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Etiqueta: Recursos energía y medio ambiente

El fraude Kioto

La temperatura de la Tierra se determina casi en su totalidad por el comportamiento del sol, pero también está condicionada por el efecto invernadero, que aporta 153 watios por metro cuadrado. De ellos, 150 se deben al vapor de agua y los otros 3 a otros gases, principalmente el CO2. Sólo una parte de éste es producido por el hombre. Con estos datos, ¿le parece que es la actividad del hombre la que causa el calentamiento global?

Los ecologistas y los gobiernos dicen estar preocupados por el calentamiento global, pero no hablan del principal regulador del clima, el sol. En sus homilías sólo se refieren al efecto invernadero, pero jamás al vapor de agua, pese a que depende de él casi en exclusiva. Sólo les interesa el CO2, y de éste sólo el que producimos nosotros, cuando a la Tierra le da exactamente igual uno que otro. Siendo así, ¿podemos seguir pensando que es la temperatura de la Tierra y no nuestra economía lo que les interesa?

La ONU pasa del calor del sol, pasa del vapor de agua y pasa del CO2 natural. Del producido por nosotros sólo se ha centrado en determinadas economías y de ellas en algunos sectores. Sobre esta parte insignificante de los factores que condicionan la temperatura de la Tierra tenía dos opciones:

  1. Favorecer la libertad económica, con ella el desarrollo económico y social y el tecnológico. Y con la tecnología, una mayor producción con menores emisiones de CO2.
  2. Controlar la economía por medio de un sistema de racionamiento (el protocolo de Kioto) que busque reducir directamente las emisiones de CO2, a costa de nuestra libertad, de nuestra economía y del desarrollo tecnológico.

Por algún motivo que el lector podrá adivinar, la ONU ha optado por que los gobiernos tengan aún más control sobre la industria. Incluso sueñan con que Kioto sea la antesala de un gobierno mundial. Los beneficios de su mayor poder se los llevan los políticos, mientras que la pérdida de libertades y de la economía y el empleo nos la llevamos la sociedad. ¿Valdría la pena? Según la propia ONU, si Estados Unidos se uniera, si todos los países cumplieran el protocolo y si sus redactores no fueran demasiado optimistas sobre la efectividad de su propio invento, retrasaríamos el calentamiento previsto para 2100 hasta 2106. Todo un éxito.

Pero, ¿funciona confiar en la libertad económica de la sociedad? Los políticos dirán que no, desde luego, pero al efecto invernadero sí le parece funcionar. De 1997, cuando se creó el protocolo de Kioto, a 2003, la economía estadounidense ha seguido desarrollándose, cambiando unas tecnologías por otras más efectivas y que emiten menos, y el resultado es que en esos años ha aumentado las emisiones de CO2… en un 0,007 por ciento. España, en los mismos años, ha aumentado un 24 por ciento.

Kioto es un fraude. No le extrañe, por tanto, que les guste tanto a nuestros políticos y en particular a nuestro Gobierno. Innecesario, insignificante para la Tierra y perjudicial para la sociedad, Kioto es el triunfo de la política sobre el ciudadano.

El mito de Kyoto

Sin embargo, el gobierno piensa perseverar en el fiasco con el nuevo Plan Nacional de Asignación de Emisiones 2008-2012. Cuatro mitos extendidos por políticos, el lobby ecologista y algunos empresarios sin escrúpulos están tapando los ojos del público.

El primer mito consiste en la afirmación según la cual los EE.UU. están aislados en su rechazo a restringir obligatoriamente las emisiones de CO2 mediante Kyoto. Nada más lejos de la realidad. La verdad es que sólo hay 26 países que se han comprometido a racionar frente a más de 150 que no lo han hecho.

El segundo mito afirma que Kyoto es vital para detener el calentamiento global. Lo cierto es que no lo es. Es más, en caso de que realmente estemos asistiendo a un peligroso calentamiento del planeta provocado por el hombre, algo que los científicos siguen sin ver claro, el protocolo de Kyoto no puede cambiar las cosas. Y es que su efecto estimado por los expertos, en el hipotético e ilusorio caso de que todos los países cumplieran el compromiso pactado, es de una ínfima reducción de 0,07 grados centígrados.

