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Etiqueta: Universidad

El difícil camino hacia la autonomía universitaria 

Cualquier universidad pública que carezca de autonomía se convierte en una burocracia; sin cerebro, sin interés por innovar, ni tomar decisiones propias. El personal que la conforma no necesita pensar, sino solamente cumplir las órdenes del jefe o cumplir los programas diseñados por alguna oficina gubernamental. Se le denomina “universidad pública” a las instituciones educativas creadas por el gobierno con recursos del erario. El gobierno determina el lugar, expropia o compra los terrenos, decide la arquitectura de los edificios, contrata al personal docente, decide los sueldos y salarios y diseña los planes y programas de estudio. Es una práctica estatal impulsada por el dictador austriaco Otto von Bismarck desde mediados del siglo XIX con el fin de tener el control del pensamiento de los individuos. 

Las universidades públicas, creadas de esta manera, naturalmente se transforman en instituciones burocráticas propicias para el despilfarro de recursos, robo y saqueo donde los más beneficiados son los que alcanzan los altos puestos directivos y las mafias sindicales; florece el nepotismo, pues hay la facilidad de colocar a los parientes, amantes, amigos, etc.

Los recursos que recibe la autoridad universitaria se desperdician en gastos inútiles o innecesarios. Los alumnos se convierten en el pretexto para seguir recibiendo recursos “ad infinitum”; los sindicatos aprovechan la oportunidad de inflar la plantilla con personal innecesario.  

La rentabilidad, que la trabajen otros

Las universidades públicas no sienten la necesidad de preocuparse por la rentabilidad, pues se jactan de no ser negocios, y, por tanto, no se preocupan por las pérdidas. Otro fenómeno notable es que se convierten en nido propicio para las corrientes de izquierda. Se difunde extensamente la línea marxista como pensamiento único, rechazando u hostilizando al pensamiento liberal, casi nadie conoce a los pensadores de la Escuela Austriaca de Economía, a pesar de tener grandes académicos de Premio Nobel.

También se puede observar los altos niveles de deserción. De cada 100 alumnos que ingresan, solo llegan a titularse el 10 o 15% a pesar de que en varias se ha abolido el requisito de hacer una tesis y se les otorga el título con solo aprobar todas sus asignaturas.

Si estos fenómenos solo se observaran en una determinada universidad pública, bastaría, quizás, cambiar a los directivos, despedir a algunos o a todos los profesores, aumentarles el salario al doble para que se preocuparan por hacer bien su trabajo, pero nada de esto funciona. Además, el fenómeno es bastante generalizado. De hecho, no se conoce de una sola universidad pública que esté “libre de pecado”.

¿Autonomía?

Ante esta realidad, las universidades prometen cumplir bien si se les da la autonomía para autogobernarse. De hecho, a varias se les ha concedido el privilegio de la autonomía. Pueden elegir a sus autoridades, seleccionar a sus docentes, establecer sus sueldos, determinar prestaciones y servicios, etc. Pero el gobierno las sigue subsidiando. Les entrega su presupuesto anual y prácticamente sin supervisión ni entrega de cuentas, pero tampoco ha servido, y quizás ha sido peor. 

Realmente se necesita analizar a fondo el modelo de universidad pública que se aplica desde décadas atrás. 

Hace 200 años o más, el gobierno no se metía en el campo educativo. Eran los particulares, es decir, los que no pertenecían al aparato estatal, quienes educaban a los niños y jóvenes. El comerciante contrataba a un letrado para educar a sus hijos, o bien, alguna orden religiosa se disponía a fundar escuelas y universidades. 

La idea de Bismarck: el control de la educación

Si el canciller Otto von Bismarck realmente se hubiera preocupado por construir un buen sistema educativo, solo tenía que invitar a los agentes privados a fundar escuelas y universidades. Y a la banca u otros organismos con recursos podría incentivarlos para que otorgaran créditos a largo plazo para personas o asociaciones que tuvieran interés en crear instituciones educativas de todo tipo. Así se habría formado un mercado competitivo de educación en todos los niveles. Las instituciones capaces de satisfacer los gustos, necesidades o anhelos de los alumnos sobrevivirían y desaparecerían las incompetentes.

Bismarck pudo haber influido para la creación de instituciones que otorgarán financiamiento a todo joven o ciudadano que quisiera instruirse. Así es como nadie tendría la excusa de no estudiar por falta de recursos. El banco le prestaría lo suficiente para pagar la colegiatura, sus gastos de alimentación, viajes, habitación, etc. Y cuando ya estuviera ejerciendo su profesión, empezaría a regresar el crédito. 

