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Etiqueta: Recursos energía y medio ambiente

La deshumanización del medio ambiente

En el análisis dominante sobre los problemas del medio ambiente hay un error de fondo que no deja enfocar adecuadamente las posibles soluciones. Parte del la premisa errónea de que la política puede resolver los problemas que el mercado o los individuos no son capaces de solventar. Como en muchos otros debates, la política debe prevalecer sobre la economía.

Según esta idea, son los individuos de la casta superior, los funcionarios y políticos, los que determinan qué se considera un problema medioambiental. A partir de entonces, la sucesión en cadena del dominó intervencionista empieza a sobrevenirse y un nuevo mercadeo de presiones y favores políticos nace ex nihilo.

Pero, para ello, es fundamental crear el problema y trasladarlo de manos privadas siempre más hábiles (según el teorema sobre la imposibilidad del socialismo) a manos burocratizantes. Condición sine qua non es la deshumanización del medio ambiente. En lugar de considerar las relaciones y problemas del ser humano con otros seres humanos en la naturaleza como un escenario más del juego de la vida, se diviniza a la naturaleza como un ente independiente y superior. No obstante, el problema medioambiental es un problema de planes de acción individuales contrarios entre sí, y no un problema que nada tiene que ver con las personas que interactúan en la naturaleza.

Esto tiene un corolario teórico al respecto que, casualmente, está sustentado en las teorías neoclásicas de los profesores Pigou y Coase. Sobre estas ideas, la solución otorgada por los políticos y economistas intervencionistas se sostiene en la maximización del bienestar general. Considerando los recursos dados y la imaginación congelada, la asignación de los bienes debe ser tal que el beneficio marginal individual no debe sobrepasar el coste marginal social. Es decir, no importa quién sea el propietario que soporta ese coste –puesto que es un coste de y para la sociedad–, sino que existe un problema con variables independiente de los auténticos protagonistas. Esto permite que en lugar de hacer hincapié en quien sufre una consecuencia indeseada en su propiedad, tal como podría ser el aire contaminado o residuos tóxicos, el verdadero protagonista (el individuo) ve anulada su importancia en pos de maximizar el bienestar del grupo (algo indefinido).

Así, se relativiza hasta tal punto el concepto de coste, que éste ya no tiene que ver nada con la propiedad y, por tanto, con la valoración de las personas, sino que se difumina deshumanizándolo y quitándole subjetividad. Y sin subjetividad, no hay un concepto real de coste, sino un concepto político-ingenieril.

Si una empresa vierte residuos tóxicos en la parte alta de un río, que perjudica a otra empresa situada más abajo de éste, la solución a este conflicto no pasa por permitir contaminar si se compensa al perjudicado con una cantidad fijada por la ley o los tribunales, ni tampoco en penalizar al que echa residuos con multas o impuestos, sino en permitir que el propietario del río paralice por completo la acción del emisor de residuos o en imponerle lo que él considere justa compensación: sin propietarios no hay ni siquiera contaminación, puesto que no se atacan los planes legítimos de nadie.

Solo permitiendo el surgimiento y desarrollo de los derechos de propiedad (libertad) se podrán fijar precios de mercado reales para la contaminación y eliminar o compensar el daño que generan a los auténticos afectados (los propietarios), de modo que se resuelvan los problemas medioambientales adecuadamente entendidos.

El consumo (anti)ecológico

La idea resulta atractiva. El mercado es como una democracia, pero con varias diferencias. La primera es que se cumple aún menos aquello de "un hombre-un voto". No se vota cada cuatro años, sino cuando uno lo desea o necesita. No elegimos un representante de nuestros intereses, sino que actuamos por nuestra cuenta y no votamos por asuntos que no nos conciernen; todo lo contrario. Lo que sí es cierto es que tenemos la capacidad de contribuir a cambiar las cosas con nuestro "voto" en el mercado. Pero a lo mejor no como nos lo imaginamos.

Porque aquello de la producción ecológica consiste básicamente en renunciar a muchos de los avances de la técnica de los últimos años. Fuera pesticidas y fertilizantes. El arado romano como ideal ético. El problema es que son esos productos químicos, junto con la maquinaria, los padres de la "revolución verde": el campo es varias veces más productivo, lo que ha permitido abandonar las áreas de cultivo que, después de varios milenios, están siendo de nuevo recuperadas por el bosque. Los productos orgánicos, o ecológicos, miran decenas de calendarios atrás. Así, para producir lo mismo, necesitan más y más terreno cultivado. No está claro que sea más ecológico.

El bosque, que ha sido allanado por el hombre durante milenios, transformándolo en cultivos y pastos, ha dejado de menguar. Un reciente estudio, elaborado con una nueva tecnología (Forest Identity), más justa con la realidad, demuestra que la superficie forestal se está recuperando en el mundo. Pero no de cualquier modo. Cuando un país alcanza una renta de en torno a los 4.600 dólares por persona, la introducción de los usos más capitalistas en la agricultura hace que se reduzca la superficie cultivada, y que la recupere el bosque. No hay por qué volver al pasado.

