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Etiqueta: Seguridad y Defensa

La oportunidad de López

Bajo la radio y presto atención a los carteles, aunque aún quedan lejos para discernir el nombre de los presos cubanos en EEUU cuya liberación exigen. Están, claro es, a la espalda de la embajada de aquél país en el nuestro. El semáforo se pone en verde y avanzo a distancia del coche de adelante, con la ventanilla bajada y a baja velocidad. Y, movido por una infantil indignación, les miro y grito: “¡Libertad para los presos de Cuba!”. Oigo sus silbidos y me alejo sin pisar apenas el acelerador.

Batista, aquél dictador, tenía una cincuentena de prisiones en la isla. Hoy ronda los tres centenares y la población presa que es como la de Cádiz, Orense o Algeciras. En verdad, Castro ha reducido el número de cárceles a una sola y es toda la población cubana la que vive en una cárcel; dos millones largos de almas.

La desagradable escena me ha hecho pensar en un preso cubano; en una persona de carne y huesos encarcelados por oponerse a la dictadura en Cuba. Ahogaba sus penas en tinta. Escribió una carta en la que se expresaba con esa libertad que sólo está al alcance de los presos. Decía en su misiva: "Arreglé mi celda el viernes. Baldeé el piso de granito con agua y jabón primero, polvo de mármol después, luego con Lavasol y por último agua con creolina. Arreglé mis cosas y reina aquí el más absoluto orden. Las habitaciones del Hotel Nacional no están tan limpias…".

Al preso le rodea el Caribe, que se filtra en la cárcel hasta hacerla parecer algo completamente distinto: “Cuando cojo sol por la mañana en shorts y siento el agua de mar, me parece que estoy en una playa, luego un pequeño restaurante aquí. ¡Me van a hacer creer que estoy de vacaciones!”. Pero él no está de vacaciones. Se opuso a la dictadura cubana y paga su atrevimiento con su libertad. Nada puede compensar esa carencia. Ni siquiera la constatación de que, en verdad, el prisionero no lleva una vida desagradable: “"Ya tengo sol varias horas todas las tardes y los martes, jueves y domingo también por la mañana. Un patio grande y solitario, cerrado por completo con una galería. Paso allí horas muy agradables…”.

Han pasado 55 años desde que el 4 de abril de 1954 Fidel Castro escribiese esas palabras. Muchos de sus cien mil prisioneros darían un brazo por escribir con el otro la misma carta.

Sometimientos

Hoy ha hablado desde El Cairo para todos los musulmanes, y ha expresado con brillantez los abrumadores deseos de una paz compartida con ellos que sentimos quienes no lo somos. Obama no ha escondido lo que pueda tener Occidente de culpable, sin caer en la autoflagelación y autofagocitación propias de nuestra sociedad más descreída. Ha abordado los principales focos de conflicto sin dejar al margen ni siquiera aquellos que, como los derechos de la mujer, pueden ser fácilmente interpretados desde el otro lado como un ejercicio de imperialismo cultural. Ha mostrado firmeza, pero abriendo de par en par las puertas al Islam más moderado. Ha señalado los episodios de enfrentamiento, crimen y guerra del pasado y a su vez los de convivencia.

¡Qué atractiva su apelación a la libertad religiosa en la Córdoba califal! ¿No es el ejemplo perfecto de lo que buscamos? El problema con esa llamada a la historia es que es ficticia. Hubo una cierta tolerancia impuesta por las circunstancias. Al comienzo porque dominaban una población muy superior en número. Luego porque eran fuente inagotable, pero agotada, de impuestos. Pero a medida que el poder de los sarracenos se hizo mayor, la tolerancia práctica se fue ahogando para dar lugar a una represión intolerable.

Bien, pero por un pequeño fallo como el que sea sangrantemente falsa, ¿debemos desechar la bellísima imagen de un islamismo medieval tolerante e ilustrado, puente entre el conocimiento clásico y el ilustrado? Pues, si esa estampa, moldeada con cincel, es útil para desbrozar de odios las relaciones del islam con el resto del mundo, ¿no será la mentira más piadosa de la historia?

Mas la Historia, con mayúsculas, se venga siempre. Si se retuerce para hacerla pasar por el aro de la política, acaba recuperando su forma original. Y si la mentira es justificación para llamar al Islam a la tolerancia, la verdad será justificación para defender justamente lo contrario.

El propio Obama ha jugado con las palabras hasta llevarlas a las afirmaciones más brutales. En mitad de su llamado a ir de la mano con el islam, le ha dicho a todos los musulmanes que la política de sometimiento de otras naciones y sociedades es cosa del pasado y no se podrá tolerar. ¿Saben cuál es el significado de la palabra islam? Sometimiento.

