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Disney y la desorientación creativa

Por Auguste Meyrat. El artículo Disney y la desorientación creativa fue publicado originalmente en Law & Liberty.

Como dice el viejo refrán, «la política es la corriente descendente de la cultura». Por desgracia, esto tiende a olvidarse en años electorales, cuando esta observación es aún más aplicable. Si los conservadores quieren entender por qué los progresistas piensan y votan como lo hacen, sólo tienen que fijarse en sus medios de comunicación, que les influyen de manera profunda.

En consecuencia, podría ser una buena idea prestar atención a Disney y al inesperado triunfo de su última película de animación, Del revés 2. Teniendo en cuenta lo moribundo de la cartelera cinematográfica del año y los continuos problemas financieros de Disney, es justo declarar que Del revés 2 ha sido un caso de intervención divina. No sólo ha sido la película más taquillera del año, con más de 1.600 millones de dólares en todo el mundo, sino también la película de animación más taquillera de la historia.

Además, resulta ser una película decente, que recrea gran parte de la magia que hizo tan especiales a las anteriores películas de Pixar y Disney. Como la mayoría de los críticos, pensé que la trama parecía una versión recalentada de la primera película y, por tanto, adolecía de una visión superficial de la psique humana, pero era de lejos mejor que otras películas recientes de Pixar como Soul, Onward o Elemental.

Un amargo éxito

Dicho esto, aunque Del revés 2 dio a Disney una nueva oportunidad de vida, no todos los que trabajaron en el proyecto estaban contentos. Según un extenso artículo de IGN, muchas de las personas que trabajaron en el proyecto lamentan el éxito de la película y lo que significa para el futuro de Disney. Les molesta que la película presione a los empleados para que produzcan, que mantenga una estricta jerarquía creativa y que vaya sobre seguro en cuestiones culturales.

Aunque ridículas en sí mismas, estas objeciones arrojan luz sobre las causas del actual declive del entretenimiento dominante. Este declive no se debe a los formatos cambiantes provocados por el streaming, los desafíos para satisfacer las demandas de una audiencia global, los presupuestos difíciles de manejar que eliminan la asunción de riesgos creativos, o incluso el aumento de la cultura de la dopamina que transforma al público en zombis inquietos que no pueden quedarse quietos durante un largometraje. Lo que está matando a Disney y a Hollywood en general es la inmadurez y pereza rampantes de sus trabajadores creativos.

Casi todos los entrevistados en el artículo se quejaban de la cantidad de presión a la que estaban sometidos para terminar el producto y cumplir sus respectivos objetivos. Al parecer, el deseo generalizado entre los productores de obtener beneficios de un proyecto que costó más de 200 millones de dólares fue un verdadero bajón para parte del personal. Como cuenta una fuente, «Ésa era la presión que sentía todo el mundo. Necesitamos que esta película tenga éxito porque si no, no tendremos estudio». Y esa fue la presión que todo el mundo sintió todo el tiempo. Todo el tiempo».

Ahogar a los creadores

En la práctica, esto significaba que algunos de ellos tenían que hacer horas extras (por las que se les compensaba justamente), y que muchos de ellos tenían que revisar y rehacer escenas que no funcionaban. También existía la esperanza de que todos conservaran un trabajo fijo después del proyecto y recibieran jugosas primas. Pero se despidió a muchos por limitaciones presupuestarias, lo que les dejó amargados.

La gente normal que no trabaja en Hollywood podría preguntarse cómo es posible que la volatilidad y las exigencias de un proyecto creativo no estén siempre presentes a la hora de hacer una nueva película. Evidentemente, debe de haber producciones cinematográficas que presionan poco a los empleados hoy en día. En lugar de decirles que su película tiene que tener éxito, a los trabajadores de los platós de cine se les dice lo contrario: la película puede fracasar, pero no es culpa de nadie (excepto quizá del público), así que tómatelo con calma y cuida tu salud mental. Esto explicaría cómo series de televisión como She-Hulk: Attorney at Law, The Acolyte o Rings of Power cuentan con presupuestos enormes (225 millones de dólares, 180 millones de dólares y casi 1.000 millones de dólares, respectivamente) y aun así parecen baratas y feas.

Quizá lo más llamativo sea el resentimiento de los empleados hacia el director creativo de Del revés 2, Pete Docter. Habiendo estado detrás de casi todas las películas de éxito de Pixar, incluyendo Toy Story, Wall-E, Up e Inside Out, obviamente tenía sentido traer a Docter: «Ya has visto el resultado final. [Del revés 2] hizo mil millones de dólares en taquilla», señaló un empleado. «Fue un resultado directo de la participación de Pete. Pete es un genio. Nadie puede discutirlo».

Pete Docter y Keslry Mann

Y, sin embargo, los descontentos de Pixar sí que lo discutirán. Sí, Docter tenía un historial probado y parecía ser un jefe relativamente agradable, pero también era «un símbolo de Pixar aferrado a una cultura interna obstinadamente inamovible, con aversión a incorporar nuevos directores y voces». Uno de esos «nuevos directores» era la novata Kelsey Mann, que en un principio iba a supervisar Del revés 2, pero le sustituyó Docter. En palabras de una fuente: «No se puede hacer nada sin Pete. Literalmente, nada».

Sin embargo, lo que realmente molestaba a los empleados de Docter era su insistencia en hacer «historias universales». Es decir, quería hacer películas con las que un público masivo pudiera identificarse en lugar de impulsar una agenda para atraer a un grupo selecto de personas.

Naturalmente, esto supuso un problema para un personal progresista que no aprendió nada del fracaso que supuso Lightyear, en la que aparecía orgullosamente una pareja de lesbianas besándose. Muchos de ellos estaban empeñados en contar la historia de la protagonista de Del revés, Riley, de 13 años, que mantiene una relación romántica con otra niña, porque eso es lo que creen que quieren ver las familias con niños pequeños. Docter pidió ediciones que hicieran a Riley «menos gay», lo que llevó a «un montón de trabajo extra para asegurarse de que nadie los viera potencialmente como no heterosexuales».

La homosexualidad de Riley

El hecho de que se tuvieran que hacer ediciones en primer lugar debería llevarnos a preguntarnos cómo serían las cosas si Docter nunca hubiera tomado las riendas y Mann hubiera sido intimidada para hacer a Riley gay. ¿Y si Anger (un claro avatar de los hombres blancos conservadores), y no Anxiety, fuera la antagonista que intenta obligar a Riley a ajustarse a su entorno heteronormativo y negar lo que siente? ¿Y si su objetivo en la película no fuera entrar en el equipo de hockey, sino besar a la chica de sus sueños?

Sin duda, sería un desastre, pero no necesariamente porque eso ofendiera a la gente. Más bien porque sería aburrido y tópico. Un Riley gay tendría que ser superlativamente virtuoso, no cometer nunca errores y tener sólo las intenciones más puras. Y la única forma de frustrar a un Anger homófobo sería sermonearle sobre lo normal y natural que es sentir atracción por el mismo sexo y actuar en consecuencia. En lugar de una historia sobre los sentimientos que emprenden un viaje para darse cuenta de que necesitan trabajar juntos por una Riley mentalmente sana, serían los sentimientos los que irían a la guerra contra Anger y sus compinches para liberar la sexualidad de Riley. En cuanto a Riley, se esconderá, luchará contra su inseguridad y se armará de valor para invitar a salir a la otra chica, que también resultará ser gay.

¿Qué hacer con Anger?

Por respeto a la comunidad homosexual, sería casi imposible que la historia fuera ligera, por miedo a trivializar y tergiversar el tema y a las personas implicadas. El único personaje potencialmente divertido y con el que se puede empatizar podría ser el antagonista Anger. Pero incluso él ha tenido que censurarse, y aplanarle hasta quitarle cualquier cualidad redimible para que los espectadores más jóvenes entendieran que es malo por ser homófobo. Los otros personajes son buenos por celebrar la identidad sexual de Riley.

Tal vez un puñado de personas podría estar genuinamente interesado en llevar a sus hijos a ver este tipo de película, pero la mayoría de la gente, comprensiblemente, pasaría de largo. No porque no les importen los homosexuales, sino porque la película carecerá de humor. Será aburrida y condescendiente. Como señaló el programa de televisión «South Park», la novedad de «poner a una chica y hacerla coja y gay» no funciona, y nunca funcionó.

Descontento en Disney y Pixar

De todos modos, los descontentos empleados de Pixar se lamentarán de que «puede que nunca vean un personaje gay importante en una película de Pixar». Por supuesto, verán un montón de personajes homosexuales en todas partes, pero Docter y algunas de las otras personas cuerdas de Pixar se han dado cuenta de que, sencillamente, esto no encaja bien en las películas familiares.

Se aferran a la anticuada noción de que el entretenimiento no consiste en hacer avanzar el progreso y adoctrinar a los jóvenes, sino en contar una historia con la que todos puedan identificarse y disfrutar. Se trata de reunir a la gente en una experiencia artística que hable de su humanidad compartida. Y, sobre todo, se trata de ganar dinero.

Hasta que la clase creativa actual no entienda esto y ajuste sus expectativas en consecuencia, puede esperar seguir viendo el declive de su industria.

Ver también

Botsuana y el ‘pensamiento Disney’. (Antonio José Chinchetru).

Satanismo olímpico

El pasado día 26 de julio, París acogió la ceremonia de apertura de los XXXIII Juegos Olímpicos. Tras la celebración del pasado Mundial de fútbol en 2024 en Catar, Francia se convierte en el segundo país islámico en organizar un evento deportivo multitudinario a nivel mundial. Y no defraudaron.

Estas olimpiadas llegan en mitad de una crisis política, aunque Francia lleva así periódicamente desde que le cortaron la cabeza a Luis XVI. En las elecciones europeas, la lista oficialista del presidente Macron se pegó tal tortazo contra la derecha de Le Pen que el centrista convocó elecciones legislativas. La jugada le ha salido bien: pese a que la formación Agrupación Nacional sacó más de diez millones de votos, el endiablado sistema electoral francés le ha relegado a la tercera posición.

Todo ello es debido a que el liberal Macron, ministro de economía durante el gobierno del socialista Hollande que llevó la fiscalidad individual al 75% a partir del millón de euros, pactó con comunistas, socialistas y verdes (todos unidos en un Nuevo Frente Popular) que no se presentarían en aquellas circunscripciones donde ambas formaciones hubieran pasado a la segunda vuelta, siempre para evitar la victoria de Le Pen. La jugada ha sido victoriosa para Macron: no tendrá que nombrar un primer ministro conservador y podrá cumplir el sueño de María Guardiola: gobernar con los socialistas.

Francia: ir a misa con escolta

Volviendo al evento deportivo, a los franceses se les ocurrió sacar la ceremonia de apertura del estadio olímpico y, en su lugar, montar una especie de desfile con barcos por el Sena. Bueno, viendo los problemas de seguridad durante la celebración de la final de la Liga de Campeones en 2022, cualquier cosa que no sea andar por las afueras de París está bien pensado. Para culminar el despropósito, el comité organizador buscó la forma de herir los sentimientos de la forma más directa posible de los católicos. Católicos que tienen que ir a la Misa del Gallo escoltados por la policía.

Aquí, tras años de preparación, tuvieron a bien en parodiar el cuadro La Última Cena, la inmortal obra de Leonardo da Vinci que se puede disfrutar en el convento dominio de Santa Maria delle Grazie de Milán. Cambiando a Jesucristo por una DJ francesa con un cuerpo poco deportista, añadiendo drags queens y cualquier cosa que ofendiera lo máximo posible a los cristianos y ya de paso al espíritu olímpico.

Pero la cosa no termina aquí. En la competición de boxeo femenino (66 kg.), la italiana Angela Carini, campeona del mundo en 2019, se encontró en primera ronda contra la boxeadora argelina Imane Khelif. Esta boxeadora no pudo competir en el mundial de boxeo celebrado el año pasado porque, para competir en dicho torneo, había que realizarse dos test de ADN.

