Ir al contenido principal

Una singladura apasionante: leer a D. José Barea Tejeiro

A raíz del reciente fallecimiento de Don José Barea Tejeiro, mi hijo Javier Pérez Bódalo me propuso dejar en negro sobre blanco mis impresiones sobre este insigne estudioso de lo público que tuve la suerte de conocer. No me considero digno de presentar a D. Jose (Málaga, 1923-Madrid, 2014), ni de intentar acometer su rica y vasta biografía. Ha pertenecido y pertenece a la aristocracia de la inteligencia, y solo me atreveré con un aspecto muy concreto de su ingente labor intelectual (Hacienda Pública, Economía y Seguridad Social -pensiones, asistencia sanitaria y servicios sociales-). Estamos ante una de las grandes mentes de la economía española del s. XX, un pensador que demostró a lo largo de toda su vida profesional un abnegado servicio a España, ayudando a todos los Gobiernos que se lo pidieron, fuese cual fuese el partido gobernante.

En el curso de las IV Jornadas Técnicas de Seguridad Social, que organizó en 2007 la Asociación Profesional del Cuerpo Superior de Técnicos de la Seguridad Social en el Hotel BALI de Benidorm (Alicante), Don José Barea Tejeiro dictó una interesante ponencia sobre LOS ASPECTOS ORGANIZATIVOS Y FINANCIEROS DE LA SEGURIDAD SOCIAL DEL FUTURO, precisamente. Como presidente que fui de dicha Asociación durante unos diez años y organizador de las cinco Jornadas Técnicas celebradas (Castellón, Madrid, La Manga del Mar Menor, Benidorm y Toledo), tuve la suerte y el honor de conocer y charlar con dicho sabio en varias ocasiones. Esa calificación como sabio es el principio del comienzo.

Empieza su ponencia –presentada como un artículo, que es de “los que hay que leer“-, aludiendo a los dos informes que, tanto el Ministro de Trabajo de UCD (Alberto Oliart) como Enrique Fuentes Quintana, le pidieron sobre la Reforma de la Seguridad Social. En ambos casos, el Gobierno no los aceptó, por “falta de capital político” –del mismo Gobierno-, según arguyeron.

No es el primer sabio español dotado con una mente superior que ha sido víctima de varias gélidas Kristallnacht (“noche de los cristales rotos”) intelectuales y morales que precedieron a otra realidad, como es el falsario Club de los Poetas Muertos (para no pocos, una película insustancial). Cuando ya no puedan hablar, ni siquiera sonreír, una vez fallecidas dichas personas, que son mentes que destacan donde sea y en lo que sea, y con muchas más razones si son mentes superiores, suele tributárseles homenajes sin cuento (algunos auspiciados por quienes los torturaron en vida, o sus descendientes ideológicos, que además no han leído ni entendido nada de sus magníficas aportaciones). Supongo que resulta evidente que es otra de las costumbres que irritan a muchos, entre los que me encuentro.

Volvamos al genio. Me impresionaron muchas circunstancias, como su bonhomía, sencillez y una extraordinaria claridad de ideas, pero me fijé particularmente en uno de los pilares o muros maestros de su extraordinario y sólido mobiliario mental. Era algo tan aparentemente ajeno como es la Contabilidad Nacional. Su profunda visión contable, conocida y dominada por el prof. Barea de una manera ciertamente inimaginable, no dejaba indiferente a nadie. Más concretamente, era tal su conocimiento pormenorizado del Plan Nacional Contable que siempre me pareció que había sido su verdadero creador. Lo conocía como un padre, mejor, una madre, a sus hijos. Así, consideraba con total naturalidad las finanzas y los principios inspiradores del Sistema español de Seguridad Social a la luz de algo tan aséptico como es la Contabilidad Nacional. Como consecuencia, recorría caminos, inexplorados por casi todos, para deducir sin ambages muchas circunstancias, postulados y contradicciones, perpetuadas todas ellas en el tiempo. No son pocos los que pretenden sin éxito lo mismo y recurren irreflexivamente a diversos atajos tramposos.

De particular interés son sus reflexiones, tras multitud de ideas brillantes contenidas en las páginas anteriores, recogidas en el último tercio de su Ponencia, donde aborda diferentes propuestas para hacer viable la Seguridad Social del futuro. Examina, en primer lugar, el paso directo desde el actual sistema de reparto al sistema de capitalización y, a continuación, el paso a un sistema mixto reparto-capitalización, gestionado el de capitalización por el sector privado. En cada caso, expone pormenorizadamente las razones por las que las anteriores propuestas, que parecen las panaceas tal como están planteadas, son a su juicio inviables. Pero a continuación aporta la solución para pasar del sistema de reparto al de capitalización sin incidir en el déficit, en la deuda y en la presión fiscal. Una razón de peso más para leerlo.

Se trata de una singladura apasionante, que ha de arrostrarse sin miedo, dispuestos, eso sí, a reconocer en secreto nuestras carencias frente a una mente tan superior e inalcanzable y también dispuestos a leerlo las veces que cada uno necesite sin necesidad de decirlo ni de reconocérselo a nadie.

En esta ponencia dejó claro a todos los que tuvimos la suerte de escucharle que el futuro de nuestro sistema de pensiones pasa por un cambio muy importante de mentalidad y de expectativas. Algo que hoy, siete años después, vemos cada vez más claro, pero nada se mueve a causa de la insoportable levedad del ser de unos, del imperturbable dolce far nientede otros y de la pesada opresión de los intervencionistas. España ha perdido a uno de sus grandes economistas. Quizás sea hora de que tomemos su ejemplo. No solo su ejemplo, sino dar a conocer su ingente obra.



José Eduardo Pérez Madrid es Doctor en Ciencias de la Información (Universidad de Navarra, 1990); Licenciado en Derecho (UCLM, 2007); Cuerpo Superior de Técnicos de Seguridad Social (1983, en activo)

Para disfrutar con LOS ASPECTOS ORGANIZATIVOS Y FINANCIEROS DE LA SEGURIDAD SOCIAL DEL FUTURO, PULSE AQUÍ (http://www.foross.org/author/barea-tejeiro/). Esta Ponencia se publicó en el número 18/19 de FORO DE LA SEGURIDAD SOCIAL (2007)

El verdadero país del Quijote

No sé si es porque llevo desde la mitad de agosto yendo semanalmente a ver a Rafael Álvarez “El Brujo” representando sus cosas: Juanito, Julieta, Rosalinda, Francisco, Jesús… y me he dejado seducir por ese torrente de la tremenda realidad histórica que es siempre el teatro, ese reflejo que el Brujo nos devuelve de nuestra propia grandeza y miseria humanas. Con un 21% de I.V.A. y sin la mitificación del cine, ahí, a pelo. Y me queda de nuevo Juanito (solamente los que hayan ido a ver La luz oscura de la fe saben de quién hablo) donde nombra las andanzas del Quijote. Porque yo soy de esas que cuando algo me gusta, me embadurno. Y son varias las representaciones de Rafael a las que he ido dos veces por puro disfrute.

No sé si es por la conversación con un amigo que está en tránsito interno, como yo. Mi amigo, decepcionado, cansado de luchar contra esos locos que tienen un tesón a prueba de bomba, y acaban aburriendo a las ovejas con sus ataques zafios, personales, irracionales, errados, populistas y muy dañinos, necesita un descanso.

No sé si será porque mi amigo Giancarlo Ibarguen admira a Alonso Quijano, el hombre y al Quijote, el mito, el ejemplo, el botón de muestra de un talante sin molde, irrepetible. Y Giancarlo pone frases, referencias en Facebook, de manera que le sigo la pista, compartimos sentimientos y añoranza de ese espíritu quijotesco, él en Guatemala y yo en Madrid. Benditas redes.

La realidad de Alonso Quijano es nuestra España

Lo cierto es que hace días no paro de darle vueltas a la idea de que tenemos lo que merecemos. Somos esa sociedad que se reía de Alonso cuando iba por tierras manchegas, por Sierra Morena, por Zaragoza y le seguía la corriente para que permaneciera en sus alucinaciones, aunque el hombre sufriera. ¡Qué crueles!

Somos los mismos que lloramos y le compadecimos cuando en su lecho de muerte desmentía el espíritu de las novelas de caballería. Somos los extras en la vida del Quijote que no le entendimos jamás y le tratamos de loco.

