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Etiqueta: Recursos energía y medio ambiente

El erial amazónico

El informe, publicado en la revista Nature, culpa –como no podía ser de otra manera– a la voracidad y el egoísmo humanos, esta vez encarnados en ganaderos y agricultores de soja que deforestan zonas protegidas saltándose a la torera la legislación medioambiental para conseguir jugosos beneficios y favorecer la construcción de carreteras hasta el corazón de la región. Todo un camino que convertirá la selva en un erial.

Se nos bombardea constantemente con este tipo de predicciones catastrofistas. En febrero fueron Groenlandia y la Antártida las que se derretían; en 2100, 50 años después de la desaparición de la Amazonía. Los estudios de la Universidad de Arizona y del Centro Nacional de Investigación Atmosférica de Boulder publicados en Sciencie aseguraban que en el siglo XXII la Tierra podría ser lo suficientemente cálida para la descongelación general de la placa de hielo de Groenlandia y el colapso parcial de la capa de hielo de la Antártida. Dichos estudios, una comparación de modelos climáticos, uno de hace 129.000 años y otro del próximo siglo, no dejaban nada a la imaginación, salvo, suponemos, el software utilizado.

Este bombardeo continuo no es gratuito; forma parte de un proceso sistemático que ayuda a la supervivencia del lobby ecologista: si el medio ambiente se conservara cada vez mejor, si la degradación se redujera, si la humanidad prosperara, no tendría razón de ser, estaría firmando su propia defunción. Necesita la radicalización del movimiento, el alarmismo, la mentira o la media verdad para seguir vivo, independientemente de cómo evolucionen los ratios que maneja. Apóstatas como Bjorn Lomborg no son bienvenidos, pues desmontan el belén que han creado a lo largo de muchas décadas. En su libro El ecologista escéptico analiza con una visión más racionalista los mismo datos que en teoría manejan las organizaciones ambientalistas, y llega a conclusiones bastante optimistas.

La concepción ecologista del Amazonas es ante todo un mito; es una excusa, una leyenda, Eldorado verde que comprende y "conoce" todo el mundo, el hijo débil y desvalido que tenemos que cuidar y acunar, protegiéndole del mundo exterior. El Amazonas está lleno de mentiras, casi tantas como especies. Quizá la más repetida sea su definición como "pulmón de la Tierra". Es falso que sea el mayor productor mundial de O2.

Deberíamos recordar de nuestra etapa en el bachillerato que todo ser vivo superior respira tomando oxígeno y soltando anhídrido carbónico, el famoso y mal visto CO2. La selva amazónica es un ecosistema donde apenas hay árboles que no hayan llegado a un estado adulto, de forma que el oxígeno que producen al realizar la fotosíntesis es gastado en el proceso de respiración y el balance es prácticamente nulo.

Luiz Inácio LULA da Silva.El principal productor de oxígeno es el fitoplacton marino, especialmente el de la zonas polares y el de las aguas costeras. De hecho, la ciencia no deja de darnos sustos, y una investigación reciente asegura que las masas boscosas son importantes productoras de gas metano, otro de los peligrosos gases del efecto invernadero.

Esto, desde luego, no es óbice para que, desde el Estado, políticos populistas y populares pretendan tomar medidas para proteger tan rica tierra. El Gobierno brasileño, con su presidente Luiz Inácio Lula da Silva a la cabeza, ha aprobado una ley que pretende gestionar su protección con el aplauso de Greenpeace y el rechazo de otros ecologistas. El resultado es tres tipos de terrenos: los protegidos directamente, los destinados al uso comunitario por indígenas y pobladores tradicionales y, por último, los que se concede en forma de parcelas para la explotación forestal limitada a empresas privadas.

Este sistema es una simple concesión estatal, tan susceptible de corrupción como cualquier concesión estatal. Sólo debemos recordar los múltiples casos de corrupción en torno al urbanismo en España, de los que el caso de Marbella es la punta de un iceberg muy arraigado en nuestras tierras. Los precedentes en el Gobierno brasileño tampoco son halagüeños. El mismo Da Silva se ha visto manchado por importantes escándalos en su partido, el PT y su Gobierno. Las clases gobernantes brasileñas no se caracterizan precisamente por su labor impoluta de administración. ¿Semejante precedente invita al optimismo?

