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Etiqueta: Recursos energía y medio ambiente

Hipocresía climática

Por lo menos, lo hace por puros motivos estéticos, profilácticos y ecológicos, eso sí; de la moral privada no ha llegado a decir nada, al menos que yo sepa. Que si resultaba feo, que si el "pulmón verde" de Madrid –viva la cursilería– está para el tránsito a patita de los ciudadanos, que si los coches jamás debieron haberla cruzado…

Así, ha hecho suya "una reivindicación histórica del PSOE", como ha declarado la temporera portavoz socialista en el Ayuntamiento, Pilar Gallego. Muy bien, pero ahora ¿qué van a hacer ellas? ¿Van a dedicarse a otro oficio o a otra acera? Los fugaces encuentros entre prostitutas y clientes se seguirán produciendo, pero ahora tendrán que descubrir el sitio de Madrid en que las primeras puedan acortar sus esperas y los segundos sepan dónde encontrarlas. Lo que no cabe duda es que, por más que resulte hiriente para los demás, la relación es totalmente consensuada y los dos son dueños de su cuerpo y de su tiempo y pueden hacer con ellos lo que les plazca.

La antigua inquisición, al menos, tenía un cuerpo doctrinal de peso. Los neoinquisidores son capaces de prohibir algo tan propio y consensuado porque les parece inmoral, para acto seguido defender que una madre acabe con la vida que ha engendrado porque "puede hacer con su cuerpo lo que quiera". Esto es doblepensar, o en el caso de nuestros progres, del PSOE o del PP, ceropensar.

Me topo en La Razón con la vida de Carolina. Tiene 32 años y hace doce tomó la decisión de prostituirse en Madrid. "Experimentas, valoras y decides", dice. Prefiere la calle, porque "en un club te paga tu jefe y trabajas para él. En la calle, tú mandas. Decides tu horario y al cliente. Te vas con quien quieres y cuando quieres. Yo soy mi jefa". ¿Tiene pinta de no saber lo que hace? Claro que hay otros casos, con circunstancias en ocasiones muy duras, pero han tomado el camino de la prostitución como podían haber elegido otro. La responsabilidad es suya, pero la libertad también.

Ya puestos, Gallardón ha seguido con su guasa, y ahora quiere prohibir los sex shops. Gallardón lava más blanco, advierte, y todo lo feo, inmoral, desaconsejable, comienza a peligrar en Madrid. ¡Qué bien! ¡Con la cantidad de ministerios que tenemos!

Ampliando la custodia estatal sobre la Naturaleza ibérica

Nuestros actuales planificadores legales tienen ya pergeñada una nueva Ley (otra más) que regula el patrimonio natural ibérico y su biodiversidad. Mis peores temores se han visto confirmados: van a hacer de su conservación un objetivo colectivo, moral y nacional.

El proyecto de Ley del Patrimonio Natural y de la Biodiversidad recientemente aprobado por nuestro resuelto Gobierno, a propuesta del Ministerio de Medio Ambiente, va a sustituir la actual Ley 4/1989 para endurecer más aún, si cabe, la ordenación de nuestro territorio nacional (si bien muy extenso en superficie, escasamente disponible por culpa del consabido monopolio político-urbanístico). En su tramitación parlamentaria para después de este verano, ningún partido social osará enmendar la plana (so pena de excomunión laica) a este proyectado objetivo de planificación ambientalista.

Es penoso ver la hostilidad que muestra este proyecto de Ley hacia los otros pobladores (humanos) de dichos espacios naturales (agricultores, cazadores o sus propietarios bien definidos). Son ellos los que han dado sobradas muestras de gestionarlos mejor y no sus custodios estatales. Que estos últimos permitan un desarrollo sostenible por iniciativas meramente privadas y no subvencionadas o una protección privada de la biodiversidad parece algo imposible. Cualquier acción humana que afecte, incluso accidentalmente, alguna zona, planta o animal protegidos, acarreará multas millonarias. El festín sancionador y preventivo que se avecina por éste y otros proyectos legislativos en ciernes es abrumador.

Esta injerencia legislativa va a suponer otra nueva restricción impuesta al mercado en aquellas zonas delimitadas por los administradores ambientalistas de vidas y haciendas ajenas. Las comunidades autónomas han colaborado ya a ello y van a reforzar aún más este estanco de disponibilidad de sus respectivos territorios en su previsible carrera eco-reguladora.

Qué duda cabe que las Directivas de Aves (79/409/CEE) y de Hábitats (92/43/CEE) ayudaron mucho a alentar esas tendencias ordenancistas de nuestra particular especie íbero-reguladora. Fruto de ello, los europlanificadores diseñaron la denominada Red Natura 2000 (una suerte de programa ecológico paneuropeo) para poner fin “de una vez por todas” a la pérdida de la biodiversidad en los hábitats naturales terrestres y marinos de toda Europa de aquí al 2010, para deleite de las conciencias político-ecologistas del continente. Pocos sospechábamos que el legislador español iba, poco más tarde, a tomar impulso y dejar muy cortas estas orientaciones generales decretadas desde la Unión.
 

Pese a que la propia Directiva de Hábitats reconocía la necesidad de aplicar criterios flexibles cuando la superficie protegida saliera más del 5% del territorio nacional, (art. 4,2) y pese a que, además, la última cumbre onusina de Biodiversidad reunida en 2006 en Curitiba recomendaba proteger, al menos, un 10% de cada región ecológica, a nuestros representantes celtíberos les parecieron estas prevenciones bien poco y han establecido la custodia estatal(entre ZEPA y LIC solapados) de un 23% del territorio patrio.