Imane Khelif, intersexual y medalla de oro

Hay que decir que esta luchadora no es transexual, en el sentido de nacer hombre y luego realizar la transición a mujer, con las inyecciones y operaciones que ello suponga. Lo que Khelif tiene es algo rarísimo: es intersexual. Nació con aparato reproductor femenino, pero tiene testículos internos y altos niveles de testosterona. Ello le hace obtener una ventaja física sobre sus rivales femeninas. Podríamos afirmar que tiene cromosomas XY, pero no diremos que eso es lo que tenemos los hombres porque no queremos que nos metan tal multa que tengamos que vender hasta el busto del padre Mariana para pagarla.

De hecho, como decimos, por eso la Federación Internacional de Boxeo no la dejó competir el año pasado en el mundial. Pero, el Comité Olímpico Internacional (COI) no realizó dichas pruebas. Simplemente, el COI ha dicho que puede competir en la categoría femenina porque ha presentado un pasaporte donde dice que es mujer. Parece que los del COI no saben que ahora en España uno se puede cambiar de sexo sin necesidad de presentar más que un papel en el Registro Civil donde dice que se siente mujer.

Juegos Wokelímpicos

En resumen, los Juegos Wokelímpicos han conseguido la cuadratura del círculo: para dar más visibilidad a los deportes femeninos, lo mejor es llenar la competición de deportistas masculinos con cromosomas XY. Ahora resulta que un hombre zurrando a una mujer es deporte olímpico. Una deportista de veinticinco años, un modelo de trabajo y esfuerzo para todo el mundo, se harta a trabajar durante tres años para buscar su momento en unas olimpiadas y, oh sorpresa, se encuentra un rival contra el que no tiene opciones por una cuestión genética, no deportiva. Por supuesto, al igual que la ceremonia de apertura, esto fue planificado durante años. No ha sido una consecuencia imprevista. Esto TIENE que ser así. El que se resista, sufrirá las consecuencias.

Ver también

Los juguos olímpicos. (José Carlos Rodríguez).

Contra los Juegos Olímpicos de Madrid 2016. (José Antonio Baonza).

Recuperación de Europa… y olimpiadas. (Daniel Lacalle).

Una declaración honesta sobre la diversidad

Por James Hankins. Este artículo fue publicado originalmente en Law & Liberty.

Desde hace varios años, varias mujeres agradables y jóvenes (o personas que se identifican como mujeres, o con nombres que suenan a mujer) se han puesto en contacto conmigo desde la oficina de diversidad de la universidad, invitándome a asistir a sesiones para hablar de nuestras políticas de DEI. Harvard tiene que ser diferente, así que utilizamos el acrónimo EDIB, por Equity, Diversity, Inclusion, and Belonging (Equidad, Diversidad, Inclusión y Pertenencia). Nuestra anterior presidenta, Drew Faust, como contribución a la sabiduría colectiva, añadió el “Belonging”.

Estas sesiones nunca se describen como obligatorias, pero las agradables jóvenes no aceptan un “no” por respuesta. En otros tiempos, podía evitar estas sesiones alegando que tenía un compromiso posterior. Durante la pandemia, sin embargo, no había escapatoria. No había forma obvia de eludir una sesión de “formación” de Zoom EDIB a la que uno podía asistir cuando quisiera. Así que tomé la “formación”. Temía que los vídeos interactivos exigieran que estuviera de acuerdo con las políticas, en cuyo caso no podría marcar las casillas correspondientes; no sabía qué tediosas consecuencias que consumirían mi tiempo podrían tener. Pero, afortunadamente, eso no ocurrió. Los profesores, pues, seguían estando exentos de prestar juramento de lealtad.

El activismo de los estudiantes

Recientemente, sin embargo, se ha desatado una actividad volcánica más abajo en el Olimpo, al parecer surgida de los estudiantes graduados, que quieren aumentar la presión sobre nosotros. Se preguntan por qué, si ellos tienen que redactar declaraciones de diversidad, nosotros, los profesores superiores, no deberíamos estar sujetos a los mismos requisitos. (¡Hagamos salir a esos supremacistas blancos!) En tiempos pasados habría confiado en que el Olimpo podría resistir fácilmente el ataque de todos y cada uno de los cultos inferiores. Ahora no estoy tan seguro. Pensé que tal vez debería preparar una declaración, por si acaso.

Consulté a la inteligencia artificial, pidiéndole que redactara una declaración de 500 palabras que, siguiendo el formato habitual, explicara “mi forma de pensar sobre la diversidad, la equidad y la inclusión; los esfuerzos que he realizado para promover estos valores; y los pasos que espero dar en el futuro para difundirlos”. En la primera rúbrica, AI ofreció lo siguiente:

En el panorama en constante evolución de la educación, creo firmemente que las piedras angulares de la excelencia son la diversidad, la equidad y la inclusión. Estos principios no son meros conceptos teóricos, sino ingredientes esenciales en la creación de un entorno de aprendizaje vibrante y eficaz. Como educador en [Su facultad], me comprometo a fomentar estos valores en mi docencia, investigación y servicio.

Bueno, eso fue fácil (tardé menos de 30 segundos en generar las 500 palabras requeridas), pero el lenguaje sugerido tenía algunos inconvenientes. Sería vergonzoso poner mi nombre a semejante tontería, pero lo más importante es que no me creía ni una palabra, al menos si se atribuían los significados habituales a los términos de culto “diversidad, equidad e inclusión”. Tendría que escribir mi propia declaración.

Así que aquí va.

Carta a los burócratas sin rostro de Harvard

Estimados miembros de la burocracia sin rostro de Harvard:

Me piden que explique mi forma de pensar sobre la DEI. El hecho es que no pienso en ello (¿o en ellos?) en absoluto si puedo evitarlo. Sherlock Holmes le dijo una vez a Watson que no se molestaba en conocer la teoría del heliocentrismo de Copérnico porque ocupaba un valioso espacio en su cerebro que necesitaba para su trabajo como detective. “¡Pero el Sistema Solar!” protesté. -“¿Y a mí qué me importa?”, interrumpió impaciente. “Dices que giramos alrededor del Sol. Si diéramos la vuelta a la Luna, no habría ninguna diferencia ni para mí ni para mi trabajo”. Soy un historiador en activo y no quiero malgastar el espacio de mi cerebro en cosas sin importancia.

Sin embargo, ya que me exigen, como condición para seguir trabajando, que declare mi actitud hacia estos “valores” que la universidad dice compartir (aunque no recuerdo que una votación de la facultad los haya respaldado), permítanme decir que, en general, la declaración de creencias de la EDIB que se ofrece en su sitio web es demasiado insípida como para ofrecer ninguna compra para un análisis ético serio.

La universidad, según usted, defiende un compromiso absoluto con un conjunto de palabras que parece generar sentimientos positivos en su oficina, y quizás entre los administradores en general. Pero no es mi práctica hacer juicios basados en sentimientos. De hecho, mi formación como historiador me lleva a desconfiar de tales sentimientos como obstáculo potencial para un pensamiento claro. No creo que sea útil describir los sentimientos que experimento cuando se invocan determinadas palabras y eslóganes y cómo afectan a mis motivaciones profesionales. Podría ser útil en el diván de un psicoanalista o en un culto religioso, pero no en una universidad.

La ignorancia diversidad es nuestra fuerza

Permítanme tomar como ejemplo el popular eslogan de la DEI “La diversidad es nuestra fuerza”. Esto afirma como verdad absoluta una creencia que, en el mejor de los casos, sólo puede ser condicional. Cuando George Washington decidió no exigir, como parte del juramento militar del Ejército Continental, la negación de la transubstanciación (como había sido práctica anterior), pudo reclutar soldados católicos de Maryland para luchar contra los británicos. La diversidad era nuestra fuerza. En cambio, cuando las fuerzas combinadas del Islam, bajo el mando de Maslama ibn Abd al-Malik, asediaron Constantinopla en 717, la diversidad no era su punto fuerte. En la crisis del asedio, los marineros cristianos que remaban en la armada musulmana se sublevaron y el asalto anfibio se vino abajo.

Dado que la mayoría de las sociedades han estado normalmente en guerra o bajo amenaza de guerra durante la mayor parte de la historia, el sentimiento público ha preferido ordinariamente la unidad a la diversidad. Los gobiernos prudentes y humanos han tolerado normalmente cierto grado de pluralismo para reducir la discordia social, pero el pluralismo como tal no se ha celebrado como una característica positiva de la sociedad hasta hace bien poco. De hecho, la diversidad es un bien de lujo que sólo puede disfrutarse en sociedades seguras y pacíficas. Incluso en tales sociedades, tiene que sopesarse con otros bienes (como la meritocracia) que tendrán que sacrificarse si se persigue como un bien absoluto. Un compromiso indiscriminado con la “diversidad”, desprovisto de cualquier lealtad a los principios unificadores, es la marca de una sociedad débil o en colapso.

Unidad y diversidad en la historia

No sólo los gobiernos y los ejércitos prefieren la unidad a la diversidad. La mayoría de las religiones del último milenio han hecho hincapié en preservar la visión original de sus fundadores. Han tenido que resistir las presiones para socavar (o diversificar) esa visión y ajustarse a los valores del mundo que las rodea. Han tenido que luchar contra empresarios espirituales, a los que desobligadamente etiquetan de herejes, que se han mostrado ansiosos por diversificar sus doctrinas. Para esas religiones, entre las que se incluyen el cristianismo ortodoxo, el islam y el budismo, la diversidad no sólo no ha sido una fortaleza, sino que ha sido peligrosa, incluso condenable. Cuando las religiones dejan de preocuparse por sus creencias unificadoras, dejan de existir.

Por otro lado, cuando uno de los generales de Alejandro Magno, el rey Ptolomeo I, se hizo con el control de Egipto en el siglo III a.C., decidió no repetir el error que habían cometido los persas al saquear los templos tradicionales egipcios, alienando a los lugareños. En su lugar, Ptolomeo promovió profusamente una nueva deidad sincrética, Serapis, que podía ser adorada tanto por la élite griega de la conquista como por sus súbditos egipcios. La diversidad era su punto fuerte.

Una nueva equidad

Todo esto debería ser cegadoramente obvio para cualquiera con un conocimiento superficial del pasado. Quizá sea menos obvio por qué la equidad no es un valor que todos puedan abrazar de buen grado. La palabra tiene un significado legítimo en el Derecho romano, referido a la necesidad de corregir la justicia estricta a la luz de un sentido más amplio de la equidad. Summum ius, summa iniuria. La ley no puede aplicarse estrictamente en los casos en que pueda resultar un perjuicio mayor.

Sin embargo, esta no es la forma en que a su oficina le gusta entender el término Equidad. En lenguaje EDIB, significa “igualdad de resultados”. Cualquier política que produzca resultados desiguales -por ejemplo, una política de admisiones que produzca un alumnado que no refleje las proporciones exactas de algunas (no todas) las minorías del país- carece de Equidad.

Veritas

En este sentido, un compromiso absoluto con la equidad no puede sino socavar el compromiso de la universidad con su objetivo primordial, que es la búsqueda de la verdad. En latín, eso es veritas, el lema del escudo de Harvard que adorna su pared. Estar a la altura de ese lema no es tarea fácil. No estamos hablando de decir la verdad o ser sincero. En una universidad de investigación, nos dedicamos a descubrir nuevas verdades. Eso puede ser cualquier cosa, desde descubrir nuevas galaxias hasta desenterrar los restos de civilizaciones hasta ahora desconocidas.

El número de personas en el mundo realmente capaces de ampliar el corpus de verdades conocidas es bastante reducido. He formado parte de muchos comités de búsqueda en Harvard en los últimos 38 años y puedo dar fe de lo reducido que es el número de candidatos verdaderamente excepcionales. Si una universidad de investigación realmente quiere lo mejor, si realmente quiere descubrir nuevas verdades, no puede permitir que administradores no expertos pasen por encima de los comités de búsqueda y descarten candidatos sólo porque no ayudan a la oficina EDIB a alcanzar sus objetivos de diversidad.