La protección del medio ambiente se deriva siempre a lo público y se deja de lado lo privado. La actividad empresarial es la que crea la riqueza, y es la riqueza lo que en último término protege el medio ambiente. Es la propiedad privada lo que favorece la creación de la riqueza. Si una maderera arrasa una porción de selva es porque no es suya, porque sabe que en un tiempo deberá salir de ahí y dedicarse a talar otra concesión. La corrupción, la falta de medios de la Administración, o ambas cosas a la vez, favorecen tal situación. Si ese trozo de selva estuviera en su propiedad, ya se encargaría de no destrozar la fuente de su riqueza. Además, no todos los árboles son susceptibles de explotación, de forma que no todo el bosque desaparecerá. La explotación agrícola y ganadera presentaría más problemas, pero sería el propio mercado el que marcaría las pautas.

Los terrenos convenientemente fertilizados podrían servir para varias cosechas, con lo que nos alejaríamos de la tradicional agricultura amazónica de talar, quemar, cultivar y trasladarse, el siguiente año, a otra finca. En este sentido, la labor de los ecologistas contrarios al uso de fertilizantes no naturales es un factor negativo. Los precios determinarían si la explotación agrícola de las fincas sería rentable o no, y si debería buscarse otro uso que generase la riqueza que se necesita. Las subvenciones a la agricultura funcionaría en este caso como otro factor negativo.

Existen muchas maneras de gestionar la Amazonía, pero la protección y las ayudas financieras sin más no son, desde luego, la solución perfecta, ni siquiera una solución. Como siempre, no es una cuestión de reparto de dinero, es una cuestión de creación de riqueza, y la corrupción de los gobiernos y la visión cerrada de los ecologistas no son ninguna ayuda.

El lince cagón

El lince ibérico, como animal territorial, señala su territorio con deshechos orgánicos, pero este lince narbónico (Linx narbonus) que merodea por Madrid ha dado un gran salto en el proceso evolutivo, pues amojona los terrenos no en función de sus necesidades de caza, sino con una fuerte conciencia social para impedir el desarrollo desordenado típico del capitalismo salvaje. Lo que no han conseguido las brigadas ecologistas con sus presiones a los políticos madrileños, paralizar la construcción de la carretera M-501, lo ha conseguido este lince rojazo con un par de apretones. La Madre Naturaleza no sólo es sabia; también es socialista. Y eso que Esperanza Aguirre, una señora amable, cariñosa y limpia (como la Trini pero en inteligente), es una persona que con toda seguridad ama a los animales, pero ante un lince con principios el argumento sentimental no causa ningún efecto.

Aunque las costumbres migratorias no son habituales en la especie, un ejemplar progresista como al que nos enfrentamos es muy capaz de desplazar su campo de acción hacia Valencia y Murcia, como un cruzado gatuno en defensa del desarrollo sostenible amenazado por los políticos del PP. Lo más probable es que los expertos en caca felina del Ministerio de Medio Ambiente estén rastreando ya, a través de sofisticados sistemas por satélite o incluso directamente sobre el terreno, toda la costa levantina en busca de pruebas fecales que justifiquen la necesidad de acabar con la economía de la zona. De ahí a suspender todas las corporaciones locales desde Castellón hasta Murcia solo hay un paso.

El bicho es tan inteligente que no pasa de la línea de Despeñaperros hacia abajo para hacer caca, gracias a lo cual, en Andalucía surgen los campos de golf como champiñones, con sus correspondientes urbanizaciones adosadas, sin que Natura produzca este tipo de alarmas. Si hacemos caso a la web de la Federación Española de Golf, la Andalucía de Chaves, la región más seca de Europa, cuenta con ochenta y tres campos, por seis en Murcia o veintitrés en toda la Comunidad Valenciana.

Si yo fuera presidente de una comunidad autónoma desafecta buscaría al puñetero lince para darle una subvención. O eso o una perdigonada en el trasero, para que aprenda a hacer sus cosas en el sitio apropiado. Ya sé que es una especie en peligro de extinción, pero también lo es la Constitución del 78 y miren cómo la tratan el gobierno y sus socios.

Apuntes sobre la crisis del 73

A finales de septiembre de 1970 moría de un paro cardiaco Gamal Abdel Nasser. Nadie lo esperaba. En el momento de su muerte, el líder egipcio se encontraba en la cima de su carrera. Era realmente afortunado. A pesar de sus continuos fracasos, disfrutaba de un poder omnímodo, su pueblo lo idolatraba y, en el extranjero, gozaba de una magnífica prensa. Pocos políticos han manejado la demagogia y la propaganda de un modo tan magistral como lo hizo Nasser en sus 18 años de magistratura vitalicia.