Los mismos que nos sentimos hoy en día tan orgullosos de ser de la tierra del Quijote, los que hemos montado una parafernalia increíble vendiendo souvenirs, ganando dinero a cuenta del mito que no leemos, excepto si es un requerimiento del programa exigido por el Acuerdo de Bolonia y así lo prescribe la ley. Es decir, lo leemos por fuerza y sin amor.

No somos Quijotes o Sanchos. Somos los demás, la figuración. Así de triste es la cosa. Por eso nos venden cualquier burra, nos cuelan cualquier opción, nos identificamos con todo tipo de modas, opiniones, si son de fuera mejor, mientras despreciamos tradiciones sin siquiera reconocerlas porque no nos han enseñado cuáles son.

Tradición no es solamente el Toro de la Vega o hacer el cocido con la receta de la abuela. Amar la tradición no es irse de turismo rural, o tener un mini huerto urbano. No es una costumbre. Es otra cosa mucho más complicada que de niño se aprende a respetar, se ama porque te hace ser quien eres y no se ignora, al revés, se mantiene con respeto. Aunque tú sigas tu vida con tus normas del siglo XXI. 

Por eso no respetamos al Quijote. Ni le entendemos. Por eso somos figurantes de nuestra sociedad. Y por eso tenemos lo que nos merecemos.

Tenemos el Podemos que nos merecemos

Me refiero a ese Podemos que abarca y pretende representar el hastío de la manera más cutre, burda y de patio de vecinos que uno imagine. Tenemos partidos sin un proyecto real que ofrecer a los ciudadanos, más allá de la siguiente votación. Tenemos un socialismo que te mira a la cara y te suelta “Si me votas bajo los impuestos” aunque en su ideario primigenio las cosas sean de diferente manera. Tenemos una derecha que quiere ser progre, unos libertarios que quieren un Estado fuerte frente al extranjero y unos defensores de la libertad de expresión que redefinen el honor, la dignidad y lo que haga falta para poder censurar al que tiene una opinión diferente y convence más que él.

Y en medio, me encuentro con gente que no para de alardear de su preparación, gente muy leída, que proclama que va a votar a Podemos y su lenguaje no verbal te cuenta que quieren seguir siendo los “enfant terrible” de la clase, que no han terminado de crecer y que votar la rebeldía pautada es para ellos muy auténtico.

Con todo lo que ya sabemos de Monedero e Iglesias (qué apellidos tan paradójicos para la opción que representan), votar a Podemos como signo de rebeldía es, recordando lo que decía Rafael Álvarez acerca de los homenajes al Quijote, como tallar una imagen de Alonso Quijano con su Sancho y su Rocinante en la cabeza de un alfiler. Una proeza. Pero de leer el Quijote nada.

De vivir en la calle a ser mil millonario

Se ha llamado “sueño americano” a la posibilidad, ofrecida potencialmente a todos, de prosperar hasta lo más alto desde lo más bajo. En nuestra sociedad se condena tanto el esfuerzo por lograrlo como la empresarialidad, como el resultado si llega. La sociedad buena, según la ideología predominante, estaría formada por una masa sin extremos, en la que nadie va a menos económicamente, ni progresa demasiado. La movilidad social, que ha sido una de las consecuencias más destacadas, y mejores, del capitalismo, está mal vista. Sin llegar a proponer una sociedad estamental, que estaría en contra del objetivo de una sociedad igualitaria, se rescata de aquélla la falta de movilidad como ideal.

Un claro ejemplo de ese “sueño americano” es John Paul DeJoria. Su historia es aleccionadora en varios sentidos. Sus padres, que eran inmigrantes (italiano y griega), se divorciaron cuando él tenía dos años. Él y su hermano tuvieron que vivir en casas de acogida durante algún tiempo. Sus orígenes no son los más prometedores. Sin embargo, su comportamiento desde niño explica en gran parte su estatus actual. En la lista de Forbes de las personas más ricas ocupa el puesto 569, con una fortuna personal de 3.100 millones de dólares. The Richest le calcula una fortuna de 4.200 millones.

Su primer trabajo lo obtuvo a los 9 años, y ha pasado por cualquier tipo de empleo que estuviera a su alcance y le pudiera dar unos dólares. Él cuenta cómo, en una ocasión, trabajando en un establecimiento, su jefe se tuvo que quedar más tiempo del habitual. Y entonces se dio cuenta de que DeJoria hacía todo lo que era necesario, incluso cuando nadie le estaba mirando. “El éxito es lo bien que haces lo que estás haciendo cuando nadie mira”, dice en una entrevista. También dice que “las personas que tienen éxito hacen todo lo que las personas que no lo tienen no quieren hacer”.

Como trabajador, como empresario, DeJoria ha seguido el principio de que debe creer en sí mismo y en el producto, o el servicio, que ofrece. “Hay que crearlo de tal manera que el cliente acuda a él otra vez, o se lo recomiende a sus amigos”, dice en otra entrevista. También dice que es importante “que te guste lo que haces, con quién lo haces, y para quién lo haces”. Y, por último, “asegúrate de que la gente conoce lo que haces, porque si no se va a quedar ahí. Haz lo que tengas que hacer. Trabaja los siete días de la semana. Ve puerta a puerta. Y presta mucha atención a tus primeros clientes”.

En dos ocasiones se ha quedado viviendo en la calle. “Me sentía muy mal conmigo mismo. Pero pensaba: ‘(esta actitud) no va a ayudar a nadie. Tengo que salir ahí fuera y hacer algo’. Y cuando sales fuera y haces algo, algo te vuelve a ti”. Es como funciona la economía libre: Das algo, y recibes algo a cambio. Y en ese intercambio se crea valor.

En 1980, John Paul DeJoria y su hijo vivían en el coche porque estaban de nuevo en la calle. Logró que le prestasen 700 dólares, y puso en macha, con ese capital y John Mitchell como socio, la compañía John Paul Mitchell Systems de productos de peluquería. Fiel a su estilo, los fue vendiendo de puerta en puerta, sin conocer el horario o la semana inglesa.

Sus palabras nos hablan de varias claves. Por un lado, el valor del trabajo. Por otro, aunque no se haga mención expresa, dentro de ese ánimo constante por mejorar está también la actitud de estar alerta ante las oportunidades de beneficio, encontrar los huecos no cubiertos de entre las cambiantes necesidades. También se ve que es una persona que quiere vivir por sí mismo. Quizás su situación personal le haya impreso a fuego en su ánimo desde pequeño que tiene que hacer lo que sea para salir adelante. Ese espíritu de independencia, en un momento en el que el Estado de Bienestar, que es un Estado de Dependencia, está desarrollado, también es clave. 

Los condicionamientos institucionales son fundamentales, y a largo plazo es lo que cuenta. Pero las actitudes personales también lo son, como demuestran casos como el de John Paul DeJoria. También es cierto que los valores de una sociedad están condicionados por esas instituciones; especialmente cuando han sido creadas desde una ideología concreta sobre el hombre y su papel en la sociedad.

“Capitalismo” no mola, “regulación” sí

Hay palabras que “molan” y otras que no. Reconozcámoslo, algunos de los términos que nos son más queridos a quienes defendemos la libertad no gozan de muy buena fama. Es más, décadas (cuando no siglos) de propaganda en contra de ellos han logrado que su simple mención genere una reacción adversa en gran número de personas. Otros términos que, por el contrario, son para nosotros algo muy negativo no lo son tanto para muchísima gente.

No hablamos en esta ocasión del diferente sentido que se puede dar a determinadas palabras, ese hablar marciano del que escribimos en otra ocasión. Ahora nos referimos a algo diferente, a la reacción psicológica que determinados términos generan en buena parte de la población y qué hacer ante ello. Hemos de evitar esas expresiones que “no molan” y buscar otras que sí lo hagan o, al menos, no sean desagradables para una buena parte de nuestros oyentes o lectores. Veamos algunos ejemplos.

