Ir al contenido principal

Etiqueta: Rusia

Algunas cuestiones no disputadas del anarcocapitalismo (LXXIX): La desintegración de Rusia

Murray Rothbard cuenta en uno de sus ensayos cómo le gustaba observar el proceso de descomposición o desintegración de un estado. No vió muchos en su vida, pero recuerda especialmente el proceso de descomposición de Vietnam del Sur tras su derrota en la guerra por los guerrilleros del Vietcong y el ejército comunista norvietnamita.

No tanto porque se alegrase de su victoria como porque le permitía observar cómo los vínculos que unen a los miembros de los estados se descomponen y como todo su poder se descompone en instantes como un azucarillo en una taza de café. El fenómeno es fugaz y difícil de percibir porque en poco tiempo el estado descompuesto es sustituido por uno nuevo y no da tiempo a observar el fenómeno, pero los breves días que dura este proceso de descomposición le sirvieron para entender mejor los mecanismos sobre los que se funda un estado y que, desaparecidos, facilitan su extinción aunque sea de forma temporal.

Extinción de los Estados

Los estados, por tanto, pueden extinguirse, como bien ilustra el historiador Norman Davies en su gran libro, Los reinos desparecidos, por incorporación de los mismos a otros bien sea por conquista militar, por alianza matrimonial, por herencia o más escasamente por compra. Desde los comienzos de la edad moderna hasta finales del siglo XIX el proceso fue de incorporación y el resultado estados de mayor tamaño en población y territorio.

Este proceso comenzó a revertirse después de la primera guerra mundial y sobre todo con los procesos de autodeterminación que siguieron a la caída del comunismo. Se me podría decir que lo que resultó en ambos caso fue la sustitución de un estado por otro o por otros y que, por tanto, no hubo ningún tipo de desintegración de un estado existente, pero sí la hubo, aunque como en el caso del Vietnam, el intervalo de tiempo que discurrió entre la desaparición del viejo y la aparición del nuevo sea casi imperceptible para el observador.

Murray Rothbard, Peter Turchin, Alexander Motyl…

No sólo a Rothbard le interesa la decadencia y descomposición de imperios y estados, pues se ha conformado una pequeña rama dentro de las ciencias políticas dedicadas al estudio de estas cuestiones, con trabajos tan interesantes como los de Peter Turchin (Historical dynamics: Why states rise and fall) o los del especialista en política post soviética Alexander Motyl (Imperial ends) en los que se estudian las razones por las que los imperios o los estados totalitarios acaban sistemáticamente cayendo.

Podríamos sumar, ya desde el ámbito de las relaciones internacionales, a trabajos de gran calado como los de Paul Kennedy (Auge y caída de las grandes potencias) o el menos conocido, pero también de gran interés, sobre todo en su parte final, tratado de J.B, Duroselle (Todo imperio perecerá). La mayor parte, no toda eso sí, de los estudios históricos sobre la decadencia de los imperios, el hispano y el romano, son los que mejor conozco, indagan en todo tipo de causas, desde el carácter nacional hasta el clima, pasando por pestes y derrotas bélicas entre otras muchas causas, pero rara vez analizan la cuestión desde la teoría de la organización o la del cálculo económico en el interior de la misma, que es una derivada del viejo teorema de Von Mises sobre la imposibilidad del cálculo económico en una economía socialista.

Cálculo económico socialista

Pero estos estudios citados inciden precisamente en la cuestión desde perspectivas próximas a las de la teoría del cálculo. Motyl, por ejemplo, analiza, siguiendo estudios de burocracia, teoría de la organización y de la información, como los grandes estados e imperios colapsan en muchas ocasiones por problemas de coordinación y de falta de información en los centros decisores, problema que, como es sabido por los aficionados al estudio de la economía austríaca, es el mismo problema que caracteriza a una economía de corte socialista.

Por un lado, las órdenes y directrices no se transmiten bien hacia abajo, pues son distorsionadas por los distintos poderes locales y subestatales o bien por los escalones descendentes en la cadena de mando. Hacia arriba, al contrario, el problema es que toda la complejidad de la vida social y económica de un estado de estas dimensiones se ve severamente simplificada en el proceso, careciendo el decisor imperial de la información necesaria y sobre todo de la capacidad de dar una respuesta adecuada en tiempo real a los distintos cambios que se dan en el complejo entramado social y económico. Para Motyl, como acontece en las empresas, el exceso de tamaño es disfuncional y lleva a medio plazo al colapso imperial o estatal.

Toda esta introducción viene a cuento de algunas declaraciones de altos responsables de seguridad norteamericanos y del propio expresidente de la federación Rusia, Dimitri Medvedev, quienes apuntaron a una hipotética desintegración de Rusia en muchas unidades políticas en el hipotético caso de que esta saliese derrotada o severamente dañada de la actual confrontación con Ucrania.

Una derrota de Rusia

A comienzos del siglo XX, el líder nacionalista polaco y futuro primer ministro Josef Pilsudski planteó una doctrina, que lleva su nombre, encaminada a debilitar al enemigo secular de los polacos, el imperio ruso o su continuación, la URSS (que aún no se llamaba así) con el que Polonia libró una cruenta guerra por su supervivencia de 1919 a 1921.

Animado por un fiero anticomunismo, Pilsudski propuso crear una coalición de todos los pueblos no rusos, incluida Ucrania, pero muy especialmente los bálticos, de la nueva federación de repúblicas para levantarse al unísono contra su opresor, heredero del imperio zarista, independizarse y servir de tapón al expansionismo ruso. También propuso una federación de los nuevos estados del este de Europa, muchos resultados de la implosión del viejo imperio austro-húngaro, para bloquear el acceso de Rusia al resto de Europa, como estrategia para refrenar a tan temible enemigo. Como se puede observar, la idea de fragmentar Rusia no es una idea nueva fruto de la imaginación de los geoestrategas de la OTAN.

La idea que se plantea por estos últimos y que teme Medvedev es la de que una derrota rusa o una no victoria que no se puede vender internamente puede tener consecuencias letales para el propio estado ruso y poder, por tanto, asistir a la descomposición en directo de un estado, evento que es difícil de observar en nuestros tiempos y que para un analista especializado, especialmente si no es cruento como lo fue la descomposición de la vieja URSS, sería bien digno de estudiar.

Dinámica secesionista

No entra dentro de lo probable que este evento se produzca, pero tampoco es algo que se pueda descartar como imposible. Después de todo, nada es imposible en el ámbito de la política, como hemos podido contratar una y otra vez a lo largo de la larga historia del mundo. En caso de una derrota militar es muy probable que la élite dirigente rusa actual sea parcialmente depuesta por elementos emergentes dentro de la misma, aliados a grupos descontentos de fuera de ella, dándose muy probablemente divisiones dentro de la misma. Es conveniente recordar que la élite política que conforma un estado moderno sólo puede ejercer su dominio si opera de forma unificada para dominar a la población. Una división conflictiva dentro de la misma es la antesala de una revolución o una guerra civil.

