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Etiqueta: Regulaciones y otras políticas públicas

Flogisto y salario mínimo

Miren, si no, el ejemplo de que imponer un salario mínimo eleva las remuneraciones más bajas justo hasta ese punto. Como el flogisto, parece una idea propia de la alquimia: la duplicación de los salarios por decreto. ¿Por qué quedarse en los 800 euros que ha propuesto Zapatero? ¿Por qué no imponer una base mileurista? ¿Quién se iba a preocupar de las hipotecas con esa capacidad para elevar nuestros salarios sin más que publicar un artículo en el BOE?

Quien defiende el salario mínimo no puede tener ninguna idea sobre cómo se forman los salarios. El empresario está dispuesto a pagar una cantidad al trabajador en función de lo que estima que vale la contribución de este a la producción (esto es, el valor descontado de su productividad marginal). Si esa estimación queda por debajo del salario mínimo, esa contratación sencillamente no tendrá lugar. Se generará paro y habrá proyectos que queden en el sueño de los emprendedores – y de los afiliados al INEM.

Claro está que estos frustrados trabajadores a quienes el Gobierno prohíbe llegar a ciertos acuerdos son mayoritariamente jóvenes e inmigrantes. Estos últimos ya están saliendo a la calle, pero no por voluntad propia. Según la última EPA el desempleo entre extranjeros ha crecido un 24 por ciento en un año. Un SMI de 800 euros dejará esa tasa en ridículo.

En el caso de los jóvenes, muchos valoran más lo que ganan de capital humano por medio de la experiencia que el salario, y los estudios muestran que los salarios mínimos reducen las rentas futuras de los jóvenes, por la experiencia no ganada.

Lo más sorprendente es que este dislate sea un reclamo electoral.

El ejemplo de Google

La realidad es muy distinta a como la presentan estos fundamentalistas del Estado y el socialismo. A través de distintas vías, el capitalismo hace partícipe a toda la sociedad de la nueva riqueza creada. Ahora bien, no se trata de un reparto equitativo: quienes han creado o contribuido a crear de la nada esa nueva riqueza obtienen la mayor porción. Si algo elimina el libre mercado son los parásitos: nadie vive a costa de los demás, sino en cooperación con los demás.

Las empresas que no han surgido al amparo del Estado y de la subvención pública son las que mejor han satisfecho las necesidades de los consumidores. Éstos son los auténticos destinatarios de la riqueza que genera el capitalismo: todo gira en torno a contentar del mejor modo posible sus deseos y apetencias.

Dicho de otro modo: en el libre mercado, los ricos lo son porque antes han proporcionado y creado nueva riqueza para otros. Los consumidores que acuden masivamente a una compañía lo hacen porque sus productos les proporcionan riqueza.

Hay otra forma en que el capitalismo extiende y reparte la riqueza que genera: los mercados de capitales. Con la fórmula de las sociedades anónimas, cualquier individuo puede adquirir acciones de una compañía, esto es, porciones alícuotas de su propiedad.

Entre los empresarios y los accionistas se establece una relación sinérgica. Gracias a los segundos, los primeros pueden obtener el capital que necesitan para llevar a cabo sus ideas sin tener que recurrir a grandes magnates; les basta con vender pequeñas porciones de sus empresas a muchos individuos, no necesariamente millonarios.

Así las cosas, es mucho más fácil reunir fondos para dar salida a ideas geniales. Cualquiera puede captar dinero en los mercados de capitales y montar su propia empresa, siempre que los inversores juzguen que su proyecto merece la pena.

Ésta es la segunda parte de la relación sinérgica. El inversor puede rentabilizar sus ahorros como si estuviera gestionando y dirigiendo una empresa. El único requisito para ello es que seleccione bien dónde coloca el dinero: comprar acciones de una compañía con un pésimo proyecto empresarial (esto es, que no satisface a los consumidores) sólo le arrastrará a la ruina en que acabará la propia compañía.

Por consiguiente, el inversor, tanto los managers de grandes fondos como el pequeño ahorrador, tiene que destinar su dinero a aquellas empresas que mejor puedan competir en el mercado. Ésta es su única tarea: seleccionar inversiones. Si acierta, los beneficios acudirán a él sin que haya de hacer nada más (salvo, claro está, vigilar que la inversión siga valiendo la pena).

Ayer mismo conocíamos que las acciones de Google han alcanzado un valor de 600 dólares, cuando en agosto de 2004 valían 85. Esto implica una revaloración anual media del 150%. Los ahorradores que creyeron en Google y que le proporcionaron los recursos necesarios para desarrollar su proyecto han obtenido un gran beneficio, aun cuando no hayan participado en la gestión diaria de la compañía ni en el desarrollo de sus planes estratégicos.

