La gaviota del PP se tiñe del temible verde ecologista
De este modo, el PP viene a engrosar las ya abultadas hordas de creyentes en la nueva fe sociopolítica del siglo XXI: el algorianismo. Con dicha estrategia electoral, el PP en nada se diferencia del ecologismo socialista, que, so pretexto de proteger el medioambiente y evitar o prevenir, en la medida de lo posible, el Apocalipsis Climático, apuesta por incrementar sin medida el intervencionismo estatal, en detrimento del desarrollo económico, la libertad individual y la esencia misma del capitalismo.
El programa eco-popular elaborado por el tándem Rajoy-Costa, que tanto ha de agradar a Greenpeace, no deja lugar a dudas: la gaviota del PP, otrora símbolo de la libertad y la esperanza, ha quedado teñida del color verde intenso propio de los afectados por el virus ecolojeta, que está causando estragos entre las clases políticas española y, sobre todo, europea. Sus ejes, recientemente expuestos por la propia elite popular, no dejan lugar a dudas:
– Aprobación de una Ley Integral de Lucha contra el Cambio Climático.
– Reducción de un 20% en las emisiones nacionales de gases de efecto invernadero (GEI) para el año 2020.
– Elaboración de una Ley Básica de Eficiencia Energética para que en 2020 el 20% de la energía provenga de fuentes renovables.
– Aplicación de un Plan de Eficiencia Energética en todos los edificios de la Administración General del Estado (AGE).
– Puesta en marcha de un Programa de Adquisición de Vehículos Ecológicos para que la AGE se dote de automóviles movidos por biocombustibles.
– Creación de un Plan de Renovación Ecológica de Vehículos para incentivar la eliminación de los coches más contaminantes e inseguros.
– Inclusión en las facturas de la gasolina y la electricidad del volumen de las emisiones de CO2 asociadas al consumo.
– Creación de un Fondo para el Patrimonio Natural dotado con 375 millones de euros anules, así como de un ambicioso Programa de Reforestación, por el cual se plantarán 500 millones de árboles, con un coste estimado en cerca de 900 millones de euros, a lo largo de la próxima legislatura.
– Establecimiento del Proyecto Costa Natura para la conservación y recuperación de espacios litorales con valores ambientales.
– Apuesta, cómo no, por la conservación de las "especies emblemáticas" de la fauna ibérica.
Éstas y otras medidas se traducen, en realidad, en una mayor regulación administrativa y burocrática; en más gasto público, presión fiscal, trabas a las empresas; en una subida artificial y arbitraria en la factura de la luz (y en la del agua), tanto para los ciudadanos como para las industrias; y, lo que es aún más grave, en el seguimiento a pie juntillas de la Estrategia contra el Cambio Climático ideada por la Unión Europea y que tanto gusta al presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero. Es decir, en la ejecución de uno de los programas políticos más perversos y perjudiciales para el conjunto de la economía comunitaria desde la implantación del modelo de Estado de Bienestar de los años 60 y 70: el Protocolo de Kioto.
El programa medioambiental del PP es, como se ve, muy coherente con el liberalismo que tanto se vanagloria de pregonar a los cuatro vientos don Mariano…
La nueva legislación comunitaria en materia de cambio climático y energía amenaza de forma directa los fundamentos del desarrollo económico contemporáneo. El comercio de emisiones de CO2 que establece Kioto amenaza con generar unos costes a la industria europea próximo a los 50.000 millones de euros anuales. En la era post-Kioto, paradigma de la eficiencia energética, al decir de sus acérrimos defensores, la factura podría ascender a 120.000 millones de euros anuales, según contempla la propia Comisión Europea. Y eso sin tener en cuenta los terribles efectos colaterales: pérdida de competitividad, proteccionismo comercial, destrucción de empleo, deslocalización masiva, reducción de las exportaciones… Todo un ejemplo de liberalismo económico, vamos…
En España, la Hacienda Ecológica recaudará unos 7.000 millones de euros entre 2008 y 2012, según ponen de manifiesto los últimos estudios sobre la materia, si bien el monto puede llegar a los 16.000 millones allá por el año 2020, de acuerdo con un reciente informe del Ministerio de Industria alemán. Así pues, no será precisamente el planeta, sino el conjunto de la economía nacional, quien padecerá las consecuencias negativas de esta guerra desatada por el lobby ecologista.
Con tales propuestas, el PP no hace ninguna objeción a la Estrategia de Desarrollo Sostenible elaborada por el Gobierno, todo un conjunto de medidas fiscales y regulatorias que debilitarán de forma directa la ya de por sí frágil competitividad del tejido productivo español. Y ello en un momento de incertidumbre e inestabilidad financiera global que, en realidad, anuncia la llegada de una crisis económica en los próximos meses.
Los populares parecen desconocer que el ecologismo nace de las cenizas que dejó el derrumbe del Muro de Berlín y de la utopía comunista, en 1989. Ignoran, o al menos así lo parece, que la enseña de este movimiento radical es verde en su cara visible pero rojo intenso, totalitario, en la invisible. Que, para esta gente, la protección del medioambiente es sólo una excusa.
No es cierto que exista un amplio consenso científico en torno a las teorías catastrofistas del cambio climático, tal y como exponen los medios de comunicación a través de los polémicos informes del Panel Internacional sobre el Cambio Climático de la ONU (IPCC). Frente a lo que preveían los agoreros, el que acabamos de dejar atrás no ha sido el más cálido de los últimos cien años. De hecho, la temperatura media del planeta ha dejado de aumentar desde 1998. Es más, algunos de los centros astronómicos más prestigiosos del planeta, como el de Púlkovo (Rusia), y más recientemente la NASA (EEUU), advierten del advenimiento de una nueva era glaciar para mediados del presente siglo. Además, y por mucho que se empeñen los ecologistas y sus Gobiernos afines, el cumplimiento íntegro de Kioto apenas lograría retrasar en cuatro o cinco años la subida de cuatro grados centígrados que auguran los modelos econométricos empleados por la ONU.