“Capitalismo” es una palabra que nos gusta, tanto que incluso muchos miembros del Instituto Juan de Mariana hemos lucido la camiseta donde se proclama que es “la verdadera marca de la libertad” o desayunamos en una taza con idéntico lema. Pero, por desgracia, a muchas personas les desagrada profundamente. Se llega incluso al extremo de que hay quienes, sin rechazarla del todo, tratan de dulcificarla y defienden cosas como “un capitalismo de rostro humano” o un “capitalismo domesticado”. Sin embargo, si a muchas de esas personas se les pregunta si les parece correcto que las personas puedan comprar y vender libremente, les parece una idea perfecta. Por tanto, y sin saberlo, rechazan el término, pero no su significado.

Qué se puede hacer entonces: buscar una forma de expresarlo que no haga que nuestros lectores y oyentes levanten inmediatamente barreras psicológicas. “Libre mercado” o “libre comercio” no nos sirven. La propaganda ha sido igual de eficaz contra esos términos. ¿Qué tal entonces, por ejemplo, “intercambio libre”? Intercambiar bienes y servicios es algo que no disgusta a casi nadie y, a la postre, cualquier cosa que intercambiemos, incluyendo el dinero, las empresas o las acciones, son bienes. No se engaña a nadie, tan sólo se habla de una manera que no genere rechazo.

“Mercado” es un término peculiar. Los partidos políticos y los gobiernos, que tienen experiencia en la comunicación y la propaganda, juegan con esta palabra de una manera curiosa. Si quienes operan en sectores como el de la deuda pública se comportan de forma que el Ejecutivo considera positiva (aunque sea lo contrario, por ejemplo, comprando mucha de ella y por lo tanto endeudándonos) dirán que “el mercado nos premia”. Hablarán en singular. Es un “mercado”.

Si ocurre lo contrario, son “los mercados” (en plural) los que “nos castigan” o “no entienden las medidas que se toman”. El plural hace que el inconsciente nos conduzca a imaginar una especie de conspiración. Aunque sólo sea por esto último, quienes defendemos el mercado deberíamos referirnos siempre a él en singular. Aunque sólo sea por eso, merece la pena tratar de utilizar siempre el singular. Bueno, cabe una excepción: que se pretenda provocar con el título de un brillante y didáctico libro, como ha hecho Daniel Lacalle con Nosotros los mercados.

Veamos ahora algún ejemplo de lo contrario, palabras que encienden todas las alarmas de los liberales pero no sufren la merecida mala fama general. Es el caso, entre otros, de “intervención” y sus derivados, como “intervencionismo”. No nos engañemos, no causan una reacción psicológica negativa en casi nadie. Y el motivo es simple, los estatistas dominan la comunicación y no son neutros a la hora de elegir su léxico.

Una “intervención” puede ser positiva para arreglar lo que no está bien. Cuando los médicos operan, realizan una “intervención” y, antes de hacerlo, anuncian que “hay que intervenir”. Su acción arregla, o al menos trata de hacerlo, un mal. La Policía, cuando va a poner fin a un delito, lo que hace es “intervenir” y su “intervención” ha salvado a unos inocentes de unos criminales. Que se trata de algo de resonancias positivas se ve como algo evidente. Cuando un Gobierno decide que su ejército ataque a otro país, o a fuerzas militares o terroristas en un territorio ajeno, anuncia siempre una “intervención armada”, que genera menos rechazo que una “invasión”.

Por tanto, se ha de pensar en unos términos sustitivos que signifiquen lo mismo. Podría ser “intromisión” y “entrometerse”. A través de lo que solemos llamar intervención, lo que hacen los políticos es entrometerse en las relaciones entre terceros; unas relaciones en las que el Estado no debería tener papel alguno. Por tanto, la intervención no es en realidad más que una intromisión en asuntos ajenos.

Otro caso es el de la “regulación” y la acción de “regular”. Si nos paramos a pensar, vemos que esto remite a algo positivo. Una regulación racional del tráfico evita atascos y reduce el número de accidentes, y cuando se regula el cauce de un río se consigue evitar inundaciones o se logran regar de forma eficiente cultivos en tierras que de otra forma serían improductivas. Sin embargo, en economía y en otros aspectos de la vida privada de los ciudadanos ocurre todo lo contrario. En realidad, estamos una vez más ante una “intromisión” por la que los políticos se “entrometen” en nuestros asuntos privados.

Tanto para la “intervención” como para la “regulación” podría haber otra posibilidad: “interferencia”, puesto que lo que hacen los políticos es “interferir” en el normal funcionamiento de los ciudadanos y la sociedad civil. Y ya sabemos, por ejemplo, qué ocurre cuando hay interferencias en la señal de televisión: que no podemos ver nuestro programa favorito con normalidad.

Hasta ahora hemos dado tan sólo unos pocos ejemplos, pero sin duda alguna hay muchos más casos que tratar. Y lo que aquí se han lanzado son meras propuestas, no algo que se pretenda que sea la fórmula magistral. No se trata de, como hacen otros, de cambiar el sentido de las palabras, sino de utilizar un lenguaje que sea sincero y que al mismo tiempo no levante barreras en aquellos a los que nos dirigimos.

Como consuelo pensemos que tenemos una “marca” que goza de muy buena salud. “Liberal” sigue teniendo resonancias positivas, por eso los enemigos de la libertad buscan etiquetarnos de numerosas maneras diferentes, como “neoliberales”, “ultra liberales”, “neocon” (escuela política con la que nada tenemos que ver) o “nacional-liberales”. ¿Se necesitan más pruebas de que hay palabras que generan rechazo y otras que no? Por eso hemos de saber cuáles utilizar.

Deterioro de la Ley en España y sus consecuencias: impunidad y corrupción

Un año más, observaremos con incredulidad la inacción del Gobierno y del Parlamento de España frente al permanente chantaje de las oligarquías extractivas y destructivas durante la Díada del 11 de septiembre, como preámbulo del desafío institucional en Cataluña que pretende realizarse el 9 de noviembre para incumplir la ley básica del ordenamiento jurídico español que es la Constitución Española de 1978.

En actos financiados, directa o indirectamente, con el dinero público de todos los españoles, los políticos independentistas pondrán en escena un montaje teatral para tener impacto en la opinión pública nacional e internacional. La estructura profunda de su obra será la defensa de sus intereses particulares de corrupción y poder, mientras la estructura superficial seguirá siendo el engaño al pueblo "en nombre de Cataluña" usando mentiras y tergiversaciones entorno a la lengua, la cultura, la historia y el territorio, para lograr adhesiones incondicionales y llamar a la desobediencia civil [1] en contra de la ley vigente.

Probablemente, intentarán hacer un uso ilegal de la policía autonómica [2] [3], amedrentarán a los comerciantes [4] y provocarán altercados y disturbios [5], al igual que hacían y hacen las ideologías colectivistas (comunistas, fascistas, nacional-socialistas…) para hacerse con el control de las calles y que impere el miedo a la libertad [I] [II] [III], lo que permite imponer la violencia totalitaria sobre la población. 

Por dicho motivo, una amplia mayoría de los ciudadanos españoles desprecia a la casta política y asisten anonadados a un espectáculo de corrupción generalizada, de incumplimiento de las sentencias judiciales y de ataques reiterados a la Constitución por medio de actos administrativos, de nuevas leyes y estatutos de autonomía, y de intentos de ruptura de la unidad de España, sin que exista reacción contundente por parte del Gobierno y del Parlamento con la aplicación del artículo 155 CE.

1) Soberanía de la Ley

La sociedad civilizada se diferencia de las tribales y colectivistas porque prevalece el principio de soberanía de la Ley que permite que exista un marco institucional que proporciona seguridad (exterior, interior y jurídica) a los derechos individuales a la vida, a la libertad, a la propiedad y a la igualdad de trato ante la ley.

El principio de soberanía de la ley requiere que haya un cumplimiento estricto de la misma siempre que el marco institucional respete los derechos fundamentales, arriba mencionados. Por dicho motivo, es exigible jurídicamente a los gobernantes y a los ciudadanos que cumplan las leyes y las sentencias judiciales. Es lo que posibilita que exista un régimen político en un país con un Estado de Derecho, digno de tal nombre, y lo que permite fundamentar la dispersión pluralista del poder, la división y la separación de poderes, y la elección democrática de los representantes públicos.

