Ir al contenido principal

Etiqueta: Teoría del valor

¿Es el valor de cambio un valor de uso? I

En una teoría se pueden utilizar las definiciones que se consideren oportunas con el propósito de explicar la realidad de la mejor manera posible. Teniendo esto en consideración, podríamos definir el valor de uso de manera que el valor de cambio sea un valor de uso más, si consideramos que esto va a explicar mejor la realidad.  

Esta manera de definir el valor de uso podría ser conveniente a la hora de explicar el dinero o cualquier otro objeto que solo sirva para realizar intercambios. Después de todo, no  deja de ser un poco extraño decir que un dinero que solo sirva para intercambiar no tiene ningún valor de uso, pues transmite la idea de que no sirve para nada cuando la realidad es que se usa para facilitar el intercambio, que es una de las necesidades más importantes, sino la más importante, en una economía altamente especializada.

Sin embargo, establecer que el valor de cambio es un valor de uso nos lleva al problema de vaciar de contenido esta diferenciación del valor, porque si el valor de cambio es un valor de uso, entonces todo valor es de uso.

Menger distinguió el valor de uso como el valor de aquellos bienes económicos que satisfacen necesidades de manera directa, y valor de cambio el de aquellos bienes económicos que satisfacen necesidades de manera indirecta.  Pero en cualquier caso son dos manifestaciones del mismo fenómeno: El valor. 

Respecto a lo anterior, cabe destacar que valor de uso y de cambio son en cierto modo contrarios. Aunque pueden coexistir simultáneamente, una vez decidimos intercambiar un bien, ya no es posible utilizarlo. Cierto es que podemos vender una vivienda y seguir habitándola como inquilino―, pero en ese caso nuestro bien económico ya no es la vivienda física, sino el derecho de arrendamiento que se adquiere a cambio de una contraprestación periódica.  Es decir, no podemos sorber y soplar al mismo tiempo.

A efectos dialécticos para el análisis en este artículo, podríamos rebautizar valor de uso como “valor directo” y el valor de cambio como “valor indirecto”.  Al hacer esto, vemos cómo afirmar que un bien tiene valor directo porque tiene valor indirecto es verdaderamente confuso. Habría que abandonar esta estructura conceptual Mengeriana.

En mi opinión, la solución para poder mantener la estructura conceptual de Menger sería rescatar el término “utilidad” tal y como él lo definió, sin mucho éxito por cierto.  Su definición es que todo aquello que satisface una necesidad humana es útil.  Y esto es una cuestión independiente del valor, el aire que respiramos satisface una necesidad humana y en circunstancias normales no tiene ningún valor.

Pero la utilidad sí que puede ser una consecuencia del valor, de hecho todo aquello que tiene valor es automáticamente útil para el intercambio, y el intercambio es una necesidad humana. Como ya expliqué en este artículo, el valor de cambio puede surgir de la mera rareza que pueda alimentar una expectativa de escasez económica, tal y como sucedió con Bitcoin.

El fenómeno de Bitcoin abrió un interesantísimo debate sobre este asunto. Importantes economistas como Eugene Fama, Joseph Stiglitz, Paul Krugman, Steve Hanke, J.P. Koning o Xavier Sala i Martí, o prestigiosos financieros como Charlie Munger o Warren Buffet rechazaron y rechazan de plano Bitcoin precisamente por considerar que no tiene ningún valor de uso directo (o valor fundamental), y en su marco teórico no contemplan que ni el valor de cambio ni el valor especulativo puedan ser un valor de uso.

Y dentro de la escuela austriaca también corrieron ríos de tinta sobre si Bitcoin violaba el teorema de regresión de Mises por no tener ninguna utilidad ni ningún valor de uso antes de tener valor de cambio.

A la luz de todo lo anterior no cabe duda de que la ciencia económica enfrenta un serio problema teórico por resolver. Puede parecer razonable redefinir el valor de uso para incluir dentro de él al valor de cambio, pero esta estrategia no soluciona la dificultad de fondo. Difícilmente convencerá a los críticos, pues seguirán viendo en ello el razonamiento circular que intentó desenmarañar Mises: si el único valor de uso consiste en que alguien te lo compre a un precio igual o superior porque a su vez también espera venderlo a un valor igual o superior, entonces no se está explicando su valor, sino simplemente asumiéndolo.

Para resolver este problema no basta con una redefinición de términos, lo que necesitamos es poner estos términos en correcta relación con la causa esencial del valor, que no es otra que la escasez.

El error de estos economistas —el mismo que llevó a Mises a elaborar su teorema de regresión— consiste en considerar como requisito previo al valor la utilidad entendida como funcionalidad, es decir, como satisfacción directa de una necesidad distinta de intercambiar o especular (que en esencia lo mismo), de modo que el bien si o si debe tener valor previo por razón de esa otra utilidad.

Como señala Carlos Bondone, el único requisito especial e ineludible del dinero para que satisfaga la necesidad de intercambiar es que sea un bien económico, es decir, que sea escaso.  El dinero sólo puede desempeñar su función, solo puede satisfacer la necesidad de intercambiar si tiene valor. Y si no es escaso, no puede tener valor.

El anterior requisito no es solo aplicable al dinero, sino a cualquier otro bien que solo sirva para intermediar intercambios o para especular con el valor.  En el caso de Bitcoin se ve claro: Si por cualquier razón dejara de ser escaso, si por ejemplo la cantidad fuera ilimitada, dejaría de tener valor, y como consecuencia sería totalmente inútil para el intercambio.

En el caso de cualquier tipo de dinero moderno, podemos dejar fuera de este análisis su fricción en el intercambio —costes de asesoramiento, divisibilidad, etc.—, porque en cualquier caso será muy baja si asumimos que se tratará de dinero fundamentalmente inmaterial o “digital”. Dicho esto, aunque la escasez es condición necesaria, por sí sola no sería suficiente para que un bien sea útil como dinero. Para ello, debería darse un grado de “escasez estable”, es decir, que los agentes anticipen que la dinámica de la cantidad resulte en que la oferta se adapte a las variaciones de la demanda, maximizando así la estabilidad de su valor.

Se podría sostener que estos bienes, que únicamente sirven para el intercambio, satisfacen de manera directa la necesidad de intercambiar y, conforme a la definición de Menger, ello constituiría un valor de uso. Sin embargo, esta interpretación genera confusión porque como decíamos vacía de contenido la distinción entre valor de uso y valor de intercambio. Una vez hacemos la distinción, es mucho más coherente adscribir la necesidad de intercambio al valor de intercambio que al valor de uso. 

También se podría defender que acumular un bien líquido como colchón de seguridad constituye un valor de uso por dos razones: primero, porque aporta un servicio de seguridad frente a la incertidumbre económica; y segundo, porque no se desea intercambiar el saldo de ese colchón. 

Sin embargo, del mismo modo que poseemos extintores con la esperanza de no tener que utilizarlos nunca, y que estos no proporcionan seguridad en abstracto sino que pretenden asegurar la posibilidad concreta de apagar un fuego en caso de incendio, un saldo de liquidez tampoco ofrece seguridad en abstracto, sino que pretende asegurar la posibilidad de intercambio. En definitiva, seguimos hablando de valor de intercambio.

Almacenar o atesorar un bien no es otra cosa que poseerlo por más o menos tiempo, y poseer está implícito en el concepto de valor o escasez. Nadie posee cosas sin valor. Además, el almacenamiento se puede interpretar como una forma de intercambio (intertemporal intrapersonal). 

La necesidad de intercambiar es, sin duda, una necesidad humana como cualquier otra, pero si nuestro marco teórico pretende diferenciar analíticamente valor de uso y de cambio, resulta más que lógico adscribir la necesidad de intercambio al ámbito del valor de cambio (intercambio ↔ valor de cambio). Y sin ningún problema podemos afirmar, asimismo, que los bienes económicos sin valor de uso y que solo sirven para el intercambio, son útiles.

La clave, por tanto, no consiste en redefinir las categorías de valor, sino en comprender que la condición para que un bien tenga valor es la escasez; que la utilidad no constituye por sí sola causa suficiente; y que, por el contrario, la utilidad —entendida como funcionalidad—  puede ser consecuencia del valor.

¿Es la utilidad un requisito previo al valor?

Hoy voy a hacer un paréntesis en la serie sobre la cardinalidad, para tratar una cuestión que llevo ya un tiempo analizando. Se trata del concepto de escasez económica como causa única del valor, al margen de la utilidad. 

Desde un punto de vista práctico creo que es un asunto muy interesante que puede servir para aportar una mejor explicación teórica a fenómenos especulativos que nos suelen producir rechazo o incluso nos cuesta comprender hasta el punto de calificarlos como irracionales.

Por poner ejemplos reales voy a referirme a obras de “arte” moderno que deliberadamente no eran tales, como los cuadros pintados por un chimpancé en 1964 que se vendieron por unos 650 dólares actuales, a ciertas criptomonedas como Dogecoin, y también a Bitcoin. 

En el caso de Bitcoin y otras criptomonedas, es interesante que algunos Bitcoiners critiquen duramente a Dogecoin y otras “shitcoins” por ser especulativas y sin utilidad más allá de encontrar a alguien que te pague más de lo que tú pagaste por ellas. Pero cuando personalidades como Warren Buffet o Steve Hanke critican a Bitcoin exactamente por lo mismo, montan en cólera defendiendo a Bitcoin.  Pero claro, si Bitcoin no sirve para otra cosa que para comprarse y venderse, ¿no aplicaría a los Bitcoiners el dicho de “le dijo la sartén al cazo…”? Lo intentaré responder al final del artículo.

La utilidad no es condición suficiente

Pues esto es lo que quiero analizar y explicar hoy. Antes de responder a la pregunta que titula este artículo, podemos afirmar con total tranquilidad que la utilidad no es una condición suficiente para que exista valor. No hay nada más útil que el aire que respiramos y no tiene ningún valor económico. Visto que no es condición suficiente, ¿es condición necesaria en el sentido de requisito previo al valor?  Para responder a esta pregunta, cómo no, voy a recurrir a los Principios de Economía Política de Carl Menger. 

Uno de los logros históricos de esta obra es explicar la causa del valor, y el  concepto clave que maneja Menger para investigar esta cuestión tan importante es la necesidad humana en relación con la cantidad disponible del objeto que puede satisfacer dicha necesidad. Muy resumidamente podemos decir que mientras no haya cantidad suficiente de un objeto para satisfacer una necesidad, el objeto es escaso y por tanto tiene valor en proporción a la importancia que para nosotros tenga la insatisfacción. Y podemos resumir el concepto de utilidad de Menger como la capacidad de un objeto para satisfacer una necesidad humana.

Si el objeto satisface una necesidad será porque le reconocemos cualidades intrínsecas para satisfacer esa necesidad, ¿no? Por ejemplo, el pan satisface la necesidad de alimentarnos. Pero, ¿Es posible que existan objetos que satisfagan necesidades solo bajo el requisito previo de ser escasos?

Utilidad frente a escasez

Mi respuesta es un rotundo sí. Esto es así para los objetos cuya única utilidad es ser medios de intercambio indirecto, y la demostración es muy sencilla. Si por ejemplo Bitcoin fuera útil independientemente de su escasez y por la razón que fuese aumentara su cantidad de manera ilimitada, dejaría de tener valor pero tendría que seguir siendo útil. Y esto claramente no es así. Si Bitcoin no tiene valor, deviene totalmente inútil para el intercambio. El pan no, el pan seguirá siendo útil aunque lloviera del cielo y dejase de tener valor económico. 

Antes nos hemos preguntado por “objetos que satisfagan necesidades solo bajo el requisito de ser escasos”. Y aunque considero que el ejercicio mental del párrafo anterior resuelve toda posible circularidad, es pertinente considerar que el concepto de escasez implica si o si demanda, y nadie demanda cosas inútiles.  Bien, esa utilidad aunque sea entendida como la capacidad de satisfacer la necesidad de intercambiar en el futuro, ciertamente tiene que existir aunque sea como una consecuencia esperada. Y en ese caso la utilidad sería empresarial o especulativa y condicionada a la escasez, a la futura relación cuantitativa entre la cantidad total del objeto y cantidad que potencialmente se especula que se podría necesitar. 

La expectativa de utilidad futura no implica “utilidad presente” en un sentido estricto, sino valor presente. Pretender que la utilidad futura es utilidad presente sería como decir que los futuros peces que esperas obtener y que imputas al valor presente de una caña de pescar, existen en el presente. No, los peces no existen, lo que existe es el valor presente de esos peces futuros, que proyectamos en la caña.  

El “billete de lotería”

Si otros agentes llegan a la misma conclusión que yo y acaban otorgando valor presente a un objeto como potencial medio de intercambio, entonces aparece por fin la utilidad para intermediar intercambios. Pero esa utilidad aparece una vez que escasea el objeto. Es consecuencia, no causa.

Si no aparece ningún otro agente que llegue a la misma conclusión y el coste de poseer el objeto es muy bajo o casi nulo, yo podría poseer el objeto indefinidamente aunque no se cumpliera en plazo mi expectativa de escasez, debido a que la ecuación coste beneficio puede seguir siendo muy positiva aunque el beneficio sea muy improbable, porque el coste es ínfimo.

