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Etiqueta: Regulaciones y otras políticas públicas

Contra el empleo y la integración

Pero se ve muy claramente, sin más que pararse a pensar en qué consiste y qué efectos tiene, lo perverso que es el salario mínimo y los enormes riesgos que puede tener en concreto para España. Consiste en prohibir a empresarios y trabajadores alcanzar un acuerdo voluntario para el pago de un salario por debajo de cierto nivel. Tanto hablar de percibir rentas y se olvida que los salarios dependen del valor de la aportación del trabajador (lo que los economistas llaman productividad marginal), descontado el interés. Si lo que puede aportar un empleado no alcanza el mínimo marcado por el Gobierno, queda automáticamente expulsado del mercado laboral. Prohibir trabajar por un determinado salario destruye empleo, el de quienes en ese momento no son capaces de generar una renta mayor. Todavía hay quien se sorprende por esta obviedad.

Pero si la destrucción de empleo es de por sí antisocial, el salario mínimo puede tener otras consecuencias, que en el caso de España pueden ser especialmente graves. Esta ilegalización del empleo no afecta a todos los sectores sociales por igual, siempre se ceba con dos grupos: los jóvenes y los inmigrantes o minorías. A los primeros les resta años de experiencia laboral que en esa época de su vida es al menos tan importante como la renta que puedan generar. Aprenden habilidades que les hacen más productivos y hábitos como el de asumir responsabilidades, cumplir la palabra dada o colaborar con compañeros o con un jefe, que le serán muy útiles más adelante.

¿Y los inmigrantes? Los que llegan en masa a España buscan trabajos con baja cualificación, que es en los que pueden aportar valor con su esfuerzo. Si vienen para descubrir que el salario que correspondería a su aportación es ilegal y no se les puede emplear, ¿Qué opciones tienen? Una parte de ellos volverán a desplazarse a donde puedan trabajar sin mayor problema, otros lo harán de forma ilegal, con lo que pierden la protección de las leyes frente a los posibles abusos, y otros no podrán resistir la tentación del dinero fácil por medio del crimen.

Caldera, ministro anti-trabajo

Parece como si el ministro de Trabajo hiciera todo lo que está en su mano por contener el magnífico ritmo de creación de empleo de nuestra economía.

La última y lamentable prueba de su desprecio hacia los trabajadores que quieren ser productivos es su posición en el debate de la nueva directiva europea sobre tiempo de trabajo. Usted pensará que qué es eso de que los políticos nos digan cuanto tiempo podemos trabajar, pero es que en la construcción de una Unión de Repúblicas Socialistas Europeas, ni las horas de ir al servicio pueden quedar al libre albedrío de los individuos.

La actual directiva de 1993 establece el máximo tiempo de trabajo semanal en 48 horas pero deja abierta la puerta a que el trabajador opte por ampliar el límite en una cláusula conocida como opting-out. Así que, en la práctica, en aquellos lugares de la UE donde los sindicatos no se dedican a hostigar a los trabajadores independientes o allí donde no son omnipotentes, los trabajadores gozan de libertad a la hora de decidir cuántas horas dedicar al trabajo y cuántas al ocio. Caldera, enemigo donde los haya de los acuerdos libres, ha lanzado toda su dialéctica socialista contra los políticos que entienden que debe ser el trabajador el que decida cuántas horas trabajar "argumentando" que "hay que poner fin a una excepción contraria a la salud y la seguridad en el trabajo y al modelo europeo".

Por fortuna, el ministro el gobierno socialista se ha topado con un grupo de políticos –encabezados por el ministro laborista del Reino Unido y seguido por los nuevos miembros de la Europa Central y del Este– que están dispuestos a defender la libertad de los trabajadores en este campo. Rechazan frontalmente la supresión de la cláusula que permite al asalariado superar el límite general de 48 horas. Esta situación puede llegar a poner a cada uno en su sitio; la cerrazón de Caldera ha hecho que Alemania apunte una solución en la que sólo los asalariados que trabajen en los países que se oponen a eliminar la cláusula puedan seguir disfrutando de la libertad de horarios de trabajo.

Es posible que Caldera esté extrapolando su realidad particular al del resto de los españoles. Y es que no me cabe duda de que mientras más limitada sea la jornada laboral del ministro de Trabajo, mejor estarían los trabajadores españoles. Sin embargo, eso no ocurre con la mayoría de los españoles. Las personas que sí realizan trabajos productivos pueden querer hacer un bien al resto de la sociedad trabajando unas horas más y ganándose una renta extra que puede servirle para acceder a bienes o servicios que de otro modo le hubiese sido imposible alcanzar. Pero eso va en contra del modelo autoritario de sociedad que Caldera y sus secuaces intervencionistas tienen reservado para los europeos.