El tercer mito nos cuenta que el coste será reducido. Se trata de una mentira nada piadosa. Justo antes de poner en marcha el mercado de derechos de emisiones a comienzos de 2005 Narbona aseguró que el coste nunca sería superior a 85 millones de euros anuales para toda la industria. Pasado un año las empresas españolas han tenido que pagar casi 300 millones; 3,5 veces más de lo que la ministra prometió que sería la factura máxima. Y eso no es nada. Diversas proyecciones del actual incumplimiento record de nuestro país (48% por encima del compromiso) al periodo 2008-2012 arrojan cifras cercanas a los 2000 millones de euros anuales. Para colmo, ha habido empresas papeleras, cerámicas y cristaleras que han sido cerradas por las administraciones públicas por no contar con los absurdos derechos de emisión.

Por último, la mitología imperante dice que no hay otra forma de afrontar el problema del calentamiento. Tonterías. Entre 1997 y 2003 mientras que España incrementó las emisiones en un 24%, EE.UU. tan sólo añadía un 0.007% a las suyas. Mientras España y Europa fracasaban aplicando el método coactivo del racionamiento que distorsiona toda la economía, EE.UU. confió en el crecimiento económico, la acumulación de capital y el incremento de productividad que permiten una reducción espontánea de las emisiones gracias al avance tecnológico. Una vez más el mercado puede ayudarnos a solucionar lo que el fanatismo ecologista sólo está empeorando.

El asesinato del coche eléctrico

Si hay una industria floreciente, esta es la de las teorías de la conspiración. La pretensión de descubrir insondables maquinaciones detrás de eventos que están a la luz de todos produce en nuestras mentes una satisfacción irracional (asimilable a otras a las que no me referiré) que se explota convenientemente. Es el caso de la película Who Killed the electric car?, ("¿Quién mató al coche eléctrico?"), que conocen desde este lunes los lectores de La Gaceta de los Negocios.

Se trata de un documental que cuenta la peripecia del EV1, un vehículo eléctrico puesto en marcha por General Motors en 1996. Como no hay conspiración sin oscuros muñidores, los malos de esta película los protagonizan al alimón la industria automovilística y las petroleras. Y Dick Cheney, claro, el aderezo de toda buena conspiración. Ellos nos quieren robar un coche limpio, silencioso, ecológico, y todo por proteger sus enormes y contaminantes beneficios. "¡Malditos!", es lo que se supone que debemos mascullar al ver la cinta.

El camino para escapar a estas teorías es lo que los escolásticos llamaban "la recta razón" y que consistiría en atenernos a los hechos y en utilizar nuestra mente para encontrar explicaciones lo más razonables posibles. Para empezar, ¿por qué querría gastarse GM 1.000 millones en un proyecto para luego intentar que fracase? Además, resulta que hay coches eléctricos desde el siglo XIX, y que los intentos de la industria por mover una tonelada de acero y plástico sobre cuatro ruedas impulsada por electricidad se cuentan por decenas. Ninguno ha conquistado a las masas como los de combustión.

Y no lo han conseguido porque no responden a sus necesidades. Les separan de ellas unos cuantos kilómetros, los que le otorgarían la autonomía entre cargas de sus baterías que necesitamos. Andan 70, 100 kilómetros; en condiciones ideales y con conductores expertos (nada que ver con la vida diaria), pueden superar los 200. Y la carga dura varias horas, no los segundos que nos cuesta llenar el depósito. Pueden alcanzar grandes velocidades, pero a cambio de que el viaje nos lleve todavía más cerca. Llegaremos lejos, siempre que no tengamos prisa, la carretera no se empine y nos llevemos como única compañía el buen tiempo.

Esta fue la experiencia de los 800 conductores del EV1. Fueron los malos resultados, pese al entusiasmo inicial, los que mataron la gran iniciativa de General Motors. No necesitamos que alguien nos diga que el asesino es el mayordomo. Nos basta saber que el coche eléctrico depende de una revolución pendiente, la de las baterías. Lo que sí demuestra el caso del EV1 es que las empresas insisten en desarrollar miles de proyectos fracasados, sólo por la promesa de un éxito nos cambiará la vida.