El coste económico de las medidas propuestas por el Gobierno socialista, y ahora también por el PP, puede ser ciertamente dañino para el crecimiento y el desarrollo del país. De existir el calentamiento global, puede combatirse de muchas formas acordes con el libre mercado; por ejemplo, impulsando las nuevas tecnologías y, sobre todo, apostando por la energía nuclear como fuente limpia de energía. Las regulaciones, las sanciones, las exacciones fiscales, aparte de no solucionar el problema climático (las emisiones de la UE siguen aumentando por encima de las de EEUU), ponen en tela de juicio la base misma del sistema capitalista, al tiempo que menoscaban sin medida las libertades individuales.
El Partido Popular se equivoca. Comete un enorme error de juicio y de estrategia al abrazar las tesis intervencionistas que proponen tanto el PSOE como los ecolojetas. O bien ignora el alcance económico de su actual propuesta programática o, lo que es aún peor, conoce sus efectos pero se acompleja ante la reacción que un programa serio y liberal en materia energética pudiera originar entre las masas y los partidos que beben de la nefasta demagogia discursiva instalada en la corrección política.
Carta a Ruiz de Elvira desde Marte
Paco Capella ha respondido cumplida y admirablemente a Antonio Ruiz de Elvira, que en un momento (cabe pensar) de debilidad mental escribió una anotación contra Libertad Digital y el Instituto Juan de Mariana. Ruiz de Elvira debería sentarse a leer con cuidado la respuesta por parte de Capella. La primera lectura le resultará absolutamente chocante, porque sus ensoñaciones no tienen nada que ver con el pensamiento más ampliamente compartido en el Juan de Mariana. Quizá con las siguientes aprenda algo.
Sabe Dios por qué se habrá imaginado que el liberalismo propone juegos de suma cero. Es especialmente sorprendente viniendo de un ecologista. Cree que en el Instituto abundan los defensores de la energía nuclear como tal, cuando la posición de esta asociación es muy otra: que compitan libremente las formas de crear energía, sin interferencias ni subvenciones. ¿Cambiará de idea al aprender que las ideas que defendemos en el Juan de Mariana no son las que él nos atribuye? Él sabrá si es o no honrado intelectualmente.
Ruiz del Elvira cae en la mala práctica de no citar nombres o artículos. Un vicio alejado por completo no ya del hábito científico, como le recuerda oportunamente Capella, sino de la más elemental cortesía con el lector. No es que no haya nombres, apelotonados todos sin criterio aparente. Pero se refieren todos a grandes autores a los que supuestamente seguimos o rechazamos, no a ninguno de nosotros o a lo que escribimos. Con una única excepción: la mía.
Dice Ruiz de Elvira que parece que viva en Marte. Lo dirá porque allí también parece haber calentamiento global, cabe pensar que por culpa también del hombre. Y si estoy tan alejado de este mundo que con sus pensamientos el ecologista me ha enviado más allá de la Luna es por unas ideas al parecer extrañas que mantengo sobre el precio del barril del petróleo. Deben de ser tan extrañas que él ni las menciona ni las enlaza; pasa directamente a criticar un aspecto muy concreto de mis artículos sobre los límites físicos de la creación de riqueza. Se refiere en concreto a lo siguiente:
Nos cuenta este Sr. que el peso de la energía en la economía mundial ha disminuido y hoy es muy pequeño. ¿De qué habla este Sr.? ¿Qué es un coche, sino energía potencial, un sistema en el que se ha invertido una ingente cantidad de energía para su fabricación? ¿Qué es un edificio, sino un sistema de una enorme cantidad de energía potencial?
A este físico le ocurre como a aquél que tenía un martillo en la mano y todo lo que veía le parecían clavos. Él sólo ve la física, incluso en las relaciones sociales, como la economía. Imagino que el mercado habrá de parecerle un caos sin sentido, sin propósito y sin racionalidad o justificación posible. Pues en verdad el mercado es un orden de cooperación humana, movido, animado por la búsqueda de las personas en la consecución de sus propios fines. Esa es la clave; ese el punto de partida para entender la sociedad. Por supuesto que el mismo hombre y el mundo en que se mueve tienen una base material. Pero tomar la parte por el todo puede llevarnos al solipsismo, por un lado, y al materialismo por otro.
Producir consiste en transformar la naturaleza para acercarla a la satisfacción de nuestros deseos. Estrictamente hablando no creamos materia o energía, sino que la transformamos hasta hacerla participar en un proceso productivo. El objetivo de la producción es la creación de valor, que no es un fenómeno físico, sino económico; es decir, el valor tiene que ver con la satisfacción de nuestros fines. Pero en su esquema del mercado esos fines no aparecen, sólo la realidad material de la actividad humana, una actividad que a sus ojos, privada de su motivación, de su razón de ser, ha de parecerle incomprensible y absurda. Marciana.
Excede mi capacidad de síntesis explicar en este artículo qué procesos sociales llevan de los deseos de las personas de cumplir sus objetivos a la producción y al intercambio, y a la formación de los precios. Pero los precios y la renta son conceptos demasiado importantes para la economía como para despreciarlos. Digo esto porque Ruiz de Elvira quiere despreciar mi afirmación (que carece de todo mérito, aparte del de señalar la realidad) de que el peso de los bienes energéticos y de las materias primas es cada vez menor con el desarrollo económico. Al parecer no entiende que una aplicación informática puede tener un gran valor económico por los servicios que nos presta, teniendo una base material insignificante. ¿Realmente es tan difícil?
Acaso sea yo demasiado ambicioso con según qué lector, pero quizás le será más sencillo entender que la base material de la creación de valor es cada vez menos importante simplemente mirando a los datos. En el artículo mío que él no cita recojo lo siguiente:
El peso de las materias primas, energéticas y no energéticas, más la agricultura en el producto nacional bruto estadounidense rondaba el 50% en 1890. En el cambio del siglo había descendido al 32%, y de nuevo al 23% en 1919. En 1957 el porcentaje había caído al 13%, para quedarse en el 3,7% en 1988. Si excluimos la agricultura, ese porcentaje se reduce al 1,6% del PIB.
Saludos desde Marte.
Antonio Ruiz de Elvira y el Juan de Mariana
Antonio Ruiz de Elvira, catedrático de Física, protesta porque "gente sin la suficiente preparación" realiza comentarios críticos contra la histeria catastrofista del cambio climático. Resulta risible que alguien que no para de decir y escribir estupideces (que no lloriquee, que él mismo usa estos términos para los demás) se queje de lo malos que son los que no están de acuerdo con él. Naturalmente no todo lo que produce son tonterías, y cuando se limita al ámbito de las ciencias naturales sus aportaciones son a menudo interesantes. Es cuando intenta argumentar en los ámbitos de la economía, la ética y la política cuando hace el ridículo combinando profunda ignorancia y fatal arrogancia.