Remedios procesales

Conviene insistir en que solo tres individuos fueron condenados por su participación directa en los atentados, después de que el Tribunal Supremo estimara algunos recursos de casación interpuestos contra la sentencia dictada en primera instancia. A la vista del magro resultado de ese primer juicio del 11-M, parece evidente que muchos asesinos andan sueltos. Cualquiera que sea la valoración que merezca la actuación judicial, no puede perderse de vista que la ejecución de un atentado de estas características presupone la implicación de muchas más personas.

La parcialidad del conocimiento sobre el caso fue reconocida, por cierto, por los jueces presididos por Gómez Bermúdez. En el fundamento jurídico primero de su sentencia guardaron cuidado de resaltar que su objeto procesal se ceñía a la declaración de culpabilidad o inocencia de los procesados previamente por el instructor del sumario. Aun no siendo exacta esa acotación de los pronunciamientos posibles de una sentencia, los cucos magistrados guardaron la ropa para la posteridad.

De esta manera, mal que les pese a los leguleyos que no tienen ningún interés en arrojar luz sobre las incógnitas, una primera sentencia sobre unos hechos históricos tan poliédricos no equivale a dar carpetazo o marear los papeles de las causas que vengan después. Incluso si se atribuyera a esa sentencia una relativa eficacia prejudicial, no obstaría para continuar la búsqueda de la verdad material, inherente al proceso penal.

Por lo que se sabe, no se ha avanzado demasiado en la instrucción de las causas que separó el juez del Olmo del sumario principal, pero eso no significa que no deban dar resultados. Aunque otra Sala de la Audiencia Nacional, presidida por otro de los juzgadores del caso, Alfonso Guevara Marcos, desestimara el recurso de apelación de dos víctimas (Gabriel Moris y Pilar Crespo) contra la denegación de unas diligencias de prueba para determinar la naturaleza y el origen de todos los explosivos utilizados, ese jarro de agua fría no parece haber doblado su empeño por reclamar nuevas líneas de investigación. La Sala parece olvidar, en cualquier caso, que los restos de los trenes, con todos los vestigios que pudieran acumular, fueron eliminados a los pocos días de que ocurrieran los atentados. Una insólita actuación que ofrece indicios de encubrimiento, según el artículo 451.2 del Código Penal.

Otro resquicio que debería permitir fijar algunas piezas de este rompecabezas quedó abierto cuando la sentencia de la Audiencia Nacional dispuso que entregaría testimonios a varias acusaciones y defensas que anunciaron su intención de emprender acciones penales contra testigos y peritos que depusieron en el juicio. Aunque en un primer momento pareció renuente, el tribunal presidido por Gómez Bermúdez entregó finalmente las grabaciones de la prueba pericial química sobre los explosivos a la Asociación de Ayuda a las Víctimas del 11-M.

Llegados a este punto, cabe resaltar la responsabilidad que contrae el juez de instrucción encargado de tramitar las diligencias abiertas (y aquellos que deban instruir otras). Lejos de adoptar una posición pasiva y limitarse a denegar por sistema las diligencias que propongan las acusaciones particulares, deben dar el oportuno impulso procesal a las investigaciones. Aunque muchos jueces instructores timoratos no se atreven a dar un paso sin que lo refrende un fiscal, la ley les atribuye en exclusiva la dirección de la instrucción de los sumarios y tienen un amplio margen de actuación si quieren ejercer sus potestades como poder independiente.

En consecuencia, cabe exigirles que desempeñen sus funciones con la seriedad y profesionalidad que merecen unas actuaciones encaminadas a descubrir a unos criminales muy peligrosos que disfrutan de una inmerecida impunidad después de haber fulminado la vida de 193 personas ayer mismo, como el que dice. Probablemente no encontrarán un sumario más importante en su vida.

Afortunadamente, algunas víctimas valerosas no se han dejado intimidar por consignas y burlas que despiden una tinta de calamar apestosa. Las dificultades para lograr la empresa apetecida por quienes no quieren olvidar lo inolvidable se alzan poderosas. Para superarlas deben contar con unos jueces que no se amilanen ante las presiones de todo tipo. Un ejemplo de ellas se pudo observar la semana pasada al poco de conocerse el informe del perito Iglesias sobre los explosivos.

Para quien quisiera enterarse, el presidente del Gobierno encontró tiempo en el Debate del estado de la Nación para ufanarse de su abominable naturaleza, aunque mostrase una facundia tan limitada como cursi. Deliberadamente volvió a ligar su destino a la obediencia de la "ley del silencio" apenas rota por unas tenues protestas en el Congreso de los Diputados.