El transgénico malo

La propaganda tiene efectos maravillosos. Puede dotar a una palabra de un contenido que nadie era capaz de concebir cuando fue creada, lo que la convierte en una herramienta revolucionaria que los grupos ecologistas han sabido adaptar a sus fines. La simple y machacona repetición de un mensaje, por muy falso, tendencioso o dudoso que sea, es suficiente para que las empresas y los gobiernos, a través de una legislación restrictiva, frenen cualquier tecnología novedosa. Los transgénicos son en la actualidad uno de los productos más perseguidos y rechazados pese a que muchos desconocen qué son o para qué se usan. El ecologismo militante ha marcado su demonio particular y los gobernantes preparan la hoguera.

Un organismo transgénico es aquel al que se ha modificado genéticamente con el objetivo de dotarle algún tipo de ventaja frente al organismo original. La agricultura y la ganadería ha venido realizando este proceso a lo largo de siglos mediante cruces entre diferentes variedades y razas de la misma especie, o incluso entre diferentes especies, de forma que el resultado de dichos experimentos permitían organismos mejor adaptados a ciertas necesidades productivas o a determinadas condiciones medioambientales, más frío, más calor, más o menos acidez, salinidad, mayor resistencia a la sequía, etc.

El desarrollo de la ingeniería genética ha permitido no sólo que este proceso se acorte –ya no será necesario cruzar varias generaciones de una especie genéticamente pura durante un periodo que dura varios años– sino que al actuar en el ADN se pueden cambiar otras propiedades que difícilmente podrían haber sido alterados mediante el cruce. Así, añadiendo determinados genes de otras especies o retirando alguno, se les dota de propiedades como la resistencias a enfermedades, a condiciones extremas como las sequías o la salinidad o a tratamientos sanitarios que se aplicarán sobre otras especies parasitarias o invasoras. También se le pueden añadir valores nutritivos adicionales o incluso sustancias que se pueden aplicar como medicinas o para investigación como los marcadores fluorescentes que tanto llaman la atención de los medios de comunicación.

Precisamente es el uso de este tipo de tecnología la que denostan los grupos ecologistas ya que, en palabras de Greenpeace, "permiten franquear las barreras entre especies para crear seres vivos que no existían en la naturaleza. Se trata de un experimento a gran escala basado en un modelo científico que está en entredicho".

Este mensaje forma parte de otro más general que viene a asegurar que sólo lo natural es moralmente aceptable y que cualquiera de las actividades realizadas por el hombre es susceptible de alterar el medio ambiente en niveles no conocidos por lo que hasta que no se sepan realmente los efectos, no deben ser producidos. Entramos por tanto en un bucle, si no producimos transgénicos (o cualquier otro productos consecuencia de una tecnología que entre en conflicto con la utopía verde), no tendremos una base experimental para saber sus verdaderos efectos sobre la naturaleza y el hombre, más allá de la teoría o de resultados de experimentos restringidos que a todas luces estarán lejos de la realidad, por lo que nunca podremos desarrollar y cultivar transgénicos.

Afortunadamente, las empresas productoras de transgénicos tienen aún suficiente maniobrabilidad para lanzar al mercado este tipo de productos pese a la oposición verde, a los que últimamente acompañan los partidarios de la agricultura y la ganadería ecológica, y a la de los reguladores estatales. Paradójicamente, este oposición ha llevado aparejada una fuerte y numerosa regulación, incluida la aprobación de los productos para consumo humano, lo que ha favorecido que, junto a los medicamentos, los organismos transgénicos estén entre los productos más seguros en los ámbitos sanitario y alimenticio, sin olvidar la obligación de etiquetar los alimentos que los tienen en su composición.

Asistimos a una batalla enconada entre los que pretenden imponer una visión restrictiva a través de las herramientas que les da el Estado, uno de los mejores amigos del ecologista, y la libertad de empresa y la búsqueda de mejores y mas eficientes productos. Es evidente que surgen muchas dudas, algunas justificadas y otras no, pero todas tienen una solución en el ámbito privado ya que éste ofrece suficientes herramientas de control, desde los implementados dentro de la propia empresa a las auditorías externas y por supuesto, siempre esta la posibilidad de la denuncia en caso de flagrante delito.

El nuevo Nostradamus

Después de su trompazo en las últimas elecciones presidenciales, ganadas por Bush a pesar de que la SER había dictaminado unas horas antes lo contrario (el muy insolente), Gore ha dejado un tanto de lado los asuntos de la política cotidiana para dedicarse full time a predecir catástrofes planetarias, que es una cosa muy progre a la par que rentable en términos de popularidad.