Según él, entre los críticos a la visión oficial del cambio climático "hay dos tipos de personas: unas, aquellas evidentemente pagadas por las empresas petrolíferas y de otro tipo, empresas que no quieren cambiar de energía, aunque pueden hacerlo sin el menor problema ni la menor pérdida de beneficio". Pero no cita a nadie en particular, ni muestra ninguna prueba: ¿en la ciencia no es necesaria la evidencia? Resulta raro que empresas para las cuales un cambio no supondría ningún problema se opongan al mismo. ¿No será más razonable pensar que tienen intereses que pueden verse perjudicados y por eso se defienden? Pero no puede ser esto: Ruiz de Elvira ha decretado que les garantiza los beneficios. Él no es empresario sino funcionario, y seguramente no sabe gran cosa de gestión empresarial, así que queda pendiente averiguar de dónde viene su certeza.
Los otros críticos son "los fundamentalistas liberales, aquellos que escriben en Libertad Digital (LD) o en el Instituto Juan de Mariana (IJM). Estas personas piensan que preocuparse por el futuro va en contra de las ideas correctas u ortodoxas de la economía tradicional, que se basa exclusivamente en el equilibrio, es decir, en la no evolución del sistema económico-social. El credo de este fundamentalismo es muy sencillo: ‘Solo nos debemos interesar por comprar y vender hoy, sin aceptar que nuestras acciones de hoy pueden destrozar nuestros beneficios de mañana’. Es un error de bulto, propio de ignorantes absolutos, basado en una interpretación errónea de lo que son las ‘leyes de mercado’ y la ‘mano oculta de Adam Smith’."
Uno de los errores más comunes que cometen quienes no saben pensar bien es atribuir incorrectamente ideas a los contrincantes intelectuales (o quizás no es un error sino una muestra de deshonestidad). Igual cree que sus lectores son tan tontos que no son capaces de detectar esta falacia del hombre de paja: atacar a otros inventándose que dicen algo absurdo fácil de criticar. Una persona con un mínimo nivel de inteligencia no comete un error tan burdo: intentar explicar lo que piensan personas a quienes ni conoce ni comprende en absoluto. Se nota que desconoce por completo los fundamentos de la Escuela Austriaca de economía (estrechamente vinculada a LD y al IJM), que critica sistemáticamente los modelos de equilibrio, es fundamentalmente evolucionista y dinámica e insiste en la importancia de la coordinación intertemporal (preocuparse por el futuro). Y no se molesta en profundizar acerca de la interpretación correcta de las "leyes de mercado" y la "mano oculta de Adam Smith", porque obviamente no tiene competencia para ello.
Sigue haciendo el ridículo: "En vez de vivir como seres humanos, creadores, miembros de una especie que viene de lejos y quiere ir aún mas lejos, que quiere crear obras de arte y ciencia, es decir, estudiar y crear belleza, son como gallinas que picotean, que solo quieren vivir el minuto, que viven para la ganancia diaria que muere con la luz del día". Qué bonito lo de ser una especie que quiere cosas tan estupendas: lástima que en realidad sólo los individuos tienen voluntad (no los colectivos), y que las preferencias de las personas reales a veces no son tan grandilocuentes y entran en conflicto unas con otras (posibilidades de conflicto, costes de oportunidad). Él nos ve como gallinas tontorronas: ¿ha oído hablar del fenómeno psicológico de la proyección?
Además somos "inmensamente contradictorios consigo mismos" porque uno de nuestros héroes es Bush (contengan las risas, por favor) y nuestra doctrina favorita es "la desaparición de las subvenciones estatales" (por fin acierta en algo, pero tiene que ser casualidad) pero defendemos la energía nuclear, que ha sido y sigue siendo fuertemente subvencionada. Si se molestara en leernos con algo de cuidado tal vez vería que criticamos las trabas absurdas que se imponen contra la energía nuclear, pero defendemos la eliminación de subsidios y la internalización de costes en todos los sectores (como somos fundamentalistas tenemos fundamentos o principios éticos); él sin embardo insiste en subvencionar lo que haga falta las hoy muy caras y económicamente ineficientes energías renovables eólica y solar (si algún día son rentables tendrá el morro de ponerse medallas de que fue gracias a él, o que él ya lo predijo). También parece que "la economía americana" es "el paradigma del libre mercado" pero está muy intervenida y repleta de subvenciones a los amigos de los políticos: ¿esto lo ha descubierto él solito?; ¿cree que no nos habíamos dado cuenta?
Insiste en mostrar que es una nulidad como economista: "Respecto a los mecanismos de mercado, estarían muy bien si la información fuese completa. Pero puesto que sabemos que ésto es, hoy, y posiblemente en el futuro, un sueño, la idea del mercado cae por su propio peso". Aunque hay modelos neoclásicos anticuados y demasiado simples que caen en el error del conocimiento perfecto, los economistas del IJM estamos muy lejos de esa postura: como defendía Hayek, los mercados libres son imprescindibles precisamente porque el conocimiento es siempre parcial, local, imperfecto, limitado, disperso, tácito, no articulado.
Aún hay más: "Las ideas de Libertad Digital y del Instituto Juan de Mariana se basan en los axiomas de la teoría económica más rancia, esa teoría que propusieron Walras, Jevons y Pareto, basada en la estática física de finales del siglo XIX, en vez de en la dinámica. Se basan en la frase de Keynes: "No pensemos en el mañana", y en los siguiente axiomas: 1) La existencia de un equilibrio económico. 2) La racionalidad de los agentes económicos, es decir, de los seres humanos. 3) La idea de ganador/perdedor o de los juegos de suma cero. 4) La falacia del mercado libre. 5) Una economía lineal (1+1)=2."
