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Willy Toledo, la revolución armada y la transparencia de Podemos

Se ha hecho viral un pequeño vídeo de una reciente intervención del actor y activista político Willy Toledo en un acto del partido político Podemos. En dicho acto, Willy Toledo explica con bastante transparencia por qué ha decidido, después de años sin respaldar a ninguna formación política, dar su apoyo al partido liderado por Pablo Iglesias. Puesto que sus explicaciones difícilmente pueden dejar a nadie indiferente, nada mejor que leer una transcripción de las partes más jugosas de su intervención:

Tenemos la opción de la revolución armada, cosa que creo no estamos en absoluto organizados y preparados para ello. Y, además, cada día tiene menos salida esta opción porque ya los instrumentos de represión y los policías, los guardias civiles, los mossos d’esquadra, las ertzaintzas, el ejército español de la ‘una, grande e indivisible’ tienen la capacidad suficiente para acabar con nosotros en cinco minutos. […] Tenemos la otra opción, que es asaltar las instituciones. […] La única opción que yo creo es posible a día de hoy es presentarse a unas elecciones. […] Esto no es ninguna crisis, es una estafa perfectamente planificada para someter al pueblo de Europa bajo un yugo y una flecha y tenernos absolutamente esclavizados.

Es de agradecer la transparencia de Podemos en general y de Willy Toledo en particular a la hora de explicar cómo piensan y cuál es su estrategia. Lo preocupante evidentemente es precisamente comprobar que rechazan la revolución armada no por oponerse a la violencia sino por simple estrategia militar. Toledo explica que el presentarse a unas elecciones es la opción elegida básicamente por descarte de otras, en particular la de la revolución armada. Creo que nunca había escuchado en democracia a integrantes de una formación política hablar abiertamente de esa estrategia como una opción legítima. No es de extrañar que Willy Toledo se haya exiliado en Cuba, país donde triunfó una revolución armada y en donde se instauró una dictadura comunista que hoy sigue privando a todos sus ciudadanos -exceptuando a la casta cubana- de libertades básicas como las de opinión, asociación y cooperación voluntaria, todas ellas garantizadas en los países más capitalistas que Willy Toledo tanto critica.

 

No es la primera vez que se agradece la transparencia ideológica de Podemos. Tanto su programa electoral, como multitud de vídeos de su líder, Pablo Iglesias, alabando la figura de Hugo Chávez son pruebas inequívocas de las intenciones de Podemos si llegara a alcanzar el poder: cambiar el sistema de organización político actual por un régimen liberticida en donde ellos eliminen a la casta actual e instauren una casta mucho más represiva y numerosa. De la lectura de su programa electoral se deduce que el control estatal de la economía sería tal que haría falta un ejército de burócratas con un poder inmenso para llevarlo a cabo. Creer que en un país tan estatalizado la corrupción sería menor que en la actualidad es cuando menos de ilusos.

Debemos utilizar esta transparencia ideológica de Podemos como nuestra mejor arma para combatir a esta formación y evitar que lleguen al poder. De lograr acaparar el poder, tan sólo tendríamos tres opciones: huir por tierra, mar o aire de España. De analizar el daño que su programa electoral provocaría en nuestro país en caso de implantarse ya escribió aquí nuestro director, Juan Ramón Rallo. El cambio de sistema que propone Podemos ya se ha aplicado con bastante “éxito” en países como Venezuela. Por más que los dirigentes de Podemos quieran tergiversar la realidad sobre Venezuela, las dramáticas tasas de homicidio, el altísimo nivel de corrupción, la hiperinflación, la escasez de productos de primera necesidad y la represión contra los que no apoyan al régimen de Maduro son pruebas inequívocas de lo que la implantación del socialismo puro genera en un país. El común denominador de Podemos, Willy Toledo y el régimen de Venezuela o de Cuba es su odio más visceral al capitalismo. No es de extañar, por tanto, que cuanto mayor es la inquina de un grupo de personas contra el capitalismo, mayor suele ser la virulencia con la que la libertad individual de los ciudadanos acaba siendo pisoteada.

El bálsamo de Fierabrás del PP

Cuando el emperador Balán y su hijo Fierabrás conquistaron Roma, robaron dos barriles con el líquido en el que se había embalsamado el cuerpo de Jesucristo. El mismísimo don Quijote de La Mancha le contaba al fiel Sancho cuáles eran los ingredientes del bálsamo y comprobaba en sus enjutas carnes los beneficiosos efectos del mejunje. A partir de esa leyenda, el término "bálsamo de Fierabrás" se aplica a aquella solución milagrosa que todo lo cura. Los partidos políticos son expertos en inventarse cada uno el suyo. Podemos tiene el reparto. El PP sacar pecho cuando tiene miedo. En un caso y en otro, no cuela. Pero mientras que Podemos responde a una situación angustiosa y la gente ve lo que quiere ver por pura desesperación en los planes irrealizables del partido de Pablo Iglesias, la "sacada de pecho" del Partido Popular resulta patética y delatora, como quien sin disimulo, se pinta con rotulador marrón la incipiente calva en la coronilla.

Los salvapatrias: el Fierabrás español

Si algo nos gusta en este país es un líder carismático. Que atraiga. Que seduzca. Aunque no diga nada sensato, aunque sus palabras sean más falsas que una moneda de tres euros… pero que le oigas y te enganche. Nos encanta. En realidad, esos salvapatrias se llaman cantamañanas, y hemos tenido varios. Todo empezó con Suárez y su aspecto de galán de mirada intensa. A mi abuela le encantaba Felipe González porque era atractivo: "Lo que dice me da lo mismo. ¿Dice algo?". Aznar era el líder sin carisma y empezó a desbarrar cuando alguien le susurró al oído "Nene, tú vales mucho" y se lo creyó. En vez de seguir su estilo de tecnócrata eficiente, empezó a creerse una figura y perdió su estilo.

Nuestro último salvapatrias es Pablo Iglesias.  Es un poco el antihéroe, como esa hornada de actores bajitos y feos que sucedió a la generación de Paul Newman y Robert Redford. Coleta, camisa violeta o de cuadros, pantalones vaqueros, cuidado aspecto de anti-sistema de libro, podría ser la obra de la mente de Fernando Díaz Villanueva. Pero es real. Y su éxito lo obtiene del malestar, de la desgracia, de la miseria, del enorme hartazgo político de nuestro país. Dudoso honor subir a costa de todo eso.

Y ¿qué pasa mientras el tándem Iglesias/Monedero dice bobadas que tantos y tantos compran y siguen en su supuesto ascenso popular? Pues que los dos partidos principales, el PP y el PSOE, se palpan el cuerpo y no se hallan. Están desubicados. Así que, o bien se centran en la construcción de un liderazgo para las municipales de septiembre del 2015, como el PSOE y sin mucho éxito, de momento, o bien tratan de minimizar el bofetón moral.

Porque, una cosa es que un rival de los grandes te dé una paliza y otra cosa es que unos tipos que proponen unicornios para todos, ejércitos sin jerarquías y cosas así te saque tres cabezas. Porque eso es lo que dicen las encuestas. Una humillación moral en toda regla.

Mucha pluma y poca chicha

Y lo que hace el Partido Popular, esta vez encarnado en el portavoz adjunto del Congreso, Rafael Hernando en una entrevista publicada en este periódico, es sacar pecho y tratar de minimizar la cosa. Nada… resulta que Podemos forma parte del auge de estos salvapatrias que se han puesto de moda en Europa como Syriza en Grecia o Grillo en Italia. Una moda molesta pero pasajera, como los pantalones campana de los 70 o las terribles hombreras de los años 80. Que es tanto como decir: "Nos ha salido ese grano en la nariz sin que tengamos nada que ver". Cualquier cosa menos asumir que los dos grandes partidos políticos han estafado a muchos de sus votantes, que han mentido, manipulado la opinión y defraudado las expectativas de populares y socialistas. Es decir, lo que sea menos decir la verdad.