Pero Bismarck estaba más preocupado por construir un gobierno estatista que tuviera el control total de la sociedad. Ni por asomo pensaba el dictador que el mercado podía resolver el tema educativo.

No solo Bismarck adoptó el modelo de control estatal de la educación. También lo hicieron Adolfo Hitler, Lenin, Stalin, Fidel Castro. E hicieron desaparecer las escuelas privadas. Pero, aun en la Alemania de hoy día, casi todas las escuelas y universidades están en manos del Estado, con directivos de izquierda, como en los viejos tiempos del Führer. La tarea es transformar el sistema estatista de educación en un sistema educativo liberal. 

Cambiar la financiación

El primer paso es cambiar su sistema de financiamiento. En lugar de que el gobierno le envíe los recursos monetarios a la institución, eso se debe cortar de tajo. En su lugar, la idea es que el subsidio se envíe a la demanda, es decir, al alumno. Se hace mediante un cheque o voucher a nombre del alumno, intransferible y que únicamente sirve para pagar la colegiatura en la escuela o universidad que el alumno elija para recibir instrucción. No se estaría gastando más dinero. El presupuesto que está destinado a una escuela se divide entre el número de alumnos y luego entre doce. Así se determina el monto de cada voucher que el alumno recibe cada mes. Es importante que sea la mano del alumno quien coloca el cheque en la escuela donde está matriculado. Y debe ser con periodicidad mensual, pues de otra manera no funciona. 

El fundamento de esta propuesta radica en que se introduce la disciplina del mercado en el sistema educativo. En efecto, desde el momento en que las escuelas viven de las colegiaturas, es decir, del cliente, se empiezan a preocupar por dar un buen servicio con la esperanza de que ese cliente esté dispuesto a seguir pagando, mes a mes. Es decir, se introduce la variable RIESGO, que es el motor que obliga a una empresa o institución a dar un buen servicio al cliente. Además, las otras escuelas también están deseosas de recibir vouchers, luego, tendrán que competir, tratar de dar mejores planes de estudio, tener mejores profesores, etc. Por supuesto, aquellas instituciones que no sean capaces de dar buenos servicios desaparecerán por su propia incompetencia. Lo cual es perfectamente sano para la población estudiantil.

Y cambiar el punto de vista de las instituciones

Nótese que no estamos hablando de eliminar la gratuidad de la educación ni de privatizar las instituciones, temas que deberán discutirse posteriormente. Introducir el sistema de subsidio a la demanda para eliminar el sistema de subsidio a la oferta es el primer paso necesario para lograr la autonomía de escuelas y universidades. 

Los profesores, investigadores, administradores y trabajadores de la institución podrán reunirse para decidir libremente, es decir, sin intervención del gobierno, cómo distribuir el dinero ingresado por los vouchers. Determinarán el salario de cada docente, de cada trabajador, del rector y lo suficiente para mantenimiento o ampliación del plantel. Aprenderán así a administrar su propia institución.

Con toda seguridad, las escuelas empezarán a cambiar su visión de futuro, su filosofía, para volverse más afines a un mundo de libertad donde el individuo sea el centro del universo. En otras palabras, con el subsidio a la demanda es más probable que abandonen esa visión izquierdista que anula el valor del individuo.

Aunque el cambio en el sistema de financiamiento es un gran paso, no es suficiente para lograr la autonomía universitaria tan anhelada. Es necesario un punto más; se requiere sacar las manos del gobierno. Quiere decir que es necesario eliminar todo tipo de control por parte del Estado. Esto incluye evitar el control o supervisión del gobierno mediante alguna institución burocrática. Al final, los títulos o grados académicos deben ser otorgados por la institución educativa y no por el gobierno. 

En resumen, cambiar el flujo de financiamiento es el primer paso para reformar el sistema educativo. No es suficiente, pero es la base para darle verdadera autonomía a las universidades y así quitarles la camisa de fuerza que les impide aplicar y desarrollar el talento de sus académicos e investigadores. FIN. 22 de febrero de 2024.

Ver también

Un modelo diferente (y más justo) de financiar la universidad pública. (Domingo Soriano).

El origen perverso de las universidades públicas. (Santos Mercado).

¿Disolver las Universidades?