El éxito de Google es arrollador, y pone sobre el tapete una cuestión que los detractores del capitalismo no entienden: las grandes empresas (por no hablar de sus consejeros delegados) aparecen y desaparecen con gran rapidez. IBM lo fue todo en la informática hasta Microsoft, y Microsoft lo ha sido todo hasta Google. Es probable que el célebre buscador no tarde en ser destronado por ideas mejores. Cuanta más riqueza y cuanto más capital haya en la sociedad, con más velocidad se crearán y reestructurarán empresas que traten de batir a las existentes.

El caso de Google, desde luego, no es único. Wal-Mart, por ejemplo, acumula una rentabilidad media anual del 21% desde hace más de 35 años. Si hubiera invertido en esta última compañía 30.000 dólares en 1972, hoy dispondría de 2.700.000. Lo mismo puede decirse de Intel o de Microsoft, los grandes protagonistas de la revolución tecnológica de los 90.

A diferencia de lo que ocurre en los sistemas socialistas, donde a cada trabajador se le impone su empleo y su remuneración, en el capitalismo los trabajadores pueden convertirse en propietarios de empresas. Basta con que adquieran acciones para que puedan acceder a esos beneficios multimillonarios que tanto escandalizan a la progresía.

Que una empresa gane millones de dólares cada año es una magnífica noticia. En primer lugar, porque significa que satisface a muchos consumidores; en segundo lugar, porque todos los accionistas que contribuyen a que salga adelante disfrutan de tales ganancias.

Vistas las enormes ventajas del capitalismo, sería de esperar que nos permitieran aprovecharlas de la mejor manera posible. Pero, como siempre, el Estado –y la filosofía socialista que lo sostiene– no deja de imponernos obstáculos y restricciones: la venta de acciones está sometida a un impuesto del 18%, los mercados financieros soportan rígidas regulaciones que impiden o frustran numerosos movimientos corporativos que podrían ser una fuente de oportunidades de ganancia, la Seguridad Social absorbe cantidades ingentes de nuestros ahorros y, así, nos dificulta en extremo acceder a los mercados de capitales…

La sociedad de propietarios es todavía un escenario lejano porque al Estado le interesa mucho más tratar con esclavos.

Trabajar más para ganar más

La medida ha creado la polémica entre la oposición y sindicatos alegando que la medida aumentará el gasto estatal y también dudan de la efectividad de la misma para aumentar la producción y nivel de riqueza.

La ley francesa sobre las horas extraordinarias posiblemente tenga muy buenas intenciones, pero no es el camino. El lema de este cambio ha sido "trabajar más para ganar más". Está muy bien para quien así lo quiera, pero esa ha de ser una iniciativa individual que no se ha de imponer. Comparémoslo con España. Aquí se hacen muchas horas extras que no se pagan. ¿Cierto? No del todo. Las empresas, haga usted horas extras o no, pagan mucho más de lo usted percibe. El 40% de lo que paga la empresa al trabajador es incautado por el Estado. Esa es una de las muchas razones por las cuales los salarios son tan bajos en España. Eso significa que al trabajador no se le remunera el 100% de sus rendimientos del trabajo, sino el 60%. Examinado desde otro punto de vista, si el Estado no se le robase nada y usted hiciese un 40% menos de horas mensuales cobraría lo mismo que ahora.

Las políticas laborales de Europa han de ser reformuladas desde cero y no con parches como el francés. Lo justo es que cada persona cobre por aquello que trabaja sin que un socio pasivo, el Estado, meta la mano para quedarse con nuestra producción. No es una cuestión de cómo están las cuentas públicas (que además, siempre van mal), ni de las trilladas excusas políticas de robar por el bien común. Es una cuestión de bienestar individual, de tener el derecho a que el Estado nos deje en paz y no nos robe nuestro dinero ni producción. Porque cuando alguien roba el trabajo y producción de otro, sea cual sea la excusa, eso significa que trabaja gratis para él contra su voluntad, y a eso siempre se le ha llamado esclavitud. Cualquier tributo productivo que el Estado toma por la fuerza, que son todos, es un acto de esclavitud contra el hombre libre.

Las soluciones aparentemente pragmáticas como la francesa suponen empezar la casa por el tejado. Lo lógico sería que antes de hacer trabajar más a la gente, cada agente económico, ya sea particular o empresa, vea reflejado en su cuenta corriente la parte íntegra de su producción. Lo demás, mayor productividad, trabajo, bienestar, crecimiento económico, etc., vendrá solito. Esta es una de las grandes ventajas del libre mercado; va inherentemente ligado al bienestar individual. La mejor vía para la prosperidad es que todo el mundo obtenga el resultado íntegro de lo que hace. La única razón por la que ni el Estado francés ni el del resto de países acometen reformas verdaderamente profundas está bien claro: dejaría de ingresar nuestro dinero.

