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Etiqueta: Recursos energía y medio ambiente

Los más pobres se desprenden del Estado

Posiblemente uno de los comentarios más interesantes que hemos publicado en esta página ha sido La teoría del desprendimiento, de Toni Mascaró. En él explicaba cómo cada vez más a menudo en nuestras sociedades socialdemócratas los ciudadanos huyen de los servicios ofrecidos por el Estado y pagados con los impuestos y recurren a alternativas privadas con el escaso remanente que éste le deja. Es un cuestionamiento práctico de la falacia fundamental en la que descansa el sistema: puesto que los más pobres no pueden pagarse ciertos servicios básicos, el Estado los provee a todos los ciudadanos, que en su mayoría sí pueden costeárselos.

Lo curioso es que eso no sólo sucede en los países prósperos, según los ciudadanos van teniendo dinero suficiente para pagar el servicio público que no quieren y el privado que sí. También los más pobres de entre los pobres evitan en muchas ocasiones a un Estado que no responde. África es el continente que todos asociamos con la miseria. Y, curiosamente, muchas de las necesidades más básicas de sus habitantes no las cubren los gobiernos, sino el sector privado. Veamos tres ejemplos.

Alex Nash relata su experiencia visitando la ciudad keniata de Kisumu. Allí, un ingeniero decidió coger agua de un río cercano y tratarla con una pequeña instalación en su patio trasero. Pronto descubrió que sus vecinos querían comprársela. Ahora tiene una pequeña empresa con cinco empleados y es capaz de servir a 10.000 personas. Tiene camiones para llevar agua a los hoteles y porteadores para la gente pobre. El Estado no está ni se le espera.

James Tooley investigó sobre educación privada en África. Descubrió que, por ejemplo, en la ciudad nigeriana de Lagos, siendo gratuita la educación pública, los padres pagan por una educación privada, pese a que disponen de unos 50 dólares al mes, porque funciona mucho mejor. En la India, la puntuación media de los colegios privados es de 19 puntos en lengua y 17,9 en matemáticas, mientras que en los públicos es de 17,4 y 16,3, respectivamente.

El New York Times describe como en diversas zonas de África, los pobres, que no reciben asistencia sanitaria estatal, están creando pequeñas mutuas sanitarias con las que cubrir por muy poco dinero. Generalmente formadas por menos de 100 personas, negocian con una clínica local un buen precio. El Banco Mundial publicó un informe en el que asegura derribar tres mitos: que el sector privado es para ricos, que no está muy desarrollado y que la mayor parte del dinero dedicado a sanidad viene de fondos públicos. Llegó a la conclusión que los pobres empleaban intensamente los servicios privados de salud y que los públicos, de hecho, subsidiaban a los más ricos.

Sin embargo, muchas ONG tienden a preferir que sean los gobiernos las herramientas con las que solucionar estas y otras necesidades básicas de los más pobres. Oxfam, por ejemplo, asegura que gobiernos y Banco Mundial “obstaculizan el desarrollo impulsando soluciones mediante el sector privado que no benefician a los pobres”. Los pobres, en cambio, parecen pensar de manera diferente.

Los países pobres necesitan gobiernos que garanticen los derechos básicos: la vida, la libertad y la propiedad. Del resto podría encargarse el sector privado, si tuviera seguridad en que sus esfuerzos no van a ser baldíos porque no pueden confiar en que, a largo plazo, lo suyo lo siga siendo. Ahí es donde deberían centrarse nuestros esfuerzos.

Un sistema asegurado a todo riesgo

Pensar en evitar estos seísmos es aún ciencia ficción. Sin embargo, el hombre sí puede reducir por un lado el efecto en el futuro de estos fenómenos naturales sobre las personas y sus propiedades más preciadas, y ayudar por otro a reducir el sufrimiento de los damnificados. Tanto para lo primero como para lo segundo necesitamos sociedades más libres.

No cabe duda de que la solidaridad (la renuncia voluntaria a ciertos bienes para cederlos a otras personas que los necesitan de forma apremiante) se puede ejercer desde cualquier sistema socioeconómico. Pero es en un entorno capitalista donde florece con mayor facilidad. En primer lugar porque los individuos tienden a ser más generosos y responsables en un entorno de libertades donde tu prosperidad depende de lo que aportes al resto de la sociedad que en un sistema en el que papá estado interviene y regula infinidad de aspectos de la vida diaria. En el modelo dirigido muchos viven de espaldas a las demandas sociales gracias a las subvenciones, licencias y todo tipo de privilegios estatales, mientras se le quita la mitad de la renta al ciudadano honrado con la excusa de resolver los problemas de los más necesitados.

