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El problema de agencia y el mercado de take-overs (I)

En el ámbito económico, se habla de una relación principal-agente cuando un individuo (el principal) encarga a un segundo (el agente) la realización de una determinada acción. El problema de agencia consiste, básicamente, en resolver de qué forma puede el principal asegurar que el agente lleva a cabo la actuación de forma óptima para sus intereses (del principal), y no de los propios.

Una típica relación principal-agente es la del empresario que contrata a un trabajador. Y, como es sabido, hay muchas formas de atenuar o tratar de resolver el problema de agencia. En el fondo, se trata de buscar mecanismos para que los intereses del agente se alineen con los del principal, que es quien a la postre le ha elegido y le paga.

En este artículo, sin embargo, me voy a centrar en la relación principal-agente que es quizá más conflictiva, y la que originalmente hizo que los economistas se fijaran en el problema, empezando ni más ni menos que con Adam Smith en su "La riqueza de las naciones"[1]. Me refiero a la relación que se establece entre los accionistas de las sociedades anónimas, y los ejecutivos que gestionan dichas empresas.

Es evidente que la asimetría de información entre ambas partes es brutal, entre unas personas que están en el día a día de la gestión de la empresa, y otras que, en el mejor caso, pueden estar tratando de adivinar la situación de la empresa mediante las cuentas anuales que publican. Ello da numerosas oportunidades de lucrarse a los primeros a costa de los segundos, como por ejemplo las prácticas de Inside-Trading que fueron analizadas aquí[2] mismo hace unos meses.

Hay otras prácticas cuya calificación es menos ambigua. Por ejemplo, imaginemos que el Consejo de Administración de la empresa LoVuestro S.A. decide realizar un contrato con la empresa LaMía S.L, propiedad de alguno de dichos consejeros, de forma que LoVuestro externaliza un servicio a LaMía por un precio muy por encima del mercado. Está claro que el agente está aprovechándose de su posición para desviar valor propiedad del principal a su posesión, y a lo mejor lo hace públicamente, pues el contrato con LaMía S.L. aparece en las memorias anuales de LoVuestro.

Por supuesto que algunas de estas conductas podrían ser consideradas inmorales, e incluso delictivas en algún caso, pero basta con que sean actuaciones ineficaces o negligentes para que atenten contra el interés del principal. Lo que nos interesa es analizar de qué forma, en qué condiciones, puede el accionista impedir que esto pase o evitar que se reproduzca, no porque sea delito, sino porque atenta contra sus intereses.

Sin duda, es clave que para impedir estos sucesos, el principal pueda disciplinar al agente, prescindiendo en el momento que desee sus servicios. Esto, que puede resultar sencillo en algunos casos, no lo es tanto en las empresas por acciones, donde cambiar al agente es equivalente a cambiar la mayoría del Consejo de Administración.

Esto no está al alcance de la gran mayoría de los accionistas que, para conseguir tal cambio, deberían agruparse y organizarse, algo que a su vez tiene un coste elevado para ellos que seguramente no quede compensado por los beneficios que pueda conseguir su participación tras el hipotético cambio. La mayor parte de los accionistas, por tanto, tratarán de disciplinar al Consejo simplemente vendiendo sus acciones y empujando el precio a la baja, hasta reflejar un valor menor para la empresa que él que le correspondería de no hacer la práctica extraña el Consejo.

Sin embargo, ello no impide a los gestores negligentes (o simplemente ineficaces) mantener esta conducta perniciosa para el accionista. Lo que sí puede pasar es que, ante la bajada en el precio de los títulos, algunos emprendedores se planteen como oportunidad de negocio la toma de control de la empresa para ponerla en valor eliminando la práctica negligente.

En resumen y en principio, parece claro que hay un mecanismo de disciplina entre el principal y el agente (esto es, el accionista y el Consejo de Administración): la venta de la acción por parte del accionista, que conduce a un menor precio de la misma, facilitando así la toma de control por terceros y su consecuente eliminación de los consejeros negligentes.

¿Qué tiene que hacer el Consejo para evitar que esto ocurra? Tratar de gestionar la empresa de la mejor posible, que es precisamente lo que quiere el accionista. Y este debería ser el fin de la historia, con la alineación de intereses entre principal y agente.

Claro que si ese fuera el final de la historia, seguramente no estaría escribiendo estas líneas. La realidad es, por supuesto, mucho más compleja. Y ello es así porque el Consejo de Administración tiene otras herramientas para conseguir protegerse de las veleidades de sus accionistas sin necesidad de mejorar su gestión.

A ellas dedicaremos la segunda parte de este comentario.

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Las reflexiones realizadas se generaron en una de las Sesiones del X HARVARD COURSE IN LAW AND ECONOMICS, organizado por la Fundación Rafael del Pino y el Harvard Law School, por lo que es de justicia expresar agradecimientos a sus organizadores y especialmente al profesor Guhan Subramanian, quien dirigió la citada sesión.



[1] "The directors of such companies, however, being the managers rather of other people’s money than of their own, it cannot well be expected, that they should watch over it with the same anxious vigilance with which the partners in a private copartnery frequently watch over their own." Ver el Libro V, capítulo 1, parte III, artículo 1.

[2] https://ijmpre2.katarsisdigital.com/comentario/6349/solucion/libre/mercado/insidertrading/

Chivos expiatorios de la crisis: agencias de calificación

Nos hemos dado cuenta desde hace ya algún tiempo que el mejor amigo del hombre no es el perro, sino el chivo expiatorio (R. Braun). Y esto es especialmente cierto en el caso de los gobiernos ineficientes con ramalazos totalitarios que intentan enmascarar su nefasta gestión. Estos gobiernos, vitoreados por todos aquellos agentes que buscan favores e influencia política, han intentado descargar la culpa de la crisis en cualquier ente (real o no) que no sean ellos mismos.

En este y próximos artículos comentaremos algunos de los principales chivos expiatorios de esta crisis. Empezaremos por un chivo expiatorio estrella: las agencias de calificación o de rating.

Veamos. Las agencias de calificación son empresas cuya especialidad es el análisis de riesgos financieros. Los clientes de estas empresas son emisores de deuda y valores en general, como por ejemplo, países, regiones, comunidades autónomas, empresas e inversores institucionales. El rating es la calificación que se otorga a los emisores en función de su calidad crediticia.

De esta manera, una calificación baja significa que la emisión es de mayor riesgo, es decir, que se imputa al emisor un mayor riesgo de impago (por ejemplo los high yield o bonos de alta rentabilidad). Las más conocidas son Moody´s, Standard & Poor´s y Fitch. Estas empresas son las autoras de las calificaciones crediticias o ratings que tanto se emplean en los mercados de capitales.

