Ir al contenido principal

Etiqueta: Recursos energía y medio ambiente

La paz de Gore y las cifras de Narbona

El ganador de un Oscar, Al Gore, es un hombre con estrella. Sólo hace cuatro meses que le han otorgado el Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional y ahora el Comité Nobel ha premiado su labor como profeta del Apocalipsis climático con el Nobel de la Paz en su edición del 2007 junto a uno de sus grandes aliados, el Grupo Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) de la ONU. No dudo que el bueno de Al usará su jet privado para ir a recoger tan notables premios porque el ex vicepresidente de EEUU es así, desprendido con el CO2 que produce.

Si se piensa bien, Al Gore es el resumen de todo el pensamiento progre que la izquierda tanto se esfuerza en convertir en modelo moral. Político fracasado, supo sacar partido al recuento de votos en las presidenciales americanas del 2000 y cambió la Casa Blanca por la “casa verde”. Pese a ser rico hasta la extenuación, cobrar verdaderas millonadas por cada una de sus conferencias, contaminar el planeta y derrochar energía en suntuosas mansiones, la progresía le ha sabido perdonar todos estos pecados al convertirse en un profeta del ecologismo. No le ha importado mentir y manipular, otra característica que le hace atractivo a la izquierda ideológica, más preparada para la soflama propagandística que para la discusión razonada y razonable. Por otra parte, habría que preguntarse también qué tiene que ver la paz y el ecologismo en pleno ascenso del terrorismo verde. Sin embargo, no todo es luz en el universo.

En Gran Bretaña, el juez Michael Burton ha estimado que Una verdad incómoda, el documental-libro de Gore, ofrece una visión unilateral en algunos puntos y sin contrastar en otros, y los colegios no podrán mostrar el documental a los alumnos sin antes informarles de que el contenido está ligeramente sesgado hacia el alarmismo y la exageración. Stewart Dimmock, director de un colegio en Kent, ha actuado como la voz de la conciencia contra el totalitarismo verde y ha ganado una pequeña batalla en una guerra que la demagogia ecologista decanta de momento a su favor. Al fin y al cabo, el documental es “correcto en términos generales”, según el propio juez.

Precisamente es el alarmismo una de las principales herramientas que maneja el ecologismo y sus profetas. El miedo es libre y la ignorancia vasta y tal panorama no pasa desapercibido a ojos de los totalitarios. Las presentaciones de los informes medioambientales van acompañados de tremendos titulares que nosotros, simples lectores de noticias, tendemos a no cuestionar, bien por pereza intelectual o por imposibilidad de contrastar las cifras que se exhiben. No hace mucho la ministra de Medio Ambiente, Cristina Narbona, presentó el informe Calidad del aire: clave de sostenibilidad urbana y los medios de comunicación destacaron que el 75% de los españoles vive expuestos a niveles peligrosos de contaminación, que cada año mueren 16.000 personas por esta causa y que esto reduce la esperanza de vida de los ciudadanos en meses o incluso años. Un dato, este último, que contrasta con el incremento de la esperanza de vida en España, que es uno de los más altos de la UE y que en los últimos años, en pleno auge de los procesos contaminantes, ha ido creciendo de manera continua. Incluso podemos asegurar que las medidas y procedimientos para conseguir un aire o un agua más limpia se han incrementado en las últimas décadas, por lo que esta situación que plantea el Gobierno, de ser cierta, es un tanto paradójica.

16.000 es una cifra que ya ha manejado el Ministerio de Medio Ambiente. A principios de febrero de 2006, la misma ministra presentaba otro informe sobre las zonas más contaminadas de España en la que se decía que 12 millones de personas respiraban aire sucio, que 80 ciudades superaban los límites de la UE y que el tráfico era responsable de 16.000 muertes, lo que invitaba a proponer medidas contra la polución y peajes urbanos en un momento en el que los políticos debatían que tipo de barreras había que imponer a los conductores. De nuevo encontramos ciertas paradojas en estas cifras. Ya que ambos informes tratan el mismo tema, podemos ver que de 12 millones de habitantes, es decir de algo más del 27% de la población pasamos en un año y medio al 75%, unos 30 millones. Es decir que de alguna manera podemos concluir que en año y medio de Gobierno socialista hemos pasado de un país casi rural a otro totalmente urbanita; cosas veredes, Sancho, que harán temblar las paredes. También sorprende que si, según la OMS, 2 millones de personas mueren al año por la contaminación, 16.000 lo hagan en España, es decir, el 0,8% del total, cuando España no tiene tanto peso en la población mundial.