Como señala Pedro Schwartz en su obra En Busca de Montesquieu (2006):

La esencia de la ‘doctrina Montesquieu’ estriba en que un solo poder no pueda tomar decisiones colectivas sin la colaboración, apoyo, refrendo o revisión de otro (…)

El principio de separación y división de poderes no sería sostenible si no se aceptara la idea de que la ley está por encima de los tres poderes, ejecutivo, legislativo y judicial: no sólo están sometidos a ley los gobiernos y administraciones que ejercen el poder político, sino también las cámaras que promulgan leyes, así como los propios tribunales que las interpretan o, en su caso, las adecuan a las circunstancias del caso (…)

Si existen normas constitucionales y, por encima de ellas, principios generales del Derecho que deben ser respetadas en nombre de la soberanía de la ley, entonces sí podemos considerar esta doctrina compatible con el funcionamiento ordinario de la democracia.

(Schwartz, 2006: 26-27).

2) Deterioro de la Ley en España

Por ello, ante los desafíos institucionales, hay que recordar como Bruno Leoni indicaba en su obra La Libertad y la Ley (2010) [1961] la importancia del derecho consuetudinario, el perjuicio que ocasiona el derecho positivo y la errónea creencia de que la ley pudiese ser todo aquello que les plazca a los políticos.

De hecho, analizando el fundamento legal del orden constitucional democrático en España, se observa un proceso de descomposición del marco institucional que sólo podía terminar en los desafíos y los intentos de ruptura por parte de los políticos nacional-separatistas. Se trata de un proceso de deterioro legislativo por la degradación de las leyes y de las instituciones que deben velar por su cumplimiento.

Junto con los nuevos estatutos de autonomía, quizás sea el deterioro normativo más importante la insólita reforma del Código Penal aprobada en el año 1995 que eliminó de un plumazo parte de la tipología de los delitos de traición, sedición y rebelión que estaban contemplados en los anteriores códigos penales vigentes en España. Dicho acto de imprudencia legislativa parece ser que fue pactado por los dos partidos mayoritarios, actuando como representantes del PSOE y del PP, el Sr. López Aguilar y el Sr. Michavila, respectivamente.

Como explicaré a continuación, el deterioro normativo del Código Penal de 1995 merecería pasar a los anales de la historia por la negligencia, el dolo o la felonía que supone para los ciudadanos españoles que ratificaron la Constitución Española y que deben contar con los instrumentos penales para defender la convivencia pacífica e integradora que se instauró el 6 de diciembre de 1978. El 12 de noviembre de 2012, asistí estupefacto a un acto en el que se leyó un discurso [6] del magistrado Adolfo Prego en el Hotel Intercontinental de Madrid, en donde razonaba como sigue:

En España hoy si un parlamento autonómico, tras la votación de sus miembros, proclama formalmente la secesión de una parte del territorio español erigiéndolo en Estado independiente, no se comete delito alguno. Repito: en la España de nuestros días eso no sería delictivo. Nadie incurriría en responsabilidades penales por perpetrar un ataque de esa naturaleza a la unidad nacional y al orden constitucional Una parte importante de la culpa de que los políticos regionales jueguen a la independencia está en el Parlamento de España que legisló el deterioro normativo del Código Penal.

Efectivamente, aún hoy sigue sin solventarse esta laguna legal que ocasionaron nuestras Señorías en la Ley Orgánica 10/1995, de 23 de noviembre, del Código Penal, lo que posibilita que se planteen los desafíos nacional-separatistas de las oligarquías extractivas y destructivas de Cataluña, País Vasco, Galicia, Canarias y de cualesquiera autoridades regiones o locales con ansias de poder absoluto sobre el territorio:

2.1. Reducción del Delito de Traición

Se rebajaron las modalidades del delito de traición que recogían los artículos 581 y siguientes en el Código Penal de 1995 por lo que, ahora mismo, ya sólo se contempla el caso de un conflicto bélico entre España y otro país. Hasta el año 1995, también existía el derecho de traición por conflictos internos provocados por sediciones separatistas. Curiosamente, ahora ya no es un delito de traición el plantear un conflicto interno de ruptura con el marco institucional del propio país en contra de la Constitución que ratificaron mayoritariamente los españoles.

2.2. Insuficiencia del Delito de Sedición

Se legisló el delito de secesión en los artículos 544 y siguientes del Código Penal de 1995 sobre la base de un alzamiento público y tumultuario, es decir, en relación con la idea de un motín que atenta contra el orden público pero no se consideró como tal una declaración de independencia proclamada por una asamblea legislativa o por un gobierno autónomo que, por supuesto, atacaría gravísimamente el orden constitucional y la unidad de España de un modo no tumultuario.

2.3. Insuficiencia del Delito de Rebelión

Se legisló el delito de rebelión en el artículo 472 del Código Penal de 1995 sobre la base de un alzamiento público y violento. Por ello, quedan fuera del delito de traición aquellos alzamientos que pudiéramos llamar pacíficos, por muy eficaces que sin embargo pudieran ser para la consecución de la independencia.

2.4. Insuficiencia del Delito de Desobediencia

Se limitó el delito de desobediencia en los artículos 410 y siguientes del Código Penal de 1995 tipificando los cometidos por funcionarios frente a sus superiores. Un particular que desobedece gravemente a un Tribunal comete un delito castigado con privación de libertad de 1 año. Sin embargo, cuando es una autoridad quien se niega abiertamente a dar debido cumplimiento a una resolución judicial la pena se reduce a una simple multa y a la inhabilitación para empleo o cargo público. Obviamente, estas fisuras normativas no se dan en otros países europeos, sólo en España. 

El Código Penal anterior, que estuvo vigente hasta el año 1995, incluía en el artículo 214 la declaración de independencia de parte del territorio nacional entre los fines de un alzamiento rebelde y sin que se exigiese requisito alguno de violencia. Por su parte, el artículo 217 prescindía incluso del alzamiento como requisito, castigando como derecho de rebelión a los que cometieran los delitos del artículo 214 "por astucia o por cualquier medio contrario a las leyes".

En definitiva, anteriormente, el Código Penal protegía adecuadamente el orden constitucional castigando el delito de rebelión con una pena de prisión de 6 años y 1 día y hasta 12 años a aquellos que: "atentaren contra la integridad de a nación española o la independencia de todo o parte del territorio bajo una sola representación de su personalidad como tal nación".

Por ello, tiene sentido afirmar que el nacional-separatismo se ha alimentado por las sucesivas concesiones de los políticos del Gobierno y del Parlamento de España que han demostrado no estar a la altura intelectual y moral que merecen los ciudadanos de la nación que les acoge, dado que nuestras Señorías han deteriorado el Código Penal mediante la rebaja de la tipología en los delitos de traición, sedición, rebelión y desobediencia que, anteriormente, permitía hacer frente con certidumbre jurídica a los desafíos institucionales que intentasen quebrantar la Constitución y el resto del ordenamiento jurídico vigente.

En todos estos años, nuestras Señorías han sido incapaces de corregir dicho deterioro normativo. Por el contrario, han seguido ayudando a los intereses secesionistas de desvertebración territorial, cuando han presionado al Tribunal Constitucional para evitar que fuesen declarados inconstitucionales los nuevos estatutos, cuando han intervenido sobre la independencia de los fiscales y jueces para que los delitos de corrupción no fuesen correctamente investigados en tiempo y forma. De hecho, ahora mismo, a pesar de tener la mayoría absoluta de los votos en el Parlamento, prefieren seguir negociando concesiones y terceras vías ante el chantaje de los separatistas.

Ya explicamos [AQUÍ] las medidas que se adoptaron en el año 1934 ante una declaración unilateral de independencia de Cataluña y la posibilidad de aplicar medidas similares en el 2014 para proteger el vigente ordenamiento jurídico constitucional. Esperemos que, en caso de precisarse, las Señorías sean capaces de aplicar hasta sus últimas consecuencias el artículo 155 CE para frenar el secesionismo.

3) Impunidad de los delitos

Durante los últimos 30 años, los políticos nacional-separatistas han contado con una patente de corso, operando con impunidad para cometer delitos, incumpliendo sentencias del Tribunal Supremo, contando con la rebaja en las modalidades penales de los delitos de traición, sedición y rebelión, además de las ventajas por la prescripción de delitos, la rebajas de penas o la imposibilidad de cumplimiento de condenas a partir de los 70 años de edad que han contribuido a que aumentasen exponencialmente los casos de corrupción. Desde el año 2012, incluso cuentan con una ley de amnistía fiscal que parece hecha ad hoc para que los delincuentes patrios puedan legalizar las fortunas conseguidas ilícitamente.

