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Estado minotauro

Bertrand de Jouvenel (1903-1987) [1] [2] en su obra Sobre el Poder. Historia Natural de su Crecimiento definió un nuevo tipo de Estado que bautizó con el nombre de Estado Minotauro.

Empleó el mito griego de Teseo, para describir un Estado Minotauro que equivale a la bestia gigantesca, mitad toro y mitad hombre, que recibía como alimento a los jóvenes ciudadanos de Atenas que eran encerrados en un laberinto, como precio a pagar por los atenienses por haber perdido la guerra contra Creta: la pérdida de la libertad a cambio de la seguridad.

Forma política del Estado

La forma política del Estado moderno surgió a finales del siglo XV en Europa y, en España, fue con los Reyes Católicos. El Estado-Administración era incipiente y el Gobierno podía limitarse por el principio de consentimiento de los ciudadanos y, como argumentaban algunos autores escolásticos españoles, los derechos individuales están por encima de cualquier forma del poder terrenal.

Sin embargo, desde finales del siglo XIX con los derechos "sociales" y, especialmente, a lo largo de los siglos XX y XXI surge el Estado Minotauro, que definió Bertrand de Jouvenel, con el crecimiento exponencial del tamaño del Estado-Administración.

Como explica el profesor Armando Zerolo [3] [4] en su obra Génesis del Estado Minotauro (2013), es la nueva forma de tiranía democrática y, también, es el último estadio al que llega un aparato burocrático-administrativo al servicio de una casta política o, si se prefiere, de una oligarquía de élites extractivas, en una involución institucional que se fundamenta en la resolución estatista de los problemas a partir de las revoluciones políticas desde 1789.

Inicialmente, durante la economía preindustrial, la forma política del Estado representaba entorno al 5% del PIB de los países en los siglos XVI, XVII y XVIII. A partir de la revolución industrial y, especialmente, desde la revolución francesa, el tamaño del Estado creció paulatinamente hasta alcanzar cerca del 15% del PIB después de la Primera Guerra Mundial.

Después de estallar en 1929 la crisis deflacionaria, conocida como Gran Depresión, los ciudadanos quedaron inermes ante las diversas soluciones estatistas para los problemas sociales que las oligarquías de élites extractivas fueron imponiendo en Europa, y el tamaño del Estado creció hasta los niveles máximos del nacional-socialismo de la Alemania nazi y del socialismo real o comunismo de la antigua URSS.

Si lo Político se expresó antiguamente de un modo natural con las formas políticas de la ciudad, el reino o el imperio, con las revoluciones guiadas por el racionalismo constructivista, el tamaño de la forma política "artificial" del Estado ha aumentado exponencialmente durante los siglos XX y XXI pero, sin embargo, no parece que vaya a reducirse por el «consenso socialdemócrata» existente entre la oligarquía en el poder. Más bien, al contrario.

Después de estallar en agosto de 2007 la actual crisis deflacionaria, conocida como Gran Recesión, se observa un cambio en la percepción de los ciudadanos con gran descontento e indignación hacia la clase política. Sin embargo, como señala el catedrático Dalmacio Negro, que exista una situación prerrevolucionaria, no quiere decir que, en caso de producirse una revolución, el Estado vaya a disminuir. 

Revolución Francesa (1789)

La Revolución francesa de 1789 fue el punto de inflexión y no retorno en el crecimiento del Estado. A partir de entonces, la legislación fabricada por el Estado-Administración se impone a los ciudadanos aplastando los derechos individuales a la vida, la libertad, la propiedad y la igualdad de trato ante la ley.

Desde entonces, los ciudadanos consienten todo aquello que legisle la supuesta autoridad política. Los derechos individuales están secuestrados por el estatismo imperante en el "ethos" colectivo; significando la vida, la libertad y la propiedad lo que, en cada momento y en cada país, determine la oligarquía de élites extractivas por medio del derecho público, del derecho fiscal.

Con el crecimiento desbocado del Estado se impone la legislación positiva como formadora del Derecho con la "ratio status" o la "razón de Estado" imponiéndose por encima del uso y las costumbres, la "common Law" inglesa o, si se prefiere, el "derecho de gentes" que defendía la escolástica española de los siglos XVI y XVII.

El poder político reside en todos y cada uno de los ciudadanos. Sin embargo, cuando el "ethos" colectivo deposita la toma de decisiones en una casta política, sin dispersión pluralista del poder y sin barreras institucionales (referéndum) frente al intervencionismo, la forma política del Estado se transforma en una maquinaria burocrática y legislativa al servicio de la oligarquía presente en cada ciudad, en cada región y en cada país, cuya esencia es el crecimiento y la invasión competencias del ámbito de decisión de los ciudadanos.

Después de depositar su voto cada cuatro años, la mayoría de los ciudadanos son espectadores pasivos de los juegos de las oligarquías por repartirse el poder y son meras comparsas de la redistribución por el orden político de la riqueza que genera el orden de mercado.

Tamaño del Estado

La amenaza más seria para la democracia en Europa es el tamaño del Estado que, nuevamente, está situado en niveles cercanos al 50% del PIB e, incluso, superiores; lo que imposibilita que se pueda competir internacionalmente con otras áreas económicas, quedando aprisionados los derechos individuales e intervenidos los mercados por la maraña de leyes y las redes de intereses tejidas por las oligarquías de élites extractivas de cada país.

En su obra Derecho, Legislación y Libertad, Friedrich A. Hayek (1899-1992) señalaba un tamaño de Estado del 50% del PIB en el Reino Unido en el año 1979; razón por la cual la ex primera ministra Margaret Thatcher intentó limitar el tamaño del Estado en su país desde 1979 y hasta 1990:

La tendencia del sector público a crecer progresivamente y de manera indefinida llevó, hace aproximadamente un siglo, a formular la ley sobre el creciente gasto del gobierno. En algunos países como Gran Bretaña, este crecimiento ha alcanzado ya un punto en el que el porcentaje de la renta nacional controlado por el gobierno llega a superar el 50%. Esta es sólo una consecuencia de la tendencia intrínseca de las instituciones actuales a la expansión del mecanismo estatal; y no puede esperarse otra cosa en un sistema en el que primero se fijan las «necesidades» y luego los medios disponibles, por decisión de gente que piensa que no tiene que pagarlos directamente… Puede ser que, habiéndose echado sobre la espalda demasiadas funciones, el gobierno descuide las más importantes…

Friedrich A. Hayek, Derecho, Legislación y Libertad (Unión Editorial, 2006), Páginas 420-421.

Si bien en España el tamaño era del 25% PIB en el año 1975 al comienzo de la transición a la democracia, ahora mismo el Estado sobrepasa el 50% del PIB en el año 2014 si se tiene en cuenta el volumen de gasto de las administraciones públicas central, autonómicas, provinciales y locales y, también, los correspondientes entramados público empresariales junto con las miles de entidades que se alimentan de los presupuestos públicos.

Cuanto mayor es el tamaño del Estado, mayor poder tienen el orden político para intervenir con leyes y actuaciones y, por tanto, mayor perjuicio se ocasiona al funcionamiento del orden de mercado.

Si bien no se puede obviar que existe un orden político, conviene analizar que marco institucional permite minimizar la intervención del orden político sobre el orden de mercado.

Algunos autores pensamos que el tamaño del Estado es perjudicial cuando está situado en niveles superiores al 15% del PIB que era el que existía a comienzos del siglo XX y, especialmente, cuando el marco institucional y el gasto público va más allá de garantizar la triple seguridad.

En la situación actual, sería factible reducir paulatinamente el gasto público hasta un 40% del PIB y liberalizar la economía para permitir que España pueda competir internacionalmente. 

Estado Minotauro

El «consenso socialdemócrata» imperante en los partidos políticos y de la imposición de bioideologías (eutanasia, eugenesia…) son consecuencias lógicas de un Estado Minotauro que devora los derechos de los ciudadanos con un gasto público que representa más del 50% del PIB y alimenta un aparato burocrático-legal al servicio de las oligarquías de élites extractivas formadas por los partidos políticos, los sindicatos, las patronales empresariales y los medios de comunicación que realizan la propaganda del régimen.

El Estado Minotauro emplea cientos de excusas para la depredación de los recursos públicos como, entre otras, la justicia "social", el bien "común", el interés "general", la redistribución de la riqueza, la lucha contra la pobreza, el cambio climático, la educación para la ciudadanía, la memoria histórica…

Por supuesto, aquellos que critiquen el Estado Minotauro y el consenso socialdemócrata que lo sostiene, quedan excluidos socialmente por la oligarquía y catalogados como alternativos, extremistas o radicales, cuando lo único que ponen de manifiesto es el recorte de las libertades políticas y la imposibilidad de cálculo económico en el socialismo en un Estado Minotauro que rebasa el 50% del PIB.

Ante un Estado Minotauro, sólo existen dos opciones. Se puede votar con los pies y emigrar o bien se puede dar la batalla ideológica para cambiar la actitud personal de la oligarquía y de los ciudadanos que dan soporte electoral a la misma, modificando su errónea percepción sobre las soluciones estatistas y exigiendo los cambios institucionales para vivir en una sociedad más abierta con un Estado limitado o mínimo.

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Posibles causas de los errores contra la reserva fraccionaria

Uno de los errores intelectuales más graves y llamativos de algunos liberales de la escuela austriaca de economía es su oposición a la reserva fraccionaria de la banca. Dos pensadores brillantes, influyentes y fructíferos, pero obsesionados contra la reserva fraccionaria y equivocados al respecto, son los principales responsables: Murray Rothbard y Jesús Huerta de Soto. Ambos cuentan con múltiples seguidores más o menos significativos que contribuyen a la propagación de este error.

Dada la metodología científica de la escuela austriaca de economía el error es especialmente preocupante porque podría parecer que la crítica contra la reserva fraccionaria no se plantea como una hipótesis provisional potencialmente explicativa, abierta a crítica y revisión, sino como un axioma apodíctico demostrable lógicamente mediante deducción y presuntamente irrefutable. En este caso, o la lógica no funciona o algunos pensadores que insisten mucho en su importancia en realidad no saben utilizarla con suficiente rigor.

