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Etiqueta: Seguridad y Defensa

Los pactos de Stalin con el diablo

La URSS era, justo antes de la conflagración mundial, la novia más deseada de los políticos del momento… y se dejó querer. Frente a la política expansionista de Hitler por la Europa de los años treinta, Gran Bretaña y Francia habían intentado negociar con Stalin desde el año 1938 una política de alianzas y de mutua seguridad.

La firma de los acuerdos de Munich en septiembre de 1938 vino a trastocar este escenario. Se selló una política de apaciguamiento de las democracias occidentales con Hitler, el cualhizo pasar hábilmente su neopangermanismo por un ropaje anticomunista. Esto pilló a los soviéticos con el paso cambiado, ante la desagradable perspectiva de enfrentarse en solitario a la voracidad nazi. Stalin inició, en consecuencia, una nueva y rápida orientación diplomática. Sustituyó a su ministro de Exteriores, Maxim Litvinov, judío y partidario de la seguridad colectiva, por Molotov, quien entabló de forma inmediata negociaciones con Ribbentrop, su homólogo en el III Reich. Fueron finalmente los nazis los que suscribieron las codiciadas alianzas con Moscú al ofrecerle mucho más que las timoratas democracias.

El primer pacto nazi-soviético de 23 de agosto de 1939 era un acuerdo por el que formalmente se comprometían a consultarse y abstenerse de cualquier agresión mutua. En el Protocolo anexo secreto (el verdaderamente jugoso) se establecía la hegemonía de la URSS sobre los Estados Bálticos (Finlandia, Estonia, Letonia y Lituania) y se acordaba una posible supresión del Estado polaco si los acontecimientos futuros así lo aconsejaban. También se reservaba la parte norte de Lituania a Alemania y el derecho de la URSS a hincar el diente a la Besarabia rumana. Estos acuerdos fueron el inicio de una intensa alianza estratégica entre ambos regímenes totalitarios que duraría veintidós meses y no un escueto pacto de no-agresión como nos quiere hacer creer la historiografía clásica.

La consecuencia inmediata de este pacto y su protocolo secreto fue la invasión conjunta en septiembre de 1939 de Polonia por parte de Alemania y la URSS. Los nazis la invadieron el 1 de septiembre de 1939 y las tropas soviéticas entraron en suelo polaco sólo unos días más tarde, el 17 de septiembre (estableciéndose la mutua frontera en el río Bug). A Alemania se le declaró la guerra por parte de Gran Bretaña y de Francia el 3 de septiembre de 1939 y a la URSS, más adelante, tan sólo se la expulsó de la Sociedad de Naciones a finales de 1939.

El 16 de septiembre de 1939, justo un día antes de entrar las tropas de Stalin en Polonia, se firmó un armisticio del conflicto abierto por los territorios fronterizos entre la Manchuria japonesa y la URSS que le permitió a esta última embarcarse en la conquista compartida nazi-soviética de Polonia (y las posteriores de los países bálticos) sin peligro de que se le abriera un flanco por la retaguardia.

El segundo pacto de amistad nazi-soviético de 28 de septiembre de 1939 levantaba acta de defunción del Estado polaco y se manifestaban muy buenos propósitos de paz futura para la región, pero enmendaba el pacto del mes anterior en otros tres protocolos secretos y criminales. En consecuencia, la Unión soviética llevó a cabo la ocupación de Ucrania y Bielorrusia occidentales (2 nov. 1939) e inició el ataque armado contra Finlandia (30 nov. 1939).

El 11 de febrero de 1940 se firmó también un amplio acuerdo comercial (que volvería a repetirse el 10 de enero de 1941) para reforzar sus lazos de amistad y cooperación entre ambos regímenes liberticidas que estaban encantados de haberse conocido. Gracias al suministro ingente de petróleo, alimentos y materias primas vendidos por los soviéticos al poder nazi (a cambio de maquinaria y armas) hizo posible que la Blitzkrieg nazi hacia el oeste se llevara a cabo de manera fulminante mediante la invasión de Dinamarca, Noruega, Bélgica, Países Bajos, Luxemburgo y Francia (de abril a junio de 1940). Los comunistas internos de estos países abogaron por desertar de sus respectivos ejércitos y no oponerse al avance nazi para acabar con las degeneradas democracias occidentales (eso unía mucho).

Luego la URSS quiso puntual y simétricamente cobrarse: vino la ocupación pura y dura de Estonia, Letonia, Lituania (que se convirtieron finalmente en repúblicas socialistas y soviéticas) y la apropiación rusa de la Besarabia y la Bukovina (todo ello en junio de 1940).

El 27 de septiembre de 1940 Alemania, Italia y Japón firmaron el pacto Tripartito frente a una posible intervención de los EEUU en la guerra. La Unión Soviética, ante los jugosos réditos que estaba sacando a los pactos con los nazis, quiso no perderse esta nueva colusión mafiosa de reparto del mundo a escala ya planetaria y tanteó su entrada en el mismo. Molotov acudió con esa intención en noviembre a Berlín, si bien su oferta fue rechazada. En junio de 1941, Hitler iba a ordenar su particular Wehrmacht sobre suelo ruso. Pero para entonces el astuto Stalin ya había firmado un pacto de no-agresión con Japón.

