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Etiqueta: Sociedades de apoyo mutuo

El entrelazamiento de la creación de la clase obrera con la formación del pilar obrero

El proceso de creación de la clase obrera, tal y como lo concibió Marx, pretendía crear una conciencia obrera basada en el antagonismo y la lucha de clases. Marx, así mismo, era laico; con una ideología profundamente antirreligiosa y cosmopolita. Pretendía movilizar a los trabajadores para destruir el orden capitalista y construir una nueva sociedad racional y secular socialista.

La hipotética clase obrera de la teoría marxista es el proletariado, oprimido y pobre, falto de cualificación y sin ninguna vía de integración en la nueva sociedad industrial del capitalismo. Los marxistas, en teoría, ignoraban e incluso odiaban a los trabajadores artesanos y cualificados, la “aristocracia obrera”, los miembros del pilar obrero. Sin embargo, la clave del éxito del marxismo fue la conquista del pilar obrero en las últimas décadas del siglo XIX.

El éxito clave del marxismo fue la conquista del pilar obrero y de su institución clave, los sindicatos, en la segunda mitad del siglo XIX. Este ocurrió en Alemania, afectando el desarrollo político en todo en Europa.

Sociedades de ayuda mutua

En Alemania, la avalancha de sociedades de ayuda mutua y sindicatos surgió en la década de 1850. Muchos trabajadores cualificados eran artesanos bien pagados en industrias artesanales y tenían una mentalidad pequeñoburguesa. Si se politizaban, lo hacían en el seno de los partidos liberales progresistas. La idea del socialismo fue un asunto más bien intelectual, en el que participaban Rodbertus, Lassalle, Engels y Marx, hijos de familias pudientes y cultas.

El primer partido socialista que pretendía representar a los trabajadores se creó en 1863 en Leipzig. El Allgemeiner Deutscher Arbeiter-Verein fue fundado por el carismático Ferdinand Lassalle, el competidor de Marx en el movimiento socialista alemán. Lassalle desarrolló un programa reformista. Exigía la democratización del Estado alemán y una expansión progresiva de las reformas del Estado del bienestar. El objetivo era establecer cooperativas de trabajadores subvencionadas por el Estado que sustituyeran a la propiedad individual.

Esta política reformista se expresaba en el título del periódico del partido, que se llamaba Der Sozial-Demokrat. Ferdinand Lassalle trató de buscar un compromiso con el Estado prusiano y con Otto von Bismarck, arquetipo del latifundista (Junker) prusiano conservador-modernizador estatista.

Lassalle y Bismarck

Ferdinand Lassalle y Otto von Bismarck se reunieron en secreto varias veces y Bismarck recordaba con cariño el poder intelectual de Lassalle. La inesperada muerte de Lasalle en un duelo en 1864 acabó la posibilidad de cooperación entre ambos. No obstante, esta cooperación era un faro para el futuro del desarrollo europeo: la cooperación entre el Estado y las organizaciones obreras reformistas apuntalando la unidad nacional para un objetivo nacional común.

Marx era revolucionario. Se opuso completamente al enfoque Lassalle-Bismarck y a la línea política acomodaticia de Lassalle. Irónicamente, “socialdemócrata” se convirtió en el nombre elegido para los partidos socialistas marxistas de todo el continente, emulando esencialmente el precedente lassalleano en Alemania. Esto es así porque dos miembros radicales del partido lassalleano, Wilhelm Liebknecht y August Bebel, se pasaron al marxismo revolucionario. Crearon un nuevo partido, el Partido Obrero Socialdemócrata de Alemania, de orientación marxista en 1869.

Reforma o revolución

Los partidos marxista y lassalleano se fusionaron en el Congreso de Gotha de 1875. El programa del partido era una mezcla de ideas marxistas y lassalleanas, por lo que fue muy criticado por Marx. La Ley Antisocialista de Bismarck de 1878 radicalizó aún más el partido. Tras el levantamiento de la prohibición en 1890, el partido pasó a llamarse Partido Socialdemócrata de Alemania y adoptó un programa marxista en el congreso de 1891 celebrado en Erfurt.

A pesar de la adopción de un lenguaje y un programa marxistas revolucionarios, el partido estaba profundamente dividido internamente. Sus principales ideólogos eran intelectuales, como Karl Kautsky y Franz Mehring, defensores del marxismo ortodoxo. Los intelectuales marxistas depuraron con éxito la herencia ideológica lassalliana pro-prusiana y pro-estatal y hicieron que el partido sonara como un partido marxista revolucionario radical. El simbolismo de las consignas del partido lo convirtió en un partido extremista dentro del orden político alemán, a pesar de la creciente fuerza electoral del partido.

Eduard Bernstein

Sin embargo, la fachada revolucionaria desmentía en gran medida las prácticas reales del partido. La práctica real del partido era reformista y sus reivindicaciones concretas inmediatas contenían reformas democráticas y del bienestar que debía promulgar el Estado. Esta práctica recordaba a su herencia lassalliana. Los líderes sindicales eran especialmente fuertes entre las fuerzas de compromisos dentro del partido. Y arremetían contra los “literatos” por amenazar sus políticas de integración en el Estado alemán.

Esta diferencia entre los marxistas ortodoxos y los moderados prácticos se hizo aún más clara con la aparición del reformismo. Los reformistas surgieron como una ruptura ideológica en la década de 1890. Entonces, Eduard Bernstein rompió públicamente con el aspecto revolucionario del marxismo y adoptó las críticas de Carl Menger y Eugen von Böhm-Bawerk al Marxismo.

Bernstein dio un nuevo significado práctico posmarxista a la socialdemocracia. Propuso reformas del Estado del bienestar para reducir la desigualdad, así como medidas estatales para reformar el capitalismo. La idea era utilizar el poder democrático a través de medios electorales, al tiempo que aceptaba el capitalismo en forma de economía mixta. A pesar de los cambios prácticos, incluso Bernstein conservó en gran medida las consignas marxistas.

La oposición entre la práctica real y los principios retóricos fomentó la consolidación de un pequeño grupo de radicales dentro del partido, como Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht, que creían sinceramente en el marxismo revolucionario.

Un partido roto en tres

Así surgió un partido dividido en tres partes. Los reformistas, que sólo defendían el marxismo como objetivo final, pero en la práctica eran una oposición leal del káiser, un pequeño núcleo de revolucionarios radicales y entre ellos los marxistas nominalmente ortodoxos, que hablaban como revolucionarios, pero aborrecían la revolución en sí. Estas divergencias no tenían mucha importancia en tiempos normales, pero en tiempos de crisis siempre daban lugar a fuertes luchas internas, que debilitaban al partido o incluso llevaban a escisiones.

