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El verdadero riesgo de la eurozona

Parece que por fin estamos viendo la corrección en las economías emergentes que tanto auspiciaron muchos analistas desde hace tiempo. Esta corrección no es más que otro fracaso flagrante de la Reserva Federal en general y de Ben Bernanke y la Administración Obama en particular. Nadie si no ellos son los responsables de la abrupta canalización de capitales hacia los mercados emergentes desde 2009. Y fíjense bien que hablo de "abrupta" puesto que son mercados con grandes expectativas de crecimiento (sirva de ejemplo Procter & Gamble, que lucha por aumentar su facturación en Europa un 1% anual contando con los mejores cerebros mientras que en África, sin mucho esfuerzo, crece al 20% anual). Pero Keynes, que dijo muchas cosas y en alguna tenía razón, ya habló de los animal spirits para definir este apetito inversor exagerado por activos alcistas sin sostén, esto es, ya contemplaba la posibilidad de que se dieran estos movimientos (claro que Fischer llevó ese razonamiento a otro nivel).

El problema con los emergentes y las expansiones monetarias no se circunscribe al mercado emergente ni a los mercados financieros. Sí, estos pueden fluctuar en el corto plazo debido a los temores y a la todavía escasa fortaleza financiera de las blue chips de las principales plazas. El problema no radica, pues, en esto. Radica en la todavía existente fragilidad a todos los niveles macroeconómicos en Europa, Japón y Estados Unidos. Y es que es esta fragilidad incierta (à la Taleb) la que verdaderamente pavoriza a todo aquel que sigue la economía mundial hoy con lupa. ¿Por qué? Pues porque el crédito que ahora salga disparado de los emergentes buscará destino, y no hay peor compañero de viaje para citado acontecimiento que las ilusiones ópticas.

Porque que España ya esté en la senda de la recuperación o que ya hayamos abrazado la recuperación es una ilusión óptica. Que la eurozona se haya sacudido sus problemas de deuda es una ilusión óptica. Que Japón vaya a arreglar su problema demográfico y su estancamiento imprimiendo es totalmente ilusorio y la esperanza en la productividad norteamericana esperemos no haberla sobrestimado.

No hay más que ver hoy en día los mercados de deuda y lo que están haciendo los fondos de inversión, fondos de capital riesgo y fondos buitre para percatarnos del verdadero riesgo que nos acecha. Dicho riesgo es sencillo de explicar: que la voracidad inversora no vaya acompañada de unos retornos que justifiquen citada inversión.

En Europa el capital sigue siendo extremadamente costoso. No es un problema de liquidez disponible, si no de modelos de negocio viables. Los bancos, que se enfrentan ante una prueba de gran importancia en unos meses, siguen desprendiéndose de activos estratégicos y no estratégicos en aras de apuntalar su solvencia… a base de deuda pública. ¿Qué nos dicen todos estos movimientos?

Mini fases cíclicas

 

El problema de fondo de Europa es que se produzca en muy pocos meses una degradación de la liquidez seguida de una rápida lucha por la liquidez. Esto ocurriría si los flujos que se desprenden de Asia y Sudamérica pasaran a Europa a través de transacciones de escaso valor añadido a nivel agregado y a muy largo plazo. Pensemos en operaciones de reaseguro, créditos sindicados a 10 o 15 años, colateralización de activos alejados del negocio principal y poco rentables… En fin, operaciones financieras muy útiles y necesarias en el ciclo de reestructuración marco en el que nos desenvolvemos pero que conllevan un distanciamiento entre los agentes y la liquidez existente. Ello no tendría por qué generar problemas, siempre y cuando no hubiera una abrupta retirada de liquidez posterior que siguiera a este proceso. Ya hemos comentado la fragilidad europea, si ella fuerza una retirada los procesos de reestructuración colapsan, comienzan a saltar covenants en los contratos de deuda y los colaterales devaluados se vuelven insuficientes como garantía de crédito.

Al final no estamos diciendo otra cosa que una muy sencilla. Y es que la ilusión debe ir acompañada de un proceso real de creación de valor detrás. Y que, si no, estaría abocada al fracaso en esas cortas y seguidas dos fases cíclicas. Claro que hoy en día la deuda gusta en Europa, y los negocios que hemos comentado. Pero los planes de viabilidad deben, hoy más que nunca, ser puestos al albur de la realidad circundante de los mercados. Y cuando la ruptura del euro, la quiebra de los PIIGS o la crisis norteamericana sigue a ras de suelo, la vigilancia debe ser máxima.

La importancia de los referentes: Gregorio Ordóñez

Gregorio Ordóñez no sólo fue un Primer Teniente Alcalde del PP en San Sebastián al que el terrorismo étnico de ETA asesinó. Por el contrario, simbolizó que la lucha por la libertad merece la pena y para que ello sea así, el arma tiene que ser la valentía y el respeto por las normas del Estado de Derecho, rechazando cualquier tipo de atajo.

En efecto, no formar parte de las filas del nacionalismo obligatorio en comunidades autónomas como la vasca te estigmatiza, esto es, no eres "pata negra", no formas parte de la tribu, por lo cual, no estás capacitado para defender los verdaderos intereses de los "verdaderos vascos". Este mantra mantiene toda su vigencia en la actualidad, a pesar de que el Lehendakari no sea Ibarretxe y de que Arzalluz carezca del protagonismo de antaño. Ambos políticos jeltzales marcaron la ruta de hoja que sus sucesores han seguido de manera acrítica.

Cuando Ordóñez llegó al PP de San Sebastián, esta fuerza política era marginal en el consistorio de la capital donostiarra. Además, no hay que olvidar que años atrás, particularmente en la década de los 80 ("años de plomo"), los cuadros de la UCD habían sido asesinados por ETA, dejando huérfano al constitucionalismo, ya que el PSOE mostró excesivos reparos a la hora de presentar batalla frente al PNV. Esta última afirmación no es baladí, ni responde a filias y fobias; los comicios autonómicos de 1986 lo demostraron. Las hemerotecas son jueces tan sabios como atemporales.

