Ir al contenido principal

Etiqueta: Seguridad y Defensa

El Papa, como Obama y Zapatero, debilidad ante el yihadismo

Tras la masacre en la redacción de la revista Charlie Hebdo se ha producido una casi unánime condena en el mundo occidental del atentado –es una lástima que la solidaridad haya olvidado en buena medida a las víctimas del restaurante judío–. También se ha dado una generalizada defensa de la libertad de expresión por parte de los políticos y los medios de comunicación (algunos periodistas de rancio servilismo católico han preferido cargar contra las víctimas, pero son excepciones).

Dicha defensa no estaba exenta de hipocresía por parte de algunos gobernantes. Lo demuestra el hecho de que en la multitudinaria manifestación de París participaran representantes de Ejecutivos que destacan en la represión del periodismo y el libre uso de internet de sus países. Es el caso del primer ministro húngaro, Viktor Orban, el ministro de exteriores ruso, Serguei Lavrov (en cuyo país el Gobierno es el principal sospechoso del asesinato de varios periodistas hace unos años), o el rey de Jordania.

Un caso singular ha sido el del Papa Francisco, cabeza de la Iglesia Católica, al tiempo que jefe de un pequeño Estado europeo, el Vaticano, que no envió representante alguno a la manifestación. Aunque ha condenado el atentado contra Charlie Hebdo, ha puesto un “pero” muy peligroso. Olvidando cualquiera de los valores cristianos, se ha mostrado comprensivo con los yihadistas al decir que si insultan a tu madre, cualquiera responde con un puñetazo.

El Papa ha enviado un peligroso mensaje a los integristas, unos totalitarios que amenazan la vida y la libertad de millones de seres humanos. Les ha dicho que la máxima autoridad de la principal confesión cristiana, a la que ellos identifican de forma automática con el conjunto de Occidente, no está dispuesta a defender los valores de esa misma civilización occidental y hasta les ofrece cierta cobertura moral.

Existen diversos antecedentes de este tipo de mensaje. Son varios los políticos occidentales que en el pasado mostraron cierta comprensión ante la violencia islamista por viñetas sobre Mahoma o vídeos críticos con el Islam. En el caso español, Rodríguez Zapatero ha publicado en El Mundo un insulso artículo en el que condenaba el asesinato de los dibujantes de Charlie Hebdo. Pero en el pasado no actuó así.

Cuando en 2006 se produjo una oleada de violencia islamista por las viñetas del diario Jyllands-Posten, el entonces presidente del Gobierno adoptó una postura equidistante, condenando tanto a los radicales islámicos como al periódico del pequeño país del norte de Europa. De hecho, lo hizo en al menos dos ocasiones. Y en ambas actuó acompañado de sendos gobernantes con un pésimo historial en lo referido a la libertad de expresión.

Zapatero primero publicó una carta abierta junto con el turco Recep Tayyip Erdogan en la que condenaban tanto la violencia como las viñetas. Ambos decían:

La publicación de las caricaturas puede ser perfectamente legal, pero pueden ser rechazadas desde el punto de vista de la moral y la política.

Esta condena, sobre todo por el llamamiento al rechazo “desde el punto de la política”, lanzaba un mensaje claro a los radicales: hay gobiernos que no están dispuestos a defender un valor tan supremo como es la libertad de expresión, si contra ella se usa la violencia.

Días después, en una intervención pública junto con Vladimir Putin, Zapatero volvía a la carga. Afirmaba que le gustaba la libertad de expresión “siempre que” se dieran una serie de circunstancias. Una de ellas era “el respeto” a las religiones. Una excepción que volvía a mandar un mensaje de debilidad.

El caso del actual presidente de Estados Unidos, que ni estuvo en la manifestación ni envió a un miembro de su Gobierno en su representación, es todavía peor. Ante una oleada de violencia en respuesta a una película ofensiva con Mahoma (y tan mala que es dudoso que alguien haya aguantado viéndola más de tres minutos) subida a Youtube, Obama reaccionó reclamando a Google que la retirara de su canal de vídeos:

Para nosotros, para mí personalmente, el vídeo es repugnante y reprensible. Parece tener el cínico propósito de denigrar una gran religión y generar odio.

Condenó con más fuerza el vídeo que la violencia con la que respondieron hordas de radicales musulmanes en muchos países. Afortunadamente, Google no cedió a las presiones de Obama para que retirara el vídeo en cuestión. Esa exigencia era un claro atentado contra la libertad de expresión y suponía una victoria moral del integrismo. El sentimiento de ofensa de muchos musulmanes era legítimo (nadie puede prohibir que te moleste determinada cosa), pero no la violenta respuesta.

Zapatero y Obama, como ahora el Papa Francisco, yerran profundamente. La libertad de expresión implica que nos puedan ofender. Las caricaturas molestas para una religión pueden ser de mal gusto, pero también tenemos derecho a actuar con dicho mal gusto. Además, si se comienza a ceder ante un totalitario que se siente ofendido, no hay límites.

Para los islamistas es ofensivo que se dibuje a Mahoma. Pero también lo es que alguien que no cree en el islam escriba que esa misma persona no era un profeta, puesto que Dios no le hablaba y ni le transmitió el Corán. Es legítimo que se molesten, como puede hacerlo un judío ultraortodoxo si se niega que Moisés recibiera las tablas de la Ley en el Sinaí o un fundamentalista cristiano si se rechaza la divinidad de Jesús. Pero su legítimo sentimiento de ofensa no puede restringir la libertad de otros. Es ilegítimo tratar de silenciar a quien pone en duda su fe.

Antes Zapatero y Obama, ahora el Papa, han enviado un peligroso mensaje de debilidad ante los islamistas que amenazan nuestra vida y nuestra libertad. Craso error: cuando no se muestra firmeza en la defensa de los propios valores ante los totalitarios, estos se sienten reforzados y animados a atacar con mayor dureza. Sobran los ejemplos en el terrible siglo XX.