A esto hay que sumar otro factor, que es el de que en el caso de una hipotética derrota militar en el frente ucraniano, el ejército ruso volvería seriamente dañado y con su capacidad de intervención en el interior del país muy mermada. Esto es, al igual que el ejército ruso no fue quien de ayudar a sus aliados armenios en su guerra con el Azerbaiyán y eso a pesar de estar ligado por tratados de asistencia mutua al estilo de la OTAN, es muy probable que careciese de capacidad de reprimir revueltas secesionistas en algunos de los muchos territorios de la actual Federación que pudiesen estar tentados de hacerlos. E incluso en territorios federados que en principio no han manifestado tales pulsiones, al igual que en la implosión de la URSS, muchas repúblicas simplemente se unieron a la dinámica secesionista simplemente por oportunismo por parte de sus élites dirigentes.

El caso checheno

El caso checheno podría ser un excelente ejemplo para ilustrarlo. Los chechenos libraron dos cruentas guerras por su independencia de Rusia sufriendo una severa derrota en la última de ellas , con miles de bajas y con la destrucción de su capital incluida. Desde entonces, no hace más de veinte años, parecen comportarse como súbditos leales del estado ruso, gobernados a través de líderes impuestos con la aquiescencia de Moscú.

Su lealtad puede comprobarse en la actual guerra de Ucrania donde sus experimentados soldados dirigidos por Ramzan Kadirov hijo a su vez de uno de los caudillos de la primera guerra de independencia, y actual presidente de la república chechena, combaten con fiereza a las órdenes del régimen de Putin y son una de sus principales fuerzas de ocupación, al margen del ejército regular.

La segunda guerra de independencia chechena fue ganada con gran esfuerzo y despliegue de medios por el régimen ruso, dudándose incluso a veces de su capacidad de doblegar a los señores de la guerra que combatían por su territorio. Esto es fue necesario un ejército operativo y grandes esfuerzos para poder derrotar a los insurrectos. La pregunta es si esta victoria podría llegar a repetirse en el caso de no contar con un ejército en buenas condiciones de moral y medios, en el caso de que Kadyrov decidiese imitar a su padre y cambiar de bando, abandonado a los hipotéticamente derrotados rusos.

Cortar los lazos

También cabría cuestionar la capacidad de un ejército en tal estado de lograr sofocar revueltas semejantes y, sobre todo, simultáneas en otros territorios desafectos al poder central ruso, quienes podrían, cómo no, aprovechar la oportunidad y declararse soberanos al igual que muchas repúblicas federadas lo hicieron hace treinta años. Evento este que sin duda apoyarían ucranianos y otros enemigos del actual régimen ruso. Todo ello son contar que en el espacio ruso existen varios territorios en una situación de soberanía suspendida, esto en una suerte de limbo jurídico mantenido así por el actual poder. Territorios como la Transnitria, kaliningrado, Osetia del Sur o Abjasia vería su status cuestionado en caso de derrota severa y serían probable presa de sus vecinos o cortarían los lazos con Rusia.

Este que hemos descrito es un escenario imaginado y sin visos de realizarse, aunque como vimos ya ha sido teorizado en el marco de esta guerra, pero que no para nada inimaginable y que podría ofrecer de nuevo la posibilidad de ver en directo la descomposición de un estado. No tengo duda de que el viejo Rothbard lo habría descrito con precisión.

No es solo Putin: las tres decisiones de Sánchez que han disparado el precio de la energía.

Impagos al sector renovable, apuntalamiento de la moratoria nuclear, rechazo frontal al petróleo y al fracking…

El coste energético se ha disparado y se prevé un duro invierno en hogares y en el sector productivo.

Con los precios de la energía por las nubes, la estrategia del gobierno de España ha quedado en evidencia. Sin embargo, la respuesta del Ejecutivo ha sido centrarse en el efecto que está teniendo la invasión rusa de Ucrania. El problema es que, ligando todo el debate al conflicto desatado por Vladimir Putin, el debate público se empobrece notablemente y se ignoran los factores de fondo que explican lo que está pasando.

No en vano, por mucho que el “chantaje” energético de Putin esté haciendo mucho daño, es evidente que el encarecimiento de la energía no es cosa reciente, sino una tendencia que viene desarrollándose desde hace muchos años y que está golpeando de forma directa a la competitividad de las empresas y el poder adquisitivo de las familias.

Así, el gobierno de Pedro Sánchez ha cometido al menos tres ‘pecados capitales’ en materia energética. Son los siguientes.

1. Incertidumbre regulatoria en las energías renovables

A priori, la única apuesta firme del gobierno de Pedro Sánchez en lo tocante a la energía es la referida a las energías renovables. Sin embargo, aunque PSOE y Podemos insisten en presentarse como defensores de una “agenda verde” que potencia estas formas de producción más sostenibles, lo cierto es que el clima regulatorio en el que opera este subsector está marcado por una incertidumbre muy preocupante.

De sobra es sabido que, antes de la Gran Recesión, el gobierno español ofreció un generoso sistema de incentivos a quienes invirtiesen en estas tecnologías. Sin embargo, tras el estallido de la crisis, nuestro país retiró las primas de forma retroactiva, desatando una oleada de denuncias que han derivado en decenas de arbitrajes internacionales que se han resuelto a favor de los inversores denunciantes y en contra de los presupuestos que venía manteniendo el Ejecutivo.

Al conocerse estas sentencias, el gobierno de Pedro Sánchez se ha puesto de perfil y se ha negado a cumplir con los pagos que tiene pendientes. Esta incomprensible postura ha hecho que el crecimiento de las renovables en España se sitúe ahora cuatro veces por debajo del promedio mundial, con la inversión extranjera por los suelos.

De modo que, si el gobierno de España quiere expiar el primero de sus pecados, debe tomarse en serio su propio discurso en materia de energías renovables, cumplir los pagos que determinan los arbitrajes internacionales y garantizar un marco regulatorio que blinde y proteja la inversión en el sector.

2. Frenazo al desarrollo del sector nuclear

Que la tecnología nuclear es fundamental para el futuro es algo que ya no discute prácticamente nadie. La taxonomía elaborada por la Unión Europea va más allá y reconoce que esta tecnología de producción energética debe ser considerada como una fórmula “verde” totalmente compatible con los objetivos medioambientales que viene fijando Bruselas.

La nuclear ofrece un suministro estable a un precio competitivo, motivo por el cual son muchos los gobiernos de Europa y el resto del mundo que están avanzando en esta dirección, abriendo nuevas plantas e invirtiendo en nuevos reactores. Ahora mismo, hay 485 nuevas centrales proyectadas a lo largo y ancho del globo, de modo que la capacidad de producción nuclear se va a duplicar.

Sin embargo, el gobierno de Pedro Sánchez no ha movido ficha y sigue instalado en su “no es no” a la nuclear. Incluso el partido ecologista que forma parte del gobierno alemán se ha abierto a la necesidad de extender este tipo de operaciones, en línea con lo que han hecho otros líderes de izquierdas como Joe Biden, presidente de Estados Unidos, o Alberto Fernández, jefe de gobierno en Argentina.