Código de Buen Gobierno, resultado confuso

El Código de Buen Gobierno (CBG), a pesar de importantes críticas recibidas, fue finalmente aprobado por la Comisión Nacional del Mercado de Valores, impulsora del mismo. El grupo de expertos de la CNMV cedió en algunos aspectos y es evidente que, si repasan ustedes las páginas económicas de los diarios, comprobarán como las vacas sagradas del establishment patrio –con su peculiar lenguaje de madera– bendicen todo este asunto, con lo que el CBG es ya cosa hecha.

La piedra de toque del CBG es la promoción de consejeros independientes hasta llegar al menos a un tercio del total de miembros del Consejo de administración de las empresas que cotizan en Bolsa. Así, señalan los patrocinadores del Código, la corrupción en las corporaciones quedará finalmente arrinconada y escándalos similares a los de Enron o WorldCom no brotarán en España.

No obstante, se preguntan incluso los medios oficiosos, ¿cómo definir la independencia de un consejero? Para el CBG podrá convertirse en consejero independiente el empleado o ejecutivo de la sociedad transcurridos tres o cinco años respectivamente tras su cese, lo cual no es una eternidad en los negocios. Además un consejero independiente que lleve más de doce años en dicho cargo no perderá por ello su independencia. Es decir, que respecto a la presumible libertad de criterio entre consejeros, tres años para esperar y toda una vida para aguantar.

El CBG impone que esta clase de consejeros, distinta a los que representan al accionariado o los vinculados directamente a la gestión, será elegida por una comisión de nombramientos dominada a su vez por otros independientes. Llega en estado puro la endogamia a las sociedades, la retroalimentación que se muerde la cola: una próxima cohorte de idóneos, vinculada a los poderes de turno, ofrecerá su asesoramiento de modo forzado. Los consejos de administración se van a complicar; se asemejarán a los western (duelo al sol incluido), dificultando las decisiones empresariales.

Los creadores del CBG tienen razones con las que se puede estar más o menos de acuerdo, pero su inspiración intervencionista es evidente. Fuera de nuestro país tampoco permanecen contentos: la ley Sarbanes-Oxley asfixia de controles a las firmas de Wall Street, planteándose algunas abandonar la bolsa neoyorquina; el presidente de Porsche constata la irrupción del socialismo en los consejos; los accionistas minoritarios, según Aemec, seguirán siendo los convidados de piedra.

Hace cierto tiempo, el actual presidente de la CNMV, Manuel Conthe, escribió un elegante ensayo acerca de la teoría de juegos y demás paradojas sociales. Contaba que a los políticos les pasa lo mismo que a Alicia de las Maravillas, que cuando quería acercarse a la Reina Negra, se alejaba cada vez más, comprendiendo al final la "lógica del espejo": si quieres que tu imagen en el espejo mueva la mano izquierda, deberás mover la mano derecha. Las iniciativas tienen con frecuencia un resultado opuesto al previsto por sus impulsores. En definitiva, alertaba Conthe del peligro de las buenas intenciones. Visto el recién CBG, parece que tales consejos que uno escribe desde la oposición caen en saco roto cuando pasa a formar parte, por segunda ocasión, del gobierno.

Dos tipos de inmigración y una misma solución

Grandes potencias actuales se han levantado gracias a los flujos migratorios que permitieron construir países econonómicamente fuertes. Que la inmigración se haya convertirlo en una molestia social y económica no es más que otro fallo del Estado.

Hay dos tipos de inmigración. La primera es la del individuo que abandona su país, o región, para instalarse en otro lugar (país o región) para obtener un mejor trabajo, libertad y poder conseguir con su esfuerzo un futuro próspero para él y su familia. Ésta fue la inmigración que dio la bienandanza a los Estados Unidos hasta el siglo XX, o a la Cataluña de los años cuarenta y cincuenta. Por el contrario, mucha de la inmigración actual pretende todo lo contrario.