Igualmente, los socialistas (PSE en el País Vasco) tampoco mostraron excesivos escrúpulos para formar gobiernos de coalición con José Antonio Ardanza, pactando temas comprometidos como la educación, no tanto por la lengua en la que se ofertaba aquélla, sino por la particular visión de la historia, en cuanto que errónea, que se transmitía (y transmite) a los alumnos vascos, en la que España en ocasiones no existe y en otras ha tenido un desarrollo paralelo, nunca en conjunto, con Euskadi.

Mientras estos desarrollos tenían lugar, una fuerza política bien asentada en el resto de España comenzaba a hacer lo propio en el País Vasco. Así, el PP de Gregorio Ordóñez dejó un legado valioso con nombres y apellidos (María San Gil, Regina Otaola, Carlos Iturgáiz…) que hubieron de hacer frente a uno de los periodos más complejos, como sinónimo de duro, de la violencia terrorista, como fueron los años 90. Como consecuencia de la denominada "socialización del terror", miembros del PP y del PSOE estuvieron en el punto de mira de Eta y muchos de ellos fueron asesinados, antes de la tregua-trampa de Estella y después de la misma.

Los aludidos políticos populares se caracterizaron por no aceptar un panorama que les reducía a la marginalidad, por sumar entre los demócratas (las elecciones autonómicas de 2001 supusieron el mayor exponente) y, sobre todo, por llamar a las cosas por su nombre. Esa nueva generación fue liderada por Gregorio Ordóñez, tras cuyo asesinato no se amilanó y se convirtió en referente ético para el resto de españoles, con independencia del territorio en el que vivían o la opción partidista por la que se decantaban. En las manifestaciones contra la "negociación" con Eta del gobierno de Rodríguez Zapatero, el espíritu de Ordóñez estuvo presente.

Sin embargo, actualmente ya no hay líderes como él. Relativismo y cortoplacismo han ocupado el lugar de la política basada en principios. La presencia en las instituciones de Bildu es sólo el gran ejemplo. El resultado es que un día sí y otro también, se nos avasalla con expresiones como "final de Eta", "proceso de paz" y quien no las comparte, recibe como respuesta ser calificado de "fascista", término comodín a la hora de definir a todo el que no comulga con los parámetros de lo políticamente correcto.

Las tres patas de la estabilidad económica española

La situación financiera de España a comienzos del año 2012 era de una extrema gravedad (prequiebra) por dos motivos: expansiva acumulación de deuda y negativa de "los mercados" a refinanciar nuestras posiciones pasivas. Es lo que tradicionalmente se ha conocido como "riesgo de insolvencia" y "riesgo de iliquidez", respectivamente.

Desde entonces, hemos mejorado parcialmente en ambos capítulos: el endeudamiento nacional ha dejado de crecer (no gracias al sector público, sino a unas familias y empresas que han sido capaces de amortizar más de 250.000 millones de euros desde comienzos de 2012, a pesar de ser desvalijadas fiscalmente) y el endeudamiento exterior ha comenzado a menguar (de nuevo, gracias a la progresiva readaptación y mejora de la competitividad de la economía privada, lo que ha permitido amasar un cierto superávit exterior); asimismo, desde que en julio de 2012 Mario Draghi anunció su predisposición a rescatar a los gobiernos de España e Italia –y desde que Shinzo Abe prometió inundar los mercados mundiales de crédito barato desde finales de 2012–, no hemos tenido problema alguno para colocar nuestra deuda.

La situación parece haberse estabilizado y son cada vez más quienes opinan que España ha entrado en un círculo virtuoso: con la financiación garantizada, nuestras familias y empresas disponen de tiempo para readaptarse y superar, por fin, los carajales acumulados durante la burbuja inmobiliaria. Si seguimos amortizando deuda y creando nuevas empresas competitivas, recuperaremos definitivamente nuestra solvencia y volveremos a crear riqueza (y empleo). Los indicadores adelantados o las recientes cifras del PIB y de la EPA parecen apuntar en esa dirección: la inversión en bienes de equipo está repuntando con fuerza (requisito para reajustar nuestra economía) y en el último trimestre del año el sector privado ya comenzó a crear empleo neto por primera vez desde 2008. Si siguiéramos así, acaso pudiéramos terminar tras varios años superando la crisis revirtiendo las causas que nos metieron en ella, si bien a un ritmo exasperantemente más lento que si desde un comienzo se hubiesen liberalizado los mercados y se hubiese equilibrado financieramente al sector público. 

Pero no está ni mucho menos claro que podamos seguir así. La ausencia de problemas de refinanciación por parte de España no se debe a que hayamos reducido nuestra demanda de capital a los mercados, sino a que éstos se han vuelto extremadamente pródigos merced a la ya mentada red de seguridad de Draghi y al expansionismo monetario japonés: al contrario, el Tesoro español emitirá en 2014 más deuda bruta que en ningún otro ejercicio de nuestra historia, casi 245.000 millones de euros. ¿Qué sucedería en este contexto si los mercados volvieran a cerrarse? Que nos hallaríamos en una situación bastante más complicada que la de 2012, pues nuestra necesidad de refinanciación sería incluso mayor: el reajuste se pararía en seco y volveríamos a comenzar con rondas de liquidaciones. Es decir, del mismo modo que 2012 detuvo en seco el proceso de muy parcial saneamiento que ya estaba en marcha en la primera mitad de 2011, un eventual cierre futuro de nuestra financiación podría dar al traste con el actual proceso de saneamiento.

En medio de la calma actual, puede parecer extemporáneo plantear la posibilidad de una nueva crisis global de liquidez, pero por desgracia se trata de un riesgo más que factible en una economía mundial que también adolece de graves –y no resueltos– desequilibrios. El más inmediato, uno que lleva llamando a la puerta desde hace meses: la corrección de unos emergentes que han estado sobreendeudándose al socaire del crédito barato internacional durante los últimos años. A lo largo del jueves y del viernes se produjo un nuevo recordatorio de que la amenaza sigue muy presente: las bolsas mundiales cayeron apreciablemente (entre un 3 y un 4%) y las primas de riesgo de España, Italia, Portugal y Grecia repuntaron casi un 10% ante las crecientes dudas que despiertan los emergentes (especialmente, en estos momentos, Argentina y Turquía). Aviso a navegantes de que la marea podría terminar bajando de nuevo y de que los muy alejados de la costa no alcanzarán tierra firme.