Pues bien, cada vez que las agencias de rating rebajan el rating soberano de algún Estado se enfrentan a numerosas acusaciones. La principal es la de destruir el Estado del Bienestar y demás derechos sociales. El razonamiento es el siguiente: la mala calificación de la deuda soberana genera volatilidad y desconfianza en los mercados, lo que perjudica a las cuentas y finanzas públicas (encareciendo la deuda pública), y deriva irremediablemente en recortes y ajustes de prestaciones y derechos sociales. Incluso una docena de abogados amenazaba hace algún tiempo con presentar una querella criminal por este motivo contra la agencias de rating…

Ciertamente las principales agencias de rating (Moody’s, Standard and Poor’s y Fitch) han destacado en esta crisis por sus desacertadas calificaciones de diversos activos financieros, por ejemplo, las hipotecas subprime y derivados financieros (como los CDO). Sobrevaloraron activos para luego degradarlos notablemente cuando los impagos irrumpieron con fuerza. Esto es debido a no tener una buena comprensión de la teoría de los ciclos económicos, lo que les hizo no prever el escenario de crisis y el comportamiento y evolución de los activos valorados en ese escenario. Asimismo, creyeron que los bajos tipos de interés y la abundante liquidez durarían de forma indefinida, con lo que obviaron la posibilidad de un incremento generalizado en los defaults. Recordemos que Lehman quebró con calificación A…

Dicho esto, los gobiernos no pueden quejarse del tratamiento de las agencias de calificación. En lo que respecta al sector público, las calificaciones han sido muy favorables, inflando vergonzosamente las deudas soberanas. La teoría conspiranoica de las agencias crediticias contra Europa y el euro no se sostiene en absoluto. Solamente hace falta comparar el rating que daba Moody´s (por ejemplo hace varios años en 2011) a los bonos soberanos de España y Portugal en comparación con el rating que le daba el mercado (CDS y Bond Implied-Ratings). En ocasiones hasta 7 u 8 escalones por encima del mercado (Aa2 frente a Baa3 en el caso de España).

Algo perfectamente comprensible si tenemos en cuenta que estas tres agencias suponen un cartel aislado del resto de posibles competidores debido a privilegios estatales: desde los años 70 Estados Unidos exigió indirectamente que todas las emisiones se evaluasen por agencias que contasen con licencia de la SEC, es decir, exclusivamente por estas tres agencias. Basilea II también ratificó este privilegio. A partir de ese momento se entra en un círculo vicioso en el que el cliente de las empresas de rating es el propio regulador. Las agencias de rating se cuidarán mucho de no morder a la mano que les da de comer, perdiendo de esta manera su independencia. Es un sector de escasa competencia y eso se observa en la similitud de las valoraciones y calificaciones.

Sin duda, en un mercado no intervenido existirían numerosas empresas de calificación de todo tipo de activos, títulos y emisiones. Éstas expresarían libremente su opinión y análisis, haciendo uso de su libertad de empresa, información y expresión. Los ingresos de las agencias provendrían de los suscriptores de sus publicaciones y, por supuesto, de las entidades emisoras que abonasen los derechos de calificación.

Mediante procesos de mercado se distinguirían las evaluaciones expertas, válidas y útiles de las que no lo son. Aquellas que aciertan en sus calificaciones y pronósticos gozarían de mayor prestigio y popularidad. Aquellas que yerran continuamente y no aportan valor en el mercado serían dejadas de lado por los inversores y clientes.

Este proceso evolutivo se desvirtúa si existe un cliente (el Estado) que pretende ser a la vez cliente (deseando que evalúen sus emisiones) y regulador (dando las licencias que considera). Esto hace que se creen barreras de entrada artificialmente y que además las calificaciones estén fuertemente condicionadas.

Las agencias de rating han sido y son cabezas de turco por excelencia de los gobiernos. Incluso yendo muy por detrás de los mercados, sus calificaciones han puesto de manifiesto la cruda realidad que los gobiernos quieren ocultar: han estado descuadrando sus cuentas, se han endeudado masivamente y no han hecho reformas estructurales consistentes. Y todo ello ha hecho que se sitúen al borde del default.

@jmorillobentue

Por la libertad de los venezolanos

La escalada represiva desatada por el gobierno venezolano contra las protestas extendidas por el país para reclamar la dimisión del presidente Nicolás Maduro ha puesto de manifiesto de forma cruenta la degradación en la que se halla sumida Venezuela, después del experimento del “socialismo del siglo XXI”, iniciado por el difunto Hugo Chávez y su movimiento en las postrimerías del siglo pasado.

Hordas parapoliciales motorizadas al servicio del gobierno dispararon el pasado 12 de febrero contra los manifestantes reunidos a las puertas de la Fiscalía general en Caracas para entregar a su titular una petición de liberación de los detenidos en distintas protestas a lo largo del occidente del país. Según las cifras oficiales, el balance de los incidentes ascendió a tres muertos, sesenta heridos graves y sesenta y nueve detenidos. Además, otras fuentes citadas por El Universal de Caracas apuntan a 125 jóvenes detenidos e incomunicados en todo el país y dan cuenta del sufrimiento de torturas de aquéllos que se han puesto a disposición judicial. Entre los fallecidos se cuenta al estudiante opositor Bassil Dacosta –asesinado de un disparo en la cabeza- así como Juan Montoya, al parecer un miembro importante de los comités revolucionarios que apoyan al gobierno.

En contra de toda evidencia, los portavoces del régimen bolivariano se apresuraron a culpabilizar de estas muertes a los opositores, lanzando una orden de búsqueda y captura contra el líder de Voluntad Popular, Leocadio López, quien se ha entregado ya a la Guardia Nacional en un gesto valiente que le convierte en el símbolo de la resistencia a la dictadura. La televisión oficial no ofrece información sobre estos incidentes, y al mismo tiempo se ha cortado la señal del canal de televisión colombiano NTN24 que había apostado a sus corresponsales para informar in situ, bajo la insólita acusación de instigar la violencia. Asimismo, el régimen intenta bloquear la difusión de Twitter en Venezuela. No resulta tampoco casual que desde hace semanas los diarios de ese país anunciaran su cierre por la negativa del Estado a facilitarles las divisas para poder adquirir papel de prensa.

Mas allá de las últimas noticias, sin embargo, nos quedaríamos en la superficie si no recordáramos las enseñanzas de quienes auguraron hace dieciséis años lo que depararía la victoria de un teniente coronel golpista llamado Hugo Chávez en las elecciones presidenciales de diciembre de 1998. En efecto, ya en esas fechas Carlos Alberto Montaner –ganador del premio Juan de Mariana 2010– advertía del cúmulo de desgracias que aguardaba a los venezolanos debido a la elección de un caudillo que había proclamado su intención de acabar con la democracia que le permitía alcanzar el poder político, del mismo modo que Hitler y Mussolini hicieron en sus respectivos países a principios del siglo XX. La muerte del primer caudillo relativamente joven y la imposibilidad de predecir un calendario de acontecimientos no empecen en absoluto el acierto de su pronóstico general sobre las alternativas que se abrían ante ese abismo.