El PP saca pecho inflando el plumaje, más que desarrollando músculo, porque no da para más. Esa es la medida de la mediocridad del sistema, en el que el PSOE desde luego, no se queda atrás. Y, mientras unos presentan un líder de paja y otros hacen el pavo real, ambos partidos se izquierdizan, tratando de rescatar el voto enfadado que ha apostado por el de la coleta que sale tanto en la tele, y que abarca a jóvenes, maduros, empresarios y amas de casa, muy cansados de siempre lo mismo.

En una realidad paralela, en una galaxia remota, posiblemente PP y PSOE estarían haciendo una revisión profunda de los do y los don’t, de lo que no hay que repetir, de cómo recuperar la ilusión del votante. O estarían asumiendo culpas y dejando paso a otros. Pero eso es una realidad paralela.

Antisionismo, claves para distinguir al antisemita actual

El conflicto de Oriente Medio ha vuelto a sacar a relucir los prejuicios judeófobos que tan extendidos están en algunas sociedades occidentales —a pesar de que en España apenas haya judíos, este país no es una excepción, sino más bien uno de los casos más fuertes—. Sin duda alguna, en ello tiene mucho que ver la actitud de muchos profesionales de los medios de comunicación, profesores de universidad, miembros del autoproclamado “mundo de la cultura” y determinados dirigentes políticos. Como ya explicamos en otras ocasiones, el antisemitismo es un odio que además de responder a un profundo rechazo a la libertad tiene la característica de ser elitista.

Todos estos antisemitas que tienen la capacidad de expresarse en público, y en muchos de los que lo hacen en privado por no disponer de altavoces mediáticos o académicos, suelen negar que son antisemitas. Se justifican diciendo que son “antisionistas”, ocultando que el denominado “antisionismo” es la más moderna y políticamente correcta forma de antisemitismo. Ante esto, y puesto que la crítica al Gobierno de Israel o algunas de sus políticas es sin duda legítima, se hace necesario saber distinguir dicha crítica legítima (que puede ser acertada o no) de la judeofobia.

En algunos casos resulta evidente que estamos ante un antisemitismo sin disimulo alguno. Ocurre, por ejemplo, cuando se llama al boicot de “productos judíos” y se ofrece un listado de comercios de lo más variopinto, incluyendo algunos que no tienen entre sus principales accionistas a nadie que profese la religión de Moisés.

En otros casos, sin embargo, no resulta tan sencillo diferenciar. Suele decirse que el mejor modo de determinar cuándo se trata de antisemitismo es el doble rasero. Así, por ejemplo, si se niega la legitimidad de Israel para existir como Estado pero no la de otros países, es judeofobia. Lo mismo se puede decir si se montan todo tipo de acciones de protesta contra la intervención en Gaza mientras se guarda silencio ante las masacres en Siria o el verdadero genocidio de cristianos a manos de los integristas islámicos en Irak. El problema de esta técnica es que, funcionando en muchas ocasiones, nos topamos con que también se emplea el doble rasero con otros países o cualquier otro que genera antipatía por parte de alguien. Entonces necesitamos un método con menos excepciones. Y para eso nada mejor que mirar al pasado.

El antisionismo es la tercera forma histórica de la judeofobia europea (y, por extensión, occidental). Por lo tanto, lo mejor es mirar qué tiene en común con las anteriores expresiones de ese tipo de odio: el antijudaísmo religioso de raíz cristiano (en el caso católico superado oficialmente, aunque queden reaccionarios que no se han enterado, por la declaración conciliar Nostra Aetate, de 1965), mayoritario hasta bien entrado el siglo XIX y con fuerza incluso en el siglo XX, y el antisemitismo racial de los siglos XIX y XX, muy vinculado además a los nacionalismos y que llegó a su apogeo con el nazismo alemán. En contra de lo que pudiera parecer a primera vista, hay una continuidad entre las acusaciones que se lanzan contra los judíos desde esos tres tipos de judeofobia. Y es ahí donde puede radicar la clave que buscamos.

Una de las acusaciones históricas tradicionales de los antisemitas contra los judíos es la de ser un “cuerpo extraño”, y por ende dañino, en la que debía de ser una comunidad armoniosa. Así, en la primera etapa eran negadores de Cristo en sociedades cristianas, en la segunda fase eran percibidos como un grupo ajeno a la raza propia de la nación (da igual que fuera la alemana, la francesa, la española o cualquier otra) y para el antisionismo es un Estado artificial inserto en el mundo árabe o islámico por las fuerzas coloniales.

Vinculado con la anterior está la más dura de las acusaciones, la de cometer el peor crimen que la mente humana pueda llegar a concebir. Durante siglos fue el deicidio, en sociedades muy influidas por la religión nada podía ser más grave que asesinar al mismísimo Dios hecho hombre. De ahí se pasó, en un mundo dominado por los sentimientos racistas y nacionalistas, a la acusación de ser traidores a la patria. Así surgió el Caso Dreyfus, al ser acusado dicho oficial francés de religión judía de espiar para Alemania. O en el caso germano, los nazis acusaban a los hebreos de la famosa e inexistente “puñalada” por la espalda que explicaría la derrota en la I Guerra Mundial.

Para las mentes contemporáneas, el peor crimen imaginable es el genocidio. Y de eso se acusa de forma constante a Israel, sin que los acusadores se paren a pensar en que ningún pueblo que sufre un genocidio gana constantemente población, que es lo que ocurre con los palestinos. Se llega al extremo de perversión al comparar a Israel o “los judíos” con los nazis y sostener que cometen un Holocausto igual al cometido contra el Pueblo de Israel. Este último es un genocidio que, sin ser el mayor en términos numéricos (el ucraniano a manos de la URSS o el ocurrido en la China de Mao son peores cuantitativamente), tiene unas características únicas que hacen que para muchos represente el grado máximo de maldad y que, al menos, hacen de él algo históricamente único.

Vinculado a la acusación de cometer el peor crimen posible, no faltaba en el caso nacionalsocialista la acusación de contaminar la pureza racial alemana. Esto es similar a cuando el antijudaísmo cristiano reprochaba al hebreo tratar de alejar a los buenos católicos de la fe en Cristo o cuando el antisionista acusa a Israel o los judíos de comprar voluntades de políticos o creadores de opinión. Esta, la perversión de los no judíos, sería la tercera acusación que nos permite detectar judeofobia.

Una cuarta, también recurrente de forma histórica, es la de manipular en beneficio propio a los gobiernos y los creadores de opinión de todo el mundo. Dicho de otra manera, se reprocha al conjunto de los judíos ser un poder oculto que trata de dominar el mundo y machaca sin piedad a quienes se oponen a sus designios. No era raro que en la Edad Media hubiera clérigos que acusaran reyes y nobles, incluso a obispos o cardenales, de estar manejados por los judíos. En los siglos XIX y XX la acusación se repite, y llega a articularse de una forma muy elaborada en Los protocolos de los sabios de Sión, una obra creada por los servicios secretos zaristas en 1902 a los que algunos todavía dan credibilidad.

En la actualidad no faltan quienes sostienen que Estados Unidos está al servicio de Israel, o que la industria del cine y los grandes medios de comunicación de todos los países están controlados por judíos —a pesar de que resulta imposible encontrar, por ejemplo, un director de periódico o un empresario de comunicación hebreo en España— y responden a los intereses de ese supuesto “lobby”. Por supuesto, se sostiene que todas las grandes empresas y los grandes bancos están en manos de judíos. Si para eso hay que hebraizar a los gentiles Amancio Ortega o Emilio Botín, se hace sin problema alguno.

No vamos a decir que todos los que hagan alguna de las acusaciones contra Israel indicadas a lo largo de este artículo sean necesariamente antisemitas —puede tratarse de un mero desconocimiento que facilita la intoxicación—, pero sí están ayudando a extender el odio antijudío. Otros, sobre todo quienes se escudan en el clásico “lo que soy es antisionista”, sí son abiertamente judeófobos aunque no quieran reconocerlo abiertamente.