Keynes y Mises frente a la Gran Guerra

Cien años se cumplen del siglo XX, cuando el XXI lleva dos décadas y media abriéndose paso. Aquel corto y brutal siglo XX que comenzó con la Primera Guerra Mundial y se cerró con el fracaso histórico del socialismo. La Gran Guerra comenzó como ilustración de dos ideas distintas, casi contrapuestas. Fue fruto del choque de grandes fuerzas que superan los esfuerzos del individuo, pero fue fruto también de la casualidad, del mal cálculo, de las pasiones y debilidades del hombre, de decisiones concretas, precisas, erróneas.

Dos economistas, John M. Keynes y Ludwig von Mises, dedicaron sendos libros a la postguerra, ambos en 1919. El más conocido es sin duda Las consecuencias económicas de la paz, de John M. Keynes. Cuando salió contribuyó a dar nombre a aquel economista de Cambridge[1], y hoy ocurre lo contrario, es el apellido el que le da relevancia a la obra, aun hoy. El otro es Nación, Estado y Economía, de Ludwig von Mises.

Según Keynes, “mi propósito con este libro es mostrar que una paz cartaginesa no es adecuada, desde el punto de vista práctico, ni posible”. Keynes comienza por exponer las décadas de progreso de Europa, aquél continente liberal, abierto, que venció la trampa maltusiana e hizo que la prosperidad dejase atrás viejas ideas y alentase nuevos sueños falsos sobre las posibilidades de transformar la sociedad y unir cielo y Tierra. “¡Qué extraordinario episodio en el progreso del hombre fue el que terminó en agosto de 1914!”, se lamentaba el economista. Describe un mundo en el que un londinense puede comprar cualquier bien o invertir en cualquier parte del mundo, desplazarse gracias a los medios de transporte. Exageraba, eso sí, al decir que “los proyectos y la política del militarismo y del imperialismo, de las rivalidades raciales y culturales, de los monopolios, las restricciones y la exclusión, que tenían su papel de serpiente en este paraíso, eran poco más que entretenimientos de los periódicos”, pero no lo es que “parecían no ejercer influencia alguna sobre el curso normal de la vida social y económica, cuya internacionalización era en la práctica casi completa”.

Todo lo que pueda tener de exagerado es porque, tal como se entendió en su momento, la obra de Keynes tiene mucho de teatral. A la descripción de la plácida Europa le sigue la escena en la que se desarrolla la conferencia: “París era una pesadilla, macabro todo el que estaba allí. Una sensación de inminente catástrofe colgaba sobre la frívola escena: la futilidad y la pequeñez del hombre ante los grandes acontecimiento a que se enfrenta; la mezcla entre la importancia y la irrealidad de las decisiones. La ligereza, la ceguera, la insolencia, las confusas llamadas desde el interior; todos los elementos de la tragedia griega estaban ahí”.

En realidad quiere mostrar que Alemania no puede hacer frente a las reparaciones a las que le someten los aliados, especialmente por la presión de Francia. Y el argumento se vuelve entonces contra los propios aliados, a quienes acusa de faltar a los propósitos expresados en un principio por ellos, y en particular por el árbitro de la situación, que era el presidente de los Estados Unidos, Woodrow Wilson: “Sin anexiones, sin contribuciones, sin daños punitivos”.

Keynes calcula que si los pagos se limitasen al pago de “todos los daños infligidos a la población civil de los aliados, y a la propiedad por la agresión de Alemania por tierra, mar y aire” Alemania se vería obligada a pagar 10.600 millones de dólares, 4.000 a Francia, 2.850 a Gran Bretaña, 2.500 a Bélgica y el resto a los demás aliados. Pero Alemania podría pagar sólo, según los cálculos del autor, 500 millones anuales. Suponiendo un tipo de interés del 5 por ciento más el pago de un uno por ciento anual del capital, Alemania pagaría 8.500 millones de dólares en un período de 30 años, y que la cantidad máxima que, bajo todos los conceptos, sería capaz de pagar, eran 10.000 millones de dólares. De hecho, en 1932 había pagado unos 5.000 millones.

Por otro lado, en su revisión del tratado (1921), concluyó que cualquier intento de hacer pagar a Alemania llevaría a la depreciación del marco, y a una gran inflación, que conduciría a una catástrofe económica y social. Lo que de hecho ocurrió.

El libro de Keynes es un ejercicio literario, combinado con el recurso profuso y cuidado de los datos más las armas de la ciencia económica. Es un panfleto, en la mejor tradición de los panfletos; una llamada a la acción, una alarma, una advertencia a los políticos y a la opinión pública para revertir el curso de los acontecimientos. Tenía una causa concreta, y un objetivo específico. Keynes siempre se ha creído capaz de influir en el curso de la historia. No era su momento, pero éste llegaría quince años más tarde, con su Teoría General.

Por lo que se refiere a Nación, Estado y Economía, la primera cuestión que aborda el libro es qué ha conducido a Europa a la guerra. Señala, como la mayoría de los juicios históricos, a Alemania. Comienza por el problema de la nacionalidad, y los conflictos que se asocian a la vecindad, y la la mezcla en un territorio de varias nacionalidades. Cree que “lo que es específicamente nacional reside en el idioma”. Una comunidad de un idioma “constituye un vínculo que crea relaciones sociales concretas. Al aprender un idioma, el niño adquiere un modo de pensar y expresar sus pensamientos que está predeterminado por el lenguaje, y recibe un sello que escasamente puede quitar de su vida”.

Sigue con la cuestión del imperialismo, ya que achaca al de Alemania la responsabilidad de la guerra. Según la idea liberal, “la nación, como una entidad orgánica, no puede ni incrementarse ni reducirse por cambios en los Estados; el mundo, en su conjunto, no puede ganar o perder por éstos”. Pero las zonas de nacionalidades mixtas, con poblaciones de distintos idiomas, son un acicate para el conflicto entre Estados animados por ese nuevo nacionalismo imperialista. El Este de Europa, que tiene un crisol de nacionalidades mezcladas geográficamente, ha favorecido la aparición del imperialismo. Y, por otro lado, en los “territorios políglotas”, la democracia “se antoja opresión para las minorías”. Como los alemanes son minorías en varios de esos territorios europeos, prevaleció el imperialismo y la desconfianza hacia la democracia.