“En un país que se muere de estatismo, Chávez aumentará el perímetro del Estado. En una sociedad agredida durante décadas por absurdos controles económicos, Chávez multiplicará los cerrojos y limitará aún más las libertades políticas. En una nación en la que el Estado de Derecho es casi una ficción, este presidente carapintada sustituirá cualquier vestigio de constitucionalismo que quede en pie por su omnímoda voluntad”(…) A propósito de la estremecedora experiencia de un amigo venezolano, amenazado telefónicamente por difundir artículos donde se denunciaba el carácter totalitario del golpista, Montaner reflexiona sobre los mecanismos que permiten el triunfo del totalitarismo: “No es el triunfo de una ideología sobre otra, sino el avasallamiento total de un sector de la sociedad por otro que tiene el monopolio de la fuerza y lo utiliza sin ningún freno. El objetivo es sembrar el miedo y el instrumento para ello es la intimidación física más burda. Todo está previsto en un crescendo cruel: amenazas veladas, turbas organizadas, insultos, golpes, prisiones, torturas y -por último- la muerte”.

Su conocimiento de la historia y de las tragedias de los países latinoamericanos le permitió diagnosticar que no vencía un solo hombre, sino la superstición de que la riqueza está en los bolsillos de unos pocos, y que basta que un Caudillo se apodere de ella para repartirla entre las masas hambrientas. Ilusiones que habían sembrado Acción Democrática (miembro de la Internacional Socialista) y COPEI (demócrata cristiano), los partidos mayoritarios del anterior sistema que el movimiento de Chávez venía a sustituir.

Pues bien, ejecutado gran parte el programa revolucionario socialista para alcanzar progresivamente el poder total, utilizando los ingresos derivados del petróleo para financiar la compra de voluntades de sectores de la sociedad venezolana (y de otros turiferarios en el exterior) se confirman gran parte de las previsiones del escritor cubano, aunque, tal vez, el régimen ha llegado al fin de su recorrido por la profundización de los problemas creados. La imposición de rígidos controles de cambio y la fijación de precios por ley han provocado hiperinflación y el desabastecimiento de productos básicos. Los índices de criminalidad desbordan la imaginación más calenturienta. Cuando los comercios subían los precios de sus mercancías para adaptarlos a la depreciación del bolívar frente a las demás divisas, el régimen comenzó a perseguirlos acusándolos de “usura” y de “robo al pueblo”. Quienes no se atenían a los precios dictados por el gobierno sufrían la incautación de sus productos para distribuirlos “a precios justos” -y por poco tiempo- entre sectores de la población alentados a participar en el pillaje. El pasado mes de noviembre se confiscaron los artículos de una conocida cadena de electrodomésticos para satisfacer la voracidad de infelices a quienes previamente se había privado de un bien remotamente parecido al dinero. En un entorno de inseguridad jurídica tan absoluto, como vaticinaba Montaner en 1998, la huida de personas y capitales ha sido constante.

Como hemos visto, ya desde el ascenso al poder de Chávez y la estrepitosa caída de los partidos tradicionales se institucionalizó la intimidación y la coacción de los opositores, motejados de fascistas por los impulsores de un régimen que guarda tantas semejanzas con los totalitarismos de entreguerras. El régimen chavista ha tenido tiempo de sobra para reformar la constitución venezolana sometiendo a los que han permanecido en Venezuela a un estado de tensión permanente y haciendo irreversibles formalmente los golpes a toda noción de Estado de Derecho. Pocas veces se ha retransmitido en directo a un jefe de estado pisotear los derechos de los ciudadanos de una forma tan descarada como en aquellas tristemente célebres imágenes en las que el fantoche ordenaba la confiscación de empresas. Aquella máxima de los teóricos del derecho nazi que proclamaba que “nuestra constitución es la voluntad del Führer”alcanzaba plena vigencia, tal como, asimismo, nos había anticipado Montaner.

A pesar de todas las derrotas infringidas por el régimen -obviamente respaldado por una parte muy importante de la población- a quienes se resisten a emigrar y a someterese a una dictadura, el caos en el que se halla inmerso el país ha propiciado las protestas contra el actual presidente, que protagonizan los líderes de la oposición y multitud de estudiantes. El curso de los acontecimientos resulta díficilmente predecible, pues el caso de Venezuela presenta diferencias sustanciales con respecto a su modelo de la isla cárcel. No resulta menor el hecho de que, para desgracia de los cubanos, el régimen de los Castro, aparte de la resuelta determinación de unos revolucionarios sanguinarios y sin escrúpulos, se consolidó merced a la ayuda económica y militar que le prestó la Unión Soviética. En el momento en que ésta se derrumbó, la dictadura castrista ya había eliminado o forzado el exilio de millones de cubanos molestos. Dieciseis años después de su ascenso al poder de Hugo Chávez, la relación de fuerzas entre gobierno y oposición, a pesar de las coacciones, dista mucho de ser equiparable a la que se produjo en Cuba. La oposición mantiene como baluartes de contrapoder la alcaldía de Caracas, dirigida por Antonio Ledezma, y al gobernador del estado de Miranda, Henrique Capriles Radonski, candidato de la oposición que perdió las elecciones frente a Nicolás Maduro por tan solo 200.000 votos, según los recuentos oficiales.

Por último, si bien las potencias regionales con más capacidad de influir se han mostrado muy tibias hasta el momento, resultan llamativas las recomendaciones norteamericanas a Maduro de dialogar con la oposición y suelta de los detenidos, así como la advertencia de que el arresto de Leopoldo López podría causar consecuencias negativas con ramificaciones internacionales. La reacción del régimen ha consistido en la fulminante expulsión de tres funcionarios consulares, acusados de “conspirar en las universidades”. Si se hojean los diarios peruanos y colombianos, por ejemplo, además de una amplia información sobre los acontecimientos, se palpa una corriente de simpatía hacia los manifestantes contra Maduro.

La salida ideal ante tanto desastre no está escrita. Probablemente, la resistencia interior desplegada por los partidos de la oposición, los cuales parecen tener ideas claras al respecto pese a sus disensiones, combinada con las presiones de los países democráticos latinoamericanos sobre el régimen chavista en el seno de la Organización de Estados Americanos (OEA) al amparo de la Carta democrática Interamericana -suscrita también por Venezuela el 11 de septiembre de 2001-, puedan reconducir el dilema ante el que se enfrentan los venezolanos que anhelan la libertad: Tanto la guerra civil como el sometimiento a la dictadura no son opciones plausibles.

¿Quién es el corrupto?

Además de la corrupción que persiguen las leyes, hay otra corrupción, institucionalizada, que vertebra y hace viable el sistema estatal.