La aportación media de los países europeos a esta superficie de protección intocable es de un 12%. Los más desarrollados (Alemania, Francia y UK) se han tentado las ropas y han sacrificado al sacrosanto altar de lo inmaculado no más el 7,9% (1,2). Nuestros políticos, con casi un cuarto de la superficie nacional, han querido ser, junto a eslovenos y eslovacos, los quijotes más verdes en esta cruzada conservacionista.

Nuestra todavía vigente Ley 4/1989 y sus desarrollos reglamentarios forman parte de un proceso político de cuasi-nacionalización creciente de espacios naturales que se inició con la Ley 15/1975, primera regulación nacional conservacionista, que protegía tan sólo meros y razonables enclaves (hoy con su propia ley). Luego el régimen jurídico protector del Estado (con las comunidades ya incorporadas por reparto constitucional en art. 149,1.23) se amplió a espacios cada vez más extensos (junto a mucha de su flora y fauna silvestres) para, finalmente, desembocar en este proyecto de Ley que engloba blindajes casi absolutos sobre zonas cada vez más vastas; a saber: áreas marítimas protegidas, espacios naturales incluidos en la Red Natura 2000, corredores ecológicos entre espacios naturales, áreas de montaña, espacios protegidos transfronterizos, toda la flora autóctona y toda especie animal silvestre (insectos incluidos), sus nidos, sus crías o sus huevos, estos últimos aun estando vacíos (sic).

A parte de sus excelentes intenciones, la ceguera de los conservacionistas, en su afán de extender su manto salvífico sobre la naturaleza, es pensar que todo acto de producción humana que use recursos naturales es un empobrecimiento de los tesoros de la naturaleza (lo dado estáticamente), sin atender al papel que la inteligencia humana juega en el proceso creativo de constante incremento en el suministro de recursos naturales económicamente utilizables, tan necesarios para todos nosotros y para las generaciones venideras.

Las innumerables ocurrencias interventoras de semejantes amigos ibéricos de la Naturaleza (1,2,3,4,5,6,7) tendrán irremediablemente efectos perjudiciales para nuestro progreso económico futuro.

Individualismo, payeses y Josep Plá

"La revolución económica absolutamente benigna es la que se produce cada día sobre las mesas de los notarios", comentaba el escritor Josep Plá acerca de los tratos entre aparceros y rentistas, a los que conocía muy bien; uno de los grandes de la literatura que descifró el alma de los payeses, los labradores en su variada condición, los praxeólogos quizá primordiales.

Alabados por el Romanticismo, vituperados por Balzac, Maupassant y Chejov; sin embargo, en El payés y su mundo (1953) de Plá se encuentra un ecuánime retrato de los labriegos, en este caso los de su amada patria ampurdanesa: "Los payeses tienen muchos defectos, pero las mejores cualidades del país también se relacionan con ellos; tienen los pies en el suelo, y un sentido de la lentitud, de la calma, del trabajo, de la tenacidad, de la continuación quizás más acusado que en cualquier otro estamento. Nunca son banales, no les devora el ansia ni la tristeza de la ambición… ¡Dios quiera que se respete el recalcitrante individualismo de los payeses!"

Josep Plá (1897-1981) fue un prosista excepcional en ambos idiomas, catalán y castellano, durante el pasado siglo. Los 46 volúmenes de su obra completa atestiguan una labor ingente, hercúlea. Entre su narrativa destaca El cuaderno gris (1919), un modelo de introspección y agudeza ante la vida como no se había publicado hasta la fecha. Plá ejerció el periodismo durante 30 años como corresponsal: narró los balbuceos de la Rusia soviética, conoció de primera mano el advenimiento del fascismo en Italia y fue testigo directo de la hiperinflación alemana tras la primera postguerra. En una entrevista por televisión, Plá detallaba que para comprar un dólar USA eran necesarios ¡cuatro billones de marcos alemanes! La desolación germana llegó a ser atroz; de ahí su interpretación de la inflación como síntoma de envilecimiento moral.

En España, desde sus crónicas para La Veu de Catalunya, el maestro de Llofriu vaticinó el colapso de la Segunda República. Los milicianos de la CNT-FAI, durante el auge del desastre, pretendieron acabar con él, pero pudo darse a la fuga. Después, en un tiempo de silencio y recuperación, regresó a sus célebres reportajes (Israel, Nueva York, Oriente Medio) y colaboró en el semanario Destino, una empresa cultural de origen falangista que devino con el tiempo en europeísta y liberal, un oasis en el páramo, adquirida y cerrada finalmente por los nacionalistas de ocasión. A Plá le negaron casi siempre el pan y la sal: los conservadores del franquismo nunca se fiaron de él; los independentistas del terruño poco menos le consideraron un traidor. Pero tratándose de de un personaje impar, ajeno a la envidia propia y ajena, no parece que el menosprecio de unos y otros hiciera demasiada huella en su inagotable labor.

Josep Plá, que era el hereu –primogénito– de la finca paterna, no reveló en el payés un ser virgiliano puro, todo bondad, carente de defectos. Al contrario, le disgustaban sobremanera el señorío de la sabihondez, la desconfianza y la impericia comercial entre sus paisanos. No obstante, en El pagès i el seu món el fértilgerundensedilucidaacerca de la acción humana: "El individualismo no es el monopolio de un estamento determinado; solo que entre los payeses es más visible y pintoresco. El individualismo no es ningún defecto; quizá sea la única riqueza que poseemos. Lo interesante sería avivarlo en un marco que permitiese sacarle el máximo rendimiento."

