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Etiqueta: Seguridad y Defensa

Los servicios de protección en el anarco-capitalismo

Uno de los problemas clásicos del anarco-capitalismo, quizá el problema por excelencia, es el cumplimiento de las normas. No se olvide que el servicio público por excelencia, aquel que aceptan los liberales clásicos para el Estado mínimo, es precisamente la provisión de servicios de justicia y protección. Es la causa original del Estado: despojémonos de la posibilidad de ejercer la violencia y otorguémosla todos a esta entidad como única forma realista de convivir.

¿En qué consisten los que llamo servicios de justicia y protección? Son aquellos que nos permiten asegurar que se cumplen los contratos y que se respetan nuestros derechos de propiedad. En una sociedad anarco-capitalista, ninguna de estas circunstancias se puede dar por supuesta, como tampoco el suministro de agua o que dispongamos de ropa. La forma concreta en que estas necesidades se satisfagan es asimismo imprevisible para la teoría económica. Lo único que sabemos es que existe tal necesidad (por la observación empírica) y que es el libre mercado el mejor mecanismo para garantizar su satisfacción (por la teoría económica).

Dicho esto, lo primero que cabe decir es que el coste de estos servicios habrá de ser asumido por los beneficiarios de los mismos. Dicho de otra forma, el coste de defender mi propiedad me corresponde a mí únicamente, y no debería poder imponérselo a la sociedad, como de hecho ocurre en presencia de Estado. Lo mismo cabe decir de los costes asociados a la vigilancia y cumplimiento de un contrato.

Si analizamos ahora la decisión del individuo, básicamente confronta dos posibilidades: 1) auto-suministrarse los servicios de protección; 2) contratar con un tercero dichos servicios. Esta decisión no ofrece peculiaridades respecto a otras decisiones del individuo, y se tomará en función de su análisis coste-beneficio subjetivo. Por ejemplo, normalmente no defendemos nuestro billetero mediante un escolta privado; según el valor que demos a nuestro vehículo, somos más o menos reacios a dejarlo en la calle…

La casuística es, como suele ocurrir, muy variada. Por un lado, tenemos a los traficantes de drogas, que se confeccionan su ejército privado para defender sus propiedades (de hecho, muchas grandes empresas tienen sus propios servicios de seguridad) y hacer cumplir sus contratos, en un ejemplo de "tomarse la justicia por su mano"; por otro lado, existen individuos sin propiedad alguna que defender, y que no precisan este tipo de servicios.

Una vez el individuo decide cómo suministrarse los servicios de protección y justicia, surge la pregunta decisiva: ¿cómo se solucionan los conflictos entre individuos? ¿Será siempre por la fuerza? Y de nuevo nos vemos abocados a un análisis coste-beneficio, a realizar en este caso probablemente por empresas especialistas en el suministro de servicios de protección.

Y es que el uso de la fuerza es también costoso. Alguien con un ejército privado puede tratar de apoderarse de los bienes de mi casa, y seguramente lo conseguiría a la vista del servicio de protección que yo me puedo permitir. Es evidente que este acto suyo no es legítimo, pero también lo es que el coste que le supondría el allanamiento de mi morada con sus mercenarios es muy superior al beneficio que obtendría de mis bienes robados. En estas condiciones, parece que ese robo le habrá salido deficitario.

Para compensar los costes de la fuerza, deberá invadir con su ejército propiedades mucho más valiosas que mi casa, las cuales, precisamente por ello, estarán mejor protegidas. A su vez, esto tenderá a hacer crecer los costes de la fuerza necesaria, hasta posiblemente hacer indeseable la invasión en caso alguno.

En estas condiciones de libre mercado, ¿es realista pensar que un individuo va a invertir sus recursos en hacerse con un servicio de protección tal que le permita violentar las propiedades de otros? ¿No creerá que es mejor dedicar dichos recursos a actividades que generen riqueza, la forma más segura de ganar dinero en el mercado no intervenido, en vez de a tomarla por la fuerza?

Aún asumiendo que, por las razones expuestas, no es eficiente para los individuos el uso de la violencia para conseguir sus fines en el libre mercado, sigue existiendo la posibilidad de conflictos por así llamarlos legítimos, en que cada parte cree tener la razón. ¿Se habrá de dirimir dicho conflicto por la fuerza?

Ya se ha dicho que el uso de la fuerza tiene un coste elevado, por lo que las partes tenderán a evitarlo si les es posible. La solución en este caso es acudir de común acuerdo a un juez o a un árbitro, y aceptar el dictamen de este sujeto como vinculante. Como digo, harán eso a priori, al percibir que la solución por la fuerza les puede resultar más costosa.

Pero, claro, una vez dirimido el litigio, la parte perdedora puede tener poderosos incentivos a retomar al uso de la fuerza para evitar las consecuencias de la sentencia. ¿Cómo se evita esto en el anarco-capitalismo? En principio, lo normal es que los individuos en conflicto tengan contratados los servicios de protección con un tercero, por lo que serían estas empresas especializadas las que, en todo caso, tendrían que usar de la fuerza para dar servicio a su cliente. Y no cabe duda de que, ante las perspectivas del alto coste de este uso, la iniciativa empresarial encontraría vías mucho más baratas para solucionar este hipotético problema, como demuestra la teoría económica.

En suma, las reflexiones anteriores apuntan a que la consecución del respeto a los derechos de propiedad y a los contratos pactados no sería un problema insoluble para el anarco-capitalismo. Como, por cierto, no lo es la provisión de ningún otro servicio tendente a satisfacer las necesidades de los individuos. Por mucho que se empeñen los defensores del Estado, no hay razones irrefutables para pensar que los servicios de protección y justicia sean intrínsecamente diferentes a los otros productos y servicios que proporciona el mercado, ni, por tanto, que se hayan de extraer del ámbito benéfico del mismo.

Manipulaciones y contemplaciones

Parece que todo aconteció el siglo pasado y solo queda la bruma convertida en un manto de silencio. Pero la matanza más monstruosa acontecida desde la guerra civil española no ha traído todavía la búsqueda y captura de los culpables transcurridos más de siete años. Una fosa abisal ha quedado abierta en la conciencia de tantos que han preferido mirar a otro lado o, simplemente, se han tragado la descomunal operación de intoxicación desplegada para proteger a los participantes en los crímenes del 11M. Por el contrario, cada vez que las escasas personas entregadas a que esta causa no caiga en el completo olvido analizan aspectos concretos de esa estafa procesal que resultó ser la instrucción y juicio del caso principal, no se sabe ya que resulta más lacerante; si la masacre misma o la resignación generalizada a que quede impune, para mayor gloria de los canallas que la perpetraron, quienes disfrutan de una inmerecida libertad.

Va ya para más de dos años que la Asociación de Ayuda a las Víctimas del Terrorismo del 11-M emprendió acciones contra el Jefe de los Tedax, Sánchez Manzano, y la química del laboratorio de ese cuerpo policial por unas actuaciones que, objetivamente, revisten, cuando menos, la apariencia de encubrimiento de los atentados, dado que ellos mismos se hicieron responsables de la ocultación de pruebas en las sesiones del primer juicio oral. Esas cuestiones tendrían que haberse depurado durante la instrucción, ya que resulta insólito que al poco de cometerse estos auténticos crímenes de lesa humanidad, se destruyeran restos de los trenes y casi todos los demás vestigios, sin que nadie que estuviera al tanto de las investigaciones –así como del destino de unas muestras tan difíciles de soslayar sin levantar sospechas- hiciera absolutamente nada por evitarlo o denunciarlo inmediatamente. Más difícil de aceptar es el silencio posterior sobre estos extremos de cientos de funcionarios de la policía, de los juzgados y de la fiscalía, quienes forzosamente tuvieron que conocer esas irregularidades delictivas en algún momento.

