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Etiqueta: Seguridad y Defensa

La Guerra de Secesión Americana (III)

Las guerras salen caras. Y las guerras largas salen aún más caras. La guerra es posiblemente la actividad antieconómica más eficiente a la hora de destruir recursos y riquezas, pero dicha circunstancia no impide que sociedades, países y Estados opten por ella cuando quieren alcanzar un objetivo concreto. Es bastante probable que los gobernantes que la eligen y las sociedades que la sustentan piensen en un conflicto corto, en la gloria del combate, el honor de servir a la patria, el miedo de ser dominado por el enemigo o en el interés de tener este territorio o aquel recurso. Razones históricas o prácticas no faltarán. En lo que no suelen pensar es en los costes, en los pagos a proveedores e implicados; y no lo hacen ni antes, ni durante, ni después del conflicto.

Norte y Sur se vieron rápidamente obligados a crear, mantener y alimentar dos ejércitos que pronto consiguieron ser de los más numerosos del momento. Y un ejército consume mucho y lo hace todos los días. Para que nos hagamos una idea, uno de campaña de 100.000 hombres (principalmente combatientes, pero también cocineros, oficinistas, médicos, etc.) requería 2.500 carros de suministro, al menos, 35.000 animales, entre mulos y caballos, y 600 toneladas de suministro diario. A ello habría que unir todas las necesidades de la cadena logística que permitía el avituallamiento desde los depósitos hasta el frente. Si tenemos en cuenta que, en un momento dado, hay varios ejércitos en movimiento, algunos en combate, otros formándose en la retaguardia, y que todos necesitan recursos, nos haremos una idea de lo que puede costar un infierno logístico como éste.

Norte y Sur no fueron muy imaginativos a la hora de financiar sus ejércitos y tiraron de las habituales herramientas de los Estados cuando tienen que hacer frente a gastos extraordinarios: el incremento de los impuestos, el endeudamiento y, cuando todo parecía insuficiente, incrementar aún más la masa monetaria, produciendo un efecto devastador sobre las economías de sus ciudadanos. En este sentido, Norte y Sur no se diferenciaron mucho, pero las circunstancias de cada uno de ellos eran muy distintas, por lo que uno podía hacer frente mejor que el otro a los compromisos adquiridos y el riesgo para los inversores era menor. En este sentido, el tándem gobierno-empresarios fue uno de los peores enemigos de los confederados.

En 1861, en el Sur se calcula que no había más de 25 ó 30 millones de dólares en oro en manos privadas, lo que era, a todas luces, demasiado poco para financiar un conflicto bélico. A diferencia del Norte, en el Sur los impuestos nunca funcionaron demasiado bien, aunque eran muy bajos y sobre transferencias claramente definibles, como los de aduana. El secretario del Tesoro, Christopher Memminger, intentó crear nuevos impuestos (a la exportación del algodón, a la propiedad), pero con escaso éxito. Mejor resultado le dieron los bonos, pero debido a las circunstancias de la guerra.

El Sur había logrado vender bonos de guerra entre sus ciudadanos en forma de dos empréstitos de 15 y 100 millones de dólares, pero su capital líquido era muy limitado, dado el estilo de vida rural mayoritario, por lo que se vio obligado a acudir al exterior. Las emisiones tradicionales de deuda tuvieron poco o nulo éxito en los mercados europeos, por lo que los financieros tuvieron que idear otros sistemas y, para ello, echaron mano de su principal recurso: el algodón.

El Sur comenzó a emitir bonos respaldados por el algodón, a 20 años y un cupón del 7%, cuyo mayor atractivo era que podían convertirse en algodón al precio anterior a la guerra, 6 peniques por libra. Los bonos de algodón tuvieron muy buena recepción en los mercados británico y holandés, los principales del mundo en aquella época. Los líderes sudistas pensaron que un embargo propio del algodón provocaría una escasez que dispararía el precio internacional y elevaría el interés por los propios bonos. Realmente, su valor se mantuvo bastante estable durante todo el conflicto, debido al valor creciente del algodón en todo el mundo.

Pero este ingenioso artificio financiero tenía un importante punto débil: los dueños de dichos bonos deberían poder tomar físicamente el algodón con el que se garantizaban los mismos, en caso de que el Sur no pagara el interés. A medida que se incrementaba la eficacia del bloqueo naval del Norte, esta posibilidad se hacía cada vez más remota. Cuando el 29 de abril de 1862, las fuerzas del Norte toman la ciudad de Nueva Orleans, el Sur perdió el último puerto desde el que los bonistas podían tomar el algodón sin un riesgo muy elevado. Los mercados internacionales y los grandes inversores perdieron así el interés por estos bonos, dado su excesivo riesgo.

Existía una segunda razón por la que los sudistas pensaban que este embargo era adecuado. Creían que la escasez de algodón en Gran Bretaña generaría una depresión en la industria textil, que obligaría a despedir a buena parte de los trabajadores del sector, lo que llevaría al gobierno británico, acuciado por las revueltas en las ciudades afectadas, a reconocer a la Confederación e intervenir en el conflicto a su favor.

Y lo cierto es que no iban del todo desencaminados. Para que nos hagamos una idea, en 1860, más del 80% de las importaciones de algodón que entraban en Gran Bretaña provenían de los Estados secesionistas. El embargo que ordenaron los propios terratenientes junto a los líderes confederados provocó que el precio del algodón se disparara de 6 ¼ peniques por libra de peso a 27 ¼, con lo que las importaciones cayeron de 2,6 millones de balas en 1860 a menos de 72.000 en 1862. Y desde luego que tuvo un efecto real entre los trabajadores; a finales de este mismo año, en la región de Lancashire, la mitad de la mano de obra había sido despedida y alrededor de la cuarta parte de la población dependía del auxilio social.

Sin embargo, los británicos no estaban por la labor. Durante años, la política del Imperio había sido la erradicación de la esclavitud como institución (que no es lo mismo que la igualdad racial, que en esa época ni se contemplaba) y, aunque sí hubo divisiones políticas a la hora de apoyar o no a alguno de los bandos, lo cierto es que ni la situación planteada por la escasez de algodón propició el reconocimiento del Sur ni la intervención de su marina. Además, el Imperio tenía otros problemas más inmediatos en Europa y la India.

Los europeos en general y los británicos en particular buscaron mercados alternativos en los que conseguir algodón, mercados que surgieron sin demasiados problemas en la propia India, Egipto y China, que se beneficiaron de los elevados precios que creó esta carestía artificial. Además, los almacenes británicos no estaban tan carentes de algodón, así que, quienes especularon, de alguna manera vieron recompensadas sus perspectivas y contribuyeron a que no se elevara aún más el precio.

Así que, en última instancia, los dirigentes sudistas se vieron obligados a imprimir dinero. Al principio, incluso antes de que se iniciara la guerra, en pequeñas cantidades, pero poco a poco se llenó de papel. El agosto de 1861 ya había unos 100 millones de dólares, algunos negocios privados empezaron a imprimir su propio dinero y, para 1863, se calcula que había unos 700 millones. Pero su dólar apenas valía unos pocos centavos de dólar en oro.