La tercera cuestión son las consecuencias de la guerra. Despacha de un plumazo el problema de las reparaciones, que tanto preocupa a Keynes, y señala que la verdadera tragedia para su país (recordemos que es de habla alemana), es otro: “Mucho peor que las consecuencias directas de la guerra, son las repercusiones sobre la posición de la economía alemana en el mundo”. Alemania pagaba las materias primas que transformaba en su pujante industria con los bienes manufacturados y las rentas de su capital en el exterior. Pero ese capital ha sido expropiado, y muchos de los mercados que acogían sus productos, se han cerrado. Ni siquiera la emigración es una solución para muchos, pues hay un rechazo a los inmigrantes alemanes. “Sólo ahora podemos apreciar el daño que el abandono de los principios de una política liberal ha causado para el pueblo alemán”. “El resultado del imperialismo” es que “todo lo que poseía el pueblo alemán, su cultura intelectual y material, ha sido sacrificada sin instrumento a un fantasma, para beneficio de nadie, y perjuicio de todos”.

La siguiente cuestión trata de cómo abordar la postguerra. Dedica un gran esfuerzo a explicar por qué la guerra es perjudicial desde el punto de vista económico, y muestra que incluso quienes desprecian los criterios económicos son incapaces de asegurar una victoria en el campo de batalla. En definitiva, “no es sobre la base de la guerra y la victoria, sino sólo sobre el trabajo, puede crear una nación las condiciones de un bienestar de sus miembros”.

Pero el momento en el que se publica el libro es el de exponer cómo se puede evitar un desastre como el ocurrido. El viejo pacifismo utópico, que hacía una llamada al voluntarismo idealista, fue según el autor sustituido por el pacifismo liberal, que se basa en los intereses reales de la gente, que pasan por participar en el orden de cooperación humana, que es el mercado. Y rechaza la Sociedad de Naciones, que Keynes aprueba con entusiasmo, porque es un nuevo recurso a la amenaza de guerra en las relaciones exteriores.



[1] La reseña del libro en The American Economic Review comienza diciendo que “John Maynard Keynes es el hijo de John Neville Keynes, el autor del tratado canónico sobre El alcance y el método de la economía política”. 

Salvar a los yazidíes

Desde hace más de un año venimos escuchando cada vez con más frecuencia la cifra de que un tercio de las familias españolas pasa hambre. Todo comenzó cuando Unicef y la ONG Save The Children publicaron sendos informes en los que denunciaron que entre 2,2 millones y 2,8 millones de niños viven en hogares "en riesgo de pobreza o exclusión social". Bastó que, a partir de entonces, varios medios de comunicación equipararan riesgo de pobreza con pasar hambre para que en septiembre de 2013 el PSOE registrara una iniciativa parlamentaria en la que denunciaba que "tres de cada diez niños se van a la cama con hambre". Hoy la cifra ya constituye un lugar común en el debate político y es instrumentada recurrentemente por todos aquellos que se oponen a cualquier recorte del gasto público, incluyendo los de Podemos e Izquierda Unida. El mantra es recurrente: recortes = hambre.

Sin embargo, y a pesar de su muy extendido uso, la cifra de que un tercio de las familias españolas pasa hambre es radicalmente falsa. Como ya hemos indicado, se equipara familia que pasa hambre con familia que se halla en riesgo de pobreza o exclusión social. Ciertamente, la imagen que todos tenemos en la cabeza de pobre es la de una persona que tiene dificultades para alimentarse, pero Eurostat define en términos muchísimo más amplios qué es una persona o familia "en riesgo de pobreza o exclusión social". En concreto, se incluye a una persona o familia en esta categoría cuando se halla en al menos una de estas tres situaciones:

  • Renta por debajo del umbral de pobreza. El umbral de pobreza se define como el 60% de la renta mediana de un país; por tanto, una persona está por debajo del umbral de pobreza si cobra menos del 60% de la renta mediana del país. Así las cosas, en 2013 el umbral de la pobreza en España era de 9.300 euros anuales para un hogar unipersonal y de 19.600 euros para un hogar con dos adultos y dos niños. Todos aquellos que cobraran menos eran considerados personas en riesgo de pobreza o exclusión social.
  • Privación material severa. Se entiende que un individuo o familia se hallan en una situación de privación material severa cuando no pueden permitirse al menos cuatro de estos nueve gastos: 1) la hipoteca, el alquiler y otras facturas como la electricidad o el gas; 2) una semana al año de vacaciones fuera del hogar familiar; 3) consumo de carne, pescado, pollo (o su equivalente vegetariano) al menos una vez cada dos días; 4) imprevistos (definido como la doceava parte del umbral de pobreza: es decir, 775 euros en hogares unifamiliares y 1.633 euros en hogares con dos adultos y dos menores); 5) teléfono fijo o móvil; 6) televisión en color; 7) lavadora; 8) automóvil; 9) temperatura adecuada en el hogar (tanto frente al frío como frente al calor).
  • Baja densidad de empleo en el hogar. Un hogar exhibe baja densidad en el empleo cuando aquellos de sus habitantes con edades comprendidas entre los 18 y los 59 años trabajan en conjunto menos del 20% de los meses que podrían hacerlo. Por ejemplo, si en un hogar con dos adultos se ha trabajado en total menos de cinco meses al año, ese hogar se considera que exhibe una baja densidad en el empleo y que, por tanto, está en situación de riesgo de pobreza o exclusión social.