Según el mensaje que el líder demócrata repite incansablemente cada vez que le acercan un micrófono, el fin de la raza humana está muy próximo a menos que Washington haga algo para impedir que los americanos sigan provocando el cambio climático. En los prolegómenos de la última campaña presidencial, Al Gore dio una conferencia apocalíptica en New York sobre los peligros del calentamiento global. Fuera del local había 18 grados bajo cero sin contar el chill effect pero, ¿qué es la física frente a la doctrina sagrada del progresismo?

Primero, no está demostrado que la Tierra se esté calentando de forma anormal; de hecho entre 1988 y 1997, lapso de tiempo utilizado en sus simulaciones informáticas por el progenitor intelecual del protocolo de Kioto, el planeta no sólo no se calentó, sino que su temperatura media descendió 0,24 grados. Segundo, aunque la temperatura realmente estuviera elevándose, la responsabilidad de la acción humana en ese incremento sería insignificante (el efecto invernadero tiene una incidencia de 153 watios por metro cuadrado, de los que 150 tienen origen natural). Tercero, una mínima elevación de la temperatura media global no sólo no sería peligrosa para el ser humano sino que, en realidad, tendría efectos más positivos que el enfriamiento, por su capacidad de mitigar los extremos climáticos.

Pero la vulgata marxista –ecologistas radicales, antiglobalizadores, anticapitalistas de todo pelaje y modelos de alta costura, éstas últimas más preocupadas por las profecías cataclísmicas que por engordar unos saludables kilitos es inmune al debate científico. Como en cualquier otra secta, el ideario es consecuencia de los dogmas trascendentes que imponen sus dirigentes como una cuestión de fe. El ecologismo apocalíptico es sólo un mecanismo de cohesión grupal con ribetes estéticos, como ir enseñando los calzoncillos o cagarse en la madre de Bush. De hecho, si fuera coherente, toda esta tropa debería apoyar el calentamiento terrestre. Con un par de grados más de temperatura, quizás en un par de décadas acabaría la glaciación cerebral que les atenaza de forma tan cruel.

Calidad para el aire, no para los ciudadanos

A finales de mayo, el Ministerio de Medio Ambiente remitió a las Comunidades Autónomas el borrador de la futura Ley de Calidad del Aire y Protección de la Atmósfera para que hicieran las oportunas aportaciones y alegaciones. Solamente ha sido necesario una lectura superficial para comprobar que estamos ante otra regulación intervencionista, una ley que con la excusa de una atmósfera limpia, permitirá subir un escalón más hacia la sociedad limitada, hacia la sociedad controlada.

Resultaría tedioso contar las veces en las que el medio ambiente ha servido, sirve, a los políticos como pretexto para limitar la libertad. La emotividad del ciudadano ante un tema tan mediático junto a una información sesgada y el escaso conocimiento que sobre la mayoría de estos asuntos tiene buena parte de la sociedad, propicia el miedo y la desconfianza hacia determinados círculos sociales, hacia ciertos sectores industriales, desconfianza que se traduce en este tipo de normativas.

El prólogo de la ley lleva ya una carga de catastrofismo que ayuda a aceptar el trago que se nos avecina:

La contaminación atmosférica continúa siendo motivo de seria preocupación en España” […] Aún existen niveles de contaminación con efectos significativos para la salud humana y el medio ambiente, particularmente en las aglomeraciones humanas”.

Con semejantes afirmaciones, quién no se va a sentir acongojado y va a aceptar, sino exigir, las medidas que prevé la futura Ley.

La Ley de Calidad del Aire se presenta como una ley global que afectará a una parte importante de las actividades humanas de forma directa o indirecta. De entrada se dividirá el mapa nacional en zonas contaminadas de forma que éstas deberán tenerse en cuenta en la elaboración y aprobación de planes urbanísticos y de ordenación de territorio. Si ya eran pocas las limitaciones que desde las Administraciones Públicas se imponen al urbanismo en España, la contaminación se añade a la lista. Los efectos son fáciles de prever, ya no sólo un más que posible conflicto entre las administraciones locales y autonómicas, que son las que desarrollan los planes urbanísticos, con el Gobierno central, no ya un encarecimiento de las viviendas al añadir otros factores que repercutirán sobre los costes, sino otro factor que impedirá el simple uso y disfrute de la propiedad privada como desee su dueño.

