Ir al contenido principal

Etiqueta: Sanidad y Seguridad Social

La rentabilidad cura

En una reciente entrevista en "La Contra" de La Vanguardia, Richard J. Roberts, premio Nobel de medicina en 1993, afirma que "el fármaco que cura del todo no es rentable". Esta es su conclusión después de constatar de primera mano cómo funciona la industria farmacéutica: "He comprobado como en algunos casos los investigadores dependientes de fondos privados hubieran descubierto medicinas mucho más eficaces que hubieran acabado por completo con una enfermedad (…) [Pero] las farmacéuticas no están tan interesadas en curarle a usted como en sacarle el dinero, así que esa investigación, de repente, es desviada hacia el descubrimiento de medicinas que no curan del todo, sino que cronifican la enfermedad y le hacen experimentar una mejoría que desaparece cuando deja de tomar el medicamento."

Roberts opina que la rentabilidad es un criterio adecuado para otras industrias, pero no para la farmacéutica. "Si sólo piensas en los beneficios, dejas de preocuparte por servir a los seres humanos (…) La salud no puede ser un mercado más ni puede entenderse como un medio para ganar dinero." En este sentido defiende un mayor protagonismo del sector público en el ámbito de la investigación médica.

No entro a discutir si los hechos que menciona Roberts son ciertos o matizables. El problema es que de estos casos particulares no se sigue que la industria farmacéutica sea "distinta" o que el criterio de la rentabilidad sea inapropiado si la finalidad es curar enfermedades (ni, por ende, que el Estado deba jugar un papel más preponderante).

A primera vista la tesis de Roberts es verosímil. Si una empresa cura una enfermedad se queda sin pacientes/consumidores. Si la cronifica puede obtener ingresos durante toda la vida de los pacientes. No obstante, si los consumidores están dispuestos a pagar por el fármaco que acaba con la enfermedad, significa que producirlo es rentable. La empresa que vende el fármaco que la cronifica quizás prefiere el status quo, ¿pero qué hay de sus competidores? ¿Acaso no se beneficiarían de sacar a la venta ese fármaco y hacerse con el mercado de la primera?

Curar del todo es rentable en tanto puedas obtener de los consumidores unos ingresos mayores que tus costes. La tesis de Roberts es que para la empresa A es aún más rentable cronificar la enfermedad que curarla. Desde el punto de vista particular de esta empresa, considerada aisladamente o como si gozara de un monopolio, puede ser perfectamente cierto. Si la empresa A tuviera por ley el monopolio de la producción de fármacos, es posible que le fuera más rentable no curar del todo a sus pacientes. Pero solo podría actuar de este modo porque no tendría competidores.

En el libre mercado la empresa A ya no puede actuar como si estuviera sola, porque sus competidores pueden adelantarse o puede aparecer una nueva empresa que desbanque a todos. Si la empresa A obtiene 100 de beneficios con el fármaco que cronifica la enfermedad y obtendría solo 5 vendiendo el fármaco que la cura, parece que le salga más a cuenta seguir como está. Pero lo contrario es cierto si tenemos en cuenta a sus competidores. Si A decide permanecer igual y una empresa B investiga y descubre el fármaco curativo, A se quedará sin los 100 y sin los 5. La empresa B tiene incentivos para descubrir el fármaco y comercializarlo, y eso hace que la empresa A tenga incentivos para descubrirlo y venderlo antes.

¿Alguien pone en duda que la cura del sida o la diabetes sería extraordinariamente rentable y que por esa razón se están dedicando recursos ingentes a investigarla? Sin embargo, si el diagnóstico de Roberts fuera correcto, ninguna empresa estaría investigando una cura para esas enfermedades crónicas. De hecho, si a las farmacéuticas les resulta más rentable no curarte del todo, a los mecánicos les resultará más rentable no arreglarte el coche del todo, a los lampistas no arreglarte el calentador del todo o a las compañías anti-virus propagar virus periódicamente. No es que estas estratagemas y fraudes no sucedan o no puedan suceder, pero es improbable que tengan lugar en un mercado abierto, porque si descuidas a tus clientes la vigilante competencia puede arrebatarte el negocio. Por eso el mercado es tan necesario y su supresión o restricción tan peligrosa, porque instituye incentivos económicos para servir bien a los consumidores.

Roberts confunde los incentivos que tiene una empresa aislada con los incentivos de esa empresa en el mercado. Como hemos visto, las empresas en el mercado tienen incentivos económicos para descubrir el medicamento más eficaz, que es el más ansiado por los consumidores. Eso no significa que una empresa no pueda, por un tiempo, ofrecer un mal servicio o un producto inferior (en este caso, un fármaco que cronifica la enfermedad en lugar de curarla). Significa que las empresas tenderán a ofrecer el mejor servicio, porque si no lo hacen serán expulsadas del mercado por sus competidores, tarde o temprano. Este análisis es tan cierto para el sector de las golosinas como para la industria farmacéutica.