Liberal-laboralismo

Las expectativas electorales de los dos grandes partidos de España permanecen en alza. Empate técnico entre ambos, cantan las sibilas. Puede ganar, según dicen, cualquiera de las dos primeras marcas. Ahora mismo, ante la desaceleración, el Gobierno socialista ofrece a la opinión pública las presuntas buenas cifras de la macroeconomía e inicia una escalada de promesas, mientras que la oposición de derechas aún no se atreve a predecir el castañazo. En cualquier caso, si se analizan aspectos relativos al factor trabajo, en este país comienzan a enraizarse problemas. Las jubilaciones exprés, el enigma laboral de los inmigrantes y la inadecuación de gente preparada, ante la previsible escasez que viene, son algunos de ellos.

A partir de los cincuenta años de edad comienza la estampida de profesionales que se jubilan. Ellos fueron en España la primera generación universitaria plena, coparon los mejores puestos en una sociedad en auge, allá por los 70, pasaron apuros, pero el lazo generacional que les unía a los dirigentes de turno logró salvarles definitivamente del naufragio. Los convenios blindados de la reconversión hicieron el resto. Son muchos, en plenitud física y mental, pero su esfuerzo y compromiso desaparecerán; cobrarán según casos varias pagas y tienen un cuarto de siglo por delante para paladear su ocio, bajo el patrocinio de los que se quedan. Nadie dice nada sobre esta nueva situación, apenas hay debate al respecto.

Los constructores y promotores inmobiliarios descuentan ya el efecto de la crisis, y en un aparte, confiesan su interés por la obra pública; prefieren antes pujar por una piscina municipal que arriesgar su dinero en suelo libre. La industria auxiliar de la construcción revela en voz baja la falta de pedidos. El elefante blanco del ladrillo pierde el equilibrio, bambolea. ¿Qué ocurrirá con la mano de obra intensiva, las decenas de miles de inmigrantes que hicieron posible el milagro? Así en la edificación, como en otros sectores productivos. Estas personas y sus familias –varios millones– son un misterio dentro de un arcano bajo las llaves de un secreto: ¿se colocarán para siempre la camiseta de la libertad de Occidente, al estilo del Mayflower y sus pioneros, o por el contrario, se apuntarán, ante la adversidad, a cierto tipo de totalitarismo? Pocos proponen algo. Los think-tank liberal-conservadores, si es que existe algo así en España, andan papando moscas; no saben, no contestan. Ni están ni se les espera.

Ha tenido que venir Espido Freire, la escritora que relataba melocotones helados, para contarnos en forma ecuánime qué les ocurre a los compatriotas que llevan menos de 1.000 euros al mes a casa: su pusilanimidad, su desunión, la tenaza del resto de generaciones, su desenganche del mercado. Un millón de asalariados en ese plan. Nadie les moviliza, nadie les anima, no se les convence. Se mira para otro lado. Si además un prestigioso informe (Dinámicas de aprendizaje organizativo en empresas de alta tecnología. Un estudio comparado entre España y Estados Unidos. Fundación Rafael del Pino y Marcial Pons, Madrid, 2007) señala que la innovación en las empresas punteras españolas se debate casi en exclusiva en el compadreo de la hora del café, lejos de cualquier sistematización o rigor al uso, el panorama futuro hacia la competitividad, la I+D+i o el legítimo afán de superación, es para echarse a reír, por no llorar.

No obstante, en Europa ocurren cosas. En Francia, Nicolas pisa fuerte el acelerador del cambio social. El hiperactivo presidente mandará a freír gárgaras el régimen de las 35 horas, penalizará fiscalmente a los prejubilados y premiará a los que sigan en el despacho más allá de los 65 años. Se va a castigar al parado profesional; no consentirá que 500.000 funcionarios lleven sobre su espalda a 1,1 millones de retirados de la administración pública. De lo contrario, Francia se hunde. La jugada es buena, se trata de una negociación en plazo: si los sindicatos abandonan, se deslegitiman; si permanecen, aceptan el marco establecido por el presidente. Es posible que resbale, que el fruto de su ambición sea menor de lo previsto, pero al menos Sarko se moja, prepara y ejecuta decisiones. Un tipo que sobrevivió a una conspiración urdida por sus propios compañeros de partido, vilipendiado por la izquierda y con todas las fuerzas en contra, merece un respeto.