Esta última demanda a modo de “billete de lotería” se justifica con el valor presente (no con utilidad presente). Es una demanda del todo racional y empresarial y salvo que el demandante exprese claramente otra cosa, no veo pertinente que el economista asigne causas a su criterio unilateral como el coleccionismo o el cariño, que si bien se pueden dar, son cuestiones psicológicas complejas que no solo quedan fuera del campo de especialización del economista, sino que además no le competen porque semejante precisión y detalle solo lo puede conocer el sujeto que valora. La explicación de la empresarialidad en anticipación a la escasez es más general pues abarca cualquier posibilidad, incluyendo la de coleccionismo y similares, y toda teoría que ofrece una explicación más general de manera satisfactoria y con menos excepciones ad-hoc, es una teoría superior.

Rareza y escasez

Como decimos, la demanda por “billete de lotería” es una razón natural y racional para demandar objetos raros o únicos, porque la probabilidad de que acaben siendo escasos es elevada. Debido a su cantidad limitada, a nada que se demanden serán escasos y por tanto hay una oportunidad de ganancia. Esa ganancia puede producirse porque se le descubra al objeto alguna utilidad de consumo. Pero también puede ser especulativa donde la utilidad sería una consecuencia esperada de la escasez. Ya que la especulación, el trasiego con el valor, si se acaba dando, también es útil. Especialmente en una economía altamente especializada donde la necesidad de traficar con el valor en el espacio y en el tiempo es descomunal.

¿Y qué es un objeto “raro”? Desde un punto de vista puramente físico, todo objeto material sería raro porque es imposible que existan dos objetos absolutamente idénticos.  Desde un punto de vista económico lo relevante para lo que estamos analizando aquí es que sea muy fácilmente identificable y distinguible de manera que facilite mucho la coordinación espontánea en torno a él. Es decir, un Punto Focal.

El ejemplo de la wikipedia ilustra magníficamente como el cuadro rojo es el punto focal por el mero hecho de distinguirse muy claramente de los demás. No sería así, por ejemplo, para los granos de arena del desierto que son para nosotros difícilmente distinguibles por mucho que cada uno de ellos sea físicamente único analizado al microscopio. 

Bitcoin: distinguible y delimitable

El objeto raro puede ser una unidad, como un cuadro de arte moderno muy distinguible aunque su valor ornamental o artístico sea nulo o muy dudoso, o un conjunto fungible de unidades como es el caso del oro o de Bitcoin. Es preciso tener en cuenta que la “rareza” (en realidad ya hablaríamos de escasez) también puede ser inducida vía acaparamiento. Esto parece bastante claro en el caso de Dogecoin, Shiba Inu o Ripple. Nos puede parecer injustificado el valor de estas shitcoins, pero es un hecho indiscutible que una hábil y deliberada gestión de la escasez puede generar mayor valor aunque sólo sea temporalmente, a costa, eso sí, de intensificar el carácter de activo financiero del objeto al “centralizarse” en el acaparador.

Cabe distinguir entre el concepto de Punto Focal que presentó Thomas Schelling en 1960 y el concepto de concurso de belleza que presentó Keynes en 1936.  El concepto de Schelling llega al fondo de la cuestión y nos proporciona un por qué: La distinguibilidad y delimitación del objeto, las cualidades del punto focal para servir como elemento de coordinación, mientras que Keynes se queda en el argumento circular de intentar anticiparse a lo que otros van a hacer.

Aplicando el concepto de punto focal a Bitcoin, su distinguibilidad y delimitación es muy destacable porque de manera muy sencilla y barata cualquiera puede identificar y delimitar tanto el conjunto total de unidades de Bitcoin como cada unidad en particular. Además, tiene otra serie de propiedades como la facilidad de transporte, atesoramiento, divisibilidad, etc.

NFTs

Estas propiedades no lo hicieron útil porque sin la escasez no sirven para nada, pero es más que probable que los primeros demandantes las tuvieran en cuenta anticipándose a que otros agentes también las apreciaran posteriormente, y las probabilidades de devenir en escaso fueran mayores. Pero a lo sumo serían causas coadyuvantes que no son ni suficientes ni necesarias, pues pueden existir objetos valiosos destinados exclusivamente al intercambio de pobre vendibilidad. Por ejemplo que sean poco divisibles como los NFTs, o no tan fáciles de transportar como cualquier objeto físico que solo sirva para intercambiar. 

Considero también importante analizar la persistencia en el tiempo de un Punto Focal y ver hasta qué punto se puede reemplazar por otro mejor. Un punto focal genera efecto red, y el efecto red realimenta a su vez al punto focal. Pero en mi opinión el efecto red no aguantaría mucho si un competidor representa un punto focal significativamente mejor.  Bien es cierto que si la necesidad de unificación no es crucial, los puntos focales no tienen porqué ser excluyentes, y el mercado puede utilizar varios de manera simultánea.  

Pero volviendo a la posibilidad de reemplazo, hay puntos focales que dada su simplicidad, una vez concebidos es difícil que otro candidato pueda desbancarlos o que “les robe cuota de mercado”. Tal es el caso de nuestro abecedario o de los numerales indoarábigos posicionales de nuestro sistema numérico. Y también podría ser el caso de Bitcoin frente a otros candidatos sí, nótese el condicional, lo que al mercado le importa sobre todo fuera el carácter de conjunto fijo de unidades de un activo real digital. 

Punto Focal

Esta simplicidad no se debe confundir con el concepto de first mover, pues la simplicidad genera un punto focal muy persistente. Ser el primero en llegar no significa mucho si se trata de un punto de coordinación complejo que puede se puede mejorar ampliamente. Eso sucedió con la red social msn o con el estándar Betamax. El efecto red que se consiguió por ser el primero se viene abajo fácilmente ante una alternativa significativamente superior. También puede pasar, ojo, que los sistemas simples queden superados, pues los numerales indoarábigos predominan hoy porque doblegaron al anterior punto focal que ostentaban los numerales romanos. Pero en los sistemas simples es en principio más difícil y menos frecuente que suceda el reemplazo.

En conclusión, la utilidad no es la causa del valor. A lo sumo es una condición coadyuvante, pero no es ni condición necesaria ni suficiente. Es la escasez económica lo que determina si un objeto es valioso o no. Y en particular para los objetos que solo sirven para intercambiar es muy relevante el carácter de Punto Focal. La delimitación y distinguibilidad de un objeto es crucial para traficar con el valor utilizando ese objeto como elemento de coordinación. Este carácter de Punto Focal puede ser más o menos persistente en el tiempo según lo difícil que sea que otro Punto Focal lo desbanque. Y este carácter de Punto Focal y su persistencia es en mi opinión una explicación perfectamente racional de los fenómenos puramente especulativos. 

De nuevo, Mises no comprendió a Menger (III): unidad de medida

Al hilo del artículo anterior de esta serie y con el objetivo de no perder de vista la relevancia de la cuestión que estamos tratando, vuelvo a insistir en la importancia política y social de este análisis. Una buena teoría del valor es esencial para minimizar las interferencias políticas que dificulten el buen funcionamiento de un mercado libre. Por el contrario, una teoría del valor que sea difícil de demostrar o que no explique bien la realidad no podrá evitar que otras teorías se impongan y puedan utilizarse para justificar regulaciones perjudiciales para la cooperación social, como es el caso de los controles de precios de alimentos o alquileres, asuntos de rabiosa actualidad.

Habíamos dejado pendiente para hoy tratar el problema de la inconstancia de la unidad de medida. No cabe duda de que tener una unidad de medida constante y universal es extremadamente conveniente a la hora de medir. Tanto es así, que una cuestión importante en la historia de las unidades de medida ha consistido en ir convergiendo hacia estándares, desde los pasos hasta el metro pasando por el codo o el pie.

Pero históricamente y hasta que llegó esa estandarización, las unidades de medida eran de lo más variadas y variables. De hecho, hasta se utilizaban unidades de medida cuya magnitud variaba de una transacción comercial a la inmediatamente siguiente, y el mayor o menor tamaño de la unidad de medida era un factor más al negociar los términos de la transacción. En ocasiones, el motivo de la variabilidad de la unidad de medida física tenía el objetivo de mantener los precios constantes, por ejemplo para camuflar la inflación, o para ocultar el interés de un préstamo (Kula, 1986 p.103).

Medición del valor: Carl Menger y Ludwig von Mises

En España tenemos el caso de las fanegas de tierra como unidad de superficie, cuya magnitud era distinta dependiendo de la región, o más inconstante aun el ferrado en Galicia que cambiaba de municipio a municipio. Por lo tanto, que la unidad de medida no sea constante no nos impide medir. Tampoco que la medición no sea muy precisa. Muy a menudo no merece la pena el esfuerzo de medir con una gran precisión y es suficiente con llegar a una precisión razonable.

Sobre la precisión o exactitud de las mediciones, cabe contrastar el siguiente ejemplo de Ludwig von Mises con el ejemplo de los granjeros de Carl Menger:

Supongamos que A posee tres peras y B dos manzanas, y que A valora la posesión de las dos manzanas más que la de las tres peras, mientras que B valora la posesión de las tres peras más que la de las dos manzanas. Sobre la base de estas valoraciones puede surgir un intercambio en el que se den tres peras por dos manzanas. Es evidente que la determinación de la numéricamente precisa relación de cambio 2:3, tomando cada fruta como unidad, no presupone que A y B sepan exactamente en cuánto excede la satisfacción prometida por la posesión de las cantidades que se adquieren por el cambio a la satisfacción prometida por la posesión de las cantidades que se entregan.

Ludwig von Mises (1997), p 13.

Aunque Mises describe primero las valoraciones, en realidad está partiendo del precio de intercambio y de ahí infiere que A valora más las manzanas que las peras, y viceversa en el caso de B. Menger, por el contrario, determina cuantitativamente en primer lugar las valoraciones de los granjeros, y en todos los intercambios el precio es una vaca por un caballo cuando las valoraciones de un bien duplican o triplican las del otro. Es decir, Menger determina cuantitativamente cuánto más vale un bien que el otro.

“Exactamente”

Pero me quiero centrar en la palabra “exactamente” en esta afirmación de Mises: “no presupone que A y B sepan exactamente en cuánto excede la satisfacción prometida”. Ninguna medición ni comparación es exacta, tampoco en las ciencias naturales tal y como explica Menger en su libro El Método de las Ciencias Sociales:

Pretender someter la teoría económica pura a la prueba de la experiencia en su plena realidad es un procedimiento análogo al del matemático que quisiera legitimar los principios de la geometría mediante la medición de objetos reales, sin tener en cuenta que estos últimos no se identifican sin más con las magnitudes que supone la geometría pura, y que toda medición contiene necesariamente elementos de imprecisión.

Carl Menger (2006), p 45.

Siendo la ciencia económica mucho más compleja no tiene ningún sentido exigirle aquello que ni siquiera las ciencias naturales pueden cumplir. Pero sobre todo, no solo se trata de que ninguna medición  pueda ser exacta, es que muchas veces ni siquiera es necesario que lo sea. De hecho, no podemos negar que a menudo puede ser suficiente con determinar una preferencia sin molestarnos en cuantificar la diferencia, si cuantificarla no nos aportase nada. Como bien explicó Bohm-Bawerk, también economizamos el proceso de valoración y apuramos al nivel de precisión suficiente, pues no tendría sentido económico que el coste de ser precisos sea mayor que lo que se pueda ganar gracias a esa precisión.

En otras palabras, cuando hablamos de que un bien vale el doble o triple que otro no es  necesario que se trate de una proporción exacta. Como tampoco es exacta, por ejemplo, la cuantificación cardinal de horas de un viaje en coche y aun así nos puede servir perfectamente para planificar un viaje para llegar al destino antes de la hora de comer o antes de que anochezca.

Unidad de medida o de referencia

En lo que respecta a los requisitos generalmente aceptados que en la actualidad debe cumplir una unidad de medida, es que sea constante en el tiempo y que sea neutral. Según lo anterior una unidad de medida inconstante no sería tal, pero eso no impide que, sin llamarla unidad de medida, podamos usar una unidad de referencia para cuantificar cardinalmente la magnitud del objeto a medir mientras esta unidad de referencia no cambie durante el acto de medición. Lo que sí es un requisito indispensable es que la unidad de medida sea neutral, es decir, que el objeto que usamos para medir no altere la magnitud del objeto que estamos midiendo. 

Un ejemplo sencillo de esta falta de neutralidad es utilizar la variación del volumen del mercurio para medir la temperatura del agua. Si la cantidad de mercurio es significativa con respecto al agua, la temperatura del mercurio podría influir en la del agua y alterar la medición. De nuevo, esta falta de neutralidad sólo es relevante si la alteración es significativa a efectos prácticos.

Expuesto lo anterior, en la medición del valor nos enfrentamos a la situación de que cada acto de valoración es distinto según cambian nuestras circunstancias, necesidades y previsiones, que de hecho cambian constantemente. Pues bien, en el marco de la teoría del valor subjetivo la vía más natural de darle consistencia teórica a la unidad de referencia para cuantificar el valor es utilizar la unidad marginal, que si bien no es constante de un acto de medición a otro, si que es neutral.