El alarmismo lleva a titulares realmente curiosos. En la semana del 28 de septiembre se podía leer en la revista Tiempo que la contaminación produce violencia, que la intoxicación química podría provocar trastornos cerebrales y que la reducción de la criminalidad en Nueva York podría estar relacionada con la reducción de la contaminación por plomo que se ha producido a raíz de la desaparición de este metal de la mayoría de las gasolinas. Es curioso que entre los cientos de factores que pueden explicar las subidas y bajadas en las tasas de violencia social se dé tanto peso al factor ambiental. Teniendo en cuenta el estado de guerra continua de la humanidad durante los últimos milenios, los genocidios y matanzas que se han venido produciendo mucho antes de la Revolución Industrial, ¿no será el factor ambiental algo anecdótico o al menos con menos relevancia que la que se pretende dar?

La moraleja final de estos informes e informaciones es siempre la misma, la culpa la tiene el capitalismo. A mediados de septiembre el Gobierno culpaba al auge económico de que no cumpliera los compromisos medioambientales adquiridos con la UE, lo que impedía que pudiera controlar la contaminación. Es decir, una vez más la visión política, los planes administrativos, los objetivos basados en una utopía chocaban con la realidad. Estos errores deberían invitar a pensar a nuestros políticos lo imposible que es la planificación económica y social. Sin embargo, ocurre todo lo contrario: se proyectan nuevas medidas liberticidas como la que permitirá al Ministerio de Medio Ambiente expropiar el 25% del territorio que se encuentre las zonas de protección, terrenos que son en su inmensa mayoría de titularidad privada, si el burócrata de turno lo cree conveniente. ¿Quién dijo que el socialismo había muerto? Sólo ha mutado, y en vez de rojo se ve verde. El problema es que hay mucho daltónico.

La apoteosis de Al Gore

En realidad es un Nobel extraño. Claro es que no le podían conceder ninguno de los premios científicos, pues las alusiones a la ciencia, en el mensaje de Gore, son un nuevo abracadabra. Tampoco el de literatura, porque sus desempeños literarios no llegan para tal merecimiento. Sólo queda el de la Paz. Habrá quien diga que la consecución de la paz nada tiene que ver con los devenires del clima, pero lejos de ser motivo para negárselo casi diría que es todo un alivio. Porque en materia de derechos humanos, guerras y tiranías, el Nobel se ha lucido en el pasado premiando a ex-dictadores y terroristas.

Aún así, sigue siendo un premio estupefaciente. Cuando vi Una verdad incómoda se me encogió el corazón. Gore desplegaba sobre una pantalla de grandes dimensiones dos gráficos, uno encima de otro, que representan el nivel de CO2 y la temperatura de la Tierra. Comparten el eje horizontal en que se representan los últimos 10.000 años. Se corresponden perfectamente. Luego estira un poco, apenas 200 años, el gráfico de CO2, que se dispara hasta salirse de la pantalla. La conclusión es inmediata y sólo puede producir terror.

Ahora bien, Gore tuvo el cuidado de no presentar ante los azorados espectadores los dos gráficos juntos. Pues, de tal guisa, siguen mostrando que suben y bajan en perfecta correspondencia. Pero que la temperatura de la Tierra se adelanta a los niveles de CO2 en un intervalo de unos 800 años de media. Vamos, que es la temperatura la que causa los niveles de CO2 y no al revés. Gore se encontró con una verdad incómoda para su mensaje y con sus artes de mago logró transformarla, como por ensalmo, en el principal argumento de su mensaje. Ahora alerta en un libro del ataque contra la razón. Él sabrá.

Greenpeace y el cambio climático

En un tragicómico comunicado, la organización rojiverde asegura que el mensaje principal de Bush es que "basta con cruzar los dedos y esperar que la tecnología nos salve". Lo cierto es que esta gente no entiende lo que no le apetece entender. La clave no es esperar una tecnología que caiga del cielo sino comprender que los sistemas de racionamiento como el que propone Greenpeace y la ONU, es decir, Kioto, han demostrado ser a lo largo de los años terriblemente desincentivadores del progreso tecnológico. Por desgracia, nuestro país tiene una larga experiencia en la aplicación de sistemas de racionamiento desarrollados en el marco del sistema económico franquista de la postguerra y parece mentira que nuestros políticos nos hayan vuelto a imponer este tipo de medidas.

