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Etiqueta: Recursos energía y medio ambiente

Ecologismo, un perjuicio para el campo

Si debemos destacar un sector mimado por nuestras intervencionistas autoridades europeas es el agropecuario. Este comportamiento responde a una mezcla de tradición, peso de ciertas políticas regionales e inercia burocrática, anclada en el concepto de sector estratégico. Hoy por hoy, ni la agricultura representa un porcentaje importante en el PIB europeo, alrededor del 4%; ni los agricultores son un colectivo que represente un importante reservorio de votos para ninguna opción política, el 8%, salvo en ámbitos locales; ni el comercio dejaría de abastecer las necesidades de los europeos a precios más baratos. Sólo una visión autárquica y la simpatía que ciertos sectores sociales tienen por este colectivo agrario explica que año tras año las promesas de reducir las subvenciones al campo se estrellen en el muro regulatorio.

El sector agrícola es un entramado de políticas, ayudas, regulaciones, amiguismos y subvenciones que favorece la ineficacia, donde la rentabilidad de una explotación es probable que radique en la existencia de subvenciones y precios intervenidos y no en saber cuáles son las necesidades de los ciudadanos y cómo satisfacerlas; donde los pillos intentan sacar ganancia a costa de un consumidor que paga precios excesivos y de un contribuyente al que le sangran todos los años para que unos pocos sobrevivan. Un buen ejemplo de ello es el incremento del precio de los cereales, que surge, entre otras causas, a raíz de las políticas medioambientalistas que pretenden buscar un sustituto al petróleo, el naciente sector de los biocombustibles, que por otra parte, está alentado por la política energética de Estados Unidos. Las presiones ecologistas han hecho emerger algo que hace unos años era residual y que, sin ayudas, lo seguiría siendo. La falta relativa de grano, y la imposibilidad de traerlo de terceros países sin pagar aranceles, ha originado un encarecimiento de los precios de los alimentos que empieza a preocupar a los ciudadanos. Paradójicamente, ahora son los propios ecologistas los que ponen en duda la viabilidad de los biocombustibles y su inocuidad para el medio ambiente.

Pese a todo ello, el campo es una fuente de recursos y riqueza aún por explotar en un sistema de mercado. Que cultivos y ganados sean rentables por las ayudas recibidas no quiere decir que sin ellas no haya actividades que no lo puedan ser per se. Aunque es imposible afirmar la rentabilidad de nada si no es en un mercado libre, no estaríamos muy lejos de la realidad si aseguramos que, por poner dos ejemplos muy cercanos, el olivar y el viñedo son cultivos que no necesitan ayudas para poder generar riqueza. La actividad empresarial de viticultores y olivareros ha favorecido un mercado en expansión internacional, controlando incluso buena parte de la cadena comercial y sacando dinero de nichos que otros agricultores ni sueñan. Existen otras actividades que rentabilizan el campo como el turismo rural, que es quizá la que más está creciendo en los últimos años, en algunos casos unido a la actividad cinegética.

Tradicionalmente la caza ha sido una de las fuentes de riqueza principales de los campos españoles. La rica variedad de ecosistemas que tiene España favorece la biodiversidad y la existencia de muchas especies con aprovechamiento cinegético. La buena conservación del coto de caza es esencial para que esta actividad tenga futuro y ello pasa precisamente por algo que los grupos ecologistas piden a gritos, el buen estado del sistema ecológico. Sin embargo, amparándose en ciertos derechos animales y una visión un tanto extraviada del valor de las especies, los grupos ecologistas se han opuesto tajantemente a la caza, pese a que muchos de los terrenos hoy protegidos por las administraciones públicas se hayan originado en cotos públicos y privados y estos se hayan conservado precisamente por la existencia de esta actividad.

La ministra Narbona, uno de los más enconados enemigos del medio ambiente en España, ha anunciado que en un mes se aprobará la Ley del Patrimonio Natural que, en su apartado dedicado a la cinegética, prohíbe de una manera un tanto confusa la munición de plomo en aquellos lugares que formen parte de la Lista del Convenio de Humedales de Importancia Internacional (Red Natura 2000). Los cazadores han puesto el grito en el cielo y anuncian el fin de la caza como sector ya que afectaría a más del 30% del territorio en el que hoy se puede ejercer esta actividad. De hecho, es la caza mayor, la más rentable económicamente, la que corre más peligro ya que todas sus municiones contienen plomo. Algunos cazadores dudan de que las alternativas sean viables y en algunos casos, las consideran peligrosas. Una de las propuestas, los perdigones de acero, a diferencia de los de plomo, rebotan con el riesgo que ello conlleva para cazadores y acompañantes, además de disminuir la vida útil de las armas, encareciendo la actividad.

De nuevo la presión ecologista ha favorecido una política que limita o imposibilita la creación de riqueza, riqueza que en este caso es necesaria para mantener y rentabilizar un terreno que albergue un ecosistema sano. No voy a ser yo quien niegue el envenenamiento por metales pesados, es un hecho más que demostrado y documentado, pero semejante problema puede ser solucionado a través de otros mecanismos que no sean los de limitar la libertad de los ciudadanos. La información machacona, pero no la coacción, pueden facilitar la transición deseada. Lo cierto es que las estrategias ecologistas han demostrado ser especialmente dañinas para el campo, para su conservación y para que se convierta en un recurso generador riqueza.