A diferencia de sus enemigos, el Norte tenía más capacidad para encarar los pagos derivados de la financiación de los ejércitos y sus campañas. Por una parte, tenía una base productiva superior a la del Sur, capaz de cubrir las necesidades militares una vez que la Industria se pusiera al servicio de la maquinaria bélica. En segundo lugar, debido a que los puertos del Norte no estaban bloqueados y la gran mayoría de la marina mercante se había mantenido fiel al Gobierno Federal, podía complementar su producción con importaciones, sin las dificultades que tenía el Sur.

Por último, el crédito norteño en el extranjero seguía siendo fuerte, debido a la habilidad financiera de sus administradores. Robert P. Chase, secretario del Tesoro, desarrolló un instinto desconocido en los dirigentes del Norte para vender bonos de guerra entre pequeños inversores. Chase rehuía las deudas y no era demasiado amigo de los bancos, así que cargó los costes de la guerra en los impuestos. El sistema impositivo del Norte tomó como modelo el británico en las guerras napoleónicas, pero fue más allá y no sólo tributaron productos de lujo e ingresos, sino también servicios, transacciones comerciales y herencias. Todos estos ingresos cubrieron los gastos derivados del conflicto y, en 1865, fueron suprimidos.

Pese a que la cantidad de oro que existía en el Norte era mayor que en el Sur, pronto Chase se vio obligado a emitir bonos, vendidos a un precio inferior al valor nominal para hacerlos más interesantes de cara los inversionistas. En febrero de 1862, el Congreso permitió la impresión de papel moneda (greenbacks). Al final de la guerra, se habían emitido un total de 492 millones de dólares. Al final, Chase había impedido que la situación se le escapara de las manos y evitó una devaluación exagerada de su moneda.

El resultado de la guerra fue un profundo empobrecimiento de la población del Sur y otro menos intenso en el Norte. En el Sur, entre octubre 1861 y marzo de 1864, los precios subieron cada mes un 10% de media, hasta el punto de que, en 1865, eran 92 veces superiores a los de cuatro años atrás. Mientras que un soldado ganaba unos 11 dólares al mes, en octubre de 1864, un barril de harina valía 425 dólares y una fanega de maíz, 72. Sin embargo, en el Norte, los precios habían aumentado, pero sólo un 60% de media. Los billetes de la Unión valían en torno a unos 50 centavos en oro al final de la guerra, mientras que el papel moneda de la Confederación valía 1 centavo en oro.

Pese a que los alimentos eran relativamente abundantes en el campo, sus problemas de distribución llegaron a causar hambrunas locales y productos indispensables como la ropa o el calzado se hicieron escasos. Por el contrario, la sociedad norteña se vio mucho menos afectada por la situación de escasez, que podían paliar a través de otras herramientas. En el Norte, el sistema financiero no se había corrompido del todo. Había mucho dinero en circulación y, a diferencia de lo que ocurría en el Sur, había productos que comprar.


Este comentario es parte de una serie de artículos relativos a la imposibilidad del cálculo económico en la Guerra de Secesión Americana. Para una lectura completa de la serie, ver también I y II.

Venezuela: cinco años más de subvención liberticida

El oficialismo triunfó en Venezuela. Más madera para que los adeptos a Chávez, sobre todo la progresía europea, insistan en que las urnas lo legitiman. En este sentido, de cara a la salud democrática, tiene mayor valor el fair play de Henrique Capriles acatando la derrota y prometiendo trabajar constructivamente desde la oposición. ¿Hubiera hecho lo mismo el caudillo bolivariano de haber perdido o hubiera desatado un tsunami de magnitudes incalculables?

La revolución bolivariana dispondrá, por tanto, de una nueva legislatura. Lo que no cambia es el vocabulario y las formas. En efecto, al estilo de los dirigentes de la antigua URSS, Chávez ha hablado del II Plan Socialista de la Nación, al igual que en su día Stalin estableció los Planes Quinquenales. Dicho plan seguirá las directrices habituales del Chavismo, esto es, politización de la ayuda a través de los programas sociales, permitiéndole obtener lealtades inquebrantables.

Más complejo se presenta el panorama para la libertad de expresión, no siendo descartable que tenga como modelo a Rafael Correa. Éste ha definido la victoria de Chávez como algo “maravilloso”, empleando un lenguaje de corte bélico: “próxima batalla: Ecuador”. Las extravagancias no han terminado ahí, de tal manera que Evo Morales ha dedicado el triunfo de Chávez al Che Guevara. Cualquier argumento es bueno para anestesiar a las masas.

Asimismo, conscientes de que en Venezuela puede producirse una incertidumbre a todos los niveles, especialmente en el económico, unido a las posibles represalias hacia quienes no comulgan con el Chavismo, la combinación de ambos factores ocasionará que muchos venezolanos opten por la emigración. En este sentido, no caigamos en el error de pensar, como le gustaría a Chávez, que se trata de una emigración por razones políticas, puesto que el panorama laboral en el interior invita a buscar destinos en otras naciones, especialmente en aquellas que en mayor medida son víctimas de las iras verbales del Presidente (Estados Unidos).

Igualmente, el ventajismo se ha apoderado de las primeras manifestaciones de Chávez. Avisos al Rey de España (recordando el incidente en la Cumbre Iberoamericana de 2007) y denuncias de una conspiración internacional (a la que, obviamente, ha derrotado) que trataba de hacerle perder las elecciones, han sido los primeros ejemplos, aunque no serán los últimos. La campaña electoral americana espera sus “análisis”, pese a que para Barack Obama y Mitt Romney lo que sucede en América Latina ocupa un lugar marginal.

Este cúmulo de circunstancias no puede ocultar un hecho: el empobrecimiento aumenta en Venezuela, mientras el resto de vecinos regionales implementan estrategias con las que fortalecen sus economías (por ejemplo, la Alianza del Pacífico), buscando generar sinergias despojadas de componentes ideológicos. Como se observa, todo lo contrario que el país caribeño, que insistirá en profundizar las relaciones con Rusia, Irán o Bielorrusia, mientras subvenciona a sus socios del ALBA.

En efecto, Daniel Ortega y los Castro son quienes con mayor alegría han recibido la victoria de Chávez, a pesar de que el nicaragüense no hace ascos en sumarse a las peticiones de dinero a Estados Unidos para afrontar los problemas de seguridad que atraviesa Centroamérica. En cuanto a la Isla-cárcel, la ayuda de Caracas le permitirá mantener en pie ciertos dogmas, como la calidad de su medicina, cuando en realidad son cada vez son más los hospitales que se cierran.

Por tanto, la política de símbolos prosigue. Apoyo incondicional tanto a Bashar Al Assad (presentándolo como en su día hizo con Gadaffi como un mártir de la voracidad del capitalismo) como a Ahmadineyad, incurriendo en el antisemitismo, como se mostró durante la campaña electoral, sin olvidar que Chávez tratará de aparecer como el valedor de “la paz” en Colombia. El resultado de todo ello es que Venezuela dará nuevos pasos hacia su decadencia como país, mientras que la inseguridad e incertidumbre regional aumentarán.

