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Etiqueta: Seguridad y Defensa

Los efectos relajantes del Tute

Como siempre, a pesar de que los pistoleros asesinaron a su amigo a plena luz del día y a las puertas de un restaurante concurrido, nadie vio nada, ni las caras de los asesinos, ni la matrícula del coche en que huyeron. Nada. Todos estaban demasiado concentrados en la mano de cartas, actitud habitual cuando se oyen disparos y un amigo cae reventado a unos pocos metros de distancia. La fotografía que mostró el periódico El Mundo al día siguiente del asesinato es la perfecta radiografía de una sociedad que lleva cuarenta años jugando al tute, mientras una parte de sus vecinos va siendo asesinada meticulosamente en un ambiente de impunidad moral, que es mucho peor que la de tipo legal.

Y si alguien organiza una protesta, las ursulinas del nacionalismo llamado –vaya usted a saber por qué– democrático elaboran un documento lo suficientemente ambiguo para poder dar cabida a los argumentos de quienes dan por buena la situación, siempre que los que caigan sean "los otros". Porque no hay agallas para denunciar directamente a la ETA sin incluir oscuras referencias a la existencia de un conflicto que conviene resolver por procedimientos políticos, como si después de casi mil seres humanos asesinados a sangre fría, civiles, mujeres y niños incluidos, no hubiera quedado suficientemente claro cuál es el objetivo político de los terroristas.

Siempre la equidistancia. Como la del amigo de la víctima que al día siguiente llamó en directo a un programa de Telemadrid para decir que los de la ETA son criminales, pero Franco también (¿?) y acusar de franquista a una de las periodistas presentes en la tertulia. Esa fue la reflexión que le sugirió el cuerpo de su amigo ensangrentado por los disparos no precisamente de Franco. A esta gente les molesta la presencia de ETA, pero también la de la Guardia Civil y otras "fuerzas represoras" del Estado español. Quieren que desaparezca el terrorismo, una vez recogida la cosecha de nueces ensangrentadas, pero a cambio de hacer realidad su delirio de una Euskal Herría independiente que jamás existió. A los excarlistones burgueses del PNV parece no importarles que el proyecto político de los radicales vascos, los que empuñan las pistolas a riesgo de pasar veinte años en la cárcel, sea la creación de una república marxista-leninista. Ante todo la autodeterminación. Después ya se verá.

Con su actitud corren el riesgo de que el proceso se invierta y que un día el resto de España decida autodeterminarse de una región cuya mayoría de habitantes, por acción u omisión, apoya el proyecto soberanista de Ibarreche y Otegui. Ya han obligado a exiliarse a casi el veinte por ciento de la población, así que cada vez irá siendo más fácil tomar una decisión histórica como esa, que colmaría los deseos de los que, cuando un vecino cae reventado de un disparo a unos metros de distancia, sufren una ceguera y sordera temporales que les impide denunciar al autor.

A lo peor llega el día en que, por mayoría aplastante, el resto de España se autodetermina de "los vascos y vascas", para que disfruten de su nueva realidad nacional dirigida por pistoleros sin escrúpulos bajo los principios del marxismo-leninismo más ortodoxo. Y a seguir jugando al Tute.

¿Por qué España pinta poco (o nada) en el mundo?

Uno de los enigmas más impenetrables del mundo contemporáneo es el insignificante o nulo papel que, a pesar de su importancia, España ha jugado y juega en los asuntos internacionales. Por lo general a los españoles esta peculiaridad nacional ni nos va ni nos viene, y vivimos tan plácidamente en nuestro soleado rincón de Europa dedicándonos a lo nuestro, que es lo que llevamos haciendo con mejor o peor fortuna los últimos dos siglos.

Del "que inventen ellos" pasamos al "si ellos tienen UNO, nosotros tenemos dos"… y así hasta el día presente, en el que acogidos a sagrado en la desvencijada catedral europea, seguimos convencidos de que las cosas del mundo son demasiado importantes como para que los españoles nos metamos en ellas. Eso es lo que, más o menos, piensa la gente común y la práctica totalidad de nuestros políticos, convalecientes de un eterno complejo de inferioridad que se los come por dentro según saltan el Atlántico o los Pirineos.

Falta de espíritu, esa es la principal causa de la poca influencia que España ejerce en el mundo desde, por lo menos, las guerras napoleónicas. Influencia política, se entiende. Las otras influencias, como la cultural o la económica, van por sus propios derroteros y viven al margen de lo que los españoles y sus dirigentes decidan. Así, por ejemplo, el español es una de las principales lenguas del mundo y nuestra economía es la quinta de Europa situándose sin demasiado esfuerzo en el Top 10 mundial.

Francia no anda demasiado lejos en esas dos magnitudes pero es, en cambio, un gigante diplomático que enreda todo lo que puede en los foros internacionales, y en los que no lo son. Está algo más poblada que España (18 millones de habitantes más), es ligeramente más rica (3.000 dólares per cápita más), pero, como compensación, el francés está menos extendido y es mucho menos útil que el español. Su vocación, sin embargo, ha sido siempre mundial y, aunque ya no lo sea, los franceses siguen considerando París como el epicentro de la vida civilizada.

La política francesa juega a ser un actor fundamental e imprescindible en el acontecer global, la española a sobrevivir sin hacer mucho ruido y sin que les recuerden lo que son. Los franceses cuidan los pilares de su prestigio mundial como el ejército o la diplomacia, mientras los españoles relegan a uno a ejercer de hermanita de la caridad y al otro a entenderse con bandidos tercermundistas. El resultado está a la vista. Unos se pasan en día en los noticieros de medio mundo, los otros sólo salen por la tele para anunciar compungidos que un avión se ha estrellado en Barajas o que unos desalmados han reventado cuatro trenes de cercanías en Madrid.

