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El blanqueo y la cocaína (II)

Transcurridos apenas tres años y medio de la promulgación de la Ley de prevención del blanqueo de capitales y la financiación del terrorismo, durante la última legislatura del inefable Jose Luis Rodríguez Zapatero, una reforma incluida en la disposición final sexta de la pomposamente llamada Ley de transparencia, acceso a la información pública y buen gobierno merece un estudio con lupa, como ejemplo de las cuitas y las mañas del estamento político español cuando se ve sorprendido por la actuación de organizaciones internacionales que escrutan su desempeño sobre el terreno y ante las cuales redobla esfuerzos por salvar la cara. Pero a su manera.

En aquel momento quien les escribe se percató de una manipulación que parecía más el producto de la picaresca que de un gobierno y un parlamento mínimamente serios. Precisamente el proceso acelerado de aprobación de la Ley se debió a la declaración de la sentencia de 1 de octubre de 2009 del Tribunal de Justicia de la Unión Europea (sección séptima) de que el Reino de España había incumplido la obligación de trasponer a su derecho interno, antes del 12 de diciembre de 2007, las Directivas en materia de prevención de utilizar el sistema financiero para el blanqueo de capitales y para la financiación del terrorismo.

A pesar de esa resolución, de forma arbitraria el gobierno socialista remitió a las Cortes un proyecto de ley que prescribía a distintos profesionales e intermediarios financieros la adopción de medidas reforzadas de identificación y vigilancia de operaciones de clientes con responsabilidades públicas, pero solo en el caso de que fueran extranjeros (incluyendo a los nacionales de países de la UE) alterando en este apartado el anteproyecto elaborado por los funcionarios del Ministerio de Hacienda y burlándose de forma burda del reproche jurisdiccional europeo. Durante la tramitación parlamentaria, a pesar de que un grupo presentó enmiendas para subsanar ese escándaloso doble rasero, apenas se mencionó un asunto tan escabroso para la corrupta oligarquía española, de suerte que sus representantes aprobaron casi por unanimidad eximirse del sometimiento a un escrutinio preventivo acerca del origen de su patrimonio cuando concurre un ánimo tendencial al blanqueo de capitales.

No debe entenderse, empero, que esas directivas europeas y la regulación internacional del Grupo de Acción Financiera Internacional -GAFI/FATF, dependiente de la OCDE- conduzcan de manera unívoca a un mundo ideal. Antes al contrario, merecen muchas críticas. No es la menor la de que pueden equipararse, a los efectos de la prevención del blanqueo de capitales, los casos de infracciones administrativas (como es el impago de impuestos hasta el límite cuantitativo en que se consideran "delitos contra la hacienda pública") con aquellos otros donde subyacen delitos de extrema gravedad, como el robo, sobornos, o la extorsión mediante la amenaza, el asesinato, el secuestro y otros delitos instrumentales. Aunque se trata por parte de la doctrina y los legisladores de convertirlo en un delito autónomo, separado de los hechos previos, el blanqueo de capitales deriva de conductas tipificadas como delitos por una legislación harto discutible. Dada la tendencia universal a penalizar acciones sin víctima, pues se considera suficiente el interés de un estado en dotar de protección jurídico penal a un bien jurídico determinado desde su caprichosa perspectiva para darle validez, se llega al absurdo de obstaculizar la libertad de circulación de capitales por no distinguir el grano de la paja.

Observemos, por ejemplo, las enormes dificultades prácticas que plantea la penalización en casi todos los países del mundo de las actividades que "promuevan, favorezcan o faciliten" el consumo de drogas incluidas en un convenio internacional actualizable, un delito abierto sin víctimas. En general, tantas actividades subyacentes ilícitas multiplican las operaciones sospechosas desde la perspectiva de la prevención del blanqueo de capitales y la dilución y el solapamiento de casos graves en un marasmo de otros que lo son menos.

En cualquier caso, salvando el olvido de hace tres años, el texto del nuevo artículo 14 de la Ley de prevención del blanqueo de capitales prescribe a los obligados (entidades financieras, aseguradoras, servicios de envio y cambio de dinero, casinos, loterías, notarios, registradores, abogados, marchantes de arte, etc) adoptar "medidas normales de diligencia debida" también respecto a los españoles con responsabilidades en los poderes públicos y sus allegados, teniéndoles como tales hasta dos años después del cese en sus cargos, aunque de forma clamorosa se excluye a los cargos equivalentes de ayuntamientos de municipios de menos de 50.000 habitantes. Estas medidas, consistentes en un deber de identificación formal y real del titular de un determinado negocio, la recabación de información sobre el propósito del mismo y su seguimiento continuo, se refuerzan en el caso de la banca, los servicios de envío de dinero y las operaciones de cambio de moneda extranjera por considerarse que presentan un riesgo más elevado de blanqueo de capitales o de financiación del terrorismo. Sin embargo, como en el texto que se reforma, se deja para un reglamento la definición de cuáles deban ser esas medidas reforzadas. Dado que en ningún momento se ha aprobado, trece días antes de la entrada en vigor de la reforma la inseguridad jurídica a este respecto resulta absoluta.

No parece arriesgado afirmar que el súbito cambio legislativo español está relacionado con el lanzamiento por el Grupo de Acción Financiera (GAFI) de una nueva metodología que centra su atención en la efectividad de las medidas de control en un Estado determinado. Por otro lado, el anuncio de que el Reino de España será sometido el año próximo a una evaluación por parte de los inspectores de este organismo internacional parece haber apremiado a un cumplimiento más serio de sus directrices debido al descrédito que arrojaría una calificación negativa.

En definitiva, a la vista de la interminable lista de casos de corrupción que ha acompañado al actual régimen partitocrático desde su consolidación en los años ochenta, no resultan casuales el uso artero del poder legislativo y las prácticas habituales hasta ahora. Es en este punto donde la presión internacional puede contribuir a una regeneración que apenas se divisa en lontananza del panorama político español con los mecanismos internos. A ver si el aireamiento de los casos de sobornos, malversaciones de caudales públicos y otras trapacerías que apadrina la oligarquía española, en conjunción con las evaluaciones internacionales, contribuyen a una mayor transparencia de la gestión de los asuntos públicos y, en consecuencia, a depurar un sistema tan profundamente corrupto.

Montoro contra los medios, ¿o no?

No descubriremos ningún secreto si afirmamos que el ministro de Hacienda es uno de los miembros del Gobierno más poderosos, por lo general tan sólo superado por el propio jefe del Ejecutivo. Se suele considerar que esta situación de preponderancia sobre sus pares le viene dada por su control del dinero llamado “público”.

Pero su poder no es sólo sobre otros ministros, sino también sobre todo tipo de ciudadanos, empresas y organizaciones de la sociedad civil. El titular de la cartera de Hacienda controla un organismo que, al menos en España durante las últimas décadas, en numerosas ocasiones es utilizado para castigar o amargar la existencia a quienes no son afines al poder político de turno: la Agencia Tributaria. Hace unos meses, en el transcurso de una entrevista, Pedro Ruiz nos decía una frase tan contundente como cargada de sentido:

El miedo que había a la Policía de Franco, por inercia, ha pasado a los inspectores de Hacienda.

No es para menos. La acción de la Agencia Tributaria puede convertirse en una pesadilla incluso para quien no tiene cuentas pendientes con este organismo. Una mera inspección ordenada por motivos políticos, aunque las autoridades sospechen que no van a encontrar nada, puede suponer un trastorno difícil de soportar para cualquier particular o para los responsables de una empresa u organización. Eso por no hablar del daño que se hace a su imagen pública. Esto es especialmente cierto en un país como España, en el que domina socialmente la presunción de culpabilidad de todo aquel que es sometido al escrutinio de las autoridades tributarias.