En efecto, el 13 de abril de 1941 se había rubricado un pacto de neutralidad entre la Unión soviética y Japón que abortaba la posibilidad de hacer una pinza a la URSS cuando dos meses más tarde, se ordenó la invasión nazi de la Unión soviética, y que hubiese sido una pesadilla para Stalin y sus generales. Japón, para alivio de los soviéticos, resultó ser un estricto cumplidor de dicho pacto de no-agresión durante toda la contienda mundial.

Tras la derrota alemana y finalizada la Conferencia de Potsdam, entre sendos lanzamientos de bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, la Unión soviética declaró finalmente la guerra a Japón el 8 de agosto de 1945. Stalin, sin apenas bajas en ese frente oriental, sacó aún tajada de la victoria aliada a costa de las posesiones niponas (la Mongolia exterior, el sur de la isla Sajalin y las islas Kuriles). Fue otra extensión más del dominio soviético por el mundo. Lo que no pudo conseguir Stalin en su intento de adhesión al pacto Tripartito de las potencias del Eje, lo consiguió sobradamente de los (otros) Aliados.

Al final, menos mal que la URSS "salvó" a Europa del fascismo. Si no llega a ser por las (verdaderas) tropas Aliadas, el ejército liberador soviético hubiera llegado hasta el Atlántico y nos hubiera, de paso, salvado también del capitalismo y de sus burguesas libertades.

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Zapatero es un cagueta

Y es una desilusión porque cuando le veíamos encabezar aquellas manifestaciones violentas contra el PP a cuenta de la segunda parte de la Guerra de Irak, pensábamos que al tipo le iba la bronca callejera. Pues parece que no. Este es como los borrokillas a la violeta, que sólo sacan pecho cuando son mayoría y llevan las de ganar.

Su pánico cerval a que se repita una situación que ya viene siendo habitual cada vez que aparece en público, le lleva a insultar esta vez a los miembros de la Guardia Civil, cuyo respeto a la autoridad es proverbial. En mi familia política hay cuatro guardias civiles, tres de los cuales han servido en el País Vasco. Nunca les he escuchado un comentario soez o una frase recia sobre Z, y eso que ninguno está de acuerdo con su gestión en materia terrorista. Como presidente del Gobierno legítimamente elegido cuenta con la lealtad del cuerpo que más ha sufrido el zarpazo terrorista, aunque no lo merezca ni sea consciente de ello.

Los que no merecen, en cambio, que se les prohíba despedirse de un compañero caído como se merece son ellos, los guardias civiles, tratados por La Moncloa en el funeral por Fernando Trapero como si fueran una banda de alborotadores, es decir, como aquellos que se manifestaban junto a Z y apedreaban las sedes del PP cuando estaba en la oposición.

El problema de Z no es que la gente descontenta con su gestión exteriorice su cabreo en cuanto se les pone a tiro, sino que los que le votan no tienen el menor interés en salir a la calle a decirle lo guapo y lo listo que es para contrarrestar a quienes le abroncan. Z no tiene quien le defienda, cosa bien triste para un personaje convencido de haber venido al mundo para cambiarlo de raíz a base de talante.

A Felipe González no le pasó nada parecido ni en los peores tiempos de Filesa y el GAL. Z debería preguntarse por qué. ¿Tal vez porque a pesar de todo tenía una cierta noción del respeto que un presidente debe a la constitución, al contrario que su sucesor en el PSOE? Mas no desesperemos. En cuanto Pepiño le pegue un par de neuronazos a este asunto seguro que da con la clave.

Madeleine y la ineficiencia estatal

De las muchas tonterías que se han cometido en esta investigación, la gota que colma el vaso de la ineptitud gubernamental ha sido la de la supuesta fotografía de la niña. Como sabrán, este verano unos españoles de visita en Marruecos hicieron una fotografía donde se puede ver una niña parecida a la joven Madeleine McCann. A principios de esta semana la pareja de españoles entregaron la fotografía a la policía de Albacete y el subdelegado del Gobierno, José Herrero Arcas, informó de que en diez o quince días podría decir si la niña era o no Madeleine.

A partir de aquí se montó el típico show gubernamental de despliegue de medios. La policía española envió la fotografía nada más y nada menos que a la Interpol que, recordemos, se creó con el fin de mejorar la cooperación de la policía criminal a nivel mundial hace más de 80 años. Mientras tanto, la policía de Rabat también intentó involucrarse esperando los análisis y permisos de Portugal para investigar. Cientos de funcionarios trabajando en dos continentes, todos consumiendo toneladas de recursos; el mastodonte burocrático se había puesto en marcha y todo era cuestión de pocas semanas.

Pero no ha hecho falta esperar tanto tiempo para resolver la intriga, pues el miércoles lo supimos todo. Un fotógrafo privado del Evening Standard hizo lo que a cientos de policías ni se les pasó por la cabeza: comprar un sencillo billete de avión, ir a Marruecos y preguntar. No hubo suerte, la niña fotografiada no era Madeleine. La Interpol, la policía lusa, la marroquí, la española y su nexo de unión, la burocracia, quedaron en ridículo una vez más por el trabajo de un sólo hombre. Tal vez ahora entienda por qué los gobiernos en conflicto recurren cada vez más a grandes empresas privadas de mercenarios: es la única forma de escapar a su propia burocracia, ineficiencia y altos costes.