Lo que se ve y lo que no se quiere ver

El pasado 25 de septiembre tuvo lugar un curioso debate en el Comité de Medio Ambiente del Senado de los Estados Unidos de América al que fui invitado a participar con la presentación de un testimonio. La cuestión que trataban de dilucidar los senadores era la siguiente: ¿generan empleos las regulaciones medioambientales como el racionamiento de CO2 o las subvenciones a las energías renovables? La idea detrás de los promotores del debate era que, si bien es cierto que esas intervenciones no son directamente beneficiosas para la economía y el progreso socio-económico, si se demostrara que ayudan a crear empleo sus efectos positivos podrían compensar los conocidos efectos perjudiciales.

Lógicamente no iba a ser yo quien negara la existencia de múltiples efectos positivos para personas y grupos concretos. Cómo negar la proliferación de los mantenedores de placas solares fotovoltaicas a la luz de las subvenciones del 575% en el precio de esta energía. Tampoco se me ocurriría ser un “negacionista” en relación a los burócratas que se multiplican como champiñones al calor de la necesidad de asignar derechos de emisión una vez el CO2 ha sido racionado. Mucho menos se me pasaría por la cabeza poner en duda la creación de nuevos puestos de trabajo en esas consultoras que explican al “empresario” poco competitivo y al buscador de rentas forzosas cómo vivir a base de subvenciones. Jamás se me pasaría por la cabeza poner en cuestión el surgimiento de estos y otros empleos de nuevo cuño.

Sin embargo, a poco que estudiemos el asunto nos daremos cuenta de que esos nuevos puestos de trabajo surgen de distintas formas de subvención y que éstas, a su vez, sale del bolsillo de los contribuyentes. Así que si no se les hubiera quitado el dinero a los ciudadanos, estarían demandando otros bienes y otros modos de producción energética que les satisficieran más que los subvencionados. Ese dinero, invertido por su legítimo dueño, también hubiese creado o ayudado a mantener puestos de trabajo, pero en otras industrias o sectores de la economía. Dicho de otro modo, el puesto creado en la empresa de placas solares o en la consultora “verde” es la contrapartida del puesto que ha dejado de crearse en la central térmica, en la nuclear o en la siderurgia que ha dejado de ampliar su planta por la pérdida de competitividad que esas políticas le ocasionan.

Sin embargo, el asunto no queda en tablas. El puesto creado se dedica a producir un bien o servicio que el consumidor valoraba menos que el bien que pensaba demandar pues, de lo contrario, no hubiese hecho falta la intervención gubernamental. Así que la sociedad ha perdido la diferencia entre el valor que los demandantes otorgan a los bienes producidos y los que han dejado de serlo. Pero eso no es todo. Dado que los bienes favorecidos no son los que resultan del libre intercambio de derechos y propiedades en el mercado, se necesita toda una serie de recursos al servicio de un cuerpo de burócratas para que implanten las medidas intervencionistas y lleven a cabo la redistribución que generará esos deslumbrantes nuevos empleos eco-ilógicos.

Por desgracia, dentro y fuera de nuestras fronteras la gente identifica a primera vista esos empleos que surgen del agresionismo rojiverde y que requerirán un flujo continuo de ayuda gubernamental en el futuro. Sin embargo, pocos son los que advierten los puestos que han dejado de crearse porque el racionamiento de CO2 anima a siderurgias como Acerinox a ralentizar sus inversiones en España e impulsarlas en Kentucky. Todo el mundo, incluidos los senadores que promovieron el debate,  señala los molinos, las placas solares y las personas dedicadas a su mantenimiento, pero nadie se detiene a examinar los puestos perdidos porque las eléctricas se hayan apuntado a esas inversiones de baja productividad en lugar de montar una central eléctrica de combustibles fósiles o energía nuclear. Y es que hay cosas que se ven con facilidad y otras que no se quieren ver.

La falacia ecologista amenaza la sostenibilidad económica de España

La economía nacional se verá afectada negativamente por los efectos del cambio climático, según el Gobierno. Sin embargo, oculta o, lo que es peor, ignora, que la amenaza que se cierne sobre la estabilidad del modelo productivo español no radica en la hipótesis de que las temperaturas del planeta suban dos grados centígrados, o incluso cuatro, de aquí a 2100, sino en la realidad política del plan estratégico que está a punto de aprobar el Ejecutivo para combatir el temido calentamiento global.

La Estrategia Española de Desarrollo Sostenible constituye un conjunto de medidas fiscales y regulatorias que afectarán a todo el tejido productivo de la sociedad. Desde la energía, hasta el transporte, el turismo, la agricultura y, por supuesto, a los propios consumidores. Un proyecto integral, cuyo objetivo radica en modificar a gusto de la clase dirigente el modelo de crecimiento en base a las tesis catastrofistas inspiradas y fomentadas por el ecologismo. El sistema económico capitalista pretende ser sustituido por el sistema ecológico progresista.