Esta herramienta de poder inquisitorial puede ser utilizada como un instrumento para amenazar a aquellos que incomodan al poder político, incluso cuando no se utilice de forma efectiva. Y el ministro español Cristóbal Montoro la usa con ese fin de manera muy frecuente. No ha dudado en insinuar su uso contra partidos de la oposición, actores, periodistas y medios de comunicación privados. Estos últimos son objetivo frecuente de este tipo de insinuaciones.

A primeros de diciembre achacó las supuestas “informaciones falsas” sobre un tratos de favor a determinadas empresas a los problemas económicos de unos medios que, según él, tienen deudas pendientes con el fisco. No es la primera vez que lanza este tipo de afirmaciones, que tienen mucho de amenaza velada, sobre las empresas informativas.

Parece que, efectivamente, hay medios que tienen deudas con Hacienda o la Seguridad Social, como también hay sospechas fundadas de que están recibiendo un trato de favor en esta cuestión por parte del Gobierno de Rajoy. Pero no se les debe amenazar para que rebajen el nivel de críticas al Ejecutivo. Lo que Hacienda ha de hacer es, simplemente, tratar a esas empresas como a cualquier otra y obligarlas a saldar sus deudas. Pero no se hará, es mejor tener algo con que presionar a sus directivos y mantener abierto un acuerdo de facto que en realidad beneficia a ambas partes a costa de romper la igualdad ante la ley.

La hipocresía es evidente por ambas partes. Los directivos de determinados grupos de comunicación protestan cuando se les recuerda sus deudas con Hacienda, pero no las pagan sabedores de que al final no se va a actuar contra ellos. Desde el Gobierno no se les trata como al resto de empresas sabedores que la existencia de las citadas deudas permiten atar en corto a esos medios de comunicación cuando se ponen demasiado críticos. Y, mientras tanto, se lanzan sospechas sobre el resto de periódicos, radios, televisiones y diarios digitales, que sí tienen al día sus cuentas con el fisco.

Páguese la deuda que se tiene, y se quita el arma de presión al señor Montoro. Cóbrese lo que se debe, y nadie podrá denunciar un trato a favor a determinados empresarios. Todos, menos esos medios y el ministro, saldríamos ganando. Otra cosa, por supuesto, es que se deba empezar urgentemente a bajar impuestos. A todas las empresas y todos los ciudadanos; y ya.

Democracia y revolución

Democracia y liberalismo son dos tradiciones relacionadas entre sí, con refuerzos mutuos y con contrastes y oposiciones difícilmente salvables. Es esta una discusión para otro artículo. No tenemos que salir de este sitio para encontrarnos juicios muy certeros al respecto, como los de Manuel Llamas, Berta García Faet, o este autor. La democracia favorece el aumento del poder del Estado, de nuevo Llamas, y el esfuerzo liberal por detenerlo ha fracasado una y otra vez. La democracia, por un lado, no es democrática; no como el ideal democrático exige. Y por otro lado legitima la adquisición y crecimiento del poder del Estado.

No es éste el problema a reseñar aquí, el de las posibilidades de una democracia liberal de mantenerse en el liberalismo durante un período muy prolongado. La Francia de la república de Thiers duró tres décadas. Gran Bretaña ha dejado atrás gran parte de su liberalismo, y de los Estados Unidos lo que digamos es poco. No. La cuestión de este artículo es la de una democracia antiliberal, concebida como revolucionaria. Es la de la II República.

Para situarnos muy escuetamente en el contexto en el que surgió aquella democracia, como una avalancha, en 1931, tenemos que remontarnos casi un siglo atrás. El liberalismo histórico español acuñó en la Constitución de 1845 un instrumento para acumular y concentrar el poder y construir, desde ahí, un Estado sólido. Está concebida en el contexto de las Guerras Carlistas, un conflicto bélico civil que aconsejó a los liberales acrecentar el poder estatal, y dotarlo de una racionalidad en sus funciones. Según el historiador Antonio Cánovas, “con aquellas leyes de 1845, que eran sólo una máquina de ganar elecciones, se hacía imposible todo ejercicio de libertad”. Con “libertad” se refería a la participación en el poder. Este exclusivismo explica, en parte, que la solución a ese problema viniera del recurso a la violencia, los pronunciamientos que marcaron el XIX.

La Constitución de 1876, inspirada en gran parte por el propio Cánovas, quería superar ese problema que había conducido al sexenio revolucionario, que fracasó estrepitosamente. Podían haberse acercado al modelo de la Tercera República Francesa, que asumió el juego político en términos que hoy podríamos llamar Kelsenianos. Normas iguales para todos, participación democrática, incertidumbre en los resultados, seguridad en la aplicación de las normas. La solución de Cánovas es casi contraria: Era el Rey quien decidía el gobierno, que a su vez convocaba unas elecciones amañadas para que éste ganase. La imparcialidad no estaba en las normas, sino en el propio Rey. Fue un sistema estable y cada vez más inclusivo. Incluso el PSOE entró en aquel sistema. De este modo, se dotó de estabilidad y evitó los pronunciamientos.

Los republicanos de izquierdas, por lo general, y Manuel Azaña en particular, se seguían viendo marginados por el sistema. Y veían el pactismo que facilitaba los turnos como evidencia de un pacto de marginación del resto y de defensa de las instituciones que habían llevado a España al atraso: La Iglesia y el Ejército. De modo que Azaña, y con él muchos otros republicanos de izquierdas, como Álvaro de Albornoz, entendieron que el progreso no podía llegar del acuerdo con las fuerzas conservadoras; él criticó la “transigencia mal llamada liberal”. Azaña, en 1923, decía: “Habrá que restaurar en su pureza las doctrinas y acorazarse contra la transigencia. La intransigencia será el síntoma de honradez”. De nuevo Álvaro de Albornoz dijo, en 1931: “No más pactos; si quieren una guerra civil, que la hagan”. Y dos años más tarde, el presidente del gobierno Azaña sentenciaba: “La República no es sólo un régimen, es un instrumento para la acción”. El alcalaíno tuvo muchas ocasiones de expresar la misma idea, como cuando rechazó “que el Parlamento se convirtiera en una academia jurídica”, es decir, se limitase a cumplir la ley, y no un “instrumento revolucionario que dé forma legal a las aspiraciones del país”.

Pero hay más. El carácter escasamente democrático de la Restauración contrastaba con las elecciones constituyentes 1931, que fueron las más democráticas de la historia de nuestro país hasta el momento. De este modo, resultaba fácil entender que el resultado de aquéllas reflejaba fielmente la opinión de los españoles. Pero las fuerzas conservadoras estaban desorganizadas. Con la legitimidad de las urnas se redactó una Constitución que servía a dos principios distintos. Por un lado, el democrático (normas fijas, resultados inciertos y aceptación de los mismos). Por otro, un proyecto social concreto, de carácter revolucionario. Así, la base social de la República sólo reconocía a “los trabajadores”, aunque fuesen “de todas clases”. Limitaba la libertad de conciencia, emprendimiento y educación en razón de “la seguridad del Estado” (Art 26) o “el respeto debido a las exigencias de la moral pública” (Art 27). Y pretendía un cambio económico fundamental, con la actuación del Estado intervencionista como medio.

El mismo propósito de reducir a la nada las dos instituciones citadas, el Ejército y la Iglesia, dejaba, en cualquier caso, poco margen al pacto. Sumando a ello la distribución de fuerzas, llevó a Azaña a pactar con el PSOE, una fuerza netamente revolucionaria, que promulgaba la dictadura del proletariado ejercida por la UGT. Este partido explicó al inicio de la III República cómo la veía: “Esta República española que ahora empieza, y de la cual hemos de ser nosotros guardianes y vigilantes, es algo esencialmente nuestro porque a nuestro calor ha nacido y a nuestro calor ha de afirmarse y perfeccionarse en lo futuro”. Cuando iba a cambiar el gobierno por las elecciones de 1933, decía también en El Socialista: “República para todos, no; República para los republicanos y sólo para los republicanos”.