El síndrome de San Pablo

Cuentan los Hechos de los Apóstoles que Saulo de Tarso cayó de su caballo camino de Damasco ante una luz que le preguntaba por qué le perseguía. Ciego y asustado, Saulo comprendió que Dios le llamaba al buen camino. Pablo, apóstol de Cristo, comenzó una senda que llevaría a la Cristiandad a la salvación. Parece que Al Gore, salvando las distancias entre uno y otro, en algún momento de su carrera política fue cegado por el ídolo del ecologismo y que su misión es convencernos de que nos acercamos a la Apocalipsis climática, guiarnos por el buen camino pese a nosotros mismos, calmar nuestras ignorancia, aliviar nuestras penas, perdonar nuestros pecados.

No es el primero ni será el último que participan de esto que he venido en llamar Síndrome de San Pablo, Lenin cayó de rodillas ante el dios marxista, Hitler se erigió en el líder de la raza aria triunfante entre los demás seres inferiores. Los convertidos son, entre los creyentes, los más pertinaces pues deben de deshacerse de su pasado pecador y demostrar su recién adquirida fe. Y no es que Al Gore fuese en el pasado un político especialmente combativo con el ecologismo –fue en la época Clinton, con Gore de vicepresidente, cuando la presidencia firmó el Protocolo de Kioto que luego no fue ratificado por un Congreso dominado por los republicanos–, pero sorprende que durante el periodo en el que tuvo ese poder no hiciera mucho más por el medio ambiente, tanto como pide ahora. La hipocresía es una de esas habituales cualidades de los hombres de estado que nos negamos a ver cuando nos son simpáticos o que incluso aplaudimos cuando cojeamos del mismo pie.

Su documental, An Incovenient Truth (Una verdad incómoda), es un alegato sin complejos a favor de las tesis ecologistas, alegato que usa las mismas armas que el ecologismo, las mentiras, las medias verdades y una buena dosis de propaganda con una excelente puesta en escena. Pese a la buena crítica por parte de los medios de comunicación, tan políticamente correctos, ha encontrado algunos periodistas y opinantes que se atreven a dudar de algunas de sus dogmas. Estos pecadores nos recuerdan que no hay verdades absolutas en un tema tan complejo como es el clima terrestre y que todo escribano tiene un borrón.

Paul Reiter, director de la Unidad de Insectos y Enfermedades Infecciosas en el Instituto Pasteur de París, pone en duda la relación entre el cambio climático y la supuesta proliferación de ciertas enfermedades tropicales:

Hace aproximadamente catorce años, un pequeño grupo de personas desconocidas en mi área de estudios empezó a publicar artículos apocalípticos –especialmente, en la prensa popular– afirmando que zonas templadas de Europa y de América estaban siendo amenazadas con "enfermedades tropicales" debido al calentamiento global, y que estas mismas enfermedades estaban subiendo a las montañas de los países centroamericanos. No había la más mínima evidencia para apoyar semejantes afirmaciones.

Este hecho, aunque desmentido y aclarado por los autores, forma parte de la argumentación de la película. El mismo Reiter nos explica alguna de las falsedades usadas por Gore:

Por ejemplo, afirma que Nairobi, en Kenia, fue fundada a gran altura con el fin de evitar la malaria, algo que simplemente no es cierto. Ubicada a mitad de camino entre Mombasa y Kampala, Nairobi fue un lugar pantanoso e infestado de malaria, donde los masai daban agua a sus manadas. Luego se convirtió en un centro de comercio. De hecho, a 1500 metros de altura, Nairobi está por debajo de la altura máxima de 2250 metros donde la malaria ha sido registrada en Kenia.

Otro que ha decido ponerle las peras a cuarto es Bjorn Lomborg, autor de El Ecologista Escéptico y crítico con el movimiento ecologista, que también saca los colores del ex candidato demócrata a la presidencia americana:

Gore muestra imágenes de la Antártida y habla de un dramático calentamiento del 2%, ignorando que el 98% del territorio ha sufrido un significativo enfriamiento durante los últimos treinta y cinco años. De hecho, según el panel de clima de Naciones Unidas, durante este siglo, la Antártida aumentará su masa de nieve. De igual modo, apunta a una disminución del hielo marino en el Hemisferio Norte, pero no menciona el aumento de hielo en el Hemisferio Sur.

Uno de los grandes aciertos del artículo de Lomborg es llamar la atención sobre la actitud moralizante de Al Gore. Para este nuevo profeta es nuestro deber hacer frente al cambio climático y dejar de lado los otros problemas que podamos tener, tanto a título individual como colectivo. Gore no duda en sacrificar el progreso de la Humanidad para hacer frente a "el peligro" sin pensar en las consecuencias de estos actos, sin pensar siquiera en su idoneidad o de si existen otros muchos aspectos mejorables a los que se puede hacer frente de manera más exitosa que a algo tan difuso como el cambio climático. El objetivo de Gore es ante todo maximizar sus neuras hasta convertirlas en las de todos. La conversión a la fe verdadera.