Cuando se comienza una lista con Walras y Jevons, el siguiente suele ser… Menger, el que le falta de los marginalistas y el padre de la escuela austriaca (los que destrozan los modelos basados en la estática física, qué curioso). Pero claro, no se puede esperar ningún rigor de alguien que nos relaciona con… ¡Keynes! Insiste en la memez de que nos basamos en equilibrios; menciona la racionalidad como si fuera el primero en descubrir su problemática; no se da cuenta de que el mercado libre, el capitalismo, donde los intercambios son voluntarios, es un juego de suma positiva y no una falacia como las que él perpetra con asiduidad; y los problemas de la no linealidad son conocidos, pero él obviamente desconoce la naturaleza de los ciclos económicos (la teoría del dinero y el crédito y su manipulación estatal seguramente no son su fuerte). Según él "el dinero, como medida de la energía, ni se crea ni se destruye", y "el concepto de caro y barato es irreal y difícil de especificar".
"Tenemos la riqueza que tenemos porque disponemos de energía". Como decía un anuncio de neumáticos, la potencia sin control no sirve de mucho. "¿Cual era la riqueza mundial antes de 1800? ¿Qué fue lo único que cambió con el cambio de siglo? La puesta en marcha de la extracción masiva de carbón. La revolución industrial, fue, si bien se mira, una revolución energética. ¿Que le ocurrió al sistema económico cuando se puso en marcha la explotación masiva de petróleo?" Si tu única herramienta es un martillo, todo lo que veas te parecerán clavos. Para un físico que no domine lo que hay más allá de su ámbito, sólo cuenta la energía. La falacia marxista del valor trabajo va por allí. Ni una palabra acerca de la acumulación de tecnología (inteligencia), de capital (herramientas alimentadas por esa energía), y sobre todo del marco institucional adecuado (que evoluciona). "Es indiferente que se pague más o menos por la energía primaria, pues es la energía la única medida de la riqueza humana." ¿Mande? ¿Da igual lo que paguemos por la energía? ¿En serio? ¿Y medimos nuestra riqueza únicamente en términos de energía? ¿En julios o en ergios?
"Sería conveniente que las personas que escriben hubiesen reflexionado a fondo sobre lo que escriben. Que hubiesen profundizado en las ideas, no se hubiesen limitado a aprenderse los manuales de los cursos universitarios." ¿Se aplica el cuento? Está tan ciego que jamás verá su pedazo de viga y seguirá cubriéndose de gloria con sus despropósitos.
"Adam Smith introdujo ideas muy valiosas, lo mismo que Ricardo, que Jevons, Walras, Pareto, Marshall, y más cerca, que Georgescu-Roegen, Schumpeter, Hayek, que todos los premios Nobel de Economía." ¡Si le suena Hayek! Lástima que lo mezcle con otros (en especial Georgescu-Roegen) y que crea que todos los premios Nobel de Economía hayan aportado ideas valiosas: muchos son lamentables.
Todas estas sandeces las ha perpetrado en un par de artículos: hay muchas más. Recientemente comenzó su intervención en un debate sobre cambio climático comentando que si le dejaban hablar convencería a todo el mundo: ¡qué gran psicólogo y argumentador! Y en una charla hace pocos años le preguntaron si llovería en otoño: contestó simplemente que no, sin un solo matiz, ni detalle, ni explicación; fue el otoño más lluvioso en varias décadas.
La propaganda del calentamiento global
Hay quien afirma que resulta prácticamente imposible predecir el tiempo que hará mañana, debido a que la atmósfera es un sistema caótico y cambios muy pequeños en algunas de las múltiples variables que lo forman pueden provocar efectos muy grandes. Y si eso es así –prosigue el argumento–, ¿cómo pretende hacernos creer alguien que puede predecir que la temperatura aumentará dentro de cien años? Sin duda, es un razonamiento que suena bien, que parece de sentido común y que resulta convincente. Desgraciadamente, es completa y absolutamente falso.
La climatología estudia grandes medias y no se para a entrar en detalles ni demasiado locales ni demasiado breves, porque no puede. Es por eso que ni siquiera el estancamiento de temperaturas desde el año 2000 es prueba de que se haya detenido el supuesto calentamiento debido a la acción del hombre. Como, por otra parte, tampoco prueba nada por sí mismo el aumento de temperaturas de la décadas de los 90.
No sé otros, pero yo soy liberal porque me parece que es el pensamiento que más se ajusta a los hechos en lo que a la sociedad humana y su funcionamiento se refiere. Estoy suficientemente seguro de muchas de mis posiciones como para no dudar en usar métodos propagandísticos para defenderlas si se tercia. Pero eso no incluye emplear argumentos falaces aunque, como pudiera pasar con éste, sea mucho más convincente para muchas personas que todos los datos y razonamientos reales que se pueden llegar a poner sobre la mesa en un momento dado.
Desgraciadamente, no todo el mundo es tan escrupuloso con la verdad. Así, nos hemos acostumbrado a relacionar cualquier anécdota de temperatura, cualquier máximo local de los últimos taitantos años, como prueba de la existencia del calentamiento global y de la responsabilidad indudable del hombre en él. Todas las catástrofes naturales son acompañadas del correspondiente experto relacionándola con el cambio climático. Hasta el tsunami del sureste asiático lo han utilizado para su campaña, convirtiendo la compleja realidad del clima en un reduccionista mantra que dice: "todo es por tu culpa".
Es humano, ante semejante bombardeo constante de consignas ecobobas, reaccionar a veces de la misma manera pero en sentido contrario. Pero, moralidad personal aparte, si se quiere luchar de forma efectiva contra el ecologismo no podemos usar sus mismas armas, en términos generales, simplemente porque no funcionan. Digámoslo claro: sus tesis son las que triunfan en casi todos los medios de comunicación, y cualquier falsedad sirve para desacreditar lo que digamos en el poco hueco que podamos conseguir en ellos. Juegan con blancas y parten con varias piezas de ventaja. De modo que hay cosas que no se pueden hacer, por más que sintamos que se merecen que las digamos.
Otra cosa, claro, es darle la vuelta a sus tácticas de propaganda y recordarles incesantemente que nos aseguraron que, por ejemplo, Katrina y la temporada de huracanes del 2005, tan activa, era debida al calentamiento global, pero que se callaron cuando en 2006 casi ni hubo huracanes. Que cuando mencionan un glaciar en retroceso nunca dicen nada de los que aumentan. Que hablan mucho del calor en diversas partes del globo, pero no de la reciente nevada en Buenos Aires, casi inédita.
