Ir al contenido principal

Etiqueta: Universidades

Autonomía universitaria, ideal perdido

Se reflexiona aquí sobre el origen de las universidades en México: ¿fueron agentes privados que arriesgaron su propio capital para fundar instituciones que respondieran a exigencias del mercado o fueron ocurrencias de políticos en turno? La importancia de su origen (mercado o política), radica en la dinámica que aplicarán: ¿tendrán un desarrollo según su capacidad de satisfacer los gustos y necesidades de la sociedad o estarán supeditadas a los vaivenes y caprichos de los políticos en turno?

Se pone especial énfasis en el tema de autonomía universitaria y su relación con el esquema de financiamiento. Aunque no se ha tenido demasiada resistencia en otorgar la autonomía a las universidades públicas y privadas tal parece que dicha autonomía no ha tenido todos los efectos planeados y esperados. Aquí se expresa una conjetura y una propuesta para recuperar el espíritu de la autonomía universitaria como requisito para lograr el desarrollo óptimo de las instituciones universitarias.

Tres posibles formas en que surge una universidad. 1. La primera universidad es la Al Karaouine, se fundó en Marruecos por la esposa de un acaudalado comerciante. 2. La segunda universidad es la de Bolonia y fue fundada, dos siglos después, por una orden religiosa. 3. La tercera se da por invasión del Estado en la educación y es relativamente reciente, no va más allá de dos siglos. Se reconoce que fue el canciller de Prusia quien, en el siglo XIX, inició una actividad sobresaliente en el tema de universidades financiadas con impuestos.

La primera universidad, fundada en 1551

La primera universidad en México fue la Real y Pontificia Universidad de México, fundada por una orden religiosa en 1551. En 1910 empieza la instromisión del Estado a nivel universitario. En efecto, Porfirio Díaz inaugura la Universidad de México. Con ello se inaugura una política activa del poder político no solo para fundar universidades, también escuelas normales, preparatorias, bachilleratos, secundarias, primarias y prescolares. Díaz nombra a Joaquín Egía Lis como primer rector de la Universidad de México. También el gobierno nombró a José Vasconcelos y Antonio Caso antes de otorgar la autonomía. Luego, los rectores  fueron nombrados por una junta directiva de funcionarios de la UNAM y hasta la fecha, así se hace.

Se le denomina “universidad pública” a las instituciones educativas creadas por el gobierno con recursos del erario. El gobierno determina el lugar, expropia o compra los terrenos, decide la arquitectura de los edificios, contrata al personal docente, decide los sueldos y salarios y diseña los planes y programas de estudio. Es una práctica estatal impulsada por el dictador austriaco Otto von Bismarck desde mediados del siglo XIX con el fin de tener el control del pensamiento de los individuos. 

El nombramiento de autoridades de parte del gobierno en turno, en las universidades públicas, creaba un ambiente de restricción,  impedía el libre desarrollo de la institución pues todo estaba sujeto a la aprobación de la autoridad impuesta por el presidente de la República. Para todo, se tenía que pedir permiso en planes y programas, los profesores se cuidaban de no contrariar a la autoridad para no perder el puesto de trabajo y muchos de los académicos eran recomendados del gobierno. Se respiraba un ambiente tóxico. Algo había que cambiar.

Lucha por la autonomía universitaria

Desde principios del siglo pasado se detectó la importancia de que las instituciones universitarias no estuvieran sujetas al poder político. En todos los renglones de la vida universitaria se comprendía que supeditarse a las órdenes o caprichos de los gobernantes impedía un desarrollo pleno, del pensamiento, teorías y discusión libre de las ideas. El hecho de que el gobernante impusiera a las autoridades administrativas daba lugar a la llegada de gente que poco interés tenía en el desarrollo de las instituciones y muchas veces se daba el puesto principal a castigados o premiados del gobierno que se comportaban como verdaderos monarcas. Las pocas voces independientes de estudiantes y profesores convencieron a la comunidad universitaria para exigir la autonomía y, en efecto, se logró después de movilizaciones, huelgas y violencia. El acuerdo, con el presidente Emilio Portes Gil se dio en los siguientes términos:

  • Autonomía Universitaria significa tres cosas:
    • Capacidad plena de la Universidad para gobernarse a sí misma: elegir a sus autoridades, determinar las formas de gobierno, organización y  toma de decisiones, así como darse la legislación que requiera.
    • Posibilidad de administrar sus recursos de acuerdo con sus necesidades;tanto los edificios de su propiedad o bajo su administración, como el inventarios y los recursos provenientes del subsidio estatal, donaciones o los propios que pueda generar.
    • Libertad de cátedra, para que los académicos puedan desarrollar sus tareas con libertad para elegir enfoques y metodología, sin directriz institucional, ni presiones del poder, siempre y cuendo cumplan con los planes de estudio1.

    La trampa

    El gobierno de Emilio Portes Gil concedió la autonomía en un 26 de julio de 1929. Fue un día de fiesta y alegría para todos los universitarios. El gobierno mostró una gran empatía con la causa que no solo se sumó a la fiesta sino que, mostrando su simpatía anunció su apoyo ofreciendo toda clase de ayuda y, sobre todo, le apoyaría financieramente con recursos del erario. Nadie podía sospechar el daño a futuro que encerraba ese apoyo. En realidad, se convertía en un “Caballito de troya”, es decir, una mano venenosa pero con guante de terciopelo que parecía imposible de causar un daño.

    Sin embargo, esa mano gubernamental que ha otorgado generosos recursos dinerarios “para el buen desarrollo de la institución” terminó por destrozar la autonomía universitaria (“el que paga, manda). Hoy en día las universidades públicas autónomas se encuentran en una crisis profunda: Hay poco desarrollo de ciencia, no se generan patentes, la deserción llega al 90% de los jóvenes que ingresan, los profesores están desmotivados, los costos por formar a un títulado son excesivos, se generan largas huelgas de casi un año con las pérdidas de recursos y la mayoría de los nuevos profesionistas solo aspiran a encontrar un empleo que les garantice las quincenas, con sueldos bajos y sujetos a incrementos anuales del 3 o 4%  ordenados por el gobierno. Y lo peor es que se pierden miles de jóvenes que pudieron haber sido generadores de empresas, creadores de nuevos puestos de trabajo, nuevos negocios, etc.

    Subsidio a la oferta

    Se puede observar que nuestras instituciones, UNAM, IPN, UAM y todas las universidades de los Estados tienen poco efecto en la sociedad, en realidad, están divorciadas de la sociedad, del sector empresarial, comercial y financiero. Las universidades públicas no se interesan en que los alumnos dominen perfectamente otros idiomas, por lo menos el inglés. La mayoría de los académicos no saben inglés, no leen artículos cientificos escritos en inglés, no se les fomenta un espíritu de emprendurismo y tal pareciera que están enemistados con un sistema económico competitivo. De hecho, alumnos y profesores ven con desden al sistema empresarial, al mercado y, en general, al capitalismo.

    Automáticamente se genera fenómeno ideológico. Se desarrolla una cultura sesgada hacia la izquierda y no solo se observa en la Ciudad de México, sino en todas las universidades públicas y privadas de provincia. Los fenómenos de corrupción, nepotismo, gigantismo, estancamiento y burocratismo y sindicalismo se deben principalmente a una sola variable: Esta es, el esquema de financiamiento de “subsidio a la oferta” es decir al flujo de dinero que va del gobierno hacia la institución. Así lo construyó el canciller Otto Bismark y así generó ese hilo fino de control estatal.

    Entidades privadas sin autonomía universitaria

    Por ahora, se pondrá toda la atención en el efecto natural que causa el subsidio a la oferta sobre la autonomía de la Institución. Como dice el refrán popular: “el que paga, manda”. Es casi una ley de la economía. En efecto, todo se supedita a la cantidad de recursos que el gobierno destine a la institución. No se puede construir un nuevo edificio si no se autoriza por el gobierno y no destina recursos para ese fin, no se puede comprar un reactor si no lo aprueba el gobierno, ¿Entonces, dónde quedó la autonomía universitaria? Se puede observar que cualquier universidad pública, que vive del erario, se convierte en una burocracia, sin cerebro, sin interés por innovar, ni tomar decisiones propias. El personal que la conforma no necesita pensar sino sólo cumplir las órdenes del jefe o cumplir los programas diseñados por alguna oficina gubernamental. 

    Este fenómeno también se observa en universidades privadas, que no están financiadas con dinero del erario. Por ejemplo, el ITESM (Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey) se ha convertido en una burocracia privada con 26 campus, sin autonomía universitaria, pues están gobernados desde la central en Monterrey.

    Las universidades públicas, creadas de esta manera, naturalmente se transforman en  instituciones burocráticas propicias para el despilfarro de recursos, robo y saqueo donde los más beneficiados son los que alcanzan los altos  puestos directivos y las mafias sindicales; florece el nepotismo pues hay la facilidad de colocar a los parientes,  amantes, amigos, etc. Los recursos que recibe la autoridad universitaria se desperdician en  gastos inútiles  o innecesarios. Los alumnos se convierten en el pretexto para seguir recibiendo recursos “ad infinitum”; los sindicatos aprovechan la oportunidad de inflar la plantilla con personal innecesario. 

    ¡No importan las pérdidas!

    Las universidades públicas no sienten la necesidad de preocuparse por la rentabilidad, pues se jactan de no ser negocios, y por tanto, no se preocupan por las pérdidas. Otro fenómeno notable es que se convierten en nido propicio para las corrientes de izquierda. Se difunde extensamente la línea marxista como pensamiento único, rechazando u hostilizando al pensamiento liberal, ignoran a los pensadores de la Escuela Austriaca de Economía a pesar de tener grandes académicos de Premio Nobel.También se puede observar los altos niveles de deserción. De cada 100 alumnos que ingresan, solo llegan a titularse el 10 o 15% a pesar de que en varias se ha abolido el requisito de hacer una tesis y se les otorga el título con sólo aprobar todas sus asignaturas.

    Si estos fenómenos solo se observaran en una determinada universidad pública bastaría, quizás, cambiar a los directivos, despedir a algunos o a todos los profesores, aumentarles el salario al doble para que se preocuparan por hacer bien su trabajo, pero nada de esto funciona. El fenómeno es bastante generalizado. De hecho, no se conoce de una sola universidad subsidiada que realmente sea autónoma y eficiente.

    Las autoridades universitarias  prometen cumplir bien, rendir cuentas, gastar sin despilfarros para que el gobierno las siga subsidiando. El Estado les sigue dando recursos y les da el derecho de elegir a sus autoridades, seleccionar a sus docentes, establecer sus sueldos, determinar prestaciones y servicios, etc.  pero tampoco ha servido, ya que siguen sin tenereficiencia terminal y/o avancas significativos. 