No es de extrañar, por lo tanto, que nadie se acuerde de España cuando las cosas se ponen feas y toca tomar decisiones que afectan a todo el mundo. Así lo hemos querido y, en el fondo y aunque nos quejemos, así lo seguimos queriendo. Nada perdemos, a lo más el llamado "prestigio internacional", ese que los políticos se cobran en metálico y al contado. Que se lo queden otros.

Actividad e investigación militar

Lo militar es un ámbito especialmente importante y problemático de la investigación científica y la producción de tecnología. Las sociedades y los mercados libres funcionan y generan prosperidad y armonía, pero las agresiones colectivas a gran escala son posibles y es necesario invertir ciertos recursos para repelerlas. Un mundo sin enemigos es un ideal deseable, pero puede resultar letal creer ingenuamente que es cierto cuando no es real (desarme pacifista unilateral frente a agresores sin escrúpulos).

La unión hace la fuerza, pero la propia existencia de los estados colectivistas concebidos como monopolistas territoriales de la jurisdicción y la coacción incrementa las probabilidades de agresiones violentas a gran escala. Los gobernantes suelen recurrir a demonizar a colectivos extranjeros y presentarlos como enemigos para excusar sus sistemáticos fracasos domésticos. Las relaciones comerciales entre individuos de diferentes naciones, la apertura o difusión de barreras políticas y la flexibilidad de la organización social en libertad fomentan la paz.

En el mercado los consumidores premian o castigan a los productores a posteriori, cuando ya existen y están disponibles los bienes y servicios ofertados, y los procesos productivos pueden tener una extensión temporal muy larga. La función empresarial es esencial para intentar prever cuáles serán las preferencias futuras de los participantes en el mercado, anticiparse y realizar propuestas acordes a ellas.

El montaje de una estructura de capital es un proceso costoso y que lleva mucho tiempo, no es algo que suceda de forma instantánea en función de la aparición de una determinada demanda. Este desfase puede resultar fatal en ámbitos como la defensa: no se puede organizar un sistema militar eficiente de la nada cuando un ataque es inminente. En la actividad mercantil ordinaria el fracaso produce pérdidas monetarias que pueden suponer un problema más o menos grave y corregible o recuperable; respecto a la actividad militar el fracaso puede implicar la muerte (irreversible) o el sometimiento (quizás difícilmente superable). Un empresario que sufre pérdidas puede al menos haber aprendido y volver a intentar otros proyectos productivos; una persona o colectividad agredida incapaz de defenderse puede morir o arrepentirse demasiado tarde por no preocuparse adecuadamente de su seguridad.

La preparación militar adecuada en tiempo de paz puede servir como disuasión contra potenciales agresores (si quieres paz prepárate para la guerra), pero otros grupos pueden considerar (de forma correcta o incorrecta) la capacidad bélica ajena como una amenaza. Es importante demostrar la intencionalidad exclusivamente defensiva y legítima del uso de la fuerza por parte de individuos y grupos.

En los mercados libres y competitivos los precios coordinan las decisiones de grandes cantidades y tipos de participantes que adaptan sus acciones a las condiciones cambiantes. Los precios de mercado son plenamente informativos y coordinadores solamente si surgen de las interacciones voluntarias entre personas que contratan libremente y respetan los derechos de propiedad ajenos. Cuando hay muchos participantes más o menos iguales en un mercado los precios son poco sensibles a las decisiones de un actor concreto. Si existen pocos participantes (en el lado de la oferta o en el de la demanda) o algunos tienen mucho más poder que los demás, entonces los mercados son especialmente sensibles a sus decisiones. En algunos ámbitos sociales no existen precios de mercado libre que puedan guiar la actividad productiva.

Una persona realiza una decisión individual cuando elige por y para sí mismo en sus circunstancias particulares y según sus propios intereses, recibiendo directamente las consecuencias de su conducta. Es posible delegar una decisión a otra persona, pero entonces surgen problemas de interacción entre el principal y el agente (diferencias de conocimiento e incentivos). En algunos grupos unos pocos dirigentes o representantes deciden en nombre de muchos miembros de la asociación.

Las relaciones sociales de intercambio pueden ser compraventas puntuales o asociaciones contractuales extendidas en el tiempo que integran, comprometen y restringen a las partes contratantes. Algunas asociaciones contractuales estables emplean jerarquías de mando como estructura de organización (una empresa, un ejército).

En el ámbito de la defensa estatal unos pocos políticos y asesores militares toman decisiones que afectan a todos sus ciudadanos utilizando grandes cantidades de recursos confiscados a los contribuyentes. El Estado es un monopsonio (único comprador) de recursos bélicos, especialmente cuando por razones estratégicas prohíbe a sus empresas la venta al extranjero. La actividad militar estatal implica planificación central y jerarquías de mando sobre soldados voluntarios o reclutados a la fuerza. El cálculo económico basado en la contabilidad monetaria se sustituye por el triunfo o la derrota en la guerra (o en procesos electorales en los cuales se dirimen de forma inseparable muchos otros asuntos).