Inclusión y pertenencia

La inclusión y la pertenencia (no tengo clara la diferencia) son ideales que puedo apoyar siempre que se apliquen a todo el mundo, incluso a las personas con las que no estamos de acuerdo. Muchas personas que han venido a este país en los últimos cuatrocientos años lo hicieron precisamente porque en Estados Unidos podían escapar de los prejuicios racistas o de clase y ser tratados como iguales. Podría llevar un tiempo, pero ellos o sus hijos acabarían encajando. Mientras tanto, podían abrir un negocio, practicar su religión y educar a sus hijos sin que nadie les exigiera tener unas creencias políticas determinadas.

Creo que nuestra universidad debería imitar las mejores tradiciones de Estados Unidos en este sentido y hacer también que todo el mundo sea bienvenido. Pero fracasamos cuando imponemos a nuestros estudiantes pequeñas ortodoxias malolientes. Por ejemplo, con la forma de unas declaraciones sobre la diversidad que exigen un determinado tipo de respuesta.

Me doy cuenta de que no le estoy dando el tipo de declaración que deseaba obtener de mí. Y que ni siquiera he respondido a todas sus preguntas sobre cómo espero poner en práctica los valores de EDIB en mi futura docencia e investigación. Pero creo que me pueden leer entre líneas.

Ver también

La filosofía subyacente a la DEI. (Allen Porter).

Cómo las leyes DEI atentan contra la libertad académica. (Madeleine Armstrong).

Atendiendo la podredumbre de nuestras universidades

Por John O. McGinnis. Este artículo se ha publicado originalmente en Law & Liberty.

Las reacciones en las universidades a la masacre de Hamás del 7 de octubre han despertado por fin a muchos antiguos alumnos, obligándoles a reconocer la toma de poder woke de sus alma mater. Muchos rectores de universidades que habían emitido declaraciones deplorando los incidentes raciales en Estados Unidos y los sucesos en todo el mundo guardaron silencio inicialmente sobre la mayor matanza de judíos desde el Holocausto. Otros emitieron vagos tópicos de preocupación por la violencia. Algunos estudiantes universitarios de élite, que durante los disturbios de George Floyd gritaron que el silencio era violencia, dieron la bienvenida a la violencia real, celebrando la masacre como parte de la resistencia palestina. 

No es de extrañar que se produjera una reacción violenta por parte de muchos donantes, que sugirieron que retendrían sus donaciones. Como consecuencia de la amenaza a su cuenta de resultados, las universidades hicieron declaraciones más contundentes condenando a Hamás. Crearon grupos de trabajo contra el antisemitismo en los campus. Algunas expresaron su preocupación por los eslóganes estudiantiles que favorecían una Palestina Libre que abarcara desde el Mar Rojo hasta el río Jordán, sin dejar espacio para Israel y los judíos que vivían allí. 

Oficinas de Diversidad, Equidad e Inclusión

Lamentablemente, estas acciones tratan los síntomas y no las causas del miasma ideológico que ha envuelto a nuestras universidades. De hecho, al creer en el paradigma de la universidad políticamente activa y darle más poder, las declaraciones políticas de las universidades y su nombramiento de grupos de trabajo basados en la identidad empeorarán las cosas a largo plazo.

Los ingenuos podrían preguntarse por qué las universidades necesitan crear grupos de trabajo especiales sobre antisemitismo, cuando todas ellas han establecido Oficinas de Diversidad, Equidad e Inclusión (DEI), supuestamente dedicadas a proteger a las minorías. ¿No disponen estas oficinas de personal suficiente para ocuparse de los nuevos problemas del momento? La respuesta es que no se puede confiar en que la mayoría de las oficinas de la DEI se centren en el antisemitismo, especialmente cuando está relacionado de algún modo con Israel.

Muchas oficinas de la DEI dan prioridad a una ideología particular -la de la interseccionalidad- que analiza cómo las diversas identidades contribuyen a la construcción del oprimido y el opresor. A través de ese prisma, los judíos no encajan en la clase oprimida, sino que se les sitúa en la clase opresora privilegiada. De hecho, los judíos son vistos (correctamente) como uno de los grupos que construyeron la civilización occidental. Y desde la perspectiva identitaria, la civilización occidental es, en el mejor de los casos, cómplice de los daños causados a diversos grupos: mujeres, negros y homosexuales, entre otros.

Las oficinas DEI no pueden luchar contra el antisemitismo

El hecho de que un acontecimiento en Israel proporcione el contexto para el aumento del antisemitismo hace que sea mucho más difícil que las oficinas de la DEI se conviertan en el centro de una respuesta. Parte de la perspectiva de la DEI es anticolonialista, e Israel es visto por la izquierda como una potencia colonial en la que los judíos se apropian de las tierras de los palestinos.

En resumen, las oficinas de la DEI suelen tener una ideología que no puede dar prioridad al antisemitismo. Como me dijo un colega, según su experiencia, las oficinas de la DEI siempre darán la peor interpretación a cualquier comentario que pueda ofender a una minoría, a menos que el comentario se refiera a los judíos, y especialmente a los israelíes. En ese caso, darán una interpretación inocente incluso al comentario más ofensivo.

Burocracias contra el antisemitismo

Sin embargo, es un error que las universidades creen nuevos grupos de trabajo y burocracias centradas en el antisemitismo porque aceptan las premisas identarias de la vida universitaria moderna. La violencia, las amenazas de violencia, la obstrucción de la expresión de otros o la perturbación de la administración de una universidad no tienen cabida en la vida universitaria y deben castigarse con penas rápidas y severas, sea cual sea el objetivo. Por el contrario, la expresión, aunque hiera los sentimientos de los demás, debe protegerse. No se puede confiar a ningún gobierno la toma de decisiones sobre el contenido de la expresión, como tampoco puede hacerlo la universidad moderna. Al igual que los gobiernos, están sujetas a las presiones de los grupos de interés que distorsionan la aplicación de los principios.

Por razones similares, es un error pedir a las universidades que hagan declaraciones sobre acontecimientos ajenos. Sin duda, la decisión de no hacer una declaración sobre la masacre de judíos después de haber hecho tantas otras declaraciones sobre acontecimientos anteriores fue incoherente y debería haber sido señalada. Pero lo mejor es evitar cualquier declaración sobre la actualidad y adoptar los principios de Kalven de la Universidad de Chicago, que limitan las declaraciones a asuntos que afectan directamente al funcionamiento de la universidad. Las declaraciones políticas de las universidades obligan a los administradores a trazar líneas que no parecen tener principios.

Por ejemplo, si es correcto que una universidad emita una declaración sobre la masacre de israelíes, ¿es correcto guardar silencio sobre el desplazamiento de cien mil armenios en la toma de Nagorno Karabaj? Peor aún, el número relativo y el poder de los grupos en el campus influirán inevitablemente en los zigzags de la intervención y la inacción universitarias. El silencio es sólo la postura de principio.

No tomar una posición

De hecho, la universidad cumple su función principal precisamente no tomando posiciones. Su ventaja comparativa reside en la capacidad de difundir conocimientos, no de trazar líneas políticas. Sin duda, con el tiempo, cabe esperar que un mayor conocimiento ayude a otros a trazar mejores líneas morales y políticas.

Para facilitar esa difusión, las facultades de letras y ciencias pueden ofrecer más cursos sobre el conflicto palestino-israelí. Las facultades de Derecho pueden contar con paneles que investiguen las normas de derecho internacional relacionadas con las batallas actuales. Luego se deja que cada cual saque sus propias conclusiones descriptivas, pragmáticas y morales. Este enfoque acentúa la apertura epistémica que debe caracterizar a la universidad y su papel único a la hora de trascender las diferencias partidistas e ideológicas en la búsqueda de la verdad y el entendimiento.

Pero adoptar los principios de Kalven no basta para reformar la universidad moderna, porque su burocracia y su profesorado no facilitan la apertura epistémica. Los departamentos de DEI deben disolverse. Socavan la apertura epistémica de la universidad moderna al importar a ella una ideología preferida: una interseccionalidad hostil a la civilización occidental.

Así pues, la incapacidad de estas oficinas para abordar el antisemitismo debería impulsar un esfuerzo renovado para poner fin a su papel en la vida universitaria. De hecho, cualquier administrador que se haya horrorizado por la reacción a las masacres de Hamás debería tomar ejemplo de la historia romana. El anciano Catón terminaba cada discurso con la conclusión de que Cartago debía ser destruida para salvaguardar la república, el administrador debería terminar cada discurso con la conclusión de que el DEI debe ser disuelto administrativamente para salvaguardar la universidad moderna.

Burocracia DEI

La burocracia de la DEI es especialmente vulnerable tras la decisión de discriminación positiva en el caso SFFA contra Harvard. Una de las razones de su auge ha sido la inevitable tensión creada cuando algunos grupos identificables son admitidos sobre la base de credenciales inferiores a las de otros. Como es de esperar, los grupos con menos credenciales no obtienen tan buenos resultados por término medio y se muestran comprensiblemente descontentos y sensibles a los desaires que perciben en el campus por parte de otros grupos. Las oficinas DEI están diseñadas, entre otras cosas, para gestionar este conflicto. Pero en un mundo en el que la admisión de todos sea con arreglo a normas más similares, estos conflictos creados por la universidad entre distintos grupos deberían remitir.

Sin embargo, ni siquiera la eliminación de las DEI bastará para mantener la apertura epistémica en la mayoría de las universidades. Muchos departamentos de artes y ciencias sociales también se han convertido en defensores intelectualmente ortodoxos de la interseccionalidad y la ideología antioccidental. Los departamentos suelen afirmar que no preguntan por las opiniones políticas de los solicitantes. Pero no tienen por qué interrogar las opiniones políticas partidistas para descartar a los conservadores. El lugar de las conversaciones académicas dominantes hace la criba por ellos.

Historia, pero con enfoques de “género y sexualidad”

Por ejemplo, en el Departamento de Historia de mi universidad, 22 de sus miembros están especializados en enfoques de “género y sexualidad” de la historia. Los candidatos que quieran centrarse en métodos y áreas de investigación más tradicionales estarán en una desventaja decisiva. No es de extrañar que un famoso historiador estadounidense me dijera una vez que este departamento ya no tiene a nadie que él considere capaz de enseñar una historia intensiva de la Revolución Americana y los primeros años de la república, los cimientos de nuestro orden político.

La mayoría de los departamentos universitarios, por tanto, están ahora bajo el control de profesores que es muy poco probable que contraten a académicos interesados en perspectivas no radicales de sus disciplinas (por no hablar de conservadores). La solución para los donantes, sin embargo, no es retener todas las donaciones, sino utilizar su dinero para crear nuevas facultades o unidades dentro de las universidades que contraten a profesores sin prejuicios.

Los rectores y presidentes tienen autoridad para crear nuevos centros o facultades dentro de una universidad y nombrar a personas académicamente cualificadas que no discriminen. Tenemos excelentes ejemplos de estos centros y facultades: el Programa James Madison de Princeton, el Centro Hamilton de la Universidad de Florida y la Escuela de Pensamiento y Liderazgo Cívico y Económico del Estado de Arizona.

No es necesario discriminar

No será necesaria ninguna discriminación a favor de los conservadores para que estos centros se conviertan en lugares de aprendizaje mucho más equilibrados y epistémicamente abiertos que nuestras universidades actuales. Muchos de los solicitantes más cualificados serán aquellos que han sido expulsados de la vida académica o relegados a instituciones marginales por la discriminación previa contra sus puntos de vista, intereses o metodologías.

Las universidades se encuentran hoy en una encrucijada. Externamente, están perdiendo el apoyo del público. Internamente, no pueden desempeñar su función primordial de cribar y difundir el conocimiento debido a las ortodoxias intelectuales que se han apoderado del control de las administraciones e inspiran al profesorado. Las masacres en Israel y la respuesta en nuestros campus podrían desencadenar la reforma de estas instituciones esenciales, pero sólo si rompen decididamente con las políticas identitarias y las burocracias que las han llevado a su estado actual.

Ver también

La filosofía subyacente a la DEI. (Allen Porter).

Cómo las leyes DEI atentan contra la libertad académica. (Madeleinde Armstrong).

