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Etiqueta: Teoría política

Sobre el anarcocapitalismo (I): Rothbard como historiador de la derecha americana

Se cumplen este mes treinta años del prematuro fallecimiento de Murray Rothbard y el año próximo, el centenario de su nacimiento, por lo que entiendo que es de justicia contribuir a conocer un poco mejor su obra y entender cuáles fueron el contexto en el que se originó el moderno anarcocapitalismo. En este texto me gustaría abordar una faceta del autor que normalmente no es muy destacada: la de historiador de las ideas y movimientos políticos, frente a la más conocida de estudioso de la historia del pensamiento económico.

La tradición de la derecha estadounidense

En concreto, me gustaría comentar uno de sus libros póstumos, The betrayal of the american right, traducido al castellano por el Instituto Mises como La traición de la derecha estadounidense, fácilmente descargable desde su página de internet. La razón de escoger este libro no reside solamente en que es uno de los que mejor explica los orígenes del movimiento, sino porque ayuda a comprender también el origen de la polémica entre Hoppe y Milei. El libro es parte de una historia intelectual del movimiento libertario norteamericano y parte una autobiografía del propio Rothbard, en la que detalla desde dentro las líneas de actuación y las divisiones y traiciones dentro del mismo.

Lo primero que podemos ver es que el autor, anarcocapitalista, confeso desde su juventud, no renuncia para nada a la batalla política. Uno de los debates que dividen a los libertarios actuales es el de si participar o no en la política convencional, para intentar cambiar desde dentro el sistema. Rothbard parece pensar que sí es conveniente y buena parte del texto es un relato autobiográfico de las aventuras y desventuras del profesor Rothbard en el seno de las facciones políticas de la derecha americana, hasta su desencanto y giro a la izquierda política y su vuelta final al mundo de la derecha.

La clave está en la política exterior

Otro aspecto que cabría destacar es que Rothbard distingue entre el ámbito de la teoría, en el cual muestra una gran coherencia a lo largo de su vida, y el de la acción política, en el que se mueve más por aspectos coyunturales. Escoge en cada momento la opción política que le parece menos mala entre las existentes, pues como el lector del libro observará, ninguna le parece del todo satisfactoria.

El factor que definiría para nuestro autor es principalmente uno: la mayor o menor propensión del político a apoyar guerras de los Estados Unidos en el exterior y el mayor o menor intervencionismo en política internacional sea influyendo en organismo internacionales, aunque sea con ayudas a otros países como el plan Marshall. La cooperación, o bien con los mecanismos de guerra económica, sanciones o embargos, que la potencia norteamericana ha aplicado durante todo el siglo XX.

Aspectos como el mayor o menor intervencionismo económico o las guerras culturales, si bien no juegan un papel menor en su definición política, no son el factor principal que lo define como anarcocapitalista, sino la política exterior. Ni siquiera la mayor o menor defensa de los principios de la escuela austríaca, que Rothbard declara haber conocido una vez finalizada su tesis doctoral, entendidos como defensa de la propiedad y los mercados libres, son el eje sobre el que gira su visión del anarcocapitalismo.

La vieja derecha

Recordemos que la influencia antiestatista de Rothbard parte de las ideas de lo que él denomina como Old Right, o derecha vieja norteamericana. Los principios de esta escuela son básicamente dos, y por este orden, primero la oposición radical al imperio norteamericano, que había comenzado a fraguarse a fines del siglo XIX con la conquista de Hawái y la guerra con España en 1898 y a la intervención militar en el exterior, principalmente la orientada a influir en la política europea. El segundo es la oposición a las políticas del progresismo americano, cuya apoteosis son las medidas intervencionistas del llamado New Deal, llevadas a cabo durante la gran depresión de los años 30.

El primer punto no es en principio anarcocapitalista en su discurso, pero sí en las consecuencias de aplicar este discurso. Los líderes de la vieja derecha se alinearon alrededor de plataformas contrarias a la intervención en las guerras mundiales del siglo XX. En especial contra la primera, pero sin cuestionar en principio ni la propia existencia del estado ni el ejercicio de sus funciones consideradas nucleares, la justicia y la seguridad. Pero se opusieron a la intervención en conflictos que, según ellos entendían, no tenían nada que ver con la seguridad de los americanos.