El alarmismo es una herramienta poderosa de propaganda y este documental es un excelente ejercicio. Por supuesto que no critico su existencia, Al Gore es muy libre de exponer sus propios miedos y neuras, dinero no le falta y poder, tampoco. Tiene a su espalda un poderoso equipo que le fabrica su mundo virtual y nos lo muestra como nuestro mundo real. Más peligroso es que, atraídos por la luz, por el carnero de oro, nuestros políticos se conviertan en actores de semejante teatro, y de paso, nos arrastren a todos en su camino.

Ley de Costas o conversión de propietarios en concesionarios

Si usted ha comprado o heredado un terreno o una vivienda en lo que el Estado considera su costa, no auguro un final feliz a su propiedad. El Estado central, en virtud del arrollador artículo 132 de la Constitución del 78 ha decretado mediante la correspondiente Ley de Costas de julio de 1988 su dominio exclusivo de toda la ribera y rías del mar (unos 7.700 kilómetros de costas españolas, incluidas las de los dos archipiélagos) por razones de "interés público" para su "mejor" conservación, protección y uso racional. Este es un monopolio más donde el Estado, tal y como ha sucedido también con el mar territorial, los recursos marinos, los recursos hídricos o todo el espectro radioeléctrico , ha decidido mantener fuera a la propiedad privada, como si ésta no usara, conservara o protegiera convenientemente sus posesiones.

Ya la antigua Ley franquista de Costas de abril de 1969 establecía un deslinde a partir del cual empezaba el dominio público de las costas. Lo curioso es que la democrática Ley de Costas de julio de 1988 ha ido más lejos: ha fijado un nuevo deslinde con su zona de servidumbre complementaria más ambicioso con respecto al del año 69, con el agravante de no contar la ley con una definición clara de hasta dónde llega su ribera y sus rías; su delimitación es ambigua y poco precisa. Esto pasa cuando el legislador trata arrogantemente de fijar o regular realidades que, por su propia naturaleza, están en permanente cambio como es, en este caso, el acceso del mar a las costas.

Una vez llevado a cabo el acto administrativo de deslinde artificial se confiscarán coactivamente las propiedades que hayan caído dentro de esta nueva demarcación estatal de interés público, que pasarán sin más a titularidad del Estado sin importar lo que diga el Registro de la Propiedad (art. 13). Además, en vez de establecer un expediente de expropiación individual por cada propiedad, la ley arbitrariamente establece una confiscación generalizada; y como "compensación" a los antiguos propietarios afectados (que muchos de ellos han obtenido su propiedad de forma totalmente legal), de la noche a la mañana serán convertidos en meros concesionarios de su antigua propiedad. Eso sí, el Estado graciosamente les dispensará de pagar cualquier canon al respecto (art. 69) por un período de treinta años. Dicha concesión podrá renovarse por otros treinta años más hasta, como máximo, julio de 2048. Esa es la fecha a partir de la cual su uso y posesión real pasará a manos del Estado (las concesiones administrativas tienen siempre fecha de caducidad).

Es verdad que todavía no se siente de forma aguda y generalizada este robo descarado, debido a que en muchas zonas costeras el municipio o la consejería de Medio ambiente y Ordenación territorial de la Comunidad autónoma respectiva (o incluso el particular interesado) no han promovido activamente aún la resolución administrativa del procedimiento del deslinde de titularidad pública (muchas autoridades locales hacen, por el momento, la vista gorda); pero no olvidemos que el primer plazo de renovación o no de estas concesiones, es decir, julio de 2018, dará ya la primera voz de alarma y que el definitivo fin de dicha concesión graciosa llegará en julio de 2048.

A esto se debe añadir otra ocurrencia legislativa: la zona de servidumbre de protección. La conforman los terrenos contiguos al deslinde, los 100 metros –tierra adentro– a partir de ese ambiguo deslinde costero trazado a lo largo de toda la ribera española, a los que podrán añadirse, al menos, otros 100 metros más por mera voluntad de la Comunidad Autónoma o Ayuntamiento respectivos. Esto significa que, además, estos nuevos propietarios de los terrenos meramente colindantes habrán de someterse imperativamente a las reservas o restricciones impuestos por los poderes públicos, tales como prohibición de obras o vallado a la propiedad ya existente, límites a la edificabilidad futura, restricciones a su actividad, etc.

Todos estos abusos se traducirán en numerosos litigios futuros contra el Estado que llegarán a los Tribunales Superiores de Justicia de las CC.AA. y, a la postre, la agonía podrá desembocar en el Tribunal Supremo para ver confirmado el expolio.

Pero, además, hay un serio inconveniente para la defensa de los derechos de los propietarios en general cuando son atacados por los poderes públicos: La propiedad no está amparada por el Tribunal Constitucional (sólo cabe recurso de amparo en aquellos derechos definidos como fundamentales en la Constitución del 78 que van desde el artículo 15 al 29). La propiedad, regulada en el artículo 33 de la Constitución, no es considerada un derecho fundamental. Por tanto, después de emitida sentencia contencioso-administrativa desde la instancia superior, no cabrá, pues, recurso ante Tribunal Constitucional sino, como mucho, ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo (pobres propietarios de costa…).