Por tanto, parece lógico seguir la senda que están explorando la inmensa mayoría de países de nuestro entorno y plantear dos líneas de trabajo, que serían por un lado la prórroga de la operativa de las centrales que siguen operando y, por otro lado, la instalación de nuevas plantas de producción.

3. Veto al petróleo y al fracking

Por si no fuese suficiente, el Ejecutivo no ha querido saber nada de los yacimientos petroleros cercanos a Canarias. Como es sabido, la Ley 7/2021 de Cambio Climático y de Transición Energética, aprobada por el gobierno socialista del archipiélago, establece la prohibición de realizar prospecciones petrolíferas y obliga a cerrar las instalaciones del sector antes de 2042. Conviene recordar que las últimas exploraciones realizadas por Marruecos han encontrado yacimientos de crudo valorados en 110.000 millones de euros frente a las costas de Lanzarote y Fuerteventura.

Pero Pedro Sánchez no solo se cierra al petróleo: tampoco quiere saber nada de gas natural generado vía fracking. Con este planteamiento, el Ejecutivo sigue a renglón seguido el plan de Vladimir Putin, que se ha cuidado de financiar las campañas de oposición a este tipo de producción energética, puesto que su desarrollo reduciría enormemente la influencia rusa en Europa. El veto al fracking tiene un coste notable, puesto que los yacimientos existentes en nuestro país cubrirían 70 años de demanda, con los actuales niveles de consumo.

El desarrollo de la fracturación hidráulica en Estados Unidos fue especialmente intenso bajo la presidencia de Barack Obama y sigue desarrollándose con Joe Biden en la Casa Blanca. Lo mismo ha ocurrido en Canadá con Justin Trudeau al frente de su gobierno. De modo que, más allá de nuestras fronteras, los líderes de la izquierda política adoptan posturas pragmáticas en relación con esta técnica de extracción. En el caso de Estados Unidos, el crudo producido en Estados Unidos aumentó su cuota de mercado entre 2008 y 2013, pasando del 40% al 65%. En ese mismo periodo, las emisiones de CO2 per cápita revirtieron a niveles propios de los años 60. Por tanto, los objetivos climáticos que Sánchez esgrime como argumento para rechazar el fracking no solo no son incompatibles con dicha técnica, sino que pueden encajarse a la perfección.

Algunas cuestiones sobre las armas en Ucrania

Desde el principio* de la guerra entre Ucrania y Rusia, incluso antes de que empezara el conflicto, Estados Unidos, Gran Bretaña y, en menor medida, otros países occidentales han pertrechado a los ucranianos, no sólo de armas, sino que además les han enseñado tácticas y operativa que podían serles útiles ante las tropas rusas y sus predecibles movimientos. Y lo han hecho con relativo éxito. Aunque los rusos tienen en su poder muchos más soldados y armas que los ucranianos, la manera de usarlos no ha sido la adecuada para los objetivos marcados, mientras que los ucranianos, que han optado por una estrategia defensiva junto a contraataques localizados y contundentes, sí que han aprendido a hacer daño a los rusos, ralentizando su avance o haciéndoles retroceder, provocando innumerables bajas tanto en material como en soldados. Para ello han usado una variedad de material que va desde armas casi obsoletas, procedentes de su etapa soviética, hasta armas inteligentes y tecnologías avanzadas proporcionadas por occidente. Tal es el gasto de este último material que, el pasado 6 de mayo, el subsecretario de Defensa para Adquisiciones y Sostenimiento de los Estados Unidos, William A. LaPlante, planteaba que la necesidad de armas, municiones y otros pertrechos para los ucranianos está siendo mucho mayor de lo que se esperaba, “algo nunca antes visto” llegaba a decir, y que les está pasando lo mismo con otros aliados occidentales.

El material recibido no siempre ha sido el más adecuado; otras veces, era un excedente que estaba a punto de ser retirado, pero del que, de pronto, se podía sacar algo a cambio, aunque sólo fuera rédito político. Varios países de la OTAN o cercanos a ella han decidido venderlo y poner en marcha programas para sustituir aquello que está o empieza a estar obsoleto. Tal es el caso del carro alemán Gepard, muy elogiado en los medios de comunicación occidentales, pero bastante vetusto, ya que su diseño es de finales de los años 60 y que los alemanes tenían fuera de servicio y guardado en almacenes. Supongo que el ejército ucraniano se habrá sentido agradecido por una de las pocas medidas alemanas que no le perjudica.

No todo son gangas, lógicamente. Las necesidades de una guerra son muy variadas y Ucrania también está recibiendo material bélico de primera línea, material que proviene de las reservas que los países tienen para hacer frente a sus potenciales enemigos, reservas que se pueden adelgazar, pero sin traspasar ciertas líneas rojas, como parece que está ocurriendo con el misil Javelin. Este misil tiene una guía activa con sistema “dispara y olvídate”, capaz de atacar desde arriba a los tanques, la parte más débil. Otro misil de gran calidad es el NLAW, proporcionado por los británicos, no tan versátil como el estadounidense, pero con capacidad para atacar con ángulo descendente. Estos misiles tienen poca comparación con lanzacohetes, como el germano Panzerfaust 3 o el español Instalaza C-90, que tienen escaso alcance y penetración, una trayectoria recta y plana y que deja al lanzador en evidencia, pudiendo ser abatido.

El caso del armamento pesado es otro cantar. Para usar un lanzacohetes o un misil se necesita, relativamente, poca instrucción; a veces, basta con apuntar y apretar el gatillo, pero el material pesado requiere meses de formación y de experiencia para usar esos sistemas y sacarles algo de provecho, algo que se hace mucho más evidente para los tecnificados sistemas occidentales y no tanto para los rusos o soviéticos, más rudimentarios1. Es por ello por lo que se está poniendo énfasis en que los antiguos países miembros del Pacto de Varsovia entreguen sus armas a los ucranianos a cambio de material occidental más moderno, versátil y potente.

El “negocio” es redondo en varias facetas. Los ucranianos, los más necesitados en este asunto, logran sistemas que ya saben utilizar, ya que las armas de su ejército son mayoritariamente de este tipo, tras su secesión de la URSS, y no necesitan aprender a usarlos, además de lograr aumentar su parque de armas de manera casi inmediata. Para los donantes, es un gran negocio, ya que se deshacen de armas obsoletas y bastante deficientes a cambio de armas más modernas y eficientes gratis o a precio de ganga, que recibirían de Estados Unidos, Gran Bretaña y otros países. Por poner un par de ejemplos, Polonia, República Checa, Bulgaria y otros países están entregando cazas Mig-29 a los ucranianos a cambio de F-16 y, en algunos casos, F-35; también sus obsoletos carros T-64 y T-72 están siendo sustituidos por modernos y potentes carros M-1A2 o Challenger 22.