Herencias de izquierdas. (Cristóbal Matarán).

‘Get woke, go broke’? James E. Hartley.

‘Get Woke, Go Broke?’

James E. Hartley. Este artículo fue publicado originalmente por Law & Liberty.

El capitalismo de mercado es una dimensión creciente y preocupante de la vida económica y política contemporánea, especialmente entre las gigantescas corporaciones multinacionales que dominan tantos aspectos de nuestras vidas.

Carl Rhodes

Capitalismo moralista

Estos lamentos se han hecho omnipresentes en los círculos conservadores. Se ha vuelto difícil seguir el ritmo de la indignación del día. Las empresas despiertas han adoptado las normas de los programas favoritos de la izquierda, tanto en la publicidad como en las declaraciones públicas, así como en la adopción de las directrices ESG (Environmental, Social, and Governance) y DEI (Diversity, Equity, and Inclusion), dejando a los conservadores echando humo.

Lo sorprendente es que la cita inicial no fue escrita por un conservador. Es la valoración de Carl Rhodes en Woke Capitalism: How Corporate Morality is Sabotaging Democracy. Rhodes, profesor de Estudios de Organización en la Universidad Tecnológica de Sydney, es un progresista muy orgulloso. Aunque odia el capitalismo moralista tanto como todos esos “reaccionarios de derechas”, se esfuerza por asegurar al lector en casi todas las páginas que él no es uno de ellos.

La concentración del poder político

¿Hemos encontrado por fin un punto de acuerdo entre conservadores y progresistas? ¿Es éste el principio del fin de la guerra cultural? Consideremos el siguiente par de citas. La primera es de Mark Hemingway en Law and Liberty. La segunda es de Rhodes.

Parece obvio que el capitalismo, y su necesaria regulación, funciona mejor cuando todos tenemos claro dónde acaba el interés propio y dónde empieza la responsabilidad social. El “capitalismo despierto” está desdibujando claramente esa línea. Si crees que se puede confiar en los directores ejecutivos obscenamente ricos para que digan al votante medio qué es lo que más le conviene en relación con la masculinidad tóxica, los derechos de los homosexuales, la libertad religiosa o cualquier otra cuestión controvertida, probablemente comprarás cualquier otra cosa que vendan.

El verdadero peligro del capitalismo woke no es que debilite el sistema capitalista, sino que cimente aún más la concentración del poder político en una élite corporativa … [lo que es] una amenaza para una política progresista que se atreve a mantener la esperanza en la posibilidad de la igualdad, la libertad y la solidaridad social.

Carl Rhodes

El fenómeno del rico moralista

Obsérvese que, aunque el lenguaje es diferente, ambos pasajes critican exactamente lo mismo. ¿Qué derecho tienen los CEO ricos a engrandecerse más allá de la esfera económica para convertirse en las principales voces a la hora de abordar los males sociales?

En cierto sentido, el análisis del problema que hace Rhodes podría estar sacado directamente de la obra de Michael Novak El espíritu del capitalismo democrático, en la que se describe perspicazmente una división tripartita del poder. Primero está el orden político, un conjunto de representantes elegidos democráticamente; en segundo lugar, el orden económico, un sistema de libre mercado con empresas que buscan beneficios; y en tercer lugar, el orden moral-cultural, con iglesias, universidades y medios de comunicación que compiten por la influencia en el mercado de las ideas. Novak argumenta enérgicamente que esta división de poderes da lugar a una sociedad más sana que aquella en la que existe una fuente unitaria de poder.

En términos de Novak, el problema del capitalismo woke es que hace que el propio sistema se desmorone. Como dice Rhodes

El capitalismo woke no respeta los límites. Implica que las organizaciones del segundo sector asuman las responsabilidades de los otros dos. El problema es que, mientras que el Estado y el tercer sector no tienen ánimo de lucro, el segundo sector, por definición, sí lo tiene. Cuando este afán de lucro repercute en las actividades de los otros dos sectores, las cosas cambian.

Carl Rhodes

Rhodes tiene poca paciencia con los progresistas que se alegran de que los líderes empresariales abracen sus causas favoritas. Los que celebran el Capitalismo Woke son “ingenuos, si no crédulos”.

¿Por qué es un problema el Capitalismo Woke?

En cuanto al criterio de la ferocidad retórica dirigida a las empresas que adoptan causas políticas progresistas, Rhodes no cede nada a los críticos conservadores que tan claramente desprecia. Está totalmente de acuerdo con los conservadores en que las empresas están sobrepasando los límites que les corresponden en la sociedad. Pero, antes de celebrar esta unificación de la izquierda y la derecha, debemos señalar que hay una diferencia fundamental en las críticas. En la frase de dos palabras “Capitalismo moralista”, ¿cuál es la palabra problemática?

Para los conservadores, el problema es “Woke”. Como dijo Milton Friedman: “La responsabilidad social de las empresas es aumentar sus beneficios”. El trabajo del directivo es actuar de acuerdo con los deseos de los accionistas, cuyos deseos “generalmente serán ganar tanto dinero como sea posible mientras se ajustan a sus reglas básicas de sociedad, tanto las plasmadas en la ley como las plasmadas en la costumbre ética”. El problema del capitalismo moralista son los directores generales que han decidido perseguir otros objetivos, independientemente de la rentabilidad de la empresa o, en algunos casos, en detrimento de ella. Especialmente irritante para los conservadores es que las empresas parecen abrazar todas las obsesiones de la izquierda.

Excoriar a Jeff Bezos

Rhodes, por su parte, cree que el problema del capitalismo moralista es el “capitalismo”. El problema no es que las corporaciones expresen su acuerdo con las causas que Rhodes abraza. El verdadero problema es que las corporaciones aún no se han comprometido a un pacto suicida.

Considere algunos de los ejemplos que Rhodes discute ampliamente. Jeff Bezos se comprometió con 10.000 millones de dólares para luchar contra el cambio climático. También batalló con Trump por la inmigración. Ganó un premio de la Campaña de Derechos Humanos por su apoyo al matrimonio entre personas del mismo sexo. Después de señalar todas estas cosas, Rhodes excoria a Bezos. El principal problema: Amazon, la empresa que generó tanta riqueza para Bezos, gestiona activamente sus asuntos financieros para minimizar los impuestos que paga. Como señala Rhodes, no están haciendo nada ilegal al evitar los impuestos. Simplemente están siendo inmorales. “Tenemos que recordar aquí que pagar impuestos es la principal forma en que las corporaciones pueden contribuir a la sociedad”. Se podría pensar que las empresas contribuyen a la sociedad pagando a sus empleados y suministrando bienes y servicios a sus clientes, pero esas contribuciones no son nada comparadas con los ingresos fiscales que aportan al gobierno.

Gilette y la “masculinidad tóxica”

El libro está lleno de ejemplos en la misma línea. Claro, Nike abrazó a Colin Kaepernick después de su arrodillamiento durante el himno nacional en los partidos de la NFL. No fue un hecho aislado. Nike abrazó el movimiento feminista en la década de 1970 y Rhodes señala: “Conectar su marca con causas socialmente conscientes ha sido un motivo para Nike desde entonces.” Pero, no se dejen engañar. Nike utiliza fábricas de explotación forzando a la gente a “condiciones de vida inhumanas” para fabricar sus productos.

¿Por qué Rhodes es tan crítico con estas empresas que apoyan públicamente causas en las que él cree? Su capítulo sobre Gillette lo deja claro. En 2019, Gillette lanzó un nuevo anuncio de televisión, atacando directamente la masculinidad tóxica, vinculándose así al movimiento #MeToo. A estas alturas del libro, el lector está condicionado a esperar una letanía de horrores corporativos cometidos por Gillette. Pero Rhodes no ofrece tal lista. El único pecado de Gillette: publicaron este anuncio porque pensaron que sería bueno para sus ventas. Su objetivo era “influir en la opinión pública y mejorar la actitud de los consumidores hacia la empresa”. Ese segundo objetivo, como el pecado original, mancha todo el esfuerzo. “Ya no contentas con influir en nuestros hábitos de gasto y estilos de vida, con el capitalismo woke las grandes empresas enrolan el corazón mismo de nuestras creencias morales en sus estrategias comerciales”.

Como antaño

Rhodes echa claramente de menos los viejos tiempos:

Hubo un tiempo en que las empresas estaban inextricablemente asociadas al conservadurismo de derechas. El capitalismo moralista cambió todo eso con empresas que se promocionan directa e inequívocamente como progresistas y políticamente activas, a menudo con un director general multimillonario como portavoz conspicuo y héroe de acción (política).

Carl Rhodes

Atrás quedaron los días en que la izquierda sabía que las empresas eran monstruos chupasangres que querían destruir todo lo bueno. Esos malvados cerebros que dirigen las grandes corporaciones han aprendido a ponerse una máscara, engañando a los incautos en su intento de “hacerse con el poder político”.

Incluso el esfuerzo de Bill Gates por convencer a los multimillonarios de que dediquen la mitad de su riqueza a causas benéficas forma parte de esta conspiración maligna. “Al final, la filantropía multimillonaria moderna es un ejercicio del poder capitalista, efectivamente una extensión de ese poder más allá de los confines de la economía. Desvía activos privados a fines públicos, pero sin ninguna responsabilidad pública. Es profundamente antidemocrática y sirve para apuntalar el poder y la influencia de los protagonistas multimillonarios de la sociedad contemporánea”. ¿Quiere un ejemplo? La Fundación Mellon donó 5,3 millones de dólares para suministrar libros a las cárceles. Rhodes se queja de que el regalo no hace más que enmascarar el problema del encarcelamiento masivo. A caballo regalado, Rhodes le mira el diente.

Abrazando a Milton Friedman

Aunque es divertido ver cómo Rhodes vuelve cada acto de progresismo corporativo contra sí mismo en su búsqueda por demostrar que la única cura para el capitalismo de guardia es el fin del capitalismo, el libro plantea una cuestión bastante provocativa para los críticos conservadores del capitalismo de guardia. Cuando se trazan las líneas de batalla sobre la conveniencia de las causas políticas progresistas, es bastante natural que los conservadores vean a los líderes empresariales como meros comparsas del otro bando. Rhodes, sin embargo, cree que esa línea de batalla está mal trazada. En su opinión, la división estriba en la conveniencia de que las empresas maximicen sus beneficios. En opinión de Rhodes, el capitalismo moralista es un problema porque engaña a la gente, haciéndole creer que los líderes empresariales se centran en algo más que en los beneficios.

He aquí la pregunta inquietante: ¿y si Rhodes tiene razón sobre el verdadero objetivo de los capitalistas moralistas? Utilizando la formulación de Friedman, la responsabilidad de los líderes empresariales es obtener beneficios. Para obtener beneficios, es necesario persuadir a la gente para que compre su producto. Supongamos por un momento que abrazar causas progresistas se traduce en mayores beneficios para una empresa. Supongamos que a la clientela de una empresa le gustan las causas progresistas y es más proclive a comprar productos de empresas que comparten sus valores. Si eso es cierto, ¿qué debería hacer una empresa si quiere seguir el mandato de Friedman de que la única responsabilidad de la empresa es obtener beneficios?

Get woke, go broke

Antes de reflexionar sobre las implicaciones de esta pregunta, deberíamos examinar primero la presuposición. En la cadencia popular, si una empresa se vuelve woke, ¿realmente quiebra? Tanto los detractores como los defensores de la adopción de causas progresistas por parte de las empresas nos proporcionarán muchas pruebas anecdóticas. Las ventas de Nike aumentaron tras el anuncio de Kaepernick; las de Bud Light cayeron tras la promoción de Mulvaney. Encontrar anécdotas que confirmen tu sesgo inicial sobre el asunto es fácil; encontrar estudios desapasionados que sean persuasivos para las personas que no están de acuerdo es imposible.