Pero de hacer caso a algunos de sus principales exponentes como Randolph Bourne o Albert Jay Nock la intromisión por medios violentos en los asuntos de otros territorios es la principal causa de que los estados se refuercen y expandan a su alcance. No intervenir implicaría quitar a los estados la principal justificación para subir impuestos, regular la economía o regimentar a la población.

La guerra es la salud del Estado

La guerra sería la salud del estado, como se pudo comprobar después de cada una de las guerras mundiales y las que vinieron a continuación. En ellas se subieron los impuestos, se regularon precios, se dirigió la producción, creándose organismos de planificación de la economía, antes nunca vistos en la economía norteamericana. También se introdujeron sistemas de recluta obligatoria para los jóvenes en edad militar y se estableció una retórica en la cual todo, incluidas las libertades más básicas, deberían estar subordinadas al esfuerzo bélico. Cualquiera que se opusiese a estas medidas sería visto como una especie de traidor al esfuerzo colectivo.

Y, en efecto, en buena medida se consiguió. Una vez declarada la guerra, el discurso crítico con el poder del estado fue visto con sospecha, como bien intuyeron los viejos derechistas. Y pronto pasó a la casi marginación al ser expulsados quienes expresaban tales posturas de los medios de comunicación mainstream y relegados, en el mejor de los casos, a medios casi marginales.

La lucha contra las derivas estatistas retrocedió varios decenios. Y, lo que es peor, fue suplantada en el seno de la derecha por visiones más intervencionistas y mucho menos libertarias como las de los neoconservadores de Irving Kristol o las de la nueva derecha conservadora (y por lo que se afirma en el libro financiadas por los servicios de inteligencia norteamericanos) de la National Review de William F. Buckley.

Una derecha que pronto relegó también su defensa de la propiedad privada y la no intervención en economía. Esto es, si se abandonan los principios políticos de no intervención en lo que es más grave, la guerra y la intervención en los asuntos de otros países, el siguiente paso es abandonar también los principios de no intervención en la economía y los mercados.

El papel del anticomunismo

Recordemos que en la visión anarcocapitalista de Rothbard y sus primeros seguidores la economía es sólo una parte del orden social; muy importante, sí, pero no necesariamente la principal. La lucha por eliminar la intervención en ella sería sólo una parte de la lucha general contra la intromisión del estado en la vida de las personas. Y esta no se circunscribe exclusivamente a los aspectos económicos. En esto consistió la traición de la derecha para Rothbard, el abandono de los principios que la hicieron grande hasta quedar desdibujada en un ideario inconexo, consistente en una genérica defensa de los valores occidentales y un feroz anticomunismo.

Anticomunismo que acabaría justificando medidas colectivistas en nombre del combate al colectivismo. La evolución de los escritos teóricos en las principales revistas y publicaciones de la derecha lo probaría. Se llenaron de antiguos comunistas resentidos, muchos de ellos antiguos trotskistas como Irving Kristol o James Burnham, que sólo abandonaron parte sus viejos esquemas de pensamiento para dedicarse a combatir a sus viejos enemigos los estalinistas al frente de los principales estados comunistas de la época, si no que justificaban, a diferencia de sus antepasados, medidas sociales e intervencionistas en economía y educación.

Contra el intervencionismo

Conviene recordar que la otra gran pata de la lucha de la vieja derecha vieja fue la oposición a las medidas sociales primero de los progresistas y luego de Roosevelt, en especial la imposición de los sistemas de seguridad social de reparto, que acabarían con el tiempo derivando en la dependencia de millones de americanos de las prestaciones sociales que les garantizaría el estado. Bismarck acertó al decir que los sistemas de pensiones públicas harían dependientes a los ciudadanos, de tal forma que se garantizaría la existencia de una gran masa de población que estaría interesada en la conservación del estado, no sólo en sus entonces reducidas dimensiones sino en unas mucho mayores.

