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¿Y si fuera al revés?

Una de las cosas que hice en mi niñez de la que me sentí más orgulloso fue la vez que mi padre me dio la razón en cierta disputa doméstica que tuve con mi madre. La cosa no fue sencilla, ya que mis padres, como la mayoría de padres, se daban la razón mutuamente el uno al otro con tal de hacer piña en contra de sus hijos. En su caso, con tres chavales en casa, la estrategia era casi obligada.

Pero hete aquí que cuando llegué a cierta edad que te permite ver ciertos comportamientos adultos como lo que son, comportamientos normales y previsibles a los que te puedes anticipar, decidí plantear una riña que tuve con mi señora madre de manera diferente a la típica pataleta a la que estaban acostumbrados. Me planté ante mi padre, que estaba trabajando en el momento del altercado, y ni corto ni perezoso me dirigí a mi madre para pedirle que mantuviera silencio mientras contaba los sucedido a mi manera. Cuando tuve su conformidad, gracias seguramente a la curiosidad que sentiría al verme plantear así la cuestión, comencé a contar a mi padre los hechos exactamente al contrario de como había sucedido.

Como no podía ser de otra manera, en cuanto acabé de narrar la historia mi padre le dio inmediatamente la razón a mi madre, además bastante convencido de que era lo correcto. Pero a los pocos segundos se dio cuenta de que algo pasaba al ver la reacción de mi madre, y no tardó en confirmar sus sospechas al escuchar mi frase de victoria, al decirle, más contento que unas pascuas, que qué pensaría si le dijera que había sido al revés, y por tanto era yo el que tenía razón.

Una vez repuestos de la sorpresa, mis pobres padres, más contentos de que su hijo hubiera sido capaz de desarmar su torpe estrategia que enfadados por verse descubiertos, me felicitaron por cómo había planteado el asunto. Aunque mi madre no se quedó muy convencida de que tuviera yo la razón…

Esto, que no es más que una anécdota infantil que se habrá vivido en cada hogar, por desgracia se podría repetir una y mil veces tomando como sujeto del experimento a la mayor parte del población española, poniendo a prueba su sectarismo político en cualquier tema social.

Por ejemplo, si cuento una historia de unos pastos propiedad de un gran terrateniente, que se apropió de ellos de forma arbitraria, despojando de esa posibilidad a unos humildes ganaderos que llevan criando vacas generaciones y generaciones en el mismo lugar. Y sigo contando cómo este terrateniente obliga a estos pobres ganaderos a pagarles una cuota porque su ganado paste en esas tierras. Y añado cómo un pobre ganadero se ha rebelado ante semejante injusticia y ha impedido que los miembros de seguridad del terrateniente le despojen de su ganado, en compensación a los años que lleva sin pagar la cuota, convirtiéndose en un héroe para sus vecinos. Entonces, si cuento todo esto tengo a un 50% de la población blasfemando contra el malvado terrateniente y cantando alabanzas del pobre ganadero.

Pero claro, si resulta que aclaro que todo lo dicho arriba no es exactamente así, sino que donde pone terrateniente debe poner Estado Federal de EEUU. Entonces, solo entonces, saldrá Pablo Pardo, y el 50% de la población, a decir que no pagar una tasa por que tus vacas pasten en un terreno público es como ir a 200 km por la carretera. O sea, una temeridad que pone en peligro la vida de otras personas. Y que cuanto antes le quiten el ganado al malvado ganadero, más tranquilo vivirá el americano de a pie.

Y que no se entienda con esto que me posiciono a favor del ganadero. Algo que aprendí aquel día que vencí la estrategia de mis padres es que hay que estar muy bien informado de una historia para poder emitir un juicio de opinión. Y no es mi caso. Por desgracia, eso seguirá sin importar un pito a los Pablos Pardos de este país. Y es que, ahora y siempre, hay que hacer piña contra los malvados del otro bando, sean tus hijos o no.

La privatización con cupones en la República Checa

En un reciente debate entre Juan Ramón Rallo y José Carlos Díez, éste le lanzó al presidente del Instituto Juan de Mariana como una piedra dialéctica la privatización que se operó bajo el gobierno de Margaret Thatcher. Rallo respondió diciendo que le parecía mucho mejor el sistema elegido por la República Checa para privatizar el conjunto de empresas públicas que tenía la república ex soviética. ¿Qué tiene de especial este caso?

En 1990, cuando se desintegró el bloque soviético, la economía de Checoslovaquia era la más estatalizada: El 97 por ciento de los activos productivos estaba en manos del Estado. En 1995, el 66,5 por ciento de los activos productivos estaba ya en manos privadas, y el proceso continuó avanzando. El porcentaje de población trabajando en el sector privado pasó del 16 por ciento en 1989 al 75,5 por ciento en 1995. En ambos casos, se compara favorablemente con otros países de su entorno, como Eslovaquia, Hungría o Polonia. En este sentido, el proceso de privatización en aquel país ha resultado todo un éxito.

Además, el proceso de privatización tuvo en este país, además de un ritmo acelerado, un método que le distinguió de la mayoría de los países que se han deshecho de las empresas públicas. En lugar de venderlas para que el Estado ingrese el valor que le otorga el mercado, se las cedió a los ciudadanos.

El proceso de privatización en la República Checa pasó por varias partes. En una primera, el nuevo Estado checo reconoció algunas propiedades expropiadas por el régimen comunista. No fue tanto una privatización cuanto una devolución de la propiedad. La mayor parte de estas propiedades eran locales, casas y terrenos. En una segunda, en 1991, hubo una “privatización a pequeña escala”, de pequeñas empresas vendidas en subasta.

La tercera parte, dividida a su vez en varias fases, es la más importante. La primera fase se desarrolló entre mayo y diciembre de 1992, cuando la República Checa y Eslovaquia estaban aún unidas.

La privatización a gran escala se realizó por medio del reparto a bajo precio de cupones, que se podían canjear por acciones. A cada ciudadano se le entregaba un libro con 1.000 “puntos” de inversión, que se correspondían con 1.000 coronas (el salario mensual rondaba las 4.000 coronas). Los ciudadanos participaban en la compra de acciones de las empresas públicas, que se realizaba por medio de subastas.

Dado que no había un mercado que permitiese hacerse una idea del valor de las acciones y prevalecía la ignorancia del público sobre la situación de las empresas, en gran parte se solucionó por medio de fondos de inversión en las privatizaciones. En la primera fase estos fondos gestionaron el 72,2 por ciento de los cupones.

Es una buena solución, aunque en el caso de la República Checa se topó con el problema de que muchos de estos fondos estaban en manos de bancos y empresas de seguros propiedad del Estado, que seguían estrategias en ocasiones contrarias a la estructuración de las empresas privatizadas. La participación del Estado en la banca era del 84 por ciento en 1997, y su privatización no se completó hasta 2001.

Antes de que se iniciase cada subasta, los interesados recibían información financiera sobre la marcha de cada compañía. Luego, la Oficina de privatización fijaba un número de puntos por acción. En la primera oleada de la primera fase esa relación era de tres puntos por acción. Si casaban oferta y demanda o había un exceso de oferta, la operación se realizaba. Si había demanda insatisfecha, se suspendía la subasta y se realizaba una nueva. En un proceso iterativo, que se repetía hasta que se alcanzaba el ajuste.

