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Etiqueta: Sanidad y Seguridad Social

La gran contradicción de Piketty

Tal suele decir al economista Tyler Cowen, si fueran ciertas las conclusiones de Thomas Piketty acerca de una tasa de retorno del capital que aumenta por encima del crecimiento del conjunto de la economía (su famosa desigualdad r>g), la propuesta de política económica más razonable no sería un impuesto global sobre la riqueza (tal como propone Piketty) sino la privatización de las pensiones estatales. A la postre, si existe alguna tendencia subyacente que impulse a que la inversión se revalorice sobreproporcionalmente al resto de la economía, ¿por qué reprimir políticamente esa tendencia (impuesto sobre la riqueza) en lugar de permitir que toda la sociedad se aproveche de ella (privatización de las pensiones)?

Extrañamente, Cowen acusa a Piketty de omitir cualquier referencia a la privatización de las pensiones como alternativa a su ambicionado impuesto sobre la riqueza. Pero no: en su libro, Capital en el siglo XXI, Piketty sí valora escuetamente la posibilidad de privatizar las pensiones y, a mi juicio, sus opiniones a este respecto son mucho más sabrosas y reveladoras de lo que podría serlo cualquier omisión.

Piketty, sobre la privatización de las pensiones

Así, de acuerdo con Piketty, la transición hacia sistemas de pensiones privados y de capitalización —merced a los cuales los trabajadores podrían beneficiarse de la sobreproporcional revalorización del capital— no es una buena idea por lo siguiente: “A la hora de comparar los méritos del sistema de reparto y del sistema de capitalización hay que tener en cuenta que el retorno del capital resulta extremadamente volátil. Sería muy arriesgado invertir todos los ahorros para la jubilación en los mercados financieros globales. El hecho de que r>g como media no significa que eso sea cierto para toda inversión individual. Para una persona con recursos que pueda esperar entre 10 y 20 años para cosechar los beneficios, el retorno sobre el capital puede ser ciertamente atractivo. Pero cuando se trata de sufragar los gastos básicos de toda una generación, sería bastante irracional jugárselo todo a la ruleta rusa”. Es decir, según Piketty las pensiones no pueden privatizarse porque la tasa de retorno sobre el capital es una magnitud individualmente demasiado volátil e incierta.

Llegados a este punto, recordemos el propósito general de la obra del francés: de acuerdo con este economista, el capitalismo tiende a exhibir una tasa de retorno del capital superior al crecimiento del conjunto de la economía, lo que provoca que los capitalistas se vayan volviendo proporcionalmente más ricos y copando porciones mayores de la renta de una sociedad. Tal como el propio Piketty resume: “El empresario tiende a convertirse en un rentista que domina crecientemente a aquellos que no poseen nada salvo su trabajo. Una vez acumulado, el capital tiende a reproducirse a sí mismo más rápido de lo que aumenta la producción. El pasado devora al futuro”. O todavía peor: “Con independencia de si la riqueza de una persona de 50 o 60 años es producto del ahorro o de la herencia, lo cierto es que, a partir de cierto nivel, el capital tiende a reproducirse a sí mismo y a acumularse exponencialmente. La lógica de r>g implica que el empresario siempre termina transformándose en un rentista”.

La contradicción de Piketty

Es obvio que existe una contradicción profunda entre estos dos razonamientos de Piketty. Por un lado, el francés proclama que el capital se reproduce solo y de manera automática, lo que contribuye a su irrefrenable acumulación en cada vez menos manos; por otro, sostiene que el capital sólo se autorreproduce en términos medios, siendo altamente volátil e incierto como mecanismo individual de acumulación de riqueza. De hecho, este último razonamiento es el que yo mismo ofrecí hace unas semanas para criticar la visión de Piketty de que los superricos son cada vez más superricos: no sólo sucede que los multimillonarios de finales de los 80 no son los mismos que los multimillonarios actuales sino que muchos de ellos han perdido desde entonces más del 80% de su fortuna.

Es más, si de alguna manera deseáramos combinar las dos afirmaciones anteriores de Piketty, el sentido común nos indica que deberíamos hacerlo de forma inversa a cómo lo está haciendo el francés. Salvo honrosas excepciones, la fortuna de los superricos suele estar concentrada en unas pocas empresas (Bill Gates en Microsoft, Amancio Ortega en Inditex, Larry Ellison en Oracle, los hermanos Koch en Koch Industries, la familia Walton en Wal-Mart, etc.) que, por consiguiente, sí están sometidas a una volatilidad e incertidumbre potencialmente muy elevadas: si alguna de esas compañía desapareciera, la fortuna del correspondiente superrico se extinguiría. En cambio, las pensiones privadas de capitalización se hallarían invertidas en una amplia y diversificada cartera con millares de empresas, de modo que las clases medias se hallarían expuestas a la volatilidad del conjunto del mercado y no de una empresa o de un sector en particular: en ese sentido, la rentabilidad media de los mercados de valores durante el último siglo se sitúa alrededor del 5,5% anual. A largo plazo —el plazo en el que se invierte para la jubilación— se trata de un retorno bastante estable y con escaso riesgo: todo lo contrario que la inversión en empresas individuales.

A menos que Piketty esté sugiriendo que las empresas de los superricos son sistemáticamente más conservadoras que las del resto de la economía, carecería de sentido su afirmación de que cuanto más rico se vuelve un individuo, más automáticamente se capitaliza su riqueza. Ahora bien, si Piketty asume que las inversiones de los ricos son muy poco arriesgadas, entonces no se entiende que, a su vez, sostenga que los más ricos obtienen rendimientos extraordinarios por encima del resto del mercado.

¿Más rentabilidad a menor riesgo? Si eso fuera así, sólo cabrían dos explicaciones: una, que las empresas de los superricos gocen de privilegios gubernamentales; dos, que las empresas de los superricos generen mucho más valor para los consumidores que todas las restantes debido a ubicarse siempre dos pasos por delante de la competencia. En el primero caso, lo razonable sería que Piketty reclamara la supresión de tan nocivos incentivos gubernamentales; en el segundo, que Piketty aplaudiera la excelente gestión de los accionistas a la hora de maximizar el valor de sus modelos de negocio pese a la presión competitiva. Sin embargo, este último reconocimiento atentaría de lleno contra una de las tesis centrales del libro del francés: a saber, que la acumulación de capital es un proceso automático e independiente de los méritos del inversor a la hora de gestionar su capital (motivo por el cual puede ser sujeto a un tributo sobre la riqueza).

En definitiva, como dice Tyler Cowen, si aceptamos el mensaje esencial del libro de Piketty, las pensiones públicas deberían ser privatizadas. El economista francés sólo es capaz de esquivar esta inapelable conclusión incurriendo en una profunda contradicción interna que pone en solfa la perspectiva filosófica con la que analiza sus datos económicos. En el fondo, y como ya explicamos, la gestión y acumulación de capital es un muy complejo proceso de adaptación a un entorno dinámico y cambiante cuyos riesgos y dificultades sólo pueden minimizarse o a través de un extraordinario conocimiento del sector económico en el que se está invirtiendo (sólo disponible para los ahorradores exitosos y habilidosos) o a través de una amplia diversificación de activos (sólo disponible para los ahorradores medios). Ahorro e inversión empresarialmente inteligente: los dos grandes activos que explican el enriquecimiento de una sociedad respetuosa con los derechos de propiedad y los contratos.

La sanidad estadounidense no es un ejemplo de libre mercado

Cuando nos planteamos cómo funcionaría una sanidad privada dentro del marco de un mercado libre, rápidamente se nos viene a la cabeza el caso de EEUU. En efecto, EEUU carece de un sistema de sanidad pública al estilo europeo (ya sea el modelo Beveridge de Inglaterra o España, donde es el Estado el que se encarga de proveer los servicios sanitarios a cambio del pago de impuestos, ya sea el modelo Bismarck de Alemania o Austria, donde el Estado obliga a los ciudadanos a contratar un seguro obligatorio altamente intervenido y regulado), de modo que, en principio, podría emplearse como campo de prueba de los efectos de la privatización y liberalización de la sanidad.