Pero la situación va más allá que el mero control urbanístico, las Comunidades y Municipios deberán articular medidas que controlen o supriman aquellas actividades que sean “significativas en la situación de riesgo, incluido el tráfico automovilístico”. Qué decir tiene que esto abre las puertas a la limitación del tráfico en los grandes núcleos urbanos o en cualquier sitio que la arbitrariedad del funcionario decida, incluso la supresión si las administraciones correspondientes son suficientemente extremistas. Entre estas medidas, se especifican algunas de carácter económico en forma de ayudas, subvenciones o beneficios fiscales que “favorezcan la prevención y reducción de la contaminación atmosférica” y que mejoren los precios de las opciones tecnológicas menos contaminantes. Tampoco debemos descartar aquí que surjan esas alianzas Empresa-Estado que tanto daño han hecho a sectores como la energía, el periodismo o las telecomunicaciones.

Ante semejante nivel de control, el Ministerio no ha podido quedar al margen. De forma periódica las administraciones autonómicas y municipales mandarán datos sobre los niveles de contaminación que nutran un nuevo organismo, un sistema nacional de información y vigilancia de la contaminación. Pero es que además Medio Ambiente creará un sistema de comercio de derechos de emisión, similar al que se ha creado con el CO2 como consecuencia del Protocolo de Kyoto, de cualquiera de los 14 contaminantes controlados, un nuevo coste al que tendrá que hacer frente la ya poco competitiva industria española.

Quizá una de las novedades más interesante a la vez que liberticida que presenta esta ley se trata de que en este asunto de la contaminación no se libra nadie, aunque no tenga coche:

Los particulares se esforzarán en el ejercicio de sus actividades cotidianas en contribuir a la reducción de las sustancias contaminantes en la atmósfera”.

Esta imprecisión a la hora de enunciar los deberes de la gente abre las puertas en multitud de aspectos de la vida cotidiana de los ciudadanos, desde cuándo, cómo y dónde puede ir un particular a cómo y cuánto puede consumir.

El miedo es libre, dice el refrán, y los ecologistas y aquellos que siguen sus preceptos lo saben. Se asegura que 12 millones de españoles respiran un aire con niveles de contaminación superiores a lo permitido, pero lo cierto es que la gente vive cada vez más y en general con una mayor calidad de vida a pesar de los achaques, más propios de nuestra longevidad que de un medio ambiente agresivo. Cierto es que queremos calidad en el aire que respiramos, pero no por ello debemos renunciar a algo tan necesario como este preciado gas, nuestra libertad. Uno de los mensajes más exitoso de los liberticidas es que ambos conceptos, calidad y libertad, son incompatibles, y este es nuestro lastre.

El negocio de la desalación

El mercado del agua es una quimera, no existe. El control estatal de este recurso es total, hasta la embotellada necesita una licencia para su tratamiento y comercialización. El agua, como fuente de conflictos políticos y económicos, se lo debemos en buena medida a este poder que no duda en crear problemas virtuales que luego pagamos todos. Una de las primeras medidas del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero fue derogar parte del Plan Hidrológico Nacional que el gobierno del Partido Popular había aprobado al final de su última legislatura. El Trasvase del Ebro pasaba, de esta manera, a formar parte de ese conjunto de medidas que sólo consumen nuestros recursos y que no solucionan nada.

Pero la necesidad de agua de la costa mediterránea no es una quimera, es algo real que responde al desarrollo económico de la zona. Sostenibles o no, desordenadas o no, las necesidades de sus habitantes y visitantes, de los catalanes, de los valencianos, de los murcianos, de los andaluces son reales y cada vez mayores. Así que como con las energías renovables, el gobierno socialista se sacó de la chistera el conejo de las desaladoras, la principal apuesta de su Programa Agua (Actuación para la Gestión y la Utilización del Agua). Y como en las energías renovables, los sobrecostes que supone un negocio intervenido los pagaremos los contribuyentes.

Pero el Programa Agua no va bien. No hace muchos meses Bruselas pidió explicaciones al Gobierno español de cuál era su situación y lo que respondió Cristina Narbona, ministra de Medio Ambiente, estaba muy lejos de sus expectativas hasta el punto de que se puso en duda que terminara llegando el presupuesto prometido. La mayoría de las desaladoras no se han empezado a construir, algunas ni si quiera están licitadas, simplemente en estudio. Los responsables autonómicos critican esta falta de iniciativa, de diligencia, de eficiencia y lo cierto es que no van desencaminados ya que en los últimos meses se han aprobado varios trasvases parciales para cubrir las demandas domésticas, que no las agrícolas.