La crítica a un Gobierno, el de Israel o cualquier otro, es algo positivo, pero no la difusión de un odio tan profundamente dañino y contrario a la libertad como la judeofobia. Es bueno tenerlo en cuenta a la hora de analizar la actualidad.

Desafío institucional en Cataluña por oligarquías extractivas y destructivas

En la Díada del 11 de septiembre de 2014 se escenificará un nuevo acto del vodevil que constituye el desafío nacional-separatista en Cataluña en defensa de los intereses particulares de las oligarquías extractivas y destructivas de la región.

Desafío institucional en Cataluña

La movilización de los hombres-masa en la Díada sirve para incidir nuevamente en los lugares comunes de la falsificación histórica y pretende ser el preludio de un desafío institucional a la Constitución de 1978 que podría concretarse con la celebración de un referéndum ilegal previsto para el 9 de noviembre de 2014 o bien podría transmutarse en unas elecciones municipales y autonómicas a modo de plebiscito independentista en 2015 con el mismo objetivo final de tomar el poder sobre todas las instituciones en Cataluña por parte del “hereu” de Jordi Pujol, Arturo Mas y sus consejeros.

Se trataría de escenificar la huida final hacia el paraíso en la Tierra de los Països Catalans como salida posible para intentar evitar las posibles responsabilidades morales, políticas, jurídicas y/o penales de los políticos nacionalistas de todos los partidos en la corrupción, la prevaricación, la malversación y el robo sistemático de los recursos del resto de catalanes y españoles.

Probablemente, el escenario servirá para publicitar una vez más el Weltsaunschauung, el Zeitgeist y del Lebensraum del nacional-separatismo catalán, ideados entorno a la lengua, la cultura y el territorio, supuestamente superiores. Debidamente orquestada desde los medios de comunicación serviles a los subsidios públicos del poder regional, la propaganda intentará engañar y radicalizar aún más a los ciudadanos sin-valores-inclusivos desde las posiciones de apoyo a las oligarquías extractivas hasta las barricadas de asalto al poder político de las oligarquías destructivas.  

Involución institucional en Cataluña

La conquista del poder político absoluto en Cataluña requiere la construcción del nuevo hombre catalán con un cambio de los valores morales de la mayoría de un nuevo pueblo catalán tejidos sobre el idioma, la cultura y la territorialidad, como instrumentos de desencuentro en lugar de como medios de comunicación, de expresión de sensibilidades y de convivencia pacífica, a lo que se añade una historia-ficción contada en las escuelas y universidades para distorsionar la realidad en beneficio de los intereses particulares de las oligarquías en el poder regional y sus redes clientelares de prebendas públicas.

En Cataluña, al igual que en otros territorios, el proceso de involución institucional consta de tres fases:

1) Fase 1 o fase de destrucción de los valores morales [A][B][C] que favorecían la inclusión de todos los ciudadanos y la integración de todas las regiones. Se imponen los derechos sociales (lengua, cultura, territorio, paisaje…) sobre los derechos individuales a la vida, a la libertad, a la propiedad privada y a la igualdad de trato ante la Ley. Se controlan la educación y los medios de comunicación para que favorezcan los intereses particulares de aquellas oligarquías extractivas y destructivas que instrumentalizado el poder político en un territorio. 

2) Fase 2 o fase de degeneración de la democracia mediante leyes que atacan e instrumentalizan los derechos individuales [D][E] y, consecuentemente, deterioran otras instituciones morales como la familia, el lenguaje, el comercio, la función empresarial…

3) Fase 3 o fase de aumento del tamaño del Estado-Administración [H][I][K][L][M] por las oligarquías extractivas y destructivas que “guían” el proceso de secesión para perseguir sus fines particulares de dinero y poder absolutos en un latifundio de su única propiedad, lo que permiten que, con total impunidad, sigan medrando de los recursos detraídos del resto de la población.

Herencia del Ubú President

Pues bien, Jordi Pujol, ex presidente autonómico de Cataluña, ha puesto de manifiesto su peculiar contribución a la integración de España en fechas recientes con un bochornoso comunicado en lo que parece una línea argumental defensiva por las causas judiciales abiertas a sus hijos ([1][2][3][4][5][6][7][8][9][10][11][12][13][14][15][16][17][18]), dado que se han dedicado con verdadera pasión a los negocios vinculados a los recursos y concesiones públicas.

Obviamente, un juez ya ha pedido al ex president que aporte el testamento de su padre y la aceptación de la herencia y existen indicios investigados por la UDEF (Unidad de Delitos Económicos y Financieros) de la Policía sobre el origen de semejante fortuna, que no habría tributado y que convierte a la familia Pujol en la séptima más rica de España, dado que es valorada por algunos medios en 1800 millones de Euros.

Ahora todo el mundo se lleva las manos a la cabeza, pero, sin embargo, los tejemanejes del nacional-separatismo eran rumores bien conocidos desde hace muchos años, lo que motivó al dramaturgo Albert Boadella a escribir la obra Ubú President sobre las ansias de poder y dinero absolutos de las oligarquías en Cataluña, que empleaban el discurso nacional-separatista como excusa para sus negocios particulares.

La obra fue representada desde 1981 y hasta el año 1997 por el grupo teatral Els Juglars que dirigía Boadella y es magnífica tanto en su primera versión Operación Ubú (1981) como, también, en la segunda Ubú president (1995), donde se incorporan nuevos personajes como Maragall, Arturito Más y los Excelsitos o hijos del Excelso, y donde el personal de servicio es inmigrante en vez de andaluz.

Considero imprescindible la lectura del libro Ubú President, publicado por Ediciones Cátedra, para entender la realidad de la política en Cataluña y en España. Por ello, permítanme que cierre estas reflexiones con unos párrafos bastante divertidos de esta obra que crea una burla, ácida y descarnada, del poder en forma de sátira y, al mismo tiempo, es una descripción de la perversión humana por el afán de poder desmedido, la bajeza moral y la mediocridad intelectual de las oligarquías:

“EXCELS.- ¿Dónde vais? ¿Dónde vais pecadores? No os podéis marchar en pecado, ¿eh? Os tenéis que purificar, aquí, delante del Señor. ¡Venga! Confesad públicamente todos vuestros pecados y quizás seáis perdonados. ¡Bonet, empieza!

BONET.- ¿Yo, Excels? Pobre de mí, yo no he hecho nada.

EXCELS.- Hombre…, hombre…, cuenta aquello del Delta del Ebro, cuéntalo…

BONET.- ¡Caray! No…, que recalifiqué unos terrenos en el Delta del Ebro y me dejé regalar una finca.

EXCELS.- ¿Lo sabe alguien?

BONET.- No. Todo está a nombre de mi cuñada.

EXCELS.- Pues perdonado, Bonet. Perdonado. Si está a nombre de tu cuñada, perdonado. Escuchad ya veis que Dios vuestro señor tiene gran capacidad de comprensión, ya lo veis. ¡Venga!, ¡seguid el ejemplo de Bonet! ¡Confesad todos vuestros pecados! Sin miedo. ¡Venga!

ARTURITO MÁS.- Bueno, yo he hecho expropiar unos terrenos que ya estaban expropiados.

CONSEJERA 1.- Yo me he quedado las subvenciones de la Unión Europea para los parados.

CONSEJERO 1.- Yo he comprado 10.000 depuradoras obsoletas.

CONSEJERO 2.- Yo me he quedado con las comisiones de casinos y bingos.

CONSEJERA 2.- Yo he facturado una autovía que sólo tiene un carril

BONET.- Yo he quemado los análisis de las aguas contaminadas y he cobrado de los ganaderos.

EXCELS.- Bueno, ya está, ¡basta! Ya me hago una idea. ¿hay alguna cosilla más?

ARTURITO MÁS.- Bueno, puestos a decir nimiedades, he de confesar que me he beneficiado a la esposa de Bonet.

BONET.- (Muy agresivo.) ¡Sujetadme, que lo mato!