Mas, en este sentido, los resultados son bastante deplorables: EEUU gasta alrededor de 17 puntos del PIB en su sistema sanitario –casi el doble que la mayoría de países europeos–, sin que sus resultados sean espectacularmente superiores (la sanidad estadounidense está a la cabeza en la implantación de nuevas tecnologías, así como en el uso de medicina preventiva, pero esos elementos diferenciales no parecen justificar el gigantesco sobrecoste). Así las cosas, el debate sobre la superioridad de la sanidad pública quedaría definitivamente zanjado: calidad análoga a la mitad de precio.

El asunto, empero, no es ni mucho menos tan sencillo. Tal como explico extensamente en Una revolución liberal para Españael sistema sanitario estadounidense no puede considerarse representativo de un mercado libre. Por el lado de la oferta, la competencia dentro de, por ejemplo, la profesión médica se halla artificial e injustificadamente perturbada por las licencias y los colegios profesionales. Y, sobre todo, por el lado de la demanda, el 90% del gasto sanitario estadounidense se canaliza a través de dos agentes distintos del propio paciente: las aseguradoras y el Estado (para que se hagan una idea del despropósito: en España el gasto público en sanidad asciende al 6,9% del PIB… y al 8,2% en EEUU). Ni siquiera en España la socialización de la demanda alcanza un grado tan elevado como en EEUU.

En particular, de cada 100 dólares que se gastan en la sanidad estadounidense, 45 los desembolsan las aseguradoras, 45 los programas estatales Medicaid y Medicare y sólo 10 el paciente de su propio bolsillo. Dicho de otro modo, los estadounidenses pueden gastar 100 dólares asumiendo únicamente un coste de 10. ¿Quién paga los 90 restantes? El resto de sus compatriotas (ya sea a través el Fisco o a través de sus pólizas de seguros). En EEUU, pues, no hay una correspondencia entre costes y beneficios sanitarios: cada ciudadano gasta 100 para recibir 20 porque, en última instancia, él sólo soporta un coste de 10. El incentivo para disparar el gasto es el mismo que si un millón de personas acudieran juntas a un restaurante, pidieran individualmente aquellos platos que quisieran y dividieran entre todos la factura final.

Y, en efecto, el estudio más exhaustivo que se ha realizado hasta la fecha acerca de los sobrecostes sanitarios en EEUU no deja espacio para demasiadas dudas: los sobrecostes se deben esencialmente a un crecimiento descontrolado de la demanda (canalizada sobre todo a la medicina de tipo preventivo), que es capaz de soportar precios crecientes debido a que nadie tiene el incentivo a dejar de gastar. Por mucho que aumente la oferta, la demanda crece más rápido, multiplicando los precios. De hecho, en otros tramos de la sanidad estadounidense donde no se produce esta socialización del gasto (porque los programas estatales o los seguros no los cubren) no se observa ningún crecimiento anormal de los costes: es el caso, por ejemplo, de los servicios de odontología.

En Europa, donde la sanidad pública es gratuita para el usuario (que no para el contribuyente), podrían ciertamente darse unas consecuencias similares a las de EEUU de no ser porque nuestros políticos racionan y contingentan los servicios sanitarios que reciben sus ciudadanos (los famosos recortes sanitarios son una práctica estructural del sistema, aunque se hayan hecho más visibles con la crisis): en el Viejo Continente, los dueños de nuestra salud no somos nosotros, sino los políticos y burócratas que organizan el sistema según sus gustos, necesidades e intereses (listas de espera, adopción tardía de nuevas tecnologías, tratamientos y medicamentos no cubiertos, aglomeración de pacientes…). Dicho de otra forma: los incentivos perversos sobre la demanda que conducen a hipertrofiar el gasto sanitario son los mismos en EEUU que en Europa, pero en Europa los políticos controlan severamente la oferta e impiden que el gasto se sobredimensione; es como si, una vez llegáramos al restaurante, el dueño del mismo nos limitara la cantidad y la calidad de lo que cada comensal puede solicitar: por mucho que nos incentivaran a solicitar muchos y muy caros platos, no podríamos.

Pero ¿cuál es el motivo de que la demanda sanitaria estadounidense se haya socializado hasta ese nivel? No, no crean que la causa deriva del libre y normal funcionamiento de los mercados: el problema viene tanto del establecimiento de Medicaid y Medicare (1966) como, sobre todo, del poderoso incentivo que supone, desde 1954, la exención en el impuesto sobre la renta y en las contribuciones empresariales a la Seguridad Social de los gastos asociados a la contratación de un seguro sanitario en favor del trabajador. Para gastar 100 dólares en sanidad en EEUU es necesario que el trabajador ingrese 200 dólares antes de impuestos… salvo que ese gasto de 100 se canalice a través de un seguro sanitario contratado por el empresario (en cuyo caso, basta con ganar 100 antes de impuestos: un descuento del 50%). Los acicates a canalizar todo gasto sanitario a través de un seguro contratado por el empresario son, pues, enormes, incluso con respecto a gastos que no deberían estar cubiertos por los seguros (como la mayor parte de la medicina preventiva).

Esta socialización del 90% del gasto sanitario estadounidense –inducida por el intervencionismo estatal– es el principal responsable de la hipertrofia de precios. EEUU no es un buen ejemplo de mercado libre sanitario, donde la mayoría de gastos sanitarios se deberían sufragar a partir del ahorro propio y sólo aquellos de naturaleza extraordinaria y catastrófica serían cubiertos por seguros: Singapur, o incluso Suiza, guardan mayores semejanzas y su gasto sanitario está absolutamente bajo control, al tiempo que su calidad es extraordinaria. Si algo ilustra el caso estadounidense son los efectos potencialmente devastadores del estatismo, incluso en sus dosis en apariencia más inocuas.

Nada de lo cual, por cierto, debería llevarnos a caer en la complaciente aceptación de la sanidad pública europea. El envejecimiento demográfico provocará en las próximas décadas o una hipertrofia del gasto sanitario o una creciente degradación de la calidad de los servicios (ya observable vía recortes), que sólo podrá contrarrestarse con innovaciones disruptivas dentro de la sanidad. La privatización y liberalización de este sector resultará fundamental para encontrar competitivamente nuevos modelos de organización que logren mantener a raya los costes y que se adapten a las cada vez más variadas y personalizadas necesidades de los pacientes (y no de los burócratas, como en Europa). Pero para todo ello debemos arrebatar la gestión de la sanidad a los políticos y a los burócratas y devolvérsela a los ciudadanos: no emulando a EEUU, sino liberalizando de verdad.

La receta ‘mágica’ de la sanidad pública

La siguiente es la historia real de una familia española: "Todo comenzó el pasado mes de septiembre. Esta familia tiene tres miembros: padre, madre y un hijo de un año y medio. Todos ellos tienen contratado un seguro médico privado. Al poco de cumplir un año, los padres detectaron que el niño dormía peor, tenía diarreas y ciertos problemas para hacer la digestión. No parecía nada grave, pero acudieron a su médico de cabecera. Les pidió unos análisis y los resultados apuntaron a una posible alergia/intolerancia al huevo y la leche.

Al parecer, su caso no era preocupante, les dijeron que lo normal es que poco a poco el cuerpo del niño fuera tolerando mejor estos alimentos. Mientras tanto, les recetaron una leche especial, pero bastante cara: según sus cuentas, les saldría a unos 100-150 euros al mes, incluso aunque el niño ya comía sólido y sólo tomaba uno o dos biberones al día. Eso sí, la sanidad pública cubre este tipo de alimentos hasta los dos años, con lo que teóricamente podrían ahorrarse esa cantidad.