Las naciones de occidente no lo sabían, pero en aquel momento se hallaban en la recta final de un periodo de crecimiento y prosperidad sin parangón en la historia. En apenas tres años todo iba a cambiar, y el imprevisto fallecimiento de Nasser fue, en cierto modo, el escopetazo de salida. El discurso nasserista –que, aún hoy, sigue teniendo adeptos–, consistía en una simple y efectiva amalgama de socialismo, nacionalismo árabe y una cerval judeofobia. La fórmula, aunque ruinosa de necesidad, funcionó durante dos décadas largas, sirvió de antesala al islamismo actual y condenó al mundo árabe a un crónico retraso económico y social.

Los herederos del nasserismo, especialmente Gadaffi en Libia y los gobiernos del partido Baas en Siria e Irak, adoptaron como propio el ideario del malogrado caudillo panárabe que había plantado cara a las potencias occidentales. Ciertos mandatarios de la región se convencieron de que los árabes podían doblegar a Occidente, obligándole, ya de paso, a replantearse el apoyo que prestaba a Israel, una pequeña nación que había pulverizado el honor de los árabes en la guerra de los seis días.

La economía de los países árabes era, sin embargo, bastante débil, y fuera de los autocomplacientes discursos de sus líderes, nada hacía pensar que pudiesen poner al mundo en jaque. Pero tenían en la mano el grifo de casi todo el petróleo, una materia prima que, hace 35 años, era un artículo muy barato. Tenían también el control de la OPEP, un cártel bastante inocuo que, bien usado, podía convertirse en la mejor correa de transmisión para sus intereses.

En 1971 se produjo la primera alza de precios, una minucia que no llegó ni a medio dólar por barril. Fue el preludio de lo que vendría dos años más tarde. En octubre de 1973 una nueva coalición árabe volvió a darse de bruces con el ejército israelí, a quien atacaron por sorpresa el día del Yom Kippur, una de las festividades judías más importantes. Una semana después el mercado de crudo implosionó. Como represalia por la derrota en Israel, la OPEP restringió la producción y elevó el precio del barril en un 70%. A los dos meses lo volvió a subir, esta vez un 130%.

La economía europea y norteamericana, que ya venían tocadas, se hundieron en el desconcierto. Nació entonces la llamada estanflación, es decir, la perversa combinación de estancamiento e inflación, un fenómeno que los teóricos de la socialdemocracia no habían previsto y que, en su miopía, consideraban imposible. Razón definitiva para tomar al keynesianismo como una doctrina completamente amortizada.

El petróleo no volvió a bajar al nivel de precios de antes del 73 –registró incluso un nuevo incremento en 1979–, pero los delfines de Nasser no se salieron con la suya. Ni siquiera en un momento en que dispusieron de casi toda la liquidez mundial en sus manos. La razón es sencilla; el órdago les falló porque desconocían cómo funcionaba el sistema financiero mundial, ya plenamente globalizado en los primeros setenta.

Los millones de dólares extraídos a las naciones occidentales por un petróleo artificialmente caro, volvieron a ellas en el curso de pocos años. Y es que esos dólares valían en tanto en cuanto eran útiles para la economía global en su conjunto. Los grandes bancos eran occidentales y los criterios de reinversión de la fortuna petrolera también fueron occidentales. Al final, a los orgullosos dirigentes que quisieron poner a Occidente de rodillas, les perdió su propia ignorancia, cuando no la corrupción y el despilfarro como fue el caso de potencias petroleras como Irán o Irak.

La crisis del 73, que de un par de años a esta parte está en boca de todos, fue fabricada y de índole totalmente política. Su estallido no respondió a mecanismos propios de la economía como la oferta, la demanda o la escasez. Nada que ver, por tanto, con la carestía que hoy padecemos. Eso, claro, es harina de otro costal que se merece comentario aparte.

¿Por qué hay que privatizar el agua en España?

Cuando se plantea la necesidad de privatizar el agua saltan todas las alarmas. ¿Por qué debe privatizarse un bien necesario para la vida? La respuesta es sencilla: precisamente porque el agua es necesaria para vivir debe ser privatizada. Ya que el gobierno emponzoña todo lo que toca, mejor será que nos moleste en las áreas menos importantes de nuestra vida.

El caso a favor de la privatización es evidente en el Tercer Mundo. Allí los distintos Estados son incapaces de abastecer a sus poblaciones; no por falta de agua, sino por completa ausencia de instalaciones para transportarla. De hecho, en multitud de zonas de los países pobres, el agua es transportada a través de camiones cisterna privados a un precio ocho veces superior al que los individuos habrían pagado en caso de que se dejara a las empresas construir las redes de suministro de agua.