Llegado el fatídico plazo de julio de 2048, el politiquillo local de turno no se contentará con presentarse sólo en bañador y con su carnet político, sino que lo hará acompañado con las fuerzas coactivas del Estado.

Robo ecologista institucionalizado

El uso racional de los recursos naturales y el respeto al medio ambiente es asumido por la mayor parte de las personas de bien. Sin embargo, ese noble sentimiento es utilizado por el socialismo institucionalizado para dirigir la voluntad de los ciudadanos hacia su redil.

Recientemente fuentes gubernamentales nos han informado sobre cuál será su nueva propuesta intervencionista, ya avanzada por el Ministerio de Medio Ambiente, y que ha sido concretada por el Ministerio de Hacienda mediante una propuesta de fiscalidad “verde” con un nuevo impuesto sobre los hidrocarburos y posiblemente también sobre la matriculación de vehículos, denominado ecotasa y que previsiblemente se comenzaría a cobrar en España a partir del año 2008.

Después de la incesante campaña de intoxicación informativa desde la izquierda y de su nauseabunda propaganda a escala planetaria tanto en EE.UU. (Una historia Gore) como en Europa (Climate Bill) y, por supuesto, en España (Informe Narbona), siempre acaba emergiendo el objetivo último de la izquierda, es decir, siempre aparece alguna forma de intervención coactiva por parte del Estado en la vida de los ciudadanos en aras de un supuesto “bien común” que sólo acaba favoreciendo a aquellos colectivos organizados cercanos al poder político.

Detrás de la alarma catastrofista, propagada a los cuatro vientos por muchos periodistas poco profesionales –al trabajar sin un mínimo de rigor periodístico y al no contrastar su desinformación con otras fuentes–, surge siempre una nueva política intervencionista: bien mediante innecesarias comisiones o agencias que restrinjan y controlen las libertades del ciudadano (CNE, IDAE, EVE, ICAEN, AVEN, SODEAN…), bien en forma de leyes, códigos y planes que distorsionan la libertad de mercado con corsés normativos o exageradas primas y subvenciones (RD436, CTE, PER…), bien con nuevos impuestos sobre los ciudadanos (ecotasa sobre los carburantes o similar).

Detrás de cada mentira (ver Observatorio de Medios), expelida por el pensamiento único socialista ecologista –que en estos momentos ya es institucional y endémico porque afecta por igual a políticos de todo el arco parlamentario– y difundida hasta la saciedad por sus terminales mediáticos, existe una estrategia de adoctrinamiento de los incautos ciudadanos para que, imbuidos de un bochornoso “buenismo” adolescente, se sientan felices de que nuevamente el papá Estado literalmente “robe” el dinero de su esforzado trabajo con un impuesto ecologista.

Todo ciudadano aborregado debe dar la bienvenida a la ecotasa sobre los carburantes, como complemento imprescindible de los planes, normativas y leyes que restringen la libertad de elección del ciudadano, impiden el libre mercado y fomentan la corrupción vía subvenciones partidistas que benefician sólo a los medradores de prebendas.

Sin duda, el afamado libro “Camino de Servidumbre” del señor Hayek –de obligada lectura para aquellos que deseen conocer el devenir de todo proceso socialista– merecería haber incluido un anexo dedicado exclusivamente al ecologismo de izquierdas. Y así, su dedicatoria inicial “a los socialistas de todos los partidos” bien podría haberse dedicado “a los ecologistas de todos los partidos”.

En un interesante debate con ecologistas y engañabobos durante algo más de un mes, se rebatieron con contundencia las principales mentiras del socialismo ecologista y se solicitaba un mercado libre de generación de energía. Según calculábamos allí en detalle, en España, contabilizando solamente las subvenciones durante 40 años a las tecnologías privilegiadas por el maná gubernamental, los sufridos ciudadanos desembolsarán de sus impuestos hasta 5 veces la cuantía del Plan Marshall que se destino a reflotar la economía europea después de la Segunda Guerra Mundial.

Da miedo aventurarse a calcular también todo el lastre económico que suponen para España el conjunto de subvenciones, normativas e impuestos que intentan tapar los agujeros negros que genera el infausto Protocolo de Kyoto, que en nuestro país sólo en penalizaciones rebasa ya ampliamente los 4.200 millones de Euros cada año. Auténtico pavor da analizar la merma competitiva para la economía europea, debido a la suma de distorsiones de mercado que introducen las diferentes legislaciones intervencionistas, derivadas de un infame protocolo con base en un pésimo estudio que es empleado con malicia catastrofista por la izquierda.