También se opusieron ferozmente a las regulaciones laborales o a confiscaciones como la del oro decretadas por el gobierno. Pero se oponían no porque no las considerasen eficientes o porque tuviesen consecuencias negativas no previstas en otros sectores, como enseña la escuela austríaca, sino porque reforzaban el poder del estado, algo que muchos economistas libertarios de hoy no acostumbran a tener en cuenta en sus análisis.

El legado de la nueva derecha

La nueva derecha traicionó este legado, y Rothbard no se cansó nunca de recordarlo, y al debilitar las defensas contra el estado no sólo no impidieron su crecimiento, sino que contribuyeron a transformarlo en aquello que supuestamente querían evitar. De ahí que presidentes de “derecha” como Richard Nixon puntúen entre los más intervencionistas de la historia del país en ámbitos económicos (sus controles de precios causaron consecuencias devastadoras) y haya tenido el dudoso mérito de apartar al dólar, y por consecuencia al resto de las monedas mundiales, de cualquier vinculación con el oro. Estas serían las consecuencias de abandonar los viejos principios, por otros más oportunistas y adecuados a la coyuntura. Espero que hayamos aprendido algo de la historia de la derecha americana para que sus errores no vuelvan a repetirse.

Una gran luz se ha apagado

El gran teórico español Dalmacio Negro Pavón ha dejado este mundo para disfrutar de la eternidad. Su vida y obra son imperecederas, pues han sido muchos los estudiantes e intelectuales que disfrutaron de su amistad y compañía, y que disfrutarán de las enseñanzas que sus textos esconden. Una gran luz se ha apagado. Don Dalmacio era conocedor y muy consciente del valor del pensamiento occidental. Sus estudios han sido de gran valía para todos aquellos que como estudiantes de Ciencia Política deseamos en algún momento de nuestra vida sumergirnos en los textos de los gigantes del pensamiento político universal.

Conocí a Dalmacio Negro Pavón en el año 2022 con motivo de la entrega del Premio Juan de Mariana a toda una vida en defensa de la libertad. Y es que don Dalmacio fue ante todo un liberal. Una persona comprometida con la defensa de la libertad. Un ser humano siempre en alerta, sabedor de los peligros que la estatización de la vida social podía conllevar para la estructura de Derechos y Libertades de las personas. Esto fue lo que intentó explicar, siempre de manera brillante, mediante su trabajo en el campo de la Historia del Pensamiento Político a lo largo de su vida.

Dalmacio Negro: las raíces del pensamiento

Dalmacio Negro fue siempre consciente de que las ideas no surgen de la nada. Debemos estudiar y sumergirnos en las raíces civilizatorias que nos hacen ser como somos. Y por ello, además de un gran teórico, Dalmacio fue cristiano correcto y persona buena. Son muchos los trabajos de don Dalmacio que deberíamos destacar. Sin embargo, y en lo personal, tengo cinco de gran valía en mi mente. Como buen académico, Dalmacio trabajó el artículo de investigación y por supuesto la producción ensayística.

En relación con los primeros, debo señalar dos que son de gran estima para mí. Tengo que reconocer que mi acercamiento al pensamiento de Jean-Jacques Rousseau y también a Edmund Burke han sido gracias a dos magníficos trabajos firmados por don Dalmacio y publicados en la prestigiosa Revista de Estudios Políticos.

Pero quizás lo más interesante, lo que más agradezco de este magnífico profesor e investigador, son sus libros. Sobremanera, los que tienen que ver con el Estado como forma política y con la civilización cristiana como sustento cultural y moral de la sociedad libre. En relación con el primero, destaca Historia de las formas del Estado. En este trabajo, el brillante profesor Negro Pavón describía la evolución del Estado, siendo consciente del éxito que dicha forma política ha tenido a lo largo de la Historia. La clave se encuentra en la capacidad de mutar y adaptarse al espíritu de los tiempos. Primero, una forma político patrimonial; después, una máquina resultado de las revoluciones liberales y posteriormente, un proyecto totalitario y liberticida.

El Estado

En la actualidad, don Dalmacio pensaba que el Estado:

(…) no es más que una gran maquinaria técnica que, abandonada a sus propios impulsos, pugna por someter la política y el Derecho, la religión, la moral, la cultura, la misma vida, causa y raíz de todo lo demás, a sus exigencias técnicas desarrollistas.