ARTURITO MÁS.- Bonet, pagando, ¿eh?, pagando

BONET.- (Calmado.) ¡Ah!, así me callo…

EXCELS.- (Al Excelsito menor.) Niño, ¿a qué sube todo esto, más los cuernos de Bonet?

EXCELSITO.- Pues sube al doble de la deuda de la Institución.

EXCELS.- El doble… de la deuda… de la Institución. ¡Madre mía! Esto no es nada. Esto lo dejaremos en herencia a los socialistas. Ya se lo encontrarán, esto. Escuchad, supongo que de todo esto no hay papeles, ni documentos, ni comprobantes, ¿verdad?

CONSEJEROS.- No.

CONSEJERO 1.- Hombre, Excels, ¡que son 21 años de práctica!

EXCELS.- Bueno, pues aquello que dicen: pecado ocultado, siempre perdonado.

CONSEJEROS.- ¡Gracias!, ¡muchas gracias Excels!

BONET.- ¿… Y ahora qué hacemos?

EXCELS.- ¿Qué, que hacéis? Lo de siempre, Bonet. Pero…, por Cataluña.

BONET.- (A los Consejeros.) Señores vamos a saquear el país.

CONSEJEROS.- (Salen todos por la izquierda.) ¡Por Cataluña!”

 (Boadella, A.: 2006, pp. 222-223)

 

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Las consecuencias sociales de las propuestas de Podemos

Pese a lo que pudiera parecer, la aparición de un partido político populista como Podemos no es novedosa. En periodos de inestabilidad económica y/o política siempre surgen partidos que proponen políticas de gobierno populares que tienen por objetivo ganarse la simpatía de la población aunque sean claramente irrealizables o antidemocráticas. 

De llegar al poder (que ocurre pocas veces) suelen acabar en dictaduras (reales o disfrazadas de democracia). Platón ya indicó el momento en que la democracia pasa a tiranía: los demagogos se apoderan del gobierno y comienzan a esquilmar las arcas del Estado, con la aquiescencia del pueblo, que espera recibir su parte.

Las propuestas de Podemos no son novedosas en absoluto, siendo apoyadas por todos los partidos populistas ya sean de extrema izquierda o de extrema derecha (ver Le Pen en Francia). Los extremos se tocan y coinciden en prácticamente todas las medidas económicas.

Algunas propuestas de Podemos son las siguientes: establecimiento de una renta básica para todos los ciudadanos, aumento del salario mínimo, establecimiento de salarios máximos, adelantamiento de la jubilación, prohibición de despido en las empresas con beneficios, introducción de la Tasa Tobin, impuesto sobre el patrimonio, supresión de las SICAV, nacionalización de la banca, energía, educación, sanidad, telecomunicaciones y demás sectores “estratégicos”, salida del euro, impago de la deuda, expropiación de viviendas, supresión de cualquier límite de déficit e incremento notable del gasto público entre muchísimas otras medidas.

Todas estas medidas implican una inmensa (e irrealizable) redistribución de la renta. Me gustaría centrarme en algunas de las innumerables consecuencias sociales que tendrían estas medidas de transferencias de ingresos:

– Se desincentiva la producción y la generación de ingresos ya que los individuos saben que van a perder una gran parte de las ganancias. Una dedicación y esfuerzo extra ya no compensan.

– Aumenta la evasión fiscal y la economía sumergida. Los agentes están dispuestos a correr riesgos debido a la gran extracción de renta que sufren.

– Se desalienta que los beneficiarios de las transferencias generen ingresos en el presente, ya que pueden recibir un ingreso realizando menos esfuerzo o incluso ninguno. Si desean un mayor ingreso, generalmente éste se consigue en la economía sumergida.

– Los beneficiarios de ingresos se desentienden de producir bienes y servicios que la sociedad demande. Por tanto, se vuelven agentes antisociales.

– También desincentiva la producción de ingresos futuros, por lo que cualquier inversión actual destinada a proporcionar más renta en el futuro se paraliza o ni siquiera se plantea: educación, experiencia laboral, etc.

– Relacionada con la anterior, los individuos ya no se centran en crear valor en la sociedad sino en extraer rentas de la sociedad a través del Estado.

– Crea individuos totalmente dependientes de los gobiernos al provenir sus ingresos de éstos.

– Producen conflictos políticos ya que los distintos grupos de presión luchan entre sí por obtener más transferencias a costa del resto.

– Se crean conflictos sociales entre grupos productores de ingresos y los destinatarios de los mismos. Unos intentan defender su producción y los otros actúan políticamente para aumentar las transferencias.

– Los productores de ingresos se vuelven más desapegados de la comunidad al sentirse explotados.

– Relacionado con la anterior, los productores de ingresos participan menos en las instituciones sociales. Sociedad civil menos participativa.

– Los productores de ingresos que generan más valor en la sociedad son atraídos del exterior y abandonan el país por la escasez de oportunidades y la situación económico-político-social.

– Se destruyen las asociaciones privadas voluntarias de ayuda y asistencia, ya que el gobierno monopoliza coactivamente todas esas funciones por demanda social.

– Aumenta el populismo y se diluye la oposición política al existir una creciente parte de la población que depende económicamente del gobierno.

– Un aumento de transferencias produce un aumento constante de burocracia, que consume recursos (escasos) y defiende sus intereses.

– Paradoja del intervencionismo: los problemas crecientes causados por el intervencionismo político intentan ser resueltos creando más burocracia y controles, es decir, aumentando el peso y las dimensiones del Estado.

– Aumento creciente de la corrupción y el clientelismo.

– Los gobiernos se vuelven cada vez más invasivos, reduciendo libertades individuales.

Las conclusiones sociales de estas propuestas son claras y evidentes: sociedad más pobre, más rencorosa, más politizada, más desapegada, más enfrentada, menos cooperativa, menos unida, menos autónoma y menos libre.

Leyes, voluntad y poder

Los contenidos de las leyes y su cumplimiento dependen de la voluntad y el poder de los individuos y los grupos en un entorno social. La conducta humana está regulada mediante leyes generadas y gestionadas por los propios seres humanos; algunas de sus acciones pueden tener como objetivo intencional o como consecuencia imprevista la determinación del contenido de las reglas sociales; los agentes eligen si respetan las reglas o no, y eligen cómo reaccionar frente a los incumplimientos ajenos, si ignorándolos o denunciándolos e intentando reprimirlos.

Como a la voluntad no le gusta verse restringida u obligada y suele gustarle controlar otras voluntades, los individuos pueden incumplir las leyes, exigir que otros las cumplan o no, e intentar cambiarlas para que reflejen sus propios intereses.

Las leyes son límites o barreras a la conducta: son mecanismos de control que delimitan el ámbito de acción de la voluntad, marcan ciertos terrenos como prohibidos, otros como obligatorios, y otros como opcionales. Las normas prohíben cosas que alguien querría hacer, y obligan a cosas que alguien no quiere hacer: no tiene mucho sentido prohibir lo que nadie desea hacer u obligar a lo que todos hacen voluntariamente.

Las leyes son entidades culturales, ideas producidas, modificadas, aceptadas o rechazadas por los seres humanos: se encuentran en sus mentes y en otras memorias externas (tablas, libros, soportes informáticos). Algunas reglas se consolidan como tradiciones o costumbres cuyo origen quizás se desconoce; otras se atribuyen a héroes de leyenda, a personajes míticos o a la voluntad de dioses imaginarios, probablemente para resaltar su importancia o el poder subyacente a las mismas.

Las leyes vigentes reflejan equilibrios de poderes entre individuos y grupos que pueden ser aliados cooperadores o enemigos competidores. Las normas son las que son, y no otras, y se cumplen o no, como resultado de la interacción de múltiples agentes con distintas capacidades y preferencias: unas personas convencen a otras de la conveniencia de seguir ciertas reglas; los poderosos, bien organizados, pueden expresar su dominio sobre los débiles mediante órdenes concretas o mandatos más genéricos; los colectivos votan qué leyes regulan su convivencia; los legisladores promulgan normas; los agentes pactan reglas mediante contratos.