Además, el tono revolucionario del partido bloqueó su aceptación en los círculos políticos más centristas y fue utilizado por los radicales de derechas para presentar al partido como una organización revolucionaria radical, bloqueando así la perspectiva de compromiso en la sociedad alemana.

Como hemos demostrado, la formación inicial de los sindicatos había precedido al establecimiento de los movimientos políticos socialistas. Una joven generación de activistas sindicales trabajó incansablemente para convertir el movimiento sindical de una comunidad parroquial en un movimiento de orientación socialista. Gracias a sus esfuerzos, los sindicatos se convirtieron en organizaciones socialdemócratas. El llamamiento marxista a ampliar la base de los sindicatos contribuyó al desarrollo de grandes sindicatos sectoriales y nacionales con objetivos políticos.

Integración en el partido

Aunque el partido y los sindicatos eran entidades jurídicas distintas, los sindicatos servían de base social del partido. Afiliarse a un sindicato equivalía a afiliarse al partido socialista. Los activistas y dirigentes sindicales tenían gran influencia en el partido debido en parte a su papel en la financiación de las actividades del partido. Esto era especialmente cierto en el caso de los sindicatos artesanales, ricos y bien arraigados. Los sindicatos apoyaban mayoritariamente las políticas reformistas y se resistían a la línea política marxista revolucionaria de los socialistas radicales. Por su parte, los socialistas radicales criticaron la dependencia del partido respecto a los sindicatos y fueron ardientes críticos del conservadurismo sindical.

Aún era más importante para el futuro, que la socialdemocracia se aliara con las jóvenes generaciones educadas de clase media social-liberal de izquierdas para luchar contra los restos semi-feudales, nacionalistas y tradicional-religiosos de la sociedad alemana con el fin de convertirla en una sociedad modernizada, racional, laica y verdaderamente “burguesa” o capitalista. Así, el partido tuvo un éxito de atraer la simpatía de la joven generación de la clase media burguesa intelectual progresista urbana. Se sintieron atraídos, por un lado, por el atractivo mensaje de la ideología socialista y, por otro, por los mensajes fuertemente anti feudales y reformistas, pro-modernización y pro-democráticos del partido.

El éxito de la socialdemocracia

Así, la clave del éxito de la socialdemocracia tuvo dos factores clave. En primer lugar, conquistó el pilar de los trabajadores, el movimiento sindical. En segundo lugar, la socialdemocracia tuvo bastante éxito en la construcción de una amplia coalición socialista amplia, interclasista. Ésta aseguró una base social más amplia para la socialdemocracia de lo que era el pilar obrero. La coalición socialista interclasista estaba compuesta por intelectuales socialistas radicales, clases medias progresistas, cultas, laicas y anti feudalistas y el pilar obrero de trabajadores urbanos institucionalizados a través de sindicatos y mutuas y asociaciones culturales relacionadas con los sindicatos.

Como toda gran coalición, tenía muchas facetas y objetivos políticos contradictorios. Hasta la tragedia de la Primera Guerra Mundial, el ala reformista, debido sobre todo a la influencia de los sindicatos, tuvo la influencia dominante. Los moderados y los reformistas bernsteinianos pudieron mantener el poder y marginaban a los intelectuales radicales revolucionarios.

Destrucción y radicalización

La Primera Guerra Mundial y la muerte y sufrimiento de millones de soldados, la miseria de la población civil ha cambiado todo. Los eventos desencadenaron la radicalización de una parte del movimiento socialista, así como de trabajadores e intelectuales, al tiempo que las élites dirigentes tradicionales y su liberalismo conservador ha perdido mucha legitimación, especialmente en los países que perdieron la guerra. Además, el éxito de los comunistas en Rusia tuvo importantes repercusiones. Creó tanta esperanza como miedo, a un nivel desconocido en Europa desde los tiempos de la revolución francesa en 1789.

Consecuencia de este miedo, era que la asociación de la socialdemocracia a las consignas marxistas bloqueó en muchos países la consolidación de la democracia política. Ya que el reformismo era visto como el trampolín hacia el comunismo, mientras los socialdemócratas también albergaban tendencias revolucionarias, que minaba sus pretensiones demócratas.

Socialdemocracia y Estado del Bienestar

Sólo aquellos países consiguieron mantener su sistema democrático en los que los moderados dominaban plenamente la socialdemocracia y rechazaban el marxismo, como en Suecia.

Sólo después de la Segunda Guerra Mundial se impuso el dominio reformista dentro de la socialdemocracia, lo que finalmente condujo al rechazo total del marxismo por parte de los partidos socialdemócratas.

Con el rechazo del marxismo, la socialdemocracia abrazó la integración de los trabajadores en el orden democrático liberal mediante la construcción de una economía de mercado controlada por el Estado del bienestar. Este rechazo les abrió el camino para ser partidos de gobierno y actores legítimos en un sistema democrático.

La disolución del pilar obrero

La consecuencia del desarrollo del Estado del bienestar fue la dilución del pilar obrero comunitario en la Europa occidental posterior a 1945. De hecho, una de las razones por las que Bismarck creó el primer Estado del bienestar, el alemán, fue para diluir las organizaciones obreras y hacer que los trabajadores alemanes fueran leales al Estado alemán.

La extensión del Estado del bienestar hizo redundantes a los sindicatos, la institución clave del pilar obrero: los servicios sociales de la cuna a la tumba fueron asumidos por el Estado. Este cambio trajo consigo una nueva ola de individualización. Todo el mundo se convirtió en cliente del Estado del bienestar universal, y los sindicatos perdieron su columna vertebral comunitaria. Siguen teniendo cierto papel en algunos lugares de trabajo como órganos de representación de intereses en las reivindicaciones locales, pero su alma comunitaria desapareció en su mayor parte. También se convirtieron en agentes del Estado del bienestar, legitimándose a sí mismos con exigencias cada vez mayores de ampliación del Estado del bienestar.

Las consecuencias más amplias de esta historia sobre el liberalismo pro-mercado y sobre los aspectos sociales de la teoría económica austriaca se analizarán en el próximo artículo.

Serie sobre el pilar obrero

I La formación del ‘pilar obrero’ y la creación de la clase obrera

II Integración del pilar obrero en el nuevo mundo del capitalismo industrial

Integración del pilar obrero en el nuevo mundo del capitalismo industrial

Europa durante siglos fue una sociedad tradicional en la que la inmensa mayoría de la población vivía en régimen de servidumbre agrícola, y la riqueza y el poder eran privilegio de la nobleza terrateniente. Las ciudades, escasas y más bien pequeñas, eran islas comerciales y manufactureras. La manufactura estaba controlada por gremios. La historia de la aparición del pilar obrero en Europa se remonta a la época de los gremios, a la sociedad precapitalista basada en la protección y el control de los mercados.