Para los ecologistas, el objetivo no parece ser evitar un posible calentamiento que pudiera ser peligroso para el hombre sino imponer precisamente esas políticas de racionamiento. En esta línea, Greenpeace ha declarado que "necesitamos reducciones obligatorias de emisiones y las necesitamos ya", así como que los mandatarios internacionales "deben dejar claro que Kioto es el único camino". Más claro no se puede decir: lo importante es el método obligatorio ultraintervencionista y no los resultados. Este empeño por utilizar medidas contrarias al mercado libre y al capitalismo es sintomático del espectro ideológico en el que se mueve la organización.

Pero les guste o no a los del lobby del arco iris, lo cierto es que Estados Unidos, con un modelo alejado a Kioto y al racionamiento, lleva ya muchos años conteniendo las emisiones de CO2 mucho más que la Unión Europea. Así que si piensan que Kioto es el único camino deberían explicarnos qué objetivo es el que persiguen realmente. La respuesta nos la ha dado ya el mismo representante de Greenpeace que presentó el comunicado de la organización. Según Daniel Mittler, "necesitamos una revolución de energía limpia en los países en desarrollo y Kioto es el camino para lograrla". Ahora todo cuadra mejor. La cuestión es acabar con el sistema de generación energético actual, que es uno de los pilares fundamentales del desarrollo capitalista, porque, no nos engañemos, el fin del modelo de libre mercado es lo que mueve a estos activistas.

Mittler también criticó la importancia que la Casa Blanca y algunos países como Australia le dan al cuidado e incremento de los bosques. Según el portavoz ecologista, "la aparente preocupación de Bush por la protección de los bosques es de risa, mientras no acepte que esto también debería tratarse dentro de Kioto". Pero lo que en realidad da risa es que Greenpeace y la Unión Europea lleven años oponiéndose a que sumideros de CO2 como los bosques (o los filtros) no puedan descontar todo el CO2 que atrapen.

Por si acaso el distorsionado mensaje tecnicista no termina de llegar a todos los públicos, la organización ecologista vuelve a darnos una lección de catastrofismo al indicar que "el tiempo se le acaba a este presidente, y a este planeta". Las medidas de urgencia siempre han sido enemigas de libertades individuales y Greenpeace parece tener muy claro cómo usar esta herramienta intervencionista.

Eurocensura

No por nada se ha dicho siempre que la Unión Europea no cumple los requisitos que exige a los países que quieren entrar a formar parte de ella.

Por supuesto que el ansia de control siempre se justifica con alguna excusa la defensa de la identidad cultural europea, asegurar la "pluralidad" de los contenidos en Internet accesibles por los habitantes de los Veintisiete o, la más habitual de ellas, la seguridad. Esto último ha sido el argumento esgrimido por el vicepresidente de la Comisión Europea y comisario de Libertad, Justicia y Seguridad, el italiano Franco Frattini. Este miembro del Ejecutivo comunitario no ha tenido mejor idea que, según ha dicho que va a hacer, "explorar con el sector privado cómo se puede usar la tecnología para impedir que la gente utilice o busque en Internet palabras peligrosas como bomba, asesinato, genocidio o terrorismo".

Traducido del idioma burocrático a román paladino lo que Frattini ha querido decir es que va a hablar con los buscadores de Internet para que se preparen a que se les prohíba dar resultados cuando el usuario pretende buscar esas palabras tan "peligrosas". Una forma de censura tan ilegítima como estúpida. Con la excusa de que Google no pueda dirigirnos a una página donde se explique cómo hacer una bomba casera o se anime al exterminio de un pueblo, si Frattini se sale con la suya los europeos no podrán encontrar a través de este buscador información sobre el Holocausto, el 11-M, el 11-S, o noticias sobre la última acción terrorista de ETA o Hamás. Recuerda demasiado a la legislación china que prohíbe a los buscadores dar resultados a consultas como "Tibet", "Taiwán" o "derechos humanos".