Los ciudadanos asistimos atónitos a un rocambolesco espectáculo que podría calificarse de comedia, si no fuese un asunto muy serio porque el dinero robado proviene de nuestras carteras y las leyes e instituciones deterioradas constituyen nuestro marco institucional.

Refiriéndose al libro El secuestro de la justicia de José Luis Herrera y de Isabel San Sebastián, el periodista José María Carrascal en ABC [7] nos recordaba el pasado domingo que el gobierno socialista de Felipe González presionó a los fiscales y magistrados en los años 1984 a 1986 para que no hubiese indicios de delito en el caso de Banca Catalana y para que Jordi Pujol pudiese continuar su carrera política a pesar de que el informe de la fiscalía era demoledor.

4) Corrupción generalizada

Con aquellas pajas, hemos obtenido estos mimbres. El periódico EL MUNDO [8] informaba ayer, martes 9 de septiembre, sobre el "modus operandi" que empleaba el ex presidente Jordi Pujol exigiendo, supuestamente, mordidas a los empresarios en persona y desde su despacho de la Generalitat:

El modus operandi era sistemáticamente el mismo, tal y como coinciden en afirmar bajo garantía expresa de anonimato media docena de empresarios que tuvieron que satisfacer el peaje. El President abría una pequeña libreta repleta de anotaciones numéricas y soltaba una cantinela que palabra arriba, palabra abajo no variaba demasiado: «Según mis cuentas, la cantidad que debe abonar es…». Claro que también había advertencias a los que se resistían: «Si Usted no paga, me temo que tendrá que resignarse a no hacer nunca nada más en Cataluña». El mesianismo del personaje le llevo en alguna ocasión a espetar a algún contratista que se demoraba: «Le debe usted a Cataluña».

De hecho, si fuese así, la realidad de la corrupción en Cataluña superaría con creces la ficción de la obra Ubú President de la que ya incluimos un fragmento en el comentario del desafío institucional en Cataluña y que, a la luz de la información publicada ayer por el periódico EL MUNDO [8], tendría la siguiente operativa para el pago de comisiones por empresarios para obtener las licitaciones públicas en Cataluña:

Eso sí, daban todo tipo de facilidades: «Te ponían encima de la mesa tres variantes: ‘Nos lo puede abonar en A, es decir, con factura a través de una sociedad instrumental; en B (dinero negro) que inmediatamente era evacuado a Andorra, o en una cuenta en Suiza’. Era un comportamiento mafioso pero, o cedías, o tenías que borrar Cataluña del mapa», relata otro extorsionado. La tarifa oficial era del 3%, tal y como reveló en 2005 Pascual Maragall. Este porcentaje subió al 4% tras la creación de la trama del Palau, ya con Pujol fuera del Ejecutivo. De ese 4%, el 2,5% era para CDC y el 1,5%, para sus dirigentes, según figura en el borrador de la UDEF que publicó EL MUNDO en noviembre de 2012.

LEER MÁS

Draguinomics: adding fuel to the fire

Pese a que los verdaderos cambios los realizó en Junio, Mario Dragui volvió a sorprender este jueves pasado con una bajada de tipos histórica del 0,05% y su intención de compra de activos y deuda.

Pese al apoyo incondicional de la inmensa mayoría de la prensa, políticos y economistas mainstream de cabecera, estas medidas no conseguirán los objetivos que se proponen sino que echarán todavía más leña al fuego. Veamos los motivos.

Fomenta el hiperendeudamiento y malas inversiones

Debía haber quedado claro que actualmente estamos sufriendo una crisis de deuda. Todos los agentes de la economía están endeudados en exceso. Sin ir más lejos, la deuda estatal ya está en máximos históricos por encima del 100% del PIB, algo para alarmarse ya que significa que la productividad marginal de la deuda cae por debajo de 1 (punto de no retorno ya que la deuda se incrementa más que la producción de bienes y servicios).

Años después del estallido de la crisis, todavía estamos en la etapa de purgar proyectos erróneos y malas inversiones fruto de los bajos tipos de interés otorgados por las autoridades monetarias. Proyectos con un ratio de retorno bajísimo que se han mostrado inviables una vez detonada la crisis. Para superar la recesión es imprescindible que estos recursos mal invertidos se reasignen y que los agentes económicos se desapalanquen.

Por este motivo, lo lógico sería que los bancos centrales dejasen de aplicar políticas monetarias hiperexpansivas con el objetivo de reanimar la economía, ya que el acceso a liquidez prácticamente gratuito fomentará nuevas malas inversiones e impedirá que se liquiden las del pasado, además de dificultar enormemente el desapalancamiento de los agentes económicos.

La solución que propone el BCE es ¡solucionar un problema de deuda con más deuda! Algo tan singular como intentar apagar un fuego echando más leña o encendiendo un lanzallamas. Más bien al contrario, el camino no debe ser el hiperendeudamiento, sino eliminar el sobreapalancamiento de la economía mediante la amortización de deuda

La liquidez no llegará a la “economía real”

Uno de los objetivos de las medidas del BCE es reactivar el crédito bancario para que llegue a familias y empresas, fomentando de esta manera la inversión y el consumo. Algo que no ha ocurrido en el pasado y no va a pasar ahora por mucho que los policy-makers penalicen a los bancos (-0,2%) por mantener el exceso de liquidez en el BCE.

Repito, algo que no pasará por varios motivos:

1) El Estado absorbe todo el crédito del sistema. Un efecto crowding out en toda regla que desplaza al sector privado y que surge como consecuencia de la imposibilidad del gobierno de cuadrar sus cuentas y caer sistemáticamente en déficit. Como los Estatutos prohíben adquirir deuda soberana directamente al BCE, asistiremos a otro carry trade en toda regla sin ninguna duda. De esta manera veremos como los Estados podrán seguir gastando todavía más (ahora el gasto público español está en torno a un 45% del PIB) y también comprobaremos como la deuda soberana estará en mínimos de hace unos cuantos años.

2) Familias y empresas no tienen capacidad de endeudarse más. El propio BCE reconoce que la demanda es débil. Por mucho que se ofrezca crédito barato no se podrá conceder. De hecho, los tipos estaban ya bajísimos al 0,15%. Es dudoso que al 0,05% se desate una desaforada demanda de crédito.

3) La demanda de crédito no es solvente. Las familias y empresas que sí demandan están sobreendeudadas y/o no presentan planes de negocios viables y sostenibles por lo que el crédito no se les concede por el riesgo inherente que conlleva.

4) Los bancos necesitan fondos para reestructurarse financieramente, financiarse de manera barata y cumplir los diversos requisitos de core capital de Basilea III. Por tanto, se trata de reducir las actividades que consumen más capital (préstamos a pymes tienen una ponderación del 100%) y sustituirlas por actividades menos costosas en términos de ROE (invertir en el bund alemán no consume capital).

Por tanto, los grandes beneficiados no serán las familias y empresas, sino gobiernos y bancos.

¡El problema es de solvencia!

El punto de partida erróneo es pensar que el problema que se les presenta a los bancos es de liquidez. No, es un problema de solvencia. Dicho de otra manera, no es que no puedan conseguir financiación para mejorar su flujo de caja, sino que el valor de sus deudas está muy por encima al valor de sus activos.

En su momento, las entidades de crédito se aprovecharon de los bajos tipos de interés para adquirir deuda a corto plazo para invertir a largo (hipotecas). Ahora los bancos son insolventes porque no pueden hacer frente a sus deudas, y eso no se soluciona con liquidez, sino liquidando malas inversiones. Bajar los tipos de interés no es la solución a un problema de insolvencia, ya que un banco quebrado no va a prestar el dinero que reciba, sino intentar saldar sus deudas.

Conclusión

Aceptemos la realidad: los planes de estímulos y bajadas de tipos de interés van a ser medidas ineficientes por los motivos que hemos expuesto. La prosperidad que vivimos en el pasado fue artificial, basada en deuda y dinero artificial y no en ahorro real. Ahora toca ahorrar para pagar la deuda, no seguir endeudándonos. Toca purgar las malas inversiones y recolocar capital, recursos y trabajo en otras líneas productivas demandadas. Y todo ello requiere tiempo, notables reformas estructurales y disminución de la intervención y obstáculos políticos.