Como vemos, los criterios para calificar a una persona como "en riesgo de pobreza o exclusión social" son mucho más amplios que lo de pasar hambre. O dicho de otra manera, habrá mucha gente que no pase hambre y que entrará en la categoría de riesgo de pobreza o exclusión social; por ejemplo, una que lleve un año parada, que disponga de ahorros y que cobre la prestación por desempleo será calificada como "en riesgo de pobreza o exclusión social" (por el tercer criterio) y, sin embargo, no estará pasando hambre. De hecho, sólo uno de los elementos del segundo criterio (la privación material del consumo de carne, pescado o pollo al menos una vez cada dos días) se acerca a la definición de pasar hambre, si bien de manera muy incompleta: una mala alimentación (malnutrición) no es lo mismo que falta de alimentación (desnutrición); de hecho, en la malnutrición se incluye también la obesidad.

Sea como fuere, ¿sabemos cuántas familias en España se ven privadas de comer carne, pescado o pollo al menos una vez cada dos días? el 3,5% de todos los hogares y el 3,6% de todos los menores de 16 años: casi diez veces menos que el 33% divulgado por diversos políticos y medios de comunicación. Por tanto, estamos hablando de 640.000 hogares y no de más de 5,5 millones; y de 286.000 niños, no de 2,8 millones.

Evidentemente, no se trata de quitar importancia al asunto, pero tampoco de sobredimensionar y exagerar el drama: en 2006, en plena burbuja inmobiliaria y con el gasto público en plena expansión, ese porcentaje era del 3,9%, cuatro décimas superior al actual. Asimismo, en Suecia, el número de familias con incapacidad para comer carne, pollo o pescado al menos una vez cada dos días asciende al 2%, en Noruega al 2,5, en Finlandia al 3,2, en Francia al 7,4, en Alemania al 8,2 y en el conjunto de la Eurozona al 8,5. ¿Había una tragedia alimentaria en España en 2006? Si la había, nadie hablaba de ella, y, desde luego, la continua expansión del gasto público propia de esos años no consiguió aplacarla. ¿Hay una tragedia alimentaria en Finlandia, Francia o Alemania? No lo parece, y en todo caso no nos habremos enterado de que la tragedia alimentaria en España es la mitad de grave que en Europa y similar a la de los ejemplares países nórdicos.

Entonces, ¿por qué muchos de nuestros políticos y medios de comunicación utilizan como ariete el dato completamente falso de que un tercio de las familias españolas pasa hambre? Pues porque se trata de instrumentar política y electoralmente una tragedia como el hambre para llegar al poder. Lo verdaderamente relevante no es el número real de personas que sí sufren hambre en España, sino frivolizar la estadística y el sufrimiento ajeno para arañar votos. En el fondo, lo mismo les da ocho que ochenta hambrientos: lo que no les da en absoluto igual son ocho u ochenta votos.

Teocracias, islamismo y geoestrategia

De todas las formas posibles que puede tomar un Estado, el teocrático puede llegar a ser de los más agobiantes, violentos y peligrosos. A las habituales instituciones basadas en la coacción habría que unir una moral estricta, convertida en algunos casos en ley, y que en general impregna tanto las relaciones sociales como los comportamientos individuales. Esta religión puede ser la única permitida, siempre tiene rango oficial y está asociada al Estado, del que se beneficia de todo tipo de prebendas y favores. En ocasiones es difícil distinguir entre las instituciones estatales y las religiosas, ya que en algunos casos coinciden.

Aquéllos que tienen el poder político suelen coincidir con los máximos dirigentes religiosos y poseen una estructura jerárquica clara, compatible con la estatal. Controlan la cultura, la formación, la educación y, en general, el comportamiento social, ligando cualquier otra actividad a las reglas religiosas, de forma que no se distingue lo que en Occidente se ha venido llamando los tres poderes. Todos o casi todos los habitantes del territorio están bajo esa ley. Según la naturaleza de la religión, estos estados pueden ser expansivos/imperialistas o cerrados/autárquicos.

Evidentemente, no todas las teocracias son tan asfixiantes como esta descripción puede dar a entender. Manteniendo en ambos casos dos tipos de moral que a muchos no gustan, el Vaticano, con el Papa como máximo dirigente, o el Tibet, con el Dalai Lama, son lógicamente mucho más flexibles y abiertos que cualquier país donde rige la Sharia como principal ley. Como en toda institución humana compleja, hay grados.

Desde finales de los años 60/70 del siglo pasado, se ha venido produciendo un cambio lento, pero constante, en el mundo islámico hacia posiciones cada vez más extremistas. La revolución iraní, que terminó con el gobierno del Shah e instauró el de los Ayatolás transformó un país donde se percibían signos de occidentalización en un régimen donde las leyes y normas musulmanas desterraron de las calles todo signo de “decadencia occidental”.

A lo largo de estos años, países como Afganistán, Pakistán, Argelia o, más recientemente, Irak, Siria o incluso Libia han experimentado o están experimentando, en su totalidad o en parte de su territorio, procesos similares que los están transformando en regímenes islamistas o donde el islamismo tiene un gran peso político y social. Incluso países como Egipto, Túnez o Turquía, donde el peso de la religión ha estado más limitado que en los árabes, han experimentado procesos políticos que han llevado a los islamistas al poder, con mayor o menor éxito.

Además, países como los árabes, que ya tenían un fuerte componente religioso en sus gobiernos, han experimentado un incremento de dicho peso y han alentado revoluciones en otros lugares del mundo, incluso apoyando directamente a grupos terroristas. Procesos recientes como la que llamaron Primavera Árabe, pero que ha afectado a muchos más países que a los árabes, han incrementado el peso de los islamistas en los gobiernos locales o incluso nacionales.

A diferencia de otros movimientos ideológicos, el islamismo no ha buscado necesariamente la alineación con las grandes potencias, siendo esta alianza, cuando se ha producido, circunstancial. Así, afganos de toda condición lucharon contra los soviéticos y tuvieron ayuda occidental; unas décadas después, esos mismos afganos y sus descendientes han luchando contra los que antes fueron sus aliados. Hoy por hoy, los musulmanes tienen problemas con las grandes potencias: Estados Unidos, Rusia, China o India, en confrontaciones directas, como la que tienen con el primero, o en conflictos internos o más localizados o menos publicitados, en el caso de los demás.