No es de extrañar que ya haya quien haya protestado contra las propuestas de Frattini. Pero debería haber más quejas. Poco a poco la UE avanza en el desmantelamiento de la libertad online. Un proceso cuyo primer gran hito fue la imposición de la retención de datos de tráfico, con lo que implica de violación del derecho a la intimidad de los internautas y del secreto de las telecomunicaciones. Como se permita a los burócratas seguir por esta vía, el resultado será un modelo a la china. Tal vez de forma más disimulada pero con un fondo muy parecido. Esperemos que no lleguemos a eso.

¿En qué quedó aquello del agujero en la capa de ozono?

En esta época de fieros debates sobre el calentamiento global, sus consecuencias y el protocolo de Kyoto como posible tabla de salvación, no está de más echar la vista atrás a otro problema ecológico cuya solución necesitó de un acuerdo entre todos los países del mundo. El pasado 16 de septiembre se cumplieron 20 años del protocolo de Montreal, en el que 40 naciones acordaron una reducción en el uso de los CFC para evitar que la capa de ozono adelgazara. Se fueron sumando más países y para 2010 todos habrán dejado de producirlos y consumirlos. El temor que causó esa reacción fue que ese fenómeno permitiera la llegada a la superficie de rayos ultravioleta B (UVB), radiación absorbida por el ozono, lo que produciría un aumento en los casos de cáncer de piel, además de daños diversos a multitud de especies.

La raíz, la aprobación y los resultados de esta medida presentan unos notables paralelos con el caso del calentamiento global. Una teoría presentada como un hecho cierto e indiscutible, apoyada por el consenso científico. Unos cuantos escépticos apuntando a la variabilidad natural, y no a la acción del hombre, como origen del problema. Una campaña mediática que provoca que los políticos se apunten al principio de precaución y prohíban el uso de unos compuestos químicos que no se sabe a ciencia cierta si son dañinos o no, con un impacto mayor en los países pobres, que tienen menos recursos disponibles para acceder a las alternativas, más caras.

El caso es que desde que se prohibieran los CFC, la histeria mundial pasó a centrarse en el calentamiento global y el dióxido de carbono, dejando el ozono en un segundo plano. Sin embargo, la teoría decía que parte de los compuestos químicos que ya estaban en la atmósfera tardarían entre 75 y 100 años en desaparecer, de modo que tendríamos que sufrir las consecuencias del daño que ya habíamos hecho; el protocolo de Montreal era una solución a largo plazo, porque a corto no teníamos ninguna. Sin embargo, el ozono hace mucho que dejó de desaparecer en la Antártida, que es el único lugar donde se tenía constancia que lo estuviera haciendo.

El caso es que el famoso agujero en la capa de ozono no era en realidad tal: se trataba de un adelgazamiento, no de una desaparición de este gas, y se limitaba a un periodo de tiempo corto; en el comienzo de la primavera en el hemisferio sur (septiembre-octubre), la concentración de ozono descendía para luego volver a la situación normal. Y aunque es cierto que el problema se incrementó durante los años 80 hasta el 87, también lo es que desde entonces se ha mantenido más o menos estable, pese a que la concentración de CFC en la atmósfera no empezó a disminuir hasta finales de los 90, como reconoció la Organización Meteorológica Mundial (WMO), habiendo crecido hasta entonces.

La propia Greenpeace lo reconoce implícitamente cuando, para indicar la gravedad del problema, pone cuatro imágenes de satélite correspondientes a 1980, 1983, 1986 y… ¡1998! Lo que quieren hacernos creer es que el "agujero" ha seguido aumentando, año tras año, incansablemente. Sin embargo, las cifras son claras. De 1982 a 2006 el tamaño del mismo, en millones de kilómetros cuadrados, según la NASA, ha seguido esta serie: 4, 8, 10, 14, 11, 19 (aquí se aprobó el protocolo de Montreal), 10, 18, 19, 18, 22, 23, 22, 22, 22, 21, 26, 23, 24, 25, 12, 25, 19, 24, 26. Como se ve, después de aumentar notablemente durante los años 80 parece que la cosa se ha estancado desde entonces.