En definitiva, y a pesar de habernos librado de los totalitarismos comunista y nazi, un aparato que pretende engullir a la sociedad, que desea someterla y hacerla dependiente. Una maquinaria que anula a la persona, reduciéndola estrictamente a ser productiva al servicio de la misma.

Por todo lo anterior, Dalmacio era un gran defensor del cristianismo. Un defensor a ultranza de la civilización que nos ha hecho ser lo que somos. En su trabajo Lo que Europa debe al cristianismo, el profesor se hacía una pregunta que entronca con lo analizado por pensadoras como Dreidre McCloskey:

¿Pueden la libertad, la igualdad, la democracia, la ciencia o la economía seguir siendo ideas básicas de nuestro entorno cultural sin las creencias sustantivas de origen cristiano sobre las que descansan y se edificaron?

La pregunta sigue vigente en los tiempos que corren, pues creo que son muchos los que tienen presentes, que vivimos en tiempos de incertidumbre e inseguridad. Necesitamos asideros que motiven una recuperación de lo nuestro. Volver al pasado con objeto de recordar aquello que hizo de Occidente la cuna de la libertad.

La tradición liberal y el Estado

Y en este sentido, es importante regresar a La tradición liberal y el Estado. Para don Dalmacio:

El objetivo de la política para el liberal consiste en hacer posible que pueda realizar cada uno su fin personal, buscar la felicidad (…) El objeto de la política liberal son, pues, los medios, y la política de los medios es un arte que, al presuponer la libertad, deja vivir a la gente naturalmente.

En pocas palabras, vive y deja vivir. No te entrometas en el modo de vida de las personas si el mismo no afecta a la vida, la libertad y la propiedad de las mismas. Lo contrario es el diktat, el deber ser, la imposición de un criterio moral y con ello la restricción de la libertad.

Hoy nos ha dejado uno de los grandes. Una persona que ha contribuido a defender lo que somos, un ser humano que amaba la libertad. Descanse en paz, don Dalmacio. Siempre en nuestra memoria.

Los principios de la política (I): el mito de Prometeo

El término Política tiene sus raíces en el nombre de la obra clásica de Aristóteles, Politiká, que introdujo el término del griego (Πολιτικά, ‘asuntos de las ciudades’). Hablamos aproximadamente del año 350 a.C. Antes incluso que Aristóteles, Platón utiliza el mito de Prometeo para explorar diferentes temas filosóficos, como el origen de la humanidad y el florecimiento de su forma de organización. Lo hace en el diálogo Protágoras, que se centra en un debate entre Sócrates y el sofista Protágoras sobre la naturaleza de la virtud y su enseñanza. En el pasaje 320C-322D, Protágoras narra un mito para explicar su visión de la virtud.

El mito de Prometeo

Este mito se sitúa en un tiempo primero cuando los dioses aún no habían creado a las especies mortales. Los dioses encargaron a Prometeo y a su hermano Epimeteo distribuir habilidades entre estas criaturas. Epimeteo, encargado de la tarea, otorgó características diversas para asegurar su supervivencia; algunos animales recibieron fuerza, otros rapidez, algunos fueron dotados con armas, mientras que otros poseían habilidades de huida o defensa personal. Cuando llegó el momento de equipar al hombre, Epimeteo había agotado ya todos los recursos. Prometeo, viendo al hombre desprotegido, intervino robando el fuego y la sabiduría técnica de los dioses para darla a la humanidad, lo que les permitió desarrollar tecnología y cultura, pero sin otorgarles la sabiduría política necesaria para vivir en armonía, lo que originalmente solo Zeus podía otorgar.

Debido a esta falta de sabiduría política, los primeros humanos no pudieron formar sociedades estables; vivían dispersos y eran amenazados por animales salvajes. Al buscar convivir en ciudades para protegerse, se veían envueltos en conflictos internos por la ausencia del arte de la política. Viendo la posibilidad de que la especie humana pudiera extinguirse, Zeus decidió enviar a Hermes para dotar a todos los hombres de justicia y pudor, asegurando que todos los individuos poseyeran estas virtudes fundamentales para la convivencia en sociedad, estableciendo así las bases de la ordenación política y la cohesión social.

