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Etiqueta: Sindicatos

El lenguaje económico (XLIII): sindicalismo

El mes pasado vimos que una ideología es un conjunto de ideas que incorpora deliberados planes de acción en el ámbito social. Según esta definición, el sindicalismo es una ideología cuya idea seminal es la teoría marxista de la explotación laboral y cuyo plan de acción es un elenco de acciones violentas dirigidas contra empresarios, la población y específicos trabajadores (esquiroles), cuyo fin último es el incremento artificial del precio del trabajo.

La justificación de la violencia sindical reside en la espuria «justicia social» y en la teoría marxista de la explotación laboral, refutada por Eugen von Böhm-Bawerk, en 1884 (Huerta de Soto, 1986). Como dice Ludwig von Mises (2011: 911): «Un exceso de verbalismo pseudohumanitario ha hundido en la confusión y el apasionamiento las cuestiones que suscita el sindicalismo obrero».

El hecho es que la violencia sindical ha sido aceptada por amplios sectores de la población y legalizada en la mayoría de países. Incluso el economista clásico David Ricardo dio alas a los sindicalistas cuando afirmó que el incremento de los salarios incrementaba también la técnica, cuando la verdadera relación causal es justo la inversa (Mises, 2011: 915). La principal seña del sindicalismo es el empleo de la violencia para alcanzar sus fines, ya sea en forma de amenaza o en el uso efectivo de la fuerza. El lenguaje, como veremos hoy, pretende enmascarar los errores éticos, económicos y jurídicos del sindicalismo.

Acción directa

Cuando los sindicatos no logran convencer pacíficamente a sus interlocutores de sus demandas, amenazan con la «acción directa», eufemismo que esconde un elenco de actos criminales: asesinato, secuestro, intimidación, sabotaje, ocupación de instalaciones, corte de comunicaciones, huelgas, manifestaciones, etc. Las víctimas de la acción directa son los capitalistas (propietarios del capital), comerciantes, agentes del orden público y la población en general, que es tomada como rehén para presionar al gobierno. La acción sindical comparte con el terrorismo la práctica de ocasionar un daño indiscriminado a la población, por ejemplo, cuando los agricultores bloquean con sus tractores las carreteras de un país entero. Solamente el boicot —persuadir a terceros para que se abstengan de comprar ciertos productos o de proveer a ciertas organizaciones— es un acto admisible y legítimo por emplear medios pacíficos.

Conquistas laborales

Es extendida la creencia de que la legislación laboral —salario mínimo, jornada máxima, días libres, vacaciones, permiso de maternidad y paternidad, subsidio de desempleo, contratación forzosa de discapacitados, prohibición del trabajo infantil, etc.— es una conquista de la lucha sindical y de las políticas progresistas. Sin embargo, todo privilegio laboral u otra forma de servidumbre empresarial impuesta por la legislación recaerá forzosamente en el trabajador mediante una reducción de su salario. La mal llamada «protección laboral» es un regalo envenenado al empleado, pues eleva el coste de su trabajo por encima de su productividad marginal. El empleado, aunque no lo sepa, deberá producir lo suficiente hasta pagar el último privilegio otorgado. Ha sido la mayor productividad del capitalismo (no los mandatos gubernamentales) la causante del incremento del nivel de vida de los trabajadores.

Derecho a la huelga

Dejar de trabajar en un derecho inalienable de toda persona. Solo un esclavo está obligado a seguir trabajando si no lo desea. La libertad de interrumpir toda relación laboral debe ser irrestricta por ambas partes, pero el espurio derecho a la huelga crea una asimetría jurídica: el huelguista puede interrumpir unilateralmente su prestación laboral sin que la otra parte —empresario— pueda actuar: «El ejercicio del derecho de huelga no extingue la relación de trabajo, ni puede dar lugar a sanción alguna, salvo que el trabajador, durante la misma, incurriera en falta laboral».[1] Tampoco, durante la huelga, se permite al empresario contratar nuevos trabajadores que sostengan la producción, viéndose obligado a sufrir pérdidas.[2]

El derecho a la huelga es como una patente de corso que el gobierno concede a los huelguistas para lesionar impunemente los derechos del empresario y, con frecuencia, causar un daño indiscriminado a la población. Así, a través de una doble coacción —sindical y gubernamental— los huelguistas obtienen mejores salarios y condiciones laborales que los obtenidos de otro modo en el libre mercado.

Piquete informativo

Se trata de otro eufemismo para designar a grupos de matones sindicales que amenazan e intimidan a terceros. Por ejemplo, los piqueteros toman las calles e «informan» a los comerciantes que deben cerrar su negocio, si no quieren verlo destrozado; toman las carreteras e «informan» a los conductores que la vía está temporalmente cortada porque el gobierno no atiende sus demandas; invaden los centros de trabajo e «informan» a los esquiroles que si no secundan la huelga recibirán una paliza. Y si los «informados» no se doblegan ante las amenazas, sufrirán agresiones físicas por parte de los «informantes». Curiosa forma de «informar». Por su parte, la Policía, siguiendo órdenes del gobierno, hace la vista gorda y exhibe cierta permisividad con los piquetes.

Bibliografía

Böhm-Bawerk, E. «La teoría de la explotación», en Huerta de Soto, J. (1986). Lecturas de economía política, Vol. III. pp. 101 a 202. Madrid: Unión Editorial.

Mises, L. (2011). La acción humana. Madrid: Unión Editorial.


[1] Real decreto-ley 17/1977, de 4 de marzo, art. 6. 1.

[2] Idem, art. 6. 5.

Serie ‘El lenguaje económico’

Cómo la creación de un sindicato llevó a los trabajadores a la calle

Por Jon Miltimore. El artículo Cómo la creación de un sindicato llevó a los trabajadores a la calle fue publicado originalmente por FEE.

Más de 30 trabajadores de cafeterías de Filadelfia se han quedado sin trabajo después de que un exitoso intento de sindicación tuviera un coste inesperado: sus propios puestos de trabajo. “Con el corazón encogido debemos anunciar el cierre de los tres locales de OCF Coffee House”, publicó recientemente OCF Realty en Instagram. “Después de 13 maravillosos años de servir a nuestra querida comunidad, ha llegado el momento de decir adiós”.