Greenpeace está de enhorabuena. Ha encontrado en Zapatero un aliado fiel para combatir el capitalismo. El plan obligará a incorporar tecnologías limpias en todos los procesos productivos; potenciará el uso de los biocombustibles (factor esencial para comprender la subida que está experimentando hoy el precio de los alimentos); penalizará el uso del coche y el consumo excesivo de recursos, como el agua o la luz en los hogares; impondrá la agricultura ecológica, mucho más cara y costosa; impulsará la producción de energías renovables; y extenderá a múltiples sectores el fracasado modelo de racionamiento de emisiones que establece Kioto.

Pero, más grave aún si cabe, es la "revolución verde" que acaba de anunciar el Ejecutivo francés. Hasta el punto de proponer a la UE la aplicación de un impuesto con el que gravar todas las importaciones procedentes de los países que no respeten el famoso Protocolo. Es decir, la inmensa mayoría de las economías del planeta. El coste que supondrá a nivel nacional el citado plan del PSOE en términos de eficiencia y productividad será astronómico, pero el perjuicio para las libertades individuales y la propiedad privada será aún mayor. Las banderas rojas que, años atrás, ondeaban en las plazas de las repúblicas ex soviéticas, bajo el manto de la coacción y la opresión comunistas, han sido sustituidas por las insignias verdes de un movimiento igual de utópico y peligroso: el ecologismo.

La clase política europea y, en especial, la española, no ha dudado en abrazar con fuerza una ideología que, tras la excusa de la protección medioambiental, oculta un nuevo intento por destruir el sistema capitalista. Y todo ello, basándose en un supuesto consenso científico cuyas profecías apocalípticas se ha encargado de deslegitimar el paso del tiempo Todo un éxito de los ecolojetas: el Gobierno acaba de dar un paso más en su intención de llevarnos de vuelta al mundo de las cavernas.

Los ordenadores no predicen el calentamiento (lo dice Science)

Si ustedes me lo permiten, y si no también, voy a continuar con la serie de artículos de más rancio abolengo de toda mi producción. Ya en agosto de 2002 comenté el problema básico que surge al emplear ordenadores, que no es otro que lo único que pueden hacer las computadores son cálculos realizados a partir de los datos suministrados por el hombre mediante fórmulas matemáticas creadas por el hombre. Si fallan los datos o las fórmulas no reflejan correctamente lo que sucede en el clima, los resultados necesariamente fallan. En febrero de este año recordé que los modelos creados para el informe del IPCC del 2001 habían fracasado en sus predicciones, por lo que no debíamos tomarnos como una verdad revelada lo que dijera este organismo en su revisión de 2007.

Por si ustedes, hombres de poca fe en mí, preferían no creerme, hagan al menos un poco de caso a la revista Science, esa cuyos artículos catastrofistas repiten como papagayos todos los medios de comunicación pero que, cuando expresa alguna duda, nadie dice nada. Pues bien, un artículo de dos científicos de la Universidad de Washington (en Seattle), Gerald Roe y Marcia Baker, aseguran ahora que el clima es demasiado complejo para hacer predicciones precisas y que tras décadas de arrojar toneladas de dinero sobre los modeladores climáticos las incertidumbres de estos augurios no se han reducido.

Vamos, que cuando le cuenten que según el IPCC algo va a suceder con un 90% de probabilidades será mejor que no se lo crea. Es mentira.

La razón está en lo que llaman "sensibilidad del clima". El efecto directo de la emisión de gases de efecto invernadero es muy pequeño y, además, cada nueva molécula que se emite tiene un efecto menor que la anterior. Lo que hacen los modelos climáticos es intentar reflejar las retroalimentaciones que inevitablemente han de producirse en un sistema tan complejo como es el clima. Por ejemplo, si el Ártico se deshiela, reflejará menos luz de vuelta al espacio y aumentará aún más el calentamiento. Es un ejemplo de retroalimentación positiva, pero también las hay negativas. El conjunto de unas y otras es lo que define la sensibilidad del clima a un aumento determinado de gases de efecto invernadero.

El problema es que todas esas retroalimentaciones también se afectan unas a otras. No es por repetirme, pero es que el clima es un sistema muy complejo. El resultado, de acuerdo con estos dos profesores, es que no importa lo potentes que sean las máquinas y el esfuerzo que pongan los modeladores en sus productos: seguirán sin poder predecir con precisión cuánto va a aumentar la temperatura ante un incremento determinado de la concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera.

Recuérdelo la próxima vez que vea en la pantalla imágenes de costas inundadas por el aumento del nivel del mar. Recuérdelo la próxima vez que le digan que debe dejar el coche en casa e ir en autobús o arderá usted en el infierno. Recuérdelo, en definitiva, la próxima vez que un paleto que confunde calor, temperatura y energía se dedique a publicar un auto de fe en que condene a quienes expresan dudas sobre las causas y efectos del cambio climático como "enemigos de la ciencia".

¡Apártense, que no dejan pasar a mi coche oficial!