Para el desarrollo de un país se necesitan energía barata, buenas infraestructuras y excelente productividad basada en la mejor educación posible para sus ciudadanos. Pero la utopía ecologista no cesa. Parece que los socialistas quieran que acabemos produciendo energía a pedales, mientras India y China siguen con su desarrollo incesante basado en los tres pilares económicos citados. Es lamentable pero actualmente un país comunista como China, adherido al Acuerdo Asia Pacífico, posee un mercado menos intervencionista y más racional en temas de energía y medio ambiente que Europa.

En España, en vez de dar marcha atrás al tremendo error que supone el Protocolo de Kyoto, por su muy dudosa fiabilidad científica y por su enorme merma para nuestra competitividad empresarial, se elige la peor de las alternativas: que se pague su coste con un nuevo impuesto que afecte a todos los ciudadanos.

Aviso a navegantes, vayan preparando sus bolsillos para seguir pagando la utopía socialista del Protocolo de Kyoto ahora en forma de ecotasa sobre los carburantes y/o sobre la matriculación de vehículos. O bien, expresándolo mejor, aunque de modo mucho menos políticamente correcto, vayan preparando sus carteras para continuar soportando el “robo ecologista institucionalizado”.

Bosques más sanos

El hombre de estos campos que incendia los pinares
y su despojo aguarda como botín de guerra,
antaño hubo raído los negros encinares,
talado los robustos robledos de la sierra
.

La indignación de Antonio Machado, que es negro retrato de la pobreza del campo español durante buena parte del siglo XX, aún nos parece plenamente justificada. Así comprobamos con horror como la “sombra errante de Caín” se ha cebado en las costas gallegas, penúltima consecuencia de los incendios del verano pasado. Sin embargo, pese a la terrible tragedia que han sufrido los montes de Galicia y muy particularmente quienes viven o simplemente disfrutan de ellos, lo cierto es que, incluso descontando las más de 140.000 hectáreas arrasadas en España en lo que va de año, el número de árboles se ha incrementado considerablemente en los últimos diez.

Y no sólo en España, como hemos sabido gracias a un reciente informe, “La identidad forestal“, elaborado por un grupo de científicos liderados por el finlandés Pekka Kauppi. Un informe que establece una interesantísima relación entre la riqueza del un país (PIB) y su afán reforestador. Relación positiva que no convencerá a los impermeables. Es previsible que la reacción ante tamaño varapalo consista, como siempre, en acusar a los países ricos de externalizar sus problemas medioambientales, esta vez sobre los amenazados bosques primarios del Brasil de Lula e Indonesia.

En España la reacción de Greenpeace ha vuelto a evidenciar su desprecio por el problema, que en relación con la conducta humana, suponen los incentivos. A su coordinador para la campaña de Bosques, Miguel Ángel Soto, le parece que se están perdiendo los bosques más valiosos a favor de sucedáneos, bosques de pega cuya calidad cuestionaría el optimismo que, por otro lado, encontramos en el propio Ministerio de Medio Ambiente. Al menos es lo que nos cuentan las cifras del tercer Inventario Forestal Nacional (IFN3), cifras parciales ya que todavía no han finalizado los trabajos de recogida de datos en todas las comunidades autónomas. En palabras del Ministerio:

[El IFN3] se está desarrollando ahora y habrá abarcado toda España el año 2007. Este nuevo ciclo ha ampliado notablemente la cantidad de parámetros de los montes objeto de investigación, introduciendo aspectos como la biodiversidad, el paisaje, el desarrollo sostenible, la valoración integral, el recreo, el hábitat, la socioeconomía y otros que en anteriores inventarios o no se estudiaban o se hací­a muy someramente, Así pues, la información que suministra el IFN3 es mucho más amplia, útil y perfecta que la de anteriores inventarios, y está ya disponible para los interesados la correspondiente a diez comunidades autónomas (Galicia, Principado de Asturias, Cantabria, La Rioja, Comunidad foral de Navarra, Illes Balears, Región de Murcia, Comunidad de Madrid, Cataluña y Canarias) y a parte de otra (Castilla y León).

Pues bien, comparando los datos del tercer inventario con los del segundo, el Ministerio adelanta que:

  • Se detecta un notable aumento de la superficie de monte arbolado a costa de una disminución de la del desarbolado y cultivo.
  • La biomasa arbórea existente en los montes es ahora mucho mayor que la que mostraba el IFN2, tanto en valores absolutos como en valores por hectárea.
  • En las provincias cantábricas la expansión del eucalipto ha sido espectacular a pesar de que cada vez se corta más madera de dicha especie.
  • Las frondosas autóctonas (robles, castaño, haya, quejigos, etc.) han crecido considerablemente tanto en superficie como en biomasa.
  • La cantidad de árboles de grandes dimensiones se ha incrementado mucho pero, en cambio, hay ahora menos pies pequeños que hace 10 años.
  • En general los bosques españoles están en la actualidad igual o más sanos que antes.