El clima y los clientes son las poderosas razones del pragmatismo campesino: "Los payeses se mueven dentro de dos ambientes inasibles: una determinada situación meteorológica y una determinada situación del mercado. Estos son los dos polos de la vida de un payés. No pueden dominar ninguna de las dos situaciones. La meteorología casi nunca discurre de acuerdo con nuestros intereses; por lo general es hostil, y si por casualidad es favorable, se trata entonces de una simple propina, de una probable equivocación de las fuerzas naturales. Y el mercado es inaferrable, innominable, sujeto a un mecanismo vastísimo y endemoniadamente complejo."

Para el autor el mercado posee factores civilizatorios inaprensibles: "Los payeses tienen a su favor la ley más profunda de la relación humana: la ley de la oferta y la demanda. Esta ley es general y permanente. Está por encima de nuestros sentimientos, de nuestros deseos, de nuestras pomposas declamaciones moralizantes. Esta ley habrían podido forzarla, acusarla, hacerla más incisiva. No creo que lo hicieran. La ley actuó sin que los payeses intervinieran. En el funcionamiento de su mecanismo fueron elementos pasivos."

Plá se refería en su ensayo a los payeses de la década de los cincuenta, los cuales habían levantado el vuelo y espantado su propia miseria por causa de las necesidades alimentarias de España entera. Se trataba de un fulgor campesino rápidamente oscurecido por la tercerización que se veía inminente. No obstante, el arquetipo planiano subsiste; puede verse reflejado, por qué no, en los emprendedores rurales de hoy. Cuando se tiene ocasión de conversar, por ejemplo, con agricultores de Castilla y otros sitios, aparecen socarronerías, bloqueos mentales, incomprensión hacia el otro. Más unos minutos después, esos mismos emprendedores sorprenderán con la próxima licencia de cultivo que acaban de adquirir en la Universidad de California, el último curso de dirección de equipos al que asistieron, la plantilla de trabajadores que necesitarán en toda regla, la expansión de su futura producción en la costa oeste de Marruecos, el plan de ventas que llevan en agenda y mente. Aquellos que quisieron permanecer junto a la tierra, siempre lo tuvieron claro. El ciclo que vislumbró don Josep continúa.

Si usted no tiene conciencia ecologista no es un inmoral

Conviene aclararlo pues los gurús del ecologismo, los máximos representantes de los grupos ambientalistas, los políticos más implicados en sacarnos los cuartos para acabar de una vez por todas con las agresiones medioambientales, llevan años sugiriendo que el que no comparte su punto de vista es un insolidario, un inmoral, en definitiva una mala persona. La satanización del contrario es desde luego uno de los pasos propagandísticos esenciales para el control de masas.

Hace poco Cristina Carbona, ministra de Medio Ambiente, criticaba a los votantes del PP en la Comunidad Valenciana y los acusaba de falta de conciencia ya que a su entender la política urbanística del Partido Popular, ganador por mayoría absoluta en las recientes elecciones autonómicas, es depredadora y destructora del entorno, y que los ciudadanos no son conscientes de “de las consecuencias a medio y a largo plazo de algunas actuaciones que se están desarrollando”. Lo cierto es que Cristina Carbona olvida que las prácticas urbanísticas de su partido en otros lugares de España, incluso en la propia Comunidad Valenciana, no distan mucho de las del PP y muchas veces es cuestión de matiz, de añadir el concepto “vivienda pública” en unas cuantas páginas del legajo para hacer la construcción más políticamente correcta. El suelo es público y comunidades y ayuntamientos, sean del color que sean, viven de la venta de suelo.

Pero quizá eso no es lo más grave de las declaraciones de la ministra sino que para esta política el español, en especial el votante del PP, es medio lerdo ya que no ve las consecuencias de su nefasta elección ante las urnas, presuponiendo de esta manera una debilidad mental, una incapacidad insultante. La inconsciencia forma por tanto parte de una moral desviada o en el peor de los casos, de una falta de moral y de ahí, la necesidad de una asignatura en la educación pública española como “Educación para la ciudadanía”. El mesianismo es un defecto (puede que desde su punto de vista sea una virtud) de los políticos populistas, un insulto hacia él que dicen servir. Las declaraciones de la ministra no dejan de ser una mera comparsa de un plan mucho más profundo y peligroso para nuestros bolsillos, el de José Luis Rodríguez Zapatero que ha anunciado 170 medidas concretas y urgentes para luchar contra el cambio climático, con un “calendario claro y disposición de recursos”. Hay que justificar semejante latrocinio.

Zapatero considera el cambio climático como el mayor problema al que se enfrenta la humanidad y por tanto la sociedad española, aparcando a un lado otros mucho más nimios como el terrorismo de la ETA o una economía, la española, que parece dirigirse hacia épocas de vacas flacas. El cambio climático es una excelente excusa para la regulación y control del sector energético, a través de la promoción de las energías renovables, es un excelente vehículo para el “ordenamiento” de sectores tan básicos para la economía española como el turismo y sí, el ladrillo y la infraestructura pública de la que viven tanto nuestros políticos como un buen puñado de empresarios, es una buena excusa para la adopción de medidas educativas básicas como la ya mencionada asignatura de “Educación para la ciudadanía” o de otras iniciativas del ministerio. Pero esto no es inmoral, no para el ingeniero social.

