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Etiqueta: Vacunación

Caso Djokovic: Removiendo obstáculos

El mismo ministro de inmigración australiano que le ha retirado al tenista Novak Djokovic su visado ha reconocido que esta decisión no obedece a razones sanitarias  (“Djokovic supone un riesgo insignificante de propagar el virus a quienes le rodean”), sino a las consecuencias civiles que su presencia en el país podría suponer: “La presencia continua del señor Djokovic en Australia puede conducir a un aumento del sentimiento antivacunas generado en la comunidad australiana, lo que podría conducir a un aumento de los disturbios civiles del tipo experimentado anteriormente en Australia con mítines y protestas“. Sus argumentos, parece, han convencido a casi todos.

Dicen los estudiosos de las dictaduras totalitarias que toda la propaganda de éstas está dirigida a mantener en el poder al grupo dirigente, y que la búsqueda de la unanimidad de pensamiento, en todos y cada uno de los individuos, no es sólo una consecuencia del fervor cuasi-religioso que la ideología despierta, sino del miedo a dejar vivos grupúsculos de personas, en principio, sin importancia, que con el tiempo puedan convertirse en antagonistas de peso que supongan un verdadero desafío para quienes detentan el poder. No deja de resultar curioso el miedo, casi visceral, que los “totalitarios” tienen al disidente, sobre todo si comparamos el inmenso poder de esos estados, y sus gestores, frente al desvalido individuo; pero es que, en los sistemas totalitarios, el poder no es sólo un medio para alcanzar otros fines, sino que, una vez alcanzado, se convierte en un bien intrínseco en sí mismo, un valor último al que, conseguido, no se puede renunciar. El poder y la ideología oficial están tan intrínsecamente unidos, dice Kornai, como el cuerpo y el alma.

De ahí que todos los elementos de la estructura institucional y de poder, en éstos regímenes, giren en torno al control absoluto y sin fisuras de las ideas, de las actitudes y de las actuaciones de cada individuo, lo que exige, además de una i) ideología concreta y determinada (un cuerpo doctrinal oficial centrado en la proyección de un estado final perfecto de la humanidad), ii) un “partido”, o conjunto reducido de miembros de las sociedad, consagrado a esa ideología y a conseguir su aceptación general, iii) un sistema de terror (dirigido no sólo contra enemigos externos, sino contra partes o grupos, arbitrariamente seleccionados, de esa sociedad), que proteja al poderoso y que mantenga el espíritu del cambio siempre activo y que explote, sistemáticamente, las facilidades que ofrecen la ciencia y la psicología clínica; iv) un casi completo control sobre el mensaje vertido por los medios de comunicación (prensa, radio, televisión, programas de entretenimiento, etc…) con el que se bombardea, sin cesar, a todos los individuos, en todo momento, ocasión y circunstancia; v) un monopolio casi exclusivo en el uso de la fuerza y de las armas y vi) una economía casi totalmente dirigida desde el aparato burocrático, al servicio, como todo lo anterior, de la ideología oficial y única.

Los sistemas totalitarios son una novedad del siglo XX. En la historia ha habido momentos en los que también se puso en práctica el deseo de crear, desde el poder político, un hombre nuevo. Pero lo innovador de los regímenes totalitarios ha sido la forma en que han organizado el poder y los métodos desarrollados para controlar al individuo, de manera absoluta, en su quehacer diario, buscando una total destrucción -y posterior reconstrucción- de la sociedad de masas, a imagen y medida del nuevo líder. Como ya hemos explicado en anteriores artículos, los avances tecnológicos condicionan la capacidad de los políticos de desarrollar ese férreo control, al menos externo; y, en la actualidad, brindan las herramientas necesarias para conseguirlo. Sólo faltaba un elemento “ideológico” universal que sirviese de palanca (hasta ahora no se había encontrado ninguno realmente bueno y que moviese a todos); pero también ése se ha encontrado: el miedo a una posible muerte inesperada y deshonrosa, causada por un enemigo minúsculo, invisible, iletrado, simplón, traidor y cobarde, que nadie sabe dónde está y que sólo los gobiernos son capaces de combatir. Con esa correa de transmisión es imposible que la máquina no funcione: ideología y poder; poder e ideología; las dos caras de la misma moneda.