Además, siempre será más fácil encontrar donaciones importantes en medio de la prosperidad que permite el mercado libre que entre la decadencia y el estancamiento típico de los modelos intervencionistas. Y, por si todos estos motivos fueran pocos, la ayuda rápida en caso de catástrofes es mucho más efectiva cuando quien la presta es un individuo privado interesado en que aquello que cede se emplee bien que cuando lo envían unos funcionarios que no tienen otra relación con esos fondos que la de haber ganado la lotería de un empleo público para toda la vida. Sobre todo cuando sus perspectivas de escalar puestos en la burocracia suelen estar relacionadas con el gasto de un mayor volumen de fondos.

Por otro lado, el capitalismo posibilita reducir el riesgo de futuros daños más que ningún otro sistema económico. La acumulación de capital, la competencia y el avance del conocimiento que hemos podido disfrutar desde la revolución industrial en las sociedades de libre mercado ha permitido, por ejemplo, que las edificaciones modernas se muevan con los movimientos sísmicos y no sucumban a ellos. Y esos conocimientos, una vez descubiertos, están al alcance de todos los que prosperen y ahorren en cualquier punto del planeta. Hace un par de meses tuve la oportunidad de comprobar cómo el edificio de la Universidad Francisco Marroquín se balanceaba después de que el suelo guatemalteco diera una fuerte sacudida. Al susto inicial le siguió el agradecimiento colectivo a la sociedad que ha hecho posible que grandes individuos desarrollen estas ideas geniales.

Los países más capitalistas también disfrutan del desarrollo de los seguros, unas instituciones creadas precisamente para la reducción y eliminación del riesgo. Mientras que el desarrollo del conocimiento permite evitar la destrucción, los seguros reponen el valor de los daños que no pueden evitarse. Sus beneficios rebasan con mucho la vertiente económica y entran de lleno en el lado psicológico de nuestras vidas.

Curiosamente, es esa inseguridad que reduce y elimina el mercado libre la que han aprovechado gobernantes de todos los tiempos y de todas las regiones para incrementar los impuestos, el gasto público y el aparato estatal, reduciendo así la extensión del libre mercado. Por el bien de los damnificados de los desastres naturales presentes y futuros esperemos que el liberalismo logre romper los tabúes del discurso políticamente correcto y podamos desarrollar los utensilios capitalistas contra el riesgo. Mientras tanto, la ayuda privada y responsable constituye la mayor esperanza para los individuos y familias que lo han perdido todo en el Perú.

Calentamiento global y efecto 2000

Entonces se gastó una millonada; cuando no pasó nada se justificó diciendo que había merecido la pena, pero allí donde no se habían hecho grandes esfuerzos suplementarios tampoco tuvieron grandes problemas. Pero el caso es que acabamos de enterarnos de que sí hubo un error debido al efecto 2000 que no se corrigió hasta la semana pasada. Y es gordo.

Uno de los principales registros de temperaturas es el que recopila el Instituto Goddard (GISS) de la NASA. Es la referencia en lo que se refiere a Estados Unidos, que por otra parte es seguramente el país que posee los mejores registros del mundo. Pero por muy buenos que sean, la toma de temperatura en tierra, para series largas, tiene varios problemas imposibles de evitar. El primero son los cambios en el entorno de diversos puntos de recogida de temperaturas. El segundo, que hacer series de temperaturas medias es siempre complicado teniendo sólo algunos puntos de referencia, de modo que se calculan por medio de algoritmos ejecutados por computadores.

Pues bien, Steve McIntyre, el infatigable estadístico responsable de haber echado abajo la infame gráfica del palo de hockey, que mostraba unas temperaturas razonablemente estables durante siglos hasta una subida brutal durante éste, ha encontrado un error en la aplicación encargada de calcular la temperatura media. Un error que, quien lo iba a imaginar, hacía que las temperaturas recientes fueran mayores, exagerando el calentamiento.

Su efecto más significativo es que después de las correcciones pertinentes 1998 deja de ser el año más caluroso en Estados Unidos desde que se registra la temperatura; ahora el cetro le corresponde a 1934, año en el que tengo la impresión de había menos CO2. Será que las depresiones económicas calientan también. Hay quien ha empezado a argumentar que es un error pequeño. Pero todos los años del 2000 al 2005 tenían una temperatura media 0’15 grados superior a la real. El protocolo de Kyoto, ese cuyo cumplimiento nos salvará de la hecatombe, sólo reduciría el calentamiento en 0’07 grados.

Se dan varios hechos adicionales en este caso que resultan más bien graves. El primero es que el GISS está dirigido por James Hansen, el mismo que inició la histeria del calentamiento global en 1988 en una comparecencia en una comisión del Senado dirigida por nada más y nada menos que Al Gore. El segundo, que el instituto dirigido por tan honesto científico no pone a disposición de todo el mundo el software que emplea para calcular la temperatura media; McIntyre ha tenido que hacer ingeniería inversa para averiguar qué error podía tener. Y el tercero es que, estando los datos estadounidenses entre los mejores, ¿cómo no temer los errores que puedan existir en otros países?