Los gremios

Durante su largo periodo de existencia, el sistema gremial consolidó el estrato estamental de trabajadores masculinos cualificados. El sistema gremial les proporcionaba un monopolio de tipo cártel sobre sus puestos de trabajo, lo que les garantizaba seguridad, un ritmo de trabajo tradicional, un estilo de vida honorable y seguridad intergeneracional en la medida en que sus hijos varones podían continuar en el mismo oficio como aprendices. Esta consolidación en un estrato asentado no estuvo exenta de conflictos ocasionales con los patronos. Así, a partir de mediados del siglo XV podemos encontrar documentos sobre la “conspiración” de miembros de los gremios por cuestiones relacionadas con sus quejas hacia los patrones.

Los gremios no solo eran organizaciones protectoras, sino que tenían funciones de ayuda mutua en una época en la que no existía el Estado del bienestar. Los miembros de los gremios ingresaban regularmente en fondos mutuos para prestarse ayuda en caso de enfermedad y muerte.

Sociedades de ayuda mutua

Los inicios de la modernidad, y su corolario necesario, la crisis del sistema gremial, así como la aparición de mercados más libres y sus consecuencias, comenzaron a extenderse en el siglo XVII-XVIII. Esto trajo consigo la libertad de los mercados y significó en la práctica el fin de la protección legal de las asociaciones proteccionistas de productores y sus trabajadores. Este profundo cambio se produjo cuando el Estado del bienestar y sus disposiciones aún no existían y tampoco había una amplia regulación de empleo, como actualmente.

Tras la disolución de los gremios, surgieron las asociaciones voluntarias de trabajadores cualificados de los antiguos gremios. Las primeras sociedades de ayuda mutua solían estar formadas por antiguos miembros de los gremios, trabajadores cualificados relativamente bien pagados, para seguir dotándose de un fondo que les permitiera cubrir sus periodos de enfermedad, desempleo y cuidar de sus viudas y huérfanos en caso de fallecimiento. Los límites organizativos de las sociedades de ayuda mutua seguían en gran medida la demarcación tradicional de oficios de sus gremios anteriores. Los trabajadores de cada oficio creaban una sociedad independiente. Cubrían el coste de estos subsidios con las cuotas de los socios.

Comunidades muy unidas

En las sociedades de ayuda mutuos florece la vida asociativa. Se formaron diversos comités sociales, que se ocupaban de cuestiones específicas relacionadas con la organización de actos y programas culturales para los miembros.

Eran comunidades muy unidas, en las que los miembros se conocían personalmente e intercambiaban información sobre las condiciones de empleo en los distintos talleres y sobre las peculiaridades de los maestros, así como sobre asuntos personales, como se hace en una comunidad cara a cara y muy unida. Las asociaciones de ayuda mutua tenían una vida organizativa regular. Las reuniones se celebraban semanalmente o con bastante frecuencia en bares, normalmente los sábados o domingos por la mañana, para gestionar las tareas administrativas y tratar los problemas cotidianos de los socios.

Transformación en sindicatos

Al tiempo que mantenían las ayudas tradicionales heredadas del sistema gremial, las asociaciones de ayuda mutua, los miembros también debatían cuestiones salariales y laborales, iniciaban negociaciones de convenios y establecían fondos de huelga para preparar una posible lucha por mejores salarios y condiciones de trabajo. Con el tiempo, estas asociaciones de ayuda mutua se transformaron en sindicatos organizados localmente.

Una característica peculiar de estos primeros sindicatos era que pretendían establecer un control estricto sobre el mercado laboral local para garantizar la estabilidad y la seguridad de sus miembros, algo parecido a lo que ocurría en el periodo gremial anterior.

Estos sindicatos se organizaban por oficios: cada trabajador organizado pertenecía a un sindicato gremial relativamente homogéneo y delimitado. El principal objetivo de los sindicatos era garantizar una vida relativamente segura y regulada a sus miembros en una economía de mercado liberal, en gran medida libre de regulación estatal y sin instituciones del Estado del bienestar.

Garantizaban esta estabilidad relativa mediante el control del mercado laboral y la regulación conjunta de las normas de trabajo con los empresarios. Lo consiguieron mediante la adaptación de las prácticas gremiales proteccionistas al entorno del capitalismo del laissez faire y la libertad de asociación.

El poder de los sindicatos

Una de las herramientas clave de los primeros sindicatos era el control de la contratación de trabajadores en su oficio. Los primeros sindicatos pretendían que los empresarios solo contrataran a trabajadores sindicados. Por este motivo, crearon oficinas de contratación y exigieron a los empresarios que contrataran únicamente a trabajadores cualificados a través de estas oficinas del sindicato, y que fijaran los salarios según los criterios establecidos por el sindicato.

Normalmente, el orden de colocación se basaba en el tiempo que el afiliado llevaba desempleado. Los desempleados de larga duración eran los que tenían más probabilidades de recibir una oferta de trabajo. Las excepciones se producían en caso de que hubiera requisitos especiales de cualificación. Los trabajadores no pueden aceptar un empleo que esté por debajo de su nivel de cualificación y formación. El sindicato ordena a sus afiliados que no trabajen para un empresario que incumpla las normas sindicales.

Los sindicatos también bloqueaban al trabajador cualificado que incumplía las normas sindicales. Si un trabajador aceptaba un trabajo sin el consentimiento del sindicato, o con un salario inferior, se le bloqueaba y los miembros del sindicato se negaban a trabajar con él. De esta forma, los primeros sindicatos se convirtieron en una especie de propietarios informales de los puestos de trabajo de sus respectivos oficios.

Los sindicatos no solo controlaban los lugares de trabajo, sino que pretendían controlar la futura oferta de trabajadores cualificados. Para ello, regulaban el número de aprendices en relación con el número de trabajadores cualificados empleados en una empresa.

El estricto control del empleo garantizaba no solo un nivel salarial relativamente alto y la seguridad, sino también la seguridad intergeneracional: los hijos de los trabajadores cualificados podían continuar, casi con toda seguridad, la profesión de sus padres.

Ayuda mutua y programas culturales

Los sindicatos también proporcionaban asistencia mutua a sus miembros, financiada con las cotizaciones pagadas con los salarios relativamente altos de sus afiliados. Por lo general, ofrecen subsidios en caso de enfermedad y desempleo. También proporcionaban subsidios para ayudar a la movilidad geográfica de sus miembros. Utilizaban esta forma de asistencia como una manera de controlar los mercados laborales locales. En tiempos de crisis, concedían ayudas de viaje a sus afiliados para el traslado a otras ciudades en busca de trabajo. Los sindicatos también apoyaban a las viudas y huérfanos de los antiguos afiliados.