Más allá de los robos y trapicheos, el Estado promueve una corrupción de todos con todos. Bajo la ilusión de que lo público es gratis, la gente espera recibir servicios públicos pagados por otros, “los ricos”. Y siempre hay otros que son considerados más ricos, que son los que se espera que paguen esos servicios.

Gracias al entramado de subvenciones y ayudas que riegan todos los sectores y llegan hasta el último rincón, los individuos pasan a ser estatodependientes. No importa la cuantía o el motivo, pero no podemos encontrar actividad económica o profesional que dentro del Estado no dependa de una concesión, publicidad institucional, concurso público o, directamente, subvención. Los grupos organizados más poderosos son quienes obtienen más beneficios estatales mientras que los más miserables deben conformarse con las migajas, y aun así agradecerlas.

Durante la crisis algunas de estas subvenciones y ayudas se han visto recortadas, limadas en porcentajes irrisorios teniendo en cuenta el montante total, pero rápidamente estos sectores subvencionados han clamado contra un austericidio inexistente. Semejante indignación siempre ha ido encaminada a exigir más Estado, más sistema. Suelen autodenominarse antisistema pero si se examinan sus propuestas se verá que son conservadores en su peor acepción, en el mejor de los casos pretenden mantener sus privilegios y subvenciones y en el peor, aumentarlos.

La compra de favores no es algo nuevo en la humanidad y una democracia sin controles puede degenerar fácilmente en la compra de votos a través de rentas aseguradas por los presupuestos generales del Estado. Un sistema así generalizado garantiza la estabilidad y perpetuación del sistema de rapiña del emprendedor. Nada cambiará pese a que lleguen al poder partidos de otros colores mientras su alternativa siga hacer viable el Bienestar del Estado o aquellos que quieran aumentar el establo de unicornios de los “derechos sociales” sin tener en cuenta cómo alimentarlos. Nada cambiará porque en el fondo todo el mundo sabe que de una forma u otra depende del Estado. Así que sólo cabe preguntarse quién es el corrupto.

Venezuela y la sangrienta octava estrella

Lo que ocurre los últimos días en Venezuela tiene un sentido mucho más profundo que el de unas meras manifestaciones convocadas por la oposición frente a un Gobierno. Lo que estamos viendo es a miles de ciudadanos que salen a la calle en un intento de frenar el proceso de castro-cubanización absoluta de un país al que Hugo Chávez dotó de una ideología socialista de Estado al convertirlo en “República Bolivariana”.

El objetivo último de Chávez, y ahora de Maduro, es convertir a Venezuela en la nueva Cuba castrista. Puede resultar absurdo querer emular un modelo fracasado, pero en este caso tiene su lógica. Desde el punto de vista del socialismo del Siglo XXI, el comunismo cubano dista de ser un fracaso. Para los sistemas socialistas el éxito o el fracaso no se mide en términos de bienestar real de la población. Un sistema de este tipo no es más o menos exitoso en función de que los ciudadanos estén bien alimentados, dispongan de papel higiénico o puedan permitirse disfrutar de las vacaciones en un lugar agradable. Ni tan siquiera, propaganda a un lado, por la calidad de la sanidad y la educación. Si se tiene en cuenta todo eso, el régimen de Fidel y Raúl Castro es un absoluto desastre.

Un sistema socialista es exitoso cuando la inmensa mayoría de los ciudadanos tiene unas condiciones de vida similares, aunque estas sean míseras, y no pueden oír voces contrarias a quienes detentan el poder. Y, en todo eso, el castrismo ha sido un gran éxito. Casi toda la población cubana vive en una igualitaria pobreza extrema y, aunque hay decenas o cientos de valientes opositores, la actitud más frecuente en la isla es callar ante el Partido Comunista, sus fuerzas represivas y la ommipresente propaganda gubernamental. ¿Cuántos se creen esta última? Realmente es difícil de saber.

Décadas de aislamiento y ausencia de información y opinión libres pueden mantener engañados a miles o millones de personas, pero la hipocresía necesaria para poder sobrevivir en un régimen totalitario (decir lo que uno piensa de verdad puede llegar a costar la cárcel o algo peor) impide que se sepa el grado real de aceptación o rechazo del sistema socialista. En cualquier caso, el castrismo en este aspecto ha triunfado con creces. No puede decir lo mismo el chavismo.

En Venezuela quedan restos de periodismo no oficial, aunque se hayan cerrado bastantes medios de comunicación privados, se hayan sometido al poder político a otros, y unos cuantos más sean reprimidos con creciente dureza. Existe un internet todavía aceptablemente libre (aunque en esto también se está retrocediendo bajo el régimen chavista). Por estos y otros factores, quedan miles de venezolanos que todavía no han sucumbido a la sumisión por convicción o a la práctica del fingimiento al régimen socialista para sobrevivir. Son los que han salido a calle y están siendo reprimidos con dureza por las fuerzas de seguridad y los grupos armados castro-chavistas.

Lo que no se ha conseguido con la propaganda, el chavismo lo está intendo imponer con la fuerza bruta. Maduro ha advertido con dar un “carácter armado” –como si no lo hubiera tenido hasta ahora– a la “revolución” si hay un intento de golpe de Estado. Según demuestra la experiencia comunista, los regímenes socialistas consideran como golpe de Estado toda protesta de los ciudadanos contra ellos, con lo que es de esperar que la represión vaya a crecer.

En las calles de Venezuela se muestran estos días dos variantes de la bandera del país. Muchos opositores lucen la tradicional, con siete estrellas. El chavismo muestra la oficial, con una estrella más, añadida por Chávez en 1999.

Esa octava octava estrella es necesariamente sangrienta, pues sangriento es el socialismo. El chavismo ya ha segado la vida de personas que reclamaban libertad, y el riesgo de que la represión vaya a más es muy real. No parece que Maduro vaya a poner freno por voluntad propia ni por presiones internas. Por eso es tan importante que desde el resto del mundo los medios de comunicación informen de lo que ocurre, y que los ciudadanos estén atentos y denuncien en la medida de sus posibilidades por cualquier vía.

También resultaría muy valioso que los Gobiernos democráticos denunciaran la represión y amenazaran a Maduro y sus aliados con convertirles en apestados en la arena internacional. Pero, nos tememos, eso es mucho pedir. Al menos con Ejecutivos como el de Mariano Rajoy y otros gobernantes europeos.

Oligarquía de élites destructivas

Existe una ley universal que aplica a la organización de las sociedades humanas, que se denomina ley de hierro de las oligarquías. En cualquier colectivo humano, surge un grupo de personas que lidera la toma de decisiones, lo que se puede comprobar tanto al observar grupos de amigos, equipos deportivos, asociaciones o empresas como al estudiar antropológicamente aldeas, tribus, pueblos, ciudades, regiones o naciones históricas. 