Hansen y los suyos, en el mejor de los casos, no revisaron sus algoritmos porque daban los resultados que debían dar para confirmar sus teorías. En el peor, lo sabían perfectamente y por eso los ocultaron; es lo que habría que pensar por defecto de cualquier científico que oculte sus datos o sus métodos. Ninguna de las dos posibilidades resulta demasiado halagüeña para los defensores de la teoría del calentamiento global producido por el hombre. No sólo los modelos no tienen en cuenta muchas cosas, sino que ni siquiera podemos tener confianza en que los datos estén bien.

Por cierto, el blog de McIntyre ha sufrido un ataque de denegación de servicio, según informa Michelle Malkin, y el autor lo ha tenido que sustituir por una página en la que informa del mismo. Cabe imaginar que el culpable del hackeo es alguien para quien el calentamiento es una fe religiosa y no una hipótesis científica. Eso no reduce demasiado el campo de los sospechosos, la verdad.

Ecologismo incendiario

Los principales responsables de los incendios que han asolado Canarias este mes de agosto no cabe duda que son las personas que prendieron fuego al monte. En otros sitios he tratado de mostrar que tanto los políticos como quienes dirigieron el operativo  contribuyeron a ampliar el efecto de las llamas y que los verdaderos héroes de la lucha contra el fuego fueron los vecinos de algunos de los pueblos afectados.

Sin embargo, hay otro grupo que tiene un buen pedazo de (i)responsabilidad en el desastre que han vivido miles de familias en Gran Canaria, Tenerife y la Gomera. Se trata del movimiento ecologista. Estos autoproclamados defensores de la naturaleza le pusieron una alfombra roja al fuego y están dispuestos a aliarse con quien haga falta para centralizar la gestión de futuros desastres.

La obsesión del movimiento ecologista por crear reservas naturales donde la mano del hombre quede totalmente erradicada y donde impere la "armonía de la naturaleza" les ha jugado una mala pasada a los canarios. Dicho de otro modo, las medidas ultraproteccionistas que impedían tareas de explotación en las zonas afectadas multiplicaron el efecto de los incendios. Esto lo han denunciado repetidamente los agricultores y ganaderos de las ahora no tan afortunadas islas y anteriormente de toda España.

Mientras el incendio avanzaba sin encontrar obstáculo alguno, un representante de este gremio denunció que "los que tradicionalmente cuidaban el campo parecen ser los delincuentes", y añadía que "los incendios llegan a un calibre tan grande porque el campo está abandonado" ya que "parte del incendio se debe también a que no se hacen los cuidados que el campo merece". Respecto a la pinocha que cae de los pinos y que causó el rápido avance de las llamas el mismo agricultor comentaba que «eso ya no nos dejan tocarlo y hay zonas en las que se acumula medio metro de altura de este material que cuando hay fuego se convierte en gasolina».

La fundación Foresta, un interesantísimo proyecto para el estudio y la reforestación en el archipiélago canario, también se ha unido –quizá sin siquiera ser consciente de ello– a las voces sensatas de quienes ven en el radicalismo ecologista un peligro para la ecología y para el ser humano. Según esta institución, una de las principales causas de la expansión del incendio es "la normativa que impide a los propietarios realizar las actividades tradicionales de aprovechamiento forestal".

En medio de los debates que se abrieron al calor del fuego, el propio presidente del Cabildo Insular de Gran Canaria renunció a defender la política ultraconservacionista que lleva abanderando su institución en diversas zonas de la isla bajo la influencia del movimiento ecologista señalando, no sin razón, que esta política lleva ya décadas instaurada. Vamos, que él seguía la inercia de políticos anteriores; y aquellos la del empuje ecologista.

El gran problema consiste en que acciones como las entresacas, la quema controlada o la explotación maderera han sido demonizadas por los colectivos rojiverdes poniendo a gran parte de la población y de los políticos contra las actividades de aprovechamiento y cuidado de parajes naturales como los pinares isleños. De hecho, el presidente señaló durante los días del incendio a ese movimiento radical como el principal opositor a las medidas de limpieza del monte que tanta gente echaba entonces de menos.

Esta filosofía de no permitir ni tocar la pinocha de los árboles también ha sido criticada por ingenieros de montes que indican que gran parte del problema está en los planes de uso y gestión de los espacios naturales como el de Inagua, donde su condición de reserva lo convertía en una zona virtualmente intocable.