Los políticos pueden intentar aferrarse al cargo e incrementar su poder en lugar de administrar el ámbito de lo colectivo. Los funcionarios militares no dependen de la satisfacción de los defendidos sino de la discreción política, y su lealtad o patriotismo no garantizan su eficiencia. Los productores industriales de material militar pueden transformarse en grupos de interés oligopólicos que fomenten el gasto bélico.

Parte de una estrategia competitiva exitosa (tanto en empresas como en ejércitos) es gestionar la información (y la desinformación), averiguando la estrategia de la competencia (espionaje) y ocultando la propia (secretos, confidencialidad) para aprovechar el elemento sorpresa y dificultar la respuesta del adversario o enemigo. Se produce un conflicto de difícil resolución entre las restricciones militares por seguridad y confidencialidad y la difusión libre necesaria para el avance científico. Las medidas de seguridad pueden ser necesarias pero probablemente serán exageradas o distorsionadas por las burocracias estatales obsesionadas con el cumplimiento de reglas para intentar justificar su existencia pese a su manifiesta ineficiencia o incompetencia.

Política exterior y defensa nacional

Cada parte o región del planeta está gobernada por una organización estatal, y dado que esta situación no parece que vaya a cambiar en un futuro cercano, la cuestión de las relaciones interestatales (políticas exteriores) toma importancia. Concretamente, nos interesaría dar respuesta a la pregunta de si existe algún criterio liberal para valorar una determinada política exterior.

El objetivo liberal es el de reducir al mínimo el grado de coacción ejercido por el Estado sobre las personas concretas, ya sean nacionales o extranjeras. Para cumplir este objetivo, el principal elemento de una política exterior liberal debe ser la neutralidad o no-intervención. Ningún país puede pretender gobernar y dirigir el mundo o una de sus partes. Su soberanía no puede traspasar sus fronteras. Las intervenciones de unos países sobre otros están injustificadas.

Un motivo que aleja claramente al liberalismo del intervencionismo militar es que al apostar por este último, el Gobierno incrementa la posibilidad de entrar en guerra y fomenta la hostilidad de los países intervenidos. Esto es lo que ha provocado el Gobierno estadounidense en mayor o menor medida al aplicar sanciones económicas; al intervenir y tomar partido en conflictos; al estacionar tropas en decenas de países; y, sobre todo, al tratar de vigilar y "hacer un mundo mejor, libre y democrático" para todas las naciones, convirtiéndose así en una especie de super-estado que busca ejercer y detentar el monopolio de la fuerza sobre todas las regiones del planeta. Con su activismo intrusivo interior y exterior, no deja de poner en peligro la vida de sus ciudadanos. Los presidentes de los Estados Unidos harían bien en escuchar y seguir las ideas de Ron Paul, no-intervencionista convencido, al que muchos consideran el "descendiente directo" de los Padres Fundadores (George Washington y Thomas Jefferson apostaban claramente por el no-intervencionismo unido con la libertad para comerciar y el libre intercambio cultural).

Otro efecto nefasto del intervencionismo militar es la violación sistemática y creciente de derechos individuales y la expansión de la organización estatal. Es decir, la tiranía interior. Se supone que la principal función de los estados es protegernos. Sin embargo, observamos continuamente que no sólo son incapaces de prevenir ataques terroristas sino que, además, utilizan las crisis para ampliar e incrementar su poder a expensas de las libertades y propiedades de sus ciudadanos/súbditos. No dudan en explotar las crisis a fin de proporcionar una poderosa justificación para sus irresponsables acciones políticas, legales, militares y fiscales. Toda guerra es la ocasión más propicia para un Estado para aumentar y ampliar la agresión fiscal contra el propio pueblo. La guerra es, sin duda, el alimento del Estado (Randolph Bourne), ya que gracias a ella los estados incrementan su poder absoluto sobre la economía y la sociedad.

Lo cual no significa que la política exterior liberal sea pacifista. El axioma principal de la teoría liberal propugna que nadie puede agredir la vida o propiedades de otra persona. No defiende el derecho a usar la violencia contra un no-agresor, pero sí el derecho a protegerse de una agresión. La política exterior liberal tampoco es aislacionista. El aislacionismo ciertamente es no-intervencionista, pero implica también el proteccionismo económico nacional. Este elemento es evidentemente contrario a lo defendido por los liberales, que apuestan por unir a las personas de los distintos países del planeta mediante el libre comercio.

Pese a que los casos concretos pueden ser difíciles de evaluar por la falta de información y por su complejidad, la evaluación de una política exterior debería basarse y tener en cuenta los siguientes aspectos:

  1. Seguridad. En qué medida las acciones de un gobierno protegen o ponen en peligro la seguridad de sus ciudadanos.
  2. Libertades individuales. La capacidad de los gobiernos de proveer seguridad sin violar los derechos individuales de sus ciudadanos.
  3. Apertura y prosperidad económica. En qué medida los gobiernos favorecen o dificultan con sus acciones la armonía, la cooperación y la amistad entre los ciudadanos del país y la gente de otras naciones. Los gobiernos deberían reducir los impuestos, el gasto militar y fomentar el libre comercio con otras naciones.

La mili fue un invento de la Revolución francesa

Los monarcas europeos vieron con profunda preocupación los sucesos que se iban precipitando durante la Revolución francesa, pero algunos historiadores faltan a la verdad cuando afirman que iniciaron la agresión bélica contra los ejércitos revolucionarios. Las monarquías europeas, pese a haber mostrado un interés por la suerte de Luis XVI y su familia reflejado en una vaporosa declaración en Pillnitz (fruto de las presiones de la alta nobleza francesa exiliada), no deseaban una guerra directa con Francia. A decir verdad, no les desagradó en absoluto ver cómo se debilitaba el poder francés.

