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Etiqueta: Reino Unido

El verdadero problema de las ciudades de 15 minutos

Matthew McCartney. Este artículo fue originalmente publicado en CapX.

En febrero, una protesta contra las medidas de reducción del tráfico tomó un cariz sorprendente. Entonces, unas 2.000 personas salieron a la calle portando pancartas con lemas sobre “guetos de 15 minutos”, “el nuevo orden mundial” y exhortando a los espectadores a “despertarse, gente, despertarse”. La histórica ciudad se ha convertido en un foco de teorías conspirativas muy modernas en torno al concepto de ciudades de 15 minutos. Pero estos manifestantes no entienden nada. Olvídense de la idea de que siniestros urbanistas quieren encerrar a la gente en ciudades-prisión; la verdadera pregunta es: ¿de quién son los 15 minutos?

En realidad, la “ciudad de 15 minutos” no es más que un nuevo eslogan concisivo unido a un viejo concepto. Los urbanistas llevan años hablando de la importancia del localismo y de los barrios de usos mixtos. Fue un componente destacado en las campañas electorales de Anne Hidalgo, alcaldesa de París desde 2014. La gloriosamente extravagante nueva ciudad de 500.000 millones de dólares en Arabia Saudí Neom – The Line, aunque tiene 170 km de largo (y solo 200 metros de ancho), ha prometido que los residentes tendrán acceso a todas las instalaciones a menos de cinco minutos a pie. La idea de una zona que proporcione a sus residentes educación, asistencia sanitaria, trabajo y cultura a menos de 15 minutos en bicicleta de casa suena bien. Pero el gran problema es la desigualdad.

Ganadores y perdedores

Es probable que la creación de ciudades de 15 minutos encierre prosperidad para algunos y privación en otras burbujas urbanas. El fenómeno ya se ha observado en todo el mundo con el auge de las urbanizaciones cerradas. Tomemos como ejemplo la ciudad escocesa de Glasgow. Algunas burbujas urbanas de la ciudad se caracterizan por una amplia prosperidad y otras por la privación crónica, la pobreza infantil, el elevado número de suicidios juveniles y el alcoholismo. La desigualdad más llamativa no se da entre Glasgow y otras ciudades y regiones del Reino Unido. Se da entre las distintas zonas de Glasgow, donde la esperanza de vida masculina puede diferir en más de 15 años.

Yo vivo en Tooting Broadway, al sur de Londres. Tengo la suerte de contar con una consulta médica, un supermercado, un bonito pub, una guardería, una estación de metro y un parque. Todo ello está a menos de 15 minutos a pie de la puerta de mi casa. Puedo trabajar desde casa para grupos de reflexión internacionales y, como muchos de mis amigos londinenses, no tengo coche porque no me hace falta. Si quiero cruzar la ciudad para ir a restaurantes y salir de noche, puedo coger taxis o el transporte público. En otras palabras, me muevo por la ciudad de los 15 minutos a mi placentera conveniencia. Pero mi comodidad depende del trabajo de otros. La mano de obra local de los servicios mal pagados en cafeterías, restaurantes, supermercados y empresas de reparto como Deliveroo. Mi ciudad de 15 minutos es la trampa económica de otros.

Las ciudades y el mercado laboral

Alain Bertaud ha escrito sobre “las ciudades como mercados de trabajo“. Un mercado laboral que funcione bien se estructura en torno a la interacción de una población diversa y empleos especializados en los que trabajadores, consumidores y proveedores intercambian mano de obra, bienes e ideas con facilidad. La ciudad de 15 minutos contradice este razonamiento económico. Los empresarios de éxito no seleccionan a sus empleados en función de su lugar de residencia; tampoco los trabajadores especializados seleccionan sus empleos en función de la proximidad a sus residencias.

Trabajando a distancia en Londres, formo parte de un mercado laboral global que ajusta mis aptitudes y experiencia a la satisfacción laboral y los ingresos. Pero si la mano de obra que me permite hacerlo se limita a una ciudad a 15 minutos, se verá privada de elección de ocupación. Estará confinada al mercado laboral de una pequeña burbuja urbana. Algunas de esas burbujas están marcadas por buenos servicios y altos precios de la vivienda, y otras por malos servicios y precios de la vivienda más bajos; en cualquier caso, los pobres salen perdiendo.

¿Es la solución innovadora que necesitamos?

Así que digo “sí” a algunas de las ideas (no muy innovadoras) de la ciudad de 15 minutos. Por ejemplo, más servicios locales como sanidad y educación, más comercios y cafeterías locales, un mayor énfasis en el uso local de la bicicleta y sus beneficios asociados para la salud y el medio ambiente. Pero en cuanto a convertirlo en un objetivo de la planificación urbana, es un “no” rotundo. Las ciudades pueden ser motores de crecimiento económico, reducción de la pobreza y oportunidades culturales y comerciales cuando funcionan con un mercado laboral que abarca toda la ciudad.