Los reporteros de noticias locales señalaron que los cierres se produjeron justo una semana después de que los empleados de los cafés se sindicalizaran. “Estoy bastante destrozado”, dijo Alex Simpson, antiguo empleado de OCF, a CBS News Philadelphia, “especialmente porque es una respuesta tan descarada a nuestro proceso sindical. Esto llega una semana después de que anunciáramos públicamente nuestro sindicato”.

Serie de Andras Toth sobre el ‘pilar obrero’

Perder un empleo es aplastante, así que la pérdida de Simpson no es nada que celebrar. Sin embargo, es importante entender por qué docenas de trabajadores que antes tenían un empleo remunerado están ahora sin trabajo. Como muchos trabajadores que apoyan las iniciativas sindicales, los que se afiliaron al sindicato Workers United, Local 80 estaban interesados sobre todo en una cosa: su propia remuneración.

La advertencia de Ludwig von Mises

Según las noticias, los trabajadores decían ganar entre 9 y 13 dólares la hora, además de propinas y prestaciones (seguro médico, de vida, de visión, dental y 401(k), según OCF Coffee House). Los trabajadores creían que merecían más. No hay nada malo en querer más dinero, y es perfectamente natural considerar la propia situación en cualquier acuerdo entre empleado y empleador.

Dicho esto, los empleados de OCF Coffee House cometieron lo que el economista Ludwig von Mises consideraba un error perenne de los trabajadores sindicados, de quienes señaló que a menudo poseen una excesiva preocupación “por las tarifas salariales y las pensiones” y pasan por alto una importante realidad económica. “Los sindicalistas no son conscientes de que su destino está ligado al florecimiento de las empresas de sus patronos”, explicaba Mises en Planning for freedom.

Para mucha gente que sólo ha firmado el reverso de los cheques, es fácil olvidar que para emplear a trabajadores durante algún tiempo, una empresa debe tener éxito, algo que OCF Coffee House no tenía. El Presidente y Director General, Ori Feibush, declaró a los medios de comunicación locales que la empresa ya estaba en pérdidas antes de la votación sindical. “Teníamos una organización que ya estaba al límite”, dijo Feibush a los periodistas. “Estaba al límite, y no tenía capacidad para seguir quemando un coste adicional”.

A menudo se demonizan los beneficios en los Estados Unidos de hoy, pero es importante entender que los beneficios son la savia de una empresa económica. Los beneficios no sólo impulsan la innovación, sino también la expansión del capital y el aumento del empleo. Al no ser una empresa rentable, OCF no estaba en condiciones de seguir operando tras la sindicación, que habría impuesto nuevos costes legales a la empresa (además de otros posibles quebraderos de cabeza).

No escuchar al empresario

Feibush afirma que intentó organizar una reunión con los trabajadores para explicarles que la empresa no podía funcionar con los costes que conllevaría la sindicación. “Nadie se presentó”, afirma Feibush.

Nunca sabremos si la reunión habría evitado la sindicación y el cierre de las tres cafeterías. Pero el hecho de que los empleados ni siquiera acudieran a la reunión confirma la idea de Mises sobre la tendencia de los sindicatos a preocuparse por sus propias reivindicaciones, sin darse cuenta de que su destino está ligado al éxito de las empresas que los emplean. Como consecuencia de que los trabajadores no tuvieran en cuenta la salud de la empresa, todos perdieron: el empresario que invirtió su capital en una aventura empresarial, los trabajadores que dejarán de percibir un sueldo y prestaciones, y los consumidores que frecuentaban los establecimientos.

Hay que leer a Thomas Sowell

Esto no quiere decir que los trabajadores no tengan derecho a sindicarse y a negociar colectivamente; lo tienen. Pero los sindicatos no están divorciados de las realidades económicas básicas, aunque sus reivindicaciones lo estén a menudo. Tampoco quiere decir que sea sensato formar un sindicato sólo porque se pueda. Como señaló Henry Hazlitt hace muchos años, los sindicatos conllevan grandes contrapartidas. Si bien la afiliación puede beneficiar a algunos trabajadores con baja productividad, otros reciben una remuneración inferior a la que obtendrían de otro modo, y la hostilidad sindical a la innovación y la inversión tiende a reducir los salarios reales a largo plazo.

Lamentablemente, 34 trabajadores están ahora sin trabajo porque no se dieron cuenta de que su propio éxito dependía del éxito del establecimiento en el que trabajaban. En lugar de escuchar al sindicato Workers United, Local 80, los trabajadores habrían hecho mejor en leer lo que Thomas Sowell tenía que decir sobre los sindicatos. “El mayor mito sobre los sindicatos es que los sindicatos son para los trabajadores”, escribió Sowell. “Los sindicatos son para los sindicatos, igual que las corporaciones son para las corporaciones y los políticos son para los políticos”.

Ver también

La coalición contra la productividad

Len Shackleton. Este artículo ha sido publicado originalmente en el IEA.

“La productividad no lo es todo, pero a largo plazo lo es casi todo”. El tópico de Paul Krugman me vino a la memoria la semana pasada cuando hablaba con una clase de alumnos de sexto de primaria sorprendentemente bien informados. Hablábamos de cómo aumentar la productividad.

Sin un aumento de la productividad, el nivel de vida medio no puede aumentar con el tiempo. La economía degenera en una disputa sobre quién recibe qué de un fondo que es fijo a corto plazo y que corre el riesgo de reducirse a medio y largo plazo si se impulsa la redistribución hasta el punto de disuadir a las empresas.

La gente lo entiende en abstracto. Los estudiantes de sexto curso, y la mayoría de la gente, reconocen que tenemos un nivel de vida decente sólo porque las generaciones pasadas han encontrado formas de producir cosas que han utilizado menos gente y menos tiempo. Y todos, excepto los ecologistas, reconocen que tenemos que seguir haciéndolo si queremos mejorar nuestra situación y ayudar a rescatar de la pobreza a más habitantes del planeta.

Mejora dolorosa

El problema es que los intentos de aumentar la productividad rara vez son indoloros y, a corto plazo, pueden generar tanto pérdidas como ganancias. El cercamiento de tierras y el fin de la agricultura campesina a pequeña escala a finales de la Gran Bretaña medieval aumentaron la productividad, pero destruyeron un modo de vida. La construcción de canales a finales del siglo XVIII aceleró el transporte y aumentó la competencia, pero costó vidas y destruyó hábitats.