Y es que el totalitario es un sistema que busca la acción, que pretende que los individuos hagan, o se abstengan de realizar, determinadas conductas, en un cambio continuo y paulatino hacia la arcadia feliz -que propugna la ideología- moral, económica, social y/o ecológica y que en nada se parece a lo que se tiene. Pero todo cambio, y el régimen totalitario aspira a uno radical, se enfrenta a oposición, de ahí que sea imprescindible no sólo tener claro el objetivo (y definir, también, caricaturescamente, al antihéroe/enemigo, para hacerlo objeto de befa), sino gozar de todas las herramientas necesarias para poder alcanzarlo, y utilizarlas para caminar sin desfallecer, erradicando cualquier elemento que impida o entorpezca el largo camino hacia esa felicidad, universal y terrena, a la que supuestamente nos dirigen… desde ese puente de mando tan querido.

“¿Quién es ese Djokovic que osa obstaculizarnos el camino?”, se preguntan, en completo desconcierto. “Un (don) nadie”, se repiten, espantados, una y otra vez… con más miedo que vergüenza.

10 Razones Contra el Pasaporte de Vacunación

La implementación de un pasaporte de vacunación contra la covid-19 es una afrenta a la libertad individual que todo verdadero liberal debería rechazar. Obra una razón de principio, que es el repudio a la violación de la soberanía del individuo sobre su propio cuerpo. Cualquier argumento fundamentado en el paternalismo estatal que pretenda justificar la aplicación de castigos por no vacunarse es insostenible.

Pero los propulsores del pasaporte de vacunación obligatorio también alegan que esta obligatoriedad es necesaria para prevenir daños a terceros (externalidades negativas) que serían supuestamente mayores que los daños infligidos a los que no deseen vacunarse. Veamos diez razones en contra de esos alegatos:

  1. No hay evidencia concreta y definitiva de que las vacunas prevengan significativamente el contagio[1]. Se postula la posibilidad de que reduzcan la carga viral en el infectado vacunado, y así impliquen una disminución en la posibilidad de contagiar a otros. Pero en ambientes sociales reales (fuera del laboratorio) son muchos los factores que pueden incidir, y resulta difícil aislar el factor vacunación[2]. Éste es uno de los motivos por los que los fabricantes y las autoridades se abstienen de afirmar categóricamente que las vacunas previenen los contagios. De hecho, la mayoría de las autoridades insisten en mantener prácticamente los mismos cuidados incluso luego de vacunados.
  2. Las mismas autoridades que exigirían la vacuna utilizan los kits de PCR (reacción en cadena de polimerasa) asumiendo que éstos pueden determinar la positividad de la infección por SARS-Cov2 que a su vez se relacionaría con la enfermedad de covid-19 (así contabilizan los casos, que a su vez inciden en las decisiones de confinamientos, estados de alarma y toques de queda). Pero si es cierto que las PCR dan un fiel diagnóstico de la infección, entonces bastaría con usar éstas para identificar a los casos que pueden implicar riesgo de contacto, sin necesidad de exigir vacuna alguna.
  3. Si la vacuna realmente protege eficazmente de cuadros graves de enfermedad, ¿cuál es el miedo de un vacunado de mezclarse con un no vacunado? Hay quienes parecen realizar contorsiones argumentales para justificar la obligatoriedad, apelando a que las vacunas pueden ser parcialmente eficaces, y entonces el vacunado no tendría garantizada la prevención de un cuadro grave. El problema con ese argumento matizado, es que peca de un prejuicio a favor de la obligatoriedad, porque igualmente se podría argumentar desde el otro lado, que el hecho de que la eficacia de las vacunas sea parcial torna injustificable su imposición obligatoria. O sea, no parece coherente argumentar a favor de la obligatoriedad fundamentándose en la eficacia, y a la vez fundamentándose en la falta de eficacia. ¿Cuál sería la combinación del porcentaje de eficacia frente al porcentaje de probabilidad de contagiarse una vez vacunado que justificaría la obligatoriedad? Fijar cualquier cuantificación en este sentido resultaría antojadizo, y además estamos lejísimos de la posibilidad de obtener esas medidas con exactitud. Y si, por el contrario, se estableciese que la eficacia de las vacunas en la prevención de la enfermedad grave fuese baja, entonces pierde sentido el vacunarse, y mucho más su imposición.
  4. Las vacunas contra la covid-19 se han desarrollado con una rapidez inusitada. Esto es algo positivo y refleja la posibilidad de mancomunar esfuerzos a nivel global. Pero también implica un inevitable componente de riesgo, ya que la difusión masiva se ha efectuado en tiempos más cortos que los conocidos hasta ahora. Hay debates acerca de si estas vacunas están en fase experimental o no. Pero más allá de los tecnicismos en la definición de términos, lo cierto es que hay autorizaciones de emergencia, lo que implica un curso anormal de desarrollo[3]. También hubo casos como el de la vacuna rusa Sputnik V, implementada incluso previo a la conclusión de la fase III[4]. Tampoco se puede descartar la posibilidad de efectos adversos que tarden en manifestarse, y es por eso que se prevé que las pruebas clínicas se extiendan hasta fines de 2022 y comienzos de 2023[5], además del período posterior de monitoreo. Esta situación de emergencia obra en contra de los argumentos a favor de la obligatoriedad.
  5. Las vacunas de ARN mensajero (como la Moderna COVID-19, y la Pfizer–BioNTech COVID-19) prometen constituirse en un importante avance médico. Pero recién el 2 de diciembre de 2020, la agencia regulatoria de medicamentos británica se convirtió en la primera en aprobar el uso masivo de una vacuna de este tipo[6]. No es apropiado que una nueva tecnología nunca antes probada en forma masiva deba probarse imponiendo castigos o limitaciones a los que no quieran someterse a ella.
  6. Los gobiernos han aceptado que las empresas productoras de las vacunas asuman parcialmente la responsabilidad por potenciales efectos adversos, o que la asuman pero con una compensación económica por parte del Estado. Muchos de los contratos son confidenciales[7]. Esto puede fomentar una producción más rápida de vacunas, pero afecta la transparencia del proceso, perjudicando los argumentos a favor de la obligatoriedad.
  7. Se ha registrado memoria inmunológica en personas que han tenido covid-19[8]. Por ello es cuestionable la necesidad de vacunar a estas personas, y prácticamente absurdo imponerles castigos o restricciones por no vacunarse. Una cuestión particular adicional a tener en cuenta en estos casos, es la posibilidad de la potenciación dependiente de anticuerpos (antibody-dependent enhancement, ADE) y de la potenciación de la enfermedad respiratoria asociada a la vacuna (vaccine associated enhanced respiratory disease, VAERD o ERD). Éstas dos potenciaciones de la enfermedad se pueden dar con una reinfección (como es el caso del dengue con la ADE), y muy raramente, con una infección luego de una vacunación[9]. Afortunadamente, estas reacciones no deseadas no se han observado ni en la etapa de pruebas en animales, ni en las pruebas clínicas, ni aun con las variantes más resistentes de SARS-Cov-2 (B.1.1.7 [“británica”] y B.1.351 [“sudafricana”]); por el contrario, en general se vienen observando mejores respuestas inmunológicas luego de la vacuna[10]. Estas buenas noticias, sin embargo, no obstan para que esto se deba seguir monitoreando.
  8. Algunos comentaristas -incluso liberales-,[11] mencionan el hecho de que ya existen requerimientos de vacunación para movilizarse o ingresar a ciertas zonas. Pero, sin entrar a estudiar cada caso y su historia en particular, que haya casos de requerimientos preexistentes no implica: (1) ni que esos casos de restricciones estén siempre bien (estaríamos cayendo en una especie de problema del ser y el deber ser[12]), ni (2) que porque en esos casos esté bien, habría de estarlo en éste (estaríamos cayendo en un non sequitur). Esto último, si se aceptan que los requerimientos ya existentes están bien, puede o no ser el caso, pero no se sigue necesariamente.
  9. El argumento de que es necesario imponer un pasaporte de vacunación para evitar poner al sistema de salud bajo el riesgo de saturación es endeble. Tres objeciones:
    1. La mayoría de la gente parece tener la voluntad de vacunarse[13]. Además, hemos de suponer que las personas que pertenecen a grupos de riesgo deben tener un grado de voluntad de vacunarse aún mayor que la media de la población en general. Y también parece razonable pensar que la aceptación de las vacunas irá en aumento, si el paso del tiempo continúa confirmando su eficacia y su seguridad.
    1. Los argumentos basados en la necesidad de evitar el riesgo de saturación del sistema sanitario podrían esgrimirse para cualquier otra enfermedad condicionada por el comportamiento. Con esa lógica autoritaria, acabaríamos controlando la dieta, el ejercicio físico y los hábitos de las personas, imponiendo toda suerte de prohibiciones y obligaciones en lo que conformaría un programa sanitario estatal orwelliano. El comportamiento de elegir no vacunarse no parece ser cualitativamente distinto a (peor que) tantos otros comportamientos de toda índole que implican una presión sobre el sistema sanitario. O al menos, para establecer que sí lo es, sería necesario conducir una gran cantidad de complejas investigaciones sobre un sinnúmero de problemas de salud y comportamientos asociados.
    1. Mejor que imponer la obligatori edad de la vacuna es mejorar el sistema de salud. Éste es un punto complejo, pero clave. Baste decir aquí que en general los Estados no sólo se han mostrado más ineficientes que el sector privado, sino que además sus intromisiones en el sector privado han inhibido el potencial de éste último.
  10. La imposición de la vacunación por parte de las autoridades promueve innecesarias suspicacias y genera dudas adicionales sobre los posibles efectos adversos. Aquí, como en todo, se debería dejar obrar al mercado. Si las vacunas prueban ser eficaces y seguras, la vacunación tendrá más adhesión. Si en cambio, las impone el Estado, esto sólo generará aún más desconfianza en aquéllos que ya alberguen sospechas de motivaciones meramente comerciales o dudas acerca de los posibles efectos adversos.