Si el sector público toma el relevo en la investigación médica, los incentivos económicos desaparecen, y la rentabilidad ya no sirve de guía para orientar las inversiones. Si se destinan tantos recursos a la investigación de una cura para el sida o la diabetes porque su descubrimiento sería increíblemente rentable, ¿qué ganamos haciendo que deje de ser rentable?

Rajoy y los impuestos

La semana pasada Mariano Rajoy desgranó el programa económico del PP en una conferencia ante los empresarios y en una entrevista concedida al periódico Negocio. Como es lógico, habló de impuestos y, como viene siendo habitual en los programas electorales del PP, prometió bajarlos. En concreto, prometió reducir el Impuesto de Sociedades hasta el 25% (para las pymes, hasta el 20%), dejar el tipo máximo del IRPF en un 40% y el mínimo en un 12% y suprimir, entre otros, el impuesto sobre el patrimonio.

El Impuesto de Sociedades constituye un serio obstáculo a la función empresarial. Cuanto más elevado sea, menor será el incentivo para que los individuos empleen su riqueza en satisfacer las necesidades de los consumidores y, así, lograr una ganancia. El motivo es evidente: toda inversión supone un coste (la no disponibilidad del capital invertido y la incertidumbre de perderlo) y permite obtener un beneficio. El Impuesto de Sociedades reduce el beneficio esperado, pero no el coste, de modo que, para mucha gente, los incentivos se evaporan.

Los efectos no inciden únicamente sobre quienes no son empresarios y podrían llegar a serlo, también sobre las empresas ya establecidas que se plantean acometer nuevas inversiones y sobre aquellas personas con que se relacionen. Dado que las decisiones de reinversión de beneficios se determinan por la ganancia esperada, cuanto menor sea esa ganancia menor será la reinversión.

El IRPF es otro impuesto completamente injusto y perjudicial. Al reducir las remuneraciones efectivas que perciben las personas, disminuye los incentivos para incrementar la renta. Por ejemplo, si el impuesto sobre la renta se situara en el 99%, nadie trabajaría, ya que en la práctica todo el mundo estaría prestando sus servicios laborales gratis. Unos tipos más reducidos moderan los efectos, pero no los eliminan. A causa del impuesto sobre la renta, la gente trabaja, ahorra e invierte menos.

La razón es sencilla: el tiempo de ocio no tributa. Si reducimos las rentas salariales mediante el IRPF, los individuos trabajarán menos de lo que lo habrían hecho. Del mismo modo, si el IRPF grava las plusvalías del capital, la gente dedicará menos recursos a la inversión, pues le resultará más cómodo consumirlos.

Además, el IRPF es una de las mayores barreras contra la movilidad social. Las clases altas suelen tener una gran patrimonio acumulado, que les proporciona rentas permanentes. Las clases bajas, en cambio, carecen de esa riqueza, por lo que deben acumular para mejorar su nivel de vida. Sin embargo, la acumulación de riqueza se ve enormemente dificultada con el IRPF. Si un individuo tiene un par de años muy buenos que en principio le permitirían invertir para lograr rentas futuras, el IRPF se lo impedirá, ya que parte de sus ganancias extraordinarias podrían tributar a tipos tan elevados como el 43%. En otras palabras, el IRPF perjudica especialmente a quienes no disponen de una fuente permanente de rentas, a las clases bajas, a las que impide aprovechar sus ganancias extraordinarias para construir su riqueza.

Por lo que hace al Impuesto sobre el Patrimonio, atenta contra la base de nuestra sociedad: la propiedad privada y la acumulación de capital. Al expoliar a cada individuo en función de la riqueza que ha acumulado previamente, favorece la desinversión y el consumo de esa riqueza.

En otras palabras, las propuestas de Rajoy apuntan en la buena dirección, por cuanto amplían la libertad de las personas. Sin embargo, una cosa es que las celebre si llegan a materializarse y otra que considere que esas propuestas encajan con la filosofía del presidente del PP.

Al menos por su discurso –cosa distinta es que sea un mero ropaje electoralista–, las propuestas del PP se insertan en el típico estatismo de corte socialista. Los impuestos se bajarán siempre y cuando el peso y el poder del Estado no se tambaleen. Rajoy lo dejaba claro Rajoy en la mencionada entrevista: "La única forma de mantener el Estado del Bienestar es haciendo reformas económicas y, entre ellas, las reformas fiscales".

Dicho de otro modo, las rebajas de impuestos de Rajoy son instrumentales, están al servicio del poder político. Rajoy actúa como el empresario que baja el precio de sus productos para vender más y así obtener mayores beneficios; con la diferencia esencial de que el empresario no fuerza a los consumidores a pagarle.