Hoy en día, los perdedores se defienden con todo tipo de argumentos plausibles. El interés propio suele disfrazarse de algo más noble. Una tercera pista de Heathrow facilitaría más vuelos, pero eso significaría más emisiones de carbono. Permitir la construcción de viviendas en zonas verdes aliviaría el hacinamiento y la falta de vivienda, al tiempo que ayudaría a impulsar la movilidad geográfica y reducir la escasez de mano de obra. Pero, ¿qué pasa con el sapo corredor?

Los sindicatos

A veces es difícil disimular el interés propio. El fin de semana estuve cerca de Liverpool. Merseyrail ha estado recibiendo más de 50 trenes nuevos que, junto con otras obras para mejorar la red, están costando cerca de 500 millones de libras. Sin embargo, muchos trenes llevan mucho tiempo parados: su introducción se ha retrasado en gran parte por la intransigencia de los sindicatos.

La causa ha sido una larga disputa sobre la operación con un único conductor, algo que también ha figurado como causa de huelgas en otras partes de la red ferroviaria, en particular en la franquicia de Northern Rail.

Los trenes modernos de corta distancia con paradas pueden ser operados sólo por el conductor. Utilizando cámaras a bordo y/o espejos en los andenes, los conductores pueden abrir y cerrar puertas en las estaciones sin necesidad de un guarda, cuya función en los trenes de cercanías modernos se asemeja a la de un ascensorista (hoy prácticamente extinguido en los países desarrollados).

Quizá haya observado que el servicio con un único conductor ya es norma en el metro de Londres, London Overground, c2c, Chiltern Railways y muchos otros operadores de Gran Bretaña y otros países. La introducción de nuevos trenes en Merseyrail era un momento obvio para eliminar a los vigilantes y aumentar sustancialmente la productividad laboral.

Trenes más ligeros y seguros

Los sindicatos, sin embargo, se oponen frontalmente a una mayor extensión de la explotación unipersonal. Justifican esta postura por su preocupación por la seguridad de los pasajeros. Pero los informes del Rail Safety and Standards Board y de la Office of Rail and Road han llegado a la conclusión de que la operación unipersonal es tan segura como la operación bipersonal; de hecho, puede haber alguna posibilidad de que la primera sea más segura, ya que no hay posibilidad de confusión entre la tripulación.

Además, en el caso de Merseyrail, los nuevos trenes son mucho más seguros que antes. Todos cuentan con “escalones deslizantes inteligentes” y “rellenadores de huecos” que, junto con la nivelación de unos 100 andenes como parte del programa de inversión, hacen prácticamente imposible caerse a la vía al subir, mientras que los usuarios de sillas de ruedas no necesitan ayuda para subir o bajar de los nuevos trenes.

Victoria de la coalición anti productividad

El conflicto comenzó en 2016, mucho antes de que llegaran los nuevos trenes. En 2018 se llegó a un acuerdo con RMT (que organiza a los guardias), aunque el método de trabajo preciso no se acordó hasta el año pasado. Mientras tanto, ASLEF (que organiza a los conductores) seguía en disputa y no llegó a un acuerdo hasta principios de este año.

¿Cuál ha sido el resultado? Está lleno de engaños, pero en el fondo los sindicatos han ganado. Habrá dos empleados en cada tren por tiempo indefinido.

Los dos sindicatos implicados han acordado generosamente que el conductor pueda abrir y cerrar las puertas, lo que antes era responsabilidad del guarda. Sin embargo, el rebautizado “jefe de tren” tiene primero que indicar al maquinista, mediante un teclado especialmente adaptado, que es seguro hacerlo. En cada parada se añade tiempo, presumiblemente.

Los ciudadanos acabarán pagándolo

Según Today’s Railways, en la descripción del puesto aprobada “las principales responsabilidades del jefe de tren son la atención al cliente, el despacho de trenes, la protección de los ingresos, la limpieza ligera, la prestación de asistencia médica y el suministro de información local”. Pocas de estas funciones tienen resultados mensurables y aportan poco a la productividad.

Dotar a cada tren de dos personas es caro. Los maquinistas cuestan más, pero incluso los jefes de tren cobran un sueldo básico de 31.000 libras y, con complementos como horas extraordinarias, un plan de pensiones con sueldo final, viajes gratuitos y otras prestaciones, no resultan baratos. También suponen una limitación para las operaciones. Si el jefe de tren no se presenta, el tren no circulará y los pasajeros sufrirán retrasos y posibles aglomeraciones.

No cabe duda de que para los antiguos guardas es una ventaja haber conservado sus puestos de trabajo, pero a la larga los pasajeros pagan más y, como Merseyrail sigue subvencionada, también lo hace el contribuyente. Tienen menos para gastar en otras cosas, que probablemente serían más valiosas para ellos que los servicios de empleados ferroviarios redundantes y anticuados. Y a estos empleados se les mantiene en puestos de baja productividad – peor aún, nuevos empleados les sustituirán a medida que se jubilen o abandonen el sector – cuando potencialmente podrían ser reasignados a ocupaciones más útiles.

Integración del pilar obrero en el nuevo mundo del capitalismo industrial

Europa durante siglos fue una sociedad tradicional en la que la inmensa mayoría de la población vivía en régimen de servidumbre agrícola, y la riqueza y el poder eran privilegio de la nobleza terrateniente. Las ciudades, escasas y más bien pequeñas, eran islas comerciales y manufactureras. La manufactura estaba controlada por gremios. La historia de la aparición del pilar obrero en Europa se remonta a la época de los gremios, a la sociedad precapitalista basada en la protección y el control de los mercados.

Los gremios

Durante su largo periodo de existencia, el sistema gremial consolidó el estrato estamental de trabajadores masculinos cualificados. El sistema gremial les proporcionaba un monopolio de tipo cártel sobre sus puestos de trabajo, lo que les garantizaba seguridad, un ritmo de trabajo tradicional, un estilo de vida honorable y seguridad intergeneracional en la medida en que sus hijos varones podían continuar en el mismo oficio como aprendices. Esta consolidación en un estrato asentado no estuvo exenta de conflictos ocasionales con los patronos. Así, a partir de mediados del siglo XV podemos encontrar documentos sobre la “conspiración” de miembros de los gremios por cuestiones relacionadas con sus quejas hacia los patrones.

Los gremios no solo eran organizaciones protectoras, sino que tenían funciones de ayuda mutua en una época en la que no existía el Estado del bienestar. Los miembros de los gremios ingresaban regularmente en fondos mutuos para prestarse ayuda en caso de enfermedad y muerte.