    Eliminar el modelo de subsidio a la oferta

    Realmente se necesita analizar a fondo el modelo de universidad pública que se aplica desde décadas atrás. Hace 200 años o más, el gobierno no se metía en el campo educativo. Eran los particulares, es decir, los que no pertenecían al aparato estatal, quienes educaban a los niños y jóvenes. El potentado contrataba a un letrado para educar a sus hijos, o bien, alguna orden religiosa o una asociación privada se disponía a fundar escuelas y universidades. En realidad, se estaba dejando que el mercado, se manifestara para saber cuantas escuelas faltaban, cuántas normales o universidades se rquerían y de que tipo.

    Si el canciller Otto von Bismarck realmente se hubiera preocupado por construir un buen sistema educativo, solo tenía que invitar a los agentes privados a fundar escuelas y universidades; a la banca u otros organismos con recursos podría haberlos incentivado, no obligado, para que otorgaran créditos a largo plazo para personas o asociaciones que tuvieran interés en crear instituciones educativas de todo tipo. Así se habría formado un mercado competitivo de educación en todos los niveles.

    Abajo las instituciones incompetentes

    Las instituciones capaces de satisfacer los gustos, necesidades o anhelos de los alumnos sobrevivirían y desaparecerían las incompetentes. Bismarck pudo haber influido para la creación de instituciones que otorgarán financiamiento a todo joven o ciudadano que quisiera instruirse. Así es como nadie tendría la excusa de no estudiar por falta de recursos. El banco le prestaría lo suficiente para pagar la colegiatura, sus gastos de alimentación, viajes, habitación, etc. y cuando ya estuviera ejerciendo su profesión empezaría a regresar el crédito. 

    Pero Bismarck estaba más preocupado por construir un gobierno que tuviera el control total de la sociedad. No pensó el dictador que el mercado podía resolver el tema educativo. No solo Bismarck adoptó el modelo de control estatal de la educación, también lo hizo Adolfo Hitler, Lenin, Stalin, Fidel Castro y desaparecieron las escuelas privadas. Pero, aún en la Alemania de hoy día, casi todas las escuelas y universidades están en manos del Estado, con directivos de izquierda, como en los viejos tiempos del Führer. Es un mal ejemplo de sistema educativo de un país que se precia de no ser comunista.

    La tarea es transformar el sistema estatista de educación en un sistema educativo competitivo, dinámico y que pueda brindar formación profesional a cualquier jóven que desee instruirse.

    La clave está en el esquema de financiación

    El primer paso es cambiar su sistema de financiamiento. En lugar de que el gobierno le envíe los recursos monetarios a la institución, eso debe desaparecer totalmente. La idea es que el subsidio se envíe a la demanda, es decir, al alumno. Se hace mediante un cheque o voucher a nombre del alumno, intransferible y que únicamente sirve para pagar la colegiatura en la escuela o universidad que el alumno elija para recibir instrucción. 

    No se estaría gastando más dinero. El presupuesto que está destinado a una escuela se divide entre el número de alumnos y luego entre doce. Así se determina el monto de cada voucher que el alumno recibe cada mes. Es importante que sea la mano del alumno quien coloca el cheque en la escuela donde está matriculado. Y debe ser con periodicidad mensual, para garantizar que funcione. 

    El fundamento de esta propuesta radica en que se introduce la disciplina del mercado en el sistema educativo. En efecto, desde el momento en que las escuelas viven de las colegiaturas, es decir, del cliente, se empiezan a preocupar por dar un buen servicio con la esperanza de que ese cliente esté dispuesto a seguir pagando, mes a mes. Es decir, se introduce la variable RIESGO, que es el motor que obliga a una empresa o institución a dar un buen servicio al cliente. Como consecuencia, las otras escuelas también estarán deseosas de recibir vouchers, luego, tendrán que competir, ofreciendo mejores planes de estudio, mejores profesores, etc. Por supuesto, aquellas instituciones que no sean capaces de dar excelentes servicios desaparecerán por su propia incompetencia. Lo cual es perfectamente sano para la población estudiantil y para toda la sociedad.

    ¿Y la gratuidad de la educación?

    Nòtese que no se está hablando de eliminar la gratuidad de la educación ni de privatizar las instituciones, temas que deberán discutirse posteriormente. Introducir el sistema de subsidio a la demanda para eliminar el sistema de subsidio a la oferta es el primer paso necesario para lograr la autonomía de escuelas y universidades. Los profesores, investigadores, administradores y trabajadores de la institución podrán reunirse para decidir libremente, es decir, sin intervención del gobierno, cómo distribuir el dinero ingresado por los vouchers. Determinarán el salario de cada docente, de cada trabajador, del rector y lo suficiente para mantenimiento o ampliación del plantel. Aprenderán así a administrar su propia institución.

    Con toda seguridad las escuelas empezarán a cambiar su visión de futuro, su filosofía para volverse más afines a un mundo de libertad donde el individuo sea el centro del universo. En otras palabras, con el subsidio a la demanda es más probable que abandonen esa visión izquierdista que anula el valor de la persona.

    Sacar las manos del gobierno

    Aunque el cambio en el sistema de financiamiento es un gran paso, no es suficiente para lograr la autonomía universitaria tan anhelada, es necesario un punto más; se requiere sacar las manos del gobierno. Quiere decir que es necesario eliminar todo tipo de control por parte del Estado. Esto incluye evitar el control o supervisión del gobierno mediante alguna institución burocrática. Pero todo movimiento de dinero, ingresos y gastos deben subirse a la red para que todos estén informados. Al final, los títulos o grados académicos deben ser otorgados por la institución educativa y no por el gobierno. 

    En el caso de universidades privadas también aplica la necesidad de fomentar la autonomía universitaria. Cada campus de Tecnológico de Monterrey debería comportarse como una universidad independiente, autónoma y libre de contratar a los profesores y empleados, poner sus propias colegiaturas, diseñar sus propios planes y programas de estudio sin estar sujetos o incorporados a la UNAM ,SEP y otras instituciones del gobierno.

    Es de justicia reconocer que el ITESM ha generado resultados significativos y diferentes que la universidad pública. Por ejemplo, el ITESM es la universidad que ha generado más patentes que cualquier otra universidad. Pero han fracasado en cuanto a la formación de empresarios porque adolecen del mismo problema estructural que las universidades públicas: los profesores son , fundamentalmente, burócratas de quincena. Dicho de otra manera, no son dueños, copropietarios ni accionistas de la institución.

    El valor de la autonomía universitaria

    Una vez que se entiende el valor de la autonomía universitariay que ésta no se logra con incluir el nombre de “autónoma”, sino que está asociado a la forma de vivir de una institución.  En realidad, para que una institución disfrute de autonomía administrativa y académica solo puede ser sobre la base de “Autonomía financiera”, es decir, que no reciba fondos públicos. Si la UNAM sigue viviendo del subsidio que le da el gobierno, es imposible que disfrute de autonomía. Lo mismo para el Tec de Monterrey, si los dineros llegan de la central de Monterrey, es imposible que cada campus disfrute de autonomía.

    Entender esto significa aceptar que las instituciones deben vivir del cliente, no del gobierno, y vale para la UNAM o el Tec de Monterrey. Cuando un gobierno entiende la necesidad y el valor de la autonomía universitaria, puede hacer el cambio de manera rápida en las escuelas y universidades públicas. En efecto, bastaría decirle al alumno que acuda a un banco cercano donde la darán un cheque que solo sirve para pagar en la escuela o universidad donde está inscrito.

    La escuela le extiende un recibo con el cual el alumno acude, al siguiente mes por otro cheque y asi va pagando la colegiatura. Al Estado no le costaría prácticamente nada hacer este cambio. Si no se tiene toda la confianza, se puede aplicar en cualquier Estado de la República, por ejemplo en el Estado de Veracruz, O bien, aplicarlo a una universidad, digamos a la Universidad Veracruzana, o a nivel de secundarias, o tan solo de una secundaría y observar el comportamiento de los directivos, profesores y trabajadores, los cuales, con toda seguridad desempeñarán mejor sus funciones.

    El caso UAM

    Suponiendo, en el peor de los casos, que el gobierno no estuviera interesado en introducir este cambio de financiamiento, la UAM la puede aplicar, en uso de la autonomía que según disfruta. En efecto, los recursos los recibe rectoría y en lugar de asignarlos a cada unidad, rectoría se transforma en la distribuidora de vouchers para los alumnos. El alumno de la Unidad Azcapotzalco, Iztapalapa, Xochimilco, Cuajimalpa o Lerma, acude a la rectoria para recibir el voucher y pagar en la unidad de su preferencia. Esto lo haría cada mes. Cualquiera de las unidades empezaría a mejorar sabiendo que vive del pago del alumno.

    Pero aún se puede profundizar más el tema de autonomía. En efecto, se le puede dar autonomía a cada división de, digamos, la Unidad Azcapotzalco. Es decir, el alumno paga a la división donde está inscrito (DCBI, DCSH, DCAD),

    ¿Se puede dar más autonomía?

    En efecto, se puede llevar a nivel de Departamento. Éste, a su vez, actuaría como una institución autónoma dentro de la universidad. Los profesores adscritos decidirían allí sus sueldos, el número de asistentes, los contratos, etc. Estoy seguro que esto causaría un dinamismo, y todos ganaríamos.

    La primera vez que se aplicó el sistema de vouchers fue en Milwaukee en 1990, se vio que era bueno y se extendió para todo el Estado de Wisconsin; luego se implantó a nivel universitarios en Suecia. Actualmente se aplica ya en Argentina con el gobierno de Javier Milei2 y se está extendiendo en muchos lugares del mundo

    Cambiar el flujo de financiamiento es condición sine qua non para iniciar la reforma del sistema educativo, no es suficiente pero es la base para darle mejor autonomía a las universidades, para aprovechar el talento de académicos e investigadores, para formar profesionistas con el perfil que necesita nuestro país, capaces de tomar riesgos, de fundar nuevas empresas, generar fuentes de empleo, etc. El subsidio a la oferta ha sido un sistema que ha dañado a las universidades, pero que se puede cambiar si se tiene la voluntad, coraje y decisión de crear algo mejor para nuestro pueblo.

    Bibliografía
    1. Friedman Milton. Libertad de Elegir. Editorial Planeta. 1978
    2. West E.G. La educación y el Estado. Union Editorial. 1994
    3. Mises von Ludwig. La acción humana. Union Editorial 1980
    4. Boragina. La educación. Editorial Argentina. 2010
    5. 4. Mercado Reyes Santos. El fin de la educación pública. 2012.
    Ver también

    El origen perverso de las universidades públicas. (Santos Mercado).