Los seres humanos actúan con lo que tienen para conseguir lo que quieren: usan su poder, su capacidad de acción, para alcanzar los objetivos deseados. En las relaciones con los demás el poder tiene diversas formas: fuerza (violencia para atacar y dañar o para defender y proteger), riqueza (control sobre bienes y servicios valiosos para regalar, compartir o intercambiar), persuasión (lenguaje y argumentación racional o retórica emocional para influir y convencer), estatus (prestigio, reputación, autoridad, servir como referencia para otros), belleza (atractivo físico o de otro tipo) e inteligencia social para saber cómo usar y organizar todos estos medios y gestionar las interacciones sociales.

Los individuos y grupos con más poder (fuerza, riqueza, capacidad de persuasión, estatus, atractivo e inteligencia social) tienen más influencia sobre los contenidos de las leyes y la gestión de su cumplimiento. Los poderosos inteligentes no suelen usar solamente la violencia para imponerse: también entregan riqueza a sus aliados o compran la voluntad de las masas (pan y circo), y recurren a la persuasión y a la manipulación, intentan presentarse como justos y legítimos según algún criterio moral o ético selectivo.

El hecho de que las normas no sean iguales para todos y que beneficien a unos a costa de otros puede reflejar diferencias de poder en la sociedad. Las leyes pueden servir como defensas protectoras contra las agresiones de otros, pero también pueden utilizarse como armas de ataque, como restricciones para oprimir, parasitar o esclavizar a otros.

Los contenidos de las leyes y sus sistemas de supervisión son realidades diferentes: una cosa es lo que se declara que se debe hacer, y otra cosa distinta es lo que efectivamente se exige que se haga. Algunas culturas tienen pocas leyes pero son muy estrictas con su cumplimiento; otras tienen muchas leyes pero su cumplimiento es laxo.

Algunas normas están internalizadas en la mente de las personas (seguramente tras algún proceso de enseñanza, socialización o adoctrinamiento), de modo que las sienten íntimamente como suyas, les repugna o ni se plantean violar una determinada ley, saltarse una prohibición, incumplir una obligación (y quizás les indigna que otros lo hagan). Otras reglas están acompañadas de incentivos externos como premios o castigos, que requieren algún sistema social de vigilancia y supervisión de la conducta (testigos, policía, justicia) y algún poder para entregar premios o aplicar castigos: estos sistemas son imperfectos, y el agente puede tener en cuenta su capacidad para esquivarlos y no ser descubierto o penalizado.

Los sistemas sociales de control del comportamiento requieren algún tipo de poder: medios para la vigilancia; riqueza para entregar como recompensa; fuerza para capturar y castigar al infractor; persuasión para convencer a otros de la justicia y conveniencia de un veredicto, y si es necesario conseguir que participen en el mismo (boicoteo, exclusión, repudio, ostracismo).

Las sociedades complejas suelen tener especialistas para estas tareas (gobernantes, legisladores, jueces, policías), que pueden actuar como monopolios o en competencia, y de forma centralizada o descentralizada: los ciudadanos pueden ser más o menos activos en estas funciones.

Los sistemas de producción, vigilancia y control de las leyes pueden ser más o menos competentes y eficientes y estar o no corrompidos: las leyes pueden servir para la convivencia armoniosa y la gestión de lo común o para la promoción de intereses de grupos de presión (que pueden ser los propios gobernantes y sus burócratas). La supervisión de la ley es imperfecta: puede ser muy problemático saber quién ha hecho qué y cómo asignar méritos o responsabilidades.

El infractor de una ley que es descubierto y denunciado puede reconocer su falta, avergonzarse, pedir perdón y ofrecer alguna compensación o restitución: pero también puede negarlo todo, ofenderse, presentarse como víctima o incluso amenazar a los denunciantes.

Algunos individuos insisten en obedecer las normas sin importar las consecuencias (deontología), mientras que otros valoran las normas y su cumplimiento según sus resultados, para ellos (probabilidad de ser descubierto y condenado, intensidad del castigo) o para la sociedad (utilitarismo individual o colectivo). Algunas personas insisten en que la ley es la ley y no hay más que hablar, mientras que otros se plantean por qué esa ley y no otra, o qué la fundamenta, legitima o justifica. El cumplimiento estricto y riguroso de la ley hace a las personas más predecibles y fiables, de modo que puede servir como señal y garantía de lealtad en la cooperación: pero esa ley puede tener aspectos nocivos y su acatamiento entonces causa daños a algunos.

Aunque es posible elegir las leyes, no es posible escoger las consecuencias de intentar cumplir y hacer cumplir esas leyes: las diferentes normas funcionan o no, tienen distintos resultados económicos y sociales; algunas fomentan la armonía y el desarrollo (liberalismo), otras provocan conflictividad y pobreza (socialismo, comunismo, estatismo).

El ámbito del razonamiento ético y moral puede servir para argumentar contra la opresión de los poderosos, para resistirse a su persuasión manipuladora: ellos imponen la ley, pero no deciden acerca de cuestiones de justicia o legitimidad sobre las cuales en principio no tienen control. Sin embargo qué criterio se utiliza para definir la justicia (igualdad ante la ley, igualdad mediante la ley, desigualdad ante la ley por algún motivo) depende de la cultura de un grupo, de cómo se eduque o adoctrine a los ciudadanos: y los poderosos pueden utilizar la capacidad de persuasión propia o de otros a su servicio para controlar el pensamiento y el discurso moral.

Los poderosos mandan, legislan y deciden qué es lo que se considera correcto, bueno, permitido, y qué se considera incorrecto, malo, prohibido: might makes right. Pero también es posible que el hacer lo justo, lo ético, lo moral, sea fuente de poder al conseguir un estatus elevado: right makes might.

Reality bites, o los trocitos de crecimiento

En pleno agosto, a bocajarro, publica el diario El País una estupenda entrevista con el economista estadounidense Tyler Cowen, quien afirma que Estados Unidos y Europa solamente se dedican a "agarrar trocitos de crecimiento", que nos olvidemos de ese crecer como si no hubiera mañana. Y me ha recordado al título de la exitosa película, la primera dirigida por Ben Stiller, antes de que se convirtiera en el peor actor del siglo, Reality bites (1994). Los trocitos de crecimiento que seremos capaces de agarrar dependen de las medidas de política económica que apliquemos y, por supuesto, de lo que pase con el resto de la manada de países occidentales convalecientes de la crisis del 2007 y la recesión posterior.

El crecimiento "apagado"

En ese sentido, la agencia Moody’s, amada u odiada en función de las calificaciones, como si fuera una profesora en una clase de niñatos, habla de que la economía global mejora pero a ritmo lento, poco a poco, como renqueando. Que está muy bien, pero no es la recuperación que algunos pretenden hacernos creer. Y, pensándolo bien, atendiendo a las palabras de los ministros, a veces pienso que las exageraciones en este tema provienen de quien quiere derrotar a una persona o a un ministerio (dentro o fuera del partido). Al exagerar la nota podrán señalar con el dedo con fuerza cuando a la recuperación le tiemblen las piernas.

Pero no es el caso de Moody’s. La agencia habla de la economía global, se trata de una agregación, es decir, de un engaño oficial, lícito, aceptado, enseñado en las universidades, proclamado en los periódicos y engullido por los lectores: la economía global va bien, ya podemos dormir tranquilos.

Y es un engaño del tamaño de la frase "Todo va a salir bien" en boca del Bruce Willis de turno frente a la congelación del planeta, la aparición de Godzilla o el Apocalipsis.

¿Qué quiere decir que la economía global crece lentamente? ¿En qué medida ese crecimiento apagado es significativo para usted o para mí? Que el conjunto de los países de la OCDE (o de más aún) sea del 2,8% anual o del 2,5% anual no significa que los españoles vayamos a emprender, que el Gobierno vaya a dejar de jugar con nuestras expectativas, que se vayan a colocar adecuadamente los incentivos para que se genere riqueza y, como dice Tyler Cowen en su entrevista, se mejoren las capas menos favorecidas sin meter el hacha a los que ganan más. No por nada, es que no es necesario. Lo que sí es imprescindible es acabar con los privilegios. Y eso no está computado en el índice que maneja Moody’s.