La Guerra de Secesión Americana (II)

Un conflicto militar se desarrolla en tres niveles de fronteras confusas, difíciles de establecer. El nivel táctico es el más intuitivo para el común de los ciudadanos y al que nos solemos referir en comentarios improvisados, generalmente referido al intercambio de fuego, aunque es mucho más amplio. El nivel operacional, que tiene mucho que ver con el logístico y el movimiento de las tropas, muchas veces se da por supuesto y, sin embargo, ciertas decisiones en este nivel pueden determinar el éxito o el fracaso de un choque violento, incluso antes de comenzar, al colocar los ejércitos en posiciones ventajosas o cortando el acceso a los suministros del enemigo. El tercero es la estrategia, a la que en muchos casos se añaden las decisiones políticas. El nivel estratégico-político establece de alguna manera el contexto en el que se van a desenvolver los otros niveles, establece los objetivos a conseguir para alcanzar el triunfo y, de alguna manera, las reglas que se imponen al conjunto. Para que exista una mayor probabilidad de victoria, las decisiones en los tres niveles deben ser coherentes y acertadas, o al menos, más coherentes y acertadas que las del enemigo.  

Son esta complejidad y la incertidumbre del resultado las que invitan a los militares, al menos a los más formados, a no acudir al enfrentamiento de manera frecuente y, en todo caso, echar mano de la disuasión. Suele ser frecuente que los políticos tengan poca o nula experiencia militar, por lo que esta reflexión puede no ser realizada a tiempo. Teniendo en cuenta la rapidez con la que ambos bandos entraron en conflicto, no parece que esta preocupación hubiera tenido mucho peso en el cálculo político de los líderes de Norte y Sur.

Aunque a posteriori es fácil ver por qué se produjo la derrota del Sur y no la del Norte, había algunos aspectos que tendrían haber hecho a los políticos sudistas reflexionar, percatarse de que su plan de secesión era una locura política, pues podía convertirse, como así fue, en una pesadilla militar. Para que el Sur hubiera tenido la oportunidad de derrotar al Norte, se tenían que haber dado dos circunstancias, a saber: que su ejército hubiera conseguido una victoria rápida, en unas pocas batallas decisivas, y que su Gobierno hubiera obtenido un rápido reconocimiento internacional, en parte alentado por tales victorias. Ninguna de las dos se dio.

La planificación de un hecho caótico como es la guerra resulta harto complicada, y si el tiempo y los recursos son suficientes, suelen ponerse las cosas en su sitio. Pero lo anterior no implica que no tenga que haber planes de guerra y preparación para la misma, algo que el Sur no había hecho. No había realizado acopio de armas ni municiones, no tenía un ejército formado y preparado, sino una milicia con pocos o nulos conocimientos militares, no tenía objetivos estratégicos, sólo improvisación, voluntad política y apoyo popular. Y es que hay que reconocer que ambos bandos encontraron un más que entusiasta respaldo de sus ciudadanos, al menos los primeros años de conflicto, lo que es difícil de entender desde una sociedad como la nuestra.

Para que nos hagamos una idea de esta improvisación, quizá una de las decisiones más importantes fuese la elección de la capital de los Estados Confederados en Richmond (Virginia), a unos 160 kilómetros de la capital federal, Washington, lo que en términos militares de la época suponía sólo dos días de marcha. Ambas ciudades estaban protegidas por una densa red fluvial y una gran masa boscosa que las hacía fácilmente defendibles, pero a su vez, objetivos inevitables para ambos bandos. Una capital más alejada, situada en una de las dos Carolinas o incluso en Georgia, podría haber permitido una mayor flexibilidad en el manejo de los ejércitos y no habría condenado a ambos bandos a situar importantes ejércitos defendiendo y asaltando ambas ciudades, sobre todo para el Sur, en una situación demográfica desfavorable.

La planificación del Norte era tan improvisada como la del Sur. Sin embargo, presentaba una serie de factores que suavizaban estas carencias. Una capacidad financiera y logística para adquirir armas en el extranjero, una base demográfica con la que crear grandes ejércitos en caso de un conflicto prolongado, la capacidad industrial para satisfacer las demandas de dichos ejércitos, una marina de guerra que garantizaba el comercio propio y lo negaba al enemigo, una red de ferrocarriles que favorecía el movimiento de tropas y mercancías por su propio territorio y que facilitaba así el acceso al del enemigo, y un reconocimiento diplomático y político del que carecía el Sur.

A pesar de estas ventajas, sus efectos tardarían en hacerse determinantes, pues también el Sur presentaba las suyas. Éstas eran básicamente dos; por una parte, en el bando sudista se situaban los mejores generales tácticos y operacionales de la guerra, Robert E. Lee, Thomas "Stonewall" Jackson, J. E. B. Stuart, Nathan Bedford Forrest y Joseph E. Johnston. La labor de éstos y algunos otros oficiales durante los primeros años de la guerra fue fundamental. A diferencia de Lincoln, Jefferson Davis no tenía demasiadas dificultades a la hora de buscar militares que lideraran sus ejércitos. Mientras tanto, en Washington, congresistas, senadores y otros políticos revoloteaban en torno al presidente con la intención de conseguir gloria militar para adornar su carrera política. Fueron éstos y otros militares menos capacitados que los del Sur los que durante los primeros años de conflicto se convirtieron en carne de cañón para las tropas sureñas.

El otro factor que jugaba a favor del Sur era la enorme superficie y accidentada orografía del territorio confederado. Paradójicamente, Estados Unidos era en esa época un país relativamente desconocido. Para que nos hagamos una idea, la India estaba mejor cartografiada que los territorios americanos en aquella época. Los mapas eran un activo militar valioso que no debía caer en manos del enemigo. Como curiosidad, la biblioteca de planos que llevaba Ulysses S. Grant a la batalla y que había ido coleccionando como hobby, era más completa que la que tenía oficialmente el Gobierno Federal. De hecho, estas distancias fueron determinantes para que una victoria rápida, elemento esencial para el Sur, fuera imposible.

Así pues, ambos bandos se enfrentaban a la gran extensión del teatro de operaciones, de forma que los objetivos estratégicos, cuya toma podía haber determinado el fin de la guerra, estaban demasiado lejos para que tanto los ejércitos del Norte como los del Sur llegaran a ellos, pese a que intentaron una invasión física en varias ocasiones, enfrentándose a una pesadilla logística. Incluso para el Norte, el Sur tenía pocos objetivos que pudieran ser considerados verdaderamente estratégicos, dado el pequeño tamaño de sus ciudades y su escasa importancia relativa.