    El difícil camino a la autonomía universitaria. (Santos Mercado).

    El difícil camino hacia la autonomía universitaria 

    Cualquier universidad pública que carezca de autonomía se convierte en una burocracia; sin cerebro, sin interés por innovar, ni tomar decisiones propias. El personal que la conforma no necesita pensar, sino solamente cumplir las órdenes del jefe o cumplir los programas diseñados por alguna oficina gubernamental. Se le denomina “universidad pública” a las instituciones educativas creadas por el gobierno con recursos del erario. El gobierno determina el lugar, expropia o compra los terrenos, decide la arquitectura de los edificios, contrata al personal docente, decide los sueldos y salarios y diseña los planes y programas de estudio. Es una práctica estatal impulsada por el dictador austriaco Otto von Bismarck desde mediados del siglo XIX con el fin de tener el control del pensamiento de los individuos. 

    Las universidades públicas, creadas de esta manera, naturalmente se transforman en instituciones burocráticas propicias para el despilfarro de recursos, robo y saqueo donde los más beneficiados son los que alcanzan los altos puestos directivos y las mafias sindicales; florece el nepotismo, pues hay la facilidad de colocar a los parientes, amantes, amigos, etc.

    Los recursos que recibe la autoridad universitaria se desperdician en gastos inútiles o innecesarios. Los alumnos se convierten en el pretexto para seguir recibiendo recursos “ad infinitum”; los sindicatos aprovechan la oportunidad de inflar la plantilla con personal innecesario.  

    La rentabilidad, que la trabajen otros

    Las universidades públicas no sienten la necesidad de preocuparse por la rentabilidad, pues se jactan de no ser negocios, y, por tanto, no se preocupan por las pérdidas. Otro fenómeno notable es que se convierten en nido propicio para las corrientes de izquierda. Se difunde extensamente la línea marxista como pensamiento único, rechazando u hostilizando al pensamiento liberal, casi nadie conoce a los pensadores de la Escuela Austriaca de Economía, a pesar de tener grandes académicos de Premio Nobel.

    También se puede observar los altos niveles de deserción. De cada 100 alumnos que ingresan, solo llegan a titularse el 10 o 15% a pesar de que en varias se ha abolido el requisito de hacer una tesis y se les otorga el título con solo aprobar todas sus asignaturas.

    Si estos fenómenos solo se observaran en una determinada universidad pública, bastaría, quizás, cambiar a los directivos, despedir a algunos o a todos los profesores, aumentarles el salario al doble para que se preocuparan por hacer bien su trabajo, pero nada de esto funciona. Además, el fenómeno es bastante generalizado. De hecho, no se conoce de una sola universidad pública que esté “libre de pecado”.

    ¿Autonomía?

    Ante esta realidad, las universidades prometen cumplir bien si se les da la autonomía para autogobernarse. De hecho, a varias se les ha concedido el privilegio de la autonomía. Pueden elegir a sus autoridades, seleccionar a sus docentes, establecer sus sueldos, determinar prestaciones y servicios, etc. Pero el gobierno las sigue subsidiando. Les entrega su presupuesto anual y prácticamente sin supervisión ni entrega de cuentas, pero tampoco ha servido, y quizás ha sido peor. 

    Realmente se necesita analizar a fondo el modelo de universidad pública que se aplica desde décadas atrás. 

    Hace 200 años o más, el gobierno no se metía en el campo educativo. Eran los particulares, es decir, los que no pertenecían al aparato estatal, quienes educaban a los niños y jóvenes. El comerciante contrataba a un letrado para educar a sus hijos, o bien, alguna orden religiosa se disponía a fundar escuelas y universidades. 

    La idea de Bismarck: el control de la educación

    Si el canciller Otto von Bismarck realmente se hubiera preocupado por construir un buen sistema educativo, solo tenía que invitar a los agentes privados a fundar escuelas y universidades. Y a la banca u otros organismos con recursos podría incentivarlos para que otorgaran créditos a largo plazo para personas o asociaciones que tuvieran interés en crear instituciones educativas de todo tipo. Así se habría formado un mercado competitivo de educación en todos los niveles. Las instituciones capaces de satisfacer los gustos, necesidades o anhelos de los alumnos sobrevivirían y desaparecerían las incompetentes.

    Bismarck pudo haber influido para la creación de instituciones que otorgarán financiamiento a todo joven o ciudadano que quisiera instruirse. Así es como nadie tendría la excusa de no estudiar por falta de recursos. El banco le prestaría lo suficiente para pagar la colegiatura, sus gastos de alimentación, viajes, habitación, etc. Y cuando ya estuviera ejerciendo su profesión, empezaría a regresar el crédito. 

    Pero Bismarck estaba más preocupado por construir un gobierno estatista que tuviera el control total de la sociedad. Ni por asomo pensaba el dictador que el mercado podía resolver el tema educativo.

    No solo Bismarck adoptó el modelo de control estatal de la educación. También lo hicieron Adolfo Hitler, Lenin, Stalin, Fidel Castro. E hicieron desaparecer las escuelas privadas. Pero, aun en la Alemania de hoy día, casi todas las escuelas y universidades están en manos del Estado, con directivos de izquierda, como en los viejos tiempos del Führer. La tarea es transformar el sistema estatista de educación en un sistema educativo liberal. 

    Cambiar la financiación

    El primer paso es cambiar su sistema de financiamiento. En lugar de que el gobierno le envíe los recursos monetarios a la institución, eso se debe cortar de tajo. En su lugar, la idea es que el subsidio se envíe a la demanda, es decir, al alumno. Se hace mediante un cheque o voucher a nombre del alumno, intransferible y que únicamente sirve para pagar la colegiatura en la escuela o universidad que el alumno elija para recibir instrucción. No se estaría gastando más dinero. El presupuesto que está destinado a una escuela se divide entre el número de alumnos y luego entre doce. Así se determina el monto de cada voucher que el alumno recibe cada mes. Es importante que sea la mano del alumno quien coloca el cheque en la escuela donde está matriculado. Y debe ser con periodicidad mensual, pues de otra manera no funciona. 

    El fundamento de esta propuesta radica en que se introduce la disciplina del mercado en el sistema educativo. En efecto, desde el momento en que las escuelas viven de las colegiaturas, es decir, del cliente, se empiezan a preocupar por dar un buen servicio con la esperanza de que ese cliente esté dispuesto a seguir pagando, mes a mes. Es decir, se introduce la variable RIESGO, que es el motor que obliga a una empresa o institución a dar un buen servicio al cliente. Además, las otras escuelas también están deseosas de recibir vouchers, luego, tendrán que competir, tratar de dar mejores planes de estudio, tener mejores profesores, etc. Por supuesto, aquellas instituciones que no sean capaces de dar buenos servicios desaparecerán por su propia incompetencia. Lo cual es perfectamente sano para la población estudiantil.

    Y cambiar el punto de vista de las instituciones

    Nótese que no estamos hablando de eliminar la gratuidad de la educación ni de privatizar las instituciones, temas que deberán discutirse posteriormente. Introducir el sistema de subsidio a la demanda para eliminar el sistema de subsidio a la oferta es el primer paso necesario para lograr la autonomía de escuelas y universidades. 

    Los profesores, investigadores, administradores y trabajadores de la institución podrán reunirse para decidir libremente, es decir, sin intervención del gobierno, cómo distribuir el dinero ingresado por los vouchers. Determinarán el salario de cada docente, de cada trabajador, del rector y lo suficiente para mantenimiento o ampliación del plantel. Aprenderán así a administrar su propia institución.

    Con toda seguridad, las escuelas empezarán a cambiar su visión de futuro, su filosofía, para volverse más afines a un mundo de libertad donde el individuo sea el centro del universo. En otras palabras, con el subsidio a la demanda es más probable que abandonen esa visión izquierdista que anula el valor del individuo.

    Aunque el cambio en el sistema de financiamiento es un gran paso, no es suficiente para lograr la autonomía universitaria tan anhelada. Es necesario un punto más; se requiere sacar las manos del gobierno. Quiere decir que es necesario eliminar todo tipo de control por parte del Estado. Esto incluye evitar el control o supervisión del gobierno mediante alguna institución burocrática. Al final, los títulos o grados académicos deben ser otorgados por la institución educativa y no por el gobierno. 

    En resumen, cambiar el flujo de financiamiento es el primer paso para reformar el sistema educativo. No es suficiente, pero es la base para darle verdadera autonomía a las universidades y así quitarles la camisa de fuerza que les impide aplicar y desarrollar el talento de sus académicos e investigadores. FIN. 22 de febrero de 2024.

    Ver también

    Un modelo diferente (y más justo) de financiar la universidad pública. (Domingo Soriano).

    El origen perverso de las universidades públicas. (Santos Mercado).

    ¿Disolver las Universidades?

    Por Helen Dale. Este artículo ha sido publicado originalmente en FEE.

    Hace unas tres semanas fui a la fiesta de Navidad del Institute of Economic Affairs en Londres. La fiesta de fin de año tuvo lugar un par de días después de que varios presidentes de universidades estadounidenses comparecieran ante el Congreso. Por banales razones de ajetreo -Londres produce sus propias noticias- no lo había visto.

    Varias personas, en la reunión, intentaron transmitirme su naturaleza y el efecto calamitoso. Me temo que me esforcé por creerles. Pensaba que nada podía ser tan malo, sobre todo teniendo en cuenta que los congresistas estadounidenses son mucho más educados que los diputados británicos de los Comunes o, para hacer el contraste aún más marcado, que los parlamentarios australianos, a veces divertidos y a veces salpicados de saliva.

    Cuando por fin lo vi -24 horas más tarde-, me pareció estar viendo los debates del Senado australiano, con la diferencia de que los acentos no eran los correctos. Un político agresivo al estilo australiano iba a por tres vicerrectores de universidad (lo que nosotros llamamos rectores de universidad) que estaban haciendo de su testimonio un auténtico festín. Los niños de hoy en día dicen “cringy” o “cringeworthy”, pero yo prefiero la frase de mi madre: toe-curlingly embarrassing.

    Vergonzoso

    Empecé a preguntarme si era tan ruinoso por el hecho de que todos podíamos ver sus caras. Hubo un momento, con los horribles gestos de la mujer Penn -su boca se torcía en una sonrisa- en el que quise coger una esquina de la alfombra y arrastrarme por debajo. Era casi imposible de ver. Llegué a la conclusión de que los efectos visuales lo empeoraban. (la quemazón es algo que se hace por diversión en las ferias parroquiales del norte de Inglaterra). Y busqué un reportaje de Radio 4 de la BBC sobre la polémica que, por necesidad, era sólo de audio.