Una aclaración final que, si bien es innecesaria, en estos tiempos de pánico y sordera intelectual autoinducida puede llegar a ser conveniente: considerar estas razones no implica estar en contra de las vacunas, ni tampoco de la decisión personal de vacunarse.


[1] Hasta los CDC hablan de una probabilidad potencial (“potentially less likely”) de que las vacunas disminuyan la contagiosidad, y dicen que la investigación al respeto aún continúa. Y en la misma página, afirman que la gente vacunada podría seguir contagiando (“could potentially […] spread it to others”):

https://www.cdc.gov/coronavirus/2019-ncov/science/science-briefs/fully-vaccinated-people.html

[2] https://www.nature.com/articles/d41586-021-00450-z

[3] Incluso los fact-checkers de Reuters, que niegan que las vacunas sean consideradas experimentales, afirman que: “Se ha expedido la autorización de uso de emergencia en E.E.U.U. como resultado de la severidad de la pandemia”, que esta autorización de emergencia cesará “cuando termine la pandemia”, para lo que “aún no se ha dado un plazo” (política similar en Reino Unido). Asimismo, se han autorizado pruebas en humanos en paralelo con pruebas en animales:

https://www.reuters.com/article/factcheck-covid-vaccines-idUSL1N2M70MW

[4] https://www.bbc.com/mundo/noticias-55902348

[5] Por ejemplo, Moderna hasta el 22/10/2022, y Pfizer hasta el 31/01/2023:

https://www.reuters.com/article/factcheck-covid-vaccines-idUSL1N2M70MW
https://www.historyofvaccines.org/es/contenido/articulos/desarrollo-pruebas-y-reglamentos-para-las-vacunas

[6] https://www.gov.uk/government/news/uk-authorises-pfizer-biontech-covid-19-vaccine

[7] Ejemplos:

https://www.reuters.com/article/us-astrazeneca-results-vaccine-liability-idUSKCN24V2EN
https://www.weforum.org/agenda/2020/10/astrazeneca-partial-immunity-eu-vaccine/
https://www.nytimes.com/2021/01/28/world/europe/vaccine-secret-contracts-prices.html
https://theconversation.com/who-pays-compensation-if-a-covid-19-vaccine-has-rare-side-effects-heres-the-little-we-know-about-australias-new-deal-147846
https://cincodias.elpais.com/cincodias/2020/08/07/companias/1596824071_284665.html
https://www.newtral.es/inmunidad-legal-vacunas-covid/20201119/
https://www.eldiario.es/sociedad/farmaceuticas-ganan-estados-europeos-indemnizaran-efectos-inesperados-vacunas-coronavirus_1_6222300.html

[8] https://science.sciencemag.org/content/371/6529/eabf4063

[9] https://www.vacunas.org/la-velocidad-sideral-y-los-problemas-de-seguridad/

https://www.the-scientist.com/news-opinion/covid-19-vaccine-researchers-mindful-of-immune-enhancement-67576
https://davidson.weizmann.ac.il/en/online/reasonabledoubt/ade-and-corona-vaccines

Y el recomendable artículo de Derek Lowe (en inglés) resumiendo las novedades recientes:

https://blogs.sciencemag.org/pipeline/archives/2021/02/12/antibody-dependent-enhancement-and-the-coronavirus-vaccines

[10] https://blogs.sciencemag.org/pipeline/archives/2021/02/12/antibody-dependent-enhancement-and-the-coronavirus-vaccines

[11] Como por ejemplo, el estimado Francisco Capella: “Los Estados ya exigen certificados de vacunación para ciertos movimientos internacionales a zonas problemáticas.”

https://ijmpre2.katarsisdigital.com/ijm-actualidad/analisis-diario/libertad-y-pasaporte-covid/

[12] https://es.wikipedia.org/wiki/Problema_del_ser_y_el_deber_ser

[13] Ejemplos:

https://www.ocu.org/salud/medicamentos/noticias/encuesta-vacuna-covid
https://www.telam.com.ar/notas/202104/550177-es-alta-predisposicion-a-vacunarse-y-amplia-la-aceptacion-de-las-medidas-restrictivas.html
https://khn.org/news/article/covid-vaccine-hesitancy-drops-among-americans-new-kff-survey-shows/

Contra el racionamiento de las vacunas

Desde que en julio del año pasado la Comisión Europea firmó un acuerdo marco con los estados miembros de la Unión para la compra anticipada de vacunas contra la COVID-19 ha transcurrido ya el tiempo suficiente para evaluar unos planes de vacunación mal concebidos para llegar al objetivo de distribuir las vacunas que inmunicen a la mayoría de la población europea en el menor tiempo posible. “Por cada mes que se adelante su distribución, se salvarán vidas, puestos de trabajo y miles de millones de euros” rezaba una de las consideraciones iniciales del anexo del citado acuerdo.  