La Guerra de Secesión americana fue una guerra larga, una contienda en la que los soldados y oficiales aprendieron a hacer la guerra casi desde cero, pues tenían poca experiencia militar y desconocían en buena medida las estrategias y tácticas de los más experimentados ejércitos europeos. Ambos bandos aprendieron a costa de derramar sangre, y lo hicieron tan bien que adelantaron algunas de las situaciones a las que se enfrentarían los ejércitos europeos en la Gran Guerra medio siglo después. La guerra americana vivió la primera guerra de trincheras, se usaron por primera vez de manera efectiva submarinos y se construyeron y se enfrentaron entre sí los precursores de los acorazados, barcos que decidirían en las siguientes décadas y hasta la aparición de los portaviones, la guerra en el mar. Se inventaron las primeras minas terrestres, se usó el primer rifle de repetición, se hizo un uso extensivo del telégrafo, se utilizaron las líneas ferroviarias para transportar cantidades hasta ese momento desconocidas de tropas, mercancías y municiones, así como los globos cautivos para la observación, y por primera vez, los recursos industriales de uno de los bandos para mantener el esfuerzo de guerra. Además, en el Norte, se estandarizó la fabricación de uniformes y botas.

Y una guerra larga e innovadora suele ser una guerra cara. La financiación de la guerra y sus consecuencias es uno de los principales retos a los que se enfrentan los líderes durante el conflicto. Si éste es corto, por lo general no tiene un peso relevante, pero si el conflicto se alarga, la economía puede ser decisiva en su desarrollo y desenlace. Y esto es más evidente cuando lo prestado puede y debe ser devuelto, con sus respectivos intereses. Norte y Sur tuvieron distintos retos en distintos escenarios.


Se puede leer el primer comentario de esta serie aquí.

El triunfo de la geopolítica

Los estados existen y se constituyeron en entes absolutamente determinantes de la vida humana. El espacio y la población de La Tierra están repartidas entre ellos, los cuales son, por naturaleza, expansivos y tienden, como los gases, a ocupar el total de su recinto y como cualquier otro colectivo biológico, a competir por los recursos.

La Unión Europea es el fruto innegable de un horrible siglo, el XX, de contiendas en y desde el Viejo Continente. No es el resultado de una mentalidad de paz expresamente labrada en lo más profundo de los hábitos y proclamas de sus habitantes. Europa se comporta como cualquier otro bloque geoestratégico o como cualquier estado de la historia.

No podría negársele un puesto entre los axiomas de la acción humana a la observación (comprensible también por simple introspección) de que a las diferencias de potencia militar les corresponden variaciones en la visión de los problemas. Un estado o un bloque hiperpotente prescinde de un enfoque pacifista hasta que pierde poder militar y uno que no es poderoso deja de ser pacifista en cuanto adquiere la suficiente capacidad ofensiva. La Unión Europea no es una construcción idealista basada en la prosperidad bien repartida y los valores del diálogo, sino un producto necesario para la estabilidad mundial y para sus miembros porque neutraliza, de momento eficazmente, el grave problema que fue Europa. 

El desarme de Alemania ha sido una bendición para el mundo, para los europeos y, especialmente, para Alemania por el simple y radical hecho de que existió un factor externo dispuesto a salvar a Europa de las réplicas de su tragedia: los europeos ya no tendrían que armarse para alejar la amenaza histórica de Rusia (pre-soviética, soviética y post-soviética). En un hobbesiano mundo de estados en permanente competición de poder Europa habría alcanzado una burbuja kantiana, al fin, de paz perpetua. Pero ¿por sí misma? No. No es posible financiarse una burbuja de falsa riqueza que vaya desde los estados europeos más ricos hasta los más históricamente quebrados sin subvenciones exteriores.

El pacto Atlántico suscrito tras la Segunda Gran Guerra estableció que la seguridad europea sería sostenida directamente por los Estados Unidos y que la reconstrucción militar de Alemania sería inaceptable. Una subvención en toda regla que liberó, por una parte, inmensos recursos de esa y de otras naciones ricas de Europa para financiar la burbuja de paz y, por la otra, cerraría el paso al recurrente problema de la belicosidad de los estados del Viejo Continente.

Hoy nos encontramos con una crisis que ha de ser resuelta aplicando medidas nacidas de la ciencia económica. El debate permanente está en qué políticas de ingresos, gastos, moneda e impuestos han de aplicarse. Las alternativas son solo tres. O se acierta rotundamente, o se yerra estrepitosamente o se sale, mal que bien, con una combinación de fallos y éxitos. Esto último es lo más probable pero, y esto es absolutamente decisivo, sean cuales sean los resultados, el nuevo ciclo estará marcado por la clara percepción de quién financia el invento de la Europa Unida, quién tendrá el mando en ella, legítimamente reclamado, y quién sostendrá desde el exterior el poder económico, poder blando, de Alemania en su continente.

La dinámica entre poderes geoestratégicos sostenidos por y con las armas dicta la marcha de los grandes asuntos, los enmarca y determina la forma de los subsistemas a los que engloba, como es el económico. Cualquier análisis de la crisis realizada con modelos endógenos siempre será un mero instrumento, intencionado o no, en manos del reparto de poder europeo y mundial entre estados.

Guerra de Secesión Americana (I)

Es posible que el de los militares sea hoy en día uno de los colectivos más maltratados por personas de distintas ideologías. Quizá sea porque la violencia repugna moralmente, sobre todo la violencia planificada, y porque es fácil colocarnos en el papel de víctima de esa misma violencia. De los militares se dice con frecuencia que ansían la guerra, suspiran por la batalla y la destrucción. Sin embargo, son menos frecuentes las guerras que se han empezado por la obstinación de un militar que las que han estallado por el empecinamiento de los líderes políticos, que creen que es una herramienta fácil de controlar. Algunas, paradójicamente, se han iniciado incluso en contra de la opinión de los propios militares.

En febrero de 1861, los líderes secesionistas se reunieron en Montgomery (Alabama) para crear una nueva nación: los Estados Confederados de América, con una Constitución muy similar a la de sus enemigos norteños, pero permitiendo la esclavitud. La elección como presidente de Estados Unidos de Abraham Lincoln había sido el detonante de la decisión del Sur. En diciembre de 1860, una convención en Carolina del Sur había declarado su secesión. A ella, siguieron las de los Estados de Mississippi, Florida, Alabama, Georgia, Louisiana y Texas. Sin embargo, previo a todo esto, el clima de violencia creciente entre los Estados esclavistas y los no esclavistas se había ido intensificando desde el Acta Kansas-Nebraska, que permitía a cada Estado votar a favor o en contra de la institución de la esclavitud, que en teoría beneficiaba al Norte y que sustituía al Compromiso de Missouri, firmado en 1820.

La esclavitud se ha situado en el imaginario creado en torno a la Guerra Civil americana como la principal causa del conflicto y, aunque tuviera un papel importante en su justificación moral, habría que buscar las claves también en otros factores.

En primer lugar, el conflicto entre el Gobierno Federal y los gobiernos de los Estados, identificado el primero con el Norte y los segundos con el Sur. Desde la independencia de Gran Bretaña, las delimitaciones legales, así como sus derechos y deberes políticos, no habían quedado claros y los conflictos habían protagonizado buena parte de la política interna americana.

En segundo lugar, la imposición por parte del Gobierno Federal de una serie de medidas fiscales que afectaban de manera desigual a los industriales del Norte y a los plantadores del Sur, perjudicando a éstos últimos. Durante varias décadas, los congresistas y senadores del Sur habían conseguido mantener los aranceles a la importación en niveles aceptables, incluso reduciéndolos con respecto a los que ya existían en la década de los 20; sin embargo, al final de la década de los 50, los industriales del Norte pedían una política fiscal más acorde con sus intereses, con unas tasas más elevadas, dificultando a los grandes terratenientes del Sur (que no eran muchos, todo hay que decirlo) la compra de algunos bienes de equipo en el extranjero.