Hipotecando su futuro y su presente

El razonamiento, por extendido e intuitivo, no es del todo cierto. El gasto y los déficits públicos no son nefastos por sus consecuencias futuras (que también) sino especialmente por sus efectos sobre el presente.

Todos coincidiremos en que si algo se ha agotado en los últimos meses ha sido el crédito. Las empresas endeudadas buscan un aplazamiento de sus obligaciones, las familias intentan refinanciar sus hipotecas con mejores términos y los emprendedores tratan de lograr un crédito con el que poder montar un nuevo negocio. De hecho, aun en el caso de que no quiera pedir prestado dinero directamente, si pretende por ejemplo vender su casa, desde luego le interesará que el crédito hipotecario vuelva a fluir para que la demanda por su inmueble crezca y pueda obtener un precio más elevado.

El problema es que para que alguien pueda pedir prestado dinero, otro tiene que ahorrar ese dinero y hoy el ahorro, pese a sus recientes repuntes, sigue siendo bastante escaso. Sólo cuando crezca y comience a destinarse a la financiación de proyectos empresariales suficientemente seguros y solventes, la crisis comenzará a remitir.

Familias y empresas lo saben. En tiempos de crisis su tendencia natural es la de ahorrar o "apretarse el cinturón", esto es, recortar gastos superfluos y amortizar tanta deuda como les sea posible. La economía privada se mueve en la buena dirección, aun cuando lo haga a distintos ritmos: en ocasiones de manera acelerada (como en Estados Unidos) y en otras de forma mucho más pausada (como en España).

Pero hete aquí que los políticos occidentales –y con particular intensidad Zapatero y Obama– se han empeñado en volvernos a endeudar con sus programas de gasto público. Todo el ahorro que la economía privada está generando y que podría convertirse en crédito destinado a financiar la recuperación, lo están acaparando con sus emisiones de deuda pública para sufragar programas que no vienen a cuento. Dicho de otra manera, las familias y las empresas están sufriendo una asfixia crediticia en buena medida porque los políticos disfrutan de un océano de crédito barato.

¿Y para qué desean los políticos ese crédito barato? El objetivo último, claro, es el de sufragarse la campaña electoral; el mediato rescatar a las empresas quebradas, construir algún polideportivo, seguir pagando subsidios de desempleo por negarse a aprobar la imprescindible reforma laboral y hacer como que están incentivando el crédito para las empresas que ellos mismos les han arrebatado en primera instancia.

El resultado será un despropósito: una economía hundida en su crisis y en sus nuevas deudas. Al fin y al cabo, que España necesite una reconversión de su estructura productiva para encarar la crisis –que la necesita– no significa que cualquier reconversión sea válida. Es necesario podar lo que sobra y abonar lo que falta: es decir, deben ser los empresarios quienes examinando el mercado finiquiten sus proyectos fallidos (aquello que se produce caro y se vende barato) y descubran las nuevas oportunidades de negocio (aquello que se produce barato y se vende caro).

Los políticos gastan sin orden ni concierto y sin tener en cuenta nada de lo anterior; no realizan el más mínimo análisis de rentabilidad –esencialmente porque no pueden– y como consecuencia dilapidan el escaso ahorro de la economía. Nos ofrecen serruchos cuando en esta operación necesitamos bisturíes.

Por consiguiente, no es indiferente que el crédito lo obtenga el Estado y no las empresas; el primero lo dilapida en proyectos de dudosa necesidad mientras que las segundas habrían efectuado el ajuste preciso que necesitamos.

La deuda pública no sólo hipoteca nuestro futuro, también enturbia nuestro presente. No es pan para hoy y hambre para mañana, sino hambre para hoy y hambruna para mañana.

Está bien, defendamos la tortura

En una operación política muy calculada, él, que no es un ápice mejor que George Bush, ha echado sobre su antecesor las toneladas de basura que, cierto es, ha generado el propio republicano. Pero luego dice que "mira hacia delante", escondiendo la mano tras haber lanzado el guijarro.

Ha habido reacciones para todos los disgustos. Una de ellas es la de Dennis Blair, nombre que no le dirá nada si no aclaro que es director de la CIA. Dice el jefe de esa banda que gracias a la tortura "se ha sacado información valiosa". Si los resultados son buenos, está moralmente legitimado, nos viene a decir el bueno de Blair. El fin lo justifica todo, si ese fin es bueno y lo que hacemos nos acerca a él. Consecuencialismo. Socialismo. Llámenlo como quieran.