Sociedades de ayuda mutua

Los inicios de la modernidad, y su corolario necesario, la crisis del sistema gremial, así como la aparición de mercados más libres y sus consecuencias, comenzaron a extenderse en el siglo XVII-XVIII. Esto trajo consigo la libertad de los mercados y significó en la práctica el fin de la protección legal de las asociaciones proteccionistas de productores y sus trabajadores. Este profundo cambio se produjo cuando el Estado del bienestar y sus disposiciones aún no existían y tampoco había una amplia regulación de empleo, como actualmente.

Tras la disolución de los gremios, surgieron las asociaciones voluntarias de trabajadores cualificados de los antiguos gremios. Las primeras sociedades de ayuda mutua solían estar formadas por antiguos miembros de los gremios, trabajadores cualificados relativamente bien pagados, para seguir dotándose de un fondo que les permitiera cubrir sus periodos de enfermedad, desempleo y cuidar de sus viudas y huérfanos en caso de fallecimiento. Los límites organizativos de las sociedades de ayuda mutua seguían en gran medida la demarcación tradicional de oficios de sus gremios anteriores. Los trabajadores de cada oficio creaban una sociedad independiente. Cubrían el coste de estos subsidios con las cuotas de los socios.

Comunidades muy unidas

En las sociedades de ayuda mutuos florece la vida asociativa. Se formaron diversos comités sociales, que se ocupaban de cuestiones específicas relacionadas con la organización de actos y programas culturales para los miembros.

Eran comunidades muy unidas, en las que los miembros se conocían personalmente e intercambiaban información sobre las condiciones de empleo en los distintos talleres y sobre las peculiaridades de los maestros, así como sobre asuntos personales, como se hace en una comunidad cara a cara y muy unida. Las asociaciones de ayuda mutua tenían una vida organizativa regular. Las reuniones se celebraban semanalmente o con bastante frecuencia en bares, normalmente los sábados o domingos por la mañana, para gestionar las tareas administrativas y tratar los problemas cotidianos de los socios.

Transformación en sindicatos

Al tiempo que mantenían las ayudas tradicionales heredadas del sistema gremial, las asociaciones de ayuda mutua, los miembros también debatían cuestiones salariales y laborales, iniciaban negociaciones de convenios y establecían fondos de huelga para preparar una posible lucha por mejores salarios y condiciones de trabajo. Con el tiempo, estas asociaciones de ayuda mutua se transformaron en sindicatos organizados localmente.

Una característica peculiar de estos primeros sindicatos era que pretendían establecer un control estricto sobre el mercado laboral local para garantizar la estabilidad y la seguridad de sus miembros, algo parecido a lo que ocurría en el periodo gremial anterior.

Estos sindicatos se organizaban por oficios: cada trabajador organizado pertenecía a un sindicato gremial relativamente homogéneo y delimitado. El principal objetivo de los sindicatos era garantizar una vida relativamente segura y regulada a sus miembros en una economía de mercado liberal, en gran medida libre de regulación estatal y sin instituciones del Estado del bienestar.

Garantizaban esta estabilidad relativa mediante el control del mercado laboral y la regulación conjunta de las normas de trabajo con los empresarios. Lo consiguieron mediante la adaptación de las prácticas gremiales proteccionistas al entorno del capitalismo del laissez faire y la libertad de asociación.

El poder de los sindicatos

Una de las herramientas clave de los primeros sindicatos era el control de la contratación de trabajadores en su oficio. Los primeros sindicatos pretendían que los empresarios solo contrataran a trabajadores sindicados. Por este motivo, crearon oficinas de contratación y exigieron a los empresarios que contrataran únicamente a trabajadores cualificados a través de estas oficinas del sindicato, y que fijaran los salarios según los criterios establecidos por el sindicato.

Normalmente, el orden de colocación se basaba en el tiempo que el afiliado llevaba desempleado. Los desempleados de larga duración eran los que tenían más probabilidades de recibir una oferta de trabajo. Las excepciones se producían en caso de que hubiera requisitos especiales de cualificación. Los trabajadores no pueden aceptar un empleo que esté por debajo de su nivel de cualificación y formación. El sindicato ordena a sus afiliados que no trabajen para un empresario que incumpla las normas sindicales.

Los sindicatos también bloqueaban al trabajador cualificado que incumplía las normas sindicales. Si un trabajador aceptaba un trabajo sin el consentimiento del sindicato, o con un salario inferior, se le bloqueaba y los miembros del sindicato se negaban a trabajar con él. De esta forma, los primeros sindicatos se convirtieron en una especie de propietarios informales de los puestos de trabajo de sus respectivos oficios.

Los sindicatos no solo controlaban los lugares de trabajo, sino que pretendían controlar la futura oferta de trabajadores cualificados. Para ello, regulaban el número de aprendices en relación con el número de trabajadores cualificados empleados en una empresa.

El estricto control del empleo garantizaba no solo un nivel salarial relativamente alto y la seguridad, sino también la seguridad intergeneracional: los hijos de los trabajadores cualificados podían continuar, casi con toda seguridad, la profesión de sus padres.

Ayuda mutua y programas culturales

Los sindicatos también proporcionaban asistencia mutua a sus miembros, financiada con las cotizaciones pagadas con los salarios relativamente altos de sus afiliados. Por lo general, ofrecen subsidios en caso de enfermedad y desempleo. También proporcionaban subsidios para ayudar a la movilidad geográfica de sus miembros. Utilizaban esta forma de asistencia como una manera de controlar los mercados laborales locales. En tiempos de crisis, concedían ayudas de viaje a sus afiliados para el traslado a otras ciudades en busca de trabajo. Los sindicatos también apoyaban a las viudas y huérfanos de los antiguos afiliados.

Los sindicatos también trataban de establecer el control del propio proceso de trabajo, de modo que la supervisión del trabajo quedara en parte bajo la jurisdicción del sindicato. Controlaban el ritmo y las normas de trabajo para garantizar cierto nivel de empleo y mantener un ritmo de trabajo tradicional.

Los conflictos ocasionales por las normas sindicales, por el nivel salarial o por otros motivos provocaban bloqueos y huelgas. Las huelgas se financiaban con fondos sindicales especiales cubiertos por las cotizaciones de los afiliados. Los bloqueos y las huelgas conducían a la contratación de convenios colectivos, que regulaban las cuestiones entre empresarios y sindicatos para mantener la paz y evitar costosos conflictos.

