy cara. Esa diferencia de precios es una auténtica llamada para cualquier empresario, que estaría deseando construir las infraestructuras necesarias, al menor coste, para comprar agua barata y venderla cara, es decir, para llevarla de donde sobra a donde falta.

No hace falta saber desentrañar las sutilezas de las finanzas para entenderlo. Pero sí es necesario dejar de escuchar las boberías de los políticos.

Al Gore y el carrito del helado

Los técnicos de la cadena norteamericana ABC, sorprendidos por la secuencia de las placas de hielo ártico derrumbándose vistas desde un helicóptero, de gran fuerza dramática, han indagado en el asunto hasta descubrir que se trata de un montaje realizado por ordenador. Casualmente el mismo que aparece al comienzo de la película El día de mañana, cuya responsable de efectos especiales confirma que, en efecto, lo que hizo Al Gore fue utilizar esas imágenes para incluirlas en su película, pero eso sí, sin advertir a la audiencia del fraude. O sea, una cosa de mucho progreso.

No es probable que los miles de calentólogos diplomados por la Al Gore University for the Acohone of the Humankind denuncien al profeta por mentiroso, pues, como en todas las campañas patrocinadas por la izquierda, lo importante no es la honestidad, sino alcanzar el fin deseado a cualquier precio. Y si hay que mentir se miente. En última instancia es por una buena causa, como hacer millonario a Al Gore y su camarilla de histéricos farsantes.

Si los promotores de la histeria climática estuvieran convencidos de que la Tierra se está calentando a un ritmo vertiginoso que pone en riesgo nuestro futuro, no recurrirían a este tipo de manipulaciones groseras. Analizarían los datos, los contrastarían con la realidad, extraerían conclusiones válidas y las expondrían con honradez para tratar de solucionar ese problema. Por el contrario, los calentólogos camuflan sus deseos como hechos científicos, a pesar de que los verdaderos expertos en el clima no estén seguros de que tengamos el Apocalipsis térmico a la vuelta de la esquina.

La secuencia a que nos referimos es la vista desde un helicóptero del derrumbe de una placa de hielo ártico. La voz en off de Al Gore actúa como el complemento necesario para hacer pasar el montaje como una imagen real. Sumen a eso la manipulación de los gráficos de temperatura y CO2 que Gore muestra en la película y las ocho restantes mentiras (como mínimo) reconocidas por el juez inglés que prohibió su exhibición en los colegios públicos británicos salvo que se hiciera constar esa circunstancia, y verán que hay elementos suficientes para sospechar que esto del cambio climático no es más que un invento para forrarse el riñón a costa de la credulidad del prójimo.

Por eso los suecos le dieron el Nobel y nosotros el Príncipe de Asturias. Dada la trayectoria de ambos galardones, jamás se hubiera podido encontrar a alguien más apropiado para recibirlos.

Los gobiernos crearán 100 millones de pobres

La especulación, a diferencia de lo que cree la radio de Prisa, no es una causa en sí misma, sino el efecto, la consecuencia. Uno de estos biocombustibles es el etanol, el cual proviene básicamente del maíz, la soja y caña de azúcar. Estas tres materias primas, según The Economist y a junio del 2007, son las que más han subido. Más incluso que los metales.

Fíjese en estos datos. La cantidad de maíz cultivado para la producción de etanol en Estados Unidos se triplicó desde 2001 a 2006. Estados como Dakota del Sur o Iowa ya dedican el 50% de su producción de maíz al etanol. Este mismo país se ha propuesto multiplicar por doce la producción de biocombustible hasta el 2022, lo que supone un sacrificio de recursos desorbitado. En Brasil, otro gran productor mundial de etanol, la soja ya ocupa un territorio mayor que cualquier otro cultivo, más de un 20% de todo el área empleada en la agricultura, lo que ha causado una deforestación de 21 millones de hectáreas.

China ha pasado de ser un exportador de soja y maíz a ser un importador. ¿Es que la oferta de alimentos no cubre la demanda? No, China es el segundo productor del mundo de alimentos. La economía alimenticia china es totalmente sostenible gracias a la cadena de privatizaciones que ha ido realizando el Gobierno. Lo curioso es que China usa casi el 50% del maíz para uso industrial, es decir, para la fabricación de etanol, sector en el que ocupa una de las primeras posiciones en el mundo. No sólo eso, sino que el Gobierno chino pretende seguir aumentando la producción hasta 2010. Ante estos datos, la conclusión tendría que ser que los biocombustibles son muy rentables. Pues resulta que no, que su producción es muy costosa. ¿Es que empresas, productores y especuladores se han vuelto locos? Si no es rentable, ¿de dónde sale el dinero? De las subvenciones de los gobiernos, que a la vez se nutren de nuestros impuestos.