    Me equivoqué. Incluso sin vídeo, es igual de horrible.

    Desde entonces, no he podido quitármelo de la cabeza. No creo que haya vuelta atrás. Así es como se pierde la licencia social de una institución. Me recordó a la infame audiencia de las grandes tabacaleras, en la que los principales fabricantes de cigarrillos mintieron directamente al Congreso sobre la relación entre el tabaquismo y el cáncer.

    Como las grandes tabacaleras

    Entiendo y respeto a la gente que hace sugerencias políticas serias y reflexivas destinadas a “arreglar” la Ivy League y la educación superior estadounidense en general. La Fundación para los Derechos Individuales y la Expresión tiene una lista útil para empezar, mientras que el abogado y académico legal Glenn Reynolds tiene ideas que se solapan con las de FIRE, además de algunas propuestas adicionales propias. He seleccionado a esos dos de entre cientos porque ambos entienden que cuando censuras cualquier expresión, te haces responsable de cualquier expresión que permitas. El ciego Freddy puede ver tu doble rasero y a menudo está dispuesto a exigirte que lo cumplas, como demuestran los furiosos ex alumnos y donantes que hacen cola para lanzar piedras a los Ivies.

    Sin embargo, el respeto por FIRE y Reynolds -y mi creencia de que aplicar las políticas que defienden sería beneficioso para los estadounidenses, así que, por favor, háganlo por el bien de su país- no significa que vayan a “arreglar” sus universidades. Las universidades son como las grandes tabacaleras: nunca van a ser buenos lugares llenos de buena gente, y tenéis que aceptarlo. Por mucho que te gusten, los cigarrillos te matarán. El número de las universidades está en proceso de ascender.

    “¿Cómo?” Te oigo preguntar. “Sólo Harvard tiene una dotación superior a los cincuenta mil millones de dólares”.

    Monasterios

    Bueno, yo vivo en un país que antaño tenía instituciones muchas veces más ricas (en términos relativos) que Harvard, Penn o el MIT. Y en cuatro cortos años -1536 a 1540- todas ellas habían pasado a la historia. Los intentos de revivirlas al más alto nivel menos de 20 años después fracasaron. Hablo, por supuesto, de la Disolución de los Monasterios por Enrique VIII. Como en el caso de los monasterios, si Harvard molesta lo suficiente a la población de su país -especialmente a sus élites adineradas-, su dotación de 50.000 millones de dólares no la salvará.

    En el siglo XVI, las casas religiosas inglesas controlaban el nombramiento de dos quintas partes de las parroquias de Inglaterra, disponían de la mitad de los ingresos eclesiásticos y poseían una cuarta parte de la riqueza territorial del país. Cuando Thomas Cromwell (el ejecutor de Enrique; dirigió las llamadas “visitas”) estableció cuánto dinero tenían los monasterios en 1535, resultó que, si el abad de Glastonbury se hubiera casado con la abadesa de Shaftesbury, su heredero tendría más tierras que el rey. De la población masculina adulta de Inglaterra en aquella época -aproximadamente medio millón-, uno de cada cincuenta pertenecía a órdenes religiosas. Salvo contadas excepciones, las mujeres más cultas y brillantes de Inglaterra eran todas monjas.

    Reyes y emperadores arruinados

    Por supuesto, las historias de colegialas que me enseñaron sobre las disoluciones monásticas de Inglaterra son, al menos en parte, ciertas: Enrique VIII estaba notoriamente arruinado y nunca fue un auténtico protestante en el sentido que, por ejemplo, Martín Lutero reconocería como tal. Su política religiosa era a menudo incoherente. En 1537 fundó un nuevo monasterio para rezar por el alma de su esposa Jane Seymour (mientras seguía disolviendo monasterios por doquier). El viejo chiste de que la Iglesia de Inglaterra surgió del suspensorio de un monarca sexualmente despilfarrador tiene algo de cierto.

    Que un monasterio fuera despreciado o considerado una institución digna dependía del papel que hubiera desempeñado a nivel local. Si daba socorro a los pobres, educaba a los niños de la localidad, participaba en los mercados regionales y ofrecía servicios espirituales, tendía a ser querido. A muchos de ellos les perjudicaba su aislamiento, su ajenidad y su incapacidad para comprometerse con la sociedad, a la vez que recibían el dinero de la gente en forma de diezmos. Si no compartes, no apoyamos era una queja real de larga data.

    Encerrar tanto el capital humano como el económico nunca cae bien, y el resentimiento no era exclusivo de Inglaterra y Gales o de la Europa de la Reforma: surgió en otras civilizaciones con sus propias tradiciones monásticas. En 843, el emperador Wuzong de la dinastía Tang de China -como Enrique VIII, escaso de dinero- disolvió los monasterios budistas de su país. Empezó por poner fin a su exención de impuestos. Al igual que Enrique, probablemente no inició el proceso con la intención de extirpar todo el monacato, pero en eso se convirtió.

    Edicto

    Su edicto de 845 es atronador:

    Los monasterios budistas crecían día a día. La fuerza de los hombres se consumía en el trabajo con yeso y madera. La ganancia de los hombres se consumía en ornamentos de oro y piedras preciosas. Se abandonaron las relaciones imperiales y familiares por la obediencia a los honorarios de los sacerdotes. A las relaciones conyugales se oponían las restricciones ascéticas. Destructivo para la ley, perjudicial para la humanidad, nada es peor que este camino. Además, si un hombre no ara, otros sienten hambre; si una mujer no cuida los gusanos de seda, otros pasan frío. Ahora bien, en el Imperio hay innumerables monjes y monjas. Todos dependen de que otros aren para poder comer, de que otros críen seda para poder vestirse.

    Es importante recordar que las Disoluciones -aunque basadas en agravios reales- desgarraron por completo el tejido social de Inglaterra. No es algo que desearía a ningún país. En una zona donde las casas religiosas eran amadas y apoyadas, condujo a una seria revuelta popular: la Peregrinación de Gracia de 1536 comenzó en Yorkshire y pronto se extendió a otros condados del norte. Robert Aske, líder de la Peregrinación, testificó que “la supresión de las abadías fue la mayor causa de dicha insurrección”, señalando que las casas religiosas del norte “daban grandes limosnas a los pobres y servían laudablemente a Dios”.

    Oxford y Cambridge

    También hay pruebas de que la civilización inglesa estaba desarrollando acuerdos sociales diferentes de los que había obtenido anteriormente. Muchos habían llegado a creer que los recursos costosamente empleados en una incesante ronda de servicios prestados por hombres y mujeres apartados del mundo estarían mejor invertidos en la formación de personas que luego servirían a los laicos.

    Los ricos ya destinaban dinero a Oxford y Cambridge, a escuelas de gramática para alumnos de todas las edades y a las Inns of Court. Las grandes casas religiosas, sin embargo, pensaban que estaban a salvo de este cambio de la sociedad civil: después de todo, tenían sus vastas dotaciones. Por lo general, sus fundadores de los siglos XI y XII las habían dotado tanto de ingresos “temporales”, en forma de rentas procedentes de fincas, como de ingresos “espirituales”, en forma de diezmos apropiados de las iglesias parroquiales bajo el patrocinio del fundador. ¿A quién le importaba si el Señor local había cambiado de opinión sobre el valor de una abadía cercana? El dinero, por así decirlo, ya estaba en la mano.

    En lo que respecta a las universidades estadounidenses y sus dotaciones, ya hemos estado aquí antes.

    Superstitio

    También hay otro elemento en común: las creencias compartidas y la promoción de la superstición de rango. Un punto teológico en el que Enrique estaba de acuerdo tanto con Thomas Cromwell como con las influencias intelectuales de Cromwell (Desiderius, Erasmus y Lutero) era que los monasterios estaban plagados de superstitio.

    Superstitio no es una palabra agradable ni en latín clásico ni en latín eclesiástico. Los romanos paganos que criticaban al cristianismo primitivo llamaban superstitio al nuevo chico de la cuadra religiosa. A diferencia de otras palabras del latín clásico -como a veces ocurría cuando la lengua dejaba de ser hablada-, superstitio no cambió de significado. Siguió siendo la abreviatura de un disparate religioso con raíces emocionalmente incontinentes.

    En 1535, ¿cuál era el contenido sustantivo de la superstitio de Cromwell en los monasterios? Falsas reliquias y falsos milagros -y peregrinaciones sin sentido para ver ambas cosas- diseñados para vaciar los bolsillos de la gente crédula. Cromwell arremetió contra la superstitio desde el principio: “No mostrarán reliquias ni milagros fingidos para aumentar el lucro”.

    Tu verdad no, la verdad; y ven conmigo a buscarla

    Claudine Gay, Elizabeth Magill y Sally Kornbluth no aparecieron intentando vender a Elise Stefanik un trozo de la Vera Cruz o una ampolla de sangre de San Genaro, pero bien podrían haberlo hecho. Creen cosas -como demuestran sus testimonios y su comportamiento, tanto antes como después- que son tonterías vacías, arraigadas en una palabrería emocionalmente incontinente.

    Han adoptado una definición tendenciosa del racismo que ciega a la gente ante las injusticias contra cualquier grupo considerado dominante. Han dividido el mundo en categorías simplistas de opresores y oprimidos, de blancos y personas de color, de colonizadores y colonizados. Han llegado a la conclusión de que la discriminación está justificada en nombre de los marginados. Creen que “mi verdad” puede sustituirse por “la verdad”.

    Y lo que es peor, muchas de las peores tonterías han sido escritas por mujeres y autores pertenecientes a minorías que, lamentablemente, han sido elogiados por encima de su talento real por personas que deberían saberlo mejor, en casos a menudo mortificantes de halagos y humor. Como Samuel Johnson, piensan que “la predicación de una mujer es como el caminar de un perro sobre sus patas traseras. No se hace bien, pero uno se sorprende de que se haga”. A diferencia de Johnson, exaltan todos los intentos -incluidos los risibles- hasta el cielo. Esto, por si no es obvio, no ayuda a las mujeres ni a las minorías.

    Nada dura para siempre

    No sé qué va a ser de las universidades, ni en Estados Unidos ni en ningún otro lugar. Vivimos en un mundo con Estados mucho más grandes y poderosos y una riqueza asombrosa comparada con la de la Inglaterra de los Tudor. Podemos permitirnos instituciones más parasitarias. Enrique VIII y el emperador Wuzong no podían. Pase lo que pase, será complicado.