El segundo tipo de inmigración es la de aquellas personas que viajan a países, u otras regiones dentro de un mismo país, para aprovecharse del esfuerzo de otras personas sin dar contraprestación alguna. Si potenciamos la seguridad social o la educación y "ayudas" públicas, sólo avanzaremos hacia un proceso de descapitalización consiguiendo pérdidas totales y un mayor grado de malestar. Pagamos la educación, sanidad, subsidios, etc., de personas que nunca han contribuido a estos servicios. Algunos inmigrantes vienen a España a operarse gratuitamente y luego se van o vienen con sus familias para conseguir dinero y servicios públicos gratuitos. Ejemplos como estos los hay cada día.

Ni muros ni satélites evitarán que este tipo de afluencia parasitaria acabe; el reclamo de la gratuidad es demasiado goloso. Lo único que conseguiremos con este tipo de controles y barreras es aumentar nuestros costes (más impuestos) para dar más fuerza al gobierno. Con las medidas anti-inmigración sólo lograremos desanimar y penalizar al inmigrante que viene a trabajar duro. Ahora mismo el gobierno está decidiendo sobre el bienestar y vida de las personas como si fuera Dios.

No nos engañemos. La solución al problema que ha creado el Estado no es prohibiendo el progreso individual de los inmigrantes. La única solución es crear un entorno de responsabilidad que elimine la inmigración que viene a vivir a nuestra costa, y para ello nos hemos de replantear seriamente en modificar o eliminar los falsos privilegios que los políticos han creado con el estado del bienestar.

Servicios públicos y “xenofobia”

Con estas nuevas llegadas son ya casi 6.900 personas las que han arribado a las Afortunadas desde principio de año, cifra que supera al conjunto de los llegados en todo el año 2005. Es una marea creciente que por un lado refleja un drama humano y por el otro genera una enorme inquietud entre la población de Canarias.

Sin embargo, la verdadera inquietud es la que produce la actitud de nuestro gobierno para el que la solución se fundamenta en un Plan África que consiste en aumentar las partidas de gasto público en cooperación con países subsaharianos y abrir nuevas embajadas en la región. Estas medidas no tienen ninguna relación causal con la resolución del problema. La única cooperación capaz de ayudar a resolver el problema a largo plazo es la cooperación comercial libre entre individuos españoles y africanos que beneficien a ambas partes y ayuden a desarrollar a millones de personas en el continente africano. Las ayudas públicas sólo sirven para quitar dinero a los que son relativamente pobres en España y entregárselo a los ricos de los países pobres. Para colmo, avivará las múltiples corruptelas de la región y creará la falsa apariencia de que sin cambiar las instituciones, las actitudes y las aptitudes es posible crecer porque los recursos pueden caer del cielo.

Además, nuestro gobierno incurre en una contradicción manifiesta que agravará el problema a medio y largo plazo. El reforzamiento del Estado del Malestar que está llevando a cabo no puede ponerse en práctica acompañado de una política de puertas abiertas sin producir un gran conflicto social entre los ciudadanos españoles y los inmigrantes. En un mercado libre y dinámico gran parte de los problemas derivados de la inmigración ilegal desaparecen. Pero ahí donde los impuestos reducen la renta de los ciudadanos para financiar servicios públicos, los contribuyentes ven a los inmigrantes ilegales como el motivo de esos impuestos y la causa del deterioro de la calidad de unos servicios que por necesidad son escasos. Quizá por eso una reciente encuesta encargada por USA Today revela que el 60% de los norteamericanos está en contra del acceso gratuito de los inmigrantes ilegales a servicios como hospitales y colegios públicos.

La política de relativas puertas abiertas exige la liberalización de múltiples servicios públicos. Cualquier alternativa resultará en confrontaciones sociales tan dañinas como innecesarias. Liberalización o cierre de fronteras a cal y canto, esa es la cuestión que el gobierno se empeña en ignorar.

Tonterías por una vivienda digna

Envidiosos de que los estudiantes franceses han logrado con éxito impedir que una reforma laboral reduzca el paro en el país vecino, algunos conciudadanos están organizando una sentada en varias ciudades de España con el objeto de que el gobierno arregle los problemas de la vivienda. Por supuesto, aparte del deseo de comprar pisos más baratos, no hay nada detrás de esas protestas. La ignorancia sobre las causas del alto precio de las viviendas se sustituyen con una palabra mágica que todo lo explica: "especulación".