Los errores sistemáticos en este ámbito pueden proceder de sesgos y limitaciones del proceso de enseñanza a los economistas sobre los intercambios, el dinero, el crédito, la deuda, la banca y las finanzas: se confunde una simplificación explicativa de por qué el dinero supera al trueque con la idea de que sólo hay esas dos posibilidades. Es común explicar el origen del dinero por las limitaciones del trueque, lo cual tiene parte de verdad pero es una visión incompleta. El alumno queda con la impresión de que sólo existen dos tipos de intercambios: los directos (trueque), y los indirectos (con dinero). No se menciona, y por lo tanto se ignora, la posibilidad de que se produzcan intercambios incompletos, a crédito, diferidos en el tiempo, en los cuales se entrega un bien o servicio a cambio de una promesa de entrega de dinero en el futuro, generándose así una deuda entre quien da el bien (ahora acreedor) y quien lo recibe (ahora deudor).

La escuela austriaca enfatiza la subjetividad y el carácter dinámico y heterogéneo de las valoraciones de los individuos sobre los bienes, pero no investiga cómo de variables o invariantes son esas preferencias: por lo general ignora la teoría de la liquidez del dinero como invariante de valor.

Al tratar los bancos, se los considera erróneamente como meros almacenes de dinero (con analogías espurias, engañosas y desorientadoras, como depósitos de materias primas, garajes o guardarropas): se asegura, sin presentar evidencias, que los billetes que entregan a sus clientes son certificados de guarda y custodia, y que en los intercambios los individuos en vez de entregar dinero entregan los billetes que dan derecho al mismo. En realidad el billete de banco tiene mucho más que ver con la letra de cambio. También se acusa a los bancos de falsificadores y de cometer fraude al producir más billetes que el que tienen en tesorería, olvidando que el banco tiene otros activos líquidos convertibles rápida y fácilmente en dinero. El desconocimiento sobre contabilidad puede estar en la base de este problema.

Tampoco se considera la posibilidad de que se utilice la deuda como medio de pago (crédito circulante), como complemento o sustituto monetario: la deuda muy segura y a muy corto plazo se monetiza (se usa como dinero entendido en sentido amplio), y así se economiza el dinero en sentido estricto, evitando parte de sus costes y riesgos de producción y atesoramiento. Los bancos, además de intermediarios financieros, son gestores del sistema de pagos y cobros de una sociedad: las deudas entre los individuos pueden cancelarse o compensarse unas con otras sin necesidad de que circule el dinero, el cual sólo se transfiere para los saldos netos no compensados.

La teoría austriaca del ciclo económico enfatiza la expansión crediticia insostenible, la dimensión temporal de la acción y las descoordinaciones de la estructura de producción en relación con el ahorro disponible y las preferencias de consumo: pero no considera que el ahorro, la deuda y la inversión en general tienen una componente temporal y de riesgo, y que al haber intermediarios financieros es posible que se produzca un desajuste entre el plazo y riesgo al que prestan los acreedores al banco (depositantes a la vista y a plazo y obligacionistas) y el plazo y riesgo al cual el banco presta a sus deudores. No hay un solo tipo de interés que la banca central reduzca artificialmente, sino una curva de tipos que la banca en general (privada y pública) manipula de forma insostenible al intercambiar rendimientos por riesgo. Estos desajustes pueden efectuarlos también otros intermediarios financieros: en la crisis actual ha sido principalmente la banca en la sombra, que no utiliza depósitos a la vista.

A los errores económicos se añaden errores legales y éticos: una teoría de la ética de la libertad que interpreta equivocadamente los contratos como transferencias plenas de derechos de propiedad sobre objetos; la confusión entre títulos de propiedad y títulos de deuda; la confusión entre el derecho romano y los principios generales del derecho; la aplicación de normas relativas a contratos de guarda y custodia a entidades de naturaleza diferente.

La crítica contra la reserva fraccionaria de la banca se basa en diversos argumentos económicos y éticos falaces ya refutados. Son falacias porque parecen correctos y sus apariencias engañan: están construidos de tal manera que consiguen convencer y confundir al incauto; no sobrevivirían si sus defectos fueran obvios para todos, tanto novatos como expertos en teoría, historia y práctica monetaria y bancaria.

Diferentes factores epistémicos, psicológicos y económicos, muchos de ellos aplicables a otros ámbitos, permiten explicar por qué se produce este error y por qué se mantiene a pesar de que es un tema que ha sido y sigue siendo conveniente y claramente explicado en numerosos lugares y ocasiones. Los individuos equivocados han asumido ideas erróneas y no las corrigen, y este proceso puede estudiarse como un problema de capacidades e intereses: normalmente uno no cae en el error queriendo, sino por falta de capacidad para detectarlo; mantenerse en él implica no poder o no querer reconocerlo y abandonarlo.

En la generación, mantenimiento y propagación de ideas o memes intervienen emisores y receptores, maestros y alumnos, innovadores y seguidores. Aparte de la aparición original y creativa de una nueva idea, la asimilación inicial de errores se produce generalmente cuando un estudiante es confundido, dirigido por mal camino por un profesor equivocado. Esta circunstancia puede resultar muy nociva: igual que cuando se aprende alguna habilidad psicomotriz, como a tocar algún instrumento musical, es importante no adquirir vicios o manías que luego se enquistan y son difíciles de corregir. Conviene recibir la instrucción adecuada desde el comienzo y no acumular errores y perseverar en ellos: la constancia no siempre es una virtud; a veces es simple obcecación, testarudez, fanatismo.

El equivocado puede estar en una situación peor que el que no sabe nada y al menos reconoce su ignorancia; es mejor no haberse movido que avanzar en dirección contraria a la deseada. Si reconoce su error, entonces sabe cómo no es la realidad, y tal vez además sepa por experiencia propia por qué algunas ideas son falaces y pueden engañar a otros. Muchos especialistas en procesos de aprendizaje y en empresarialidad recomiendan equivocarse mucho y rápido: pero este consejo sólo tiene sentido si se obtiene alguna lección de los fracasos.

La economía conductual muestra la importancia del sesgo de confirmación en los seres humanos: se tiende a buscar pruebas de que uno tiene razón, se evita o distorsiona la información que es inconsistente con lo que uno previamente cree, se ignoran los argumentos que provocan el dolor de reconocer que uno se ha equivocado y no es tan inteligente como creía. No es lo mismo no saber nada sobre un tema que tener ideas preconcebidas incorrectas acerca del mismo. Si un alumno tiene interés y capacidad, aun partiendo de cero es posible enseñarle y conseguir que aprenda. Pero si lo que cree saber y le sirve de fundamento es lo opuesto a la realidad, si tiene ciertos prejuicios erróneos que no está dispuesto a abandonar, entonces su progreso intelectual será difícil o imposible: su apego, tal vez fervoroso, por las pseudoexplicaciones en las que cree, le impedirá comprender las explicaciones correctas y otras ideas que conectan con ellas. Para conseguir avanzar primero debe revisar lo que cree saber, reconocer sus errores y superarlos.

No hay ninguna forma de garantizar por completo que los maestros no se equivocan, y cuando un aprendiz comienza con algo, por definición no sabe, y por tanto tal vez no puede juzgar, analizar críticamente y filtrar adecuadamente las ideas recibidas. Si el profesor comete algún error el alumno tal vez lo asuma y lo haga suyo: es común memorizar sin comprender. Si se recibe gran cantidad de información e ideas, tal vez no sea posible comprobarlo todo; si hay muchas partes del conocimiento válidas tal vez se crea que todo el conjunto es correcto, que todas las piezas encajan, y no se detecten los detalles problemáticos.

El maestro no tiene por qué ser un estafador: seguramente está autoengañado, convencido de la corrección e importancia del presunto conocimiento que transmite. Abundan los economistas que afirman cosas contradictorias, luego algunos pensadores necesariamente están equivocados y sin embargo enseñan e incluso crean escuela, reciben premios y reconocimiento público. Quizás el profesor tiene mucho carisma, comunica con pasión, es simpático, generoso, atractivo, persuasivo, seduce al alumno. Tal vez el aprendiz cree que conviene no llevarle la contraria para tener una buena relación con él y obtener buena nota o algún avance académico o profesional.

El riesgo de transmisión de errores es mayor cuando se aprende de una sola fuente o de un conjunto de fuentes homogéneas y dependientes unas de otras, como puede ser el caso de un grupo cerrado y sectario que no fomente la crítica autónoma. Los grupos humanos formados por individuos con ideas o intereses semejantes tienden a cerrar filas: los miembros comparten dogmas, se apoyan mutuamente y fomentan la conformidad, rechazando al heterodoxo, hereje o blasfemo. Si se asimila una explicación convincente pero errónea, para corregirla será necesario recibir una argumentación contraria que tal vez no exista o que no esté disponible para el individuo, que suele rodearse de quienes piensan igual que él y comparten sus mismas limitaciones.

Algunos memes consiguen permanecer en las mentes de sus portadores, a pesar de su falsedad o incorrección, porque consiguen conectar con sus mecanismos emocionales y ser queridos. Son ideas que no dan igual, sino que el sujeto las aprecia como suyas, valiosas e importantes, y no quiere perderlas. Son memes atrincherados que defienden su posición privilegiada dentro de la mente contra invasores externos que podrían expulsarlos y eliminarlos: el individuo no tiene ideas sino que las ideas lo tienen a él. El componente emocional puede reforzarse mediante mecanismos de indignación moral que dificultan el análisis imparcial y objetivo.

Ciertos errores intelectuales, como el socialismo y el estatismo, persisten porque benefician a determinados grupos de interés: algunos de sus defensores se autoengañan porque su sustento depende de la incomprensión de ciertos asuntos. Otros errores permanecen porque sus portadores no desean asumir el dolor psíquico de su reconocimiento.