Así mismo, volviendo a Machado y a sus lloradas llanuras de asceta, encontramos un interesantísimo documento elaborado por la consejería de Medio Ambiente de la Junta de Castilla y León, en el que se informa que en relación con inventarios anteriores:

  • La superficie arbolada ha pasado de las 2.119.139[ha] a las 2.982.318[ha].
  • El volumen de madera se ha incrementado en casi 70 millones de metros cúbicos, alcanzando los 153 millones en 2002. Incluso mi adorada sabina gana 800 mil metros cúbicos.
  • Traducido a número de árboles, se observa una variación favorable del 64% alcanzándose en 2002 los 3.198.967.772 , que ya es precisar.
  • En valores del almacenamiento de CO2 equivalente supone un incremento del 80%.

Ya vemos que las apariencias engañan. La táctica habitual de nuestros ecologetas consiste en extrapolar y exagerar: tomar datos parciales y generalizar las consecuencias de una catástrofe para convencernos de que el ser humano, egoísta por naturaleza, lo es hasta el punto de ignorar tozuda y estúpidamente sus propios intereses. Las buenas intenciones que quieren vendernos y que sirven de coartada a nuevas coacciones no suelen salirnos gratis. La ecología de mercado nos enseña que cuando los incentivos y la información son caros la administración de los recursos se complica. No debemos pensar que la conservación de la naturaleza es un problema moral, una elección estética a delegar y que se resuelve con voluntarismo impuesto a golpe de decreto: más y más regulación diseñada por expertos omniscientes y administrada por burócratas. Citando a Terry Anderson y a Donald Leal:

[La ampliación de los procesos de mercado] para incluir los recursos naturales y los espacios de alto valor ecológico ofrece la única posibilidad de mejorar la calidad del medio ambiente, elevar los niveles de vida y –tal vez lo más importante– de ensanchar el espacio de las libertades individuales.

La recuperada salud de los bosques así parece demostrarlo.

Maltusianos

En el año 1798 se publicó anónimamente An Essay on the Principle of Population (Ensayo sobre el principio de la población), aunque rápidamente se identificó con su autor, Thomas Robert Malthus. En dicha obra se sostenía que el crecimiento de la población humana y del suministro de comida eran divergentes, ya que mientras que la primera crecía de forma geométrica, el segundo lo hacía de forma aritmética. Llegó incluso a predecir cuándo esta situación provocaría un colapso al decaer la cantidad de comida por persona, situación que tendría lugar a mediados del siglo XIX.

Los siglos XIX y XX transcurrieron sin que se produjese la catástrofe maltusiana. No obstante, durante dicho período no han cesado de aparecer opiniones que de una manera u otra son herederas de Malthus y que predicen debacles provocadas por el aumento de la población humana y el agotamiento de los recursos. Una de las obras que más impacto tuvo en su época fue Limits to Growth (Los límites del crecimiento), publicado en 1972, y encargado por el Club de Roma a Donatella Meadows, Dennis Meadows, Jorgen Randers y William Behrens.

En dicho libro se vuelve a insistir en un principio similar, el del crecimiento exponencial de la población humana, de su consumo, y sobre la limitación de los recursos, lo que acabará por provocar un colapso. De hecho se realizan distintas proyecciones sobre lo que tardarían en agotarse las reservas existentes conocidas en dicho período (incluso aunque se quintuplicasen). La más famosa de estas proyecciones sea quizás la relativa al petróleo. Según los autores, y tomando como fecha de partida el año 1972, se podría agotar en 20 años (con crecimiento exponencial y sin descubrimiento de nuevas reservas), 31 (con crecimiento estático) o 50 años (quintuplicando las reservas y con un crecimiento exponencial). Como se puede comprobar, los dos primeros plazos han transcurrido sin que de momento se hayan agotado las reservas, y las reservas descubiertas hasta ahora son más que suficientes para asegurar el consumo hasta el tercero.

Aunque se hayan realizado correcciones posteriores a dicho informe, como Beyond the Limits (Más allá de los límites del crecimiento) en 1993 y Limits to Growth: The 30-Year Update (Los límites del crecimiento: 30 años después) en 2004, sus predicciones son igualmente equívocas, ya que comete los mismos errores de partida que sus predecesores. La causa primigenia por la que todas estas predicciones han fallado no se encuentra ni en los datos de partida, ni en el modelado matemático. Indudablemente, tener buenos datos ayuda a realizar una predicción, y el modelo World3 tiene más funcionalidades que el Dynamo y a su vez éste es más complejo que las matemáticas exponenciales de Malthus. No obstante, ni el más complejo modelo matemático deja de ser una simulación, y como tal, sus predicciones son inservibles si sus planteamientos iniciales son incorrectos.

El principal fallo de todas estas obras radica en el hecho de tratar de predecir el efecto del hombre sobre la Tierra y los llamados recursos naturales, sin tener en cuenta precisamente lo que lo hace humano, es decir, su capacidad de inventiva, adaptación y superación. La historia de la humanidad no deja de ser sino un testimonio de cómo los individuos han ido venciendo obstáculos aparentemente insalvables. Durante el paleolítico inferior se calcula que la población humana ascendía a unos 125.000 individuos, mientras que al final del paleolítico superior esta cifra subió hasta los cinco millones de habitantes.