Acepto el juego. No existe el mal si nos acercamos a lo bueno. Comencemos: ¿Qué objetivo político hay que sea más excelso que el que los políticos nos digan la verdad? Y todos sabemos que si para cualquier quisque la relación con la verdad es conflictiva, la de los políticos es como la de Glenn Ford con Rita Hayworth en Gilda. O, directamente, como la de los Rose. Si deciden parte de nuestra vida, si manejan parte de nuestra renta y de nuestra riqueza, si juegan con nuestros derechos como con los cromos para luego intercambiarlos con otros, ¿no tenemos, al menos, el derecho de que nos digan la verdad? Si no se conforman con que les votemos y quieren, además, que les amemos, que nos creamos lo que nos dicen, ¿no podremos hacer que, por una vez, nos digan la verdad; toda la verdad?

Hay técnicas muy buenas. Pregúntenle a Dennis Blair. Producir asfixia sin llegar a la muerte, impedir el sueño durante días, lanzar violentamente a un detenido contra un muro, falso, eso sí, para que tema por un instante por su integridad… Nada demasiado grave. Oh, lo que podrían hablar nuestros representantes. No todos, necesariamente. Sólo algunos. Aquellos que aprueban las torturas. Siempre, claro es, por nuestra propia seguridad. Bien, pues nuestra seguridad también está en ese milagro, en ese político que comienza a decir la verdad como jamás creía que fuera posible. Puestos a defender la tortura…

Pero es claro que la tortura jamás es defendible. Lo tenemos interiorizado gracias al pueblo judío, que se dijo a sí mismo aquello de que estaban hechos a imagen y semejanza de Dios, y gracias al cristianismo, que convirtió a toda persona en Su hijo. Desde entonces, las prácticas brutales contra nuestro cuerpo, que eran tan comunes como el comer en cualquier otra cultura, comenzaron a verse como lo que son: una práctica repugnante y condenable. También con los terroristas. También con los políticos.

Aislacionismo

Thomas Jefferson pedía en su primer discurso inaugural “paz, comercio y amistad honesta con todas las naciones; alianzas comprometedoras con ninguna”. John Quincy Adams, dos décadas más tarde, decía que “América no sale fuera buscando monstruos que destruir. Es la que desea libertad e independencia para todos. Es la campeona y luchadora sólo de las suyas”. Son estas dos declaraciones profundas de la política exterior de los Estados Unidos, tal como quedó marcada por George Washington en su discurso de despedida presidencial, y como continuó hasta finales del XIX. Es lo que se ha llamado, despectivamente, “aislacionismo”.

Es un nombre absurdo para un planteamiento que pide “paz, comercio y amistad honesta con todas las naciones”. ¿En qué se parece eso a un “aislacionismo”? Pero esa alusión al aislamiento no se refiere a los lazos de sus ciudadanos y empresas con el resto del mundo… sino a la inacción del Estado en el exterior que, digámoslo todo, jamás fue completa. Quizás, se dice, esa forma de actuar fuera la adecuada en otro tiempo. Pero bien instalado el XX, ¿podría Estados Unidos, el país más rico de la tierra, limitarse a defender su forma de ser, guardar para sí las esencias sin intentar llevarlas al exterior? ¿Cómo contenerse ante el avance imparable del nacional socialismo en Europa? ¿Cómo no rebasar las propias fronteras ante el imperialismo comunista?

Por un lado, las intervenciones en el exterior, como la guerra contra España, no han estado todas motivadas por ideales, sino por intereses espurios, bien de ciertos sectores empresariales, bien del propio Ejecutivo, que con la guerra logra unir al país en torno a sí y engrandecer su poder sin apenas resistencia. Por otro, la única justificación de entrar en guerra con otro país es la propia defensa, no la extensión de la democracia, la libertad y demás palabras gastadas. Especialmente cuando en su nombre se degradan esa democracia y esa libertad en el propio país. Estados Unidos deja de ser una ciudad en una colina, ejemplo para millones de ciudadanos que desean para sí un sistema político parecido.

Hay algo paradójico en la idea de que otorgar un poder creciente al Estado más poderoso del mundo es la estrategia ideal para fomentar la libertad, y por tanto la limitación del poder, en el mundo. Y a medida que Estados Unidos ha ido descendiendo por ese camino, ha ido bajando la ladera de la colina, queda cada vez menos claro qué es eso de la “sociedad libre” que tenemos que defender.