Por Helen Dale. Este artículo ha sido publicado originalmente en FEE.

Hace unas tres semanas fui a la fiesta de Navidad del Institute of Economic Affairs en Londres. La fiesta de fin de año tuvo lugar un par de días después de que varios presidentes de universidades estadounidenses comparecieran ante el Congreso. Por banales razones de ajetreo -Londres produce sus propias noticias- no lo había visto.

Varias personas, en la reunión, intentaron transmitirme su naturaleza y el efecto calamitoso. Me temo que me esforcé por creerles. Pensaba que nada podía ser tan malo, sobre todo teniendo en cuenta que los congresistas estadounidenses son mucho más educados que los diputados británicos de los Comunes o, para hacer el contraste aún más marcado, que los parlamentarios australianos, a veces divertidos y a veces salpicados de saliva.

Cuando por fin lo vi -24 horas más tarde-, me pareció estar viendo los debates del Senado australiano, con la diferencia de que los acentos no eran los correctos. Un político agresivo al estilo australiano iba a por tres vicerrectores de universidad (lo que nosotros llamamos rectores de universidad) que estaban haciendo de su testimonio un auténtico festín. Los niños de hoy en día dicen “cringy” o “cringeworthy”, pero yo prefiero la frase de mi madre: toe-curlingly embarrassing.

Vergonzoso

Empecé a preguntarme si era tan ruinoso por el hecho de que todos podíamos ver sus caras. Hubo un momento, con los horribles gestos de la mujer Penn -su boca se torcía en una sonrisa- en el que quise coger una esquina de la alfombra y arrastrarme por debajo. Era casi imposible de ver. Llegué a la conclusión de que los efectos visuales lo empeoraban. (la quemazón es algo que se hace por diversión en las ferias parroquiales del norte de Inglaterra). Y busqué un reportaje de Radio 4 de la BBC sobre la polémica que, por necesidad, era sólo de audio.

Me equivoqué. Incluso sin vídeo, es igual de horrible.

Desde entonces, no he podido quitármelo de la cabeza. No creo que haya vuelta atrás. Así es como se pierde la licencia social de una institución. Me recordó a la infame audiencia de las grandes tabacaleras, en la que los principales fabricantes de cigarrillos mintieron directamente al Congreso sobre la relación entre el tabaquismo y el cáncer.

Como las grandes tabacaleras

Entiendo y respeto a la gente que hace sugerencias políticas serias y reflexivas destinadas a “arreglar” la Ivy League y la educación superior estadounidense en general. La Fundación para los Derechos Individuales y la Expresión tiene una lista útil para empezar, mientras que el abogado y académico legal Glenn Reynolds tiene ideas que se solapan con las de FIRE, además de algunas propuestas adicionales propias. He seleccionado a esos dos de entre cientos porque ambos entienden que cuando censuras cualquier expresión, te haces responsable de cualquier expresión que permitas. El ciego Freddy puede ver tu doble rasero y a menudo está dispuesto a exigirte que lo cumplas, como demuestran los furiosos ex alumnos y donantes que hacen cola para lanzar piedras a los Ivies.

Sin embargo, el respeto por FIRE y Reynolds -y mi creencia de que aplicar las políticas que defienden sería beneficioso para los estadounidenses, así que, por favor, háganlo por el bien de su país- no significa que vayan a “arreglar” sus universidades. Las universidades son como las grandes tabacaleras: nunca van a ser buenos lugares llenos de buena gente, y tenéis que aceptarlo. Por mucho que te gusten, los cigarrillos te matarán. El número de las universidades está en proceso de ascender.

“¿Cómo?” Te oigo preguntar. “Sólo Harvard tiene una dotación superior a los cincuenta mil millones de dólares”.

Monasterios

Bueno, yo vivo en un país que antaño tenía instituciones muchas veces más ricas (en términos relativos) que Harvard, Penn o el MIT. Y en cuatro cortos años -1536 a 1540- todas ellas habían pasado a la historia. Los intentos de revivirlas al más alto nivel menos de 20 años después fracasaron. Hablo, por supuesto, de la Disolución de los Monasterios por Enrique VIII. Como en el caso de los monasterios, si Harvard molesta lo suficiente a la población de su país -especialmente a sus élites adineradas-, su dotación de 50.000 millones de dólares no la salvará.