El 20 de abril de 1792, por el contrario, la Asamblea legislativa francesa declara la guerra al recién llegado al trono Francisco II, rey de Bohemia y Hungría (y posteriormente emperador de Austria con el nombre de Francisco I). Todos los diputados revolucionarios (fuesen, girondinos, fuldenses, jacobinos o los del valle), pese a sus múltiples diferencias, estaban de acuerdo en una cosa: en atacar alguna monarquía extranjera no muy poderosa para presionar a Luis XVI a tomar partido por la revolución. Se iniciaron, por tanto, las hostilidades bélicas por motivos meramente internos que servirían, además, de propaganda de la causa (la exportación de la revolución para liberar a los pueblos). El 28 de abril las tropas francesas de Rochambeau invadían Bélgica. Si los dirigentes de la Revolución pensaron que sería una intervención corta, se equivocaron. Con dicha agresión, Francia entraría en un conflicto con el resto de Europa de forma casi ininterrumpida durante veintitrés años que sólo cesó con la derrota de Waterloo y la posterior ocupación del país.

Debido a la extensión y prolongación de estas guerras, los dirigentes de la Convención republicana acabaron por declarar que la patria estaba en peligro y reclamaron poderes extraordinarios concentrados en el Comité de Salvación pública. Se decretaron, entre otras muchas medidas coercitivas, una serie de levas masivas (mediante sorteo) en repetidas ocasiones (febrero y agosto de 1793) para dotar de carne fresca a los ejércitos revolucionarios. La población no siempre respondió a estos llamamientos con el ardor patriótico que cabía esperar, pues hubo muchos desertores, desaparecidos, automutilados e, incluso, rebeldes que se sublevaron frente a tales medidas (en Pitou, Bretaña, Normandía y La Vendée). Además, como buena parte de los afectados eran campesinos, los fisiócratas vieron en ello un modo perverso de empobrecer la economía del país.

Habiendo sido abandonado el recurso a las milicias, propias del Antiguo Régimen, las levas supusieron el medio más eficaz para dotar de nuevos reemplazos al ejército republicano, pero fueron un verdadero dolor de cabeza para las autoridades político-militares. Durante el Directorio, el general y diputado Jean-Baptiste Jourdan propondría a la cámara legislativa un modelo de reclutamiento totalmente novedoso hasta entonces: el servicio militar obligatorio y universal (sistema de conscripción) para todos los varones entre los 20 y 25 años por un período de cinco años.

Finalmente se aprobó dicha propuesta con el nombre de Ley Jourdan-Delbrel el 5 de septiembre de 1798. Su artículo primero establecía que "todo francés es un soldado y se debe a la defensa de la patria". Con ello se acabó con el angustioso azar de los sorteos, con el escaqueo mediante pago y con los mercenarios. Se cumplía así el sueño de Maquiavelo y de Rousseau, que detestaban los ejércitos profesionales y veían en los ejércitos compuestos sólo de ciudadanos la forma moralmente más elevada de defender una sociedad.

Con este invento de la Revolución francesa se democratizaron las obligaciones militares y se cimentaron las bases de la Grande Armée de la que Napoleón supo aprovecharse sobradamente. Con su "nación en armas" puesta en marcha organizó el mayor ejército jamás visto antes en Europa e infligió notables derrotas a los sorprendidos ejércitos de los antiguos regímenes. Durante el Imperio del corso más de dos millones y medio de franceses fueron reclutados. Las guerras napoleónicas produjeron enormes daños y se llevaron por delante alrededor de un millón de almas en todos los campos de batalla; más de la mitad eran ciudadanos "libres" franceses.

Las guerras limitadas de los ejércitos relativamente pequeños del Antiguo Régimen dieron paso –con la conscripción y el posterior nacionalismo interventor del Estado moderno– a las guerras ilimitadas que, en lo sucesivo, se desplegarían con toda su crudeza. Se despejaba el camino para la aparición posterior de la guerra total en la historia. El arte de la guerra devino un asunto de la nación entera.

También recibimos otras herencias de la Revolución francesa que marcarían a fuego nuestra Edad Contemporánea, a saber: la asamblea legislativa con poderes omnímodos, control de precios (leyes de Máximum) y posterior legislación contra especuladores, la descristianización y laicidad impuesta a golpe de bayoneta, una peculiar forma de emisión descontrolada de dinero fiat de curso forzoso contra bienes confiscados (los assignats), la politización de la sociedad civil mediante la labor capilar de unos proto-partidos políticos (clubes), la intensa centralización administrativa, la educación pública y laica mediante catecismos de las virtudes republicanas, la ideología igualitaria, la progresividad en materia fiscal, el control de la prensa, la prohibición de asociaciones profesionales y otros cuerpos intermedios entre el individuo y el Estado, la idolatría a la naturaleza y, en fin, el endiosamiento del Estado.

Los totalitarismos contemporáneos tampoco quedaron huérfanos de lecciones que sacar de la Revolución francesa: un comité central llegaría a asumir todos los poderes, se crearon tribunales revolucionarios políticos, se instauró un control absoluto sobre la población mediante unos comités municipales de vigilancia asistidos por guardias de secciones repartidos por todo el país, se suspendieron todo tipo de garantías procesales, se cometieron crímenes de Estado, se aprobó una ley de sospechosos para perseguir a los ideológicamente contrarios a la revolución que permitió asesinar legalmente a millares de personas con la "igualitaria" guillotina, llevar a cabo encarcelamientos preventivos masivos y deportaciones a ultramar. Se perpetró también un genocidio ("populicidio" lo llamarían entonces) en la región de La Vendée aún negado hoy por muchos historiadores.