Uno de los países que más subvenciones otorga a este tipo de energía es Estados Unidos, hasta el punto que hay barcos europeos que cruzan todo el Atlántico cargados de biodiesel para hacer allí una mezcla ecológica, que cumpla los requisitos norteamericanos para subvencionar su exportación, cobrar, volver aquí otra vez, volver a cobrar otra subvención y venderlo después.

Las consecuencias son obvias. Si los gobiernos del mundo se dedican a incentivar la energía ecológica a expensas de los alimentos, la consecuencia inevitable es que el maíz, la soja y la caña de azúcar, como alimentos, aumentarán de precio (porque disminuye su oferta) en toda su estructura productiva ya que éste, está menos subvencionado que el mismo cereal usado para combustible. Esto a la vez crea un mercado irreal, ficticio. Sólo en el año 2007 y en Estados Unidos, la industria del biodiesel desvió 4.000 millones de dólares y más de 20.000 empleos a este sector energético según la National Biodiesel Board. Las subvenciones del Gobierno han alterado el mercado hasta tal punto que es más rentable producir gasolina que alimentos.

Los gobiernos occidentales, con su enorme hipocresía, están matando de hambre a la gente y empobreciéndonos a todos. Encima, lo han nutrido todo con nuestros impuestos, lo que ha permitido hacer ricas a empresas que no sirven a nuestros designios sino a los del Gobierno. Cree como los periodistas de la SER, que tiene sentido esperar que los políticos sean los que arreglen esta calamidad cuando están siendo ellos los causantes.

El espacio vital

Su situación de privilegio y ese amor a la vida que le quemaba le llevaron a conocer a muchas de las personas más relevantes del siglo pasado. Entre ellas topó, en un viaje a la India, con Karl Haushofer. Le arroga, por error, la acuñación del término Lebensraum; “espacio vital”, en nuestro idioma.

Ludwig von Mises comienza su obra sobre el nacional socialismo “Gobierno omnipotente” diciendo que “El elemento esencial del partido Nacional Socialista de los Trabajadores es la conquista del Lebensraum para los alemanes, es decir, a un territorio tan largo y rico en recursos naturales que les permitiese vivir en autosuficiencia con un nivel no menor que el de cualquier otra nación”. Es más, “lo que caracteriza a los Nazis es su especial tipo de nacionalismo, su deseo de un Lebensraum”.

El Lebensraum es axial en el nacional socialismo. Hoy prácticamente nadie diría de sí mismo que es nacional socialista, pero la concepción del “espacio vital” tiene muchos elementos que son dogma de fe para innumerables personas que, por otro lado, y esto es lo sorprendente, tienen de sí misma la imagen de tener ideas avanzadas. Hacia dónde avanzan o retroceden esas ideas es algo que parecen no comprender del todo.

Por un lado está la sobrevaloración de los recursos naturales. Evo Morales, líder racista (indigenista prefieren llamarle algunos) y socialista basa su programa en el control sobre los recursos naturales. No entiende, ni él ni la pléyade de hombres y mujeres “de progreso” que el valor de esos bienes sin transformar es muy poco a no ser que se pongan al servicio de procesos productivos complejos y muy capitalistas, propios de las sociedades libres que sincera y abiertamente desprecian.

Esa atención desmedida por el medio natural no es ajena a que fuera el socialismo alemán el primero en abrazar filosófica y políticamente el ecologismo. Ya en 1933 Alemania aprobó una Ley de Protección de los Animales. Sin desmerecer lo positivo del buen cuidado de los animales, esta actitud hacia la naturaleza, con una cierta idea de subordinación del hombre, encaja bien con la ética nacional socialista.

Pero, volviendo al espacio vital, el problema que intenta resolver, el del abastecimiento de la población, hay un camino indirecto, sutil y maravilloso, que es el alma y el cuerpo de la civilización, y que poco tiene que ver con esa apropiación torpe y brutal del terreno. Se trata, sí, del comercio. La Alemania actual podría no producir un solo gramo de comida y no por ello quedaría hambrienta. Produce muchas otras cosas de enorme valor con las que puede comprar, en el mercado, toda la comida o todos los recursos primarios que necesite.

Ah, pero eso es manchesterismo, al parecer la quintaesencia de todos los males del universo. Así nos fue en el XX.

La sensibilidad del clima

Hace unos días participé en una encuesta telefónica, aparentemente para ayudar a la nueva Endesa a diseñar su imagen corporativa en relación al cambio climático. Al menos buena parte de la batería de preguntas a las que respondí durante quince minutos parecían servir a ese objetivo. Precisamente, la consultora McKinsey publicó en febrero los resultados de una encuesta realizada a más de dos mil ejecutivos de grandes empresas de sectores variopintos, entre ellos el energético, con la intención de saber qué opinaban sobre el tema de marras.