Quizá la estrategia del jefe de Estado francés recuerda al torcedor real de Baltasar Gracián. El torcedor es una palanca que derriba voluntades en contra, un artificio para una solución que cuenta al inicio con el rechazo de contrarios. Fue lo que inspiró a Torcuato en la Transición española. En Sarkozy, el torcedor real claramente es Dominique Strauss-Khan y el resto aceptable del trust de cerebros socialdemócratas. Para el caso que nos ocupa, el torcedor real habrá de ser un paradigma igualitario, que acerque a indiferentes o contrarios al enfoque liberal, para con posterioridad, aceptar unos y otros propuestas de una agenda no intervencionista: desregulación, rechazo universal a privilegios laborales y elogio al mérito. Por contra, en la situación que vivimos, con un desempate poco claro, lo que nos rodea es pólvora mojada, fuegos fatuos para la academia, carreras de sacos en la universidad, poca vida.

Que emprendan otros

El Banco Mundial ha recogido esta preocupación por las trabas regulatorias, fiscales, financieras y de todo tipo a la creación de empresas y lo ha convertido en un informe anual que evalúa la situación en 178 países. DoingBusiness 2008 se llama el quinto y último, y refleja una España poco amable con la creación de empresas. Tiene a 37 países por delante en facilidades a la empresarialidad y sólo en Europa hay hasta 19 economías más proclives a los negocios. Algo nos falla.

En realidad nos fallan muchas cosas. Especialmente en cuatro de los diez apartados que tiene en cuenta el Banco Mundial: poner en marcha una empresa es una labor de 47 días por los 15 de media en la OCDE y el coste como porcentaje de la renta es también el triple. ¿Extrañará que el informe nos sitúe en el puesto 118 en este apartado?

Más llamativa es la situación del mercado de trabajo, ya que de los 178 países nos coloca en el 154. Hay apenas veinte economías de las consideradas por el informe en las que el simple negocio de contratar a un trabajador está más reprimido que en España. El canto al fomento del empleo es como el de David Bisbal, uno no querría oírlo pero es imposible huir de él. Lo entonan los políticos, con sus horrísonos discursos. Pero la realidad es que contratar a un trabajador es una auténtica machada que sólo se hace si realmente merece mucho la pena. ¿Es tan raro que hayamos tenido ese diferencial con Europa en la tasa de desempleo?

Los impuestos (93 en la lista) y la protección a los inversores (83) son los otros dos puntos negros de nuestro examen. Bastaría con hacer reformas significativas en estos cuatro apartados hacer de España un lugar amable con las empresas.

FACUA se equivoca

Aunque un análisis simplista puede hacer creer que una medida así por parte del Ejecutivo beneficia a los clientes de estas compañías, la realidad es muy distinta. Las compañías encontrarían un modo de compensar, por ejemplo, mediante la subida de precios en otros servicios, la pérdida de ingresos que una intervención de este tipo les causaría.

Además, uno de los argumentos de FACUA es delirante. La organización dice que los precios siguen siendo los mismos que hace diez años. Eso significa que no han bajado, claro, pero también que no han subido. Esto último no es precisamente una mala noticia. De hecho, teniendo en cuenta la inflación que hemos tenido durante esta década, significa que en términos relativos sí han disminuido. Además, no tiene ninguna lógica que un servicio tenga que disminuir de precio sin otro motivo que el capricho de una asociación de consumidores que tan sólo se representa a sí misma.

Existe una manera simple de que esos precios disminuyan de manera que beneficie a los consumidores y no implique la siempre nociva intervención estatal. Si realmente a FACUA le preocuparan aquellos a los que dice defender pediría una liberalización real del sector de la telefonía móvil. En España la mayor parte del sector se la reparten tres grandes compañías debido a decisiones políticas. Han sido los diferentes gobiernos los que han decidido en todo momento cuantas operadoras podían competir en dicho mercado en vez de dejar que este sea abierto y sean los usuarios los que terminen definiendo esa cifra al confiar más en unas empresas que otras.

Entre los damnificados de una política como la propuesta por FACUA estarían los competidores recientemente llegados al mercado, que sí ofrecen precios más bajos. Si el Gobierno fijara los precios poniendo una tarifa máxima permitida, el efecto sería que tanto Yoigo como los operadores virtuales pierdan una de sus mejores armas para conseguir nuevos clientes: disponer de tarifas más baratas que las tres grandes. Esto tendría efectos catastróficos para ellos. Les impediría crecer o incluso podría echarles del mercado, con lo que la competencia volvería a reducirse. Los mayores perjudicados de esa situación serían los consumidores.