Algunas ideas absurdas distintivas sirven como identificadores de pertenencia a un grupo y prueba de lealtad al mismo, de modo que se defienden con orgullo porque abandonarlas implica desertar o traicionar al colectivo, ser desleal y arriesgarse a ser repudiado, perdiendo posibles relaciones de cooperación y capital social. Al reconocer un error uno no sólo se humilla a sí mismo sino que deja en evidencia a todos los demás que comparten dicho error. Es común no realizar ciertas críticas o suavizarlas por el deseo de llevarse bien o por el miedo a individuos en posiciones de poder y a la reacción de todos sus fieles seguidores. Los dogmas de fe y los líderes sirven como focos para coordinar y cohesionar un grupo. Atacar esas ideas y a esos líderes es atacar al grupo y a todos sus miembros, lo cual seguramente provocará un contraataque, que algunos realizarán con especial dedicación e intensidad para demostrar su lealtad y ganar puntos ante los correligionarios.

Las críticas correctoras pueden doler, molestar o incluso resultar ofensivas para algunos. Pero la solución de ciertos problemas requiere hablar clara y abiertamente aunque las verdades resulten inconvenientes o incómodas: censurar, contemporizar y callar para llevarse bien quizás sólo sirva para que la situación se mantenga o se agrave. Conviene practicar el sentido del humor, reírse uno de sí mismo y sus naturales limitaciones, no tomarse demasiado en serio.

En teoría la ciencia funciona mediante prueba y error objetivas, generación, crítica y comprobación imparcial de ideas: en realidad muchos pensadores (seguramente casi todos) quieren dejar huella, ser aplaudidos, crear escuela, conquistar muchos seguidores, incrementar su prestigio e influencia, mostrar lo brillantes que son, cuánta razón tienen y lo mucho que saben en comparación con otros competidores, que naturalmente están equivocados por no tener las mismas ideas (el estatus intelectual es un bien posicional). Cuanto más poder tenga un científico, más daño puede hacer si está equivocado y utiliza su prestigio e influencia para propagar sus errores y bloquear su revisión. De ahí el dicho de que en ocasiones la ciencia avanza tras los funerales de aquellos intelectuales dominantes que obstaculizan su progreso.

La argumentación racional surge evolutivamente no tanto para conocer la realidad sino como herramienta para vencer y convencer en discusiones contra otros y defender el estatus del individuo como pensador inteligente e influyente. Por este motivo para muchas personas reconocer errores es emocionalmente difícil, sobre todo si estos son importantes: no sólo implica perder referencias y fundamentos y quedar desorientado; también supone una posible pérdida de estatus, algo muy importante para los seres humanos como animales hipersociales.

Reconocer públicamente los propios errores y responsabilizarse de ellos es un acto de gran integridad intelectual; pero algunos individuos quizás se avergüenzan, estiman que eso implica una pérdida de capital intelectual y personal que no están dispuestos a asumir, de modo que prefieren distraer la atención, no darse por enterados, no dar la razón al otro; pueden también tratar de huir hacia adelante, seguir engañados, repetir los malos argumentos una y otra vez, recurrir al principio de autoridad, proponer ideas progresivamente más absurdas y disparatadas, enfatizar, resaltar y perseverar en las mismas malas ideas. El problema de no reconocer los errores es mayor cuanto más haya insistido un pensador en la corrección, importancia y originalidad de las ideas que resulten ser falsas y cuantas más oportunidades haya desaprovechado para revisarlas: hay más evidencias y el daño provocado es más grave.

Otra forma de decir que el capitalismo reduce la pobreza

¿El capitalismo reduce la pobreza? ¿El socialismo la aumenta? ¿La mezcla de ambos la reduce a veces y la aumenta en otras?

Como soy un gran aficionado a la columna semanal del gran profesor Rodríguez Braun, siempre tengo presente que no vivimos en un sistema liberal y, por ende, los males que aquejan a nuestra sociedad difícilmente pueden ser achacados al capitalismo, o neoliberalismo, como tantas veces se empeñan en demostrar los diferentes intelectuales de izquierda.

Por otro lado siempre me han gustado bastante aquellos artículos y ensayos donde se demuestra con datos cómo la pobreza se ha ido reduciendo progresivamente gracias a la implantación de la globalización en el mundo.

Pero claro, cualquier defensor del socialismo puede darle la vuelta a la tortilla y defender lo contrario: la socialdemocracia es la que reduce la pobreza y el capitalismo la que provoca todos los problemas que aquejan al mundo actualmente.

Evidentemente un análisis más profundo de la situación deja a los defensores del socialismo bastante mal parados y terminan dándonos la razón a los que defendemos que más libertad es sinónimo de más prosperidad. Pero claro, solo una minoría llegaría a prestar atención a este tipo de análisis y, por tanto, no nos puede extrañar que siga siendo tan enormemente popular achacar al capitalismo todos los males existentes, y muchos inexistentes, mientras que el socialismo, gracias a sus benditas buenas intenciones, acaba siendo siempre el bueno de la película.

Es por esto por lo que personalmente prefiero no utilizar los términos capitalismo o socialismo cuando analizo con el común de los mortales los beneficios y perjuicios del sistema imperante. Prefiero, en cambio, concentrarme en cosas tan básicas como la violencia. Principalmente como la renuncia a ella en una sociedad tiene el efecto de enriquecerla inmediatamente.

No deja de ser lo mismo que defender el capitalismo pero tiene la ventaja de no tener que perder el tiempo desetiquetando en la cabeza de tu interlocutor un montón de cosas que nada tienen que ver con el liberalismo. También te permite exponer tus argumentos sin que él vea en peligro creencias prácticamente inamovibles asentadas sobre las buenas intenciones en las que se basa el socialismo.

Aunque tiene la desventaja de ser solamente útil con aquellas personas que no sean férreos defensores de utilizar la violencia para conseguir sus fines. Lo que curiosamente, según mi experiencia, es más común en los simpatizantes de izquierdas que en los de derechas. Lo que me indica que el pacifismo y la cultura de la no violencia, que tan útil ha sido a la propaganda socialista, seguramente terminará siendo la causa de su desaparición. Aunque reconozco que puede ser un exceso de optimismo por mi parte.

Volviendo al tema, por muy buenas intenciones en las que base una persona sus creencias, si rechaza la violencia tiene un camino ya trazado para reconocer las bondades del capitalismo. Aunque para ello, paradójicamente, haya que eliminar cualquier cartel donde aparezca la dichosa palabra y así no asustarle en su recorrido. 

Por ejemplo, es bastante difícil convencer a una feminista que obligar a las empresas a contratar mujeres, por el simple hecho de ser mujeres, es malo para la sociedad. Puedes enseñarle gráficos, puedes intentar que entienda el punto de vista del empresario, pero lo cierto es que seguirá pensando que los beneficios económicos de la paridad serán superiores a sus desventajas inmediatas, y en todo caso, siempre terminará pensando que los beneficios sociales son superiores y deben ser prioritarios.

Hablarle a alguien así del liberalismo es predicar en el desierto; en cambio, atacar sus medios, en vez de sus fines, tiene mejor resultado. Puede ser verdad que el beneficio de que las empresas contraten a mujeres en base a términos de paridad termine siendo enorme (lo dudo, aunque la gente puede creer en lo que quiera), pero el hecho de que sea obligatorio, que se base en la amenaza de la violencia contra el empleador, es lo que provoca que la sociedad retroceda éticamente, y por ende, económicamente.

Lo que, con muchos más ejemplos y muchísima más suerte, puede conducirnos al consenso de que es la renuncia a la violencia, y a la amenaza de la misma, la que lleva a una sociedad a prosperar y no uno u otro sistema político. Y llegados a ese punto es posible que nos podamos atrever a decirle a nuestro interlocutor que una sociedad donde las personas renuncian a la violencia para tratar sus asuntos es en realidad una sociedad libre. O sea, una sociedad capitalista.

La guerra contra la pobreza

El pasado 8 de enero se cumplieron 50 años del primer discurso que ofreció el presidente Lyndon Johnson ante el Congreso. No habría pasado a la historia de no ser porque en ese discurso lanzó lo que él mismo llamó, y así ha quedado acuñado desde entonces, una “guerra contra la pobreza”. No se refería a la que libraba contra el Viet Minh, sino a una guerra virtual contra la falta de medios de una parte amplia de la población de aquel país. Una situación que, bajo el nombre de “pobreza”, alcanzaba según el presidente Johnson a “una de cada cinco familias”.

La pobreza era entonces un asunto de debate. Dos años antes del discurso, en 1962, Michael Harrington había publicado un libro titulado The other America: Poverty in the United States. Decía, por un lado, que la pobreza afectaba a uno de cada cuatro estadounidenses, y por otro que esa pobreza era “invisible” y sólo recientemente había sido “redescubierta”. Cómo puede ser invisible un grave problema de falta de medios que afecta a unos 47 millones de estadounidenses es una incógnita. Pero el argumento tenía su parte de denuncia a la mayoría de la sociedad de ser insensible con un problema tan grave.

No se puede decir que fuera un problema “invisible”. Pero la pobreza había ido cayendo de forma continuada desde el final de la II Guerra Mundial. El historiador James Patterson considera que “lo que motivaba a Johnson para luchar contra la pobreza, en definitiva, no es el empeoramiento de un problema social, sino la creencia de que el gobierno podía, y debía, entrar en la batalla”. Si una situación está mejorando al margen de la actuación del Estado, lo suyo, desde el punto de vista de la política, es no dejar pasar la oportunidad de sumarse al carro y apuntarse el tanto. Además, entre los sociólogos y pensadores progresistas cundía la idea de que la falta de medios, de “oportunidades”, llevaba a muchos, de un modo bastante automático, a la delincuencia y la marginación. Un apoyo por parte del Gobierno les permitiría escapar de este círculo vicioso. Como expresó el presidente Johnson en su discurso, “mil dólares invertidos en salvar a un joven desempleado hoy pueden rentar 40.000 dólares o más en toda su vida”. Esos 1.000 dólares le han sacado del recurso a la delincuencia, por lo que le recuperan para la sociedad productiva.