Como se sabe, se desconoce todavía oficialmente quién dio la orden de destruir los trenes. El juez del Olmo, bajo cuya responsabilidad recayó la primera instrucción, no adoptó ninguna medida contra quienes lo hicieron, suponiendo que no fuera él mismo quien lo autorizó. Por el contrario, como si tratara de suplir el análisis de pruebas reales por remedos de diligencias, cubriendo un expediente que se piensa que nadie va a leer, un año después de la comisión de los atentados y de la destrucción de los trenes, encargó un informe a miembros de tres cuerpos policiales. La principal conclusión de ese documento fue que no podía llegarse a una conclusión segura sin analizar los restos aniquilados…

Aunque, cuando resolvió los recursos de casación contra la sentencia de la Audiencia Nacional, el Tribunal Supremo manifestó su "sorpresa" ante una eliminación que constituye por sí misma la descripción de una modalidad del delito de encubrimiento, no llegó a la conclusión lógica que se deriva de ello: la deducción de testimonio para esclarecer quiénes intervinieron en un delito de una gravedad difícilmente repetible. Esa actuación no agotaría el asunto, ya que las investigaciones sobre esos aspectos podrían llevar a calificar esa intervención como complicidad o cooperación necesaria, dada la escasa distancia que separa a estas formas de participación del encubrimiento en los atentados.

Ahora bien, ese mismo Alto Tribunal, que tan solo se sorprendería tiempo después de la destrucción de los trenes, había rechazado la admisión de la querella de Manos Limpias contra el Magistrado titular y la Fiscal del Juzgado Central de Instrucción número 6, por ese hecho y otros relacionados con la instrucción, mediante un anodino auto de 1 de diciembre de 2006 que firmó el ponente Carlos Granados Pérez, un antiguo Fiscal General de Estado por nombramiento del último gobierno socialista de González Márquez. De una forma precipitada se cerró la posibilidad de que el juez instructor del 11M diera cuenta de sus actos antes incluso de que se conocieran públicamente todas las irregularidades de la instrucción en el juicio oral celebrado meses después. En un confuso y circular razonamiento jurídico cuarto, en aras de exculpar al magistrado sin ofrecer muchos detalles, la Sala concedió valor probatorio a un informe donde se confiesa que no se analizaron los restos de los trenes y apuntaló la barbaridad metodológica de que los informes periciales oficiales alcancen valor probatorio, prescindiendo de su consistencia y sin necesidad de conservar muestras materiales sobre el objeto de su estudio. Como colofón, incurriendo en el grosero defecto de hacer supuesto de la cuestión de que hubiera realmente pericias, tantas veces censurado por resoluciones de ese tribunal mejor articuladas, se avanzó una justificación peregrina a la destrucción de los trenes: "La conservación y destino de los vagones en cuestión -una vez hechos en ellos todas las pericias que se estimaron necesarias- corresponde a su legítimo propietario (RENFE), que además cuenta con lugares apropiados para ello".

Porque, digámoslo de una vez, ésta es una de las constantes que ha presidido el macabro juego judicial relacionado con los atentados del 11M: Aparte de las manipulaciones de elementos fundamentales del caso, las cuales solo pudieron organizarse y ejecutarse por parte de miembros de los llamados servicios de seguridad del Estado, se han producido también demasiadas contemplaciones, incluidas las de aquellos que alegan que fueron burlados por la actuación decidida y planeada de un simple jefe de los Tedax.

No puede creerse que ese mando medio de la policía, sin recibir órdenes de alguien, desplegara a sus subordinados de confianza para recoger y custodiar (es un decir) las muestras de los focos de explosión, analizarlos (también es otro decir) en el laboratorio de su unidad y evitar que llegaran a otro especializado dentro de la misma policía. Tampoco resulta de recibo que existan policías que declaran solo si se les pregunta expresamente, esperando siete años a que se les cite a declarar sobre la ocultación de pruebas imputada a Sánchez Manzano. Estas circunstancias les convierten a todos ellos en sospechosos. Cuando menos esa falta de iniciativa por denunciarlo por las vías adecuadas (son policías, no espectadores) podría constituir un delito de omisión de la obligación de perseguir otros delitos.

Siguiendo los criterios lógicos de investigación y las máximas de experiencia procesal penal recogidas en la Ley de Enjuiciamiento Criminal, este procedimiento tendría que haberse dirigido ya de oficio contra los superiores directos de Sánchez Manzano, contra sus subordinados y contra aquellos que no asumieron un papel activo en la persecución de los delitos cometidos, tomándoles declaración como imputados. Cuestión diferente podría ser el curso que siguieran las actuaciones, pues no cabe establecer responsables preconcebidos.

Más aun, la estupefacción y la conmoción posteriores a la perpetración de los atentados no debería ser óbice para que las personas que se enteraron de aspectos parciales de la instrucción depusieran ante la juez de instrucción. Lo cual puede extenderse perfectamente tanto a los empleados y directivos de Renfe como a los políticos del gobierno de Aznar. No olvidemos que éste declaró en sede parlamentaria que "los que idearon los atentados no están ni en montañas lejanas ni en desiertos remotos". Si él o alguno de los miembros de su gobierno conocen algún dato o circunstancia que ayude a esclarecer como se produjo este cambiazo de pruebas deberían ofrecerse inmediatamente como testigos. Todavía están a tiempo. No basta con que sus sucesores anuncien que entregaran papeles inútiles que solo sirven para confirmar que la policía no puede destruir las pruebas de un caso, aunque alegue que tiene buenas intenciones.

Por otro lado, el poder judicial no debía tolerar que en un procedimiento penal de esta naturaleza un ministro se burlase durante más de un año sobre las peticiones de certificaciones y los nombres de los Tedax que participaron en la recogida de muestras.

Sin embargo, el dominio de los políticos sobre el poder judicial ha alcanzado cotas de sumisión reverente de los jueces a sus respectivos padrinos. La falta de independencia e imparcialidad de éstos – que nunca ha tenido una gran tradición en España, dicho sea de paso – quiso declararse contraria a esa Constitución tan defectuosa de 1978. Su fracaso objetivo por investigar y juzgar este caso del 11M por encima de las presiones políticas sustenta la convicción de que muchas costumbres y modos deben cambiar para limpiar la miseria y la corrupción que aquejan al moribundo régimen constitucional. Los españoles necesitan un par de rescates, pero solo pueden protagonizarlos ellos mismos. Antes que el económico, necesitan uno moral, pues la demanda de justicia debe estar por encima de la conveniencia en una sociedad que se respete a sí misma y quiera liberarse de las cadenas de una mentira tan terrible. Solo entonces, cuando una masa crítica de individuos se atreva a exigir que se deje de marear la perdiz, se conocerá la verdad del 11M. Sin manipulaciones ni contemplaciones.

Justicia o venganza: la vulnerabilidad de los grandes

En 1759, Adam Smith afirmaba en su Teoría de los Sentimientos Morales que "no hay mayor tortura para el ser humano que el resentimiento violento que no puede ser satisfecho".

La semana pasada fuerzas militares de los Estados Unidos, siguiendo las órdenes del su Presidente, mataron al terrorista más buscado de la década: Osama Bin Laden.

Las circunstancias particulares del acontecimiento: una operación ultra secreta en la vivienda del terrorista en la ciudad paquistaní de Abbottabad, delante de una de sus hijas, junto a su mujer y otro hijo, y el hecho de que el terrorista estuviera desarmado, no parecen sugerir al público norteamericano que algo no cuadra en todo esto.