Los sindicatos también trataban de establecer el control del propio proceso de trabajo, de modo que la supervisión del trabajo quedara en parte bajo la jurisdicción del sindicato. Controlaban el ritmo y las normas de trabajo para garantizar cierto nivel de empleo y mantener un ritmo de trabajo tradicional.

Los conflictos ocasionales por las normas sindicales, por el nivel salarial o por otros motivos provocaban bloqueos y huelgas. Las huelgas se financiaban con fondos sindicales especiales cubiertos por las cotizaciones de los afiliados. Los bloqueos y las huelgas conducían a la contratación de convenios colectivos, que regulaban las cuestiones entre empresarios y sindicatos para mantener la paz y evitar costosos conflictos.

Los sindicatos también eran sedes de programas y asociaciones culturales de trabajadores, como coros, grupos de teatro, bibliotecas y grupos de lectura, clubes deportivos, y organizaban eventos de baile.

Red asociativa comunitaria

Las instituciones, sus prestaciones y programas se basaban en la existencia de comunidades muy unidas y en las fuertes redes personales, que reforzaban los lazos locales y las identidades particularistas y que distinguían a la comunidad de trabajadores de otros grupos sociales. Así, los sindicatos consolidaron una cultura obrera, heredada de la época gremial, que valoraba las competencias, la diligencia, el alto rendimiento laboral y la formación. Además, los sindicatos garantizaban a sus afiliados una estabilidad similar a la de la era gremial en la nueva era de la economía de mercado.

Esta emergente red asociativa comunitaria de base sindical también contribuyó a la integración de los trabajadores cualificados, urbanos, en su mayoría varones, y de sus familias en las nuevas clases medias emergentes, caracterizadas por el conocimiento profesional, el trabajo duro, el alto rendimiento, la meritocracia, la estabilidad y el sólido progreso material y la observancia de los valores tradicionales de honor, prestigio y familia.

Convenios colectivos

Una de las consecuencias más importantes de los convenios colectivos fue que ampliaron cada vez más la esfera regulada de las relaciones laborales de un estrecho grupo de trabajadores cualificados de un mismo oficio a círculos cada vez más amplios de trabajadores manuales, incluida la mano de obra semi cualificada o no cualificada y las trabajadoras.

Este desarrollo se vio favorecido por los cierres patronales, cuando en respuesta a una huelga de un grupo relativamente pequeño de trabajadores cualificados, los patrones despedían a todos los empleados. Así, estos enfrentamientos locales en los que participaban todos los empleados dieron lugar a convenios que cubrían a todos los trabajadores afectados, lo que obligó a los sindicatos artesanales a negociar entre sí e incluir a los grupos de empleados no cualificados en sus convenios de tarifas salariales y escalas salariales negociadas, y a extender su disposición de ayuda mutua a franjas cada vez más amplias de trabajadores.

De esta manera, del patrimonio de los gremios ha surgido el pilar obrero durante los siglos XVIII y XIX en Europa. Su organización vertebradora fue la red de sindicatos de trabajadores cualificados. Los sindicatos, a través del control del empleo, las huelgas y la negociación, garantizaban una especie de posición respetada para los estratos de trabajadores cualificados mediante controles protectores del mercado laboral.

Antes del Estado del Bienestar

Los sindicatos comunitarios también funcionaban como sociedades de ayuda mutua en una época en la que aún no existía el Estado del bienestar. De este modo, también garantizaban prestaciones sociales en tiempos de necesidad. La existencia de comunidades estrechamente unidas aseguró la consolidación de una cultura obrera aparte de otros estratos de la sociedad. Esta cultura obrera se centraba, como ya fue analizado, en el prestigio del buen trabajo, la honradez, el esfuerzo, la diligencia y el rendimiento laboral basado en la meritocracia.

Los sindicatos no eran, ni mucho menos, organizaciones voluntarias: imponían sus normas y obligaban a los no afiliados a afiliarse al sindicato y a aceptar las reglas de la vida sindical. No obstante, se trataba de comunidades estrechamente unidas, que permitían cierta flexibilidad a las necesidades individuales y el cambio de las reglas según las exigencias de su entorno y los deseos de sus miembros. Eran una adaptación a los mercados más flexibles por parte de obreros cualificados.

La consolidación de una cultura obrera centrada en el trabajo también benefició en cierta medida a los empresarios, en una época en la que los trabajadores cualificados desempeñaban un papel fundamental para garantizar la producción continua, y representaban una cultura de trabajó diligente y correcto.

Una institución espontánea

De este modo, surgió una formación espontánea de instituciones en toda Europa para crear una red comunitaria de protección para los trabajadores cualificados, que perdieron las protecciones reguladoras que tenían bajo el sistema gremial. Esta nueva red comunitaria de instituciones permitió una adaptación más flexible del libre mercado, al tiempo que garantizaba la supervivencia de dichas prácticas comunitarias, como la ayuda mutua en caso de penuria y la garantía de estabilidad y de unos ingresos relativamente estables y buenos en el nuevo entorno de la economía de mercado del laissez faire, que no conocía la amplia regulación estatal, y del Estado del bienestar.

El pilar obrero emergente, aunque mantuvo su peculiar cultura obrera, también ayudó a la entrada de trabajadores cualificados en los estratos cada vez más amplios de las clases medias durante el siglo XIX. La estabilidad, unos ingresos relativamente altos y una posición respetable basada en la cualificación y el buen trabajo crearon una nueva clase media obrera, que se convirtió en parte integrante de las nuevas sociedades urbanas burguesas de toda Europa. La extensión gradual del derecho de voto a los trabajadores cualificados significó que pasaban a formar parte de la nueva nación burguesa y que llegaban a ser miembros de la nueva sociedad política.

Integración de los trabajadores

De este modo, la aparición del pilar obrero allanó el camino hacia la integración social de los trabajadores en las nuevas sociedades industriales de Europa.

Este proceso de integración del pilar obrero se vio interrumpido por dos factores; por una parte, la aparición del marxismo revolucionario, y la toma del control del pilar obrero por parte de los partidos socialdemócratas marxistas; por otro lado, la creación del Estado del bienestar establecido por los conservadores para interrumpir el desarrollo de la socialdemocracia revolucionaria.

En el próximo artículo examinaré cómo se produjo este giro en Europa y en las últimas décadas del siglo XIX.