Vacas y caballos

Volviendo al ejemplo de las vacas y los caballos de Menger, la unidad de referencia sería el último caballo o vaca útil de los granjeros. En el primer intercambio, la unidad marginal de los bienes que poseen los granjeros es la quinta, que Menger representa con un valor de 10. Después de entregar las unidades sexta y quinta de valor “0” y “10” respectivamente, en el tercer intercambio la unidad marginal ya vale “20”. En esta secuencia que expone Menger podemos ir viendo que el valor de la unidad marginal es concreta y determinada en cada intercambio, pero varía después de cada intercambio, pues la escasez de vacas o caballos para cada granjero varía al intercambiar. 

Pero antes de continuar, ¿Qué magnitud implica “20” referido al valor de un caballo?  Pues no lo sabemos y es totalmente irrelevante de la misma forma que ni sabemos ni es relevante cual es la magnitud absoluta de un metro.  Lo relevante es la proporción de valor entre la unidad marginal del caballo en relación a las otras unidades de caballos, o en relación a la unidad marginal de las vacas.

Utilizar la unidad marginal como unidad de referencia es exactamente lo que hace Menger cuando dice que una vaca vale el doble o el triple que un caballo, expresando el valor de la unidad marginal de las vacas en términos de la unidad marginal de caballos desde la perspectiva subjetiva de uno de los granjeros. 

Carlos Bondone

Tal y como propone Carlos Bondone, para ni siquiera dar pie a que alguien pueda interpretar que “20” es una magnitud real de valor, es mucho más claro representar siempre el valor de la unidad marginal con un “1” (Bondone 2024 p. 62), y en cada acto de valoración ya sean las unidades del mismo bien o las unidades de otro bien las representaremos en proporción a ese 1, que es lo que hace Menger cuando habla de doble o triple.  Así, diremos que el cuarto caballo vale 2 con respecto al quinto (el doble que el quinto), o que la tercera vaca vale 3 con respecto al quinto caballo (el triple que el quinto caballo).

En su libro La Acción Humana, Mises niega tajantemente la posibilidad de hacer este tipo de operaciones aritméticas. La siguiente referencia parece un reproche velado a las proporciones aritméticas de valor que utiliza Menger en su ejemplo de las vacas y caballos:

En la esfera del valor y las valoraciones no hay operaciones aritméticas; en el terreno de los valores no existe el cálculo ni nada que se le asemeje. El aprecio de las existencias totales de dos cosas puede diferir de la valoración de algunas de sus porciones. Un hombre aislado que posea siete vacas y siete caballos puede valorar en más un caballo que una vaca; es decir, que, puesto a optar, preferirá entregar una vaca antes que un caballo. Sin embargo, ese mismo individuo, ante la alternativa de elegir entre todos sus caballos y todas sus vacas, puede preferir quedarse con las vacas y prescindir de los caballos.

Ludwig von Mises (2011), p 146.

Curvas de utilidad discretas (pero cardinales)

Creo que cualquiera de nosotros puede refutar a Mises por simple introspección, realizando el sencillo ejercicio de calcular cuánto más valen dos monedas de oro con respecto a una. Todos podríamos calcular de inmediato que dos monedas de oro tienen un valor del doble que una moneda de oro a efectos prácticos, bajo la premisa de que la utilidad marginal del oro decae muy lentamente y lo natural es pensar en dos y no en un enrevesado e inútil decimal muy próximo a dos. Se excede sobremanera Mises al negar de manera tan tajante que el ser humano no realiza operaciones aritméticas para calcular valores.

Sobre el dilema de preferir todas las vacas a todos los caballos, esto se explica de manera muy sencilla con matemáticas. Si el área que encierra la curva de utilidad marginal de las siete vacas (la utilidad total) es mayor a la de los caballos, es lógico que el granjero prefiera todas las vacas. Pero esto no entra en contradicción con que el séptimo caballo sea más valioso que la séptima vaca, ya que la utilidad marginal de las vacas puede decaer más rápido que la de los caballos.

Cabe señalar que en línea con lo explicado anteriormente sobre la exactitud, las curvas de utilidad no tienen porqué ser continuas. Pueden ser continuas desde un punto de vista ilustrativo y aportar una mayor claridad teórica, pero podemos asumir que en la práctica estas curvas son discretas. Es decir, que aun siguiendo el modelo continuo, en la práctica sólo existirían en la curva los valores que son económicamente significativos para el sujeto que valora. Seguiríamos dentro del contexto de lo cardinal. Discreto, pero cardinal.

Las matemáticas

Visto todo lo anterior, el andamiaje teórico que nos legó Menger no tiene por qué implicar renunciar a la aritmética cardinal ni a un modelo matemático simplificado de curvas de utilidad marginal que representen las valoraciones. Ahora bien, cabe preguntarse si  semejante modelo es útil teóricamente, porque suavizando un poco la posición de Mises podríamos admitir que el valor es una magnitud cardinal, pero que es suficiente con el orden.

Un mero orden de preferencias puede explicar intercambios de poca importancia donde no vale la pena cuantificar la diferencia entre las preferencias. Pero una buena teoría debe ser capaz de explicar la generalidad de los intercambios y sus precios, y una mera  preferencia que no da cuenta de la diferencia en la intensidad de valor no explica los precios. Diferencias de intensidad que Mises reconoce que existen. Crusoe puede necesitar más un litro de agua que un kilo de pescado, y necesitar mucho más un kilo de pescado que un kilo de resina. Pero el mero orden de necesidades no explica por qué la diferencia de valor entre el pescado y la resina es mucho mayor que entre el agua y el pescado, en términos del esfuerzo que Crusoe está dispuesto a entregar a cambio (precio). 

La realidad es que Crusoe es perfectamente consciente de estas diferencias, pues él  mismo las ha determinado. Y si estas diferencias son importantes para él, las puede cuantificar cardinalmente con mayor o menor precisión para planificar cuanto tiempo está dispuesto a entregar a cambio de obtener cada uno de esos bienes.

El ejemplo de McCulloch

Una posible forma de explicar estas diferencias en el ámbito de lo ordinal es la que analiza McCulloch modelando cambios incrementales que ilustraré de la siguiente manera (McCulloch 1977, p. 275): 

Crusoe prefiere un litro (o kilo) de agua a un kilo de pescado, y también prefiere un kilo de agua a 1,1 kilos de pescado. Sin embargo prefiere 1,2 kilos de pescado a 1 kilo de agua. Esto implica que para Crusoe el valor de un kilo de agua se encuentra entre 1,1 y 1,2 kilos de pescado.

Pero McCulloch concluye que este modelo no corrobora la ordinalidad. Todo lo contrario, el modelo demostraría que las preferencias son realmente cardinales e incluso cuantificables con bastante precisión, pues somos capaces de determinar una proporción aritmética bastante exacta entre el valor del agua y del pescado. Y a la conclusión de McCulloch yo añado que como el acto de medición es siempre relativo de una cosa con respecto a otra, el caso de los bienes poco divisibles como un automóvil no es un problema porque su valor siempre puede expresarse en términos de bienes divisibles.

Habrá notado el lector que he evitado utilizar el término “unidad de medida” para referirme a la unidad marginal, por el hecho de no ser constante. Ahora bien, si dispusieramos de un bien cuyo valor fuera razonablemente estable a efectos prácticos, entonces sí podríamos utilizarlo como unidad de medida del valor en el sentido de lo que hoy día entendemos por unidad de medida (constante y neutral). El candidato obvio para esta función sería el dinero, pero esto ya sería una cuestión para otro artículo.

Medición relativa, no absoluta

En conclusión, hemos podido ver como constreñir la teoría del valor a un modelo estrictamente ordinal no permite explicar la variabilidad de los precios. Y admitir que el valor es una magnitud intensiva, una cualidad del bien, para luego afirmar tajantemente que dicha magnitud no puede cuantificarse no ayuda en nada para salir de este marco tan restrictivo. No debemos perder de vista que el fenómeno del valor es de una importancia crucial en la ciencia económica. Tanto es así que podemos decir que el objeto de la ciencia económica es el estudio del valor (Bondone 2024, p.16), esto es, de los recursos escasos. La teoría estrictamente ordinal del valor se sabotea innecesariamente a sí misma al renunciar a cuantificar el valor y arrinconarlo en la oscuridad como una magnitud inescrutable.

Hemos explicado también que todo proceso de medición es siempre relativo. No existen las magnitudes absolutas. Y que para el proceso de medición si bien es indudablemente muy conveniente disponer de un patrón objetivo o unidad de medida constante, no es en absoluto un elemento imprescindible para poder medir. También hemos explicado que ningún proceso de medición es exacto y que a menudo nos basta con una precisión razonable. Tanto la falta de un patrón objetivo como la imprecisión no son problemas exclusivos de la ciencia económica. Se pueden dar igualmente, y se dan o se han dado, en el ámbito de las ciencias naturales, y en ninguno de los dos casos son argumentos que permitan concluir que una magnitud no es cardinal.  

Bibliografía
Serie De nuevo, Mises no comprendió a Menger

(I) Ordinal vs. cardinal

(II) Tampoco Hayek

Serie Mises no comprendió a Menger

IIIIIIIV

De nuevo, Mises no comprendió a Menger (II): tampoco Hayek

Continuando con el artículo anterior de esta serie, en primer lugar quisiera recordar la importancia política y social de este análisis. Tener una buena teoría del valor que explique los precios es crucial para minimizar las injerencias políticas que dificulten la cooperación social. Una teoría que sea difícil de demostrar o que no explique bien la realidad no será lo suficientemente contundente y dejará vía libre a que otras teorías se utilicen para justificar intervenciones dañinas y así puedan imponerse legislativamente.  

En este sentido, la teoría del valor defendida por los autores austriacos más modernos como Ludwig von Mises, Friedrich A. Hayek o Murray Rothbard, tiene muy serios problemas al sostener tajantemente que la naturaleza del valor es ordinal. Pues en la “batalla” científica creo que este enfoque es atarse las manos a la espalda y ponerse grilletes en los pies al oscurecer innecesariamente la teoría afirmando que es imposible medir el valor. Y además no explica bien la realidad al negar, por ejemplo, que podamos hacer operaciones aritméticas relativas al valor. 

Afortunadamente no todos los autores austriacos tenían una visión ordinal del valor. Es el caso clarísimo de Eugene von Böhm-Bawerk a quien Mises le reprocha defender que el valor es cardinal y medible. Y aunque en este reproche Mises no incluye expresamente a Menger, también apunta a los “fundadores de la teoría subjetiva del valor”. Y por esta razón me he tomado la libertad de volver a utilizar el provocador título de “Mises no comprendió a Menger”. 

La crítica de Mises a Böhm-Bawerk

A continuación citamos la crítica que realiza Mises a los pioneros de la teoría del valor subjetivo y más específicamente a Eugene von Böhm-Bawerk:

No es raro que aquellos auténticos pioneros que no dudaron en abrir nuevos caminos para ellos mismos y para sus seguidores, rechazando decididamente anticuadas tradiciones y modos de pensar, retrocedieran ante las implicaciones de la rígida aplicación de sus propios principios. Cuando esto ocurre, los que vienen después tienen que emprender la labor de poner las cosas en su punto. Tal es el caso que nos ocupa.

Sobre el tema de la medida del valor, así como sobre otros varios estrechamente relacionados con él, los fundadores de la teoría subjetiva del valor se abstuvieron de desarrollar coherentemente sus propias doctrinas. Esto es especialmente aplicable a Bóhm-Bawerk. Por lo menos es particularmente sorprendente en él, ya que sus argumentos, de los que vamos a ocuparnos, pertenecen a un sistema que tiene todos los elementos de otra solución del problema, en mi opinión, más acertada, con tal de que su autor hubiera sacado de él las últimas consecuencias. (Mises, 1997)

Teoría del valor de Böhm-Bawerk

Uno de los objetivos de mi crítica a Mises y sus seguidores en esta serie, es dejar claro que las ideas de Mises no son necesariamente las de sus predecesores. Percibo muy a menudo que dentro de la escuela austriaca se tiende a asumir que Mises no contradice a sus antecesores, sino que los desarrolla siguiendo su misma línea sin contradicción alguna. Y no, esto no es así.

Y dice muy bien Mises que los que vienen después tienen que emprender la labor de poner las cosas en su punto. Si Mises cree que sus maestros estaban equivocados, la honestidad intelectual le debe llevar a cuestionarlos y ofrecer otra solución alternativa. Impecable actitud por su parte. Ahora bien, siguiendo ese razonamiento es labor de los que vienen detrás de Mises cuestionarlo a él también, ya sea para retomar el camino señalado por los pioneros anteriores a Mises, o para proponer otras alternativas distintas.

Como el cardinalismo de Böhm-Bawerk ya lo expone Mises claramente, aunque sea para criticarlo, no me voy a detener ahí. Böhm-Bawerk era sin ninguna duda cardinalista, así que en esta entrega vamos a centrarnos en demostrar que también Menger utilizó un enfoque indudablemente cardinalista en su obra principal Principios de Economía Política. Otros autores como Carlos Bondone, Ivan Moscati o anteriormente J. H. McCulloch ya señalaron la cardinalidad de Menger.