Las organizaciones de consumidores deberían aprender que lo más beneficioso para todos es la libre competencia, la liberalización de los mercados intervenidos. Eso se aplica tanto al sector de las tecnologías de la comunicación como a cualquier otro. Si FACUA pretende que bajen los precios lo que debería defender es que el Gobierno permita la entrada de cuantos operadores quieran estar presentes en el sector, lo que haría que tanto nuevos como viejos tuvieran que competir en precios y servicios para captar o mantener clientes. El recurso a fórmulas más propias de la Edad Media o de un régimen de tipo fascista que de una economía libre y moderna tan sólo perjudica a los usuarios.

Homenaje a Steve Jobs

En 1996, Apple compró NeXT y Jobs volvió a dirigir la compañía un año después. Los Mac estaban entonces en franca decadencia, pero el sistema operativo creado en NeXT sirvió de base para Mac OS X, lo que permitió que, tecnológicamente, Apple volviera a estar en la vanguardia.

The Economist asegura que la década que estuvo fuera de su compañía sirvió para que Jobs, aunque mantuviera las ganas de crear cosas nuevas e innovadoras, se convirtiera en un realista en términos de estrategia empresarial. Algo desde luego ha cambiado. Las noticias  y columnas sobre Apple son, junto con las de Google y las de la SGAE, lo que más se lee de la sección de Internet de Libertad Digital. La gente espera con ansia sus productos. Y encima, pese a que en muchos casos son más caros que los de la competencia, los compran, los malditos. Apple está creciendo a marchas forzadas y recuperándole terreno incluso al omnipresente Windows. Incluso un servidor de ustedes se ha comprado un Mac Mini.

Jobs revolucionó la compañía dos veces. La primera, allá por 1984, con la creación del Macintosh, tras el fracaso que supuso el Apple Lisa. La segunda, en 2001, con el iPod y la tienda online iTunes. Y puede que el iPhone se convierta en la tercera, tras el error del móvil creado con Motorola. La compañía ha dejado de centrarse exclusivamente en ordenadores y ha perdido la palabra Computer de su nombre (Apple Computer Inc.). Y pese a ello, ha conseguido resucitar su aletargada línea de ordenadores con el paso a Intel, que le ha permitido sacar máquinas muy competitivas, especialmente los portátiles, y sin arriesgarse a que su fabuloso sistema operativo sea instalado en máquinas que no sean las de dos o tres frikis, porque aunque funcione sobre plataforma PC, lo que no hay son controladores de dispositivo para casi nada que no sea hardware de Apple.

El propio Steve Jobs explicó muy bien qué significaba eso de ser un visionario en el discurso que dio en la ceremonia de graduación de Stanford en verano de 2005. Explica cómo puede recuperarse alguien a quien ha despedido de la empresa que fundó una persona a la que él mismo contrató para ayudarle. Habla del amor a lo que se hace, y de que nunca debemos pensar que tenemos nada que perder. Y que siempre debemos tener aspiraciones, objetivos, sueños para seguir viviendo. Puede parecer una mala copia de un libro de autoayuda, pero lo cierto es que quien lo explica es alguien que realmente ha tenido éxito viviendo de esa manera.

Aseguran que Steve Jobs es un poco tiranuelo y malhumorado. También es un genio. La ventaja del mercado libre es que tanto usted como yo podemos disfrutar de la segunda parte de su personalidad sin tener que aguantar la primera.

¿Mi Mac Mini? Estupendo, se lo aseguro.

Historia de un centavo

Fue una época de impuestos y gastos públicos a la baja y desregulación… y una enorme inflación crediticia espoleada por la Reserva Federal. La Bolsa subía como la espuma y con ella la fortuna de Matt. Pero la crisis de 1929 le arruinó por completo.

Un día caminaba por las calles de Nueva York con su ropa y un centavo por toda posesión. Estaba dispuesto a deshacerse de todo su dinero por entrar en un urinario público, pero coincidió que salía otro ciudadano de allí y se ahorró tener que introducir su moneda para poder entrar.

Ese día vio un tumulto de niños en torno a un humilde puesto. Había un vendedor que, por un centavo, entregaba unos muñecos recortados sobre un papel. Le dio su moneda y se llevó el recortable. Matt cambió de barrio y lo vendió por dos centavos. Volvió entonces al puesto y compró dos. Y repitió la jugada hasta que pudo comprarse tijeras y papel. Fue un renacer humilde, pero llegó a crear su propia empresa en un garaje, junto con su socio Elliot Handler. Juntaron sus apellidos para llamar a la compañía Mattel, cuyo primer logo recordaba aquél recortable que le salvó la vida. Matson jamás volvería a vivir en la lipidia.