Serie sobre el pilar obrero

I La formación del ‘pilar obrero’ y la creación de la clase obrera

II Integración del pilar obrero en el nuevo mundo del capitalismo industrial

La formación del “pilar obrero” y la creación de la clase obrera

Durante el periodo del capitalismo del “lassaize faire” hubo dos procesos sociales originalmente distintos en lo que respecta a los trabajadores: la formación del “pilar obrero” y la creación de la clase obrera.

No es nueva la idea que distingue la formación de instituciones obreras orgánicas y de la clase obrera como dos procesos distintos. Ya en 1943 (p. 153-154) Joseph Schumpeter observó que los sindicatos con prácticas burguesas son una consecuencia evolutiva natural del capitalismo. Y eran los intelectuales quienes suministraron las teorías de la guerra de clases, y al hacerlo cambiaron el significado del movimiento obrero impartiéndole un sesgo revolucionario.

La (falsa) idea del antagonismo de clases

Mucho antes que Schumpeter, Lenin opinaba que los trabajadores no eran, ni podían ser, conscientes del antagonismo irreconciliable de sus intereses con el sistema capitalista y que, por su propio esfuerzo, sólo podían desarrollar la conciencia sindical. Por eso, la doctrina teórica de la socialdemocracia (socialismo- AT) surgió de forma totalmente independiente de los movimientos obreros orgánicos.

La idea de lucha de clase surgió como resultado del desarrollo del pensamiento entre las intelectuales de clase media y alta (1902, 17-18). Marx también era consciente del hecho de que los trabajadores no forman automáticamente una clase por sí mismos (Marx y Engels 1848, 493, Marx 1867. Cap. 25). Marx era plenamente consciente de la necesidad de movimientos políticos socialistas y de propaganda para crear y aumentar la conciencia de clase de los trabajadores, unirlos y prepararlos para la revolución.

Formación del pilar obrero

Esta nueva serie de artículos argumenta que primero se formó un “pilar obrero” orgánico durante los siglos XVIII-XIX en los países europeos. Este pilar se formó y constituyó principalmente de trabajadores cualificados y sus familias en las grandes ciudades industriales. El pilar obrero se consolidó mediante el desarrollo de una red orgánica de instituciones entrelazadas y por la estabilización de las tradiciones culturales obreras. A este desarrollo orgánico de la institucionalización lo denomino “formación del pilar obrero“.

Tomo prestado el término “pilar” de su uso en los Países Bajos, donde, en su contexto original “formación del pilar” describía cómo la sociedad holandesa fue capaz de garantizar una coexistencia pacífica entre dos comunidades religiosas diferentes: los católicos y los protestantes. En un sentido más amplio, hizo posible un orden social y un Estado pluralista. De este modo, los holandeses pudieron evitar el resurgimiento de guerras santas interreligiosas o, en todo caso, situaciones similares a una guerra civil.

El primer éxito del marxismo

 Postulo que la “pilarización” fue la formación institucional original y orgánica de los obreros. Esta formación se interrelacionó y entrelazó con el proceso de “creación de la clase obrera” durante la segunda mitad del siglo XIX como resultado de la difusión del marxismo entre los activistas clave del pilar obrero. Los activistas marxistas transformaron el pilar obrero de una clase trabajadora.

De hecho, la razón del éxito del marxismo fue que el pilar obrero proporcionó una base sólida sobre la que se construyó el proyecto marxista de formación de la clase obrera. Así pues, el primer éxito del marxismo, y probablemente el más impactante, fue el establecimiento del control político sobre el pilar obrero.

Esta transición primero ocurrió en Alemania, donde el partido socialdemócrata marxista estableció un control casi total sobre los sindicatos en el último cuarto del siglo XIX (Katznelson, 1986). 

A pesar de entrelazarse, ambos procesos tuvieron repercusiones sociales y políticas opuestas, que se analizarán en esta serie de artículos.

1. Las diferencias entre el pilar societal y el concepto marxista de clase

1.1 Pilarización

La segmentación por pilares surgió y se desarrolló en la sociedad neerlandesa (Slomp 2011). El origen de la pilarización es que la división protestante-católica no había sido abordada por la descentralización o el federalismo, como en Alemania o Suiza. En el siglo XIX, la minoría católica de los Países Bajos empezó a construir su propia red de organización para conseguir una mayor voz en los asuntos nacionales en un país dominantemente calvinista (Orlow 2009, 26).

El punto de partida de la pilarización en los Países Bajos se produjo en el ámbito de la educación. La cuestión educativa se convirtió en un conflicto importante y salpicó a la política nacional. Este proceso inició el marco para una amplia gama de compromisos sobre cómo proporcionar servicios sociales sobre una base comunitaria. Legitimó una preferencia por las coaliciones de base amplia, basadas en las comunidades religiosas, por la proporcionalidad y la autonomía relativa en la política y la sociedad neerlandesas. Esto condujo a la formación de pilares sociales.

Este proceso de pilarización significó que grandes segmentos de la sociedad neerlandesa habían creado para sí redes institucionales paralelas que les asistían en la vida desde la cuna hasta la tumba. Cada pilar religioso tenía fuertes vínculos personales, organizativos e ideológicos. Así, la sociedad neerlandesa se pilarizó, dividiéndose en subculturas con su propia red integrada de organizaciones pilarizadas (Otjes y Rasmussen 2017).

Las subvenciones estatales apoyaron aún más este proceso de segmentación y compromiso en torno al Estado neerlandés, que se convirtió en la fuerza unificadora y reguladora de la sociedad al disminuir el antagonismo fraccional por la vía de la integración y, al mismo tiempo, asegurar la supervivencia del orden institucional comunitario. Se crearon mecanismos de consulta periódica entre los pilares con la ayuda de organismos estatales. Este proceso se vio reforzado por el periodo de depresión de entreguerras, que desencadenó mecanismos corporativistas de cooperación entre las asociaciones patronales, los sindicatos y el Estado.

Cada pilar cubría las necesidades sociales de sus miembros con una serie de instituciones como sindicatos, sociedades de ayuda mutua, cooperativas de consumo, clubes deportivos y de ocio, a veces sus propias instituciones educativas, agencias de asistencia sanitaria, medios de comunicación impresos y redes de televisión, y otras organizaciones. Esto condujo a una coexistencia más o menos pacífica entre los grupos segmentados a través de pilares sociales apoyados por el Estado (Slomp 2011, p.278).

1.2 La formación de clases marxista

En el esquema marxista, la historia de todas las sociedades existentes es la historia de la lucha de clases. La causa de la lucha de clases es que las clases dominantes han explotado a las clases trabajadoras a lo largo de la historia de las civilizaciones humanas. La revolución burguesa no ha abolido los privilegios de las clases dominantes ni ha puesto fin a la explotación de las masas.