No hace falta recordar o detallar los intentos de Azaña por repetir las elecciones de 1933, pero falseando los resultados para que no gobernase la CEDA, la revolución de 1934 o el estado pre revolucionario (hasta qué punto lo fue es una cuestión abierta). O la Guerra Civil, sobre cuyo grado de inevitabilidad también hay debate; lo que no es debatible es que se explica por el carácter al menos tan revolucionario como democrático que tuvo la II República.

El caso de la España de los años 30 muestra el carácter incompatible de la revolución con la democracia. De hecho, los partidarios de la II República dicen, por un lado, que defienden la democracia, pero por otro defienden comportamientos netamente antidemocráticos, como la revolución del 34, o critican duramente al partido que encarnaba el principio democrático con más convencimiento, el Republicano Radical

Para Antonio Banderas

Querido Antonio:

Te escribo estas líneas desde la más profunda admiración por tu carrera profesional, porque has sido y eres un actor como la copa de un pino, habiendo interpretado y pasado por todo tipo de papeles, estilos y películas. Pero el motivo de estas líneas es diferente. Te escribo con la esperanza de que estas breves palabras sean leídas con detenimiento (por ti) para intentar arrojarte un poco de luz sobre las circunstancias tan excepcionales que la sociedad actual, y la española en particular, está experimentando. Haciendo especial énfasis en un aspecto muy destacado por los medios en general, y por mucha gente, que no es más que "los recortes, el papel de los bancos y de los mercados, en definitiva la famosa prima de riesgo". Estos palabros, que se han puesto tristemente de moda en los últimos tiempos, son usados por mucha gente, periodistas, políticos, amas de casa, taxistas, camareros, obreros, y también por muchos artistas. En concreto, he leído y oído en algunas de tus muy seguidas entrevistas (porque todo lo que dices o se dice que haces o promocionas me interesa mucho, porque te admiro) que tú también haces uso de esos palabros.

Este es el principal motivo de que se me ocurra escribir estas líneas. Cuando escucho que tú, Antonio Banderas, nombras las palabras "recortes", "bancos", pero, sobre todo, "los mercados", se me pone un no sé qué en el cuerpo que me irrita en parte, y me enfada por otro lado (teniendo en cuenta que el 99% de la población no sabe lo que significan, por tus declaraciones, me veo obligado a incluirte en ese grupo, Antonio). Y quiero, pretendo, humildemente, intentar aportarte algo de luz para que entiendas qué está pasando y por qué está pasando. Creo que es muy importante que gente tan importante como tú (y ojalá tuviéramos 100 Antonios Banderas en España) transmita sensatez en general a la sociedad española, porque, Antonio, eres una persona (esto ya lo sabes) que transmites unos valores muy sólidos, y en España hacen falta valores como la honestidad, el espíritu de sacrificio, el esfuerzo, en definitiva, ambición por mejorar y avanzar. Porque estas cosas implican capacidad de adaptación y, por tanto, tener la mente abierta y preparada para aprender; porque no sabemos nada, tenemos que saber que tenemos que seguir aprendiendo constantemente a lo largo de nuestra existencia, ya se tengan 10, 27, 42, 58, 65, 74 u 80 primaveras.

Y lo primero que quiero dejarte muy claro es que no me gusta la política, bueno, no me gusta la política en España (en estos momentos estoy viviendo fuera de España), no me siento identificado con ningún partido político de los que nos han venido gobernando desde que se acabó la dictadura (nací en el 71), y nunca he estado vinculado a ningún partido político de ningún color. Procedo de orígenes humildes, y eso hace que sepa dónde estoy, de dónde vengo y lo que me ha costado llegar a donde he llegado. Esto lo digo para evitar los pensamientos que te vendrán al final de mis palabras, sobre qué soy o de dónde vengo. Porque si hay un gran lastre en la sociedad española es simplemente aquello de etiquetar a una persona por el simple hecho de criticar a un partido o ideología política. Si en España llevas una bandera de ESPAÑA, te llaman facha, si criticas al inútil de Zapatero, te llaman del PP, si criticas las subidas de impuestos de Montoro, te llaman rojo, si opinas sobre alguna de las estupideces que propone Cayo Lara, eres facha otra vez, si no lees El País y lo criticas, dicen que eres de derechas, si lees el ABC, eres de derechas, si ves la Sexta, eres rojo… En fin, esto es España.

Al grano. Los mercados. No, Antonio, los mercados no tienen la culpa de nuestros males, de nuestra crisis. No son los responsables de nuestro déficit. No son los responsables de la quiebra de nuestras cajas de ahorro. No, Antonio. Los bancos, los malditos bancos. Los bancos no son culpables de nuestra crisis. Ni de los recortes que dicen que ha implementado el Gobierno de Rajoy. No, no, no y no.

El río comienza antes, mucho antes. Esto es como una partida de ajedrez. Desconozco si te gusta jugar al ajedrez, pero entiendo que sabes cómo se juega. Asumiendo esto, te pregunto, en la jugada 20, ¿qué parte de culpa tiene el movimiento 19 y 18, y qué parte de culpa el movimiento 1 y 2? ¿Tienen los movimientos anteriores al 20 culpa alguna de ese movimiento? ¿Y qué culpa ha tenido cada movimiento? ¿Se puede saber? ¿Se puede decir que, si ha habido 19 movimientos antes, entonces cada movimiento tiene 1/19 de responsabilidad?

Sigo. ¿Cuándo empieza la crisis en España? Una cosa es cuándo se empieza a notar la crisis en el bolsillo de los españoles, y otra cosa es cuándo empieza la crisis. Porque hay estratos sociales que notan la crisis antes que otros, y de hecho hay industrias que no han notado crisis, o, al menos, no en la misma magnitud. Los bares y restaurantes de la plaza mayor de Madrid no han notado la crisis igual que los bares del barrio de mis padres en el extrarradio de Madrid. ¿Y por qué surge la crisis? ¿Por qué, de repente, de lo bien que se vivía en 2005, por ejemplo, pasamos a las penurias de diciembre de 2013?

Estas preguntas me llevan a una conclusión. ¿Qué haces, Antonio, si tienes un problema de salud? Entiendo que, como eres una persona adulta y formada, acudes a un especialista. Pero no te he oído (ni a los medios) hablar de problemas concretos de salud, de lo que provoca el cáncer, por ejemplo (mucha habladuría sobre los hábitos de consumo), solo cuando lo dice un estudio o análisis clínicos. Y entiendo que no lo hagas porque no sabes, como yo tampoco sé. Pero entonces, ¿por qué hablas de los mercados y de los bancos? Tus declaraciones demuestran desconocimiento; sin embargo, tú, el taxista, mi madre, los camareros, todos hablan de ello. ¡Si es que en España el problema más grave que tenemos es que de fútbol, de toros, de algún programa de la tele y de economía saben todos!

Sigo. Para poder hablar de crisis, hay que entender lo que eso significa. Todos sabemos identificar cuándo estamos en crisis porque es obvio. Desempleo provocado por las malvadas empresas que despiden a sus empleados. Ya está. Todos sabemos que cuando esto sucede, estamos en crisis. No hace falta saber mucho de economía. Y desde hace 3 o 4 años, las malvadas empresas están despidiendo a mucha gente. En concreto, desde el verano de 2008. Si tomamos el dato más alto de la serie (mes de julio de 2007), desde entonces en España se han dado de baja de la Seguridad Social más de 3 millones de empleados.

Pero, dicho lo cual, el mayor ruido mediático se ha producido en los últimos 12 o 18 meses, cuando el actual Gobierno anunció medidas para intentar reducir el gasto público. Estas medidas están afectando directamente a los funcionarios de la administración central, pero también a otros colectivos, porque también se anunciaban subidas de impuestos a tutiplén. Es decir, afectan a todos los españoles sin excepción.

Bien. Llegados a este punto, se escucha por muchos sitios que "los mercados nos obligan a rebajar nuestro nivel de gasto público", "que los hombres de negro van a venir y, si no lo hacemos nosotros, lo harán ellos y eso será peor". En fin. En estas circunstancias, se escuchan historias de todo tipo y, como normalmente sucede, ninguna se sostiene por ningún lado.