Como era previsible, la principal motivación de estos ejecutivos en lo que a la cruzada por el clima se refiere es la reputación corporativa, aunque no sólo esa, ya que nada menos que un 60% de los entrevistados afirmaron que el cambio climático es bastante o muy importante en el diseño de la estrategia global de su empresa: la ecomanía ha estimulado a las compañías a mejorar su imagen, destacando o destapando una preocupación casi obsesiva por el medio ambiente incluso en sectores con poco o nulo interés crematístico en el asunto. Y es que la sostenibilidad y la lucha contra el cambio climático son ahora activos de la empresa al potenciar su imagen de marca y por lo tanto el valor de su portfolio.

Y eso que desde 2001 las temperaturas globales han mostrado una tendencia bajista que ha pillado por sorpresa al propio IPCC. Una muestra pequeña para afirmar que estamos en el comienzo de un "enfriamiento global" pero al menos suficiente, como señala, Christopher Monckton, para destacar que el presunto calentamiento es más lento de lo que el Panel había previsto.

Más aún, Monckton muestra como el IPCC ha ido corrigiendo hacia la baja el peso del CO2 en sus estimaciones de la "sensibilidad" del clima desde 1995. Esta "sensibilidad" es el cambio de la temperatura superficial debido a la energía que es irradiada de vuelta a la superficie de la Tierra y a la baja tropósfera por el efecto invernadero, cuyo principal causante es el satánico CO2. Sin embargo, pese a que el calentamiento debido directamente al incremento del CO2 se ha estimado hacia la baja, por así decir, la sensibilidad del clima no ha dejado de crecer por el efecto multiplicador de la retroalimentación (feedback) positiva estimada. Concretamente, como dice Monckton, "en 1995, la retroalimentación supuso menos de la mitad de todos los forzamientos [radiativos]; en 2007 más de dos tercios". Lo grave de este asunto, que difícilmente trasciende al público, gerente o no de una gran empresa, es que el informe del IPCC no "llama explícitamente la atención del lector y menos aún justifica la magnitud de de esta ‘inflación de la retroalimentación’."

Más gráfico es Warren Meyer:

Un cínico podría describir las miles de páginas del informe del IPCC como el mago que capta su atención con la mano izquierda para esconder lo que hay en la derecha. Y lo que está escondiendo es que… allí no hay nada. La retroalimentación es el punto sobre el que debería pivotar toda la discusión sobre la drástica reducción del carbono y no hay nada sobre lo que discutir.

Entre tanto seguiremos contestando a las encuestas mientras el mago Gore se saca otro Nobel de la chistera.

A los políticos, ni agua

Hasta el 9-M, el agua no era ningún problema en Cataluña. Ha sido acabar las elecciones y parece que los ciudadanos de Barcelona vayan a morir de sed en días. Ahora sabemos que el propio Gobierno pidió a la Generalitat que ocultase el problema del agua hasta pasadas las elecciones, lo que supone un claro fraude a los electores. Los políticos catalanes montaron hace unos años un jaleo de aúpa por el trasvase del Ebro alegando que crearía problemas medioambientales, de sostenibilidad, abastecimiento, etc. En cambio, ahora dicen que esos problemas no existen en el caso del Segre, que es un afluente del Ebro. Se ve que los problemas medioambientales dependen sólo de quién ostente el Gobierno.

Estos ilustrados políticos han permitido durante años que una fuga en Badalona perdiese, y pierda aún, tanta agua potable al día como para abastecer diariamente a 2.000 personas. No es un fallo nuevo; las autoridades sabían de su existencia ¡desde 1974! Los continuos problemas de falta de agua en Barcelona no son recientes y eso es algo que todo el mundo sabe. Pero ni el Gobierno central ni la Generalitat han hecho nunca nada para solucionarlo. Eso sí, los burócratas catalanes han encontrado conveniente gastarse 1,4 millones de euros, sólo en 2007, en estudios sobre los brujos y brujas (12.000 euros), la almeja brillante (casi 28.000 euros), la colocación de libros en las bibliotecas públicas de Girona (24.000 euros) o la trufa negra.

Mientras el Gobierno catalán se gasta nuestro dinero irresponsablemente, ahora se plantea si hacer el trasvase cambiándole el nombre para que nadie diga que es un trasvase, o si traerá el agua en cisternas, en trenes o a saber cómo. Tal vez se pongan de acuerdo cuando ya no quede ni una gota de agua en la ciudad. Eso sí, hay una medida que todos han encontrado necesaria y de inmediata aplicación: multar hasta con 3.000 euros a esos criminales que llenan sus piscinas y riegan sus plantas. Para tal labor, que conllevará un sustancial ingreso extra a la administración, no han dudado en movilizar a los mossos d’esquadra y policías locales más cualificados. El resto de delitos han pasado a segundo término.