    También hay diferencias de grado, si no de tipo, dentro del conjunto universitario: las universidades públicas de EE.UU. salen mucho mejor paradas en las clasificaciones de libertad de expresión de FIRE que las lujosas Ivies y las equivalentemente lujosas no Ivies, por ejemplo. Tal vez se hayan ganado una Peregrinación de Gracia contemporánea. Mientras tanto, las Ivies pueden tener plebeyos que les roben todos sus platos de oro, libros raros y retablos italianos.

    En 1553, María la Sangrienta inició un valiente pero infructuoso esfuerzo por lograr un renacimiento de la vida monástica inglesa. Cuando murió en 1558 y fue sucedida por su hermanastra, Isabel I, la nueva reina ofreció a los monjes de María de Westminster la oportunidad de permanecer en su lugar si hacían el Juramento de Supremacía y se ajustaban al nuevo Libro de Oración Común. Todos se negaron y fueron dispersados sin pensiones.

    Había monasterios en Inglaterra desde el siglo VI. En menos de 20 años, el impulso monástico del país se extinguió. Palabra para las universidades: nada dura para siempre.

    El Informe Kalven: ¿Medicina o veneno?

    Por Tom Christina. Este artículo ha sido publicado originalmente en Law & Liberty.

    Con gran respeto y gran reticencia, escribo para explicar mi desacuerdo con el análisis y las recomendaciones del reciente ensayo de John McGinnis, Atendiendo a la podredumbre en nuestras universidades.

    No se puede negar la importancia de los problemas identificados en el ensayo del profesor McGinnis. Para nuestro horror, las universidades se han convertido en el caldo de cultivo de un antisemitismo asesino, vil hasta un punto que dejó atónitos a muchos observadores inmediatamente después del 7 de octubre de 2023. Resultaba nauseabundo escuchar cómo los manifestantes estudiantiles coreaban consignas de apoyo al exterminio de todos los ciudadanos israelíes.

    Limpiar los establos de Augías

    El antisemitismo es un síntoma de una grave enfermedad en el cuerpo político. El antisemitismo que se extiende por algunas de nuestras universidades más importantes es, sencillamente, un desastre cultural. Sus efectos se ven agravados por la dejadez, el cinismo y la fácilmente detectable falta de entusiasmo con que las universidades han respondido a esta barbarie.

    La reacción inicial de los portavoces universitarios ante las manifestaciones a favor de Hamás, en las que pedían la destrucción total de Israel, fue tardía y rencorosa. Incluso cuando la presión financiera suscitó “condenas” más enérgicas, el mensaje se diluyó al menos de dos maneras. En primer lugar, recitando comparaciones inverosímiles entre los efectos de estas manifestaciones sobre los estudiantes judíos y los musulmanes. Y en segundo lugar, por la aparente falta de voluntad de las universidades de respaldar esas condenas despidiendo a los autores.

    Incluso dos meses después del mortífero ataque furtivo de Hamás contra civiles israelíes, los presidentes de las universidades que testificaron ante un comité del Congreso no se atrevieron a denunciar la oleada de antisemitismo que envolvía a sus instituciones sin incluir “matices” que socavaran el mensaje. (Es alentador que uno de esos presidentes universitarios dimitiera cuatro días después, pero debemos tener en cuenta que limpiar los establos de Augías es una tarea heroica, que requiere esfuerzos hercúleos).

    La etiología del antisemitismo

    Aunque estoy de acuerdo con el diagnóstico del profesor McGinnis -que las universidades modernas están afectadas por la podredumbre, como él dice-, no lo estoy sobre la etiología de la enfermedad. En concreto, no creo que la “podredumbre” pueda explicarse en última instancia por los factores que señala en su ensayo: la no adopción del Informe del Comité Kalven de 1968; la creación de departamentos universitarios que promueven la “diversidad, equidad e inclusión”; la interseccionalidad; o las políticas de identidad. No creo que estos fenómenos lleguen a la raíz de la cuestión.

    Una exposición completa de mis opiniones sobre este tema queda para otro día. Aquí intentaré demostrar que la fe del profesor McGinnis en el poder terapéutico del Informe Kalven está fuera de lugar. Ese informe, publicado en 1968 por un comité de profesores de la Universidad de Chicago, recomienda que la universidad como institución mantenga una estricta neutralidad, manifestada por un estricto silencio, sobre las cuestiones políticas y sociales del momento (que no sean las que afectan directamente a la función educativa de la universidad).

    Las premisas del Informe Kalven son incoherentes con la concepción que el profesor McGinnis tiene de la universidad. Lejos de ayudar a elevar la educación universitaria de su actual estado degradado, los supuestos subyacentes en los que se basa el Informe Kalven sólo contribuyen a la podredumbre.

    El rechazo del Informe Kalven a los principios de la Ilustración

    Permítanme identificar primero la concepción central que subyace en el ensayo del profesor McGinnis. Escribe:

    La ventaja comparativa [de la universidad] reside en la capacidad de difundir el conocimiento, no de trazar líneas políticas. … Con el tiempo, cabe esperar que un mayor conocimiento ayude a otros a trazar mejores líneas morales y políticas. … [Dejar que los individuos] saquen sus propias conclusiones descriptivas, pragmáticas y morales … acentúa la apertura epistémica que debería ser el sello distintivo de la universidad y su papel único a la hora de trascender las diferencias partidistas e ideológicas en una búsqueda de la verdad y el entendimiento.

    John McGinnis, Atendiendo a la podredumbre en nuestras universidades.

    Esta descripción del papel de una universidad que funcione bien es fácilmente reconocible. Se trata de la concepción idealizada de las instituciones de enseñanza propias del liberalismo clásico y, en concreto, del pensamiento de la Ilustración. Ese pensamiento se caracteriza por la creencia de que la felicidad y el bienestar humanos aumentan con el perfeccionamiento y la difusión del conocimiento, concretamente del conocimiento científico. Para los pensadores de la Ilustración era evidente que, en un ambiente de libre discusión y debate razonado, el conocimiento aumentaría a medida que se verificaran o falsificaran las distintas versiones de los fenómenos.

    “Comunidad de académicos”

    El informe del Comité Kalven tienta al lector a pensar que sus conclusiones se basan en el paradigma inherente al liberalismo clásico. La tentación comienza con el anuncio de que “la misión de la universidad es el descubrimiento, la mejora y la difusión del conocimiento”. A continuación, invoca una imagen idealizada de lo que denomina “[la] comunidad de académicos”.

    [La universidad] es, volviendo una vez más a la frase clásica, una comunidad de eruditos. Para cumplir su misión en la sociedad, una universidad debe sostener un entorno extraordinario de libertad de investigación y mantener su independencia de modas, pasiones y presiones políticas. Una universidad, si quiere ser fiel a su fe en la investigación intelectual, debe acoger, ser hospitalaria y fomentar la más amplia diversidad de opiniones dentro de su propia comunidad.

    Informe Kalven

    Razonando aparentemente a partir de estas premisas, el Comité Kalven llegó a las siguientes conclusiones:

    La neutralidad de la universidad… surge del respeto a la libre investigación y de la obligación de valorar la diversidad de puntos de vista. Y esta neutralidad como institución tiene su complemento en la plena libertad de sus profesores y estudiantes como individuos para participar en la acción política y la protesta social. También encuentra su complemento en la obligación de la universidad de proporcionar un foro para el debate más profundo y sincero de las cuestiones públicas. (énfasis añadido)

    Informe Kalven

    Protestas públicas y discusiones académicas

    Estas conclusiones no son congruentes. La conclusión a la que se llega en la frase subrayada no es un “complemento” (es decir, un corolario) del “respeto” de la universidad por la libertad académica ni de su recién mencionada “obligación de valorar” la diversidad de puntos de vista. El intercambio de opiniones diversas puede desarrollarse perfectamente en el seno de la comunidad universitaria sin que ésta participe en la “acción política y la protesta social” fuera de la universidad.

    De hecho, la acción política pública de los miembros de una comunidad universitaria puede impedir la difusión efectiva del conocimiento a una sociedad más amplia, aunque el Informe Kalven pasa silenciosamente por alto esta dificultad. Una protesta pública implica necesariamente simplificar una idea para el consumo público. La moneda de cambio de las protestas públicas es el eslogan. El eslogan es, en el mejor de los casos, la difusión de una conclusión que puede estar basada en el conocimiento, pero no es la difusión del conocimiento en sí. La sociedad exterior a la universidad queda excluida de cualquier debate razonado que pueda haber precedido a la formulación del eslogan, como un niño al que se excluye de una conversación sobre un tema demasiado maduro.

    La inferencia del activismo en el prestigio

    La protesta política o social de un miembro del profesorado también supone un obstáculo potencial para la difusión del conocimiento, ya que pone en entredicho su reputación de neutralidad y objetividad en el trabajo académico, una reputación de la que depende su credibilidad. Es bien sabido que la gente aprecia especialmente sus propias opiniones y a veces se aferra a ellas obstinadamente. Conociendo esta fragilidad humana, el público al menos se preguntará cuando un erudito escriba sobre el tema de una protesta en la que participó: ¿fue la erudición influenciada más por el amour-propre que por los méritos? El Informe Kalven ni siquiera reconoce este problema, negando de hecho su existencia sub silentio. Al hacerlo, revela su alejamiento del modelo de universidad que el profesor McGinnis tiene en mente.

    De hecho, la prueba más clara de las premisas post-Ilustración del Informe Kalven se encuentra en lo que no dice, después de invitar primero al lector a pensar que el libre intercambio de opiniones divergentes entre el profesorado es el motor que impulsa el Autobús de la Verdad. Lleva al lector hacia, pero no del todo, una noción familiar para todos nosotros, conocida como “el mercado de las ideas”. Esa noción se convirtió en un elemento básico de la jurisprudencia de la Primera Enmienda del siglo XX tras su primera aparición en una disidencia del juez Holmes en Abrams contra Estados Unidos.

    El mercado de las ideas

    Sin embargo, aunque el Informe Kalven insinúa que la libertad de opinión ilimitada en el mundo académico expulsa las opiniones falsas como los productos de mala calidad, no lo dice explícitamente en ninguna parte, y no invoca “el mercado de las ideas” ni nada parecido cuando sería natural hacerlo.

    La ausencia de un modelo como el del mercado de ideas en el Informe Kalven es motivo de asombro. ¿A qué se debe esta omisión claramente intencionada? No es desconocimiento del concepto. Sólo ocho años antes, el profesor Kalven había invocado el mercado de ideas en un artículo académico. Véase A Commemorative Case Note: Scopes v. State, 27 U. Chi. L. Rev. 505, 516-17 (1960): “La teoría clásica de la libertad de expresión… está vinculada… a la confianza en que la verdad no será vencida en una lucha justa, a la competencia en el mercado de las ideas”.