Y una vez equipado el juego propagandístico de las anécdotas, entrar a discutir de verdad, con datos y argumentos reales, que es donde tenemos todo que ganar. Porque Kyoto es más caro que adaptarse al calentamiento global, de producirse éste en los términos predichos por el IPCC, y sólo sirve para retrasarlo de 2100 a 2106. Es decir, para nada que no sea empobrecernos.
Post-Kioto o la vuelta a las cavernas
La economía europea se viste de luto. Y no, precisamente, por las turbulencias financieras que azotan con fuerza las bolsas mundiales. Al pasado "lunes negro" se suma ahora un "miércoles verde", cuyos efectos, de cumplirse la estrategia energética mantenida por la UE, serán, sin duda, más perversos y duraderos que cualquier crack bursátil. La Comisión Europea (CE) aprueba hoy su paquete de medidas para la era post Kioto.
La nueva legislación comunitaria en materia de cambio climático y energía amenaza de forma directa los fundamentos del desarrollo económico contemporáneo. Los Estados Miembros se comprometieron en 2007 a reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) a la atmósfera en un 20% para 2020 con respecto a los niveles de 1990. Asimismo, la UE fijó que el 20% de la energía total para esa fecha proceda de fuentes renovables. Y ello, con el fin de proteger el medio ambiente y combatir el devastador cambio climático que se avecina a causa del calentamiento global.
Sin embargo, el coste de dichas medidas será de dimensiones colosales para el conjunto de la economía europea. La subasta de los derechos de emisión, hasta ahora gratuitos en su mayoría, podría generar un tributo próximo a los 50.000 millones de euros anuales para la industria comunitaria. En concreto, la era post Kioto, paradigma de la eficiencia energética, podría elevar la factura hasta los 120.000 millones de euros al año desde 2013 a 2020, según la propia CE. Y eso, sin contar los efectos colaterales que pudiera conllevar en cuanto a pérdida de competitividad, proteccionismo comercial, destrucción de empleo, masiva deslocalización empresarial y reducción de las importaciones.
En el caso de España, la actual factura del famoso Protocolo internacional, que oscila entre los 4.000 y 7.000 millones de euros entre 2008 y 2012, podría fácilmente llegar a duplicarse en 2020, hasta los 16.000 millones de euros, como mínimo, en apenas ocho años. Pese a ello, desde mi punto de vista, tales cifras se ven reducidas a meras propinas en comparación con las pretensiones políticas y económicas del poderoso lobby ecologista, que tanta capacidad de influencia ha venido demostrando sobre el actual Gobierno español.
No hay más que repasar su ambicioso programa electoral de cara a los comicios del próximo 9 de marzo. Su visión no puede ser más aterradora. He aquí un breve resumen de sus propuestas estrella (a cada cual mejor):
- Elaborar e impulsar una Ley contra el Cambio Climático que establezca una reducción de las emisiones de CO2 con respecto a 1990 del 30% para 2020 y del 80% para 2050.
- Eliminar las subvenciones, directas e indirectas, que favorecen el uso de energías sucias como la energía nuclear y los combustibles fósiles, especialmente el carbón, penalizando su importación.
- Eliminar las ingentes subvenciones, directas e indirectas, a proyectos de I+D en tecnologías que no pueden ser la solución al cambio climático y sin embargo suponen graves riesgos ambientales, como son la captura y almacenamiento de carbono, la fisión nuclear, la fusión nuclear o la transformación de carbón en combustibles líquidos.
- Crear un fondo de adaptación financiado por los impuestos sobre los combustibles fósiles, carbón, gas y petróleo, que permita desarrollar actuaciones para paliar los impactos del cambio climático.
- Promover una Ley de Energías Renovables para asegurar el cumplimiento de objetivos concretos; reforzar el sistema de primas (es decir, subvenciones), garantizando un retorno definido y estable a las inversiones, que deben ser más atractivas que las inversiones en energía sucia.
- Promover una Ley de Ahorro y Eficiencia Energética que acabe con el derroche de energía, imponiendo niveles obligatorios de eficiencia para el consumo energético de todos los electrodomésticos, edificios y vehículos, y dando prioridad a la gestión de la demanda frente a la generación adicional de energía.
- Desarrollar y aplicar una fiscalidad ecológica que incluya desgravaciones y bonificaciones a las inversiones en energías renovables, especialmente para la energía solar (la más cara, por cierto, puesto que llega a multiplicar por ocho el coste actual de la nuclear).
- Acabar con las distorsiones de mercado que perjudican a las energías renovables y a la gestión de la demanda: es decir, internalizar todos los costes externos sociales y ambientales de los combustibles fósiles y la energía nuclear. Contaminar tiene que salir caro, afirman.
- Aplicar una moratoria de nuevas centrales térmicas a partir de combustibles fósiles y poner en marcha un plan de cierre progresivo pero urgente de las centrales nucleares existentes, en el horizonte de 2015.
- Condicionar y paralizar la construcción de todas las nuevas infraestructuras; impulsar una Ley de Movilidad Sostenible que restrinja el uso excesivo del automóvil, hasta disminuir el tráfico por carretera en un 15% para 2012 respecto a 2006; frenar el crecimiento del tráfico aéreo estabilizándolo a los niveles de 1990.
- Aprobar una tasa ecológica sobre el consumo de carburantes de automoción que financie los Planes de Movilidad Sostenible y un impuesto similar al combustible de los aviones, y adecuar las tarifas a los costes reales que tienen para la sociedad los distintos modos de transporte, priorizando el transporte público colectivo.
- Implantar un sistema por tramos en el impuesto de circulación para los vehículos, en función de los gases de efecto invernadero y gases contaminantes que generen.
- Incrementar el Impuesto de Bienes Inmuebles (IBI) sobre las viviendas vacías.
- Introducir en el currículum escolar los efectos para el entorno y las sociedades de nuestro modelo consumista, así como fomentar una educación hacia la austeridad (educación para la ecología).
- Reducir y limitar por ley el número de horas y días que pueden abrir las grandes superficies; limitar la publicidad de dietas fuertemente lesivas para la salud y el entorno; aprobar una fiscalidad que incremente las tasas de los productos con mayor impacto social y ambiental; reducir de la publicidad que reciben los ciudadanos.