Estas confrontaciones no son sólo con enemigos externos. Los conflictos entre los propios musulmanes articulan de alguna manera la naturaleza de sus sociedades. Los chiíes y los suníes siempre han tenido serios problemas de convivencia, muy en la línea de los que tuvieron las iglesias, monarquías y estados cristianos durante los siglos XVI y XVII. Por otra parte, los árabes no se llevan bien con los persas (iraníes), turcos o magrebíes y otras nacionalidades o culturas.

Llama la atención que buena parte de la violencia terrorista ligada al mundo musulmán ocurra dentro de él y dirigida hacia aquellos que no comparten la interpretación del perpetrador. Vaya por delante que los “aliados” musulmanes son los que más víctimas palestinas suman y que la reciente guerra civil entre Al-Fatah y Hamás ha sido mucho más cruenta y sanguinaria que los recientes conflictos con los israelíes. Las cifras de muertos de los atentados contra mezquitas chiíes o suníes, de ser más publicitadas y analizadas por los medios de comunicación, escandalizarían a los honestos analistas que califican la importancia de un conflicto en función del número de víctimas mortales.

Uno de los más recientes episodios se ha dado en el territorio de Irak y Siria, donde Abu Bakr al-Baghdadi ha proclamado el Estado Islámico de Irak y Levante (EIIL en español y más conocido en el extranjero por su acrónimo inglés ISIS), que se extiende por el momento por territorio sirio e iraquí y que se articula como califato. El éxito de Abu Bakr ha sido meteórico y de él poco se sabe a ciencia cierta, mezclándose la leyenda con datos más o menos contrastados. Se cree que nació en la ciudad de Samarra, al norte de Bagdad, en el año 1971, que su verdadero nombre es Ibrahim bin Awad bin Ibrahim al Badri al Radawi al Husseini al Samarra’i, se doctoró en la Universidad Islámica de Bagdad y era clérigo en una mezquita de su ciudad natal cuando los Estados Unidos invadieron Irak en el año 2003. Ingresó en 2009 en el Estado Islámico de Irak, tras haber pasado varios años en un centro de detención, y un año después llegó al puesto más alto, después de que el líder anterior, Abu Omar al Baghdadi, fuera abatido. Después de ello, los intereses del EIIL son globales, abarcando desde la India hasta la mismísima Al-Andalus, territorios a los que “ha puesto” bajo su ley y donde la interpretación de su visión del Islam y la fe es básica.

Más allá de que esos datos sean ciertos o no o que sus intenciones sean un sueño o tenga poder real para imponerse, el EIIL ocupa y controla una amplia superficie tan grande como Jordania, en la que se sitúan ciudades iraquíes tan importantes como Mosul, Tikrit, Samarra y Faluya, o ya en Siria, Alepo. Ese control pasa por el de los recursos naturales de la zona, básicamente petróleo, que le pueden reportar financiación a su movimiento, los fondos y depósitos de los bancos de la zona y, en general, las riquezas acumuladas, sea cual sea su naturaleza, y lo que desde el punto de vista militar tiene más importancia, las armas que eran parte del ejército iraquí, incluyendo varios helicópteros Black Hawk.

El EIIL está implicado íntimamente tanto en la guerra civil siria como en el conflicto iraquí, y de ambos se alimenta territorialmente. Sus brutales ejecuciones son publicadas en las redes sociales y no es muy difícil encontrar vídeos donde se pueden ver las torturas a las que someten a los miembros de las fuerzas armadas iraquíes, que terminan siendo ejecutados sin que haya demasiados occidentales progresistas especialmente aturdidos o escandalizados. La crudeza y el extremismo del EIIL ha llegado incluso a la ruptura con Al-Qaeda, nada sospechosa de tolerancia y neutralidad, que lo expulsó en febrero de este año de la organización.

La ONU ha denunciado recientemente que en las nuevas ciudades ocupadas por el EIIL se ha producido un éxodo masivo que ha afectado a más de 200.000 personas, principalmente de la minoría yazidi, que es considerada por muchos musulmanes como adoradores del diablo, que se han visto forzados a abandonar sus hogares, huyendo a zonas más tolerantes con sus ritos y creencias. Por otra parte, los islamistas han comenzado a concentrarse y retomar las operaciones militares en la región autónoma kurda, donde también se producen éxodos y donde el acceso a comida, medicinas o agua potable es cada vez más difícil, tal como ha denunciado Nickolay Mladenov, enviado especial de la ONU a la zona. Esta migración forzosa, si no una limpieza étnica que se repite intermitentemente, no tiene demasiada repercusión en los medios españoles, más preocupados de las desdichas, ciertas o no, de ciertos colectivos sensibles.

La inestabilidad que vive Oriente Medio (guerra entre el terrorismo palestino e Israel, guerra civil siria, corrupción gubernamental e inestabilidad iraquí y afgana, entre otros conflictos), la riqueza petrolera de la zona, además de la nueva realidad geoestratégica global (Estados Unidos en retirada como garante de la paz mundial, sustitución de este papel por las potencias económicas y militares emergentes como China y Rusia) y el aumento de la presencia e influencia de potencias regionales como Turquía o Irán, están planteando a los gobiernos y estados implicados un contexto muy distinto al que había hace unas pocas décadas. Sin embargo, el nuevo califato no va a tener unas circunstancias fáciles en su proceso de expansión.