Hasta ese momento, habían realizado a través de su seguro médico todo el proceso, que duró en total unas dos semanas. Entonces, pidieron cita con el pediatra de la sanidad pública. Su intención inicial era, simplemente, que les recetasen la famosa leche. Ya sabían que el niño era alérgico. Tenían el diagnóstico. Y conocían la solución. De hecho, en su primera visita, el pediatra de la sanidad pública confirmó todas estas circunstancias. Miró los análisis, comprobó los valores y certificó que, efectivamente, el niño tenía un problema con estos alimentos. Pero había un inconveniente: "La receta la tiene que sellar el inspector. Y para que os la selle, las pruebas se las tiene que hacer en la Seguridad Social". El padre se sorprendió: "¿Es que no es fiable el laboratorio que utiliza mi seguro médico?". "No, en absoluto, seguro que los datos están bien", le respondió la pediatra (por cierto, extraordinariamente amable y profesional), pero es que el procedimiento "es así".

  • En esta tesitura, pidieron hora con el especialista-alergólogo de la pública. Se la dieron… para dos meses después. Mientras tanto, la leche se la pagarían ellos.
  • La cita no era para hacer las pruebas. Simplemente serviría para que el especialista dictaminara qué análisis había que hacer. Y el alergólogo pidió los mismos análisis que ya había hecho el seguro meses antes.
  • Por lo tanto, había que pedir cita para estas pruebas. En su hospital de cabecera no había sitio hasta varios meses más tarde. Así que siguieron buscando hasta que encontraron un hueco en otro centro para sólo unas semanas más tarde.
  • Así, más de tres meses después de saber que su hijo era alérgico, estos padres se pasaron una mañana en un hospital para que le hicieran unas pruebas cuyos resultados ya conocían. Les dieron los nuevos datos. No hubo sorpresas. La sanidad pública certificó que el niño no toleraba bien la leche y el huevo.
  • Pidieron cita de nuevo con la pediatra, que les recetó la misma leche que llevaba tomando desde casi cuatro meses antes. Unos días después, el inspector selló el volante y, por fin, pudieron acudir a la farmacia con su receta".

Hasta aquí los hechos. Habrá quien diga que tampoco es tan grave. Hablamos de tres-cuatro meses de espera y para una dolencia menor. Además, estos padres pudieron hacer frente a los 100-150 euros mensuales de la leche sin demasiados problemas. Cada día vemos en los periódicos historias mucho más terribles, sobre personas con dolencias que les impiden hacer una vida normal y a las que les han dado cita para dentro de 15 ó 16 meses o ciudadanos que han desarrollado una enfermedad grave por un diagnóstico tardío. Lo relevante de la peripecia de esta familia es que es un ejemplo muy bueno de muchos de los males que aquejan a nuestro sistema público.

– Quizás sea lógico que la sanidad pública quiera realizar una comprobación de unas pruebas que no ha hecho pero, ¿de verdad hacen falta todos estos procesos para certificarlo? ¿durante casi cuatro meses? ¿cuánto le costó al sistema público repetir las pruebas? ¿cómo influye esta burocracia en las listas de espera?

– Por otro lado, este matrimonio tenía recursos y un seguro privado. Ahora, imaginemos a una familia con un poder adquisitivo más limitado. Ellos no saben que su hijo es alérgico, porque no tienen una sociedad privada que le haya hecho las pruebas. Sólo ven que el niño tiene pequeños problemas estomacales (hay que recordar que los síntomas eran leves). Irán al pediatra, que con suerte les mandará al alergólogo, que pedirá las pruebas, para volver con ellas al pediatra y que le receten la leche. Este proceso, que debería hacerse en unos días, se demorará ¡cuatro meses! Y eso si se preocupan de buscar un hueco, porque en su hospital de cabecera el tiempo de espera era mayor. Durante ese tiempo, le habrán estado dando a su hijo un alimento que es malo para su salud. Y hablamos de una cuestión menor. Pero, ¿qué pasa con los pacientes con enfermedades graves (quizás no diagnosticadas) encerrados en este laberinto burocrático?

– Habrá quien piense que quizás el problema fue de la pediatra, el inspector o el alergólogo. Nada más lejos de la realidad. Todos aquellos con los que esta familia se cruzó en su periplo por la sanidad pública les trataron con una enorme profesionalidad. Algunos, como la pediatra, fueron además muy amables y cariñosos. Pero ninguno podía hacer otra cosa. El procedimiento es el que es.

– Quizás alguien crea que el paso a eliminar es el del inspector. ¿Por qué esa exigencia burocrática? El caso es que también en los seguros privados hay numerosas pruebas que necesitan de una autorización. Además, parece lógico, en un momento de costes crecientes e ingresos menguantes, que la sanidad pública controle sus gastos.

Hay una pregunta clave que todos nos deberíamos hacer: ¿por qué tantos españoles tienen un seguro médico privado, si en teoría podrían disfrutar de los mismos servicios gratis? La respuesta reside en los incentivos de todos los que participan en el proceso.

En un hospital privado, los incentivos son claros: ofrecer el mejor servicio posible (para que el cliente siga asegurado) al menor coste (para obtener beneficios). Todos, desde el médico de medicina general, al inspector, a cada uno de los especialistas, están alineados dentro de este sistema. Claro, habrá fallos, como en cualquier organización humana, pero los incentivos los empujan en la buena dirección. Esta familia nos cuenta cómo las confirmaciones a las pruebas se dan por teléfono o internet y apenas unos minutos después de solicitarlas. Las citas se distribuyen para que sean más cómodas para el cliente y eficientes para el hospital: por ejemplo, si tienen unas pruebas y es posible, les citan a las 10.00 para hacérselas, a las 10.30 para darles los resultados y a las 11.00 para que vean al doctor que les dará la receta. El paciente está satisfecho (pierde una mañana, no tres) y la aseguradora, encantada (es mucho más barato hacerlo así).

Mientras, el sistema público es presa de sí mismo. El pediatra, el alergólogo, el inspector… Todos los protagonistas de esta historia hicieron lo que debían, seguir el procedimiento. Y éste está diseñado para controlarles. El objetivo no es tener contento al paciente (aunque la mayoría de los profesionales se esfuerzan porque así sea), sino cumplir con un modelo diseñado desde arriba. Nadie tiene tampoco ningún incentivo en cambiar un proceso que se demuestre ineficiente, ¿qué gana un médico enfrentándose a su superior por una receta? ¿Qué le importa a un gerente de un centro de salud si un usuario está descontento? La sensación es que las personas son buenas en su trabajo; el sistema, nefasto.

Y no es sólo cuestión de hospitales o médicos. Pensemos en los pacientes y en sus propios incentivos. Esta familia tiene ciertos copagos en su seguro para servicios especiales. Plantear esto en la sanidad pública sería motivo de excomunión para cualquier político español.

Por otro lado, ¿tiene sentido que a este matrimonio (que afortunadamente tiene recursos económicos) le salga totalmente gratis esta leche especial? ¿Por qué todos los jubilados, ya sean millonarios o cobren la pensión mínima, tienen el mismo descuento en los medicamentos? ¿Podemos mantener este sistema?

La sostenibilidad financiera de la sanidad pública es uno de los grandes retos que tenemos por delante como sociedad. Los costes serán crecientes por el envejecimiento de la población: los estudios apuntan a que en el año 2025, tratar a un paciente de menos de 65 años costará unos 2.200 euros (a precios constantes de 2010). Para los que tengan entre 65 y 79, esta cantidad se multiplica por cuatro, hasta los 8.570 euros. Para los que tengan entre 80 y 94 años, el coste será de 15.000 euros (siete veces más que al paciente convencional). Y para los mayores de 95 el coste será de 28.500 euros (catorce veces más).

No existe una solución fácil. Pero sí hay muchas opciones para que los incentivos de los involucrados en el sistema público estén mejor alineados: permitir a los pacientes escoger doctor y retribuir a estos en función de la valoración de aquellos; dar libertad a hospitales y centros de salud públicos para organizarse y controlar sus procesos, y premiarles según sus resultados sanitarios y económicos; mejorar la colaboración con las aseguradoras privadas, para beneficiarse de los recursos que éstas emplean (creerse sus pruebas, por ejemplo); incentivar al usuario a que no malgaste los recursos,… Eso sí, hay que dejarle claro al ciudadano que no hay una receta mágica. De hecho, sería un milagro que la consiguiésemos en menos de los cuatro meses que tardó esta familia en tener la suya.