Esa “Guerra contra la Pobreza” no se concibió como un programa de ayudas que atrapasen a sectores enteros de la sociedad en la trampa de los subsidios; una idea que tanto a él como a la persona a la que confió la tarea de traducir este lema político en legislación, Sargent Shriver, le repugnaba. La idea era dar “oportunidades” en forma de formación en la escuela, o en formación profesional. También de “acción en las comunidades” a la que no se le otorgaba al principio un gran valor, pero que fue la que acabó siendo más importante. Estaba animada por la Oficina de Igualdad de Oportunidades, cuyo primer director fue el propio Shriver. La actuación del Estado podría hacer desaparecer la pobreza en el plazo de sólo diez años. Eso pensaban los creadores de esta Guerra contra la Pobreza.

Esas expectativas, claro está, no se han cumplido, sea como fuere que uno defina a qué se podían referir con eso de “pobreza”. El Consejo de Asesores Económicos de la Casa Blanca ha publicado un informe con motivo de este cincuentenario. Quiere demostrar que los programas puestos en marcha entonces han sido efectivos (aunque no baratos) y sugieren que el esfuerzo debe renovarse. ¡Justo lo que necesita el siempre candidato Obama para pedir una nueva Guerra contra la Pobreza! Ahora bien, el informe, en su página 16, contiene un gráfico con el porcentaje de la sociedad que está bajo el umbral de la pobreza. El gráfico, que recoge la evolución desde 1959 a 2012, muestra una caída continuada hasta el año 1970. De haber proseguido esa tendencia, la “victoria total” contra la pobreza de la que hablaba Johnson se habría logrado en 1980, aproximadamente. En lugar de ello, lo que describe el gráfico a partir de ahí es una evolución horizontal, en picos, hasta los niveles actuales. Cuando Lyndon Johnson pronunció su discurso, el porcentaje de la población bajo el umbral de la pobreza era del 19 por ciento, y en la actualidad es del 15,0. En estos años, el Gobierno federal se ha gastado en programas para luchar contra la pobreza 16.000 millones de dólares.

Para hacernos una idea de en qué se ha convertido la Guerra contra la Pobreza, según los datos recabados por Michael Tanner, el gobierno federal destinó 668.000 millones de dólares sólo en el año 2012. “Ello supone 20.610 dólares por cada persona en situación de pobreza en los Estados Unidos, o 61.830 dólares por cada familia de tres miembros”. En un solo año. ¿Explica la falta de dinero público el fracaso de estas políticas?

Si la pobreza es falta de medios, su solución, o al menos su mejora, debe provenir de que se destine más dinero. Es una respuesta lógica, aunque no acertada. Lo que rompe la, en principio, inquebrantable lógica de este planteamiento es precisamente lo más importante. La riqueza depende de la producción y del ahorro. Y ambos dependen del comportamiento. Es éste el centro del problema. Este otro planteamiento traslada el problema a la responsabilidad individual, en lugar de buscar una explicación en los grandes males que infringe la sociedad sobre determinados individuos, y que sólo la actuación del Estado puede solucionar. Esta es la idea que inspiró la Guerra contra la Pobreza, y que ha fracasado en estas cinco décadas de vida.

Lo que el dinero no puede comprar

El filósofo Michael Sandel, de la Universidad de Harvard, ha estado este último mes en Madrid hablando de su más reciente libro, Lo que el dinero no puede comprar: Los límites morales del mercado. Diversos medios españoles, como El Mundo, El País o el ABC, se han hecho eco de su principal denuncia: "Hemos pasado de tener una economía de mercado a ser una sociedad de mercado". Hoy en día podemos pagar para que alguien haga cola por nosotros, empresas ponen el nombre a estadios deportivos y estaciones de metro, y se pagan incentivos por perder peso y por leer libros. A Sandel le preocupa que haya muy pocas cosas que el dinero no pueda comprar.

Está claro que hay cosas que el dinero nunca podrá comprar. Por ejemplo el Balón de Oro, un Oscar o un premio Nobel. El Balón de Oro no tendría sentido si no se entregara al mejor futbolista del año, sino al mejor postor. Hay muchas cosas que tampoco podemos adquirir con dinero, como una verdadera amistad, una conversación estimulante o una disculpa sincera. Lógicamente, tampoco se pueden comprar cosas imposibles o que no existen. Homer Simpson parodiaba este extremo en una de sus más célebres afirmaciones: "Tendrá todo el dinero del mundo, pero hay algo que nunca podrá comprar… Un dinosaurio". Obviamente, pese al título del libro, no es este tipo de cosas, las que realmente no se pueden comprar, las que preocupan al autor. 

El terreno se va complicando cuando pasamos a preguntarnos qué no deberíamos poder comprar y vender. La respuesta no puede tomarse a la ligera, pues implica prohibir dichas acciones, es decir, utilizar la fuerza de forma legítima para impedir que alguien las realice. Los liberales solemos limitar nuestra respuesta a unas reglas muy básicas. Debe estar prohibida toda acción que inicie el uso de la fuerza contra otra persona o que violente sus derechos de propiedad, como matar, esclavizar, secuestrar, robar o cometer fraude. No es legítimo, por ejemplo, asesinar a cambio de dinero ni la compraventa de esclavos. Tampoco son estas cuestiones, en principio poco polémicas, a las que se refiere Sandel en su libro. El problema es que tan pronto como se aceptan se olvidan, y de forma continua se proponen excepciones a estas reglas para alcanzar fines particulares por la vía rápida.

Sandel centra su atención en un determinado tipo de transacciones que, pese a ser voluntarias, requerir el consentimiento mutuo de las partes y no existir agresión física contra nadie, no deberían de poder permitirse. ¿De qué tipo de transacciones de trata? Sencillamente, de aquellas transacciones que al propio Michael Sandel no le gustan. Para el autor es éste, en el fondo, el auténtico criterio para determinar qué no debería poderse comprar con dinero.

A lo largo del libro va enumerando casos de intercambios que no le gustan. Es muy probable que al lector también le desagraden muchos de ellos. Posiblemente no nos guste que pueda contratarse a alguien para que haga cola por nosotros, que se den incentivos monetarios para perder peso o fomentar la lectura, que se paguen millonadas por cazar rinocerontes negros en cotos privados en Sudáfrica o que inversores puedan adquirir los seguros de vida de personas que se han puesto enfermas y que necesitan dinero rápido. Otras transacciones nos chocan precisamente por el propio efecto de la intervención del Estado, como la posibilidad de comprar derechos de emisión de CO2 o de adquirir el permiso para tener hijos adicionales en países como China, en el que el gobierno limita el número de hijos que se pueden tener. También existen intercambios que, aunque sean voluntarios, simplemente nos provocan rechazo, como la posibilidad de comprar y vender transfusiones de sangre, riñones para trasplantes o vientres de alquiler.

Michael Sandel, al exponer ejemplos de transacciones que desde su punto de vista no deberían poder realizarse, repite constantemente dos argumentos principales. El primero es que muchos de estos intercambios no son realmente libres si una de las partes es más pobre o se encuentra necesitada. Es la típica confusión entre la libertad, en el sentido liberal de ausencia de agresión o coacción ejercida por alguien, con riqueza o poder. Y la distinción no es irrelevante. Cuando los intercambios son libres, en el sentido liberal, de entre todas las opciones disponibles los individuos tenderán a escoger aquella opción que consideren mejor o menos mala. Pero cuando se prohíben ciertos intercambios voluntarios por existir una situación de desigualdad de riqueza entre las partes, aunque se haga con la mejor de las intenciones, en ningún caso se está ayudando al más débil, sino limitando sus posibilidades. Flaco favor le hacemos al necesitado si de entre las distintas posibilidades que tiene, aunque ninguna nos guste, le impedimos realizar precisamente la que elige.

El segundo argumento es que el mercado puede provocar un "efecto expulsión" de ciertos valores morales o cívicos que van ligados a dichos bienes. Ciertos bienes deberían entregarse por amor, patriotismo o solidaridad. El dinero, dice Sandel, a veces corrompe el bien en cuestión, hace que pierda valor. Sin embargo, cuando se propone restringir intercambios libres argumentando que corrompen el valor de un bien debería saltarnos una alerta mental. ¿Pero el valor de los bienes no era subjetivo, no residía en la mente de los individuos? Puede ser cierto que para muchas personas haya ciertos bienes que pierden valor cuando el dinero entra en escena. Pero habrá otras personas que no opinen así. No hace falta que venga nadie a imponernos sus preferencias, pues si los intercambios son libres cada uno procurará preservar el valor de lo que entrega y de obtener lo que más valora.

Es verdad que, como dice Sandel, el mercado se va extendiendo sin que casi nos demos cuenta. Pero esto no es algo que debamos lamentar, sino que deberíamos celebrarlo. En la antigüedad cada familia consumía lo que producía, había muy pocos intercambios. La vida era material y socialmente mucho más pobre. Hoy en día, sin embargo, casi todo lo que producimos no es para nosotros mismos, sino para que lo consuman los demás. El mercado no deja de ser un proceso social de intercambio por el que millones de personas cooperan de forma voluntaria en el marco de la división internacional del trabajo. El dinero, institución tan denostada por intelectuales como Sandel, hace esto posible. Más que ataques y críticas, lo que el mercado y el dinero merecen es un homenaje.  

La sana incertidumbre

La incertidumbre disgusta. A muchas personas les apetece pensar que el futuro es predecible, que nada malo pasará o que, de pasar, sería reversible, pues alguien lo solucionaría y las cosas volverían a ser como antes. Para el más conservador, el lema "cualquier tiempo pasado fue mejor" se convierte en una certeza y no le apetece cambiar si no es a lo que ya vivió o creyó vivir; para el más "progresista", el objetivo a alcanzar es el ideal del "paraíso en la tierra", objetivo para él mismo y, desde luego, para una humanidad sin rumbo, que no quiere aprender qué le conviene.

Cuando termina un año y empieza otro, se llenan los periódicos y noticieros de informaciones relacionadas con predicciones para el nuevo año. Los adivinos profesionales tienen su momento anual de gloria. La salud, el dinero y el amor del "famoseo" llenan unos cuantos artículos repletos de posibles bodas, amores, enfermedades y negocios. Los posibles desastres naturales, guerras, paces y crisis llenan páginas que se consumen con interés, quizá esperando encontrar en ellas las claves para reconducir nuestro propio futuro. Habrá que estar atento.