1. Oligarquía de élites inclusivas

Una oligarquía de élites "inclusivas" se constituye cuando las autoridades dotan de triple seguridad (exterior, interior y jurídica) a un territorio y coexisten con un marco institucional que permite un Estado de Derecho, digno de tal nombre, porque protege los derechos individuales de los ciudadanos a la vida, a la libertad, a la propiedad y a la igualdad de trato ante la Ley.

Obviamente, una oligarquía de élites "inclusivas" coexiste siempre con la dispersión pluralista del poder, que se puede alcanzar por medio de elecciones libres y directas, siempre que no sean meramente testimoniales y eternicen en los cargos a los mismo personajes, sino que renueven periódicamente las instituciones y, especialmente, los poderes ejecutivo [1], legislativo [2] y judicial [3][4], que es lo que ayuda a que la democracia (o poder del pueblo) no quede secuestrada por una oligarquía liberticida.

De hecho, sólo si arraigan la separación "real" de poderes y la independencia de jueces y tribunales, como características institucionales de una sociedad abierta,se puede realizar una defensa eficiente de los derechos y libertades de los ciudadanos.

Una oligarquía de élites "inclusivas" se identifica fácilmente en un país, cuando el Estado es mínimo o limitado en su tamaño y sus actuaciones y, por tanto, cuando el ejercicio del Gobierno queda sujeto al control de la población e impera un Estado de Derecho. 

2. Oligarquía de élites extractivas

Cuando el tamaño del Estado aumenta, también crece el poder de las oligarquías y se incrementan las restricciones del orden político sobre el orden de mercado, por lo que se extiende la solución estatista hacia más parcelas privadas de la vida.

La oligarquía de élites "extractivas" emerge con el aumento del tamaño del Estado por medio de legislación liberticida, impuestos y endeudamientos crecientes, y alteración del valor del dinero, ampliando sus propios privilegios y prebendas.

La oligarquía de élites "extractivas" se constituye como una casta cerrada de grupos y círculos de poder, vedados al resto de la población, desde donde se legislan todos los aspectos de la vida de los ciudadanos y se redistribuye la riqueza privada hacia grupos organizados de redes clientelares (partidos políticos, fundaciones, asociaciones, sindicatos, patronales y lobbies empresariales).

La oligarquía de élites "extractivas" expolia el presupuesto público con excusas ideológicas que permiten la depredación de los fondos públicos mediante eslóganes y consignas como el interés general, el bienestar común, la justicia social, la lucha contra la pobreza, la lucha contra el cambio climático, el derecho a decidir, la lucha contra el enemigo interior o exterior…

Una oligarquía de élites "extractivas" queda plenamente identificada, cuando se observa un Estado Minotauro con untamaño de Estado cercano o superior al 50% del PIB y, también, cuando el ejercicio del Gobierno no queda sujeto al estricto cumplimiento de una Ley respetuosa con derechos civiles.

Entonces, el atropello de los derechos individuales, la prevaricación, el cohecho, la malversación de caudales públicos y la corrupción se generalizan y quedan impunes los delitos políticos y económicos.

A los ciudadanos se les aplican las leyes y normas de manera implacable. Sin embargo, los gobernantes y los grupos de medradores cercanos al poder (partidos políticos, fundaciones, sindicatos, patronales y grandes empresas) evaden el cumplimiento de la Ley y la acción de la Justicia. Los delitos políticos no se investigan y se dejan prescribir. Las condenas se reducen e incluso se liberan asesinos y terroristas por supuestas "razones de Estado". 

3. Oligarquía de élites destructivas

Cuando se generalizan el incumplimiento de la Ley, el relativismo y la ausencia de moral, las oligarquías de élites extractivas se convierten también en destructoras del orden político vigente.

Entonces podemos hablar de oligarquías de élites "destructivas" que surgen con la transformación del Estado Minotauro en un Estado Hidra, formado por la acción de múltiples administraciones intervencionistas; actuando al servicio de diferentes clanes políticos que se enfrentan y acuerdan el reparto del poder político.

Por analogía con la mitología griega, el Estado Hidra es guardián del inframundo en donde no se respetan los derechos individuales de los ciudadanos. El Estado Hidra es un monstruo con un tamaño cercano o superior al 50% del PIB pero, a diferencia del Estado Minotauro, con un número variable de cabezas o Estados-Administración que van desde tres, cinco o nueve hasta cien.

Una oligarquía de élites "destructivas" queda identificada, cuando deja de cumplirse la Ley en las regiones dentro del territorio que abarca el Estado Hidra y, por ejemplo, se producen intentos de separación política por asunción de competencias sin límites en 17 mini-Estados (o Reinos de Taifa o Autonomías), como ocurre en España.

Las oligarquías de élites "destructivas" intentan fragmentar aún más el territorio para repartirse políticamente los recursos del Estado Hidra mediante la creación de una nueva patria, una nueva nación o, como preferían los nacionalsocialistas en la Alemania nazi, un nuevo "Lebensraum", donde seguir medrando económica y políticamente con mayor grado de impunidad, empleando el Estado-Administración como maquinaria legal y técnica para el ejercicio absoluto del poder.

La casta política extractiva utiliza los sentimientos colectivos para crear un tiempo nuevo, construir una nueva legalidad, donde prevalezca la inmoralidad del "Zeitgeist" (o espíritu del tiempo), anulando los derechos individuales de los ciudadanos y defendiendo tan sólo sus propios intereses y utopías como oligarquía.

La población civil queda indefensa ante la acción liberticida de los políticos, y sometida por una maquinaria burocrática y legislativa al servicio de la casta política que controla la administración local o regional del Estado Hidra, porque existe el miedo a la libertad [1] [2] ante la violencia ejercida por el poder político.

Sin embargo, una nación histórica no es una institución baladí, dado que es la esencia que permite la configuración de un orden político estable en un territorio entorno a las diferentes formas de configuración del poder político en las ciudades, los reinos, el imperio o el moderno Estado-nación.

Generación tras generación, se configura una nación histórica con un "ethos" colectivo formado por usos, costumbres y valores, con una forma de sentir la vida y de entender las relaciones sociales y con un carácter propio que se configura a lo largo de la historia. Su influencia es determinante tanto en el orden de mercado como en el orden político (u oligárquico) que gobierna un país.

Inicialmente, una nación histórica o patria está por encima de cualquier oligarquía de élites destructivas, porque aglutina el "ethos" colectivo en relación con: la forma de entender la vida, la familia, la libertad, la propiedad, el comercio, el dinero, la justicia…

Las oligarquías de élites "destructivas" intentan cambiar esas instituciones morales por medio de la legislación positiva, los subsidios y ayudas públicas, y los medios de comunicación que promueven su ingeniería social pero, sin embargo, desatan conflictos sociales a largo plazo que: o bien suponen su endiosamiento y la imposición de una sociedad más cerrada o bien su propio derrocamiento y el arraigo de una sociedad más abierta.