Más bien al contrario, al saber la noticia corrieron a la zona cero de Nueva York, donde el terrorista perpetró uno de los atentados más crueles de nuestro tiempo, y el único en territorio estadounidense, para regocijarse coreando las siglas "USA", como muestra de la gran verdad mencionada en las primeras líneas, escrita siglos atrás por el filósofo escocés.

El problema es bajo qué etiqueta archivamos la muerte de Bin Laden. Por lo que he leído hasta ahora, la mayoría justifica que la ley de los Estados Unidos prescribe que es legal torturar fuera del territorio de los Estados Unidos, y es legal abatir a tiros a un criminal no armado fuera del territorio de los Estados Unidos, y explican por qué matar a Bin Laden no tiene nada de ilegal. Pero creo que hay que ir más allá de eso. Para quienes estamos en contra de la pena de muerte, la cosa está clara. Si todo el mundo merece un juicio justo y la posibilidad de defenderse, tal vez el mayor terrorista de la historia estadounidense también. ¿O no?

La excusa de que se trata de un acto de guerra y que en esas circunstancias ya se sabe, primero se dispara y luego se pregunta, no es nada convincente. Una guerra es un conflicto armado entre dos o más naciones o entre bandos de una misma nación según nos dice el diccionario. No hay una guerra contra el terrorismo. Hay una lucha contra esa lacra, contra un grupo armado que pretende manipular un país mediante el terror. Eso no es una guerra.

No es difícil imaginar qué sintieron los familiares de los miles de muertos en el atentado del 11-S, no es imposible empatizar con los millones de estadounidenses que se alegraron de la muerte de Osama Bin Laden. Pero, o nos importa el cómo además del qué, o nos igualamos a los otros. En mi opinión, lo que dice la ley estadounidense confirma que nos encontramos ante un acto de terrorismo de Estado. Y no me parece justificable. Probablemente habría sido más humillante un juicio justo, una condena a muerte (aunque ya he dejado clara mi postura al respecto). Tampoco ayuda que sospechosamente tiraran el cadáver al mar. No tiene sentido. Como no aumenta la credibilidad que justifiquen el abatir a un hombre desarmado argumentando que no se rindió, o que daba la impresión de que su mujer iba a coger un arma. ¿Por qué no mataron solamente a la mujer? Pero ese no es todo el análisis que se puede hacer del tema, y al fin y al cabo mi opinión no es más que eso, una opinión.

La venganza, individual o colectiva, muestra la imposibilidad del individuo de aceptar el dolor de sentirse vulnerable y, así, ante un acto de violencia contra él, necesita devolverlo para recuperar seguridad en su capacidad de autoprotegerse. La justicia, que es una construcción humana, es la canalización civilizada de ese sentimiento moral, de esa necesidad de venganza social. Y, precisamente, fue Adam Smith quien escribió en la obra anteriormente mencionada que la justicia no tiene por objeto reparar a la víctima, que suele ser imposible, sino absorber la natural indignación popular que se traduce en devolver el daño. De esta forma, los estadounidenses, que ven su ciudadanía atacada en su propia casa, no pueden sino salir a la calle a gritarle al mundo que siguen siendo los más capaces de vengarse, y que si no manchan la moqueta, es hasta legal. De lo que nadie puede convencerme es de que el asesinato de Bin Laden es parte del fin de Al Qaeda, en este caso, muerto el perro no se acabó la rabia. Más bien lo que se espera es una reacción.

Será interesante seguir por las redes sociales qué dicen los imanes en la oración de hoy viernes para tomar el pulso de la cuestión, si se manifiesta resignación, alivio, rabia o sed de venganza. Más venganza.

¿Aquí paz y después gloria?

El aluvión de noticias y los rumores sobre las maniobras que deben subyacer a la sintonía –hasta para expresar la discordia– entre los mensajes del gobierno y los de la banda terrorista ETA impiden ver el bosque de un guión repetido de forma repugnante demasiadas veces.

De nuevo, ante la inminente celebración de unos comicios electorales, se pone en marcha una farsa infame, donde los actores, que son al mismo tiempo guionistas, comienzan la actuación. No cabe duda que uno de los mayores placeres para esta pléyade de pícaros que detentan el poder en España consiste en mantener ese último resorte que distingue al poderoso del débil: reservarse la potestad de pronunciar lo que es legal e ilegal. Estar por encima de la ley. Esto es, actuar de forma arbitraria esgrimiendo la legitimidad que confiere –se apresuran a pregonar estos aprendices de brujo– la aritmética parlamentaria para hacer y deshacer lo que quieran. A menudo, cuando los estigmatizados críticos de estos apaños con una banda de criminales amalgamados por una ideología colectivista y esotéricamente milenarista espetan al primero su "debilidad" frente a los terroristas, yerran ingenuamente el diagnóstico.

Los gobernantes españoles o, mejor, los tiranos a los que los españoles en su conjunto han consentido durante largos años toda suerte de tropelías sin apenas rechistar no son débiles frente a una banda de dos mil miembros activos –y acaso doscientos mil pasivos– que solo en algunas zonas del País Vasco constituye un poder de facto paralelo. Al principio de esta historia, marcada por el error letal de conceder la amnistía a sujetos reos de asesinato en los primeros años de la Transición, pudo esgrimirse que el apoyo de regímenes totalitarios y la falta de colaboración internacional de supuestos países aliados –léase Francia– dificultaban el desmantelamiento de la ETA.

Pero esa coartada se acabó hace bastante tiempo. Una banda, por muchos apoyos que sume entre una población, acostumbrada, por cierto, a observar la impunidad añadida de que gozan los terroristas frente a los demás delincuentes, no puede compararse con un Estado como el español, moderada, pero no rematadamente, ineficaz e ineficiente, como tantos otros.

Éste cuenta con ingentes recursos económicos y humanos y, si sus gobernantes se lo proponen de veras, puede destinar a decenas de miles de policías, centenares de espías y decenas de jueces y fiscales a investigar las actividades de esos terroristas, detenerlos y juzgarlos. Por otro lado, aunque el fanatismo y el mesianismo del que hacen gala los ideólogos de la ETA sea parangonable a los imperantes en otros lugares del mundo donde parecen enquistados, como ocurre en ciertos países iberoamericanos e Irlanda del Norte, también saltan a la vista las diferencias entre las sociedades sobre las que se proyectan. Aunque la insidiosa extorsión de la banda ha destrozado la vida de miles de personas y enviado al exilio a otras decenas de miles, lo cierto es que el País Vasco continúa siendo una región relativamente próspera económicamente y dista mucho todavía de ser el infierno socialista en el Cantábrico que sueñan sus autoproclamados libertadores. Dentro de ese contexto, los etarras tampoco han reclutado masas de asesinos entre jovencitos pendientes de aprobar la enseñanza secundaria obligatoria, por mucho que los programas impartidos durante años de hegemonía nacionalista hayan sembrado de odio y mentiras la conciencia de varias generaciones.

Descartado que nos encontremos ante muestras de debilidad, se hace preciso plantear claramente qué ocurre en España para que sea el único país europeo donde su gobierno no ha relegado a la marginalidad al principal grupo terrorista local. Siempre dispuestos a saltarse la ley de una manera u otra, recordemos que los dirigentes actuales de la PSOE, herederos del GAL pero investidos de manos libres gracias a su mesianismo socialista, han ensayado políticas nada improvisadas para moldear la mentalidad de los españoles y exprimir las posibilidades del sistema electoral actual, urdiendo una trama de apoyos externos a su grupo que les permita detentar el poder en el gobierno central y el mayor número de comunidades autónomas y ayuntamientos sin abolir formalmente la democracia.