Emilio Gutiérrez y la violencia

Pero nadie puede ser considerado un pedazo de hombre-masa cuando le conocemos. Todas las personas son, por uno u otro motivo, extraordinarias, aunque sólo sea en algún momento de su vida. Un Emilio Gutiérrez se disponía a vivir con su novia en su casa y seguir con una de esas vidas “del montón” que son objeto de desprecio de intelectuales y escritores.

Un día suena un estruendo y su vida se tuerce. Detrás del estallido hay una banda de apocalípticos e integrados a un tiempo, un grupo terrorista que es la vanguardia de la sociedad vasca, esa minoría que ha hecho suyo el discurso permitido y que lo ha llevado hasta sus últimas consecuencias. Esa minoría animada por un sentido del deber que va más allá del conformismo y de las necesidades del día a día. “Se pasan”, claro está, pero siguen el camino correcto. Es más, lo desbrozan, lo limpian de la maleza que aún queda en la sociedad vasca. Matan a un millar, amedrentan al resto. Siga las indicaciones. El dedo índice se queda corto. La sociedad vasca, siempre mirando al futuro, es amiga de la tecnología. El cañón de una pistola será quien indique el camino.

Emilio Gutiérrez había visto las indicaciones, como todos los demás. Pero una bomba estalló en su interior cuando vio destrozada su vida. Bajó con una maza y la emprendió con uno de esos templos del nacionalismo y del socialismo, donde se disfrutan los atentados sin pay per view. Son como los salones del oeste; la ley no se atreve a cruzar la puerta. Créanme cuando les digo que ni siquiera la SGAE entra en esos bares para cobrar su protección, como hace en el resto de España. Ya se sabe que las mafias van por barrios y una no cruza la frontera invisible que le protege de la otra si no sabe que vencerá en una guerra sangrienta. Y aquí la sangre la decide ETA. Pero Gutiérrez se saltó todas las indicaciones. Rompió todos los códigos. Tocó a los intocables. Décadas de chantaje, de nacionalismo bien entendido, que han secuestrado moralmente una sociedad, que la han humillado, puesto de rodillas y ejecutado, de repente quedan a la intemperie por un par de cristales rotos. ¿Qué pasaría si fuesen miles los Emilio Gutiérrez?

Una parte de la nobleza de la persona es el uso de la violencia. Una persona noble ha de estar dispuesta a recurrir a la violencia. Para defenderse, claro está. Pero esta sociedad, y no sólo la vasca, ha proscrito la violencia del hombre común, de los Emilio Gutiérrez. Y sólo quienes están dispuestos a comerse crudas esas ñoñerías, sólo quienes harán un mal uso de la violencia, la utilizan finalmente. Su mismo uso les legitima, en cierta medida. La proscripción de la violencia lleva al triunfo de los violentos frente a los nobles.

Esta sociedad podrida supura intelectuales que condenan la violencia. “Cualquier tipo de violencia”, dicen, sin discriminar. El acto de violencia de Emilio Gutiérrez, ha dicho un innombrable, pone en marcha una espiral peligrosa. Imagino que teme que en esa espiral una de las partes puede llegar a matar a un millar de personas. Y todo por culpa de Gutiérrez y su espiral.

Es mucho más cómoda la espiral del silencio ante el espectáculo del terrorismo. Miserables.

Pacifismos inanes y otros

La guerra es la sumisión de toda la sociedad a un fin, y esa simpleza moral y económica es lo más a que puede llegar al Estado, mientras que la sociedad no tiene propósito, y los fines que buscan quienes la forman son múltiples, caleidoscópicos, cambiantes y contradictorios.

Lo extraordinario es que la sociedad, a pesar de esa multiplicidad mutante de fines encontrados, coordina todos de un modo pacífico por medio del comercio. Ese comercio constituye lazos de unión entre los individuos, basados en el interés de cada uno de ellos, por lo que no es necesaria más que la libre voluntad de cada uno para mantenerlos. Y, puesto que esas uniones no son impuestas, sino buscadas por quienes las mantienen, viven en un entorno de paz. La guerra, a pequeña o gran escala, rompería ese intercambio capilar que da vida a la sociedad. Por eso se decía que la paz estaba atada por las dulces cadenas del comercio. La paz es un corolario de la libertad.