En el siglo XVI, las casas religiosas inglesas controlaban el nombramiento de dos quintas partes de las parroquias de Inglaterra, disponían de la mitad de los ingresos eclesiásticos y poseían una cuarta parte de la riqueza territorial del país. Cuando Thomas Cromwell (el ejecutor de Enrique; dirigió las llamadas “visitas”) estableció cuánto dinero tenían los monasterios en 1535, resultó que, si el abad de Glastonbury se hubiera casado con la abadesa de Shaftesbury, su heredero tendría más tierras que el rey. De la población masculina adulta de Inglaterra en aquella época -aproximadamente medio millón-, uno de cada cincuenta pertenecía a órdenes religiosas. Salvo contadas excepciones, las mujeres más cultas y brillantes de Inglaterra eran todas monjas.

Reyes y emperadores arruinados

Por supuesto, las historias de colegialas que me enseñaron sobre las disoluciones monásticas de Inglaterra son, al menos en parte, ciertas: Enrique VIII estaba notoriamente arruinado y nunca fue un auténtico protestante en el sentido que, por ejemplo, Martín Lutero reconocería como tal. Su política religiosa era a menudo incoherente. En 1537 fundó un nuevo monasterio para rezar por el alma de su esposa Jane Seymour (mientras seguía disolviendo monasterios por doquier). El viejo chiste de que la Iglesia de Inglaterra surgió del suspensorio de un monarca sexualmente despilfarrador tiene algo de cierto.

Que un monasterio fuera despreciado o considerado una institución digna dependía del papel que hubiera desempeñado a nivel local. Si daba socorro a los pobres, educaba a los niños de la localidad, participaba en los mercados regionales y ofrecía servicios espirituales, tendía a ser querido. A muchos de ellos les perjudicaba su aislamiento, su ajenidad y su incapacidad para comprometerse con la sociedad, a la vez que recibían el dinero de la gente en forma de diezmos. Si no compartes, no apoyamos era una queja real de larga data.

Encerrar tanto el capital humano como el económico nunca cae bien, y el resentimiento no era exclusivo de Inglaterra y Gales o de la Europa de la Reforma: surgió en otras civilizaciones con sus propias tradiciones monásticas. En 843, el emperador Wuzong de la dinastía Tang de China -como Enrique VIII, escaso de dinero- disolvió los monasterios budistas de su país. Empezó por poner fin a su exención de impuestos. Al igual que Enrique, probablemente no inició el proceso con la intención de extirpar todo el monacato, pero en eso se convirtió.

Edicto

Su edicto de 845 es atronador:

Los monasterios budistas crecían día a día. La fuerza de los hombres se consumía en el trabajo con yeso y madera. La ganancia de los hombres se consumía en ornamentos de oro y piedras preciosas. Se abandonaron las relaciones imperiales y familiares por la obediencia a los honorarios de los sacerdotes. A las relaciones conyugales se oponían las restricciones ascéticas. Destructivo para la ley, perjudicial para la humanidad, nada es peor que este camino. Además, si un hombre no ara, otros sienten hambre; si una mujer no cuida los gusanos de seda, otros pasan frío. Ahora bien, en el Imperio hay innumerables monjes y monjas. Todos dependen de que otros aren para poder comer, de que otros críen seda para poder vestirse.

Es importante recordar que las Disoluciones -aunque basadas en agravios reales- desgarraron por completo el tejido social de Inglaterra. No es algo que desearía a ningún país. En una zona donde las casas religiosas eran amadas y apoyadas, condujo a una seria revuelta popular: la Peregrinación de Gracia de 1536 comenzó en Yorkshire y pronto se extendió a otros condados del norte. Robert Aske, líder de la Peregrinación, testificó que “la supresión de las abadías fue la mayor causa de dicha insurrección”, señalando que las casas religiosas del norte “daban grandes limosnas a los pobres y servían laudablemente a Dios”.

Oxford y Cambridge

También hay pruebas de que la civilización inglesa estaba desarrollando acuerdos sociales diferentes de los que había obtenido anteriormente. Muchos habían llegado a creer que los recursos costosamente empleados en una incesante ronda de servicios prestados por hombres y mujeres apartados del mundo estarían mejor invertidos en la formación de personas que luego servirían a los laicos.