Esta historia muestra dos cosas. La primera es que el sueño americano es una realidad. Las oportunidades están en la calle, esperando a que alguien tenga la visión necesaria como para percibirlas y aprovecharlas. Pero para ello son necesarias una moneda que no se degrade y la libertad de emprender.

La segunda es que Matson, acaso por su experiencia en el mundo de la economía, sabía apreciar cuándo un bien es escaso y tiene un precio anormalmente bajo. Fue su empresarialidad, su familiaridad con los precios y el mercado lo que le hizo darse cuenta de que allí, en ese humilde puesto, había una oportunidad de beneficio. No la dejó escapar.

Juguetes rotos

Mattel se ha visto obligada a retirar del mercado nada menos que 18,6 millones de juguetes. La mayoría de ellos porque tienen una pila pequeña y que se puede desprender fácilmente. Si los niños llegan a tragarla pueden sufrir daños muy graves e incluso fatales. Pero la prensa mundial, como la española, se ha centrado los que se han retirado porque la pintura que les cubría tenía niveles tóxicos de plomo. Como los niños se comunican con el mundo llevándose las cosas a la boca, entre otras formas, podían resultar peligrosos. La empresa ha facilitado a los consumidores el modo en que cambiar esos juguetes por otros, completamente gratis.

El asunto está siendo utilizado por quienes quieren frenar las importaciones chinas a los Estados Unidos y al resto del mundo. Son los mismos que por un lado acusan a los empresarios como Mattel de beneficiarse de unos pobres trabajadores que les entregan sus servicios a cambio de una miseria, como si en algún momento tuvieran el más mínimo interés por la situación de esas personas. Ello, mientras por otro quieren frenar un proceso que, en la última década, ha elevado los salarios de los trabajadores chinos en la industria una media del 14 por ciento al año. Ello supone haberlos multiplicado por 3,7.

Todo este asunto es ideal para ilustrar el comportamiento típico del capitalismo y del socialismo. Por lo que se refiere a la compañía, la segunda oleada de retiradas de juguetes ha obligado al presidente de la compañía a exponer en un vídeo que su empresa se siente verdaderamente concernida por la seguridad de sus productos, como demuestra que se haya ofrecido a cambiar los productos asumiendo todos los costes. Además ha aumentado los controles sobre la calidad de las pinturas. Por su parte, Toys ‘R’ Us ha aumentado en un 25 por ciento el presupuesto destinado a controles de calidad de los productos procedentes de China. "Descartamos juguetes continuamente", reconoce la portavoz de la empresa, Kathleen Waugh. Wal Mart va por el mismo camino. Todo ello por el propio interés, que está ligado a mantener la confianza de los consumidores, y sin necesidad de que un departamento de sanidad les obligue a tomar tales medidas.

Para ser honestos, el problema que ha generado la mayor parte de las retiradas no es culpa, ni puede serlo, de las empresas subcontratadas en el país asiático, ya que se debe a un mal diseño por parte de la compañía. Caso distinto es el del millón y medio de juguetes cubiertos de una pintura tóxica que tuvo que retirar recientemente Thomas & Friends. Los consumidores pueden reaccionar estas navidades y la continuidad de la empresa está en entredicho. La propia cotización de Mattel se ha desplomado desde junio por estos problemas. Si no responde con prontitud también el gigante puede ver comprometido su futuro por este asunto.

¿Cuál es la estrategia china para lidiar con este asunto? Hay un departamento de control de calidad de las exportaciones que hace la labor que en el mundo libre hace el mercado. ¿Funciona mejor la burocracia? Con ineficacia, incentivos perversos y corrupción. Recientemente el régimen ha ejecutado (lo han leído bien) a uno de sus funcionarios por haber aceptado sobornos por hacer la vista gorda. Así estén dispuestos a doblar sus escalofriantes cifras de ejecuciones, el régimen no logrará acabar con la maldad de la burocracia como no sea eliminándola.

Entonces, ¿qué queda por hacer? El problema, como señala el profesor Edward A. Snyder en un reciente artículo titulado The market’s place, es que

Las compañías chinas ni se acercan a la lista de BusinessWeek de las 100 primeras compañías del mundo en valor de su marca. La lista incluye empresas como la española Zara, la surcoreana Samsung y el renacido americano Apple. Pero ¿empresas chinas? Ninguna.

Las compañías chinas no están acostumbradas a la disciplina impuesta por el mercado. Pero eso irá cambiando, porque esa disciplina, que se inflige por los consumidores a productores y comerciantes, cae en cascada hacia los proveedores. No será la restricción de las importaciones desde China sino, por el contrario, la profundización de las relaciones comerciales lo que ayude a las empresas de allí a habituarse a los exigentes criterios de calidad y seguridad de los ricos consumidores occidentales.