La asignación del número de puntos por acción la hacía la oficina de privatización según un algoritmo. Aunque no lo dio a conocer, según un informe, “se observaba generalmente que los precios subían para las acciones en con un exceso de demanda, y caída para las acciones con un exceso de oferta”. Por medio de este sistema, se repartieron las empresas públicas a 8,54 millones de personas, el 71 por ciento de la población con derecho a participar en la elección de acciones.

¿Fue un éxito o un fracaso este programa? Según un informe de la Universidad de Pensilvania, que estudia el proceso de asignación de las acciones, “la privatización con bonos de la República Checa fue muy exitosa en la asignación de acciones de las empresas públicas, con rapidez y eficiencia”.

El mismo informe de la Universidad de Pensilvania concluye que “el proceso abiertamente público en el que se transfirieron las acciones del Estado a manos privadas aseguró que ningún individuo o grupo de inversores pudiese ganar unos beneficios extraordinarios a expensas del público en general”.

Una tesis doctoral concluye que la privatización “fue exitosa en a) la rápida transformación de los derechos de propiedad del Estado a los ciudadanos privados, b) ganar un amplio apoyo a la privatización, y c) evitar que los extranjeros dominen el proceso de privatización”, así como en “el desarrollo del sector privado”, el resultado de “una concentración de la propiedad similar a la del Reino Unido”, y “la transformación de una economía dirigida en una economía consolidada de libre mercado”. De hecho, el 80 por ciento del PIB lo produce en la actualidad el sector privado.

Es claro que lo que no ha logrado esta reforma es ampliar al máximo los ingresos públicos. Pero es una característica que más bien debería estar en el lado de los éxitos de esa reforma. Esta transferencia se hizo directamente a la sociedad, y que los ciudadanos sean los principales beneficiarios, y no el Estado.

Pero el desempeño económico del país fue peor que el de otros países. Bien es cierto que la privatización por sí sola no es suficiente, y tiene que acompañarse de una liberalización del mercado, para que su acción económica sea eficaz. En la República Checa por un lado, el sector financiero se privatizó relativamente tarde. Y por otro las reformas económicas también se hicieron tarde, de modo que, según la tesis de Ladislav Svitek, “tuvo un impacto negativo en la eficiencia de las empresas privadas” y en el crecimiento.

La solución de España: “Repetid mis palabras”

Una de las marcas de serie de la vanguardia de la ciencia económica de nuestro siglo es el diálogo con otras ciencias. No es nuevo, el recién fallecido Gary Becker obtuvo un Nobel en economía por ser pionero en esta innovación, en concreto, en el análisis económico de instituciones como la familia, entre otras cosas.

No solamente es el derecho o la matemática, también las neurociencias nos ayudan a entender desde una perspectiva mucho más rica temas tan relevantes para la teoría económica como la toma de decisiones. Comprar, vender, consumir, ahorrar, invertir… la economía consiste en la observación y análisis del resultado de nuestras elecciones en el mercado y las de los reguladores y políticos donde no hay libertad económica. Unos y otros agentes tratan de resolver el complejo problema de la administración de recursos escasos, sea el crédito, el trigo, el agua o la energía. Las soluciones que obtenemos pueden ser de dos tipos, principalmente, mágicas y científicas. Pero ¿por qué es tan atractivo el pensamiento mágico en economía?

La droga de solucionar problemas

Charlando este domingo con un amigo sobre la aportación de las neurociencias a otras disciplinas (economía en mi caso, derecho en el suyo), comentábamos cómo las recompensas neurológicas, psicológicas y sociales que, desde que el hombre era cazador-recolector y se organizaba en bandas semi- nómadas, proporciona el llegar a una solución para un problema, especialmente cuando se trata de algo que afecta a la comunidad, explican que resolver problemas se haya convertido en algo adictivo. Pero no solamente para quien lo logra, que recibe la descarga de sustancias que le deja neurológicamente feliz, psicológicamente satisfecho y le convierte en el más popular de la tribu, sino también para los miembros pasivos de la comunidad que ven cómo desaparece un enigma que generaba incertidumbre,que es la piedrecita en el zapato de la trascendencia del hombre.

Así que, incluso si la solución era satisfactoria a corto plazo, pero acababa con la vida de la aldea a largo plazo, el de la genial idea se llevaba los laureles y la gente eliminaba parte de la ansiedad ecológica.

Eso es el pensamiento mágico. La dependencia entre el salvador y los seguidores no lo ha escenificado nadie como el grupo cómico argentino Les Luthiers cuando, en la historia de Oblongo y su sobrino Yogurtu Ngé, el hechicero de la tribu, alrededor del fuego, trata de convocar un hechizo e insta a los miembros de la tribu y les espeta: “¡Repetid mis palabras…!” Y antes de que acabe la frase, la gente dice con profundo sentir: “¡Mis palabras, mis palabras!”.

Las soluciones mágicas en la España actual

Ese espíritu de la tribu de Oblongo y Yogurtu Ngé es el que nos invade a los españoles cuando, dejando la ciencia económica de lado, los políticos claman, bailando alrededor de la hoguera: “¡Hurra! ¡Colocamos la deuda, colocamos la deuda!”. Mientras, en algún remoto lugar de la galaxia, en concreto en Bruselas, se nos pide que pongamos en práctica reformas de verdad y que dejemos de aumentar el gasto. Y, en un rincón de la tribu, un grupo de economistas “cenizos”, que diría Luis Herrero, advierte, como Carmelo Tajadura, de que estamos en los límites del endeudamiento. Que es como decir “rien ne va plus” en la ruleta, oiga que esto ya no da más de sí, dejen de apostar, se acaba el juego. Pero esas admoniciones no tienen éxito porque no resuelven la ansiedad ecológica a corto plazo, y los españoles somos drogadictos de las soluciones inmediatas y las sustancias que se generan en nuestro cerebro que nos hacen sentirnos como en una nube colectiva de tranquilidad, en donde la responsabilidad queda endosada a otro (un político pasado, un extranjero…), y como nuestra percepción nos hace creer que estamos solucionando las cosas, podemos gastar otro poquito más, podemos no apretarnos tanto el cinturón. Son los efectos de la “droga”, es como ver dragones verdes en el techo del salón, o una catarata multicolor en el pasillo. No es verdad, no están ahí, aunque quien está bajo los efectos de la droga jura por lo más sagrado que sí y que son reales como el sol y la luna. Por eso, los salvadores de la economía, describen esos unicornios (como llamamos los cenizos a las políticas populistas de gasto) con pelos y señales y se percibe una seguridad en sus afirmaciones que delata su error.

Ni las dosis de dolorosa realidad nos ha desenganchado de esa adicción a las soluciones a corto plazo. Tras el descanso de las neuronas y la sensatez por las votaciones europeas, veremos hasta qué punto el empobrecimiento de la gente, ese 30% o más de pérdida de poder adquisitivo de la clase media, es suficiente terapia para desengancharnos.

Obama, empeñado en subir un 40% el salario mínimo

En Estados Unidos éste es año de elecciones. En el mes de Noviembre se celebrarán las Midterm elections, en las que se renueva por completo la Cámara de Representantes y el 33% del Senado. El propio Presidente Barack Obama se ocupó de inaugurar el año, en el debate del Estado de la Unión, dando el pistoletazo de salida de la que será una larga campaña electoral. Es hora de sacar la demagogia de la chistera. Y es que la estrategia del Partido Demócrata apunta a centrar una especial atención en torno al debate sobre el salario mínimo en Estados Unidos.