En tercer lugar, el distinto desarrollo económico y social de ambos territorios, que había generado dos sociedades muy distintas y, hasta cierto punto, antagónicas. No era extraño que la gran mayoría de los americanos nacidos antes de la mitad del siglo XIX en Estados Unidos no se hubieran movido más de 20 kilómetros del lugar que les había visto nacer. Esta inmovilidad relativa había dado lugar a un Norte industrial y más poblado, frente al Sur eminentemente agrícola y más tradicional, con una población dispersa en un territorio enorme, donde la esclavitud era importante, al menos para la economía de los terratenientes, aunque no para la gran mayoría de la población, repartida por numerosas granjas independientes, la gran mayoría, sin esclavos.

En 1861, todo parecía indicar que el conflicto se podía convertir en una guerra abierta, como así ocurrió. Cuando el 13 de abril se produjo el bombardeo – sin víctimas – del fuerte Sumter, bajo la bandera de los Estados Unidos de América, los líderes políticos que gobernaban los Estados Confederados estaban seguros de que empezaban una guerra corta que daría pie a una independencia rápida de los Estados secesionistas y una aceptación internacional de su soberanía, apoyada ésta última en la enorme demanda de algodón de las grandes potencias europeas, en especial Gran Bretaña y Francia.

Esa idea de que las naciones del Viejo Continente les apoyarían por ser su principal proveedor de algodón, unida a la percepción de que la sociedad sudista era superior a la del Norte y que su capacidad bélica era, por tanto, mayor (no eran extrañas las comparaciones en las que uno de los soldados del Sur era equivalente a un número variable de los del Norte), iniciaría un violento camino que conduciría, no sólo a la derrota del Sur, sino a la desaparición de la causa sudista, no la esclavitud, que posiblemente habría desaparecido con el tiempo, sino la defensa de los derechos de los Estados frente al Gobierno Federal y, de alguna manera, al declive de su forma de vida.

Y es esta simplificación de la realidad, esta visión idealizada (quizá basada en la propia experiencia americana) de que una causa aparentemente justa puede y debe terminar bien, la que hizo que los políticos del Sur tomaran una serie de decisiones que determinarían el transcurso de la guerra y su resolución.

La arrogancia sureña, el honor mal entendido, explica situaciones tan absurdas como empezar la guerra sin haber acumulado suficientes suministros (quizá por la seguridad de que sería un conflicto corto tras algunas rápidas victorias del Sur), el no haber sondeado de manera adecuada un previo reconocimiento internacional (que se daba por hecho por la "dependencia" del algodón del Sur de las factorías británicas y las supuestas simpatías de Napoleón III hacia la causa sudista, obviando la amplia repulsa británica a la esclavitud, los problemas del gobierno francés en México y la necesidad de que el Norte no interfiriera en su incursión mexicana) o haber creado una estrategia de actuación en función de las posibles respuestas militares del Norte a su desafío, en vez de un camino político, más largo, pero seguramente más exitoso. El cálculo político maneja demasiadas variables como para que los resultados sean siempre los que se buscan, sobre todo, si se parte de premisas erróneas.

Otra vuelta de tuerca de las FARC

En 1964, nacieron las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia con un único objetivo: la creación de un estado marxista en Colombia. Para cumplir su misión, las FARC no han dudado en asesinar, robar, secuestrar o aliarse con otras mafias y grupos violentos. Aprovechando la prohibición global sobre las drogas duras, las han cultivado y vendido en Occidente, con la idea de que ello contribuirá a su destrucción. No han vacilado a la hora de desplazar a los colombianos que han tenido la desgracia de vivir en los terrenos que controlan, los han usado como esclavos y, como denuncia Human Rights Watch, han reclutado forzosamente a esos civiles, incluyendo menores de edad desde los 10 años.

Pero las FARC no han recorrido este siniestro camino en solitario. Han contado con aliados muy variados y tan totalitarios como ellos. La Unión Soviética o la Cuba de Fidel Castro fueron, no sólo importantes apoyos de su lucha revolucionaria, sino también su inspiración ideológica y, durante mucho tiempo, técnica y armamentística. Cuando estos apoyos desaparecieron o flaquearon, la Venezuela de Hugo Chávez, con su proyecto bolivariano y su Socialismo del Siglo XXI, ha sido un más que aceptable sustituto.

Las FARC están ya muy curtidas en el engaño. En los años 80, anunciaron un alto el fuego y crearon la Unión Patriótica, una organización que pretendía acceder al poder a través de la política. Los conflictos entre las FARC y otros grupos armados o mafiosos (algunos de los cuales tuvieron el apoyo de ciertos sectores del ejército y del Estado colombianos) llevarían a incumplir sus propios acuerdos y a un recrudecimiento de la violencia.

Durante los años que presidió el país Andrés Pastrana, las FARC apoyaron al candidato con la excusa de la negociación, e incluso su líder en ese momento, Manuel Marulanda -alias "Tirofijo"-, se fotografió junto a una imagen del, en ese momento, presidenciable. Pastrana, una vez elegido, realizó una serie de concesiones, incluyendo la creación de una zona "desmilitarizada", conocida como Zona de Distensión, que los terroristas ocuparon inmediatamente, ampliando así su control sobre el territorio. En ningún momento pensaron en la rendición y, durante todo ese tiempo, además de obtener apoyo internacional en un momento en que éste flaqueaba, se fortalecieron militar y financieramente. Los asesinatos y secuestros, incluyendo los de niños, no cesaron.

Las FARC, como otros muchos grupos guerrilleros y terroristas de izquierdas, tienen bien claros sus objetivos y la filosofía para conseguirlos: todo vale si con ello parece estar más cerca el fin buscado. De la misma manera que el Komintern pasó de la revolución pura y la violencia directa contra sus enemigos a alianzas con ciertos partidos que permitieran a los Frentes Populares acceder al poder, los grupos terroristas han usado métodos similares: la creación de partidos políticos o la alianza con otros ya existentes, el apoyo a candidatos "negociadores" del adversario y la creación de ayudas sociales entre la población que los sufre, pero también la generación de un ambiente opresor sobre disidentes o personas de las que se desconfía.

En España, esta situación no nos resulta nueva. La banda terrorista ETA lleva muchos años anunciando ceses limitados de su actividad, treguas parciales o incluso totales, mientras su aparato logístico y político sigue actuando y preparando sus próximos objetivos. Y lo ha hecho empleando exactamente los mismos métodos.

Pocos se pueden ya sorprender con la aparente ilógica que las FARC han mostrado durante este febrero de 2012. A principios de mes, colocaban varias bombas en distintas localidades, que provocaron 18 muertos y 77 heridos, seis horas después de anunciar la decisión de retener a seis rehenes que se habían comprometido a liberar. Días más tarde, atacaron la base militar de Los Farallones, donde asesinaron a tres militares e hirieron a otros 18. Pese a tal reguero de sangre, los narcoterroristas sorprendieron con el anuncio de que renunciarían al secuestro como medio de financiación y liberarían a diez soldados que mantenían como rehenes, lo que generó cierta esperanza en algunos círculos y mucha desconfianza en otros.