Querer es poder y no querer es no poder

Ayer, jueves 3 de marzo, el Instituto Juan de Mariana coorganizó en la Fundación Rafael del Pino, el Free Market Road Show, una reunión de economistas, periodistas, asesores políticos, etc., dispuestos a reflexionar sobre diferentes aspectos de la lucha por la libertad. Tuve la enorme fortuna de estar en la misma mesa que el director del Instituto Juan de Mariana y compañero de tertulia, Juan Ramón Rallo, Carlos Rodríguez Braun y José Piñera. Éste último expuso el funcionamiento del sistema de pensiones chileno y las razones que explican sus más de treinta años de éxito.

Una de las cuestiones que más me llamó la atención fue que Piñera se mostró asombrado porque los españoles ante quienes explica su sistema, después de entender perfectamente la teoría, el funcionamiento, etc., invariablemente afirmaban: "Esto en España no es posible". Efectivamente, esa contestación encaja perfectamente en boca de cualquier español, de cualquier filiación política. Pero esa frase no solamente es imaginable en un español al contarle las bondades de un sistema de pensiones de capitalización frente a uno de reparto. Cualquier proyecto que implique un mayor protagonismo de las decisiones individuales se encuentra con un "Esto en España no se puede hacer".

La solidaridad no estatalizada: no se puede. Los españoles acudimos a las urnas para votar que nos quiten la mitad de nuestro medio de vida para que otros decidan a quién dárselo, pero estamos convencidos de que cada uno de nosotros dejaríamos morir al otro en mitad de la calle.

La educación libre: no se puede. Los padres pueden no ocuparse suficientemente de los hijos. El Estado, por el contrario, sabe qué necesitan tus hijos mejor que tú.

La lucha por la igualdad ante la ley de todos los seres humanos: solamente el Estado puede hacerse cargo. Las mujeres, por ejemplo, por si solas no son suficientes, necesitamos al Estado. Y así, todo. Y cuando algún entusiasta defiende un proyecto viable se encuentra con un torrente de voces que aseguran que no se puede. En España, no, no se puede.

Y José Piñera, el auténtico cartero de Neruda como explicó John Müller en la presentación, sonreía mientras señalaba los más de treinta años de éxito del sistema que aquí, al parecer es imposible, no se puede, va a ser un fracaso…

Así es como nos perdemos la oportunidad de asegurar el futuro de nuestros mayores, la justa retribución tras una vida de trabajo, y consentimos que nuestros políticos jueguen a proponer cambios en los parámetros relevantes en la fórmula que se utiliza para calcular las pensiones, sin que cambie el mal de raíz. Eso es el socialismo de todos los partidos, el que reclama y levanta la bandera por cosas que en realidad aniquila: los pobres, los ancianos, la educación de los niños, la sanidad y, como estrella, la justicia. De hecho, el socialismo de todos los partidos ha creado instituciones esenciales, supuestamente para asegurar la independencia de la justicia, la constitucionalidad de las normas, etc., como el Tribunal Constitucional, el Consejo General del Poder Judicial, el Tribunal de Cuentas y nos hemos creído que con eso bastaba. La triste realidad es que ninguna de esas instituciones medulares de justicia se caracteriza por un funcionamiento saludable. Y cuando uno se decide a crear un grupo de estudio, con la intención de que su finalidad última sea eminentemente práctica, para proponer reformas que faciliten el buen funcionamiento de estas instituciones, se encuentra con el mantra de siempre "En España no es posible".

Pues se puede. Se puede disfrutar de un sistema de pensiones liberal. Se pueden modificar los incentivos perversos en las instituciones. Se puede analizar la función de preferencia de los funcionarios, en concreto, los magistrados, para que les merezca más la pena comportarse honestamente que permitir que haya un sesgo político en su toma de decisiones. Solamente hay que ponerse. Y, sobre todo, hay que querer ese cambio. 

Hollywood se rinde al libre mercado

VIH, años 80, homosexuales… En principio, cualquiera diría que es un telón de fondo perfecto para desplegar un mitin cinematográfico a la medida de la causa progresista. Sin embargo, en Dallas Buyers Club sucede algo semejante a Capitán Phillips, donde una ambientación patriotera-conservadora esconde un mensaje bastante progresista. Esto es, una de las grandezas –de las muchas- de Dallas Buyers Clubes es que, mientras la portada del mensaje parece progresista, en verdad nos introduce subrepticiamente pero de modo altamente efectista un ideario radicalmente liberal y libertario.

Así, poco a poco, la película se va definiendo en torno a una batalla: la de los enfermos de VIH frente al Gobierno y la FDA. Dicho de otro modo: la lucha por una cura que sólo se encuentra con la luz de la valiente antorcha de la libertad que el Gobierno desea apagar. Y en el fondo trata de eso, de la libertad sanitaria y de su poder de salvación de los marginados enfermos de VIH de los años 80, si cabe más destacable en una ciudad tan conservadora como Dallas.

El film presenta, de manera tan sorprendente como hiperrealista, un alegato en múltiples frentes en defensa del libre mercado frente a la intervención del Gobierno en la medicina. Y es que los gays no necesitan el mismo e igualitarista trato de una medicina intervenida y regulada, sino que merecen el mejor trato de una medicina de libre mercado. La opción progresista para resolver los problemas de los homosexuales sólo sirve para una cosa: para ser echada por la borda.

En su contundencia, Dallas Buyers Club avanza en metraje cual apisonadora de lugares comunes. Por ejemplo, presenta la medicina estadounidense como lo que realmente es: una medicina regimentada hasta niveles casi soviéticos. También, por ejemplo, ataca la idea de que el VIH es una enfermedad de homosexuales. Su protagonista, Ron Woodroof, encarnado por Matthew McConaughey, es heterosexual y padece VIH.

Ron no deja de ser una suerte de John Galt que hace avanzar el mundo con su aguerrido espíritu anti-Gobierno y empresarial. En su búsqueda de remedios efectivos frente al VIH, tiene que viajar a lo largo del mundo, dado que los bienes (las medicinas) por desgracia no cruzan libremente las fronteras. El libre mercado no sólo se demuestra lenitivo y atenuante del dolor y la enfermedad sino también de la homofobia: Ron, inicialmente homófobo, aprende la tolerancia hacia los homosexuales en su Buyers Club para ayudar a personas con VIH (el libre mercado como epítome de la apertura y la sociabilidad). Así, los hechos se entrelazan cual cuerdas (la económica, la sexual, la civil-social…) para anudar un fuerte nudo: el de la libertad como una sola e indivisible.

O pensemos por un momento en un acto puro de libre mercado como es la solidaridad: una pareja de homosexuales mayores donan una casa para que los buyers club que ayudan a las personas con VIH puedan sostenerse. Todo mientras el Gobierno persigue estas acciones heroicas.

Que la FDA o las agencias públicas sanitarias existen por nuestro bien es un eslogan que aquí se estrella en la cara de los intervencionistas como un boomerang. ¿Es mejor una muerte legal y aprobada por la FDA que vivir sin la aprobación de la misma? La competencia sí resulta brutal en el film al menos en una cosa: ¿quién de los dos es más asesino, el SIDA o el Gobierno?

Si el Gobierno se supone garante de nuestra seguridad, en Dallas Buyers Club el Gobierno ofrece algo seguro: una muerte lenta por tortura a los enfermos de VIH en su sistema farmocrático.

Ataviada con una falsa apariencia progresista, Dallas Buyers Club en realidad nos vende la mejor medicina posible. La de la libertad.

@AdolfoDLozano / david_europa@hotmail.com

El cigarrillo electrónico acabará con el tabaco

El tabaquismo está condenado a desaparecer a largo plazo, o, cuando menos, sus nocivos efectos sobre la salud se verán reducidos de forma drástica en las próximas décadas, lo cual, sin duda, supondrá una auténtica revolución en materia sanitaria, pero también a nivel industrial y de consumo. No es ciencia ficción. Ya está pasando, y la tendencia es imparable.