El ganador de un Óscar, Al Gore, ha declarado recientemente que la lucha contra el cambio climático es “una cuestión moral”, que el deshielo de Groenlandia es mucho peor que los atentados del 11 de septiembre en Estados Unidos, que estamos inmersos en un enfrentamiento entre “nuestra civilización y la Tierra”. Está claro cuál es el malo en esta película, y lo dice alguien que no duda en consumir más energía que la inmensa mayoría de los habitantes del planeta, lo dice alguien alguna de cuyas inversiones es de las más contaminantes que existen en Estados Unidos, lo dice alguien que no se aplica los principios que el mismo predica, pero al que le parece inmoral el que no los cumple. A eso se le suele llamar hipocresía, por mucho que uno lo disfrace. No es extraño que Al Gore haya recibido otro premio, además del óscar, del Gobierno español, el “Príncipe de Asturias de Cooperación”, Zapatero y Gore son tal para cual.

Concluyo, desengáñese, si usted no piensa como todos estos sacacuartos no es un inmoral, incluso es posible que se encuentre muchos tramos de escalones por encima de de ellos. Es posible que piense en otras posibilidades, que no perciba el problema como ellos y le importe muy poco. También es posible que considere que de existir, se puede solucionar de otra manera, dejando actuar al capitalismo y al libre mercado, dejando de lado a ingenieros sociales y a iluminados verdes, que se puede acometer según surgen los conflictos, experimentando cuál debe ser la respuesta más adecuada en cada momento, pero no destinando dinero a algo que no se sabe cómo, cuándo y con qué fuerza va a surgir. De hecho es posible hasta que el problema ni siquiera exista pese al supuesto “consenso” científico que dicen que existe, no al menos como está planteado. En cuanto a inmoralidad, algunos deberían hacérselo mirar.

¿Qué fue de ese talante?

Y es eso lo que explica que la censura pueda actuar en varios países democráticos del Viejo Continente sin que suponga un escándalo. Puede ser cierto que Manhunt2 contenga una violencia gratuita excesiva, hasta grados de sadismo, pero eso no implica que su prohibición en Inglaterra, Irlanda e Italia esté justificada.

Al margen de los responsables de Amnistía Internacional, que debe de estar celebrando una medida que cuadra con sus deseos de censura en el sector, los europeos deberían protestar por una política que atenta gravemente contra su libertad. La violencia excesiva no es una excusa válida para sumir a los videojuegos en una situación que recuerda a los índices de libros prohibidos de siglos pasados o a las restricciones a las proyecciones de películas propias de sistemas dictatoriales. Una cosa es que una empresa decida libremente retirar un título del mercado por las justificadas protestas de una madre que perdió a su hijo de una forma especialmente traumática. Otra muy diferente es sea el Estado quien marque qué es tolerable para la población.

Los adultos deben decidir libremente con qué videojuegos entretenerse, al igual que hacen con los libros, el cine o la televisión. Y sobre los niños, se pongan como se pongan algunos supuestos defensores de los derechos humanos, es responsabilidad de los padres controlarles en estos terrenos. Lo realmente terrible es que en lo referido al software del entretenimiento gran parte de los ciudadanos europeos están dispuestos a admitir sin problema una cesura que no tolerarían en otras materias.

Casi nadie admitiría que se prohibieran películas con un alto contenido de violencia. Ejemplos sobran, y en algunos casos se trata de filmes considerados por crítica y público como excelentes. Pensemos, entre otros, en La Naranja Mecánica, La Chaqueta Metálica o La Cruz de Hierro. En todas ellas el espectador puede ver muertes violentas y escenas de un sadismo explícito innegable. Lo mismo ocurre en literatura. Numerosos libros contienen descripciones muy gráficas de asesinatos y otro tipo de muertes muy sangrientas. Sin embargo, se venden libremente en librerías de todo el mundo democrático. Se entiende, y de hecho es así, que la libertad de expresión es fundamental y no debe ser cercenada.

Pero con los videojuegos no ocurre lo mismo. Demasiadas personas están dispuestas a admitir sin problema alguno que el Estado le recorte su libertad, y de paso la del resto de ciudadanos, en aras de protegerles de una violencia de ficción excesiva. Son los felices siervos que sufren la censura con alegría. El miedo a lo "nuevo" (los juegos de ordenador ya llevan unos cuantos años entre nosotros) puede influir en esto. La constante demonización de los mismos –que recuerda a la que antes sufrieron los libros, el cine o la televisión– ha conseguido que muchos bajen la guardia ente los excesos de los Gobiernos.

Si antes se prohibían películas y libros con la excusa de proteger al pueblo de la "inmoralidad" del sexo o de ideas consideradas nocivas, la nueva moral políticamente correcta hace creer que es correcto quitar libertad para evitar que el ciudadano vea violencia en videojuegos. Como entonces, lo de ahora también es simple censura.

La factura de la falacia ecológica

El Gobierno español se ha aferrado con una fuerza inusitada a las falsas tesis ecologistas contra el calentamiento global. Un error cuya factura ya estamos pagando entre todos. Al suculento coste que, de forma directa, supondrá el Protocolo de Kioto para la economía española (cercano a los 7.400 millones hasta 2012), habrá que sumar toda la estructura impositiva que prevé poner en marcha el Ejecutivo sobre la base de la denominada “fiscalidad verde”, así como una infinidad de elementos regulatorios e intervencionistas que impregnarán de tufillo medioambiental crecientes áreas del ámbito político, económico y social.

Así, según estimaciones realizadas por los propios constructores y promotores inmobiliarios, el cumplimiento del nuevo Código Técnico de Edificación impulsado por el Ministerio de Vivienda implicará un encarecimiento artificial de la obra cercano al 15%. Además, normas como la nueva Ley del Suelo o el Anteproyecto de Ley del Patrimonio Natural y la Biodiversidad anteponen la protección ambiental sobre la ordenación territorial y urbanística, limitando con ello, aún más, la oferta del sector inmobiliario y residencial.