La especulación no es más que una práctica consistente en comprar barato y vender caro. Eso significa que sólo pueden hacer su labor con éxito si los precios ya suben sin su intervención y, de hecho, al realizar su actividad, tienden a hacer subir el precio cuando éste es relativamente barato y a reducirlo cuando es relativamente caro. La especulación, en definitiva, ayuda a suavizar las subidas de precios, y no puede existir –a no ser que exista un error masivo entre quienes practican esta actividad– si los precios no están subiendo ya por alguna otra razón.

Los precios no son nunca una causa de nada, sino un síntoma de una realidad subyacente; pretender "curarlos" directamente es como luchar contra la fiebre cuando éste no es más que la indicación de que el paciente padece una pulmonía. En el caso español, la primera razón por la subida de precios es la enorme demanda de pisos. Se ha unido en los últimos años varios millones de inmigrantes que necesitan un techo sobre su cabeza, una generación de jóvenes muy numerosa –que incluía quienes antes de 1994 no habían podido formar una familia por falta de empleo– y un interés por parte de muchos extranjeros por adquirir una vivienda en nuestras costas, generalmente para disfrutar en ella de su jubilación. El ritmo de construcción ha crecido enormemente, en los últimos doce años se han entregado 5,4 millones y existen otros 2 millones aún en obras. Sin embargo, no ha sido suficiente. Pese a la gran flexibilidad de nuestro sector de la construcción, éste ha tenido un freno para responder como debía: las limitaciones y retrasos burocráticos impuestos por las leyes del suelo y los distintos permisos municipales y autonómicos.

La existencia de viviendas vacías ha sido también designada como gran culpable: si sus propietarios las pusieran en alquiler, más personas se emanciparían y reducirían así además la demanda de compra, rebajando los precios o, al menos, reduciendo la subida. Pero al descargar las culpas sobre estos propietarios, damos por sentado que son tontos de carrito. Póngase usted en su lugar e imagine que tiene una casa vacía esperando que se revalorice para venderla: ¿acaso no ganaría aún más dinero si la pusiera en alquiler mientas espera que suba de precio? Si esto es así, ¿por qué hay tantas viviendas vacías? Hay dos causas principales. La primera es que muchas de esas viviendas son segundas o terceras viviendas, ocupadas por sus propietarios sólo en fines de semana o vacaciones y construidas, por tanto, no precisamente en el centro de grandes ciudades sino en el campo o la playa, que no es precisamente el lugar donde hay más demanda por parte de jóvenes que desean emanciparse. Y la segunda es, sencillamente, que con la legislación actual es un riesgo alquilar siendo un particular: echar a un inquilino que te destroce la casa y no pague puede llevar un año de lucha en los tribunales. Sólo a precios altos merece la pena para muchos propietarios tomar ese riesgo.

Pero ninguna de estas causas reales está en la cabeza de quienes proponen manifestaciones para que los políticos arreglen los problemas que ellos mismos han creado.

Consume hasta morir (para vivir)

Los activistas de la organización Consume hasta morir (un subgrupo de Ecologistas en acción) han producido un documental donde compendian todas sus machaconas críticas contra la sociedad moderna. Según ellos todas son de sentido común, lo cual revela su hipersensibilidad (léase histeria) ante temas banales, su debilidad argumentativa y su profunda ignorancia sobre casi todos los asuntos que tratan, ya que más bien constituye un compendio educativo sobre tópicos y falacias (hay muchos memes nocivos difíciles de erradicar), un lloriqueo intolerante muy propio de colectivistas metomentodo sin nada mejor que hacer (sobre todo nada realmente productivo y valioso para los demás); eso sí, con buen rollito y excelentes intenciones ya que se trata de salvar al mundo del mal destructivo que es la libertad humana encarnada en el capitalismo y el progreso tecnológico. Y para eso hay que sensibilizar y educar.

Dicen que todo falla respecto al consumo, que no es la solución sino un gran problema: es un sustitutivo del ocio (es que hay que pagar por todo, lo cual está mal, mejor que sea todo gratis, o divertirse sin comprar, qué horror que comprar sea entretenido); se usa para curar la depresión (de sentido común que esto no puede estar bien).

Los teléfonos móviles, al facilitar la comunicación, parece que hacen que la gente exija el contacto inmediato y que se enfade cuando alguna persona no tiene el móvil encendido; algo gravísimo que hay que denunciar y solucionar de inmediato.