Los ricos ya destinaban dinero a Oxford y Cambridge, a escuelas de gramática para alumnos de todas las edades y a las Inns of Court. Las grandes casas religiosas, sin embargo, pensaban que estaban a salvo de este cambio de la sociedad civil: después de todo, tenían sus vastas dotaciones. Por lo general, sus fundadores de los siglos XI y XII las habían dotado tanto de ingresos “temporales”, en forma de rentas procedentes de fincas, como de ingresos “espirituales”, en forma de diezmos apropiados de las iglesias parroquiales bajo el patrocinio del fundador. ¿A quién le importaba si el Señor local había cambiado de opinión sobre el valor de una abadía cercana? El dinero, por así decirlo, ya estaba en la mano.

En lo que respecta a las universidades estadounidenses y sus dotaciones, ya hemos estado aquí antes.

Superstitio

También hay otro elemento en común: las creencias compartidas y la promoción de la superstición de rango. Un punto teológico en el que Enrique estaba de acuerdo tanto con Thomas Cromwell como con las influencias intelectuales de Cromwell (Desiderius, Erasmus y Lutero) era que los monasterios estaban plagados de superstitio.

Superstitio no es una palabra agradable ni en latín clásico ni en latín eclesiástico. Los romanos paganos que criticaban al cristianismo primitivo llamaban superstitio al nuevo chico de la cuadra religiosa. A diferencia de otras palabras del latín clásico -como a veces ocurría cuando la lengua dejaba de ser hablada-, superstitio no cambió de significado. Siguió siendo la abreviatura de un disparate religioso con raíces emocionalmente incontinentes.

En 1535, ¿cuál era el contenido sustantivo de la superstitio de Cromwell en los monasterios? Falsas reliquias y falsos milagros -y peregrinaciones sin sentido para ver ambas cosas- diseñados para vaciar los bolsillos de la gente crédula. Cromwell arremetió contra la superstitio desde el principio: “No mostrarán reliquias ni milagros fingidos para aumentar el lucro”.

Tu verdad no, la verdad; y ven conmigo a buscarla

Claudine Gay, Elizabeth Magill y Sally Kornbluth no aparecieron intentando vender a Elise Stefanik un trozo de la Vera Cruz o una ampolla de sangre de San Genaro, pero bien podrían haberlo hecho. Creen cosas -como demuestran sus testimonios y su comportamiento, tanto antes como después- que son tonterías vacías, arraigadas en una palabrería emocionalmente incontinente.

Han adoptado una definición tendenciosa del racismo que ciega a la gente ante las injusticias contra cualquier grupo considerado dominante. Han dividido el mundo en categorías simplistas de opresores y oprimidos, de blancos y personas de color, de colonizadores y colonizados. Han llegado a la conclusión de que la discriminación está justificada en nombre de los marginados. Creen que “mi verdad” puede sustituirse por “la verdad”.

Y lo que es peor, muchas de las peores tonterías han sido escritas por mujeres y autores pertenecientes a minorías que, lamentablemente, han sido elogiados por encima de su talento real por personas que deberían saberlo mejor, en casos a menudo mortificantes de halagos y humor. Como Samuel Johnson, piensan que “la predicación de una mujer es como el caminar de un perro sobre sus patas traseras. No se hace bien, pero uno se sorprende de que se haga”. A diferencia de Johnson, exaltan todos los intentos -incluidos los risibles- hasta el cielo. Esto, por si no es obvio, no ayuda a las mujeres ni a las minorías.

Nada dura para siempre

No sé qué va a ser de las universidades, ni en Estados Unidos ni en ningún otro lugar. Vivimos en un mundo con Estados mucho más grandes y poderosos y una riqueza asombrosa comparada con la de la Inglaterra de los Tudor. Podemos permitirnos instituciones más parasitarias. Enrique VIII y el emperador Wuzong no podían. Pase lo que pase, será complicado.

También hay diferencias de grado, si no de tipo, dentro del conjunto universitario: las universidades públicas de EE.UU. salen mucho mejor paradas en las clasificaciones de libertad de expresión de FIRE que las lujosas Ivies y las equivalentemente lujosas no Ivies, por ejemplo. Tal vez se hayan ganado una Peregrinación de Gracia contemporánea. Mientras tanto, las Ivies pueden tener plebeyos que les roben todos sus platos de oro, libros raros y retablos italianos.

En 1553, María la Sangrienta inició un valiente pero infructuoso esfuerzo por lograr un renacimiento de la vida monástica inglesa. Cuando murió en 1558 y fue sucedida por su hermanastra, Isabel I, la nueva reina ofreció a los monjes de María de Westminster la oportunidad de permanecer en su lugar si hacían el Juramento de Supremacía y se ajustaban al nuevo Libro de Oración Común. Todos se negaron y fueron dispersados sin pensiones.