La Revolución francesa cambió el régimen de gobierno pero no lo limitó; fue cualquier cosa menos una revolución liberal.

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Del liberalismo al utilitarismo pasando por Hiroshima

El pasado día 6 de agosto fue el 63 aniversario del lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima durante la Segunda Guerra Mundial. La decisión de Truman suscita opiniones encontradas y acalorados debates, también en los círculos liberales.

Hay una tendencia a considerar inevitable aquello que ha sucedido, quizás porque cuesta visualizar un futurible y pensamos que si la historia se ha desarrollado de esta manera por alguna buena razón será. En el caso de Hiroshima y Nagasaki, el discurso de la "necesidad" del lanzamiento de las bombas atómicas resuena con fuerza. Pero los hechos no parecen apuntar tan claramente en esa dirección a pesar de todo y, lo más importante, cuando exploramos las posibles alternativas nos damos cuenta de que el liberal tiene que abandonar sus premisas o poner en suspenso sus principios si quiere secundar la "necesidad" de esa decisión.

Consideremos, por ejemplo, el asunto de la rendición incondicional. Los japoneses estaban derrotados desde antes de Hiroshima, no podían causar ningún daño en territorio americano y su rendición era cuestión de tiempo, sobre todo después de que los soviéticos empezaran a avanzar en Manchuria. Japón estaba militar y económicamente exhausto, y buscaba unos términos de rendición "aceptables", que incluyeran el mantenimiento del emperador. Estados Unidos, a través de la Declaración de Postdam, dio a entender implícitamente que el sistema imperial sería desmantelado y el emperador sería juzgado por crímenes de guerra, algo inaceptable para los japoneses.

Llegados a este punto, la pregunta es: ¿valía la defenestración del emperador el precio de lanzar dos bombas atómicas sobre población civil? Una posible respuesta es: "sí, el emperador era como Hitler, ¿deberían haber aceptado los aliados una rendición en la que se mantuviera a Hitler en el poder?" Pero esta clase de respuesta únicamente tiene en cuenta la moralidad de dejar impune a un criminal de guerra, no evalúa los costes y beneficios, no considera los trade-off de una decisión de esta magnitud.

Es verdad que hubiera sido sumamente injusto dejar a Hitler o a Hirohito impunes, ¿pero justifica su impunidad la masacre de decenas de miles de personas? En cualquier otro contexto el trade-off lo hacemos a favor de las víctimas: preferimos dejar impune a un criminal que encerrar a 10 inocentes, y en este sentido somos partidarios de una fuerte presunción de inocencia.

Sea como fuere, la realidad posterior a la rendición hace estéril esta discusión: Estados Unidos acabó respetado al emperador. De hecho trabajó para limpiar su nombre y descargarle de responsabilidad en las atrocidades que cometió el Imperio japonés. En 1975 Hirohito fue recibido en la Casa Blanca por Gerald Ford como un jefe de Estado cualquiera. En 1989 George Bush asistió a su funeral. Si Estados Unidos hubiera manifestado su intención de no tocar al emperador existe la posibilidad de que los japoneses se hubieran rendido.

Hay varias cosas que Estados Unidos podría haber hecho antes de lanzar las bombas y que no hizo. A lo mejor no hubieran alterado la determinación japonesa a continuar la guerra en el contexto de una rendición incondicional. A lo mejor sí. Nunca lo sabremos.

Los japoneses podrían haber sido advertidos de que iban a ser víctimas del arma más mortífera jamás inventada y, tal y como pidieron algunos científicos que participaron en el proyecto atómico, podría haberse mostrado el poder de la bomba en alguna zona deshabitada o evacuada. Tampoco se informó a los japoneses de que la Unión Soviética iba a declarar la guerra a Japón, algo que como señala Ralph Raico hubiera conmocionado a Tokio más que las bombas.

Luego viene la guerra de cifras, donde liberales que de normal rechazan y desprecian los argumentos utilitaristas suscriben alegremente la máxima de que el fin justifica los medios. Matar inocentes se vuelve justo y defendible porque se evita un mal mayor. Las bombas salvaron la vida de aquellos soldados y civiles que hubieran muerto en una invasión por tierra (o sirvieron para atemorizar a los soviéticos y poner freno a sus ambiciones). Dejando a un lado que había informes que pronosticaban una cifra de víctimas bastante inferior al popularizado millón de muertos, la idea de que es lícito matar a Juan porque eso salvará la vida de Miguel es difícil de cuadrar con una ética que acostumbra a condenar las agresiones contra personas, en particular el asesinato de una persona inocente con independencia de la motivación del crimen. Por qué cuando en lugar de Juan y Miguel hablamos de decenas de miles de soldados americanos y civiles japoneses la conclusión es distinta es un misterio.

Muchos liberales que apoyan la decisión de Truman responden a los intervencionistas que la redistribución es injusta porque implica agredir a unos para beneficiar a otros, con independencia de que los beneficiados puedan ser más o que vaya a haber ganancias en "utilidad". Pero tan pronto como hablamos de guerras, o del lanzamiento de las bombas, estos liberales empiezan a usar los mismos argumentos que utilizaban los intervencionistas y que ellos desechaban.

