Análisis diario
En defensa del Estado. Reflexiones heterodoxas
Vivimos en tiempos extraños, líquidos para decirla al estilo Bauman, en los que los alegatos a favor del realismo son denostados de izquierda a derecha del espectro ideológico. Para muchos, el título que vengo a proponer les va a provocar urticaria. Como el marxista, el libertario tiene que tener su chivo expiatorio, y este no es otro que: el estado. Si el marxista peca de extremismo ideológico para con la burguesía, lo mismo pasa con sus homólogos libertarios respecto al estado. Cuando uno ha transitado de un posicionamiento ideológico a otro (como es mi caso), se da cuenta de la vehemencia con la que es atacado el Leviatán de turno.
Para un amplio sector de la izquierda, la demonización del empresario es el pal de paller en el cual desarrollan parte de su crítica al capitalismo. Por otro lado, para el libertario la culpa de todos los males proviene del estado. Si unos idealizan apriorísticamente a la clase obrera, otro tanto sucede con la figura del empresario (y del mercado). Como si ambos factores de producción no se necesitaran el uno al otro. Aún así, es importante mencionar que en el modelo de demanda previo a los años 80s, el factor trabajo era doblemente útil para producir y necesario para consumir (de ahí el objetivo del pleno empleo), sin embargo, con el paradigma de oferta, el trabajo “se fue convirtiendo paulatinamente en un elemento hasta cierto punto perturbador, del que no se podía prescindir pero que causaba un gran número de problemas. Entre ellos, y principalmente, inflación” (Niño-Becerra, 2020, pág. 86). Con esta perspectiva, el factor trabajo está condenado a la pauperización y al desempleo.
Muchos postulan que, en esta interacción entre los factores de producción es el empresario el que pone el capital, ergo es el que arriesga, puesto que es el que emprende. Como siempre, animo al que sostenga esa premisa que simplemente vaya a mirar los datos del Ministerio de Trabajo. En 2020 el total de accidentes laborales fue de 446.195, de los cuales, 3.643 fueron considerados graves, y en el cómputo global el total de víctimas mortales en accidentes de trabajo ascendió a las 634. Des del 2006 (año en elcual se computaron 947 muertos), hasta el 2020 las cifras han oscilado entre 900 a 450 fallecidos anuales. Me pregunto entonces quién arriesga qué.
Sea como fuere, mi planteamiento es simple: para mí, el enemigo no es el estado, ni tampoco los impuestos per se. Como postuló Friedman en los años 60s, “the existence of a free market does not of course eliminate the need for government. On the contrary, government is essential for both as a forum for determining the rules of the game and as an umpire to interpret and enforce the rules decided on (Friedman, 1962, pág. 15). Así pues, mi percepción iría en consonancia con la del economista neoyorquino. Lo que me resulta más llamativo es la obsesión de los libertarios: los impuestos. Sin percatarse, aplican una especie de subjetividad selectiva en la cual, resulta que todos los gastos del estado que consideran superfluos los han pagado ellos. Estoy seguro que con alguna partida estatal estarán de acuerdo, ya sea en materia militar, seguridad o sanitaria, sin embargo, subjetivamente no piensan que con sus impuestos hayan pagado un gasto que sí les favorece (si lo pensaran no tendría sentido que se quejaran). Imaginemos a un libertario yendo al médico público, recibiendo un trato excelente y finalmente, le llegaran a curar. Acto seguido, al salir de la clínica prorrumpiera: ¡esto es acosta del robo perpetrado por el estado hacia mi persona! Este sesgo cognitivo de observación selectiva es terreno abonado para los departamentos de psicología.
Los corifeos del libertarianismo han conseguido que calara hondo en el imaginario colectivo la idea falaz de que el estado te quita la mitad de lo que ganas. Es interesante mencionar que los que estamos en los primeros quintiles de los tramos del IRPF, de alguna forma ya somos liberales puesto que el tipo marginal aplicado es del 19%. Sin embargo, el libertario tiene razón, el estado te quita un 47% de lo que ganas, siempre y cuando sea a partir de 300.000€ anuales para arriba. Puedo afirmar que no conozco a nadie de mi entorno que cobre ni siquiera una tercera parte de lo que aquí se está postulando. Sólo alguien de alta alcurnia podría decir semejante dislate. Ciertamente, hay que añadirle a todo lo anterior los impuestos indirectos como el IVA.
Lo que más me llama la atención de esta especie de pulsión libertaria son las fuentes directas de las cuales provienen. Prima facie podría pensarse que el discurso libertario va en consonancia con los emprendedores, empero, hay un selecto grupo de intelectuales que son profesores titulares (mediante oposición) o que ostentan cátedras en universidades públicas y se dedican a pontificar las bondades del libertarianismo y los peligros del estado (podrían reducir el erario público bajándose el sueldo, por ejemplo), me pregunto ¿cuánto estarían dispuestos a pagarles a ellos los entes privados para ejercer de profesores?, teniendo en cuenta el pésimo interés que se tiene por la educación y la cultura en general en este país. De igual manera, incluso hay algún máster que predica a ciertos autores libertarios en una universidad pública. Ver para creer.