Al contrario, decía Marx, la opulencia de la burguesía se basa en la explotación de la clase obrera. Lo que es único en el capitalismo es que la explotación de los trabajadores por el capital está oculta y es inobservable frente al feudalismo o la sociedad esclavista. Marx pensaba que su mayor logro era el descubrimiento de este mecanismo de explotación oculto del sistema de producción capitalista. Marx con su teoría de la explotación quería demostrar que la explotación no surgía de situaciones individuales de forma ocasional y accidental, sino que resultaba de la propia lógica del sistema capitalista, inevitable e independientemente de cualquier intención individual (Schumpeter 1943, 26). 

En el Manifiesto Comunista, Marx y Engels preveían que, con el progreso del capitalismo, el trabajador se hundía cada vez más y se convertía en un pobre miserable. Opinaban que la miseria masiva, la opresión, la esclavitud asalariada, la degradación y la explotación conducirán a una revolución inevitable, que destruirá el sistema capitalista y liberará a la humanidad de la explotación y la opresión del capital.

Con este mensaje profético, Marx pretendía enfrentar a los trabajadores al capitalismo y al Estado burgués para poder llevar a cabo la revolución socialista, en lugar de impulsar su integración en el tejido social del capitalismo industrial. Así pues, el marxismo en su esencia era un programa revolucionario y profético. De hecho, aunque muchos afirman que el héroe nominal de Marx fue Prometeo (Kolakowski 1978, vol. I. 412-413), en nuestra opinión su verdadero héroe bien podría haber sido Moisés, que trajo la libertad y la redención a su pueblo elegido. De hecho, Schumpeter (1943) también caracterizó a Marx como profeta.

El propio Marx participó activamente en la I. Internacional para persuadir a otros líderes de movimientos obreras de que siguieran la línea teórica revolucionario marxista y se organizaran en partidos políticos para poder alcanzar el poder (Przeworski 1985,8., Musto 2018, 426-7). Karl Kautsky (1899, 26), el principal marxista ortodoxo alemán opinaba que “la tarea del partido obrero socialista es moldear la lucha de clases del proletariado en la forma más adecuada, e inculcarle la comprensión más clara posible de sus objetivos“.

Así, el concepto marxista no se limita a esperar el curso inevitable de los acontecimientos, sino que asigna el papel de agente a la formación de la clase obrera. El líder profético ilumina a las masas en cuanto a su verdadero interés propio, y cuando están iluminadas son capaces de organizarse y escapar de la libertad hipócrita, que en realidad es esclavitud, a la que habían estado sometidas (Engels 1844, 379, Marx 1867, 747). Marx y Engels trabajaron incansablemente para hacer de este concepto el programa político de todos los partidos y organizaciones obreras, incluidos los sindicatos, y para no buscar ningún consenso con el orden burgués, sino dirigir una lucha de clases consciente contra el capitalismo y el orden burgués.

1.3 La diferencia entre la pilarización y la formación de la clase obrera

Resumiendo, las diferencias entre la pilarización y la formación de la clase obrera, mi argumento es que la formación del pilar obrero, basada en el modelo holandés de pilarización, facilitó la integración de los obreros industriales urbanos cualificados y sus familias en la emergente sociedad capitalista y el orden político a través de la lucha sindical, los compromisos y la negociación.

La formación del pilar obrero se basó en parte en la cultura, los rituales y las prácticas de la sociedad tradicional del anterior orden feudal, y en parte desarrolló nuevas instituciones, como los sindicatos, adaptadas a las condiciones de las economías de mercado industrializadas para garantizar una estabilidad y un bienestar considerados justos por los obreros mismos. La creación de instituciones también facilitó la consolidación de una cultura y una comunidad diferenciadas que englobaban a los trabajadores cualificados y a sus familias en un “pilar”. 

El proyecto político marxista de construcción de clase, por el contrario, pretendía bloquear la integración de los trabajadores en el sistema capitalista mediante la inoculación de la conciencia de clase y un programa revolucionario. Marx vinculó su crítica teórica del sistema capitalista y de los mecanismos de explotación con un programa político que debían adoptar los partidos revolucionarios marxistas. La formación de la clase obrera en este sentido es un proceso político, durante el cual los trabajadores adquieren conciencia de clase, se unen y aprenden a actuar juntos.

El concepto marxista de clase es una categoría sociológica más amplia de lo que era el pilar obrero inicial. El concepto marxista incluía a todos los trabajadores, especialmente a los proletarios, que no están cualificados, son pobres y realizan un trabajo repetitivo como apéndice de las máquinas. Mientras que el pilar obrero, especialmente al principio de su formación, estaba compuesto por trabajadores cualificados altamente formados, casi artesanos, cuya autopercepción estaba moldeada por las tradiciones gremiales y su posición relativamente segura y acomodada dentro de la sociedad urbana.

El proceso de formación de pilares obreros precedió a la formación de la clase obrera. Sin embargo, ambos procesos se interrelacionaron fuertemente a medida que las ideas marxistas conquistaron el pilar obrero, proceso que se describirá y analizará en el próximo artículo.

(Escrito con la colaboración de Joseph B. Juhász)

Literatura

Engels, F. (1844) ‘The Condition of the Working-Class in England. From Personal Observation and Authentic Sources’, in Marx and Engels Collected Works vol. 4. 2010th edn. Electric Book: Lawrence & Wishart, pp. 295–583.

Katznelson, Ira. (1986). Working Class Formation: Constructing Cases and Comparisons. In. Katznelson and Zolberg (Eds.), Working Class Formation: Nineteenth-Century Patterns in Western Europe and United States (pp. 3-44.).

Kautsky, K. (1899) The Class Struggle. New York: Labor News Company.

Kolakowski, L. (1978) Main Currents of Marxism: Its Rise, Growth, and Dissolution. New York: Oxford University Press.

Lenin, V.I. (1902) What is to be Done? Marxists Internet Archive. https://www.marxists.org/archive/lenin/works/download/what-itd.pdf

Marx, K. (1867) ‘Capital. Vol.I.’, in Marx-Engels Collected Works. Vol. 35. 2010th edn. Electric Book: Lawrence & Wishart.

Marx, K. and Engels, F. (1848) ‘Manifesto of the Communist Party’, in Marx Engels Collected Works. Vol. 6. 2010th edn, pp. 477–519.

Musto, M. (2018) Another Marx. London and New York: Bloomsbury Academic.

Orlow, D. (2009). The lure of fascism in western Europe: German Nazis, Dutch and French fascists, 1933–1939. Basingstoke: Palgrave Macmillan.