El PP no se plantea la posibilidad de devolver la responsabilidad a los individuos, ni la de permitir que la sociedad civil proporcione los servicios que hoy provee coactivamente el Estado. Quiere que el Estado siga tutelando múltiples aspectos de al vida de las personas; que las vigile y las cuide como un padre marimandón.

Así, por ejemplo, en matería de I+D, Rajoy sentenciaba que "corresponde al Gobierno un impulso cuantitativo y cualitativo capaz de generar posteriores desarrollos". "Las políticas de Investigación, Desarrollo e Innovación no pueden quedarse reducidas a meros adornos de un programa electoral porque suenan a moderno, ni a los crecimientos presupuestarios tranquilizadores para lucir aquí o allá. Tienen que ser uno de los ejes vertebrales de todas las políticas públicas".

A los del PP les molesta incluso que las personas no inviertan en I+D tanto como ellos querrían. Si los empresarios prefieren comprar máquinas viejas, repartir beneficios entre los accionistas o rebajar el precio de sus productos en lugar de invertir en I+D, Rajoy defiende que el Estado cubra la diferencia, esto es, que impida a los empresarios gastar el dinero como lo habrían gastado si no se lo hubieran arrebatado por la fuerza. Y ello a pesar de que, según Rajoy, "a los empresarios no es preciso decirles lo que tienen que hacer, que ellos ya saben en cada caso lo que más conviene a sus empresa". ¡Pues nadie lo diría! Si saben lo que tienen que hacer, ¿por qué les quita el dinero para invertirlo allí donde ellos no lo harían?

No, las ideas actuales del PP tampoco son compatibles con la libertad. Los impuestos sólo se rebajarán mientras no entren en conflicto con el Estado del Bienestar, pero nunca si, por ejemplo, fuera necesario privatizar la educación o la sanidad para recortarlos aún más. El PP necesita cambiar la filosofía social y política sobre la que construye sus propuestas. Si quiere pasar por liberal, no basta con realizar propuestas que coyunturalmente también podría lanzar el PSOE. Tiene que adoptar una política de principios que tenga por prioridad la libertad, no los intereses del Estado.

Pero me temo que nadie del PP tiene hoy el coraje –no sé si los valores– para liderar esta transición que tanto necesitan los españoles.

Sanidad se cabrea

No nos referimos tan sólo a los intolerables límites que las legislaciones europea y española imponen al derecho de información al paciente. Un nuevo caso viene a demostrar la libre iniciativa de los enfermos en busca de soluciones causa la ira de burócratas y políticos, el de la jovencísima enferma de leucemia Patricia Pena.

Esta adolescente, de apenas dieciséis años, lleva buena parte de su vida luchando por salir adelante y hace cincuenta días su familia decidió crear la web Amigos de Pati con la esperanza de encontrar un donante compatible con la joven. Lo han logrado. Lo que debería ser un motivo de alegría para todos ha causado irritación en el Ministerio de Sanidad. Si Bernat Soria se estrenaba como ministro pidiendo la concesión del Nobel a Rodríguez Zapatero en inexistentes y extravagantes categorías, días después su departamento se dedica a atacar a unos padres que han luchado para salvar a su hija. No se contenta con acusarles de actuar de forma inútil y contraproducente. También "desmiente" la información que han dado sobre el caso, vamos, que les llama mentirosos.

Lo que realmente molesta al ministerio de Bernat Soria es que, con una simple web, una familia ha puesto al aire las vergüenzas de un sistema de donaciones que –por mucho que se presuma de lo bien que funciona en España– tiene los inevitables fallos propios de toda burocracia centralizada e intervencionista. En este terreno, como en otros, a la Administración le gusta que todo pase por ella y recela de cualquier iniciativa privada. El motivo salta a la vista, su eficiencia le ha sacado los colores a la burocracia de la salud. Resulta absurdo que desde Sanidad se alegue que la web Amigos de Pati atenta contra el "elemental principio" de confidencialidad. Eso es una obligación del médico y las autoridades sanitarias hacia el paciente, nunca al revés. No se le puede negar a un enfermo el derecho a decir que lo está.

También deberían reflexionar los burócratas sobre un hecho que habla muy a favor de la iniciativa privada cuando se le deja actuar libremente: gracias a la movilización provocada por la web en cuestión, ha habido las mismas pruebas de compatibilidad en el banco de sangre del Hospital Joan XXIII en cinco días que en todo un lustro. Algo que no consigue ninguna campaña oficial de búsqueda de donantes. Si lo que le importara realmente a las autoridades sanitarias fuera la salud de los ciudadanos, deberían alegrarse ante una iniciativa como esta, no criticar a quienes la han llevado a cabo.