Cualquiera que sean sus motivaciones, uno de los puntales que han arrojado sobre la sociedad que dominan ideológicamente ha sido esa patraña de conseguir "la paz en el País Vasco" como eufemismo para describir el resultado que se derivaría de una colaboración estratégica para que los terroristas dejen de matar y alterar las relaciones de fuerzas en las elecciones. Bien sea por incapacidad o bien por malicia de los políticos del PP, quienes podrían intentar un discurso alternativo pero no lo hacen, lo cierto es que su tarea se ve facilitada por esa ausencia. Evidentemente el miedo puede adormecer conciencias, pero los beneficios que se pueden obtener de su canalización siempre han fascinado a los teóricos socialistas. Parece que fue el siglo pasado debido a la ausencia de análisis con perspectiva en casi todos los medios, pero los socialistas no solo instaron la aprobación de una moción en el Congreso de los Diputados que otorgaba carta blanca al gobierno para tomar las decisiones que estimara convenientes en una primera fase de esta negociación, sino que buscaron y obtuvieron un aval rocambolesco del Parlamento Europeo en octubre de 2006 por un estrecho margen.

Aconsejada otra vez la jugada en vísperas de otras elecciones en mayo de 2011, el gobierno de Rodríguez Zapatero muestra concesiones y la ETA se congratula el domingo de resurrección, día elegido por el difunto Sabino Arana para celebrar el día de la Patria Vasca. Niega negociaciones con la banda terrorista, pero al mismo tiempo abre las puertas para que las siglas que patrocina a los miembros de la banda (ahora se llama Bildu) participen en las elecciones municipales. Bien es cierto que retuerce las dotes para el disimulo utilizando las instrucciones del fiscal (de cuya supuesta independencia del gobierno ya ni se habla) para que impugne algunas candidaturas de esa coalición, pero… salve a otras. Los beneficios penitenciarios para los miembros de la ETA y los aparentes despistes sobre el control de la libertad provisional de otros gotean las portadas de los medios de comunicación, incrementando la sensación de inevitabilidad de las decisiones y de que el gobierno realmente lucha pero se enfrenta a imponderables en su sacrificada tarea.

Es difícil prever si esta recompensa a los terroristas por haber asesinado durante años invocando razones políticas cuajará en primera instancia, pero tiene bastantes posibilidades, dada la desarticulación de sus críticos y el ninguneo de las víctimas que simplemente quieren justicia. Lo que sí está claro es que los elementos que se conjugan juegan con la subversión de un régimen constitucional que hace aguas por todos los costados. El apaño que están urdiendo estos aliados de ahora anuncia luchas brutales por el poder en el futuro, dada la concepción totalitaria de ambos. No habrá ni paz ni gloria.

¿La guerra del mundo nuevo?

Quede claro que un posible derrocamiento del Coronel Gadafi no merece ni una sola lágrima. Para quienes se asoman a los acontecimientos de la política internacional con aspiraciones de objetividad, el tinglado llamado Yamahiria montado por ese militar libio después de su golpe de estado de 1969 siguiendo la estela de los regímenes comunistas a las órdenes de Moscú, siempre fue una banda de criminales.

Como especialmente execrable cabe recordar el atentado contra el avión de la PAN-AM (vuelo 103 Londres-Nueva York) cuando el 28 de diciembre de 1988 sobrevolaba Lockerbie, donde fueron masacradas doscientas setenta personas, incluyendo a todos los tripulantes y algunos vecinos de ese pueblo escocés que tuvo la desgracia de sufrir la caída de los restos de la aeronave. Un par de años antes el presidente norteamericano Ronald Reagan había lanzado a la poderosa aviación norteamericana contra distintos objetivos militares en Trípoli y Bengasi, incluidas las residencias de este tirano histriónico, después de que el 5 de abril de 1986 se produjera un atentado en una discoteca de Berlín Occidental, frecuentada por soldados norteamericanos, que segó la vida de tres personas.

A pesar de las diatribas contra el imperialismo norteamericano por hacer lo mismo que él está haciendo ahora, lo cierto es que este bandido sobrevivió al ataque norteamericano. Tras la demolición del Muro de Berlín, buscó un barniz islámico, redujo sus intervenciones para dominar a sus vecinos africanos y su apoyo a grupos terroristas occidentales entró en una fase de letargo. Por el contrario, se concentró en apuntalar un pintoresco régimen posrevolucionario para convertirlo en una especie de monarquía despótica y sanguinaria, al modo sirio, por ejemplo. Gracias a los grandes yacimientos petrolíferos que se encuentran en las costas y el territorio libio, él y los suyos probablemente deben gran parte de su fortuna a las comisiones por las concesiones de explotación de esos pozos y la adjudicación de grandes proyectos de obras públicas a empresas italianas, francesas, británicas, españolas…

Sorprendente y significativo fue el episodio de las enfermeras búlgaras liberadas por la intervención del presidente francés Sarkozy, que recordó tanto los rescates de rehenes desamparados en manos de los piratas berberiscos del siglo XVI. A ello siguió una visita a Libia, en julio de 2007, para sellar unos acuerdos de venta de material militar y un reactor nuclear para "desalinizar agua". Hace apenas un año, no obstante, este rufián amenazó a las autoridades helvéticas con la "yihad" por el hecho de que los suizos aprobaran en referéndum prohibir la construcción de nuevos minaretes en las mezquitas, lo cual se añadía a la supuesta afrenta que había sufrido su familia cuando la policía de ese país tuvo la prosaica idea de detener en julio de 2008 a su primogénito, Hannibal (¡ojo al homenaje al caudillo cartaginés!) y su esposa por haber infligido malos tratos a sus criados en una de sus estancias en Ginebra.

Dentro de las recientes revueltas en distintos países árabes ocurrió que le llegó el turno a la satrapía libia, la cual había sobrevivido a la caída de antiguos mentores en la Unión Soviética. Por el momento, la información disponible sobre cuál sea la orientación de esos rebeldes dista mucho de ser completa. ¿Miembros de tribus distintas a la de Gadafi? Cuarenta años de dictadura sanguinaria implacable permiten suponer que habrá un número relativamente importante de exiliados. Probablemente un primer gobierno que se hiciera con el control de todo el país quedaría profundamente agradecido por la colaboración de los países que han decidido intervenir. Pero nadie desde fuera puede asegurar su estabilidad y cuál será su evolución posterior. Tampoco cabe descartar que haya sucesivos golpes de mano y que, al final, los extremistas islámicos se alcen con el poder político.

En todo caso, el factor que se ha presentado como crucial en todas las resoluciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas para establecer una zona de exclusión aérea en el territorio libio ha venido determinado por las agresiones militares a la población civil, aunque sea allí, precisamente, donde se han hecho más fuertes los rebeldes. La última resolución [1973/2011] autoriza a los gobiernos involucrados (EEUU y países europeos miembros de la OTAN como Reino Unido, Francia, España) a "adoptar todas las medidas necesarias (…) para proteger a los civiles amenazados de agresiones militares dentro del territorio libio, incluyendo Bengasi". De momento, sin embargo, no se autoriza la intervención de ninguna "fuerza de ocupación extranjera de cualquier clase sobre cualquier parte del territorio". Asimismo, se prohíben todos los vuelos sobre Libia para proteger a esa población civil, salvo aquellos que transporten alimentos y medicinas o personal de ayuda para esa población civil, y se autoriza a aquellos países que hayan notificado a los Secretarios Generales de la ONU y de la Liga Árabe su participación para que adopten todas las medidas necesarias para hacer cumplir la prohibición de vuelos. Otras medidas complementarias contra el gobierno de Gadafi vienen dadas por el embargo de armas y la congelación de todo tipo de fondos y activos del gobierno libio y de una lista de personas y agencias que actúan en su nombre en todos los bancos e instituciones financieras del mundo.