J. H. McCulloch sobre Menger

Dice McCulloch:

Un pasaje muy citado en Menger a menudo se utiliza como evidencia de que él era ordinalista, pero su significado es claramente cardinalista si lo leemos en contexto. Solo los economistas de la escuela austríaca posterior, como Mises, Bilimovic y Rothbard, pueden ser considerados como defensores firmes de una posición ordinal. (Traducción libre. McCulloch, 1977)

(Traducción libre. McCulloch, 1977)

Comencemos precisamente con ese tan citado pasaje de Menger, al que el mismísimo Hayek hace referencia en la introducción a Principios de Economía Política como prueba de que Menger era ordinalista:

No es necesario insistir en que las anteriores cifras no persiguen la finalidad de expresar numéricamente la magnitud absoluta, sino sólo la relativa de las correspondientes satisfacciones de necesidades. Si, por ejemplo, designamos con las cifras 40 y 20, respectivamente, la significación de la satisfacción de dos necesidades diferentes, con ello queremos decir simplemente que la primera tiene para el sujeto económico de referencia, doble significación que la segunda.

(Énfasis nuestro, Menger 2012)

Friedrich A. Hayek

Y esta es la interpretación de Hayek de este pasaje:

Aunque algunas veces habla de que el valor es mensurable, de sus explicaciones sedesprende claramente que lo único que pretende decir es que el valor de una mercancía cualquiera puede expresarse poniendo en su lugar otra mercancía del mismo valor. A propósito de las cifras que utiliza para mostrarnos la escala de utilidad, dice expresamente que no sirven para marcar la significación absoluta, sino sólo la relativa de las necesidades (Capítulo V – 3). Los ejemplos que pone permiten ver, ya desde el primer momento, que no está pensando en números cardinales, sino en ordinales (Capítulo III – 2) (Menger 2012)

Friedrich A. Hayek. Introducción a Principios de Economía de Carl Menger.

En primer lugar, no tiene ningún sentido afirmar que Menger no mide porque sólo pretende expresar el valor de una mercancía en términos de otra, cuando medir consiste precisamente en eso: en expresar la magnitud de una cosa en términos de otra. Y en segundo lugar, que una magnitud no sea absoluta no implica que no sea cardinal. Cuando Menger se refiere a las cifras 40 y 20 no se refiere a su orden relativo, es decir, que 40 es ordinalmente más importante que 20. Lo que dice, ¡literalmente!, es que 40 es el doble que 20. Es una relación proporcional y cardinal de magnitud, no de orden.  Lo que aquí trata de aclarar Menger es que la cifra 40 en sí misma no mide nada, que su propósito es únicamente representativo para poder compararla aritméticamente con otra cifra.

Vacas y caballos

Por si el lector pensara que se trata de un lapsus o una mera informalidad aislada a la hora de expresarse por parte de Menger, el anterior no es el único pasaje donde Menger utiliza la aritmética cardinal. En el ejemplo de las vacas y los caballos también dice lo siguiente:

Para mayor claridad, daremos una expresión numérica a la anterior relación. Podremos entonces expresar la significación escalonada de la satisfacción de las necesidades antes mencionadas mediante una serie de cifras, que van descendiendo en proporción aritmética, por ejemplo, según la serie: 50, 40, 30, 20, 10, 0

[..]

En efecto, para A un caballo sigue teniendo menor valor que la posesión de una nueva vaca (10 el caballo, 30 la vaca), mientras que para B la situación es la opuesta: una vaca valdría 10, un caballo 30 (es decir, tres veces más).

(Énfasis nuestro. Menger, 2012)

Aritmética cardinal

Como muy bien reitera Mises, en lo ordinal no cabe la aritmética cardinal. No tiene sentido hablar ni de proporción aritmética, ni del triple, ni de sumar ni de multiplicar (la aritmética ordinal también existe, pero no tiene nada que ver con la cardinal). Y vemos cómo Menger si que trabaja claramente con aritmética cardinal, véase también este otro pasaje donde Menger suma los incrementos de valor que obtienen las partes al intercambiar:

Llamemos A y B a las personas de referencia y designemos por 10a la cantidad del primer bien de que dispone A y 10b a la cantidad del segundo bien, de que dispone B. Llamemos W al valor que la cantidad 1a tiene para A. El valor que tendría 1b para A, caso de que pudiera disponer de él, equivaldría a W + x; llamaremos w al valor que 1b tiene para B y designaremos por w + y al valor que tendría 1a para B. Se ve entonces claro que mediante el traspaso de 1a de la disposición de A a la de B, y a inversa, de 1b de la disposición de B a la de A, éste ganaría el valor x, en tanto que B ganaría el valor y.

(Énfasis nuestro. Menger, 2012)

Quisiera resaltar que en absoluto cabe interpretar que cuando Menger habla de valorar un bien en términos de otro bien, es decir, que un caballo vale 3 vacas, esté hablando de precios. De ninguna manera. Cuando los granjeros valoran el triple el caballo que la vaca (o viceversa), no proceden a intercambiar tres a uno, sino uno a uno. El precio al que intercambian es un caballo por una vaca, que surge de las valoraciones totalmente distintas de tres a uno. No corresponde concluir que por el simple hecho de valorar un bien en términos de otro bien, sea alguno de los bienes dinero o no, estemos hablando de precios y no de valor.

No hay magnitudes absolutas 

Que las magnitudes de valor a las que se refiere Menger en el primer pasaje que hemos citado sean relativas y no absolutas no es nada distinto, por cierto, a lo que sucede en las ciencias naturales. Si por ejemplo la primera unidad de medida que se le ocurre utilizar al ser humano para medir distancias es un codo o un pie, ¿cuál es la magnitud absoluta de un pie? Ninguna. Podríamos cuantificar el pie en pulgadas, si, pero no salimos del problema ¿cuál es la magnitud absoluta de una pulgada? De nuevo, ninguna. 

Es muy cierto que en economía no existen las magnitudes absolutas de valor, pero es que tampoco existen las magnitudes absolutas en las ciencias naturales. Todo acto de medición es relativo por definición. La medición es una relación entre dos magnitudes: La magnitud a medir y la unidad de medida, y esta última puede ser cualquiera que consideremos conveniente. Cuestión diferente es la constancia de la unidad de medida, que si bien es indudablemente muy conveniente, no es un requisito necesario para poder medir.  El problema de la inconstancia de la unidad de medida lo abordaremos detalladamente en la siguiente entrega.

Una ilustración cardinal

Menger quiere aclarar que eligió, y vuelvo a citar literalmente: “por ejemplo, según la serie: 50, 40, 30, 20, 10, 0 ”, como podía haber elegido 0, 2, 4, 6, 8 y 10.  Advierte que no pretende afirmar que existan esas cifras en las mentes de los granjeros que intercambian vacas y caballos, de la misma forma que no existe ningún número absoluto en nuestra mente que represente la magnitud absoluta de un metro, lo que manejamos en nuestras mentes son vacas, caballos o metros. Menger solo pretende ilustrar proporciones cardinales relativas. Un caballo puede valer el doble que una vaca igual que una persona puede tener una altura del doble de un metro. Ni en el caso de la altura ni en el caso del valor manejamos magnitudes absolutas, la medida es siempre relativa de una cosa respecto a otra.

Esto lo aclara perfectamente Menger en otro pasaje donde nos explica que la medida del valor, y de cualquier otra magnitud, no es algo que pertenezca a la esencia de la cosa que queremos medir. La medida es un acto humano externo a las cosas, no está en las cosas. De la misma forma que un campo de fútbol no contiene metros ni yardas, el caballo tampoco contiene una utilidad de 2 vacas, sino que nosotros estimamos que en un momento concreto tiene para nosotros un valor relativo del doble con respecto a una vaca. Que lo expresemos a meros efectos ilustrativos como 2 a 1, 40 a 20, o 100 a 50 es, eso, una manera de ilustrar esta relación cardinal.

Determinación cuantitativa

Dice así el pasaje:

Knies reconoce —al igual que muchos de sus predecesores–  que el valor es el grado de utilidad de un bien para alcanzar los fines humanos. No puedo aceptar esta opinión tal como se la plantea, porque aunque es cierto que el valor es una magnitud que puede medirse, la medida no pertenece a su esencia, como tampoco forma parte de la esencia del tiempo o del espacio la circunstancia de que se les pueda medir

(Énfasis nuestro. Menger, 2012)

Y en el siguiente pasaje Menger nos explica que la medida de la significación de la satisfacción de nuestras necesidades es la importancia de dicha significación, y que dicha importancia se determina ¡cuantitativamente!  ¿Se puede ser más cardinal que esto?

En principio, y de forma directa, la satisfacción de nuestras necesidades sólo tiene para nosotros una significación que, en cada caso concreto, encuentra su medida en la importancia que para nuestra vida o nuestro bienestar tiene la correspondiente necesidad satisfecha. En un momento posterior trasladamos esta importancia —dentro de su determinación cuantitativa— a aquellos bienes concretos de los que sabemos que dependemos inmediatamente para la satisfacción de las necesidades de referencia, es decir, a los económicos del primer orden, a tenor de los principios expuestos en la sección anterior.

(Énfasis nuestro. Menger, 2012)

Lo cardinal incluye lo ordinal

Con respecto a todo lo anterior es importante tener en cuenta que lo cardinal incluye, lógicamente, a lo ordinal. Es decir, los números cardinales son un conjunto ordenado. Es evidente que de una valoración cardinal de distintos bienes podemos deducir  automáticamente un orden. De más importante a menos importante, y esto es lo que hace Menger en su famosa tabla. Pero de ahí no procede concluir que su exposición es estrictamente ordinal. Más bien todo lo contrario: La exposición es ordinal ¡porque es cardinal!  

Nótese además, que la implicación cardinal -> ordinal es de una sola dirección. Todo lo cardinal es ordinal por definición, pero no necesariamente al revés. En el turno de la cola de la pescadería no hay relación cardinal entre los ordinales “1º” y “2º”, solo hay orden. No cabe medir la diferencia de ninguna magnitud entre estos ordinales. Ni siquiera la diferencia de tiempo de llegada de los clientes, o la distancia física entre ellos, o que la intensidad de la prisa del segundo sea superior al del primero. Esta diferencias son nociones totalmente ajenas al concepto ordinal del turno. Al pescadero le dan exactamente igual esas diferencias, simplemente atenderá antes al primero que al segundo, nada más. En lo ordinal no hay magnitud ni intensidad, y si no hay magnitud no puede haber diferencia entre las magnitudes.

Magnitud intensiva

De hecho cabe decir que incluso Mises, que aboga radicalmente por el valor ordinal, reconoce claramente que el valor sí es una magnitud. Una magnitud intensiva no cuantitativa, pero magnitud al fin y al cabo. Cuando Mises dice magnitud intensiva se refiere a que dicha magnitud es una cualidad de la cosa, no una cantidad. Pero admite sin ningún problema que puedan existir diferencias de intensidad entre las valoraciones, y que son esas diferencias las que determinan su clasificación ordinal.

Lo que Mises niega es que dicha diferencia de intensidad pueda medirse y que por tanto sólo puede manifestarse al exterior de manera ordinal (prefiero el bien A al bien B). Por tanto, incluso Mises admite cierta cardinalidad “inmedible”, cardinalidad que simplemente no existe en el caso del primer y segundo turno de la cola de la pescadería, donde de ninguna manera cabe hablar de magnitud o intensidad, ni cardinal, ni medible, ni inmedible, ni cuantitativa, ni intensiva.

Dicho en otras palabras, para Mises es totalmente válido afirmar que un bien se valora muchísimo más que otro, aunque no pueda determinarse la diferencia. Que por ejemplo la diferencia de valoración entre el oro y la plata es menor que la diferencia de valoración entre el oro y el plomo. El plomo sería “mucho más Segundo” con respecto al oro que la plata, y estas diferencias de valor son relevantes e influyen a la hora de determinar los precios.

No hay magnitud ordinal

Pero insisto en que en lo estrictamente ordinal no cabe hablar de magnitud o intensidad alguna. No importa que quien te precede en el turno de la pescadería llegue un minuto o una hora antes que tú, o que tenga una prisa más intensa que la tuya. Tu segunda posición en la cola no guarda proporción o relación con ninguna magnitud ni intensidad, una vez eres segundo, eres segundo y ya está. Sin embargo, Mises sí contempla magnitudes de distinta intensidad, por tanto fracasa en su defensa de una estricta ordinalidad del valor y es incoherente al negar tajantemente la cardinalidad, porque en el marco de lo ordinal es totalmente improcedente hablar de magnitudes. Insisto de nuevo:  No existen las “magnitudes ordinales”, ni intensivas ni cuantitativas. 