Pero, dejemos a un lado la cuestión de si la moralina woke es o no rentable; en realidad, esa no es la pregunta correcta. Imaginemos que un director general cree que una campaña publicitaria de woke será rentable. Al fin y al cabo, la publicidad no es una ciencia exacta; si lo fuera, nunca habría campañas publicitarias fallidas. Si un dirigente empresarial cree que será bueno para los beneficios adoptar la moralina woke, ¿qué debería hacer? Parece un poco extraño que la gente argumente que las empresas deben centrarse en los beneficios, pero que una empresa no debe adoptar causas progresistas cuando los directivos creen que será rentable hacerlo.

Todo por el dinero

Pensado así, surge una conclusión curiosa. Si se está convencido de que una empresa que se vuelva woke irá a la quiebra, ¿cuál es el problema con el capitalismo moralista? ¿No desaparecerán las empresas que adopten posiciones progresistas? El verdadero problema para los conservadores se produce si el wokismo es rentable. El verdadero problema es si Rhodes tiene razón, que el Capitalismo Woke no es más que una forma cínica de maximizar los beneficios. Si es rentable, ¿no debería fomentarse?

Pensar en las implicaciones de estas preguntas hace evidente que el debate sobre las Empresas Woke no es más que una guerra de poderes para el debate sobre el mejor conjunto de normas culturales. En una sociedad profundamente dividida sobre esta cuestión, ¿es sorprendente que las empresas se hayan dado cuenta de que unirse a la guerra cultural de forma selectiva puede ser un medio de atraer nuevas ventas? Esta estrategia puede fracasar, pero también puede funcionar. En un mercado libre, toda decisión empresarial conlleva un riesgo; si quiere evitarlo por completo, manténgase fuera del mercado. Sin embargo, si se quiere ganar la guerra cultural, en lugar de quejarse de las empresas que intentan maximizar sus beneficios, sería mejor centrarse en las instituciones morales y culturales.

La filosofía subyacente a la DEI

Allen Porter. Este artículo fue originalmente publicado por Law & Liberty.

Neetu Arnold escribió recientemente un artículo sobre las formas en que los colegios y universidades se están preparando para una “era post-acción afirmativa” mediante el desarrollo de “estrategias para que las universidades continúen con la discriminación racial a través de enfoques neutrales desde el punto de vista racial en las admisiones y más allá”, con el objetivo de “lograr objetivos relacionados con la diversidad sin desencadenar el escrutinio legal”. Se trata de un trabajo periodístico muy importante.

Pero yo no soy periodista, sino filósofo académico. Así que quiero abordar una cuestión diferente: ¿por qué debemos esperar que los colegios y universidades sigan comprometidos con la discriminación identitaria, del tipo racionalizado e implementado hoy en día bajo la égida de “DEI” (Diversidad, Equidad e Inclusión)? Suponiendo que así sea, que las instituciones de enseñanza superior estén tan comprometidas, es importante entender cómo están llevando y llevarán a cabo este compromiso. Pero, en primer lugar, ¿por qué es así?

Esta es una pregunta que puedo responder, habiendo estudiado ampliamente la filosofía y la teoría que subyacen a la política que impulsa estas políticas. Hay dos razones, la primera filosófica y la segunda sociológica:

La DEI es filosófica e ideológicamente fundamental para el izquierdismo identitario posmodernista (PIL) que es hegemónico en el mundo académico y cada vez más en la cultura en general, y que impulsa la discriminación positiva gubernamental, académica y empresarial, así como todo lo demás asociado con el “wokeismo” o el “izquierdismo woke”.

DEI es ahora una industria burocrática, desde los campus universitarios a los departamentos de RRHH de las empresas y desde el entretenimiento al gobierno, y las burocracias crecen de forma natural en lugar de reducirse en ausencia de intervención externa, especialmente cuando la financiación está ahí, y el dinero se ha volcado absolutamente en DEI desde todos los frentes, desde multimillonarios como McKenzie Scott a la administración Biden.

La cuestión sociológica es menos interesante y puede plantearse más rápidamente, así que empezaré por ahí. Según Forbes, “el gasto empresarial en iniciativas de diversidad, equidad e inclusión (DEI) se ha disparado en la última década. Se calcula que el mercado mundial de DEI alcanzó los 7.500 millones de dólares en 2020 y se espera que se duplique para 2026”. Según un informe de 2021, “[o]rganizaciones de todas las industrias están haciendo de la diversidad, la equidad y la inclusión (DEI) una prioridad, con un 79% que planea asignar más presupuesto y recursos en 2022.” En 2020, los Institutos Nacionales de Salud lanzaron un programa que “dará a 12 instituciones un total de 241 millones de dólares en nueve años para la contratación de profesores centrados en la diversidad”, mientras que la Fundación Nacional de Ciencias “la financiación de los llamados temas ‘antirracistas’ se triplicó con creces de 2020 a 2021.”

En muchas facultades y universidades, las declaraciones sobre DEI son una parte obligatoria de las solicitudes de empleo, y se ha convertido en una práctica común “adoptar políticas explícitas de ‘defensor’ o ‘paladín’ de la diversidad” que colocan a “alguien en un comité de búsqueda cuyo único trabajo es destacar las prioridades de DEI”. Por no hablar de que prácticamente todas las instituciones de enseñanza superior cuentan ahora con una oficina de DEI, ni de la proliferación de consultorías de DEI con ánimo de lucro. Según un informe, “el personal de DEI enumerado por las universidades era 4,2 veces superior al personal que ayuda a los estudiantes con discapacidad a recibir adaptaciones razonables, como exige la ley”, siendo la proporción en la UNC de “13,3 veces más personas dedicadas a promover la DEI que a prestar servicios a las personas con discapacidad”, mientras que en “Georgia Tech, había 3,2 veces más personal de DEI que profesores de historia”. Del mismo modo, la oficina de DEI de la Facultad de Medicina de Yale cuenta con dieciséis empleados, lo que la hace más grande que sus departamentos de Historia de la Medicina e Informática Biomédica y Ciencia de Datos, mientras que la Universidad de Michigan tiene 142 empleados de DEI que cuestan 18 millones de dólares anuales.

Teniendo en cuenta el dinero que se vierte en el DEI y la ley de hierro de la expansión burocrática, parece seguro decir que el DEI está aquí para quedarse durante algún tiempo, incluso si el sentimiento popular se volviera en su contra. Sin embargo, la razón más fundamental por la que podemos predecir que el DEI sobrevivirá y crecerá, al menos mientras el PIL siga dominando la izquierda política, es filosófica e ideológica, ya que el DEI no hace más que formalizar la idea central del PIL.

El PIL es el resultado de desarrollos tanto teóricos como empíricos en la década de 1980, especialmente, aunque con raíces en la era posterior a la Segunda Guerra Mundial (en particular, en la aparición del posmodernismo francés y la teoría crítica alemana y su recepción inicial en el mundo académico anglófono en la década de 1960). Por el lado empírico, los diversos fracasos empíricos del socialismo y el comunismo, que culminaron con la caída del Muro de Berlín, desacreditaron la visión política del “marxismo clásico” a los ojos de muchos miembros de la izquierda. En el plano teórico, se produjo el auge de lo que he denominado filosofía posmodernista “antimetafísica” y teoría crítica.

El posmodernismo es “antimetafísico” por ser antiesencialista, antiuniversalista y antifundacionalista. El esencialismo es la opinión de que las cosas tienen esencias fijas o conjuntos de propiedades esenciales que determinan qué (tipo de cosa) son, en contraste con las propiedades inesenciales que pueden cambiar sin que la cosa sufra un cambio de tipo. El universalismo es la opinión de que algunas entidades teóricas tienen validez universal, o validez en todos los contextos. Y el fundacionalismo postula que algunas verdades son básicas, de modo que las verdades menos básicas dependen de las más básicas para su validez.

Por el contrario, los posmodernos tienden a afirmar que estos fenómenos (esencias, verdades universales y fundamentos teóricos) o no existen o son construcciones sociales contextualmente relativas. Por ejemplo, un posmoderno “relativista cultural” afirmaría que la definición de Aristóteles del ser humano como esencialmente racional -una afirmación sobre una esencia que pretende tener validez universal y sirve de fundamento para otras afirmaciones, por ejemplo, las relativas a la virtud humana- sólo es válida, como mucho, en el contexto de la tradición occidental.

Esto hace que el PIL sea incompatible no sólo con el liberalismo tradicional, que está lleno de afirmaciones “metafísicas”, sino también con el marxismo clásico. Porque el marxismo clásico es esencialista, universalista y fundacionalista en lo que respecta a la economía: postula las relaciones económicas materiales (la “base”) como fundamento de todos los demás fenómenos sociales (la “superestructura”), así como una historia universal en la que el motor esencial del progreso es la lucha político-económica entre la clase económica dominante y la clase económica trabajadora o proletariado.

Ahora, los PIL “deconstruyen” tanto el liberalismo tradicional como el marxismo clásico a través de la filosofía y la teoría posmodernistas -como la filosofía de la voluntad de poder de Nietzsche, el posestructuralismo francés y la teoría crítica alemana- que dominan las humanidades académicas y las ciencias sociales anglófonas. De la tradición liberal, los PIL conservan estratégicamente un compromiso con la “democracia”, sólo que reinterpretada como “democracia radical” en lugar de “democracia liberal”, y del marxismo clásico conservan la filosofía básica de la historia, sólo que despojada de su economicismo.

El resultado es una reinterpretación subversiva del significado de la democracia basada en una generalización de la filosofía marxista de la historia. Ya no se considera que el motor de la historia sea la lucha político-económica entre la “clase dominante” económica opresora y el “proletariado” económico oprimido en particular; más bien, la historia es la historia de la lucha política entre aquellos con identidades “opresoras” y aquellos con identidades “oprimidas” en general, independientemente de que estas identidades se basen en la raza, el género, la etnia, el estatus socioeconómico o cualquier otra cosa. El objetivo de las luchas políticas de la ILP en nombre de todas esas identidades históricamente “oprimidas” es, por tanto, “ampliar la revolución democrática en nuevas direcciones” para incluir el reconocimiento del mayor número posible de “Otros” hasta ahora excluidos del reconocimiento como actores políticos y titulares de derechos. Nótese que los PIL se toman este “al máximo” en serio, como ejemplifican los llamados “posthumanistas críticos”, que insisten en que esta expansión del reconocimiento y la inclusión políticos se extiende no sólo a los animales no humanos, sino incluso a la materia inanimada.

Combatir este desarrollo antiliberal, divisivo y perjudicial de la posmodernidad occidental requerirá que liberales y conservadores se unan en oposición a su enemigo común.

La formulación “ampliar la revolución democrática” se debe a los teóricos “posmarxistas” Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, que expusieron el programa de una política PIL, así como su teoría subyacente, en un influyente libro de 1985 titulado Hegemonía y estrategia socialista: Hacia una política democrática radical. Tres características de su tratamiento son particularmente dignas de mención en este contexto: (1) las únicas bases para la unidad de la izquierda son contingentemente pragmáticas/estratégicas, (2) la panpolitización identitaria como imperativo central del PIL, y (3) una comprensión teórico-discursiva de la política.

En primer lugar, dado que el PIL es antimetafísico, la única base posible para la unidad política de la coalición identitaria de izquierdas es contingente y pragmática: alianza estratégica en oposición a un enemigo común. Por eso la “interseccionalidad” ha cobrado tanta importancia en el discurso del PIL. La idea es que todas las opresiones están conectadas, de modo que no se puede luchar, digamos, contra el cambio climático, sin abordar también el racismo, el sexismo, etc. Puesto que no existen razones metafísicas o ideológicas profundas para la unidad política, y puesto que los diversos grupos de coalición tienen inevitablemente intereses divergentes, mantener la coalición unida requiere la adopción dogmática de un “nuevo ‘sentido común'”, como dicen Laclau y Mouffe. En otras palabras, las ILP no pueden justificar racionalmente por qué la búsqueda de la justicia racial también debe abordar las políticas de sexo y género, pero la coalición amenaza con deshacerse si sus miembros no creen esto, así que simplemente hay que creerlo, como una cuestión de “sentido común”.