Los sindicatos también eran sedes de programas y asociaciones culturales de trabajadores, como coros, grupos de teatro, bibliotecas y grupos de lectura, clubes deportivos, y organizaban eventos de baile.

Red asociativa comunitaria

Las instituciones, sus prestaciones y programas se basaban en la existencia de comunidades muy unidas y en las fuertes redes personales, que reforzaban los lazos locales y las identidades particularistas y que distinguían a la comunidad de trabajadores de otros grupos sociales. Así, los sindicatos consolidaron una cultura obrera, heredada de la época gremial, que valoraba las competencias, la diligencia, el alto rendimiento laboral y la formación. Además, los sindicatos garantizaban a sus afiliados una estabilidad similar a la de la era gremial en la nueva era de la economía de mercado.

Esta emergente red asociativa comunitaria de base sindical también contribuyó a la integración de los trabajadores cualificados, urbanos, en su mayoría varones, y de sus familias en las nuevas clases medias emergentes, caracterizadas por el conocimiento profesional, el trabajo duro, el alto rendimiento, la meritocracia, la estabilidad y el sólido progreso material y la observancia de los valores tradicionales de honor, prestigio y familia.

Convenios colectivos

Una de las consecuencias más importantes de los convenios colectivos fue que ampliaron cada vez más la esfera regulada de las relaciones laborales de un estrecho grupo de trabajadores cualificados de un mismo oficio a círculos cada vez más amplios de trabajadores manuales, incluida la mano de obra semi cualificada o no cualificada y las trabajadoras.

Este desarrollo se vio favorecido por los cierres patronales, cuando en respuesta a una huelga de un grupo relativamente pequeño de trabajadores cualificados, los patrones despedían a todos los empleados. Así, estos enfrentamientos locales en los que participaban todos los empleados dieron lugar a convenios que cubrían a todos los trabajadores afectados, lo que obligó a los sindicatos artesanales a negociar entre sí e incluir a los grupos de empleados no cualificados en sus convenios de tarifas salariales y escalas salariales negociadas, y a extender su disposición de ayuda mutua a franjas cada vez más amplias de trabajadores.

De esta manera, del patrimonio de los gremios ha surgido el pilar obrero durante los siglos XVIII y XIX en Europa. Su organización vertebradora fue la red de sindicatos de trabajadores cualificados. Los sindicatos, a través del control del empleo, las huelgas y la negociación, garantizaban una especie de posición respetada para los estratos de trabajadores cualificados mediante controles protectores del mercado laboral.

Antes del Estado del Bienestar

Los sindicatos comunitarios también funcionaban como sociedades de ayuda mutua en una época en la que aún no existía el Estado del bienestar. De este modo, también garantizaban prestaciones sociales en tiempos de necesidad. La existencia de comunidades estrechamente unidas aseguró la consolidación de una cultura obrera aparte de otros estratos de la sociedad. Esta cultura obrera se centraba, como ya fue analizado, en el prestigio del buen trabajo, la honradez, el esfuerzo, la diligencia y el rendimiento laboral basado en la meritocracia.

Los sindicatos no eran, ni mucho menos, organizaciones voluntarias: imponían sus normas y obligaban a los no afiliados a afiliarse al sindicato y a aceptar las reglas de la vida sindical. No obstante, se trataba de comunidades estrechamente unidas, que permitían cierta flexibilidad a las necesidades individuales y el cambio de las reglas según las exigencias de su entorno y los deseos de sus miembros. Eran una adaptación a los mercados más flexibles por parte de obreros cualificados.

La consolidación de una cultura obrera centrada en el trabajo también benefició en cierta medida a los empresarios, en una época en la que los trabajadores cualificados desempeñaban un papel fundamental para garantizar la producción continua, y representaban una cultura de trabajó diligente y correcto.

Una institución espontánea

De este modo, surgió una formación espontánea de instituciones en toda Europa para crear una red comunitaria de protección para los trabajadores cualificados, que perdieron las protecciones reguladoras que tenían bajo el sistema gremial. Esta nueva red comunitaria de instituciones permitió una adaptación más flexible del libre mercado, al tiempo que garantizaba la supervivencia de dichas prácticas comunitarias, como la ayuda mutua en caso de penuria y la garantía de estabilidad y de unos ingresos relativamente estables y buenos en el nuevo entorno de la economía de mercado del laissez faire, que no conocía la amplia regulación estatal, y del Estado del bienestar.

El pilar obrero emergente, aunque mantuvo su peculiar cultura obrera, también ayudó a la entrada de trabajadores cualificados en los estratos cada vez más amplios de las clases medias durante el siglo XIX. La estabilidad, unos ingresos relativamente altos y una posición respetable basada en la cualificación y el buen trabajo crearon una nueva clase media obrera, que se convirtió en parte integrante de las nuevas sociedades urbanas burguesas de toda Europa. La extensión gradual del derecho de voto a los trabajadores cualificados significó que pasaban a formar parte de la nueva nación burguesa y que llegaban a ser miembros de la nueva sociedad política.

Integración de los trabajadores

De este modo, la aparición del pilar obrero allanó el camino hacia la integración social de los trabajadores en las nuevas sociedades industriales de Europa.

Este proceso de integración del pilar obrero se vio interrumpido por dos factores; por una parte, la aparición del marxismo revolucionario, y la toma del control del pilar obrero por parte de los partidos socialdemócratas marxistas; por otro lado, la creación del Estado del bienestar establecido por los conservadores para interrumpir el desarrollo de la socialdemocracia revolucionaria.

En el próximo artículo examinaré cómo se produjo este giro en Europa y en las últimas décadas del siglo XIX.

Serie sobre el pilar obrero

I La formación del ‘pilar obrero’ y la creación de la clase obrera

II Integración del pilar obrero en el nuevo mundo del capitalismo industrial

La formación del “pilar obrero” y la creación de la clase obrera

Durante el periodo del capitalismo del “lassaize faire” hubo dos procesos sociales originalmente distintos en lo que respecta a los trabajadores: la formación del “pilar obrero” y la creación de la clase obrera.

No es nueva la idea que distingue la formación de instituciones obreras orgánicas y de la clase obrera como dos procesos distintos. Ya en 1943 (p. 153-154) Joseph Schumpeter observó que los sindicatos con prácticas burguesas son una consecuencia evolutiva natural del capitalismo. Y eran los intelectuales quienes suministraron las teorías de la guerra de clases, y al hacerlo cambiaron el significado del movimiento obrero impartiéndole un sesgo revolucionario.