    La única explicación plausible de la exclusión de este modelo del Informe Kalven es que, en 1968, la mayoría de los miembros del Comité ya no creían que la búsqueda de la verdad fuera un objetivo filosóficamente plausible. En las arboledas del mundo académico, la verdad se había convertido en la palabra primordial entre comillas aéreas.

    Así, como patrocinadora de una comunidad de académicos, la Universidad protege el derecho a expresar cualquier punto de vista, no porque esa protección pueda conducir a alguna parte, sino porque la comunidad de académicos ya no cree que ningún punto de vista sea demostrablemente más válido que otro. En la Universidad, la tolerancia mutua de todos los puntos de vista es una norma de buena conducta, no una puerta a un mayor conocimiento. Lejos de adherirse al modelo liberal clásico de universidad implícito en el ensayo del profesor McGinnis, el Informe Kalven está impregnado de relativismo.

    El Informe Kalven y la Escuela de Frankfurt

    Ya sea por sí solo o junto con otras sugerencias del profesor McGinnis, la adopción del Informe Kalven no curará la podredumbre de las universidades occidentales. Por el contrario, la adopción del Informe Kalven es especialmente desacertada dada una de las causas fundamentales de la crisis de las universidades: el notable éxito de la Escuela de Frankfurt en la suplantación de otros modos de pensamiento social y político.

    El principio animador de la Escuela de Frankfurt y de sus vástagos de los “estudios críticos” es el rechazo total de los ideales de la Ilustración. Esto implica negar categóricamente la validez de cualquier explicación de los fenómenos sociales y políticos que proceda de cualquier contexto que no sea perfectamente igualitario. La Escuela de Fráncfort sencillamente no acepta ni siquiera la norma de tolerancia mutua que sustenta el Informe Kalven. Es una fábrica de intolerancia.

    Vías alternativas a la Universidad

    Además, como espero demostrar en otro lugar, la magnitud de la podredumbre en nuestras universidades es en parte una función de los acontecimientos que preceden a la matrícula universitaria, como las tendencias en la crianza moderna de los hijos, el culto al título universitario y la deplorable deficiencia de la educación secundaria. Así pues, aunque estoy de acuerdo en que la gente responsable debería abstenerse de contribuir a Harvard, UPenn y la mayoría de las demás universidades, no creo que esos donantes deban financiar programas universitarios favorables a los conservadores del tipo que sugiere el profesor McGinnis.

    Estos pequeños enclaves no mantendrán viva la cultura durante una época oscura. En el mejor de los casos, serán reductos a los que un puñado de pensadores imparciales puedan retirarse hasta que llegue una caballería imaginaria. En lugar de esta empresa quijotesca, los donantes deberían redirigir sus contribuciones a apoyar la creación de vías significativas hacia la edad adulta distintas de la educación universitaria, y a preparar mejor a los estudiantes que desean una educación universitaria para los desafíos a sus opiniones que conlleva esa educación.

    Ver también

    Atendiendo a la podredumbre de nuestras universidades. (John O. McGinnis).

    Atendiendo la podredumbre de nuestras universidades

    Por John O. McGinnis. Este artículo se ha publicado originalmente en Law & Liberty.

    Las reacciones en las universidades a la masacre de Hamás del 7 de octubre han despertado por fin a muchos antiguos alumnos, obligándoles a reconocer la toma de poder woke de sus alma mater. Muchos rectores de universidades que habían emitido declaraciones deplorando los incidentes raciales en Estados Unidos y los sucesos en todo el mundo guardaron silencio inicialmente sobre la mayor matanza de judíos desde el Holocausto. Otros emitieron vagos tópicos de preocupación por la violencia. Algunos estudiantes universitarios de élite, que durante los disturbios de George Floyd gritaron que el silencio era violencia, dieron la bienvenida a la violencia real, celebrando la masacre como parte de la resistencia palestina. 

    No es de extrañar que se produjera una reacción violenta por parte de muchos donantes, que sugirieron que retendrían sus donaciones. Como consecuencia de la amenaza a su cuenta de resultados, las universidades hicieron declaraciones más contundentes condenando a Hamás. Crearon grupos de trabajo contra el antisemitismo en los campus. Algunas expresaron su preocupación por los eslóganes estudiantiles que favorecían una Palestina Libre que abarcara desde el Mar Rojo hasta el río Jordán, sin dejar espacio para Israel y los judíos que vivían allí. 

    Oficinas de Diversidad, Equidad e Inclusión

    Lamentablemente, estas acciones tratan los síntomas y no las causas del miasma ideológico que ha envuelto a nuestras universidades. De hecho, al creer en el paradigma de la universidad políticamente activa y darle más poder, las declaraciones políticas de las universidades y su nombramiento de grupos de trabajo basados en la identidad empeorarán las cosas a largo plazo.

    Los ingenuos podrían preguntarse por qué las universidades necesitan crear grupos de trabajo especiales sobre antisemitismo, cuando todas ellas han establecido Oficinas de Diversidad, Equidad e Inclusión (DEI), supuestamente dedicadas a proteger a las minorías. ¿No disponen estas oficinas de personal suficiente para ocuparse de los nuevos problemas del momento? La respuesta es que no se puede confiar en que la mayoría de las oficinas de la DEI se centren en el antisemitismo, especialmente cuando está relacionado de algún modo con Israel.

    Muchas oficinas de la DEI dan prioridad a una ideología particular -la de la interseccionalidad- que analiza cómo las diversas identidades contribuyen a la construcción del oprimido y el opresor. A través de ese prisma, los judíos no encajan en la clase oprimida, sino que se les sitúa en la clase opresora privilegiada. De hecho, los judíos son vistos (correctamente) como uno de los grupos que construyeron la civilización occidental. Y desde la perspectiva identitaria, la civilización occidental es, en el mejor de los casos, cómplice de los daños causados a diversos grupos: mujeres, negros y homosexuales, entre otros.

    Las oficinas DEI no pueden luchar contra el antisemitismo

    El hecho de que un acontecimiento en Israel proporcione el contexto para el aumento del antisemitismo hace que sea mucho más difícil que las oficinas de la DEI se conviertan en el centro de una respuesta. Parte de la perspectiva de la DEI es anticolonialista, e Israel es visto por la izquierda como una potencia colonial en la que los judíos se apropian de las tierras de los palestinos.

    En resumen, las oficinas de la DEI suelen tener una ideología que no puede dar prioridad al antisemitismo. Como me dijo un colega, según su experiencia, las oficinas de la DEI siempre darán la peor interpretación a cualquier comentario que pueda ofender a una minoría, a menos que el comentario se refiera a los judíos, y especialmente a los israelíes. En ese caso, darán una interpretación inocente incluso al comentario más ofensivo.

    Burocracias contra el antisemitismo

    Sin embargo, es un error que las universidades creen nuevos grupos de trabajo y burocracias centradas en el antisemitismo porque aceptan las premisas identarias de la vida universitaria moderna. La violencia, las amenazas de violencia, la obstrucción de la expresión de otros o la perturbación de la administración de una universidad no tienen cabida en la vida universitaria y deben castigarse con penas rápidas y severas, sea cual sea el objetivo. Por el contrario, la expresión, aunque hiera los sentimientos de los demás, debe protegerse. No se puede confiar a ningún gobierno la toma de decisiones sobre el contenido de la expresión, como tampoco puede hacerlo la universidad moderna. Al igual que los gobiernos, están sujetas a las presiones de los grupos de interés que distorsionan la aplicación de los principios.

    Por razones similares, es un error pedir a las universidades que hagan declaraciones sobre acontecimientos ajenos. Sin duda, la decisión de no hacer una declaración sobre la masacre de judíos después de haber hecho tantas otras declaraciones sobre acontecimientos anteriores fue incoherente y debería haber sido señalada. Pero lo mejor es evitar cualquier declaración sobre la actualidad y adoptar los principios de Kalven de la Universidad de Chicago, que limitan las declaraciones a asuntos que afectan directamente al funcionamiento de la universidad. Las declaraciones políticas de las universidades obligan a los administradores a trazar líneas que no parecen tener principios.

    Por ejemplo, si es correcto que una universidad emita una declaración sobre la masacre de israelíes, ¿es correcto guardar silencio sobre el desplazamiento de cien mil armenios en la toma de Nagorno Karabaj? Peor aún, el número relativo y el poder de los grupos en el campus influirán inevitablemente en los zigzags de la intervención y la inacción universitarias. El silencio es sólo la postura de principio.

    No tomar una posición

    De hecho, la universidad cumple su función principal precisamente no tomando posiciones. Su ventaja comparativa reside en la capacidad de difundir conocimientos, no de trazar líneas políticas. Sin duda, con el tiempo, cabe esperar que un mayor conocimiento ayude a otros a trazar mejores líneas morales y políticas.

    Para facilitar esa difusión, las facultades de letras y ciencias pueden ofrecer más cursos sobre el conflicto palestino-israelí. Las facultades de Derecho pueden contar con paneles que investiguen las normas de derecho internacional relacionadas con las batallas actuales. Luego se deja que cada cual saque sus propias conclusiones descriptivas, pragmáticas y morales. Este enfoque acentúa la apertura epistémica que debe caracterizar a la universidad y su papel único a la hora de trascender las diferencias partidistas e ideológicas en la búsqueda de la verdad y el entendimiento.

    Pero adoptar los principios de Kalven no basta para reformar la universidad moderna, porque su burocracia y su profesorado no facilitan la apertura epistémica. Los departamentos de DEI deben disolverse. Socavan la apertura epistémica de la universidad moderna al importar a ella una ideología preferida: una interseccionalidad hostil a la civilización occidental.

    Así pues, la incapacidad de estas oficinas para abordar el antisemitismo debería impulsar un esfuerzo renovado para poner fin a su papel en la vida universitaria. De hecho, cualquier administrador que se haya horrorizado por la reacción a las masacres de Hamás debería tomar ejemplo de la historia romana. El anciano Catón terminaba cada discurso con la conclusión de que Cartago debía ser destruida para salvaguardar la república, el administrador debería terminar cada discurso con la conclusión de que el DEI debe ser disuelto administrativamente para salvaguardar la universidad moderna.