Por último, en el caso de las potencias occidentales, sobre todo Estados Unidos y Reino Unido -que, una vez más, están siendo más listos que los europeos continentales-, logran un doble beneficio: desde el comienzo del conflicto, ambos países han sido decididos y rápidos en la ayuda3, aportando rápidamente material letal y de alta calidad, lo que les ha reportado el reconocimiento de Ucrania y de los países del Este, que los ven como socios más fiables y hacia los que se decantan en materia de seguridad. Por otra parte, al proporcionar armas a los vecinos de Ucrania a cambio de sus obsoletos tanques y aviones, ambos países se garantizan el futuro negocio de proporcionar piezas, mantenimiento y entrenamiento a las fuerzas armadas de dichos países, en detrimento de la industria armamentística europea y sus sueños de independencia en materia de seguridad.

Ucrania está aguantando en una guerra desigual gracias al sacrificio de sus soldados y civiles y al material que está recibiendo. Rusia es consciente de este último hecho y ya ha amenazado con atacar los envíos de material. El problema al que se enfrentaría Ucrania es que este flujo de armamento cesara, tanto el más avanzado tecnológicamente como el más sencillo, bien por una cuestión de carencia, aunque por suerte ya se están anunciado recompras y planes para incrementar la producción, bien porque las amenazas rusas se tornen en realidad.

La cuestión que se plantea es quién paga todo esto. Aunque Occidente pueda tener un deber moral apoyando a los ucranianos, no menos cierto es que donar o financiar las armas que usan los segundos a cargo de los impuestos que pagan los habitantes de los países occidentales es algo que puede empezar a cuestionarse cuando los efectos de la guerra se hagan más molestos y pase la primera fase de “entusiasmo” ciudadano4. Las guerras destruyen economías, sociedades y vidas humanas. Cuando termina una, el resultado es, en conjunto, mucho más pobre de lo que había antes. Es cierto que habrá gente que se haya enriquecido, pero será mucha más la que se haya empobrecido. Ucrania está recibiendo esta ayuda, pero no es gratis y cuando acabe este infierno y sus ciudadanos tengan que levantar un país en ruinas, también tendrán que pagar estas armas que están usando, por mucho que los occidentales lo quieran suavizar. Un peso que les lastrará. Por el contrario, si son los rusos los que terminan venciendo, serán los ciudadanos occidentales los que, con sus impuestos, hayan pagado este esfuerzo que no habrá servido para los objetivos marcados. Guste o no, un conflicto bélico afecta a muchas personas de distintas maneras y en sitios no necesariamente cercanos. Es por este efecto tan poderoso por lo que es bueno analizar y entender qué hay detrás de un conflicto bélico, su génesis, su desarrollo y su verdadero final y por qué no hay que caer en tópicos, prejuicios y mentiras que rondan en torno a él. Como vemos, esta guerra ya está cambiando los equilibrios de poder en la zona, está cambiando la confianza que algunos países han puesto en otros, está mostrando quién es un verdadero aliado y quién no, y esto también nos afectará, sobre todo a la vieja Europa, que está quedando para parque temático de turistas asiáticos.

[*El presente artículo ha sido escrito en colaboración con Rafael Illán Oviedo]

1 Estos sistemas más rudimentarios tienen, lógicamente, su mercado y no es precisamente escaso. En países en vías en desarrollo y del Tercer Mundo, donde formar a un soldado es demasiado caro para sus economías, interesa tener más material de este tipo, relativamente fácil de manejar, que el tecnológicamente avanzado occidental.

2 Si alguien duda aún de la superioridad de los carros occidentales pese a lo que se está viendo en Ucrania, vale la pena recordar la batalla de 73 Easting y sus resultados.

3 A diferencia de los timoratos germanos, tan dependientes del Osos ruso y, en general, de los europeos, tan dependientes de su Estado de Bienestar.

4 Resulta paradójico que las necesidades energéticas europeas sean las que financian al ejército ruso y que esta particularidad no sea tan evidente para los ciudadanos.

La doctrina de guerra y la guerra de Putin

En su monografíaLa doctrina militar: del pensamiento estratégico a las operaciones militares”, el general de brigada Enrique Silvela Díaz-Criado describe la doctrina de guerra como una ‘teoría de la victoria’:

Un desarrollo escrito de cómo se puede y se debe conseguir. Qué factores son necesarios, qué principios gobiernan la guerra, qué acciones hay que emprender, qué actitudes y procedimientos llevan a la victoria. La victoria que hay que conseguir en cada combate, cada batalla, cada operación, victoria final en la guerra”.

Cada país, cada nación, cada Estado, cada grupo beligerante tiene su doctrina de guerra y, aunque con el tiempo puede variar, hay cierta inercia a mantenerla más o menos estable:

Se fundamenta en la sociedad a la que se pertenece, con su cultura, sus valores, su legislación y su estilo, que son los que han recibido los militares en su educación antes de ingresar en los ejércitos. De forma inconsciente, refleja esa filosofía y el pensamiento predominante en su época”.

Las filosofías políticas que inspiran a Estados, naciones, sociedades y grupos tienen su presencia en estas doctrinas de guerra, de la misma manera que estructuran sus organizaciones e instituciones políticas. Así, en Occidente, el respeto a los individuos, a la propiedad, a los derechos humanos hace que estos factores sean tenidos en cuenta, al menos sobre el papel, frente a sociedades, grupos, Estados o naciones que no tienen tal respeto. Eso no quiere decir que, en algún momento del conflicto, estas restricciones (porque suelen expresarse en forma de restricciones a la extrema violencia) puedan ser transgredidas, temporal o definitivamente, entrando en una fase más dura y cruda del conflicto. Téngase en cuenta que el objetivo de un conflicto bélico es la victoria (sea como sea entendido ese término). No se pelea para empatar, o para perder un poquito, se pelea para vencer, para desactivar al enemigo como amenaza bélica. Cuando, por razones coyunturales, políticas, incluso por razones de carácter humanitario, se para una guerra, no se obtiene necesariamente la paz, sino una tregua en la que las partes enfrentadas se rearman y preparan para un, no pocas veces, recrudecimiento del conflicto, que adquiere tintes incluso más dramáticos. Entiéndase que la paz sólo se consigue cuando las dos partes están dispuestas a ella, no porque alguien ajeno se sienta mal por la muerte y la destrucción generada. Las doctrinas de guerra son los cimientos sobre los que se construyen las estrategias, tácticas, doctrinas operacionales, políticas bélicas y el tipo de ejército que se quiere, incluyendo en él la formación de los soldados y los mandos y la adquisición o desarrollo de las tecnologías adecuadas1.