Sobre la contradicción entre los datos de Sanidad y los de la familia, la verdad es que uno tiende a fiarse más de esta última. Lo único que hay en juego para los padres de Patricia, y lo más importante para ellos, es la vida de su hija. En cambio, las autoridades tienen otros motivos, como evitar que este caso haga daño a su credibilidad y a la de un sistema claramente deficiente. Aún así, puesto que se arrogan la facultad de proteger la salud de los ciudadanos deberían hacer lo que no evitado hacer: felicitar a Pati y celebrar la oportunidad que se le presenta de salir adelante.

Su pensión sigue sin estar asegurada

La medida del Gobierno es, ciertamente, un despropósito, un intento desesperado por mantener a flote un barco, el sistema público de pensiones, con más agujeros que un colador. Desde luego, lo más sensato sería abandonarlo, en botes salvavidas o a brazada limpia; pero si de lo que se trata es de acercarlo a puerto antes de evacuarlo, no pueden caber dudas sobre la ruta que ha de seguirse.

Es posible que algunos liberales se hayan dejado seducir por la reforma, al imaginar los beneficios derivados de que parte de las cotizaciones a la Seguridad Social vayan a parar la bolsa, el centro neurálgico del capitalismo. Que no se engañen: una cosa es que los mercados de capitales sean un elemento esencial de nuestra sociedad y otra muy distinta que sean la panacea.

Si queremos ubicar la polémica en su contexto y entender por qué el Gobierno no ha avanzado ni un ápice en la buena dirección, conviene que analicemos los dos grandes planteamientos que presiden el debate sobre las pensiones. Uno de ellos, el partidario de los llamados "sistemas de reparto", aboga por los sistemas coactivos de "solidaridad intergeneracional", que funcionan así: los trabajadores de hoy pagan la pensión a los de ayer (jubilados) a cambio de que los del futuro hagan lo propio cuando sean ellos quienes lleguen a la edad de retiro.

Pese a la pompa con que se los describe, son sistemas fraudulentos, injustos e ineficientes. Fraudulentos, porque es imposible que cobren todos y cada uno de sus integrantes (al final, siempre habrá alguien que no tenga a nadie detrás en la cola), por lo que habrá trabajadores que paguen sin recibir nada a cambio; injustos, porque son coactivos: como se obliga a la gente a cotizar, en ellos ni se es ni se puede ser solidario; e ineficientes, porque reducen la cantidad de ahorro disponible en los mercados financieros y porque las pensiones que brindan son una miseria.

El otro gran planteamiento es el que defiende la puesta en marcha de sistemas de capitalización. Aquí, cada individuo ahorra voluntariamente una porción de la renta que obtiene durante su vida laboral y la destina a la inversión, con cuyos beneficios pagará su propia jubilación.

Si los sistemas de reparto son fraudulentos, injustos e ineficientes, los de capitalización son autosostenibles, justos y eficientes. Autosostenibles, porque los individuos no necesitan expoliar a nadie para percibir sus pensiones; justos, porque son voluntarios; eficientes, porque incrementan los niveles de ahorro e inversión –por lo que se genera más riqueza, lo que a su vez permite que haya más proyectos empresariales, más avances tecnológicos, y más bienes y servicios a precios más baratos– y dan la posibilidad de percibir unas pensiones mucho más cuantiosas.

El Instituto Juan de Mariana estima que la pensión media de una persona que empezara a ahorrar unos 4.200 euros anuales a los 25 años y se jubilara, como ahora, a los 65 oscilaría entre los 8.000 y los 27.000 euros mensuales (según la rentabilidad obtenida cada año). Si comparamos este monto con lo que percibe hoy en día un pensionista, podremos hacernos una ligera idea de la miseria que engendra el sector público.

Pues bien, la inversión en bolsa del fondo de reserva de las pensiones, en lugar de acercarnos a un sistema de capitalización donde cada individuo tome sus propias decisiones y se convierta en propietario de las empresas cuyas acciones adquiera, nos afianza en el dirigismo político de los recursos económicos y en la irresponsabilidad individual. Pero es que además se trata de una medida que entraña un peligro considerable para la libertad y el mercado: como el Estado comprará numerosas acciones, ejercerá una influencia aún mayor sobre el empresariado. Si lo deseara, podría llegar a entrar en los Consejos de Administración y participar en la toma de decisiones de gran calado.

Por mucho que el fondo de reserva vaya a parar a los mercados financieros, esto no tiene nada que ver con el capitalismo, sino más bien con el corporativismo y el neoliberalismo.

El camino debería ser otro. Si los políticos no tienen el coraje necesario para privatizar la Seguridad Social y avanzar hacia un sistema de capitalización, al menos no deberían tener excusa para no devolvernos los excedentes de nuestras cotizaciones, con los que constituyen el fondo de reserva. Si ya están pagando las pensiones actuales, ¿por qué no nos devuelven el exceso y nos permiten invertirlo? ¿Por qué lo retienen y se lo entregan a sus amiguetes?