La (falsa) idea del antagonismo de clases

Mucho antes que Schumpeter, Lenin opinaba que los trabajadores no eran, ni podían ser, conscientes del antagonismo irreconciliable de sus intereses con el sistema capitalista y que, por su propio esfuerzo, sólo podían desarrollar la conciencia sindical. Por eso, la doctrina teórica de la socialdemocracia (socialismo- AT) surgió de forma totalmente independiente de los movimientos obreros orgánicos.

La idea de lucha de clase surgió como resultado del desarrollo del pensamiento entre las intelectuales de clase media y alta (1902, 17-18). Marx también era consciente del hecho de que los trabajadores no forman automáticamente una clase por sí mismos (Marx y Engels 1848, 493, Marx 1867. Cap. 25). Marx era plenamente consciente de la necesidad de movimientos políticos socialistas y de propaganda para crear y aumentar la conciencia de clase de los trabajadores, unirlos y prepararlos para la revolución.

Formación del pilar obrero

Esta nueva serie de artículos argumenta que primero se formó un “pilar obrero” orgánico durante los siglos XVIII-XIX en los países europeos. Este pilar se formó y constituyó principalmente de trabajadores cualificados y sus familias en las grandes ciudades industriales. El pilar obrero se consolidó mediante el desarrollo de una red orgánica de instituciones entrelazadas y por la estabilización de las tradiciones culturales obreras. A este desarrollo orgánico de la institucionalización lo denomino “formación del pilar obrero“.

Tomo prestado el término “pilar” de su uso en los Países Bajos, donde, en su contexto original “formación del pilar” describía cómo la sociedad holandesa fue capaz de garantizar una coexistencia pacífica entre dos comunidades religiosas diferentes: los católicos y los protestantes. En un sentido más amplio, hizo posible un orden social y un Estado pluralista. De este modo, los holandeses pudieron evitar el resurgimiento de guerras santas interreligiosas o, en todo caso, situaciones similares a una guerra civil.

El primer éxito del marxismo

 Postulo que la “pilarización” fue la formación institucional original y orgánica de los obreros. Esta formación se interrelacionó y entrelazó con el proceso de “creación de la clase obrera” durante la segunda mitad del siglo XIX como resultado de la difusión del marxismo entre los activistas clave del pilar obrero. Los activistas marxistas transformaron el pilar obrero de una clase trabajadora.

De hecho, la razón del éxito del marxismo fue que el pilar obrero proporcionó una base sólida sobre la que se construyó el proyecto marxista de formación de la clase obrera. Así pues, el primer éxito del marxismo, y probablemente el más impactante, fue el establecimiento del control político sobre el pilar obrero.

Esta transición primero ocurrió en Alemania, donde el partido socialdemócrata marxista estableció un control casi total sobre los sindicatos en el último cuarto del siglo XIX (Katznelson, 1986). 

A pesar de entrelazarse, ambos procesos tuvieron repercusiones sociales y políticas opuestas, que se analizarán en esta serie de artículos.

1. Las diferencias entre el pilar societal y el concepto marxista de clase

1.1 Pilarización

La segmentación por pilares surgió y se desarrolló en la sociedad neerlandesa (Slomp 2011). El origen de la pilarización es que la división protestante-católica no había sido abordada por la descentralización o el federalismo, como en Alemania o Suiza. En el siglo XIX, la minoría católica de los Países Bajos empezó a construir su propia red de organización para conseguir una mayor voz en los asuntos nacionales en un país dominantemente calvinista (Orlow 2009, 26).

El punto de partida de la pilarización en los Países Bajos se produjo en el ámbito de la educación. La cuestión educativa se convirtió en un conflicto importante y salpicó a la política nacional. Este proceso inició el marco para una amplia gama de compromisos sobre cómo proporcionar servicios sociales sobre una base comunitaria. Legitimó una preferencia por las coaliciones de base amplia, basadas en las comunidades religiosas, por la proporcionalidad y la autonomía relativa en la política y la sociedad neerlandesas. Esto condujo a la formación de pilares sociales.

Este proceso de pilarización significó que grandes segmentos de la sociedad neerlandesa habían creado para sí redes institucionales paralelas que les asistían en la vida desde la cuna hasta la tumba. Cada pilar religioso tenía fuertes vínculos personales, organizativos e ideológicos. Así, la sociedad neerlandesa se pilarizó, dividiéndose en subculturas con su propia red integrada de organizaciones pilarizadas (Otjes y Rasmussen 2017).

Las subvenciones estatales apoyaron aún más este proceso de segmentación y compromiso en torno al Estado neerlandés, que se convirtió en la fuerza unificadora y reguladora de la sociedad al disminuir el antagonismo fraccional por la vía de la integración y, al mismo tiempo, asegurar la supervivencia del orden institucional comunitario. Se crearon mecanismos de consulta periódica entre los pilares con la ayuda de organismos estatales. Este proceso se vio reforzado por el periodo de depresión de entreguerras, que desencadenó mecanismos corporativistas de cooperación entre las asociaciones patronales, los sindicatos y el Estado.

Cada pilar cubría las necesidades sociales de sus miembros con una serie de instituciones como sindicatos, sociedades de ayuda mutua, cooperativas de consumo, clubes deportivos y de ocio, a veces sus propias instituciones educativas, agencias de asistencia sanitaria, medios de comunicación impresos y redes de televisión, y otras organizaciones. Esto condujo a una coexistencia más o menos pacífica entre los grupos segmentados a través de pilares sociales apoyados por el Estado (Slomp 2011, p.278).

1.2 La formación de clases marxista

En el esquema marxista, la historia de todas las sociedades existentes es la historia de la lucha de clases. La causa de la lucha de clases es que las clases dominantes han explotado a las clases trabajadoras a lo largo de la historia de las civilizaciones humanas. La revolución burguesa no ha abolido los privilegios de las clases dominantes ni ha puesto fin a la explotación de las masas.

Al contrario, decía Marx, la opulencia de la burguesía se basa en la explotación de la clase obrera. Lo que es único en el capitalismo es que la explotación de los trabajadores por el capital está oculta y es inobservable frente al feudalismo o la sociedad esclavista. Marx pensaba que su mayor logro era el descubrimiento de este mecanismo de explotación oculto del sistema de producción capitalista. Marx con su teoría de la explotación quería demostrar que la explotación no surgía de situaciones individuales de forma ocasional y accidental, sino que resultaba de la propia lógica del sistema capitalista, inevitable e independientemente de cualquier intención individual (Schumpeter 1943, 26). 