Las doctrinas de guerra de los sistemas autoritarios tienen poco en cuenta las necesidades de sus propios soldados2. En estas doctrinas, impera la supervivencia del grupo a costa del individuo y, sobre todo, la supervivencia del sistema político que lo sostiene, incluso a costa del propio grupo (la utopía es más valiosa que la realidad). Si nos fijamos en cómo los rusos, chinos, vietnamitas y otros países donde el comunismo ha tenido o tiene asentamiento, se han enfrentado a sus enemigos en el último siglo, vemos que su poder se ha manifestado en forma de grandes masas de soldados, con una formación y un armamento como poco mejorable, lanzadas contra el enemigo al que se enfrentaba. Cuando esta cantidad y esta mejorable calidad eran suficientes, la victoria se alcanzaba a costa de muchas bajas (siempre que fueran asumibles) o se provocaban tantas bajas al contrincante que éste abandonaba el conflicto ante la presión de sus ciudadanos, como sucedió en Vietnam o Corea.

Muchos defensores de la URSS aseguran que fue ésta la que realmente venció a la Alemania nazi en la Segunda Guerra Mundial y presentan como argumento el gran número de víctimas soviéticas. Sin embargo, buena parte de este número se puede explicar en estas doctrinas en las que no importa sacrificar a millones de soldados y civiles propios. Llegado a este punto, diría que es injusto por mi parte asumir que esta estrategia es únicamente comunista, ya que los mismos rusos, cuando conformaban el imperio zarista, la usaron. Quizá el ejemplo más evidente haya sido la respuesta a la invasión de Napoleón a principios del siglo XIX, cuando se destruyeron los recursos que podían usar los invasores, a costa de entrar en un periodo de hambruna después del conflicto.

Por el contrario, los ejércitos donde se valora al soldado como individuo formado, que está arriesgando su vida por su país, nación, Estado o gobierno (más allá de lo justa o injusta que sea la guerra desde otras perspectivas) tienden a establecer una serie de medidas que protegen a los propios soldados, dándoles una mejor formación de cómo desenvolverse en combate, dotándoles de la mejor tecnología posible para conseguir los objetivos previstos y protegerlos de posibles daños, llegando a diseñar específicamente sus armas para preservar a las tripulaciones, como es el caso del carro israelí Merkava, e incluso apoyándoles con misiones de rescate (con la creación de unidades especiales y específicas para el rescate de aviadores, como el 56º Escuadrón de Rescate Aéreo estadounidense). Se puede llegar a la paradoja de que, en términos de vidas y material destruido, pueda ser contraproducente en el balance final, pero todos los soldados saben que hay una intención positiva de velar por ellos. Además, estos países dan un mejor trato a los soldados capturados y, en la medida de lo posible y según las circunstancias de la contienda, se evitan los daños innecesarios para la población civil del enemigo, evitando la destrucción de infraestructuras. En definitiva, se defiende el grupo defendiendo al individuo y controlando los daños, en la medida de lo posible.

Tampoco quiero ser hipócrita, estamos ante una guerra, una situación límite donde los códigos morales, la ética, tanto social como individual, experimenta cambios drásticos y lo que hasta ese momento nos parece inaceptable se puede volver aceptable en virtud de la victoria. Estados Unidos metió en campos de concentración a los ciudadanos americanos de origen japonés durante la Segunda Guerra Mundial y, en esta misma guerra, se empezó limitando los bombardeos ingleses en el puerto alemán de Wihelmshaven para no dañar los edificios civiles y matar inocentes, y se terminó lanzando las dos bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki.

El ejército ruso que ha invadido Ucrania por orden de Vladimir Putin adolece de problemas ligados a su doctrina bélica, que a diferencia de, por ejemplo, la estadounidense, no está diseñada para hacer una operación quirúrgica, rápida y victoriosa. El sueño de Putin entró en conflicto con la realidad de su país, de su ejército y de su tradición y se ha tornado en una pesadilla que, como una sombra siniestra, se extiende por toda Ucrania y amenaza al resto de Europa y el mundo. Cabe pensar que Putin esperaba una victoria rápida, en unos pocos días, que tomaría las principales ciudades del país, ocuparía el territorio y absorbería todo o parte de él, dejando el resto, si esta última hubiera sido la decisión, bajo un gobierno títere de Moscú. Además, habría amedrentado a otros países de integrarse en la OTAN o cualquier otra organización política o militar occidental y habría asegurado, invocando al paneslavismo y la dependencia energética, la influencia política en muchos países de la UE, incluida Alemania; sobre todo, Alemania. Sin embargo, la mala dirección de la empresa bélica y las deficiencias de sus fuerzas armadas han malogrado este sueño, pasando de una guerra relámpago con una victoria decisiva a una guerra de desgaste de final incierto.

Rusia se encontró desde el principio (cuando entró desde cuatro3 frentes distintos que estaban destinados a juntarse en el hipotético final ‘putiniano’ de la guerra) una oposición muy fuerte por parte del ejército ucraniano que, durante un tiempo había estado siendo abastecido y formado por occidentales de una manera no oficial. Esta oposición paró en unos días lo que los medios de comunicación occidentales, al menos los españoles, estaban vendiendo como una guerra corta y apabullante. Las columnas de tanques, vehículos blindados y su bagaje se vieron detenidos, cuando no retrocedieron respecto de sus posiciones más avanzadas. Es cierto que llegaron cerca de Kiev, pero no fue el grueso del ejército, sino algunas avanzadillas que tuvieron que replegarse para realizar un avance más acorde a su naturaleza. El cielo fue rápidamente dominado por los rusos, pero las técnicas de combate ucranianas, meramente defensivas, y la tecnología proporcionada por Occidente más la que ya poseían, produjeron muchas bajas entre los vehículos aéreos rusos, mientras que éstos no podían ser contundentes con los ucranianos de tierra. La frustración de los soldados terminó por cebarse con la población civil con la que entraban en contacto. Las noticias de matanzas de población indefensa, las violaciones masivas a las mujeres ucranianas, la destrucción de edificios, infraestructuras, llegando a arrasar poblaciones enteras, son ejemplos de cómo la guerra se ceba con los no combatientes.

La brutalidad es, como vemos, un arma de guerra, aunque también la podemos achacar a la maldad del humano que la ejerce, pero no podemos olvidar que su uso también es fruto de las circunstancias y éstas pasan por un ejército, el de los rusos, mal preparado y pertrechado y cuya formación no está preparada para este tipo de guerra (como el de los estadounidenses no estaba preparado para la ocupación de Irak o Afganistán, pero sí para una invasión rápida y poco cruenta de estos países), con reclutas poco competentes para este tipo de resistencia y violencia. No hay que olvidar que la propaganda rusa ha vendido, tanto a su población como a sus soldados (y a los que la quieran creer en Occidente), que el esfuerzo bélico ruso pretendía liberar a los rusos que ahí vivían, oprimidos por los ucranianos, que eran poco menos que nazis. Esta situación propicia que la respuesta del ejército ucraniano a la ‘invasión supuestamente salvadora’ de los rusos se entienda como una muestra de desagradecimiento por su esfuerzo y genere una respuesta violenta y criminal. El miedo y la falta de experiencia también invita a una sobrerreacción violenta, aunque sólo sea para evitar riesgos. No es la primera vez que esto ocurre en la historia de las guerras y estos crímenes contra la población civil, incluso otros más brutales, no van a terminar porque sean denunciados desde Occidente, sino que seguirán hasta que la guerra termine. Nada nuevo, si tenemos en cuenta lo sucedido en la batalla de Grozni de 1994-95.