La propuesta lanzada por Obama al Congreso, y querepite casi a diario en sus continuos discursos, consiste en elevar el salario mínimo a $10,10 la hora. Los Demócratas ya han recibido, hace escasos días, un primer varapalo en el Congreso, pero amenazan con seguir insistiendo hasta que salga adelante. La idea es meter presión de cara a las elecciones. El propio Obama no tardó en mostrar su cara más populista cuando recientemente se dirigió a la Nación argumentando que los Republicanos en el Congreso están rechazando "ayudar a millones de trabajadores a salir de la pobreza".

Actualmente el salario mínimo a nivel federal es de $7,25 la hora, sobre el que algunos estados fijan salarios mínimos superiores. Estados como Hawaii, Connecticut o Maryland se han sumado al carro y han subido el salario mínimo a los $10,10 propuestos por el Presidente. De adoptarse a nivel federal, la propuesta de Obama supone un incremento del salario mínimo nada más y nada menos que del 40%. ¿Es ésta una genial idea que revolucionará, para bien, la sociedad americana? ¿O es un completo disparate?

El salario mínimo es una de esas políticas económicas en las que la opinión de la gran mayoría de la población no coincide con la de los economistas. Según el popular profesor de economía de Harvard Greg Mankiw, alrededor de un 70% de los economistas consideran que el salario mínimo esperjudicial para jóvenes y trabajadores de baja cualificación. ¿Por qué existe esta discrepancia entre expertos y opinión pública? Mi opinión es que la mayoría de la gente piensa en la ley del salario mínimo como si fuera una especie de suelo salarial, que al elevarse provoca el aumento de los salarios de quienes antes obtenían salarios más bajos. No podemos negar que las intenciones son loables. Toda persona con un mínimo de sensibilidad querría que los que menos ganan tuvieran una mayor capacidad adquisitiva y pasaran menos dificultades. ¿Quién estaría en contra de eso? El problema, sin embargo, es que no es así como funciona la ley de salario mínimo.

La teoría económica nos dice que los salarios en el mercado tienden hacia lo que se denomina la productividad marginal descontada. Esto sería algo así como el ingreso adicional que se espera que el trabajador genere para la empresa una vez descontado el tiempo y el riesgo de recibir dicho ingreso. Si el trabajador costara mucho menos que eso, otros empresarios pujarían por él y su salario tendería a subir; si costara más, el empresario estaría perdiendo dinero, así que lo despediría, le rebajaría el sueldo o procuraría no verse en esa situación, y el salario tendería a bajar. En todo caso, hay que tener presente que ésta es una ley de tendencia a largo plazo hacia un equilibrio en continuo movimiento, no un mecanismo automático que se ajuste de manera inmediata.

La ley de salario mínimo lo que dice es que es ilegal contratar a un empleado por debajo de un determinado salario. Esto puede provocar dos situaciones posibles. La primera es que el salario mínimo fijado por el gobierno quede por debajo del salario de mercado para un determinado tipo de trabajadores. En este caso la ley no tendría ningún efecto en absoluto; simplemente seguiría cobrándose el salario de mercado. La segunda posibilidad sería que el salario mínimo quedara por encima del salario de mercado. ¿Qué pasaría entonces? La consecuencia sería que aquellos trabajadores con una productividad descontada menor al salario mínimo no verían su salario incrementarse, sino que tenderían a ser despedidos. Las empresas procuran no mantener en plantilla a un trabajador si estiman que está suponiendo una pérdida de dinero. Subir el salario mínimo tiende a aumentar el desempleo estructural en la medida en la que el salario mínimo sea superior al de mercado, y en particular se ceba con los trabajadores más jóvenes y menos cualificados.

Éste no es el único efecto perjudicial de un aumento del salario mínimo. Además, se produciría un desajuste entre la oferta y la demanda de trabajo. Mientras en un mercado libre se tiende a igualar la oferta y la demanda vía salarios, el salario mínimo provoca que haya más trabajadores dispuestos a trabajar por ese salario que puestos de trabajo disponibles. Para que el empresario elija entre los trabajadores disponibles para cubrir sus relativamente escasos puestos de trabajo, será necesario que discrimine de alguna otra manera que no sea mediante los salarios. Pasará a ser fundamental tener enchufe, buenos contactos, un currículum extraordinario o el aspecto físico. Este desajuste entre oferta y demanda que provoca el salario mínimo, por tanto, genera el caldo de cultivo para la aparición de discriminación arbitraria y conflictos sociales.

Es muy sugerente pensar que el salario mínimo es un suelo que al elevarse mejora el nivel de vida de los que cobran menos. El propio Obama cometía este mismo error en su discurso en Hawaii: "esta ley supone una subida salarial a más de 28 millones de americanos que trabajan duro". Sin embargo, como dice Walter Block, profesor de la Loyola University de Nueva Orleans, el salario mínimo no es una base que al subir aumenta los sueldos, sino que es una barrera que es preciso saltar para obtener un trabajo. Cuanto más alta sea dicha barrera, más difícil será para los trabajadores más jóvenes y menos cualificados acceder al mercado laboral. En resumen, se generará más desempleo y más conflicto entre aquellas personas a las que precisamente se pretendía ayudar.

Es ingenuo pensar que para ser más ricos no hace falta más que plasmar nuestros deseos en un decreto gubernamental. No es así. ¿Qué impediría si no subirlo a $100 la hora? ¿O a un millón? Pero, como se preguntaba Juan Ramón Rallo, ¿qué salario mínimo le impondría a su peor enemigo? ¿Cero? Al contrario. Probablemente el más alto posible. Por este motivo, propuestas como la de Obama de elevar el salario mínimo en un 40% no sólo es ingenuo; además es muy peligroso. Si termina saliendo adelante, lo que se puede esperar es un hundimiento de la situación de los trabajadores menos cualificados, un aumento general del desempleo y el empeoramiento de la frágil situación económica de Estados Unidos.

La realidad política y la realidad ciudadana

Las elecciones europeas se acercan. Y, con ellas, las trampas socialmente aceptables de los políticos de todos los colores tratando de rescatar un voto perdido, un potencial elector sin domesticar. La escala de artimañas varía en función de si se trata de un partido de nuevo cuño, de uno mayoritario, si quieren desengancharse del binomio izquierda/derecha, si, por el contrario prefieren ser identificados como la derecha/izquierda de toda la vida, pero el mensaje es el mismo: usted es de los nuestros ¡vótenos!

Se espera una alta abstención, se espera un castigo leve a los políticos porque –se dice– no nos jugamos mucho si sale un candidato u otro. Se espera un estreno de los partidos recién nacidos o un pequeño afianzamiento de los junior. Se especula sin descanso acerca de las razones de los datos, los motivos de las declaraciones, las estrategias de uno y otro partido. Y, tertulia tras tertulia, una acaba acostumbrándose a ese lenguaje manido y eficaz que asocia a los candidatos y sus compañeros de partido intenciones y razonamientos particulares. Tan particulares que a la señora que va a mi lado en el Metro le quedan lejísimos. Ella está más en lo que cuesta llegar a fin de mes, en si finalmente la niña va a encontrar "algo" como cajera en el hipermercado, que ya con eso nos daríamos por satisfechos aunque dicen los políticos que es un contrato basura. Y tanto, pero es eso o la nada. Y ella también lo pasó fatal sirviendo en una casa cuando vino del pueblo. Sabe de lo que habla.