Este pasatiempo machacón de quienes administran "lo público" es especialmente chocante si pensamos en los continuos ataques que recibe la publicidad desde estos mismos estamentos cuando esta la realiza un agente privado con su propio dinero para anunciar los beneficios de un producto al consumidor. Sin embargo, cuando la campaña va dirigida a reprender al contribuyente, hacer sentir culpable al ciudadano por no comportarse como al Estado le vendría mejor o a exigir a los consumidores un cambio en su comportamiento, pocos son los que levantan la voz para quejarse. El colmo de los colmos es que estos anuncios públicos se pagan con el dinero del señor o la señora a quien se pretende aleccionar.

En los últimos meses a diversos organismos gubernamentales les ha dado por criticar a quienes utilizan el transporte privado. Los diferentes gobiernos se han empecinado en convencernos de que somos unos verdaderos sinvergüenzas, unos auténticos derrochadores y unos perfectos despreocupados por el futuro si viajamos en nuestro propio vehículo. Sin embargo, nos dan a entender que nos convertimos en unos maravillosos seres comprometidos con todo tipo de causas virtuosas si nos sometemos a horarios que deciden otros por nosotros y nos espachurramos en una lata de sardinas para desplazarnos. Hay que sacrificarse por no se sabe muy bien qué. El sudor, los apretujones, la inseguridad o los malos modales de muchos son el coste que debemos soportar sin cuestionarnos.

El Instituto para la diversificación y ahorro de la energía, IDAE, del Ministerio de Industria, Turismo y Comercio, ha llenado nuestras ciudades con un anuncio reza Utiliza el transporte público. Ahorra energía. Piensa en el futuro. Vamos, que si no usamos el transporte público es porque somos unos derrochadores de energía y sólo pensamos el presente. Eso de ahorrar energía para realizar una actividad está muy bien, pero transportarse en vehículo privado y hacerlo en transporte público son dos cosas diferentes y dejar de hacer lo que a uno le viene mejor por ahorrar energía así en abstracto no tiene mucho sentido. Sobre todo si pensamos que la producción energética se puede aumentar prácticamente sin límite. El problema está más bien en que como los políticos han creado cuellos de botella artificiales en la producción de energía, ahora quieren que seamos nosotros los que arreglemos sus desaguisados dejando de consumir. Vaya cara más dura que tienen. Y qué decir de esa relación entre transporte público y pensar en el futuro. Yo no trago eso de que ahorrar tiempo y evitarme un montón de delincuentes que campan por sus anchas en el transporte público significa pensar en el presente. Pero, por otro lado, si alguien quiere pensar más en el presente que en el futuro, tampoco veo por qué hay que vilipendiarle.

Peor aún es lo del Consorcio de Transportes de la Comunidad de Madrid: ¿Te imaginas un mundo sin coches? Hazlo posible. Súbete al transporte público. Pues sí, muchos nos lo podemos imaginar perfectamente y nos parece una pesadilla sacada de una antiutopía de George Orwell.

Recientemente, el director del Observatorio de la Sostenibilidad en España, Luis M. Jiménez, se refirió al uso "excesivo" del vehículo privado en la presentación de un informe del Observatorio. A saber qué es lo que le parece excesivo a este buen hombre. Sin embargo, a esos políticos y burócratas que gastan nuestro dinero en darnos la murga con que nos somos buenos ciudadanos si no vamos en transporte público no se les suele ver por el metro ni por el autobús. En general están abonados al chofer y al coche oficial, desde el que planean cómo quitar al resto de los coches de las calles y carreteras por las que circulan. No les hagan caso o, de lo contrario, lo único que lograremos es que lleguen antes a sus despachos y nos hagan la vida todavía más complicada con sus moralinas publicitarias.

El milenarismo va a llegar

Ah, ¿no se ha enterado? Aguarde, que luego se lo cuento; pero déjeme comenzar por Rajoy, que ha sido aclamado en Valencia como el candidato popular a las próximas elecciones generales. Su mensaje ha sido sencillo, claro y directo: hay ciertos valores compartidos por la mayoría de los españoles, como que España es una gran nación, que tenemos una democracia que merece la pena mantener y que a los verdaderos enemigos de España, a la ETA, hay que combatirla hasta derrotarla. Muchos en la izquierda piensan así, y algunos de ellos están dispuestos a vencer el inmenso rechazo que les suscita el PP aterrados por dónde nos puede llevar ZP. Los que le votaron no le van a abandonar. Alguno de quienes no lo hicieron se lo están pensando.

ZP está en la destransición, en deshacer lo andado tras la muerte de Franco y deslegitimar al PP, a "la derecha", como dice agriamente, siquiera como opción democrática. La izquierda, que en su mayoría tiene por todo pensamiento colgar carteles a diestro y siniestro, está por crear el mundo de Z, como ha explicado Girauta. Un mundo extramuros de la legitimidad, al que ninguno en la izquierda debe osar poner el pie.

Conocemos los elementos de este discurso: estos son los de Franco, los que se oponen a la memoria histórica, los de Santiago y cierra, España (dirán, sin saber de dónde viene). Son también los que no quieren que los homosexuales salgan del armario, los enemigos de la paz en "este país", los amigos de Bush y de la guerra. Pero alguno de estos carteles se está oxidando. El nunca mais siempre fue más negro que el contenido del Prestige y la gente ya no traga. La negociación con ETA ha resultado en fracaso el cartel de "paz" en La Moncloa voló con la T4. Y lo de la guerra ya cansa.