Antonio. Yo te pregunto, ¿tú sabes por qué pasa todo esto? ¿Por qué un gobierno es capaz de intentar reducir el gasto público? ¿Por qué encabronar a todos los españoles a la vez bajando a todos los españoles su renta disponible tras subidas de impuestos directos (IRPF) e indirectos (IVA), y tras bajadas de salarios a funcionarios? ¿Por qué un cambio en la normativa laboral que intente flexibilizar el mercado de trabajo, tratando de simplificar procesos, contratos, rebajar el coste del despido? ¿Por qué exigir a las empresas públicas que tienen que encontrar el equilibrio en sus cuentas o serán cerradas? ¿Por qué el gobierno de Valencia cierra su televisión autonómica? ¿Por qué se reduce el presupuesto a RTVE? ¿Por qué intentar reducir los pagos o subvenciones a diferentes colectivos?

Antonio. ¿Por qué una persona o un Gobierno toma todas estas medidas sabiendo claramente que todo el mundo, todos los colectivos van a quejarse, y van a estar encabronados por mucho tiempo? ¿A quién benefician estas medidas? Yo he aprendido a preguntarme en la vida por qué pasa lo que pasa. ¿Hay algún motivo? ¿Hay alguna explicación?

Antonio, que no se te olviden mis palabras anteriores. No pertenezco a ningún partido. No colaboro ni simpatizo con ninguno. No me gusta el 90% de los políticos. Pero tengo grabada una frase que dijo Mario Conde hace muchas décadas: "si te interesa la economía, te tiene que interesar la política".

Prosigo. Todo esto que está pasando (el encabronar a todos), ¿tiene alguna explicación? Bueno, yo sé que la tiene, porque soy analista financiero, y de este tema algo sé. España, en verano de 2011, cuando el inútil de Zapatero convoca elecciones en agosto de 2011, se va a pique, y, aunque nadie me lo ha contado, es fácil intuir que le dicen a ZP que, o toma unas cuantas medidas para intentar arreglar el desaguisado que ha montado, o España se va por el retrete. Y sorpresa, ¿qué hace el simpático de ZP? Ya sabes lo que hizo, saltar del barco y convocar elecciones. ¿Para qué? Para quitarse de en medio, primero, y dejar al de enfrente el marrón de la quiebra de España. ¿Y qué ha pasado desde entonces? No, quebrado no hemos quebrado, pero ¿cuántos españoles piensan en esto? Ah, no, que lo que importa es que cierren la TV de Valencia, que quiten la paga extra a los funcionarios, y que le suban el IVA a la industria del cine.

Recapitulo, porque he escrito unas cuantas cosas que merece la pena explicar. ¿Qué significa que en verano de 2011 España va directa a la quiebra? Tú, Antonio, esto lo vas a entender fácilmente. Piensa en ti, en tu situación patrimonial, y piensa en qué tendría que pasar para que fueses a la quiebra. Es decir, para que no pudieras hacer frente a tus obligaciones de pago. Una persona, una empresa o un gobierno tiene dos tipos de obligaciones de pago, aquellas para subsistir (comida, luz, gasolina, colegios, nóminas, seguros sociales…) y las financieras (pago de hipoteca o de préstamo por la casa, el coche o finca, o proyecto, o planta industrial o cualquier proyecto nuevo). La primera depende del nivel de gasto de cada uno, o de cada empresa, o de cada gobierno, pero todos tienen que gastar en subsistir, las personas, las empresas y los gobiernos. La segunda depende esencialmente del nivel de deuda de cada uno. Los habrá con poca, mucha, muchísima o ninguna deuda. Es decir, los habrá que no tengan que pagar nada, porque sencillamente no tienen ningún tipo de deudas, o los habrá con mayor o menor carga financiera.

Centrémonos en por qué un Gobierno tiene deuda, o cómo esta se genera. Me siento en la obligación de recordarte, aunque sé que lo sabes, que el gobierno (ya sea central o regional o local) se financia con nuestros impuestos. Es decir, si no hay impuestos, no hay gobierno que valga. Es importante hacer esta aclaración o insistencia porque parece que a la gente se le olvida. Es decir, nuestro dinero, que a nadie nos lo han regalado (por lo menos a mí no y no conozco a ningún familiar o amigo o conocido que se lo hayan regalado), viene siempre del mismo sitio: trabajo (bueno, también hay rentas del capital, pero eso es para lo que tienen capital invertido). Sí, ya sé que hay por ahí gente que ha heredado, o que le ha tocado la lotería; yo no los conozco, siempre me ha dado por pensar que lo de la lotería es una farsa, porque no conozco a nadie cercano que le haya tocado, y ya es raro. Bien, pues la deuda del gobierno se genera porque se gasta más de lo que le damos todos. Es un poco flipante, ¿no? Encima que le damos de nuestro trabajo parte de nuestros ingresos, se gasta más de lo que recibe. Eso es lo que se llama déficit fiscal, déficit de ingresos frente a los gastos.

Si echas un vistazo a la cuenta de resultados (ingresos y gastos) de las administraciones, puedes observar las partidas de ingresos y de gastos. Para darte una referencia, cuando una empresa quiebra, todos los empleados se quedan sin empleo y los empresarios o locos o insensatos que invirtieron se quedan sin nada de lo que pusieron cuando se acumulan deudas (pérdidas acumuladas, o mayores gastos que ingresos acumulados), y los que financian (normalmente los bancos o, en otras ocasiones, los malvados mercados) dicen que ya no financian más. Es por tanto cuando la empresa se encuentra incapaz de afrontar sus obligaciones de pago (tanto para subsistir como para hacer frente a sus deudas). Ojo, normalmente no se quiebra porque en un ejercicio se pierda dinero, pero sí es normal que se quiebre cuando se llevan varios ejercicios perdiendo dinero, demostrando que esa actividad no es sostenible (qué palabra, sostenible, deberían ponerla en el diccionario de los políticos).

Espero no estar entrando en conceptos complicados, y que la descripción sea sencilla.

Es decir, el estado se gasta más de lo que ingresa; entonces, algún insensato le presta dinero (un banco o varios, o los malvados mercados). La cuestión es que desde hace décadas, España siempre ha tenido deuda, es decir, que siempre ha tenido que pagar interés. Esto es como si alguien, durante toda su vida, siempre ha tenido deudas. Ya sea una hipoteca o cualquier tipo de deuda. Eso es así. La cuestión es cuál es el nivel de deuda (¿alto, bajo?), y si crece o se reduce. El caso es que en 2004, cuando el inútil de ZP llegó al Gobierno, España tenía un nivel de deuda muy bajo, inferior al 50% del PIB, que es muchísimo menos que Francia, que Alemania o Italia. Cuando digo muchísimo menos, es que, en aquellos tiempos, Francia tenía casi el doble, y Alemania también, e Italia, unas 3 veces más. Pero en el verano de 2011, es decir, solo 7 años después, la situación es diferente, es dramática.

En estas líneas no pretendo criticar a un gobierno o a otro (añadir el adjetivo que añado a ZP no es intencionado, me sale solo, natural), solo ofrecerte datos, y tú, que de tonto no tienes un pelo, saques tus propias conclusiones.

Sigo. En verano de 2011, nuestra querida España va camino de la ruina. Porque el déficit fiscal sigue disparado después de que ZP no haya hecho más que aumentar el gasto público. (Con esta política de gasto se produce el efecto contrario que con la política de reducción de gasto. Si reduciendo el gasto – bajando salarios a funcionarios y subiendo impuestos a todos los españoles- encabronas a todos, te puedes imaginar cuando aumentas el gasto: la fiesta para todos, ¡yujuuu!, ¡esto es la fiesta!). Pero ojo, el aumento de gasto que lleva a cabo ZP y muchas regiones, durante los primeros años no generan un problema de déficit porque, primero, los ingresos siguen aumentando y porque, aunque se genere déficit, España parte de un bajo nivel de deuda. Es como si tú u otra persona no tiene deudas y se tiene que endeudar por algo, comparado con una persona endeudada ya hasta las cejas y que necesita más deuda. La situación no es la misma, y el que te tiene que prestar no te mirará igual en el primero que en el segundo caso.