Pero el problema es mayor aún. Debemos recordar que el riesgo del que se nos alertó no se refería a la disminución de ozono, sino a que eso dejaría entrar más rayos UVB, lo que afectaría a la vida marina y produciría un aumento en el número de casos de cáncer de piel. Pero la propia WMO reconoció que la variación en la llegada de esos rayos a las zonas pobladas de la tierra no presenta ninguna tendencia significativa durante todo ese periodo, y que en todo caso su posible aumento debido al ozono se perdía entre la variabilidad de fondo. Y aunque los melanomas han aumentado durante el periodo comprendido entre 1970 y 1990, es difícil separar el posible efecto de los problemas en la capa de ozono con los relacionados con el aumento en el nivel de vida, cambios en las costumbres y mejora en la detección.

En definitiva, por más que la ONU defina Montreal como "el más exitoso tratado internacional hasta la fecha" y considere que no da "un mensaje de esperanza para trabajar cooperativamente en pos de solucionar los grandes problemas medioambientales", lo cierto es que la realidad no es tan hermosa. Sin duda, tuvo éxito en aquello que materialmente buscaba lograr, es decir, acabar con los CFC. Pero que haya mejorado en algo el medio ambiente al hacerlo es dudoso. Eso no quita para que, ahora que la atención del público está en otra parte, las organizaciones internacionales y ecologistas celebren su éxito como un inmenso beneficio para la humanidad. Ya se sabe que nadie las va a pedir cuentas nunca por sus errores.

Sin embargo, también es cierto que tampoco ha afectado en exceso a la economía; en ese aspecto, no juega en la misma liga que el protocolo de Kyoto, que obliga a enormes sacrificios para unos resultados mínimos e indetectables dentro de la variabilidad natural del clima. Se esté o no a favor de estos grandes tratados, examinando los sacrificios a los que obliga con respecto a los hipotéticos beneficios que obtendrá, Montreal sale mucho mejor parado que Kyoto, de largo. Algo que debería hacernos pensar un poco.

APEC es el camino

La diferencia entre ambos es muy clara. Kioto sigue el modelo que, por ejemplo, impuso Franco a comienzos de su dictadura: el racionamiento, aquí impuesto sobre las emisiones de CO2. Se crean cuotas de emisión y se reparten como hacen los políticos las cosas. Y luego los distintos ministerios de industria obligan a las empresas a reducir su actividad lo suficiente como para cumplir con las cuotas. En realidad no se suele llegar a tanto, y no hay más que mirar a España, cerca de un 50 por ciento por encima de sus emisiones de 1990. Necesitaríamos diez Narbonas o un Lenin para ajustarnos a lo firmado.

El APEC, que acaba de renovar este fin de semana su acuerdo, sigue un modelo distinto. No pretende acabar con el desarrollo, sino fomentarlo; de ahí la histeria de los ecologistas en su contra. A la reducción de las emisiones por la tecnología y la eficiencia, parece ser su lema. Estados Unidos, con ese modelo, ha logrado mantener las emisiones desde 2000, mientras que Europa las ha aumentado notablemente.

El acuerdo prevé fomentar el desarrollo de tecnologías más limpias y su implantación tanto en economías punteras como en las más atrasadas (China). Y la conservación de sumideros de CO2; es decir, de los bosques que lo absorben durante la fotosíntesis. Puesto que la introducción de tecnologías está engarzada con el desarrollo económico y éste necesita al libre comercio como las plantas el CO2, el acuerdo del APEC firmado en Sydney declara que "el comercio abierto, la inversión y las políticas medioambientales son cruciales para extender las tecnologías de bajas emisiones". Para cuidar la Tierra hacen falta más medios, no menos. El desarrollo es el camino.

La verdadera catástrofe

El dinero, siguiendo la filosofía del acuerdo firmado en julio de 2005 en Laos por los gobiernos de EEUU, Australia, Japón, China, India y Corea del Sur, que representan a la mayoría de los habitantes del planeta, se destinará a mejoras tecnológicas, innovaciones en la producción energética y conservación de sumideros tales como bosques que reduzcan el CO2.

El anuncio no le ha hecho ninguna gracia a Greenpeace. La organización ecologista radical ha acusado al Gobierno australiano de querer descarrilar el Protocolo de Kioto. Parece que, para los fanáticos, la cuestión no es tanto como buscar la forma de contener las emisiones de CO2 al tiempo que se permite el crecimiento económico, sino racionar la industria y reducir el consumo humano.