A la señora que va a mi lado en el metro se le iluminan los ojos, aunque solamente un instante, cuando ve las buenas cifras del paro y no entiende que le achaquen a los del gobierno que lo utilicen como arma electoral con lo que sufren los parados (¡que se lo digan a ella que tiene al marido en casa ya va para tres años!). Porque lo mismo han usado la defensa de la mujer para hacer campaña, con lo sufridas que somos, en especial –piensa mi vecina- cuando una no vive en un adosado con garaje y piscina, como la mayoría de las politicastras que salen en la tele usando la condición de la mujer en vano.

"¿Y a ti que te parece? ¿Estamos saliendo del hoyo?", le pregunta su compañera de trabajo sentada a su lado. "Pues qué quieres que te diga… que mi bolsillo sigue vacío, eso te digo. Igual la gente con estudios sabe más, pero que siguen los parados sin trabajo, y las empresas cerrando. ¡Y siguen los mandamases trincando!". Y ahí es donde me acuerdo de las discusiones en la tertulia de los viernes entre los cenizos y el resto. Porque claro –dice el resto- ese dato del paro es interpretado en función de la proximidad de las elecciones europeas, que son como un partido amistoso, y las municipales que ya cuentan de verdad, teniendo en cuenta el referéndum catalán y el papel que el líder de la oposición quiere desempeñar, con la tropa dividida y el armario sin arreglar, como lo tiene. Y por otro lado, es interpretado por el gobierno teniendo en cuenta que el presidente viaja a nosedonde, que la vicepresidenta se ha peleado con la del ministerio de nosecuantos, y luego, por supuesto, los partidos que tratan de llamar la atención juran transparencia, equilibrio presupuestario y lo que haga falta, con tal vehemencia que casi anticipan su mal resultado. Mientras tanto, los cenizos, con Juan Ramón Rallo a la cabeza y yo a las maracas, pedimos que se mire a medio plazo, que se considere la realidad del ciudadano para tomar medidas, para poner en marcha esas reformas que la señora al lado mío en el Metro merece, y que los políticos se curen de esa esquizofrenia que les hace contemplar su otra realidad, la política, de miras cortoplacistas y resultados escasos.

Porque justo después del cántico triunfal por los datos tan buenos, la Comisión Europea y el Banco Central Europeo han pedido al gobierno más ajustes y reformas (de las de verdad, no las de muestra) para acabar con ese paro que definen como "alarmante". Como si hubieran hablado con mi vecina del Metro.

La (re)partición de Ucrania

A estas alturas de los acontecimientos, pocos pensarán que Ucrania no se encuentra en pleno conflicto civil. Desgraciadamente, el fantasma de la guerra se está haciendo realidad y sólo cabe desear que éste no vaya a más. Quien crea que las guerras nacen para enriquecer no sabe lo que supone una guerra. Quien desee una guerra no sabe lo que está deseando, ya no sólo por la destrucción de vidas, sueños, proyectos vitales, riqueza y propiedades, sino porque, dada su naturaleza incierta, nunca se sabe hasta dónde puede llegar o alcanzar. La Gran Guerra y sus consecuencias, la Segunda Guerra Mundial y después la Guerra Fría, son ejemplos de hasta dónde estamos dispuestos a llegar los humanos para demostrar nuestra estupidez.

La situación política de Ucrania ha avanzado durante los últimos años a una polarización cada vez más clara entre los partidarios del acercamiento a Rusia y los partidarios del acercamiento a Occidente, o al menos entre los que no quieren estar cerca de los rusos, incluyendo aquí a los nacionalistas ucranianos. Entre los primeros, se encuentran las poblaciones donde dominan o son mayoría los rusoparlantes y descendientes de rusos que durante los periodos zarista y soviético fueron desplazados, obligados (y casi me atrevo a decir que estabulados) por los gobiernos y estados que, a lo largo de siglos, han administrado estas regiones. Entre los segundos, los que históricamente se sienten pertenecientes a Ucrania, posiblemente identificando a los rusos con los soviéticos (la memoria histórica está de alguna manera aún muy reciente), ya que Putin fue en su momento un personaje oscuro de la todopoderosa KGB.

No podemos caer en el recurso fácil de identificar a malos y buenos como si estuviéramos viendo una película. Por mucho que admiremos u odiemos a unos y otros, en ambos bandos podremos ver, con sólo escarbar un poco, injusticias flagrantes y actos de odio dirigidos contra inocentes que sólo han tenido la mala suerte de estar en el momento inadecuado al lado de la persona incorrecta. Ya cometimos ese error en Europa durante la desmembración de Yugoslavia y muchos criminales de guerra croatas y bosnios quedaron en el anonimato, incluso para sus víctimas. En la guerra puede sufrir todo el mundo y cualquiera puede reaccionar con extrema violencia si se siente amenazado.

Durante las protestas de los ucranianos contra el Gobierno del líder prorruso Yanukovich lo hicieron, desde luego, aquéllos que ven en Occidente y, en concreto, en la Unión Europea, un modelo a seguir, incluso la integración, pero también lo hicieron grupos políticos que están más cerca de los nazis que de los partidos socialdemócratas que dominan hoy el panorama político europeo. Si éstos terminan dominando el Gobierno y el Estado ucraniano, nada bueno se vislumbraría. De hecho, nada bueno se vislumbra incluso con los más moderados en el poder. Y es que, aunque puedan caernos más simpáticos los que ahora lo ostentan, no podemos dejar de señalar que han llegado al poder mediante un golpe de Estado. Sí, es cierto que el presidente Yanukovich, que ganó unas elecciones legales y legitimadas por los observadores internacionales, no era precisamente un líder democrático, pero la manera de sacarle del poder y sustituirlo no ha sido un ejemplo de nada, más bien una reafirmación de que en esta zona se tiende más a la autocracia que a la democracia.

Ucrania se deshace y lo hace con la colaboración pasada y presente de muchos gobiernos que anteponen sus propias necesidades a cualquier otra circunstancia, incluyendo ya no sólo a las de los ucranianos, sino a las de los de sus propios países, usando los recursos que expolian legal o ilegalmente y destinándolos a acciones de dudosa legitimidad, eficiencia y oportunidad. A la cabeza de todos ellos, el imperialismo de Vladimir Putin que, apoyándose en su poder militar y en una oportuna rusificación de zonas que ahora no están bajo el dominio de Moscú, pretende "recuperar", ya sea de manera directa (como el caso de Crimea) o a través de gobiernos títeres (la Bielorrusia de Lukashenko), lo que en su momento formó parte del Imperio zarista y, quién sabe si más tarde, el Imperio soviético.

La actividad militar que Putin está realizando cerca de la frontera no es sólo un aviso de su poder, sino una amenaza clara de que, si es necesario, va a entrar sin que un débil ejército ucraniano vaya a impedirle apropiarse, al menos militarmente, de los principales puntos estratégicos del este del país. Las milicias prorrusas y una mayoría de la población apoyarían estos movimientos militares sin que nadie pueda hacer nada sin incrementar la tensión en la zona y el peligro de una guerra más general. Esta solución es mucho más drástica que la autonomía que pedían las regiones orientales en periodos anteriores y que ahora parece lejana, a medida que se hace más clara una anexión similar a la de Crimea.