En el Manifiesto Comunista, Marx y Engels preveían que, con el progreso del capitalismo, el trabajador se hundía cada vez más y se convertía en un pobre miserable. Opinaban que la miseria masiva, la opresión, la esclavitud asalariada, la degradación y la explotación conducirán a una revolución inevitable, que destruirá el sistema capitalista y liberará a la humanidad de la explotación y la opresión del capital.

Con este mensaje profético, Marx pretendía enfrentar a los trabajadores al capitalismo y al Estado burgués para poder llevar a cabo la revolución socialista, en lugar de impulsar su integración en el tejido social del capitalismo industrial. Así pues, el marxismo en su esencia era un programa revolucionario y profético. De hecho, aunque muchos afirman que el héroe nominal de Marx fue Prometeo (Kolakowski 1978, vol. I. 412-413), en nuestra opinión su verdadero héroe bien podría haber sido Moisés, que trajo la libertad y la redención a su pueblo elegido. De hecho, Schumpeter (1943) también caracterizó a Marx como profeta.

El propio Marx participó activamente en la I. Internacional para persuadir a otros líderes de movimientos obreras de que siguieran la línea teórica revolucionario marxista y se organizaran en partidos políticos para poder alcanzar el poder (Przeworski 1985,8., Musto 2018, 426-7). Karl Kautsky (1899, 26), el principal marxista ortodoxo alemán opinaba que “la tarea del partido obrero socialista es moldear la lucha de clases del proletariado en la forma más adecuada, e inculcarle la comprensión más clara posible de sus objetivos“.

Así, el concepto marxista no se limita a esperar el curso inevitable de los acontecimientos, sino que asigna el papel de agente a la formación de la clase obrera. El líder profético ilumina a las masas en cuanto a su verdadero interés propio, y cuando están iluminadas son capaces de organizarse y escapar de la libertad hipócrita, que en realidad es esclavitud, a la que habían estado sometidas (Engels 1844, 379, Marx 1867, 747). Marx y Engels trabajaron incansablemente para hacer de este concepto el programa político de todos los partidos y organizaciones obreras, incluidos los sindicatos, y para no buscar ningún consenso con el orden burgués, sino dirigir una lucha de clases consciente contra el capitalismo y el orden burgués.

1.3 La diferencia entre la pilarización y la formación de la clase obrera

Resumiendo, las diferencias entre la pilarización y la formación de la clase obrera, mi argumento es que la formación del pilar obrero, basada en el modelo holandés de pilarización, facilitó la integración de los obreros industriales urbanos cualificados y sus familias en la emergente sociedad capitalista y el orden político a través de la lucha sindical, los compromisos y la negociación.

La formación del pilar obrero se basó en parte en la cultura, los rituales y las prácticas de la sociedad tradicional del anterior orden feudal, y en parte desarrolló nuevas instituciones, como los sindicatos, adaptadas a las condiciones de las economías de mercado industrializadas para garantizar una estabilidad y un bienestar considerados justos por los obreros mismos. La creación de instituciones también facilitó la consolidación de una cultura y una comunidad diferenciadas que englobaban a los trabajadores cualificados y a sus familias en un “pilar”. 

El proyecto político marxista de construcción de clase, por el contrario, pretendía bloquear la integración de los trabajadores en el sistema capitalista mediante la inoculación de la conciencia de clase y un programa revolucionario. Marx vinculó su crítica teórica del sistema capitalista y de los mecanismos de explotación con un programa político que debían adoptar los partidos revolucionarios marxistas. La formación de la clase obrera en este sentido es un proceso político, durante el cual los trabajadores adquieren conciencia de clase, se unen y aprenden a actuar juntos.

El concepto marxista de clase es una categoría sociológica más amplia de lo que era el pilar obrero inicial. El concepto marxista incluía a todos los trabajadores, especialmente a los proletarios, que no están cualificados, son pobres y realizan un trabajo repetitivo como apéndice de las máquinas. Mientras que el pilar obrero, especialmente al principio de su formación, estaba compuesto por trabajadores cualificados altamente formados, casi artesanos, cuya autopercepción estaba moldeada por las tradiciones gremiales y su posición relativamente segura y acomodada dentro de la sociedad urbana.

El proceso de formación de pilares obreros precedió a la formación de la clase obrera. Sin embargo, ambos procesos se interrelacionaron fuertemente a medida que las ideas marxistas conquistaron el pilar obrero, proceso que se describirá y analizará en el próximo artículo.

(Escrito con la colaboración de Joseph B. Juhász)

Literatura

Engels, F. (1844) ‘The Condition of the Working-Class in England. From Personal Observation and Authentic Sources’, in Marx and Engels Collected Works vol. 4. 2010th edn. Electric Book: Lawrence & Wishart, pp. 295–583.

Katznelson, Ira. (1986). Working Class Formation: Constructing Cases and Comparisons. In. Katznelson and Zolberg (Eds.), Working Class Formation: Nineteenth-Century Patterns in Western Europe and United States (pp. 3-44.).

Kautsky, K. (1899) The Class Struggle. New York: Labor News Company.

Kolakowski, L. (1978) Main Currents of Marxism: Its Rise, Growth, and Dissolution. New York: Oxford University Press.

Lenin, V.I. (1902) What is to be Done? Marxists Internet Archive. https://www.marxists.org/archive/lenin/works/download/what-itd.pdf

Marx, K. (1867) ‘Capital. Vol.I.’, in Marx-Engels Collected Works. Vol. 35. 2010th edn. Electric Book: Lawrence & Wishart.

Marx, K. and Engels, F. (1848) ‘Manifesto of the Communist Party’, in Marx Engels Collected Works. Vol. 6. 2010th edn, pp. 477–519.

Musto, M. (2018) Another Marx. London and New York: Bloomsbury Academic.

Orlow, D. (2009). The lure of fascism in western Europe: German Nazis, Dutch and French fascists, 1933–1939. Basingstoke: Palgrave Macmillan.

Otjes, S. and Rasmussen, A. (2017). The Legacy of Pillarization. Trade Union Confederations and Political Parties in the Netherlands. In. Allern and Bale (Eds.), Left-of-Centre Parties and Trade Unions in the Twenty-First Century (pp. 186-205). Oxford: Oxford University Press.