Este sueño, impensable hace apenas unos años, no se debe al agresivo intervencionismo estatal ni al abyecto prohibicionismo que propugnan los hipócritas moralistas de medio pelo que engrosan las filas del socialismo imperante. No. Si el impacto negativo del tabaco baja en los próximos años no será en ningún caso gracias al Estado y sus perversos aduladores, sino, muy al contrario, gracias al mercado y sus beneficiosos mecanismos de interacción libre y voluntaria.

La revolución en cuestión se llama cigarrillo electrónico (e-cig), un invento empresarial que, pese a su reciente creación -nació hace apenas una década-, se está extendiendo rápidamente entre los fumadores, cosechando unos resultados espectaculares. La clave de su éxito es simple: ofrece lo mejor del tabaco -hábito, sensación de calada y el chutede la nicotina-, pero desechando la larga lista de ingredientes peligrosos que contiene el cigarrillo convencional.

No todo el mundo desea dejar de fumar, por mucho que les duela a los ingenieros sociales que tanto gustan de imponer su voluntad a los demás; pero, puesto que enfermar no es plato de buen gusto para nadie, muchos ven el e-cig como una alternativa ideal para mantener su hábito sin que ello les cueste a la larga la salud. La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que hay más de 1.000 millones de fumadores en el mundo, y que el tabaco causa 5 millones de muertes cada año. Esta última cifra es cuestionable, dada la escasa credibilidad de dicha entidad, pero existe un amplio acuerdo acerca de los perjuicios que genera el tabaquismo a largo plazo.

Sea como fuere, lo indiscutible es que, hoy por hoy, no hay ni un sólo fallecimiento atribuido al consumo de e-cig. Y ello pese a que se calcula que ya existen unos 500 millones de vapeadores en el mundo -unos 800.000 en España-. Muchos dirán que es pronto para sacar conclusiones, dada su reciente implantación, pero lo cierto es que no hay estudios que demuestren lo contrario.

Hace escasos días saltó a los medios el primer caso de neumonía diagnosticado en España por consumo de e-cig -el segundo en todo el mundo-. Muy pocos repararon en el detalle de que se trataba de un "fumador importante", que estaba ingresado en el hospital por motivos distintos y que durante su estancia llegó a consumir "hasta cinco cargas diarias" de este producto, lo cual es una barbaridad. Pero es que, además, según los médicos que le atendieron, la causa de su neumonía lipoidea era la glicerina vegetal que contiene el cigarrillo electrónico.

La cuestión es que otros profesionales, como el doctor Konstantinos E. Farsalinosinvestigador jefe del Centro de Cirugía Cardíaca Onassis, desmintieron categóricamente esta posibilidad. "El glicerol es un elemento de la familia de los alcoholes, no un lípido, y, por tanto, es imposible que sea el responsable de la patología, incluso aunque se hubiera aspirado en forma líquida. Eso sería violar las leyes de la química". Es decir, hay otras probables causas.

No es el único. El prestigioso médico Michael Siegel, profesor en el Departamento de Ciencias de la Salud en la Universidad de Boston y con una larga experiencia en la lucha contra el tabaco, desmiente, punto por punto, el único informe que relaciona el consumo de glicerol con la neumonía lipoidea, elaborado por el German Cancer Research Center. De hecho, curiosamente, el primer caso de neumonía que se atribuyó al e-cigfue desmentido poco después, tras descubrirse que la enfermedad fue provocada por el uso de un inhalador de albuterol (Ventolín).

Uno de los contadísimos estudios científicos al que, hoy por hoy, se pueden agarrar los enemigos del e-cig -aunque nunca lo citan- fue publicado en 2012 por la Universidad de Atenas, y lo único que se demuestra es que el uso de un cigarrillo electrónico durante 10 minutos aumenta la resistencia de las vías respiratorias, sin que ello suponga ningún tipo de daño pulmonar. De hecho, respirar aire húmedo tiene el mismo efecto, y no por ello las autoridades gubernamentales y sanitarias se plantean restringir el número de habitantes en Galicia, donde la humedad es norma.

El profesor Siegel, por el contrario, demuestra en otro informe que vapear "no produce cantidades detectables de sustancias tóxicas y cancerígenas en el aire de un espacio cerrado", concluyendo incluso que "podría ser más insano respirar aire en las grandes ciudades en comparación con permanecer en la misma habitación con alguien que está vapeando". Recuerden que este experto no es, precisamente, un amante del tabaco y las tabaqueras.

Por si fuera poco, ninguno de los escasos estudios que ponen en duda ele-cig afirman que su consumo pueda tener efectos potencialmente adversos a largo plazo. Los informes acerca de la inocuidad de vapear, sin embargo, son numerosos. Y aunque se demostrara que no es saludable, hasta los científicos más descreídos se ven obligados a reconocer que vapear es mucho más sano y seguro que fumar.

Así pues, el alarmismo que se ha creado acerca de este producto es puro humo -del malo-, una vil argucia orquestada por aprendices de dictador para lograr su perverso objetivo, que no es otro que equiparar el e-cigal tabaco para, de este modo, poder restringir su consumo en lugares públicos y, sobre todo, gravar con onerosos impuestos su venta.

En el fondo, lo que hay detrás de esta campaña difamatoria no es otra cosa que la defensa de los grandes intereses creados en torno al sector del tabaco: tabaqueras y estanqueros quieren regular el e-cig porque bien saben que es competencia directa y, de seguir así, acabará con su negocio; las farmacéuticas, por su parte, han invertido mucho dinero en productos para dejar el tabaco frente a la alternativa fácil y eficaz del vapeo; reguladores y asociaciones de todo tipo no quieren perder sus suculentas y generosas subvenciones para combatir el tabaquismo; y el Estado, cómo no, también muestra reparos, dado que, al fin y al cabo, el hábito que dice rechazar le reporta más de 10.000 millones de euros al año en recaudación de impuestos.

No se equivoquen. Las suspicacias y falsedades que se vierten y seguirán vertiendo sobre el cigarrillo electrónico no buscan en ningún caso el bienestar de la población. La salud es la manida excusa que emplean los intervencionistas de todo pelaje y condición para sacar tajada del mal ajeno. La guerra contras las drogas y el tabaco son un claro ejemplo de ello. El Estado ha fracaso estrepitosamente en ambos ámbitos, causando, además, un elevado número de muertes y daños colaterales, cuyo volumen exacto es difícil determinar.

En España, por ejemplo, pese a contar con una de las leyes más prohibicionistas del mundo y una fiscalidad que ronda el 85% del precio final de cada cajetilla, el 30% de la población adulta y casi el 25% de los jóvenes sigue enganchada al tabaco, superando la media de la UE. España es el cuarto país europeo donde más se fuma, la Ley Antitabaco no ha logrado reducir este hábito y la masiva subida de impuestos que ha sufrido el tabaco tan sólo se ha traducido en un aumento exponencial del contrabando.

El e-cig, por el contrario, está destinado a convertirse en una alternativa mucho más saludable y barata que el tabaco, de ahí su crecimiento. Algunas estimaciones ya apuntan a que el número de vapeadores acabará superando al de fumadores en el plazo de una década, al menos en la mayoría de países desarrollados, salvando con ello millones de vidas, tal y como afirma Robert West, director de estudios del tabaco de la Universidad College de Londres.

Las limitaciones que pretenden imponer los colectivistas tan sólo lograrán frenar este beneficioso efecto, ya que buscan encarecer fuertemente este producto (impuestos) y restringir su uso, dificultando con ello el surgimiento de nuevas y eficaces mejoras en el mismo. Y ello bajo la absurda excusa de que la nicotina es adictiva, como tantos otros productos (naturales y farmcéuticos), si bien olvidan señalar que no es cancerígena.