En esencia los estados miembros confirieron un mandato a la Comisión para negociar y celebrar contratos de compra anticipada (APA, por sus siglas en inglés) con cada una de las empresas farmacéuticas, que ya en aquel momento avanzaban en la investigación y ensayo clínico de distintas vacunas. La celebración de contratos concretos, tras el anuncio de un determinado precontratos por parte de la Comisión, y la adquisición final de las vacunas y las obligaciones de pago corresponderían (art. 2) a los estados participantes en función de las cuotas asignadas a cada uno, salvo que se dispusiera otra cosa. En este sentido, las directrices del anexo del acuerdo perfilaron la posibilidad de que la Comisión Europea asumiera hasta el 50 por ciento del precio final, cuando se plantera una gran dificultad en distinguirlo del precio inicial adelantado a los fabricantes durante la fase de proyecto. Asimismo, la competencia para ejecutar las políticas de vacunación quedaban al arbitrio de los estados.

Cualquiera que sea el contenido exacto de cada uno de los acuerdos concretos suscritos con los fabricantes de vacunas – sometidos a confidencialidad, incluido el precio – según los últimos datos publicados por Ourworldindata, el conjunto de los países de la UE ha inoculado, al menos, la primea dosis de la vacuna a un 19´39 por ciento de su población[1], datos que palidecen frente al 61´96 por ciento de Israel, 48´66 del Reino Unido, 40´61 de Chile o el 39´85 de EE.UU. A la vista de estos resultados provisionales, el alcance de la ansiada inmunidad de grupo en la UE antes del verano se antoja imposible por los intervalos entre dosis de la mayoría de la vacunas hasta ahora aprobadas por la Agencia Europea del Medicamento (EMA). Incluso si, como parece, las entregas se multiplican por la llegada de las que se vayan aprobando, los retrasos provocados por las suspensiones o limitaciones de la aplicación de AstraZeneca y Janssen[2] en la mayoría de los países no se van a compensar por los medios públicos desplegados y los anuncios de apertura al sector privado en el proceso de vacunación de dosis adquiridas previamente por los gobiernos[3]. No así de las compras, la distribución y la inoculación paralela.

Este fracaso no puede achacarse – al menos no fundamentalmente – a la Comisión Europea, puesto que el acuerdo marco no impedía a los estados miembros explorar otras vías, complementarías del programa de compras coordinado (notificando con cinco días de anticipación su voluntad de excluirse, una vez informados de la inminencia de cada contrato de venta anticipada- art. 5) ni les obligaba a gestionar el proceso al modo de un sistema de economía socialista centralizado. Dicho de otra manera, las compras para garantizar una distribución e inoculación de vacunas gratuitas para la generalidad de la población no eran – ni son ahora una vez celebrados la mayoría de los contratos – incompatibles con la autorización a empresas o particulares que ya suministran otros medicamentos o adquirir las vacunas como consumidores finales.

Si acaso cabe apreciar que, tanto los gobernantes europeos como la Comisión, partieron del sobreentendido de monopolizar la demanda en cada país y asumir el papel de prestadores únicos de las vacunas contra el Covid-19, impidiendo el funcionamiento de un mercado, que a través de sus precios proporcionaría una información muy valiosa[4] a nuevos productores de vacunas y una distribución mucho más eficiente a personas dispuestas a pagar por ello. Asimismo, demostraron una autoconfianza desmedida en la virtualidad de las compras centralizadas a través de comités de funcionarios públicos, que a cada paso tendrían que recabar la opinión y aprobación de los estados miembros y obviamente sobrevaloraron la influencia que tendría la financiación anticipada de determinados proyectos en las condiciones de entrega de las futuras vacunas.

Como señaló hace poco el profesor Pedro Schwartz sobre el caso concreto de España, “so capa de que las vacunas se distribuyen gratuitamente, se ha prohibido su compra por personas individuales, así como la vacunación en hospitales privados y farmacias”. Los gobiernos europeos, y muy singularmente el español por su obsesión de dominar todos los resortes de la sociedad desde el gobierno, han impedido que sus ciudadanos se beneficiaran del funcionamiento de un mercado de vacunas para conseguir el fin apetecido.