Otjes, S. and Rasmussen, A. (2017). The Legacy of Pillarization. Trade Union Confederations and Political Parties in the Netherlands. In. Allern and Bale (Eds.), Left-of-Centre Parties and Trade Unions in the Twenty-First Century (pp. 186-205). Oxford: Oxford University Press.

Przeworski, A. (1985) Capitalism and social democracy. Cambridge: Cambridge University Press.

Schumpeter, Joseph (1943) ‘Capitalism in the postwar world’’, in Postwar Economic Problems. S.E. Harris (ed.). New York and London: McGraw-Hill Book Company.

Slomp, H. (2011). Europe. A Political Profile, An American Companion to European Politics. Vol. 1. Santa Barbara: ABC-CLIO.

Serie sobre el pilar obrero

I La formación del ‘pilar obrero’ y la creación de la clase obrera

II Integración del pilar obrero en el nuevo mundo del capitalismo industrial

Reconstruir y perfeccionar las sociedades de apoyo mutuo

No debe sorprendernos que la idea de desarrollar una unidad política comunitaria, local o relativamente pequeña, en la que sus miembros establezcan relaciones de solidaridad recíproca para favorecerse mutuamente, constituya una idea atractiva para teóricos políticos de diferentes corrientes. Anarco-comunistas, algunos liberales y libertarios, conservadores y nuevos izquierdistas, encuentran atractivas las sociedades o asociaciones de apoyo mutuo, presentándolas como soluciones a los problemas que denuncian desde su corriente política.

Para Peter Kropotkin, reconocido anarcocomunista, el apoyo mutuo es una capacidad innata del ser humano y de otros animales, que se constituye como hábito o institución si las ideas o las condiciones políticas vigentes lo permiten. En su obra El apoyo mutuo, Kropotkin (2012) encarna el espíritu anarquista en toda regla: apoya la descentralización, critica al Estado tanto por robar como por acabar con los lazos espontáneos de cooperación existentes en la sociedad, rechaza la tesis de Hobbes sobre el estado natural del hombre, y rechaza los privilegios políticos o estatales en la producción y el comercio.

Sin embargo, no elabora con el mínimo detalle necesario los principios económicos que defiende. Kropotkin (2012) parece respetar la propiedad privada, pero sugiere continuamente que los que tienen más están obligados a dar a los que tienen menos (sin exigir nada a cambio). Valora positivamente el reparto de lo producido y tiene una relación ambivalente con el comercio y el arbitraje. Pero ve el comercio entre miembros de una misma comunidad como algo negativo, y positivo el reparto equitativo interno y el comercio con otras comunidades.

El trabajo de Kropotkin (2012) es una recopilación de ejemplos de hábitos solidarios y caritativos entre animales y entre personas, pero no aborda una cuestión crucial, uno de los endebles pilares del anarcocomunismo, concretamente: ¿cómo se evita el free-riding entre los miembros? O pensado de otra manera, ¿cómo se mantienen los incentivos al trabajo? El problema de enfatizar la idea de la ayuda mutua como contrapeso a la idea de la lucha por la supervivencia del más fuerte, como lo hace Kropotkin, es que implica negar un aspecto humano para exaltar el contrario.

Por ejemplo, ofrecer siempre un plato de comida a un viajero o a un vecino necesitado es una costumbre loable, pero sin mecanismos informales para regular el comportamiento del necesitado, este podría convertirse en un parásito de los demás. Perdería todo incentivo para cooperar, ya que viviría de la ayuda de los demás. Kropotkin aboga por la cooperación y la asistencia social, pero las teorías e instituciones económicas socialistas socavan el desarrollo y el mantenimiento de ambas virtudes.

Por otro lado, varios conservadores como Robert Nisbet, de acuerdo con algunas de las ideas de Kroptkin, consideran que los lazos comunitarios se han debilitado con la expansión del Estado, especialmente ese Estado moderno, homogeneizador y racional, que tiene su origen en la Revolución Francesa:

La legislación revolucionaria debilitó o destruyó muchas de las asociaciones tradicionales del antiguo régimen: los gremios, la familia patriarcal, la clase, la asociación religiosa y la antigua comuna. Al hacerlo, los conservadores argumentaron con contundencia que la Revolución había abierto las puertas a fuerzas que, si no se controlaban, con el tiempo desorganizarían todo el orden moral de la Europa cristiana y conducirían al control de las masas y a un poder despótico sin precedentes. (p. 53)

 Para Nisbet (2010), las instituciones intermedias como la iglesia, la familia y las asociaciones que hacen presencia entre el individuo y el Estado no sólo sostienen el bagaje cultural y tradicional del ser humano, ya que combaten la idea de unidad cultural y nacional coordinada por el Estado, sino que nos proporcionan un sistema inmunológico social e individual contra el totalitarismo, la alienación[1] y la adulación al Estado.

Para Robert Nisbet, el triunfo del marxismo, las nociones de Estado de Hobbes, el jacobinismo disperso en los socialismos actuales y la visión rousseauniana del Estado como emancipador del hombre (de la sociedad y de las tradiciones) son atribuibles al deterioro de la fibra social que se había construido espontáneamente a lo largo de la historia y que constituye una necesidad humana. Y que en su carencia (individuo atomizado o alienado) permite la aparición de órdenes políticos totalitarios:

Hay dos elementos centrales del totalitarismo: el primero es la existencia de las masas; el segundo es la ideología, en su forma más extrema, de la comunidad política (…) Cuando las masas, en número considerable, ya existen, como consecuencia de las fuerzas históricas, la mitad del trabajo del líder totalitario se ha hecho por él. ¿Qué queda sino completar, donde sea necesario, el trabajo de la historia, y triturar en partículas atómicas todas las evidencias restantes de asociación y autoridad social? ¿Qué queda, entonces, sino rescatar a las masas de su soledad, de su desesperanza y de su desesperación, conduciéndolas a la tierra prometida del Estado absoluto y redentor? El proceso no es demasiado difícil, ni siquiera demasiado violento, siempre que las masas ya hayan sido creadas en un tamaño significativo por procesos que han destruido o disminuido las relaciones sociales y los valores culturales por los que los seres humanos viven normalmente y en los que obtienen no sólo su sentido del orden sino su deseo de libertad. (p. 219)

Es importante destacar que no es en absoluto incompatible con la tradición libertaria abordar el problema como lo ha hecho Nisbet, entendiendo que el verdadero conflicto no es entre el individuo y el Estado sino entre el Estado y los grupos sociales (p. 133). El Estado regula la libre asociación porque es una de las cuestiones centrales que muestra quién manda: el individuo o el Estado (Rockwell, 2014). El derecho a asociarse y a no asociarse (el mismo y único derecho) se niega continuamente y cada vez más en favor de la tolerancia, la inclusión, la igualdad, la justicia y el orden. Sin embargo, las consecuencias de limitar la libre asociación (y la desasociación) son necesariamente la aparición de mayores conflictos entre los individuos obligados a relacionarse cuando no lo desean y no lo encuentran beneficioso, fomentando que busquen la ayuda del Estado para protegerlos de los demás, precisamente de aquellos a quienes se les prohíbe excluir.