Este aumento no fue casual, sino que refleja el hecho de que el hombre fue capaz de obtener un mayor rendimiento de los recursos de la zona donde vivía. Así, dejó de ser un mero recolector y se convirtió también en carroñero inicialmente, y cazador posteriormente. Esto permitió que el número de hectáreas que necesitaba explotar para sobrevivir descendiese, a la par que regularizó el aporte alimenticio en el tiempo. Posteriormente, consiguió reducir aún más el espacio que tenía que explotar al descubrir la agricultura y la ganadería. Una hectárea de tierras cultivadas tiene un rendimiento muy superior al que podía obtener de una hectárea de bosque mediante la caza.

Además, la agricultura posibilitó, por vez primera, que existiesen hombres que puedan vivir sin necesidad de trabajar la tierra, con lo que podían dedicarse a otras labores, haciendo su aparición los núcleos urbanos. El rendimiento fue incrementándose posteriormente con el arado, la rotación de la tierra, los molinos, etc. Si durante el paleolítico se hubiese realizado una predicción con la metodología maltusiana, se habría llegado a la conclusión de que una gran catástrofe inmediata se cernía sobre el hombre al haber aumentado tanto la población. No obstante, y como hoy en día sabemos, hubiese fallado estrepitosamente porque no hubiese tenido en cuenta los efectos de la agricultura. Igualmente, cuando Malthus realizó su predicción no tuvo en cuenta los incrementos tecnológicos, fallo que también cometieron los diversos informes del Club de Roma.

El ser humano, además, cuenta con otros mecanismos frente a posibles restricciones. Si por un momento las previsiones sobre las reservas de hidrocarburos realizadas por Club de Roma hubiesen sido ciertas, el precio del petróleo se hubiese incrementado (en precios reales). Dicho incremento hubiese supuesto un acicate para investigar motores con mayor rendimiento (como así ha ocurrido siempre que ha subido el precio del petróleo). También se estarían desarrollando tecnologías que hasta entonces no habían sido rentables. Es decir, en el peor de los casos el petróleo no se acabaría jamás, ya que conforme fuesen cayendo las reservas conocidas, su precio se incrementaría, buscándose bienes sustitutivos y desarrollándose nuevas tecnologías que permitiesen obtener un mayor rendimiento del petróleo. Este comportamiento humano no ha sido tenido en cuenta por los maltusianos y sus sucesores, motivo por el cual sus predicciones han fallado siempre.

Por tanto, la conclusión que se obtiene al leer todo este tipo de informes es siempre la misma; aunque lo revistan de racionalidad matemática, jamás podrán acertar mientras traten de predecir el comportamiento del ser humano si eliminan la característica fundamental de su comportamiento: su racionalidad.

¡Que nos quedamos sin recursos!

No es una profecía reciente, este mensaje hace más de 200 años que se va repitiendo y, evidentemente, nunca se ha cumplido.

La vía forzosa a la que nos quieren someter los oligarcas políticos para salvarnos pasa por el uso "eficiente y racional" de la producción y la ralentización del progreso económico. Curiosamente, los que abogan por este autarquismo primitivo se hacen llamar "progresistas"; qué contradicción.

Es sorprendente ver como los burócratas quieren planificar la economía privada y a sus consumidores en aras de la eficiencia y la racionalidad, dos términos que como nos ha mostrado la historia son incompatibles con el Estado. La Unión Soviética era el país de la eficiencia y racionalidad socialista, por eso desapareció sumida en la miseria.

Para estos visionarios épocas de economía sostenible son todas aquellas anteriores al capitalismo como la edad media o sistemas tan racionales como el cubano.

En realidad, antes de la era capitalista las hambrunas, epidemias y épocas de carestía se repetían cíclicamente; el capitalismo las erradicó gracias a esta anarquía de la producción que tanto criticaron personajes como Marx; y es que los actuales alarmistas no hacen más que un refrito de Marx. Él también criticó duramente la opulencia de la producción capitalista vaticinando que esta anarquía productiva acabaría con el propio capitalismo. De esto hace más de 150 años y sólo hemos mejorado. ¿No le parece este destructivismo marxista una tesis muy actual? ¿O tal vez es la actual la que es vieja? Sea como quiera ser, el "profeta" socialista se equivocó como ocurrirá con los actuales redentores del control y subordinación estatal.

Fíjese por ejemplo que los antiguos griegos comían una vez al día y solían comer sólo cereales, costumbre muy sostenible pero poco saludable. Gracias a la revolución capitalista ahora comemos tres veces o más al día, hemos alargado la esperanza de vida hasta más de los ochenta años y nos resulta ridículo que podamos morir de inanición. ¿De verdad hemos de volver a ese "sano desarrollo sostenible" precapitalista?

Los que abogan por la eficiencia y racionalidad productiva nos dicen que interioricemos el modelo cubano. Lo que no parecen recordar es que recientemente, en algunos lugares de Cuba, el Estado ha tenido que permitir ciertos mercadillos privados antes prohibidos –donde sólo se venden algunos tipos de alimentos básicos– para acabar con el hambre y el mercado negro que está muy perseguido en el país socialista. La dictadura cubana no parece entender por qué la gente se empeña en vivir pese a haber puesto en marcha un modelo tan "sostenible".