Curiosamente, esa realidad de las sociedades liberales se ha convertido en un poderoso objetivo político. Y, como otros valores liberales, ha sido secuestrado por ideologías que están en contra de la libertad, y por tanto de la paz. El pacifismo de izquierdas del XX sólo pretendía desarmar moral y militarmente a los enemigos políticos del comunismo, mientras por dentro se henchía de orgullo ante el brutal despliegue de los ejércitos soviéticos. Hoy ese orgullo se ha convertido en rabia, al comprobar dolorosamente que el antiguo imperio se desvaneció, ahogado en su podredumbre moral y económica, que es la misma. Le queda el consuelo de poder seguir enfrentándose a los ejércitos occidentales en nombre de la paz. O de servir de instrumento de los asesinos de las familias israelíes, otra de las formas más puras de ese pacifismo con instintos de exterminio, tan del XX. También ha habido un pacifismo inane, que pretende la eliminación de los ejércitos y de las guerras, pero que para ello no confía en la sociedad, sino en la iniciativa política.

Estos movimientos le han dado mala prensa al pacifismo; el término lleva al imaginario de la gente a radicales de izquierdas que distinguen entre víctimas merecidas o inmerecidas o en utopistas sin más ancla en la realidad que la suela de sus zapatos. Y por esa vía se están abriendo camino los viejos mensajes militaristas y, lo que es peor, sus prácticas más señeras. El falso pacifismo nos apesta, lo cual nos ha hecho perder el olfato para distinguir a los señores de la guerra y sus representantes en la política.

Tenemos que recuperar el aprecio por la paz, la desconfianza hacia la guerra como instrumento político, pero desde el respeto a la libertad de las personas, a su desarrollo abierto y libre. Es decir, desde el liberalismo. Tenemos que recuperar esa sana desconfianza en los mensajes alarmistas con que los políticos atizan nuestras almas. Todo para zarandear nuestras libertades y secuestrarlas pieza a pieza. Antes de que tengamos que esperar a que los espíritus más limpios tengan que recordarnos que algún día las tuvimos, y que hubiera merecido la pena luchar por ellas.

Todas las vidas valen lo mismo

La reciente incursión de Israel en Gaza se está cobrando cientos de vidas inocentes. Israel apela a su derecho a defenderse de las agresiones de Hamas, cuyos cohetes han matado a 18 civiles israelíes en los últimos años, y asegura que su ejército hace todo lo posible por evitar la muerte de palestinos inocentes que se ven envueltos en la batalla. Pero los "daños colaterales" arrojan un saldo de 30 civiles palestinos muertos por cada civil israelí víctima de los cohetes Qassam. Si la justicia de una guerra se mide por las consecuencias que tiene sobre los inocentes a los dos lados de la frontera, la ofensiva israelí es injusta aunque la motiven intenciones más nobles.

La campaña israelí no es desproporcionada porque el ejército hebreo aproveche su superioridad tecnológica para abatir centenares de militantes de Hamas y sufra solo una docena de bajas propias, sino porque causa más daño del que intenta evitar. Nos estamos metiendo en el pantanoso terreno del utilitarismo y el baile de números, pero mejor eso que la "ética" del todo vale (aunque podríamos ser más estrictos). Desde este punto de vista, el balance de la ofensiva es negativo si la suma de todas las víctimas inocentes es superior al volumen de víctimas estimado que la ofensiva habría evitado. Es imposible calcular lo segundo (tampoco está claro que una estimación de una muerte que aún no ha ocurrido deba contar igual que una muerte real e irrevocable), no obstante cuesta creer que la incursión en Gaza vaya a evitar la muerte de centenares de ciudadanos en los próximos años. Hacer algo puede que sea mejor que no hacer nada, pero no si ese "algo" es un ataque a gran escala que produce semejante volumen de muerte y destrucción (en la práctica puede que también tenga efectos adversos para la seguridad de Israel, pero éste es otro tema).

Una posible objeción a este planteamiento es sostener que la vida de un civil palestino vale menos que la de un israelí. Desde luego esto es así para el Gobierno israelí, que tiene un "mandato" de sus ciudadanos y su poder depende de la opinión pública de los votantes, no de los palestinos. También es así para muchos israelíes, que naturalmente ponen la vida de sus familiares, amigos y vecinos por encima de la vida de palestinos anónimos al otro lado de la frontera. Pero aunque este punto de vista sea comprensible es también sesgado. Están otorgando más valor a las vidas israelíes porque tienen un interés (sentimental, emocional, electoral etc.) en ello. Desde un punto de vista ético todas las personas inocentes tienen exactamente el mismo derecho a la vida, ya sean israelíes o palestinos. Es lógico que el Gobierno israelí no actúe reconociendo a los palestinos el mismo derecho a la vida que a los israelíes, pero debería si atendiera a los principios de justicia y ése es el estándar por el que tendríamos que juzgar sus acciones.