Hay otras formas de prevenir y luchar contra los incendios aparte de invitar al fuego para luego combatirlo con medios exclusivamente públicos. En primer lugar habría que ignorar los delirios de la fiebre ecologista y devolver a los dueños de las tierras el derecho de explotar el monte. De este modo se reestablecería el vínculo entre propiedad e incentivo a cuidar el pinar y otros entornos sujetos al riesgo de incendio. En segundo lugar, el Estado debe evitar las ayudas indiscriminadas que perjudican el establecimiento de contratos que incentiven a las compañías aseguradoras para buscar nuevas formas de lucha contra el fuego. En tercer lugar, hay que descentralizar las decisiones sobre el riesgo en situaciones como la vivida. A menudo son los lugareños quienes mejor saben cómo proteger su propiedad y sin embargo no se les deja participar en las labores de extinción. Cuando la solución es centralizada, un error hace que muchísimas familias se vean afectadas. En cambio, cuando se permite la competencia entre diferentes alternativas sobre cómo combatir una catástrofe como esta, surgen nuevas formas más efectivas. En estos días hemos podido conocer la propuesta de Alberto Vázquez-Figueroa que, según cuenta el escritor, fue ignorada por la administración con la excusa de que tenía que desarrollarla hasta el último detalle. La puesta en práctica de diferentes soluciones que compitan bajo el incentivo de la conservación de la propiedad es la mayor garantía de descubrir los mejores sistemas de extinción de fuegos.

Pero todas estas medidas son precisamente las que atacan los ecologistas. Para la mayoría de los militantes verdes lo natural no incluye al ser humano –y menos aún sus instituciones– así que mientras menos se note su existencia, parecen pensar, mejor para la naturaleza. Por otro lado, una vez se ha declarado un incendio, su política suele defender la mayor centralización posible en la gestión pública de los recursos contraincendio. Por eso no debería extrañar a nadie que los responsables de WWF-Adena y de Greenpeace hayan defendido la miope propuesta de Mariano Rajoy de crear una agencia nacional para la gestión de las situaciones de crisis; lo que no les impidió atacar al líder popular por no haberla propuesto antes.

El desprecio del movimiento ecologista radical por el individuo, la propiedad privada y el mercado libre les ha llevado a ignorar los incentivos (tanto positivos como perversos). De este modo han aumentado el riesgo de incendios al igual que su oposición a los diques "artificiales" les condujo a catapultar el huracán Katrina hasta convertirlo en un cataclismo para los habitantes de Nueva Orleáns. Parece como si los ecologistas no se hubiesen dado cuenta de que, si bien el fuego es "natural", quema un montón. Claro que si lo que quema son propiedades privadas, a lo mejor hasta se alegran.

Fuego redentor

Resulta políticamente incorrecto posicionarse contra las subvenciones y ayudas a quienes acaban de perder sus posesiones más preciadas. Los políticos lo saben y por eso Zapatero anunció todo tipo de regalos financieros a los damnificados mientras el fuego todavía  avanzaba. Sin embargo, por muy popular que sean las ayudas económicas a los afectados, a largo plazo es una de las peores soluciones posibles. Las verdaderas soluciones consisten más bien en remover las trabas al cuidado del campo, permitir la colaboración de los lugareños en las labores de extinción e introducir competencia en la gestión de los parques naturales y los sistemas de protección de los mismos.

Las ayudas, en realidad, hacen que los seguros contra el fuego se vean debilitados pues "para qué gastar cada mes un dinero en un seguro contra incendios si, cuando tenga lugar, el vecino que no ha ahorrado para este fin también recibirá dinero de las administraciones públicas". Ocurre aquí lo que pasaría con los seguros de coche si no fuesen obligatorios y el estado decidiera pagar los daños después de cada accidente. No pagaría el seguro ni el más despistado y las compañías de seguro no habrían inducido –como han hecho– al establecimiento generalizados de técnicas, instrumentos y actitudes preventivas. Con la lluvia de ayudas en el monte quemado la relación entre las aseguradoras y los sistemas contraincendio conocidos y por descubrir se pierden irremisiblemente. El incentivo a mantener un buen sistema de protección contra el fuego desde la esfera privada se diluye con las lluvias de ayudas gubernamentales. Claro que todo esto le suena a chino a los políticos y a quienes como ellos no ven más allá de los periodos de 4 años que conforman las legislaturas al uso.

¿Agencia Nacional para gestión de crisis?