Incluso en una situación de oligopolio de facto de la producción de vacunas, los precios en el mercado mundial por unidad son tan ridículos que la idea de que deban proveerse “gratuitamente” a toda la población es un completo desatino. A cambio, los gobiernos han conseguido que los europeos se sometan mansamente a fallidas “estrategias de vacunación”, esperando con paciencia su turno, segmentados por grupos de edad o profesiones. Un remedo de los planes de racionamiento gubernamentales de las guerras y posguerras del siglo XX (y de modo estructural de los regímenes comunistas) que parecían indefendibles en los países libres para proveer bienes de consumo a gran escala. Como en aquellas viejas historias del “estraperlo” de la autarquía en España, afloraron casos de corrupción gracias a los contactos con el poder o se presentaron chivos expiatorios cuando algunas personas escaparon del sistema.

La pandemia del Covid-19 ha causado ya demasiadas muertes. Sin embargo, ante la probabilidad de que, debido a sus mutaciones, se haga necesaria la vacunación periódica, todo este esquema tiene que reconsiderarse totalmente. El punto de partida debería invertirse para que los estados europeos se limiten a comprar y distribuir vacunas a las personas que carecen de medios para hacerlo. En un momento en el que la destrucción de una parte de la infraestructura productiva es un hecho y los presupuestos públicos presentan gigantescos déficit, debe plantearse una alternativa clara al modelo que han colado políticos incompetentes o sedientos de poder, aprovechando el miedo y la incertidumbre generalizados.

Nos va en ello la libertad … y la vida.


[1] Curiosamente España, con un 20´51 por ciento está por encima de Francia, 18´63, y por debajo de Alemania, 20´63.

[2] El 20 de abril el comité de seguridad de la EMA dictaminó que, infrecuentes trombos con bajos niveles de plaquetas deberían relacionarse como un efecto secundario muy raro de ésta última.

[3] En este sentido, en el caso español, después de que se demandara por el gobierno de la Comunidad de Madrid, mediante el anuncio de acuerdos de colaboración con una fundación de la patronal CEOE para que las Mutuas de accidentes se conviertan en centros de vacunación

[4] Recuérdese como, paradójicamente, los negociadores de la Comisión Europea

Algunas cuestiones disputadas sobre anarcocapitalismo (LIV): Vacunas en una sociedad sin Estado

Aunque esta sea una sección de comentarios de actualidad, yo acostumbro a hacer reflexiones más o menos teóricas sobre la anarquía de mercado. Pero el debate sobre el suministro de vacunas me ha interesado tanto que he hecho una excepción. Es un ejemplo magnífico de cómo la centralización en las negociaciones fracasa y cómo muchos estados pequeños han estado más ágiles a la hora de adquirir y suministrar el medicamento a sus ciudadanos.

Al tiempo también puede servir como elemento de debate a la hora de describir cómo podría darse el suministro de un bien de este tipo en una sociedad sin estado y si lo podría hacer mejor que la gestión estatal de los suministros. Lo cierto es que el tema es interesantísimo y se podría debatir desde la propia eficacia de la Unión Europea a criterios de justicia a la hora de hacer los repartos de un bien tan básico como  es este.

El proceso de vacunación de una población comienza obviamente por el descubrimiento de una o varias vacunas efectivas para la enfermedad.  Esto ya en sí ya es complejo, pero la dificultad se acrecienta cuando se hace necesaria una gran producción de las mismas para poder literalmente vacunar a toda la tierra.  El problema es que aún disponiendo de una buena infraestructura productiva, la cadencia de fabricación de las vacunas no permite más que una producción limitada cada día que no permite satisfacer las demandas de todos los posibles usuarios. Esto es, producir vacunas para todas implica un lapso temporal de meses.

A esto hay que sumarle los plazos de distribución de la misma hasta los distintos países y luego administrar las vacunas a toda la población. Es decir, hay que priorizar tanto las entregas de las vacunas entre países como dentro del mismo país entre los colectivos que se determinen como más necesitados. Sería interesante discutir si puede o debe existir algún criterio de justicia a la hora de hacer este tipo de repartos y de existir cuál debería ser.  Se trataría también de ver cómo podría darse suministro en una hipotética sociedad sin estado.