Había monasterios en Inglaterra desde el siglo VI. En menos de 20 años, el impulso monástico del país se extinguió. Palabra para las universidades: nada dura para siempre.

Anomalías democráticas (y V)

El sistema universitario, por su forma de ser, constituye una anomalía que debe ser analizada desde un punto de vista independiente del sistema educativo. Para empezar, no se trata del sistema educativo propiamente dicho, esto es, los alumnos que alcanzan un grado universitario se presumen que ya han alcanzado un nivel suficiente de conocimientos. Los alumnos no van a las universidades a educarse, sino más bien a aprender una profesión de alta remuneración.

Pues bien, la primera salvedad sería por qué el sistema universitario debe estar estatalizado. Si las justificaciones para un sistema educativo básico regido por el Estado de forma directa ya son cuanto menos discutibles, no termina de entender por qué el Estado tiene que organizar y gestionar directamente la enseñanza posobligatoria. Una vez que los niños hayan recibido la instrucción básica, el Estado no cuenta con ningún incentivo para seguir el proceso educativo de los estudiantes. La democratización de la universidad ha llevado a la proliferación de estas, a la existencia de campus en prácticamente todas las ciudades de tamaño pequeño y, como consecuencia de ello, a la minusvaloración de los títulos por parte del mercado de trabajo.

Sin embargo, una vez que se conoce el sistema educativo desde dentro, la cuestión comienza a cobrar sentido. El sistema universitario estatal, como todos los servicios públicos, son un fin en sí mismos. No se trata de ofrecer una educación de calidad, sino la constatación de la cantidad de personas que viven del sector. Ahí tenemos los ránquines internacionales en los que las universidades españolas no es que queden mal, es que directamente ni aparecen. Claustros y alumnado luchan a capa y espada para que cualquier tipo de innovación educativa, especialmente el acercamiento de la realidad empresarial a las aulas quede totalmente al margen.

Pero existe una cuestión aún más perniciosa respecto de la enseñanza universitaria: su regresión. Frente a unos Estados modernos que claman la redistribución de la renta como uno de sus principales papeles (aunque esto viole el principio de igualdad ante la ley), las universidades toman su financiación de los contribuyentes (léase, las clases medias) para financiar los estudios de unos pocos estudiantes (más de los que deberían, en realidad). Al subvencionar los estudios universitarios, los estudiantes no asumen el coste íntegro de su acción, por lo que arrojan sobre la espalda de los contribuyentes parte de sus costes. Un joven que comience a trabajar lo antes posible, por ejemplo, estará financiando con sus impuestos los estudios de otros jóvenes de su edad que decidan continuar estudiando.

Pero no sólo eso. La universidad es un tipo de sector en el que se vuelve a competir deslealmente entre el Estado y los entes privados, al igual que sucedía con los medios de comunicación. Así, mientras las universidades privadas viven de las matrículas de sus alumnos y los derechos sobre patentes que puedan obtener de sus investigaciones, las universidades públicas siempre contarán con la financiación estatal, con el perverso incentivo sobre la productividad que ello supone.

Sin embargo, en el debate entre universidades públicas y privadas, los defensores del estatismo argumentan que la enseñanza pública cuenta con mayor calidad precisamente por situarse en mayores niveles de sexenios, acreditaciones y todo tipo de beneplácitos administrativos de la propia administración. Esto es, las universidades estatales cuentan con mejores certificaciones estatales. Pero, es debido a esa liberación de horas y de carga de trabajo que puede sustentarse sobre las espaldas de los contribuyentes la razón principal por la que un profesor de la universidad estatal puede dedicar parte de su jornada laboral a la investigación, mientras que los profesores de la enseñanza privada tienen la necesidad de impartir más docencia para justificar los beneficios de sus universidades.

Pero la última cuestión, y puede que la más hiriente, sea cómo la universidad estatal se convierte en correa de transmisión del poder político. No es infrecuente ver cómo catedráticos, decanos o rectores van y vuelven de la universidad estatal a la política y viceversa. Las promociones estatales de estudiantes son cantera del sector público, tanto en funcionariado como de cargos públicos. Pese a tratarse, en teoría, de entes autónomos, lo cierto es que las universidades viven en una matrimonio de conveniencia con el poder político, en cierto modo parecido a la banca o las compañías eléctricas.