En un tono un poco más serio, pero quizá no menos fantástico, están las predicciones que podríamos llamar oficiales, tanto de los poderes públicos como de las instituciones y ‘lobbies’ privados. Para este año, las perspectivas económicas son mejores que las del año pasado, se intuye una recuperación de los índices económicos (yo diría más macro que micro), algunos aseguran que es el mejor momento para adquirir una casa, porque a partir de este año los precios subirán de nuevo, frente a otros que afirman que seguirán bajando. Alguien acertará.

El ministro De Guindos ha llegado a la conclusión de que las perspectivas del empleo para este año son incluso mejores que las que ellos mismos realizaron, y todo ello antes de sacar unos datos anuales de paro "espectaculares". Qué casualidad más causal. Puede que tenga razón, puede que no, y es que el ‘bluf’ de los brotes verdes de Zapatero todavía está muy cercano en nuestra memoria. Yo espero y deseo que sí, pero la recuperación económica no sería gracias al Gobierno del PP, que se ha dedicado a apretar las tuercas fiscales a una población ya bastante ahogada.

Los presidentes y principales directivos de algunas de las empresas españolas con más peso en la economía nacional crearon el Consejo Empresarial para la Competitividad, con el objetivo de "aportar las experiencias de las grandes multinacionales que se integran en el CEC, elaborando documentos orientados a incrementar la competitividad española, guiados por unos valores como son el compromiso, el consenso, la experiencia y el ámbito global". Durante todo el año pasado, personas como César Alierta, Emilio Botín, Ignacio Sánchez Galán o Francisco González se han dejado los cuernos en asegurarnos que la cosa ya no está tan "malita" y que la recuperación es cosa de (poco) tiempo y fruto de un esfuerzo de todos. Todo ello muy racionalizado y basado en sesudas y completísimas estadísticas. Vuelvo a esperar que tengan razón y que sea así, quiero creerlo, pero la economía no es una disciplina predictiva, al menos no con esa capacidad de predicción que tiene la física, que siguiendo las leyes newtonianas es capaz de poner una nave en Marte con una precisión pasmosa.

Muchas ciencias y disciplinas humanas no son predictivas. La Teoría de la Evolución puede explicarnos cómo surgen las especies, pero no es capaz de decir cuáles serán las especies que existirán dentro de cien mil años. Que los economistas de la Escuela Austriaca se pasaran años diciendo que si en economía se seguía haciendo lo que se hacía estallaría una burbuja, no quería decir que supieran con detalles cuándo, cómo y a quién iba a afectar. Cuando la crisis llegó, lo hizo sorprendiendo a todos; la diferencia fue que a algunos les pilló más preparados que a otros. Y en toda crisis hay quien se enriquece y quien no, pero las crisis no siempre enriquecen a quienes creemos que son más fuertes antes de que estallen.

Esta idea de la predictibilidad de todo, que el universo se reduce a unas reglas más o menos complejas que son capaces de generar el futuro, es una idea decimonónica que aún perdura y que, desde mi punto de vista y entre otros factores, es una de las bases de los muchos socialismos y colectivismos que ponen en la tierra el paraíso perdido. Por eso, el socialista sabe lo que hay que hacer, se sorprende cuando no funciona, culpa a otros de la desgracia, se olvida de la sana labor de la autocrítica y persiste en el error cuando ha pasado el tiempo suficiente y ha olvidado.

La incertidumbre es sana. Genera expectativas, el empresario lo sabe y busca beneficiarse de ellas, espera sacar un beneficio a cambio de satisfacer las necesidades de sus clientes. Precisamente éstas nacen de saciar las incertidumbres propias: qué comeremos cuando tengamos ganas, qué vestiremos, con qué o quién nos divertiremos o trabajaremos cuando toque. Necesitaremos ingresos para satisfacer todas estas necesidades, algunas básicas, otras más superfluas, pero no necesariamente menos importantes. Todo ello es de difícil predicción; que tendremos hambre es fácil saberlo, el contexto donde nos venga y cómo podremos satisfacerla resulta mucho más complicado, muchas veces, imposible. No es lo mismo salir del trabajo y comer en un bar cercano que buscar algo que echarse a la boca bajo el fuego en un escenario bélico. Trabajamos para reducir la incertidumbre, pero dependemos de ella para prosperar. Seamos agradecidos cuando delante de nosotros aparecen encrucijadas; el emprendedor no tiene miedo de aprovecharlas, el socialista reivindica ciertos derechos y quiere tomar, por la fuerza del Estado, parte del fruto del esfuerzo del que sí se atrevió.

La inercia es la madre del socialismo

Fue tras pasar unos días con su familia, en el mismo año que murió, cuando Frédéric Bastiat escribió su ensayo La Loi (1850). Desde las primeras líneas, el autor francés denuncia y señala, al tiempo, el objeto de su obra: la ley ha sido apartada de su finalidad primera y se aplica persiguiendo un objeto perverso, que no es otro, que la arbitrariedad del poderoso.

A partir de ahí, con un lenguaje claro y conciso y un estilo didáctico y elegante, Bastiat lleva de la mano al lector desde la base, el origen de la ley, hasta las profundidades de la perversión atroz de los irresponsables gestores políticos que la utilizan a su antojo.

Y viene a cuento, hoy y aquí, en nuestro país, pero lamentablemente también en otros lugares. La ley ya no es el recurso pacífico, legítimo, de la defensa propia, a cuya sombra acuden víctimas e indignados para prevenir su Persona, su Libertad y su Propiedad, sino un instrumento de abuso. Una de las bases de esta mutación de la ley es la tendencia del ser humano a vivir a costa de otros. La otra es la falsa filantropía. Los monopolios, las guerras, las migraciones, la universalidad de la esclavitud, los fraudes industriales son ejemplos que inundan la historia y que Bastiat propone para constatar este hecho.

¡Qué lamentable que después de ciento sesenta y cuatro años aún estemos en el mismo lugar!

La explicación del gran Bastiat goza hoy de plena vigencia. Efectivamente, el socialismo ha logrado que la Ley garantice el expolio, entendido éste como robo. El Estado, ejerciendo su despotismo filantrópico, estimulando los instintos más egoístas del ser humano, arrebata lo que es suyo a unos para dárselo a otros, y se reserva la potestad de establecer el criterio de reparto que, indudablemente, desde Rousseau y Robespierre hasta nuestros días, se basa en la perpetuación del poder del propio Estado. ¿Y qué explica esta situación? En primer lugar, el socialismo confunde Estado con Sociedad, y proclama la defensa, el fortalecimiento, y la mejora de la Sociedad cuando de lo que se trata es del bienestar del Estado. No es casual que Bastiat llame a estos socialistas “publicistas”, especialistas en vender una idea al gran público.

Y es ahí cuando entra en escena la inercia de la sociedad, que asiste a semejante espectáculo dejándose llevar y sin plantearse las intenciones del mandatario. La inercia radical de la humanidad, la omnipotencia de la Ley y la infalibilidad del legislador han secuestrado, de alguna manera, el sentido primigenio de esta Ley. El legislador, alejado y por encima de sus conciudadanos, conocedor de sus verdaderas necesidades, aprovechando esa superioridad moral que nadie como el Socialismo le confiere, se atornilla al trono del poder utilizando precisamente la Ley, mientras las víctimas se sorprenden cuando alguien cuestiona lo que está pasando, y no dudan en tachar de sedicioso a quien, simplemente, busca que la Ley recupere su verdadero ámbito: la defensa del individuo, la propiedad y los contratos.

Una vez depositado el voto, cada cual se deja ir, se amolda a lo que su elegido (o el de la mayoría) decida, sin cuestionar nada. Y, de ahí nace la omnipotencia del legislador que se encarga de dirigir, educar, moralizar… mediante la Ley.

Y, una vez entendida la lección de oro que nos ofrece Bastiat, preguntémonos cuántos casos de expolio en forma de subvenciones, estímulos, impuestos, aranceles, prebendas, privilegios, etc. imperan en nuestro país; qué parte de la adoctrinación de los niños corresponde al legislador, que les educa para mayor gloria y honra propia; cuánta inercia de la sociedad explica el presente expolio y perversión de nuestras leyes. Y preguntémonos, a continuación, a qué esperamos para impedirlo. 

Los exámenes que vienen, con fecha y hora

Una de las peores noticias que trajo consigo el recién finalizado 2013 fue, sin duda, el esfume de Eurovegas. La empresa norteamericana que preside el magnate Sheldon Adelson decidió retirar su megaproyecto de construir en Alcorcón (Madrid) uno de los complejos de ocio más grandes del mundo. La inversión, estimada en 18.000 millones de euros, era la más grande de la historia de Europa, y su culminación permitiría generar hasta 250.000 empleos, entre directos e indirectos, además de 15.000 millones de euros extra para el sector turístico tan sólo en los primeros años de funcionamiento. Su construcción situaría de golpe a Madrid en cabeza de los destinos mundiales para la industria del ocio y, sobre todo, para el turismo de convenciones, lo que generaría un gran volumen de riqueza y empleo. Sin embargo, la enorme inseguridad jurídica que presenta España hizo fracasar el proyecto. La necedad e incompetencia del Gobierno del PP, negándose a blindar el negocio, y la estulticia de la izquierda española -aprovechándose de la ignorancia de buena parte de la población- rompieron en mil pedazos ese gran sueño.