En segundo lugar, el imperativo práctico central del PIL es la panpolitización identitaria, es decir, la politización de todas las identidades y relaciones sociales posibles, incluida la proliferación de nuevas identidades con fines de activación política. En otras palabras, todas las identidades deben entenderse como “opresoras” u “oprimidas”, y todas las diferencias sociales entre identidades deben interpretarse como resultado de la opresión política identitaria. ¿Hay más médicos blancos o asiáticos que negros? Debe deberse al racismo. ¿Hay más hombres que mujeres trabajando en la construcción? Debe deberse al sexismo. Y así sucesivamente.

Por último, los PIL son construccionistas sociales que ven todos los significados como resultados de la lucha política discursiva y, por tanto, privilegian lo discursivo como medio de cambio social y político, en contraste con el marxismo clásico, que relegaba el discurso y la cultura a la “superestructura” social. La afirmación de que “la política está aguas abajo de la cultura” suele atribuirse al conservador estadounidense Andrew Breitbart, pero los PIL se apropian de la misma idea de fuentes anteriores de la izquierda, como el socialista Rudi Dutschke (“larga marcha a través de las instituciones”) y el neomarxista Antonio Gramsci (“hegemonía cultural”). La idea es lograr la hegemonía cultural popular para el “nuevo ‘sentido común’ izquierdista” -mediante la colonización de la educación, el entretenimiento, etc.- de modo que los cambios políticos deseados se produzcan automáticamente en un Estado democrático. Por eso gran parte de la política de la ILP se desarrolla hoy en el terreno de lo “puramente performativo”, por ejemplo, la señalización discursiva de virtudes como la enumeración de “pronombres preferidos” o el “reconocimiento de tierras”. Hay mucho que decir sobre esto, pero una cuestión es que las “batallas reales” -por ejemplo, por la reforma legal y los derechos civiles- se han ganado para muchas de las identidades constitutivas de la coalición de izquierdas, por lo que la actuación discursiva es lo único que queda realmente.

Prácticamente todo el discurso académico y popular de la ILP es inteligible desde este punto de vista. La “representación”, desde los castings de Hollywood hasta la contratación en empresas, no significa otra cosa que PIL DEI, es decir, diversificar algo (equipos de rodaje, juntas directivas de empresas, etc.) mediante la inclusión de “Otros” que supuestamente han sido históricamente excluidos de ello, en aras de la “equidad” o la “justicia social”. Por eso el acrónimo “LGBT” está en constante expansión, siendo “LGBTQIA2S+” el estándar actual. Incluso la infame “hora del cuento drag queen” es inteligible desde este punto de vista: como un intento de diversificar nuestras concepciones y marcos tradicionales pertinentes (por ejemplo, las normas sobre lo que es o debería ser un educador, sobre lo que los niños deberían ver en público, sobre los modelos de conducta que deberían tener los niños) mediante la inclusión de personas/identidades/grupos hasta ahora excluidos en aras de la equidad o la justicia social.

En conclusión, podemos esperar que la DEI desaparezca sólo cuando lo haga la PIL, o al menos no hasta que esta última se convierta en una ideología “marginal”. Es alentador ver los esfuerzos de los activistas conservadores y de los Estados por frenar o incluso abolir las burocracias de DEI en las universidades públicas, como con la reciente legislación de Texas o la promesa de la Universidad de Missouri de eliminar las declaraciones de diversidad de su proceso de contratación de profesorado, pero el problema es mucho mayor. Por lo tanto, combatir este desarrollo antiliberal, divisivo y perjudicial de la posmodernidad occidental requerirá que liberales y conservadores se unan en oposición a su enemigo común, y esta oposición sólo puede ser eficaz si se comprenden adecuadamente tanto la teoría subyacente del DEI del PIL como sus implementaciones prácticas.

El fenómeno ‘woke’: cuando el capitalismo corrompe la sociedad

Vivek Ramaswamy es un empresario de éxito, posiblemente millonario tras salir de la empresa farmacéutica que fundó (Roivant Inc.) para dedicarse en cuerpo, alma y dinero a luchar contra el fenómeno woke. Su lucha se ha traducido, de momento, en una candidatura a las primarias presidenciales del partido Republicano en los EEUU. Y también en un par de libros, uno de ellos Woke, Inc., que he leído recientemente.

Se trata de un ensayo muy, muy recomendable. Su lectura interesará a todos los defensores de la libertad, por la descripción teórica y empírica que hace de las nuevas formas en que está siendo atacada. Sinceramente, yo me esperaba un panfleto sensacionalista de pim-pam-pum al woke, no por ello exento de interés, pero me he encontrado algo mucho más profundo y que, por tanto, da más juego para la reflexión.

¿Pueden los ricos dictar la moral?

La gran pregunta de fondo que plantea el libro es la siguiente: ¿puede la gente que tiene el dinero fijar las normas morales de la sociedad? En otras palabras, ¿se puede utilizar el poder en el mercado para establecer reglas morales? Obsérvese que hay dos cuestiones implícitas, si atendemos a la ambigüedad del verbo, así que agotado el recurso retórico y por ser más riguroso, las desplegaré debidamente:

  • ¿Es posible utilizar el poder de mercado para establecer reglas morales?
  • ¿Es deseable o moralmente aceptable que los capitalistas con poder de mercado establezcan dichas reglas?

Para Ramaswamy, las respuestas son “Sí” y “No”, respectivamente. En cuanto a la primera pregunta, se puede constatar empíricamente que el capitalismo, el funcionamiento de mercado, contribuye a cambiar los valores sociales. El ejemplo usado por Ramaswamy es el de las castas en la India y cómo el sistema desapareció a efectos prácticos cuando se implantó el capitalismo. En suma, la influencia sociedad-mercado es bidireccional, tampoco podía ser de otra forma.

Aislar las instituciones del mercado

A la segunda pregunta, Ramaswamy responde con un sonoro “No”. Y propugna que los valores de la sociedad se han de definir con independencia del dinero, por procesos democráticos. Ello le lleva a elaborar un verdadero programa de propuestas para aislar las instituciones democráticas del mercado e impedir que éste interfiera con aquellas, propuestas que posiblemente constituyan la base de su programa electoral.

Ninguna de las anteriores preguntas me parece que sean fáciles de responder, y no estoy seguro de compartir las respuestas de Ramaswamy. Obsérvese que el análisis es independiente del fenómeno concreto, el fenómeno woke, en que las enmarca el autor.

Bruno Leoni y Friedrich A. Hayek

Los indicios que me hacen dudar de las respuestas que Ramaswamy son las apelaciones al poder de mercado, algo que no existe en un mercado libre, y a los mecanismos democráticos como forma de establecer los valores de la sociedad, algo en contradicción con el origen evolutivo de las normas que nos describen Leoni y Hayek.

Siguiendo a estos últimos, sabemos que las costumbres y los valores sociales no es algo que surja de instituciones democráticas como el Congreso de los EEUU. La existencia de normas y valores sociales es consustancial a las comunidades y precede con mucho la existencia de los Estados y los sistemas democráticos. Ello prueba que su conformación no exige ni necesita de una democracia.

El origen de dichas entidades es evolutivo: los individuos se van dotando paulatinamente de normas y valores conforme se suscitan conflictos entre ellos y para tratar de evitar que se reproduzcan una y otra vez. Esos usos y costumbres se aceptan implícitamente por la comunidad en cada nueva transacción. Y están sujetos a modificación conforme las necesidades y preferencias de la sociedad varían, sin requerir para ello procesos formales de validación externos a la sociedad que los utiliza.

Del derecho a los códigos

Es por ello que en la antigua Roma y hasta cierto punto en el derecho anglosajón, los jueces, ante un conflicto, más que juzgar basándose en unas leyes existentes, tenían que descubrir cómo se estaban resolviendo problemas similares en la comunidad, para aplicar una solución análoga al caso que se le presentaba. Para este descubrimiento contaban con la inestimable ayuda de los jurisconsultos y, posteriormente, de los llamados códigos, en que se recopilaban para el uso por el juez las soluciones que se venían dando a diversos conflictos. Todo esto lo cuenta Bruno Leoni en su libro La libertad y la ley. Es en una época posterior, posiblemente empezando con la Revolución Francesa, que unos cuantos iluminados representantes del pueblo se arrogan el poder de definir esas normas y valores.

Siguiendo el método de las construcciones imaginarias de Mises, ahora nos toca ver si en este escenario en que se describe, sucintamente, cómo aparecen las normas en una sociedad no intervenida, sería posible que alguien con poder de mercado, léase muchos recursos, alterara las normas contra los intereses del resto de la sociedad.

Normas y memética

En realidad, las normas no son más que un tipo concreto de “meme” y, como tal, están sujetas a la memética. La reproducción de memes tiene un coste y por tanto requiere recursos. En principio, quien disponga de muchos recursos podría, a base de reproducirlos, extender los memes de su preferencia en la comunidad. La cuestión es que si esas normas son contrarias a los intereses de los individuos integrantes, no será fácil que estos dediquen sus recursos propios a extender el meme así inoculado. Ello haría que la única forma de que el meme/norma se mantuviera en el tiempo fuera por la constante inyección de recursos para su mantenimiento por parte de la empresa con poder de mercado.

Dado que estas inversiones no le son rentables (en principio, no hay generación de ingresos por tratar de que una norma sea aceptada), tendería a perder los recursos así gastados, y en algún momento cesaría de promover el meme, por lo que éste a su vez tendería a desaparecer. En el medio plazo, por tanto, ninguna empresa, por mucho poder de mercado que tenga, parece capaz de alterar las normas de la sociedad contra el interés de esta misma. Así queda respondida, en el ámbito teórico de una sociedad no intervenida, la primera cuestión de Ramaswamy.

El papel del prestigio

¿Qué hay de la segunda? ¿Sería deseable que las empresas con poder de mercado impusieran dichos valores morales? No me atrevo a dar una respuesta contundente, pero sí querría compartir una primera aproximación al problema. En un mercado no intervenido, la única forma en que las empresas pueden conseguir “poder”, esto es, recursos, es mediante el servicio a los restantes individuos. En la medida en que anticipen correctamente las necesidades de los demás individuos y el valor que tienen para ellos, serán capaces de obtener mayor rentabilidad de los recursos que en ello inviertan. Si lo hacen de forma excepcional, acumularán una cantidad de recursos igualmente excepcional.

Estos individuos excepcionales en acertar con las necesidades de sus congéneres adquirirían lógicamente un gran prestigio, aparte de riquezas (prestigio y riquezas con los envidiosos atacan en nuestro país con todas sus fuerzas). Quizá por ello, la unión de recursos y prestigio, tendrían más fácil que sus propuestas de normas y valores fueran aceptadas por los demás; precisamente sobre la base de un desempeño excepcional acreditado. Nótese que este análisis es compatible con el anterior, puesto que entonces asumíamos que la norma promovida iba contra el interés de la sociedad, asunción que ahora no hacemos.

Woke Inc.

De ahí a qué dichas normas fueran deseables para la sociedad hay un gran trecho lógico que no me atrevo a saltar. Sí tiendo a creer que sus propuestas serían buenas y, desde luego, mejores que las que se obtienen de procesos democráticos en que cualquier mindungui, sin haber demostrado capacidad alguna para incrementar el bienestar social, puede definirlas.

Con esto, queda esbozada una posible respuesta teórica a las preguntas básicas planteadas en Woke Inc., una posible respuesta que es válida para una sociedad no intervenida. Obviamente, la sociedad estadounidense no es una son sociedad no intervenida, como no lo es casi ninguna del mundo. En todas, hay que convivir con el Estado. ¿Y qué pasa entonces con dichas respuestas?

Lo veremos. Bueno, de hecho, lo estamos viendo ya, pero yo lo contaré en otro artículo.

Tim Robbins carga contra los medios por ocultar la censura del Gobierno

John Miltimore. Este artículo fue publicado originalmente en FEE.

Tim Robbins ganó un Oscar en 2004 por encarnar a una víctima de dos terribles crímenes en el drama policíaco neo-noir Mystic River. El lunes, Robbins dejó claro que no se conforma con ser una víctima silenciosa.