Afirman que el nivel de vida de los países desarrollados es inviable, necesitaríamos varios planetas de materias primas (están allí, aunque un poco lejos y muy altos en el potencial gravitatorio y es caro llegar a ellos). Este rollo de las limitaciones físicas ya lo hemos oído antes (¿recuerdan los límites del crecimiento, de cuando el movimiento ecologista estaba en pañales?), parece que no aprenden: no entender la importancia de los derechos de propiedad, los precios y la empresarialidad tiene estas cosas. Nos estamos cargando el planeta y encima todo es muy injusto porque dejamos morir gente (ni una palabra contra los tiranos que oprimen y matan a esa gente) y hay grandes y crecientes diferencias entre el Norte y el Sur (lo de las crecientes diferencias es mentira, pero es que el rigor metodológico no es su fuerte).

Nos damos cuenta de que el consumo no nos hace felices. ¿Quién será ese nosotros al que se refieren? ¿Han preguntado a todo el mundo? ¿Por qué la gente sigue entonces consumiendo y cada vez más y mejor? ¿Cuál es la alternativa para ser feliz? ¿Entiende mucha gente el sentido biológico evolutivo de la felicidad? Te compras un coche y a los dos meses quieres otro mejor: no sé si algo tan patético le pasará a mucha gente, pero al menos ilustra la infinitud de los deseos humanos (o sea, que siempre habrá trabajo ilimitado para todos).

Les parece excesiva la presión publicitaria, que con cierta incoherencia consideran inútil y manipuladora, generadora de necesidades superfluas y caprichosas ¿En qué inmutable tabla de la ley está escrito lo que es necesario y lo que no? ¿Por qué no viven ellos a base de pan y agua? ¿No será que intentan imponer a los demás sus austeras preferencias particulares disfrazadas de normas morales absolutas y universales? Dicen que sólo se publicita lo innecesario (yo recuerdo bastante publicidad de cosas esenciales, como el papel higiénico) metiéndolo por los ojos: su sistema cognitivo debe de estar sobrecargadísimo, lo cual les disculparía; podrían aprender a ignorar algunos mensajes (que además seguramente no van dirigidos a ellos) con aquello de que me entra por un oído y me sale por el otro.

Parece que los medios de comunicación privados dependen de la publicidad y fomentan la ideología del consumismo para mantener contentos a sus anunciantes (y se atreven a colocar publicidad encubierta en las series de televisión, qué horror). Tal vez sea mejor promover los medios públicos, que con el dinero confiscado a los contribuyentes mantienen cómodamente ociosos a hordas de sindicalistas encargados de transmitir consignas políticas y adoctrinar a la sociedad acumulando ingentes pérdidas año tras año. ¿Y por qué será que las televisiones públicas tienen la misma publicidad que las privadas?

La televisión es muy fácil de ver (lo cual debe ser malísimo, sería mejor que supusiera un gran esfuerzo) y además mientras tanto dejas de hacer otras cosas (albricias, comprenden el coste de oportunidad; aunque se puede comer mientras se ve la televisión, pero eso sería consumir aún más). Parece que la caja tonta provoca la pérdida de la capacidad de la relación social; lo dicen en serio.

Aseguran que la sociedad (ese ente abstracto del cual se abusa tanto) exige un cuerpo hermoso (¿no será que la gente suele preferir la belleza?) y que la autoestima por el propio cuerpo ha caído. ¿La han medido? ¿Desde cuándo? ¿No estarán proyectando sus propios problemas? ¿Entienden el fenómeno biológico de la selección sexual?

Resulta que Coca Cola ha sido acusada de prácticas monopolísticas incluso por la propia Pepsi (que naturalmente lo ha hecho por justicia, no por tener ningún interés particular en el asunto). A dónde vamos a llegar: los menos competitivos recurriendo a la coacción política legal para fastidiar a los dominantes. Y encima Coca Cola es un símbolo de la globalización. Era mejor antes, con las banderas nacionales (a menudo acompañadas de cruces y medias lunas) como estandartes de los ejércitos en el campo de batalla.

Para dar prestigio intelectual al documental recurren a declaraciones de adolescentes que afirman que tener unas Nike es prueba de éxito social (e incluso demuestra que se es un gran deportista).

¿Por qué será que siempre se refieren a la gente en abstracto, sin mencionar a nadie en concreto? ¿Se avergüenzan de reconocer sus propias miserias o no se atreven a enfrentarse a personas específicas que puedan ridiculizar sus afirmaciones?

Y esto no es todo, lo mejor es ver el documental (aunque tal vez sea consumo superfluo).