Y es que no se puede intentar salir de una burbuja creando otra (y manteniendo las pasadas). Que se lo digan a Japón que decrece a un -7% y lleva varias décadas en recesión. Esperemos que nuestro rumbo sea distinto.

La psicología moral y el liberalismo

Tradicionalmente los filósofos han pensado y discutido sobre ética o filosofía moral: desde diferentes escuelas (utilitarismo, consecuencialismo, deontología, ética de las virtudes, contractualismo, comunitarismo, liberalismo, iusnaturalismo, objetivismo) han argumentando, justificado o legitimado los valores, lo correcto, lo bueno, lo justo, las prohibiciones, los deberes y los derechos.

En contraste con la filosofía moral, la moderna ciencia de la psicología moral describe y explica cómo los seres humanos piensan y sienten el ámbito de la moralidad y por qué lo hacen así. Esta ciencia emplea diversas herramientas como la exploración de la actividad cerebral (neurociencia) durante determinadas tareas cognitivas con contenido moral, los experimentos de interacción estratégica entre individuos (juegos cooperativos o competitivos), o la observación de reacciones y su argumentación ante casos problemáticos, dilemas o paradojas morales.

La psicología moral estudia las semejanzas y diferencias entre sujetos según edad (bebés, niños, adolescentes, adultos, mostrando el desarrollo durante la vida del individuo), sexo, cultura, orientación política (conservadores, progresistas, liberales), religión (creyentes de distintas fes, ateos); son especialmente interesantes las disfuncionalidades o anormalidades cerebrales (por accidentes, patologías o intervenciones quirúrgicas) y las enfermedades mentales. También se estudian los orígenes de la moralidad en otros animales sociales, concretamente en ciertos primates (chimpancés, bonobos, gorilas).

La moralidad tiene componentes genéticos y culturales, naturaleza y entorno: instintos naturales heredados e influencias sociales adquiridas. La mente no es una hoja en blanco infinitamente moldeable sino que tiene predisposiciones innatas, algunas de ellas muy fuertes y difíciles de modificar o reprimir.

La moralidad es fundamentalmente emocional: se trata de sensaciones, emociones o sentimientos morales. La razón casi nunca es la fuente de las valoraciones éticas: los humanos primero tienen intuiciones morales (reacciones automáticas resultado de la actividad inconsciente del cerebro), y posteriormente argumentan y racionalizan para intentar defender su postura; el pensamiento desapasionado, imparcial o desinteresado es raro, y abundan los sesgos, los errores sistemáticos, el engaño (incluido especialmente el autoengaño) y la hipocresía. La argumentación ética es a menudo una cuestión de imagen, de reputación, de relaciones públicas, de estatus intelectual y social, de justificación propia y de manipulación de la conducta ajena.

La moralidad es una adaptación evolutiva que sirve para unir y coordinar a los miembros de un grupo cooperativo y para diferenciarlos y separarlos de individuos de otros grupos contra los cuales pueden competir (selección de grupo en evolución multinivel): no se daña y se ayuda a los miembros de la comunidad (familia, tribu, clan, nación); se ignora, se discrimina o se lucha contra individuos de otros grupos.

La moralidad opera en varios ejes o parámetros fundamentales que se calibran o modulan de forma diferente en los distintos individuos: daño/cuidado (no hacer daño; preocuparse por otros y ayudarlos, compartir, colaborar, fomentar el altruismo y reprimir el egoísmo); justicia (como igualdad o equidad en sus diversas alternativas, o como mérito por esfuerzo o resultados); lealtad (compromiso con el grupo, no traicionarlo, distinguir a nosotros de los otros, a los de dentro de los de fuera); autoridad (respeto y obediencia a los jefes y superiores responsables de la coordinación del grupo); pureza (lo sagrado, lo divino, los símbolos del grupo, lo impuro o tabú, el asco y la indignación); libertad/coacción.

La psicología evolucionista enseña que los humanos tienen mentes adaptadas a los entornos primitivos en los cuales se desarrollaron: grupos relativamente pequeños, cerrados, simples, estáticos, pobres. Algunas de estas adaptaciones pueden ser disfuncionales en entornos modernos: sociedades extensas, abiertas, complejas, dinámicas y ricas. El tribalismo moral y la oposición a los intercambios impersonales en los mercados pueden dificultar el progreso económico y la armonía social.

El liberalismo es una filosofía moral y política que se basa en la libertad como no violencia, agresión o coacción. No obliga a ayudar a nadie; es individualista y universalista, no distingue entre grupos ni exige lealtad ni obediencia a ninguna autoridad; no se ocupa de temas relacionados con la pureza o la divinidad. Por eso resulta extraño e incluso inaceptable para la mayoría de las personas con fuertes instintos tribales, que creen que ayudar es un deber ineludible, o que sienten fuerte asco o indignación ante violaciones de ciertas normas relacionadas con temas sagrados. Independientemente de si los liberales son buenos o malos vendedores de sus ideas, estas son muy difíciles de popularizar.

Referencias:

Jonathan Haidt, The Righteous Mind: Why Good People Are Divided by Politics and Religion

Joshua Greene, Moral Tribes: Emotion, Reason, and the Gap Between Us and Them

Paul Bloom, Just Babies: The Origins of Good and Evil

Michael Shermer, The Science of Good and Evil: Why People Cheat, Gossip, Care, Share, and Follow the Golden Rule

Matt Ridley, The Origins of Virtue: Human Instincts and the Evolution of Cooperation

Patricia Churchland, Braintrust: What Neuroscience Tells Us about Morality

Michael Gazzaniga, The Ethical Brain: The Science of Our Moral Dilemmas

Marc Hauser, Moral Minds: How Nature Designed Our Universal Sense of Right and Wrong

Robert Wright, The Moral Animal: Why We Are, the Way We Are: The New Science of Evolutionary Psychology

Frans de Waal, Primates and Philosophers: How Morality Evolved

Richard Joyce, The Evolution of Morality

Adam Smith, The Theory of Moral Sentiments

Podemos y el centro de gravedad político

Al parecer, la fuerza del nuevo grupo político Podemos crece y crece frente a la mirada medio expectante, medio aterrada de las formaciones tradicionales de nuestro panorama político. Una de sus características más llamativas, el sistema organizativo asambleario, suele apuntarse como un fallo garrafal, de bulto. Sin embargo, un hervor neuronal más puede ayudarnos a enfocar los beneficios de las asambleas.

¿Quién maneja nuestra barca?

El problema de las asambleas no es de los asamblearios sino del líder que tiene que moderarlas. Y más en un país como el nuestro donde a cada uno le gusta el café de una manera: corto de café con la leche fría, americano con sacarina, doble con dos bolsitas de azúcar. Se diría que hay un café por ciudadano. De la misma forma, parece que cada español es árbitro, juez, economista, teólogo y lo que sea menester, eso sí, en el bar y con los amigos. Así que, reunidos en asamblea y preguntados por soluciones, alternativas, propuestas, los españoles funcionamos muy bien.  El que tenga que aunar mentes y actos que se prepare, que para eso es líder.

Y la gente se queda tan relajada pensando que opina, hace, participa, que maneja de alguna manera su propia barca, que no es un títere movido por los hilos que convienen a otros. Yo estuve en una asamblea de economía del 15M y propuse que se abolieran los bancos centrales. A la gente le encantó la idea. También les encantaron las tres siguientes: nacionalización de la banca, nacionalización de las empresas de energía y establecimiento de un salario máximo para las empresas privadas. No volví. Con la ilusión que me hizo explicar mis razones con el megáfono en la mano, me sentí tan decepcionada al comprobar que los que escuchaban no tenían criterio y aplaudían casi todo, que me planteé por qué alguien con dos dedos de frente puede defender el sistema asambleario.

La primera razón, obviamente es que la gente afianza su sensación de pertenencia y de control. Es verdad que cuando llegue el momento y las asambleas eleven sus propuestas a las asambleas de mayor grado y estatus y siga el proceso ascendente, la propuesta de la señora del tercero poco va a contar. Pero mientras tanto, la señora del tercero ha aportado algo y siente que ella es sociedad civil.