    Burocracia DEI

    La burocracia de la DEI es especialmente vulnerable tras la decisión de discriminación positiva en el caso SFFA contra Harvard. Una de las razones de su auge ha sido la inevitable tensión creada cuando algunos grupos identificables son admitidos sobre la base de credenciales inferiores a las de otros. Como es de esperar, los grupos con menos credenciales no obtienen tan buenos resultados por término medio y se muestran comprensiblemente descontentos y sensibles a los desaires que perciben en el campus por parte de otros grupos. Las oficinas DEI están diseñadas, entre otras cosas, para gestionar este conflicto. Pero en un mundo en el que la admisión de todos sea con arreglo a normas más similares, estos conflictos creados por la universidad entre distintos grupos deberían remitir.

    Sin embargo, ni siquiera la eliminación de las DEI bastará para mantener la apertura epistémica en la mayoría de las universidades. Muchos departamentos de artes y ciencias sociales también se han convertido en defensores intelectualmente ortodoxos de la interseccionalidad y la ideología antioccidental. Los departamentos suelen afirmar que no preguntan por las opiniones políticas de los solicitantes. Pero no tienen por qué interrogar las opiniones políticas partidistas para descartar a los conservadores. El lugar de las conversaciones académicas dominantes hace la criba por ellos.

    Historia, pero con enfoques de “género y sexualidad”

    Por ejemplo, en el Departamento de Historia de mi universidad, 22 de sus miembros están especializados en enfoques de “género y sexualidad” de la historia. Los candidatos que quieran centrarse en métodos y áreas de investigación más tradicionales estarán en una desventaja decisiva. No es de extrañar que un famoso historiador estadounidense me dijera una vez que este departamento ya no tiene a nadie que él considere capaz de enseñar una historia intensiva de la Revolución Americana y los primeros años de la república, los cimientos de nuestro orden político.

    La mayoría de los departamentos universitarios, por tanto, están ahora bajo el control de profesores que es muy poco probable que contraten a académicos interesados en perspectivas no radicales de sus disciplinas (por no hablar de conservadores). La solución para los donantes, sin embargo, no es retener todas las donaciones, sino utilizar su dinero para crear nuevas facultades o unidades dentro de las universidades que contraten a profesores sin prejuicios.

    Los rectores y presidentes tienen autoridad para crear nuevos centros o facultades dentro de una universidad y nombrar a personas académicamente cualificadas que no discriminen. Tenemos excelentes ejemplos de estos centros y facultades: el Programa James Madison de Princeton, el Centro Hamilton de la Universidad de Florida y la Escuela de Pensamiento y Liderazgo Cívico y Económico del Estado de Arizona.

    No es necesario discriminar

    No será necesaria ninguna discriminación a favor de los conservadores para que estos centros se conviertan en lugares de aprendizaje mucho más equilibrados y epistémicamente abiertos que nuestras universidades actuales. Muchos de los solicitantes más cualificados serán aquellos que han sido expulsados de la vida académica o relegados a instituciones marginales por la discriminación previa contra sus puntos de vista, intereses o metodologías.

    Las universidades se encuentran hoy en una encrucijada. Externamente, están perdiendo el apoyo del público. Internamente, no pueden desempeñar su función primordial de cribar y difundir el conocimiento debido a las ortodoxias intelectuales que se han apoderado del control de las administraciones e inspiran al profesorado. Las masacres en Israel y la respuesta en nuestros campus podrían desencadenar la reforma de estas instituciones esenciales, pero sólo si rompen decididamente con las políticas identitarias y las burocracias que las han llevado a su estado actual.

    Ver también

    La filosofía subyacente a la DEI. (Allen Porter).

    Cómo las leyes DEI atentan contra la libertad académica. (Madeleinde Armstrong).

    Herencias de izquierdas. (Cristóbal Matarán).

    ‘Get woke, go broke’? James E. Hartley.

    El origen perverso de las universidades públicas

    Antes no había escuelas ni universidades públicas, la educación estaba en manos del sector privado, aquel hombre culto era alquilado para enseñar a los hijos de un comerciante, artesanos o de algún monarca. El filósofo Sócrates tenía a un grupo de jóvenes que recibían clases de filosofía, matemáticas, botánica y se mantenía con las cuotas de sus educandos. Lo mismo hacía Platón, Aristóteles, Pitágoras, que también eran contratados para educar a los hijos del Rey.

    En aquellos tiempos, los reyes o gobernantes se dedicaban a dirimir conflictos entre particulares, como el Rey Salomón, o para avasallar a sus vecinos, invadir tierras, saquear pueblos, como lo hacían los vikingos. Pero no se dedicaban a la educación del pueblo.

    La primera universidad del mundo fue fundada en Fez Marruecos en el año 859 por la esposa de un gran comerciante; luego la universidad de Bologna en 1088 por el monje Irnerius, y así se siguieron fundando escuelas y universidades por órdenes religiosas y por organizaciones privadas interesadas por la educación o por el negocio que significaban.

    En 1551 se funda la Real y Pontificia Universidad de México promovida por religiosos y ciudadanos. El gobierno no la subsidiaba, vivía de colegiaturas y de las cátedras que impartían los monjes y sacerdotes.

    Otto von Bismarck

    El protagonismo del gobierno, en el campo educativo prácticamente es nuevo, tiene su origen en el dictador prusiano Otto von Bismarck. Como todos los autarcas de su tiempo, se encargaba de mantener la paz en su territorio y de lanzar la guerra para ampliar sus dominios. Después de dirimir conflictos con sus vecinos, tenía que afrontar los de sus propios ciudadanos que no estaban tan a gusto de perder hijos, maridos o tíos para los ejércitos del dictador. ¿Cómo apagar el descontento y ganar la simpatía del pueblo? Tal era la preocupación de Bismarck.

    Se le ocurre fundar grandes escuelas para que la gente enviara a sus hijos a estudiar gratuitamente. En efecto, la gente le aplaudió la idea. Así se originaron las escuelas públicas. Se solventarían los gastos con los impuestos, el gobierno contrataría a los profesores, les destinaría un sueldo, haría los planes y programas, otorgaría los títulos o diplomas oficiales. Logró apaciguar al pueblo.

    Extensión por el resto del mundo

    El modelo Bismarck se exportó a los Estados Unidos de América y luego a toda Latinoamérica. Así nació la intervención casi completa del Estado en la educación. Pero fue en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, Corea del Norte y en Cuba, donde se implantó de manera absoluta, como un monopolio del Estado, no sobrevivió ninguna escuela privada.

    Se inicia así una etapa de gran protagonismo del Estado en educación, salud, petróleo, ferrocarriles, etc.  Es una especie de ola que vive la Humanidad y que tardará varias décadas en corregirse.

    A principios del siglo XX, la comunidad universitaria ya se percataba que la intervención del gobierno en las instituciones universitarias no era del todo buena: El señor presidente imponía a los rectores, generalmente eran sus amigos o parientes; imponía los planes y programas de estudio; decidía qué profesores podían dar clases; otorgaba medallas, títulos o diplomas oficiales y decidía los sueldos de los docentes y directivos. Se imponía así un control gubernamental casi absoluto sobre la vida universitaria.

    Una camisa de fuerza

    Los universitarios sentían una especie de camisa de fuerza que impedía el desarrollo de la institución. No se podían expresar nuevas ideas, no se podía cuestionar al señor presidente o a los gobernadores, no se podían introducir ciencias o disciplinas novedosas.  Quedaba la educación estancada y divorciada de la sociedad.

    A los altos puestos directivos llegaban políticos que no sabían de ciencia, investigación o cultura, ni tenían intenciones de aprender, solo tener presencia mientras contara con la simpatía del gobernante. El modelo se replicaba en todas las nuevas universidades de las entidades estatales.

    La lucha por cambiar esa situación estaba más que justificada. Los estudiantes platicaron, reflexionaron y se unieron para luchar por un objetivo claro: la autonomía universitaria. Recibieron la simpatía del pueblo, estaban claros los argumentos, pero incluso el gobierno manifestó su simpatía por ese movimiento, aunque sabía que perder el control de la vida universitaria no era del todo agradable para el Estado.

    La Universidad en México

    Fue así que el presidente Emilio Portes Gil, hombre inteligente y sagaz, ideó una estratagema. Les manifestó a los jefes del movimiento que simpatizaba tanto con su causa, que no sólo les iba a conceder la autonomía para que se autogobernaran, nombraran a sus propias autoridades, diseñaran sus planes y programas, contrataran a sus profesores, aplicaran sus propias políticas de investigación, ciencia y cultura.

    Todo eso iba a ser permitido gracias a la autonomía universitaria que les iba a conceder en el año 1929. Y para mostrar su gran simpatía, les ofreció que el Estado les proporcionaría todos los recursos económicos y financieros para construir un gran proyecto de universidad mexicana. La comunidad universitaria saltó de alegría, nadie se daba cuento del perverso plan: que el subsidio gubernamental era el “caballo de Troya” que anularía la autonomía universitaria. Desde entonces, las universidades públicas fueron integradas al gasto gubernamental sin percatarse que con eso estaban destruyendo la autonomía por la que tanto habían luchado.

    En efecto, el subsidio gubernamental, seguro y generoso, les provocó un aletargado y somnoliento desarrollo y crecimiento: cayeron en la trampa y pocos se han dado cuenta de ello. Los que se dan cuenta, prefieren callar por haber alcanzado un buen nivel de sueldo seguro, una zona de confort que no desean poner en riesgo.

    Del subdidio a la pobreza… universitaria

    Se observa en todas las universidades subsidiadas que el desarrollo científico es pobre, no hay patentes, la cultura está sesgada a la izquierda y se promueve una formación anticapitalista. Además, la deserción es grande lo que provoca que el costo que paga la sociedad por formar a un titulado carece de justificación; las universidades públicas se encerraron en su esfera de cristal quedando divorciadas del sector productivo, reacias a la cultura empresarial, formando egresados que no tienen demanda y olvidándose de los profesionistas que demanda el mercado.

    Porfirio Díaz, consciente o inconscientemente, aplicó el Modelo Bismarck en el campo educativo. Expropió terrenos, construyó edificios, contrató profesores, elaboró los planes y programas, determinó quién tenía el derecho de estudiar y de otorgársele un título profesional. Todo bajo el control y subsidio del Estado. Llegó la Revolución Mexicana y el modelo no se elimina, al contrario, se expande y se profundiza en todos los niveles. Aún cuando existía cierto número de “escuelas privadas” ninguna podía establecer sus propios planes y programas, todas tenían que estar bajo el control y supervisión del Estado, seguir los planes y programas oficiales bajo la amenaza de perder la licencia de funcionamiento a quienes se salieran de las reglas, pero podían cobrar colegiaturas para no recibir subsidios del Estado.

    La educación será ¡socialista!

