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El voto británico

El pasado 7 de mayo hubo elecciones a Primer ministro en GB. Cinco años más de confianza depositada en David Cameron. El Labour Party y UKIP, los grandes derrotados.

El reelegido como Primer Ministro tiene una agenda compleja, especialmente desde el punto de vista constitucional. En efecto, Escocia se presenta como la gran asignatura para esta legislatura. El Scottish National Party (SNP) obtuvo un éxito que, probablemente, ni el binomio Nicola Sturgeon/Alex Salmond esperaba: 56 diputados sobre 59 posibles.

¿Se decanta el electorado escocés por la independencia? No necesariamente. Además, puede afirmarse que el nacionalismo escocés, aunque en las declaraciones de sus principales dirigentes se afirme lo contrario, ha tenido la sensación de un éxito ciertamente agridulce. En efecto, aspiraba a que se formara un gobierno laborista en minoría y, a partir de ahí, influir en el mismo a través de la táctica de la negociación/regateo permanente.

El escenario final es otro bien distinto, con un gobierno tory, sobre el que vertieron todo tipo de descalificaciones durante la campaña electoral. Y es que el nacionalismo escocés, a través de lo que le decían los sondeos, fue víctima interesada del cuento de la lechera o, dicho con otras palabras, construyó la casa por el tejado. Se arrogó la función mesiánica de salvar a los británicos de las medidas económicas conservadoras que han sacado al país de la crisis.

La realidad de las cifras no permitieron ver el verdadero panorama al SNP, que pasó en escasos meses de querer provocar la ruptura de Reino Unido a postularse como su salvador. Dentro de su modus operandi, creyó que el izquierdismo cortoplacista de Ed Miliband sería un buen aliado. El resultado, una suerte de juego de suma cero para ambas formaciones: ni el SNP será determinante en Westminster ni el laborismo parece en condiciones de presentar oposición a los conservadores.

Así, cuanto más se ha distanciado del centro, esto es, de asumir determinados principios tories en su credo político (como acertadamente hizo Tony Blair) mayor rechazo ha suscitado el Labour Party entre los votantes británicos. Parece que Ed Miliband no tuvo muy en cuenta lo que le sucedió a Michael Foot en 1983.

En cuanto al SNP, está por ver si el victimismo le lleva a abusar durante los próximos meses de su exigencia de celebrar un nuevo referendo in vs out. Al respecto, no está de más recordar que Sturgeon y Salmond en el pasado mes de septiembre descartaron tal alternativa.

Ahora, por el contrario, resulta cuestionable que vayan a cumplir su promesa, sobre todo, teniendo en cuenta que en 2016 Escocia celebrará elecciones autonómicas. El sector fundamentalista del SNP, aquel que sólo desea la independencia y percibe el aumento de los niveles de autogobierno como una pérdida de tiempo, ya se ha movilizado. De hecho, Sturgeon intentó que durante la reciente campaña electoral, la independencia, como sinónimo de ruptura, no apareciera en las intervenciones de sus candidatos.

En cuanto a David Cameron, tampoco es oro todo lo que reluce. Europa sigue dividiendo a su formación y el sector euroescéptico exigirá que la consulta sobre seguir o no seguir en la UE tenga lugar lo antes posible. La posibilidad de obtener por parte de los socios comunitarios un buen acuerdo que satisfaga las apetencias del euroescepticismo parece, a priori, compleja.

Asimismo, la presión eurófoba de UKIP tampoco va a mermar. Esta formación, que aspiraba a aportar su granito de arena a la gobernabilidad del país, vio como al final sólo conseguía un diputado. Se trata de un partido excesivamente personalista como demostró el hecho de que su líder, Nigel Farage, debiera recular cuando presentó su dimisión debido a los resultados del 7-M. Durante la próxima legislatura vociferará en las calles, no en el Parlamento. Los británicos demostraron que prefieren la estabilidad frente a la demagogia. Gran lección.

Alfredo Crespo
Author: Alfredo Crespo

Proceso político: tª estado elección pública y democracia

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