El fin de Eurovegas se ha convertido en una gran oportunidad perdida, pero no ha sido la primera ni será la última. España, por desgracia, ha rechazado muchos Eurovegas. Es como si a alguien le hubiese tocado en numerosas ocasiones la lotería pero se negase a cobrar el premio aduciendo todo tipo de excusas absurdas para evitar ser millonario. Así, pocos recuerdan, por ejemplo, que España fue una firme candidata a albergar Eurodisney a mediados de los años 80, gracias a su muy atractivo clima. La emblemática Walt Disney barajó durante meses la posibilidad de instalar su parque de atracciones europeo en la costa mediterránea, pero acabó escogiendo París. Entonces, al igual que ahora con Eurovegas, la progresía nacional se movilizó contra el proyecto acusándolo de atentar contra el ecosistema patrio y representar una deleznable forma de imperialismo. España perdió una inversión foránea de más de 1.200 millones de euros y los cerca de 15 millones de visitantes al año que recibe hoy el parque galo.

Lo mismo podría decirse de la oposición que ecologistas y socialistas de todos los partidos han profesado durante años a la construcción de campos de golf, al desarrollo urbanístico y hotelero en las playas españolas -basta observar las fuertes restricciones que imponía la anterior Ley de Costas, aprobada por el PSOE- o la oleada de críticas que está generando el denominado turismo de borrachera, consistente en la llegada masiva de jóvenes europeos a distintas localidades costeras con el fin de disfrutar de la fiesta española. Los argumentos esgrimidos contra este tipo de actividades son de lo más diverso, pero su esencia es la misma: blanden una especie de superioridad moral para coartar libertades e imponer su particular visión del mundo, empobreciendo con ello al conjunto de la sociedad.

Más allá de la industria turística, uno de los grandes motores de la economía española, también llama la atención el rechazo expreso a grandes proyectos industriales, cuyo desarrollo generaría sustanciosos beneficios y ventajas. Valga como ejemplo la negativa del anterior Gobierno gallego, del socialista Emilio Pérez Touriño, a finales de la pasada década, a la construcción de la mayor piscifactoría de rodaballo del mundo en la Costa de la Muerte, alegando presuntos daños medioambientales, con la consiguiente pérdida de dinero y empleo para Galicia. La planta acabó instalándose en Portugal.

Mucho más sangrante es el no rotundo que muestra hoy el Gobierno de Canarias, y el conjunto de la oposición política a escala nacional, a la explotación de las reservas de crudo que guarda en su suelo marítimo el archipiélago, con un potencial próximo a 1.400 millones de barriles, como mínimo, lo que equivale a más de 150.000 barriles diarios durante dos décadas, lo cual permitiría reducir la importación de hidrocarburos en un 10%. Repsol ya ha anunciado una inversión de 7.500 millones de euros en caso de que las exploraciones arrojen resultados positivos. Sin embargo, al igual que ha sucedido en los casos citados anteriormente, lo más probable es que los canarios prefieran seguir ostentando una tasa de paro superior al 30% antes que permitir la creación de empleos procedentes de la suciaindecente industria petrolera.

Lo mismo podría decirse del polémico fracking (fracturación hidráulica), cuyo desarrollo está revolucionando el sector energético mundial. Esta técnica permite extraer recursos que hasta ahora carecían de provecho. España, por ejemplo, posee un potencial de gas natural no convencional que serviría para cubrir casi 40 años de demanda nacional, y, de hecho, esta estimación incluso podría duplicarse, tal y como ha ocurrido en el Reino Unido. Esta opción permitiría reducir la intensa dependencia energética de España, cuya factura supera los 56.000 millones de euros al año. En Estados Unidos, por el contrario, no han dudado en aprovechar esta oportunidad y, como consecuencia, se convertirá en el primer productor mundial de crudo en 2020, superando a Arabia Saudí,según la Agencia Internacional de la Energía.

Por último, en el sector servicios resulta paradigmático que muchas autonomías y ayuntamientos sigan poniendo pegas a la instalación de centros comerciales e hipermercados, alegando como excusa un supuesto -y del todo irreal- daño al pequeño comercio, cuando el efecto de la gran distribución es justo el contrario. El nacimiento de un nuevo Ikea, Mercadona, El Corte Inglés y tantos otros establecimientos de similar naturaleza debería constituir un motivo de alegría y alborozo para políticos y vecinos gracias a la generación de riqueza y empleo que conlleva, tanto en términos directos como indirectos. Y, sin embargo, España sigue presentando trabas. Así pues, la pérdida de Eurovegas es tan sólo un capítulo más, el penúltimo, de una larga lista de despropósitos que atentan contra el progreso y el bienestar económico de los españoles. Mientras esta mentalidad socialista y antieconómica perdure, el empobrecimiento relativo de la sociedad -medido en oportunidades perdidas y, por tanto, en beneficios no generados- continuará en el tiempo.

Viva el Capitalismo, viva la Navidad

"Uno dice ‘Feliz Navidad’, no ‘Arrepiéntete y llora’".

Ayn Rand.

¿Qué celebramos en Navidad? En principio, todos diríamos que celebramos el nacimiento de Jesucristo, el hijo de Dios de la religión cristiana. No obstante, la celebración del 25 de diciembre se remonta a las fiestas paganas popularizadas por los romanos denominadas Saturnalias. En ellas se celebraba un nacimiento, pero el del Sol. En tanto la Biblia no sugiere ninguna fecha determinada para el nacimiento de Jesús, todo apunta a que el emperador Constantino en el siglo IV d.C. ajustó "festividades paganas" al nuevo calendario oficial cristiano.

En cualquiera de los casos, la Navidad supone y conlleva tiempo de celebración. Y no parece casual que la que probablemente es la celebración más importante en Occidente haya alcanzado tal grado de aparato y pompa en la que innegablemente es la era de mayor progreso de la humanidad, la era del Capitalismo.

Es ensordecedoramente frecuente oír censuras a la Navidad porque, argumentan, es "demasiado comercial", "demasiado materialista" y otros sermones de similar especie. Parece ser que Jesucristo nació y vivió pobre y sería una afrenta nuestro capitalista deseo de opulencia. El querer alcanzar las estrellas es nuestra "tentación", pretender vivir plenamente es un "pecado". No hay pozo lo suficientemente negro y hondo al que arrojarse para calmar las ansias de tan inhumana filosofía. El lúgubre y sórdido anticapitalismo, falazmente excusado como cristianismo, pretende que celebremos la Navidad crucificándonos como si fuera el Viernes Santo cuando olvidan que lo que celebran los cristianos no puede ser tan vital como un nacimiento. Y no el de un Dios, sino el de un humano. Como bien señala Ayn Rand, decimos "Feliz Navidad" y no "Arrepiéntete y llora". Muchos de aquéllos que combaten el Capitalismo y la prosperidad son adalides en ésta nuestra Tierra de un claro proyecto: convertirla en un Valle de Lágrimas.

Muy al contrario, la opulencia, exuberancia y boato de la Navidad no pueden ser sino motivo de orgullo y regocijo máximos para gloria de la raza humana. Ponemos luces de colores –lo más luminosas posibles- a nuestros árboles y casas frente el ‘oscurantismo antielectricidad y anticapitalismo’, comemos en abundancia alimentos que sólo comían los más nobles medievales y regalamos cosas que jamás soñaron alcanzar los reyes del Antiguo Régimen. Ni los más observantes cristianos pueden eludir el hecho de que Jesús recibió de los Reyes Magos oro, incienso y mirra, no ratas y polvo. No puede haber amor auténtico por la Navidad sin amor coherente por el Capitalismo.

No es una época de subvenciones e impuestos, sino una época de apoyo muto, solidaridad auténtica y transacciones voluntarias. Navidad es mercado libre. Regalamos para hacer felices a nuestros seres queridos empleando nuestro propio dinero ganado con nuestro esfuerzo. Y lo hacemos porque queremos, no porque reclamen los otros "tener derecho" a los regalos. Lo saben bien los niños: obtener algo –los regalos- requiere esfuerzo –ser buenos- pues de lo contrario no se obtiene nada –carbón-. Y Santa Claus, como el mercado libre, premia a los niños buenos con independencia de su clase social o raza.

Todo esto choca frontalmente con la fiesta anti-Navidad: Halloween. Pues Halloween no celebra la vida sino la muerte, no se basa en transacciones voluntarias sino en la amenaza y coacción típicas del Estado: "truco o trato". La Navidad es una oda al Capitalismo; Halloween, la fiesta del socialismo. En verdad, los colectivistas equivocaron la conjunción cuando querían en realidad decir: "Socialismo y muerte". Quizás no sea casual que se diga que "la muerte y los impuestos son cosas seguras en este mundo", el hombre del saco se llama en los tiempos modernos Agencia Tributaria y Halloween nos deja el campo lleno de lo que más produce el socialismo: cadáveres.

En Navidad los disensos y desacuerdos tienden a desaparecer, tal como sucede en el ágora del mercado libre donde cooperamos capitalistamente dándonos la mano, y no estatistamente, metiendo en haciendas ajenas nuestras manos. La Navidad, como tiempo de Capitalismo, es tiempo de paz. Nada es más hostil al mercado pacífico y libre que la guerra. Incluso éstas, las guerras, cesan habitualmente en Navidad. Defender el Capitalismo con guerras y belicismo no deja de ser como defender la libertad con cadenas. Aquí sí podemos decir: Capitalismo o Guerra.

Esta Navidad, mientras los políticos están de vacaciones y nos dejan vivir, haz eso precisamente: ¡vivir! Compra una bonita postal hecha por algún artista no subvencionado y envíala con algún regalo a quien desees a través de tu agencia privada de paquetería favorita. Y brinda frente al abeto cuya tala hundirá en cólera a los ecologistas más colectivistas de este mundo.

Decía Ayn Rand que el amor es la expresión de los valores de una persona. La Navidad es un festival de expresión de valores. Pero para ello, poder expresarlos de la forma más acabada imaginable, sean materiales o inmateriales, necesitamos una dosis creciente y lo más inabarcable concebible de la premisa que los hace posible: el Capitalismo.