El ser humano como ser distinto

Ya en este mito se distingue al ser humano del resto de criaturas. Se representa la primera aparición del ser humano como ente corpóreo distinto. La explicación se da en que, como seres humanos, tenemos una corporeidad no especializada. Mientras que un animal cualquiera, como podría ser un águila, encuentra la progresión de la especie en su alta especialización y en instinto, nosotros los hombres nos desvinculamos a un medio. O, dicho de otra forma, para la naturaleza resulta difícil explicar para qué está diseñado un ser humano. Es por ello que, al hombre, le corresponde la vida social. Y con la vida social se corresponde la vida política.

La vida política

Mientras que las ciudades mesopotámicas eran de los dioses, en Grecia eran de los hombres. Mientras que en Mesopotamia existían Reyes Sacerdotes, en Grecia se cultivaba la política y la ciudad. La vida política es un tipo de vida que llevan los seres humanos. Y una vez se consolida la vida política, se comienza a reflexionar sobre las grandes cuestiones de la vida. ¿Por qué al ser humano le corresponde la vida política? ¿Qué relación hay entre el orden de la ciudad y el orden del universo? Estas grandes reflexiones ya se comenzaban a plantear, como muestra Platón a través del mito.

Los griegos fueron el origen del pensamiento como polis, lo que tiene que ver con lo que está dentro. Y por contraposición, nace la palabra bárbaro, “barbaroi”, que era el término con el que se designaba a los extranjeros. Y todavía más lejano, más allá de los bárbaros, los griegos fueron los primeros en usar la palabra cosmos, que se referían al universo como un todo ordenado y estructurado, en contraposición al caos. Pero, además, “cosmos” también tenía un significado relacionado con el adorno y la belleza. Los griegos imaginaban y tenían la idea de que existía una materia eterna, que siempre había existido. De esa idea nace la concepción de que, a través del fuego, se obtienen las artes. En el mito, Prometeo roba el fuego del templo para dotar al hombre de estas artes. El fuego sirve también como metáfora de la chispa de la inteligencia.

La organización humana

Aterrizando esta idea, y si nos observara un supuesto ente no terrícola, se preguntaría cómo los seres humanos sobreviven como especie a través de la organización. La respuesta es simple: trabajando. Mediante aquello que con la iniciativa hace que puedan coexistir. Para sobrevivir, se han de poner ideas en común. Este trabajo es lo que diferencia la labor de una colmena de abejas (que está predeterminado), de la lógica y la puesta en común. Cuando no somos capaces de poner las cosas en común, surgen las guerras.

La vida política es necesaria para que los seres humanos cubran sus necesidades, permitiéndoles llevar a cabo una vida contemplativa y reflexiva, y realizar acciones libremente. A través de ello, se fomenta la realización de buenas acciones. ¿Y qué es bien de todo? Aquello que posibilite el desarrollo del ser humano según lo que es. Este bien debe posibilitar la máxima autarquía y promover la máxima capacidad operativa, siempre en un marco de libertad. En la ciudad tenemos que integrar la política para que el ser humano pueda resolver las máximas cuestiones del espíritu posibles. La vida política es la vida de seres libres que viven de una determinada manera.

La justicia…

En el mito, Zeus no reparte las mismas habilidades a todos los hombres. En una sociedad, no todos pueden ser médicos, o abogados. Necesitamos que unos hagan por los otros. Para que sea posible la vida humana, se necesita distinguir entre tipos de personas. Y para resolver los conflictos que puedan darse, se debe recurrir a la vida política. Al diálogo. Y aquí Zeus repartió la justicia. Sin embargo, a la hora de repartirla, lo hizo a todos por igual. Porque sin justicia, no habría ciudades: La vida política es aquella que adoptan las personas que valoran la justicia, pues solo ellas aspiran a que las acciones humanas se coordinen de manera que todos los bienes puedan ser compartidos –no necesariamente igualados–.