Nuestro problema es, justamente, que el Gobierno ha renunciado a acercarnos a la costa, a saber, ha renunciado ajustar el gasto público y a liberalizar la economía con la esperanza de que la fuerza del viento nos conduciría pasivamente a la salvación. No nos ha vuelto resistentes frente a nuevas turbulencias mundiales sino que, como a comienzos de 2011, se ha limitado a colocar una vela para que nuestros desequilibrios se corrijan por sí solos a pesar de su inclemente sangrado tributario y de sus anquilosantes regulaciones. Nuestro gigantesco déficit público nos condena, precisamente, a estar expuestos en todo momento a las dudas, miedos, incertidumbres y pánicos de los mercados. Es el precio que pagar en esta crisis por un Hiperestado que tanto PSOE como PP se han opuesto radicalmente a adelgazar. Es decir, es el precio de una política económica orientada a preservar la burbuja estatal en lugar de a pincharla.

El coste de cambiar las reglas con el partido empezado

El cigarrillo electrónico se ha popularizado de forma muy notable en España en el último medio año. El éxito de este relativamente novedoso producto se debe principalmente a tres diferencias frente al cigarrillo convencional: el importante ahorro económico que supone, ser menos dañino para la salud que y la comodidad de poder utilizarlo en cualquier sitio, ya que no emite humo sino vapor inofensivo. La industria del tabaco es relativamente grande ya que en los países desarrollados cerca de un 35% de los hombres y un 22% de las mujeres fuma. No es de extrañar que, con la aparición del cigarrillo electrónico, multitud de empresarios e inversores hayan visto un filón en este negocio.

Si reside en una gran ciudad, habrá observado con cierto asombro la vertiginosa aparición de tiendas y stands de venta de cigarrillos electrónicos y todo lo relacionado con los mismos. Muchos se preguntan si el mercado de cigarrillos electrónicos es lo suficientemente grande como para que todas las tiendas establecidas aguanten con el paso del tiempo. La experiencia en comercios de industrias incipientes nos dice que es probable que muchas tiendas acaben cerrando. Lo hemos podido observar en los últimos años con inmobiliarias en la época de burbuja o con tiendas de yogur helado más recientemente.

Este fenómeno tiene su lógica empresarial. Los empresarios, ante una industria nueva, se lanzan a invertir para acaparar una parte de la tarta. El problema es que, esa industria incipiente es aún muy nueva y el tamaño de esa tarta está por determinar. Como en multitud de negocios novedosos, el primero en tener un tamaño relativamente grande puede obtener una ventaja competitiva fruto de las economías de escala, la carrera por ganar cuota acelera ese proceso de descubrimiento empresarial. Los empresarios serán los que, mediante el mecanismo de prueba y error determinen cuál es la oferta óptima para ese nuevo mercado. Este proceso de ajuste de la oferta precisa, como es lógico, de un marco institucional y jurídico estable. Es lo que coloquialmente se refiere como que no cambien las reglas con el partido ya empezado.

Los cigarrillos electrónicos es el más reciente ejemplo de este fenómeno. El Estado, a través de una legislación promovida por el Ministerio de Sanidad, ha acordado con las comunidades autónomas elaborar una norma estatal para prohibir el consumo de cigarrillos electrónicos en centros sanitarios y escolares, en las administraciones públicas y en el transporte público. La comodidad de usar los cigarrillos electrónicos en cualquier parte por resultar inocuos para la salud era una de las principales ventajas frente a los cigarrillos convencionales. Con la futura legislación, esa ventaja desaparecerá.

Como uno puede imaginar, la distorsión estatal ocasionada a los empresarios dueños de negocios de vapeo es importante. En pleno proceso de búsqueda empresarial del tamaño óptimo de la oferta y con la incertidumbre de si se obtendrán beneficios o pérdidas con las inversiones realizadas, las reglas han sido cambiadas a mitad del partido. Lo más graves de todo es que probablemente aún lleguen más cambios normativos por parte de las Administraciones Públicas. Nadie descarta una subidas de impuestos a todos los productos de vapeo en un futuro próximo. Eso sería una nueva estocada a todos los empresarios que, aún a riesgo de equivocarse y perder su inversión, están emprendiendo para ofrecer al consumidor un bien que demanda.

La empresarialidad no es perfecta. La información clave de una industria a veces se consigue perdiendo dinero. Ese es el pan de cada día de los empresarios. Están preparados para ello, y aceptan ese riesgo con normalidad y valentía. Pero lo que es del todo intolerable es que, en mitad de ese proceso de aprendizaje empresarial, las reglas de juego cambien. El Estado, como en tantas otras cosas, debería dar un paso atrás y dejar que el mercado funcione con libertad.

Análisis económico básico del Bitcoin (II)

En la primera parte del análisis económico de Bitcoin concluí que su principal característica diferencial con las monedas que han sido aceptadas espontáneamente por la sociedad a lo largo de la historia era su carencia de valor de uso o directo. Desde este punto de vista, Bitcoin es similar a las monedas fiat que utilizamos en el mundo occidental, salvo que carece del apoyo/soporte/obligación de los Estados.

La ausencia de valor de uso de Bitcoin se trata aparentemente de suplir mediante otras características que ha mostrado el dinero históricamente, en concreto dos. Por un lado, la obtención de BTCs se asocia a la dedicación de capacidad de proceso para el funcionamiento del sistema, por lo que es un proceso que consume recursos (lo mismo que la obtención del oro y contrariamente a lo que ocurre con el dinero fiat); por otro lado, el número de BTCs que pueden aparecer en el sistema tiene un límite absoluto, por lo que no cabe la posibilidad de que pierda valor por la vía de aumentar la cantidad.

Respecto al primer punto, se nos dice que los ordenadores "mineros" han de llevar a cabo un ingente volumen de proceso a fin de garantizar la integridad, confidencialidad y privacidad del histórico de transacciones. Toda la información que intercambian ha de estar cifrada con largas claves, lo que exige dicha capacidad.

No estoy en condiciones de poner en cuestión la capacidad de proceso requerida para estas actividades. Pero me inclino a coincidir con D. Rodríguez Herrera[1], quien escribe que se obliga a los ordenadores a "hacer un montón de cálculos extra en principio inútiles, pero que sirven para comprobar que han tenido que estar trabajando más o menos unos diez minutos para resolverlos". Es bastante intuitivo que las operaciones aritméticas que requieren los cifrados, por muy voluminosas y complejas que sean, no pasarán de peccata minuta para ordenadores que pueden dibujar escenarios en tres dimensiones y en tiempo real para cualquier jueguecillo que se precie.