Pero ¿qué pasa en 2011? Sencillamente pasa que España hasta ese momento ha demostrado que no le importan los desequilibrios, y que el Estado se gasta lo que haga falta (¿le importa a alguien?). ¿Es esto una actitud responsable´? Y es en 2011 cuando el desequilibrio fiscal está a un nivel desorbitado. Desorbitado significa la friolera de llevar camino de cuatro años gastando muy por encima de las posibilidades. Pongamos las cosas en perspectiva. Imaginemos que tú, yo o cualquiera tiene una deuda, y, por los motivos que sean, en un periodo de 3-4 años doblamos esa deuda, durante un periodo en el que nuestros ingresos (negocio o trabajo) está en crisis, pero no cambiamos nuestros hábitos de gasto y seguimos saliendo, comiendo fuera y viajando a esquiar y a la playa. Después de doblar prácticamente la deuda de 2008 (cuando estalla la crisis financiera global) hasta 2011, es decir, a un ritmo muy rápido, ¿qué nos dirá el banco cuando volvamos a pedir que si nos da más crédito?

Seguramente el banco nos pedirá más garantías y nos sugerirá que por qué no dejamos de gastar y demostramos un poco de responsabilidad y compromiso con las obligaciones de pago contraídas. ¿Este comentario, te parece fuera de lugar? ¿Te parece insensato? ¿Qué pensarías de un padre que tiene deudas hasta la camisa (con familia, hijos, hipoteca, colegios, comedor…) y sigue yendo al bar o a los toros como si no tuviera deudas? ¿Y si además su empresa, la que le paga todos los meses, empieza a tener problemas? ¿Qué pensarías sobre esa persona que no modifica sus hábitos de gastos ante la amenaza que existe de que se quede sin trabajo o que le rebajen el salario? Si esa persona no modifica su hábito de gasto y pierde su trabajo, ¿le prestarías tú dinero para que no solo alimente a su familia, sino para que siga yendo al bar y a los toros? Eso es lo que "los malvados mercados nos han dicho a España". Es decir, o demuestras responsabilidad, o yo no te presto más.

Esto más o menos es lo que le debieron de decir a ZP, en verano de 2011, para que saliera corriendo a decir, oye, que convoco elecciones en noviembre, que es mejor para todos. ¿Qué te parece la realidad contada de esta manera?

Sigo. Entonces, finales de 2011, ¿qué se puede hacer con la situación? La situación es la siguiente: desequilibrio entre ingresos y gastos del Estado (administración central y autonómica) que ha sido desbocado durante los últimos 4 años. Pues hay que reducir el desequilibrio como sea, y rápidooooo. ¿Tú qué harías? ¿Cómo se cogen los cuernos de este toro? ¿Qué harían otros?

Desde ese momento, finales de 2011, España necesita demostrar que es un país responsable con sus obligaciones de pago. Pero se podría pensar, ¿y por qué? Pues porque si uno no es serio, pierde credibilidad. ¿En qué consiste la labor de un Gobierno? A mí sinceramente me parece que la cosa es muy simple. Gobierno, tú estás ahí porque nosotros, los españoles (trabajadores, sobre todo) te financiamos, por lo tanto, sé responsable y no gastes más de lo que te damos. Si gastas mal, o no me gusta cómo gastas, en unos años, no te votaré. Pero ante todo, no nos metas a los demás en problemas. Eso es lo que yo le pido a un gobierno, por encima de todo. Luego están los ideales de cada uno, pero eso en 2011, e incluso hoy, da igual. Si, da IGUAL, porque se trata de sobrevivir, de superar la MEGA CRISIS de sostenibilidad de ESPAÑA. Si España quiebra, lo que estamos viviendo desde 2008 es una película de Walt Disney. O, dicho de otro modo, si España no hubiera afrontado el desequilibrio fiscal, los hombres de Negro ya habrían venido y habrían tomado medidas mucho más salvajes, estilo Grecia o Portugal (bajar más el salario de funcionarios, recortar las pensiones, cerrar infinidad de empresas públicas deficitarias…).

Recuerda, Antonio, una cosa fundamental. Todo esto ocurre porque estamos endeudados. Si España, en 2008 no hubiera tenido deuda, hoy no habríamos pasado por esta crisis. Pero, imagínate si en vez de deuda, España hubiera tenido posición contraria a la deuda, si en vez de deuda, hubiéramos tenido patrimonio positivo. Sí, esa situación que tú y yo tenemos, es decir, que nuestros activos son superiores a nuestras deudas o pasivos. Porque, aunque en España mucha gente tiene hipoteca, hay muchos que tienen activos que respaldan esa hipoteca, y muchos otros que no la tienen porque la terminaron de pagar. Si se hubiese dado esa situación, entonces estos años habrían sido un mal sueño. Pero ¿tú te imaginas que España no tuviera deudas? ¿Te imaginas un sistema de gobierno que no solo no hubiera gastado más de lo que le dábamos en impuestos, sino que además hubiese sido ahorrador? ¿Te lo imaginas?

¿Te imaginas a políticos que fuesen tan austeros que todos los años se consiguiera gastar menos de lo que les damos? ¿Es eso posible en este país? ¿Ha pasado esto alguna vez por la cabeza de un político? Yo, si algún partido político tuviera como único objetivo de programa alcanzar la posición de patrimonio positivo, me afiliaría sin dudarlo y hasta le donaría algo de dinero.

Recuerda que no tengo color político, solo analizo los números. Hubo un político que sí que pensó en esto, y aunque no consiguió pasar de una situación de deuda a una situación de patrimonio positivo, sí consiguió reducir el endeudamiento porque convirtió los déficits fiscales en superávits fiscales. Te dejaré que adivines quién fue este político, seguro que le conoces.

A mí me gustaría, si he podido explicar claramente la situación, que los politicuchos de este país que tanto se lanzan a criticar lo que haga el de enfrente, o el de al lado, que piensen dónde estamos, de dónde venimos y dónde tenemos que ir. Esos que pregonan "si yo estuviera en el gobierno, dejaba de pagar la deuda para que los mercados no dicten nuestras políticas". O los que dicen "los mercados nos están obligando y empujando a la situación de crisis que vivimos, esto es la dictadura de los mercados". "Que le den a la troika y a Europa".

Antonio, ¿tú qué piensas? ¿Qué te parece? ¿Qué hacemos?

A veces sueño que España ha cambiado, que la sociedad ha mejorado muchísimo su nivel educativo y entonces no se oyen demagogias como las que oímos todos los días.

Nadie quiere esta crisis, nadie, pero que todo el mundo sepa que estamos en esta grave crisis porque el Estado ha fracasado. Porque el Estado Español lleva más de 30 años endeudándonos, y cuando el nivel de deuda ha alcanzado el punto de casi no retorno, nos dicen que no nos dejan más dinero. No nos preguntemos que por qué no nos dejan más dinero. Ya lo sabemos: porque nuestros dirigentes han sido unos irresponsables. Seamos maduros, sensatos, lógicos y afrontemos la realidad, como hacen las empresas cuando pasan por este proceso. O se afronta la realidad, o se va al agujero. No juguemos con los sentimientos de las personas, no tratemos de engañarles, no abusemos de nuestra posición para decirles mentiras y demagogias. Seamos realistas, sinceros, también positivistas. Se puede salir de esta, pero todos juntos, entendiendo la situación.