Lo que no pueden explicar los alarmistas, ecologistas y socialistas es por qué en la época en que Occidente más consume, esto es, ahora mismo, no padecemos hambrunas, no tenemos carestías y no sólo eso, si no que nuestro bienestar material es el más alto de la historia y con mucha diferencia.

Seguro que algún día llegará el fin del mundo para la humanidad, pero no será por el capitalismo, sino por las políticas de producción eficiente y racional al estilo cubano o medieval que quiere imponer el Estado y sus intelectuales asalariados. Si lo que queremos es evitar las anunciadas catástrofes productivas que nos vaticinan los alarmistas la solución es muy sencilla: más libertad individual y más capitalismo.

Cuba como modelo

No sé cómo les irá a los animales salvajes, que tanto importan al Fondo Mundial para la Vida Salvaje (WWF), con el modelo socioeconómico del país caribeño pero a los seres humanos les produce una espantosa alergia.

Según estos admiradores de la interminable sostenibilidad del socialismo real cubano el planeta está al borde de la catástrofe: "la Humanidad utilizará el equivalente a los recursos naturales de dos planetas en el año 2050, si es que esos recursos disponibles no se han agotado para entonces" (sic). El movimiento ecologista lleva décadas anunciando grandes desastres para financiar unos proyectos más políticos que ecológicos y, como muestra un reciente informe del Observatorio de Medios, la práctica parece estar en pleno auge en nuestro país.

En los años 70 Paul Ehrlich, el gurú de Al Gore, afirmaba en base a las mismas teorías que "antes del año 2000 unos 65 millones de norteamericanos perecerían por inanición." El Club de Roma, por su parte, nos anunciaba un gran colapso para mediados de este siglo. Como nadie anuncia una catástrofe si no es para decir que tiene la redentora solución, nos explicaron que había que había que congelar las inversiones y el crecimiento de la población con medidas brutales. Por eso no es sorprendente que WWF también vea en el crecimiento de la población uno de los principales problemas de la actualidad. No entienden que cuando sólo habían unos miles de habitantes en el planeta la escasez era insoportable y que precisamente ha sido gracias al aumentó de la población en un entorno de libertad de comercio y división del trabajo como se ha reducido paulatinamente.

En 1798 Robert Malthus ya afirmó que, a finales del siglo XIX, 70 millones de personas morirían en Inglaterra debido a que la población crecería más deprisa que la producción alimenticia. Como decía Carl Menger, fundador de la Escuela Austriaca de Economía, el problema de Malthus consistía en que no entendía lo que era un bien económico y, por lo tanto, no podía saber qué era la escasez, cómo reducirla y cómo generar riqueza. WWF y todos los neomaltusianos combinan esa misma ignorancia con la fatal arrogancia del ideario intervencionista.

En Los Límites del Crecimiento El Club de Roma afirmaba que la sostenibilidad "requiere poner en tela de juicio muchas libertades humanas". Ahora WWF nos muestra que Cuba es el ejemplo a seguir.

Precios contra la pertinaz

La ministra de Medio Ambiente, Cristina Narbona, ha propuesto que los ayuntamientos apliquen tarifas crecientes en diferentes tramos, a partir de los 60 litros por persona y día. El objetivo es claro: limitar el consumo a los usos más urgentes.

No es la peor de las ideas que puede salir de ese Ministerio, pero las hay mucho mejores. La tarifa es un precio falso, un mal reflejo de lo que haría un mercado en libertad. ¿Por qué no, entonces, introducir verdaderos precios?

El agua es un bien escaso, y por tanto un buen candidato para el mercado. No hace mucho Luis Alberto Moreno, presidente del Banco Interamericano de Desarrollo, explicaba en un artículo en el Wall Street Journal cómo los empresarios han llevado agua de calidad y a buen precio incluso a las áreas más pobres de Iberoamérica; a las que no llega el agua pública. Si es así entre los más pobres, ¿cómo no hacerlo en un país rico pero deficitario en agua?

La mayoría del agua se la bebe el campo, donde se pierde mucho líquido por mala gestión y falta de infraestructuras. Si los dueños y gestores del agua tuvieran interés en sacar del líquido el mejor provecho, las fugas se reducirían notablemente y tendríamos más aguas para usos muy necesarios.

Los precios, a diferencia de las tarifas, se ajustan automáticamente a la escasez relativa del bien, con lo que subirían cuando hay sequía, fomentando el ahorro, y daría un respiro al bolsillo en época de abundancia. La diferencia de precios entre regiones crearía oportunidades de beneficio para los trasvases, y sólo se harían si fueran económicamente eficientes. Por último, el enfrentamiento regional desaparecería, porque el dinero fluiría en sentido opuesto al agua. Todos saldrían ganando, que ese es el principio del intercambio.