Quisiera destacar que en la segunda edición de Principios de Economía Política que Menger estuvo revisando cuidadosamente durante décadas, los anteriores pasajes que hemos citado quedan inalterados. Es decir, después de presenciar aún en vida el debate entre Bohm-Bawerk y Cuhel, no modificó ni puntualizó ninguno de todas estos pasajes claramente cardinalistas. Incluso incorpora una nueva nota para aclarar el doble significado que en casi todos los idiomas atribuimos a la palabra valor. Utilizamos este término indistintamente tanto para referirnos al valor (subjetivo) como para referirnos al precio de un bien. Esta nota, es, en mi opinión un clarísimo apoyo a la postura de Bohm-Bawerk en el debate con Franz Cuhel sobre la medición cardinal del valor de un bien en términos de otros bienes.

Teoría del valor: comparación con otros bienes

Dicha nota dice así:

No podríamos entendernos con otros tratando cuestiones económicas si no pudiéramos distinguir la importancia a la que llamamos valor según su extensión y especificar su medida de una manera comprensible para los demás. Un medio inmediato (un tipo de medida) para medir el valor presupone un alto grado de abstracción, aunque el valor sea un fenómeno muy familiar; dado su carácter subjetivo, esta medida no sería absoluta y válida para todas las manifestaciones del valor y, por lo tanto, no serviría al propósito práctico que hemos definido.

Es natural, por lo tanto, que los seres humanos hayan intentado hacer comprender a los demás la significación de la importancia que ciertos bienes tienen para ellos, no a través de unidades de medida, sino mediante el valor que otros bienes tienen para ellos. Por lo tanto, en lugar de describir a una tercera persona la magnitud de la importancia que un bien tiene para nosotros, preferimos indicar otros bienes que ellos conocen y cuyo valor es igual, para nosotros, al de los bienes mencionados. De esta manera, los demás pueden entender la magnitud de la importancia que tiene para nosotros el bien del cual se quiere establecer el valor. Decimos así que un bien determinado vale para nosotros tanto como diez fanegas de trigo o treinta táleros.

(Traducción libre. Menger, 2013)

Unos bienes comparados con otros

Menger nos explica que cuando nos referimos al valor subjetivo, no al precio, lo hacemos también en términos de otros bienes. Esta cuestión la analizaremos con detalle en la siguiente entrega. Pero es importante darse cuenta que cuando pensamos que un bien vale para nosotros treinta táleros (“vale” en un sentido de valor subjetivo) no se trataría de un precio porque a igualdad de valor no hay ganancia en el intercambio. No tiene sentido económico intercambiar y por tanto nunca se llegaría a dar ese precio. En todo caso, si yo soy el dueño de ese bien, el precio resultante que podría resultar de esa valoración sería 31 táleros o más, pero nunca 30.

Hemos demostrado que la teoría del valor de Menger es cardinalista, y que para Menger el valor es medible. Así lo expone a lo largo de su obra, y además así lo afirma explícitamente. En la siguiente entrega abordaremos el problema de la inconstancia de la unidad de medida y trataremos de demostrar que el enfoque cardinalista explica mejor la realidad y que en lugar de arrinconar la magnitud del valor como algo oscuro e incognoscible, nos aporta luz a la hora de explicar la causalidad de los precios desde un punto de vista totalmente subjetivista y siguiendo fielmente el camino iniciado por Carl Menger.

Con este enfoque podremos superar el modelo dominante de oferta y demanda basado en costes para explicar los precios y abrimos además la posibilidad de corroborar matemáticamente la teoría del valor subjetivo, corroboración que en mi opinión lleva a cabo con gran éxito Carlos Bondone en su trabajo Teoría Económica Subjetiva Solidaria.

Bibliografía
Ver también

El lenguaje económico (II): las matemáticas. (José Hernández Cabrera).

Ordinalidad, cardinalidad, e intensidad de las preferencias. (Fernando Herrera).

Serie De nuevo, Mises no comprendió a Menger

(I) Ordinal vs. cardinal

Serie Mises no comprendió a Menger

IIIIII, IV

De nuevo, Mises no comprendió a Menger (I)

Al hilo de un artículo anterior sobre la medida del valor, hoy inicio una nueva serie sobre otra gran discrepancia entre dos de los autores más importantes de la escuela austriaca.  Esta discrepancia versa nada más y nada menos que sobre la teoría del valor.  En concreto, sobre el enfoque estrictamente ordinal por parte de Mises en contraposición a la visión cardinal por parte de Menger en lo que se refiere a la magnitud del valor y a la posibilidad de medirlo.

Quisiera resaltar, en primer lugar, el hecho evidente de que en nuestra experiencia individual del día a día no necesitamos que los economistas nos proporcionen una teoría del valor para poder valorar.  De la misma manera que los arqueros del neolítico no tuvieron que esperar a Newton para poder lanzar flechas con el ángulo y la fuerza precisa para acertar su objetivo, el consumidor, el contable o los empresarios realizan valoraciones continuamente independientemente de lo que teoricen o dejen de teorizar las distintas escuelas de pensamiento económico sobre el fenómeno del valor. 

Entonces, ¿Por qué es importante una buena teoría del valor? Si en el día a día nos las arreglamos perfectamente sin estas teorías, ¿Qué relevancia tiene si el valor son preferencias ordinales, o si es una magnitud cardinal, o si se determina subjetivamente u objetivamente según la cantidad de trabajo socialmente necesario? ¿Se trata acaso de una discusión bizantina para ratones de biblioteca sin ningún aporte práctico a nuestra vida cotidiana?

La crucial importancia de la cuestión del valor

Pues desde un punto de vista social y político tiene una importancia absolutamente crucial. En esta primera entrega voy a tratar de justificar la vital importancia que tiene una teoría que explique lo mejor posible el fenómeno del valor. Suscribo al cien por cien a Carlos Bondone que a su vez se adhiere a las palabras de Jevons, y que a su vez suscribía las palabras de J.S. Mill:

Casi toda la especulación relativa a los intereses económicos de una sociedad así constituida implica alguna teoría del valor: el más mínimo error en este tema inocula el correspondiente error en todas nuestras conclusiones restantes, y cualquier vaguedad o nebulosidad en nuestra concepción del mismo crea confusión e incertidumbre en todo lo demás.

John Stuart Mill

Es un hecho incontestable que los políticos utilizan la ciencia como justificación para legislar en un sentido u otro. Ejemplos de actualidad tenemos muchos, como por ejemplo las regulaciones relativas al cambio climático, que supuestamente están basadas en un amplio consenso científico. Este consenso científico se utiliza como argumento para determinar políticas fiscales de extracción de recursos a determinados individuos para dedicarlos a determinadas partidas presupuestarias, y no a otras. Es decir, se toma la decisión de dedicar recursos para prevenir el cambio climático que no se dedican, por ejemplo, a combatir la primera causa de muerte en el mundo como son las enfermedades cardiovasculares. Más nos vale, por tanto, que el consenso científico esté en lo cierto y se acaben salvando muchas vidas con estas decisiones.

Manipulación política del concepto de valor

No quiero caer tampoco en la ingenuidad de que, por muy buenas teorías que tengamos, los políticos no vayan a retorcerlas igualmente en función de sus intereses, o incluso influir en el ámbito académico para manipular el “consenso” científico hacia lo que les conviene. Pero esto no es excusa para dejar de trabajar en la dirección de tener la mejor teoría posible que dificulte al máximo la manipulación política. Por poner un ejemplo extremo, ya será difícil que los políticos decreten regulaciones sobre el tráfico aéreo basadas en que la tierra es plana. Hay teorías científicas que están tan establecidas que son ya prácticamente imposibles de cuestionar.

Aun así, el político aprovechará el más mínimo resquicio para introducir sus sesgos a la hora de legislar. En este sentido, otro ejemplo muy claro y de rabiosa actualidad es el control de precios de los alquileres en las grandes ciudades, que en mi opinión se asienta en una errónea concepción del valor. La “responsabilidad” académica de este error está en la teoría más ampliamente aceptada de la oferta y la demanda, pues si bien es cierto que según esta teoría los precios altos de la vivienda no se deben a la especulación, sino a la falta de oferta, hay que reconocer humildemente que la teoría está muy lejos de ser lo suficientemente clara y contundente como para que ningún político se atreva a cuestionarla.

Diferencia entre Alfred Marshall y Carl Menger

No debemos perder de vista qué múltiples teorías pueden explicar la realidad, e incluso ser útiles para hacer predicciones razonablemente precisas. Por ejemplo, la teoría geocentrista era capaz de predecir satisfactoriamente los movimientos de los planetas recurriendo a los epiciclos.  Es decir, por la misma razón que los arqueros del neolítico lanzaban flechas con bastante precisión sin necesidad de ninguna teoría, el economista puede formular teorías débiles o ad hoc, pero que explican la realidad con muy razonable precisión. Pero no por ello hemos de concluir que esa teoría no es susceptible de mejora. Esto último es aplicable al modelo de la oferta y la demanda establecido por Alfred Marshall, que es el predominante a día de hoy en lo que se refiere a la explicación de los precios.  

Ahora bien, para que una teoría sea superada no basta con señalar sus debilidades. Hay que proporcionar otra que explique mejor la realidad, y/o que lo haga de manera más general y simple, y que sea corroborable. Volviendo a la analogía del geocentrismo, ¿Qué acogida tendría frente al geocentrismo una nueva “teoría” heliocéntrica, está fuera imposible de corroborar ni fuera capaz de predecir nada tal y como está planteada? Pues posiblemente nula porque se quedaría en mera hipótesis.

Alfred Marshall criticó el enfoque marginalista de Carl Menger, W. S. Jevons y Lèon Walras, y rescata el modelo basado en el valor objetivo de oferta y demanda de Smith y Ricardo, pero reintroduciendo el marginalismo en la curva de demanda. Muy resumidamente viene a decir que el demandante compara la utilidad marginal del bien con su precio de mercado. Es decir, para explicar los precios necesita recurrir circularmente a los precios.

La tijera de Marshall… y la tijera de Menger

Menger, sin embargo, explicaba los precios basándose exclusivamente en valores. En el famoso ejemplo de las vacas y los caballos, los granjeros intercambiaban porque otorgaban un valor mayor a lo que recibían que a lo que entregaban, y de esas distintas valoraciones surgen los precios.  

En este sentido, Carlos Bondone propone rescatar a Menger sustituyendo la tijera de Marshall por la tijera de Menger, donde lo que se enfrentan no son las curvas de oferta y demanda (cantidades de bienes), sino las curvas de valor (utilidades marginales) de los bienes a intercambiar. Fijémonos en lo peligroso de la tijera de Marshall. Cito palabras del propio Marshall en sus Principios de Economía:

Podríamos con la misma sensatez discutir acerca de si es la hoja superior o la inferior de una tijera la que corta un pedazo de papel que si el valor está controlado por la utilidad o por el coste de producción. (el énfasis es mío).

A la vista de esta cita, quiero recordar las palabras anteriormente citadas de Mill: “el más mínimo error” “cualquier vaguedad o nebulosidad”. Pues aquí lo tenemos. Por mucho que queramos hacer una interpretación generosa, o que el economista defensor de esta teoría matice y explique posteriormente, un político se aferrará a la literalidad de estas palabras como a un clavo ardiendo para justificar científicamente sus sesgos utilizando a Marshall, y argumentar que el coste puede ser determinante del valor, y, por tanto, justificar científicamente la regulación de los precios de los alquileres en función de lo que el político considere costes objetivamente razonables. 

Menger era cardinalista, Mises era ordinalista

Explicada la vital importancia política y social de la teoría del valor, en las siguientes entregas de esta serie expondré en primer lugar por qué Menger era claramente cardinalista y en segundo lugar como Eugen von Böhm-Bawerk, y de manera más precisa Bondone, demuestran que los precios se pueden explicar enteramente por valoraciones subjetivas, sin recurrir circularmente a precios de mercado o agregados como hace Marshall. Y que estas valoraciones subjetivas tienen una naturaleza cardinal y no ordinal, como afirma Ludwig von Mises. 

Determinar si la naturaleza del valor es ordinal o cardinal no es en absoluto una cuestión menor. Mises criticaba el planteamiento de oferta y demanda de Marshall, pero al desviarse de Menger y Bohm Bawerk y sostener que el valor tiene naturaleza ordinal, su planteamiento no es corroborable, no ofrece una alternativa convincente que mejore la propuesta de Marshall. Nos guste o no, y análogamente a la hipótesis heliocentrista referida anteriormente, desde fuera de la escuela austriaca, la propuesta de Mises se ve en el mejor de los casos como una prometedora hipótesis.

En definitiva, no es lo mismo defender que sólo ordenamos valores afirmando tajantemente que es imposible medirlos, siendo en consecuencia deliberadamente “vago” o “nebuloso” en lo que se refiere a la magnitud de los valores, que defender y conseguir demostrar que la magnitud del valor se puede cuantificar y medir. Tal y como hemos insistido a lo largo de este artículo, cualquier vaguedad o nebulosidad será explotada por el político para tergiversar y manipular.

Serie sobre Carl Menger y Ludwig von Mises

Sobre la medida del valor

Hasta el siglo XVII el consenso científico venía a sostener que el sonido era algo que no se podía medir. Era efímero, era irregular pues se observaban timbres y tonos distintos, eco o sonido reflejado, también era intangible, no se podía guardar para compararlo con otro sonido posteriormente. Sus características como la intensidad, tono y timbre cambian según se mide a más o menos distancia del origen, etc. Aristóteles llegó a apuntar alguna idea como que los sonidos agudos debían viajar más rápido que los graves, pero durante dos mil años apenas hubo ningún experimento, incluso los pocos que intentaban experimentar temían mostrar sus resultados por el riesgo de ser repudiados, ridiculizados o relegados al ostracismo. 