Otro argumento es que para Truman las vidas de los soldados americanos eran lógicamente más valiosas que las vidas de los civiles japoneses. Pero esto no es un argumento, es una descripción de la realidad y de las motivaciones de Truman. Que uno valore más la vida de un familiar suyo que la de un desconocido no significa que el desconocido tenga menos derechos. Podemos poner más ejemplos con Juan y Miguel. Habrá a quien le parezca insólito que juzguemos la decisión de Truman como liberales y no como si fuéramos el propio Truman, pero eso es exactamente lo que hacemos en tantos otros casos: juzgar las acciones de los políticos de acuerdo con unos determinados principios, aunque ellos los ignoren o repudien.

En última instancia, aunque Japón no fuera a rendirse hay otra alternativa a las bombas y a la invasión, y es el dar por terminada la contienda sin más. Coger los bártulos e irse a casa. ¿No es realista? Claramente no lo es. Tampoco lo es defender la privatización de la educación o la prohibición de las drogas. Pero la ausencia de un contexto propicio para la implementación de estas políticas, la ausencia de una mentalidad que aceptara terminar la guerra sin más, no implica que sea una opción indefendible. Japón empezó la guerra y es natural que los agredidos busquen justicia. Pero Japón estaba técnicamente derrotada, no podía infringir ningún daño en territorio americano, y causar la muerte de miles de personas inocentes para juzgar a unos cuantos militares no se acerca a mi idea de justicia. No me importa que esta opinión choque con la convención de que las guerras deben terminarse o de que "los buenos deben ganar". Si no nos preocupa ir a contracorriente en otros temas, no sé por qué tendría que importarnos en este caso.

Informática y la lucha contra el crimen

Mohamed Atta, el jefe de los terroristas, fue multado en dos ocasiones en sólo un par de semanas en agosto de 2001, en dos lugares situados a una veintena de kilómetros el uno del otro. La primera de las infracciones la cometió en el condado de Broward y se le dio una citación que le obligaba a presentarse en el juzgado, cosa que, oh sorpresa inesperada, no hizo. De modo que se emitió una orden de arresto en su contra.

Poco después, en el condado vecino de Palm Beach, Atta cometía otra infracción de tráfico, pero no era detenido. Broward no había puesto su orden de arresto en ninguna base de datos que pudiera ser consultada por nadie más que por su propia policía local. De modo que el policía de Palm Beach le extendió otra citación y dejó que se marchara. Si la orden de arresto hubiera quedado automáticamente archivada en una base de datos accesible para todos los policías, aunque sólo hubiera sido a los de Florida, que es el estado donde dicha orden tenía validez, Atta hubiera estado entre rejas el 11 de septiembre.

Es algo similar a lo que en España sucede en la Justicia y que permitió al asesino de Mari Luz seguir libre para matar cuando debía haber estado entre rejas. La información salva vidas. Por tanto, si el Ministerio no se esfuerza por informatizar nuestra Justicia o jueces, funcionarios y fiscales oponen resistencia por temor a tener que reciclarse, o simplemente porque no les da la gana, están poniendo nuestras vidas en peligro, las de quienes les pagamos el sueldo, las de quienes justificamos que existan.

Pero aún hay otro paso que puede darse. Existe una disciplina informática llamada data mining, o minería de datos, que permite por medio de análisis de todo tipo encontrar patrones y tendencias interesantes en los datos en bruto. Las empresas lo usan continuamente, por ejemplo para evaluar qué personas tienen mayores probabilidades de responder a una oferta y por qué canal, en lugar de ponerse a llamar por teléfono casi al azar. Existen muchas aplicaciones para cualquier Gobierno como, por ejemplo, averiguar las declaraciones de la renta que tienen toda la pinta de ser fraudulentas para que sean éstas las que investiguen los inspectores.

Por supuesto, también se puede emplear para detectar no sólo terroristas sino todo tipo de criminales. Esto no significa que debamos entrar en una pesadilla orwelliana en la que una persona encontrada sospechosa por un proceso de estas características deba ser inmediatamente detenida e interrogada. No; simplemente se convierte en un candidato digno de ser vigilado con mayor atención. Parece una alternativa mucho menos dañina para nuestras libertades que poner cámaras por las calles y espiar el contenido de nuestras comunicaciones electrónicas.

El famoso proceso no sirvió de nada

Después de una legislatura humillando a las víctimas del terrorismo y haciendo concesiones políticas a la ETA (la presencia de su brazo político en las instituciones es tal vez la principal) seguimos donde estábamos, sólo que en peor situación.

Hoy la democracia española es mucho más débil que hace cuatro años, cuando el PSOE llegó al poder. No sólo porque los terroristas han demostrado que se puede humillar a un Gobierno que se sienta a negociar políticamente con ellos, sino porque hay algunas situaciones que no tienen marcha atrás. El dinero que el brazo político de la ETA ha obtenido gracias a su presencia en los órganos democráticos del País Vasco, procedente del bolsillo de los ciudadanos, incluido el ex concejal asesinado y sus familiares, no va a ser jamás devuelto, y ya sabemos en qué proporción se reparten los fondos en el entramado terrorista.

Pero con ser especialmente vergonzosa, no es esta la peor consecuencia de la política de Zapatero a lo largo de la legislatura. Lo más dramático es que se ha acostumbrado a parte de los ciudadanos a pensar que para solucionar el problema del terrorismo vale la pena intentar cualquier estrategia. Porque no es cierto. La única política que puede acabar con el terrorismo sin graves consecuencias para la nación es el de la máxima firmeza del Estado dentro, exclusivamente, de los cauces legales.