Serie ‘Anomalías democráticas’ I, II, III, IV

La universidad sin libertad no es universidad

En una época en la que la Libertad, codiciado tesoro y anhelada meta, divino sueño y vulgar pasión, se encuentra más amenazada que nunca, pues su ancestral significado se ha visto transformado de virtud a pecado, debemos plantearnos esta pregunta: ¿Qué es realmente la Libertad? “Una libertad que no crece está condenada a menguar. Porque en la naturaleza del Poder y en la historia de las civilizaciones humanas, acaso de la especie misma, está escrito, para el que quiera y sepa leer, que el apetito de libertad no es moneda corriente. Por el contrario, sólo la tensión moral, la convicción del espíritu acerca del significado profundo de la libertad en la vida del ser humano nos permite avanzar y consolidar su posibilidad política”.

Estas palabras nacidas de la pluma de don Federico Jiménez Losantos veinte años atrás, en el primer número de la revista La Ilustración Liberal, son más que contemporáneas. Me atrevería a decir que la libertad, en nuestro país, jamás había estado tan amenazada como ahora desde el nacimiento de nuestra Constitución en mil novecientos setenta y ocho. Pues en estos últimos cuarenta años la libertad, lejos de crecer, ha sobrevivido, casi de milagro, a las nefastas políticas de los sucesivos gobiernos.

Una libertad que no crece está condenada a menguar, poco a poco, sin que nadie lo note, hasta que ya es demasiado tarde y la sociedad civil no tiene capacidad ni moral ni intelectual para defenderse. Pues cuando menos te lo esperas, el totalitarismo se cierne sobre el niño y el anciano, la mujer y el hombre, el ciudadano, al fin y al cabo. Para arrasar así con el individuo y los valores que hacen próspera una sociedad, como se ha demostrado incontables veces a lo largo de la Historia.

Dicen que la libertad es el único valor que nunca desaparecerá. Pues con el paso del tiempo las ideologías, ancladas a su época, terminarán pereciendo por sí mismas. Pero siempre que nazca un ser humano en su conciencia hallará el deseo por ser libre. Y luchará por ello. Porque esa es parte de su naturaleza, de nuestra naturaleza.

Yo soy liberal porque creo en el Individuo frente al colectivo: no quiero que otras personas decidan sobre cómo tengo que actuar o cómo tengo que pensar; porque creo en la libertad de poder llevar a cabo tu proyecto vital siempre que respetes la libertad de otras personas; y porque creo en la responsabilidad del individuo sobre su libertad, tanto para responder por los males que cause como para recibir compensación por el valor que produzca, tanto para recibir beneficios como para soportar pérdidas. Y mucha gente, aún sin saberlo, es liberal. Comparten esos ideales universales sin haber oído hablar del liberalismo. El problema sucede cuando esas personas llegan a la universidad. 

“Cuando llegué a la universidad me sentí decepcionado”. Esa es la idea general que comparten miles de estudiantes en nuestro país. Pues en sus mentes la Universidad era la casa del conocimiento, del debate y la razón. Aquel lugar mágico (o científico) donde se formarían como profesionales a través de sus méritos intelectuales. Pero lo único que encontraron fue totalitarismo y un pensamiento único que apresaba la palabra y el corazón de los jóvenes. no tardaron en darse cuenta de que los estudiantes que no comulgaban con la ideología hegemónica tenían miedo. Miedo a ser rechazados por sus compañeros. Miedo a los profesores y a las instituciones académicas cuyos miembros predican esas ideologías. Miedo a su integridad física por las bandas de criminales que ocupan y destrozan los campus con sus protestas, asaltando e increpando, insultando y agrediendo, como le pasa a todo aquel que ose nadar a contracorriente.

La universidad no era la casa del conocimiento, del debate y la razón. La Universidad era la casa del dogmatismo, de la dictadura del silencio y del sentimentalismo por encima de la argumentación lógica. Los valores del Liberalismo no deberían defenderse. O más bien, ojalá no tuvieran que defenderse. Ojalá no tuvieran que divulgarse. Porque deberían estar ya inculcados en la comunidad universitaria. Los valores del Liberalismo son valores esenciales. Pero su rechazo es mayúsculo.