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El marketing y la política, gana Venezuela

Desde hace cuatro días los estudiantes venezolanos se han tirado a la calle a protestar por la situación económica, la falta de libertades y la nefasta gestión del presidente Maduro. Seguir los acontecimientos en las redes sociales, que se anticipan a los medios tradicionales, me ha permitido reflexionar acerca del tema desde muchos puntos de vista. Por ejemplo desde el marketing.

La peligrosísima libertad

Y fue en una red social en la que conocí a Gaby Castellanos, residente en España, venezolana de sangre y corazón y una de las mujeres más premiadas en el mundo del marketing, la publicidad y la comunicación. Para los chavistas, tal y como dejaron bien claro en el medio La Iguana TV, Gaby es un bicho peligroso al servicio del mal. En un artículo publicado el 16 de febrero titulado “Desde Miami y Madrid: Conozca a quienes manejan la guerra mediática en Venezuela” se señala, entre otras personas, a Gaby Castellanos como una mentirosa al servicio de los opositores políticos, una periodista con poca ética, que incita a la violencia desde las redes sociales. Es cierto que Gaby afirmaba, ya en el 2011, que en Venezuela no hay libertad de expresión. Pero eso es un hecho que quienes viven el día a día, sin privilegios, en Caracas, por ejemplo, lo saben bien. Nicolás Maduro ha comprado el silencio de los medios amenazando con retirar las licencias televisivas si no guardaban el debido silencio respecto a sus errores. Así comenzó el presente bloqueo informativo que ha llegado hasta la censura en las redes tratando de evitar que se subieran imágenes a Twitter, etc.

Los defensores de la libertad, entre los cuales conozco alguno que me honra con su amistad, son “apercibidos”, por decirlo de alguna manera, en forma de arrestos, aparentemente sin relación con un acto o declaración política, pero que les deja claro que es mejor ser prudente y elegir dónde se habla y con quién.

Que una persona ajena a la política, con innumerables reconocimientos por su labor en el mundo de la publicidad y el marketing, no solamente en su país sino a nivel internacional, afirme que no hay libertad de expresión en Venezuela, representa una diana en la línea de flotación del mandato de Maduro. En sus tweets denuncia: “No hay papel de baño. No hay leche, ni para los bebés ni de ninguna clase. Si te asaltan y te pegan un balazo no hay con qué curarte en los hospitales, no hay algodón ni bisturí. No puedes salir a la calle con el teléfono en la mano, te matan, ni ir en el coche con la ventanilla bajada, te matan. No hay que tener dinero para que te secuestren, te secuestran a cambio de tarjetas para recargar el teléfono, pero aprovechan y te violan, la vida no vale nada, cero. Y eso es así para cualquier clase social. El gobierno armó a la gente macarra y sacó gente de la cárcel”. No obstante, ofrece una solución, las redes sociales como Twitter, que permiten zafarse de los grilletes estatales: “Recordad que cada uno de vosotros es un medio de comunicación, vuestro celular/móvil, ojos, voz, no lo olvidéis”.

El marketing político venezolano

Pero, además de las llamadas de alerta los mensajes informativos, o de apoyo, o la replicación de mensajes de otros venezolanos desde la calle, Gaby ha propuesto un análisis de marketing político que me ha hecho reflexionar. En su opinión todo es un proceso de cambio comunicacional, social y político en el mundo. De repente, Venezuela, los venezolanos, cayeron en la cuenta de que son el consumidor y reclamaron su soberanía. La marca Maduro, en muy poco tiempo, ha traído pobreza, hambre, falta de libertad, y el pueblo, que creía que estaba al servicio de la marca, al servicio de los Chávez, los Maduro, los Castro o cualquiera que pretenda que el pueblo trabaje para ellos, para su mayor gloria y riqueza, ha descubierto que puede exigir. ¿Qué? Pues al menos que le devuelvan su libertad de expresión, de buscarse la vida honestamente y de vivir en paz.

Para Gaby, el que todo haya estallado ahora tiene que ver con la carencia de liderazgo comunicacional y carisma de Maduro frente a Chávez en términos de marketing y comunicación. Y, le pese a quien le pese, es cierto. Chávez, haciendo las mismas barbaridades, tenía otra entidad, otro carisma y, o era admirado o temido. Pero Maduro no tiene ni eso. Así que un día los estudiantes dijeron “¡Basta!” y los demás venezolanos decidieron apoyarles. Lo que podía haber quedado en una algarada sirvió de palanca para que germine una oportunidad para Venezuela. Otra cosa es qué resulte de todo esto.

Y llevando el análisis de la experta a nuestro país y, por qué no, a los demás países occidentales, me pregunto si el deterioro en términos de marca, comunicación y persuasión, de nuestros políticos, va a ser también aquí, el detonante de un cambio, esperemos que a mejor, de aquellos en cuyas manos, de manera irresponsable desde mi punto de vista, hemos puesto nuestro futuro.

¿Libertad frente a prosperidad?

Hay quienes contraponen, como hace ver el título de este artículo, libertad y prosperidad. O, dicho de otro modo, se preocupan por si el liberalismo debe defenderse desde posturas más éticas, esto es, defendiendo la libertad como valor supremo, o desde otras más crematísticas, como la prosperidad.

No nos compliquemos demasiado con esta disyuntiva, pues no son sino dos caras de la misma moneda. La secuencia vendría a ser ésta: libertad – variedad (desigualdad) – prosperidad. No es algo novedoso lo que aquí escribo, desde luego, sino fruto de autores que han indagado sobre esta materia.

Pero antes de entrar en faena, voy a permitirme una breve reflexión sobre la variedad como desigualdad. Debería extrañarnos, si bien ya nada lo hace, que los defensores del igualitarismo también lo sean de la variedad. Y ya no hablamos de igualdad de resultados, en cuyo caso es más que evidente que poca variedad cabe si todos acabamos expulsados de la ciudad para ser forzados a trabajar el campo perfectamente uniformados, como en la Camboya de Pol Pot, sino de la igualdad de oportunidades.

Hay una extraña querencia en los entornos más conservadores (o socialistas más light) de considerar esta forma de igualitarismo como un ideal. Pensemos, por poner ejemplos extremos, en dos "familias", una, tradicional y tradicionalista, y otra, hippy que vive en una comuna. Como seres que defendemos la libertad y la variedad, no pondríamos mayor objeción a que, siempre cada uno en sus dominios, tuviera a bien resolver su vida como le apeteciera. Qué puede esperarse de esto: ¿igualdad de oportunidades en los hijos de cada familia o comuna? Tampoco, sinceramente, creo que sea un fin buscado a priori por ninguno de los grupos. Entiendo que buscan otra meta: congregarse con quienes se sienten más cómodos e identificados. No es cuestión de entrar en cuestiones como nación, región, localidad (que todo constriñe en según qué circunstancias), pero todas estas categorías administrativas no hacen sino limitar esa posibilidad de explorar formas nuevas de asociación, como parece obvio.