Paralelamente, el ”Estado del Bienestar” ha crecido para sustituir las funciones de dichas instituciones intermedias, por lo que sin su recuperación no podremos derribarlo social, política y económicamente. En este sentido, los argumentos económicos a favor de la creación de sociedades o asociaciones de ayuda mutua que sustituyan los servicios sanitarios, educativos o de pensiones actualmente monopolizados por el ”Estado del Bienestar” podrían considerarse los menos relevantes debido a que el mercado encontraría fácilmente la forma de prestar dichos servicios de manera privada y relativamente accesible. Los argumentos que debemos dar más importancia son las consecuencias políticas y sociales de la ausencia de asociaciones e instituciones intermedias, sobre todo si lo vinculamos con el hecho de que la riqueza material alcanzada en el último siglo no está teniendo el impacto psicológico que intuitivamente le hubiéramos atribuido. A pesar de tener mayor riqueza y control sobre el entorno, el mundo es percibido por muchos como más hostil, desigual, intolerante que en el pasado (Rosling, 2019) y la prevalencia de la depresión y ansiedad es mayor en comparación al siglo pasado (Hidaka, 2012)[2]. Sobre esta idea y su relación con la vulnerabilidad moral, social y política, Nisbet nos invita a reflexionar acerca de lo siguiente:

El mayor atractivo del partido totalitario, marxista o de otro tipo, reside en su capacidad de proporcionar un sentido de coherencia moral y de pertenencia comunitaria a quienes se han convertido, en un grado u otro, en víctimas del sentimiento de exclusión de los canales ordinarios de pertenencia de la sociedad. Considerar los datos de pobreza y de penuria económica como causas del crecimiento del comunismo es engañoso. Estos hechos pueden estar implicados, pero sólo cuando se sitúan en un contexto social y moral de inseguridad y alienación. Decir que el trabajador bien alimentado nunca sucumbirá a la atracción del comunismo es tan absurdo como decir que el intelectual bien alimentado nunca sucumbirá. La presencia o ausencia de tres comidas al día, o incluso la simple posesión de un empleo, no es el factor decisivo. Lo decisivo es el marco de referencia. Si, por una u otra razón, la sociedad inmediata del individuo llega a parecerle lejana, sin rumbo y hostil, si un pueblo llega a sentir que, en conjunto, es víctima de la discriminación y la exclusión, ni toda la comida ni todos los empleos del mundo le impedirán buscar el tipo de alivio que supone la pertenencia a un orden social y moral aparentemente dirigido a sus propia almas. (p. 64)

Las asociaciones de apoyo mutuo, las buenas costumbres, las tradiciones y el sentido de pertenencia a una comunidad también ejercen funciones económicas, sólo que pueden ser algo más difíciles de apreciar, como reducir los costes de transacción y seguridad, facilitar la gestión de la propiedad común, las negociaciones y la integración en el mercado de los inmigrantes u otro tipo de nuevos actores. Pero fundamentalmente complementan al mercado, por ejemplo, ahorrar para una pensión o hacer frente a una adicción no se reduce a soluciones de mercado como los fondos de pensiones o los centros de rehabilitación, ya que son comportamientos que requieren o se benefician de altos niveles de apoyo social e incluso de una sana, o al menos bien intencionada, presión social (como la que se evidencia entre los miembros de Alcohólicos Anónimos) por parte de un grupo sobre el individuo que realmente quiere ahorrar o dejar una droga, pero carece de la fuerza necesaria.

Del mismo modo, hay otros servicios que difícilmente pueden prestarse de forma catalítica, por ejemplo, el cuidado de los hijos en caso de fallecimiento, algo que, aunque parezca evidentemente una función de la familia, ésta puede estar debilitada o desintegrada hasta el punto de no poder atender siquiera esa función. Y como esas otras muchas funciones que, en la medida en que la familia y las asociaciones no están para resolver, los individuos no verán caminos alternativos al Estado que interviene y participa en nuestra vida privada, ni perderán la costumbre de adularlo, admirarlo y percibirlo como un salvador, porque eso es lo que finalmente será para quienes se sientan aislados de esta manera.

En conclusión, no está mal contagiarse del espíritu de apoyo mutuo que promueven los anarcocomunistas siempre que los combinemos con principios económicos que permitan una adecuada coordinación y entendamos las importantes limitaciones que enfrenta la cooperación social exclusivamente solidaria, altruista o sin precios. Asimismo, debemos tomarle la palabra al conservadurismo, entendiendo que su objetivo es evitar la formación de individuos aislados y desprovistos de valores y redes de apoyo que hagan menos tentador la idea de un Estado organizador y regulador de masas indiferenciadas. Y, por último, las sociedades de apoyo mutuo formalizadas a través de contratos o articuladas informalmente, si son libres y voluntarias, estarán sujetas a los principios del mercado y podrán atender espontánea y empresarialmente algunos aspectos complicados de la asistencia social, la provisión de salud, seguridad y cualquier tipo de servicio complejo que pueda beneficiarse de la solidaridad y la codependencia entre sus miembros.

Bibliografía

Hidaka, B. H. 2012. ´´Depression as a disease of modernity: explanations for increasing prevalence´´. Journal of affective disorders´´ 140(3), 205-214.

Kropotkin, P. 2012. El apoyo mutuo: Un factor de la evolución. Madrid, España. Editorial Dharana

Nisbet, R. 2010. The Quest for Community. Delawere, USA. ISI Book.

Rockwell, L. 2010. Libertad de Asociación. Wenzel, R. 2012. Libertario en 30 días. Mises Hispano

Rosling, H. 2019. Factfulness. Flammarion.


[1] Para Robert Nisbet la alienación es “el estado mental que puede encontrar un orden social cómo remoto, incomprensible o fraudulento; más allá de la esperanza o el deseo real; invitando a la apatía, el aburrimiento o incluso la hostilidad. El individuo no sólo no se siente parte del orden social, sino que ha perdido el interés por formar parte de él” (p.20).

[2] Afirmación sobre la que hay que tomar en cuenta las complicaciones metodológicas propias del fenómeno clínico.