La aventura prodemocrática de Estados Unidos después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 ha terminado con buena parte de la capacidad de de intervención en la zona. Estados Unidos no tiene intención política de intervenir en ningún conflicto a un nivel similar al de Afganistán e Irak, ni de liderar una intervención aunque sea auspiciada por la ONU, ni financieramente está preparado para una nueva guerra. Pero dado que el EIIL es suní y está persiguiendo o no tolerando a los chiíes, existen contactos entre el gobierno americano y su archienemigo Irán para cooperar y luchar con este estado emergente, además de estar colaborando con otras potencias y países de la zona para ayudar a su erradicación. Quizás pueda también esperarse una mayor implicación turca después de las elecciones del 10 de agosto.

Por otra parte, los intereses americanos en Oriente Medio están en retroceso. Precisamente, Estados Unidos está consiguiendo cierta independencia energética debido a la explotación de sus reservas por el sistema de fracking, lo que hace que sus grandes petroleras encuentren yacimientos lejos de conflictos regionales que encarecen y hacen más peligrosa su extracción. Sustituyendo a Estados Unidos se encuentra China, que tiene a los países árabes como uno de los socios comerciales principales. A ello hay que unir su acercamiento a Pakistán, el gran adversario de su también adversario económico, la India.

El volumen comercial entre China y estos países ha pasado de 25.500 millones de dólares en 2004 a 238.900 en 2013 y las previsiones para dentro de 10 años es que sean de 600.000. China necesita energía y los árabes tienen petróleo; entre 2004 y 2013, las importaciones de crudo árabe se han incrementado a un ritmo del 12% anual. A China no le interesa un nuevo estado que dificulte sus necesidades, así que a priori, es difícil pensar que esta potencia se convierta de la noche a la mañana en aliado del EIIL. Tampoco le interesa que el EIIL se implique en las revueltas de las poblaciones musulmanas de la provincia de Xinjiang.

Está claro que Irán, en su condición de persa y chií, no se va a convertir en su aliado, incluso como ya he comentado, está dispuesto a colaborar con EEUU, pero tampoco es probable que las monarquías árabes se pongan en manos de un autoproclamado califa, por muy suní que sea, sobre todo si éste es regeneracionista y considera que su alianza con Estados Unidos es una traición a los principios del Islam. Tampoco Al-Qaeda va a tolerar que este nuevo movimiento le coma poder, aunque de momento no ha podido evitar su expansión y su éxito.

El EIIL ha anunciado, quizá demasiado pronto, su interés imperialista y expansivo, avisando de esta manera a sus enemigos de sus intenciones, pero también dejando claro que va a por todas y que tiene suficiente confianza en sí mismo como para no dar rodeos. De momento, el gran aliado del EIIL está siendo la inestabilidad de la zona y, sobre todo, la corrupción del gobierno iraquí de Al-Maliki. Precisamente, la baja eficiencia y estabilidad de la “democracia” iraquí es la base del descontento y la razón por la que las viejas rencillas entre clanes y tribus dibuja un mapa dividido en tres partes: kurda en el norte, suní en el centro y chií en el sur del país, todos ellas en conflicto intermitente. Además, dejar de lado el apoyo estadounidense para ponerse en manos chinas no parece ahora una buena idea, cuando precisa ayuda y China mira hacia otro lado, como suele ser frecuente.

Echar la culpa de esta situación a Estados Unidos y en concreto a George W. Bush por las intervenciones afgana e iraquí, no es faltar a la verdad, pero sí es ocultar o querer ocultar otras circunstancias tan o más importantes. Oriente Medio siempre ha sido inestable, ya sea por tradición o por religión o por cualquier otra circunstancia. Desde que Roma dominaba Europa, la frontera con Persia ha estado ligada a conflictos entre Oriente y Occidente. Durante los últimos siglos, los imperios británico y francés, después de los turcos y antes de los americanos y soviéticos, han intentado mantener en paz una zona que no la ha conocido durante mucho tiempo seguido.

Esta tradición guerrera y conflictiva se ha agravado, más que calmado, con el petróleo que ha dado capacidad financiera a los guerreros. La ausencia de un verdadero mercado tampoco ha ayudado, ya que estos intercambios son fruto de intereses políticos y no tanto de los de las sociedades civiles. No es probable que los más viejos del lugar recuerden momentos de tranquilidad.

Hasta cierto punto, el nacimiento del EIIL es una consecuencia lógica y razonable de la deriva de los acontecimientos. El islamismo está empezando a tomar conciencia de Estado y podemos empezar a ser testigos de la proclamación de nuevos califatos por todo el globo o de la adhesión de ciertas zonas a los ya existentes. En Libia, donde la Primavera Árabe y la aventura bélica de Sarkozy se han traducido en una guerra civil, el portavoz del grupo terrorista Ansar Sharia, Mohamed al Zahawi, ha proclamado por radio el “emirato de Bengasi”. Argelia y Egipto están en alerta, dado el carácter expansivo de este movimiento.

La (re)partición de Ucrania

A estas alturas de los acontecimientos, pocos pensarán que Ucrania no se encuentra en pleno conflicto civil. Desgraciadamente, el fantasma de la guerra se está haciendo realidad y sólo cabe desear que éste no vaya a más. Quien crea que las guerras nacen para enriquecer no sabe lo que supone una guerra. Quien desee una guerra no sabe lo que está deseando, ya no sólo por la destrucción de vidas, sueños, proyectos vitales, riqueza y propiedades, sino porque, dada su naturaleza incierta, nunca se sabe hasta dónde puede llegar o alcanzar. La Gran Guerra y sus consecuencias, la Segunda Guerra Mundial y después la Guerra Fría, son ejemplos de hasta dónde estamos dispuestos a llegar los humanos para demostrar nuestra estupidez.

La situación política de Ucrania ha avanzado durante los últimos años a una polarización cada vez más clara entre los partidarios del acercamiento a Rusia y los partidarios del acercamiento a Occidente, o al menos entre los que no quieren estar cerca de los rusos, incluyendo aquí a los nacionalistas ucranianos. Entre los primeros, se encuentran las poblaciones donde dominan o son mayoría los rusoparlantes y descendientes de rusos que durante los periodos zarista y soviético fueron desplazados, obligados (y casi me atrevo a decir que estabulados) por los gobiernos y estados que, a lo largo de siglos, han administrado estas regiones. Entre los segundos, los que históricamente se sienten pertenecientes a Ucrania, posiblemente identificando a los rusos con los soviéticos (la memoria histórica está de alguna manera aún muy reciente), ya que Putin fue en su momento un personaje oscuro de la todopoderosa KGB.