Mariano Rajoy ha aprovechado el dantesco incendio para proponer la creación de una agencia nacional para gestión de crisis. Para quienes creían que la solución de los problemas mundanos a través de deificadas agencias estatales era una nota característica y exclusiva de ZP, aquí tienen una prueba con la que desengañarse. La creación de una agencia estatal sólo servirá para añadir más burocracia a los problemas de los que se supone que tiene que ocuparse la nueva organización. El conocimiento necesario para mitigar los efectos sobre el ser humano y su propiedad de las grandes catástrofes como inundaciones, incendios o terremotos suele ser de carácter subjetivo y estar disperso. De hecho, quienes lo detentan son frecuentemente los propios damnificados y las personas de su entorno. De ahí que el lema de una de la manifestación de protesta contra la dirección del dispositivo de extinción de incendios fuera "¿Quién tomó la decisión de no contar con nosotros?" Y no les falta razón. Lo ideal es que las soluciones tiendan a ser todo lo privadas y contractuales que sea posible, de modo que la valiosa información que poseen quienes se ven afectados por estos desastres se refleje vía precios y cláusulas y generen así la mayor coordinación posible en el intento de evitar o paliar los daños. Las soluciones que van en la dirección opuesta, como esta de Rajoy, son muy vistosas de cara a los telediarios pero a menudo los grupos especiales que salvan al gatito o al niño asustado en medio del desastre suelen esconder un caos de proporciones descomunales.

Todos tenemos aún en la retina las imágenes del cataclismo de la ciudad de Nueva Orleáns tras el paso del huracán Katrina. EEUU contaba con la Agencia Nacional que pide Rajoy y con asombrosos niveles de financiación estatal. Eso no impidió que el ministro Alonso declarara en aquellos momentos dramáticos que aquello no podría pasar en España por la importancia que aquí tiene el Estado en este tipo de situaciones. Menuda tontería. El gasto público de la agencia estadounidense era aquel año unas 38 veces más por habitante que las partidas presupuestarias que se destinan en nuestro país a estas crisis. Ni el descomunal gasto público ni la centralización de la gestión de este tipo de riesgos evitó uno de los mayores despropósitos acometidos en una situación de emergencia extrema. Más bien, contribuyó decisivamente a agravar el caos y el padecimiento de los ciudadanos del Golfo de México.

Si el Estado se dedica a impedir las soluciones más descentralizadas y ligadas a las propiedades y las vidas en riesgo potencial, entonces al menos debería evitar la multiplicación de organismos y la lejanía del ente respecto de las personas y bienes que se quieren proteger. Por eso la propuesta del jefe de la oposición puede tener sentido en el marco del oportunismo político pero pierde fuerza fuera de ese ámbito.

En el trasfondo de estas dos propuestas subyace un grave problema: los políticos carecen de un incentivo real para evitar situaciones como las vividas en Canarias estos días. La falta de un vínculo directo entre su acción y la de sus subordinados con la propiedad privada sujeta al peligro de quema hace que los políticos asignen los recursos de forma deficiente, primero escatimando medios y luego exagerando el gasto en recursos añadiendo burocracia. Para colmo, no quieren ni oír hablar de las soluciones más sencillas y efectivas que reclaman los propios afectados porque les impediría aprovechar el fuego para presentarse ante el electorado como los redentores sociales que les gusta creerse.

Los verdaderos héroes de la lucha contra el fuego

Y, una vez más, la propiedad privada se muestra como un poderoso incentivo para solucionar los problemas más acuciantes mientras que la propiedad pública de los servicios de extinción da muestras de la esperable descoordinación y falta de previsión.

En muchos sentidos no hay nadie mejor que el dueño para proteger sus propiedades de un incendio. Esto es lo que pensaron los vecinos de algunos pueblos afectados por el fuego. Así que cuando la Policía vino a sacarles de sus casas se escondieron de las fuerzas del orden público ignorando las repetidas llamadas de evacuación y esperaron a que sus pueblos quedaran semi-fantasmas para actuar armados de la idea de que "esto sólo lo sabemos salvar nosotros".

Algunos de estos valientes fueron encontrados, aporreados y detenidos por negarse a abandonar sus viviendas y muchos han denunciado el trato hostil y vejatorio que recibieron de la Policía cuando les obligaban a abandonar sus casas. Pero al menos en Tunte y Fataga, dos pueblos de San Bartolomé de Tirajana, lograron encerrarse en sus casas y burlar a la Policía la noche del día 30 de julio para tratar de protegerles del fuego.

Quienes tuvieron éxito en este juego del escondite y se quedaron desafiando a las llamas para defender sus propiedades y las de sus amigos o familiares aseguran que les movía la desconfianza en la efectividad de los equipos de extinción de incendios. Según cuentan, quienes se suponían que iban a tratar de proteger sus casas no sabían ubicar los pueblos afectados ni de dónde extraer el agua para realizar las tareas contraincendio.