En un tuit que llegó a casi tres millones de personas en 24 horas, el veterano demócrata y partidario de Bernie Sanders arremetió contra los demócratas que amenazaron con encarcelar al periodista Matt Taibbi tras su testimonio en el Congreso sobre los archivos de Twitter.

“Un momento vergonzoso”

“Es un momento vergonzoso para los demócratas y la prensa ‘libre'”, escribió Robbins. “Están perdiendo cualquier atisbo de credibilidad que tuvieran, malditos idiotas”.

Los comentarios de Robbins tienen su origen en una carta publicada la semana pasada por el periodista de investigación Lee Fang, que mostraba a la representante Stacey Plaskett, demócrata de Virginia, amenazando con un proceso penal contra Taibbi, de quien afirmó falsamente que había mentido bajo juramento durante un reciente testimonio en una audiencia del Congreso titulada “Arma del Gobierno Federal en los archivos de Twitter.”

Taibbi es uno de los periodistas a los que se dio acceso a los archivos de Twitter, que mostraban un amplio esfuerzo del gobierno federal por controlar y censurar la información a gran escala (incluso cuando era cierta).

Una masiva operación de censura

Robbins elogió ese reportaje, destacando a Taibbi, así como a los periodistas Bari Weiss y Michael Shellenberger (a quienes Robbins citó en Twitter).

“Recientemente, periodistas independientes (…) han estado sacando a la luz una operación de censura masiva por parte del gobierno estadounidense para controlar el contenido en las redes sociales y eliminar cualquier voz disidente”, escribió Robbins. “Podría ser la historia más importante relacionada con nuestras libertades personales en EE.UU. y está siendo enterrada. Los principales medios de comunicación no sólo han ignorado la historia, sino que ahora atacan a los periodistas…”

Los medios se convierten en fontaneros

Los comentarios de Robbins se producen pocos días después de la detención de Jack Teixeira, un guardia nacional de Massachusetts de 21 años acusado de filtrar documentos secretos del gobierno.

Teixeira, que permanece detenido y se espera que comparezca ante un tribunal de Boston el miércoles, fue puesto entre rejas con la ayuda de The New York Times y The Washington Post, que ayudaron al Pentágono en su búsqueda.

Las acciones son un marcado contraste con los Papeles del Pentágono, que fueron publicados por el Times en 1971 y le valieron un Premio Pulitzer por exponer los secretos y mentiras del gobierno sobre la guerra de Vietnam.

Muchos han señalado la ironía de que el Times trabaje de repente con el gobierno para tapar las filtraciones, como los fontaneros de Richard Nixon en la época del Watergate.

Thomas Jefferson

“Literalmente todos los días, las grandes corporaciones mediáticas… publican filtraciones de información clasificada de funcionarios anónimos”, señaló el periodista Glenn Greenwald, ganador del Premio Pulitzer. “¿Cuál es la diferencia entre ellos y Jack Teixeira? Los medios publican lo que el Gobierno les ordena”.

Estas revelaciones son muy preocupantes. En la escuela nos enseñan que el Cuarto Poder es uno de los grandes protectores de la libertad. Thomas Jefferson dijo una vez que “nuestra libertad depende de la libertad de prensa”.

Por desgracia, aunque todavía hay algunos periodistas valientes que trabajan en los medios corporativos y que están dedicados a la verdad y a la responsabilidad del gobierno, parece que las instituciones de los medios de comunicación han sido en gran medida cooptadas por el Estado.

Los estudiosos de la historia de la CIA no se sorprenderán por ello. En su exitoso libro The Devil’s Chessboard (El tablero del diablo), David Talbot describía la eficacia de la agencia a la hora de sembrar historias en unos medios dóciles durante los años de Dulles.

Murray Rothbard

Parece que las cosas no han hecho más que empeorar desde entonces. La mayoría de los medios parecen ser poco más que lo que el economista Murray Rothbard describió como Intelectuales de la Corte, sirvientes obedientes del gobierno “cuya tarea es embaucar al público para que acepte y celebre el gobierno de su Estado particular”. (Y son recompensados con acceso, primicias y contratos de libros por ello).

El hecho de que los medios de comunicación no salieran en defensa de Taibbi después de recibir amenazas manifiestas de encarcelamiento por su trabajo en la exposición de los esfuerzos del gobierno para subvertir la Primera Enmienda, junto con la ayuda del Times y el Post al Pentágono en la búsqueda de Teixeira, no son signos de un florecimiento de los medios de comunicación independientes.

Instrumento para la censura

En palabras de Robbins, en lugar de un control del poder gubernamental, los medios corporativos se han convertido en el “brazo matón de censura del gobierno”.

Enderece este barco para recuperar la libertad de prensa y de expresión no será fácil, pero el actor de Cadena perpetua ofrece una pista sobre por dónde podríamos empezar.

“Por cierto, #FreeAssange”, escribe Robbins.

James Bond a los 70

Titus Techera. Este artículo fue publicado originalmente en Law & Liberty.

Hace setenta años, en 1953, Ian Fleming, planificador británico de la Segunda Guerra Mundial y supervisor de comandos, publicó una breve novela de espionaje, Casino Royale. Y así nació James Bond. El libro permitió a Fleming reimaginar la grandeza imperial británica y continuar en la ficción su dominio sobre hombres varoniles dispuestos y capaces de matar y morir por una causa, por la emoción de la lucha y por orgullo. Podía hablar en nombre de los asesinos necesarios de la sociedad civilizada.

El éxito de Ian Flemning

Gracias al uso de su imaginación, Fleming llegó a tener mucho más éxito e importancia de lo que nunca había tenido en el servicio público. Acabó orquestando una de las exportaciones culturales más exitosas de Gran Bretaña. Bond fue a mediados del siglo XX lo que Harry Potter ha sido en el siglo XXI. Pero en lugar de un empollón con gafas, ideal para el mundo forjado por las universidades selectivas y Silicon Valley, el público se enamoró de un asesino a sangre fría que parecía capaz y deseoso de rechazar todos los compromisos que el resto de nosotros sentimos que tenemos que hacer.

Esta imagen de hombría se hizo aún más popular. Y se extendió hasta donde podían llegar los medios de comunicación de masas, nueve años más tarde, en 1962, cuando apareció Dr. No, protagonizada por Sean Connery como James Bond. En total, Fleming publicó doce novelas y dos colecciones de relatos cortos, además de otras dos novelas publicadas póstumamente. Todas ellas dieron lugar a 26 películas a lo largo de los últimos 60 años; y éstas, a su vez, dieron lugar a innumerables imitaciones y nuevas historias de Bond escritas por otros autores. Se hizo público así, para siempre, al hombre misterioso, que combina el amor por la belleza con la curiosidad por las hazañas más feas imaginables.

Bond como héroe del Imperio

La combinación novela-película también dio lugar a un tipo inusual de estrellato. Llevó a la fama a cuatro actores: Connery, Roger Moore, Pierce Brosnan y Daniel Craig. Al tiempo, mantenía el glamour Bond y difundía por todo el mundo, durante generaciones, un ideal de hombría. No se me ocurre nada que se le pueda comparar. Porque sigue siendo reconocible en todo el mundo como la presunción de clase británica liberada de sus restricciones morales. O de las excentricidades tontas y la melancolía engendradas por un sistema de clases asfixiante. Liberado, Bond es el perfume sublime del imperialismo, tanto más popular cuanto más se deplora el colonialismo. Como se dijo en su día del Imperio Británico, con sus guerras y su diplomacia, así sucede con Bond y el espionaje. El sol nunca se pone en sus aventuras.

Bond, sin embargo, no definía la destreza marcial como los héroes de acción de clase obrera de los 80. Y no era un hermano de gimnasio como los hombres atomizados de clase media de nuestro tiempo. Connery había sido concursante de culturismo de Mr. Universo, pero está a mundos de distancia de Arnold: se supone que sus modales distinguidos ocultan su poder. En lugar de brutalidad, definió la elegancia para los hombres, desde los trajes afilados hasta las ocurrencias frívolas. Y sobre todo su éxito con las mujeres.

James Bond y el feminismo

Al fin y al cabo, la gran lucha ideológica posterior a la Segunda Guerra Mundial no fue contra el comunismo en el extranjero, sino en casa contra el feminismo. Los hombres adoraban a Bond porque sabían que estaban perdiendo. De hecho, el feminismo ha ganado y Bond es ahora un ejemplo de masculinidad tóxica, probablemente necesitado de terapia. Bond era un hombre de hombres y esto no es algo que nuestras élites acepten en la cultura pop -según la franquicia, finalmente lo han matado en No Time to Die, un título divertido para los años de la pandemia.

Según las piedades de nuestro tiempo, Bond empieza a enfrentarse a la censura por ser, como se decía de Byron, “loco, malo y peligroso de conocer”. Las novelas se reeditan con motivo del 70 aniversario de Casino Royale, pero ahora sin referencias poco amables a los negros.

Quizá los lectores sensibles -las conciencias sangrantes de nuestras relaciones públicas corporativas- piensen que otras razas son menos importantes; quizá se trate de un proceso de derechos civiles para los personajes de ficción. Mientras tanto, las mujeres aún deben sentir el choque del romanticismo decadente de Fleming, infame por frases como “el dulce sabor de la violación”. La interseccionalidad es jerárquica, después de todo, y aún no está totalmente estructurada en nuestro entretenimiento.

Sofisticación y atrevimiento

Por mi parte, confío en que Bond sea severamente censurado y espero que el cambio llegue con la próxima serie de películas, cuando tendremos un 007 políticamente correcto. Quizá su misión sea ejecutar a los políticamente incorrectos. Será un buen “aliado”, sin duda. Hoy en día, esto es lo que pasa por ser una visión sofisticada del arte: didactismo, se solía llamar, y era despreciado por moralista. Las obras de arte solían juzgarse por cómo revelan la naturaleza humana, no simplemente por promover una ideología.

Así que ésta puede ser nuestra última ocasión pública de pensar en el extraño éxito de Bond. Hasta cierto punto, se parece a nosotros. Como dice Kingsley Amis en James Bond Dossier, un volumen que recomiendo encarecidamente a los aficionados, Fleming basaba sus fantasías en las realidades de nuestra sociedad comercial, con notas muy realistas sobre los productos, entre otras cosas. En su mayoría, se trataba de los gustos del propio Fleming, y la ficción le ha dado una notable influencia sobre la nueva y próspera sociedad de clase media de mediados de siglo. Consumismo sofisticado, podríamos llamarlo, que puede ser un ideal en nuestra sociedad: la orden de disfrutar del lujo.

Los influencers y Bond

Bond recorría el mundo en busca de lugares exóticos por su belleza y misterio, antes de que el turismo se convirtiera en un hábito de la bohemia burguesa: Experimentar diversas culturas con humildad consumista. Un agente de viajes virtual con millones de clientes agradecidos. Sin embargo, Bond era audaz y exigente, especialmente en sus vicios, bebiendo y fumando sólo lo mejor, y persiguiendo a mujeres glamurosas. Esto puede resultar un insulto para las mujeres de carrera. O puede que ellas mismas se permitan la fantasía del glamour.

En cuanto a nuestra propia tierra de fantasía en las redes sociales, ni siquiera la era de las modelos de Instagram y los influencers ha conseguido crear algo parecido a Bond; quizá el arte sea realmente más impresionante que la vida y los fans tenían razón al preferir la ficción a la realidad. Tal vez el problema sea la blandura de nuestros tiempos. Pensemos en la descripción que hace Fleming de la naturaleza de Bond en Casino Royale: “Luego se durmió, y con la calidez y el humor de sus ojos apagados, sus facciones recayeron en una máscara taciturna, irónica, brutal y fría”. ¿Quién hablaría así hoy en día? Sería una pesadilla para las relaciones públicas.