No podemos caer en el recurso fácil de identificar a malos y buenos como si estuviéramos viendo una película. Por mucho que admiremos u odiemos a unos y otros, en ambos bandos podremos ver, con sólo escarbar un poco, injusticias flagrantes y actos de odio dirigidos contra inocentes que sólo han tenido la mala suerte de estar en el momento inadecuado al lado de la persona incorrecta. Ya cometimos ese error en Europa durante la desmembración de Yugoslavia y muchos criminales de guerra croatas y bosnios quedaron en el anonimato, incluso para sus víctimas. En la guerra puede sufrir todo el mundo y cualquiera puede reaccionar con extrema violencia si se siente amenazado.

Durante las protestas de los ucranianos contra el Gobierno del líder prorruso Yanukovich lo hicieron, desde luego, aquéllos que ven en Occidente y, en concreto, en la Unión Europea, un modelo a seguir, incluso la integración, pero también lo hicieron grupos políticos que están más cerca de los nazis que de los partidos socialdemócratas que dominan hoy el panorama político europeo. Si éstos terminan dominando el Gobierno y el Estado ucraniano, nada bueno se vislumbraría. De hecho, nada bueno se vislumbra incluso con los más moderados en el poder. Y es que, aunque puedan caernos más simpáticos los que ahora lo ostentan, no podemos dejar de señalar que han llegado al poder mediante un golpe de Estado. Sí, es cierto que el presidente Yanukovich, que ganó unas elecciones legales y legitimadas por los observadores internacionales, no era precisamente un líder democrático, pero la manera de sacarle del poder y sustituirlo no ha sido un ejemplo de nada, más bien una reafirmación de que en esta zona se tiende más a la autocracia que a la democracia.

Ucrania se deshace y lo hace con la colaboración pasada y presente de muchos gobiernos que anteponen sus propias necesidades a cualquier otra circunstancia, incluyendo ya no sólo a las de los ucranianos, sino a las de los de sus propios países, usando los recursos que expolian legal o ilegalmente y destinándolos a acciones de dudosa legitimidad, eficiencia y oportunidad. A la cabeza de todos ellos, el imperialismo de Vladimir Putin que, apoyándose en su poder militar y en una oportuna rusificación de zonas que ahora no están bajo el dominio de Moscú, pretende "recuperar", ya sea de manera directa (como el caso de Crimea) o a través de gobiernos títeres (la Bielorrusia de Lukashenko), lo que en su momento formó parte del Imperio zarista y, quién sabe si más tarde, el Imperio soviético.

La actividad militar que Putin está realizando cerca de la frontera no es sólo un aviso de su poder, sino una amenaza clara de que, si es necesario, va a entrar sin que un débil ejército ucraniano vaya a impedirle apropiarse, al menos militarmente, de los principales puntos estratégicos del este del país. Las milicias prorrusas y una mayoría de la población apoyarían estos movimientos militares sin que nadie pueda hacer nada sin incrementar la tensión en la zona y el peligro de una guerra más general. Esta solución es mucho más drástica que la autonomía que pedían las regiones orientales en periodos anteriores y que ahora parece lejana, a medida que se hace más clara una anexión similar a la de Crimea.

El papel de Occidente es, si cabe, más patético. Putin sabe que tiene el poder y no le importa usarlo para "recuperar" una zona que considera como suya. Ucrania, al menos una parte de ella, se ha inclinado por Europa y Estados Unidos, y mientras Rusia se dedicaba a otras cosas, los gobiernos europeos y el americano han prometido alianzas que ahora no pueden o no quieren cumplir y que quedaron plasmadas en el tratado de Bucarest de 1994.

A Ucrania se le llegó a insinuar que tenía un lugar dentro de la Unión Europea, hecho que se vio apoyado por la entrada de países como los Bálticos o Croacia y Eslovenia, antiguas repúblicas yugoslavas. Se le consideró un socio comercial especial, lo que favoreció acuerdos económicos que ahora peligran y, con ello, todos los que de ellos dependen. Alemania, el socio con más peso de la Unión Europea en la zona, ha pasado ahora de apoyar a Estados Unidos y a otros aliados europeos contra la agresora Rusia a animar a los prorrusos del este y frenar las sanciones a Rusia. Quizá un análisis algo más calmado de la postura germana desde el principio del conflicto habría mostrado que las palabras iban por un lado y los hechos por otro sutilmente distinto. Y es que la vieja alianza entre Rusia y Alemania parece haberse reactivado.

El papel de Estados Unidos también es lamentable, ya que en su condición de policía mundial no ha sabido hacer casi nada, y lo poco que ha hecho, lo ha hecho mal. Las giras del Vicepresidente, Joe Biden, y del Secretario de Estado, John Kerry, no han conseguido nada más que o buenas palabras o amenazas de las dos partes, mientras que el conflicto se enquista más y se vuelve cada vez más violento.

A estas alturas del juego, la resolución pasaría por la partición de Ucrania en dos, una que se incorporaría a la Federación Rusa y otra que, al menos al principio, permanecería independiente, pero sin salida al mar y dependiente energética y económicamente de Moscú (cabe preguntarse si bajo la supervisión del oso ruso, poco tardaría en caer de rodillas). Si alguien piensa que en este conflicto dominan los temas económicos, creo que se equivoca. No porque éstos no tengan importancia, que la tienen y mucha, sino porque este conflicto nace de lo que Tucídides consideraba una de las tres razones de las guerras: el honor. Los imperios y los que aspiran a serlo tienen zonas donde se consideran líderes y no dejan que otros metan sus narices. Son como las mafias que se pelean por un barrio o una ciudad. A Putin le interesa lo que en su momento fue posesión de Moscú, ya sea bajo dominio zarista o bajo dominio soviético. Le cueste lo que le cueste y suponga lo que suponga. Alguien identificó los estados con las mafias y éste es un buen ejemplo de que dicho parecido es más que razonable.