Es aquí donde entra Gorquemada, en felicísima expresión del GEES. El flamante Príncipe de Asturias, mire usted qué casualidad, ha lanzado en España un debate que llegará hasta el mismo día de las elecciones generales, y que va a ser fundamental. A Rajoy le han pillado con el pie cambiado y le van a atizar con el primo hasta dejarle con más cardenales que los reunidos este domingo en Roma. A los indecisos: ¿se puede votar a alguien que esté tan fuera del mundo que niega que haya calentamiento global?

Y eso que lo tiene fácil. No puede adherirse al fanatismo algoreniano del calentamiento de los últimos días, porque le condenarán en el fuego del infierno por ser hereje de nacimiento. Pero puede construir, con unos pocos elementos muy sencillos, un discurso veraz, realista, concernido y positivo de la lucha contra la contribución humana al calentamiento. Quizás Juan Costa no esté del todo desencaminado. Ya lo anunció Fernando Arrabal, el milenarismo va a llegar.

Amigos de la ciencia y la libertad (o un análisis crítico de periodismo basura)

Rafael Méndez, periodista del diario que recientemente ha dejado de proclamarse independiente (por algo será) cree que la ciencia aún tiene enemigos… ¡qué miedo! Escribe sobre ciencia alguien cuyo conocimiento científico es obviamente escaso: confunde calor, temperatura y energía, se nota que habla de oídas del cambio climático (se luce cuando añade algo personal), repite de forma acrítica las presuntas verdades oficiales y olvida cuidadosamente mencionar los datos y teorías contrarios a las mismas.

"Simplificando: a más CO2, más calor; menos CO2, menos." Sí: o sea, que sí que es una simplificación, claramente excesiva. No está tan claro cuán intenso es el efecto directo (y mucho menos los indirectos mediante mecanismos de realimentación positivos y negativos) de los gases de efecto invernadero (de los cuales el principal es el vapor de agua, cosa que no se suele decir). Además no menciona un asunto clave, y es que también puede ser que a más temperatura más CO2 (no es simplemente una posibilidad, se sabe que ha sucedido a menudo durante la historia climática de la Tierra), porque algunos sumideros como el mar se transforman en fuentes de CO2.

"En los años, 70, pero sobre todo en los 80 y los 90, los científicos comenzaron a ver que las concentraciones de CO2 en la atmosfera subían de forma alarmante e inexorable." Lo de alarmante e inexorable lo añade él con mucha soltura. "2005 y 1998 fueron los años más calientes desde que hay registros y seis de los siete años más cálidos han ocurrido desde 2001". Esto ya no está tan claro después de las revisiones que ha realizado recientemente la NASA: el ganador resulta ser 1934. "El Ártico ha alcanzado este año su mínimo histórico". Pero se sabe que se debe a vientos inusualmente fuertes que favorecían la disgregación del hielo. Se olvida mencionar que en la Antártida cada vez hay más hielo.

"El Panel Intergubernamental de Cambio Climático de la ONU, que agrupa a 4.000 expertos, dio por zanjada cualquier controversia sobre la responsabilidad de la mano del hombre en el calentamiento". De esos expertos sólo una pequeña parte son climatólogos, y ni son todos los que están ni están todos los que son. Recientemente se está reconociendo que la variabilidad natural del clima se está minusvalorando, y que el ser humano influya sobre el clima no implica que todo el cambio climático sea antropogénico. En ciencia las controversias no se zanjan porque un organismo oficial produzca un informe que, además, es mucho menos alarmista de lo que a muchos ecofanáticos les gustaría.

"A no ser que uno tenga poderosas razones, oponerse a la ciencia no suele ser rentable para la propia imagen. Pero en este caso hay muchos intereses." La "oposición" es parte misma de la ciencia y se hace desde dentro: la crítica es esencial para el avance científico. Lo que no suele ser rentable para la propia imagen es tener el valor de denunciar que el emperador va desnudo, que la opinión mayoritaria puede estar equivocada. Naturalmente en este caso hay muchos intereses por ambos bandos y, aunque parezca extraño, son mucho mayores en el lado "oficial" (tengan o no razón). Algunos sabemos por qué somos escépticos: para otros resulta más cómodo sugerir que participamos en turbias conspiraciones; para qué se van a molestar en conocernos.