Lamentablemente este artículo no ha sido patrocinado por ninguna firma comercial, y ninguna de las marcas mencionadas en él me ha pagado nada por ello.

Fronteras abiertas

En una sociedad no intervenida los bienes, el capital y las personas gozarían de una irrestricta libertad de movimientos fundada en la voluntariedad y el respeto a la propiedad. No habría fronteras más allá de los límites que los individuos quisieran establecer en sus dominios particulares. La inmigración no sería subsidiada ni penalizada, cada cual podría desplazarse a escala internacional del mismo modo que nos desplazamos hoy a escala nacional. Ningún Estado se arrogaría la potestad de emplear la fuerza contra individuos cuyo único delito ha sido cruzar una línea imaginaria trazada en un mapa en un intento de buscar una vida mejor.

Algunos autores liberales, no obstante, sostienen que en tanto exista el Estado del Bienestar debe abogarse por una política migratoria severamente restrictiva. Hoppe, por ejemplo, señala que el Estado debe actuar como un "gatekeeper" o vigilante que impida la entrada en el territorio a aquellos inmigrantes que no han sido expresamente invitados. La población prefiere residir en entornos culturalmente homogéneos, prosigue el argumento, y en un contexto en el que el Estado ha usurpado el poder decisorio a los individuos con respecto al acceso al territorio, abrir las fronteras equivale a permitir la invasión foránea y la integración forzosa. Hoppe ha llegado a defender en este sentido una política migratoria notoriamente más restrictiva que la que hoy se practica en Estados Unidos o Suiza. Una postura tal, sin embargo, implica que el Estado puede usar la fuerza contra individuos que no han agredido a nadie, individuos que han penetrado en una región sin atacar ninguna propiedad privada. ¿Cabe suscribir una conclusión de este tipo desde postulados liberales? En realidad, como apunta Reisman, todo lo que se requiere para que la presencia de un inmigrante sea legítima es que posea una propiedad en el territorio o que un nativo esté dispuesto a tenerlo como empleado, cliente o inquilino. El Estado no tiene aquí ninguna función a desempeñar, puesto que el inmigrante está siendo en efecto "invitado".

Kinsella ha expuesto el argumento de Hoppe de un modo más sofisticado, pero tampoco convence. Dice Kinsella que la propiedad pública (puertos, estaciones, aeropuertos, carreteras) pertenece en justicia a los contribuyentes en general, por lo que en tanto sea pública el Estado debe proceder como si fuera un administrador de la propiedad de los contribuyentes, fijando normas de uso de acuerdo con las preferencias de estos. Como la mayoría de los contribuyentes se oponen a la inmigración irrestricta, Kinsella sostiene que el Estado puede limitar el acceso de inmigrantes a las propiedades públicas, restringiendo así de facto la inmigración en el territorio. Pero hay varios problemas con esta tesis. Para empezar, la propiedad pública no pertenece a todos los contribuyentes sino sólo a los que han sido expropiados y a los contribuyentes netos (los que reciben del Estado menos de lo que aportan), luego en todo caso son sus preferencias las que deberían tenerse en cuenta. Por otro lado, ¿legitima una estimación de las preferencias de estos propietarios el uso de la fuerza? En segundo lugar, el uso que pudieran darle los contribuyentes como votantes no tiene por qué asemejarse al que le darían como propietarios de hecho. El propio Hoppe ha señalado que si los puertos, las estaciones, los aeropuertos y las carreteras fueran privados permitirían el acceso a cualquiera que pagara el precio, puesto que su negocio es precisamente el tráfico interregional, no la exclusión de inmigrantes. En tercer lugar, ¿por qué unas mismas normas uniformes para todas las propiedades públicas si sus propietarios tienen preferencias dispares con respecto a la inmigración? ¿Por qué no considerar qué parte de los recursos del país son propiedad de los contribuyentes pro-inmigración y que otra parte son propiedad de los contribuyentes anti-inmigración, y aplicar reglas de acceso distintas que permitan, de facto, la inmigración en el país? En cualquier caso, la tesis de Kinsella sólo autorizaría a restringir el acceso de inmigrantes a la propiedad pública, pero no el arresto y la deportación de inmigrantes que de algún modo han entrado en el territorio y se encuentran en propiedades que no son públicas sin agredir a nadie.