El papel de Occidente es, si cabe, más patético. Putin sabe que tiene el poder y no le importa usarlo para "recuperar" una zona que considera como suya. Ucrania, al menos una parte de ella, se ha inclinado por Europa y Estados Unidos, y mientras Rusia se dedicaba a otras cosas, los gobiernos europeos y el americano han prometido alianzas que ahora no pueden o no quieren cumplir y que quedaron plasmadas en el tratado de Bucarest de 1994.

A Ucrania se le llegó a insinuar que tenía un lugar dentro de la Unión Europea, hecho que se vio apoyado por la entrada de países como los Bálticos o Croacia y Eslovenia, antiguas repúblicas yugoslavas. Se le consideró un socio comercial especial, lo que favoreció acuerdos económicos que ahora peligran y, con ello, todos los que de ellos dependen. Alemania, el socio con más peso de la Unión Europea en la zona, ha pasado ahora de apoyar a Estados Unidos y a otros aliados europeos contra la agresora Rusia a animar a los prorrusos del este y frenar las sanciones a Rusia. Quizá un análisis algo más calmado de la postura germana desde el principio del conflicto habría mostrado que las palabras iban por un lado y los hechos por otro sutilmente distinto. Y es que la vieja alianza entre Rusia y Alemania parece haberse reactivado.

El papel de Estados Unidos también es lamentable, ya que en su condición de policía mundial no ha sabido hacer casi nada, y lo poco que ha hecho, lo ha hecho mal. Las giras del Vicepresidente, Joe Biden, y del Secretario de Estado, John Kerry, no han conseguido nada más que o buenas palabras o amenazas de las dos partes, mientras que el conflicto se enquista más y se vuelve cada vez más violento.

A estas alturas del juego, la resolución pasaría por la partición de Ucrania en dos, una que se incorporaría a la Federación Rusa y otra que, al menos al principio, permanecería independiente, pero sin salida al mar y dependiente energética y económicamente de Moscú (cabe preguntarse si bajo la supervisión del oso ruso, poco tardaría en caer de rodillas). Si alguien piensa que en este conflicto dominan los temas económicos, creo que se equivoca. No porque éstos no tengan importancia, que la tienen y mucha, sino porque este conflicto nace de lo que Tucídides consideraba una de las tres razones de las guerras: el honor. Los imperios y los que aspiran a serlo tienen zonas donde se consideran líderes y no dejan que otros metan sus narices. Son como las mafias que se pelean por un barrio o una ciudad. A Putin le interesa lo que en su momento fue posesión de Moscú, ya sea bajo dominio zarista o bajo dominio soviético. Le cueste lo que le cueste y suponga lo que suponga. Alguien identificó los estados con las mafias y éste es un buen ejemplo de que dicho parecido es más que razonable.

Una Política para la Libertad

Libertad es prosperidad. Tan inapelable afirmación es el frontispicio identificativo del joven movimiento liberal-libertario que Juan Pina abandera y éste es, sin duda, su manifiesto de presentación. Lo bueno de Juan no es que tenga ideas –algunos mejor harían en no tener ninguna-, sino que las suyas lo son por la libertad y crea escuela a la hora de defenderlas.

Juan Pina, antes que nada, es liberal. Y conviene aclararlo en un país en el que es epidémico el síndrome de ser liberal “pero antes patriota”, “pero antes español”, “pero antes catalán”, “pero antes católico”… Éste es un manifiesto sin “peros”. El P-Lib es un movimiento liberal a fuer de liberal. Y es que uno, realmente, antes que valenciano, andaluz, trabajador, estudiante, heterosexual o cristiano, es algo mucho sencillo como incuestionable: es individuo, es una persona. Todo el liberalismo, desde sus inicios clásicos, se ha ido componiendo como un cántico contundente y revolucionario de, por y para la persona. “Una política para la libertad” es un alegato, uno para salir a las calles y corear con entusiasmo esa melodía que nos hace prósperos.

En el fondo, el resurgir del movimiento liberal-libertario en nuestro país parte de un hartazgo, de un hastío.  Juan Pina es una persona que se indigna ante el panorama actual, pero que se indigna bien. Y no nos trae otra componenda, otro parche o remiendo sino un auténtico ultimátum a las recetas de “el sistema menos malo posible”. ¿Por qué conformarse con malas versiones de una sociedad justa y próspera si podemos practicar la verdadera? ¿Por qué tener lo menos malo si podemos tener lo mejor? La llamada socialdemocracia ‘transpartita’ ya no aguanta más. Hay que despertar del largo letargo, del invierno socialdemócrata que nos anestesia, reinventar la soleada e ilustrada era de las Luces, dejar que rebrote la Razón. Y ésta es una tarea diaria. Hacer política, como muestra Pina y el Partido de la Libertad Individual (P-Lib), no es tanto aspirar a un escaño como la ambición apasionada de ganar las elecciones un poco más cada día en las calles. De salir con el pico y la pala, pero con los de verdad: con los que cavar la zanja –por desgracia, precisaremos de una de dimensiones colosales- donde enterremos de una vez por todas ese Hiperestado que nos asfixia y nos agravia. Cada día, la política resulta menos opción y más obligación para quien está comprometido con la recuperación de nuestras libertades usurpadas y la conservación de las aún disfrutadas.

Sin más excusas que la de una coherente trayectoria en defensa de las ideas de la libertad, Juan Pina aboga por cambiar por completo el guión de la farsa en la que vivimos: del quítate tú para ponerme yo al quitemos al Estado para poner a la sociedad civil. Nadie ya puede acabar negando que el modelo acuñado por la frase de Alfonso Guerra de “quien se mueva no sale en la foto” se ha cumplido tan a rajatabla que ésta, la foto socialdemócrata, de inmóvil ya resulta cadavérica. El problema es que las víctimas propiciatorias de este gran banquete somos nosotros, la sociedad civil. Quien se sienta a la mesa es el Estado.

Un Estado que te quita el dinero que ganas por los métodos, además, que él te deja según sus estándares de moralidad. Es lo que podemos llamar la tiranía alternante del PPD y el SIC: la Persecución Progre del Disidente y la Santa Inquisición Conservadora. La elección entre “susto o muerte” es nuestro Halloween de cada día.

Así, Pina y el P-Lib, más que política hacen contra-política. Puede compararse, sin miedo al error, al método de atacar desde dentro el sistema al que tantas veces se refiere el profesor Huerta de Soto. Si el Capitalismo liberal algunos lo han definido no del todo erróneamente como una destrucción creativa, poco fructífero vamos a poder hoy crear si no abatimos el consenso socialdemócrata que padecemos.

Pensiones, impuestos, sistema monetario, libertades personales, mercado laboral…Juan Pina desgrana los problemas fundamentales con las respuestas necesarias. ¿Por qué han de sufragar las carreteras quienes no tengan carnet de conducir o los aeropuertos quienes no usen el avión? ¿Qué sentido tiene mantener un Ministerio de Economía en una sociedad libre? Pina no se deja enredar en los debates sofistas de hoy en día. Considera por ejemplo que la libertad de movimiento e inmigración es parte del programa liberal, pero para llegar a aplicarla tendremos que recorrer también otras revoluciones liberales como la del derrocamiento del Bienestar del Estado que actúa como sirena de llamamiento desaforado a los inmigrantes. Un Estado que ya sólo redistribuye fraudes, promesas incumplibles y una deuda que hipoteca a nuestros hijos. Cada vez resulta más patente que la única redistribución posible bajo el Estado es la de los grupos menos influyentes políticamente a los más influyentes políticamente, y de todos a favor del Estado.