Los sistemas de reparto y capitalización expresan dos filosofías políticas: la que sostiene que el individuo debe ser un apéndice del Estado desde la cuna hasta la sepultura y la que considera que cada persona tiene derecho a utilizar su propiedad para tratar de lograr sus objetivos existenciales. Y ya sabemos que el socialismo quiere convertirnos a todos en siervos del poder político.

El gorila rojo perjudica seriamente la salud

"La hermosa experiencia democrática venezolana" y su líder, Hugo Chávez, avanzan a marcha militar aplastando cada reducto de libertad y propiedad privada que van encontrando a su paso. Hay casos como el cierre de RCTV que al menos han logrado hacerse un hueco en los medios de comunicación permitiendo la protesta de todos quienes defendemos la libertad de los individuos, vivamos donde vivamos. Sin embargo, hay otras actuaciones despóticas y liberticidas del presidente venezolano que no parecen tener cabida en la prensa de un Occidente tan entregado a lo "social" que no se atreve a denunciar el socialismo real que padecen todavía millones de personas. Un claro ejemplo de este vergonzoso y atronador silencio es el del proceso de nacionalización de todo el sector sanitario en Venezuela. La idea del gorila rojo es acabar con el ejercicio privado de la medicina y con la descentralización del sistema sanitario del país.

El motivo de este nuevo ataque contra las libertades más básicas de los venezolanos puede ser un intento de disimular el rotundo fracaso de la política socialista en materia de salud a través del derribo del sistema privado. En la actualidad se calcula que entre el 80 y el 90 por ciento de los hospitales públicos tiene graves problemas de abastecimiento como consecuencia de las nefastas políticas implementadas que atacan la libertad de médicos, pacientes y proveedores de bienes y servicios. Parece que una evidencia tan clara de la superioridad de las relaciones voluntarias en un sector tan esencial como el de la medicina no puede tolerarse por parte de quien considera la salud de los ciudadanos un instrumento político. Según Chávez, sin embargo, la razón de esta estatalización es la "oposición encontrada en algunos gobernadores a la modernización de hospitales" unida a la "degeneración de la profesión del médico" a la que, de acuerdo con sus peculiares ideas, conduce la existencia de clínicas privadas.

La demagogia del líder totalitario habla de la "responsabilidad de todos los venezolanos" a la hora de rechazar el "horroroso sistema ese de la descentralización hospitalaria". Para Chávez, la relación libre y contractual entre médico y paciente supone la mercantilización de la medicina; un fenómeno al que hay que poner freno. Su plan consiste en la integración de todos los centros sanitarios en un nuevo sistema nacional centralizado y en la imposición de controles de precios en todos los servicios médicos. Una vez dado este primer paso se aplicarán sanciones entre las que destacan las expropiaciones. Si esta brutal táctica no le funciona, el presidente se ha declarado "dispuesto personalmente a enfrentar esas oposiciones y pulverizarlas". Hasta tal punto llega su obsesión por nacionalizar toda la sanidad que ha llegado a afirmar que "si tuviera que irme yo mismo a tomar el control de un hospital (…) voy yo mismo con el batallón a tomar el control del hospital".

La defensa de lo que queda del sistema privado de salud en Venezuela no es ya sólo una cuestión de eficiencia económica para salvaguardar la salud de los venezolanos sino que es imprescindible para el mantenimiento de una sana sociedad de individuos libres y responsables a la que todos los amantes de la libertad deberían de unirse.

Riñones, trasplantes y libertad

Los estatistas colectivistas agravan el problema al negar la libertad individual y el derecho de propiedad de cada persona sobre su propio cuerpo, impidiendo un mercado libre de órganos que incentive la oferta y la ajuste a la demanda. La libertad consiste en oponerse a las agresiones violentas y respetar las decisiones ajenas, no en prohibir lo que a algunos les parece repugnante.

Recientemente se anunció en Holanda un programa de televisión escandaloso y muy criticado, el Gran Show del Donante: una donante a quien le quedaba poco tiempo de vida quería tener un gesto altruista (afirmaba que recientemente un amigo suyo murió por no recibir un riñón a tiempo) e iba a ofrecer un riñón sano al ganador del concurso entre tres enfermos renales; el mejor candidato sería elegido por la donante ayudada por el público. Resultó ser un montaje para sensibilizar a la población para que done sus órganos.

La Comisión Europea lo calificó "de muy mal gusto". La presidenta de la Asociación para la Lucha Contra las Enfermedades de Riñón de Madrid, Iluminada Martín Crespo, lo calificó de "barbaridad", insistiendo en que donación es "regalo" y cualquier cosa diferente es "absurda y muy perjudicial para las campañas de sensibilización". "En España tenemos la mejor ley de trasplantes del mundo y no debemos dejarnos influenciar por este tipo de programas y perder algo tan bonito como es el regalo de la vida". Las personas que muestran no saber pensar bien podrían tener algo más de cuidado al calificar ciertas ideas como absurdas: la vida es bonita, y regalarla aún más, pero legalizar la compraventa de órganos (o al menos poder elegir a quién donas el tuyo) no implica prohibir su regalo sino permitir que las personas escojan libremente; los adultos ya son mayorcitos para decidir qué influencias reciben. La valoración de nuestra intervencionista ley de trasplantes (bien engrasada con mucho dinero) es como poco subjetiva y muy particular, y quizás sólo sea la menos mala entre las muy malas de los demás países. Las campañas de sensibilización tranquilizan conciencias pero no resuelven problemas y pueden agravarlos, así que merecen ser criticadas cuando están equivocadas.