Por otro lado, ese matiz que marca el crecimiento como débil (o apagado) es importante, porque muestra que, ante una crisis de uno de los países de apoyo de nuestras economías occidentales convalecientes, el dominó puede movilizarse de nuevo y ya sabemos que no son predecibles ni el final ni el alcance.

El tamaño importa, el cómo determina

Y la cuestión es que los temblores económicos debidos a la depreciación de las divisas de los países emergentes, los temores ante las medidas de Putin que perjudicarían tanto las exportaciones españolas, o la fragilidad de la recuperación italiana, son como espadas de Damocles que oscilan sobre nuestras cabezas amenazando con caernos encima en cualquier momento.

No puede ser más acertado el diagnostico de Tyler Cowen: resulta que nos endeudamos y gastamos como si creciéramos al 3% pero no era un crecimiento real. Y ahora nos vemos en la penosa tarea de deshacer el entuerto y emprender políticas que nos permitan reanudar una actividad económica saludable. Cowen calcula que la pérdida de poder adquisitivo de los estadounidenses ha sido entre un 5 y un 10% y cree que en los próximos 10-15 años seguirá empeorando la cosa. El panorama que pinta no es, sin embargo, terrible, sino que nos muestra que la salida nos llevará a una forma de vida diferente. Y eso puede no ser malo. Eso sí, requiere, en mi opinión, un cambio de mentalidad que no sé si se da en Estados Unidos, pero que me consta que no se está produciendo en España. Seguimos atrapados en ese bucle gasto-deuda erigido sobre un crecimiento potencial que se puede dar o no, porque nadie se fía de los datos.

Así que si queremos que los trocitos de crecimiento sean grandes, hemos de observar escrupulosamente el cómo crecemos, no basándonos en estímulos electoralistas, sino en la creación de incentivos para los que generan riqueza de manera que en vez de cortar la cabeza a quien tenga más, aseguremos un futuro venturoso a quienes no tienen. Esos incentivos pasan por dejar de empobrecer a la clase media, quitar piedras del camino (fiscal) a las empresas que han de crear empleos, y favorecer que quienes tomaron malas decisiones asuman su responsabilidad tanto económica como política (empecemos por las cajas y la banca privada). Pero claro… la realidad es que muchos de quienes están en el tablero político caerían. Esos reality bites en España no van a permitirnos crecer en trozos, sino en migajas, y lo peor, es que mientras les permitan ganar elecciones, nos seguirán engañando. Y tan contentos.

Sirope de Gobierno alto en cáncer

El sirope de maíz alto en fructosa es uno de esos ingredientes difícil de sortear o evitar en muchos pasillos del supermercado, aún más si uno visita EEUU. Se trata de uno de esos "alimentos" que la naturaleza no nos da, pero sí un laboratorio. En resumidas cuentas, el sirope de maíz alto en fructosa es una forma de imitar al azúcar a partir del maíz que inunda tanto dulces como refrescos, y en muchos sentidos es aún menos saludable que el azúcar.

Un estudio publicado en 2013 concluyó que los países que tienen más introducido este compuesto en su cadena alimentaria sufren de un 20% más de diabetes que los países que no lo emplean. En un estudio animal aún más reciente, 6 de 10 animales sometidos a una dieta alta en sirope de maíz alto en fructosa fallecieron de un fulminante cáncer de hígado en pocos meses. Una dieta rica en este compuesto produce oxidación, inflamación, alteración del metabolismo celular y daño al ADN.

Podemos culpar a los ciudadanos por ser unos irresponsables. También podemos culpar a la industria alimentaria por envenenarnos a sabiendas. En todo este asunto, por desgracia, no vemos el que quizás sea el mayor culpable de todos: el Gobierno.

De 1995 a 2010, casi 17.000 millones de dólares fueron subsidios del Gobierno de EEUU destinados a compañías que producen o distribuyen sirope de maíz alto en fructosa, maíz y aceite de soja (un aceite altamente inflamatorio y oxidable). Sin duda esto produce grandes beneficios a agricultores, ¿pero a costa de enfermar a la población? Es más, ¿por qué los agricultores tienen que ser un sector subsidiado?

Según el estudio citado anteriormente, EEUU tiene el mayor consumo per cápita de sirope de maíz alto en fructosa en todo el planeta. Nada de que sorprenderse en el país de la obesidad. El aumento del consumo en las últimas décadas de carbohidratos refinados en general, y en este caso de fructosa refinada en particular, se deja notar: el mundo ha pasado de tener 153 millones de diabéticos en 1980 a 350 millones en 2008, y seguimos sumando.

Por qué en EEUU es un ingrediente tan extremadamente atractivo para los fabricantes es una pregunta fácil de responder. Las millonarias subvenciones del Gobierno hacen que su precio sea extraordinariamente bajo. Y lo que cae como del cielo gratis por arte del subsidio de turno es –entre otros- el sirope de maíz alto en fructosa, no el brócoli.

Los precios en un país y mercado libres condensan la información para coordinar los deseos de los ciudadanos con empresarios y trabajadores. Industrias como la alimentaria difícilmente reflejan otros deseos más que los de los burócratas, impidiendo en el camino el desarrollo de nuestra salud. Pues la salud ha de cultivarse, no imponerse con decretos o camisas de fuerza de comisarios políticos. Y la sociedad que llegue a asumir lo contrario, ya de por sí estará enferma.

Y ahora viene una de esas preguntas que nadie quiere hacerse: Si son el propio Gobierno, los políticos y burócratas en general los que están contribuyendo a arruinar la salud de los ciudadanos, ¿por qué hemos de dejar los servicios de salud en manos de quienes nos enferman?

Probablemente antes de nada hemos de quitar al Gobierno el poder de y sobre la educación. Hasta que no pensemos libremente, y libres del Gobierno, no nos haremos las preguntas que realmente importan.

@AdolfoDLozano / www.juventudybelleza.com.

En manos de quién estamos

“En manos de quién estamos…”. Eso se preguntaba el otro día en gran Peréz-Reverte en un artículo bastante divertido donde relata cómo la burocracia española le hizo pasar un calvario a un conocido suyo para regularizar un bote de cuatro remos.

Me gustó bastante el artículo, como me gustan la mayoría de las críticas sociales que hace. Sobre todo porque es de las pocas personas en España que escribe con sentido común en vez desde una posición ideológica fija.

Aunque el sentido del artículo es claro y queda claro, a mí el tema me parece lo bastante interesante como para ahondar un poco más en él. Porque leyendo a Don Arturo uno puede pensar, erróneamente, que el problema de la sobrerregulación viene porque el señor que regula es un idiota o un ignorante, cuando en realidad es un señor que está siguiendo sus incentivos de forma correcta.

Vamos a ponernos en el caso del redactor de la normativa; ¿para qué va a disminuir los requisitos en seguridad en un bote simplemente porque es pequeño? Podríamos pensar que lo haría para no quedar como un idiota delante de su jefe, que a diferencia que él sí usa el sentido común y le puede correr a gorrazos al leer su propuesta. Error, su jefe ha llegado a esa posición precisamente por haber demostrado claramente que no tiene el menor sentido común o, en el mejor de los casos, que no piensa hacer uso de él mientras realice sus funciones profesionales. Y una de las mejores formas de demostrarlo es dejando claro que la realidad no te va a impedir cubrir el culo de tus responsables políticos, que no tienen ni idea del tema que diriges, definiendo unas normas exageradas que les exonere de cualquier responsabilidad social en una noticia dramática. Y ya de paso si sirve para construir un enjambre burocrático que alimente a la administración con tasas y departamentos de inspección, seguramente te ganes el premio al burócrata del año.