No obstante la fragilidad del acuerdo en el seno del gobierno interestatal mundial embrionario que constituye el Consejo de Seguridad (Alemania, Rusia, India y China se abstuvieron), la resolución permite emprender la guerra más allá del marco perfilado originalmente en el tratado de las Naciones Unidas "para mantener o restablecer la paz y la seguridad internacionales" (Capítulo VII del Tratado de las Naciones Unidas). Se arguye que el coronel Gadafi ha vulnerado principios de Derecho Internacional Humanitario e, incluso, se recuerda una denuncia ante el Fiscal de Tribunal Penal Internacional para que investigue los hechos acontecidos en Libia desde el 15 de febrero de este año, principalmente con objeto de hallar a los responsables de las agresiones aéreas y navales dirigidas a la población civil. Obviamente es muy probable que, en efecto, Gadafi sea responsable de crímenes contra la humanidad, pero esto ha ocurrido en otras partes del mundo (Chechenia, Tibet o países dominados por dictaduras sanguinarias como Corea del Norte, Cuba y otras dictaduras emergentes) sin que se hayan dado siquiera los pasos para condenar esas acciones.

Aparte de cuestiones como el doble rasero de la ONU para abordar situaciones similares de manera muy diferente, y la falta de legitimidad de la mayoría de los estados del planeta para exigir a otro el respeto de derechos humanos pisoteados, estas guerras plantean el dilema de si resulta plausible para los países occidentales emprenderlas cuando también pueden suponer en principio una vulneración de los principios de no intervención en los asuntos internos de otro estado, a no ser que éste haya agredido a otro. Sus políticos parecen muy interesados en alcanzar un perfil internacional demostrando su dedicación a estos asuntos de una manera selectiva, pero los individuos que sufragan las aventuras de esos líderes tienen ya suficientes problemas. Pueden invocarse razones humanitarias y cualesquiera otras, pero, para empezar, habría que exigir a los políticos de los mal llamados países capitalistas libres que no compadreen con criminales de baja estofa. La llama de la libertad, si alguna vez ha de prender en todos esos lugares, vendrá acompañada de una difusión más amplia de los ideales y las prácticas que sirven para cultivarla; de la propagación del libre comercio sin mediatizaciones mercantilistas y corruptas y de la asimilación de las libertades fundamentales proclamadas por el liberalismo clásico. Mientras tanto, las intervenciones puntuales solo quedarán justificadas en caso de que las vidas y las propiedades de personas de los países concernidos sean atropelladas.

El mando de la RAF estacionado en Italia ha informado de que las fuerzas aéreas libias y sus sistemas de control aéreo han dejado de ser operativos debido a los ataques de la aviación aliada. Ante la ausencia de una habilitación para tomar posiciones en tierra, esperemos que la situación no se prolongue hasta convertirse en un avispero.

El avispero libio

Las revueltas que se producen en Libia constituyen el penúltimo episodio de inestabilización del mundo musulmán, que está cambiando los gobiernos o, al menos, algunos de los rostros que gobiernan los regímenes autoritarios que lo conforman. Sin embargo, el caso libio se diferencia de los anteriores tanto en la magnitud de su represión, con miles de muertos a manos de las tropas del tirano, como por su impacto en las economías de los países europeos de su entorno. El caso libio invita a algunas reflexiones que deberían hacerse los que tan pocos escrúpulos tienen en gastarse el dinero de los contribuyentes en aventuras exteriores.

Existe cierta esquizofrenia en la opinión pública y publicada occidental. Los "portavoces" de los muertos libios claman ahora por una intervención, básicamente americana, que pare la sangría; y, entre ellos, algunas organizaciones e individuos que han hecho del "antioccidentalismo" uno de sus dogmas. Semanas antes, ninguno de los peticionarios se atrevía siquiera a sugerir tan cara medida, pese a que la sangre corría en menor cuantía por las oscuras cloacas del régimen e incluso reivindicaban a Gadafi por su exacerbado antiamericanismo.

Cualquier intervención es una medida costosa, sobre todo, en un mundo en crisis, y debería tener unos objetivos muy concretos y claros. Pero como las variables son muchas y algunas ni las conocemos, todo puede venirse al traste en cualquier momento. Estamos acostumbrados a que estos conflictos los "solucione" Estados Unidos, pero en este caso los principales afectados son los europeos, por lo que no sería descabellada una mayor implicación francesa, italiana y española. ¿Están estos países dispuestos a arriesgarse social y económicamente? ¡A que es fácil especular con el dinero y la voluntad de los demás! Algunos deberían hacérselo mirar y a otros, deberíamos mirarlos con más atención.

Ciertos analistas describen estas revueltas como intentos, en algunos casos desesperados, de conseguir libertad y democracia. Quizá las expectativas son demasiado altas, incluso desviadas, pues se desechan otras posibilidades menos atractivas. Ahora vivimos en un mundo mucho más interconectado y la información llega, vía Internet, a lugares donde antes ni siquiera se soñaba, pero lo cierto es que buena parte de estos países permanece en un estado similar al de hace unas décadas. Las revueltas han afectado a las principales ciudades y se han extendido poco a poco a otras regiones, pero es aventurado decir que la libertad haya sido la motivación.

Los países árabes tienen como tradición política la autocracia, el liderazgo de un caudillo y el traspaso violento del poder. La regeneración moral es otro de los motivos que agita a las masas o, si no a las masas, a grupos que tienen poder en la sombra del régimen y que esperan a que éste se tambalee. La principal regeneración moral del mundo musulmán suele venir de la religión que lo sustenta. El integrismo, y no la democratización, es, hoy por hoy, su principal corriente filosófica y política. Así pues, todo invita, en el mejor caso, a cambios en los autócratas y, en el peor, a un incremento del poder integrista. El mundo islámico atraviesa la crisis económica con un empobrecimiento general y un incremento demográfico que ha propiciado esta inestabilidad regional de impredecibles consecuencias, como teme Israel.

Libia no es uno de los principales países productores de hidrocarburos, pero sí tiene un peso apreciable en algunos de los países del arco mediterráneo, entre ellos, España, y lo que ocurre en sus fronteras tiene un reflejo casi inmediato en sus bolsas y mercados energéticos. El sector energético siempre ha sido un sector estratégico para los Estados modernos y ello se ha traducido en un intervencionismo descarado, pero justificado en el bien común. La política se confunde con los intereses económicos y las empresas se ven obligadas en algunos casos a comerciar en zonas en las que no querrían hacerlo y, en otros, a simplemente hacer política (y en no pocas ocasiones con un entusiasmo increíble). El avispero libio podría ser un buen ejemplo de por qué los intereses políticos no son necesariamente los intereses del bien común, sino en este caso, del "mal" común que nos alcanza en forma de subida de los precios de los combustibles. Repsol y otras empresas podrían haberse planteado otras inversiones en otros países antes que en Libia –quizá más lejanos o con menos historia común– si el mercado mundial y nacional estuviera menos intervenido. En todo caso, asumiendo voluntariamente el riesgo de toda actividad empresarial.

Una Venezuela armada, atómica y empobrecida

…ambos han decidido dar un peso considerable a las relaciones con los enemigos de Occidente. Zapatero, bajo el paraguas ideológico de la Alianza de Civilizaciones y su obsesión por desmarcarse de la política de su predecesor José María Aznar. Chávez, por su interés imperialista en una América latina unida bajo las directrices de su personal visión de la utopía de Simón Bolívar y el Socialismo del Siglo XXI.