Pero lejos de acabar aquí, la mancha verde se extiende. Los nuevos estatutos autonómicos incluyen diversos principios inspiradores para legitimar el desarrollo, en un futuro inmediato, de todo un elenco de medidas legislativas destinadas a la defensa de fines ecológicos: nuevos impuestos, licencias y autorizaciones medioambientales para la apertura de actividades empresariales, limitaciones al tráfico de vehículos, multas y sanciones para castigar el consumo excesivo de recursos como el agua o la electricidad, y un largo etcétera.

España, junto a la UE, se vanagloria de ser un referente mundial en la lucha contra el cambio climático y, mientras tanto, nuestras economías (es decir, nuestros bolsillos) han de soportar las consecuencias de este frenesí interventor, sin control, propio de la Política. La previsión de que la UE incluya el transporte aéreo, tanto continental como internacional, en el mercadeo de las emisiones de CO2 a partir de 2011, supondrá un coste aproximado de unos 4.000 millones de euros anuales. Un coste que, por supuesto, incorporarán los correspondientes billetes de avión.

Pero lo más grave, si cabe, es la imposición por decreto del uso de las energías renovables, mucho más caras e ineficientes que las fósiles. Así, en base al objetivo fijado por el Gobierno para 2010 (elevar al 5,83% el porcentaje obligatorio de biocombustibles), España está abocada a multiplicar por 55 el consumo de biodiésel y por 8 el de bioetanol en sólo tres años. Aprovechando el boom de la burbuja ecológica, inflada gracias al poder político, los sectores interesados han acelerado su marcha para que la producción española de biocarburantes alcance el próximo año el 80% de la cuota de mercado (en 2006, se elevó al 28% del total), según las previsiones de la consultora DBK. De este modo, se prevé la puesta en marcha de unas 50 plantas de este producto en 2008 (en 2006, había 16).

Lo curioso es que la propia OCDE acaba de llamar la atención sobre un hecho relevante: sólo algunos biocarburantes, en particular, los obtenidos de la caña de azúcar en Brasil, ofrecen un balance claramente positivo en términos de emisiones contaminantes, por lo que sólo éstos deberían promoverse. De hecho, este organismo vislumbra “incertidumbres” en un mercado que, para llegar a sustituir al petróleo, tendría que dedicar a la producción tal cantidad de tierras que medio mundo acabaría, literalmente, muriéndose de hambre. Además, se trata de un sector altamente subvencionado, como no podía ser menos, pues nace al abrigo del poder político: un coste superior a los 15.000 millones de dólares anuales en sus 30 países miembros, según el informe de la OCDE. Parece que los agricultores europeos y norteamericanos han encontrado en el medioambiente su particular tabla de salvación para afrontar con éxito la pérdida paulatina de ayudas gubernamentales que exige la globalización.

Y qué decir del objetivo de la UE para que en 2020, nada más y nada menos que el 20% de la energía primaria que consumamos provenga de fuentes renovables, como la energía eólica o solar, igualmente costosa. En esto, los españoles, por desgracia, volvemos a ser pioneros y “ejemplo” mundial, tal y como publicita nuestro Gobierno. España, un país altamente dependiente en materia energética, destina ingentes sumas de recursos públicos al desarrollo de estas fuentes alternativas (unos 1.000 millones de euros anuales en I+D en el futuro inmediato) de carácter “incierto” y precio “muy elevado”, tal y como advierten ahora numerosos expertos.

Nos deberíamos sentir orgullosos, ¿no creen? Por fin, España se sitúa a la cabeza de algo en el ámbito internacional. Una pena que el Apocalipsis del calentamiento global sea una falacia difundida por los ecologistas; triste que la reducción de emisiones de CO2 a la atmósfera no sirva para reducir la caótica temperatura del planeta; calamitoso que, para ello, tengamos que prescindir de nuestras comodidades al tiempo que las facturas de nuestra economía alcanzan cifras desorbitadas; penoso que los ciudadanos confíen en la inteligencia y el olfato de sus políticos para dirigir sus actos y moldear sus voluntades… Qué bonito hubiera sido todo si el sueño ecolojeta no se sustentara sobre pies de barro. No busquen más. El comunismo del siglo XXI ya está aquí, y se hace llamar Economía Sostenible.

Llegó la goremanía

Al Gore, que después de servir en la Administración Clinton y pegarse el batacazo en las presidenciales de 2000 ha roto en documentalista de éxito, se ha propuesto acojonar a medio planeta. Pero no por hacerse rico y famoso, que eso es de derechas, sino para salvar a la Humanidad entera, aunque para eso tenga que pasar el apuro de reñirnos un poco.

Primero recorrió el mundo afirmando que él solito había creado internet. Después le dio por estudiar un asunto apasionante, la televisión "interactiva", y a punto estuvo de crear Youtube (un par de neuronazas más y también lo hubiera inventado él). Pero finalmente, y gracias a sus apasionantes descubrimientos en materia de física de fluidos, ha encontrado en la salvación de la Humanidad su verdadera vocación.

Según Gore, de cuyos saberes en materia climatológica nadie osa dudar, la Tierra se está calentando por culpa del elevado consumo energético de los seres humanos. Y como el hecho de que el planeta se caliente algunas décimas de grado en el lapso de un siglo es, según los goremaníacos, una amenaza catastrófica que acabará con la especie Homo sapiens, el nuevo líder ecologista se ha impuesto como tarea/cruzada personal convencer al mundo de la necesidad de una actuación combinada de los distintos Gobiernos para evitar que nos hagamos pupita nosotros mismos.