Acto de guerra o terrorismo, ¿cuestión simplemente burocrática?

La postura liberal clásica sobre el Estado le otorga el único rol de proporcionar los servicios de defensa y protección de la propiedad de los individuos (entiéndase propiedad en sentido amplio, incluyendo la vida y el cuerpo de las personas).

En mi opinión, la teoría económica ya ha superado la noción de que dichos servicios hayan de ser proporcionados en monopolio legal por ninguna entidad, sea o no el Estado. Sin embargo, lo cierto es que, en la actualidad, son los Estados las entidades que, en última instancia, sea directa o indirectamente, suministran estos servicios a los ciudadanos. Otra cosa es la calidad del servicio que nos prestan, pero no es a esto a lo que dedicaré las siguientes líneas.

Aceptado el papel del Estado como defensor de nuestras derechos de propiedad, la cuestión que se plantea es si tiene sentido, ante un daño en la propiedad del individuo, la discusión de si se ha debido a un acto es de guerra, a uno de terrorismo o, simplemente, a la delincuencia común.

Desde el punto de vista del individuo propietario, parece que las causas del daño a su propiedad deberían ser irrelevantes. ¿Cambia en algo el deber de protección de la propiedad asumido por el Estado por el hecho de que se deba a una guerra o a un acto de terrorismo? No debería.

Es evidente que la protección en cada caso puede requerir de técnicas y recursos muy diferentes. Pero eso es algo a resolver por el experto en seguridad, al que supuestamente hemos contratado para que nos proteja. Cómo lo haga parece, en principio, su problema. Tampoco nos preocupa al pedir una cerveza de qué forma el camarero consigue que esté fría.

La discusión para el Estado puede ser muy relevante, porque los protocolos a usar en cada caso, los recursos a involucrar,… pueden ser muy distintos. Además, en una organización puramente burocrática, de la que es paradigmática el Estado, se funciona por políticas y no por objetivos de servicio al individuo[1]. En este contexto, la clasificación del hecho resulta fundamental para las actuaciones que se desencadenarán de forma más o menos automática.

Sin embargo, una vez más debería ser irrelevante para el individuo protegido. El único problema con los Estados es que, como reza el dicho "Hecha la ley, hecha la trampa", y por muy claras que estén las políticas, el Estado tenderá a hacer en cada caso lo que le convenga, con independencia de sus compromisos, aunque para ello tenga que hacer interpretaciones torticeras de los conceptos por los que supuestamente se rige. Ejemplos constantes de este tipo de actos no nos faltan, siendo muy comunes en el ámbito económico.

¿Es entonces el debate sobre si algo es terrorismo, guerra o delincuencia común un mero debate burocrático, típico de los Estados tratando de "escaquearse" del cumplimiento de sus obligaciones?

Para responder a esta pregunta, conviene preguntarse cómo actuaría una empresa privada que se encargará en última instancia de los servicios de protección y defensa de la propiedad de los individuos. ¿Sería relevante para esta hipotética empresa dicha distinción?

No cabe duda de que la respuesta ha de ser afirmativa, puesto que, como se ha apuntado más atrás, los recursos a involucrar en la defensa son muy distintos en cada caso. No es lo mismo defenderse de un delincuente común, que de la agresión de un ejército, o de un atentado terrorista.

Una simple consulta a la póliza de seguros del hogar o de enfermedad, mostrará con claridad que las aseguradoras no protegen nuestra propiedad de todo tipo de daños, sino solo de algunos claramente especificados. Por supuesto, es posible cubrir otros daños que los previstos en la póliza normal, pero ello tendrá seguramente un mayor coste.

Lo mismo supongo que ocurriría en el caso de análisis. El coste de la protección para nuestra propiedad se iría incrementando según quisiéramos estar cubiertos contra un tipo de acto u otro, desde la delincuencia común hasta la guerra. Y claro que iban a ser relevante para nosotros los criterios que usara la compañía aseguradora para calificar un acto como de uno u otro tipo. Por ejemplo, si solo hemos contratado cobertura contra la delincuencia común y la empresa declara el acto causante de nuestro daño como de terrorismo, no tendríamos derecho a resarcimiento/protección.

Con un agravante adicional, derivado de la específica naturaleza de los servicios de defensa, y que me atrevería a calificar de especialísima. Y es que, como nos enseña Gary Cooper en "Solo ante el peligro", los servicios de defensa no son íntegramente sub-contratables. En última instancia, es inevitable que el servicio de defensa tengamos que auto-prestárnoslo, aunque sea para evitar que la empresa que nos protege se vuelva contra nosotros. También aquí hay lecciones que aprender en el cine y las películas sobre la Mafia.

Ello hace que, incluso en un mundo sin Estado y con empresas privadas de protección, sea relevante la discusión de si un acto es de terrorismo o de guerra, pues ello influirá en la forma que nosotros mismos hemos de involucrarnos en la defensa de nuestra propiedad. Aunque sea, eso sí, pactada libremente en el contrato con la empresa de seguridad.

* Este texto es fruto de las reflexiones del autor durante su participación en el Coloquio 214 del programa Exploraciones sobre la Libertad, organizado por el Liberty Fund y la Universidad Francisco Marroquín. Por tanto, es de justicia dar gracias a los restantes participantes por las ideas aportadas, así como a las citadas entidades y a Lucy, Andrea y Andrea (¿o era Paula?) por la impecable organización y los buenos momentos disfrutados.



[1] Tal como explica Mises en su magnífica obra Bureaucracy. Mises L. von (1994) Bureaucracy. Yale University Press