Los ciudadanos de los países pobres entienden perfectamente nuestra respuesta anterior sobre la necesidad de privatizar el agua. El monopolio público sólo les ha generado sequías y deshidrataciones masivas; por desgracia, la incompetencia del gobierno es tan portentosa que sus errores dan lugar a nefastas consecuencias.

Sin embargo, los beneficios de la privatización pueden no resultar tan evidentes para el caso español. Si ya tenemos las instalaciones y el precio del agua no es descabellado, ¿qué mejoras obtendríamos con la privatización? ¿Realmente merece la pena?

Aun sin pretender ser exhaustivo, la privatización del agua redundaría en nuestro beneficio de tres formas diferentes.

La primera y más evidente es que los usos del agua mejorarían. España es un país con grandes plantaciones agrícolas que utilizan métodos de inundación dado los bajos precios del agua. Esto supone un despilfarro evidente por cuanto muchas de esas plantaciones dejarían de ser rentables en caso de que el precio del agua no estuviera subvencionado por la Administración. Los períodos de sequía y la sobreexplotación y salinización de acuíferos que sufre nuestro país son una consecuencia de un precio del agua demasiado bajo. Si le preocupa nuestro medio ambiente, defienda la privatización del agua.

La segunda mejora tendría lugar en la calidad del agua corriente. Las distintas administraciones del Estado carecen de incentivos para mejorar y mantener un suministro de calidad, hasta el punto de que en algunas ciudades el agua roza los límites de la potabilidad. Dado que los ingresos del Estado no dependen de la correcta satisfacción de nuestras necesidades (sino de la cantidad de impuestos que sean capaces de rapiñar) no se genera una efectiva competencia entre los distintos proveedores de agua que impulse una mejora de su calidad.

Por último, la privatización del agua permitiría una correcta imputación de los precios y de la rentabilidad esperada a los distintos bienes de capital que coadyuvan al suministro de agua. Hoy en día las inversiones en pantanos, salinizadoras, tuberías y trasvases diversos se hacen sin ton ni son. El Estado ignora si estas obras son rentables (y cuál de sus estructuras tecnológicas y trazados es más rentable), precisamente porque no existe un precio del agua que permita calcular su valor presente.

Si privatizáramos el agua nadie nos garantiza que alguna empresa privada ejecutara finalmente el Plan Hidrológico Nacional; eso sí, tendríamos la garantía de que, si se ejecutara, ello se debería a su rentabilidad y por tanto a su necesidad. Es más, en caso de error en la estimación de los beneficios, sería la empresa quien asumiría las pérdidas y no los sufridos contribuyentes.

No sólo el Tercer Mundo necesita reconocer la propiedad privada sobre el agua; España sufre desde hace décadas las consecuencias del estatismo en este campo. Privaticemos el agua: nuestros acuíferos, nuestros estómagos y nuestros bolsillos lo agradecerán.

Privatizar el agua

Pero ni la pesadilla del mal periodismo puede frenar el notable desarrollo que está teniendo la provisión privada de agua en todo el mundo.

Y especialmente entre los más pobres. Son muchas las áreas a las que no llega el Estado, especialmente a las áreas más pobres. Pues es precisamente ahí, a las zonas más apartadas y en las que la miseria abraza los asentamientos humanos, donde llega el empresario, haciendo llegar agua de calidad a un precio asequible. Lo recordaba recientemente el presidente del Banco Interamericano de Desarrollo, Luis Alberto Moreno, en un artículo para el Wall Street Journal, con ejemplos de Ecuador, Colombia, Honduras, Chile. Muchas grandes ciudades de esos países también se abastecen del agua llevada por empresarios privados. En Chile, el sistema privado ha llevado agua de 1970 a 1994 del 27 al 94 por ciento de las áreas rurales, y del 63 al 99 por ciento de las urbanas.

El Estado, por su parte, hace lo único que sabe hacer. Al fin y al cabo es una máquina que redistribuye renta y propiedad para sí mismo y para quienes le sirven de apoyo. Un reciente libro, The Water Revolution, explica cómo “en la mayoría de los países pobres, los gobiernos perpetúan la escasez de agua. No proveen de agua a los pobres, pero ofrecen subsidios masivos para el uso de agua a intereses creados, como los grandes terratenientes”, como por ejemplo en India o Ecuador, entre otros. Lo lleva a donde le interesa. Por ejemplo, sigue el libro, “en la India y el África urbana, el Gobierno simplemente no lleva agua a las zonas periféricas, porque no las reconoce como legítimas. De este modo, los empresarios locales proveen de agua y servicios sanitarios a la comunidad, obteniendo un beneficio”.