La desalación tampoco parece la panacea, las medidas gubernamentales en torno a ellas confirman esta afirmación, demasiada ayuda y subvención. De hecho, la desalación se va a convertir en ese negocio típico que une a Estado y empresa en contra del contribuyente. El Gobierno ha hecho público el plan económico financiero que regirá las licitaciones. De entrada, las empresas no participarán en la financiación, sólo en funcionamiento de las plantas y su mantenimiento y por un plazo de 15 años. Los recursos en teoría, ya veremos en la práctica, vendrán de los usuarios finales a los que se impondrá un precio pactado, todavía por determinar, de la UE como ya habíamos visto y de la sociedad pública creada a propósito Acuamed. La Administración también se hace cargo del coste energético. La adjudicataria recibirá un canon fijo, que oscilará entre los 100.000 y los 160.000 euros y otro variable, de alrededor de 4,5 euros por metro cúbico desalado. En ningún momento se permitirá que las empresas compitan con rebajas en el canon. Todo atado y bien atado. Se presume una fuerte competencia por hacerse con tan preciadas licencias. Como suele ser habitual, la empresa, en general la gran empresa, se suele llevar muy bien con lo gubernamental.

Todas estas circunstancias invitan a hacerse unas cuantas preguntas, ¿cuál es la diferencia con otros negocios parecidos, como el urbanismo o las energías renovables, para que no se den casos de corrupción? ¿Cuál es la razón por la que no es compatible este método de conseguir agua potable con otros, incluyendo desde luego el trasvase? ¿Por qué no es posible la venta de agua entre comunidades, poblaciones deficitarias y con superávit? ¿Por qué el precio del agua debe ser igual para todos si los costes de obtención son diferentes? ¿Por qué las empresas no pueden competir entre sí en precio y sistemas para dar un servicio más a la comunidad? ¿Vamos a conocer cuáles son los costes energéticos de la desalación? Ya que el medio ambiente es tan importante para este Gobierno, ¿nos van a explicar cuáles son los impactos que sobre el va a tener la desalación? La producción de dióxido de carbono que lleva aparejada la producción energética, ¿está contemplada en las previsiones del Gobierno para cumplir Kioto? En caso negativo, ¿cuánto dinero extra le va a costar al contribuyente, último pagador de este despropósito?

El Programa Agua es tan intervencionista como el Trasvase del Ebro que proponía el Partido Popular. Nunca sabremos cuál de los dos es más caro. Si existe más de una forma de obtener y transportar agua, desaladoras, canalizaciones que la traigan de zonas con exceso a zonas donde se demande, aguas subterráneas, hasta camiones que podrían dar multitud de posibilidades de satisfacer una necesidad, ¿por qué son las Administraciones Públicas las que nos dicen cómo, cuándo y cuánto consumir? ¿Por qué matan de esta manera la iniciativa empresarial? ¿Por qué controlan así al ciudadano?

Ricos, pero pobres

Pero los recursos, por sí, no son en absoluto riqueza. Una tonelada de cobre no tiene ningún valor, si no la incorporamos a un proceso productivo; si no la engarzamos en el proceso general de creación de riqueza, y que consiste precisamente en disponer y conjugar bienes, servicios y recursos naturales de tal forma que sirvan nuestras necesidades. Por sí mismos no nos son de utilidad, no tienen valor alguno, y dependen del uso que hagamos de ellos. Sólo cuando son dirigidos a un propósito, insertos en una empresa, en un proyecto productivo encaminado a lograr un producto que nos sirva, es cuando adquieren valor.

De hecho, los países que han permitido la extensión de la riqueza en sus sociedades nada deben a haber contado con grandes masas de recursos naturales. Peter Bauer, en un breve artículo, recordaba que "la prosperidad sostenida le debe muy poco o nada a los recursos naturales; obsérvese, en el pasado, Holanda: gran parte de la misma ganada al mar en el siglo diecisiete; Venecia, un rico poder mundial construido sobre un lodazal; y ahora la Alemania Occidental, Suiza, Japón, Singapur, Hong Kong y Taiwán, por citar solo los ejemplos más obvios de países prósperos con poca tierra y pocos recursos naturales, pero evidentemente no escasos de recursos humanos". Por contraste, "en medio de una abundante tierra y vastos recursos naturales, los indios americanos precolombinos permanecían en la lipidia, sin ni siquiera tener animales domésticos o conocer la rueda, mientras que Europa, con mucha menos tierra, se había enriquecido y había desarrollado una cultura rica".