@AdolfoDLozano

Inmigración (VI): impedimentos y sus yerros

En un mundo en el cual la economía de mercado gana parcelas crecientes de influencia, la importación y exportación de capital humano se rigen por criterios casi soviéticos“. Lorenzo Bernaldo de Quirós

He propuesto militarizar la frontera y que usemos drones, sensores, cámaras, radares y cualquier otra ventaja tecnológica que tengamos en este país para realmente controlar nuestras fronteras”. Tom Tancredo (Congresista republicano por Colorado, de origen italiano)

“Los Estados no saben ni pueden ordenar el comercio o la industria, y tampoco la inmigración: por tanto la política de la UE desembocará en una indeseable combinación de ineficiencia y represión”. Carlos Rodríguez Braun

“Nuestros oficiales de seguridad de frontera dedican, por desgracia, la mayor parte de su tiempo persiguiendo a migrantes que vienen al norte para segar nuestro césped o hacer eructar a nuestros bebés”. Jason L. Riley

Tratar de detener la migración de personas es moralmente inaceptable y una franca estupidez económica“. Philippe Legrain

Los ciudadanos domésticos pueden con las barreras a la inmigración perder más como consumidores que lo que ganan como trabajadores“. Murray Rothbard

Necesitamos mejores políticas para acabar con las muertes sin sentido de emigrantes“. William Lacy Swing

En cualquier época una parte de la humanidad ha estado siempre en movimiento, unas veces voluntariamente y otras de forma forzada. No existe ninguna nación del mundo con una población fija y homogénea. Con la Ilustración se dio un gran paso en la historia del pensamiento al cristalecer el concepto de “hombre” que englobaba a todas las personas, independientemente de su raza, sexo, religión o cultura. Sin embargo, la aparición del moderno Estado-nación, relativamente reciente desde el punto de vista histórico, encumbró desmesuradamente el sentimiento de identidad nacional haciendo incómodo convivir con minorías y tratando, a partir de entonces, la inmigración con recelo.

Una de las características de las modernas políticas migratorias en los países desarrollados es su naturaleza restrictiva. La inmigración es entendida, en términos de seguridad, generalmente como un problema y los gobiernos respectivos sienten la necesidad de actuar para hacer frente a dicha amenaza.

Precisamente cuando la globalización económica está desnacionalizando la economía mundial, el fenómeno migratorio está impulsando la renacionalización de la agenda política mediante las barreras de acceso de trabajadores extranjeros al territorio estatal y los controles internos de su población.

Por desgracia, los Estados han establecido complicados procedimientos para el control de la inmigración; sus políticas se han convertido en hostiles frente al inmigrante. Son, además, un fracaso esquizofrénico. Fracaso porque se enfocan en la restricción arbitraria de visados, en controles, en las deportaciones y sanciones pero fallan en cubrir la demanda real que hay en cada país de mano de obra extranjera (cualificada o no). Por tanto, fracasan en facilitar una necesaria inmigración legal que responda eficazmente a la demanda de los empleadores por trabajadores extranjeros.

El comportamiento de los gobiernos ante la inmigración es también esquizofrénico porque, por un lado, se imponen duros requisitos a los legales para obtener el permiso de residencia junto a deportaciones de los “ilegales” y, por otro, se otorgan de tanto en tanto “amnistías” a todos aquellos que han logrado entrar sin los visados o documentos requeridos por su propia burocracia. Esto obedece a que los países industrializados no han conseguido amortiguar las corrientes hostiles anti-inmigración de su población (propias de sociedades cerradas) y al mismo tiempo tienen absoluta necesidad de mano de obra complementaria ante el mayor nivel formativo y el envejecimiento de su propia población.

La consecuencia directa de estas medidas que buscan de manera cortoplacista el interés propio pero que reflejan una profunda ansiedad es una menor productividad y especialización y, por tanto, un menor aumento generalizado de la renta per cápita. En otras palabras, con estas barreras artificiales de los gobiernos lo usual es que haya una población por debajo de su óptimo potencial en los países de rentas altas y un exceso de población sobre su óptimo en los países de rentas bajas.

Pero es que, además, estas políticas restrictivas a la inmigración tienen su indeseable ristra de consecuencias no deseadas. El mayor coste es la crisis humanitaria en términos de muertes ante intentos de alcanzar y atravesar las fronteras, detenciones, aumento descontrolado de la llegada de los “sin papeles”, enriquecimiento de mafias que trafican con seres humanos para introducirlos ilegalmente y expansión de una economía en la sombra en la que los inmigrantes “ilegales” son vulnerables a la explotación (con el consiguiente quebranto de las leyes laborales e impuestos no pagados). Incitan a muchos de los trabajadores extranjeros hacia la economía sumergida, cebando, por tanto, una mentalidad de ilegalidad que sólo puede traer externalidades negativas.

Contrariamente a lo que sucede por lo general en un mercado negro que hace subir siempre el precio de la mercancía prohibida, el mercado negro laboral paradójicamente obedece a una lógica inversa: la inmigración clandestina rebaja el precio de la mano de obra. Hay un soterrado y escalofriante mercado oculto de esclavos modernos del cual apenas se tiene conocimiento. Eso, cuando no empuja a algunos inmigrantes mismos al mundo de la criminalidad por falta de perspectivas legales (así, tendríamos la profecía auto-cumplida para los contrarios a una mayor liberalización de las leyes de inmigración).

Por otro lado, se está incrementando artificialmente el número de peticiones simuladas de asilo político (institución humanitaria de larga y loable tradición) cuando lo que representan en realidad son meros deseos de trabajar en el país de destino, perjudicando la concesión de verdaderas y necesarias peticiones de asilo. Se está propagando una corrosiva e insana actitud de desconfianza de la población nativa hacia los inmigrantes que son percibidos como incumplidores de la ley en vez de trabajadores o emprendedores potenciales. Esto sin contar, como todo servicio dispensado de forma planificada, con la existencia de inevitables ineficiencias y sobornos a burócratas a los que se les da el poder y los instrumentos de decretar ni más ni menos la legalidad o ilegalidad “humana”, amén del surgimiento a sus espaldas de paralelos negocios criminales de falsificación o robo de documentos.

Todas estas consecuencias negativas humanitarias y económicas se achacan injustamente de manera exclusiva a los propios inmigrantes cuando su origen son los draconianos controles migratorios diseñados por políticos y ejecutados por burócratas con la finalidad de adoptar un falso sentido de seguridad. Las políticas actuales en torno a la inmigración nos traen el peor de los mundos posibles: son no solamente medidas crueles y costosas sino que son ineficaces y contraproducentes. Lejos de proteger a la sociedad, éstas socavan la ley y el orden. Todo ello no ha impedido que los gobiernos de los países más prósperos sigan aprobando incrementales controles sobre la inmigración.

El caso paradigmático es el de EE UU. A raíz de la amnistía de unos tres millones de indocumentados llevada a cabo por Reagan en 1986 (que pilló con el paso cambiado a buena parte de los correligionarios conservadores de su partido) se fueron aprobando sucesivas leyes que fueron haciendo cada vez más difícil la entrada de inmigrantes en suelo norteamericano. A esto se unieron medidas de endurecimiento de control fronterizo como la Operación Gatekeeper de la era Clinton. Políticos y burócratas elaboran mitos para promover sus propios intereses. La proposición 187 de Bill Clinton se anunció para lograr el objetivo de frenar el paso de “ilegales” a través de la frontera de San Diego-Tijuana, la más concurrida del mundo. Para ello se levantaron cientos de kilómetros de verja, se contrataron nuevas patrullas fronterizas y se dobló su presupuesto. Esta iniciativa resultó en fracaso porque no se detuvo el flujo migratorio ilegal; tan sólo se desplazó desde San Diego-El Paso hacia el desierto y las montañas.

Posteriores iniciativas similares han dado como resultado la “militarización” de la frontera de EE UU con México, el uso de detectores, de videocámaras, el desproporcionado aumento de los recursos y del número de agentes de patrulla fronteriza, la erección de un muro entre los dos países y la puesta en práctica a nivel nacional del programa de verificación vía red (e-verify) de empleos -introducido inicialmente en el estado de Arizona – con las consiguientes sanciones para aquellos empleadores o empresarios que lo incumplan. Se trata de la serie de medidas más drásticas hasta ahora utilizadas para separar físicamente a dos países que supuestamente son amigos y han firmado un ambicioso acuerdo de libre comercio (NAFTA). Es una actitud contradictoria.

Paradójicamente, se está atrapando además a menos gente “sin papeles” en la frontera porque las rutas de ingreso cambian de las zonas urbanas al desierto, más difícil de controlar y más peligrosas, por lo que el número de muertes han aumentado con respecto a años pasados y se ha fomentado el surgimiento de mafias más poderosas que trafican impunemente con personas indefensas. Parecidas desgracias se producen recurrentemente en torno al Sahara y en las costas mediterráneas o australianas. Un caso especialmente indignante es la ley italiana Bossi-Fini, aprobada en tiempos de Berlusconi, que prohíbe de tapadillo a los pesqueros prestar ayuda en el mar a los inmigrantes (i.e. rescatarles de la muerte), pudiendo ser incluso acusados si lo hacen del delito de favorecer la inmigración clandestina.

Las políticas restrictivas de entrada al espacio Schengen tienden hacia el mismo camino emprendido por los políticos estadounidenses al crear una frontera común exterior. Ha logrado, además, que los países limítrofes no europeos se hayan comprometido, a cambio de ciertos acuerdos y compensaciones económicos, a hacer de gendarmes frente a los que quieren acceder a Schengenlandia. Se subcontrata a países terceros, donde los estándares de respeto a los derechos humanos son bastante menores que los de la UE, con lo cual los abusos y violaciones que soportan los migrantes son mayores. Se intenta impermeabilizar la frontera de manera menos descarada que en los EE UU pero el grado de sufrimiento y coste en vidas humanas es también muy alto. El caso más próximo y lacerante a nosotros es el de subsaharianos en Marruecos en tránsito hacia España.

Asimismo se han ido extendiendo tanto en los EE UU como a lo largo de la periferia de las fronteras de Europa los conocidos aquí como Centros de Internamiento de Extranjeros, de más que dudosa justificación ética, por ser lugares de encierro preventivo de indocumentados en condiciones bastante precarias. Lugares donde quedan detenidos sin juicio previo y sin que se sepa cuándo se les va a soltar. Este modo abusivo de proceder llevado a cabo contra personas foráneas, cuyo único “delito” es haber intentado pasar la frontera sin visado es aberrante. Los gobiernos suelen ocultar la existencia de estos penosísimos centros de internamiento de hombres y mujeres extranjeros. Cuando no hay más remedio que referirse a ellos, intentan justificarlos “criminalizando” a todos los reclusos allí encerrados cuando la verdad es que sólo una minoría de ellos estaría relacionada con comportamientos realmente delictivos.