Tal y como denuncia la plataforma Iniciativa Europea por el Vapeo Libre, creada para recabar firmas en toda la UE, la batalla acaba de comenzar. "Los vapers hicieron una adulta, responsable y privada decisión cuando eligieron esta joven, pero efectiva, alternativa que les permitió dejar o reducir un mortal hábito que se cobra cientos de miles de vidas cada año […] Cualquier intento de regulación de los cigarrillos electrónicos ha de interpretarse como una seria amenaza contra los derechos individuales y la esfera privada". Amén.

La Pirámide del Gobierno

 “Es difícil imaginar una manera más estúpida o peligrosa de tomar decisiones que poniendo esas decisiones en las manos de gente que no pagan ningún precio por estar equivocados”.

Thomas Sowell.

Cuando el científico David Kritchesky afirmó en los años 80 que “en América no tememos más a los comunistas o a Dios, tememos a la grasa”, reveló una verdad profunda. La América de Ronald Reagan, mientras asistía al desmoronamiento del Muro de Berlín, cimentó las bases grasofóbicas de una de las más poderosas creaciones del Gobierno americano: su Pirámide.

Mientras la oveja Dolly marcaba uno de los grandes hitos de la ciencia de finales del siglo pasado y la gran voz de Freddy Mercury se apagaba para siempre, la página de nuestros calendarios señalaba que nos encontrábamos en 1991. La nueva religión del bajo en grasas y alto en carbohidratos ya por aquel entonces daba cabida en su credo a la inmensa mayoría de estadounidenses y occidentales, especialmente tras la publicación de los textos sagrados de los Dietary Goals en 1977 por parte del Gobierno.  Que aquellos Dietary Goals se promulgaran, por cierto, seis días antes del traspaso de poderes presidenciales de Gerald Ford a Jimmy Carter tuvo un doble significado: el oficial cambio radical de paradigma nutricional y un trágico consenso de republicanos y demócratas por implantar la nueva fe pagana.

En aquel proceso de implantación gubernamental, 1991 fue un año importante. Y lo fue porque el Departamento de Agricultura de EEUU (en adelante, el USDA) comenzó a diseñar lo que sería el fruto más acabado de aquella gesta intervencionista: la Pirámide Alimentaria.  Para aquella tarea, el entonces gobierno de George H. Bush había designado a Edward Madigan como cabeza de la Secretaría de Agricultura. Tal como cuenta Denise Minger en Death by Food Pyramid, como si de un elefante en una cacharrería se tratara, Madigan entró en el cargo sólo dos semanas después de conocer a través de la prensa que el USDA tenía la tarea de reformar la primera pirámide provisional promulgada ese mismo año.

En el fondo, la mera idea de que había que reformar aquella primera pirámide alimentaria sólo producía sospecha: probablemente los lobbies estaban detrás. Como era de esperar,  la Asociación Nacional del Ganado se sintió maltratada por ocupar un muy pequeño hueco en la Pirámide. La industria láctea, otro tanto. Visualmente, mientras la carne y los productos animales parecían quedar relegados al cuarto de atrás que nadie enseña de la casa, los cereales disfrutaban del espacio del salón-comedor principal.

Pocos días antes de que Madigan se reuniera con la industria de la carne, el New York Times añadía más leña al fuego atacando a los productos animales. El fervor grasofóbico de la masa americana se crecía por momentos, y los lobbies pro vegetarianos se hicieron fuertes solicitando la eliminación de la carne por completo de la Pirámide. En medio de aquel partido, había algo que sin duda le resultaba evidente al ciudadano medio: el Gobierno parecía antes rehén de los grupos de presión que servidor del pueblo americano.

Pero el problema real era de partida. Como afirma Marion Nestle en su libro Food Politics, “el USDA es el responsable de la agricultura. Ése es su trabajo. La nutrición no es su trabajo”.  Poco después, Nestle recibió múltiples cartas anónimas de trabajadores del USDA que confirmaron que aquella pirámide estaba siendo confeccionada por los grupos de presión.

Después de un año, cientos de borradores de la nueva pirámide y casi 1 millón de dólares de los contribuyentes, se lanzó al mundo entero la nueva pirámide alimentaria del USDA. Era abril de 1992. Realmente la nueva no difería mucho de la anterior: espaguetis en lugar de macarrones, un tipo de queso algo distinto y la eliminación del cartel ‘Come correcto’ por petición de la compañía Kraft que usaba aquel eslogan.  Es decir, cambios cosméticos que podría haber hecho un niño de 5 años en pocos minutos. Pero el sermón no cambiaba en lo fundamental: la Tierra Prometida estaba pavimentada no de asfalto, sino de cereales.

Aquella pirámide fue sin duda algo: un inequívoco triunfo del proceso político, que acabó con la variante anterior y de paso con la salud de millones de occidentales. El nuevo menú que prometía pantalones de menor talla y arterias más limpias no dejó, sin embargo, de cosechar críticas. Candy Sagon del Washington Post afirmó que “Los egipcios construyeron pirámides para las personas muertas. Ahora, el USDA elige la pirámide como guía alimentaria. ¿Hay aquí un mensaje?”. Cuando en 1994 el Journal of American Dietetic Association pretendió ayudar a los norteamericanos a poner en práctica aquella pirámide alimentaria, le hizo un flaco favor al USDA y al propio Gobierno: aquella terrible pirámide resultaba cualquiera cosa menos racional. Las patatas fritas o el ketchup contaban como vegetales. Aquel ridículo público consiguió que muchos nutricionistas se dieran de baja de aquella revista científica empeñada en seguir los dictados absurdos del Gobierno.

No obstante, cualquier intento de resistencia fue inútil. La nueva religión del bajo en grasas alto en carbohidratos simbolizada bajo el estandarte de la Pirámide del Gobierno tuvo un marketing arrollador. Y no era para menos: contaba con el pozo sin fondo de los bolsillos de los contribuyentes para financiarse. Como un consumidor proclamó en un grupo de estudio de los Dietary Guidelines: “La pirámide alimentaria fue parte de mi vida cuando crecí. Estaba en mi cabeza cada vez que elegía un alimento”. Desde etiquetas de alimentos, juegos infantiles, posters…, la victoria ideológica de la Pirámide se gestó a base de omnipresencia. Incluso las escuelas fueron obligadas a enseñar como el Padre Nuestro aquella Pirámide antes de pasar por la cafetería con pizzas y pasteles de manzana.

El nuevo proyecto de ingeniería social, hecho más a base de carbohidratos y política que de otra cosa, llegaba para quedarse. Pero el proceso había comenzado antes de que se pusiera la primera piedra de la nueva Pirámide. Mucho antes.

@AdolfoDLozano/ www.juventudybelleza.com

La sanidad sí debe ser un negocio libre y lucrativo

Es común escuchar que la sanidad no puede privatizarse por tratarse de un servicio demasiado importante en nuestras vidas; que la sanidad no ha de ser un negocio sino un servicio público y, por tanto, no debería moverse por el ánimo de lucro, sino en la preocupación por las necesidades del paciente. Algunos incluso llegan al extremo de afirmar que la sanidad pública por fuerza ha de ser más barata que la privada, en tanto nos ahorramos el margen de beneficios. Sin embargo, ninguna de estas afirmaciones tiene demasiado fundamento: y es que, justamente por ser la sanidad tan importante, deberíamos permitir una pujante experimentación descentralizada entre distintos modelos organizativos (libertad en el lado de la oferta) que fueran validados o rechazados por un cliente con capacidad real de decisión (libertad en el lado de la demanda).

La sanidad, un negocio

A la postre, un negocio es tan sólo eso: una forma de organizar los factores productivos para ofrecerle al cliente un conjunto de servicios a un determinado precio. Si los costes asociados a esa organización de los factores son inferiores al valor que les atribuye el cliente, entonces ese modelo de negocio obtendrá ganancias, lo que indicará que, hasta el momento, ha sido una organización acertada; si, en cambio, el coste de la organización es superior al valor que le atribuyen los clientes, acumulará pérdidas, lo que indicará que debe reinventarse. A su vez, si un determinado modelo de negocio obtuviera ganancias gigantescas y extraordinarias (esto es, si fuera capaz de producir un servicio muy valioso a un coste muchísimo más bajo que la competencia), estaría señalizando a sus rivales que ésa es la manera óptima de proveer el servicio, procediendo éstos a emularla en un movimiento que tendería a mejorar la calidad del servicio y a abaratar su coste. No en vano, allí donde predomina la libre competencia entre proveedores sanitarios, los resultados en términos de rebaja de costes y de mejora de la calidad son simplemente espectaculares.