Es más, contar con un recurso que, bien utilizado, podría ser muy valioso, puede incluso resultar perjudicial. La riqueza sólo se crea cuando la sociedad se ha tropezado con instituciones que respetan y hacen respetar la vida, la propiedad y los contratos; cuando un ciudadano sabe perfectamente que ninguna decisión arbitraria le va a beneficiar o perjudicar, y que su prosperidad depende de esa combinación de esfuerzo personal y perspicacia para adelantar las necesidades sociales que siempre tiene premio en el mercado. Si una sociedad no ha logrado que impere el Derecho sobre la voluntad arbitraria de algunos, un gran pozo de petróleo o valiosas minas de un metal valioso puede incluso ser un obstáculo, ya que la tentación para ocupar y hacer del recurso una fuente de alimentación del propio gobierno es enorme. Y si los recursos del Estado no dependen de los impuestos desembolsados por la sociedad, sino de extraer un recurso de la tierra, la gente es menos necesaria para el poder. No tenemos más que observar, por ejemplo, que la elevación de los precios del petróleo ha avivado a los movimientos nacionalistas, de Iberoamérica a Rusia.

Nacionalizar la pobreza

En la escala de la libertad, Revel le superó en años luz, aunque sus epígonos postreros intenten hacer ver lo contrario. Desde Juan Pablo II, nadie como el escritor francés ha merecido tanto un especial de Libertad Digital.

El servilismo de los medios de comunicación con los iconos de la izquierda cuando estiran la pata es proverbial. Todos eran grandes defensores de la libertad, con una vida dedicada a luchar por la democracia, aunque jamás hubieran hecho el menor amago de sacudirse el pelo de la dehesa estalinista. Los escasísimos liberales que defendieron a contracorriente las ideas que hacen a las sociedades más libres, en cambio, ni reciben el aplauso que merecen en vida ni el reconocimiento público que se les debe en la muerte.

Yo también me acuerdo de cuando Revel vino a Murcia a recibir un modesto homenaje, con un salón de actos bastante desangelado, ocupado en su mayor parte por ¡estudiantes de francés! Como también recuerdo que varios meses después ocupó ese mismo estrado Ignacio Ramonet, que todavía sigue revolviendo los cascotes del Muro de Berlín en busca de una idea, y a la salida se daba un baño de multitudes, con los jefazos de las instituciones escoltándolo sonriendo de oreja a oreja, mientras el tipo, embozado en un chaquetón de cuero a lo Bertold Brecht, dedicaba una mueca de asco a los burgueses palanganeros que lo agasajaban. Exactamente lo que merecían.

En esos años, los jóvenes liberales de Murcia no necesitábamos un taxi para desplazarnos porque cabíamos en un ciclomotor biplaza. La primera vez que solicitamos un rinconcito en cualquier salón palaciego destinado a la cultura para organizar un ciclo de conferencias sobre liberalismo, el jerarca del asunto nos felicitó por la idea y nos sugirió que incluyéramos en el programa una charla sobre Rosa Luxemburgo. Sobrevivimos sin darnos a la bebida y hoy, varios años después, los liberales murcianos cabemos en un taxi, pero bastante apretados.

Ser liberal no es tener vocación ni de héroe ni de mártir. Tampoco de rebelde a la violeta, dispuesto a cambiar el mundo a golpe de revolución, como la secta progre (que siempre pone su bolsillo previamente a salvo, pero esa es otra cuestión). Se trata de cultivar y defender las ideas que la Historia ha demostrado ser las únicas válidas para garantizar el progreso, la libertad y el bienestar de los ciudadanos.

Un liberal no renuncia a sus ideas simplemente porque tenga la seguridad de que jamás van a triunfar. No hay estrategia mejor para que un día acaben imponiéndose.