Esto cuadra con el hecho de que a pesar de que Estados Unidos esté conteniendo sus emisiones de CO2 mucho mejor que Europa, los ecologistas sigan presentándole como el país que no hace nada por evitar el cataclismo que no termina de llegar. En efecto, Estados Unidos ha conseguido prácticamente estabilizar sus emisiones de CO2 desde el año 2000 gracias a la acumulación de capital, la introducción de innovaciones tecnológicas y la implantación de incentivos fiscales, mientras que la Unión Europea observa cómo sus emisiones siguen aumentando desde el año 2000 a una tasa anual superior al 1% por mucho que haya prometido reducirlas drásticamente al más puro estilo intervencionista rojiverde.

Si a esto le sumamos el dato conocido de que aunque todos los países cumplieran con Kioto, el efecto sobre el clima global sería de apenas 0,07 grados centígrados para 2050, no está de más preguntarse de qué demonios sirve Kioto. La respuesta es que de nada. Otorga a los burócratas, ecologistas y políticos un control arbitrario sobre la producción energética e industrial al tiempo que carga a nuestra economía con enormes costes.

Así las cosas, no es difícil entender por qué a Japón, Nueva Zelanda, Rusia, Canadá y Suiza han rehuido en Viena la propuesta de la Unión Europea de incrementar las restricciones de Kioto entre 2012 y 2020 exigiendo una reducción obligatoria de emisiones de entre el 25% y el 40%. A Greenpeace, esto también le ha cabreado hasta el punto de calificar la postura de Japón de "atroz". Empiezo a pensar que, para estos autoproclamados redentores del planeta, la única catástrofe verdadera sería que desapareciera el riesgo de un cambio climático de consecuencias desastrosas para el hombre.

Borau y la culpabilidad

En una entrevista publicada en El Periódico, en la cual el periodista demuestra ser un inmenso pelota, el cineasta se saca de la manga la "presunción de culpabilidad".

La única pregunta un poco comprometida a la que tiene que responder el director de cine –alguien que por su trabajo está acostumbrado a vivir del dinero de otros sin que estos se lo hayan dado libremente a cambio de un bien o servicio– se refiere al canon. La respuesta es digna de entrar en los anales de la desvergüenza. Borau dice, entre otras cosas: "Hay gente que dice que compra sus artilugios y no se bajan películas ni discos. Pero es que eso no se puede controlar. Hay presunción de inocencia, sí. Pero también hay una presunción de culpabilidad". Menuda vuelta al ordenamiento jurídico español, y de cualquier otro país democrático. Alguien le debería explicar que para considerar a alguien culpable tiene que demostrarse que lo es.

Además, para que exista culpabilidad tiene que haber delito y el canon no tiene como objetivo compensar la piratería, es una remuneración por copia privada. Y esta última es legal. Así que el canon no tiene nada que ver con la descarga de películas y discos. No hay nada que controlar relacionado con el mismo. Ya es demasiado aceptar que la legislación admita como existente esa ficción llamada "propiedad intelectual". Puesto que las leyes nos la imponen, al menos que se regule de una manera racional el tema del canon para que sea menos injusto. Hace algo más de un año, desde esta misma columna lanzamos una propuesta alternativa. Que el canon se cobre al comprar el original.

Pero volvamos a Borau. Su respuesta a la cuestión da para más. Dice que el canon "son unos céntimos" y que "no es un invento español". El hecho de que según él la cantidad que se cobra sea pequeña, no lo hace más defendible. Aunque fuera un solo euro seguiría siendo una apropiación indebida e injustificada. Además hay motivos fundados para sospechar que el ministro de Cultura está dispuesto a que sea lo más alto posible. Y el hecho de que sea algo que han inventado fuera de España no lo hace menos malos. Su origen no tiene nada que ver.

El presidente que la SGAE recuerda que es "una exigencia de la UE", a lo que añade que "de los 27 países, 25 están adscritos a esa fórmula. Si no hubiera canon, incumpliríamos las normas europeas". Algo no cuadra. Si es una exigencia comunitaria, ¿cómo es posible que dos estados miembros de la Unión no tengan canon y al mismo tiempo no violen la legislación comunitaria? Que muchos gobiernos cedan ante las entidades de gestión sólo significa que hay una mayor cantidad de ciudadanos perjudicados.

Borau, como todos los directivos de la SGAE y demasiados miembros del mundo de la farándula lo que pretende es vivir del cuento y que encima les aplaudamos. Si tuvieran que ganarse el sustento con su trabajo lo pasarían demasiado mal. Es su problema y ni usted ni yo tenemos que pagar por ello.