Los habitantes han experimentado de una manera penosa la máxima del premio Nobel de Economía Friedrich Hayek –y que ya adelantó Juan de Mariana en el siglo XVI–, según la cuál no tiene sentido centralizar las decisiones cuando las posibilidades de coordinar distintas acciones para alcanzar una meta de manera exitosa dependen de información dispersa, práctica y, a menudo, subjetiva. Así, un tal Santiago, vecino de la zona afectada declaraba a la agencia Efe lo que está en boca de tantos y tantos canarios: "Es una pena que no se nos escuche como residentes de la zona, porque nosotros conocemos perfectamente los lugares claves para atajar este incendio". Algunos lugareños, comentan que advirtieron a las autoridades de lo que sería la evolución probable del incendio sin que nadie tomara medidas al respecto: "¡Mira que se lo advertimos! Pero como no escuchan a la gente de la zona, que es la que sabe… pasa lo que pasa."

Por desgracia, dada la naturaleza del problema, ni la propuesta del PSOE de inundar el monte con dinero público ni la de Mariano Rajoy de crear un nuevo órgano burocrático nacional para situaciones de crisis solucionará la cuestión de los penosos incentivos del sector público ni de su peor eficiencia en la gestión de estas situaciones de emergencia sino que, más bien, tenderán a agravarlos.

Los pérfidos intermediarios

La pasada semana un grupo de agricultores convocó a los viandantes a un festín de fruta gratis. No era un acto de generosidad, sino de protesta. Lo organizaba la Unión de Pequeños Agricultores y Ganaderos, UPA, para cantar la vieja tonada de que los verdaderos productores, que son ellos, ganan una parte ínfima del precio final del producto. Dicen que unos intermediarios, que no son más que ladrones, “se forran” a costa de productores y consumidores. La parte del león se lo llevan estos “especuladores”. Vamos, que los ponen de cobradores de impuestos para arriba.

Su portavoz, Lorenzo Ramos, ha puesto un ejemplo que pretende ser escandaloso: Una y la misma sandía por la que usted, desavisado consumidor, paga 78 céntimos el kilo, la vende el esforzado cultivador a ocho. ¡Una plusvalía del 780 por ciento! ¿Cabe mayor iniquidad? Esta idea de que el valor de los bienes lo da la Tierra, que llevaron a la perfección, en lo que cabe, los fisiócratas, la han recogido estos subvenciócratas, que para denunciar presuntos robos al público tienen tanta soltura como para recibir de ese mismo ciudadano las cantidades en forma de dádiva pública que puedan llevarse.

Pero además es que no tienen razón. Es evidente, incluso para una ministra, que no es lo mismo una sandía recién ganada a la tierra que la misma sandía en el mercado. No lo es desde el punto de vista económico, simplemente porque está más cerca de nosotros, los consumidores. La producción consiste en acercar los bienes a su fin último, que es el consumo. Y cargar con la sandía hasta un mercado mayorista es producir. Llevarla hasta un mercado al detalle es producir. Y tanto envasarla, si es necesario, refrigerarla, limpiarla y descartar las que no sean aptas para consumir, todo ello es producir. Cada paso va en la misma dirección, que somos los consumidores, y todos son necesarios. Todo ayuda a que en el último eslabón de la cadena el comprador se lleve el bien a casa. Y cada etapa, desde la del agricultor hasta el trasportista o el comerciante, es importante. ¿Cuánto? Para eso está el mercado, para descubrirlo.

Si uno va más allá de donde llegaría, insisto, una ministra, puede darse cuenta de que si los beneficios de los “meros intermediarios” son tan fabulosos, los propios agricultores podrían llevárselos enteritos, sin más que ocupar su puesto y encargarse ellos del resto de la cadena de producción. Que nos lo traigan a casa a 78 céntimos el kilo, o a 70 si quieren, y los consumidores iremos todos a pagarles a ellos. ¿Por qué no lo hacen? Porque para ello ya hay muchas empresas que luchan, en dura competencia, por dar el mejor servicio al menor precio. Y son los mejores con los que contamos, porque de no serlo el mercado les habría expulsado.

Con todo, no es que tengan motivo de queja. Como decía Javier Alonso, entre los márgenes que ellos no se llevan porque no los generan “hay una parte llamada IVA que se queda el Estado ya no sin aportar nada a cambio sino entorpeciendo y encareciendo todo el proceso con trabas administrativas y regulaciones varias”. ¿Protestarán contra eso?

Solidarios por decreto-ley

En el caso de los terribles incendios de Canarias, ZP ha prometido "ayudas sin límites" no sólo para reconstruir las infraestructuras dañadas o repoblar los montes quemados, sino también para subvencionar a quienes hayan perdido su trabajo temporalmente por causa del incendio (¿No está ya para eso el seguro de desempleo?) y, en general, para solucionar los contratiempos económicos que cualquier ciudadano canario haya podido sufrir por causa del fuego. "Será un decreto-ley amplio –ha anunciado ZP–, que contemplará todas las posibilidades de los daños causados, todos los supuestos", incluidos, por tanto, los casos de aquellos beneficiarios que por su nivel de renta o patrimonio no necesiten ese dinero, aunque evidentemente harán todo lo posible por obtenerlo en competencia con el resto de afectados.