Sin embargo, incluso en las sociedades más libres, se presentarán imperfecciones. Sócrates, por ejemplo, encontró la muerte en una democracia, bajo circunstancias que no deberían haberse dado. Su experiencia sugiere que la vida social puede prevalecer sobre las consideraciones políticas y filosóficas. Los actos libres generan nuevas posibilidades, creando circunstancias que, antes de realizarse, eran impredecibles. Aunque los resultados de A y B pueden anticiparse si A y B ya existen, los actos nuevos surgen de actos libres.

… y su entorno

¿Vale la pena ser justo, o sólo para una determinada finalidad? ¿Vale la pena morir como Sócrates? Aristóteles decía que el ser humano es un viviente político por naturaleza. Ha sido dotado de lenguaje, de palabra. A diferencia de los animales, el hombre utiliza el lenguaje para hablar de lo justo y de lo injusto.

¿Existe aquello que es justo? ¿Hay algo que relaciona lo que es justo o no, y la verdad? ¿La justicia corresponde a la dimensión de la realidad, o de la verdad? ¿Lo que es justo o injusto es totalmente independiente de nosotros? Sería extraño, porque parecería que estamos predeterminados. Y aquí viene un concepto potente: si nosotros estableciésemos lo que es justo, nos tendríamos que definir nosotros, todos. No sería posible que existieran leyes injustas. Nos resistiríamos a hacer cosas que no son justas. No las haríamos porque no las entenderíamos. No podemos establecer lo que es justo meramente por nosotros, sería un imposible. Si establecemos aquello que es justo, a través nuestra, sin lugar a dudas, aquello que es injusto no tendría sentido para nosotros.

Tipos de justicia

Es por ello que se llega a otra posibilidad, y es que haya causas justas por naturaleza, y otras justas por legalidad. Si hay algo natural, viene predeterminado. Si es algo de carácter práctico, lo mandamos nosotros. Hay causas que son justas porque las mandan las leyes, y otras veces las mandan las leyes porque son justas. Conducir por la izquierda no es malo por sí mismo. Pero sí que lo es quitar una vida. Cualquier ley que establezcamos nosotros, necesitará complejidad y diálogo. ¿Y hay causas más justas que otras? En una última instancia, muchas causas dependen de otras.

Un relato interesante y relacionado aparece en la tragedia Antígona, de Sófocles. Narra la historia de Antígona. Tras la muerte de sus hermanos en una guerra fratricida, el nuevo rey de Tebas decreta que el cuerpo de uno de ellos, considerado traidor, no reciba sepultura. Antígona desafía este edicto regido por la justicia humana y decide sepultar a su hermano siguiendo lo que ella considera una justicia superior: las leyes no escritas y sagradas que dictan respeto por los fallecidos. Este conflicto entre lo divino y lo humano se convierte en un punto central de reflexión sobre la naturaleza y la legitimidad de las leyes que rigen las acciones y la moral en la sociedad.

Conclusión

El mito de Prometeo invita a reflexionar sobre la conexión entre nuestra corporeidad poco especializada, la necesidad de trabajar, la necesidad de integrar los logros laborales, y la necesidad de crear nuevos acuerdos para que todo lo anterior sea posible. El ser humano no puede avanzar sin la división del trabajo y la integración de los frutos de diversas actividades.

Debido a esta corporeidad poco especializada, el ser humano está por naturaleza dispuesto y requiere de una vida política; además, éste es capaz de desarrollar un lenguaje para discutir sobre lo justo y lo injusto. Esto nos lleva a preguntar: ¿Determinamos nosotros mismos lo justo y lo injusto, o estas nociones ya están preestablecidas por la naturaleza? En cualquier caso, parece esencial que el ser humano participe en la vida política, porque sólo así se vive verdaderamente como humano.

Ver también

Leo Strauss y la promesa de la filosofía política. (Daniel J. Mahoney).

Platón, admirador de Esparta. (Francisco Moreno).

La indeseable democracia ateniense

Si hubiera una nación de dioses, éstos se gobernarían democráticamente; pero un gobierno tan perfecto no es adecuado para los hombres.1

— Jean-Jaques Rousseau

Entre los defensores de la democracia “real”, se suele mencionar al modelo ateniense como el más deseable, el más cercano a la perfección. Aquí veremos por qué ni siquiera este sistema es deseable.