Todo el mundo sostiene que el agua, como producto fungible que no es libre y que nos brinda la naturaleza, ha de tratarse de forma ecológica, sostenible y atendiendo correctamente a su buena distribución y precio. Esto significa que el agua, y el transporte de ésta, son escasos y la economía privada trata de esto precisamente: de la distribución de los bienes escasos, porque si nos sobra un bien o servicio no hace falta economizarlo ni cuidarlo. En 1968 la revista Science publicó un artículo del científico Garrett Hardin titulado La tragedia de los comunes. En el ensayo, Hardin decía que cuando un bien es libre, esto es, no tiene propietario, tiende a desaparecer por la sobreexplotación, por lo que de alguna forma, su producción o distribución ha de ser regulada, ya sea mediante el mercado, el Estado o alguna combinación de estos.

La respuesta estándar en nuestros días es que el Estado tome esta responsabilidad con las consecuencias de siempre y que hemos visto estas semanas. La irresponsabilidad y el oportunismo, así como el castigo hacia los únicos inocentes, los ciudadanos, son las únicas medidas que se aplican. Pocos caen en la cuenta que si un bien escaso se privatiza en su totalidad, las empresas del ramo y sus directivos, trabajadores y accionistas harán todo lo que puedan para que los consumidores, razón última de su existencia, no queden desasistidos. Las empresas no dejan que sus productos se desperdicien durante más de 30 años, ni prohibirían adquirirlo a sus consumidores y menos aún les multarían por usar de forma "incívica" aquello que les ofrecen.

Si el agua, por culpa de la ineptitud de los políticos, se ha convertido en un bien escaso, eso significa que tiene un precio. Hay dos caminos, privatizar todo lo concerniente a ésta y así asegurar su suministro, o seguir como ahora y volver a estar igual o peor año tras año. ¿Cree que los políticos van a renunciar a su negocio del agua?

Un granero para el acabóse

Hoy hemos sabido de una de esas creaciones que sólo son concebibles por el esfuerzo en comandita de centenares de políticos de todos los países y que constituye, en consecuencia, una de las más perfectas, grandiosas y feroces tonterías de la era contemporánea.

Su magnitud es tal que le han tenido que encontrar un nombre a su altura. Bóveda Global de Semillas de Svalbard, le han bautizado, en lugar de Bobada Global, como hubiese sido conveniente. Consiste esta creación de políticos de toda laya en hacer un granero con paquetes sellados y cerrados en herméticas cajas y hundirlo a 130 metros bajo el duro y gélido hielo permanente del Círculo Polar Ártico. Y todo ello, pásmense, ¡para alimentar a la humanidad en caso de catástrofe!

Yo lo puedo ver con total claridad. Una superpoblación incontrolada de políticos pone en peligro a la humanidad entera hasta erradicarla casi por completo de la faz de la Tierra junto con las selvas de entrambos trópicos, los amables campos de Europa, los arrozales de China e India, las feraces áreas regadas por el Nilo y la extensión entre el Tigris y el Éufrates que vio nacer al hombre civilizado. Y, con ellas todas las tierras de las que hemos podido extraer alimento y consuelo.

Desperdigados, abrazados quizás en pequeñas poblaciones nómadas, a cubierto de nuevas razas de políticos, los hombres resistentes al acabóse, los que mallleven aquella vida "solitaria, pobre, brutal y breve" de que hablaba Hobbes, tendrán, al menos, el consuelo de que pueden recurrir al mapa del tesoro y recorrer medio mundo nada menos que hasta el Polo Norte, escarbar 130 metros de hielo, romper las herméticas cajas… y sacar unas cuantas semillas. Ni unas barritas energéticas con que realizar el viaje de vuelta, ni un Red Bull con que dar ánimos al aterido cuerpo. Unas semillas para echarlas al bolsillo, emprender el viaje de vuelta, echarlas a la tierra y esperar unos cuantos meses hasta… hasta comerse los primeros brotes, imagino, si es que para entonces no ha perecido la humanidad toda, víctima del último engaño de la clase política.

Y no crean que soy muy optimista. Porque esa proliferación incontrolada, exponencial, de políticos se está produciendo ya, anegando la vida ciudadana de propuestas estúpidas y dañinas. Quién sabe. Pero espero que a algún que otro empresario se le ocurran ideas mucho más baratas, más realizables, más lógicas y más humanas. Quizá la construcción de una Arcadia en que la única prohibición sea la del acceso a los políticos.