No deja de resultar sorprendente que personas aparentemente formadas e inteligentes no muestren ningún tipo de desconfianza cuando un grupo terrorista de larga trayectoria sangrienta anuncia una limitación de su actividad delictiva. No pocos medios de comunicación han querido ver un rayo de esperanza en dichos actos, lo cual es sólo achacable a una candidez impropia de su actividad empresarial o a una descarada ideologización. Ambas opciones son perfectamente legítimas, pero también criticables.

Si los valores en los que los grupos terroristas basan su actividad totalitaria siguen vigentes entre sus dirigentes y simpatizantes, sólo cabe la vigilancia por parte de la sociedad civil y el uso escrupuloso de la ley por parte de las autoridades para mantenerlos a raya. Bien es cierto que terroristas y guerrilleros pueden llegar a cambiar, pero generalmente lo hacen a título individual y se convierten en apóstatas de su causa, algo mucho peor que un no creyente. Cuando es una organización entera la que cambia, simplemente se disuelve, pues no tiene ya razón de ser. Las negociaciones y pasos intermedios no son más que estrategias que engañan a algunos y que, en más de un caso, les ha dado excelentes resultados.

Economía, justicia y restitución

En estas últimas semanas ando leyendo y escuchando algunas referencias al término de “restitución”, un concepto que utilizaron con frecuencia los maestros de Salamanca (como veremos en seguida), aludiendo a la necesidad de devolver lo injustamente adquirido, el daño causado voluntariamente, o de reponer el honor mancillado con injurias o calumnias. Como verán, se trata en todos los casos de circunstancias tan válidas en estos días como en la época de nuestros doctores escolásticos del siglo XVI y XVI: podríamos decir que son casi connaturales a la condición humana desde el comienzo de los tiempos.

La actualidad del tema estriba en que (¡por fin!) parece que nuestra sociedad comienza a percibir que ante los ladrones, estafadores o criminales violentos no basta con juzgarles e imponerles una sanción penal y una multa económica. Empezamos a exigir que, junto a ello, devuelvan aquello que adquirieron con trampas, engaños o violencia. Qué menos que las víctimas recuperen lo que era suyo legítimamente, además de alguna compensación por otros daños infringidos. Es claro que ante un asesinato, ya no es posible recuperar la vida perdida… Por ello, sería un requisito mínimo otorgar a los familiares un reconocimiento (también pecuniario, por qué no) que mitigue en parte su quebranto. Estoy pensando, como podrán intuir, en tantas víctimas del terrorismo en nuestro país, que adicionalmente a su dolor han recibido el olvido e incluso el desprecio. Pero no es éste el tema del que quería escribir.

La restitución sobre la que voy a discurrir se refiere principalmente a cuestiones relacionadas con la economía y los negocios. Son éstas las noticias que señalaba: el clamor para que los ladrones de cuello blanco o sombrero autonómico, trajes de terciopelo o maletines ministeriales, sangre roja o de color púrpura, todos ellos, juntamente con el castigo que prevea la Ley, deban devolver también lo robado. Al banco, empresa o persona que estafaron, y a los ciudadanos si se trataba de dinero público.

Decía que esto es algo que tuvo muy claro la civilización europea, por lo menos desde la Edad Media hasta la Ilustración. Ignoro los motivos filosóficos o jurídicos por los que la restitución fue desapareciendo del escenario público. Pero ya en la Summa Teológica de Tomás de Aquino hay un apartado De restitutione (en el capítulo sobre la virtud de la justicia, questio 62). Allí explica que pertenece a la equidad en los intercambios y se aplica a casos como la compensación a quien se le dio de menos en una compraventa; la sustracción culpable de bienes; la retención de un salario o el estorbo para que alguien obtenga un oficio o prebenda. En todos los casos, hay obligación de restituir al menos el daño causado (puede ocurrir que el juez determine una cantidad mayor), y hacerlo inmediatamente porque la demora en el tiempo supone una nueva injuria.

Tras el magisterio de Francisco de Vitoria en Salamanca, se impuso en aquella universidad la costumbre de explicar Teología comentando los apartados de la Summa de Sto. Tomás. De manera que en el citado capítulo sobre la Justicia se siguieron considerando aquellas circunstancias acerca de la restitución que había suscitado el Aquinate. Claro que, trescientos años después, las condiciones económicas habían cambiado bastante, y las disquisiciones en torno a ese tema cada vez fueron más abundantes. Por ejemplo, el Tratado sobre la virtud de la justicia de Bartolomé de Carranza (1540) ya incluía un largo capítulo De restitutione, en el que se trata prolijamente de los contratos de compraventa, el dominio (o sea, la propiedad privada), el cobro de interés, el pago de impuestos (censos, peajes, alcabalas…) e incluso el dinero ganado por un juego prohibido.

Comprendemos mejor ahora, por tanto, cómo proliferaron diversos tratados con ese título De restitutione en la España del Siglo de Oro, junto a otras consideraciones sobre los cambios o el precio justo. Marjorie Grice-Hutchinson llamó la atención sobre una pionera obra de Juan de Medina: Codex de restitutione et contractibus (1543), conocida y citada con elogios por Domingo de Soto. Personalmente le tengo un aprecio especial a esta obra, porque ha servido de inspiración gráfica a esa brillante iniciativa del rector Ibárgüen: el Sitio Escolástico de la UFM, del que hemos hablado tantas veces aquí. Además, es posible acceder a la versión digital del texto a través de catálogos web.

Pero hay más tratados sobre la restitución, como los que señalaremos rápidamente: las Disputationes morales de restitutione, de Marco Paulo de Santoyo (s. XVI); el Tractatus de restitutione in integrum absolutissimus, de Johannes Mauritius (1575); el anónimo Tractatus de restitutione (1657); o un Operis de restitutione in foro conscientiae de Pedro de Navarra (1597), autor que cita en casi doscientas ocasiones el libro de Juan de Medina.

No estaría de más que algunos jueces, economistas o políticos le echen un vistazo a esas obritas, y que todos los demás nos impliquemos en la difusión de este olvidado requisito para construir una sociedad más justa.

Ajedrez en Oriente Medio

Gran parte de las decisiones de política internacional de los gobiernos son las que menos benefician a los ciudadanos, que suelen terminar pagando sus excesos. A finales de diciembre, el gobierno iraní anunció su intención de bloquear el estrecho de Ormuz, salida natural del petróleo iraní, iraquí, kuwaití y buena parte del saudí que se dirige a las rutas comerciales del Índico y del Mar Rojo. Esta decisión no era gratuita, respondía a las de varios gobiernos occidentales de sancionar a los iraníes por su programa nuclear, ligado a las necesidades militares y expansivas del régimen de los ayatolás y no tanto a las energéticas, como finalmente ha reconocido la propia OIEA.