Alguien podría objetarme que mi postura no es liberal, de hecho, por defender unos mínimos y reconocerle al César lo que es del César, me han tildado de socialista. El gran análisis económico es el siguiente: estado e intervención = socialismo. Puesto que el debate muchas veces se desplaza hacia ese infantilismo económico, mi idea es clara: dada mi formación, si no es el estado quien me proporciona un trabajo difícilmente va a ser el mercado. Los historiadores, y en especial, los económicos, no somos un gremio al cual le lluevan las ofertas laborales (bueno, sí, en cadenas de comida rápida, en tiendas de ropa, o en la hostelería). Por ende, no me escondo. Para investigar en nuestro país la precariedad es altísima e incluso con fondos estatales sigue siendo paupérrima. Como dijo Ortega: yo soy yo y mi circunstancia, si no la salvo a ella no me salvo yo (Gasset, 1914, pág. 18).
Entonces, la pregunta es clara: ¿soy liberal? (esto mismo se preguntó Keynes hace justo casi 100 años). Si por liberalismo entendemos libertad de pensamiento, asociación, reunión, expresión, división de poderes, descentralización, etc. Entonces sí. Es importante mencionar que no soy favorable a los controles de precios, ni a los salarios mínimos (aunque ciertamente depende del contexto), ni a la regulación de alquileres, defiendo que por donde pasa el comercio no pasan los tanques (aunque suene idealista), la legalización de las drogas (para comercializarlas y cobrar el IVA – ¿eso te hace liberal? -), entre otras cuestiones. Si por liberalismo se entiende la reducción del estado a su mínima expresión (o desaparición), la eliminación de buena parte de los impuestos (o su totalidad), la privatización absoluta de la sanidad, educación y servicios sociales, entonces no, no soy liberal.
Lo que acabo de decir no es excluyente de la imperiosa necesidad de la introducción de medidas que puedan favorecer la res publica, lo que Sustein y Thaler han llamado nudges. Una de las cosas que más me gusta de sus postulados es el término libertarian paternalism y choice architect el cual, debe influenciar en el comportamiento de los individuos con el fin de hacer que vivan más sanos, mejor y acaben tomando decisiones óptimas (Thaler & Sustein, 2021, pág. 6). Así pues, respecto a la sanidad se muestran escépticos no solo de la privatización sino incluso del simple hecho de hacer pagar a los pacientes una cantidad mínima por acudir a los profesionales del sector. Especialmente, hacen referencia al llamado “copago” y es que, se ha demostrado que la gente tiende a no acudir al médico si tiene que pagar, incluso por muy ínfima que sea la cantidad (Thaler & Sustein, 2021, pág. 297).
Para concluir, mi idea es que difícilmente se puede disociar el augmento del bienestar general sin tener en cuenta el rol jugado por el Estado, por mucho que Huerta diga que es a pesar de este. También el hecho del fetiche que tiene el libertario respecto a la Edad Media. Si tus premisas para con el bienestar general se inspiran en esta, algo macabro está sucediendo en tu imaginario: esperanza de vida de 30 años, un salario medio que podía adquirir una escasísima cantidad de bienes, pobreza pavorosa de los agricultores habiendo hasta tres grados de la misma: menos pobres, pobres y poverissimi (Cipolla, 2002, pág. 22). Lo que le gusta al libertario (supuestamente) es la caridad privada, la cual existía (tengan in mente la esperanza de vida con dicha caridad), especialmente de la Iglesia. Otro dato de este período es que el 2% de las familias ostentaba el 45% de los recursos, mientras que el 60% de la población no tenía absolutamente nada. Lo que arguye el libertario es que la justicia era privada (se le olvida decir que estaba en manos de las clases más pudientes, especialmente del señor feudal) y que el rey sólo cobraba un 10% de los tributos. Pueden quedarse con sus entelequias y sus sociedades estamentales, otros defenderemos que ser liberal implica mucho más que la reducción de tarifas, impuestos y la eliminación del estado. Como reza la frase latina: pedes in terra, ad sidera visus.
Bibliografía
Cipolla, C. M. (2002). Storia economica dell’Europa pre-industriale. Bologna : Il Mulino.
Friedman, M. (1962). Capitalism and Freedom. Chicago: The University of Chicago Press.
Gasset, J. O. (1914). Meditaciones del Quijote. Madrid: Revista de Occidente.
Niño-Becerra, S. (2020). Capitalismo 1679-2065. Barcelona: Ariel.
Thaler, R., & Sustein, C. (2021). Nudge. United Kingdom: Penguin books.