En suma, para dotar de valor a las BTCs se está obligando a los ordenadores a consumir capacidad de proceso en cosas inútiles, lo que recuerda perfectamente a aquella vieja historia de que durante el New Deal se contrataba a trabajadores para hacer y rellenar agujeros.

Pero es que, como bien saben los economistas, el valor de los bienes no depende del coste que suponga su producción. Por mucho que a mí me cueste subir en bici el Alpé d’Huez, nadie me va a patrocinar el viaje: el valor de ese esfuerzo mío es, desgraciadamente, nulo para la mayor parte de la población del mundo, y nadie va a pagar un Euro por verme subir el Alpé d’Huez.

Así que, por mucho que cueste en términos de procesos inútiles la producción de BTCs, ello no le confiere ni un ápice más de valor. Es más, desde el punto de vista social, la producción de un BTC supone una pérdida de recursos solo asumible en un momento como el actual, en que la capacidad agregada de proceso de los ordenadores supera con mucho la demanda, lo que hace que a la gente no le importe tener en su ordenador un programa de minería de BTCs corriendo constantemente.

Queda así claro que este mecanismo costoso implementado para obtener BTCs no puede ser ni es la causa del valor que pueda tener, ni por tanto de su hipotética cualidad como dinero.

Analicemos ahora el otro factor que parece de relevancia en esta caracterización: la limitación absoluta del número de BTCs. En efecto, el número de BTCs que van a circular en el sistema está limitado a 21 millones de unidades, ni una más. Por tanto, una vez alcanzado ese número, no se podrán crear nuevos BTCs (al contrario de lo que ocurre con el dinero fiat), garantizándose que no se diluya su valor.

Sin embargo, creer que esto es un rasgo fundamental de las monedas supone un nuevo error conceptual. En economía, los recursos son escasos, pero no en términos absolutos, sino en términos relativos a las necesidades. La cantidad de oro no es finita: puede que lo sea en la Tierra, pero seguro que no lo es en el universo. Sin embargo, no todo el oro tiene el mismo coste de producción, por lo que determinadas técnicas (incluidas una hipotética explotación en otros planetas) solo resultan viables cuando el oro cobra un determinado valor.

Este aspecto es fundamental en el juego económico: el valor de los bienes se refleja en el precio, que es un indicador de la escasez relativa del bien, y este precio informa a los emprendedores de cuántos recursos se pueden dedicar a la obtención de dicho bien, haciendo así que la oferta (el número de unidades) del bien crezca hasta acomodarse a la demanda. Y así sucesivamente.

No ocurrirá lo mismo con las BTCs, gracias al diseño descrito. Por mucho que suban de valor, seguirá sin haber la posibilidad de incrementar su número de unidades. Por lo que, en el fondo, esta limitación numérica se podría convertir en el verdadero talón de Aquiles del invento.

Es evidente que si las BTCs suben de valor y, por no poderse incrementar la oferta, se producen desabastecimientos, otros emprendedores aparecerán y proporcionarán alternativas, en forma de otra denominación de dinero electrónico. De hecho, ya en la actualidad existe un buen número de divisas electrónicas que pueden resultar sustitutivas.

La cuestión es que, como se ha visto más atrás en este mismo artículo, la producción de nuevo dinero electrónico es prácticamente sin coste (recuérdese, para generar BTCs los ordenadores se pasan diez minutos haciendo operaciones inútiles, que lógicamente un dinero alternativo podría eliminar). Por ello, en un tiempo relativamente breve las BTCs podrían perder todo su valor, al inundarse el mercado de productos sustitutivos, cuya producción tiene costes muy bajos.

Obsérvese que no ocurre lo mismo con el oro: conforme aumenta su valor, se hacen viables métodos más costosos de producirlo, no métodos menos costosos. No es que el oro esté limitado en cantidad, es que lo está para el valor que se le da en cada momento.

En resumen, ni la supuesta exigencia de capacidad de proceso para el sistema Bitcoin, ni la limitación absoluta del número de unidades, suponen desde mi punto de vista características "buenas" de una BTC como dinero. Al contrario, posiblemente su implementación deriva de errores conceptuales en la interpretación del dinero, en quedarse en las formas y no en el fondo, y es en ellas donde puede estar su punto débil… como dinero.

En todo caso, como ya dije al final del anterior análisis, que Bitcoin llegue o no a ser considerado como dinero no es cosa de la teoría económica, sino de las preferencias de los individuos en cada momento. Quizá alguna de las otras características de Bitcoin (el anonimato, la globalización, la facilidad o alguna otra que ni siquiera imaginamos) sean suficientemente valoradas por los individuos como para que se compensen las deficiencias apuntadas.

Solo el tiempo nos podrá sacar de dudas.



[1] http://www.libremercado.com/2013-12-28/como-funciona-bitcoin-1276507171/

Quiebras: la manera de depurar malas prácticas bancarias

A estas alturas de la crisis financiera actual parece imposible negar la (mala) influencia que han tenido las autoridades monetarias en el desencadenamiento y prolongación de la misma. Por un lado, los bancos centrales han dado comienzo a la crisis mediante la manipulación arbitraria de los tipos de interés, y por otro, no han permitido que los procesos de mercado depuren y eliminan las malas prácticas bancarias que llevaron a cabo, como veremos a continuación.

El principal motivo de la persistencia de estas malas prácticas bancarias es la posibilidad de recibir continua financiación de los bancos centrales. Esto es así porque los bancos centrales actúan como prestamistas de última instancia de los bancos comerciales y otras instituciones financieras. La justificación de esta función es proveer liquidez a los bancos en problemas para impedir el contagio entre bancos y evitar los pánicos bancarios generalizados. De esta manera, se dice, se frenarían las crisis sistémicas en el sector bancario.

Ya durante los años 90 las intervenciones de los bancos centrales con el objeto de evitar la quiebra de entidades financieras y garantizar la estabilidad del sistema financiero se multiplicaron. Pero en cualquier caso, los fenómenos acontecidos en la crisis actual han dejado patente la total incapacidad de los bancos centrales (y los gobiernos) de hacer frente a la crisis financiera generalizada.