Y sin embargo, en la práctica, los músicos sí que eran capaces de afinar sus instrumentos en el mismo tono, o graduar con razonable precisión la intensidad de su música para provocar emociones en su público. También los guerreros más sigilosos sabían medir cual era el ruido máximo que no debían sobrepasar para poder atacar por sorpresa, o los guanches canarios eran capaces de graduar y modular los silbidos para comunicarse a largas distancias. La teoría, como siempre, estaba muy retrasada a la hora de explicar la realidad.

¿Y por qué a partir del S. XVIII se comienza a contemplar la posibilidad de medir el sonido? ¿Qué es lo que cambia? Pues el gran avance en las matemáticas que supuso el descubrimiento del cálculo infinitesimal a finales del s. XVII (Newton, Leibniz). De repente había fórmulas para densidad, elasticidad, desplazamientos de cuerdas, superposición y propagación, etc. Curiosamente se disponía de un arsenal de ecuaciones pero apenas había resultados empíricos que contrastar. Poco a poco llegaron instrumentos que permitieron experimentar y contrastar hasta llegar al día de hoy donde ya disponemos de unidades de medida para las distintas magnitudes como los decibelios o los hertzios. Existen incluso medidas para la sonoridad (psicoacústica) que tienen en cuenta la subjetividad del oído humano

Las matemáticas ayudaron a demostrar con rigor que el sonido era medible, acabando con todo prejuicio histórico que existía al respecto de la medición del sonido. No es que yo sea un gran fan de las matemáticas para explicar los fundamentos teóricos de la economía, pero no me cabe ninguna duda que si se aplican bien, son una herramienta de corroboración de la teoría extremadamente potente. Por ejemplo, la teoría de Einstein no es lo mismo con o sin fórmulas. Las fórmulas sirven para avanzar desde el estadio de mera hipótesis hacia la corroboración de la teoría, como sucede al aplicarlas a la órbita de Mercurio. 


La cuestión de las matemáticas en teoría económica es relevante porque creo que tenemos una situación similar a la que he expuesto con el sonido. En el caso de la economía, la realidad, el cálculo económico en la práctica, sin duda va también muy por delante de la teoría. La teoría de la que disponemos parece haber establecido ya unos fundamentos sólidos para explicar el fenómeno del valor, cuyo desarrollo más riguroso es el de Carl Menger, pero al que hasta el momento no se le había aplicado con éxito las matemáticas. Jevons lo intentó pero fracasó. El mainstream austriaco actual ni lo pretende pues reniega totalmente de ello, y el resto de desarrollos neoclásicos dan por resuelta teóricamente la cuestión del valor y trabajan directamente con los precios, como las curvas de oferta y demanda de Marshall. Por cierto, sobre la relación de Carl Menger con las matemáticas María Blanco hace unas reflexiones interesantísimas.

Dejando aparte la postura sobre este tema de la corriente mayoritaria actual de la escuela austriaca, en la historia de esta escuela de pensamiento hay diversidad de opiniones sobre la posibilidad de medir el valor. Hasta donde yo llego, el autor que con más ahínco defendió esta posibilidad fue Eugene Bohm Bawerk, en contraposición a un radical desacuerdo posterior por parte de sus alumnos Cuhel y Ludwig Von Mises. El debate que tuvo con varios autores que criticaban su postura de que el valor es medible, y en especial el que mantuvo con su alumno Cuhel, que llevando la contraria a su maestro defendió que el valor se determina ordinalmente, dio lugar a que, afortunadamente para nosotros, Bohm Bawerk diera explicaciones muy detalladas sobre esta cuestión. 

Para dar respuesta a aquellas críticas incorporó un nuevo capítulo “Consideraciones psicológicas suplementarias sobre la teoría del valor” en la tercera edición de Teoría Positiva del Capital. En el apartado II de este nuevo capítulo hace numerosas reflexiones sobre este asunto. No pretendo aquí utilizar a B. Bawerk para incurrir en la falacia de la autoridad, sino destacar un argumento suyo que me parece definitivo y que puede ser corroborado por cada uno de nosotros por mera observación introspectiva. Se trata de la posibilidad de realizar operaciones aritméticas cardinales sobre el valor, aunque sean estimativas y por supuesto sujetas a error como cualquier otra cuantificación.   

Continuando el ejemplo de los caballos de Menger, si por ejemplo alguien nos ofrece adquirir uno de nuestros caballos sin todavía precisar a cambio de qué, nosotros pensaríamos en un valor X con la idea de pedirle al comprador algo más valioso que X a cambio del caballo. Si el comprador antes de ofrecer ningún bien concreto a cambio, y antes de que nosotros digamos nada reformula su oferta y muestra interés por comprar dos caballos, automáticamente pensaríamos en pedir una cantidad mayor que X. La utilidad marginal nos dice que no tiene por qué ser el doble, pues dependerá de la pendiente de la curva de utilidad marginal de nuestros caballos. Los ordinalistas sostendrían que pensaríamos directamente en la significación que representan los dos últimos caballos en bloque, pero para mi es totalmente evidente que podemos hacer el ejercicio mental de sumar el valor de los dos caballos. 

Menger llega a decir que la situación económica es más ventajosa después de que los agentes intercambien e incorporen un bien “cuyo valor es de 40”. Con “más” ventajosa yo interpreto mayor cantidad de valor (riqueza), sea cual sea el valor representado por la cifra “40” en ese momento para cada sujeto, y por tanto cabe la posibilidad de interpretar que está sumando valores cardinalmente.

La posibilidad de sumar es crucial, porque en el ámbito de lo ordinal no existe la suma aritmética cardinal. Ni exacta ni tampoco aproximada, sencillamente no existe.  Existe la unión de conjuntos ordenados, que aunque se pueda llamar “suma” no tiene nada que ver con la suma cardinal. Yo sostengo que podemos hacer una suma cardinal del valor de los caballos, sin importar que sea más o menos exacta. 

Tampoco tiene sentido la “divisibilidad ordinal”. Si tenemos dos elementos de un conjunto ordenado “primero y segundo” y añadimos un elemento más cuyo orden esté entre el primer elemento y el segundo, no sería el elemento “primero y medio”. Lo que haremos en todo caso es reordenar y tendremos “primero, segundo y tercero”. Tampoco cabe hallar diferencias (restar) entre un número de elementos muy pequeños de distintos conjuntos o subconjuntos. Primero porque al calcular diferencias en el número de elementos de distintos conjuntos estamos cuantificando los elementos de cada conjunto y por tanto haciendo una resta aritmética cardinal, es decir, cuantificamos, no ordenamos, y segundo porque el concepto de “elemento muy pequeño” ya implica haber cuantificado previamente la magnitud cardinal de cada elemento. Ordinal tiene que ver sólo con ordenar, no con cuantificar.

He tomado el ejemplo de los caballos de Menger, pero tampoco pretendo afirmar que Menger fuera cardinalista. Sumar los números que utiliza Menger a efectos ilustrativos puede implicar sucumbir a la falacia de la analogía de la cantidad descrita por Henry Phelps, es decir, sumar números que no son sumables, por eso Cuhel proponía ilustrar la graduación de valores con letras (a,b,c,d), para impedir interpretaciones falaces, según él, de la explicación del valor subjetivo. 

Menger no se pronuncia expresamente sobre si su visión es ordinal o cardinal. En muchos pasajes habla de magnitudes, de medir y cuantificar el valor, pero en otros habla de preferir satisfacer unas necesidades sobre otras, sobre todo en los ejemplos de su famosa tabla.  Hayek, en su introducción de una de las ediciones de Principios de Economía Política, califica claramente a Menger como ordinalista, si bien reconoce la existencia de pasajes cardinalistas. Yo me inclino por calificar a Menger como cardinalista, al igual que Ivan Moscati, aunque él matiza que es cardinalista en sentido clásico. Pero insisto, es mi interpretación y asumo el riesgo de poder estar cayendo en la falacia de la analogía de la cantidad.

Por tanto, el ejemplo de sumar el valor de los dos caballos es, lógicamente, una interpretación mía utilizando los argumentos de otros. Esencialmente los de Carlos Bondone, y también he traído aquí el argumento de Bohm Bawerk sobre la suma cardinal de los valores, que a mi modo de ver es totalmente definitivo.

Pero no cantemos victoria aún. Cuantificar cardinalmente no es sinónimo de medir. Para hablar de medición además tenemos que tener una unidad mínima que pueda servir para expresar cuántas veces está contenida esa unidad en las demás. En ese aspecto el planteamiento de Bondone que torpemente pretendo exponer aquí, tiene un carácter exclusivamente teórico, fundamentado en la ley de utilidad marginal decreciente, o lo que es lo mismo que las distintas unidades de los bienes tienen valores distintos, relativos entre sí, decrecientes y cuantificables.

Este modelo teórico propone que el valor es medible de forma relativa utilizando la unidad marginal como unidad de medida de todas las demás. En el caso de los caballos, el último que “vale” 10 sería la unidad de medida del valor de los demás caballos. Pero 10 no es ningún valor que exista en la práctica sino una simple representación del valor mínimo, que podríamos representar igualmente como 1 o como 100, pero la magnitud de ese valor mínimo la decidiría en la práctica el sujeto que valora y en cada valoración ese “10” representaría una magnitud distinta.  

La unidad de medida del valor ha de estar necesariamente condicionada por la naturaleza del valor. Y dado que el valor tiene origen en el sujeto, solo puede ser él quien determine la unidad de medida en cada caso. No puede estar en los bienes. Esto implica que la unidad de medida no es constante de una valoración a otra. Se crea en cada valoración al asignar una magnitud a la unidad marginal y es distinta para cada acto de valoración.

De todo lo anterior de ninguna manera se ha de concluir que estemos continuamente valorando, y esto es así ya sea el modelo cardinal, ordinal o mediopensionista. No  estamos cuantificando valores y determinando unidades de medida continuamente. Eso sería imposible o como mínimo absolutamente agotador, no haríamos otra cosa en nuestras vidas. Insisto, todo esto es un modelo teórico para dar una explicación del valor. 

Esto lo razona muy bien Bohm Bawerk diciendo que somos muy eficientes a la hora de valorar. Por un lado no nos paramos en cada paso concreto representado en el modelo de valoración. Y vuelvo a insistir, el modelo es una abstracción teórica que explica lo esencial de la realidad práctica, no es lo que hacemos en la realidad práctica tal cual. La valoración práctica y real funcionaría, nos explica Bohm Bawerk, de forma tácita y similar a un pianista que no se para a pensar cada tecla que tiene que tocar, y además se haría solo cuando resulte necesario hacerla, en absoluto continuamente, y se hace con la precisión y exhaustividad que consideremos necesaria en cada caso. No es igual la valoración que hace una empresa que opera con enormes volúmenes y márgenes muy estrechos, que la valoración que hacemos al comprar un paquete de chicles. Es decir, también economizamos el propio proceso de valoración.  
El siguiente paso es  más complicado e implicaría extenderme demasiado, pero resumidamente se trata de que aparte de usar una unidad relativa “interna” para cada bien económico, en la medición trabajamos además con las relaciones de valor de unos bienes con respecto a otros. La medición del valor es un proceso doblemente relativo. Para los lectores que estén interesados en profundizar en el planteamiento de Bondone, este es el enlace a su trabajo.

Sobre la medida del valor

Hasta el siglo XVII el consenso científico venía a sostener que el sonido era algo que no se podía medir. Era efímero, era irregular pues se observaban timbres y tonos distintos, eco o sonido reflejado, también era intangible, no se podía guardar para compararlo con otro sonido posteriormente. Sus características como la intensidad, tono y timbre cambian según se mide a más o menos distancia del origen, etc. Aristóteles llegó a apuntar alguna idea como que los sonidos agudos debían viajar más rápido que los graves, pero durante dos mil años apenas hubo ningún experimento, incluso los pocos que intentaban experimentar temían mostrar sus resultados por el riesgo de ser repudiados, ridiculizados o relegados al ostracismo. 

Y sin embargo, en la práctica, los músicos sí que eran capaces de afinar sus instrumentos en el mismo tono, o graduar con razonable precisión la intensidad de su música para provocar emociones en su público. También los guerreros más sigilosos sabían medir cual era el ruido máximo que no debían sobrepasar para poder atacar por sorpresa, o los guanches canarios eran capaces de graduar y modular los silbidos para comunicarse a largas distancias. La teoría, como siempre, estaba muy retrasada a la hora de explicar la realidad.