Pero lo emocionante de la labor de Gore es que no se limita a reñir verbalmente a la Humanidad por su comportamiento contaminador, sino que con, su comportamiento, nos enseña el camino correcto para preservar la vida sobre la Tierra. Y para que el efecto tenga un impacto mucho más directo, el flamante premio Príncipe de Asturias ha decidido que, en lugar de convertirse en un anacoreta y limitar su consumo y el de los suyos al mínimo vital, lo pedagógico es hacer exactamente lo contrario, para que todos veamos claramente lo que no se debe hacer.

Y el bueno de Gore se sacrifica (y seguramente lo seguirá haciendo durante largos años) y se obliga a vivir en una casa con veinte habitaciones y piscina climatizada, a consumir veinte veces más energía que cualquier ciudadano medio estadounidense y a invertir en minas de zinc, que no envían a la atmósfera gloria bendita, precisamente. Salvar al mundo exige un precio y, por suerte para la Humanidad, hay héroes como Gore dispuestos a pagarlo.

En su calvario personal por defender el planeta, qué coño el planeta, ¡el Sistema Solar!, Al Gore se ha sometido incluso a la tortura de recibir un óscar de Hollywood, que acudió a recoger en una especie seiscientos tuneao con motorcito a pilas para quedar bien entre el artisteo de Malibú, cuyo tren de vida, como es sabido, oscila entre el de los eremitas medievales y el de los rigurosos ascetas tibetanos.

En general, la comunidad científica seria se ha descojonado con el documental gore de Gore, pero ha habido casos de estudiosos (no los climatólogos, que siguen aferrados al fascismo de los hechos comprobables) que han aplaudido entusiasmados ante la opera prima de este amigo que nada tiene de primo, quizás por los efectos especiales, que son una chulada, las cosas como son.

Mas el hecho de que el documental de Gore sea una obra de ficción fundamentada en datos sesgados, erróneos o directamente falsos, es lo de menos. Lo importante es que sirva a la estrategia global del progresismo, destinada a acabar de una puñetera vez con el sistema capitalista, que es de lo que se trata. Bajo esas coordenadas ideológicas, la obrita de Gore tiene una importancia capital.

Nada más apropiado, por tanto, que se le otorgue a Mr. Gore, en nombre de todos los españoles, el premio que lleva la denominación del Príncipe de Asturias, que, como es también conocido, acude a sus actos oficiales en bicicleta, con Leticia montada en el asiento de atrás, y vive en una solución habitacional tan diminuta que su capacidad de contaminar es virtualmente cero patatero.

Sirvan estas pobres letras, en consecuencia, para honrar como se merece al Premio Príncipe de Asturias 2007 de Contaminación Internacional. ¿O era de Cooperación?

El príncipe Gore

Por si a Al Gore le faltara publicidad o financiación, el jurado del Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional ha acudido en su auxilio.

Les diré que Gore, hace un año, en mayo de 2006, afirmaba que "nadie está interesado en soluciones si no creen que hay un problema" y que por lo tanto creía apropiado recurrir al alarmismo para captar la atención de la audiencia y así, ya en estado de shock, hacerla más receptiva a las medidas con las que tendría que comulgar para salvar el planeta. Precisamente este esfuerzo, ciertamente propagandístico, es lo que ha destacado el jurado que ha otorgado el premio:

El Jurado quiere, sobre todo, resaltar con este premio los grandes méritos de Al Gore, un hombre público que, con su liderazgo, ha contribuido a sensibilizar a sociedades y gobiernos de todo el mundo en defensa de esta noble y trascendental causa.

Hay que suponer que en la concesión del galardón ha primado la buena voluntad de los jurados, buenos propósitos asentados sobre la creencia firme de que estamos ante un verdadero problema; de hecho, si hemos de creer a Gore, en las puertas de un verdadero cataclismo. Según los estatutos de la Fundación los premios se destinan a galardonar "la labor científica, técnica, cultural, social y humana realizada por personas, equipos de trabajo o instituciones en el ámbito internacional". Concretamente, el otorgado al ex vicepresidente Gore se concede "a la persona, personas o institución cuya labor haya contribuido de forma ejemplar y relevante al mutuo conocimiento, al progreso o a la fraternidad entre los pueblos".

Aunque hay que recordar que aunque la labor científica de Gore fue avalada por la revista Scientific American, que le nombró político de 2006, no parece que la ciencia sea el principal protagonista de la cinta que le hizo merecedor de un Oscar, también el año pasado. Los datos, las imágenes, las conclusiones apocalípticas con las que rellena 90 minutos de docuganda no son mantenidas, en su mayoría, ni siquiera por el IPCC. Podemos citar algunos ejemplos llamativos.

Gore nos recuerda que en Europa murieron 34.000 personas a causa del calor en 2003, para luego afirmar que la cifra será millonaria por culpa del calentamiento global. Por su parte el IPCC atribuye la ola de calor de aquel año a fluctuaciones climáticas locales ya que no puede establecer su relación con el incremento de los niveles de CO2, ni por lo tanto al calentamiento que, nos dicen, el satánico gas precipita.

Nos cuenta que el nivel del mar subirá dramáticamente cuando el hielo de la Antártida, el de Groenlandia y el (flotante) polo ártico se hayan derretido. Esto ocasionaría, según Gore, terribles inundaciones que afectarán a todas las grandes ciudades costeras provocando la muerte, la destrucción más atroz y el desplazamiento de millones de personas. Bluf. Incluso según el IPCC esto es un delirio colosal. Entre otros motivos, por destacar uno bien llamativo, porque la Antártida no se está derritiendo, al contrario. Además, habría que añadir que, aunque Gore no lo menciona, Groenlandia soportaba en 1920 temperaturas como las actuales e incluso se "calentaba" más rápido.