Según la ministra de Sanidad, Elena Salgado, este programa "sobrepasa todos los límites éticos"; "si esta situación se diera en España no cabe ninguna duda de que el Ministerio de Sanidad hubiera actuado para impedir la emisión. Mediante los medios judiciales necesarios seguro que conseguiríamos que el programa no saliera en antena". Adiós a la libertad de expresión, censura sin tapujos propia de su talante totalitario e intolerante. Para la ministra "la consideración de la medicina como espectáculo debe llevarnos a una reflexión profunda", de la cual ella es obviamente incapaz.

Ronald Plasterk, ministro socialdemócrata holandés de Enseñanza, Cultura y Medios de Comunicación lo calificó de "indeseable y poco ético", pero al menos reconoció que la constitución holandesa no le facultaba para censurar contenidos audiovisuales. Según él, el elemento competitivo del programa (que los posibles receptores tengan que ganarse los favores del público) es indeseable y convierte casi en una rifa lo que debería ser un gesto altruista. Lo que es realmente aberrante es que los políticos nos digan lo que podemos querer o valorar (indeseable: que no se puede desear), y lo que las cosas deben ser. El altruismo no es tan estupendo cuando se hace obligatorio y se prohíben las alternativas.

Rafael Matesanz, director de la Organización Nacional de Trasplantes, expresó su rechazo, calificándolo de "compra-venta de órganos" y "comercialización aberrante". Respecto al turismo del trasplante, una de las mayores preocupaciones de la Organización Mundial de la Salud, Matesanz declara rotundo que "en cualquier caso, es inmoral"; "es una forma de esclavitud, cuerpo humano a cambio de dinero". Y advierte de los riesgos al comprador occidental: "El donador altruista descubre su salud. Si ha tenido cualquier enfermedad, lo declara. Al que vende un órgano, le da igual no declarar que ha tenido una infección". "Hay bases para criminalizar estas actividades", afirma Luc Noel, coordinador de trasplantes de la OMS, organización que defiende que los órganos son un bien de la comunidad, no un objeto de negocio.

Matesanz parece ser un gran nefrólogo y poco más. No parece entender muy bien los conceptos económicos y éticos de compra-venta y comercialización, no aplicables a este programa televisivo. No pierde la ocasión de demonizar un mercado libre de órganos, sobre todo porque él es uno de los principales burócratas estatales encargados de impedirlo. Muestra su indigencia intelectual al comparar la venta voluntaria de un órgano a la esclavitud (denigrando así a los auténticos esclavos) y su intolerancia personal al intentar imponer criterios morales que otros no comparten en absoluto. Es típico de los liberticidas utilizar referencias inconcretas a la moral y la ética para descalificar lo que no les gusta e insistir en que les parece inaceptable que otros opinen de forma diferente. Olvida mencionar que los riesgos potenciales de contagio se deben a que la ilegalización hace que surjan mercados negros sin información transparente ni controles de calidad. La OMS deja muy claro que el comunismo sigue vivo en lo más personal, el propio cuerpo.

Manteniendo la estafa piramidal del Gobierno

Ante esta situación caben dos tipos de políticas. Por un lado podemos taparnos la nariz, decir que todo va de maravilla y tratar de alargar la agonía del sistema social de pensiones. En este caso las medidas concretas consisten en ampliar el periodo de cálculo de las pensiones hasta llegar a toda la vida laboral, elevar el número mínimo de años que hay que cotizar para acceder a la pensión, retrasar la edad de jubilación y poner el fondo de reserva a generar algún tipo de renta. Esto es lo que pretende hacer el Gobierno socialista y lo que proponen quienes no tienen las agallas suficientes como para decirles a los ciudadanos que les han estado estafando durante años, es decir, todos los políticos. La idea sería retrasar temporalmente las consecuencias del fraude con un nuevo timo. En los países donde se ha seguido esta senda sólo se ha conseguido alejar unos años la fecha de la quiebra. Eso sí, a base de una reducción media en torno al 24% de la promesa de remuneración.