Relacionemos esto con las últimas declaraciones de Elena Salgado. Relegada a la cuarta fila del Gobierno, la ahora ministra de Administraciones Públicas tuvo una excepcional oportunidad de montar su propio espectáculo mediático abogando por una mayor intromisión del Estado en la vida de las personas. Para ella, la calidad sólo puede ser resultado de la intervención estatal. Pero si el mastodonte es incapaz de asegurar ni siquiera sus servicios más básicos, como decirle a una familia dónde está su hija o qué ha pasado con ella, ¿cómo podemos esperar que el Gobierno se dedique a hacer puentes, casas, empresas correctamente? Y ya no digamos nada de asegurarnos algo tan complicado como nuestro bienestar presente y futuro…

La ministra Salgado olvida el tipo de calidad que crea la Administración: largas colas en la seguridad social, desidia en las empresas estatales como Correos, corrupción urbanística impulsada por la hegemonía política, dificultades para montar una empresa, obras como las del Carmel donde los pisos se desploman y nadie se responsabiliza o pensiones obligatorias que nunca vamos a cobrar.

Salgado, en una clara crítica a la libertad individual y a los derechos inalienables del hombre (libertad, vida y propiedad), dijo que el Estado no es un "mal necesario", sino un bien. Señora Salgado, deje sus visiones jurásicas e intereses personales a un lado para prestar atención a la realidad. Si lo hiciera, se daría cuenta de que cualquier Gobierno es un mal innecesario, un ente donde la eficiencia y la calidad siempre brillan por su ausencia, tanto en los servicios básicos del Estado (seguridad y justicia) como en el más amplio esquema del Estado del Bienestar.

Vacaciones

Tenemos a cientos de miles de burócratas moviendo nuestro dinero, organizando nuestra vida, nuestro ocio; cedemos responsabilidad a cambio de servicios que pagamos con impuestos; nos convertimos, inadvertida o voluntariamente, en súbditos tutelados, remedos ciudadanos con un insuficiente derecho al sufragio. En definitiva, tenemos un gran Estado en el que, no obstante, conservamos una sensación de libertad que ya quisieran para sí la inmensa mayoría de los terrícolas. Esta sensación, esta libertad imperfecta, epidérmica, se ve amenazada por la voluntad de unos terroristas que nos han convertido en rehenes.

Hoy día cualquiera es sospechoso de terrorismo. Un niño pelirrojo, pecoso, que apenas roza el metro de altura, es cacheado por una agente de seguridad del aeropuerto de Gatwick (Londres). Le quitan el cinturón y le vacían los bolsillos. El detector de metales vuelve a pitar, así que el niño acaba descalcito. A una chica de apenas quince años le destrozan los zapatos de plataforma; a una anciana, que parece la doble de Miss Marple, le requisan la crema hidratante, un bote de colonia y el pastillero. A nosotros, por fin, que ya veníamos "securizados" desde Manchester y con una hora de retraso, nos facilitan el trámite: con descalzarnos es suficiente y así, sin tiempo de volver a ponernos los zapatos, corremos hasta la puerta de embarque. Casi perdemos el avión.

Decía que nos hemos convertido en rehenes. La amenaza, tantas veces consumada, nos hace aceptar con resignación un trato ciertamente vejatorio; algo que no permitiríamos en la puerta de unos grandes almacenes o momentos antes de entrar al teatro o al cine, nos parece menos insultante, un mal necesario, en un aeropuerto.

Los terroristas hicieron presa fácil de los vuelos comerciales y el temor a las alturas, que acarreamos desde nuestros primeros pasos en la sabana, multiplica el pánico a un atentado en pleno vuelo.

Recordemos. El 21 de febrero de 1970 los terroristas palestinos de la OLP y del FPLP secuestraron el vuelo 330 de SwissAir que cubría el trayecto Zurich-Tel Aviv. Minutos después del despegue detonaban una bomba matando a todos los pasajeros y a la tripulación del avión. "Abu Amar", más conocido como Yasser Arafat, inventaba el terror aéreo, una innovación que se saldaba, en aquella primera ocasión, con 47 muertos. Apenas transcurridos ocho meses, el futuro Nobel de la Paz ordenaba el secuestro simultáneo de cuatro aviones, un crimen sin víctimas mortales pero que sirvió para consolidar una táctica que, treinta años después, emplearían los terroristas de Al-Qaeda en Manhattan.

Con estos antecedentes no es de extrañar que casi cualquier medida para prevenir un atentado aéreo pueda parecernos justificada. Pues no. No son de recibo ni las colas inmensas ni el maltrato al que nos someten en los aeropuertos. No digo que no deba existir un cierto control, al contrario, sino que éste debe ser más discreto, menos indiscriminado. Por otro lado y considerando que lo que hace peculiar a un atentado aéreo es la puesta en escena y no necesariamente el número de víctimas, parecería mucho más justificado seguir el mismo proceder protofascista en la entrada a los grandes almacenes, en colegios o, como decía, en la cola del teatro. Mejor no dar ideas.