Por si esto fuera poco, las barreras externas de las fronteras vienen acompañadas siempre de controles internos para intentar “cazar” a los inmigrantes indocumentados que están ya dentro del país. Los controles no sólo se llevan a cabo en calles, plazas, mercados y otros sitios públicos sino que alcanzan también a los lugares de trabajo, sancionando a aquellas empresas que contraten a inmigrantes “sin papeles”. Una vez es detectado al inmigrante indocumentado, se le detiene para, posteriormente, proceder a su expulsión… para volver a intentar de nuevo el paso a través de la frontera ilegalmente en un ciclo sin fin. Hoy en día se calcula que 16 millones de mexicanos, 2 millones de salvadoreños, 1,5 millones de inmigrantes guatemaltecos y otro millón de hondureños trabajan en Estados Unidos; más de un tercio largo de los cuales aproximadamente carecen de documentos.

A pesar de que en los últimos cinco años han crecido las deportaciones de forma masiva en el mundo, según cifras de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), no se han detenido de forma significativa los flujos migratorios ni las remesas enviadas a sus familiares por los inmigrantes. Vimos en un comentario anterior cómo la existencia de cinco fuerzas irresistibles hará que se produzcan en el futuro mayores flujos migratorios a los actuales. Es, pues, extremadamente difícil pararlos. La tozuda persistencia de una inmigración irregular es la expresión más elocuente del desajuste de lo planificado por los burócratas de los ministerios o agencias de trabajo e inmigración con la propia realidad y dinámica de los procesos de mercado.

Todos los países desarrollados de América, Europa, Oceanía y parte de Asia necesitan a millones de inmigrantes de baja, media o alta cualificación. Pero, en vez de atender dicha necesidad perentoria, se persigue una quimera: que vengan sólo aquellos que determinen los burócratas, tanto en el número como en la capacidad o formación que ellos estimen pertinente pese a mostrar desde sus despachos un completo desconocimiento de la lógica interna de las migraciones. Es sencillamente imposible saber el número de inmigrantes que necesita un país y sus empresas en un determinado momento de forma centralizada al igual que es imposible planificar correctamente cuánta leche hay que producir o cuántos coches hay que fabricar desde un órgano central. Pese a ello los gobiernos de países como Canadá, Australia, Reino Unido o EE UU siguen insistiendo en dicho error y aprobando programas para favorecer únicamente la entrada de inmigrantes de alta cualificación o de estudios superiores (mediante los llamados skilled worker programs). El resultado no puede ser sino disfuncional.

Los diseñadores de políticas migratorias que pretenden que entren sólo en el país de acogida los trabajadores de altas capacidades y no los de baja o media cualificación aduciendo que así beneficiaría la economía nacional, demuestran tener una mentalidad arrogante y anti-económica. Es cierto que América, Europa y Oceanía tienden cada vez más a ser economías basadas en el conocimiento, pero eso no quiere decir que puedan prescindir totalmente de trabajos poco cualificados. Cada hotel requiere no sólo ejecutivos sino también recepcionistas, personal de limpieza y camareros. Cada hospital necesita de médicos y enfermeras cada vez más especializados pero también de celadores, cocineros, personal de lavandería o de seguridad. La realidad social es muy compleja y es vano planificarla en exceso.

A pesar de las constantes deportaciones masivas que llevan a cabo las fuerzas de seguridad norteamericanas todos los años y -en menor medida- europeas, se ha demostrado año tras año que el pretendido control del flujo migratorio es un completo fracaso. En la actualidad se estima que hay en EE UU unos doce millones de indocumentados. En Europa pueden llegar a ser cincomillones.

Los conservadores nativistas de los EE UU que alegan que ya se intentó una amnistía con la IRCA en 1986 y que no sólo no acabó con el problema de la inmigración ilegal sino que la multiplicó desde entonces por cuatro, desenfocan totalmente el asunto. Los tres millones de personas que fueron legalizadas allá por 1986 habían sido ya absorbidas por el mercado. El problema con la IRCA y las sucesivas leyes de inmigración que fueron luego aprobadas es que sus diseñadores ignoraron las necesidades futuras de mano de obra por parte de los empleadores de los EE UU. Esto se confirma cada año pues se estima que entran de media unas 400.000 personas al año de forma ilegal en EE UU lo que quiere decir que, pese los cientos de miles de deportaciones anuales, los visados de trabajo que se otorgan cada año por el gobierno federal son muy insuficientes.

Recordemos ejemplos históricos de políticas extraviadas de los EEUU en relación con la inmigración. La discriminación de los inmigrantes por país de origen que supusieron las leyes excluyentes de los chinos en 1882 o las leyes racistas de inmigración de 1924 fueron completamente arbitrarias y, además de causar sufrimiento, no hubo evidencia alguna para establecer que un tipo de inmigración por razones étnicas o religiosas fuese mejor que otra. Tales prejuicios xenófobos han mostrado ser falsos a lo largo de la historia, además de que son injustificables en sociedades abiertas.

Por el contrario, la experiencia del Programa “Bracero” de los EE UU que tuvo lugar de 1942 a 1964 es aleccionadora. Debido a la escasez de agricultores nacionales que trajo consigo la implicación de los EE UU en la Segunda Guerra Mundial, la administración de Roosevelt (él mismo de ancestros inmigrantes) estableció un ambicioso programa de liberalización de la movilidad laboral por el que se dieron muchas facilidades para que inmigrantes, mayormente mexicanos, fueran contratados para las labores estacionales en el agro de los EE UU todos los años. Mientras estuvo en vigor dicho plan, cientos de miles de mexicanos cruzaron la frontera de manera legal en ambos sentidos. La entrada masiva de ilegales, que era ya un problema serio, se desplomó. Fue todo un éxito. Sólo la oposición, años después, de los sindicatos por su competencia de salarios a la baja hizo que dicho plan se cancelara en 1964. A consecuencia de ello, el fenómeno de entrada de “ilegales” reapareció una vez más como el Guadiana.

Las barreras y los controles no paran realmente al migrante sino más bien le incitan a pasarse a la clandestinidad. Hacen que los flujos se vuelvan invisibles. Los malos no son los “ilegales” que quieren trabajar y buscar un mejor futuro para sí y sus familias en otros países sino las restrictivas leyes y cuotas migratorias de los países de acogida que no atienden a las necesidades de su economía y obligan a muchos a cruzar fronteras por canales paralelos al legalmente establecido. Este antecedente del Programa “Bracero” ofrece evidencia de qué es lo que, en parte, se debe hacer frente a la inmigración.

No obstante, es como si los republicanos hubieran tirado la toalla en la batalla de las ideas en torno al fenómeno de la inmigración. Solo saben cerrarse en banda y proponer más barreras, mayores controles fronterizos, endurecer las sanciones al empleador que contrate con “ilegales” y promover más deportaciones. Dificultan la entrada legal a los inmigrantes, y con ello creen resolver el problema.

Solo dos presidentes republicanos, Reagan y Bush, ambos ex gobernadores de Estados fronterizos con México, se atrevieron a mirar de frente a la realidad de la inmigración y a la necesidad que tiene de ella los EE UU. Lucharon cada uno a su manera frente a la corriente mayoritaria de su GOP contraria hasta el día de hoy a tratar este tema con ciertas dosis de sensatez. Parece como si dieran por perdidos a los inmigrantes. Craso error: se sorprenderían comprobar hasta qué punto el espíritu de emprendimiento y la tenacidad de muchos de ellos y sus familiares les situaría ideológicamente cercanos a ellos. Por su parte, los demócratas tienen buena prensa entre los inmigrantes; Obama prometió una ambiciosa reforma en torno a la inmigración en 2008 que avanza con paso de tortuga y la realidad es que ningún presidente anterior alcanzó nunca el número de deportaciones bajo su administración (para finales de 2013 se espera que se llegue a la cifra de dos millones de deportados que vivían o trabajaban en suelo americano durante su mandato y que bien podían haberse beneficiado de la tan cacareada reforma si la hubiera aprobado). Va a tener el dudoso honor de ser el presidente con más deportaciones absolutas de inmigrantes a sus espaldas; y se le suponía un presidente amigo de los mismos…

Las barreras políticas a la inmigración son una fuente de problemas y distorsionan los procesos de mercado laboral internacional. Deben liberalizarse las leyes sobre la inmigración. En EE UU el político republicano con las ideas más claras al respecto sea tal vez Grover Norquist, el mismo que lleva defendiendo desde hace casi tres décadas el bajar y simplificar los impuestos.

Como veremos en un comentario posterior, en tanto en cuanto la competencia en materia de inmigración sea un asunto de Estado-naciones y no se pueda confiar mejor en otras administraciones locales más cercanas al ciudadano o en mecanismos más pro-mercado para regular los flujos migratorios, la mejor opción por el momento sería facilitar por parte de los gobiernos de los países desarrollados muchos más visados de trabajo temporal a los inmigrantes que lo soliciten y no sean desmerecedores de ellos y, al mismo tiempo, fomentar programas de “trabajadores-huéspedes” o trabajadores temporales que tan buenos resultados dieron históricamente. Todos saldríamos ganando.

Sin embargo, hay una manifiesta falta de voluntad política para integrar en serio a los inmigrantes indocumentados. La actual política migratoria de los países desarrollados es un sistema roto e inestable.

Caso de mantenerse la severidad de las restricciones actuales a la inmigración, estaríamos insistiendo en un esfuerzo inútil al modo de Sísifo o, más certeramente en palabras de Bryan Caplan, en una solución en busca de un problema.


Este comentario es parte de una serie acerca de los beneficios de la libertad de inmigración. Para una lectura completa de la serie, ver también I,  IIIII, IV y V.