Hay quienes arguyen que abrir las fronteras mientras existan leyes anti-discriminatorias y masivas prestaciones sociales equivale a impulsar la integración forzosa y a desangrar a los contribuyentes, pero eso no es una razón para limitar la inmigración, sino para suprimir las prestaciones sociales y las leyes anti-discriminatorias. Una opción, defendida por autores como Huerta de Soto, es reivindicar la apertura de fronteras y al mismo tiempo la abolición de las prestaciones sociales para los inmigrantes, de un lado, y la denegación del "derecho a voto" hasta al cabo de unos años, de otro. De este modo la inmigración no se estaría incentivando artificialmente ni supondría un coste para los contribuyentes, y los recién llegados no serían utilizados con fines electorales ni podrían promover políticas de redistribución de la renta. ¿Es injusto este trato desigual? Sin duda lo ideal sería que las prestaciones sociales se abolieran para todos y que las decisiones las tomaran las personas y no los parlamentos, pero es más justa y deseable esta propuesta parcial que las barreras migratorias que tenemos hoy en día.

Sea como fuere no hay visos de que vaya a implementarse una política de este tipo. En Estados Unidos el senado se plantea reforzar la seguridad fronteriza, deportar a una parte de los inmigrantes ilegales y penalizar a aquellos que les asistan. Cientos de miles de inmigrantes han salido a la calle para reivindicar su permanencia en el país y un estatus legal. Muchos estadounidenses se quejan de que los inmigrantes dañan la economía porque reducen los sueldos de los nacionales, pero lo cierto es que los inmigrantes contribuyen a una mayor división del trabajo y eso repercute también en beneficio de los propios nacionales. Como indica Boudreaux, más individuos significa más creatividad, más capacidad para resolver problemas, más conocimiento, y a la postre, más prosperidad para toda la sociedad. Por otro lado, aunque la inmigración rebaje los sueldos de algunos nacionales por efecto de la competencia, ¿por qué tendría que privilegiarse a esos nacionales frente a los inmigrantes de países menos desarrollados?

Aparte de que eliminar el proteccionismo beneficiaría a los países pobres y eso desincentivaría la inmigración, un último punto a tener en cuenta es que restringir la libertad de movimientos supone dificultar el voto con los pies que hace que los países compitan entre sí para atraer inversiones y trabajadores, reduciendo así sus niveles de intervención. En la medida en que se apliquen políticas restrictivas menos individuos podrán emigrar de Estados relativamente más opresivos a Estados relativamente menos opresivos, y menos competencia entre estos Estados se experimentará.

Un individuo tiene derecho a decidir quién puede vivir, trabajar o comprar en su propiedad, pero no tiene derecho alguno a decidir quién puede vivir, trabajar o comprar en su país. Las barreras migratorias coartan la interacción voluntaria entre personas. Debe reclamarse su supresión junto con la de las prestaciones sociales y la denegación temporal del voto político, y en todo caso demandar que el Estado no inicie la fuerza contra los inmigrantes que han conseguido sortear sus alambres de espino e intentan prosperar entre nosotros.

Estado policial en las carreteras

El año pasado, sobre el total de los desplazamientos de Semana Santa, se produjo aproximadamente un 0,0006% de muertos, es decir, de 155.000 personas que cogieron el coche para ir a alguna parte, una murió. Le diré algo que dejará sorprendido a los aprendices de dictador de la DGT: ¡los accidentes pasan! ¡Y ocurren sin que nadie quiera que sucedan! Por eso son accidentes.

Sólo hay dos soluciones para que las muertes en la carretera dejen de producirse. Una es prohibir los vehículos motorizados y la otra prohibir las carreteras. Pero aún así los accidentes seguirán produciéndose en otras partes, por ejemplo, en la ciudad o el hogar. Después, ¿hemos de prohibir las ciudades o las casas que es donde se producen la mayoría de sucesos trágicos? ¿Hemos de instaurar estados policiales con recortes a la libertad individual y severas multas en nuestra ciudad y en nuestra casa con policías y jueces diciéndonos cómo organizar nuestra vida? El gobierno no es nuestro tutor ni amo, no somos de su propiedad; eso significaría que somos sus sirvientes y "teóricamente" es al revés.

Los burócratas nos recortan la libertad pero nosotros pagamos, en todos los sentidos, las consecuencias. ¿Es que ellos sólo no tienen responsabilidades, sólo derecho a imponerse sobre nosotros? Fíjese como enfocan el problema de los accidentes de tráfico, nosotros siempre somos los culpables: que morimos porque no llevamos el cinturón, porque conectamos la radio, que somos unos inconscientes, mienten al decir que sí se puede fumar en nuestro coche y luego nos multan… Pero hay carreteras en mal estado, mal señalizadas, escasos sistemas de seguridad pasivos, incluso coches abandonados que nadie retira por disputas entre ayuntamientos. Hay accidentes que se producen por estas negligencias y ni la DGT, ni la administración, responden por ellos. ¿Por qué pagamos impuestos de circulación pues?