La intervención de los bancos centrales en este sentido dificulta e impide la depuración de errores que se llevaría a cabo dejando actuar a los procesos de mercado. Y es que los bancos comerciales incurren en riesgos excesivos ya que esperan y confían ser rescatados por el Banco Central en caso de necesidad. Y este ‘riesgo moral’ se refiere tanto a los bancos como a los depositantes, ya que ambos tomarán más riesgos de los que asumirían en caso de no existir la posibilidad de ser rescatados en situaciones adversas por parte del Banco Central.

Desde luego, no parece muy conveniente ayudar a los bancos cuyos problemas surgieron de una conducta poco prudente. Si un banco tiene problemas de liquidez, debe acudir al interbancario (que no deja de ser un seguro del mercado). Un banco claramente solvente que experimenta problemas de liquidez puede obtener créditos en el mercado interbancario. De ahí deducimos que si un banco no consigue créditos en el interbancario, significa que no solamente es ilíquido, sino que además es insolvente.

Pues bien, curiosamente, la función del prestamista de última instancia es apoyar a los bancos que se encuentran en esta situación de clara insolvencia, es decir, ¡su función es prestar a quienes nadie más quiere prestar! Y evidentemente el Banco Central se enfrentará a pérdidas, ya que es poco probable que preste contra activos de buena calidad.

Sencillamente, los bancos insolventes que no conseguirían créditos deberían tender a desaparecer. Y es que las quiebras son un punto principal en el funcionamiento de una economía de libre mercado. Cuando un banco se encuentra en el proceso de quiebra, los activos que están en posesión del deudor deberían ser repartidos entre sus acreedores. Si finalmente el banco llega a la fase final del proceso de quiebra significa que ha fracasado en el mercado, es decir, que el banco no es capaz de encontrar proyectos capaces de conseguir financiamiento ni créditos para saldar sus deudas.

Este es el único mecanismo para que los individuos no corran más riesgos en sus actividades económicas y las malas prácticas se depuren o eliminen. Si este mecanismo de cierre/quiebra se dificulta o se bloquea por parte del Estado, continuarán existiendo estas bancos ineficientes en el aparato productivo de la sociedad, y se incentivaría el otorgamiento temerario de créditos a la vez que se fomentarían nuevas crisis financieras.

Si se eliminasen los préstamos y rescates bancarios por parte de los bancos centrales y los gobiernos, los bancos actuarían de forma más prudente y responsable, porque en un mercado libre con competencia (valga la redundancia) sería importante ofrecer garantías. Veamos los casos de las reservas y los riesgos de incumplimiento de pagos.

Las reservas. El negocio de las entidades de crédito reside en prestar lo que reciben cobrando intereses. En este sentido, les interesaría prestar todos los depósitos que reciben, ya que el mantener reservas no genera ingresos. Sin embargo, deben tener reservas para hacer frente a posibles retiros de los depositantes.

Si las autoridades monetarias no acudiesen en su ayuda con préstamos masivos, los bancos se asegurarían de tener el efectivo suficiente para pagar a sus depositantes en caso de darse un retiro de depósitos, ya que de no ser así se enfrentarían a la posibilidad de cerrar o tener que pagar los costes asociados al retiro inesperado de depósitos. Estos costes vendrían de tener que cancelar créditos, vender una parte de sus valores privados, vender préstamos o pedir prestado a otros bancos (o instituciones).

Riesgos de incumplimiento de pagos. En ausencia de bancos centrales, los bancos seguirían tratando de encontrar clientes que pagasen tasas de interés altas, pero prestarían mucha atención en que fuese improbable que fallasen en el cumplimiento de sus pagos. Se minimizaría el riesgo de incumplimiento ya que se adquirirían activos seguros. Teóricamente esto podría pasar sin banco central, pero se reduciría drásticamente. Se vigilaría mucho más a quién se le concede un préstamo.

La intervención monetaria directa e indirecta de las autoridades monetarias en los mercados financieros ha propiciado la actual crisis económica. Directamente, mediante la manipulación de los tipos de interés. Indirectamente, fomentando las malas prácticas bancarias y evitando su depuración. La supresión de las intervenciones monetarias por parte de los bancos centrales, así como la eliminación de los privilegios públicos que los gobiernos dan a las entidades de crédito, constituyen un requisito imprescindible para disminuir el número e intensidad de las crisis financieras y conseguir una estabilidad en el sistema financiero internacional.

@jmorillobentue

Contra la arbitrariedad y los abusos

Cuando un gobierno establecido se permite el empleo de la arbitrariedad, sacrifica el objeto de su existencia a las medidas que toma para conservarla. ¿Por qué se quiere que la autoridad reprima a quienes ataquen nuestras propiedades, nuestra libertad o nuestra vida? Para que esos goces nos estén asegurados. Pero si nuestra fortuna puede ser destruida, nuestra libertad amenazada, nuestra vida perturbada por lo arbitrario, ¿qué ventajas obtenemos de la protección de la autoridad?

Benjamin Constant.

Valgan estas reflexiones del gran filosófo francés para calibrar los ataques que se ciernen contra la libertad en España con este gobierno, entre despótico y pusilámine. En medio de sus omisiones para reducir el gasto de las administraciones públicas y defender cabalmente la legalidad constitucional allí donde algunos apéndices del Estado se rebelan contra ella, cuales células cancerígenas del cuerpo que las ha producido, se muestra especialmente activo para cercenar las garantías de las libertades individuales recogidas en la Contitución de 1978 y aumentar los poderes arbitrarios de los ejecutivos que conforman el Estado.

En este momento ya ha publicado la propuesta de nueva Ley de Enjuiciamiento Criminal que prosigue los planes inacabados del gobierno de Rodríguez Zapatero de conferir a un Ministerio Fiscal dependiente del gobierno la instrucción penal y limitar sustancialmente la facultad de los particulares de ejercer la acción popular penal reconocida en el artículo 125 de la Constitución. Asimismo, el gobierno ha aprobado recientemente un anteproyecto de Ley para la Protección de la Seguridad Ciudadana, profundizando en las arbitrariedades de la famosa Ley Corcuera de 1992, que formalmente derogaría.