Se supone que somos ciudadanos, bueno, al menos súbditos tutelados, no sospechosos habituales. No pueden tratarnos como tales.

Guerra y paz: razones de Estado

El tema de la guerra, desafortunadamente, vuelve a estar de moda. La posible retirada de las tropas americanas de Irak, la amenaza de Irán, el envío de tropas españolas (de paz, claro) a Afganistán o al Líbano o la necesidad o no de mandar ayuda a Darfur son cuestiones que ponen una y otra vez el tema encima de la mesa.

No es un problema sencillo y no está de más la reflexión. La primera que se me ocurre es que es imprescindible tratar estos temas con el mayor de los escrúpulos. Por ejemplo, si consideramos que el islam nos ha amenazado explícitamente, todos los países islámicos y todas las personas islámicas son una amenaza real para nuestra integridad. Pero ¿es cierto que todo musulmán desea invadirnos? ¿Una amenaza proferida por el líder de un grupo terrorista debe suponerse avalada por toda la población? En ese caso, ¿se aplica también a los etarras? Y en caso afirmativo ¿el pueblo español (o el vasco, por concretar aún más) avala las pretensiones de ETA sobre Francia? ¿Francia podría legítimamente, por tanto, declarar la guerra a España o al País Vasco?

Un aspecto muy importante es que se trata de una decisión de Estado. No declara la guerra un señor que va por la calle, o un grupo minoritario, excepto en el caso de los terroristas que declaran la guerra a toda una sociedad, como la que la ETA nos tiene declarada a todos desde hace demasiado tiempo. Pero la manera de afrontar una guerra terrorista no tiene nada que ver con la convencional. Y esto es así desde Viriato, "padre" de la guerra de guerrillas. En general, los conflictos convencionales son cosa del Estado, que decide en nombre de una sociedad cuándo la amenaza es real y justificada, con qué medios se ataca, y en qué casos no.

Pero, desde un punto de vista libertario, esto da lugar a varias paradojas. Tal y como señala Wendy McElroy (I, II y III), una de las razones que se argumentan para sustentar la suplantación del individuo por parte del Estado es la defensa propia: de manera análoga a la licitud del uso de la violencia por los individuos, el Estado puede defendernos a todos frente a una amenaza empleando la fuerza. Sin embargo, por analogía, si un individuo no está legitimado para causar bajas inocentes en el ejercicio de su defensa, el Estado tampoco debería estarlo. Y en las guerras modernas las armas empleadas aseguran que va a haber víctimas inocentes. No se trata de un daño desafortunado e imprevisible. Se sabe que al lanzar una bomba van a morir inocentes porque son armas que no discriminan. Al actuar contra una amenaza, en cualquier caso, nuestro Estado emprende una actuación violenta tanto contra el Estado que realmente la profiere como contra la población neutral o contraria a la guerra, que no tiene más culpa que vivir en un país dominado por un Estado belicoso.

Por otro lado, el Estado que responde a una amenaza representa a aquellos que a) se sienten efectivamente y de manera subjetiva amenazados y b) dentro de ese grupo a aquellos que creen que no hay más medios para solucionar el conflicto. Queda fuera la población que no sienta esa amenaza efectiva porque no le dé valor a las palabras amenazantes y aquellos que piensan que aún quedan formas más imaginativas que la violencia de resolver el entuerto. De manera que tampoco representa siempre a "todos". Una amenaza tiene un componente subjetivo muy fuerte: puedo pensar que tus palabras no son creíbles porque soy más fuerte que tú, o porque es injustificado, porque es un farol… etc. En ese caso, no tendré en cuenta la amenaza. Solamente cuando el individuo calibra la probabilidad de ser atacado tras una amenaza, responde o se prepara para repeler la agresión. El Estado en ningún caso puede efectuar esta operación por cada miembro de la sociedad. Y, además, hay que considerar que el Gobierno ejecutivo, que es quien decide finalmente (por mucho que su Majestad sea el Capitán General de los Ejércitos), es una pequeña élite dedicada a asegurar votos, enredada en la maraña de relaciones diplomáticas internacionales y, la mayoría de las veces, alejada de las personas.

Otra reflexión que también es destacable es el atentado contra la libertad individual que supone el reclutamiento forzoso en caso de guerra, la potestad de expropiar bienes a quienes se nieguen a ir al combate, y la represión contra quienes manifiestamente estén en contra de la guerra, incluso en pleno conflicto. Nadie debería ser obligado a ir a una lucha en la que no cree por la decisión de un minúsculo grupo que detenta el poder político.

La justificación de la guerra como medio para defender la justicia y la libertad es una falacia envuelta en una frase bonita. No hay tal cosa como "buenos" y "malos" de manera que los "buenos" representan la decencia, la justicia y la libertad. En ambos bandos suele haber de todo. La inmoralidad es sancionada en ambos lados por el propio estado de guerra, de manera que los supuestos defensores de la libertad cometen crímenes atroces que, si ganan la contienda, se pasarán por alto. Como explicaba Joseph Sobran es su artículo Dónde Buscar el Mal (traducido por Jorge Valín):

Después de la segunda guerra mundial, los vencedores –los Estados Unidos y la Unión Soviética– juzgaron a los perdedores por "crímenes de guerra" y "crímenes contra la humanidad" (…) Este proceso judicial imparcial resultó en muchas ejecuciones, castigando ejemplarmente a aquellos que cometieron atrocidades bajo la excusa de la guerra. Sin embargo, nadie en el lado ganador fue acusado de un sólo crimen de guerra.