¿Y por qué a partir del S. XVIII se comienza a contemplar la posibilidad de medir el sonido? ¿Qué es lo que cambia? Pues el gran avance en las matemáticas que supuso el descubrimiento del cálculo infinitesimal a finales del s. XVII (Newton, Leibniz). De repente había fórmulas para densidad, elasticidad, desplazamientos de cuerdas, superposición y propagación, etc. Curiosamente se disponía de un arsenal de ecuaciones pero apenas había resultados empíricos que contrastar. Poco a poco llegaron instrumentos que permitieron experimentar y contrastar hasta llegar al día de hoy donde ya disponemos de unidades de medida para las distintas magnitudes como los decibelios o los hertzios. Existen incluso medidas para la sonoridad (psicoacústica) que tienen en cuenta la subjetividad del oído humano

Las matemáticas ayudaron a demostrar con rigor que el sonido era medible, acabando con todo prejuicio histórico que existía al respecto de la medición del sonido. No es que yo sea un gran fan de las matemáticas para explicar los fundamentos teóricos de la economía, pero no me cabe ninguna duda que si se aplican bien, son una herramienta de corroboración de la teoría extremadamente potente. Por ejemplo, la teoría de Einstein no es lo mismo con o sin fórmulas. Las fórmulas sirven para avanzar desde el estadio de mera hipótesis hacia la corroboración de la teoría, como sucede al aplicarlas a la órbita de Mercurio. 

La cuestión de las matemáticas en teoría económica es relevante porque creo que tenemos una situación similar a la que he expuesto con el sonido. En el caso de la economía, la realidad, el cálculo económico en la práctica, sin duda va también muy por delante de la teoría. La teoría de la que disponemos parece haber establecido ya unos fundamentos sólidos para explicar el fenómeno del valor, cuyo desarrollo más riguroso es el de Carl Menger, pero al que hasta el momento no se le había aplicado con éxito las matemáticas. Jevons lo intentó pero fracasó. El mainstream austriaco actual ni lo pretende pues reniega totalmente de ello, y el resto de desarrollos neoclásicos dan por resuelta teóricamente la cuestión del valor y trabajan directamente con los precios, como las curvas de oferta y demanda de Marshall. Por cierto, sobre la relación de Carl Menger con las matemáticas María Blanco hace unas reflexiones interesantísimas.

Dejando aparte la postura sobre este tema de la corriente mayoritaria actual de la escuela austriaca, en la historia de esta escuela de pensamiento hay diversidad de opiniones sobre la posibilidad de medir el valor. Hasta donde yo llego, el autor que con más ahínco defendió esta posibilidad fue Eugene Bohm Bawerk, en contraposición a un radical desacuerdo posterior por parte de sus alumnos Cuhel y Ludwig Von Mises. El debate que tuvo con varios autores que criticaban su postura de que el valor es medible, y en especial el que mantuvo con su alumno Cuhel, que llevando la contraria a su maestro defendió que el valor se determina ordinalmente, dio lugar a que, afortunadamente para nosotros, Bohm Bawerk diera explicaciones muy detalladas sobre esta cuestión. 

Para dar respuesta a aquellas críticas incorporó un nuevo capítulo “Consideraciones psicológicas suplementarias sobre la teoría del valor” en la tercera edición de Teoría Positiva del Capital. En el apartado II de este nuevo capítulo hace numerosas reflexiones sobre este asunto. No pretendo aquí utilizar a B. Bawerk para incurrir en la falacia de la autoridad, sino destacar un argumento suyo que me parece definitivo y que puede ser corroborado por cada uno de nosotros por mera observación introspectiva. Se trata de la posibilidad de realizar operaciones aritméticas cardinales sobre el valor, aunque sean estimativas y por supuesto sujetas a error como cualquier otra cuantificación.   

Continuando el ejemplo de los caballos de Menger, si por ejemplo alguien nos ofrece adquirir uno de nuestros caballos sin todavía precisar a cambio de qué, nosotros pensaríamos en un valor X con la idea de pedirle al comprador algo más valioso que X a cambio del caballo. Si el comprador antes de ofrecer ningún bien concreto a cambio, y antes de que nosotros digamos nada reformula su oferta y muestra interés por comprar dos caballos, automáticamente pensaríamos en pedir una cantidad mayor que X. La utilidad marginal nos dice que no tiene por qué ser el doble, pues dependerá de la pendiente de la curva de utilidad marginal de nuestros caballos. Los ordinalistas sostendrían que pensaríamos directamente en la significación que representan los dos últimos caballos en bloque, pero para mi es totalmente evidente que podemos hacer el ejercicio mental de sumar el valor de los dos caballos. 

Menger llega a decir que la situación económica es más ventajosa después de que los agentes intercambien e incorporen un bien “cuyo valor es de 40”. Con “más” ventajosa yo interpreto mayor cantidad de valor (riqueza), sea cual sea el valor representado por la cifra “40” en ese momento para cada sujeto, y por tanto cabe la posibilidad de interpretar que está sumando valores cardinalmente.

La posibilidad de sumar es crucial, porque en el ámbito de lo ordinal no existe la suma aritmética cardinal. Ni exacta ni tampoco aproximada, sencillamente no existe.  Existe la unión de conjuntos ordenados, que aunque se pueda llamar “suma” no tiene nada que ver con la suma cardinal. Yo sostengo que podemos hacer una suma cardinal del valor de los caballos, sin importar que sea más o menos exacta. 

Tampoco tiene sentido la “divisibilidad ordinal”. Si tenemos dos elementos de un conjunto ordenado “primero y segundo” y añadimos un elemento más cuyo orden esté entre el primer elemento y el segundo, no sería el elemento “primero y medio”. Lo que haremos en todo caso es reordenar y tendremos “primero, segundo y tercero”. Tampoco cabe hallar diferencias (restar) entre un número de elementos muy pequeños de distintos conjuntos o subconjuntos. Primero porque al calcular diferencias en el número de elementos de distintos conjuntos estamos cuantificando los elementos de cada conjunto y por tanto haciendo una resta aritmética cardinal, es decir, cuantificamos, no ordenamos, y segundo porque el concepto de “elemento muy pequeño” ya implica haber cuantificado previamente la magnitud cardinal de cada elemento. Ordinal tiene que ver sólo con ordenar, no con cuantificar.

He tomado el ejemplo de los caballos de Menger, pero tampoco pretendo afirmar que Menger fuera cardinalista. Sumar los números que utiliza Menger a efectos ilustrativos puede implicar sucumbir a la falacia de la analogía de la cantidad descrita por Henry Phelps, es decir, sumar números que no son sumables, por eso Cuhel proponía ilustrar la graduación de valores con letras (a,b,c,d), para impedir interpretaciones falaces, según él, de la explicación del valor subjetivo. 

Menger no se pronuncia expresamente sobre si su visión es ordinal o cardinal. En muchos pasajes habla de magnitudes, de medir y cuantificar el valor, pero en otros habla de preferir satisfacer unas necesidades sobre otras, sobre todo en los ejemplos de su famosa tabla.  Hayek, en su introducción de una de las ediciones de Principios de Economía Política, califica claramente a Menger como ordinalista, si bien reconoce la existencia de pasajes cardinalistas. Yo me inclino por calificar a Menger como cardinalista, al igual que Ivan Moscati, aunque él matiza que es cardinalista en sentido clásico. Pero insisto, es mi interpretación y asumo el riesgo de poder estar cayendo en la falacia de la analogía de la cantidad.

Por tanto, el ejemplo de sumar el valor de los dos caballos es, lógicamente, una interpretación mía utilizando los argumentos de otros. Esencialmente los de Carlos Bondone, y también he traído aquí el argumento de Bohm Bawerk sobre la suma cardinal de los valores, que a mi modo de ver es totalmente definitivo.

Pero no cantemos victoria aún. Cuantificar cardinalmente no es sinónimo de medir. Para hablar de medición además tenemos que tener una unidad mínima que pueda servir para expresar cuántas veces está contenida esa unidad en las demás. En ese aspecto el planteamiento de Bondone que torpemente pretendo exponer aquí, tiene un carácter exclusivamente teórico, fundamentado en la ley de utilidad marginal decreciente, o lo que es lo mismo que las distintas unidades de los bienes tienen valores distintos, relativos entre sí, decrecientes y cuantificables.

Este modelo teórico propone que el valor es medible de forma relativa utilizando la unidad marginal como unidad de medida de todas las demás. En el caso de los caballos, el último que “vale” 10 sería la unidad de medida del valor de los demás caballos. Pero 10 no es ningún valor que exista en la práctica sino una simple representación del valor mínimo, que podríamos representar igualmente como 1 o como 100, pero la magnitud de ese valor mínimo la decidiría en la práctica el sujeto que valora y en cada valoración ese “10” representaría una magnitud distinta.  

La unidad de medida del valor ha de estar necesariamente condicionada por la naturaleza del valor. Y dado que el valor tiene origen en el sujeto, solo puede ser él quien determine la unidad de medida en cada caso. No puede estar en los bienes. Esto implica que la unidad de medida no es constante de una valoración a otra. Se crea en cada valoración al asignar una magnitud a la unidad marginal y es distinta para cada acto de valoración.

De todo lo anterior de ninguna manera se ha de concluir que estemos continuamente valorando, y esto es así ya sea el modelo cardinal, ordinal o mediopensionista. No  estamos cuantificando valores y determinando unidades de medida continuamente. Eso sería imposible o como mínimo absolutamente agotador, no haríamos otra cosa en nuestras vidas. Insisto, todo esto es un modelo teórico para dar una explicación del valor. 

Esto lo razona muy bien Bohm Bawerk diciendo que somos muy eficientes a la hora de valorar. Por un lado no nos paramos en cada paso concreto representado en el modelo de valoración. Y vuelvo a insistir, el modelo es una abstracción teórica que explica lo esencial de la realidad práctica, no es lo que hacemos en la realidad práctica tal cual. La valoración práctica y real funcionaría, nos explica Bohm Bawerk, de forma tácita y similar a un pianista que no se para a pensar cada tecla que tiene que tocar, y además se haría solo cuando resulte necesario hacerla, en absoluto continuamente, y se hace con la precisión y exhaustividad que consideremos necesaria en cada caso. No es igual la valoración que hace una empresa que opera con enormes volúmenes y márgenes muy estrechos, que la valoración que hacemos al comprar un paquete de chicles. Es decir, también economizamos el propio proceso de valoración.  

El siguiente paso es  más complicado e implicaría extenderme demasiado, pero resumidamente se trata de que aparte de usar una unidad relativa “interna” para cada bien económico, en la medición trabajamos además con las relaciones de valor de unos bienes con respecto a otros. La medición del valor es un proceso doblemente relativo. Para los lectores que estén interesados en profundizar en el planteamiento de Bondone, este es el enlace a su trabajo.

La teoría del valor-trabajo de Marx

Mi escrito de hoy está estrechamente vinculado a la XVI edición de la Universidad de Verano del IJM, en ella se trataron una retahíla de temas a cada cual más interesante. Los conferenciantes aportaron cuestiones sugerentes que sin duda no pasaron desapercibidas para la mayoría de los allí presentes. En mi caso, llevaba tiempo tanteando la posibilidad de escribir sobre Marx, especialmente sobre su teoría del valor. El casus belli fue la intervención de Francisco Capella. En un momento determinado dijo algo como “yo no he leído el Capital de Marx”, por ende, en este artículo se plantea la incipiente necesidad de conocer “al otro” habida cuenta de la importancia que ha tenido y que tiene la figura del pensador de Tréveris en países como China.

Sea como fuere, la cuestión de fondo es precisamente conocer los planteamientos marxianos que son conditio sine qua non para entender a sus émulos. Del pensador alemán se han escrito ríos de tinta tanto a favor como en contra, Lionel Robbins dijo lo siguiente sobre él, “Marx, I ought to say, whether you agree with him or disagree with him, was probably the best historian of economic thought of his time, although I personally think—and this is a value judgement—that Marx was frightfully unfair to some of the people he criticised” (Robbins 1998, 235). Robbins no es nada sospechoso de ser un recalcitrante bolchevique, todo lo contrario, aún así, de sus palabras se desprende un halo de admiración y espíritu crítico.

Para empezar a lidiar con autores que piensan diametralmente lo contrario que pensamos nosotros, es importante no subestimarlos. ¿Quién puede dudar de la erudición de Lenin, del carácter visionario de Keynes o del talento literario de Sartre? O del excelso conocimiento de Chomsky especialmente en cuanto a lingüística se refiere. Para extrapolarlo un poco con el presente y con el ascenso (y declive) de Podemos, el politólogo conservador Rubén Herrero de Castro dijo lo siguiente en una tertulia de 13TV, “os puedo decir que la formación Podemos […], son gente extremadamente bien preparada, que tienen un proyecto político y que saben lo que quieren y dónde van”. Ergo, es urgente dejar de caricaturizar “al otro” y articular un consenso de mínimos para dar la batalla cultural.

La atracción de la intelligentsia con el marxismo y sus diversas variantes colectivistas ha sido constante en las facultades de letras desde hace décadas. Aron a mitad de los años 50s, comentó que se trataba del “opio de los intelectuales” [1], y desgranó algunos de los mitos que aún a día de hoy restan presentes en la cosmovisión del marco teórico marxiano. En cualquier caso, si no se conoce la obra y legado de Marx, difícilmente podrá realizarse un análisis detallado de la escuela de pensadores que ha legado hasta la actualidad.