Es verdad que el ejército israelí se toma molestias (y riesgos) para evitar la muerte de civiles palestinos. Lanzan panfletos por aire sobre la población advirtiendo de un inminente ataque, interfieren la emisión televisiva o envían mensajes por móvil para pedir que evacuen la zona, seleccionan objetivos militares y abandonan ciertas operaciones si hay civiles de por medio, permiten la entrada de ambulancias y ayuda humanitaria para asistir a los heridos. Los terroristas, además, se lo ponen difícil escudándose en civiles o refugiándose en hospitales y mezquitas. ¿No prueba lo anterior que Israel sí está asignando a las vidas palestinas el mismo valor que a los israelíes? ¿Qué más puede hacer el ejército hebreo para evitar la muerte de civiles en combate?

Que Israel valore las vidas de los civiles palestinos más de lo que otros Estados en guerra valoran la vida de los civiles del bando contrario (o incluso más que el propio Hamas) no significa que dé a las vidas palestinas el mismo peso que a las vidas israelíes. A la hora de juzgar si Israel trata a los palestinos inocentes como iguales o podría actuar de otro modo cabe preguntarse: ¿cómo actuaría Israel si Hamas se parapetara dentro del territorio nacional y los palestinos civiles fueran ciudadanos israelíes? Las autoridades españolas no bombardean bloques de pisos, arrasan barrios residenciales ni causan daños colaterales cuando intentan capturar a los etarras. El Gobierno no podría asimilar daños colaterales españoles. Si ETA, en cambio, se ubicara en una región extranjera sin siquiera Estado oficial, las autoridades españolas tendrían menos escrúpulos a la hora de eliminar objetivos.

Puede argüirse que precisamente el hecho de ubicarse fuera del territorio nacional hace más difícil una actuación quirúrgica como la que lleva a cabo la policía, pero estoy convencido de que si los palestinos fueran ciudadanos israelíes y solo pudiera intervenir el ejército, el alto mando tomaría más precauciones e incluso se abortarían determinadas campañas por temor a producir demasiadas víctimas israelíes.

Consideremos esta situación desde otro ángulo. El Irgún fue un grupo armado judío previo a la creación del Estado de Israel que llegó a atacar objetivos civiles británicos y árabes. Fue tachado de terrorista y repudiado por el grueso de la sociedad judía. ¿Acaso no hubieran protestado los judíos si el ejército británico o los palestinos hubieran dado caza a Irgún matando a centenares de civiles judíos? ¿No tenían los británicos y los palestinos "derecho a defenderse", aunque ello provocara ingentes "daños colaterales"? En este escenario invertido los judíos se rebelarían y calificarían de "desproporcionado" un ataque masivo contra Irgún si fuera a ocasiones numerosas muertes civiles judías.

La reflexión sobre el valor de la vida de israelíes y palestinos tiene una ramificación que también debería llamar la atención a los estatistas que consideran desproporcionadas las acciones de Israel. Tienen razón cuando señalan que Israel implícitamente minusvalora las vidas de los palestinos, sin embargo incurren en el mismo vicio al defender un Estado del Bienestar nacional. Si para el Gobierno israelí la vida de un palestino vale menos que la de un israelí porque pone la defensa del segundo por encima de la vida del primero, para un socialista la vida (o el bienestar) de un congoleño vale menos que el de un compatriota español, porque defiende la Seguridad Social, educación y sanidad gratuita, ayudas públicas etc. sólo para el ciudadano español. Para el congoleño a lo sumo defiende el 0.7%. De modo que el mismo etnocentrismo que practica el Estado israelí es el que practica el Estado español en todas sus políticas de "bienestar". Si todas las personas valen lo mismo, los progresistas deberían dejarse de localismos y apoyar un Estado del Bienestar internacional. Eso o el desmantelamiento del Estado del Bienestar y la apertura de fronteras.

Israel, por su parte, debería ser más reticente y selectivo en el uso de la fuerza. El derecho a la auto-defensa de los israelíes no justifica la muerte de centenares de palestinos inocentes.

¿Por qué crece tanto el paro en España?

En Estados Unidos, por ejemplo, los analistas y los poderes públicos tiemblan con sólo pensar que el desempleo pueda alcanzar el 10%. Por desgracia, España ya ha superado con creces dicha barrera, y se encamina sin remedio a tasas próximas del 20% en 2010, en caso de que se mantenga el actual ritmo de destrucción de empleo.

¿Cómo es posible que el paro aumente tanto en España si la recesión afecta por igual a la mayoría de países? Más allá de las deficiencias que presenta la estructura productiva nacional, caracterizada por un sector inmobiliario sobredimensionado y un elevadísimo déficit exterior, el aumento del desempleo se debe, sobre todo, a la excesiva rigidez del mercado laboral. Es decir, a las enormes dificultades que tienen los empresarios para contratar y despedir libremente a los trabajadores. Ésta y no otra es la causa de nuestros problemas… Pasados, presentes y futuros.