El espíritu de la alternativa del P-Lib para nuestro país puede calibrarse en el siguiente extracto:

“Estamos orgullosos de representar en la Internacional Libertad al ala más libertaria. Es un orgullo recordar que la Internacional Liberal tuvo como fundador y primer presidente en 1947 al ex-ministro español de la II República Salvador de Madariaga, exiliado por la dictadura franquista, estrecho colaborador de Hayek en la puesta en marcha de la Sociedad Mont Pelerin […]. En el país del más burdo y simplista dualismo, de rojos y fachas, del conmigo o contra mí, de los fatricidios encarnizados, Madariaga representa la tercera España, y ésa es la nuestra, la que en una guerra de totalitarismos hizo lo único decente que un liberal podía hacer: las maletas. Es la España que siempre fue acallada por los toscos colectivismos de un lado y del otro, por los talibanes de brazo extendido o del puño en alto. Es la España que contribuyó de buena fe a la Transición pero enseguida fue condenada al ostracismo durante otros cuarenta años por el régimen resultante, porque el liberalismo estorbaba a la entente, ahora cordial, de los herederos de aquellos dos bandos sanguinarios, que en 1978 se repartieron el pastel asumiendo el paradigma europeo del momento: el consenso socialdemócrata”.

“Una política para la libertad” trata, en suma, de devolverte lo que te pertenece: tu vida.

@AdolfoDLozano

Inmigración (X): por la libertad de movilidad laboral

“Durante mucho tiempo en Europa preocuparon mucho más las consecuencias de la emigración que las de la inmigración”. Hans Magnus Enzensberger.

“El estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914 marcó el final del periodo de la globalización contemporánea. Por primera vez en un par de generaciones, se introdujo el proteccionismo y se empezó a exigir el pasaporte para traspasar las fronteras”. Johan Norberg.

“Si la libertad humana debe completarse, el laissez-faire (la libertad de comercio) debe finalmente estar acompañada por el laissez-passer (la libertad de desplazarse)”. Richard M. Ebeling.

“Dadme vuestras cansadas, pobres y apiñadas masas, anhelantes por respirar libertad…”. Fragmento del soneto escrito por Emma Lazarus y grabado en el pedestal de la Estatua de la Libertad.

“Jamás podremos decir que una sociedad es libre, que el proceso de globalización se encuentra operando en su máximo esplendor, mientras no se abran las fronteras, mientras se limiten políticamente las interrelaciones sociales y comerciales, mientras se impidan los movimientos migratorios”. Adrián Ravier.

En sus orígenes, el liberalismo se opuso a todo tipo de barreras mercantiles (movilidad de bienes), estamentales (movilidad social) o gremiales (movilidad profesional) de la época. También contra los impedimentos migratorios. Por entonces, las ordenanzas reales prohibían al campesino establecerse en las ciudades. Existían asimismo fuertes sanciones para el que abandonaba el país sin contar con el beneplácito de la autoridad correspondiente. La emigración libre era inconcebible y, por tanto, estaba sometida a autorización. Buena parte de los Estados aplicaban castigos corporales e incluso en algunos casos la pena capital a los emigrantes clandestinos. Luis XIV mandó vigilar las fronteras para retener a sus súbditos dentro de su territorio. La época de los descubrimientos geográficos trajo el traslado controlado a las nuevas colonias ultramarinas -bien bajo la dirección efectiva de los gobiernos, bien bajo la intermediación de las compañías mercantiles- pero en cualquier caso como algo dependiente directamente del control del monarca respectivo.

El reconocimiento de la libertad de emigrar fue una conquista gradual frente al inmovilismo de los fuertes vínculos que ataban a los súbditos al territorio bajo el antiguo régimen o frente al concepto patrimonial de la soberanía regia. La emigración no estaba bien vista. Sólo unos pocos librepensadores se opusieron a esa opinión mayoritaria y opresiva acerca de la movilidad migratoria. Hasta el siglo XIX las emigraciones internacionales estuvieron indefectiblemente acompañadas de prohibiciones, limitaciones e impedimentos legales o licencias administrativas otorgadas desde el poder.

Eran frecuentes las confiscaciones de bienes, el pago de impuestos o la pérdida de derechos de los individuos emigrados. En Alemania existió hasta 1817 el llamado permiso de partida que gravaba los bienes de los emigrantes, en Inglaterra hasta mediados del siglo XIX existía una ley que prohibía emigrar a la mano de obra cualificada. No fue hasta 1853 que se suprimió en España la prohibición de emigrar a América a canarios y peninsulares sin la autorización correspondiente, subsistiendo en la segunda mitad de aquel siglo no pocas restricciones que sirvieron a los intereses de las compañías de transporte y de los agentes de emigración, además de fomentar la corrupción administrativa. Como se ve, en asuntos relacionados con los desplazamientos humanos, la libertad ha sido a lo largo de la historia la excepción más que la regla.

La presión demográfica sufrida en Europa desde mediados del siglo XIX y las oportunidades que ofrecía el Nuevo Mundo fueron un acicate demasiado potente para que, pese a las prohibiciones, las personas permanecieran inmóviles. Se estima que unos 50 millones de europeos (en su mayoría británicos, italianos, irlandeses, alemanes, austro-húngaros, españoles, portugueses, rusos y suecos) se desplazaron a ultramar de forma ininterrumpida hasta el advenimiento de la Primera Guerra Mundial. Es la emigración internacional de trabajadores más importante de todos los flujos conocidos hasta el presente, pese a que un 40% aproximado de la misma tuviera movimiento de retorno. Es importante recordar que esa formidable corriente migratoria pasó por encima de cualquier limitación o restricción legal que existiera en origen (no existían, por el contra, cortapisas legales para la entrada en los lugares de destino).

La cristalización de la libertad para abandonar el país de uno se asentó de forma gradual en las mentes de los hombres. Afortunadamente ya casi nadie discute hoy que la posibilidad de abandonar un país peligroso, caótico o desestructurado es una de las libertades humanas más profundas.

Hoy la represión es diferente. Ya no se impide la salida, es el acceso el que está severamente limitado. Este cambio de tendencia comenzó a manifestarse tímidamente a fines del siglo XIX con la prohibición de entrada de los coolies chinos a los EE UU y Australia o la de los originarios de la India hacia otros países desarrollados. Los controles de inmigración son un fenómeno relativamente nuevo; en Europa el primer control a la misma fue introducido en Gran Bretaña en 1905.

Las leyes racistas de inmigración de los años veinte empezaron a introducir cupos y prohibiciones a cierta inmigración y a distorsionar sus flujos. Tras la Segunda Guerra Mundial se abre un paréntesis en el que fue usual desde muchos gobiernos el facilitar los movimientos de inmigración circular de “trabajadores invitados” (o huéspedes) con fomento simultáneo del retorno a sus países de procedencia. La crisis de 1973 marca el final de este ciclo e inaugura el periodo contemporáneo de fuertes restricciones a la inmigración, cerrando incluso cualquier programa de los llamados “trabajadores-huéspedes” (guest worker, Gastarbeiter) que habían existido hasta entonces.