Otro ejemplo sería el de padres de ciencias (con mentes muy analíticas y estructuradas) frente a padres de letras o a padres deportistas. Thomas Sowell, que no sólo ha escrito de economía, en uno de sus libros trata el autismo a raíz de que un hijo suyo padecía alguna de sus formas. Sacó la conclusión (no sé si avalada por análisis más empíricos) de que padres matemáticos (o de ramas analíticas) tendían a tener más hijos con esta anomalía que otros. Pero tampoco quería llegar a este extremo de analizar la influencia genética (que también es determinante).

Mi punto es que la influencia de estos entornos diferentes (variedad), en estos casos, contribuiría a que los hijos (los que queremos que gocen de esa igualdad de oportunidades) tuvieran acceso a experiencias, información y formación completamente distintas. Y esto no es nada malo; al contrario, como veremos más adelante. Su mente, su cuerpo, sus bienes y todo ese arsenal de experiencias y conocimiento es lo que poseen para lanzarse al mundo. Esto nos lleva a que, para alcanzar la manida igualdad de oportunidades, mucho alarde de ingeniería social tendríamos que hacer para manipular, someter y perturbar a esas familias hippies, tradicionales, de ciencias, de letras o de deportistas… Creo que contravendría bastante el ideal de libertad en el que descansa el liberalismo, y que otras formas políticas de corte socialista también se jactan de defender, no sin sermonearnos antes con formas de vida alternativas. En realidad, para ellos, la libertad es una excusa para colgarse el papel de víctimas, de minorías, pues en el fondo quieren convertir estos estilos de vida en obligatorios y universales en pos de su ideal uniformador. Así todos gozaremos de mismas oportunidades…, o, más bien, de ninguna.

Y vayamos al último punto: la prosperidad. Si la libertad permite la variedad, qué puede traer de bueno ésta al orden social, extenso y complejo en el que vivimos. Un autor del XIX próximo al anarquismo liberal, Auberon Herbert (citado por el propio Rothbard), puede servirnos de ilustración.

Este recurre a Herbert Spencer, de quien es fiel seguidor, para hacer ver la importancia de la diferencia en un ensayo sobre la educación. Con el objetivo de criticar la uniformidad en los contenidos educativos en Gran Bretaña, nos dice:

(…) Let him remember that canon of Mr. Herbert Spencer, so pregnant with meaning, that progress is difference. Therefore, if you desire progress, you must not make it difficult for men to think and act differently; you must not dull their senses with routine or stamp their imagination with the official pattern of some great department. If you desire progress, you must remove all obstacles that impede for each man the exercise of his reasoning and imaginative faculties in this own way; and you must do nothing to lessen the rewards which he expects in return for his exertions. (…)

"State Education: A Help or Hindrance?". Fortnightly Review, Julio 1880.

En el campo de la sociología, Spencer desarrolla una postura evolucionista (lamarckista). Contrapone, como en la bilogía, la simpleza de lo homogéneo frente a la complejidad de lo heterogéneo. Para él, la sociedad es un organismo social que evoluciona desde una forma más básica y simple a otra más compleja gracias a la ley de la evolución (de forma bastante parecida a lo que posteriormente desarrollaría Hayek). De ahí que este tipo de autor tienda a tener una visión bastante optimista de la población creciente (a diferencia de enfoques maltusianos). Más personas implican más oportunidades y más probabilidad de heterogeneidad. Lo igual no produce nada nuevo, no produce evolución, no produce nuevo conocimiento, no produce nuevos medios, ni siquiera nuevos fines. El respeto a la libertad del individuo es ético per se, pero además posibilita que éste busque su felicidad a partir del descubrimiento de sus propios fines y medios. Sólo así, dejando que los individuos actúen guiados por sus pasiones y que se agrupen con otros por intereses, ideología, edad, trabajo, equipo de fútbol o Dios sabe (hoy día no solemos pertenecer a un único grupo cerrado, sino a muchos), se podrán poner sobre la mesa múltiples propuestas de valor (si así lo que queremos llamar) en el mercado.

Desde el ingeniero hasta el músico; desde el tenista hasta el científico; desde el inversor hasta el religioso; desde el inventor hasta el empresario; desde el matemático hasta el poeta… Y miles de ejemplos más. Sólo generándose propuestas de valor desde múltiples ramas de la sociedad se podrá crear nuevo conocimiento y nuevos bienes y servicios que satisfagan crecientemente a las variopintas personas.

Asimismo, aparecerán muchos más "errores", pero también muchos más "aciertos". Sin variedad, con homogeneidad, el error es pequeño, pero la creación casi nula. Con variedad, ¿cuántas empresas de informática han perecido desde los 80 gracias a que surgió esta rama de la economía? No lo sé. Muchas, muchas más que las que han creado valor de manera continua en el mercado. Pero cuánto valor o riqueza han creado las que han tenido éxito: a lo Taleb, abrumadoramente más que lo perdido por los fracasos empresariales.

¿Debemos impedir la destrucción creativa de Schumpeter porque haya error –destrucción-? Ni hablar. Cuánta riqueza y bienestar se han creado por las oportunidades que nos brinda el hecho de que las personas sean tan dispares. Cuántas nuevas ramas de la economía, cuántas innovaciones en campos ya explorados y yermos. Qué es eso de la igualdad de oportunidades. No, hombre, todo lo contrario. Haya desigualdad de éstas. Que la gente pueda alimentar su espíritu y, con ello, crear nuevas ideas, mercados y servicios, y, ojo, crecientes oportunidades para los demás. Esto nos traerá el progreso, la libertad y la felicidad (entendida como búsqueda de propias metas).

Nación, Estado y Economía

Se acerca el centenario de la que se ha llamado La guerra del 14, en referencia al año del siglo XX en el que estalló. Quedan aún unos meses para la efeméride, pero las librerías de todo el mundo recogen nuevos y viejos textos sobre la conflagración mundial. Hay uno que tuvo cierta repercusión en su momento, pero cuya impronta se ha ido apagando con los años, y hace ya 95 que se publicó. Se trata de Nación, Estado y Economía, escrito por Ludwig von Mises. El autor venía de haber participado, con grave riesgo para su vida, en el frente. Nación, Estado y Economía, no obstante, no es una colección de recuerdos sino un intento de explicar las fuerzas intelectuales que llevaron a Alemania a desatar una guerra a gran escala.

Más allá de la responsabilidad histórica de Alemania, ya que seguramente fue la que más contribuyó al estallido de la guerra, pero no la única, el problema que se plantea Mises es pertinente. ¿De dónde vienen el imperialismo, el militarismo, el estatismo de Alemania que empujaron a tan desastroso final?