En relación al anteproyecto, comparte con su precedente la misma idea motriz: los individuos son intrínsecamente sospechosos de cometer fechorías, da lo mismo que tengan la enjundia de un delito o de una infracción administrativa.

A modo de ejemplo, siguiendo la estela del artículo 20 de la ley anterior que elevó a rango de ley algunas órdenes de policía de la dictadura franquista, los artículos 8, 9 y 16 del anterproyecto no solo imponen a los españoles un documento de identificación desde los catorce años, costeado por ellos mismos, sino también exhibírlo a cualquier policía que considere que "han podido participar en la comisión de una infracción" o que "considere necesario que acrediten su identidad para prevenir la comisión de una infracción". En caso de no llevar consigo ese documento, esos policías (del Estado o autonómicos), atendidas unas circunstancias concurrentes sin especificar, podrán detenerlos y llevarlos a una comisaría durante el tiempo que sea necesario para su identificación sin asistencia de abogado.

El texto calla sobre la duración máxima de esa detención, pero cabe pensar que los prelegisladores conocen el máximo de 72 horas establecido para poner en libertad a una persona detenida por su presunta participación en un delito. Esto no resulta óbice para que, además, se tipifique como infracción grave, sancionable con una multa de 1.001 a 30.000 euros "la desobediencia o la resistencia a la autoridad o a sus agentes en el ejercicio de sus funciones, cuando no sean constitutivas de delito, así como la negativa a identificarse a requerimiento de la autoridad o de sus agentes o la alegación de datos falsos o inexactos en los procesos de identificación" (Art. 35.7).

Como cierre a todas estas arbitrarias intromisiones en la libertad de un individuo, que se intentan justificar en meras sospechas de haber cometido o estar a punto de cometer una infracción (da lo mismo que sea penal o administrativa), el artículo 16.5 pretende preconfigurar como delito la resistencia o negativa a identificarse o a colaborar en las comprobaciones. De esta manera, quien sea detenido y conducido a dependencias policiales para la identificación, sin la asistencia de un abogado, podrá ver aumentado su suplicio con una denuncia por un delito de este tipo.

Dado el inagotable catálogo de infracciones administrativas existentes, que según este texto –y de manera subrepticia la ley actual- habilitarían a la detención de una persona para identificarla, nos encontraremos, en caso de aprobarse, ante el intento más acabado de instaurar un estado policiaco.

Llegados a este punto, conviene recordar que la vigente Ley de Enjuiciamiento Criminal de 1882 (artículos 490 a 492) que este gobierno tan (pos)moderno quiere enterrar en los anales de la historia, se muestra mucho más respetuosa hacia la libertad de circulación de las personas y solo justifica su detención en caso de que concurran indicios, cuando no flagrancia –y no meras sospechas- de su participación en la comisión de un delito.

Se ha pretendido justificar las disposiciones de este anteproyecto relativas a la disolución y sanción administrariva de algaradas callejeras en la necesidad de afrontar la proliferación de este tipo de actos. El argumento resulta de nuevo falaz habida cuenta de que la represión penal –con sus garantías- queda abierta contra los participantes. Cuestión distinta es la inepcia de los mandos policiales encargados de disolver y reprimir estas revueltas violentas que se dirigen contra bienes y personas, incluidos los policías. A este respecto, no comprendo la razón por la que las autoridades españolas no facilitan a sus policías simples tanquetas con bombas de agua a presión. Esta "tecnología de doble uso" se muestra especialmente efectiva para disolver a los vándalos al tiempo que apaga los incendios que provocan. Permite, además, un uso proporcionado de la fuerza que evita las brutales lesiones que ocasionan las fuerzas antidisturbios con la utilización caótica de pelotas de goma o de porras y otros objetos contundentes.

Por lo demás, el anteproyecto recurre a la artimaña de describir las infracciones administrativas en esta materia de manera idéntica a los delitos "para el caso de que unos hechos no constituyan delito". En derecho español, como en muchos otros ordenamientos jurídicos europeos, rige la prejudicialidad penal cuando se sigue una causa criminal por hechos que coinciden total o parcialmente con los que fundamentan la pretensión en otro órden jurisdiccional y se da el caso de que la decisión del tribunal penal tenga influencia decisiva en la resolución del asunto en otra sede. Sin embargo, dentro de una insidiosa tendencia general en España a la "administrativización" del derecho sancionador (patente ya en el ámbito tributario y las multas de tráfico que han servido a modo de avanzadillas) se observan poderosos estímulos para desviar los expedientes al ámbito administrativo. En este marco las denuncias de los agentes de la autoridad tienen una presunción de veracidad ("darán fe" dice el Art. 52 del anteproyecto) frente a su valor de testimonio sometido "a las reglas del juicio racional" que les atribuye el derecho procesal penal (Art. 717 LECr). Por otro lado, la administración por sí misma instruye y sanciona al presunto infractor de forma sumaria. Solamente la resolución final del expediente resulta revisable ante los tribunales contencioso-administrativos. Por si esto no fuera suficiente, el cuadro de desproporcionadas multas para las infracciones graves y leves (de 1.001 a 30.000 euros y de 100 a 1.000 euros, respectivamente) junto con la introducción de un procedimiento abreviado (Art. 55) donde el interesado tiene la "oportunidad" durante quince días desde la notificación de pagar la multa con una bonificación del 50 %, apuntan al objetivo de obtener ingresos parafiscales a favor del estado como sea. La voracidad recaudadora de un estado elefantiásico incentivará más si cabe la arbitrariedad de sus agentes, quienes, de hecho, elegirían en estos casos el curso de sus denuncias con unas directrices deliberadamente oscuras. No sería sorprendente observar, como ya ocurre en las patrullas de tráfico, la introducción de pluses de "productividad" a los policías cuyas denuncias conllevaran la imposición de multas administrativas a los ciudadanos.

Contestando unas primeras críticas del comisario de Derechos Humanos del Consejo de Europa sobre su anteproyecto, el Ministro del Interior declaró -junto a otras bochornosas identificaciones de España con sus planes que proyectan la retórica nacionalista catalana- que la ley se encuentra en estado embrionario y que será remitida al Consejo General del Poder Judicial, al Consejo Fiscal, al Consejo de Estado, a la Agencia Española de Protección de Datos para que dictaminen sobre su contenido, de manera que la ley respetará los derechos fundamentales y las libertades públicas.