Esto puede parecer una crítica al Estado y los malvados políticos, pero en realidad pasa lo mismo en cualquier organismo lo bastante grande como para que los directivos tengan que tomar decisiones de temas que desconocen por completo. La ventaja del sector privado está en que estos ámbitos suelen ser marginales en el negocio de la empresa, y que los parásitos que habitan en ellos suelen estar a raya vía presupuestos anuales. Las tasas que paga un departamento productivo a uno improductivo se ven muy claramente en los resultados y, por tanto, las normas pueden salir baratas, pero asegurar su cumplimiento no. Y, por tanto, solo se hace en el caso de que no te quede otra (cumplir regulaciones del Estado) o porque es un estándar tan aceptado en el negocio que te perjudicaría seriamente no cumplirlo.

Así que el problema con el Estado es el de siempre: le importa un pito que el número de pescadores baje porque sus normas son absurdas, ni que la riqueza invertida en producción de bienes y servicio útiles se esté derrochando en que la guardia civil se dedique a acosar a señores con botes de cuatro remos o en funcionarios que se aseguren que cada bote cumple con las normativas absurdas, obra de otro funcionario que sólo pensaba en seguir teniendo un trabajo tan bueno y tan importante.

Aunque la madre del cordero sigue estando en la cantidad de ciudadanos comprometidos que se llevarían las manos a la cabeza si tres personas se ahogan al naufragar un bote de este tipo. Y ya no digamos si hay niños entre las víctimas. Porque el Estado es igual de malo en España que en Perú, pero en Perú, gracias a que no tienen tanto tiempo libre para pensar en chorradas, a nadie le sorprende que una persona vaya en un bote pequeño sin el equipamiento de un transatlántico.

La gente normal asume riesgos y a veces, muy de vez en cuando, la cosa se tuerce mucho y muere. Luego están los idiotas a los que la regulación les importa un pito, y pese a que se les intenta proteger con intentos tan absurdos como avisarles de que los anuncios publicitarios son eso, anuncios, se terminan quemando con alcohol o saltando de un balcón o haciendo naufragar un crucero para impresionar a un ligue…

¿En manos de quiénes estamos? En las manos de un sistema que persigue acabar con el individuo, y una de sus principales herramientas para sobrevivir: el sentido común.

Teocracias, islamismo y geoestrategia

De todas las formas posibles que puede tomar un Estado, el teocrático puede llegar a ser de los más agobiantes, violentos y peligrosos. A las habituales instituciones basadas en la coacción habría que unir una moral estricta, convertida en algunos casos en ley, y que en general impregna tanto las relaciones sociales como los comportamientos individuales. Esta religión puede ser la única permitida, siempre tiene rango oficial y está asociada al Estado, del que se beneficia de todo tipo de prebendas y favores. En ocasiones es difícil distinguir entre las instituciones estatales y las religiosas, ya que en algunos casos coinciden.

Aquéllos que tienen el poder político suelen coincidir con los máximos dirigentes religiosos y poseen una estructura jerárquica clara, compatible con la estatal. Controlan la cultura, la formación, la educación y, en general, el comportamiento social, ligando cualquier otra actividad a las reglas religiosas, de forma que no se distingue lo que en Occidente se ha venido llamando los tres poderes. Todos o casi todos los habitantes del territorio están bajo esa ley. Según la naturaleza de la religión, estos estados pueden ser expansivos/imperialistas o cerrados/autárquicos.

Evidentemente, no todas las teocracias son tan asfixiantes como esta descripción puede dar a entender. Manteniendo en ambos casos dos tipos de moral que a muchos no gustan, el Vaticano, con el Papa como máximo dirigente, o el Tibet, con el Dalai Lama, son lógicamente mucho más flexibles y abiertos que cualquier país donde rige la Sharia como principal ley. Como en toda institución humana compleja, hay grados.

Desde finales de los años 60/70 del siglo pasado, se ha venido produciendo un cambio lento, pero constante, en el mundo islámico hacia posiciones cada vez más extremistas. La revolución iraní, que terminó con el gobierno del Shah e instauró el de los Ayatolás transformó un país donde se percibían signos de occidentalización en un régimen donde las leyes y normas musulmanas desterraron de las calles todo signo de “decadencia occidental”.

A lo largo de estos años, países como Afganistán, Pakistán, Argelia o, más recientemente, Irak, Siria o incluso Libia han experimentado o están experimentando, en su totalidad o en parte de su territorio, procesos similares que los están transformando en regímenes islamistas o donde el islamismo tiene un gran peso político y social. Incluso países como Egipto, Túnez o Turquía, donde el peso de la religión ha estado más limitado que en los árabes, han experimentado procesos políticos que han llevado a los islamistas al poder, con mayor o menor éxito.

Además, países como los árabes, que ya tenían un fuerte componente religioso en sus gobiernos, han experimentado un incremento de dicho peso y han alentado revoluciones en otros lugares del mundo, incluso apoyando directamente a grupos terroristas. Procesos recientes como la que llamaron Primavera Árabe, pero que ha afectado a muchos más países que a los árabes, han incrementado el peso de los islamistas en los gobiernos locales o incluso nacionales.

A diferencia de otros movimientos ideológicos, el islamismo no ha buscado necesariamente la alineación con las grandes potencias, siendo esta alianza, cuando se ha producido, circunstancial. Así, afganos de toda condición lucharon contra los soviéticos y tuvieron ayuda occidental; unas décadas después, esos mismos afganos y sus descendientes han luchando contra los que antes fueron sus aliados. Hoy por hoy, los musulmanes tienen problemas con las grandes potencias: Estados Unidos, Rusia, China o India, en confrontaciones directas, como la que tienen con el primero, o en conflictos internos o más localizados o menos publicitados, en el caso de los demás.

Estas confrontaciones no son sólo con enemigos externos. Los conflictos entre los propios musulmanes articulan de alguna manera la naturaleza de sus sociedades. Los chiíes y los suníes siempre han tenido serios problemas de convivencia, muy en la línea de los que tuvieron las iglesias, monarquías y estados cristianos durante los siglos XVI y XVII. Por otra parte, los árabes no se llevan bien con los persas (iraníes), turcos o magrebíes y otras nacionalidades o culturas.

Llama la atención que buena parte de la violencia terrorista ligada al mundo musulmán ocurra dentro de él y dirigida hacia aquellos que no comparten la interpretación del perpetrador. Vaya por delante que los “aliados” musulmanes son los que más víctimas palestinas suman y que la reciente guerra civil entre Al-Fatah y Hamás ha sido mucho más cruenta y sanguinaria que los recientes conflictos con los israelíes. Las cifras de muertos de los atentados contra mezquitas chiíes o suníes, de ser más publicitadas y analizadas por los medios de comunicación, escandalizarían a los honestos analistas que califican la importancia de un conflicto en función del número de víctimas mortales.

Uno de los más recientes episodios se ha dado en el territorio de Irak y Siria, donde Abu Bakr al-Baghdadi ha proclamado el Estado Islámico de Irak y Levante (EIIL en español y más conocido en el extranjero por su acrónimo inglés ISIS), que se extiende por el momento por territorio sirio e iraquí y que se articula como califato. El éxito de Abu Bakr ha sido meteórico y de él poco se sabe a ciencia cierta, mezclándose la leyenda con datos más o menos contrastados. Se cree que nació en la ciudad de Samarra, al norte de Bagdad, en el año 1971, que su verdadero nombre es Ibrahim bin Awad bin Ibrahim al Badri al Radawi al Husseini al Samarra’i, se doctoró en la Universidad Islámica de Bagdad y era clérigo en una mezquita de su ciudad natal cuando los Estados Unidos invadieron Irak en el año 2003. Ingresó en 2009 en el Estado Islámico de Irak, tras haber pasado varios años en un centro de detención, y un año después llegó al puesto más alto, después de que el líder anterior, Abu Omar al Baghdadi, fuera abatido. Después de ello, los intereses del EIIL son globales, abarcando desde la India hasta la mismísima Al-Andalus, territorios a los que “ha puesto” bajo su ley y donde la interpretación de su visión del Islam y la fe es básica.