- Derogar las autorizaciones de las variedades de cultivos transgénicos aprobados hasta la fecha; limitar el consumo doméstico de agua.
- Adecuar en la costa los deslindes del dominio público marítimo-terrestre a las previsiones sobre cambio climático y determinar las zonas previsiblemente inundables, que pasarían a formar parte de la servidumbre de protección (toda la costa mediterránea).
- Apoyar e incentivar el consumo de productos locales y reducir progresivamente y de forma significativa el comercio de bienes procedentes de países lejanos (el resto del mundo).
- Reconocer públicamente la deuda ecológica que España tiene contraída con los países del Sur y condonar la deuda externa de la que nuestro país es acreedor.
- Reformar la Ley de Responsabilidad Ambiental para que sea aplicable a las multinacionales españolas en sus actuaciones en el exterior…
Si ha llegado usted hasta aquí, bienvenido a la "revolución verde". ¡Acaba de entrar en la era preindustrial! La vuelta a las cavernas está cada vez más cerca. No se lo tome a broma, puesto que el camino ya ha sido iniciado. Los ecologistas afirman en el prólogo de su programa lo siguiente:
"El Programa por la Tierra se ha convertido en un referente imprescindible sobre cuál ha de ser el camino para avanzar hacia la sostenibilidad en España […] No cabe duda de que el interés por la defensa del medio ambiente ha avanzado mucho en los últimos cuatro años en España […] Hoy, el grave problema del cambio climático ha pasado a ocupar un lugar preferente en las preocupaciones de la ciudadanía, y también en el debate político español".
Y el colofón: "En esta legislatura que termina se han producido avances legislativos importantes, pero ahora es el momento de llenar de contenido esos conceptos y de plasmar en la realidad lo ya conseguido sobre el papel y dar pasos decididos en muchos campos aún pendientes".
Échense, pues, a temblar…
El embrollo intervencionista de Kioto
Esta semana ocurrió lo que tenía que terminar ocurriendo. Los sindicatos europeos, asustados por la deslocalización de empresas producto del racionamiento y mercado de derechos de emisiones, han pedido a Bruselas que se introduzcan aranceles sobre las mercancías de aquellos países que no respeten Kioto. Esta idea, por cierto, ya la había sugerido hace apenas un par de meses el supuesto liberal Nicolás Sarkozy.
No está claro qué quiere decir eso de no respetar Kioto. Si significa no cumplir los compromisos adquiridos, y esta parece la interpretación más sensata, no hay prácticamente país en la tierra que lo haga y, por lo tanto, habrá que elevar aranceles frente a la práctica totalidad de ellos, incluidos casi todos los europeos.
Otra opción es que para la Confederación Europea de Sindicatos no respetarlo signifique no racionar gases CO2. Esta es la única interpretación que tendría sentido de cara a evitar las temidas deslocalizaciones. Sin embargo, en este caso habría que imponer barreras comerciales a casi todos los países pobres del planeta, dificultando aún más sus posibilidades de desarrollo. Claro que no creo que a los sindicatos les importe un comino este efecto de su propuesta.
Por último, cabe la posibilidad de que este lobby sindical se esté refiriendo con eso de no respetar el protocolo a no haberlo ratificado. En ese caso la efectividad frente a las deslocalizaciones sería muy limitada porque hay muchas naciones que lo han ratificado por el simple hecho de que no se tenían que comprometer a racionar nada, como ocurre con muchos países pobres en –rápido– desarrollo. Además, la Unión Europea tendría que explicar por qué Kioto es mejor solución frente al cambio climático que la apuesta por la innovación tecnológica o por el desarrollo de sumideros que desarrolla la coalición de países Asia-Pacífico y otros países que no han ratificado Kioto. ¿Por qué los que optan por otras soluciones deben ser castigados? Se da la circunstancia de que la tasa de incremento anual de gases efecto invernadero en Europa desde el año 2000 es tres veces superior a la de Estados Unidos que optó por no ratificar Kioto y seguir esas políticas alternativas. Si lo que hubiese detrás de la propuesta sindical fuera un genuino intento de proteger un clima supuestamente amenazado por las emisiones humanas de CO2, ¿no debería de ser EEUU el que impusiera aranceles a países como España?
El entuerto de Kioto se complica cada día que pasa. Es un ejemplo más de lo que Ludwig von Mises llamó la dinámica del intervencionismo. Cada intervención requiere, si no se elimina, de nuevas intervenciones que traten –infructuosamente– de tapar los efectos perversos e imprevistos de la anterior intervención.
Navidades responsables, verdes navidades
Este año la inflación, la de verdad, nos va a hacer a muchos un poco más ecologistas, al menos en lo que a gasto navideño se refiere. Por si acaso, los duendes de Greenpeace han elaborado una de esas guías responsables, perfectamente solidarias y alternativas, con las que podremos disfrutar del espíritu navideño sin arrasar con nuestras comidas el planeta. Todo un catecismo en catorce puntos; una exposición sucinta del arte del bien comprar con la que, desde luego, no creo que seamos capaces de ahorrar un céntimo. Al contrario.
En cualquier caso se trata de una alternativa voluntaria. Al fin y al cabo uno puede comprar un árbol de plástico por 15€ o mejorar su huella ecológica pagando tres veces más por uno de papel reciclado o diez por una abeto enano; mientras que, quiéralo o no, le sacarán tres euros cuando eche a la cesta un iPod.
De momento no hay un canon ecolojeta para los artistas de Greenpeace, aunque la ubicuidad del "cambio climático", el triunfo mediático del ecoalarmismo, pueden depararnos nuevas soluciones imaginativas vía legislativo. Al fin y al cabo en este asunto el único color político que hay, al parecer, es el verde. Eso pese a que en la última encuesta del CIS sólo el 0,2% de los entrevistados escogieron a los "problemas medioambientales" como el principal problema que existe actualmente en España. Lo que, bien es cierto, contrasta con alguna de las alarmantes respuestas que pudimos leer en la encuesta sobre ecología y medioambiente del pasado junio.
Por ejemplo, el 65,9% de los entrevistados estuvieron de acuerdo en que "hay que conservar la naturaleza aunque ello limite el desarrollo económico". Supongo que la imagen de gigantescas chimeneas humeantes pesaron mucho en esta respuesta, ya que, coincidencias al margen, casi un 60% de los encuestados afirmaron estar poco o nada informados sobre temas de medio ambiente y de los que se consideraron bastante o muy informados, el 40% restante, nada menos que un 82% se ilustran con lo que cuentan los medios de comunicación y, en fin, ya saben cómo está el patio a izquierda y derecha.