Cualesquiera que sean los informes que se recaben, estos propósitos contradictorios solo podrán resolverse con la retirada de este anteproyecto de Ley de Protección de la Seguridad Ciudadana.

¿Todos son iguales?

El futuro del panorama político español es apasionante, las encuestas auguran una dispersión del voto animada por el surgimiento de nuevos partidos alternativos para todos los gustos, o casi todos. La novedad no son las diferentes opciones políticas -que siempre las ha habido, desde el Partido Pirata hasta el Partido por un Mundo más justo pasando por Escaños en Blanco hasta llegar a las 4.028 formaciones inscritas en el Registro de Partidos Políticos del Ministerio del Interior-, sino las opciones que algunos de estos tienen de irrumpir en los diferentes parlamentos.

Es fácil culpar a la Ley d’Hondt de provocar el bipartidismo pero, hasta ahora, han sido los propios españoles quienes con sus votos han elegido de forma masiva al PP o al PSOE para que se turnaran en el poder. La ley electoral, las circunscripciones electorales o las subvenciones que reciben influyen, y mucho, pero en último término la decisión es de los votantes. No hay sistema electoral perfecto, ni proporcional ni mayoritario, pero es lo que quiere "el pueblo", seguridad a cambio de libertad como ya anticipó Hobbes, y es difícil que el mapa electoral cambie por completo salvo en momentos de gran zozobra y crisis, pues uno de los elementos más valorados es la estabilidad, ese defecto que se le encuentra a los políticos cuando todos parecen iguales.

Programas electorales con letras en rojo o en azul que proponen lo mismo dentro del consenso socialdemócrata, la Pax Europea, son amenazados hoy por aquellos que hasta ahora se movían en la marginalidad del sistema y enarbolan la bandera de la alternativa política. Para unos de extrema izquierda, para otros de extrema derecha, populistas e, incluso, liberales. El debate está servido, que cada cual se etiquete y luego que cada cual vote.

La tensión entre diferentes fuerzas políticas es positiva en cuanto a que la competencia por el poder libera a los ciudadanos de los políticos siempre de acuerdo en esquilmar a los contribuyentes. En este punto sus señorías suelen llegar rápido a consensos y acuerdos pero cuantos más sean y más tarden en conseguirlo más libres seremos nosotros, que al final es lo que nos interesa. Bienvenidos sean los nuevos partidos si contribuyen en algo a ejercer como pesos o contrapesos del poder monopolítisco del Estado, malditos si su vocación es sumarse al fiesta estatista.

Si todos los políticos son iguales es porque la gente quiere que lo sean, porque votan a los iguales o no votan ni hacen nada para que dejen de serlo. Tanto si intentamos vivir al margen de los políticos como participar eligiendo a los representantes no podemos mirar hacia otro lado y continuar culpando a misteriosas fuerzas ajenas a nosotros mismos, ya sea "el sistema electoral" o "la partitocracia", pues son el resultado de nuestros votos, y el de nuestros vecinos. Pero es que en eso consiste la democracia.

La integridad del vigilante y el cumplimiento de la norma

Uno de los temas más agradecidos de explicar en políticas públicas es el problema llamado del Principal y el Agente. Estudia la típica situación de riesgo moral (o moral hazard) aplicado al comportamiento del gobierno y de las empresas. Los alumnos entienden perfectamente la tentación del vigilante de llegar a un acuerdo con el vigilado en cuanto les cuento un caso real de una niña de once años que le cuenta a su madre que esa mañana, en el colegio, la profesora ha tenido que salir de clase y ha dejado a una alumna encargada de apuntar a los charlatanes. La niña protagonista, inquieta y parlanchina, fue apuntada en la lista y la vigilante tuvo que ponerle tres cruces porque no paraba de hablar con el compañero. Viendo la cara de enfado de su madre, y antes de que ésta pudiera decir una palabra, la niña explicaba que consiguió que la borraran de la lista. Ofreció regalices rojos a la vigilante y todo resuelto. Todos tenemos un precio. Mis alumnos se ríen pero entienden de inmediato que si un niño se ve tentado a pactar con el vigilante, cómo no va a suceder esto entre empresas, reguladores y gobernantes. Cambiamos las golosinas por dinero y privilegios y ya tenemos el Problema de la Agencia o Problema del Principal y el Agente.

La vigilancia, ¿pública o privada?

Vigilar al vigilante es un ancestral problema que no nos hemos inventado ahora. Pero desde la aparición de nuestros modernos estados democráticos la organización de la vigilancia aparenta ser más problemática.

¿Debe haber un organismo regulador de la competencia? ¿Son eficientes los organismos encargados de vigilar el adecuado suministro de energía? ¿Sería preferible contratar a una auditoría externa independiente de los partidos políticos? Todas estas preguntas siguen derivando en serias polémicas en las que los partidarios de una u otra opción discurren buscando el beneficio de la sociedad. Nadie quiere que los mercados no funcionen (excepto en casos de ignorancia aguda), o que la población que paga sus impuestos no reciba un adecuado suministro de luz y agua. Todos queremos que los euros que los ciudadanos (Principal) pagan al Estado, a la fuerza o con ingenua alegría, sirvan para que los servicios delegados en manos del Estado (que es Agente de los ciudadanos y el Principal de los reguladores y auditorías) sean provistos en condiciones.

Las consecuencias de que los vigilantes incumplan, sea el Tribunal de Cuentas, sea la auditoría privada ya desaparecida Arthur Andersen, son muy graves. Por eso es tan importante dilucidar qué titularidad, pública o privada, es mejor. La mayoría de las personas que conozco tienen mucha más fe en la vigilancia pública que en la privada. Es una postura perfectamente respetable. Pero no se basa en la evidencia, sino en la fe. Porque la realidad es que la traición, el engaño y el robo son vicios humanos, no institucionales. Y, en definitiva, para evitar los Problemas de Agencia hay que diseñar incentivos adecuados. Incentivos que tocan la motivación de seres humanos, de personas cuya naturaleza o moralidad no cambia si trabajan para el Estado o para la empresa privada. Lo que sí varía es el número de oportunidades que se le presentan al vigilante en uno y otro ámbito. Dicho en castizo, el inmoral trinca en cuanto tiene oportunidad a menos que le pongas trabas.