Pero hay más razones. Y creo que la principal es la exculpatoria. Es la mejor solución para los presuntos líderes del cambio. Les permite proponer cualquier cosa y no ser responsables de nada.

El efecto “Fuenteovejuna” en la política

Cuando todos deciden, el líder queda exento de responsabilidad alguna: la gente lo ha querido así. Excusas como “lo hemos decidido en asamblea” es lo mismo que decir que no hay responsables. En efecto, la señora del tercero, los que hablamos en el megáfono, los que levantaron su mano, todos seríamos los responsables de cualquier decisión por brutal que ésta sea. Si votamos todos, todos asumimos firmamos y sancionamos. Y eso le da espacio al líder para ir en dos direcciones opuestas.

Podemos proponer cualquier imposible, el famoso “unicornios para todos”, porque nos respalda un sistema estructurado en “círculos” donde cabe todo, sobre todo porque es gratis, y donde haya tres o más reunidos para pedir, allá está Pablo Iglesias. ¿Para pedir qué? No importa, que venga a nosotros el Islam o la renta universal. Eso sí, como la dirección (los de arriba, los que piensan, los que salen en la tele, se sientan en los escaños y cobran) ha mandado por correo electrónico las bases ideológicas del partido, se supone que todos las respetamos. Y por eso cada día es un festival de titulares extravagantes con el tándem Iglesias-Monedero diciendo barbaridades, generando noticia, ocupando gratis espacio publicitario, creando opinión y transmitiendo viralmente su mensaje.

También Podemos bajarnos del proyecto, desdecirnos, arrugarnos sin dolor, sin precio, sin responsabilidad. Porque siempre hay una asamblea que vota a quien echar la culpa. Y claro, si la gente que se reúne propone esto, yo que soy líder pero no impongo mi criterio, porque no soy casta, no manipulo ni entro en los entresijos del poder, pues estoy fuera, ha sido Fuenteovejuna, señores. Cae el telón, y Pablo y Juan Carlos se van de rositas después de haber chafardeado, mentido, prometido imposibles y de haber manipulado sin sonrojo el malestar natural de unos españoles empobrecidos y muy cansados del zoo político en el que vivimos.

De esta forma magistral, Podemos logra cambiar el centro de gravedad de la política, la responsabilidad, desde los propios políticos hasta los ciudadanos asamblearios. Y Pablo Iglesias y los elegidos, que no son casta, se lavan las manos. Esperemos que en la balanza de la ciudadanía pese más la sensatez frente al populismo. Y según lo escribo me da la risa floja…

La sociedad que no quiere luchar

A riesgo de que me acusen de ser un hipócrita, voy a utilizar un informe del Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE) para este comentario. Por fortuna no va a ser el, por otro lado interesante, Cambio climático y conflictos, sino el estudio realizado junto con el CIS sobre la percepción de la sociedad española sobre la Defensa Nacional y FAS.

La mayoría de periódicos se han hecho eco del informe y se han centrado en la poca disposición de la sociedad española a defender el país en caso de ser éste atacado.

La verdad es que hay partes bastantes más interesantes, y que su vez ayudan a entender esa poca motivación para defender España.

Lo primero que indica la encuesta es que las personas se están alejando bastante de la solidaridad que, según los medios de comunicación, nos inunda a todos desde que vivimos en un "Estado de Bienestar". Me explico: menos de la mitad de los encuestados declaran que estarían dispuestos a arriesgar la vida por alguien, o algo, ajeno a su familia.

Parece que en los medios de comunicación se ha mezclado esta respuesta con la reticencia de la sociedad a defender al país, pero en realidad no tiene que ver una cosa con la otra. No arriesgar la vida por nada que no sea tu familia incluye no arriesgarla por alguien que corra grave peligro en cualquier circunstancia de tu vida. O sea que en la sociedad comprometida y solidaria del siglo XXI la mitad de las personas declara implícitamente que no arriesgaría la vida intentando sacar, por ejemplo, a un niño de un coche en llamas si se ven en esa tesitura.

Claro está que si la pregunta se les formula así el porcentaje de personas que contestaría lo mismo bajaría considerablemente. Y es bastante posible que en muchos de esos casos, al verse en situaciones reales, sí arriesgarían su vida, pero, precisamente por ser decisiones que se suelen tomar instintivamente, es razonable pensar que, con un porcentaje tan alto de españoles que se muestra reticente a arriesgar su vida, el número de personas que no serían auxiliadas a no ser que lleguen equipos de emergencia puede ser muy alto.

Lo segundo que se vislumbra con la encuesta es que la sociedad pone la salvaguarda de su propia vida por encima de prácticamente todo. En el caso anterior se ve que solo la mitad de la población está dispuesta a arriesgar su vida por alguna razón ajena a su familia. Pues bien, de este 50% la gran mayoría solo arriesgaría la vida por salvar la de otra persona. Aunque es verdad que dos terceras partes afirman que también lo harían por la libertad o la paz, luego no estarían dispuestos a arriesgarla por sus ideas políticas o por su religión, así que parece difícil pensar que de verdad entiendan cómo se consigue la libertad o la paz.

Lo tercero que muestra la encuesta es que la mayor parte de la población no estaría dispuesta a defender el país voluntariamente si es atacado o tendría una disposición negativa a hacerlo. El hecho de tener una disposición negativa o tener reservas a aceptar no me parece muy significativo, ya que un escenario abstracto de ataque al país no es muy lógico y no permite posicionarse. Lo que ya es más importante es que casi el 40% se declara rotundamente en contra de participar voluntariamente en esta defensa sin saber ni siquiera de qué peligro hay que defenderse.

Por último, de la encuesta parece desprenderse una nula implicación en la Unión Europea, al ser solo un 11% de los encuestados los que creen que estaría justificada una acción militar ante la invasión de territorio Europeo, contra las dos terceras partes que sí lo creen cuando el territorio es nacional.

Aunque las preguntas de la encuestas son demasiado abstractas para llegar a conclusiones definitivas, sí parece claro que una buena parte de la sociedad española está lo bastante desencantada de sí misma como para no mostrar mucho interés en defender su modo de vida. Es bastante significativo de ello: que mientras el Estado nos obliga a dar más del 50% de nuestros ingresos por "el bien común" la mitad de la población se declara en contra de arriesgar su vida por nada que no sea la supervivencia de su familia.

Que se ponga límites muy estrictos a los gobiernos a la hora de emprender acciones militares, o que se deje claro que no existe una anexión de los ciudadanos a defender el país ante cualquier circunstancia puede ser motivo de alegría, ya que podría indicar una sociedad madura y responsable, pero no hay que cerrar los ojos a que este pacifismo parece nacer más bien de la firme convicción a no involucrarse en nada que conlleve un riesgo personal, y ese es el mejor caldo de cultivo para que se vaya reduciendo la libertad de las personas.

Hay una diferencia inmensa entre ser pacífico y ser sumiso. Entre querer la paz y no estar dispuesto a luchar por nada. Por desgracia el IEEE no creo que vaya a dar con la forma de que la sociedad vuelva a comprender algo tan básico. Los institutos públicos son útiles para publicar estudios y encuestas, pero que la defensa de un país dependa solo del ministerio del que depende nos termina llevando a peligros mucho mayores de los que creen defendernos.

Los modelos turísticos y el turista modelo

Los planificadores de la economía me recuerdan mucho a los creacionistas, que pese a las pruebas en su contra, siguen sabiendo que el mundo, el universo y todo lo que él contiene fue creado en seis días según un plan divino al que sólo ellos tienen acceso a través de cierta verdad revelada. Los planificadores económicos, lejos de ser ese dios todopoderoso, pretenden parecérsele a través de complejos planes (llenos de agujeros y errores, todo hay que decirlo) donde predicen las necesidades y deseos de cientos, miles, decenas de miles, centenares de miles, millones de personas a lo largo de un periodo más o menos largo, y determinan cómo van a satisfacerlas. Además, ejercen de profetas de sí mismos y nos los venden o imponen como si no aceptarlos fuera un acto contrario a la Verdad, y por tanto, pecado.