Hacer que la ETA cese en su actividad criminal es fácil: basta con concederle todo aquello que pide. Zapatero ha intentado en estos cuatro años un ejercicio equilibrista de prometer concesiones tensando al máximo la Constitución y las leyes, mientras se intentaba dar una apariencia de que se estaba salvaguardando lo sustancial para no perder a una parte de sus votantes que aún defiende la unidad de la nación española. Al final, ni la ETA ha desistido de sus objetivos ni esa parte noble del voto socialista tiene motivos para sentirse orgullosa de su presidente.

En las declaraciones inmediatamente posteriores al atentado, Zapatero ha declarado que "el Gobierno perseguirá con el Estado de Derecho a los terroristas, a quienes les prestan apoyo y avalan y justifican sus acciones con toda la determinación y los medios perseverando a favor de las vidas y la libertad de todos los españoles". Exactamente lo mismo que viene defendiendo Rajoy estos cuatro años. O sea, que tanta humillación a las víctimas y tantos ataques a la oposición no han servido para nada más que debilitarnos como nación unida.

Ni el PSOE ni Zapatero son responsables en absoluto de la muerte de Isaías Carrasco. Los culpables son únicamente los terroristas. Sin embargo el PSOE debería reconocer su error de estos cuatro años y hacer una pública declaración de que en la lucha contra la ETA jamás se apartará del camino trazado por Zapatero con esa frase. Sería un buen homenaje a la memoria del ex concejal asesinado, aunque tachen al PSOE de electoralista estando a menos de cuarenta y ocho horas de las elecciones. Nuestros mártires lo merecen.

Ea, ea, ea… Chávez se cabrea

El éxito que el presidente de Colombia, Álvaro Uribe, ha cosechado en su enésima ofensiva contra el movimiento terrorista totalitario en la que ha caído el dirigente comunista Raúl Reyes ha sacado de sus casillas al gorila rojo quien, desde su insufrible programa de televisión, Aló Presidente, ha ordenado la retirada de su embajador en Bogotá y mandado diez batallones a la frontera con Colombia después de guardar un minuto de silencio por uno de los terroristas más sanguinarios de Latinoamérica.

Si el monopolio del uso de la violencia puede tener alguna justificación, esa es precisamente la de la ventaja competitiva que puede tener en el uso que Uribe le da para proteger la vida y la propiedad de los colombianos de las fauces de las FARC. Ese uso defensivo de la violencia –que desgraciadamente Uribe no mantiene en su "lucha contra el narcotráfico"– es precisamente lo que ha hecho que la popularidad del presidente colombiano se mantenga en máximos históricos desde su llegada al poder. Alguno dirá que a Reyes se le abatió en suelo ecuatoriano y que eso no puede considerarse un uso defensivo de la violencia. En mi opinión lo que constituiría un uso ofensivo de la violencia sería la matanza de inocentes –que no se ha producido– o el uso de los fondos públicos de los ecuatorianos para proteger a estos criminales que manchan de sangre al movimiento de izquierdas.

Chávez se ha apresurado en convencer a Rafael Correa de que debe poner firme a Uribe y ha declarado él mismo que la muerte de un criminal de las FARC en la frontera venezolana sería motivo de guerra. Eso sí que es dejar bien claro tu disposición a usar los impuestos de los maltrechos venezolanos para sustentar el intento de eliminar las libertades individuales en el país vecino. Sin embargo, dudo mucho que Correa le siga el juego por mucho tiempo. La labor incansable de Uribe ha logrado que la comunidad internacional haya dejado de ver a esos revolucionarios colombianos como simpáticos idealistas. La lucha contra esos desalmados ha recuperado la legitimidad que nunca debió perder, y contra eso es muy difícil luchar por muy "hermosa" que sea la experiencia democrática de estos dos amantes del autoritarismo.

El todavía presidente de Venezuela se cabrea, vocifera y da brincos y piruetas desde la jaula dorada en la que empieza a convertirse su Gobierno. Motivos no le faltan. Chávez es miembro honorífico de un club internacional para la recuperación del socialismo conocido como Foro de Sao Paolo que empieza a perder socios después de un largo periodo de expansión. Para colmo de bienes, este benefactor de los terroristas latinoamericanos ha perdido un referéndum al son del "por qué no te callas", está perdiendo lentamente a su amigo Fidel Castro, una asquerosa multinacional capitalista como Exxon le está ganando la partida contra sus impunes expropiaciones en tribunales internacionales y la población se está atreviendo a contestar sus continuas payasadas belicosas. Ea, ea, ea…

Terrorismo en las sociedades abiertas

A finales del siglo XI, los ejércitos de Hassan al Sabbah, un caudillo ismailita nizarí que luchaba contra los fatimitas egipcios, tomaron la fortaleza de Alamut, en las cercanías del Mar Caspio. El Viejo de la Montaña, como también se conocía a su líder, creo una red de bases en los que se adoctrinaba a jóvenes musulmanes a través de la educación y el uso del hachís. Los hashshashín, los asesinos, formaban unidades de soldados suicidas que buscaban y asesinaban a líderes musulmanes de toda condición, "corrompidos" por ideas desviadas, a plena luz del día y en lugares públicos. El terrorismo, como vemos, ha sido siempre un instrumento para hacer política, para propiciar cambios.