"Admitir que el planeta se calienta implica que hay que hacer algo para evitar las desastrosas consecuencias (no hoy, como dicen los detractores, sino en 50 o 100 años). Supone intentar reducir el consumo de combustibles fósiles: petróleo y carbón. Implica ahorrar energía y elegir las fuentes renovables o la energía nuclear. Por eso, políticos, economistas y empresas decidieron, 100 años después, que Arrhenius no tenía razón." En este párrafo Méndez desbarra sin control. Las consecuencias del calentamiento global pueden ser negativas o positivas (qué herejía recordar esto último) según las valoraciones subjetivas de las personas; lo de los desastres lo añaden siempre los alarmistas (además aquí no queda claro si el desastre toca ya hoy o en cien años, cuando no se piensa con precisión es difícil escribir y que se entienda). Muchos pueden preferir un planeta más caliente, o sea, que su "implicación" es un abuso de la lógica. O incluso prefiriendo menos temperatura, tal vez el coste de evitarlo sea excesivo. El ahorro es algo que cualquier consumidor hace en la medida en que merezca la pena, pero no es un fin en sí mismo. Las fuentes renovables son muy queridas por los amigos de la naturaleza pero también resultan muy ineficientes, nada económicas (con las tecnologías actuales no significan ahorro sino despilfarro). Reconozcamos el valor de mencionar la energía nuclear, que a tantos mueve a la histeria: qué pena estropearlo luego con la estúpida acusación genérica contra políticos, economistas y empresas.

"Greenpeace ha acusado a la estadounidense Exxon-Mobil de financiar decenas de grupos de presión e instituciones para hacer dudar del cambio climático. Su intención no ha sido negarlo, sino sembrar la duda. Han copiado la estrategia que años antes siguieron las tabacaleras para poner en duda que el tabaco causase cáncer." Claro, si Greenpeace acusa seguro que es cierto, las petroleras sólo pueden ser malvadas, la duda es muy mala para la fe verdadera del pensamiento único y los críticos escépticos en realidad no queremos negar nada… ¡Un momento! ¿Entonces por qué nos denominan "negacionistas" como a los del Holocausto? ¿En qué quedamos? "Entre 1998 y 2005, Exxon-Mobil gastó 16 millones en estudios para negar el calentamiento". ¿Lee este pobre hombre lo que él mismo escribe para intentar no contradecirse? ¿Sabe lo que es una contradicción? "El American Enterprise Institute, financiado por Exxon-Mobil con 1,12 millones de euros, ofreció el año pasado 7.000 euros por cabeza a algunos científicos del IPCC para rebajasen las conclusiones de este grupo, según el diario británico The Guardian." Qué fácil es recurrir a "aquél dijo" (The Guardian) para seguir propagando una leyenda urbana que distorsiona gravemente la verdad.

"El negacionismo del cambio climático cae en todo el mundo". ¿Pero negamos o no negamos? Si cae en todo el mundo, ¿por qué siguen planteándolo como un grave problema contra el cual hay que luchar? No especifica a qué se refiere con lo de negar el cambio climático, no sea que los detalles y los matices de un tema hipercomplejo les fastidien los simplones topicazos que la inane progresía es capaz de asumir en sus muy limitadas inteligencias.

"Parte de la derecha cree que la ecología, y especialmente la lucha contra el cambio climático, es un invento para suplir al socialismo. Consideran que los llamamientos a dejar el coche en casa o a cambiar hábitos de vida son una intromisión intolerable del Estado en la vida privada. Para sustentar esta teoría desacreditan a los científicos". El socialismo sigue presente en todos los partidos, tanto de derechas como de izquierdas; la ecología (ciencia del medio ambiente) y el ecologismo (ideología política) no son lo mismo; muchos ecologistas son como sandías, verdes por fuera y rojos por dentro, no comprenden y desprecian los mercados libres y claman por el intervencionismo estatal: son hechos comprobables, no simples consideraciones de la siempre perversa derecha. Para un liberal todo llamamiento pacífico es legítimo por tonto que sea, pero es que eso no es lo que hace el Estado como monopolista de la coacción legal. Y respecto a los "científicos", que son personas, no todos merecen crédito: cuando uno dice una cosa y otro la contraria al menos uno está equivocado; ¿acaso no se les ataca cuando dicen algo impopular? ¿Les suena el premio Nobel James Watson?

"La organización que más hace por rebajar el cambio climático es el Instituto Juan de Mariana, que asegura no tener ánimo de lucro, ni afiliación política, y cuya misión consiste en dar a conocer los beneficios de la propiedad privada, la libre iniciativa empresarial y la limitación del ámbito de actuación de los poderes públicos". Narbona nos va a dar un premio por ser los mejores en la lucha contra el cambio climático. O eso o este mindundi no acaba de expresarse bien (o quizás ni siquiera comienza a hacerlo). No sólo aseguramos esas cosas, sino que son ciertas (compruébelo quien quiera). "En la web afirman que se financian únicamente con donaciones individuales". ¿De veras? ¿Dónde? ¿Realmente no está claro que lo que no aceptamos es subvenciones públicas, o sea estatales, pero sí de grupos, empresas, asociaciones, fundaciones?

"Este diario intentó ayer, sin éxito, contactar con el Instituto Juan de Mariana". Risas, por favor. ¿Lo intentaron muchos y con mucho esfuerzo y sudores? ¿De verdad que querían pero se les había olvidado el teléfono en el otro pantalón? ¿Realmente es "ese diario" un imponente grupo multimedia al que nada se le escapa? Cuando tanta gente contacta con nosotros con suma facilidad, pedimos alguna prueba fehaciente de este presunto intento de contacto. Si demuestra que es cierto, sólo queda inferir que como periodista lo intenta pero no puede: vamos, que es un incompetente. Bellísima persona, eso seguro. Rigor periodístico, ínfimo.