Los pobres del Reino Unido, y luego de todo el mundo, escaparon de la pobreza de la vida agraria en el siglo XIX para aprovechar las oportunidades de la industrialización urbana. Intentar recrear pueblos de 15 minutos sería dar marcha atrás a 200 años de progreso social y económico. Las ciudades deben hacer hincapié en la asequibilidad (de la vivienda) y la movilidad (de la mano de obra) para ofrecer opciones a los pobres y garantizar que conservan su papel como motores del crecimiento económico integrador.

Me encanta la sensación de 15 minutos cuando paseo por Tooting. Pero al crecer en una ciudad rural que tardaba el mismo tiempo en recorrer en su pintoresca totalidad, no veía el momento de marcharme. La razón por la que las ciudades han sido históricamente tan transformadoras socialmente es precisamente porque permiten a la gente escapar de sus burbujas de 15 minutos.

El invierno del descontento

A comienzos del otoño de 1978, el Reino Unido afrontaba su sexto año en declive económico. A la recesión provocada por la Guerra del Yom Kipur se le sumaba la contracción inmediatamente consecutiva a la enorme expansión monetaria de mediados de la década. El gobierno conservador de Edward Heath respondió con controles de precios y salarios, lo cual fue severamente castigado por el electorado británico en las elecciones de 1974 (comicios que hubieron de repetirse en octubre tras no alcanzarse en febrero una mayoría absoluta para ninguno de los partidos).

En ese momento, el Partido Conservador entró en una catarsis. Frente a los postulados imperantes de la época, basados en la mayor intervención económica como respuesta a las crisis siguiendo el manual keynesiano, el ala más liberal del partido, fundamentada en la economía de mercado, menos corporativismo y reducciones de impuestos y gasto público, terminó imponiéndose tras la convención del Partido en 1974. Margaret Thatcher, una diputada de tercera fila, era elegida líder del Partido con un discurso absolutamente nuevo y rompedor.

La situación de la economía británica no podía ser más deplorable. Las nacionalizaciones iniciadas por el laborista Clement Attlee, y que Winston Churchill no enmendó en su segundo mandato, habían traído consigo una consecuencia no intencionada: el enorme poder que los sindicatos ostentaban a la hora de negociar salarios. Los déficits presupuestarios, financiados en su mayor parte por emisiones monetarias, llevaron las tasas de inflación por encima del 10% durante toda la década de los 70. Esta situación estalló en el invierno del 79, cuando las subidas salariales con el fin de mantener el poder adquisitivo de los trabajadores llevaron la tasa de inflación por encima del 20%. El gobierno laborista entró en razón y propuso mantener los incrementos salariales en un máximo del 5%, a lo que los sindicatos respondieron con una serie de huelgas generales que paralizaron el país. Los electores responsabilizaron a los laboristas y los expulsaron del poder en octubre de 1979.

Thatcher había tomado nota. Su formación económica en Oxford, donde tuvo ocasión de leer Camino de servidumbre, lo cual le llevó a conocer personalmente a Hayek, le indicaba que no debía ceder bajo ningún concepto. “Medicina amarga”, como le gustaba llamarlo. Reino Unido tenía que vivir una terapia de choque: reducción del gasto público, reducción de la presión fiscal y, sobre todo, no ceder a los sindicatos. El poder de estos debía reducirse con la privatización de los servicios públicos estatalizados por los laboristas treinta años antes y que tantos quebraderos de cabeza daban al Estado en forma de permanentes déficits. Lo que viene después es de sobre conocido: el mayor despegue económico que haya vivido Gran Bretaña desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

El caso español no dista mucho de la situación británica en los setenta. Los españoles nos encaminamos hacia una legislatura totalmente perdida en lo que a crecimiento económico, creación de bienestar y empleo se refiere. Frente al resto de los países europeos, los cuales ya sitúan su PIB por encima de los niveles previos a la pandemia, España va a necesitar otro trimestre más de los previstos (y ya éramos los últimos), en alcanzar el nivel previo a la recesión de mediados de 2020, llevándola al primer trimestre de 2023. Por no hablar de la situación de los salarios reales: un 4,4% de caída sólo para 2022 respecto a 2021 y una caída desde 2008 del 3,1%. Lo máximo a lo que puede aspirar el gobierno es a maquillar las estadísticas con el cambio de metodología a la hora de contar desempleados, la cesta del IPC o el cálculo del PIB.

Sin embargo, los británicos contaban con un Partido Conservador que supo aprender de sus errores (treinta años tardaron, aunque nunca es tarde si la dicha es buena), mientras que en España contamos con el Partido Popular de Núñez-Feijóo para remontar la situación, cuyo liderazgo y querencia por la libertad durante la pandemia en Galicia dejan bastante que desear. Es difícil realizar predicciones, pero viendo el comportamiento del líder popular, con medidas que no se han quedado atrás en lo que a atropello de derechos fundamentales respecta, se antoja complicado que vaya a llevar a cabo la revolución conservadora al mismo nivel que Thatcher, sin dar su brazo a torcer porque sabe que el camino correcto es el marcado por, entre otros, su maestro Hayek.