A mi juicio, para atacar al marxismo no hay que recurrir a la figura del fundador ni usar falacias ad hominem. Es aconsejable buscar el vídeo donde Escohotado habla sobre Marx. Por mucha razón que tenga sobre las cuestiones relativas a la plusvalía, se desprende un odio mesiánico contra su figura. Esto sería el equivalente de atacar a Locke por haber sido accionista de la Royal African Company, secretario del Council of Trade and Plantations (1673-74), por sus escritos sobre los indios americanos, y por cosas como las que postula Losurdo, “Locke è l’ultimo grande filosofo a cercare di giustificare la schiavitù assoluta e perpetua” (Losurdo 2005, 45), etc.

Siguiendo con el tema que nos atañe, veo con reticencias un espectro del liberalismo que me genera bastantes suspicacias: el desdén que hay sobre cuestiones culturales/históricas. El caso de Marx es paradigmático, ¿para qué leer a un autor en cuyo nombre han fracasado todos los regímenes políticos-económicos que se han implementado?, es más rápido y pragmático leer a Mises y su libro Socialismo. ¿Para qué preocuparse por cuestiones como la experiencia socialista de la URSS?, al fin y al cabo, cayó hace treinta años. Estos son algunos ejemplos, pero hay muchos otros. ¿Hay alguien que dentro del liberalismo español se dedique a analizar obras de arte con dicha perspectiva? Nuccio Ordine en su famoso manifiesto dice lo siguiente, “Sólo el saber puede desafiar una vez más las leyes del mercado” (Ordine 2013, 16). El liberal sumergido en cuestiones económicas (y utilitarias) no tiene tiempo para tales nimiedades, pero son precisamente estas las que provocan un antagonismo cada vez mayor entre el capitalismo y el mainstream intelectual y popular.

Así pues, la cuestión del marxismo y sus presuntas erratas económicas se nos abren como su talón de Aquiles. Sin duda, estos yerros se encuentran en su magnus opus, El Capital, Volumen I (1867), concretamente en su teoría del valor-trabajo. Grosso modo lo que postula el autor es que el valor de una mercancía está determinado por la cantidad de trabajo socialmente necesario[2] para producirla. Se deduce de aquí lo siguiente: de los factores de producción, Marx pone en el centro el trabajo humano. Ergo, el trabajador es el que crea el valor y el capitalista el que se lo queda mediante la plusvalía, todo esto lo vincula con su teoría de la explotación. Luego las mercancías se intercambian por equivalentes de valor, es decir, dos unidades que tengan intrínsecamente un tiempo de trabajo similar, podrán ser intercambiadas por el mismo valor de cambio (precio).

El enfoque de la teoría valor-trabajo es una apropiación de lo esencial del enfoque ricardiano en cuanto al trabajo incorporado, a pesar de que Marx refina el argumento. El de Tréveris introdujo, además, otra restricción a su análisis del valor: la producción para el cambio. Se trataba de un prerrequisito del propio valor, de acuerdo con Barber, “Las formas precapitalistas podían producir bienes, pero según las definiciones marxistas no podían producir ni mercancías ni valor” (Barber 1971, 139). Estos condicionantes mencionados, si eran añadidos, afectaban a los valores de cambio, los cuales, estaban determinados por el trabajo incorporado y socialmente necesario para la producción de los bienes.

A parte del historicismo que desprende la teoría de Marx, su concepción de la Historia es que cualquier estructura social requiere una forma de producción y distribución específica, según él, el valor en la forma de producción capitalista se expresa mediante la dimensión monetaria. En las economías capitalistas, las cosas no se intercambian en los mercados en términos de valor, sino que son producidas como valor en sí mismas.

El Capital es un texto clave para la crítica materialista. Se producen mercancías para vender (cosa característica del capitalismo), entonces, para el productor, el factor trabajo es secundario, sin embargo, el trabajo importa hasta el punto en que produce valor, lo que llama abstract labor y a lo que añade que es una pérdida de tiempo. Posteriormente, Marx desarrolla formas más complejas sobre el valor con el profit form, en el cual, las cosas no son producidas como utilidades, sino específicamente de acuerdo con la cantidad y el éxito del capital (beneficio y la tasa de ganancia).

El economista neerlandés Geert Reuten[3] postula que Marx tiene interpretaciones contrapuestas ya que, si leemos El Capital, nos damos cuenta de que, para el de Tréveris, el valor no solo está determinado por el tiempo de trabajo. Esto es debido a que la cambiante productividad e intensidad del factor trabajo en el Volumen I, problematiza esta noción. Una idea interesante es la de que con la teoría valor trabajo se rompe con la conjetura de la economía política clásica a pesar de que Marx mantiene vestigios de la misma, como la teoría del valor de Ricardo[4].

Uno de los que no podía faltar para tratar este tema es Rothbard, el cual reconoce que la teoría de la explotación y del valor trabajo sí que se aplican en una circunstancia, y que, ni Marx ni sus críticos habían reparado en ello: en la relación entre el esclavo y su amo bajo la esclavitud. Desde que los propietarios tenían esclavos, estos sólo recibían un salario de subsistencia, para vivir y reproducirse, y los beneficios de la producción marginal del esclavo recaían completamente en manos del dueño. Los planteamientos de Marx son expuestos como “One logical path for a radical Ricardian, clearly, was to call for the expropriation of surplus value, and the establishment of a system in which the labourers earn the full value of their product” (Rothbard, 2006, pág. 393).

El austríaco muestra que, en el Capital, Marx tenía que disponer de otros elementos subjetivos reclamantes para determinar el valor. Debía demostrar que el valor era algo objetivamente materializado en el producto. Intentó hacerlo en el I Volumen. Rothbard argumenta que Marx comete un error crucial en el principio de su sistema. El de Tréveris ponía el ejemplo de la mercancía con el maíz y el hierro[5] (M. Rothbard 2006, 409).

De ahí el comentario de que el error está en su fundamento, que dos mercancías sean intercambiables por ellas mismas en una cierta proporción, no significa que por lo tanto tengan el mismo valor y puedan ser representadas por una ecuación. La tradición de Rothbard tiene mucho que ver con los escolásticos salamantinos y por ello, al referirse a esta cuestión de Marx, dice explícitamente que dos cosas son intercambiables entre ellas solo porque son desiguales en el valor que otorgan los participantes en este intercambio, si valieran lo mismo, ¿por qué se hubieran molestado en cambiar los bienes?

Resumiendo, la obra más importante de Marx está minada de errores económicos, pero más allá de eso tiene un valor (¿subjetivo u objetivo?) en tanto en cuanto constituye una crítica de su sociedad y del modelo productivo del s.XIX. En general, los distintos manuales de pensamiento económico que se han consultado muestran una total consonancia en el hecho de que la teoría del valor-trabajo es fruto de los planteamientos de los economistas clásicos, especialmente de Ricardo. También que Marx consideró que el valor era algo objetivo y que sólo era producido por el trabajo humano, en la dificultad de reconciliar la tasa de beneficio con la concepción del plusvalor, etc. El lector atento podrá notar la falta de uno de sus críticos contemporáneos, como por ejemplo, Eugen Böhm von Bawerk y su libro La conclusión del sistema marxiano (1896). Dado que se trata de una crítica coetánea, creo que bien merecería un capítulo para ella sola.

En mi modesta opinión, toda teoría económica tiene sus debilidades, y el investigador, ya sea por motivos ideológicos o escrupulosamente relativos a la búsqueda de resultados académicos, debe exponerlos. La conceptualización marxiana de la economía es a mi juicio, un gigante con pies de barro, puesto que, si se desarticulan algunas de las premisas principales, el cuerpo entero se desmorona. Por ejemplo: si se cuestiona el denominador común que atribuye Marx a las mercancías que participan en un intercambio, es decir, el trabajo socialmente necesario, concepto vago y endógeno a la demanda, dado que no hay ninguna unidad homogénea de trabajo abstracto, se ven sus vacíos. Otro argumento sería que no sólo el trabajo humano es fuente de valor (¿no lo generarían los animales o las máquinas?). También que el valor de cambio de una mercancía depende del valor subjetivo que los individuos atribuyen a un bien mientras interactúan en el mercado.

Sin duda, más allá de lo que puedan decir los expertos, siempre es aconsejable redirigirse al propio autor y a su obra, siendo conscientes de las limitaciones lingüísticas y de los matices que pueden difuminarse a causa de las traducciones. A mi juicio, la contribución de Marx a la economía, debería estar más presente en las facultades puesto que, la aplicación práctica de esta constituyó el modelo económico imperante en buena parte del globo a lo largo del s.XX (y, en la actualidad, aún quedan residuos del mismo). En consecuencia, a pesar de no estar en boga, es necesario poner en el foco a las economías planificadas (especialmente para mostrar lo que no hay que hacer) y, en este caso, a uno de los máximos estandartes de la crítica al capitalismo.    

Bibliografía

Aron, Raymond. L’Opium des intellectuels. París: Calmann-Lévy, 2014.

Barber, William. Historia del pensamiento económico. Madrid: Alianza Editorial, 1971.

Losurdo, Domenico. Controstoria del liberalismo. Urbino: Laterza, 2005.

Marx, Karl. El Capital. Madrid: Akal, 2000.

—. El Capital. Libro Primero . Madrid: Siglo XXI, 2010.

Ordine, Nuccio. La Utilidad de lo inútil. Barcelona: Acantilado, 2013.

Reuten, Geert. «Value-form theory.» En A Companion to the History of Economic Thought, de Warren Samuels, Jeff Biddle y John Davis, 148-155. United Kingdom: Blackwel, 2003.

Robbins, Lionel. A History of Economic Thought. New Jersey: Princeton University Press, 1998.

Rothbard, Murrat. Classical Economics: an Austrian perspective on the History of Economic Thought (Vol. II). Alabama: Edward Elgar Publishing, 2006.

Rothbard, Murray N. Classical Economics: an Austrian perspective on the History of Economic Thought. Vol. II. Alabama: Edward Elgar Publishing, 2006.


[1] Dejó muchas joyas en su célebre ensayo, como por ejemplo la siguiente, “Ceux-ci jugent volontiers leur pays et ses institutions en confrontant les réalités actuelles à des idées plutôt qu’à d’autres réalités, la France d’aujourd’hui à l’idée qu’ils se font de la France plutôt qu’à la France d’hier. Nulle œuvre humaine ne supporte sans dommage une telle épreuve” (Aron 2014, 193). Ese análisis mantiene una vigencia rampante y es completamente extrapolable a la situación que vivimos actualmente.

[2] El énfasis en la cantidad de trabajo socialmente necesario es crucial para entender lo que escribió Marx. Hay un vídeo recortado del profesor Martin Krause titulado “Cómo responder a un comunista sobre el valor del trabajo”. El economista argentino aduce un ejemplo erróneo, postulando lo siguiente; si yo me dedico a hacer un coche, quizás en dos años tendré en la puerta de mi casa algo que se le parece. Cuando intento vendérselo al vecino, éste responde que para él no vale nada, a lo que respondo que le dediqué muchas horas de trabajo. En resumen, el investigador argentino intentaba demostrar la subjetividad del valor (la cual no estoy negando), pero el ejemplo es completamente erróneo. Cito literalmente al autor de Tréveris, “Sabemos que el valor de toda mercancía se determina por la cantidad de trabajo materializado en su valor de uso, por el tiempo de trabajo socialmente necesario para su producción” (Marx 2010, 226). Se menciona hasta cinco veces el mismo concepto.

[3] Reuten nada sospechoso de ser un greedy capitalist, puesto que estaba vinculado al partido socialista de su país, señala lo siguiente, “I think that the labor-time theory of value interpretation cannot be maintained because too many texts are inconsistent with it. The same applies, however, to a comprehensive monetary value-form interpretation. There are two lines of reasoning within Capital” (Reuten, 2003, pág. 154). Aun así, se reconoce el cambio de paradigma que supone su interpretación y que, deben ser los herederos intelectuales quienes completen estas aportaciones.

[4] Esto mismo es reconocido por el propio Marx en epílogo de la II edición alemana del libro. El profesor de economía política N. Ziber de la Universidad de Kiev, en una obra titulada “Teoría tsénnosti i Kapitala D. Ricardo” (Teoría del valor y del Capital de D. Ricardo) publicada en 1871, había demostrado que la teoría del valor (del capital y del dinero) “era en sus rasgos fundamentales la continuación necesaria de la doctrina de Smith y de Ricardo” (Marx, El Capital 2000, 26-27).

[5] “The proportions in which they are exchangeable, whatever these proportions may be, can always be represented by an equation in which a given quantity of corn is equated to some quantity of iron: e.g., 1 quarter corn  = x cwt.iron. What does this equation tell us? […] in 1 quarter of corn and x cwt.of iron, there exists in equal quantities something common of both. The two things must therefore be equal to a third, which in itself is neither the one nor the other. Each of them so far as it is exchange-value, must therefore be reducible to this third” (Rothbard, 2006, pág. 409). Para dejar clara el punto de Rothbard, citaré lo siguiente: “Marx’s concentration on ‘the commodity’ threw him off from the very start, for the focus should have been not on the thing, the material object, but in the individuals, the actors, doing the exchanging, and deciding whether or not to make the trade” (Rothbard, 2006, pág. 410).