La rendición de cuentas define la mejor opción

La mejor manera de evitar el riesgo moral de los Agentes es obligar a que justifiquen lo que hacen y el dinero que gastan.  En este sentido, una empresa cuyos propietarios ven que su dinero no rinde por un comportamiento inmoral y no hacen nada sucumbirá probablemente. O al menos, no será todo lo próspera que podría. Las cuentas de la empresa tienen que ser revisadas cada cierto tiempo. De lo contrario, se pueden acumular pufos ocultos sin que los responsables den la cara.

Y he sacado el caso de la auditora Arthur Andersen y el Tribunal de Cuentas adrede.  La primera no cumplió con su obligación y, como nos cuenta Miquel Roig en Expansión, permitió que la empresa Wordcom mintiera en sus cuentas por tres años en pleno boom de las puntocom. El presidente de la compañía está en prisión y Arthur Andersen también ha pasado por los tribunales.

Por el contrario, nuestro Tribunal de Cuentas es famoso por arrastrar un retraso en su revisión de las cuentas públicas de entorno a cinco años. No solamente eso. Es muy conocido el escándalo de la Universidad Complutense que, requerida por el Tribunal, se negó a entregar sus cuentas. Y ahí está, con su enorme agujero financiero, funcionando.

Que hay fallos institucionales en ambos casos es evidente, pero también lo es en cuál de los dos la rendición de cuentas funciona. Lo mismo podríamos decir de los partidos políticos, los sindicatos, las fundaciones, y demás organismos semi-públicos en los que se descubren fraudes cada día.

Cómo enfrentar a un detestable chistoso antisemita

La judeofobia en Francia no es ninguna broma. El país que presume de ser la cuna de los derechos humanos es también uno en los que tradicionalmente, y también en la actualidad, más extendido ha estado el odio hacia los judíos. Es la patria del tristemente famoso affaire Dreyfus. El comportamiento de las autoridades y de gran parte de los ciudadanos franceses durante el Holocausto no puede considerarse precisamente ejemplar. Décadas después, el hexágono tuvo como diputado (tanto nacional como europeo) a un Jean-Marie Le Pen que oscilaba entre la negación y la minimización del citado crimen contra la Humanidad.

A ese antisemitismo tradicional francés se une otro de relativamente nuevo cuño en el Viejo Continente. Entre los hijos y nietos de inmigrantes procedentes del Norte de África, así como entre quienes siguen llegando a Francia desde dicha región, está muy extendida la judeofobia de raíz arábigo-musulmana. Esta última no sólo se da entre los franco-magrebíes islamistas (cada vez más numerosos), sino incluso entre los que mantienen una visión en otros aspectos moderada de su religión o, incluso, entre los que no son religiosos.

Con todos esos antecedentes, la prohibición que el Gobierno galo logró imponer al espectáculo del humorista antisemita Dieduonné (entre cuyos seguidores hay antisemitas de los dos tipos señalados) fue celebrado por muchos, dentro y fuera de Francia, como un triunfo del Estado de Derecho y de la lucha contra la intolerancia. Los motivos que llevaron a pedir que se impidiera la actuación del polémico, en realidad simplemente detestable, personaje fueron sus alegatos contra los judíos, el deseo que lanzaba de que un periodista hebreo muriera en las cámaras de gas y su simpatía declarada por el presidente colaboracionista Pétain y el propio Adolf Hitler. Es judeofobia en estado puro.

En su vuelta a los escenarios ha eliminado todos esos contenidos. No ha desaparecido, eso sí, el saludo nazi popularmente conocido como quenelle, que Dieduonné y sus seguidores tratan de hacer políticamente aceptable diciendo que es un corte de manga a la clase política. Al final, la nueva obra, con el mantenimiento de la citada quenelle y con bromas sobre que a partir de ahora se insultará a árabes y negros, pero no judíos, mantiene una judeofobia implícita mucho más difícil de demostrar.

Resulta comprensible que las autoridades quieran frenar a quienes propagan el antisemitismo, un odio irracional que en su versión más radical causó seis millones de muertos a manos de los nazis y sus aliados de muchos países europeos. Pero las prohibiciones de espectáculos como el de Dieduonné no son el mejor camino. Si los teatros donde iba a actuar el personaje en cuestión son públicos, es legítimo que se le vete. El propietario es el Estado y no está obligado a ceder sus bienes a quien se dedica a difundir el odio (no entramos aquí en el debate sobre si el Estado debe o no poseer espacios escénicos de ese tipo). Otra cosa es si se trata de sala privadas, donde la proscripción además de censura es un completo error.

Al margen de que hasta los chistes malos en el plano moral deban estar amparados por la libertad de expresión, hay motivos de índole práctica para oponerse a este tipo de censura. A partir de ahora, el tipo se presentará ante los suyos como una víctima de la represión. Podrá, además, decir que ha sido ejercida con el Estado francés siguiendo las órdenes de "los judíos" (el antisemitismo tiene la característica de que no señala a uno o a un grupo de hebreos en concreto, sino que el supuesto mal es causado por el total de ellos).

Por mucho que ya no se pueda acudir a un teatro a escuchar sus obscenidades abiertamente antisemitas, las veladas siguen ahí, quien quiera "disfrutar" de ellas seguro que puede acceder a vídeos en internet difícilmente controlables. El cómico judeófobo siempre encontrará vehículos para difundir y hacer apología de su odio. Y ahora no sólo lo hará con mayor virulencia y una patina de supuesta heroicidad ante sus acólitos, sino que personas que jamás tuvieron interés en él o, incluso, no le conocían, pueden interesarse ahora por escuchar su mensaje.

Por noble que sea la causa por la que se le ha prohibido ofrecer su espectáculo antisemita, que lo es, se ha cometido un error al intentar sacarle de los escenarios. Hay que combatir ese odio, pero no mediante unas prohibiciones que a la larga sólo favorecen a personajes nefastos como Dieduonné. La vía es difundir ideas contrarias a las suyas, hacer pedagogía de lo que significa su antisemitismo y, por qué no, responder con un humor que le ridiculice a él y a quienes piensan como él. Incluso cuando son humoristas, los enemigos de la libertad (y los antisemitas los son) aguantan mal la broma y la chanza cuando es dirigida sobre ellos. No les gusta, y les deja en evidencia si está bien hecha.