Modelos culturales

En el año 1983 un ecologista radical, Carl Amery, portavoz  de Los Verdes en Alemania Occidental, aseguraba que en su partido aspiraban a un modelo cultural en el que matar un bosque fuera considerado algo más despreciable y más criminal que la venta de una niña de seis años en un burdel asiático.

Estoy convencido de que la mayoría de los ecologistas están lejos de compartir semejante criterio. El odio a la humanidad, al resto de la humanidad,  ya no es la principal divisa del movimiento ecologista. La liquidez de sus consignas se sostiene con anuncios menos impactantes; el mensaje ha perdido su misantropía radical, se ha diversificado o mejor dicho, se ha especializado. La humanidad ya no es culpable si no una víctima más en cuya mano está mejorar su suerte, siendo sus armas un consumo y un sufragio responsables. Aquél deberá ser sostenible, éste comprometido y ambos, por si quedaran dudas, progresistas. Mucho.

En este contexto, el que arrastra el mensaje ecoalarmista, me ha llamado la atención un estudio reciente llevado a cabo por el profesor Matthew C. Nisbet, de la American University, y el periodista Chris Mooney. A ambos debemos un acalorado debate en la blogosfera a propósito del papel que a la ciencia, a sus actores, los científicos, toca desempeñar si es que de verdad aspiran a cambiar el mundo. O algo así. Porque su propuesta para “estructurar [el mensaje] científico”, a falta de una traducción mejor, es básicamente eso:

Sin distorsionar la información científica relativa a temas muy disputados, los científicos deben aprender a “enmarcar” activamente dicha información para hacerla relevante a diferentes audiencias.

En suma, se trata de tomar posiciones en un debate científico empleando argumentos que potencien los prejuicios del público, convirtiendo, por más que Nisbet y Mooney lo disfracen, una controversia científica en una disputa ideológica. Como si no tuviéramos suficientes políticos de “raza”. 

Precisamente, el mejor ejemplo para urgir la construcción de este marco o mejor dicho su apuntalamiento, lo ofrece el estudio al que me refería anteriormente. Su protagonista, lo han adivinado, el cambio climático. Y es que las conclusiones del mismo no resultan nada alentadoras para sus autores, que, en este tema, no disimulan su opinión. Se trata de “una evaluación sistemática de las tendencias de la opinión pública sobre el cambio climático” realizada a partir del estudio de más de 70 encuestas ejecutadas por diferentes medios y organismos en los últimos 20 años.

Al parecer el estudio da la razón a quienes afirman, como recordaba Jeff Jacoby, que no todo esta zanjando sobre este tema. A la resistencia de los escépticos y su influencia sobre un público más preocupado por la hipoteca y por la educación de sus hijos que por las verdades incongruentes de Gore y compañía, se suma, a juicio de Nisbet, una comunicación todavía deficiente sobre la importancia del cambio climático y la trascendencia de su impacto. Por lo tanto, afirma, es necesario reactivar el debate si es que de verdad se pretende que un público concernido anime a unos políticos, demasiado preocupados con el corto plazo, a diseñar políticas que de verdad resulten efectivas ante la amenaza del calentamiento global.

Es cierto que en su puesta de largo en Science, Nisbet y Mooney, no se ciñen exclusivamente al Tema Por Excelencia, si no que se refieren también a la controversia sobre la enseñánza de la evolución y al uso de células madre embrionarias. Temas todos ellos que ponen, en general, a Republicanos y Demócratas frente a frente… lo que me parece francamente deshonesto. Nada tiene que ver, a mi juicio, el debate científico sobre el cambio climático, convertido en disputa moral por los Demócratas y los grupos de presión habituales, con el intento de hacer científica una controversia moral que nunca debió abandonar la intimidad de la conciencia de sus impulsores, me refiero, claro está, al resurgimiento académico del creacionismo. Tal vez de esta forma Nisbet y Mooney tratan de “enmarcar” su propio mensaje, empaquetando un consigna política para los que tienen claro sólo una parte del un discurso “científico” por el que decantarían su voto. Revel a esto, a esta técnica, le llamaría amalgamar. Y ya puestos, me quedo con su definición de ideología: una triple dispensa intelectual, práctica y moral; un modelo cultural con el que mirar a la realidad para negarla en no pocas ocasiones. Aunque, frente a esta visión peyorativa, le tengo que dar la razón a Robert Higgs cuando afirmaba que todo adulto sano, a menos que sea completamente apático políticamente, tiene una ideología.