En la misma línea, siempre tocando el bolsillo, pensando en esas soluciones imaginativas a las que antes me refería, un 47,4% asintieron que "la defensa y conservación del medio ambiente es absolutamente necesaria, aunque su protección suponga a veces costes altos". Por cierto que, pese al desconocimiento medioambiental declarado, un 60% afirmaron conocer la existencia del protocolo de Kyoto, eso sí, la ministra Narbona puede estar tranquila: desde su anonimato pocos la señalarían como responsable por negligencia del apocalipsis climático que se avecina.
Y, teniendo en cuenta que los recursos del Estado proceden de los impuestos ¿cree usted que las Administraciones Públicas gastan lo suficiente, gastan más de lo que deberían o gastan menos de lo que deberían para proteger y conservar el medio ambiente?
¡Ay! Nada menos que un 54,5% señalaron que gastan menos de lo que deberían frente al 7,8% que dijeron lo contrario. Por cierto, ¿cuánto es? En la encuesta no se menciona si se le dio el dato a los entrevistados. ¿Sobre qué estaban opinando exactamente?
Volviendo a la cesta navideña, la que tendremos que pagar con lo que nos quede del sueldo descontada la inflación y el resto de impuestos, creo que los horrorosos duendecillos de Greenpeace pueden estar moderadamente satisfechos con los hábitos que declararon los españoles, aunque si quieren que muchos más brinden por el planeta tendrán que aplicarse: las más de sus propuestas son sencillamente un cuento de navidaZ, con Z de Zapatero, que no de probidad.
Bali, el adiós a Kioto
El cambio climático se ha convertido en un asunto político de primer orden. Ahora que no podemos oír las risas ni ver las miradas de condescendencia de nuestros nietos por dedicar tanto tiempo a estas cuitas, el calentamiento global es uno de los argumentos de la política más poderosos. De modo que hay que armarse de paciencia y algo de criterio propio para aguantar el chaparrón apocalíptico que nos viene encima.
De otro modo podemos acabar comprando mercancía averiada. Es el caso de Kioto, un protocolo que reconoce un problema real, lo exagera y magnifica para darse importancia y luego propone una solución (el racionamiento) que es económicamente absurda y perjudicial, y que además se reconoce que no tendrá efectividad alguna (retrasar en 6 años el calentamiento previsto para 2100, en el mejor de los casos).
Nadie lo dice, pero Kioto acaba de fenecer en Bali. La política de Kioto, que pasa por imponer reducciones de CO2 a plazos y que era la principal baza de Europa ha sido descartada por la oposición de Estados Unidos, Canadá y Japón. Y se han abierto las puertas a otras políticas que son razonables y efectivas, pero que se condenaban con un anatema. Por ejemplo se considera la conveniencia de que la humanidad, como ha hecho a lo largo de la historia, se adapte a los cambios del clima. Puesto que los bosques consumen CO2, se ha prestado especial atención en Bali a los cambios en el uso del suelo, y en concreto a la deforestación allí donde se produce. Y, por último, se incide en la conveniencia del fomento y la transmisión de tecnologías más limpias. Es decir, que aquí quien se ha impuesto es Estados Unidos y la concepción que tiene de cómo luchar contra el calentamiento y lo que ha naufragado sin remedio es la solución europea de las cuotas.
Los gobiernos europeos son unos auténticos ases en dar lecciones. No tienen empacho alguno en adoptar una actitud moralizante hacia Estados Unidos por no haber ratificado un protocolo que virtualmente ha sido abandonado. Y eso que las emisiones de Europa, pese a tener un menor crecimiento económico, aumentan mucho más rápido que en Estados Unidos.
Se ve que el poder corrompe y el poder en Europa corrompe absolutamente.
La hipocresía del calentamiento global
El incansable Steven Milloy ha publicado una jugosa lista con los diez casos más egregios de hipocresía ecologista del año. La encabeza, como no podía ser de otra forma, el telepredicador Al Gore y sus vuelos en jet privado –la forma de transporte que más CO2 emite con diferencia– para decirle al mundo que consuma menos porque el apocalipsis climático se acerca, y resalta que una de las razones para el brutal gasto energético de su hogar es la piscina climatizada, que cuesta calentar 500 dólares al mes.
Otro caso conocido es el del senador Ted Kennedy, que clama contra las centrales térmicas porque supuestamente producen calentamiento global, pero se opuso con éxito a que se instalaran unos cuantos molinos en Cape Cod que habrían arruinado sus vistas. Ahora que en Bali están planeando como arruinar nuestras economías para retrasar unos pocos años un calentamiento al que, de producirse, sería mucho más barato y efectivo adaptarse, sorprende que los burócratas y políticos allí reunidos hayan viajado en aviones y jets privados en lugar de usar videoconferencia. Quizá se empezaría uno a creerse que el cambio climático es una crisis cuando aquellos que quieren cambiar nuestras vidas para solucionarla empiecen a comportarse como si realmente existiera esa crisis.
Milloy habla también de los fundadores de Google, de Madonna, de James Hansen –que acusa a los científicos que están en desacuerdo con él de estar financiados por intereses privados cuando él recibe dinero de George Soros– o Arnold Schwatze… eso, al que podríamos sumar el de nuestro presidente Zapatero, que dice creerse todo lo que cuentan sobre el calentamiento y la subida de los mares pero se compra una casa en la playa, que se hundiría bajo las aguas si todo eso fuera cierto. Todos estos son indudablemente casos de incoherencia, de no hacer lo que predican. ¿Pero son realmente hipocresía? Sin duda, bajo la mala costumbre actual de tratar esa palabra como mero sinónimo de incoherencia, sí. Pero, como escribiera Jeff Jacoby hablando de un asunto completamente distinto, "hipocresía no es simplemente decir una cosa y hacer otra puntualmente. Es una forma de duplicidad. Un hipócrita es alguien que no cree en las opiniones morales que proclama y las viola en su propia vida de manera rutinaria."