El resultado suele ser bastante caótico y poco satisfactorio. Dos ejemplos de ello son la polémica que ha generado este año el alquiler de apartamentos en la costa, en especial en zonas como La Barceloneta, y los actos irresponsables y gamberros de los turistas en la zona mallorquina de Magaluf, noticias con las que los medios de comunicación han hecho su agosto. Todo ello nos ha llevado a un debate más mediático que público -que creo cesará en septiembre- sobre qué modelo turístico queremos y qué tipo de turista estamos atrayendo a estas alturas del siglo XXI.

Desde que en los años 60 del siglo pasado las autoridades franquistas se dieran cuenta de que en España se podía vender sol y playa y que, relajando ciertas normas sociales y morales, se podía ingresar dinero en las arcas públicas, a la vez que las privadas verían incrementadas sus rentas y ponían en valor ciertas propiedades, España ha pasado de ser un país ligado al sector primario a ser un país puntero en el sector servicios. Todos los años nos visitan millones de turistas, no sólo buscando sol y playa, sino turismo rural, cultural, empresarial y otros muchos que, a lo largo de estos años, se han ido generando casi sin querer, sin que haya surgido de la mente de algún brillante político, sino de las acciones de muchas personas, de la empresarialidad, algunas veces de ideas brillantes y otras, las más, del trabajo constante y del riesgo asumido de miles de personas.

Es más fácil quejarse y juzgar que ver y analizar, y si algo no gusta, cambiarlo. El ciudadano medio hispano, y entre ellos se encuentra también el empresario medio hispano, es más dado a que otros, las administraciones públicas, cambien las cosas con sus regulaciones y sus imposiciones que a coger el toro por los cuernos. Bien es cierto que en este sistema político hispano es más fácil lo primero que lo segundo y parece que estamos guiados a la ley del mínimo esfuerzo, pero este mínimo esfuerzo nos está dañando a largo plazo. Quizá hay que ver las acciones desde el punto de vista de los incentivos, no desde el punto de vista de lo que nos gustaría que pasara, desde lo que puede atraer lo que proponemos, y si no somos capaces de predecirlo, al menos tener la libertad de poder cambiar nuestras acciones sin que las administraciones públicas nos lo dificulten.

Si un hotel de lujo quiere atraer a aquellos turistas con los más altos poderes adquisitivos, contratará a un gran chef antes que cobrar las copas de Chivas a un euro. Con esto último conseguirá, en cambio, atraer a los que quieren beber por poco precio maximizando, si ha lugar, que no tiene por qué haberlo, la relación calidad-precio. El resultado es que las iniciativas que podían atraer a estos millonarios entran en colisión con tanto jovenzuelo con poco dinero y con muchas ganas de juerga, y es posible que en poco tiempo el hotel se vea inundado de este nuevo tipo de cliente para horror de las familias que sufren sus excesos. No digo que este nuevo tipo de cliente no sea rentable, sino que no hay una consonancia entre lo previsto y lo obtenido. El hotel perderá con el tiempo su condición de lujo, afectará a otras infraestructuras que hay alrededor y, de alguna manera, bajará el caché de la zona.

Durante los años previos a la burbuja inmobiliaria, las regulaciones locales y regionales favorecieron una construcción indiscriminada y muy planificada, en contra de lo que piensan los socialistas de todos los partidos. Los ayuntamientos incrementaron sus gastos y su nivel de corrupción, tanto la “legal” como la “ilegal”. Obtener permisos era fácil, los empresarios se lanzaban al vacío sin pensárselo dos veces, seguros de que tenían el riesgo cubierto por unas entidades públicas con demasiadas necesidades fiscales; los privados, favorecidos por los bajos tipos de interés y un sistema bancario, sobre todo el de cajas, que daba crédito casi por vicio, se endeudaron con la compra de casas que veían alquiladas, por los siglos de los siglos, una especie de renta perpetua.

Las localidades crecían, los paseos marítimos se urbanizaban, las casas rurales se multiplicaban y hasta los parques empresariales competían con los hongos en prolificidad. De aquellos polvos, esos lodos, estos pantanos. Es posible que durante un tiempo el turismo familiar, el turista de calidad que se dice en el argot del sector, fuera el dominante frente al turista que persigue el alcohol barato, la noche fácil y un catre para descansar. Digo que es posible, pero lo dudo. Poco a poco, el tiempo hizo que se crearan guetos, zonas donde dominaba uno de los dos. Los primeros encontraron zonas más tranquilas, con entretenimientos a su medida, mientras que los segundos, mucha marcha. Vecinos y empresarios de unas y otras se adaptaron a sus hábitos y necesidades. O se fueron.

Luego vino la crisis. La oferta, de pronto, era desmedida a los precios que se habían estado pagando, así que tuvieron que bajarse. El número de turistas descendió, estaban menos tiempo y pagaban menos por lo mismo de antes. Esta circunstancia ha favorecido el turismo del exceso. Los que habían invertido en inmuebles, en casas en la playa o en apartamentos en zonas turísticas querían seguir sacando rendimiento a su inversión, así que, si descuidaban en algo su mantenimiento por los precios más bajos, qué mejor que alquilarlo a los que dicho mantenimiento no les parecía tan prioritario. 

Siempre ha habido este tipo de cliente y siempre se ha tendido a agrupar, entre otras cosas, porque juntos se lo pasan mejor que cada uno por su lado. Ése es el problema de La Barceloneta: no que no haya suficiente regulación, sino que la que hay ha incentivado y propiciado lo que ahora tienen. Todas las zonas turísticas tienen o han tenido problemas similares, porque las regulaciones los favorecen. Todo esto me recuerda mucho a cuando en los 80 y los 90 la sierra madrileña fue invadida por los garitos que nacieron a la sombra de la Movida madrileña. Hoy por hoy, esta sierra no es ni la sombra de lo que fue.

Lo que no entiendo es en qué va a mejorar la situación una mayor regulación. Que algo sea legal, ilegal o alegal no lo hace mejor, sino más o menos controlado. Si se cierran los apartamentos de La Barceloneta que no están registrados por la Administración y que no pagan impuestos (quizá la clave), sus usuarios buscarán otros igual de baratos en otra parte de la ciudad y volverán a los garitos en los que se divierten, por lo que los excesos no terminarán. El asunto es una cuestión de incentivos, no de deseos. Y si se cierran los garitos, buscarán otros lo más cerca posible. Como la prostitución, el problema -si es que es un problema- se traslada.

En cuanto a Magaluf, no sé si estamos ante un fenómeno más mediático que real. No se me malinterprete, es muy real, pero estos excesos siempre han estado a la orden del día en todas las zonas de la costa española. Desde la Costa Brava al litoral onubense ha habido zonas, incluso sitios concretos dentro de zonas tranquilas, donde los que buscaban podían encontrar drogas y ligoteo fácil, e incluso prostitución. Las zonas de marcha no son nuevas y las tenemos desde los años 70 con mayores o menores excesos. Y los comportamientos están ligados a los valores y la ética de los protagonistas, a los incentivos que encuentran, y no a un modelo consumista y capitalista.

Me explico. Si yo, en mis valores y mi ética, soy consciente de que mi alegría y la forma de expresarla puede molestar a terceros, podré parar, buscar otra manera de hacerlo o cambiar de sitio. Si no me importan los demás, entonces no encontraré ningún impedimento para gritar, organizar un escándalo público o vivir, como dice la canción, la vida loca. Si a ello añadimos el efecto manada, es decir, si veo que los demás hacen algo que a priori me cuesta, pero que me gusta, entonces me desinhibiré; y así tendremos Magaluf y sus equivalentes. Pero ojo, que tan consumista es el que paga por sexo y alcohol que el que paga por una cena familiar junto a sus hijos, amigos y familiares. Los objetivos son distintos y los servicios también.

De los excesos públicos de esas épocas anteriores a las crisis se derivan las situaciones actuales. Supongo que antes de los líos de este año, cuando los vecinos veían cómo su pueblo se llenaba de turistas, las quejas eran escasas y la polémica inexistente, y seguramente muchos se frotaban las manos pensando como la lechera del cuento. Más que en modelos turísticos y turistas modelo, deberíamos fijarnos en qué atraemos y qué nos gustaría atraer, y si no es lo que nos gusta, cambiar y pedir a las administraciones públicas que no se entrometan en nuestros asuntos, que ningún planificador nos diga qué hay que hacer.