Probablemente las compañías aseguradoras habrán recibido la noticia con alborozo, pues es bastante seguro que muchas intentarán evitar hacer frente a sus responsabilidades en los siniestros gracias al maná presidencial. Y en todo caso, no faltará la picaresca de aquellos que pretendan ser compensados dos veces por el mismo daño. Aunque esto no le suele importar a los políticos. Total, el dinero no sale de su bolsillo sino de quienes pagamos impuestos, y eso por no entrar en la doctrina "calvinista" (por la ex ministra "Calvo", aclaro innecesariamente), que decía aquello tan bonito de "el dinero público no es de nadie".

Cuando sucede un hecho trágico como es el caso de un incendio que obliga a las personas a abandonar sus hogares, lo normal es que de forma espontánea se pongan en marcha iniciativas solidarias entre la gente que se considera vinculada a los afectados por razón del territorio o, simplemente, por la empatía natural que las personas tenemos con nuestros semejantes. ¿Por qué sucede cada vez con menos frecuencia? Pues principalmente porque todos pensamos que para eso ya está el Estado, cuyo principal empeño para extender su cuota de poder ha sido siempre expropiar las instituciones naturales de la sociedad civil responsables de activar los mecanismos de solidaridad para con los más necesitados.

Actualmente, el Gobierno de España destina un 53 por ciento de la renta nacional a la llamada "redistribución de riqueza", esto es, a sacar el dinero del bolsillo de unos para meterlo en el de otros. Con una presión fiscal que, según los tramos, llega a límites confiscatorios, lo más natural es que los ciudadanos se inhiban moralmente ante el sufrimiento ajeno para dejar que sea el Gobierno quien resuelva el problema. Si de cada cien euros que usted paga a hacienda, más de cincuenta se destinan a esa función, nadie puede reprocharle que cuando suceda una catástrofe en la otra punta de España no acuda corriendo a su entidad bancaria para hacer una donación voluntaria.

Aunque sea impopular decirlo, el dinero que ZP va a entregar a los afectados por los incendios canarios es un factor más de corrupción moral. Contribuye a que la gente se despreocupe de asegurar su patrimonio ante ciertas eventualidades, incita a la picaresca para rapiñar ayudas aunque uno no las necesite y, en general, desactiva los mecanismos espontáneos de solidaridad en la sociedad civil. Aunque resulte una obviedad decirlo conviene insistir una vez más: el socialismo nos hace peores personas.

Lo que no queremos

La basura forma parte de nuestra actividad económica. Consiste en bienes que han perdido esa cualidad, bien porque ya no sirven ningún fin, bien porque incluso nos causan daño o simplemente ocupan el espacio que queremos para otros bienes. Los bienes que ya no nos valen son candidatos a entrar en la categoría de basura. Pero también otros que han perdido sus cualidades (comida en mal estado) o que formaban parte de lo que deseamos y hemos logrado desecharlo, o que jugaba un papel en el proceso productivo, pero una vez cumplida su misión deja de ser un bien para convertirse en un estorbo.

Puesto que el desecho, o la basura, es consustancial a la producción y el consumo, ha formado parte de la experiencia humana desde siempre. Y nos hemos enfrentado a ella acumulándola donde menos molestara, destruyéndola (por incineración) y reciclándola. En los últimos siglos se han observado dos tendencias ligadas al desarrollo económico. La primera es un incremento, que ha ido paralelo tanto a la producción como al consumo. La segunda es una mayor eficacia en la producción del desecho, es decir, la reducción de la cantidad de basura por unidad de producto. Los ecologistas sólo ven lo primero, porque para ellos la basura es la vida, y sólo conciben como solución reducir drásticamente la producción y el consumo o reciclar.

Tanto el consumidor como el productor son dueños de la basura que crean y tienen derecho a acumularla, destruirla o reciclarla, para alejar lo que no quieren de su propiedad. En una sociedad libre, uno tendría que asumir los costes de crearla. Si quisiera deshacerse de ella, tendría que llevarla a un lugar aún no ocupado o bien llegar a un acuerdo con el dueño de otro terreno. Como en cualquier otro aspecto de la colaboración social por medio del mercado, las personas tenderán a dividir el trabajo, permitiendo que unas empresas se especialicen en la recogida, tratamiento y almacenamiento del desecho.

Tanto en la producción como en el consumo, los agentes asumirían todos los costes asociados a crear basura, por lo que tienen un claro incentivo para reducirla. Si guardan ellos mismos la basura, tendrán en cuenta el coste de acumularla, y si recurren a una empresa el de su contratación. Este incentivo se trasladará a las empresas, que buscarán la manera en que la creación de basura sea menor, sin por ello tener que renunciar a una producción valiosa.