No solo la iniciativa privada lleva el agua donde el Estado no puede o no quiere. Es que lo hace mucho mejor. En Argentina, la mortalidad infantil cayó de forma notable tras la privatización del 30 por ciento del sistema, especialmente (un 26 por ciento) en las áreas más pobres. Si los empresarios son capaces de hacer negocio vendiendo a los más pobres entre los pobres, ¿cómo es que hay quien sigue defendiendo que no llevarían el agua a sociedades avanzadas como la nuestra? Por esos y otros motivos, hay que privatizar el agua en España.

La solución de Narbona es nuestro problema

Este martes 28 de marzo tendrá lugar una conferencia con cuatro ponencias que tratarán de explicar desde diversas perspectivas por qué Kyoto representa un gravísimo problema para el ser humano y difícilmente es capaz de solucionar algo.

Si tratamos de considerar a Kyoto como una solución, no queda claro cuál es el problema. La comunidad científica no se pone de acuerdo acerca de la existencia de un peligroso calentamiento global del planeta. Y son relativamente pocos los que creen que de existir, esté siendo provocado principalmente por la actividad del ser humano. Ni siquiera existe unanimidad en la consideración negativa o positiva de ese supuesto calentamiento. Es por eso que el protocolo de Kyoto se justifica mediante la aplicación de nefasto principio de precaución; es decir, se nos impone "por si acaso".

Pero es que, aún si se demostrase que estamos frente a un proceso de calentamiento global peligroso, Kyoto no sería una solución. El protocolo es capaz de reducir el crecimiento económico y detener el proceso de división del conocimiento que resulta en continuas innovaciones. Eso sí. Aumenta el paro, provoca redistribución internacional de la riqueza a favor de aquellos países que hayan sabido negociar mejor. Eso también. Fuerza deslocalizaciones artificiales que perjudican a toda la sociedad y sólo benefician a un grupo de privilegiados. Sí, además es un motor de ineficientes injusticias. En resumidas cuentas, el protocolo de Kyoto es una factoría de inmensos costes sociales que afectan especialmente a los más pobres y eso, por mucho que lo camuflen, difícilmente puede ser bueno para el medio ambiente en el que se desenvuelve el hombre.

Narbona negó en su día que la participación de España en este despropósito socio-económico fuese a resultar costosa. A día de hoy, emitiendo un 40% más de gases GEI que en 1990 y con el precio de los derechos de emisión por las nubes, la ministra ha tenido que recoger velas y reconocer que España lo tiene casi imposible para cumplir por lo que la factura para nuestra economía va a ser elevada. Pero no todo está perdido, también asegura que el gobierno trabajará para contener el coste económico. ¡Uf, qué alivio!

Eso sí, de abrir la mano intervencionista a la energía nuclear, la única barata y que no emite CO2, nada de nada. Ese tipo de soluciones seguras al hipotético problema del calentamiento antropogénico no molan a nuestros políticos. ¿Será porque no requieren el entrometimiento de los políticos en el libre ejercicio de las libertades individuales? Puede ser. Lo que está claro es que aquello que para Tocino, Matas y Narbona es la solución, para nosotros representa un grave problema.

¿Privatizar el Amazonas?

Hace unas semanas saltó a los medios de comunicación una de esas bombas que levantan la pasión de unos o la indignación de otros. Lula da Silva, una de las figuras clave del progresismo, el que desde las procelosas aguas de la lucha sindical llegó a la presidencia del país más poderoso de América del Sur, anunció sin que le temblara el pulso que tenía previsto privatizar el Amazonas para asegurar su conservación. No sólo eso, el principal grupo ecologista del mundo, el terror de los transgénicos y el amigo del lince ibérico y del desmán de los Pirineos, Greenpeace, estaba de acuerdo. Tal noticia, como no puede ser de otra manera, tiene truco. Realmente no estamos hablando de una privatización; es de nuevo una intervención estatal, pura y dura y nada novedosa.

La intención de Lula da Silva y de su gobierno es gestionar de manera sostenible el bosque distinguiendo el territorio en tres tipos de terrenos, las áreas de conservación, los destinados al uso comunitario por indígenas y pobladores tradicionales y los que se concede en forma de parcelas para la explotación forestal limitada a empresas privadas. ¿Privatización, dónde? El Estado brasileño hace algo similar a lo que suele hacer cualquier otro Estado, que por arte de la confiscación se apodera de todo aquello que pueda tener algún tipo de utilidad. Además, pervierte el término privatización quizá para atraer a cierto sector privado que puede sentirse molesto con el ecologismo más radical y que con esta medida podría tranquilizarse.