Como ya vimos, las restricciones y cuotas a la inmigración que se adoptaron en los países desarrollados no supusieron en realidad un freno a la misma, sino un mero cambio en la composición de los nuevos flujos: desapareció la emigración circular o transitoria, aumentaron los inmigrantes “ilegales” y se afianzó el fenómeno de la reagrupación familiar de los ya instalados (cambiando una población inmigrante formada por varones menos costosa por otra compuesta por familias reagrupadas).

La emigración es hoy reconocida como un derecho humano fundamental pero la inmigración no lo es aún. Es comúnmente aceptado el hecho de que los Estados deben permitir a sus ciudadanos dejar su territorio natal si así lo desean. Caso de que no se permita se considera un régimen tiránico. Sin embargo, no se pone en tela de juicio el que, al mismo tiempo, los modernos Estados impidan la libre entrada de terceros (especialmente a trabajadores) o lo hagan pero con grandes limitaciones. A efectos prácticos, un individuo que tenga derecho teórico a abandonar su país pero que no sea aceptado por ningún otro país ve violado de facto su derecho a emigrar. Por tanto, emigración e inmigración son dos caras de la misma moneda y se complementan inextricablemente.

Hoy día, dado el actual estado de cosas, desde planteamientos liberales es necesario el reconocimiento de una deseable libertad de movilidad laboral internacional para lograr un acercamiento más ético y lógico al fenómeno de la inmigración y a sus controles fronterizos.

Las restricciones a la movilidad laboral, tanto si es intranacional como si es internacional, son difíciles de reconciliar con la perspectiva liberal de igualdad ante la ley y de libertad (que no igualdad) de oportunidades. Cosa completamente diferente es si selecciona a los pacíficos y laboriosos sin antecedentes penales en detrimento de los migrantes que sí tengan ya un registro criminal o pertenezcan a organizaciones terroristas o criminales. Eso es una actitud justificable y ética.

Para precisar un poco más la libertad de movilidad laboral, conviene distinguirla de la libertad de la inmigración propiamente dicha. Aunque son semejantes no son iguales ya que el concepto de inmigración va generalmente ligado a la residencia permanente, a las prestaciones sociales, a la obtención de la nacionalidad y a los derechos políticos que van asociados a esta última por lo que acaba confundiéndose lo que es un derecho prima facie de lo que no lo es. Por lo tanto hay que delimitarla. Dicha libertad de movilidad laboral internacional la entiendo como un derecho fundamental que se refiere exclusivamente a la libertad de desplazarse para trabajar en un territorio diferente al país de origen de uno en un marco de cooperación voluntaria entre empleador y trabajador. Sin ningún otro derecho más asociado que no sean los derechos fundamentales básicos de la persona y con la consiguiente obligación de respetar las normas básicas del país de acogida.

Intentar ir más allá de la libertad de mera movilidad laboral internacional, desencadena reacciones hostiles hacia el inmigrante y, a la postre, le perjudica. El Estado del bienestar no ha sido nunca ni será un imán poderoso para la inmigración. Las fuerzas para emigrar son otras. A pesar de que en un primer momento la derrochadora distribución estatal de las socialdemocracias modernas y su forma de cooperación coactiva parezcan favorecer al inmigrante, en el fondo le dañan. Son como el abrazo del oso; le acaban ahogando.

Efectivamente, el efecto excluyente de regulaciones laborales proteccionistas y de las ayudas sociales distorsionan los incentivos a trabajar no sólo de los nacionales sino también de los inmigrantes o la de sus hijos, creando apatía y frustración. Los efectos destructivos de los subsidios del Estado del bienestar sobre los inmigrantes se pueden comprobar al convertirles en no pocas ocasiones en permanentes clientes de un aparato social que, tal y como describe acertadamente Mauricio Rojas, los mantienen en lo que de hecho es una exclusión subsidiada, que inexorablemente va destruyendo su potencial creador y su dignidad. A veces los inmigrantes acaban rebelándose contra esa situación asfixiante.

Ver, si no, lo ocurrido en los suburbios de las ciudades de Francia en 2006 o, más recientemente, en los de Suecia del pasado año. Esto puede dar pie a reacciones de carácter también violento por parte de los autóctonos. No es la inmigración, sino las consecuencias del intervencionismo político lo que está alimentando la xenofobia. Si existiera una libertad de movilidad laboral internacional bien asentada –y delimitada- que fomentara la responsabilidad del migrante y el aprovechamiento de sus ventajas, esos episodios probablemente no se darían con tal virulencia.

No olvidemos que buena parte de las poblaciones de las democracias modernas está en contra del libre comercio y de las importaciones de productos procedentes de otros países, pese a sus innegables beneficios. Afortunadamente han acabado por imponerse parcialmente. Confío que, con el tiempo, suceda algo similar con respecto a la libre movilidad laboral de los habitantes de otras naciones para que se les abran las múltiples oportunidades que ofrecen los mercados de los países prósperos. Para beneficio de ellos mismos pero también de las sociedades de acogida.

Para ello es importante que dicho derecho se separe de los derechos sociales de segunda y de tercera generación, de la adquisición de nacionalidad y de todo lo que ello traiga consigo. Es un derecho demasiado fundamental como para que quede de facto saboteado por culpa de querer adosarle, aun con toda la buena intención, otros derechos no tan fundamentales.

Álvaro Vargas Llosa nos explica en su imprescindible libro Global Crossings que la inmigración es simplemente el derecho a trasladarse, vivir, trabajar y morir en un lugar diferente a aquél en que uno nació; es decir, la victoria de la elección sobre el azar. Facilitar o, más bien, dejar de obstaculizar todo lo posible la libertad de movilidad laboral a través de las fronteras sería un paso muy significativo hacia una humanidad más próspera, libre y responsable.


Este comentario es parte de una serie acerca de los beneficios de la libertad de inmigración. Para una lectura completa de la serie, ver también I,  IIIIIIVVVIVIIVIII y IX.

Fuck the troika

 Gary Becker, economista, premio Nobel, murió el pasado sábado a la edad de 83 años. Su vida se pareció a las de muchos otros profesores: cambios de universidad, obras, polémicas con otros autores… Pero tiene también un doloroso episodio en el que lo personal y lo profesional se entrelazan. El año en que decidió volver a la Universidad de Chicago, su mujer se suicidó. Ella temía el efecto que le produciría el duro clima de Illinois en su delicada salud. Y Becker empezó a estudiar la familia con los instrumentos de la economía.

Para contar quién ha sido Gary Becker, nos vamos a retrotraer a unos pocos años antes de que él naciera. Nos vamos hasta Frank Knight, quien leyó y estudió en profundidad la principal obra de Carl Menger, sus Principios de Economía. De ellos extrajo el concepto de coste como el valor de los cursos de acción no tomados por la persona. "Vivir, en el plano humano, es elegir", dijo Knight en su seminal Riesgo, incertidumbre y beneficio (1921). Knight y su obra fueron claves en la creación de la Escuela de Chicago; es uno de sus fundadores, si no el principal. Y de su mano hay una tradición del estudio de la relación entre la utilidad, el coste y la asignación de los recursos, un concepto lleno de prejuicios sobre los que no vamos a detenernos. Porque lo importante, ahora, es que entre quienes trabajaron en este conjunto de problemas de la microeconomía dentro de la Escuela de Chicago estaba Gary Becker. A estas cuestiones dedicó gran parte de su obra científica, y a ellas debe, también en parte, el premio Nobel.