Dentro de este escenario y acosado por los problemas internos y externos que su propia política ha generado, Hugo Chávez acaba de realizar una visita a Rusia donde ha firmado una serie de acuerdos de colaboración financiera, petrolera, energética y militar con el gobierno del presidente Dimitri Medvédev y de su primer ministro (y dicen que presidente en la sombra) Vladimir Putin.

El tremendo peso que tiene la energía atómica como argumento informativo para los medios de comunicación occidentales, ha hecho que éstos centren su atención en el acuerdo por el cual los rusos construirán una central nuclear en suelo venezolano con dos reactores de 1.200 megavatios cada uno. Rusia ha descubierto en este tipo de infraestructuras un negocio que le beneficia en dos aspectos. Por una parte, aporta fondos a su maltrecha economía que como las del resto del mundo no se ha librado de los efectos de la crisis económica. Pero sobre todo, socava el papel de Estados Unidos como líder mundial que se ve obligado a apagar demasiados fuegos mientras que su peso económico se ve afectado por las políticas del presidente Obama y de la FED. El portavoz del Departamento de Estado de la Casa Blanca, Philip Crowley, dijo que vigilará "muy de cerca" este acuerdo.

Hay que recordar que los rusos ya han construido para el régimen iraní de los ayatolás una central nuclear que ha puesto en alerta, no sólo a Estados Unidos e Israel, primeros objetivos de los terroristas que apadrina el régimen iraní, sino a todo Occidente y que Irán también es otro de los países con los que Hugo Chávez tiene una alianza estratégica a varios niveles.

No parece que la central nuclear que se construya en suelo venezolano sea más amenazadora que la que se ha construido en suelo iraní, pero no pocos sacarán algún paralelismo entre esta situación y la crisis de los misiles entre Estados Unidos, la URSS y Cuba allá en la década de los 60. Al fin y al cabo, la Venezuela bolivariana se ha declarado heredera de la Cuba castrista. Hay que recordar que Venezuela es signataria del Tratado de No Proliferación Nuclear y tendría que ajustarse a las directrices y la vigilancia del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA).

El presidente Medvédev ha sido claro en este mensaje velado a Estados Unidos: “Ambos, Rusia y Venezuela, estamos a favor del desarrollo de un nuevo y justo orden mundial, donde nuestro futuro no dependa de la voluntad ni del deseo de ningún país, de su bienestar o de su estado de ánimo”. Habría que entender que en ese nuevo orden, Rusia y Venezuela serían estados predominantes y líderes en sus respectivas áreas geográficas, es decir en la antigua URSS y alguna parte más de Europa, para el primero y en toda Latinoamérica, para el segundo.

Sin embargo, si es más polémico el acuerdo militar entre ambos países pues las armas convencionales sí que son una amenaza seria y directa para la estabilidad en la zona. Este acuerdo militar, que se une a otros ya existentes entre ellos, supone la venta a Venezuela a cambio de 5.000 millones de dólares de carros de combate T-72, sistemas antiaéreos S-300, misiles antiaéreos TOR-M1 y cañones antiaéreos ZU-23-2. Todo sumado: armamento, interés por la energía atómica en un país donde el petróleo es una de las principales fuentes de ingresos y la exportación de la revolución bolivariana al resto de Latinoamérica, lleva a un escenario no especialmente halagüeño, más bien desestabilizante con apoyos claros a grupos terroristas, intervenciones en las políticas de otros países del continente y enfrentamiento directo con su vecino Colombia.

Las políticas expansionistas siempre han repercutido mucho en la población de aquellos países que las llevan a cabo. Que este pernicioso efecto sea más o menos catastrófico suele radicar en la productividad de la economía del país. Así, la exportación de la democracia que intermitentemente realizan ciertos gobiernos de Estados Unidos, es factible pues su productividad es lo suficientemente alta como para que el efecto sea menor. Además, la economía americana está más cerca al libre mercado que la de otros países lo que permite flexibilidad y adaptabilidad. Por el contrario, las políticas socialistas, rígidas y sujetas a planes económicos tan precisos como imposibles, suelen nacer ya cadáveres aunque se empeñen en resucitar al muerto a través de nacionalizaciones descaradas o intervenciones disfrazadas de políticas sociales. Convendría tener en cuenta esta política expansiva y derrochadora si en el futuro Venezuela termina como su aliada Cuba, un bello país convertido en una cárcel para su propia población, empobrecida, ideologizada y secuestrada por sus propios dirigentes.

La bajada de los precios del petróleo, las nacionalizaciones de empresas nativas, la intervención en sectores estratégicos, los conflictos abiertos con las empresas extranjeras que empiezan a abandonar el mercado venezolano, las continuas expropiaciones y la necesidad apremiante de divisas que ha llevado a vender a los chinos buena parte de la producción petrolera de los próximos años, demuestra que las mal llamadas políticas sociales del gobierno bolivariano no sólo no terminan de funcionar, sino que no debería permitirse gastos militares como los que se han realizado, que tampoco deberían vivir en un continuo enfrentamiento con sus vecinos y que exportar el Socialismo del Siglo XXI es un error que no pagarán necesariamente quienes lo han puesto en marcha, sino quienes lo sufren. El sistema se empeña en demostrar que la pobreza ha disminuido entre 1996 y 2009 del 70% al 23%, pero sus acciones más bien invitan a pensar que la pobreza se ha repartido y que el listón se ha puesto muy bajo a la vez que la máquina de propaganda ha empezado a trabajar mostrando los grandes logros de un modelo que en otros países y otros momentos ya ha fracasado catastróficamente.

Wikileaks

Es al periodismo lo que el carnicero a la cocina: pone las piezas al alcance de todos para que los periodistas las transformen en una información.

Estos días Wikileaks ha abierto al público 400.000 documentos que previamente sólo estaban en manos del Gobierno de los Estados Unidos. De su lectura la prensa ha sacado algunas conclusiones, como que el gobierno estadounidense mintió: había un recuento oficial de víctimas de la guerra y arroja un número mayor que el que reconocía, 109.032 desde el comienzo de la guerra hasta 2009, de los que 66.081 eran civiles. También que otras fuentes engañaron o dieron curso a cálculos falsos, como The Lancet, que dijo que la guerra había provocado 655.000 muertes.

Los documentos también demuestran que las fuerzas iraquíes torturaban sistemáticamente a los prisioneros. Los que suelen quejarse de que EEUU se inmiscuya en los asuntos que están bajo la soberanía de otro país le acusan ahora de no hacerlo. Y quienes han promovido la guerra por mor de la extensión de la democracia y la libertad se encuentran con que el nuevo Irak no es tan diferente del viejo, aunque si pervive su frágil democracia podría llegar a serlo.

Hay todavía otros hallazgos, como el papel de Irán fomentando la insurgencia en Irak, que el Ejército estadounidense encontró parte de las armas de destrucción masiva con que justificó su intervención, y alguno más. Pero hay algo que se puede ver en estos documentos pero que sabemos desde siempre. Y es que los gobiernos mienten, especialmente cuando se dedican al arte de matar. Y que es entonces cuando más necesitamos al periodismo.

También es en la guerra cuando el periodismo y la verdad sufren más ataques por parte del Gobierno. Eso ha ocurrido en los Estados Unidos desde el comienzo mismo de su andadura, con las leyes odiosas de 1798, la guerra civil y las dos guerras mundiales. Medios cerrados, líderes y periodistas encarcelados… todas las manifestaciones de la censura han acompañado a la mayoría de las principales guerras de los Estados Unidos. Pero en Vietnam, con una prensa varia y fuerte, el Gobierno se encontró con que era más efectiva la desinformación que la censura.