En una economía de mercado sin interferencias, el proceso normal de suministro de vacunas consta de varias etapas sucesivas. La primera obviamente es la de la síntesis de la vacuna que corresponde a científicos y técnicos. La segunda sería la de la producción masiva de la misma, que requiere de bienes de capital en forma de fábricas especializadas y personal cualificado. La tercera sería la de la logística y transporte de las vacunas producidas a los centros de distribución. La última sería la del inoculado de las mismas a las pacientes siguiendo algún tipo de orden, dado que éstas irán llegando de acuerdo con algún tipo de cadencia.

Las cuatro etapas son imprescindibles. En una economía de mercado sin interferencia la asignación se haría mediante un mecanismo de precios y siguiendo un orden idealmente  inverso al explicado. Esto es, los empresarios involucrados valorarán la demanda potencial del bien, las formas posibles de distribuirlo (si existe o no logistica de frio industrial o el tipo de infraestructura sanitaria existente por ejemplo) y luego calcularía una gama de precios a los que podría obtener beneficios. Una vez realizados los cálculos, los productores decidirían cuántos científicos y técnicos  y cuáles se movilizarían; primero para el descubrimiento y síntesis de la vacuna y segundo para su producción y distribución industrial.

Como es de suponer, la empresa farmacéutica se enfrentaría a la posible competencia de otras empresas, y a la posibilidad de que todos sus esfuerzos se encuentren sin recompensa. Podría perfectamente no descubrirse vacuna alguna, o bien de descubrirse hacerlo tarde en relación a la competencia, o a un precio no competitivo.

No difiere en esencia de cualquier otro proceso industrial, salvo en el hecho de que tratamos con cuestiones de vida o muerte y por tanto el ajuste de los precios es al principio algo diferente de otros bienes. Se asemeja  (guardando las distancias) a los mercados de espectáculos, que o se  adquieren en el momento o después no valen de nada. Al igual que en ellos se da un fenómeno muy peculiar: si no se ajustan bien los precios se producen fenómenos de “reventa” que benefician a intermediarios pero que no redundan en beneficio de los artistas (o de los fabricantes) y por lo tanto esos fondos no revierten en la mejora del espectáculo o evento deportivo (o en el caso de las vacunas en la mejora de los procesos de investigación o producción).

Por lo tanto, en la producción de vacunas nuevas como en cualquier otro proceso de producción innovador se suele cargar con precios más altos a los primeros consumidores para que de esta forma contribuyan a financiar los incrementos futuros de producción, y colaboren por tanto en abaratamientos ulteriores del producto y permitan su generalización. Pasó con los automóviles, los televisores o más recientemente con los teléfonos inteligentes de alta gama.

En el ámbito español tenemos un buen ejemplo con la penicilina. Al principio era carísima y se llegó al caso de vender una casa para comprar una dosis  que salvase una vida ( dosis que había que traer de contrabando de Portugal al no poderse adquirir legalmente en la España de Franco). Pero con el tiempo se abarató muchísimo, al tiempo que se perfeccionaba como producto hasta el punto de que hoy es un medicamento de lo más accesible y abundante. El único problema era que parte del beneficio iba al contrabandista y no a la empresa productora y no contribuía a mejorar la producción.

El problema, hoy al igual que entonces, es que mientras no se abarate y distribuya masivamente habrá personas que no puedan adquirirlo y que por desgracia pueden fallecer existiendo una solución disponible. El problema que se plantea es pues de corte ético y consiste en si debe existir o no algún criterio de reparto extraeconómico para asignar las vacunas escasas mientras estas  no se generalicen. 

En una hipotética sociedad sin estado, las vacunas serían asignados a quienes muestren más capacidad de pago, bien por poseer una gran capacidad económica bien porque sacrifican otros consumos por acceder a este, como vimos en el caso antes citado de la venta de la casa. Pero esta forma de asignación no implica necesariamente que sólo los ricos van a obtener vacunas, pues estas podrían perfectamente ser adquiridas por aseguradoras para sus clientes, y éstas cubrir perfectamente a la totalidad o casi totalidad de la población, dado que en un sistema social de este tipo no estarían previstos sistemas estatales de previsión o de sanidad. Serían entonces estas aseguradoras quienes estableciesen protocolos de vacunación y priorizasen a los enfermos que entendiesen prioritarios. Obviamente estos protocolos serían conocidos por los usuarios a la hora de firmar el contrato de seguro, pudiendo el  tomador del seguro aceptar el pequeño sobrecoste o no.

Quiere con esto decirse que es perfectamente factible conciliar la asignación de un bien muy escaso y vital en ausencia de Estados con criterios redistributivos que atiendan a los más débiles, al tiempo que no se distorsionen los sistemas de mercado. También habría que tener en cuenta a la hora de ponderar la justicia de una asignación de mercado que si este se revela como más productivo y más barato a la hora de producir y suministrar el bien a medio plazo, este sistema habrá salvado más vidas que sus alternativas estatales y esto habrá que ponderarlo también a la hora de juzgar entre sistemas político-económicos alternativos. 