Pero sin duda, uno de los "exteriores" favoritos de Gore es el Kilimanjaro, cuyos glaciares estarían desapareciendo a causa del calentamiento acarreado por el cambio climático. Sin embargo, según Pat Michaels, la temperatura de la cumbre del Kilimanjaro ha descendido 0,22ºC desde 1979, pese a lo cual los glaciares que la adornan siguen desapareciendo.

[…] el período desde 11.000 a 4.000 años atrás era más caliente en África de lo que es hoy en día, y a pesar de esto el Kilimanjaro tenía glaciares porque también era más húmedo que ahora. Algunos calculan que la precipitación actual equivale a la mitad de lo que era durante ese período caliente. Obviamente es la precipitación –no la temperatura– la clave de la glaciación en el Kilimanjaro.

Por otro lado existen evidencias de que los glaciares del Kilimanjaro comenzaron a derretirse a finales del siglo XIX. Y, coincidiendo con lo expuesto por Michaels, no a causa de un calentamiento de la zona, sino por la reducción de la humedad circundante.

En fin. Opino modestamente que el jurado del Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional se ha equivocado al agasajar al político Gore, conocido tanto por su extremismo (capaz de comparar la falta de reciclaje del aluminio con el Holocausto, por ejemplo), como por su falta de coherencia. Espero que el año que viene se informen más para elegir mejor. Si de eso se trata, con criterios más nítidos.

La izquierda, la farándula y el calentamiento global

Se supone que en un debate científico como el que se ha suscitado desde diversas ramas de la ciencia acerca de las variaciones cíclicas del clima terrestre y el posible origen antropogénico del calentamiento global, que una parte de los estudiosos (no la mayor ni la más relevante) parece estar detectando, los directores teatrales o los actores de telefilmes de serie B, en última instancia artistas sin más, tienen poco o nada que decir. Sin embargo, la farándula es el ariete utilizado por la izquierda para extender esta ola de histerismo milenarista, lo que demuestra que el cariz de esta ofensiva anticapitalista es ideológico y no científico.

En el reciente festival de cine de la ciudad de Cannes, Leonardo Di Caprio, cuyos conocimientos en climatología y física de fluidos corren parejos a los de Al Gore, ha aprovechado para advertir al mundo (los progres hablan así) de la necesidad de tomar medidas para frenar la destrucción del planeta a causa del calentamiento progresivo que le está infligiendo el ser humano. Y las vacas, añado yo, dado el nivel monstruoso de metano que emiten a la atmósfera cada vez que plantan una boñiga o se tiran un cuesco. Junto a esta advertencia apocalíptica, tuvo también tiempo para criticar severamente al presidente de los Estados Unidos, que, a su juicio, no hace lo suficiente para que la primera potencia mundial lidere la lucha contra esta supuesta amenaza cataclísmica.

En este afamado festival coincidió con el cineasta Michael Moore, que, a su vez, presentaba su última crítica demoledora hacia las instituciones de su país, en este caso centrada en la a su juicio deficiente calidad de la sanidad pública. Los documentales de Moore, que tanto entusiasmo despiertan entre el progresismo europeo (no podía ser de otra forma), son diatribas monumentales contra el sistema americano y, especialmente, contra su presidente actual, George W. Bush.

El escaso rigor del cineasta y su desparpajo a la hora de manipular informaciones, sesgar datos y directamente mentir, como han puesto sobradamente de manifiesto sus críticos, han convertido sus trabajos en piezas pintorescas de nulo valor descriptivo, como hasta los sectores progresistas con cierto apego por la decencia informativa han acabado reconociendo. Sin embargo, el público al que va dirigido el mensaje aclama enardecido la mercancía averiada que le sirve el orondo documentalista, pues el fanatismo ideológico no necesita demasiada sofisticación intelectual para llenar las sentinas.

Por otra parte, su legión de seguidores no parece encontrar ninguna contradicción en que un multimillonario que invierte su fortuna en empresas tan dudosamente progresistas como Halliburton les anime continuamente a luchar con más energía contra el sistema que le ha hecho rico. Ni en el hecho de que un señor de ese tonelaje, capaz de colapsar por sí mismo el servicio de riesgos cardiovasculares de un hospital mediano, produzca un (llamémoslo así) documental en defensa de una sanidad pública cuyos servicios no tiene pensado utilizar jamás, por razones obvias.

En la presentación de éste su último trabajo, Moore llegó a poner como ejemplo de gestión de la sanidad pública el sistema de salud cubano, afirmación ante la cual sólo la existencia de un retraso mental severo podría servir de atenuante. Pero no es necesario ahondar en los argumentos de las obras de Michael Moore, por lo demás bastante rupestres. Es ficción más o menos elaborada, cuya única finalidad, además de hacer rico a su autor (a lo que tiene perfecto derecho, por otra parte), es labrar al susodicho un nombre en la aristocracia del progresismo planetario.

En este ambiente tan intelectualmente comprometido, Leonardo Di Caprio presentó sus credenciales para entrar en el selecto grupo de los defensores de la Humanidad. Su receta para librar al mundo de su inminente destrucción es, cómo no, frenar el desarrollo económico a través de la eliminación progresiva del combustible fósil como fuente de energía.