Que las empresas encuentran en lo estatal una fuente de dinero del que poder sacar algún pellizco es más que evidente si nos fijamos en cualquier sector público y no hay que irse al Amazonas ni al Congo para buscar ejemplos. Bastaría con echar un vistazo al sector de la construcción español. Decenas de empresas constructoras funcionan como oligopolios locales en torno a determinados concejales de todo signo y color, de izquierdas y derechas, que participan en esta corrupción generalizada. La posesión del suelo por parte del poder público, sea central, autonómica o estatal, y las políticas de vivienda protegida de las tres administraciones, es la razón de su existencia. La continua necesidad de construir vivienda pública para "intervenir en el mercado" termina tomando el dinero de los contribuyentes y alimentando a estos privilegiados que ven en los "concursos públicos" verdaderos cuernos de la abundancia.

El Gobierno brasileño ha trazado una política similar a la española. Primero, se apodera del suelo por decreto, nada menos que cinco millones de kilómetros cuadrados. Segundo, establece una política de protección sobre cada uno de los terrenos. Tercero, establece quienes serán los privilegiados, incluyendo en el lote a los indígenas o pobladores tradicionales, quizá con la idea de calmar al boyante movimiento indigenista que con el apoyo ideológico cubano y el petróleo venezolano ya ha conseguido importantes éxitos en Bolivia y pretende lograrlos en Perú y Ecuador. En cuarto lugar, organiza lo que podíamos llamar concurso público, en el que con seguridad y con la excusa de evitar que piratas y "falsas" ONG’s (otro de los sectores más cercanos a los dineros de los contribuyentes) exploten el bosque y hagan contrabando de madera o de cualquier otro producto selvícola, solamente determinadas empresas y no otras accederán en exclusividad a la tala de la madera tropical. La corrupción existente en Brasil –el presidente Lula Da Silva se ha visto muy afectado por lo ocurrido en su partido–, la inmensidad de la selva y la incapacidad de poseer recursos para vigilar todo lo protegido apunta a un inevitable fracaso de este plan.

Resulta fastidioso ver como una tras otra, cualquier medida proteccionista y estatalista termina en fracaso y su sustituta, no menos proteccionistas y estatalista, sigue el mismo camino del fracaso. La presencia de Greenpeace no deja de ser una espada de Damocles en el cabeza del gobierno brasileño. Recordando además que muchas otras organizaciones ambientalistas están en contra de la medida, el apoyo de la primera será relativo en tanto se cumplan sus expectativas. Cualquier desviación del plan original o de que los resultados no se acomoden a sus previsiones supondrá su retirada y por supuesto, una campaña denunciando todos los males del capitalismo, del libre mercado que ha pervertido al Estado brasileño y ha "privatizado" el Amazonas.

Los altos precios del petróleo

Los apocalípticos están aprovechando que los precios del petróleo están altos para redoblar sus esfuerzos para hacer llegar a la gente su mensaje. Esto se acaba, el capitalismo nos ha traído al desastre, pero todavía si se nos hace caso, podemos rectificar. Vamos a agotar el petróleo en breve y hay que demostrar, por tanto, la sociedad industrial basada en el oro negro.

No son los únicos que reaccionan a los precios altos. Lo hace todo el mundo. Los trabajadores en Estados Unidos, cuando su labor se lo permite y el jefe accede, están probando a trabajar al menos un día en casa, según recogía un reportaje reciente del Washington Times. Otra de las formas de reaccionar ante los precios consiste en comprar coches que consuman menos, o que puedan utilizar Etanol. Todo ello se pudo ver en la feria de coches de Chicago de hace solo un mes, el 8 de febrero.

El etanol, precisamente, nos permite llegar a la respuesta de la industria buscando sustitutivos y mejoras en la eficiencia energética para sortear los precios más altos del petróleo. El etanol se hace económico cuando el petróleo se encarece lo suficiente. Y el etanol se puede obtener tanto en el campo, como de la biomasa, del gas natural o del carbón. Y solo con el carbón, el que se produce en Estados Unidos daría para hacer funcionar el parque de coches de ese país durante más de 500 años. Ya hay sitios donde se apuesta por esta alternativa: En Brasil "el porcentaje de ventas de nuevos coches que pueden utilizar etanol de alto contenido ha aumentado del 4 al 67 por ciento en los tres últimos años".

