Análisis diario
Una objeción del liberalismo (conservador) a la gestación subrogada
¿Por qué nos parece aceptable que un niño pueda criarse con dos mamás pero no con tres o más?
En los últimos meses se ha suscitado en España un interesante debate, tanto político como social, en torno a la gestación subrogada: una técnica de reproducción asistida en la que una pareja (los padres intencionales) gesta su embrión por medio de una mujer subrogada, la cual, y esto es muy importante, no estaría genéticamente relacionada con ese embrión (el óvulo y el espermatozoide de los padres se unen mediante fecundación in vitro, y el embrión pasa a ser implantado en el vientre de la mujer gestante).
Vistas así las cosas, y dando por supuesto que la mujer gestante llega a un acuerdo de manera libre y voluntaria (ya sea por razones altruistas o crematísticas) con los padres biológicos del nasciturus, esta manera de “tener hijos” no debería plantear mayores problemas a un liberal que el embarazo a través del coito o que la adopción (con la única diferencia de que en este último caso no existe, obviamente, un vínculo genético entre padre y madre adoptantes y adoptado).
La izquierda, incluyendo, claro, al Partido Popular, se enroca en prohibir esta práctica porque supone una mercantilización del cuerpo de la mujer. El director de esta casa, Juan Ramón Rallo, dio oportuna cuenta del delirante argumentario esgrimido por los socialistas. Tan solo añadiré que resulta llamativo que se defienda que no haya lugar a hablar de libertad cuando una mujer acepta ser gestante subrogada por necesidad económica. Dejando aparte esa muy dudosa, por no decir equivocada, concepción de la libertad, clama al cielo que quienes, con la aplicación de sus muy nocivas ideas, condenan a la gente a situaciones de necesidad económica se quejen luego de que no exista libertad. Y para mayor escarnio echan la culpa a la pobreza… ¡que ellos mismos han generado!
En cambio, el liberalismo, decía más arriba, contempla la gestación subrogada con razonable simpatía. Aunque convendría matizar una cuestión… al menos desde el punto de vista del liberalismo conservador.
Nótese, en primer lugar, que realizar una objeción no quiere decir, ni mucho menos, llamar al Estado ni a nadie para que ejerza la violencia y prohíba una determinada práctica. Tan solo se trata de plantear dudas y, en todo caso, de promover ideas y comportamientos concretos como posible solución al conflicto surgido. Y es que, en ese sentido, una cosa es considerar que las preferencias y las valoraciones son subjetivas y otra que no se puedan reputar como buenas o malas tales preferencias y valoraciones; una cosa es que en el liberalismo no tenga cabida el ejercicio de la fuerza contra los demás (salvo en caso de legítima defensa) y otra que no quepa mostrar una idea del bien y del mal sobre lo que acontece en la sociedad. Tolerancia sí, pero no todo vale lo mismo.
¿Y cuál es ese conflicto que a un liberal conservador le puede generar la maternidad subrogada? Pues concebir ese método de reproducción no únicamente para que la familia tradicional (matrimonio formado por un hombre y una mujer) pueda procrear a sus hijos, sino para que cualquiera pueda ser padre (o madre). Desde esta perspectiva, la gestación subrogada presentaría la misma objeción que la adopción llevada a cabo por quienes no constituyen una unión formada únicamente por un padre y una madre o, por poner otro ejemplo, que una mujer sea madre soltera y el niño carezca de padre.
En primer lugar, habría que plantearse la cuestión de si todos tenemos derecho a procrear sean cuales sean nuestras circunstancias (un acto puro de egoísmo) o si es el nasciturus el que tiene derecho (con todas las comillas que se quieran) a disfrutar a priori de un padre y de una madre.
Insisto, no se trata de prohibir nada, pero sí de señalar que desde el liberalismo nos enfrentamos a la siguiente disyuntiva: alentar comportamientos que conduzcan a que la sociedad se organice a partir de instituciones que se han ido formando evolutivamente y que traen consigo un incalculable saber acumulado durante siglos o, por el contrario, asumir que no existe ningún tipo de cortapisa moral y no habrá consecuencias en nada de lo que hagamos mientras respetemos el principio de no agresión.
Aunque volvemos al quid: ¿se vulnera el principio de no agresión cuando traemos al mundo a alguien a quien no se le puede ofrecer la institución social por excelencia, la formada por dos personas, un hombre y una mujer, los únicos que de forma natural pueden procrear? Porque, sí, para procrear se necesita a un hombre y a una mujer, no más, pero tampoco menos; y la única unión, por tanto, que contempla de manera integral el diseño del ser humano en relación a la reproducción es la formada por un hombre y una mujer.
Reconozcamos que a bote pronto suena extemporáneo pensar que, pongamos por caso, una pareja muy estable de lesbianas que se han jurado fidelidad eterna vaya a ser un escenario mucho peor para traer al mundo un hijo que una pareja heterosexual al uso. Pero, ¿dónde está el límite ético? ¿Por qué una pareja sí pero un trío no? ¿Por qué nos parece aceptable que un niño pueda criarse con dos mamás pero no con tres o más?
Por supuesto que en la sociedad se presentan muchos más problemas relacionados con los hijos que los motivados por aquellos que, no formando una unión estable de un hombre y una mujer (parejas homosexuales o personas solteras que optan por la gestación subrogada), deciden ser padres. En ese sentido, desde una perspectiva conservadora, se colocará el foco en incidir en la importancia de la responsabilidad y del control de los instintos para evitar el drama de las madres solteras que asola algunas sociedades occidentales. O se insistirá también en que el padre y la madre deben realizar todos los sacrificios posibles (ahorro, visión a largo plazo, vida ordenada y ejemplar, fidelidad…) para preservar en todo momento su matrimonio y no generar el no menos grave problema que suponen las familias desestructuradas.
Se trata, así, de centrarse en el bienestar de los niños y de evitar situaciones de inestabilidad familiar: baja renta, abandono emocional, maltrato, indisciplina, ausencia de autocontrol, etc. Mas se podría señalar aquí, para desmontar el argumento de que la gestación subrogada no debe quedar reducida a las parejas heterosexuales, que nada impide, por seguir con uno de los ejemplos anteriores, que una pareja de lesbianas actúe como un proxy de una familia tradicional. Pero ahí entraría en juego algo que ya se ha apuntado más arriba: el derecho natural de los niños a disfrutar de un padre y de una madre (salvo en los casos de muerte de uno de los progenitores, claro está, en los que nada se puede hacer), esto es, a que no se rompa el vínculo de paternidad biológica y patria potestad (es cierto que en el caso de las adopciones por parte de las parejas heterosexuales, circunstancia perfectamente legítima, se rompe ese vínculo, pero la adopción en esa coyuntura viene a corregir el mal mayor previo del abandono del niño por parte de sus padres biológicos).
Por supuesto que hay matrimonios heterosexuales (si se me permite la redundancia) que son un auténtico infierno para los hijos. Y en la medida en que esos matrimonios se alejen del modelo ideal (ese que brinda a los hijos un marco estable y duradero de cariño, educación, disciplina…), el liberalismo conservador los juzgará severamente, por mucho padre y madre que haya.
La estructura familiar tradicional, en definitiva, es una condición necesaria pero no suficiente para ofrecer lo mejor a los hijos. Y la gestación subrogada encaja perfectamente en la idea de familia del liberalismo conservador siempre que la lleven a cabo un padre y una madre unidos a largo plazo mediante el matrimonio. Porque lo fundamental en este asunto es el interés de los niños, seres indefensos y vulnerables por antonomasia, y no el irrefrenable deseo de los adultos.