Esperanza perdida

La esperanza tal vez sea lo último que se pierde, pero a veces también. La presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, la presuntamente menos liberticida de los actuales políticos en el poder, ha decidido (¿ella sola o asesorada por alguna lumbrera?) prohibir la construcción de edificios de altura superior a tres plantas (incluida la baja) más ático. Esta nueva agresión contra la libertad al menos se limita a suelos no programados o rústicos y no afecta a los planes urbanísticos municipales ya aprobados: los gobernantes son tan magnánimos que suelen respetar la irretroactividad normativa del Estado de Derecho y presumen de ello; estaría feo prohibir hoy lo que ellos mismos permitieron ayer. Además habrá excepciones para los edificios singulares o con valor arquitectónico, "que enriquezcan el patrimonio arquitectónico y cultural": los tecnócratas y burócratas de turno impondrán sus preferencias subjetivas particulares (camufladas como "valor arquitectónico" objetivo) sobre las apreciaciones subjetivas de los ciudadanos de a pie para la aprobación de "rascacielos o edificios emblemáticos". Sus "razones" (por llamarlas de alguna manera) para todo esto, recogidas en diversas declaraciones, son penosas.

Quiere "un urbanismo más humano y que aporte más calidad de vida. Los madrileños quieren más calidad, tienen todo el derecho a disfrutarla y ahora existen las condiciones para ofrecérsela, ha llegado la hora de iniciar el camino de un urbanismo renovador y más humano". ¿Cómo sabe lo que quieren los madrileños, cada uno de ellos, en detalle y con precisión? ¿Todos quieren lo mismo? ¿Sabe qué costes está dispuesto a asumir cada uno para conseguir lo que quiere? Lo de querer más calidad en abstracto es una perogrullada obvia y demagógica, no vamos a pedir menos calidad (salvo si un precio menor lo compensa, claro). Ese derecho a disfrutar de la calidad, ¿tiene alguna justificación ética o jurídica o es simplemente un guiño a los votantes? ¿Tiene alguna relación con el derecho de propiedad que fundamenta la libertad humana y es violado por esta nueva coacción legal? ¿Quién va a ofrecer esa calidad? ¿Los políticos? (Risas) Lo del urbanismo "más humano" es especialmente patético: ¿qué pasa, que las alternativas son "inhumanas"? ¿A qué especie animal pertenecen los residentes en Manhattan o en Hong Kong? Qué mala es la densidad de población, vivir todos juntos y rodeados de mucha gente y así poder tener un millón de amigos y además todos cerca de casa.

Afirma Aguirre que "no podemos hacer el mismo urbanismo que en las décadas de los 50, 60 ó 70, un urbanismo apelotonado y deshumanizado, con edificios de más de diez alturas". Si se refiere a que no somos capaces de construirlos, se equivoca; si se refiere a que está prohibido, efectivamente ella acaba de hacerlo. Con la excusa de demonizar la densidad de población refiriéndose a ella como "apelotonamiento" (deshumanizado, claro).

Aguirre cree en "un país de propietarios que no tengan que residir en moles de hormigón de 12 ó 14 plantas en páramos periféricos"; esto supondrá "limitar la densidad de población, porque los madrileños quieren ciudades menos densas y más amplias, con más espacios abiertos y con más zonas verdes, quieren que el sol entre todas las mañanas por sus ventanas"; esta medida conferirá a los ciudadanos "más contacto con la naturaleza, más sol y más espacio". Tal vez crea en los propietarios pero no acaba de entender qué es la propiedad. De los diez pisos límite ahora pasamos a 12 o 14 (de moles de hormigón, que suena muy feo, y además en páramos periféricos, muy sonoro y evocativo); igual es posible hacer edificios de viviendas altos y atractivos pero no conviene mencionarlo si se va a prohibir; la precisión del número de pisos a partir del cual un edificio no es "humano" no es su fuerte y no se entiende muy bien por qué de estas cantidades al final la ley fija el límite en 3 plantas (¿numerología?). Ahora concreta algo más lo que quieren los madrileños por si nosotros mismos no lo sabemos: contacto con la naturaleza (debe de referirse a esos jardincillos artificiales que abundan en los nuevos barrios), sol (como no creo que controle el tiempo atmosférico seguramente quiere decir viviendas exteriores y que unos edificios no hagan sombra a otros; lo que tiene más crudo es que el sol entre por la mañana por todas las ventanas, a no ser que exija por ley que todas las viviendas se orienten al este) y espacio (efectivamente en los nuevos desarrollos urbanísticos ya se notan aceras y calzadas enormes casi siempre vacías y todo muy lejos de todo, quizás para fomentar el saludable hábito del paseo o el desarrollo de la industria automovilística); donde quizás no haya tanto espacio es el interior de las viviendas dado lo cara que está la superficie edificable (¿por qué será?).