Przeworski, A. (1985) Capitalism and social democracy. Cambridge: Cambridge University Press.

Schumpeter, Joseph (1943) ‘Capitalism in the postwar world’’, in Postwar Economic Problems. S.E. Harris (ed.). New York and London: McGraw-Hill Book Company.

Slomp, H. (2011). Europe. A Political Profile, An American Companion to European Politics. Vol. 1. Santa Barbara: ABC-CLIO.

Serie sobre el pilar obrero

I La formación del ‘pilar obrero’ y la creación de la clase obrera

II Integración del pilar obrero en el nuevo mundo del capitalismo industrial

Si han conseguido miles de millones, ¿por qué los sindicatos de Enseñanza siguen en huelga?

Mark Lehain. Artículo publicado anteriormente en CapX.

Imagina que eres director de escuela en verano.

Estás absolutamente destrozado. Todo ha sido un no parar para ti y tus colegas desde que llegó Covid. Te has arrastrado a ti mismo y a tu colegio durante uno de los años más duros de la historia: el caos causado por la variante ómicron, las enormes ausencias de personal y alumnos, etcétera. También conseguiste que tus hijos pasaran los exámenes SAT o GCSE, etc.

Incluso conseguiste elaborar un presupuesto para el siguiente curso académico que casi cuadraba. Parte de ello se debió al aumento de 4.000 millones de libras en efectivo procedentes del Gobierno, pero también a algunas vacantes que quedaron sin cubrir para septiembre a pesar de los repetidos intentos de encontrar gente.

Y justo cuando crees que todo está bajo control, el Gobierno recomienda una subida salarial para los profesores muy superior a la prevista (pero por debajo de la inflación) y los precios de la energía se disparan. Ahora tienes que hacer frente a un déficit y recortar personal o ayudas a los estudiantes.

No es de extrañar que quienes trabajan en las escuelas se sientan tan angustiados. Como todo el mundo, han sido unos años difíciles debido a Covid, y ahora la crisis del coste de la vida también se está cebando con ellos.

Por eso no es de extrañar que los sindicatos escolares hayan convocado una huelga. No estoy de acuerdo con ellos, pero comprendo su frustración. Fui profesor y director de escuela durante 15 años, y la mayoría de mis compañeros están en la profesión. Entiendo por qué empezaron por este camino.

Pero no entiendo por qué siguen presionando para ir a la huelga ahora que la Declaración de Otoño les ha dado el dinero extra por el que estaban haciendo campaña.

El Gobierno se había comprometido en 2019 a devolver la financiación por alumno en términos reales a los niveles de 2010 -recordados como una época de abundancia por aquellos de nosotros que estábamos en las escuelas entonces-. En la revisión del gasto del año pasado se prometió un gran aumento de la financiación, que en aquel momento era suficiente para cumplir esta promesa. Entonces la inflación se disparó -y ha sido incluso más alta para las escuelas que en otros lugares- y parecía que las cosas se torcían.

Sin embargo, las hábiles maniobras públicas y la reactivación de la campaña de recortes en las escuelas ejercieron suficiente presión para que Rishi Sunak diera una última sacudida al árbol mágico del dinero y encontrara 2.300 millones de libras más para cada uno de los dos próximos años. De un plumazo, el nivel mágico de financiación de 2010 volvía a estar en marcha para 2024. Y no hay que fiarse de la palabra del Gobierno: hasta el siempre escéptico IFS está de acuerdo.

Ayer, el Ministerio de Educación esbozó cómo se repartiría este dinero, y parece que aterrizará en los presupuestos a partir del próximo mes de septiembre con un mínimo de alboroto o retoques, lo cual es estupendo de ver.

Sin embargo, los sindicatos siguen amenazando con la huelga. Exigen aumentos salariales acordes con la inflación, sin pensar de dónde saldrá el dinero. Al escuchar la retórica de los líderes sindicales, uno pensaría que sus miembros se enfrentan a un desafío único del coste de la vida, en lugar de a un azote que afecta a todo el país.

El salario medio de los profesores en 2021 fue de 42.358 libras: 39.000 libras para un profesor de aula, 57.100 libras para los altos cargos y 74.100 libras para los directores. Puede que esto no sea tan bueno como antes o como les gustaría a los profesores, pero siguen siendo realmente buenos en comparación con la media del Reino Unido de 32.000 libras. Y, por supuesto, eso es antes de añadir la contribución a la pensión de casi el 24%, lo que supone unas 10.000 libras más de media.

Teniendo esto en cuenta, exigir ahora aumentos salariales que se salten la inflación es una insensatez, y se corre el riesgo de dañar la merecida confianza que el público ha ganado con tanto esfuerzo en la profesión. Sólo nos queda esperar que alguien en la dirección del NEU sepa leer el ambiente y recapacite sobre la acción sindical.

Tampoco podrán contar necesariamente con el apoyo incondicional del público. Por supuesto, puede que ahora los encuestadores digan que apoyan la huelga de los profesores, pero ¿sentirán lo mismo cuando pierdan su sueldo, la escuela de su hijo cierre y no puedan trabajar? ¿Qué credibilidad tendrá el personal que persigue a los niños con baja asistencia para que vayan a la escuela, cuando hace poco han cerrado esa misma escuela por una huelga?

¿De verdad creen que “estamos en huelga por el bien de los niños” es creíble, cuando los dos últimos años han dejado tan claro lo terrible que puede ser el impacto del cierre de escuelas para los niños? Ahora más que nunca, los niños necesitan pasar todo el tiempo posible en la escuela.

Si las huelgas siguen adelante, será una situación en la que todos saldrán perdiendo: el país, los niños y la profesión.

No discuto que las cosas estén realmente difíciles en estos momentos, pero esa es una razón más para que ahora no sea el momento de hacer huelga. Los niños necesitan sus escuelas más que nunca. También necesitan que sus profesores utilicen su capital político para poner de relieve dónde están los peores puntos de presión, y eso no es el sueldo de los profesores. Son los problemas del sistema de asistencia social, las listas de espera para recibir ayuda en salud mental, la insuficiencia de plazas en centros alternativos y especializados, etcétera.

Espero que los directores de escuela y otros se lo piensen mucho antes de votar a favor de la huelga estas Navidades. Ocupan un lugar muy valioso en las comunidades a las que sirven. En estos tiempos difíciles, las familias acudirán a ellos en busca de apoyo y soluciones, no de huelgas.