En definitiva, para ir a la guerra, a muchos "les sobran los motivos" (parafraseando a Sabina). Pero para mí, además de justificar los fines, hay que hacer lo propio con los medios. Siempre.

¿Es exportable la democracia?

Estados Unidos lleva varios años luchando en una particular cruzada, empujar a los países de cultura y tradición musulmana hacia regímenes democráticos. Tras el 11 de septiembre, que desembocó en el derrocamiento del régimen talibán de Afganistán, y la ocupación de Irak, el Gobierno estadounidense cree haber añadido estos dos países a la lista, pero esto no deja de ser una quimera. Si bien en los dos casos la guerra fue ganada con aparente facilidad, la ocupación está siendo otro asunto muy distinto y dando por sentado los esfuerzos de Irán y las organizaciones terroristas para desestabilizar la zona, cabe preguntarse si sus habitantes son capaces de aceptar una democracia al estilo  occidental.

No me estoy refiriendo a un sistema electivo donde los iraquíes, afganos, palestinos, jordanos o cualquier otro país vote a unos cuantos partidos con más o menos poder y representatividad, sino a un sistema donde haya división de poderes, donde todos los ciudadanos, sin importar el sexo, la religión o su procedencia, tengan los mismos derechos fundamentales, donde se proteja la propiedad y la libertad. Cabe preguntarse si la democracia liberal es exportable a aquellos países donde la cultura y la tradición han transcurrido alejadas de aquellos conceptos filosóficos, jurídicos y económicos que desembocaron en la democracia liberal.

Un breve repaso a la historia del último siglo concluiría que el éxito de Estados Unidos y de Occidente es limitado. Así, después de la Primera Guerra Mundial el Programa de los Catorce Puntos de Woodrow Wilson derivó en un fraccionamiento de los imperios europeos que propició un aumento del totalitarismo y un retroceso del liberalismo y del libre mercado que había favorecido el Imperio Británico. Su corolario, la Segunda Guerra Mundial, dejó medio mundo en manos del totalitarismo comunista y buena parte del resto bajo ese socialismo ligero que es el Estado del bienestar. Si bien Estados Unidos tuvo éxito en la defensa de la democracia en Europa occidental y en Japón, que es uno de los baluartes de la democracia en Asia, durante la Guerra Fría, podemos hablar de un éxito a medias en Corea y un rotundo fracaso en el sudeste asiático. África, durante el proceso de descolonización, fue un excelente caldo de cultivo para el avance del totalitarismo, en especial el comunista, pese a que muchos de los países habían heredado instituciones democráticas e incluso liberales, sobre todo en los que habían sido colonizados por los británicos. Incluso cabe llamar la atención sobre el hecho de que algunos de los aliados de Estados Unidos y de Europa en la estas zonas son regímenes totalitarios.

El siguiente paso es preguntarse por la idoneidad del propio proceso. Así, que Estados Unidos o cualquier otro país ocupen una región, por las razones que sea, y pretendan cambiar de arriba abajo el sistema social y político existente no deja de ser un programa de ingeniería social, una imposición. Que haya sido un éxito en algunas ocasiones no lo supone necesariamente en otras y cabe preguntarse sobre la ética de la acción. La posguerra europea tuvo éxito precisamente porque los países poseían una cultura adecuada, no sólo para la implantación de un sistema democrático, sino para que éste fuera de inspiración más o menos liberal. Más extraño es el caso japonés, cuya sociedad provenía de un militarismo genocida.

Pero el hecho de que un japonés, un indio, un musulmán o más recientemente un chino se vistan como un occidental, comercien como un occidental o terminen instaurando un sistema económico similar, que no igual, al occidental no los convierten en occidentales. La democracia liberal se sustenta en una serie de principios que cimientan muchas de las instituciones que ahora vemos evidentes. La tradición y la cultura de otros países no los han generado de forma espontánea, o al menos lo han impedido a través de instituciones totalitarias, colectivistas o coactivas. La imposición, que es de alguna manera lo que hace Estados Unidos por más que lo camufle en lenguaje diplomático, puede generar a la larga descontento y el resultado puede ser peor que la situación inicial si la evolución no es lo suficientemente rápida y exitosa, desembocando en no pocas veces en un odio hacia lo novedoso.

La democracia liberal  debería surgir de manera espontánea, sin necesidad de tutelas ni de guías, sin exportarla ni por supuesto imponerla, con esfuerzo, con retrocesos y avances, pero sin tregua. Es como ha surgido en Occidente donde, a pesar de tener fuertes cimientos, también han nacido sistemas como el fascismo, nazismo o el comunismo. Incluso ahora mismo corremos peligro de volver a caer en ellos si aquellos que deben vigilar a nuestros gobernantes e instituciones, es decir todos y cada uno de nosotros, olvidamos a qué le debemos nuestra prosperidad.