"Muchos de estos críticos han puesto la política por encima de la ciencia. Como hizo Lysenko, el supuesto genetista comunista que decidió que Mendel y la herencia eran una patraña y que todos los guisantes y los hombres nacían iguales. Con sus teorías y el apoyo soviético, condenó a la hambruna a millones de personas." Su uso de la analogía bordea lo criminal. Por favor, dé nombres de críticos a los que compara con un indeseable como Lysenko. Y recuerde que no fueron las teorías las asesinas, sino los soviéticos, que eran ¿adivinan? ¿URSS?… socialistas.

¿Y a mí por qué no me pagan?

Y sin embargo yo, que también he aportado mi granito de arena para contrarrestar la histeria colectiva provocada por botarates como Al Gore, jamás he recibido ni un mísero sobre repleto de dólares como, según insinúa El País, ocurre con mis compañeros y hasta ayer amigos.

Acabo de enviar un correo electrónico a los presidentes de Shell, Texaco, British Petroleum y Exxon acusándoles de discriminación y exigiendo los pagos atrasados que me corresponden, exactamente en igual cuantía que el resto de mercenarios de la devastación mundial a beneficio de las empresas petrolíferas.

En mi ingenuidad, he estado escribiendo artículos defendiendo una postura escéptica sobre el origen antropogénico del calentamiento global, simplemente porque la charlatanería interesada me produce una repugnancia espontánea. No acepto lecciones de moral de quienes se hacen ricos provocando el miedo a través de la utilización de datos manipulados cuando no, directamente, de mentiras flagrantes, dicho sea sin ánimo de señalar.

Los progres son incapaces de entender que alguien les lleve la contra simplemente por amor a la verdad. Su reacción inmediata, cuando alguien les contradice, es buscar las causas ocultas de que esa persona no acepte su discurso como una verdad revelada. Ellos, claro, están libres de cualquier sospecha de que existan otros intereses disfrazados tras su actitud inquisidora. Al Gore, por ejemplo, invierte el dinero esquilmado a los idiotas europeos, a razón de doscientos mil talegos la performance, en fondos de inversión especializados en energías renovables. Pero Su Goricidad no tiene ningún interés en promocionar estos negocios acusando a las petroleras de las mayores atrocidades; es simplemente una excentricidad de su asesor financiero (todo icono progre necesita uno) en la que él no tiene nada que ver.

Por cierto, los mayores productores de sistemas de energía alternativa son precisamente empresas filiales de las grandes petroleras, así que también Su Goricidad está siendo pagado por quienes amenazan la vida en la Tierra. En definitiva, que aquí todo el mundo cobra por opinar sobre el cambio climático excepto yo. ¡Exijo igualdaz!

Amigos del Kilimanjaro

Cuentan que Mao, alumno aventajado del lysenkismo aplicado a la agricultura, creía realmente que las semillas crecían mejor en pandilla. Despojadas de su naturaleza vegetal, como el hombre era despojado de su biología en la burda ciencia del camarada Lysenko, las semillas ganarían en felicidad al crecer agrupadas. Crecerían, pues, más rápido. Densos puñados de felicidad vegetal para sacar adelante los objetivos criminales del Gran Salto Adelante, que, en pocos años, significaron la muerte de millones de plantas y, consiguientemente, el hambre para millones de seres humanos. Los "tres años de trabajo duro y mil años de prosperidad" de la propaganda oficial devinieron en el horror y la muerte para casi treinta millones de personas. El mayor genocidio que conoce la humanidad hasta la fecha.

En enero de 2004, David King, consejero científico del dimitido y amortizado Tony Blair, afirmó que el cambio climático era una amenaza mayor que el terrorismo, uh, internacional. Otros han seguido su ejemplo. Hambrunas, inundaciones y otras calamidades serían los nuevos jinetes del apocalipsis global. En realidad, de centrarnos en los hechos, las grandes hambrunas de la historia reciente no las han causado el clima, ni siquiera el tiempo, sino la actuación de gobiernos: los responsables han sido los, seamos benévolos, fallos de gobiernos comunistas tales como el soviético en los años 30 del siglo pasado (siete millones de muertes); el chino, al que ya me he referido (30 millones) o el etíope, más recientemente (un millón de personas).

A decir verdad, todo esto añade poco al debate, científico primero y político después, que debería mantenerse en torno al dichoso cambio climático. Lamentablemente, el asunto ha tomado un marcado cariz moral, es decir, se ha hecho un hueco en nuestros encogidos corazones, de manera que los políticos, esos alquimistas que transmutan almas en votos, han tomado la delantera, secuestrando a una ciencia, afortunadamente, no siempre dócil.

Los enemigos de la Ciencia no existen. Al menos no donde algunos los buscan, porque no hay una Ciencia. La ciencia con mayúsculas es El Consenso que la Royal Society quería proteger celosamente, en este enredo global, dando la espalda a Newton. Lysenko ni siquiera era un científico mediocre. Era un superviviente, un jeta sin eco; un personajillo que supo medrar a la sombra de ese monumental fiasco político que fue el comunismo, este sí, auténtico enemigo de la ciencia, que al interpretarla en clave materialista y dialéctica, esto es, ideológica, la despojó de todo valor… con los resultados ya conocidos.