    En 1932, el general Lázaro Cárdenas se radicaliza para declarar que toda la educación en México tenía que ser socialista. En 1936 el gobierno inaugura el Instituto Politécnico Nacional para formar a los cuadros técnicos que requerían los grandes proyectos estatales.

    La iglesia y el sector privado ven con preocupación el camino que estaba tomando México, un camino similar al que toman los países comunistas y reaccionan creando el ITESM por un grupo de empresarios y la Universidad Iberoamericana por el sector religioso, todo con la intención de evitar que México se fuera por la senda socialista. No logran demasiados resultados dado que se ven sometidos por el poder político para obedecer los lineamientos estatales. El papel del Estado se hace avasallador con las escuelas públicas y representaba más del 80 % de participación, contra el sector privado con menos del 20% pero sometido al control del gobierno. Ya estábamos cercanos a Cuba y URSS en educación.

    Como es natural, la educación manejada por el gobierno genera conflictos propios. Nada había avanzado con la supuesta autonomía lograda antes, ahora la educación sufría de sindicalismo, luchas por los puestos directivos, huelgas paros, violencia, etc. Así, se llega al movimiento estudiantil de 1968, lidereado por el Partido Comunista Mexicano y se produce una matanza de estudiantes en Tlatelolco orquestada por Luis Echeverría Álvarez y otra en 1971.

    Nace la UAM

    Al gobierno izquierdista de Luis Echeverría se le ocurre que puede controlar a los jóvenes, al estilo prusiano de Otto Bismarck. Ordena construir la UAM, CIDE, Universidad pedagógica Nacional, el Colegio de Bachilleres, el Colegio de Ciencias y Humanidades y otras instituciones del Estado, todas creadas por decreto presidencial.

    Los alumnos ingresan por examen. El resultado es que los alumnos con mejor estado económico son los que terminan con título y los demás serían desechados por el sistema. Los alumnos son formados para ser empleados, no empresarios.

    La UAM no nació como una Institución totalmente gratuita. En sus primeros años había una colegiatura aproximada de tres salarios mínimos por el trimestre. Mucha gente llegó a pensar que la UAM era una institución privada. Pero nadie podía quejarse que con esa colegiatura no podría estudiar en esta institución ya que había un novedoso sistema de crédito, de tal manera que el alumno podía diferir el pago para después de que terminara sus estudios. Pero este sistema se perdió debido a que ese dinero “no era necesario” ya que el subsidio del gobierno era bastante generoso, se perdió el sistema.

    Sindicalismo

    Los trabajadores. Muchos entran primero como ayudantes, luego llegan a conseguir la base para ser trabajadores de tiempo definitivo y con ello ya tienen trabajo de por vida, sin riesgo de perder, con salario seguro, se tiene así una zona de confort nada despreciable. Hay trabajadores sindicalizados y no sindicalizados. Los sindicalizados tienen el derecho de meter a un trabajador a la UAM. De esta manera, ahora puede haber una familia completa en la nómina universitaria. Cada trabajador tiene el sueldo seguro de por vida. Es muy difícil despedir a un jardinero, vigilante, profesor, administrativo o directivo. Además, los directivos prefieren evitar conflictos, después de todo, no son propietarios de la Universidad y conceden para “llevar la fiesta tranquila”.

    Sindicalismo. Este es uno de los renglones más absurdos dentro de la institución. Dado que el gobierno arroja una gran bolsa de dinero a la UAM para que lo administren con total autonomía, sería suficiente que académicos, administrativos y trabajadores comunes se reunieran para decidir el uso de la bolsa de dinero, esto en uso de la autonomía decretada para la Institución. Pero no, un gran sector de trabajadores trae la cultura de luchas proletarias contra el burgués explotador, y buscan desesperadamente al dueño de la universidad.

    ¿De quién es la Universidad?

    Pero la Universidad no tiene dueños, no hay propietarios, es una “tierra de nadie”. Entonces a esos “proletarios” se le ocurre identificar al rector y sus colaboradores cercanos (los rectores de Unidad) como los burgueses a vencer. Pero los rectores no son accionistas, ejercen el papel de directivos solo por un rato, son trabajadores asalariados igual que el jardinero o profesor. Con esta visión distorsionada de clases y lucha de clases, los proletarios, organizados en el sindicato, lanzan cada año una lucha contra los “burgueses”. Que son los directivos del momento.

    De esta forma se generan los emplazamientos y amenazas de huelga y se estallan durando dos o tres meses sin actividades, al final, cuando ya no hay recursos para mantener la huelga, terminan firmando casi en la misma oferta original de “la Patronal”. Este juego absurdo perverso inútil y destructivo ayuda a eliminar el escaso prestigio que logran nuestras universidades, cosa que no le preocupa al sindicato. Se destruyen también los laboratorios, los experimentos, se pierden computadoras y aparatos costosos y los alumnos pierden el tiempo. Por supuesto, esto no le importa a “la patronal” ni al sindicato ni a los no sindicalizados, pues nada en la UAM es propiedad de ellos.

    La deserción

    De cada cien alumnos que intentan ingresar a la UAM solo son admitidos 10, pero de estos diez solo tres logran titularse; los demás abandonan. En otras palabras, la deserción es superior al 70 %. Y de estos tres titulados, solo uno ejerce en lo que estudió. Si hacemos el cálculo de cuánto cuesta formar a ese profesionista de la UAM que ejerce en lo que estudió, el costo es grande, que si se le hubiera enviado a estudiar a la universidad más cara de los Estados Unidos, aun pagándoles todos sus gastos, habría salido más barato. Ya titulado, el nuevo profesionista solo se le ocurre buscar quien le garantice las quincenas. Pocos encuentran un trabajo acorde y muchos se dedican a ganarse la vida en lo que sea.

    ¿Por qué tanta deserción? Nuestros analistas buscan las causas de la deserción. Algunos dicen que se debe a la falta de recursos de los estudiantes, y lo tratan de resolver regalándoles dinero en becas mensuales, pero no se ve una diferencia significativa que cuando no se les regalaba dinero. Otros dicen que traen problemas sicológicos en la familia o en el medio donde viven, es muy posible, pero gastando en sicólogos de la universidad tampoco ha dado solución; también se dice que traen mala alimentación y entonces se les da comida casi regalada. Pero nada de estas medidas han mostrado mejores resultados. En mi opinión, se dan palos de ciego por falta de diagnóstico correcto.

    Los docentes

    La mayoría siguen el mismo patrón. Terminan los estudios, solicitan trabajo en la UAM, se consigue una plaza de tiempo parcial, luego una definitiva. Ningún aspirante a profesor leyó antes la Ley Orgánica de la UAM, ni se puso a reflexionar sobre el modelo de universidad, ni cuestionó la idoneidad para realizar su vida profesional, simplemente llegan por hambre, buscando la paga segura. No es difícil encontrar profesores con buenas ideas, pero la estructura de la universidad no les permite hacer cambios relevantes, de esta manera, se desperdician los talentos. Y es que la Institución no siente la necesidad de hacer cambios, ya que el presupuesto gubernamental está seguro, sin importar la contingencia que viva el país.

    Si los vicios, corrupción, displicencia se observasen en una sola universidad, la solución sería más fácil, simplemente se cambia a los directivos, se cambian a los profesores y trabajadores y queda el problema solucionado. Pero no, ocurre en todas las universidades del gobierno. Entonces es un fenómeno digno de estudio para encontrar la variable o la razón por la que se echan a perder las instituciones educativas.

    ¿Dónde estuvo el error?

    La UAM adoptó el modelo Bismarck: Todo lo hizo el gobierno y todo bajo el control del Estado. Los resultados, necesariamente, tenían que ser malos, deficientes, perversos. Pero ya estamos aquí. ¿Qué se puede hacer para corregir el modelo?

    La historia habría sido diferente si se hubiera dejado libre a la iniciativa privada que construyera las universidades. Aquellos que tenían recursos para construir edificios universitarios deberían, si acaso, ser invitados, estimulados e incentivados para que fundaran universidades privadas. Entendemos por universidades privadas aquellas que tienen propietario. El dueño reclutaría a los mejores profesores, negociaría sus sueldos con cada uno de ellos, supervisaría los programas para ver si eran atractivos para los alumnos o padres de familia.

    Universidades privadas

    Se permitiría que surgieran dos, diez o muchas universidades, todas con sus propias reglas y programas de estudio y todas viviendo del cliente, es decir, del estudiante. Estas universidades no pagarían impuestos a fin de impulsar su crecimiento. Todo alumno pagaría la colegiatura, los que no tuvieran recursos propios contarían con créditos bancarios o bien, con el apoyo de asociaciones particulares que les ayudarían con becas parciales o totales. En el peor de los casos, el gobierno apoyaría a estudiantes regalándoles recursos para que pagaran en la universidad de su preferencia. La garantía de que se estuviera construyendo un buen sistema educativo o universitario radica en la competencia entre instituciones.

    Pero no fue así. La gente estaba acostumbrada a las decisiones del jefe, monarca o rey, nadie cuestionaba. Además, en esos tiempos estaba poco desarrollada la teoría económica para dar una respuesta cabal al problema de la educación y de otros renglones donde el Estado ha intervenido y monopolizado: Electricidad, telefonía, agua, salud, moneda… y en todos ellos ha fracasado. A pesar de que Adam Smith había ya publicado su obra La riqueza de las naciones, que sirvió de inspiración para pueblos como los EEUU. Agréguese las teorías marxistas, socialistas, comunistas y socialdemócratas que se desarrollaron desde mediados del siglo XIX, donde promueven dejar todo en manos del Estado. En fin, lo hecho, hecho está. ¿Hay remedio?

    La financiación es clave

    Para el caso específico de la UAM se puede decir que hay solución interna, sin necesidad de esperar cambios impuestos por el gobierno. No es necesario tirar los edificios y hacer nuevos, ni despedir a todo el personal y contratar nuevos, ni expulsar a todos los alumnos y meter nuevos, ni eliminar al sindicato, eso no soluciona nada y, con el tiempo, llegaríamos a lo mismo. Se necesita tocar el punto clave. La clave está en cambiar el sistema de financiamiento a las unidades. Es posible modificar aprovechando la propiedad de autonomía concedida por el gobierno. Los recursos llegan a la rectoría y la rectoría elabora cheques o vouchers para entregarlos cada mes a los alumnos; luego, los alumnos pagan la colegiatura en la Unidad de la UAM donde estén estudiando. Es decir, los recursos con los cuales funcionaría la Unidad Azcapotzalco, Ixtapalapa, y las demás ya no llegan por rectoría, sino por la mano del alumno.