Y en plena guerra contra el terrorismo, que así le llaman, ya no es viable ese recurso; internet ha acabado con él. Por el hecho de que un grupo de personas alojen unos servidores en tres puntos distintos del planeta que puedan hacer público de forma confidencial los informes escritos para un puñado de políticos y burócratas. Con la Guerra de Irak I se habló de las guerras televisadas. Ahora, tras la Guerra de Irak II, estarán ampliamente documentadas en la red.

La lucha contra la violencia organizada

Es una inmoralidad la connivencia y la negociación de cualquier Gobierno con la violencia organizada en forma de bandas terroristas, mafias, señores de la guerra o extremistas del más variado pelaje, cuando va más allá de perseguir el castigo ejemplar de sus delitos y lograr su rendición sin concesiones.

Dada la importancia que tiene la violencia para el triunfo de las utopías “colectivistas”, permítanme que reflexione brevemente sobre la inmoralidad de las negociaciones políticas con las organizaciones violentas.

¿Por qué es inmoral la negociación con la violencia organizada?

Los ciudadanos tienen el derecho de exigir del Estado que como mínimo sea capaz de garantizar formalmente y proteger judicialmente de un modo eficaz los cuatro derechos esenciales para el desarrollo de una sociedad civilizada: el derecho a la vida (Art. 15 CE), el derecho a la libertad (Art. 16 y 17 CE), el derecho a la propiedad privada (Art. 33 CE) y el derecho a la igualdad ante la ley (Art. 14 CE).

Esos derechos individuales son universales, inalienables e inmanentes a la propia naturaleza de un ser humano libre, por lo que quedan por encima de cualquier ordenamiento jurídico organizado con base en una Constitución –o diversas normas y convenciones no escritas, como en Inglaterra— que recibe el consentimiento tácito o explícito de los ciudadanos.

Según esas dos premisas constituyentes, los ciudadanos tienen el derecho de exigir que todas las actuaciones del Estado vayan encaminadas a garantizar la protección efectiva de esos derechos intransferibles, mediante la existencia de un Estado de Derecho que proporcione seguridad democrática.

Seguridad Democrática

Pues bien, observar el proceso de consolidación institucional y de fortalecimiento de la seguridad democrática en Colombia sirve para comprobar cómo triunfan las políticas de lucha continua, tenaz, heroica e inteligente de su Gobierno, primero con Álvaro Uribe y ahora con el Presidente Juan Manuel Santos, contra un grupo narcoterrorista como las FARC.

La auténtica revolución es respetar el sistema de democracia multipartidista y arraigar la sociedad civilizada proporcionando seguridad e infraestructuras que extiendan la protección de los derechos individuales de los ciudadanos a todas las aldeas, pueblos y ciudades del país. Es una condición indispensable para que las personas puedan trabajar con tranquilidad para emprender sus negocios y poder hacer progresar sus familias, sin que ningún colectivo de bárbaros pueda imponer sus utopías mediante el ejercicio de la violencia organizada en forma de secuestros, extorsiones y asesinatos.

Amenazas para la seguridad democrática

Sin embargo, las amenazas terroristas que afronta la seguridad democrática son evidentes desde hace mucho tiempo. El 12 de enero de 1966, la primera Conferencia Tricontinental de La Habana dio origen a la Organización de Solidaridad de los Pueblos de África, Asia y América Latina (OSPAAAL), lo que sirvió para inaugurar el soporte y la colaboración internacionales de los regímenes y partidos comunistas con las organizaciones terroristas que promueven la “colectivización” de la sociedad por medio de la violencia.

Recientemente, el auto de procesamiento de etarras que ha emitido la Audiencia Nacional, en el sumario 75/09 (DP 263/2008), demuestra con documentos y pruebas fehacientes la colaboración terrorista internacional entre las FARC y la ETA.

Incluso las investigaciones policiales aportan datos sobre los apoyos al grupo terrorista ETA desde la “revolución bolivariana” del dictador Hugo Chávez y la protección desde la “revolución castrista” de Cuba. De hecho, el juez Ismael Moreno de la Audiencia Nacional está intentando procesar a supuestos terroristas que emplean como refugio el oasis caribeño como, por ejemplo, Arturo Cubillas –que tiene el dudoso honor de administrar para el Gobierno de Venezuela los procesos de expropiación— por su posible soporte en el adiestramiento en territorio venezolano de grupos de terroristas de las FARC y de ETA.

Reiteradas y erróneas concesiones

En cualquier caso, contrasta la actual seguridad democrática impulsada desde la Presidencia de Colombia y su lucha sin concesiones frente al narcoterrorismo, con la inmoral actitud negociadora del Gobierno de España.

Como parece inverosímil que un Estado democrático negocie con la violencia organizada, permítanme que señale las últimas concesiones del Gobierno de España.

En primer lugar, podemos observar cómo la estrategia de seguridad frente a la violencia organizada en el ámbito internacional no está actuando para arrinconar a los países y grupos que ejercen la violencia como método delictivo para conseguir fines políticos. De hecho, el Gobierno de España consiente en mantener relaciones diplomáticas “normales” con dictaduras comunistas como Venezuela y Cuba, dando oxígeno a sus políticas totalitarias de aplastamiento de los opositores y quebrantamiento de los derechos humanos más básicos.

Aún peor, con su diplomacia “naif” de alianza de civilizaciones, más propia de un patio de colegio que de una democracia occidental, el Gobierno de España se permite negociar con los grupos terroristas de Al Qaeda en Mauritania y pagar un rescate –de más de 3 millones de euros— para liberar ciudadanos, secuestrados en razón de su temeridad e imprudencia al hacer “turismo de cooperación” en regiones pobres, pero peligrosas, en que proliferan grupos armados y extremismo religioso.

La extorsión consentida y el rescate pagado a esos grupos terroristas sirven para alimentar su violencia con la financiación de futuros atentados y ataques. En el caso del islamismo radical, se financia el terrorismo en lejanos países como Irak o Afganistán –donde todavía trabajan heroicamente [1] [2] los militares españoles para proporcionar un mínimo de seguridad democrática—, pero también en Europa.

En segundo lugar, la estrategia de seguridad frente al terrorismo en España está siendo aún más equivocada, ya que el Ministerio de Interior de España negocia de un modo encubierto con el grupo terrorista ETA desde hace tiempo [3][4][5], en un claro ejercicio de hipocresía política y de evidente ausencia de valores éticos. Esto puede significar que el entorno del terrorismo pueda seguir gobernando en 41 municipios del País Vasco y esté presente en las diputaciones forales, lo que significa nutrir sus arcas con 31 millones de Euros anuales de los fondos públicos para que puedan mirar para otro lado o bien, directamente, ejerzan actos administrativos o “subvencionen” la violencia en contra de los ciudadanos no-nacionalistas de esas aldeas y pueblos.

La negociación inmoral implica que se sigan otorgando beneficios penitenciarios (acercamiento de presos, concesión del tercer grado, reducción de condenas…). También puede suponer que se permita a organizaciones vinculadas al entramado terrorista etarra su participación en las próximas elecciones municipales por medio de una nueva tregua trampa y a pesar de seguir ejerciendo la violencia en contra de la población indefensa.

Menos atentados a cambio de esa negociación para conseguir sus fines, y mayor recaudación por sus actos violentos, según revela el estudio sobre el coste económico del terrorismo del catedrático Miguel Buesa de la Universidad Complutense de Madrid, que ya había realizado un estudio científico sobre las consecuencias económicas del terrorismo nacionalista en el País Vasco.