El principio de la democracia encontró en Alemania, como en otros países, un apoyo notable. Pero tras la revolución de 1848, la regla de la mayoría se convirtió en una amenaza potencial para las comunidades alemanas en regiones o potencias como Ucrania, Polonia o Hungría, ya que allí se constituían en minoría.

La solución que le dio Alemania fue la de una política mundial, una weltpolitik, que era la aplicación del nacionalismo militarista fuera de las fronteras. Era, en definitiva, imperialismo. E Imperialismus, en alemán, fue el primer título que le puso Mises a esta obra. Ese imperialismo es la solución que arbitró Alemania para hacer una política que respondiese, a un tiempo, a varios problemas que tenía la comunidad alemana. Por un lado, la situación de las minorías alemanas en otras regiones. Por otro, la asimilación de esas minorías por la cultura anglosajona, cuando los alemanes crean comunidades en colonias o ex colonias británicas. La solución pasaba entonces por conquistar las colonias dependientes de la monarquía inglesa, lo que en parte está detrás de la decisión de Alemania de iniciar una carrera por el rearme de la Armada.

El imperialismo, con todo, no es una característica exclusiva de la política alemana. Afectó a otras grandes potencias, y se reforzó mutuamente, señala Mises, porque “presiona a que se armen las manos de todos los que no quieren quedar sojuzgados. Para luchar contra el imperialismo, los pacifistas han de emplear todos los medios a su alcance”. Al final, los pacifistas “han sido conquistados por los métodos y el modo de pensar” de los imperialistas. Otra contradicción del imperialismo es que ahora actúa con los frutos del feraz capitalismo del cambio de siglo, lo que lo hace mucho más peligroso. La solución otorgada por la Liga de las Naciones y por Woodrow Wilson tampoco es satisfactoria, pues la apuesta incondicional por la democracia no solventaba el problema de las minorías: “En los territorios políglotas, la aplicación del principio de la mayoría no lleva en absoluto a la libertad para todos, sino al gobierno de la mayoría sobre la minoría”. El camino para lograr la paz es otro: La lucha de los Estados por controlar a los pueblos sólo remitirá “en la medida en que las funciones del Estado no se restrinjan, y se extienda la libertad”.

Otra de las tendencias que identifica Ludwig von Mises es el del socialismo de guerra. No afectó sólo a Alemania, como demuestra el caso de los Estados Unidos, pero es el de la nación europea el que ocupa a nuestro autor. Ese socialismo se basa en la necesidad de ajustar, tan rápido como sea posible, la estructura económica: De una economía orientada hacia el consumo, a otra encaminada al esfuerzo de la guerra. Pero Mises considera que para lograr ese objetivo, el socialismo no es necesario. Por cierto, que en el libro no hace mención de su famosa crítica al socialismo, que aparecería en un artículo publicado ese mismo 1919. El autor explica cómo ese socialismo llevará a la destrucción de la economía, tanto directamente como por medio de la inflación.

Ese nacionalismo totalizante y estatalista contrasta con la visión que muestra Mises de lo que es una nación. A su parecer, consiste en una comunidad lingüística. Pero, por supuesto, una persona puede tomar la decisión personal de dejar de formar parte de una nación, así definida, y formar parte de otra. De modo que la nación sería una condición voluntaria, asumida y sancionada por la costumbre. De este modo, “nadie y ningún sector de la población será obligado a formar parte de una asociación nacional que no desee”. Esta posición tiene evidentes consecuencias políticas: “Déjese a las fuerzas de atracción de la propia cultura, en una libre competición con otros pueblos. Sólo eso se merece una nación orgullosa”, dice el economista.

Mises, como John M. Keynes, quien escribió otro libro sobre esta cuestión también en 1919, fue muy crítico con el Tratado de Versalles, y advirtió de que podría conducir a Alemania por el camino de la venganza. Finalmente, fue exactamente eso lo que acabó ocurriendo.

Medidas pragmáticas que produzcan liberales

Siempre ha habido bastante debate sobre qué partido político se puede considerar liberal, qué medidas pueden ser apoyadas por los liberales y qué debería hacer un liberal ante unas elecciones a cualquier cargo público.

Hay opiniones para todos los gustos y yo mismo he sostenido y abandonado algunas de ellas según he ido meditando sobre el tema. Actualmente tengo una opinión bastante crítica con las posturas pragmáticas, que por norma suelen apoyar con mucho ahínco a cualquier político que se distinga por una postura menos intervencionista de lo normal, o medidas que limiten ligeramente el expolio fiscal al que estamos sometidos.

Pese a esto tampoco me siento cómodo aceptando solo medidas maximalistas que a día de hoy el 95% de la sociedad no aceptaría, o esperando el colapso del sistema para hundirme con él sabiendo que tenía razón…

En cambio pienso que lo más sensato dadas las circunstancias actuales es apoyar únicamente aquellas medidas cuya aplicación favorezcan el progreso de las ideas liberales entre la sociedad.

Por ejemplo, un tipo único para el IRPF no favorece en nada las ideas liberales, favorece que paguemos menos (o más) impuestos, favorece que se simplifique la burocracia del gobierno, y favorece que el Estado termine recaudando más dinero con la riqueza extra que se generaría al liberar esos recursos de sus garras. Todo ello podría estar muy bien a corto plazo y nos podría facilitar la vida, pero de liberal tiene poco y a la larga traería más Estado que encima sería relacionado por el ciudadano común al capitalismo/neoliberalismo más feroz.

En cambio algo tan simple como que la seguridad social sea pagada por el empleado en su totalidad, en vez de por el empleador, supondría a largo plazo la tumba del sistema de pensiones o, al menos, convencería a mucha gente que ahorrar de forma privada sería mejor opción que ver cómo desaparecen miles de euros de sus nóminas cada vez a cambio de la promesa de una pensión menguante a una edad avanzada e indeterminada.

Lo mismo ocurre con otras muchas medidas. Aunque, claro está, no todo es blanco o negro. También hay medidas que pueden estar a caballo entre propiciar el liberalismo y ser una amenaza al mismo. Una de ellas sería la desgravación en nuestros impuestos del seguro de sanidad privada. Por un lado fomenta que el ciudadano común conozca que existe una sanidad asequible a su bolsillo fuera del Estado, pero puede fomentar que corporaciones de seguros, junto al Estado, terminen manipulando el mercado con consecuencias negativas que harían que la visión del ciudadano común sobre la sanidad privada termine siendo mala.

Por ello siempre hay que tener claro que no hay que confundir los medios con los fines. Una medida, por buena que sea, no sustituye el fin que se persigue. Y si ese fin es la libertad, la amenaza de que cualquier medida para fomentarla termine siendo usada para cercenarla es aún mayor. Supongo que de ahí vendrá lo poco pragmático que somos los liberales, y lo mucho que molestamos a los amigos de frente común ante el mal mayor…, y de paso conseguir el poder.