Por lo que se refiere a la eficiencia energética, recordaba un reciente artículo del Wall Street Journal que "las ganancias en eficiencia energética más rápidas en los Estados Unidos tuvieron lugar cuando los precios eran muy altos. Desde (1973), la cantidad de energía necesaria para producir cada dólar real de PIB ha caído en un 50 por ciento, una caída de entorno al 2 por ciento de media". Un progreso que se había detenido, pero "hoy estamos de nuevo ante los incentivos positivos por los altos precios del petróleo". Pone como ejempo que "la nanotecnología está mejorando la vida de las baterías, lo que hace los coches de motor híbrido más realistas".

¿Y la propia industria del petróleo? Lo decía Daniel Yergin, en agosto del pasado año:

Entre 2004 y 2010, la capacidad de producción, con las inversiones actuales, aumentará en 16 millones de barriles, pasando de los 85 actuales a 101 por día. Un incremento del 20 por ciento. Otro artículo del Financial Times, de septiembre, explicaba que "los grandes productores de petróleo han aumentado la inversión en la exploración de petróleo de forma significativa, por primera vez en casi dos décadas".

Y se desarrollan nuevas técnicas para mejorar la explotación de los pozos ya abiertos. Por ejemplo, hay otras tecnologías para mejorar la explotación de los pozos. Por ejemplo, se utiliza dióxido de carbono, que se inyecta, para movilizar el petróleo hacia donde sea más fácilmente explotable. También se está desarrollando la tecnología del perforado horizontal. Explicaba un artículo de la CNN que estamos siguiendo, que "un simple pozo horizontal a menudo produce más petróleo que muchos pozos convencionales. La extracción horizontal se está utilizando de forma extensiva en las costas de Canadá y Rusia". También está la inyección de microbios, que "producen una sustancia parecida a un detergente, que volcada sobre los pozos hacen el petróleo menos viscoso", lo que permite una mejor explotación.

Mientras que los apocalípticos, los maltusianos, aprovechan los altos precios para intentar vender sus ideas, la gente se acomoda a ellos y busca soluciones. Eso es el mercado.

El crimen ecologista del arroz dorado

Desde que la agricultura nació, el hombre ha estado modificando las especies vegetales del mundo para poder cultivar variedades más apropiadas para su cultivo y consumo. Sin embargo, lo ha hecho relativamente a ciegas, debido al desconocimiento de la ciencia y la técnica necesaria para hacerlo de otra manera. El desarrollo de la ingeniería genética nos está permitiendo por primera vez crear plantas "a medida". Son los organismos genéticamente modificados, los OGM. ¿Cuál ha sido la reacción ecologista? Naturalmente, como sucede con cualquier avance científico, oponerse.

Posiblemente el ejemplo más claro de que la oposición de estos nuevos ludditas es puramente ideológica ha sido el caso del arroz dorado. Creado en 1999 por los profesores Potrykus y Beyer tras 15 años de investigaciones, era una variedad de arroz que contenía Beta Carotina o provitamina A, el compuesto químico que nuestro cuerpo transforma en vitamina A. La falta de esta vitamina mata al año a 6.000 niños y deja ciegos a 500.000. Cada año. Los activistas, considerando quizá que sus protestas habituales contra los OGM serían mal vistas en este caso, argumentaron que este arroz no proporcionaba a la dieta la Beta Carotina suficiente. Sin embargo, estos niños no necesitan ingerir el 100% de sus necesidades de vitamina A por medio de este arroz, sino aumentar la que ya reciben por otros medios. Además, el desarrollo ha continuado y las variedades actuales de arroz dorado contiene 23 veces más provitamina A que las de 1999.

El arroz dorado no está en los campos del Tercer Mundo porque el mal llamado principio de precaución y la histeria artificial contra los organismos genéticamente modificados ha impuestos unas obligaciones regulatorias que dificultan la aprobación del uso de cualquier OGM, sea comercial o no. Si aquellos que prometen grandes beneficios económicos tienen problemas para aprobarse, los que se han desarrollado para solucionar los problemas de los más pobres necesitan de un esfuerzo financiero para pasar las pruebas que se le imponen que resulta difícil obtener. Estas son las consecuencias de dotar al Estado de poder para decidir qué se puede y qué no se puede plantar en los campos, que los más necesitados se ven desprovistos de armas con las que sobrevivir. Y eso que el Estado se supone que está ahí para defenderlos.