Aunque no vivamos en una sociedad perfectamente libre, estas tendencias se han producido en consonancia con lo que mantenemos de propiedad y libertad. Por ejemplo, el tráfico de basura hace que las corrientes de basura y dinero vayan en la misma dirección, lo que muestra que la división del trabajo en la recogida y almacenamiento de basuras funciona eficazmente. Hay empresas privadas que aportan valor con el reciclaje de basuras. La industria es cada vez más eficaz en la producción de basuras. En los últimos 25 años, según un experto, "el peso de los paquetes individuales se ha reducido en medidas que van desde el 30 por ciento (en las botellas de refrescos de 2 litros) al 70 por ciento (en las bolsas del supermercado y las de basura). Incluso las latas de aluminio pesan un 40 por ciento de lo que pesaban".

En una sociedad con calles y espacios públicos, eso puede generar un problema, ya que se acumula en lugares de uso común. Para solucionar el problema todavía se puede recurrir a la empresa privada, pero por la cuestión del free rider en espacios públicos, más la irrefrenable inclinación de los servicios públicos de ocupar la esfera privada, ha ido cayendo en manos municipales, principalmente. Pero no es el único camino para resolver la necesidad de gestionar las basuras, y tampoco es el mejor.

La lucha contra el cambio climático cuesta una pasta

Ahora, a pesar de que en los últimos cinco años no se ha detectado calentamiento alguno, el Gobierno nos anuncia que pondrá en marcha toda una batería de medidas "concretas y urgentes" para lograr "un cambio de modelo social, de producción, de consumo energético y de desarrollo mucho más saludable y respetuoso con nuestro planeta".

Qué miedo. La frase parece copiada de la famosa obra del Club de Roma Los Límites del Crecimiento, que proponía el control centralizado de toda la vida socio-económica y, especialmente, de la natalidad por no ya ni recuerdo qué cataclismos que se producirían si no deteníamos el sistema capitalista de inmediato. Hoy a nadie le importa que las profecías del esos neomalthusianos no se hayan cumplido ni por asomo. Sus autores siguen siendo reconocidos como científicos de conciencia social. Parece que las predicciones erróneas no cuentan si se dan en el campo antiliberal. Claro que en el campo de lo políticamente correcto tampoco importan las contradicciones. Uno puede decir que el nivel del mar va a subir un metro y acabar con el valor inmobiliario de primera línea de la costa y al mismo tiempo comprarse un chalecito junto al mar; si se es un presidente rojo con conciencia verde no pasa nada de nada.

A los ministros de ZP ni los últimos datos ni este fresquito de julio les enfrían la cabeza. Ellos siguen en sus trece: nada de nucleares, nada de reducciones de impuestos para las tecnologías menos emisoras y todo un reguero de impuestos y regulaciones gravosas. Ahora les ha dado con meterse con el transporte, sobre todo si es privado. Que nadie se atreva a comprarse coches grandes y seguros para la vida de los ocupantes porque les van a clavar con el nuevo impuesto de matriculaciones. Eso sí, ellos van a aprovechar el rollo ecolojeta para comprarse coches nuevos con el dinero del contribuyente. Han decidido que para el año 2012 quieren que al menos el 50% de los automóviles oficiales utilicen biocarburantes, lo que representa una fenomenal excusa para cambiar de máquina. Con la cantidad descomunal de coches oficiales que debe haber en este país en el que lo primero que hace un político electo es ver qué vehículo/s le ha/n tocado y de qué color es la gorra del chofer, no me extrañaría que esto vaya a suponer una demanda record de biocarburantes que deje atrás por sí sólo el objetivo europeo de sustituir un 10% de la gasolina y el gasóleo por biocarburantes hacia 2020.

Los efectos de esta esquizofrenia colectiva no se van a hacer esperar. Primero porque en cuanto en Bruselas comprueben el éxito arrasador de la política socialista del coche oficial, todos los burrócratas de la capital belga querrán tener su carro a cargo del presupuesto comunitario. Por otro lado la reducción de campos de cultivo de trigo en beneficio del maíz va a costar una pasta. Y nunca mejor dicho: resulta que la reducción actual de la superficie de cultivo de trigo está provocando un aumento del precio del trigo y de la pasta. El trigo lo ha hecho en los últimos meses en torno al 50% mientras que la pasta se prevé que al final del verano haya subido un 20%. Y eso antes de que los políticos españoles empiecen a cambiar de coche; así que agárrense.

Al final va a resultar que la catástrofe mundial la van a provocar estos chiflados con un encarecimiento artificial de los alimentos más básicos. Esperemos que el histerismo calenturiento de políticos y ecologistas se pase con la misma rapidez con la que lo hacen las modas más extravagantes. Si no, disfrutemos al menos de este bendito cambio climático del mes de julio.