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Mar, Sep 26

Utopías revolucionarias

Los iluminados se arrogan el monopolio de la verdad para imponer sus fantasías mentales, sin que les importe el precio a pagar.

Les escribo pocos días antes de que en España se resuelva (o no) de alguna manera el embrollo independentista del referéndum catalán. Ya sabemos que es ilegal, y parece que el Estado por fin ha decidido ocuparse de que se respete la legalidad (algo que desde hace años no ocurre allá; por ejemplo, la libertad para elegir el idioma en la escuela). Sobre este asunto pueden encontrar más artículos en nuestros Análisis, algunos con sus correspondientes comentarios. Por cierto, que también suelen despertar bastantes respuestas los artículos relacionados con la identidad sexual y toda esa reciente iniciativa política en torno al lobby gay, que busca imponer una nueva discriminación sobre aquellas personas que no compartan sus opiniones; o que pretende usurpar los derechos (y deberes) de los padres en la educación de sus hijos menores de edad.

Ambos proyectos (de re-ingeniería política, social o antropológica) cuentan muchas veces con una especie de aura “revolucionaria”: hay que cambiar el estado de las cosas, no importa cómo. Y parece que oponerse a ello solamente cabe en mentes retrógradas. Además, como escribía alguno de los comentaristas que señalo, es inútil que tratemos de argumentarles con espléndidos razonamientos lógicos, porque nunca nos van a escuchar (ya conocerán ese video de Josep Borrell tratando de explicar las cuentas de la Generalitat de Cataluña a un Junqueras al que le da lo mismo cuál sea la verdad: lo único relevante es su procés).

Pensaba que estos son dos ejemplos más de las muchas utopías revolucionarias que han aparecido en la Historia. Movimientos que pretenden transformar la realidad, apelando a un futuro siempre mejor que el presente: no importa que rompa con el estado de Derecho, leyes, costumbres y tradiciones, o incluso la misma evidencia científica. Esos iluminados que las defienden se arrogan con el monopolio de la verdad para imponer sus fantasías mentales, sin importarles el precio que se pague.

Precisamente este otoño conmemoramos una de esas ensoñaciones: la Revolución de 1917. Al cabo de cien años sabemos bien toda la sangre que ha vertido (y sigue haciéndolo en algunos países) la utopía marxista: recuerden una reciente Píldora de libertad sobre el Che Guevara. Pero no importa, ya que han conseguido anestesiar a la opinión pública: el éxito del marxismo cultural es una triste realidad. Igual que con esa monserga del heteropatriarcado como una segunda derivada de la opresión capitalista, que justificaría la presión LGTB señalada.

Es verdad que lo revolucionario suele despertar simpatías a primera vista: pensemos, por ejemplo, en los colonos americanos frente al abuso de poder inglés; o en la revuelta madrileña del Dos de Mayo frente a las tropas invasoras francesas, seguida del sorprendente proceso Constitucional de Cádiz. Algunas terminan bien, y otras no tanto: en España, la vuelta al trono de un deseado Fernando VII echó al traste la modernidad gaditana, y los políticos liberales de su hija Isabel consiguieron estropearlo aún más.

También es cierto que a veces depende de la situación previa contra la que se combate: la Revolución Francesa sigue manteniendo una buena imagen, a pesar de tantos abusos y guillotinas, porque Luis XVI no estuvo a la altura de su responsabilidad como gobernante (como el zar Nicolás). Siempre me ha parecido una ironía de la Historia que a la supuesta separación de poderes parisina le sucediera la dictadura napoleónica. O que, volviendo a España, los primeros movimientos americanos en defensa de la Corona -por la invasión francesa- terminasen alentando la Independencia, en gran parte debido a la torpeza de ese mismo Rey.

Es por ello que los revolucionarios catalanes han conseguido atraerse la simpatía de tantos ingenuos (y, por supuesto, de todos los demás grupos antisistema). Hay que contar también con la pasividad de las mayorías silenciosas: unos pocos gritando en la calle enseguida se arrogan la “representatividad del pueblo”. No es fácil movilizar al ciudadano de bien: además, no suelen romper escaparates ni quemar coches de policía… Y si se les planta cara, se esconden en la falacia de la provocación; como el líder supremo Kim Jong-un: después de lanzar varios misiles, protesta airado contra la respuesta occidental. Más cerca del nosotros, en parlamentos o corporaciones municipales, es muy frecuente esa táctica de insultar al contrincante al mismo tiempo que uno se presenta como el agredido. Es otra faceta de la impunidad revolucionaria (¡España nos roba!).

Termino con un ejemplo menor, pero que sirve de modelo: la fobia contra los coches en las ciudades. Más allá de que sea bueno velar por el cuidado del medio ambiente, conviene estar alerta cuando las prohibiciones se convierten en dogmas ideológicos. Es la utopía de la pachamama, volver a un inexistente paraíso ecológico (nunca en la Historia hemos tenido los hombres esta preocupación por la naturaleza), pretendiendo soslayar las necesidades técnicas o energéticas del progreso económico. Pero se trata de una estrategia eficaz: nos tienen entretenidos con la reducción de la velocidad en las carreteras, con el galimatías de los miembros y las miembras, con la nueva moda unisex para niños y niñas… y poco a poco van re-educando a una población cada vez más aborregada. ¡Así nos va!

leon.gomez@universidadeuropea.es

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