El ejército ruso se ha manifestado como un ejército menos eficiente de lo esperado, al menos en lo que hemos visto. Su soldadesca no está en la línea de los ejércitos profesionales de los países occidentales, que gastan más recursos en formar y adiestrar a los soldados (al menos en los principales países de Occidente). Su tecnología militar permanece lejana a los estándares occidentales y esto se muestra en diferentes aspectos. Uno de ellos sería que los vehículos militares occidentales están mucho más interesados en la protección de las tripulaciones, como el ya comentado caso del carro Merkava israelí, aunque este es sólo un caso extremo; en general, los carros occidentales son más pesados y grandes, al incluir mayor protección frente a los rusos, más pequeños y fáciles de mantener y manejar, pero también más débiles y con diseños que exponen a la tripulación a resultados catastróficos. Y tiene cierta coherencia este ahorro de recursos ruso. Si no se le da valor a la vida del soldado (aunque sólo sea por lo que sabe y puede aportar al esfuerzo bélico) y su formación es limitada, es mucho más rentable formar a otro soldado, aunque sea apresuradamente, y mandarlo al frente, que gastar tiempo y recursos en su protección o, si fuera necesario, en su recuperación en caso de quedar atrapado, que no capturado, en territorio enemigo. Su deficiente blindaje ha dejado un reguero de vehículos destrozados o averiados que ha permitido al enemigo capturarlos y usarlos como repuestos para los suyos o, una vez arreglados, para añadirlos a su ejército. La aviación está preparada para, como ocurrió en Siria, bombardeos masivos e indiscriminados contra objetivos extensos. Sin embargo, este tipo de guerra requiere bombardeos quirúrgicos y limitados contra efectivos concretos, con munición inteligente que permita ataques desde gran altura, a salvo de misiles de corto alcance como los Stinger que poseen los ucranianos. El uso de la llamada munición inteligente ha sido limitada, al carecer de ella, lo que ha provocado demasiadas víctimas y destrozos.

Un evento interesante ha sido el hundimiento del crucero Moskva, alcanzado por dos misiles Neptune, de origen soviético, que impactaron en el buque insignia ruso, lo que provocó un incendio que se extendió por todo el barco y terminó por hundirlo. Esta situación implica deficiencias importantes en los sistemas de contención de daños y eliminación del fuego, que por lo visto no se habían actualizado correctamente desde la época soviética, lo que demuestra un desprecio importante por la vida de la marinería. No es el primer evento en el que se ve este desprecio; por poner un ejemplo relativamente cercano, en el hundimiento del submarino nuclear Kursk, cuya avería fue negada en un principio, no se procedió al rescate de la tripulación y se “vendió” como un acto de heroísmo innecesario para salvar la imagen del régimen. Esto muestra hasta dónde está dispuesto el gobierno ruso a llegar para salvarse a sí mismo, inmolando a sus súbditos. Qué decir, si se confirman las informaciones del rescate de los supervivientes, que corrió a cargo de la marina turca.

Pero quizá el hecho más disparatado del ejército ahora ruso y antes soviético es la manera de convencer a los propios soldados de ir deficientemente preparados a la lucha contra el enemigo. A diferencia de los soldados formados profesionalmente, los reclutas y milicianos son más propensos a desertar por el lógico miedo a resultar muertos, heridos o capturados por el enemigo. En el caso soviético, a lo largo de decenios, diferentes cuerpos especiales se dedicaban a ejecutar a aquellos que huían o lo intentaban (la famosa e infame orden 227 de Stalin), de forma que la única manera posible de sobrevivir era atacar y esperar un ataque de suerte. En el caso de Ucrania, hay indicios de que veteranos de la guerra en Chechenia están ejerciendo este tipo de ejecución, que vulnera cualquier ética, moral o derecho fundamental.

Por último, quiero referirme al ejército ucraniano, a la propia Ucrania. Cada país es soberano de pertenecer a la organización internacional que desee, si ésta lo acepta. Es decir, Ucrania, igual que Letonia, Lituania y Estonia, que pertenecieron a la URSS, tiene el derecho de ingresar en la OTAN o en la UE. Esto no es un acto de agresión a la Federación Rusa, que es una de las razones por las cuales Putin ha ordenado la invasión, sino un acto que debería hacer preguntarse a Rusia por qué sus vecinos (ahora Finlandia y Suecia, adalides en el pasado de la neutralidad y que actualmente han solicitado su entrada en la OTAN) quieren defenderse de una potencia intervencionista, expansionista y violenta. Una posición mucho más pacífica, limitada al comercio y relaciones de buena vecindad sería mucho más beneficiosa para todos.

Ucrania viene de una defensa que sigue la doctrina rusa de guerra4, pero quizá por el desastre de 2014, en el que perdió la península de Crimea y el apoyo de Occidente, en especial de Estados Unidos y Gran Bretaña, ha ido cambiando esta doctrina para acercarse más a las occidentales. Eso no quiere decir que el ejército ucraniano no esté cometiendo actos delictivos y criminales contra los invasores rusos. No hay ninguna guerra en la que los bandos enfrentados no hayan cometido este tipo de crímenes (existen acusaciones de ejecución de soldados rusos por tropas ucranianas), pero, sin justificarlas, no podemos olvidar el contexto, siendo Ucrania la víctima y no la Federación Rusa. Cuando estoy escribiendo estas palabras, Ucrania se prepara para una fase mucho más móvil y no está claro que su ejército esté preparado para ello. Su presidente Volodímir Zelenski, sabedor seguro de tales carencias, ha solicitado a Occidente carros de combate y blindados y no armas ligeras, más propias de una resistencia. Rusia todavía tiene mucho ejército que poder arrojar contra el enemigo y puede ser mucho más brutal de lo que ha sido hasta ahora, incluso planteándose el uso del armamento nuclear táctico. Vladimir Putin ha usado mucho la amenaza nuclear contra Occidente y sus enemigos, quizá porque sabe que funciona y que la OTAN no se va a inmiscuir directamente en la guerra por temor a una tercera guerra mundial. Dadas las carencias de su ejército, quizá es lo único que le queda a Rusia para seguir siendo potencia: el matonismo nuclear.

[*Este artículo ha sido escrito en colaboración con Rafael Illán Oviedo]

1 Como buen ejemplo de todo lo dicho y para el caso concreto alemán, se puede leer el libro del historiador Robert M. Citino “El modo alemán de ver la guerra”. Grosso modo, en los países occidentales donde el valor del individuo sigue pesando, durante las guerras se le cuida, pero en los sistemas colectivistas, sean nacionalistas o internacionalistas, sean fascistas o comunistas, lo que prima es el colectivo y el individuo es prescindible.

2 En un conflicto bélico, las necesidades que se satisfacen en los combatientes o sus apoyos no son para su propia comodidad, sino para que sean más eficientes ejerciendo su labor.