Alguien debería explicarle al famoso protagonista de Titanic que los materiales con que se fabrican los paneles solares de su mansión ecosaludable de Malibú y las tapicerías de las limusinas que le llevan a las galas de los Óscar, por poner dos ejemplos, son fabricados por empresas que necesitan cierta energía para producirlos, y que a día de hoy todavía no se ha conseguido hacer funcionar una gran siderurgia con energía eólica.

Aislados en su burbuja emocional y en sus residencias exclusivas de la Costa Oeste, los astros de Hollywood piensan, al parecer, que todas estas medidas coactivas para restringir la producción no les afectan, a pesar de que su consumo de energía y materiales elaborados es mucho mayor que el del común de los mortales, como acredita la factura de la luz de la mansión de Gore, ya que hablamos de artistas.

Por otra parte, si en los EEUU sólo es necesario que un 2% de la población se dedique a la agricultura para dar de comer a 300 millones de personas, es precisamente gracias a la industrialización masiva del sector, cuya maquinaria requiere el consumo de derivados del petróleo. Y eso por no mencionar el hecho de que los principales afectados por las restricciones patrocinadas por la farándula mundial serían precisamente los países del Tercer Mundo o en vías de desarrollo, cuya acumulación de capital, todavía incipiente, no les permite invertir recursos en el uso de "energías alternativas" para producir bienes, a menos que quieran retroceder varias décadas en su nivel de desarrollo respecto al mundo civilizado.

¿Está dispuesto Mr. Di Caprio a condenar a la miseria o a la muerte a varios centenares de millones habitantes de las zonas más desfavorecidas por salvar, supuestamente, el planeta? Ésta es la pregunta que alguien debería plantearle. Y no se tomen a broma la pregunta: algún líder ecomarxista ya ha respondido afirmativamente.

Agricultores liberticidas

Protestan porque están presuntamente en ruina total y exigen soluciones políticas para sus gravísimos problemas: hacerse la víctima es una buena táctica para pedir ayudas y camuflar privilegios a costa del bolsillo del contribuyente. Parece que su actividad siempre está en crisis, no les resulta rentable y las diversas administraciones deben garantizar sus beneficios: ni hablar de libre mercado (derechos de propiedad e intercambios voluntarios) en el cual los que obtienen pérdidas deben aprender a hacerlo bien o simplemente abandonar el sector y dedicarse a otra cosa más provechosa. Gritan que nadie hace nada por ellos, que todo es inoperancia estatal, como si no hubieran oído hablar de la infame Política Agraria Común de la Unión Europea. No se cortan y reclaman justicia a todos los ministerios que haga falta: Agricultura, Industria, Comercio, Economía…

Denuncian las (según ellos) intolerables, desproporcionadas, injustificadas y crecientes diferencias que existen entre lo que perciben por la venta de sus productos y lo que paga el consumidor. Ellos son muchos, pobres, honestos y bien intencionados, pero los intermediarios, distribuidores y comerciantes organizados son unos pocos ricos, fuertes, manipuladores y tramposos que abusan de ellos e incluso les roban. Distraen la atención hablando de equilibrio y transparencia del mercado y libre competencia, de formación anómala de precios, para así tratar de excusar la intervención coactiva del estado: en su propio beneficio, claro, pero asegurando de forma altruista que es una cuestión de justicia y que también es por el bien de los consumidores engañados (que somos todos y pagamos demasiado por la comida). Si están seguros de que los márgenes de otros participantes en la cadena de distribución de alimentos son tan grandes, podrían utilizar el poco espíritu empresarial que tengan para entrar en esos sectores y enriquecerse sin límite. Pero no lo hacen, ¿por qué será? ¿Tal vez hay mucho cuento en sus lloriqueos?

Se escandalizan porque cobran por sus productos lo mismo o incluso menos que hace años, como si tuvieran algún derecho especial a que se les garanticen precios estables o crecientes, independientemente de la oferta y la demanda, de los cambios de las preferencias de los consumidores, de los avances tecnológicos o de la competencia de otros productores (seguramente extranjeros y más dinámicos al no estar acomodados en la dependencia de la subvención y el arancel).

Algunos proponen, pretendiendo que son legítimas y respetuosas con los derechos de todos, diversas medidas liberticidas (muchas ya en vigor): limitar la producción (arrancar campos), garantías de precios de compra, limitar los precios de venta, limitar los beneficios de los intermediarios, limitar las importaciones e incluso prohibir la integración vertical del sector (que los productores comercialicen y los comerciantes produzcan). Creen que el hecho de que se haga en otros sectores les da derecho a exigir lo mismo en el suyo, pero las regulaciones coactivas limitadoras de la oferta o garantizadoras de beneficios son contrarias a la libertad en todos los ámbitos, y no se trata de extenderlas a todos sino de eliminarlas.

Algunos denuncian que el mercado agrícola está adulterado por los grandes comerciantes. Que no reciben ofertas de compradores, sino que tienen ellos que ofertar sus cosechas, y además deben pagar una comisión al intermediario. Que sus contratos de compraventa no son por escrito sino de palabra, que no se fija la fecha tope de recogida del producto por el comprador, que no se les indemniza si éste se estropea, que a veces ni se fijan precios en el contrato (se vende a resultas) ni fecha de pago. Podrían modernizarse y aprender a negociar mejor o integrarse en una cooperativa, pero tal vez no les gustan las condiciones, o las consideran ineficientes; lástima que no se animen a promover su propia cooperativa para demostrar que puede hacerse mejor. Quizás lo hacen lo mejor que pueden, pero desgraciadamente esto no siempre es suficiente para mantenerse en mercados libres y competitivos: por eso exigen privilegios protectores a costa de los demás. Cambiar de modo de vida, eso nunca.