Que la sanidad española no sea un sector abierto a la competencia —o, mejor dicho, que sólo esté muy limitadamente abierto a la competencia para aquellos clientes con renta disponible suficiente para pagarse un centro privado después de soportar la mordida fiscal— no modifica que siga requiriendo de un modelo organizativo que busque mejorar el servicio y abaratar el coste. Tan sólo destroza los incentivos y los mecanismos de realimentación con los que sí cuenta un sistema abierto, descentralizado y competitivo frente a uno cerrado, centralizado y monopolizado. En la sanidad pública no son los empresarios con buenas ideas los que se estrujan los sesos para montar una clínica o un hospital que encaje bien con las exigencias de servicios y de coste de sus clientes, sino que es el burócrata de turno —rodeado de decenas de grupos de presión, cada cual con sus intereses regulatorios particulares— quien de manera solipsista debe organizar todo el sistema sanitario para imponer sus gustos y sus preferencias particulares sobre las de los usuarios finales. A saber, el usuario de la sanidad es el último mono a la hora de decidir cómo organizarla: éste sólo tiene la opción de pagar y callar, aceptando estoicamente la gestión arbitraria que el burócrata efectúa con el dinero que le extrae forzosamente.

La implicación de todo ello es obvia: ¿qué incentivos posee un burócrata sanitario en reducir costes alterando un modelo organizativo que incluso él mismo puede juzgar como caduco? ¿Qué presión siente a buscarse problemas batallando con los lobbies que se lucran de una particular organización del sistema —personal, proveedores, cargos intermedios, competidores, etc.— cuando puede vivir plácida y cómodamente manteniendo el modelo en su forma actual e incluso incrementando el gasto público en beneficio de todos los lobbies y en perjuicio del contribuyente? Ninguno: el sistema público se mueve por la inercia de los intereses creados, no por la soberanía del usuario. Al final, pues, la cuestión es sencilla: ¿queremos un sistema sanitario (público) al servicio de burócratas y grupos de presión o un sistema sanitario (privado) al servicio del paciente?

Por supuesto son muchos quienes sostienen que la competencia en materia sanitaria nos abocaría a un sistema controlado por grandes grupos empresariales cuyo único propósito sería el de recortar la calidad del servicio para encarecer su precio. Un escenario catastrófico que no sólo es mucho más probable que se reproduzca dentro de un sistema público (élites extractivas que viven a costa del usuario), sino que paradójicamente no sucede en aquellos tramos del mercado sanitario que sí exhiben una cierta libertad (libertad de entrada para el proveedor y libertad de elección del proveedor para el paciente): son pocos los que seguramente se atreverán a sostener seriamente que los oftalmólogos privados o que los dentistas (servicio sanitario privatizado en un 97% en España) se han asociado oligopolísticamente para imponernos tarifas desproporcionadas por servicios deficientes. Es más, aquellos pocos que se atrevieran a articular semejante razonamiento estarían siendo engañados por la nula visibilidad de los costes del sistema sanitario público: por ejemplo, en los últimos 15 años el gasto por paciente en la sanidad pública se ha incrementado a un ritmo que casi duplica el aumento del gasto por usuario en los dentistas. Somos conscientes de lo que nos cuesta lo segundo (hay precios de mercado), pero no lo somos de cuánto nos cuesta lo primero (no hay precios de mercado): y sin embargo pagamos ambos servicios (uno voluntariamente, otro coactivamente).

Los beneficios de la sanidad privada

De hecho, el argumento de que la sanidad pública por necesidad ha de ser más barata que la privada en tanto en cuanto nos ahorramos el margen de beneficios del proveedor no resiste el más mínimo análisis crítico. Primero porque es deshonesto obviar que en la sanidad pública también existe ánimo de lucro: el lucro que de ella obtienen las élites extractivas —burócratas y lobbies— a costa de los paganos contribuyentes. Cuando el personal sanitario protesta por una rebaja del 5% de su sueldo, está exhibiendo un más que flagrante ánimo de lucro salarial; cuando el político de turno promete aumentar el gasto en sanidad, está exhibiendo un populista ánimo de lucro electoral. En ambos casos, el coste de su lucro se descarga coactivamente sobre el contribuyente.

Pero, segundo y principal, por ignorar el concepto de beneficio económico. Todo beneficio está integrado por dos categorías: la remuneración del capitalista que ha financiado la inversión empresarial y las ganancias extraordinarias derivadas de ofrecer un servicio superior al de la competencia (mejor al mismo precio o más barato con la misma calidad). Es obvio que la existencia de ganancias extraordinarias no encarece sino que abarata el servicio sanitario: un proveedor gana más dinero porque descubre un modelo organizativo con el que maximiza calidad minimizando costes. Es precisamente esta rivalidad dinámica entre oferentes lo que consigue de manera proactiva impulsar la innovación empresarial y tecnológica. Por tanto, el único componente que podría encarecer la sanidad privada frente a la pública es la remuneración exigida por el capitalista para financiar la inversión inicial y la reinversión de su capital.

Sucede que en España la función de capitalistas financiadores se ha socializado entre todos los contribuyentes: somos todos los que, habiéndosenos arrebatado un capital que alternativamente podríamos haber ahorrado y rentabilizado, hemos tenido que sufragar la construcción de hospitales o clínicas. Dado que no estamos percibiendo una remuneración específica por ese capital —lo tenemos inmovilizado y no nos renta nada—, no es que la sanidad pública rebaje el coste, sino que se lo impone al contribuyente. Dicho de otro modo: si forzáramos a los médicos a trabajar gratis, ¿estaríamos abaratando la sanidad o estaríamos trasladándoles casi por entero su coste a los médicos?

Huelga reiterar lo obvio: que un mercado sanitario libre sólo puede funcionar correctamente si es un mercado libre. Y los mercados libres requieren de libertad tanto por el lado de la demanda como por el lado de la oferta: requieren libertad para que sea el paciente quien gestione su gasto (en lugar de que lo gestione el político) y requieren libertad para que cualquiera pueda presentar ante los usuarios su propuesta de valor. Por eso, modelos sanitarios muy parcialmente libres como el de EEUU (donde, debido a los perversos incentivos fiscales, el gasto sanitario está socializado en un 90%: el 45% lo maneja el Estado y el 45% las aseguradoras) o un modelo europeo de concesiones administrativas (donde no es el consumidor el que elige a su proveedor sanitario, sino que el burócrata de turno le sigue quitando su dinero para otorgárselo discrecionalmente al lobby de turno) pueden fracasar estrepitosamente (la demanda no disciplina a la oferta, sino que ésta se sigue imponiendo sobre la demanda).

La sanidad española debería privatizarse completamente; no a través de concesiones administrativas, sino suprimiendo al menos el 80% del gasto sanitario público para así poder rebajar los impuestos en al menos 50.000 millones de euros actuales (el equivalente a, por ejemplo, eliminar el IVA): la inmensa mayoría de ciudadanos podrían costearse su propia sanidad y aquellos sin recursos incluso podrían verse protegidos por una red de asistencia estatal que, verbigracia, permitiría atender al 20% de los ciudadanos en caso de que su renta fuera insuficiente (con una reforma más amplia del Estado de Bienestar, ni siquiera esta red sería probablemente necesaria, tal como explicaré en mi próximo libro Una revolución liberal para España). Es verdad que, por desgracia, la transición a este nuevo modelo no podría ser inmediata y su completitud tomaría varios lustros, pero no hay motivos para no emprenderla de inmediato con valentía. Por desgracia, nadie en el PP y en el PSOE posee los principios, las convicciones y el aplomo para ello. Prefieren seguir medrando a nuestra costa.

Hacia una dieta de la libertad

"La raza humana se divide políticamente entre aquéllos que quieren que la gente esté controlada y los que no".