3 Por el norte hacia Kiev, por el noreste hacia Jharkov, por el este en el Dombass y por el sur desde Crimea hacia Kherson.

4 Adolecieron de los mismos problemas que los rusos cuando, en septiembre de 2014, uno de sus contraataques fue aplastado por las fuerzas rebeldes prorrusas.

La relación sinorrusa en la encrucijada

Con la invasión de Ucrania por parte de la Rusia de Putin han surgido multitud de nuevas dudas en torno a la relación entre el gigante asiático y Rusia. El escenario es ahora mucho más complejo a nivel diplomático para China, mientras Rusia se ha vuelto más dependiente del apoyo geopolítico de Xi Jinping.

Tal y como han revelado multitud de fuentes publicadas en diversos medios de comunicación, Vladimir Putin confiaba en que la invasión de Ucrania sería cosa de unos pocos días y, por lo tanto, las principales potencias globales no se verían altamente involucradas en el conflicto, al menos en el corto plazo. Es por ello por lo que tan solo unas semanas antes de la fatídica última semana de febrero, Putin se reunió solemnemente con Xi Jinping en Pekín, tratando de reforzar la imagen de cooperación y unidad entre ambos países.

Hasta el momento desconocemos si Xi Jinping conocía con detalle las intenciones de Putin en Ucrania o incluso si había sido informado por sus propios servicios de inteligencia sobre los posibles próximos movimientos del ejército ruso en su país vecino. Lo que está claro es que una vez comenzada la invasión rusa de Ucrania, el escenario que más interesaba a Xi Jinping era sin duda un blitzkrieg de un par de días, en el cual el ejército ruso tomara Kiev sin mayores dificultades, evitando así tener que entrar demasiado en cuitas diplomáticas con las potencias occidentales.

Una invasión rápida de Ucrania con éxito habría traído -lógicamente- severas recriminaciones y sanciones por parte de los países OTAN y aliados, pero habría situado a China en una posición mucho más sencilla y manejable que la actual, ya que el fracaso ruso en su principal objetivo ha hecho que estos solicitaran apoyo de China, colocando al gigante asiático en una posición extremadamente comprometida frente a Occidente.

En escenarios de mayor normalidad en el plano geopolítico, China comparte muchos más intereses y objetivos con Rusia que con Occidente, aún siendo mucho más dependiente de estos últimos. Rusia y China han compartido objetivos respecto al islam en el centro y sur de Asia, relativamente en su posicionamiento respecto a EEUU y la OTAN o en su defensa de la dictadura Siria. Pero China continúa sin defender plenamente a Rusia cuando esta se enroca en un conflicto como el actual. Es por ello por lo que, a lo largo de los últimos años, China siempre ha sido mucho más cauta a la hora de solidificar alianzas con Rusia. Ejemplo de ello fue la declaración conjunta de los máximos representantes de ambas potencias en el mes de febrero, cuando Xi Jinping enfatizó que no era necesario ratificar formalmente la alianza entre China y Rusia bajo el pretexto de que esta era implícita e histórica, evitando así verse comprometido en el apoyo directo a Rusia.

Las razones tras la cautela de China en su posicionamiento con respecto a Rusia son relativamente sencillas de comprender, y es que el gigante asiático tiene muy poco que ganar y mucho que perder con esta relación, principalmente en base al volumen de comercio con cada una de las partes. Mientras el volumen de comercio total entre Rusia y China asciende a $147 billion, en el caso de China con la UE y EEUU (combinados) este registra una cifra total de $1.4 trillion, situando a Rusia en una posición comercial muy inferior a la de la UE y EEUU con respecto a China y, por lo tanto, reduciendo su capacidad de negociación e influencia en el plano geopolítico.

De hecho, si lo pensamos en términos del presente conflicto, conviene señalar que Ucrania es mucho más relevante para China de lo que muchos podrían llegar a pensar. En temas de equipamiento militar, Ucrania fue pieza clave en la construcción del primer portaaviones militar de China y en el rediseño de algunos aviones militares. En el plano económico, China es el primer socio comercial de Ucrania y, además, el país del Este fue uno de los primeros signatarios y participantes de la nueva Ruta de la Seda. Prueba de la importancia relativa que China otorga a Ucrania es que, mientras las tensiones entre Rusia y Ucrania venían siendo algo de largo recorrido, China nunca dejó de firmar nuevos contratos con Ucrania ni de involucrar al país del Este en sus operaciones comerciales. Mientras tanto, hace escasas semanas pudimos observar como Sinopec, el gran conglomerado público energético chino, cancelaba varias inversiones y acuerdos con Rusia, mostrando de que lado se sitúan los intereses chinos ahora mismo.

En el escenario actual de la invasión de Ucrania por parte de Rusia, llama poderosamente la atención que, desde el inicio de esta, China ha ido reposicionándose paulatinamente, alejándose cada vez más de una defensa cerrada de Rusia, tal y como muchos esperábamos allá por el mes de febrero. De hecho, algunos medios de comunicación chinos (de titularidad plenamente pública) ya han informado sin tapujos de masacres como la de Bucha. Estos detalles señalan que, desde luego, China ya no se mantiene en una posición de defensa geopolítica de Rusia a toda costa, sino que cada vez mide con mayor precisión los costes y beneficios de dicha relación y posicionamiento.

Como anécdota al respecto, debemos recordar que el pasado 17 de marzo, el Ministro de Exteriores ruso, Sergei Lavrov vio como su avión en dirección a Pekín dio la vuelta a mitad de camino tras algunas fricciones con su homólogo chino, tratando de evitar una humillación mayor. Aunque finalmente dicha reunión se celebró el día 30 del pasado mes, Lavrov no logró ratificar el mayor apoyo chino a la invasión rusa que ansiosamente buscaba.

Pese a todo lo anterior, no debemos confundirnos. Si China cambia su posicionamiento, aun temporalmente, con respecto a Rusia no es por motivos morales ni en defensa de un determinado sistema político o de valores. Ni mucho menos. China, al igual que la mayor parte de las potencias geopolíticas y económicas globales, actúa en función de sus principales intereses económicos y políticos, basando en ellos su estrategia y posicionamiento geopolítico. Ni más ni menos. Pensar que los recientes cambios en el posicionamiento chino con respecto a Rusia han sido producidos por las atrocidades cometidas en Ucrania sería pecar de ingenuidad, y no nos lo podemos permitir.

¡Su Divinidad, Vladimir Putin!