Bond y Maquiavelo

Esto comienza a mostrarnos por qué Bond es tan interesante para los hombres. Fleming sabía, de un modo que ninguno de nuestros escritores de hoy conoce, que en el origen de todas las cosas modernas se encuentra el más grande hombre de misterio, brutal y cómico, elegante y sabio, Maquiavelo. La descripción que hace Fleming de la mente de Bond en Casino Royale está sacada directamente de El Príncipe, capítulo 25: “Bond veía a la suerte como a una mujer, a la que cortejar suavemente, o a la que violar brutalmente, a la que nunca consentir ni perseguir”. Bond intenta dominar la fortuna, lo que le hace atractivo y también intolerable para los moralistas.

Hay que reconocer que el juego ha perdido su decadente encanto aristocrático. Ha sido relegado a adicción y sometido a control terapéutico. Sólo apostamos en los mercados de valores, donde no es personal. Pero seguimos necesitando la sangre fría y la audacia maquiavélica de Bond, porque toda la economía resulta ser tan caprichosa como decía Maquiavelo que era la fortuna, por muy informatizados y racionalistas que sean nuestros sistemas económicos y financieros. Necesitamos a Bond precisamente porque es audaz donde nosotros somos precavidos, y lo sabemos.

No vivimos como el agente 007

Por otra parte, como Bond, hoy en día todos somos críticos gastronómicos. No nos conformamos con algo modesto, queremos lo excelente o al menos el extremo de la variedad, lo que solía llamarse comida exótica o étnica antes de que eso se volviera políticamente incorrecto -llámenlo “imperialismo alimentario”. Pero Bond no tenía miedo de expresar sus opiniones: tendemos a escondernos detrás de pantallas cuando hacemos malas críticas. No buscaba gangas ni cosas buenas a bajo precio, despreciaba con orgullo el precio; al fin y al cabo, pagaba con las ganancias del juego o con las riquezas de sus enemigos derrotados.

Todos estos placeres venían acompañados de su peligrosa audacia, de su conocimiento de que moriría más pronto que tarde, lo que exigía una concentración total en su misión y sus circunstancias, en el presente, en lugar de planificar una jubilación lejana, aunque próspera. Precisamente porque no vivimos como Bond, tenemos que entender la diferencia: podemos apreciar el modo en que los placeres y la agonía de Bond revelan nuestro modo de vida en miniatura, y lo que necesitamos para defenderlo.

La masculinidad tóxica es la hombría cuando nos da miedo y además pensamos que no sabemos qué hacer con ella. La mejor imagen que tenemos de ella es James Bond, porque forma parte de nuestro mundo moderno, pero también es consciente de su lado oscuro: el espionaje, no sólo las elecciones. Le necesitamos para saber cómo pensar en el peligro y por qué necesitamos enfrentarnos a él para convertirnos en hombres. Incluso las mujeres podrían necesitar a Bond para aprender a juzgar a los hombres, pero esa es una historia para otra ocasión.

Tolerancia en los Estados Unidos

Richard Salmuelson. Este artículo ha sido publicado originalmente en Law & Liberty.

¿Qué es la tolerancia? Dos noticias recientes ponen de relieve esta cuestión y revelan que los estadounidenses están divididos sobre la tolerancia en sí misma. Una es de la Liga Nacional de Hockey: “El defensa de los Philadelphia Flyers Ivan Provorov se negó el martes a llevar un jersey arco iris durante los calentamientos de la Noche del Orgullo del equipo por la inclusión LGBTQ, alegando sus creencias religiosas”. Mientras tanto, en Colorado, continúa la cruzada del Estado contra el propietario de la pastelería Masterpiece, Jack Phillips. Recientemente perdió su última apelación en un tribunal estatal, y el Estado está preparado para obligarle a hacer una tarta que celebre una “transición de género”.

No es odio, sino la expresión de una opinión

En la NHL Network, un analista sugirió que Provorov volviera a Rusia si esa es su actitud hacia el Orgullo Gay. Mientras tanto, aunque Phillips ha ganado varios casos en apelación, sigue siendo demandado. Es probable que vuelva a apelar ante el Tribunal Supremo de EE.UU., donde ya ha ganado antes. Y, en cuanto a Provorov, parece que sus camisetas están volando de las estanterías.

Nótese que ni Phillips ni Provorov están predicando el odio o la violencia contra los homosexuales o los transexuales. Simplemente piden que no se les exija afirmar un determinado punto de vista. Esa negativa es, según nuestra ideología oficial de aplicación de los derechos civiles, en sí misma una forma de fanatismo y discriminación. Pero esa no es la única forma de verlo.

Cómo dar cabida a la diversidad

Hay, por supuesto, auténticos fanáticos en Estados Unidos. Y muchos quieren hacer de eso el problema porque simplifica las cosas. Pero hay una cuestión más profunda. ¿Cómo puede Estados Unidos dar cabida a la diversidad de opiniones morales que tenemos actualmente? A la luz de esa pregunta, vemos que tenemos dos visiones enfrentadas del respeto a la diversidad y de la tolerancia. La primera cuenta con el apoyo de la burocracia encargada de hacer cumplir la ley, como en los casos de Jack Phillips, y se refleja en las críticas a Provorov. Este punto de vista sostiene que ser tolerante es dar apoyo explícito a determinados puntos de vista.

Provorov no criticó explícitamente el orgullo gay. Al contrario, su afirmación fue que es cristiano ortodoxo y, como tal, no puede en conciencia apoyar activamente la homosexualidad porque su religión enseña que es pecado. No pretende mantener a los jugadores homosexuales fuera de la NHL ni, que yo sepa, se ha propuesto predicar sus creencias a los demás. Simplemente pide que no se le exija alabar algo con lo que no está de acuerdo. Lo mismo puede decirse de Jack Phillips. Hace pasteles especiales. Está dispuesto a hacer una tarta para cualquiera. Pero se niega a hacer una tarta especial con un mensaje concreto que celebre algo contrario a sus creencias.

La tolerancia como práctica

En otras palabras, Phillips y Provorov, y sus partidarios, están adoptando una concepción rival de la tolerancia, a saber, que se trata de una práctica, no de una creencia concreta. Ser tolerante refleja la idea clásica de magnanimidad, abrazando lo que solía llamarse “liberalidad”, y aceptando la noción de que hay diferentes formas de vivir bien, y que una sociedad libre debe dar espacio a las personas para que vivan realmente como les dicte su conciencia. Esa liberalidad exige que la sociedad civil dé espacio para que las personas vivan separadas en algún aspecto, incluso en un negocio privado.

En épocas pasadas, ese tipo de tolerancia se aplicaba especialmente a las diversas sectas religiosas de Estados Unidos. En un mundo en el que muchos protestantes consideraban al Papa el Anticristo, la libertad religiosa significaba permitir a las numerosas comunidades religiosas de Estados Unidos el espacio que necesitaban para vivir libremente, aunque se odiaran entre sí.

Tolerancia y convivencia

No exigía, como había exigido el rey británico, que uno afirmara la doctrina anglicana para ser ciudadano de pleno derecho. Ni exigía, como había exigido el rey de Francia, que uno fuera católico. En su lugar, Estados Unidos se limitaba a exigir que un ciudadano respetara las leyes de la comunidad, leyes que nos daban espacio para discrepar sobre algunas cosas muy fundamentales. Eso nos permitió dejar atrás las guerras de la Reforma. En resumen, la libertad religiosa y la diversidad religiosa permitieron a América practicar sectas seguras.

Sin duda, un país, incluso una república federal grande y diversa, sólo puede permitir cierta diversidad en cuestiones morales y seguir funcionando como país. Pero, durante la mayor parte de nuestra historia, los Estados Unidos han permitido lo que otros países considerarían una cantidad excesiva de desacuerdos religiosos y morales.

La religión como ignorancia e intolerancia

Sin embargo, desde el principio, en Estados Unidos también ha habido quienes consideran que el punto de vista “ilustrado” o lo que vendría a llamarse el punto de vista “progresista” es el oficial: La religión, según este punto de vista, es el camino de un pasado ignorante, mientras América avanza hacia un futuro más racional. La tolerancia significa que hay que apoyar activamente las opiniones que representan el progreso. Afirma ciertas doctrinas y grupos que se presentan en oposición a las viejas costumbres.

De ahí que los cristianos, y también los judíos y musulmanes tradicionales, tengan creencias morales que son en sí mismas “intolerantes” según nuestras instituciones gobernantes. La tolerancia implica avanzar hacia una América en la que esos grupos se desprendan de tales creencias, y lo hagan en nombre de la tolerancia.

La herencia progresista de Jim Crow

En los últimos sesenta años aproximadamente, esta visión progresista ha ganado un grado de poder federal del que antes carecía. Antes de 1964, la mayoría de las empresas, salvo las monopolísticas y algunas otras clases limitadas de empresas, eran libres de decidir a quién servían y a quién rechazaban como clientes y a quién contrataban. El problema era que Jim Crow, un régimen jurídico fundamentalmente antiliberal que no sólo permitía sino que obligaba a las empresas a discriminar, había fomentado una cultura de discriminación racial generalizada. Para combatirla, el gobierno convirtió casi todas las empresas privadas en semipúblicas, que perdieron su privacidad al no poder elegir con quién asociarse y en qué condiciones.

Los problemas aquí son dos: hemos aplicado la lección que aprendimos en la lucha contra Jim Crow a cuestiones de sexo y sexualidad -cuestiones que, que yo sepa, todas las religiones abordan creando normas, costumbres, tabúes y/u otras cosas parecidas. Desde una perspectiva aristotélica, eso podría sugerir que son cuestiones religiosas por naturaleza. Es probable que la concatenación de ideas que llamamos “woke” se pareciera mucho menos a una religión (como algunos la llaman, no sin razón) si sólo tratara de la raza y no también del sexo y la sexualidad. Por otro lado, históricamente hablando, términos como “raza”, “nación”, “pueblo” y “tribu” son difíciles de separar. “Raza” como construcción biológica es históricamente inusual y, en nuestro discurso, ya no parece ser la idea dominante.

Nuevas guerras de religión

Al mismo tiempo, intentamos tratar las cuestiones de sexualidad como si fueran cuestiones de raza, no eximimos ni siquiera a las pequeñas empresas, como la pequeña pastelería de Phillips, del régimen antidiscriminatorio. El resultado es que corremos el peligro de adoptar una norma de asociación, expresión y actuación forzadas, las mismas cosas que nos remiten a las guerras de la Reforma. Desde la perspectiva de nuestra ideología oficial de derechos civiles, no debería haber escapatoria para las minorías insulares mediante la creación de pequeñas empresas o instituciones educativas. El problema es que las acciones forzadas, como el discurso forzado, son tiránicas.

Conviene recordar aquí que nuestros términos “economía” y “economía” tienen su raíz en la palabra griega que designa la economía doméstica y la gestión de la propiedad privada. A medida que la economía doméstica y la gestión de la propiedad privada crecen hacia el exterior, interviene la regulación gubernamental. En otras palabras, es un error considerar la actividad económica como fundamentalmente pública. Tal vez para el propietario de una plantación en el Sur, la libertad era fundamentalmente no-económica en cuanto a lo que uno hacía a partir del trabajo de otros para proporcionar alimentos, vivienda y otras necesidades. Pero en el Norte, trabajar para proporcionar esos bienes era una parte esencial de la libertad. Por lo tanto, implicaba la libertad de decidir con quién trabajar o a quién servir en la gran mayoría de los casos.

Normas sexuales

Jim Crow era un conjunto de leyes que impedían eso. Obligaba a los estadounidenses a discriminar por motivos de raza en sus negocios privados y en el gobierno. Como reacción a eso, nuestra ley obligó a los estadounidenses a no discriminar por motivos de raza en nuestra vida empresarial. Eso es bueno. ¿Podemos aplicar lo mismo a las normas sexuales? Si y sólo si olvidamos que la ley antidiscriminación también se aplica a la religión. A menos que las antiguas enseñanzas sobre el sexo y la sexualidad en el judaísmo, el cristianismo y el islam, entre otros, pronto vayan a ser mantenidas sólo por una pequeña parte insular de estas religiones (pensemos en los amish), aplicar los métodos que nuestros gobiernos federales, estatales y locales emplearon contra Jim Crow a lo que es, fundamentalmente, una lucha religiosa sobre lo que significa ser humano es una receta para la guerra religiosa.