Es decir, no es hipócrita quien cede a una tentación o tiene un momento de debilidad. Lo es quien afirma creer en algo y sus actos le contradicen de forma sistemática. Bajo esta óptica, podríamos hacer una criba en la lista de Milloy y distinguir entre los meramente incoherentes y los que de verdad son hipócritas. Es en ese momento cuando resalta aún más uno de los casos que cita, el de Nancy Pelosi, presidenta de la Cámara de Representantes, que después de crear un comité sobre calentamiento global e independencia energética puso al frente del mismo a un veterano activista antinuclear.
Digámoslo claro: si alguien le dice que el calentamiento global es el mayor desafío medioambiental del siglo XXI –o incluso le quita el adjetivo "medioambiental"–, que va a producir infinidad de hecatombes y que debemos actuar ya, pero al mismo tiempo se opone frontalmente a la energía nuclear, no cabe duda de que nos hallamos ante un hipócrita de marca mayor. Alguien que predica una cosa, pero no se la cree, pues si lo hiciera aceptaría la energía nuclear como mal menor, como ha hecho recientemente Gwyneth Cravens, antigua activista antinuclear que ha cambiado de opinión –ojo– cuando supo de la necesidad de que exista una electricidad de base y la imposibilidad que placas solares o molinos de viento pudieran proveerla. Bien está que se lo haya pensado dos veces, pero asusta que existan activistas con tal grado de ignorancia sobre los hechos más básicos referentes a aquello que quieren prohibir.
Cuando se miran así las cosas, sólo cabe concluir que ni Gore ni Zapatero ni el ecologista medio superan este sencillo test. Son, pues, unos hipócritas de tomo y lomo.
Todos los negritos tienen hambre y frío
Uno de los errores más frecuentes a lo largo de la historia de la teoría económica ha sido considerar que la tierra y su explotación tienen un algo que la hace diferente y, por tanto, debe justificarse la intervención estatal de una u otra manera. Ese qué sé yo esencial, en parte, era que de ella se extraía el alimento básico, pero también, que su propiedad era un elemento de poder y de estatus. Quien no tenía tierra tenía que pagar por labrar la de otro o vender su trabajo para no vagar por los caminos. El mismísimo John Locke defendía la propiedad privada pero consideraba que, en el caso de la tierra, la propiedad privada estaba muy bien siempre que se dejara para los demás as good and enough.
Pero a medida que la industrialización se ha generalizado, el nivel de vida de nuestra civilización occidental ha mejorado gracias al desarrollo del sistema capitalista de mercado, la tierra ha dejado de tener esa relevancia y la supervivencia no depende exclusivamente de los frutos de la tierra. No para los europeos en general. Y, desde luego, no tanto como para, pongamos, los africanos.
A pesar de ello, seguimos machacando a los países menos desarrollados con la vergonzante Política Agrícola Comunitaria. La PAC nació a principios de los 60, en una Europa que acababa de firmar el Tratado de Roma, que todavía trataba de recuperarse de la guerra y que no podía competir con la agricultura estadounidense. Para que luego venga Naomi Klein a decir que Friedman se dedicó a buscar ocasiones traumáticas en los países en vías de desarrollo como Chile para aplicar medidas liberalizadoras y egoístas. Es precisamente al contrario, parece que la pobreza, la recuperación de una guerra, etc. justifican la protección estatal. Y mucho más tratándose de la agricultura y del subsidio de precios agrícolas para suavizar la posguerra.
Pero incluso si nos ponemos las gafas de no ver y pasamos por alto su origen, el caso es que hacia 1990 la PAC se había convertido en un monstruo, hijo de la intervención y la hipocresía, que impedía el desarrollo económico de los países menos favorecidos. Por ejemplo, en la industria azucarera el 70% de los subsidios europeos se dedicaron a subvencionar la exportación, gracias a lo cual las industrias del Caribe y de Brasil se vieron anuladas por completo. No solamente eso, la idea de producir a destajo con financiación europea (para la producción o para la distribución, me da lo mismo) recibió críticas de los ecologistas que consideraban el daño medioambiental y el agotamiento de los recursos.
Finalmente llegaron las reformas, la de 1992, la del 2003… Reformas para llegar al mismo sitio, coincidiendo con la entrada de un puñado de nuevos países en la Unión Europea, implementadas a lo largo de 11 años y con más de una moratoria para determinados países dispuestos a resistir hasta el final antes de perder las ayudas.
Mientras tanto, los países pobres para quienes la agricultura es la base de su subsistencia reciben las migajas que los europeos tan caritativamente les concedemos. Eso sí, de competir en el mercado, nada.
Para el 2008 hay prevista otra reforma. Se intentarán unificar los 21 mercados comunitarios (por productos) en uno único y hacer que la Unión Europea sea más competitiva. Esta idea de la intervención para competir, además de muy difundida, está viciada. La idea de competitividad justifica la intervención estatal en aras del "mercado". Los países, las empresas compiten en un mercado libre (el mejor mecanismo redistribuidor que haya existido), lo demás es simple y pura intervención en un mercado no-libre que desemboca en monopolios y redistribución arbitraria.
Otro aspecto es el presupuesto. La buena noticia es que mientras que el presupuesto de la PAC representaba un 70% del presupuesto total de la UE en 1984, se ha ido reduciendo hasta representar un 43% en la actualidad. El hecho de que las decisiones de política agrícola se tomen a nivel europeo unido a las recientes incorporaciones de países necesitados de financiación no va a facilitar que esta tendencia continúe. Por no hablar de los problemas de transparencia de las ayudas.
Muy interesante sería saber exactamente cuál va a ser la factura del biofuel y si todos la vamos a pagar por igual. Es el problema de la fijación exógena de objetivos económicos, y más cuando esos objetivos son "de todos". En este caso, todos somos Europa.
Lo más sangrante es que mientras seguimos manteniendo una postura hipócrita con los países menos desarrollados (en especial con los del continente africano), quienes protestan ante esta reforma lo hacen demandando más protección, mayores subvenciones a los precios del azúcar y el mantenimiento de la teta de la vaca llena para que no se nos acabe la sopa boba aunque ahora seamos más.
Recuerdo la letra de la canción de Glutamato-Yeyé: Todos los negritos tienen hambre y frío, tiéndeles la mano, te lo agradecerán… Pocas veces se ha retratado tan fielmente la estupidez mercantilista europea.