Ecologismo y Estado, dos aliados naturales

Cuando cayó el Muro de Berlín, el socialismo real entró en crisis. El capitalismo aparentemente había ganado e incluso la Unión Soviética, que en unos meses se colapsaría y desaparecería, apoyó a los occidentales en el conflicto de Irak, cuando un Saddam Hussein pletórico vio la posibilidad de incorporar a sus dominios el pequeño pero rico estado de Kuwait. Hasta alguno se apresuró a anunciar el fin de la Historia.

Pero el socialismo real simplemente mutó como ya había pasado otras veces y lo hizo donde aún resistía, en las bases de una sociedad occidental un tanto adormilada y empapada de Estado de Bienestar. En unos pocos años, multitud de movimientos alternativos surgieron de la nada, muchos de ellos bajo la marca de la antiglobalización, otros en defensa de los supuestos parias de la Tierra, desde los indígenas a los desheredados de no sé qué herencia planetaria. De entre ellos, el más exitoso y quizá más viejo, el de los defensores del medio ambiente.

La relación de los ecologistas con las tiranías comunistas ya venía de lejos, desde la Guerra Fría cuando la máquina soviética decidió socavar al enemigo desde dentro, usando los buenos sentimientos de muchos junto a su incapacidad para analizar la causalidad de los procesos históricos, sociales y económicos. Esta alianza pragmática aún continúa con los líderes del nuevo movimiento revolucionario mundial, el sempiterno Fidel Castro, el golpista Hugo Chávez y el estrenado Evo Morales, dirigentes de tres países que en el reciente IV Foro Mundial del Agua celebrado en México, presentaron un documento que pedía el reconocimiento del acceso al agua como derecho humano fundamental, un disparate como cualquier otro que se propone desde el socialismo.

El grupo Ecologistas en Acción destacó precisamente la iniciativa de estos modelos de tiranía, apoyados por la UE, con el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero como uno de sus principales garantes:

Ecologistas en Acción considera únicamente como positivas las aportaciones realizadas por los gobiernos de Bolivia, Venezuela, Cuba y Angola, así como las realizadas por la Unión Europea (en cuya realización España ha jugado un papel fundamental), dirigidas a la consideración del acceso al agua potable y al saneamiento como un derecho humano fundamental, así como al establecimiento de criterios de sostenibilidad social y ambiental para la construcción de las grandes presas.

Este papel de Pepito Grillo, este continuo "yo acuso" es una estrategia heredera directamente del totalitarismo y todo hay que decirlo, tiene un resultado tremendamente exitoso.

El ecologismo no es un movimiento que se circunscriba a moralizar solamente sobre temas íntimamente relacionados con el medio ambiente, por el contrario, al estar todo relacionado entre sí, cualquier actividad humana es susceptible de dañar el entorno y por tanto debe ser regulada según sus criterios. Es un sistema global y su aplicación es global y esto es importante ya que muchos tienen la sensación que su vida no va a ser afectada por estos movimientos. El ecologismo y el Estado son dos aliados naturales, éste pone los medios y las herramientas mientras que el segundo aporta la base filosófica, que no científica, que justifican las acciones y los desmanes de los dos.

El ecologismo llega al sistema financiero en forma de ecotasas, de regulación de ciertos sectores mal llamados estratégicos como el de la energía, el urbanismo y las infraestructuras. El ecologismo llega al sector de la empresa en forma de responsabilidad social corporativa, una especie de sentimiento de culpabilidad ajeno a los beneficios que la propia empresa aporta a la sociedad. El ecologismo llega al mundo de la ciencia y la ingeniería en forma de principio de precaución; incluso en una disciplina como la nanotecnología, aún en pañales, los ecologistas han manifestado sus dudas al no saber cómo afectará al medio ambiente los artilugios que de ella vayan surgiendo. El ecologista no sólo nos cuenta qué debemos comer sino que nos dice cómo debemos cultivarlo, cómo etiquetarlo. Nos cuenta dónde debemos vivir y en qué condiciones. Nos dice qué tipo de ocio debemos disfrutar y cuál no. El ecologista nos limita la energía que debemos consumir y nos indica cuál debe ser su fuente. El ecologista nos dice qué podemos vestir y qué no, bien porque es tóxico, bien porque es destructivo para el medio ambiente.

Y para todo estos "consejos" y otros muchos que me dejo en el tintero necesita un aliado fuerte, un aliado que le dote de poder y ese aliado es el Estado que prefiere tenerlo como compañero que enfrentarse a él. Y tiene toda la lógica del mundo; ambos tienen ante todo una naturaleza liberticida.