A su juicio, "los madrileños que tienen parte de sus zonas urbanas fruto de lo que fueron en los años 50 y 60 la llegada masiva de inmigrantes del resto de las provincias españolas demandan ahora un urbanismo más humano y más adaptado a lo que es una región que está en vanguardia en Europa y que pretende que sus familias puedan vivir de una forma más parecida a la del resto de miembros de la Unión Europea. Lo que queremos es un urbanismo más humano donde las familias madrileñas puedan vivir entrándoles el sol por las ventanas, teniendo garantía de zonas verdes, de parques y jardines en vez de vivir en torres en medio de los páramos como al parecer los urbanistas socialistas autorizan". Qué malos son los urbanistas socialistas que autorizan cosas así, mejor prohibir y presumir de liberal. Sigue abusando de lo humano, demasiado humano. Y afirma, como buena colectivista, que la región (somos los mejores, oé, oé, oé) pretende (la región es la entidad que pretende, suena como colectivista) que sus familias vivan más como los otros europeos, nos guste o no. Como hay diversidad de europeos, ahora va a concretar.

Este modelo urbanístico tiene su base en países como Reino Unido, Alemania, Bélgica u Holanda, cuyas ciudades Aguirre considera "un ejemplo de urbanismo humano, de calidad y respetuoso con el medio ambiente, por eso aquí también habrá un urbanismo de calidad"; los madrileños "no tienen por qué vivir de forma diferente a los europeos ni en cajas de cerillas". Más humanismo y calidad, se hace pesado. Los madrileños ya vivimos en cajas de cerillas y su prohibición agravará el problema al dificultar el uso inteligente de la tercera dimensión (la altura) y la generación de superficie y volumen habitable. A Aguirre le gusta cómo viven en algunos países y tenemos que imitarlos; no nos deja elegir por nosotros mismos, no permite que sean unidades de gestión más pequeñas (los municipios, o los barrios, por ejemplo) los que experimenten diversas alternativas urbanísticas: café para todos. De no estar obligados a vivir de forma diferente a los europeos vamos a pasar a estar obligados a vivir igual que ellos: eso es progreso.

"En lo que se refiere a las alturas de las viviendas, países como el Reino Unido, Holanda o Bélgica, con superficies territoriales muy inferiores a la de España, y con una arraigada tradición de defensa del medio ambiente, tienen mucho más suelo urbanizado que nuestro país. Y ciudades como Ámsterdam o Bruselas, que son referencias mundiales en materia de urbanismo, de transportes y de calidad de vida, son ciudades extensas y ajardinadas, donde predominan las viviendas unifamiliares con parcela y donde es casi imposible ver edificios residenciales de más de 4 alturas fuera del centro. El modelo de urbanismo que se practicó en España en los años 60 y 70, con moles de 15 alturas rodeadas de páramos, quizá fuera necesario entonces, como solución de urgencia frente al éxodo masivo del campo de las ciudades. Pero hoy es innecesario e incompatible con las necesidades y las aspiraciones de los madrileños a una vivienda de calidad. Es necesario un modelo de urbanismo más humano, más transparente, más ágil y menos arbitrario. Y, en este sentido, establecer un máximo de alturas elimina de raíz la posibilidad de retener suelo con fines especulativos, a la espera de que el lápiz de algún político o de algún funcionario incremente arbitrariamente el número de alturas permitido y, por tanto, los beneficios de los especuladores."

Sigue insistiendo en lo estupendos que son los países y las ciudades que a ella (y quizás a sus asesores) le gustan. Ahora las moles son de 15 plantas. Y al mencionar los páramos, tal vez no ve que todo eso es suelo disponible para otras viviendas o para parques, y si el urbanismo se empeña en la baja altura el suelo se ocupa más rápidamente. No aclara por qué o para qué es necesario su urbanismo: va a ser que porque sí o porque lo digo yo. ¿Ha pensado en que el alto precio de las viviendas en el centro de Madrid, altas, apelotonadas y sin naturaleza por medio, indica algo sobre las preferencias de los compradores? Bajo su mandato la norma ya no es arbitraria: prohibido más de tres alturas, ¡qué avance en el rigor legal, todos igualmente fastidiados! Y acabamos hablando mal de los especuladores, que siempre queda bien, y mencionando la posibilidad de que los políticos (otros, ella no) y los funcionarios se corrompan. Mejor que se cumpla la ley estrictamente, por absurda e inadecuada que sea, ¿no?