Me encantaría que la gente tuviera metido en la cabeza como primera cosa de la vida el evitar la quiebra, ahorrar, no gastar, enseñar a los niños desde pequeños a ahorrar para que nunca, nunca más se repita esta crisis. ¿Sabías, Antonio, que esta crisis se podía haber evitado? Es muy sencillo. ¡¡Si no hubiéramos tenido deuda, no habríamos tenido crisis!! ¿No te parece sumamente sencillo? Tú mira qué países están sufriendo la crisis y mira si ves algo en común a todos ellos: su nivel de deuda, y la deuda se genera solo por una cosa, cuando gastamos más de lo que ingresamos durante un periodo de tiempo, simplemente. ¿Tú te imaginas una empresa, un restaurante o una productora que se pasa 30 años perdiendo dinero y aumentando su deuda? Eso ha sido España, salvo un pequeño momento de finales de los 90 y principios de los 2000.

Repito e insisto, no tengo colores políticos, no simpatizo con ningún partido político, solo me repugna que la política de ESTADO nos haya metido en esta crisis, pero, sobre todo, porque siempre pagan las clases más desprotegidas. Esos que se piensan que el Estado les protege, esos son los más perjudicados, y por culpa del ESTADO, que es el que se ha endeudado hasta las cejas.

Querido Antonio, no sigo más, después de tanto rollo. Espero de veras no haberte aburrido, y haber podido ofrecer un poco de luz sobre la realidad que nos rodea. Pero sobre todo que entiendas cómo hemos llegado hasta aquí y por qué estamos sufriendo lo que estamos sufriendo.

Un fuerte abrazo.

Luisaco (@numerosycosas)

Espacios libres de niños

La polémica vuelve a estar servida; tres aerolíneas asiáticas han decidido ofrecer zonas tranquilas. ¿Y en qué consisten? Pues sencillamente son zonas donde no se pueden sentar niños menores de 12 años.

Las comparaciones con la segregación racial saltan a la palestra desde el minuto uno. Las vestiduras rasgadas ante el desprecio al recurso más valioso de la humanidad aparecen en el dos. Los sesudos análisis sobre los derechos de los niños y la vital importancia que tiene que éstos sean escuchados son escritos en el tres. Y finalmente, la llamada a la tranquilidad porque en Europa una medida así no sería posible ya que los burócratas europeos y su superregulación no lo permitirían surge al cuarto.

Como siempre, el sentido común y la lógica elemental se dejan para mejor ocasión o para rincones con una audiencia más reducida de lo que sería normal en una sociedad con un mínimo de madurez mental.

Porque lo cierto es que si una persona prefiere sentarse en un lugar del avión donde se le garantice que no hay niños es, simplemente, porque piensa que las probabilidades de tener un viaje tranquilo aumentan en este tipo de espacios. Y el hecho de que unas empresas consideren rentable ofrecer estos espacios es porque las personas que tienen este tipo de percepción están dispuestas a desembolsar un precio lo suficientemente elevado como para cubrir el coste de ofrecerlas.

Hasta aquí nada es opinable. Es lógica elemental. Las opiniones o análisis tendrían que arrancar a partir de este punto e ir en la única dirección posible: ¿por qué ha aumentado la percepción de que la presencia de niños en un espacio cerrado aumenta las probabilidades de tener una estancia menos agradable? ¿Se comportan los niños con peores modales en la actualidad que en décadas pasadas o ha aumentado la sensibilidad de las personas a ciertos comportamientos infantiles normales?

Por desgracia el debate no va por ahí y gira sobre lo que a estas alturas debería ser intocable: el derecho de la empresa y del viajero a decidir pacíficamente pactar unas condiciones de viaje determinadas.

Lo curioso es que las aerolíneas y los viajeros antiniños no prohíben a los niños viajar. Ni siquiera les prohíben molestar en cierto grado al resto de pasajeros. Simplemente se alejan o proporcionan zonas alejadas de ellos. Es un comportamiento totalmente respetuoso con la libertad del prójimo, nos guste o no su decisión. En cambio, el comportamiento proniños dominante es totalmente asocial y consiste en obligar a terceros a aceptar una situación, la compañía de menores, por el simple hecho de imponer su punto de vista sobre la cuestión.

Una sociedad donde el derecho a imponer la presencia de un niño, o cualquier otro tipo de persona, a un extraño está por encima del derecho de una persona a pactar sus condiciones de desplazamiento con el dueño del medio de transporte ya dice bastantes cosas malas de sí misma. Que los niños sean mal educados no nos debería preocupar más que el grado de fobia a la libertad de sus padres.

Cohesión social: guerra, ayuda y parasitismo

La vida solitaria es muy diferente de la vida social, tanto para los seres humanos como para otros seres vivos. Un organismo aislado tiene problemas que podría solucionar mediante la cooperación con otros individuos, sea de forma ocasional o en un grupo estable. Pero la convivencia colectiva tiene sus propios problemas y requisitos.

La vida solitaria tiene muchas limitaciones: cada agente tiene una fuerza, una capacidad de acción y trabajo y unas habilidades determinadas, que se pueden mejorar, pero no de forma indefinida, de modo que hay logros que están fuera de su alcance; es imposible, o más difícil o ineficiente, hacer algunas cosas simultáneamente, como por ejemplo cazar y cuidar de las crías; y el individuo no tiene nadie que le ayude a superar una situación delicada si sufre un accidente o enfermedad, de modo que ciertos peligros pueden resultar letales.

Un agente solitario puede intercambiar bienes o servicios con otro si ambos coinciden e interactúan de algún modo. Pero estos encuentros requieren algún desplazamiento, coordinación y costes de búsqueda, o son casuales, aleatorios; quizás son poco frecuentes y cuando ocurren tal vez las partes no tienen nada valioso que interese al otro o no existe la confianza necesaria para negociar y realizar un intercambio. Algunos individuos pueden ser amenazas (depredadores, parásitos, ladrones, tramposos, estafadores) y conviene mantenerse a cierta distancia o vigilarlos cuidadosamente. Muchos animales de vida individual sólo cooperan esporádicamente (o incluso una sola vez en su vida) con otros de sexo opuesto para la reproducción sexual.

La vida social en un grupo estable permite compartir ciertos recursos valiosos, como un refugio o reservas de alimentos; juntar esfuerzos y generar sinergias para tareas comunes (caza, ataque y defensa); dividir el trabajo temporalmente (vigilar, construir el refugio, cuidar de las crías) o especializarse en tareas diferentes complementarias y realizar intercambios; y tener a otros siempre cerca y recibir ayuda en caso de necesidad. La cohesión social en animales es frecuente en situaciones de estrés y peligro.

La cooperación colectiva precisa algún tipo de coordinación mediante señales informativas e incentivos adecuados para conseguir fines comunes. Las interacciones frecuentes con otros y el conocimiento mutuo permiten desarrollar la confianza entre los individuos. La convivencia en proximidad requiere normas para evitar conflictos: molestias, externalidades negativas, parásitos, agresores, tramposos.

La cooperación social proporciona seguridad a los individuos mediante la lucha conjunta y la ayuda mutua: siendo muchos y estando cohesionados y adecuadamente organizados para la guerra (la unión hace la fuerza para la defensa ante ataques de otros grupos; divide y vencerás); y teniendo siempre a alguien al lado que puede y quiere socorrer o cuidar a un necesitado. Sin embargo estos dos fenómenos tienen diferencias importantes: la guerra es una acción necesariamente colectiva, de grupos contra grupos; la ayuda solidaria es una acción que puede realizarse de múltiples maneras, individualmente o mediante distintos tipos de asociaciones que no tienen por qué coincidir con el colectivo políticamente organizado.

Aunque no todos los individuos participan igual, la guerra es una actividad colectiva que implica a todo el grupo. La fuerza militar se incrementa notablemente conforme crece el número de guerreros o soldados disponibles, su calidad, su coordinación y su cohesión: jerarquía de mando, disciplina, capacidad de luchar como unidades eficientes de combate, cerrar filas, resistir, no ceder, no huir. La victoria en la batalla es más probable si se dispone de más combatientes con el armamento, la organización y la motivación adecuadas. Los grupos que más crecen (tanto en número de miembros como en recursos) y están más cohesionados (sentimiento tribal, patriotismo, compromiso, lealtad) tienden a triunfar en los conflictos bélicos. También son muy importantes las posibles alianzas entre grupos, las cuales pueden llegar a producir fusiones en unidades mayores.