Por el otro lado existe la opción de pasar a un sistema de capitalización individual. Se trata de abandonar el sistema piramidal de reparto y adentrarnos en un sistema en el que una parte de las rentas del trabajo de cada uno se ahorran e invierten a largo plazo para generar un fondo del que poder tirar cuando uno no pueda o no quiera seguir trabajando. Este modelo es sostenible, no precisa aumentar obligatoriamente la edad de trabajo, ayuda al crecimiento económico general y es éticamente sólido. Y usted se preguntará, con toda la buena fe del mundo: "Si el sistema de capitalización es tan bueno, ¿por qué demonios no se lleva a cabo?" La respuesta es bien sencilla. La propaganda estatal lleva décadas bombardeándonos para hacernos creer que el timo obligatorio en el que nos han metido los políticos es un maravilloso avance social y un paradigma de solidaridad. El mensaje ha calado de tal forma en la sociedad que ahora el político que se desmarque de la mentira oficial tendría que asumir un gran coste en términos electorales.

Sin embargo, no hay que descartar que algún día surja un político honesto que arriesgue su carrera política por decir la verdad. En 1992 algunos políticos australianos decidieron contar lo que realmente pasaba y proponer un cambio de modelo. En la actualidad más del 90% de los australianos disfrutan de la capitalización de un mínimo del 9% de su salario. En apenas 15 años la mejoría es tan evidente que las prestaciones de las pensiones públicas subsidiarias parecen de chiste.

Otra posibilidad de cambio es que la sociedad civil vaya dándose cuenta de la engañifa y los políticos no tengan más remedio que cambiar de discurso. Si la gente supiera que cerca del 30% de su sueldo va destinado a pagar una pensión de miseria hay posibilidades de que, ante un parche como el que ahora anuncia el Gobierno, se produjera una rebelión pacífica que pusiera fin a la demagogia política sobre las pensiones. De ese modo lo que saldría a bolsa serían nuestros ahorros y no las sobras del reparto político de nuestros salarios.

Gane quien gane, los políticos no pierden

El gasto de los tres principales partidos en propaganda electoral alcanza la friolera de 51 millones de euros. El ranking de gasto lo encabeza el Partido Popular con un gasto de 25,6 millones. Le sigue el Partido Socialista con 21,5 millones e Izquierda Unida con 3,5 millones.

Está claro que a los políticos les parece importante que el electorado vote después de haber escuchado por activa y por pasiva las promesas de los candidatos. Quizá esa abultada cuantía de gasto electoral esté relacionada con la poca credibilidad que según las encuestas tienen las promesas de la mayoría de los políticos. Esto no es un problema nacional. En Bélgica una candidata al senado de ese país ha prometido hacerle a cada votante lo que la becaria Lewinsky le hacía a Clinton. La promesa es, según la candidata, una forma de protesta ante la desvergüenza que muestran los políticos a la hora de incumplir lo que publicitan que harán si se les vota. Ella, por supuesto, tampoco piensa cumplir.

Resulta cuanto menos que chocante que esos mismos políticos restrinjan y hasta prohíban la publicidad de empresas que tratan de dar a conocer un producto a su clientela potencial. Parece que la publicidad es mala cuando la realizan los particulares o las empresas y muy beneficiosa cuando son los políticos los que la contratan. De acuerdo con el partido socialista y la hooligan que ocupa el Ministerio de Sanidad y Consumo, por ejemplo, los ciudadanos no tenemos el suficiente coeficiente intelectual como para recibir publicidad sobre los distintos tamaños de hamburguesas que se ofertan en el mercado y elegir el que más nos apetezca. Lo mismo parece ocurrir con el alcohol, el tabaco y hasta con la ropa de marca si las posturas de los modelos no le gustan a la Salgado y otros políticos de la misma calaña.

¿Y qué decir de los medicamentos? En un tema tan importante para nuestra salud como estar informado sobre los avances en el campo de los fármacos, todos los partidos, de izquierda a derecha, han prohibido la publicidad y hasta la información al paciente. Sin embargo, esos mismos ciudadanos pueden elegir a diputados, presidentes, alcaldes y concejales otorgándoles un inmenso poder sobre sus propias vidas después de una campaña en la que partidos y políticos prometen la toda clase de imposibles.

Para colmo, los particulares y las empresas que ven restringido y anulado su derecho a la publicidad y la información realizan esa actividad con su dinero y se arriesgan a la ruina si mienten al consumidor y son descubiertos. Sin embargo, los políticos pueden anunciar toda clase de sandeces y burradas sin que les pueda doler el bolsillo. Lo más que les puede pasar es que no salgan elegidos o que el partido tenga que renovar un crédito que nunca se pagará con una caja de ahorros afín. Es más, la mayor parte de esa propaganda política se la pagamos los electores; a la fuerza, claro. Eso no le parece mal ni a la ministra Salgado ni al más beligerante de los miembros de la oposición. De los 51 millones de euros que han gastado en esta campaña, 42 millones nos los quitarán por vía de subvenciones estatales. Así que, gane quien gane, los políticos nunca pierden: publicitan sus sueños (nuestras pesadillas) de poder sin límite y con nuestro dinero para luego prohibirnos la publicidad al resto de los mortales.