Entonces, ¿hemos de obligarles a que se responsabilicen de sus negligencias? Nunca lo harán de forma real. Como nos demuestra el sentido común y la historia, si esperamos que el gobierno se preocupe de lo que teóricamente es garante las soluciones aún serán peores, los costes se elevarán y el desplazamiento rápido se hará imposible. La economía privada nos dio los coches y el gobierno atascos y carreteras inseguras.

Tomemos otro punto de vista más original y beneficioso para todos: la privatización. El profesor Walter Block, que en breve publicará un libro sobre este tema, y otros autores (Thomas DiLorenzo, Eric Peters, Gene Callahan…) han escrito en diversas ocasiones sobre la seguridad en las carreteras y las razones para privatizarlas, y lo han comparado con ejemplos históricos. Privatización, ahí está la alternativa. Sólo así haremos que el propietario privado de la carretera se haga responsable de lo que ocurre en su negocio. Sólo así lograremos crear a alguien que se preocupe de la seguridad por miedo a las pérdidas económicas y litigios. Sólo así crearemos un tipo de seguridad real y no de boquilla sin pisotear nuestra libertad. El gobierno no es responsable de nada, por eso nunca consigue sus objetivos.

¿Le resulta difícil creer que podamos privatizar las carretas? Las propuestas ya existen. Lo que es imposible es reducir a cero los accidentes de tráfico aun restringiendo la libertad y dinero de todos.

La corrupción es la norma

Los escándalos de corrupción, que a menudo salpican las primeras páginas de los periódicos, tienen la virtud de hacer cada vez más difícil a los políticos y a sus medios de comunicación afines sostener la ficción de que se trata de asuntos excepcionales dentro de unas coordenadas de comportamiento generalmente correctas. Sin embargo, cuando el sistema se sostiene en cimientos ya podridos, lo raro no es que alguien maneje sus engranajes en beneficio propio, sino que haya alguien con capacidad decisoria que no lo haga.

El sistema de pensiones de la seguridad social es un fraude por sí mismo, más allá de que la implicación de alguna representante del petardeo televisivo en un caso puntual le otorgue a éste una relevancia especial. El método de reparto en el que se basa el procedimiento de asignación de pensiones, como es bien sabido, no difiere gran cosa de la conocida estafa piramidal, en virtud de la cual muchos pagan a unos pocos con la esperanza de llegar un día a la cúspide de la figura y empezar a recibir ingresos, aunque lo más normal es que a mitad del proceso todo el montaje se vaya abajo y la mayoría no se convierta nunca en perceptora neta. De hecho, la seguridad social pública ya hubiera implosionado en los estados del bienestar si no fuera por las ingentes inyecciones económicas de los distintos gobiernos.

El penúltimo escándalo, al que nos referíamos, tiene que ver con la supuesta concesión de pensiones de invalidez fraudulentas, algo que sólo puede ocurrir bajo el actual método de reparto, pues si se implantara el sistema de capitalización, de forma que cada individuo se hiciera responsable a través de depósitos mensuales de su pensión futura, nadie podría “robar” a otro su capital mediante partes de baja ficticios como ocurre actualmente.

La prohibición de construir viviendas u otros edificios sin la oportuna licencia expedida por el órgano político correspondiente, es también otro ejemplo de corrupción sí mismo. La maldad intrínseca de este sistema consiste en que no existe seguridad jurídica sobre qué o qué no se puede hacer en un determinado terreno hasta que un político municipal da su visto bueno. Los que piensan de buena fe que es la mejor manera de garantizar un crecimiento urbanístico adecuado, no deben luego escandalizarse de que ocurran escándalos como el de Marbella, pues todo el hormigón construido ha contado con todos los premisos urbanísticos, tanto municipales como de la Junta de Andalucía.

La mejor forma de luchar contra la corrupción no es crear “observatorios” ni fiscalías ad hoc, sino quitar a los políticos la capacidad decisoria sobre asuntos en los que se generan ingentes cantidades de dinero que pertenecen a todos los que pagamos impuestos.