Del mismo modo, cuando realizamos una crítica, la mejor manera de hacerlo suele ser con argumentos conceptuales o teóricos, que derrumben por completo la doctrina que se ataca. No obstante, y debido a que contra la democracia ya se han escrito muchos libros2, en este artículo rescataremos la historia de uno de los grandes de la filosofía.

Este es Sócrates, reconocido filósofo griego, y quien fue uno de los mayores defensores de la democracia ateniense. Sin embargo, tras su muerte, se convirtió en uno de los muchos motivos prácticos para oponerse a este sistema político.

Sócrates

Nace en Grecia en el año 470 antes de Cristo, y es enjuiciado y condenado a muerte en el año 399 a.C. Su mejor discípulo, Platón3, escribiría “Apología de Sócrates”4 cuatro años más tarde. La injusticia de su juicio —véase la contradicción— es de las mayores que han sido inmortalizadas por escrito y en el arte:

Para introducirnos correctamente, debemos saber que Sócrates era un gran defensor del sistema ateniense y de sus costumbres. Tanto fue así, que, pese a tener oportunidad de escapar de la prisión donde estuvo encarcelado durante treinta días antes de su condena, y como hicieron otros grandes como Anaxágoras o Aristóteles, decidió quedarse y cumplir con el que creía que era su deber: cumplir la ley.

Sus acusadores fueron cuatro: Aristófanes —se cree que le acusó buscando fama—, Meletos, Licon y Anitos. Los motivos concretos por los que se le acusaron no son tan relevantes aquí, pero por nombrarlos brevemente fueron tres: impiedad [asebia], corrupción de juventud y herejía. Todas estas acusaciones, como argumentó él mismo en su juicio, eran exageradas o directamente falsas5.

Cicuta democrática

No obstante, el hecho es que fue condenado a muerte, cuya narración también considero necesaria para entender mejor la crítica:

El sol estaba ya cerca de su ocaso. Llegó Sócrates, recién lavado, y después de esto no habló mucho. Agradeció las atenciones de los representantes de los Once y pidió: “Que traigan la cicuta, si es que ya está triturada”.

Salió un esclavo a buscarla y la trajo ya triturada, en una copa. Al verle Sócrates, le dijo: “Buen hombre, tú que entiendes de estas cosas, ¿qué es lo que debo hacer?”. “Nada más que beberlo y pasearte, hasta que se te pongan pesadas las piernas, y luego tumbarte”.

Así hará su efecto —y le tendió la copa. Tomóla con gran tranquilidad y sin alterarse ni su color ni su semblante… Al verlo beber no pudimos contener las lágrimas y nos recriminó: “Mandé fuera las mujeres y niños para evitar estas escenas. Ea, pues, mostraos fuertes”.

Al sentirse pesadas las piernas, se acostó boca arriba. El esclavo le preguntó si sentía cuando le apretaba el pie y le dijo que no. Y siguiólo tocándole y le dijo que cuando le llegara al corazón se moriría. Tenía ya casi fría la región del vientre, y descubriendo el rostro dijo éstas que fueron sus últimas palabras: “¡Oh, Critón!, debemos un gallo a Asclepio. Pagad la deuda y no lo paséis por alto”.

Y no habló más. Al cabo de un rato tuvo un estremecimiento y el esclavo le descubrió la cara: tenía la mirada inmóvil. Al verlo Critón, le cerró la boca y los ojos.6

Anaxágoras y aristóteles

Tras su muerte, el arrepentimiento fue generalizado. Tal fue este que uno de sus acusadores, Meletos, fue condenado también a muerte, y los otros tres fueron desterrados. Se le construyó también una estatua de bronce.

Este no fue el primer ni el único juicio arbitrario contra un filósofo en Grecia, aunque sí fue el primero donde se asesinó al acusado. Otros casos que hay que destacar fueron los de Anaxágoras7 y Aristóteles8, ambos exiliados. Este último, antes de irse, declaró lo siguiente:

No dejaré a Atenas pecar dos veces contra la filosofía

Y no sólo eso, sino que Sócrates antes de ser ejecutado declaró que “[e]sa peste no se detendrá con mi condena”, refiriéndose a los juicios ideológicos.