Si un grupo crece y se organiza para la guerra sus potenciales víctimas deben a su vez crecer y prepararse si quieren sobrevivir y continuar siendo libres. Si el número de miembros no puede aumentar rápidamente es necesario mejorar la cohesión y la coordinación. Los colectivos pequeños, divididos o aislados, son débiles y pueden ser derrotados más fácilmente; tienden a ser eliminados, esclavizados o asimilados por otros grupos más poderosos, y para mantener su independencia suelen localizarse en zonas pobres en recursos o de difícil acceso (montañas, desiertos, junglas).

Los grupos organizados son poderosos para bien y para mal: es difícil separar la preparación para la defensa de la preparación para el ataque. Un grupo puede imponerse sobre otro grupo externo: guerreros que se establecen como gobernantes en el territorio de otro pueblo menos poderoso o le exigen sumisión y tributos. Un subgrupo organizado puede controlar coactivamente a los demás miembros de su propia sociedad: la casta militar o policial oprime al resto de la población.

La ayuda a un necesitado no suele implicar a todo el grupo, sobre todo cuando el colectivo es grande y complejo y la necesidad relativamente pequeña: pueden ser suficientes interacciones individuales. Cada sujeto tiene una red de relaciones familiares y de amistad en las cuales pide y ofrece, da y recibe ayuda. Es posible organizar asociaciones cooperativas de ayuda mutua como hermandades o fraternidades: estas intentan atraer a muchos miembros para incrementar los recursos disponibles y compensar mejor estadísticamente los riesgos, pero estos grupos no suelen coincidir con el nivel de asociación preciso para la defensa, y tampoco tienen por qué coincidir con las agrupaciones por otros motivos como la gestión de recursos comunes (ayuntamientos). En una economía avanzada también existen empresas especializadas dedicadas, como las aseguradoras de salud, accidentes o muerte.

La ayuda mutua suele ser limitada, ocasional, temporal y condicional. Funciona en ambas direcciones (hoy por ti, mañana por mí) gracias a la empatía de los donantes y a los sentimientos de agradecimiento y deuda de los receptores. Un caso problemático y minoritario es el de los necesitados permanentes, ya que sólo reciben y no dan y son una carga neta para otros.

Los parásitos recurren al engaño y la coacción para exigir y recibir mucho más de lo que dan, si es que dan algo. En la medida de sus posibilidades los individuos productivos intentan librarse de ellos mediante la denuncia y el repudio o exclusión de las redes de cooperación social. Pero el polizón descarado insiste en su derecho a viajar gratis total, el incompetente y negligente exige a todos que le ayuden en su fracaso, y el imprudente e irresponsable se aferra a otros para no hundirse y ahogarse solo.

La convivencia en grupos extensos con estados intervencionistas proporciona grandes oportunidades para el parasitismo interno, ya que el control social mediante relaciones personales es muy limitado y los grupos de interés capturan con relativa facilidad las estructuras del poder. Los parásitos suelen ser hábiles en la manipulación, la picaresca y el engaño: no se presentan abiertamente como tales sino que suelen camuflarse hipócritamente y sin escrúpulos morales como altruistas, inocentes necesitados, pobres explotados, víctimas merecedoras de ayuda o proveedores de servicios públicos esenciales que actúan por el bien común.

Los grupos de presión e interés obtienen beneficios y privilegios a costa de los demás: rentas, proteccionismo, subvenciones, restricciones de competencia. Puede tratarse de reducidas élites extractivas con profesiones corporativistas de alto estatus y muy lucrativas (poderosos próximos al poder político, notarios, registradores de la propiedad, farmacéuticos con licencia para su farmacia, controladores aéreos, pilotos de algunas líneas aéreas), o de colectivos formados por gran cantidad de individuos (jubilados que votan según qué partido político les garantiza su pensión pública).

Las estrategias de extracción de rentas evolucionan: en las socialdemocracias estatistas diversas castas subvencionadas se esconden tras la prestación ineficiente de servicios de pobre calidad por funcionarios inamovibles y otros empleados públicos por lo general interesados en esforzarse lo mínimo y obtener el máximo salario posible, como cualquier agente racional. Son especialmente importantes, por su impacto presupuestario y su relevancia económica y social, en la educación y en la sanidad. Algunos colectivos profesionales, como los bomberos, ocultan sus privilegios tras su aureola de sacrificio y heroísmo, que hace más difícil criticarlos.

Son especialmente problemáticos, por su importancia esencial para el buen funcionamiento de la sociedad, la posibilidad de que abusen de su poder, la falta de competencia y la dificultad de conocer su auténtica eficiencia y productividad (más allá de las campañas de relaciones públicas lanzadas desde el poder para mejorar su imagen y respetabilidad), colectivos profesionales como el judicial, el policial y el militar.

Las apelaciones a la cohesión social y a la solidaridad a menudo son declaraciones grandilocuentes que sirven para mejorar la reputación del hablante sin necesidad de asumir costes reales, ayudando él en lugar de exigirlo a todos los demás. Frecuentemente se invocan miedos tribales ancestrales, carecen de argumentación correcta, no suelen explicitar las razones reales de su necesidad y ocultan los auténticos intereses particulares inconfesables de sus defensores.

La cohesión para la guerra exige algún enemigo o amenaza, normalmente inventado, exagerado o no identificado: es la cohesión de la falange militar, el puño cerrado que amenaza con golpear (saludo de ciertos partidos políticos) o la piedra utilizada como arma arrojadiza contundente. Los que demandan cohesión social pueden en realidad ser parte esencial del problema: los sindicatos amenazan con romper la paz social, provocando enfrentamientos violentos, saboteando y alterando el orden público si los gobernantes y empresarios no ceden ante su chantaje.

Los políticos liberticidas más megalómanos reclaman más unión política y colectivización en todos los ámbitos, cohesión social a niveles progresivamente más alejados de los individuos y sus relaciones voluntarias: más jerarquías de mando, más coacción, más burocracia, más planificación centralizada condenada al fracaso, mayor aislamiento de los gobernantes de las malas consecuencias de sus decisiones, y menos oportunidades para las personas de escapar de la tiranía e ineficiencia del socialismo.

Los parásitos apelan a la cohesión social propia de la sanguijuela y otros chupópteros: serían rechazados por otros en asociaciones voluntarias, y dependen de la coacción y el engaño para mantenerse pegados a sus víctimas y que estas, atrapadas, no puedan huir y librarse de ellos. El Estado, tradicionalmente una herramienta para organizar la fuerza y matar a gran escala, se ha transformado en una herramienta para organizar la fuerza y robar a gran escala.

El socialista acusa al liberal de egoísta por pretender decidir libremente con quién sí se asocia y con quién no. Sin embargo el socialismo, aunque presuma de superioridad moral, no ofrece auténticas redes de seguridad: las impone a todos, y además resulta que son de mala calidad. Es muy diferente la cohesión social que se consigue en una estructura social extensa mediante una gran cantidad y variedad de ligaduras locales, voluntarias, libres, dinámicas y potencialmente reconfigurables (una sociedad libre y abierta), y la conseguida mediante barreras coactivas que impiden la salida de los individuos (un Estado). Las cuerdas de seguridad que atan a montañeros libremente asociados son muy diferentes de las redes y cadenas utilizadas para capturar y retener esclavos. Los apretones de manos que sellan los acuerdos contractuales son muy diferentes de las vallas que impiden que el ganado escape.

Al oír “cohesión social”, sospecha: hipocresía, histeria, guerra, robo.

¿Destruyen riqueza los regalos de Navidad?

