Análisis diario
Democracia y tractores
Al haber sacralizado la democracia nos vemos abocados a cabalgar contradicciones.
A propósito del fenómeno de Tabarnia, muchos han (hemos) mirado con profunda antipatía a la Cataluña rural, pues se acusa a los payeses de querer imponer su modelo de sociedad, Tractoria, a una parte de catalanes, agrupados en torno a las ciudades de Barcelona y Tarragona, que muy mayoritariamente no son secesionistas. Desde esta perspectiva, se critica de manera acerada al agro catalán, que es presentado como epítome de todos los males: paletos poco sofisticados y peor vestidos que se oponen al cosmopolitismo y a la modernidad urbanita. Y en la medida en que esa oposición supone una voluntad de imposición, merced a una ley electoral que sobrerrepresenta a los de los tractores, la crítica es muy legítima (la situación sería de alguna manera distinta si los campesinos catalanes se limitaran a reclamar la secesión para aquellos territorios donde son una clara mayoría).
Pero hete aquí que los mismos que ponen (ponemos) el grito en el cielo contra el mundo rural catalán, fueron (fuimos) los que apenas hace un par de años daban (dábamos) gracias a Dios por la existencia del agro castellano, que, igualmente sobrerrepresentado y con tractores parecidos a los de sus émulos del Principado, ejerció de valladar frente a las hordas podemitas originarias de las muy cosmopolitas y modernas ciudades españolas.
¿Qué sucede entonces? ¿Por qué nos gustan unos tractores y detestamos otros? Lo que ocurre es que al haber sacralizado la democracia nos vemos abocados a cabalgar contradicciones de este tipo. Y es que el problema no son los payeses, sino la democracia, que, además, siempre va acompañada de la soberanía nacional.
La democracia porque, fundamentalmente, es una pésima manera de asignar las preferencias de los individuos, tal y como demuestra el Teorema de la imposibilidad de Arrow: cuando se tienen tres o más alternativas para que un cierto número de personas vote por ellas —o establezca un orden de prioridad—, no es posible diseñar un sistema de votación o un procedimiento de elección que permita generalizar las preferencias de los individuos hacia una preferencia social de toda la comunidad. Así, en ausencia de una unanimidad plena, el interés colectivo no puede existir, dado que todo dependerá del método electoral del momento, tanto en lo que se refiere al propio sistema electoral —mayoritario, proporcional, balotaje, etc.— como a la organización de las circunscripciones: dadas unas mismas preferencias, el resultado puede ser totalmente dispar si utilizamos un método u otro.
Y peor incluso que la democracia es la idea de soberanía nacional: aunque unos politólogos inventaran un método que asignara indubitadamente las preferencias mayoritarias de los individuos, y se desmontara el teorema citado más arriba, resultaría inevitable encontrarnos permanentemente con el problema del aplastamiento de las mayorías a las minorías, ya sean estas últimas los taberneses de turno, los anarcocapitalistas, los católicos, etc.
En definitiva, ante el liberticida envite tractoril catalán solo nos queda recurrir a los clásicos: soberanía individual. Y, en ese sentido, la idea de Tabarnia es una aproximación a tener muy en cuenta.