Ahora bien, ¿es esto intrínseco al modelo democrático?

Analizando simplemente los motivos por los que fue condenado, podemos responder con un rotundo sí. Estos motivos, además de ser falsos, mostraban el enorme miedo que se vivía en ese momento entre los aristócratas —en el mal sentido de la palabra—. Había un ambiente de tensión política, y el posible golpe de estado estaba a la vuelta de la esquina. Algunos lo describen como una suerte de caza de brujas.

Nuevamente, debemos responder con un rotundo sí. Y no sólo esto, sino que era una democracia bastante mejor que cualquiera de las actuales, al menos en términos institucionales. Veámoslo a continuación:

Primeramente, en la Antigua Grecia convivían más de 150 gobiernos diferentes, aunque todos bajo unos principios comunes, que podríamos equiparar a los cantones suizos actuales, salvando las distancias.

Además, el poder estaba dividido de manera jerárquica, y con una participación popular que no vemos actualmente en ningún estado moderno. Esta es como sigue, y en orden descendente: Ecclesia —máximo órgano, 10 reuniones anuales—, Boulé —550 de consejo, cámara deliberativa—, Pritania —50 bouletas y presidente, mandato de algo más de un mes—, Epistates —por sorteo, solo dura un día.

Asimismo, el poder ejecutivo estaba dividido en el arconte-rey, el tribunal de jueces [dikastai] y el tribunal popular [helieia].

La tiranía de la mayoría

A lo que pretendo llegar con esto es que los diferentes fracasos democráticos no dependen del sistema concreto, sino que son algo esencial al sistema. La tiranía de la mayoría no puede ser otra cosa que eso: en el mejor de los casos, una dictadura del partido más votado. Este es, en definitiva, uno de entre muchos argumentos que debemos empuñar para rechazar el sistema democrático, tanto en la teoría como en la práctica.

Finalmente, y como pequeña anotación final, me gustaría aclarar que no creo que todo defensor de la democracia sea alguien malo. Como decía Sócrates, la maldad nace de no saber lo que es bueno. Por tanto, el malvado es ignorante. Sin embargo, yo no creo que sea realmente así; efectivamente habrá ignorantes, pero también gente que actúe así sabiendo que no es lo correcto.

Por este motivo, y para concluir, considero necesario recordar que todo defensor de la democracia es o malvado o ignorante. A estos últimos es a quienes debemos convencer.

Recordad que este artículo no ha sido revisado por nadie y, por tanto, recomiendo encarecidamente revisar cada una de las cosas dichas en él, por si hubiera cualquier error. De ser así, por favor, comunicádmelo.

Notas

1 Ver “El contrato social”.

2 Al respecto, podéis consultar “Monarquía, democracia y orden natural”, de Hans-Hermann Hoppe, “El mito del votante racional”, de Bryan Caplan, o “Sin traición”, de Lysander Spooner.

3 Filósofo griego, discípulo de Sócrates y maestro de Aristóteles. Entre sus muchas obras, casi todas estructuradas en diálogos protagonizados por el propio Sócrates, el autor nos narra su visión sobre diferentes temas, principalmente la epistemología, ontología, ética y antropología. Podemos destacar obras como “República”, “El banquete”, “Parménides” o la propia “Apología de Sócrates”.

4 Para este comentario utilicé la edición de Alhambra.

5 Ver “Apología de Sócrates”, de Platón.

6 Extracto de “Fedon”, de Platón.

7 Filósofo presocrático, discípulo de Tales de Mileto, que elaboró una teoría ontológica basada en las homeomerías y que desarrolló el concepto de nous.

8 Filósofo griego, discípulo de Platón, que reorienta el estudio ontológico y epistemológico, introduciendo los conceptos de potencialidad, actualidad y reformulando la virtud platónica, rechazando así la dualidad clásica de este autor. Algunas de sus obras más relevantes son “Política”, “Ética a Nicomaco” o “Física”.