Una idea relativamente sencilla, que ahora es moneda común, ocupó su tesis doctoral. El marxismo, bien lo sabemos, siempre ha tenido una relación conflictiva con la ciencia. Y el marxismo popular es poco más que un conjunto de comentarios de bar conspiranoicos: el empresario roba al trabajador, la gente piensa en función de lo que le interesa, los grandes intereses privados dominan la política, etc. Uno de esos saberes de almanaque que conforman el marxismo popular dice que los empresarios discriminan a los trabajadores para beneficiarse de algún modo. Gary Becker demostró que eso no es así. Si un empresario cercena parte de su clientela potencial porque no quiere compradores de otra raza está quitándose oportunidades de negocio. Ocurre lo mismo si no contrata a una persona con una especial valía también por el color de su piel. Pierde el valor extra que le habría aportado ese trabajador. Precisamente por ello, tal como observó Becker en su tesis doctoral, la discriminación tiene menos incidencia en los mercados abiertos y libres. Los racistas congruentes son expulsados del mercado.

Esta cuestión suponía ya extender el análisis económico un poco más allá del ámbito en el que se había movido. Becker, más que cualquier otro economista, ha asociado su nombre con lo que se ha llamado imperialismo económico, que es la extensión del análisis económico a otros ámbitos de la vida que no son estrictamente económicos. La microeconomía, la ciencia del comportamiento individual, es a ojos de estos autores una caja de herramientas adecuada para cualquier aspecto del actuar del hombre. Por eso se puede aplicar, y se ha aplicado, a ámbitos como el crimen, la familia, la ciencia, la felicidad, la política, la religión…

Por ejemplo, Becker se planteó, a mediados de los años 60, la decisión de cometer o no un crimen en términos de beneficios y costes. De nuevo, el economista rompió la baraja. Hasta entonces, la decisión de delinquir se había achacado a otros conceptos, como la falibilidad moral, las enfermedades mentales o la opresión de la sociedad. Evelyn Waugh, por ejemplo, dijo: "Todo crimen se debe al deseo reprimido de una expresión estética". Una interesante teoría sobre el crimen, o un honesto ejercicio de autocrítica sobre sus novelas, no lo sabemos. Becker está muy alejado de Waugh. El criminal, se planteaba el economista, es racional, y también lo son sus acciones. El crimen, en determinadas circunstancias, es racional desde el punto de vista económico. Y si queremos reducirlo tenemos que considerar esas circunstancias. Con esta idea, creó toda una nueva rama de la economía.

El método es un diálogo entre lo microeconómico y el análisis estadístico. Becker, como Milton Friedman y como otros muchos economistas, asumió que la economía era una ciencia entre la razón y el empirismo, y que los datos históricos, convenientemente pasados por la comprobación estadística, contribuirían a mejorar la ciencia económica, descartando algunas teorías, reforzando otras. Luego la realidad es más compleja. Puede ocurrir que, a partir de lo que se observa, o parece observarse, se construya una teoría económica, o con una base en el comportamiento económico, ad hoc. Esta es la sensación que me dio la lectura del libro de Gary Becker La economía de la familia. Esa, y la de que había leído uno de los peores libros que llegaría nunca a leer de cabo a rabo.

Quizás mi impresión fuera entonces injusta. Pues es verdad que hay conceptos como bienescasezvalorcostebeneficio o bien de capital que son propios de la acción humana, y no sólo de la acción económica. Y no se puede estudiar una institución como la familia desconociendo esos ámbitos de nuestro actuar. Por otro lado, gran parte de las decisiones que tomamos tienen carácter económico. Sea como fuere, Becker llevó a la familia, primero en dos artículos de mediados de los años 70 y luego en un libro (1981), el análisis económico. En su obra plantea la seducción y la búsqueda de pareja como una inversión a largo plazo en la que, en un modelo de equilibrio, beneficio marginal y coste marginal se igualan. Si usted no cree haber pasado por esa experiencia, tendrá todos los elementos para decir que estos economistas se han vuelto locos. Es cierto que es un ejemplo de hasta dónde se puede llevar el modelo neoclásico, tan lato en su comprensión del hombre, al absurdo. Pero también lo es que no debemos echar por el desagüe todas las contribuciones de la economía de la familia, ni las de Gary Becker ni las de sus seguidores, especialmente en cuestiones como la decisión de tener más o menos hijos o las referidas al reparto de tareas en casa. También encuentra una explicación en la solidaridad entre los miembros de una familia, más allá del amor que se puedan tener, en los intereses egoístas de todos ellos.

Discriminación, crimen, familia… y aún queda un ámbito, el del capital humano. Becker incidió en que la educación es una inversión que nos acompaña, y estudió su rentabilidad a largo plazo. El capital humano marca la segunda mitad del siglo XX como pocos aspectos del desempeño económico. La evolución de la población es uno de ellos. Y a él también se dedicó el economista chicaguense.

Escribió una columna económica en Newsweek durante dos décadas. Y desde 2004 era autor, con Richard Posner, de un celebrado blog de Economía. En 1992 recibió el premio Nobel de Economía. Fue el economista de la frontera, de la frontera de la ciencia económica.

Imperio de la Ley en contraposición a Estado de derecho

En el lenguaje común entendemos “Estado de Derecho” como la garantía de nuestros derechos individuales, igualdad ante la Ley (isonomía) y la seguridad jurídica. Ello se debe a una confusión en la que colaboran muchas traducciones, ya que en el mundo anglosajón Estado de derecho se traduce como “Rule of law” y viceversa. Se entiende que son conceptos equivalentes, pero muchos autores no lo consideran así y supone una distinción interesante que nos ayuda a entender la evolución del Estado, que sólo es una de las formas de gobierno (Dalmacio Negro escribe que “el Estado no es lo Político, sino una de las formas de lo Político”).

Simplificando bastante, el Estado de derecho se impone con la Revolución Francesa y se consolida con el paso de los años en el siglo XIX con la formulación del Rechsstaat alemán hasta lo que tenemos actualmente. Es un concepto que se contrapone al de Imperio de la Ley, lo que los ingleses entienden como “Common Law”. De hecho éste puede existir sin Estado y no se puede decir que exista Estado de derecho antes de la propia “creación” -entrecomillada porque en realidad se trata de un proceso de siglos- del Estado.

Imperio de la Ley

Se trata de un matiz importante, ya que las dos perspectivas conllevan modelos diferentes. En el Estado de Derecho, y su desarrollo en la Teoría Pura del Derecho de Kelsen, toda creación legislativa se reduce a que cumpla formalmente con la jerarquía legal que deriva de la hipotética Grundnorm materializada en las Constituciones de las que emanan el resto de leyes. El resultado es un modelo centralizado y artificial que puede derivar en cualquier forma legal de acuerdo al procedimiento (la puerta de entrada legal de las dictaduras).

Por el contrario, el Imperio de la Ley basado en el Derecho Común es anterior a la “creación” de los Estados y se basa en el descubrimiento del Derecho más que en su creación. Podría decirse que es un proceso espontáneo, siempre inacabado, en continuo perfeccionamiento, que permite el autogobierno en lugar de necesitar alguna forma estatal que lo imponga. De hecho, el surgimiento de un Estado tiene que amoldarse al Derecho Común o terminar con él para imponerse.

En última instancia, ambas visiones son profundamente contradictorias y termina imponiéndose la del Estado de derecho, ya que tiene la fuerza de su lado. No es casual que Estado se defina como monopolio, sin dejar lugar a que nada ni nadie le haga sombra.

Miquel Roselló