Sin embargo, ha sido a partir de la segunda mitad del siglo XIX, sobre todo durante el siglo XX y hasta la fecha, cuando el terrorismo ha pasado a ser una manera efectiva para alterar las sociedades. Paradójicamente, las sociedades libres se encuentran más expuestas a los efectos que pretenden provocar los terroristas, pero también tienen mayores recursos para luchar y terminar con ellos.

El terror es un instrumento relativamente efectivo para controlar las masas. Las facciones triunfantes en las grandes revoluciones europeas lo han usado invariablemente para escarmentar a aquellos que eran destronados o controlar y eliminar los que podían poner en duda su triunfo. El terror que Robespierre desató en la Francia revolucionaria –y que en la práctica terminó por encumbrar al dictador Napoleón en el trono de un imperio, no de una república– o las matanzas genocidas que los bolcheviques realizaron en Rusia son dos ejemplos de cómo el terrorismo no es exclusivo de grupos más o menos románticos o minoritarios, sino que es usado de manera sistemática por cualquiera que tenga o aspire al poder, desde un Estado a un grupo político, pasando por una simple mafia.

El terrorismo es ante todo un instrumento, no es un objetivo en sí mismo, aunque en muchos casos lo parezca. Es un elemento más efectivo en las sociedades libres porque sus efectos tienen mucho más alcance que en las que soportan un sistema totalitario debido a la facilidad con que la información se desplaza en las primeras. Además, en las sociedades libres el individuo es más importante que el colectivo, la tragedia que se deriva de un acto terrorista es independiente del número de afectados, es suficiente con que uno muera o resulte herido para que la sociedad reaccione, tanto para lo bueno como para lo malo.

Los efectos del terrorismo van mucho más allá del miedo. Los atentados del 11 de marzo en Madrid propiciaron el triunfo de José Luis Rodríguez Zapatero en las elecciones del 14 de marzo. El Gobierno socialista español ha tenido una actitud mucho más cercana hacia organizaciones como la banda terrorista ETA o a países que apoyan el terrorismo internacional como Irán, que gobiernos anteriores. Los atentados del 11 de septiembre en Nueva York y Washington consiguieron que la política antiterrorista del gobierno de George Bush se tornara mucho más restrictiva y, como consecuencia de ello, los movimientos entre países se volvieron más complicados, los derechos básicos de las personas sufrieron restricciones en aquellas sociedades donde precisamente se presumía de la libertad como un principio moral, todo ello justificado por la seguridad de los ciudadanos.

Este tipo de reacción es quizá uno de los principales éxitos de los terroristas, que las sociedades libres se tornen cada vez menos libres, que los derechos fundamentales vayan desapareciendo buscando una mayor seguridad. Llevado al extremo y canalizado por las políticas de educación pública, los mensajes de propaganda de aquellos que usan el terrorismo como un instrumento pueden calar en una población cada vez más atemorizada y mediatizada, pero sobre todo más desencantada, hasta que su apoyo es inequívoco. De nuevo la historia muestra ejemplos de cómo poblaciones enteras se entregan a ideas genocidas, tal es el caso de la Alemania que justificó y se entregó a Hitler durante más de una década. Muchos grupos terroristas se aprovechan de la libertad de expresión y de la representación política para conseguir poder. Esta situación es especialmente importante si quieren transmitir con efectividad su mensaje a una sociedad hasta el punto de que termine justificando la violencia que estos ejercen. Tal es el caso de la banda terrorista ETA, que organiza diversas instituciones de carácter civil y político para aprovecharse del sistema político español y autofinanciarse.

Este modo de proceder no es nuevo: ya lo utilizó la Internacional comunista cuando pasó de la Revolución a la creación de Frentes Nacionales. Los terroristas no dudan en encontrar aliados políticos cuando ello les conviene, pero sin olvidar que no deja de ser una situación circunstancial y que, una vez conseguido el poder, deberán ser eliminados. Los grupos terroristas tienen una concepción totalitaria del poder, no luchan por la libertad ni por el fin de una dictadura, luchan por hacerse con él.

El terrorismo no es, como muchos piensan, una reacción nacida de la pobreza de la sociedad que la sufre. El activo terrorismo vasco, el más dormido terrorismo catalán o el emergente gallego no son consecuencia de unas sociedades atrasadas, sino que surgen y se desarrollan en sociedades relativamente ricas y con instituciones económicas modernas. El terrorismo islámico es alentado por países y organizaciones con grandes recursos económicos. De hecho, si no fuera así, el alcance del terrorismo sería pequeño, local y con poca repercusión global, todo lo contrario de lo que buscan los criminales. La pobreza no deja de ser una justificación falsa alentada por la propaganda para dar cierta legitimidad a sus acciones, trampa en la que caen muchos, sobre todo los que aún piensan desde una perspectiva de la lucha de clases.

Las sociedades abiertas no deben caer en la trampa de dar legitimidad a los objetivos sociales y políticos de los terroristas. El terrorismo atenta directamente contra la vida, la propiedad y la libertad de las personas y lo hace de manera indiscriminada, ilegal e ilegítima. Pero una sociedad libre no debe olvidar que la seguridad no está por encima de la libertad; la lucha sin cuartel contra el terrorismo ni puede ni debe estar acompañada de una limitación de las libertades. Contra el terrorismo debemos luchar todos, los particulares y las instituciones públicas, civiles y políticas. La fuerza de los terroristas es en la mayoría de los casos el grado de aceptación popular en las sociedades donde se integran. Cuando los individuos rechazan el terrorismo, las bandas terroristas pierden uno de sus grandes pilares. No es el fin, pero se empieza a recorrer el camino que llevará a su desaparición.