Más allá de que esos datos sean ciertos o no o que sus intenciones sean un sueño o tenga poder real para imponerse, el EIIL ocupa y controla una amplia superficie tan grande como Jordania, en la que se sitúan ciudades iraquíes tan importantes como Mosul, Tikrit, Samarra y Faluya, o ya en Siria, Alepo. Ese control pasa por el de los recursos naturales de la zona, básicamente petróleo, que le pueden reportar financiación a su movimiento, los fondos y depósitos de los bancos de la zona y, en general, las riquezas acumuladas, sea cual sea su naturaleza, y lo que desde el punto de vista militar tiene más importancia, las armas que eran parte del ejército iraquí, incluyendo varios helicópteros Black Hawk.

El EIIL está implicado íntimamente tanto en la guerra civil siria como en el conflicto iraquí, y de ambos se alimenta territorialmente. Sus brutales ejecuciones son publicadas en las redes sociales y no es muy difícil encontrar vídeos donde se pueden ver las torturas a las que someten a los miembros de las fuerzas armadas iraquíes, que terminan siendo ejecutados sin que haya demasiados occidentales progresistas especialmente aturdidos o escandalizados. La crudeza y el extremismo del EIIL ha llegado incluso a la ruptura con Al-Qaeda, nada sospechosa de tolerancia y neutralidad, que lo expulsó en febrero de este año de la organización.

La ONU ha denunciado recientemente que en las nuevas ciudades ocupadas por el EIIL se ha producido un éxodo masivo que ha afectado a más de 200.000 personas, principalmente de la minoría yazidi, que es considerada por muchos musulmanes como adoradores del diablo, que se han visto forzados a abandonar sus hogares, huyendo a zonas más tolerantes con sus ritos y creencias. Por otra parte, los islamistas han comenzado a concentrarse y retomar las operaciones militares en la región autónoma kurda, donde también se producen éxodos y donde el acceso a comida, medicinas o agua potable es cada vez más difícil, tal como ha denunciado Nickolay Mladenov, enviado especial de la ONU a la zona. Esta migración forzosa, si no una limpieza étnica que se repite intermitentemente, no tiene demasiada repercusión en los medios españoles, más preocupados de las desdichas, ciertas o no, de ciertos colectivos sensibles.

La inestabilidad que vive Oriente Medio (guerra entre el terrorismo palestino e Israel, guerra civil siria, corrupción gubernamental e inestabilidad iraquí y afgana, entre otros conflictos), la riqueza petrolera de la zona, además de la nueva realidad geoestratégica global (Estados Unidos en retirada como garante de la paz mundial, sustitución de este papel por las potencias económicas y militares emergentes como China y Rusia) y el aumento de la presencia e influencia de potencias regionales como Turquía o Irán, están planteando a los gobiernos y estados implicados un contexto muy distinto al que había hace unas pocas décadas. Sin embargo, el nuevo califato no va a tener unas circunstancias fáciles en su proceso de expansión.

La aventura prodemocrática de Estados Unidos después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 ha terminado con buena parte de la capacidad de de intervención en la zona. Estados Unidos no tiene intención política de intervenir en ningún conflicto a un nivel similar al de Afganistán e Irak, ni de liderar una intervención aunque sea auspiciada por la ONU, ni financieramente está preparado para una nueva guerra. Pero dado que el EIIL es suní y está persiguiendo o no tolerando a los chiíes, existen contactos entre el gobierno americano y su archienemigo Irán para cooperar y luchar con este estado emergente, además de estar colaborando con otras potencias y países de la zona para ayudar a su erradicación. Quizás pueda también esperarse una mayor implicación turca después de las elecciones del 10 de agosto.

Por otra parte, los intereses americanos en Oriente Medio están en retroceso. Precisamente, Estados Unidos está consiguiendo cierta independencia energética debido a la explotación de sus reservas por el sistema de fracking, lo que hace que sus grandes petroleras encuentren yacimientos lejos de conflictos regionales que encarecen y hacen más peligrosa su extracción. Sustituyendo a Estados Unidos se encuentra China, que tiene a los países árabes como uno de los socios comerciales principales. A ello hay que unir su acercamiento a Pakistán, el gran adversario de su también adversario económico, la India.

El volumen comercial entre China y estos países ha pasado de 25.500 millones de dólares en 2004 a 238.900 en 2013 y las previsiones para dentro de 10 años es que sean de 600.000. China necesita energía y los árabes tienen petróleo; entre 2004 y 2013, las importaciones de crudo árabe se han incrementado a un ritmo del 12% anual. A China no le interesa un nuevo estado que dificulte sus necesidades, así que a priori, es difícil pensar que esta potencia se convierta de la noche a la mañana en aliado del EIIL. Tampoco le interesa que el EIIL se implique en las revueltas de las poblaciones musulmanas de la provincia de Xinjiang.

Está claro que Irán, en su condición de persa y chií, no se va a convertir en su aliado, incluso como ya he comentado, está dispuesto a colaborar con EEUU, pero tampoco es probable que las monarquías árabes se pongan en manos de un autoproclamado califa, por muy suní que sea, sobre todo si éste es regeneracionista y considera que su alianza con Estados Unidos es una traición a los principios del Islam. Tampoco Al-Qaeda va a tolerar que este nuevo movimiento le coma poder, aunque de momento no ha podido evitar su expansión y su éxito.

El EIIL ha anunciado, quizá demasiado pronto, su interés imperialista y expansivo, avisando de esta manera a sus enemigos de sus intenciones, pero también dejando claro que va a por todas y que tiene suficiente confianza en sí mismo como para no dar rodeos. De momento, el gran aliado del EIIL está siendo la inestabilidad de la zona y, sobre todo, la corrupción del gobierno iraquí de Al-Maliki. Precisamente, la baja eficiencia y estabilidad de la “democracia” iraquí es la base del descontento y la razón por la que las viejas rencillas entre clanes y tribus dibuja un mapa dividido en tres partes: kurda en el norte, suní en el centro y chií en el sur del país, todos ellas en conflicto intermitente. Además, dejar de lado el apoyo estadounidense para ponerse en manos chinas no parece ahora una buena idea, cuando precisa ayuda y China mira hacia otro lado, como suele ser frecuente.

Echar la culpa de esta situación a Estados Unidos y en concreto a George W. Bush por las intervenciones afgana e iraquí, no es faltar a la verdad, pero sí es ocultar o querer ocultar otras circunstancias tan o más importantes. Oriente Medio siempre ha sido inestable, ya sea por tradición o por religión o por cualquier otra circunstancia. Desde que Roma dominaba Europa, la frontera con Persia ha estado ligada a conflictos entre Oriente y Occidente. Durante los últimos siglos, los imperios británico y francés, después de los turcos y antes de los americanos y soviéticos, han intentado mantener en paz una zona que no la ha conocido durante mucho tiempo seguido.

Esta tradición guerrera y conflictiva se ha agravado, más que calmado, con el petróleo que ha dado capacidad financiera a los guerreros. La ausencia de un verdadero mercado tampoco ha ayudado, ya que estos intercambios son fruto de intereses políticos y no tanto de los de las sociedades civiles. No es probable que los más viejos del lugar recuerden momentos de tranquilidad.

Hasta cierto punto, el nacimiento del EIIL es una consecuencia lógica y razonable de la deriva de los acontecimientos. El islamismo está empezando a tomar conciencia de Estado y podemos empezar a ser testigos de la proclamación de nuevos califatos por todo el globo o de la adhesión de ciertas zonas a los ya existentes. En Libia, donde la Primavera Árabe y la aventura bélica de Sarkozy se han traducido en una guerra civil, el portavoz del grupo terrorista Ansar Sharia, Mohamed al Zahawi, ha proclamado por radio el “emirato de Bengasi”. Argelia y Egipto están en alerta, dado el carácter expansivo de este movimiento.