La primera consecuencia de la decisión iraní fue inmediata. Ante un potencial problema de abastecimiento, los precios del petróleo se dispararon, pero la imposibilidad técnica de que unas fuerzas armadas como las iraníes pudieran cerrar el estrecho moderó la fuerte subida inicial. Por lo general, este tipo de conflictos no responde a la lógica del comercio, sino a la de la política.

Los malos momentos políticos y económicos por los que pasa Estados Unidos, fruto de decisiones gubernamentales como poco discutibles, no han hecho que renuncie a su papel de policía mundial; papel que no debemos olvidar, también le hemos otorgado. Estados Unidos amenazó a Irán con impedir el cierre de Ormuz. Es cierto que un país como el iraní no puede llevarlo a cabo, pero sí que puede desde tierra o desde cualquier barco de pequeño calado usar misiles contra cualquier petrolero o mercante que navegue por el estrecho. Y esto tampoco es un tipo de acto que la V Flota de Estados Unidos pueda evitar. Por muy grande que sea el elefante, unas bacterias le pueden matar.

El problema del programa nuclear iraní no es sólo que pueda lanzar o detonar un artefacto en Israel o en otro país occidental, sino que turcos, saudíes, egipcios y cualquier otro país en la zona también quieran tener otro parecido. La proliferación nuclear y la creciente amenaza del terrorismo es un coctel demasiado peligroso para que países con tendencia a la desestabilización o con ciertos valores morales dudosos también tengan bombas nucleares. Bastante tenemos con los que ya las tienen.

Irán se siente tan fuerte que, pese a las amenazas de Estados Unidos, los ayatolás han anunciado una serie de maniobras que simulan el cierre del estrecho. Los iraníes se sienten fuertes porque tienen de su parte a los chinos, a los que venden buena parte de su producción desde que varios países occidentales se negaran a comerciar con el régimen, y a los rusos, de los que logra gran parte de sus armas.

China, por su parte, necesita satisfacer dos objetivos. El primero, las necesidades energéticas crecientes de su sociedad económicamente más próspera. El segundo objetivo es menos “beneficioso”. China tiene como enemigo a Estados Unidos, por lo que no duda de aliarse con los enemigos de su enemigo si con eso saca cierta ventaja política y extiende su esfera de influencia. No es extraño que China tenga una presencia cada vez más grande en África o en América Latina, sobre todo, en países con gran cantidad de recursos naturales.

Pero a China tampoco le interesa una crisis en Oriente Medio. Si el conflicto va a más, los precios elevados del petróleo no le benefician. Además, China tiene en sus fronteras minorías musulmanas que tienen conflictos étnicos y religiosos con mayorías no musulmanas (como ya ocurren en Rusia) y una cosa es que este conflicto religioso se desarrolle en Nueva York, Londres o París y otra que ocurra en el patio trasero de Pekín. Y menos si el régimen comunista quiere dar la sensación de fortaleza interna y externa.

En el escenario analizado no he me he referido en ningún momento a empresas o personas. El libre mercado no existe ni parece que vaya a existir en las siguientes décadas. El petróleo y otros recursos naturales son propiedad de los Estados, porque estos lo han querido así, y las empresas, públicas o privadas, los explotan por concesión de una manera más o menos regulada y siempre bajo la amenaza de confiscación o de rupturas de los contratos. ¿Qué interés puede tener el ciudadano medio iraní para que su gobierno tenga un programa nuclear con intenciones agresivas? ¿Qué gana con el cierre del estrecho de Ormuz? ¿Qué ha ganado el contribuyente americano con las guerras de Irak o Afganistán en los términos que se han desarrollado? ¿Son los iraquíes o los afganos más democráticos hoy que hace una década? ¿Ganaría algo con otro conflicto en Irán? ¿Hasta qué punto la economía mundial hubiera ido por mejores sendas si buena parte de ese dinero se hubiera dedicado a otros menesteres? ¿Qué ganan los chinos con oponerse a Estados Unidos e intentar sustituirle en algunas regiones? ¿Qué sentido tiene dejar cierta libertad en algunos aspectos sociales y económicos y negarlo en política?

Las decisiones de los gobiernos y sus consecuencias no responden a criterios de mejora de los ciudadanos, sino a la salvaguarda del Estado en sí, del gobierno que lo dirige y de la ideología que lo sustenta. Y para ello trabajamos.

Inmoral rendición del Estado ante la coacción de los terroristas

Hoy, lunes 17 de octubre de 2011, se escenificará en San Sebastián una inmoral conferencia internacional, auspiciada por el socialismo y aplaudida por el nacionalismo, que pretende que un Estado democrático y multipartidista se rinda y negocie en igualdad de condiciones con los terroristas de ETA que han asesinado hasta la fecha a 858 personas, quemado negocios, extorsionado a empresarios, coaccionado municipios, perseguido a familias no-nacionalistas y han logrado que cerca de 300.000 ciudadanos hayan huido en diáspora hacia otras regiones de España en donde su derechos fuesen garantizados por las instituciones.

A aquellos que duden de la inmoralidad de los terroristas y de sus cómplices internacionales, les invito a que visiten In Memoriam para que no olviden nunca lo inolvidable, que existen víctimas que merecen memoria, dignidad y justicia.

Lo que podremos constatar con el intento de maquillaje político de los actos terroristas es que los políticos intervencionistas han olvidado el significado real del concepto de Ley, ya que su relativismo y su carencia de valores morales les impide concebir que existen límites que no se pueden rebasar en una democracia, algo que:

…tiene mucho que ver, pues, con el declive del derecho privado (en el que Hayek, al estilo anglosajón, incluye el derecho penal) y con el auge del derecho público, en el continente sobre todo…porque la ley se entiende como instrumento del poder y no como su límite.

La profesora Paloma de la Nuez, en su excelente libro La Política de la Libertad (Unión Editorial, 2010: páginas 244 y 245), comenta lo anterior a propósito del pensamiento político de Friedrich A. Hayek respecto de la decadencia del Estado de Derecho.

De hecho, un Estado de Derecho, digno de tal nombre, existe sólo cuando las instituciones respetan y protegen los derechos a la vida, a la propiedad, a la libertad y a la igualdad ante la ley de los ciudadanos, dado que son instituciones morales inmanentes e inseparables de la naturaleza del hombre libre. Los derechos individuales son responsables de la LIBERTAD, escrita con mayúsculas y, por tanto, son más importantes que la propia democracia.

De las premisas anteriores se deduce que el triunfo del Estado de Derecho en España incluye un respeto irrenunciable por los derechos individuales de las víctimas del terrorismo con los que no puede jugar ningún Gobierno ni ningún Parlamento. Lo anterior significa que es imprescindible una disolución incondicional y absoluta del grupo terrorista ETA y una solicitud expresa de perdón a las víctimas de su barbarie, como pasos previos para poder recibir, años después, cierta clemencia en donde un Ministerio de Justicia debiera siempre preguntar por el consentimiento previo de las víctimas que fueron objeto de la barbarie criminal.

Una sociedad civilizada se caracteriza, esencialmente, por el respeto de las instituciones y de la mayoría de la población hacia los derechos individuales y por la lucha contra la violencia con una aplicación estricta del Código Penal para castigar a los delincuentes y, entre ellos, especialmente a los asesinos.