Así pues, regresemos, devolvamos el debate al punto desde el cual sea posible progresar sin enredarnos en ideologías falaces "para que de la libre confrontación de opiniones puedan extraer los ciudadanos españoles sus propias conclusiones".

En realidad, lo que hoy quería comentar es la reciente publicación en castellano de un artículo que apareció en el número de verano de la revista American Scientist, un trabajo que debiera despojar definitivamente al multigalardonado Gore de unos de sus iconos cinematográficos favoritos: el Kilimanjaro.

La noticia, el mensaje del artículo firmado por Philip Mote y Georg Kaser, dos científicos que han participado en la confección del Cuarto Informe Evaluador del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (FAR-IPCC, en sus siglas inglesas), se resume en que no es posible vincular la desaparición del glaciar del Kibo con el calentamiento global. Aunque, justo es decirlo, los propios autores señalan:

El hecho de que la pérdida de hielo del monte Kilimanjaro no valga como prueba del calentamiento global no significa que la Tierra no se esté calentando.

Más aún:

El retroceso de los glaciares de latitudes altas y medias constituye una parte importante de la prueba.

Sin embargo, el caso del Kilimanjaro sería especial porque su retroceso no lo provocaría un aumento de la temperatura del aire, algo que ya aventurara Kaser en 2004, sino la falta de nieve nueva y la sublimación provocada por la radiación solar. Es más, como señalan en el artículo que comentamos:

Cuesta establecer la tendencia de las temperaturas a causa de la escasez de mediciones. En cualquier caso, tomados en su conjunto, los datos presentados en FAR-IPCC apenas si descubren alguna [tendencia] a lo largo de las últimas décadas.

Es decir, no se registra una fluctuación reseñable de temperaturas. Sin embargo, cabe precisar que, entre 1953 y 1976, en pleno "enfriamiento global", desapareció un 21% del área máxima del glaciar. Posteriormente, en 1979, ya instalados en una fase de relativo "calentamiento", el glaciar frenó su reducción. Singer y Avery precisan que los satélites indicaron un enfriamiento de la región alrededor de la montaña en ese periodo (p.139).

Finalmente Kaser y Mote señalan una paradoja, que por cierto no es la única que nos podemos encontrar a poco que rasquemos en otros capítulos controvertidos del debate sobre el cambio climático o las propuestas para su mitigación:

Un calentamiento global acompañado de un incremento en la precipitación podría salvar el hielo del Kilimanjaro […] no se trataría, nos dice la glaciología con bastante seguridad, ni de la primera, ni de la última [vez].

Por cierto, que los autoproclamados amigos de la ciencia de este artículo nada dicen, al menos de momento. No es la primera ni será la última vez. Costará.

Torpe pero cierto

Resulta políticamente incorrecto decir que los científicos no están de acuerdo en la influencia del ser humano sobre el clima a pesar de ser la pura verdad. En mayo de este año dos conocidos científicos, Hans von Storch y Dennis Bray publicaron los resultados de una macroencuesta a 530 climatólogos en 27 países. Preguntados acerca de en qué medida están de acuerdo o en desacuerdo con que el cambio climático es sobre todo resultado de causas antropogénicas, el resultado fue que, en una escala de 1 (completamente de acuerdo) a 7 (completamente en desacuerdo), la media resultó ser 3,62; una contestación alejadísima del supuesto consenso.

Rajoy también acertó al decir que el cambio climático no es el mayor problema al que se enfrenta la humanidad. Parece mentira que una declaración tan sensata pueda generar polémica alguna. Nos enfrentamos hoy a problemas tan dramáticos como la malaria, el sida o el difícil acceso a en muchas sociedades al agua potable que causan la muerte de millones de personas cada año. Poner los posibles efectos lejanos en el tiempo del cambio del clima al mismo nivel de los problemas acuciantes a los que nos enfrentamos hoy denota una total falta de sensibilidad así como un completo desconocimiento del principio de la preferencia temporal por el que los seres humanos valoramos menos beneficios y costes futuros que presentes.

Por otro lado, la idea de que el calentamiento del planeta es el más importante de todos los problemas se desmorona tan pronto se le pregunta a los ecologistas sobre su postura frente a soluciones que no impliquen racionamiento. ¿Energía nuclear? “Ni hablar”, ¿filtros de CO2? “demasiados riesgos (SIC)”, ¿desgravaciones fiscales a las nuevas tecnologías? “no, si acaso más impuestos sobre las emisiones de CO2”. Todas estas soluciones compatibles con las libertades económicas parecen representar para los ecologistas problemas más importantes que el cambio climático.

Mariano Rajoy dio en el clavo al afirmar que el cambio climático es un problema sobre el que tenemos que estar vigilantes pero que ni existe un consenso científico sobre sus causas y efectos ni podemos ponerlo a la altura de los problemas más apremiantes a los que se enfrenta el ser humano. El pensamiento único intervencionista no le perdona su valentía. El resto se la agradecemos.