La competencia de ideas, las relaciones voluntarias con otros pueblos e individuos, la defensa de nuestras propiedades y de nuestra libertad, allí donde tengamos que defenderlas y con la fuerza y medios necesarios, deben ser medios más que suficientes para conseguirlo y no absurdas utopías o planes más o menos exitosos. Soy consciente de que la realpolitik y las visiones a corto o medio plazo parecen formas de actuar más idóneas para los intereses generales, pero a la larga suelen conllevar efectos poco deseados. Es la consecuencia lógica de dar más poder del estrictamente necesario a nuestros gobernantes.

Diez años después llega “el cambio”

Pero el caso del asesinato del joven concejal de Ermua tuvo una relevancia política que sí es necesario destacar, sobre todo cuando diez años después de su asesinato tantas cosas han cambiado en España.

Durante las horas que transcurrieron entre su secuestro y su asesinato, España entera se echó a la calle. No tiene tampoco ningún mérito. Es la reacción mínima que un acto de estas características debe provocar en una nación que no haya abandonado hasta el último vestigio de decoro colectivo. Los políticos, todos, fueron interpelados por los ciudadanos que pagamos sus sueldos para que se pusieran de acuerdo en algo tan elemental como es acabar con una banda terrorista. La protección de vidas y haciendas de sus ciudadanos es la principal obligación del Estado, pero aquí tuvo que morir cruelmente asesinada una persona en la flor de la vida para que la clase política empezara a plantearse la necesidad de hacer su trabajo. Da vergüenza ajena admitirlo, pero así fue.

Cuando los líderes políticos acudieron esos días al País Vasco para sumarse a las movilizaciones populares, entre ellos los nacionalistas digamos moderados, la gente les abría un pasillo y les aclamaba. No era un gesto espontáneo de agradecimiento ni de aprobación. Era más bien, según yo lo viví, una forma de exigir a los políticos que además de las "condenas enérgicas" tras cada atentado, empezaran a trabajar unidos para acabar con una banda de delincuentes.

Sólo dos partidos interpretaron correctamente las señales de hastío colectivo que el pueblo llano les lanzó durante aquellos dos días y actuaron en consecuencia: el PP y el PNV, aunque por motivos y con resultados completamente opuestos como es bien conocido. En cuanto al PSOE, su ambición de poder es tal que años después protagonizaría el mayor espectáculo de esquizofrenia moral ofrecido hasta el momento por una organización democrática, Mientras proponía un pacto global para aislar a los terroristas de las instituciones, negociaba con sus representantes con vistas a no desperdiciar los réditos electorales de un final dialogado de la violencia cuando llegara al poder.

No es lícito aprovechar la lucha antiterrorista con motivos electorales, dicen. ¿A quién se le ocurrió semejante majadería? Por supuesto que se puede rentabilizar electoralmente el hecho de que un partido presente un expediente brillante de firmeza frente al terrorismo. Es algo que está al alcance de cualquiera, también del PSOE, especialmente ahora que está en el poder. Si los socialistas prefieren el diálogo con los terroristas y el desprecio a sus víctimas como estrategia política son muy libres también de presentarse a las próximas elecciones con esa "conquista" en su haber. Quien sabe si pueden salir beneficiados; ha cambiado tanto España que los mismos que hace diez años exigían seguir en una dirección, ahora se felicitan de que el Gobierno apueste por la contraria. Al final, votar al partido de Miguel Ángel Blanco va a resultar, antes que una decisión política, una cuestión de decencia cívica.

Supongamos que “El Proceso” llega a buen término

El proceso de paz que actualmente gestionan los chicos de ZP y Josu Ternera puede tener varios finales. Prescindamos de los vaivenes negociadores, con altos el fuego declarados e interrumpidos, y hagamos el ejercicio dialéctico de suponer que acaba de la forma que quiere el presidente del Gobierno. Quizás no se trate de una mera cuestión retórica, habiendo como ya hay rumores de una próxima entrega de armas por parte de la ETA (se habla de la festividad de San Ignacio de Loyola, el día 31 de julio) y del consiguiente adelanto de las elecciones generales para octubre de este mismo año.

Si se diera ese caso habría que felicitar a Javier Arzalluz por sus cualidades proféticas, ya que a comienzos de la década fijó para el 2007 la fecha de la independencia de Euskadi. Hay que tener en cuenta, además, que poco después de que aita Arzalluz explicara su hoja de ruta comenzaron las conversaciones del PSOE vasco con la ETA. Resulta difícil de creer que en esas reuniones se haya estado hablando únicamente del abandono de la violencia y no de las contrapartidas exigidas por la ETA, que por otra parte son exactamente las mismas desde su fundación.

El final del "proceso", huelga aclararlo, sería recibido con entusiasmo por la opinión pública española, de escasa capacidad crítica, para la que el simple hecho de acabar con la pesadilla del terrorismo sería suficiente para aceptar cualquier contrapartida política por más humillante que sea. La todopoderosa maquinaria mediática de la izquierda haría el papel de su vida saludando con vítores el indudable éxito político del gobierno y su capacidad de diálogo para resolver un problema enquistado en la sociedad española desde hace más de treinta años.