Por dichos motivos, es una auténtica irresponsabilidad permitir que los terroristas, sin haber abandonado definitivamente las armas, sin renunciar a la violencia y sin interiorizar las reglas del juego democrático, puedan participar en elecciones democráticas, acceder a los datos fiscales de los contribuyentes españoles, gobernar ayuntamientos y diputaciones, obtener escaños en un Parlamento, recibir fondos públicos y seguir buscando su utopía, haciendo uso de las propias instituciones democráticas para seguir coaccionando a los ciudadanos de bien.

Sin embargo, sería un error político aún mayor, imperdonable por la inmensa mayoría de los españoles de bien, que se negociase y se diese interlocución oficial a la banda terrorista ETA junto con concesiones mayores en materia penitenciaria porque, al día siguiente, estarían solicitando reclamaciones en materia política al recibir del Estado réditos al uso de la violencia. Significaría no comprender la naturaleza psicopática e inmoral con la que actúan los terroristas y daría nuevos bríos al uso del terror contra los ciudadanos para conseguir utopías nacionalistas, comunistas, islamistas o de cualquier otro tipo de colectivismo.

Es una esperanza que, tal y como reflejaba ayer la encuesta de NC Report para el diario La Razón, un 81,6% de los españoles exigen la derrota de ETA y que se produzca un final digno, lo que sólo se producirá si se respetan las leyes y los terroristas no obtienen contrapartidas políticas como consecuencia del cese de su violencia.

Cuando se observan el terrorismo y los comportamientos inmorales de muchos políticos, conviene recordar el libro Camino de Servidumbre del genial Hayek y su célebre dedicatoria a los socialistas de todos los partidos, porque nos recuerda la importancia de luchar y no rendirse frente a las amenazas totalitarias, actuar con contundencia desde las instituciones democráticas y no hacer concesiones que hagan triunfar la violencia.

Sin embargo, como ejemplo de moral y apego a los derechos de las personas, los millones de ciudadanos que distinguimos entre el mal y el bien, respaldamos la labor de las Asociaciones de Víctimas del Terrorismo (1, 2) y apoyamos sus movilizaciones, mostrando nuestro más sincero agradecimiento a las personas que contribuyen a mantener viva la llama de la LIBERTAD entre todos los españoles: Memoria, Dignidad y Justicia.

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El proyecto cultural de Bildu

La decisión del Comité de Selección de la Capital Europea de la Cultura 2016 de otorgar la sede a San Sebastián ha provocado un fuerte descontento en el resto de sedes, en buena parte de la ciudadanía española y otro problema político más para el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero.

La polémica radica en el cambio político que se ha producido en la alcaldía de la capital vasca después de las últimas elecciones municipales. La nueva marca de la banda terrorista ETA, Bildu (después de su polémica legalización por el Tribunal Constitucional), ha tenido un éxito sin precedentes, éxito que ha pillado al propio Gobierno central, valedor en la sombra de la decisión judicial, por sorpresa. No tengo muy claro que este resultado haya sido del agrado del presidente Zapatero y del candidato a las Generales, Rubalcaba, ministro del Interior. Todo hace pensar que esperaban un resultado mucho más modesto. Pero Bildu ha triunfado donde ETA tiene fuerte apoyo social, hasta el punto de que la Diputación de Guipúzcoa y la alcaldía de San Sebastián están dirigidos por la coalición proetarra.

La pérdida de la alcaldía por parte del PSOE -Odón Elorza era alcalde desde 1991- y la ascensión de Juan Carlos Izaguirre hacían pensar que San Sebastián no iba a ser elegida y lo sería alguna de las otras cinco ciudades españolas candidatas: Segovia, Burgos, Las Palmas de Gran Canaria, Córdoba o Zaragoza. Era tan seguro que los responsables de la candidatura cordobesa estaban convencidos de su triunfo unas horas antes del fallo.

Los alcaldes de Burgos y Córdoba dudan ahora de la objetividad de los argumentos y piensan que se trata de una decisión política apresurada. El alcalde de Zaragoza ha amenazado con acudir a los tribunales. Las dudas sobre la imparcialidad del jurado internacional, la presencia de la ministra de Cultura, Ángeles González-Sinde y pasados favores del PNV al Gobierno de Zapatero hacen sospechar de una decisión dirigida.

Sin embargo, se pueden aparcar ciertas diferencias si los ingresos son lo suficientemente jugosos. Todos los partidos vascos del gobierno municipal, Bildu, PNV, PSE y PP, se han apresurado a defender la candidatura y a asegurar que es colectiva. Y es que no hay que olvidar que estos eventos suponen una fuerte inyección de inversiones públicas que “transforman” la ciudad y “ayudan” en su desarrollo. Al menos, el de los comisionistas y las empresas cercanas al poder.

Sin embargo, lo más preocupante radica en el carácter totalitario de Bildu-ETA, porque esta decisión le ha dado una ventana internacional al terrorismo y su proyecto político. Juan Carlos Izaguirre ha sido muy claro:

“Se impulsará nuestra lengua y cultura y un periodo de normalización, en el marco del respeto democrático a todas las personas y pueblos”.

Lo que Bildu busca y probablemente pueda conseguir con la capitalidad cultural es la mejora de su imagen internacional, incluso una legitimación de su proyecto, incluyendo su violencia y terror. No sería la primera vez que un grupo totalitario recurre a las expresiones culturales para conseguirlo. Probablemente, el caso más espectacular sea el de la Alemania nazi y las Olimpiadas de Berlín de 1936. Para la ocasión, el régimen recurrió a la mejor escenografía y a todo su arsenal de triquiñuelas propagandísticas para ofrecer al mundo una imagen muy distinta de lo que era. Por una parte, transmitió un reflejo de su poderío y organización y, por otra, cierta tolerancia frente a judíos y otros grupos étnicos, evitando altercados y suspendiendo temporalmente las persecuciones que, tras el evento y como no podía ser de otra forma una vez logrado su objetivo, intensificó.

Bildu puede utilizar la capitalidad para lograr estos objetivos. Transmitir la imagen de una “rica y ancestral” cultura oprimida, con lo que lograría despertar penas y simpatías entre los visitantes y ofrecer, a la vez, una imagen de falsa tolerancia, donde, al contrario de lo que suelen decir los “maquetos”, se puede vivir sin problemas. La organización lograría esta legitimación exterior a través un acto cultural. La propaganda es una herramienta muy poderosa y, una vez más, la cultura puede servir a un movimiento totalitario.

La situación no es fácil para el gobierno socialista, ya que cualquier medida que suponga arrebatar a San Sebastián la recién estrenada capitalidad sería presentada desde un punto de vista victimista y ayudaría a transmitir una imagen de intolerancia y de opresión de los “españolistas”. Además, Bildu-ETA tiene muy claros sus objetivos, mientras que los partidos no saben lo que quieren y, ni mucho menos, cómo. Hay que reconocer que la capacidad del Gobierno de Zapatero para meterse en charcos está cada vez más desarrollada.