En mi caso, no lo voy a negar, es un marco razonable y sentimental.

Europa se congela

En Viena se está discutiendo el Protocolo de Kyoto versión 2.0, es decir, el que pretenden que entre en vigor una vez acabado el actual en 2012 y que dure hasta el año 2020. Resulta que los representantes europeos son unos cachondos. No son capaces de cumplir el compromiso actual de reducir en un 8% las emisiones de CO2 con respecto a las de 1990 –a pesar del desaguisado económico que han montado con múltiples regulaciones absurdas y transformando el crecimiento industrial en un fuego de suma cero– y han decidido correr un tupido velo sobre la realidad para pedir reducciones de entre el 25 y el 40% para 2020.

Un día de estos se van a pasar de rosca. Un Protocolo cuyo coste económico es elevadísimo y su efecto sobre el clima casi imperceptible (una reducción de 0,07 grados centígrados para 2050) no pueden prolongarse indefinidamente. Y menos aún cuando quienes no son capaces de cumplir el primer paso exigen al resto sacrificios mucho mayores para obtener beneficios más que inciertos. Así que Rusia, Japón, Canadá y Nueva Zelanda han decidido hacer cuentas y ver si esta broma no está yendo demasiado lejos. Por lo pronto estos países han rechazado frontalmente esta propuesta europea por el “importante impacto negativo” que tendría sobre sus economías.

Además, por mucho que los medios europeos lo hayan escondido, la NASA corrigió en agosto su famosa serie histórica de temperaturas en EEUU según la cual 1998 era el año más caluroso del siglo. Esta serie del Instituto Goddard de la NASA sirvió en su momento para promover el alarmismo y el Protocolo de Kioto. Ahora resulta que el record de calor lo tiene 1934. Es curioso, pero por aquel entonces la producción de CO2 era muy reducida comparado con el periodo de postguerra. A lo mejor los ecologistas tienen que ir buscando otro cabeza de turco.

Para colmo de bienes, tanto los datos del Instituto Goddard como los de la universidad de Alabama-NASA indican que desde hace 6 años no ha habido calentamiento global; al menos en este planeta. Estas noticias llegan en un veranito en el que, al menos en Madrid y en Canarias, las temperaturas eran la mar de agradables. Y eso que los ecolojetas se hartaron a predecir a principios de año con total certeza que este iba a ser el verano más caluroso de los últimos 100. Claro que el año pasado también iba a ser el año con más huracanes de la historia reciente y resultó que se quedaron todos durmiendo en las aguas del océano. Vaya descaro el de la madre naturaleza. Si es que ya no respeta ni a Greenpeace.

Tampoco hay que descartar que estos países no se quieran comprometer a nada en vista de lo tortuoso que es el camino de Kyoto y de que George Bush ha convocado una reunión para finales de mes sobre cambio climático. El presidente norteamericano anunciará con toda probabilidad la propuesta de sistema impositivo para las emisiones de CO2 como alternativa al racionamiento con comercio de derechos de emisiones que tiene entrampado a sector industrial europeo. Un nuevo despropósito, pero sin duda menor que el de Kyoto.

Países como Rusia ya han recibido un montón de dinero por los derechos de emisión que les hemos comprados los que hemos hecho el primo así que es un buen momento para abandonar la farsa y unirse al carro de los impuestos al CO2; sobre todo si son bajos. Por otro lado, el primer ministro australiano acaba de anunciar el destino de otros 70 millones de dólares a desarrollos tecnológicos, investigación en fuentes de energía y conservación de bosques contra el calentamiento global. Los países del acuerdo Asia-Pacífico continúan con su alternativa a Kyoto confiando en el desarrollo tecnológico en vez del racionamiento defendido por la Unión Europea. Esta actitud realista y efectiva de los países del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico puede estar quitándole algunos apoyos al Protocolo de Kyoto.

Con todo lo que está lloviendo no me extraña que las organizaciones ecologistas se estén poniendo nerviosas. Y lo estarán más en el futuro. Tiempo al tiempo.