Los organismos institucionales están también tan degradados que no sólo el botarate de Carter y el Sinn Fein ejercerían de "observadores" en el magno final del proceso, sino que la propia ONU enviaría una delegación de altura para asistir al acto de rendición y bendecirlo con su presencia. En cuanto a la Iglesia Católica, en cuya conferencia episcopal tienen un gran peso específico los obispos nacionalistas, ante la posibilidad de dar un golpe en la mesa (y perder a la grey vasca y catalana, además del sector borromeico del resto de España) o contemporizar con los hechos consumados en la más pura tradición cristianodemócrata, es muy posible también que el Vaticano enviara al nuncio a asperjar agua bendita sobre la cabeza de los héroes.
 
ZP es un adán de la historia cuya única ambición es conservar el poder, y a cuyo objetivo es capaz de sacrificar lo que haga falta, entre otras cosas porque su falta de escrúpulos y su nula categoría moral como gobernante le permitirán firmar la disolución de la nación española con la mayor tranquilidad, pues de hecho, según su propia confesión en sede parlamentaria, él mismo no tiene claro el concepto de Nación.
 
La forma jurídica que se le dé al resultado final del proceso es lo de menos, siempre y cuando la ETA y los nacionalistas vascos consigan sus objetivos políticos. Se podrá constituir un estado asociado a la corona española (que no al Estado español), con una especie de embajador de España en Vitoria, una especie de Commonwealth, un estado federado, una nación con soberanía compartida o cualquier otra fórmula más imaginativa. Lo sustantivo es que en el País Vasco, el nacionalismo tenga barra libre para imponer su autoridad sin ninguna cortapisa. Conseguido eso, lo demás es farfolla.
 
Para el PP las consecuencias del "éxito" del proceso serían probablemente letales. Si los españoles castigaron tan duramente a la derecha española por el asunto de Irak, que nos pilla a varios miles de kilómetros, es fácil suponer lo que ocurrirá cuando se la caracterice como la fuerza política intransigente que estuvo a punto de hacer naufragar el barco de la paz botado por ZP y Otegi. Tendríamos PSOE para veinticinco años y un PP destrozado, en el que no tardarían ni un segundo en salir voces exigiendo el mando. De ahí a la escisión, como mínimo en dos, sólo hay un paso que seguramente se produciría incluso antes de las elecciones de octubre, si es que se celebran. En todo caso este es un problema de los dirigentes del PP y sus afiliados. Allá cada cual.

Los franceses, no es necesario incidir demasiado en ello, estarían absolutamente encantados con este orden de cosas, fieles como son a las leyes de la geopolítica clásica, una de las cuales enseña que lo que es malo para tu vecino es bueno para ti. Para ellos, la existencia de una dictadura marxista-leninista (no olvidemos que ese es el ideario de la ETA) en una provincia limítrofe a su territorio sería un foco de inestabilidad, es cierto. Pero Francia, que si algo tiene claro es que su integridad como nación es intocable, no tendría ningún reparo en expulsar a los proetarras del país vasco francés y poner unas fronteras seguras con ayuda del ejército si fuera necesario, más que nada para que los gudaris sepan que en el norte no se toleran ciertas familiaridades.

Después de la seudoindependencia, o independencia de facto, del País Vasco, vendría lógicamente la de Cataluña. Los efectos económicos que puedan producir al resto de España no son nada comparados con los que van a arrostrar los empresarios de esas dos zonas, pero el daño para el prestigio internacional de España como país sería irreparable. En un mundo globalizado como el actual, el que una nación milenaria se desgaje en estaditos gobernados por gente violenta es un mensaje clarísimo al mundo financiero para que retire sus inversiones. España, con su bajísima productividad y su escaso tejido productivo industrial (sólo nos salva el turismo, y no está claro que con esa fama adquirida tras la hazaña pacifista de ZP no se resintiera también), probablemente no se recuperaría en décadas de una retirada semejante. Pero, eso sí, tendríamos paz. ZP y los socialistas cuentan con la ventaja a su favor de que estos efectos desastrosos para la economía no se producirían de inmediato sino progresivamente a lo largo del tiempo, de forma que llegado su momento podrían achacar el desastre a la coyuntura internacional, a la sempiterna crisis del petróleo o la siniestra herencia económica aznarista, que vaya usted a saber. Sus votantes, por supuesto, se lo tragarían sin ningún problema.

El problema no es que se agudice la división territorial, sino que ésta se produce no para el surgimiento de zonas con mayor libertad, sino para todo lo contrario. Es por ello que una nación dividida, con dos comunidades autónomas convertidas en estados independientes de facto, ambas gobernadas por un férreo nacionalismo identitario de izquierdas, no sea precisamente un panorama que pudiéramos denominar alentador. Eso sí, habría paz. El precio de esa paz, podemos aventurar, será lo de menos.

La glorificación de la violencia

Pero ocultando la violencia lo que hacemos en realidad es mirar hacia otro lado y permitirla, fomentarla. Los mismos que proscriben la violencia protegen a quien la utilizan; es más, ellos no son más que víctimas, y si son violentos es por causas externas.