Robert Heinlein.

En 2010, el New York Times publicó un reportaje sobre la paleodieta o dieta tipo paleolítica en el que describía a los integrantes de este movimiento nutricional como "jóvenes, individualistas y liberales".

Por qué tantos paleos conectan con el liberalismo y tantos liberales y libertarios se interesan por la paleodieta en el fondo no es nada extraño. Antes al contrario, parece natural. Y lo parece si tenemos por ejemplo en cuenta que las dietas oficiales de donde nacieron las pirámides alimenticias oficiales lo hicieron de un acto de intervención política y gubernamental. Concretamente en 1977, con los Objetivos Dietéticos del Gobierno de EEUU. Tanto demócratas como republicanos hicieron su parte y los políticos de aquel país sellaron a fuego una alianza con unas industrias poco o nada "paleolíticas": las del trigo, soja y maíz, entre otras.

Todo esto tuvo como antecedentes una pugna en el campo científico. En concreto, la del estadounidense Ancel Keys -enemigo de las grasas y apasionado de los carbohidratos- contra el mundo entero. Fue el anglosajón Keys –también anglosajón fue el antiliberal Keynes- quien acalló como pudo la teoría de y contra los carbohidratos que provenía de la Escuela Austrogermana de medicina –Keynes hizo lo propio con la liberal Escuela Austriaca de Economía-. Además, ambas pugnas tuvieron lugar en la misma época: en la etapa posterior a la II Guerra Mundial. El socialismo del anglosajón Keynes y el procarbohidratos del anglosajón Keys triunfaron académicamente tras la II Guerra Mundial, a pesar de que los paleos/anticarbohidratos y los liberales sintieron que aquella victoria fue un fraude intelectual.

Los liberales desdeñan al Gobierno, y éste ama los carbohidratos. El 95% de los subsidios alimentarios del Gobierno de EEUU va a la agricultura, no a la ganadería. Una sociedad ganadera es más independiente e individualista que una agrícola: es fácil tener una pequeña granja o unos animales propios, pero no lo es tener un campo de cereales para cada habitante del campo. Por eso, el Gobierno adora la industria agrícola, porque su deseo de controlar a la población a través de los monopolios agrícolas (recordemos la alianza sellada) es más factible.

El vegetarianismo, en las antípodas del movimiento paleo, encumbra la agricultura sobre la ganadería, claro, y se alinea con frecuencia con movimientos que desean un Gobierno Grande: los antiglobalización y anticapitalistas. Los liberales, que deslegitiman al Gobierno, tienen por naturaleza un difícil encaje intelectual con el vegetarianismo oficial.

Los liberales y libertarios desprecian al Gobierno porque creen en el orden espontáneo y los mercados libres. Los paleos reconocen que el ser humano es fruto de la evolución y éste debe ir adaptándose a los distintos ambientes. Libertarios y paleos consideran que alejarse del natural y espontáneo proceso de evolución y adaptación supone una amenaza para nuestra propia civilización: el progreso socioeconómico se frena y el progreso del cuerpo humano se estanca.

Los paleo y los liberales confían en el individuo y asumen su responsabilidad personal. Ambos son curiosos, y generalmente llegan al liberalismo y a la nutrición paleo por una investigación y lecturas personales al margen de los dictados oficiales. Ni en escuelas ni en universidades –sobre todo las públicas comandadas por el Gobierno- apenas se enseña liberal-libertarismo ni nutrición paleo. Más bien, todo lo contrario. Además, los paleos y los liberales tienen su principal foco de difusión en el mismo lugar: internet. Por antonomasia un sitio muy libre y poco regulado, donde el Gobierno está –aún- muy al margen.

Los paleos se beneficiarían de una sanidad libre y desregulada: obtendrían primas mucho más ventajosas de sus seguros por estar sanos. Y los liberal-libertarios se beneficiarían de una nutrición paleo: estarían más sanos y practicarían cierta contraeconomía gubernamental (al decantarse como consumidores por alimentos menos subvencionados). Y ambos grupos ganarían adeptos del otro grupo.

Si eres paleo, te animo a interesarte por las ideas de la libertad. Y si eres liberal, lo congruente es que comas de acuerdo con tus ideas.

Si la libertad es una cosa, es la disolución de los monopolios. Acabemos con el monopolio del Gobierno paternalista y el monopolio de los carbohidratos. Porque no puede haber verdad sin libertad.

@AdolfoDLozano /david_europa@hotmail.com.

Obamacare, o por qué el Gobierno no funciona

El elevado número de demócratas que acudió a las urnas de 2012 sorprendió a muchos que, como un servidor, preveíamos unas elecciones bastante más ajustadas. Una de las principales causas fue la extraordinaria infraestructura informática con la que contó la campaña de Obama, capaz de localizar votantes e individualizar los mensajes que les llegan, además de ayudar a los voluntarios en sus esfuerzos por movilizar a los votantes en los días antes de las elecciones, el momento crucial. Después de este extraordinario logro técnico y humano, el Gobierno de Obama está sufriendo posiblemente sus peores días por el pésimo funcionamiento de la web healthcare.gov, central para la reforma sanitaria conocida popularmente como Obamacare.

¿Cómo es posible que los mismos que en 2012 lo hicieron tan bien la hayan cagado tanto en 2013? Pues porque aunque la cabeza sea la misma lo que hay por debajo es muy distinto. La primera es una iniciativa privada y la segunda es pública. La primera se elaboró atendiendo las necesidades del cliente, la campaña electoral de Obama; la segunda, obedeciendo una ley punto por punto y tomando las consideraciones políticas por encima de las necesidades de los usuarios finales. La primera la llevaron a cabo quienes mejor podían hacerlo; la segunda, las empresas que tenían los mejores contactos con el Gobierno federal y los políticos y burócratas elegidos a dedo por su compromiso con la reforma, al margen de su capacidad.

Bien es cierto que, pese a las apariencias, la web de Obamacare es más complicada de elaborar que la aplicación de la campaña de Obama. Al margen de cumplir las especificaciones de una ley de más de 2.000 páginas, debe conectarse a distintas bases de datos del Gobierno para comprobar la identidad del usuario –que en un país sin carnet de identidad es más difícil– o investigar a qué subvenciones tiene derecho; bases de datos en su mayoría antiguas y que no están hechas para ser consultadas en tiempo real por muchos usuarios simultáneos. Como la reforma eleva los precios de los seguros médicos, y políticamente eso es un hecho inconveniente, no hay manera de acceder a dichos precios, como sucedería en cualquier web normal, sin registrarse, porque el Gobierno quiere que esos precios vengan ya con la subvención incluida si es posible. Así, la web te obliga a dar tus datos para conectarse ella a esas bases de datos obsoletas de la agencia tributaria o la Seguridad Social simplemente para acceder a la información, aunque luego no hagas nada con ella, lo que aumenta el volumen de usuarios y hace imposible el proceso. Como además existía una fecha límite que Obama no hubiera retrasado aunque los republicanos quitaran los fondos para mantener el Gobierno si no lo hacía, la web se acabó apurando los plazos y sin hacer pruebas de estrés.

Además de funcionarios de varios departamentos, para levantar healthcare.gov se han requerido los servicios de al menos 55 empresas, sin contar con las que éstas hayan decidido subcontratar, unos trabajos que debían coordinarse. El resultado no puede ser más demoledor: en el país de Google, Amazon y Facebook, el principal proyecto político de ocho años de presidencia se derrumba a las primeras de cambio porque el Gobierno no sabe hacer una web. Aunque en los últimos días las críticas se han desviado a una de las promesas incumplidas de la reforma, que quien estuviera satisfecho con su seguro podría conservarlo, el impacto de este fiasco dejará una impronta duradera. El público norteamericano empieza a preguntarse cómo pretenden hacerle creer que el mismo Gobierno que no puede hacer funcionar una web tres años y medio después de aprobar la ley será capaz de gestionar la sanidad de 300 millones de personas. Algo bueno tenía que salir de todo esto.