En primer lugar, hay que tener muy en cuenta que tan sólo el sector privado –en forma de autónomos, pymes, empresas o grandes multinacionales– es capaz de generar trabajo. Los funcionarios y toda actividad desarrollada por la Administración Pública quedan excluidos por completo de este ámbito. El poder político jamás podrá crear empleo en términos reales, ya que se nutre y sobrevive gracias a la captación coactiva de recursos ajenos. Es decir, no crea riqueza sino que la destruye, perjudicando a los demás (ciudadanos y empresas).

Por otro lado, la rigidez laboral, causa y razón del paro en España, se define como el conjunto de normas, leyes y regulaciones que dificultan, de uno u otro modo, la ocupación de trabajadores y la creación de empresas. Así, es el sector público, en ningún caso el privado, el único responsable de la falta de flexibilidad laboral.

Dicho esto, volvamos a la pregunta inicial. ¿Por qué crece tanto el paro en España en comparación con otros países? Por desgracia, el mercado laboral español es uno de los más rígidos del mundo. En concreto, España ocupa el puesto 160 del ranking mundial en este ámbito, según el último informe Doing Business, índice que mide la facilidad para hacer negocios en un total de 181 países. Es decir, ocupamos los puestos de cola, superando por un escaso margen a economías tan desarrolladas como Bolivia, Paraguay, Panamá, Congo o Sierra Leona. Estados Unidos está el puesto número uno, mientras que Venezuela cierra la lista, en el 181, como el país con mayores trabas a la hora de contratar y despedir personal.

Aissa es una diseñadora exitosa, titular de una empresa que exporta telas tradicionales tejidas a mano a exclusivas marcas internacionales. La demanda va en aumento, hasta el punto en que Aissa necesitaría cuadruplicar la producción para cumplirla. Eso implicaría contratar a más trabajadores, lo que parece muy arriesgado. ¿Qué ocurriría si cae la demanda? Sería muy difícil reducir la plantilla de nuevo. "Los trabajadores me pueden demandar y decir que los he despedido ilegalmente", explica Aissa. "Hay que darles una carta y ahí empieza un largo proceso".

Es posible que muchos empresarios españoles se identifiquen a la perfección con Aissa. Y no andan desencaminados. Sin embargo, este caso, recogido en el informe, hace alusión a una empresaria senagalesa. Senegal ocupa el puesto 165 del ranking de flexibilidad laboral, España el 160, lo cual demuestra que nuestro mercado de trabajo está a la altura de países subdesarrollados. Los más pobres del planeta. No por casualidad, la región del África subsahariana es la que presenta las mayores trabas del mundo para hacer negocios.

Si profundizamos en los datos relativos a España, el panorama resulta desolador. Nuestra economía presenta un índice de dificultad de contratación de 78 puntos, siendo 0 el mínimo (Estados Unidos) y 100 el máximo (Venezuela, por ejemplo), triplicando el índice medio de la OCDE (25,7 puntos). La inflexibilidad de horarios se eleva a 60 puntos, mientras que en Estados Unidos es nuevamente 0 y en la OCDE 42,2 puntos de media. La dificultad del despido se eleva a 30 puntos, frente a los 26,3 de las primeras potencias económicas. El índice de rigidez laboral es de 56 puntos (0 en Estados Unidos), mientras que el coste del despido se eleva a 56 salarios semanales, el doble que la OCDE (25,8).

Como consecuencia, España ocupa, además, el puesto 140 del ranking mundial en el índice de facilidad para abrir nuevos negocios. Nuevamente, a la cola del planeta. Y es que, tal y como demuestra el informe, las economías con regulaciones laborales más rígidas presentan menos aperturas de empresas. Aissa, al igual que cualquier empresario español, se lo pensará muy mucho a la hora de contratar más trabajadores o abrir un nuevo negocio debido a las voluminosas cargas administrativas que tendrá que soportar.

Por ello, el paro en España supera ya el 13%, y seguirá en aumento. Esta tasa casi duplica la media de la UE, al tiempo que en Estados Unidos apenas roza el 7%, la más alta desde 1994. Ojalá los españoles disfrutaran de un desempleo similar. Las alarmas ya han saltado en la primera potencia mundial ante la posibilidad de que el paro se dispare hasta el 10%. Por el contrario, hasta el momento, todo indica que la luz roja no se activará en España hasta que superemos el umbral mágico del 20%. ¡Qué poca vergüenza la de nuestra clase política!