El amigo de los abuelillos

Es asombroso que una clase política formada por un Moratinos, una Carmen Calvo o un José Blanco, pongamos por caso, no suscite el menor interés en alguien con esa facilidad para la parodia política. Cualquier presentador de la televisión nocturna en Estados Unidos mataría a su suegra por contar con un elenco político tan sugestivo como el que disfrutamos aquí, pero es lo que tiene el sectarismo ideológico, que uno es capaz de perjudicar su propia carrera profesional antes de dar un balido más alto que otro, no sea que los guachimanes de la ortodoxia progresista cierren el acceso al pesebre.

El último proyecto del autodenominado Gran Wyoming (excelente nombre artístico para un antiamericano vocacional), consiste en un documental en defensa del doctor Montes y su estrategia terapéutica para acabar con el sufrimiento de los abueletes. Está muy bien; cada uno es libre de engrandecer el séptimo arte de la forma que estime pertinente, siempre que asuma los costes de la aventura. Ocurrió con la serie de documentales cometidos por las gentes de nuestro cine para acabar con Aznar (con su etapa de gobierno, me refiero), que también pagaron de su bolsillo y, aunque no fue a verlos ni El Tato cuando se proyectaron en las salas comerciales, lo cierto es que tras la victoria de ZP muchos de los autores rentabilizaron el descomunal esfuerzo creativo desarrollado. O sea, que sí, que había motivo.

La Azotea de Wyoming, espacio de late night con que la nueva dirección de RTVE vino a lustrar su parrilla tras la heroica victoria de las fuerzas de progreso en 2004, tuvo una acogida discreta. Más que discreta digamos que fue un soberbio batacazo, porque una televisión pública no retira un programa por baja audiencia a no ser que el leñazo sea descomunal. Mas como El Gran Arquitecto aprieta, pero no ahoga, Wyoming ha encontrado un hueco en La Sexta, lugar en el que los índices de audiencia no tienen la menor importancia porque la parrilla en su conjunto tiende al cero absoluto.

El artista rindió visita hace unos días al programa radiofónico de Gemma Nierga para publicitar su nuevo documental, y fue allí, en ese marco incomparable, donde acusó al consejero Lamela de haberse hecho rico de forma harto sospechosa a través de una empresa de la que no supo dar su nombre exacto. La única prueba que aportó en el programa de la Nierga fue: "esto lo he leído en El País, en la sección de hemeroteca", que como elemento de convicción no está nada mal. El documental fue emitido hace nada en la cadena de Milikito. Si se levantara de su tumba el gran Fofó igual le sacudía con el cencerro.

El cordón de Sofía

En el fondo de la polémica está el motivo que es el que no se dejan las dos bolsas en España. Si fuera porque en nuestro país no contamos con la misma tecnología para la conservación de la sangre del cordón, el debate no tendría mucho recorrido. Pero la razón por la que tanto los Príncipes como muchos ciudadanos de a pie envían estas muestras fuera de nuestras fronteras es el intento de escapar al comunismo normativo que el Gobierno ha impuesto sobre los cordones umbilicales. Y es que la legislación española viola la propiedad privada de los depósitos de sangre de cordón umbilical en bancos privados. Por alucinante que parezca, uno no es dueño de su cordón umbilical ni aunque pague a una institución privada por conservárselo. El verdadero dueño es el gran hermano estatal. En efecto, el real decreto aprobado por el Gobierno del Partido Socialista obliga a los bancos privados de cordón umbilical a ceder sus muestras de forma altruista. A este aberrante ataque contra la propiedad privada es a lo que De la Vega se refirió como "una decidida apuesta para que nuestro sistema siga siendo un referente ético mundial".

Está visto que la Realeza española no piensa igual que la vicepresidenta. No sé si se deberá a que su sangre no es roja o a que, como cualquier padre y madre responsables, los Príncipes piensan y actúan en beneficio del bienestar de sus retoños.

Además, la norma española prohíbe el carácter lucrativo de estos depósitos. Esta medida no sólo viola la libre contratación de un servicio en torno a un bien privado cercenando así la libertad individual de los padres a la hora de elegir el uso de la sangre del cordón umbilical de sus hijos, sino que vuelve prácticamente inviable el desarrollo de los bancos privados en España dejando a los españoles y a sus empresas en una desventajosa y discriminatoria situación en comparación con otros países europeos.

Hace dos meses, el Tribunal Constitucional decidió admitir a trámite el recurso al real decreto socializador presentado por la Comunidad de Madrid. Por el bien de las familias que no pueden comprar su libertad enviando el cordón umbilical de sus hijos al extranjero, esperemos que el tribunal le dé la razón a quienes con la Comunidad de Madrid defienden la libertad de padres e hijos y la propiedad privada de sus cordones umbilicales.