Las cárceles están llenas de personas que recurrieron a la violencia porque los ciudadanos de a pie les obligamos a ellos. La sociedad, que les ha hecho así, ¿qué culpa tienen ellos? Los estudiantes dan palizas a sus compañeros mientras otros disfrutan del espectáculo, y lo graban con sus móviles. ¿Echamos a los violentos del sistema educativo? ¡Qué barbaridad! ¿Del colegio, al menos? ¡Démosles una nueva oportunidad! Ya sabemos para qué.

Pero el turismo revolucionario es distinto, porque no consiste sólo en liberar los instintos que han sido taimados por la civilización, que aborrecen. Tiene también un componente ideológico, que procede del protofascista marxistoide Georges Sorel. A su juicio, ni se podía esperar pacientemente a que cumplieran todas las etapas del materialismo histórico ni debíamos caer en el gradualismo de socializar por etapas, lo que algunos llaman "conquistas sociales". Al socialismo, por la violencia, valga la redundancia. Rompamos físicamente con lo establecido e impongamos una nueva sociedad. No tenemos por qué transigir con el statu quo. Otro mundo es posible.

Por eso ese es el lema de los movimientos antiglobalización. Ha fracasado el socialismo histórico, no les es suficiente con el intervencionismo y creen que otro mundo es posible, aquí y ahora. Y el camino no puede ser otro que el de la violencia. Por eso se producen espectáculos como el del último destino del turismo revolucionario, en Rostock, Alemania. Los retroprogres han dado la forma más pura y desnuda a su concepción del mundo ejerciendo otra vez la violencia contra la última reunión del G-8. Los policías les han detenido, a costa, eso sí, de que 433 de ellos hayan resultado heridos, 30 de ellos graves. Las obras completas del socialismo, escritas con tinta roja indeleble, y que constituyen una historia sin fin.

¿Necesitamos el sistema Galileo?

El sistema GPS o Global Positioning System es un modernísimo sistema de navegación por satélite que nos sitúa en el mapa con una exactitud sorprendente. Funciona gracias a una constelación de 24 satélites que, a lo largo de los años 90, fue lanzando al espacio el Gobierno norteamericano. Sus orígenes son, evidentemente, militares, pero hoy millones de personas disfrutan del servicio y los receptores GPS son ubicuos en automóviles, embarcaciones y hasta en las mochilas de los montañeros.

El éxito del GPS se ha debido a la innegable utilidad que tiene saber donde se está unido al hecho de que es gratuito, es decir, que cualquiera con un receptor puede conectarse a sus satélites sin que nadie en el ejército norteamericano –que es quien opera la red– le pase una factura. Es bueno, bonito y hasta barato aunque, en nuestro caso, es gratis porque no pagamos con nuestros impuestos el mantenimiento de los satélites. Los Estados Unidos, como es lógico, se reservan cortar el acceso cuando a ellos les venga bien u ofrecer ligeros errores en el posicionamiento.

Esto ocasionó que los rusos en su época soviética se mosqueasen y emprendiesen un proyecto semejante llamado Glonass. El sistema ruso se compone, al igual que el del GPS, de 24 satélites pero a día de hoy sólo tienen 14 en órbita por lo que no pueden competir con la red americana. Quizá en un futuro no muy lejano ambos sistemas convivan y se complementen. La Unión Europea, infestada de políticos con demasiado tiempo libre, decidió hace unos años que no podía ser menos. Que si los Estados Unidos y Rusia cuentan con satélites de posicionamiento, Europa ha de tenerlos también, aunque sea la tercera red en discordia y su desmesurado coste se dé de bofetadas con el sentido común.

En 2003 los políticos parieron sobre el papel el invento. Se llamaría Galileo y sería un sistema calcado del GPS para, según ellos, no depender de los americanos. El problema es que la Unión Europea como tal no es una nación y, por lo tanto, carece de ejército que patrocine un proyecto concebido para contribuir a la seguridad nacional. Además, todos los países de la UE son firmes aliados de Estados Unidos y, por tanto, las ventajas estratégicas de uno valen para todos los demás. En eso consisten las alianzas militares.

Si la razón primera que motivó el lanzamiento del GPS o el Glonass no se sostiene, la utilidad que el sistema tenga para los europeos es más cuestionable aún. Sale carísimo, tanto que las empresas privadas que los burócratas de Bruselas habían enredado en el proyecto han dado marcha atrás obligando a que sea la administración pública la que corra con los gastos. Hacer que los europeos paguen una fortuna por un sistema igual al que ya tienen gratis es un absurdo. De ahí que los privilegiados funcionarios de la Unión se hayan puesto tan nerviosos y apelen a la "soberanía europea", como si ésta existiese y estuviese amenazada.

Si los norteamericanos cortan el servicio, extremo bastante improbable, quizá se presente una interesante oportunidad de negocio para una empresa que quiera explotar un sistema tan demandado, pero, eso sí, cobrando. Mientras sea gratis no hay nada que hacer. Por ahora, y por fortuna, el proyecto Galileo se encuentra parado por falta de dinero, esa bendición de color verde cuya escasez ha evitado tantas estupideces en el pasado.