Fatal arrogancia de la negociación

En su fatal arrogancia, los políticos sin escrúpulos se creen llamados a salvar un país durante sus mandatos, obcecándose en conseguir réditos electorales que siempre son cortoplacistas, en vez de proseguir con las políticas de presión policial, financiera y judicial que obtengan resultados en el largo plazo, después de décadas de trabajo de muchos Gobiernos de diferentes ideologías, pero con conceptos claros en lo que a la lucha contra el terrorismo se refiere.

Pretenden apuntarse ellos solos la medalla electoral de erradicar el terrorismo, sin pararse a pensar en los valores morales que transmiten a la sociedad y en los perjuicios que ocasionan a la política contraterrorista de largo recorrido.

Las concesiones políticas en una negociación de “condiciones de paz” con el terrorismo son un error de concepto, ya que, aparte de inmoral, es una actitud débil y meliflua que postra a toda una nación ante las utópicas exigencias del grupo de violentos.

La negociación es, además, estéril ya que “retroalimenta” las acciones violentas al proporcionar objetivos políticos alcanzables a los terroristas y proporcionar esperanzas de rebajar el horizonte penal de los criminales, caracterizados por un perfil psicológico que les permite realizar actos de violencia sin sentir empatía ni sentimiento de culpa por las víctimas, rasgo propio de las personalidades psicopáticas.

Desde ese posicionamiento amoral, intentan imponer sus ideas extremistas a una sociedad por medio de pistolas y bombas, con treguas tácticas para rearmarse y nunca cejando en su empeño por conseguir sus objetivos radicales “colectivistas”, ya sean políticos o religiosos. Por ello, cualquier intento de negociación está condenado a fracaso, salvo que el Estado objeto de la violencia ceda a las pretensiones de los terroristas.

Valores morales y derrota del terrorismo

Los hechos de connivencia y negociación con la violencia organizada, nos permiten constatar cómo la casta político judicial puede acabar perdiendo los valores que son imprescindibles para defender los derechos civiles y derrotar al terrorismo, cuando no se produce la renovación generacional o bien queda distorsionada con gente poco cualificada moral e intelectualmente. Una lamentable situación que se produce por la carencia de democracia interna y de transparencia financiera en los partidos políticos, que son esenciales para la renovación de las ideas y la regeneración en los valores.

En estos casos, la estructura institucional queda rehén de las renuncias morales de la casta político judicial y no se corrigen las fisuras normativas que impiden una lucha noble e inteligente contra la violencia organizada. Una lucha que evite atajos como las negociaciones encubiertas, las hojas de ruta de concesiones penitenciarias, el “ensuciamiento” de las togas con el “polvo” del camino, y la rendición de un Estado frente a la violencia organizada.

Las autoridades políticas con valores morales nunca ceden ante el chantaje terrorista ni ante pueriles estrategias electorales. Asientan sus decisiones en el respeto estricto por los ciudadanos de bien, donde, por méritos evidentes, se incluyen las víctimas del terrorismo.

Y ese respeto significa emplear con profesionalidad las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado para detener sin excepción a los delincuentes y aplicarles el Estado de Derecho con todo el peso de la ley. Porque la lucha contra el terrorismo es un camino unidireccional que debe contemplar esencialmente el triunfo de la sociedad civilizada mediante la derrota de los violentos y el derecho de las víctimas al resarcimiento del daño ocasionado por los criminales y, de modo especial, en los casos de asesinato.   

Sentimos vergüenza los ciudadanos de bien cuando comprobamos como un asesino de 25 seres humanos, como el etarra José Ignacio de Juana Chaos, puede pasear libremente por las calles de Irlanda del Norte porque se ha beneficiado de una legislación penitenciaria “blanda” y de un Gobierno “benévolo y transigente” con la violencia terrorista, que ha permitido que cumpliese sólo 9 meses de cárcel por cada uno de sus 25 asesinatos.

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¿Qué haría Ahmadineyad sin Israel?

El encuentro entre Abbas y Netanyahu de este mes de septiembre era esperado y deseado desde hacía tiempo. Primero retomaron las conversaciones indirectas y, finalmente, se encontraron en Estados Unidos. La administración demócrata de Obama ha sido una de las grandes valedoras de que así haya sido, consciente el de Illinois de que su bagaje internacional, Premio Nobel al margen, es más bien deficitario. Además, en un buen número de ocasiones la diplomacia norteamericana ha ido por detrás de los acontecimientos, por ejemplo en el caso de Honduras.

El mandatario árabe y el israelita fueron cautelosos tanto en sus declaraciones previas como en los análisis de lo que aconteció en las conversaciones. En Israel, Netanyahu es más optimista que Lieberman. Razones para la desconfianza no le faltan al Ministro de Exteriores, cuyo pesimismo avalado por los hechos suele ser empleado para desacreditarlo. Sin embargo, la historia está ahí y tiende a repetirse.

En efecto, poco antes de iniciarse el diálogo, Hamas llevó a cabo una masacre que costó la vida a numerosos ciudadanos de Israel. El objetivo de esta acción era claro: frenar cualquier intento de normalización en la región. Si finalmente se logra la paz, la razón de ser para Hamas y su futuro económico no tendrá lugar, es decir, dejará de “administrar” las cuantiosas cantidades que en forma de ayuda para el desarrollo tan generosamente le llegan.

La comunidad internacional reaccionó condenando el atentado y lo hizo con un vigor mucho mayor que las opiniones públicas occidentales. Por desgracia, el gobierno de Tel Aviv se ha acostumbrado a que así sea. En agosto, el ataque sufrido por sus soldados a manos de Hezbollah “pasó desapercibido”, pese a que la ONU dio la razón a Israel. Si el veredicto de Naciones Unidas hubiera sido el contrario, el “todos a la calle” se habría convertido en la consigna y el calificativo de genocida el otorgado a quien no comulgara con “la versión oficial”. Sin embargo, el enaltecimiento del terrorismo que hizo Hamas no encontró repulsa en forma de manifestación solidaria con Israel.

Tras el atentado cometido Hamas, apareció en escena el que faltaba y al que nadie había invitado: Ahmadineyad. El iraní echó gasolina al fuego y de nuevo amenazó con borrar a Israel del mapa. Una vez más, y eso es lo triste, las bravatas de este vulnerador sistemático de derechos humanos han quedado impunes. Nos estamos acostumbrando a aceptar y dar por bueno todo liberticidio procedente del régimen de Teherán. Las elecciones del 12 de junio de 2009 refrendan esta tesis. La oposición política y civil aún sigue reclamando justicia y la mayor parte de ella lo hace desde las cárceles.

Sin embargo, las amenazas vertidas por Ahmadineyad no le sirven para ocultar la realidad de los hechos, especialmente en lo que al contexto doméstico se refiere, cuya depauperación va en aumento y donde los derechos humanos y libertades fundamentales son una utopía.

Así, a los problemas económicos de la población iraní, especialmente de aquellos sectores que no comulgan con el integrismo religioso de los Ayatolás, se une ahora que la comunidad internacional está pendiente de lo que pueda pasar con Ashtiani, condenada a la lapidación tras un juicio-farsa. Antes ya había recibido 99 latigazos. Todo ello sin olvidar que su abogado defensor, ante las presiones y amenazas sufridas, hubo de huir del país teniendo Noruega como destino. Hasta ahora, la mediación internacional no ha surtido efecto. Lula y Amorim intentaron de convencer a Ahmadineyad de lo erróneo de sus planteamientos sin éxito alguno.

Siguiendo con las dificultades, la OIEA desconfía de los supuestos fines civiles del programa nuclear y el líder de la oposición, Karrubi, ve como la Guardia Revolucionaria asedia su casa. Lo dicho, la paz en Oriente Medio se convierte en el principal enemigo para Ahmadineyad.