Algunos de ustedes no se acordarán, porque ha pasado mucho tiempo, pero Vladimir Putin era un líder bienamado por no pocos políticos y ciudadanos occidentales. Se le consideraba un líder fuerte, carismático, defensor de su pueblo, modelo de comportamiento, gran estadista, fuerte cuando se requería, pero también cercano a sus ciudadanos, los rusos, que lo adoraban y, posiblemente, lo siguen adorando. Es cierto que la oposición perdía candidatos, bien porque se envenenaran, bien porque terminaran encarcelados o murieran en extrañas circunstancias, pero esos eran pecados del sistema que se podían perdonar o ignorar. Cientos de memes sobre Putin recorrían las redes sociales y, entre chanzas y gracias de mayor o menor acierto, se le mostraba como el líder victorioso y seguro que se reía de las debilidades occidentales, porque los occidentales estaban más en cosas como la sostenibilidad, la energía verde, la lucha contra el cambio climático, por el feminismo igualitario, la sororidad, contra las discriminaciones de sexo, género, por la reinvención de un pasado heteropatriarcal y opresor, la vivencia de un presente esperanzado en estas “nuevas políticas” y el diseño de un futuro esplendoroso, pero siempre lejano.

Vladimir Putin no sólo había conseguido ser agasajado y recibido por líderes como los Castro (y sus marionetas en Cuba), Nicolás Maduro, Xi Jinping o Kim Jong-un y otros tantos líderes al frente de crueles tiranías donde las libertades son inexistentes, o por líderes de Estados sospechosos de no ser muy libres, como el turco Tayyip Erdoğan, sino también por presidentes y primeros ministros de democracias consolidadas como Joe Biden y Donald Trump, Emmanuel Macron, Justin Trudeau y, desde luego, Ángela Merkel; en especial, por Merkel. La relación entre la Alemania que ella dirigió durante tantos años y la Rusia que sigue dirigiendo Putin fue muy prolífica, con acuerdos que permitieron a los germanos asegurar (es un decir) el suministro de energía en forma de gas, ante la renuncia, dicen que voluntaria, de los alemanes por la energía nuclear. Otros líderes democráticos, aunque más discutidos en sus intenciones que los mencionados anteriormente, como el presidente brasileño Jair Bolsonaro o el primer ministro húngaro Viktor Orbán, han reconocido su simpatía por el presidente ruso, mientras que líderes políticos que ahora no tienen labor de gobierno, como Jean Marie Le Pen, también han mostrado esta cercanía.

Allí donde hubiera un movimiento que hiciera tambalear los pilares institucionales y morales del sistema occidental, allí estaba el apoyo e incluso la financiación de Vladimir Putin, que usaba parte de lo ganado con el gas y el petróleo que vendía a los occidentales para engrandecer tal movimiento (haciendo cierta la vieja historia de la soga, los capitalistas y Lenin). Daba lo mismo qué idea reflejaran estos movimientos, si eran de extrema izquierda o de extrema derecha, si eran muy verdes o muy marrones, si eran nacionalistas, independentistas, pacifistas o belicistas. El modelo soviético que había intentado socavar a Occidente durante la Guerra Fría volvía a ponerse en práctica y, esta vez, sin una potencia como la estadounidense que, como policía mundial, cuidara de contrarrestar su labor destructora. Los movimientos ecologistas, a través de Gazprom, los partidos de extrema izquierda como Unidas Podemos o, si se dejaban, los movimientos más conservadores, que los de extrema izquierda gustan llamar “de extrema derecha”, recibían, como mínimo, el ánimo y, como máximo, el dinero de la empobrecida socialmente, pero rica en hidrocarburos, Federación Rusa. En los regímenes como los de Vladimir Putin, la economía y la prosperidad de los súbditos es sacrificable ante la lucha contra el enemigo, en pos de un lejano pero atractivo supremacismo. Mientras, la imagen de Putin como líder fuerte, como ejemplo, se fortalecía.

No es el primer personaje que tiene esta imagen de líder fuerte, visionario, capaz, acertado en sus actos, juicios y decisiones. En el siglo XX se dieron unos cuantos: Lenin, Stalin, Hitler, Mussolini, Perón, Fidel Castro, Mao Tse-Tung… Si me apuran un poco, hasta Gandhi y su segundo, el quizá mucho menos conocido Jawaharlal Nehru, caen en este lado de los que tuvieron un “sueño”, que hubiera dicho Martin Luther King. Sí, es cierto, quizá me estoy extralimitando con la imagen de Putin. No es una persona que arrastre multitudes, pero tampoco es una persona que no tenga el afecto de muchos rusos, pues entra dentro de esta figura de líder fuerte que posiblemente busque mucha gente. Todos los nombrados han sabido moverse en el proceloso mundo de la política, haciendo lo que había que hacer, aliándose con unos, rechazando a otros y traicionando al que fuera para conseguir sus objetivos. No es que no se lo hayan trabajado, no son vagos, aunque alguno lo haya tenido más fácil que otros. Quizá tienen apoyos en la sombra, pero saben liderar cuando deben e imponerse a esos apoyos que creen que lo controlan.

Nunca me han gustado estos tipos. Tienen demasiado poder, incluso cuando sus objetivos son menos ambiciosos y se limitan a liderar empresas superexitosas en sectores muy novedosos, para luego meterse a ‘influencers’ de primera con sus opiniones y sus foros, alimentando numerosas teorías ‘conspiranoicas’ en torno a ellos mismos. Cabe preguntarse por qué gusta a la gente este tipo de personas. Es algo que me maravilla, quizá porque no lo comprendo del todo. Se pueden tener ejemplos de distintos tipos: personas que destaquen por su moralidad (o la que muestran), por sus conocimientos, por sus actos, por su fuerza de voluntad, pero no son dioses perfectos, son seres humanos llenos de defectos y virtudes (aunque en algunos se pueda dudar de esto último). Estos líderes, que las masas encumbran, por muy buenos que puedan parecer, son personajes peligrosos. Sus capacidades son limitadas, incluso en las que ellos creen que son aptos, y es posible que puedan ir en la buena dirección (sea lo que sea eso), pero cuando se deciden por actos de moral dudosa, o como en el caso de Vladimir Putin, por usar la fuerza, la violencia, para conseguir sus objetivos políticos e imperiales, el desastre puede llegar a todos, incluso a los que están lejos de él.

Quizá sea nuestro comportamiento grupal, la necesidad de tener, en la que consideramos nuestra tribu, un líder fuerte y carismático que tome decisiones sobre cuestiones comunes, la que impulse a muchos a casi adorar a este tipo de personas. Es también una forma de desentendernos de algo tan molesto y hasta peligroso como es tomar decisiones por nosotros mismos, aprender de nuestras equivocaciones y celebrar nuestros aciertos. Un error nuestro puede ser malo, incluso horrendo, pero es nuestro y su daño es limitado. Los errores de Putin nos pueden llevar a la Tercera Guerra Mundial, porque él lo vale y, detrás de él, cientos de miles, si no millones de personas que, en el pasado, el presente y el futuro, le apoyaron, le apoyan y le apoyarán. Las ideas de la libertad se basan en ser responsables de nuestros actos, de nuestras decisiones, pero sobre todo, en tomarlas, no dejar que otros las tomen por nosotros, incluidos los Putin de la vida, sobre todo, los Putin de la vida. Podemos y hasta debemos tener modelos de comportamiento que nos guíen y nos animen, pero debemos recordar que sólo son personas, no dioses, y el culto al líder puede llegar a ser muy totalitario.