El principio de precaución consiste en la prohibición de cualquier novedad que no se haya probado inicua. Algo aparentemente razonable, pero que cuya lógica se deshace cuando nos damos cuenta de que hasta el trigo normal tiene consecuencias perniciosas cuando es ingerido por quien tiene alergia al gluten. ¿Debería prohibirse? Sin duda, si siguiéramos con él los mismos estándares que propugnan los ecologistas e implantan quienes tienen el poder de hacerlo. Además, dicho principio no soporta que se lo apliquen a sí mismo. ¿Puede "Amigos de la Tierra" garantizar que la prohibición de novedades tecnológicas basada en el principio de precaución no va a dañar a nadie? Evidentemente, no. Esos niños ciegos y muertos son una prueba evidente.

Dice el profesor Potrykus que "la oposición a todos los alimentos genéticamente modificados es un lujo que sólo los mimados occidentales se pueden permitir". La oposición a variedades que llevan años usándose sin problemas en Estados Unidos ha llevado a Greenpeace a apoyar el rechazo de Mugabe a la ayuda alimentaria estadounidense para Zimbabue, haciéndolos cómplices de la muerte por hambre de miles de personas. Y es que lo que le estamos diciendo a los países del Tercer Mundo recuerda aquella frase infame que los terratenientes espetaban a los obreros en la II República, y que ahora podría reescribirse como: "¡Comed precaución!"

Van a por tu coche

Están convencidos o, al menos, nos intentan convencer a los demás de que si bien el coche puede ser un fabuloso bien económico para su propietario, es un terrible mal para la sociedad y para el planeta. Se equivocan. El coche es uno de los principales motores de progreso y mejora del medio en el que vivimos. Y no porque mucha gente trabaje en su producción, distribución y venta. La enorme importancia del automóvil procede de las consecuencias del uso del coche; de los fines que permite alcanzar a cambio de un coste relativamente reducido.

Es evidente que esta máquina del siglo XX incrementa la productividad de toda la sociedad. ¿Se imaginan lo improductivas que serían multitud de empresas si no tuviésemos coches? Pero los automóviles también tienen la virtud de incrementar el tamaño del mercado haciendo que el proceso de división del trabajo se extienda y que la productividad aumente. Esto es tan obvio que parece habérsele olvidado a más de uno. Para colmo de bienes el coche permite multiplicar el aprovechamiento de nuestro tiempo libre. En cuanto al efecto del automóvil sobre el medio ambiente, parece razonable pensar que ayuda a mejorarlo. Por un lado, el estado sanitario de las vías públicas antes de la generalización del coche era lamentable. Algunos admitirán ese argumento pero alegarán que ya es hora de pasar a otro tipo de transporte más “limpio” sin caer en la cuenta de que cualquier alternativa forzada conlleva un uso menos urgente de los recursos y, por lo tanto, un mayor despilfarro que a la larga sólo puede estar asociado a un empeoramiento del medio ambiente. Tampoco parece haber muchos detractores del automóvil que sean conscientes de que si bien miles de personas mueren en accidentes de tráfico, son muchos más los que salvan sus vidas a diario gracias a su existencia generalizada y que, por lo tanto, su eliminación o restricción puede contarse en número de vidas.

Sin embargo, el ataque al coche no cesa. En los EE.UU. la red de ecologistas evangelistas mantienen desde hace un par de años una campaña en contra de los coches grandes. Tras su demagógico eslogan "¿Qué conduciría Jesucristo?" se esconden un sinfín de razonamientos equívocos y falacias infantiles. Al margen de que es evidente que Jesucristo tendría un todoterreno a lo Nissan Navarra para llevar a los apóstoles, la insistencia de estos grupos en restringir por ley los vehículos grandes con la excusa de que contaminan más y de que los principales perjudicados de la contaminación son los pobres no se tiene en pie. Una furgoneta no presta el mismo servicio que un utilitario ni es capaz de llevar al mismo número de personas por lo que hablar de que contaminan más que los coches pequeños es ridículo. Por otro lado, la insinuación de que los pobres son los grandes perjudicados de la existencia de coches grandes como los todoterreno tampoco es muy afortunada. En pocos lugares como en los países pobres se puede verificar de manera más sencilla que estos automóviles de gran volumen ayudan a la gente a ser más productiva, menos dependientes y más capaces de sobrevivir.

En Madrid algunos han llevado estos razonamientos exóticos a extremos violentos. Con la absurda pero extendida coartada de que “cada coche parado es un respiro que se concede al cielo” hay quien ha estado pinchando las ruedas de numerosos vehículos en el centro de la ciudad. No es sino un nuevo ejemplo de cómo el movimiento ecologista se está transformando en una secta tan ignorante como violenta.