La libertad académica es la garantía del futuro. Pues el futuro son las nuevas generaciones que deberán ser educadas en libertad para la garantizar la prosperidad de nuestro mundo. Pero el totalitarismo ha penetrado y destruido, año tras año, uno de los lugares más importantes de creación y transmisión de ideas. Los docentes, como los estudiantes, deberían poder en la práctica comprobar la veracidad de sus argumentos en debates libres y abiertos. Debates que han quedado censurados para siempre. Decía el artículo La libertad Intelectual que “sin el horror y la compasión que provocan los efectos de la dictadura es difícil anhelar la libertad”. Esa dictadura silenciosa se ha instalado, cuando el pensamiento liberal yacía adormilado, en la nueva casa del dogmatismo más rancio, que recuerda a pasados muy lejanos. Y ahora es cuando se comienza a anhelar esa libertad. Pues las dictaduras tienen muchas formas, y no todas son sangrientas, sobre todo en sus comienzos.

Ante una Universidad que nos desea a los estudiantes un frío invierno como vida intelectual y una voz caliente para repetir los eslóganes de campaña. Ante una institución politizada que nos anhela sumidos en la eterna minoría de edad, mansos y a la vez rebeldes. Mansos ante la peligrosidad del pensamiento crítico, rebeldes contra aquellos que osen opinar diferente… ¡Si es que los Liberales son los verdaderos revolucionarios! La Universidad debe volver a ser la casa de la Libertad. Pues sé de buena fe que, de los espacios de debate cimentados en respeto y tolerancia, lugares donde la gente no tenga miedo a compartir una opinión y sea creativa en abundancia, nacen las mejores ideas para solucionar los mayores problemas que padecen nuestras sociedades en este recién comenzado siglo XXI.

¿Qué es realmente la Libertad? Esa es la pregunta que debemos hacernos en esta oscura época donde el significado de la palabra se ha transformado de virtud a pecado. La libertad, sea política, filosófica, moral o económica, es en esencia el camino hacia la paz. Pues todo aquello contrario a la libertad, es el camino hacia la guerra y la muerte. Sean guerras de clases o de sexos, de naciones contra naciones o fratricidas guerras civiles. De pobres contra ricos, y cuando no queden ricos, de pobres contra pobres. Y en cuanto a la muerte, simplemente es eso, la muerte. La muerte de personas, la muerte de ideas, la muerte de la esperanza en un futuro mejor. Eso es lo que no es la libertad, pues esta es el camino hacia la vida, vivida en plenitud por ciudadanos iguales ante la ley, que pacíficamente y en respeto mutuo son los arquitectos de sus proyectos vitales.

¿Y qué podemos hacer? ¿Componer un réquiem por la libertad perdida? ¿Resignarnos a perder nuestro derecho a la vida? ¿Aceptar nuestra mordaza en el mundo universitario, y corromper el significado mismo de lo que representa la universidad, alejándola de su valor fundamental? ¡No! Debemos tomar el testigo de las generaciones pasadas que dieron su vida por defender la libertad. Debemos heredar su voluntad para lograr defender la libertad. Debemos luchar para que nuestra libertad crezca. La libertad es aquello que hace al ciudadano, ciudadano. La libertad es aquello que garantiza nuestros derechos frente al poder político. La libertad es nuestro pasado, presente y futuro. La libertad es algo por lo que merece la pena combatir. Combatir no con violencia, sino con la palabra. No con destrucción, sino construyendo argumentos e ideas comunes. No imponiendo nuestros ideales, sino creando espacios de debate, que enriquecen y contribuyen a crear una sociedad más libre.

En conclusión, nuestra libertad no va a parar de menguar a no ser que la defendamos y la hagamos crecer, fuerte y sana, para así lentamente ir desterrando de nuestras instituciones académicas al fanatismo y a la espiral de violencia hacia la que se encaminan nuestras sociedades en su conjunto y en todos los ámbitos. No podría resumirlo mejor que con estas contemporáneas palabras de don Federico Jiménez Losantos, en aquel artículo suyo del primer número de La Ilustración Liberal, que pese a ser de hace más de veinte años, son tan inmortales como el propio valor de la Libertad: “Nos falta volver al principio de nuestra vocación intelectual, la libertad, para tratar de entender mejor este mundo que nos ha tocado vivir y al que no debemos simplemente sobrevivir. Debemos atrevernos a saber. Y que la siempre peligrosa libertad nos acompañe”.

Bibliografía
Jímenez Losantos, F. (1999) La libertad intelectual. La Ilustación Liberal. Volumen (1)