Pero aún así no cabe duda de que en este sistema se priorizaría la capacidad de pago sobre cualquier otro principio y esto sin duda es una cuestión ética peliaguda que merece ser discutida. Veamos entonces cómo es la ética de reparto en un sistema en el que los estados  sean los  encargados  de la producción o provisión de las vacunas.

Para ello veremos cómo se gestiona este proceso en nuestro entorno. En primer lugar se ha optado por una compra centralizada de vacunas a nivel de la Unión Europea, que se ha revelado no muy efectiva, quizás por falta de experiencia de esta administración al hora de contratar este tipo de bienes. El problema es que un fallo en estas negociaciones no se circunscribe al ámbito de un Estado o una comunidad autónoma, sino que afecta al conjunto de la Unión. Un fallo de unas pocas personas en una decisión centralizada afecta, como podemos observar, a centenares de millones de personas.

Podemos ver en cambio cómo países pequeños como Islandia o algunos emiratos árabes o relativamente pequeños como Israel han mostrado una mejor capacidad de afrontar tanto el proceso de compra como el de vacunación. Desde luego la magnitud de la unidad política (a igualdad de renta) no parece afectar positivamente a la gestión. Esta compra centralizada nos aporta un elemento más de discusión que podríamos enlazar con la teoría austríaca del cálculo económico.

El viejo Boris Brutzkus, en su relato de los fallos de la incipiente economía soviética, nos alertaba de los fallos de coordinación. Los soviets tenían buenos barcos de pesca pero carecían de redes y anzuelos, o flamantes tractores sin una adecuada distribución de combustible o repuestos. Algo semejante aconteció en la distribución de vacunas (afortunadamente a mucho menor escala y con una menor duración en el tiempo), pues si bien se produjeron vacunas, las primeras requerían de una sofisticada logística de frío de la que no se disponía aún en todas partes. También se dió, durante un breve lapso de tiempo, la carencia de jeringuillas especiales que permitiesen un óptimo aprovechamiento de los viales, lo que permitiría incrementar cerca de un veinte por ciento las dosis disponibles.

Por último viene el problema de la priorización de colectivos a la hora de proceder a la vacunación. Partamos de una base, la asignación por el Estado no es tampoco igualitaria. Primero, porque la diferencia a la hora de asignar el recurso será entre Estados ricos y estado pobres. Es decir, al igual que en el caso anterior, la capacidad de compra será decisiva a la hora de adquirir el bien, y los ricos tendrán preferencia sobre los pobres, Ello no supone una mejor situación ética, pues sólo se cambiaría la escala y la forma del reparto, pero no su desigualdad intrínseca. Y no parece que sea políticamente factible una situación en la que un Estado se desprenda generosamente de parte de su stcock para cedérselo a otro menos favorecido, sin haber vacunado aún al completo de su población. Se dará la paradoja de vacunar antes a jóvenes sanos de los países ricos que a personas de riesgo en países pobres. El modelo aquí no es muy diferente en esencia del caso anterior.

En segundo lugar, tampoco es igualitario el reparto dentro del propio país, si bien aquí la supuesta injusticia es de menor gravedad.  Básicamente, porque el gobierno a la hora de asignar las vacunas escasas determina quiénes deben ser los grupos que primero deben recibirlas, y también un orden de prelación entre ellos. Entiendo que los criterios que se han seguido no son en principio irracionales, y tienen mucha lógica. Pero ello no obsta para que sigan siendo desigualitarios en el sentido de que son los gobernantes quienes deciden qué vidas valen más y cuáles deben esperar. Y que por tanto haya personas que los reciban antes, y por tanto eliminen el riesgo, mientras que otras por desgracia siguen siendo infectadas y a veces mueren simplemente porque no fueron catalogadas como prioritarias.

Al ser una asignación de tipo político, siempre será posible una suerte de “mercado negro” en la asignación, según la cual aquellos más próximos al poder pudiesen tener la tentación de priorizarse a sí mismos en la asignación de las mismas. La escala en que esto suceda dependerá como cualquier otra forma de corrupción moral de la calidad ética de las clases dirigentes. Pero de ser estas poco morales es probable que se reproduzca el fenómeno apuntado más arriba de la aparición de intermediarios o de privilegiados, pero con la consecuencia de que no aportarán tampoco nada al proceso productivo. También habría que comparar su eficacia relativa en relación a la asignación de mercado y tener en cuenta las vidas potenciales perdidas a la hora de valorar cuál de los dos sistemas debería ser el preferido.