Según el economista Joel Waldfogel, de la Universidad de Minnesota, cada Navidad se provoca en todo Occidente una “orgía de destrucción de riqueza”. El motivo, dice, es la tradición de hacerse regalos. Expuso por primera vez por qué sucede tal cosa en el artículo The Deadweight Loss of Christmas, publicado en 2003. En 2009 amplió sobre el asunto en un libro titulado Scroogenomics: Why You Shouldn’t Buy Presents for the Holidays. ¿Cuál es el motivo por el que, desde su punto de vista, no deberíamos hacernos regalos por Navidad?

El argumento central de Waldfogel es el siguiente. Cuando nos compramos algo para nosotros mismos lo hacemos porque valoramos más ese producto que el dinero que damos a cambio. Si decidimos comprarnos, por ejemplo, un Kindle, es porque damos más valor a dicho lector electrónico que a lo que podríamos hacer con los 80 euros que nos cuesta. Si el valor que le damos fuera inferior al precio, el intercambio no tendría lugar. Con los regalos, sin embargo, esto no sucede. Pongamos que un ser querido, con toda su buena intención, nos regala una colonia que cuesta 80 euros. Puede que ese producto nos venga bien, que le demos algún valor. Pero ¿habríamos estado dispuestos a pagar ese precio por la colonia? Es probable que no. Lo típico es que los productos que recibimos como regalo tengan para nosotros un menor valor que el precio que se ha pagado por ellos. Esta diferencia negativa es lo que Waldfogel presenta como irreparable destrucción de riqueza.

Waldfogel, de hecho, se dedicó a recopilar datos y a realizar entrevistas para tratar de medir dicha pérdida de riqueza. Concluyó que en promedio la gente valoraba los productos que le regalaban en torno a un 20% menos que el dinero gastado en ellos. Es decir, que si en Estados Unidos se gastan en torno a 65.000 millones de dólares cada temporada navideña, esto se traduce en una destrucción de valor de unos 13.000 millones. ¿Cómo se puede evitar esto, según el autor? Regale dinero. O, en todo caso, una tarjeta regalo. Aunque como el autor de Scroogenomics realmente se quedaría tranquilo es si la tradición de hacernos regalos por Navidad quedara abolida.

A estas alturas es probable que el lector ya se imagine a Waldfogel como un ser frío y amargado, algo así como la encarnación del propio Ebenezer Scrooge, el antinavideño protagonista del Cuento de Navidad de Dickens. Algo nos rechina y va en contra de nuestras intuiciones. Es evidente que algo no cuadra en esta teoría. Al fin y al cabo si esta masiva tradición es tan ineficiente y dañina, ¿cómo es posible que cada año vuelva a repetirse? ¿Tan tontos somos?

Es típico entre los economistas mainstream que cuando la realidad lleva la contraria a sus teorías consideren que la que falla no es la teoría, sino la realidad. El problema de Waldfogel es creer que lo único que cuenta es el valor material de los regalos. Pero si pensamos un poco en nuestra propia experiencia al abrir el regalo que nos hace un ser querido, caemos en la cuenta de que el producto físico que recibimos es, en el fondo, lo de menos. Está claro que es mejor que el regalo sea algo práctico, algo que nos guste. Pero la magia de los regalos está en la propia experiencia, en la sorpresa, en la originalidad, en la ilusión que nos hace. No sólo valoramos el bien en sí, sino también el esfuerzo que ha hecho el otro, el tiempo que ha empleado en pensarlo y en prepararlo. Es por ese motivo por el que la gente se hace regalos. Porque valoramos, en definitiva, no sólo el hecho de que el regalo nos sea más o menos útil, sino toda nuestra experiencia desde un punto de vista subjetivo. En general el conjunto sí que nos compensa.

El filósofo Michael Sandel, de la Universidad de Harvard, publicó What Money Can´t Buy, un polémico libro en el que lamenta que estemos pasando “de tener una economía de mercado a convertirnos en una sociedad de mercado”. El libro está repleto de argumentos discutibles, sobre todo desde una perspectiva liberal, pero entre sus aciertos se encuentra la crítica a la teoría antinavideña de Waldfogel. Sandel señala que regalar dinero a un amigo, novia o esposa en vez de hacerle un regalo cuidadosamente escogido es manifestar una desconsiderada indiferencia. Es como salir del paso sin prestar la atención debida. Por supuesto, hay gente que no experimenta lo mismo con esta tradición y que valora menos la ilusión navideña. También es normal que haya circunstancias en las que aun así se prefiere dinero, o regalos fáciles de monetizar, como suele pasar con los regalos de boda. Pero no es lo habitual. Queremos que se impliquen y que nos sorprendan. Los millones de personas que en estas fechas salen a la calle y combaten el frío en busca de un buen regalo para sus seres queridos no son irracionales. Es cierto que hay cosas que el dinero no puede comprar.

Demos gracias al capitalismo

"Defendemos el Capitalismo porque es el único sistema acorde con la vida de un ser racional".

Ayn Rand

El último jueves de noviembre es, tradicionalmente, un día de celebración en Estados Unidos. Es el popular Día de Acción de Gracias que se remonta al siglo XVII y que nació como celebración del fin de las cosechas y, como su nombre indica, agradecimiento por las mismas. Con orígenes religiosos, hoy es una fiesta secular. En la Edad Moderna en la que se gestó, la economía y prosperidad por ende estaban enormemente basadas en la agricultura. Hoy, siglos después, podríamos dar las gracias por infinidad de cosas que han dado a estadounidenses en particular y humanos en general ingente prosperidad: luz eléctrica, ferrocarriles, aviones y coches, electrodomésticos, computadoras, avances médicos o la producción en escala de alimentos y ropa, por citar sólo algunas.

Hoy, en suma, no hay Acción de Gracias que pueda concebir mejor que aquélla que se orienta a la causa mayor de nuestra prosperidad: el Capitalismo. Los liberales y libertarios citamos típicamente, defendiéndolas, la libertad y el mercado libre. Sin embargo, vindicamos insuficientemente el sistema económico que en una sola palabra condensa nuestros ideales de progreso: ¡el Capitalismo!

Si corremos a un lado las cortinas de los prejuicios y sofismas, descubriremos que todos los días deberíamos dar las gracias al Capitalismo.

Demos las gracias al Capitalismo por el progreso de los trabajadores.

Al contrario de lo que postulaba Marx -y Adam Smith, quien con tal imperdonable error teórico dio alas al marxismo-, el Capitalismo no creó los beneficios como resta de los salarios de los obreros. Justo al contrario, antes del Capitalismo lo que imperaban eran los beneficios puros, no los salarios. Fue el Capitalismo quien trajo consigo los salarios –adelantados hoy-, que se restan del beneficio –obtenido mañana cuando la producción se venda-.

Aunque la mayoría de economistas está en contra del control de precios, muchos acaban claudicando con un precio: los salarios. Así, defienden los salarios mínimos que condenan al paro a los trabajadores más humildes y menos cualificados. Es común ver sostener la bizarra creencia de que, en ausencia de tales salarios mínimos, el salario caería hasta cero. Entre muchas cosas ignoradas, no consideran que en una economía sana y libre, las reducciones generalizadas y constantes de salarios tienden a movimientos de deflación: a caídas de los precios de los bienes y servicios. ¿Cuál es entonces el problema?

En última instancia, el Capitalismo es el mejor protector de los intereses de los trabajadores y sus salarios reales: gracias a la mayor competencia entre empresarios por la mano de obra y a los niveles de capitalización de una sociedad. Un mismo obrero no tiene mayor capacidad adquisitiva en Los Ángeles que en Burundi porque en el primer lugar sean más generosos los empresarios ni tengan leyes que garanticen esto. Simplemente, Los Ángeles tiene una economía más capitalizada que Burundi, así como más empresarios que compiten por contratar trabajadores.

Demos gracias al Capitalismo por luchar contra la pobreza.

Es realmente curioso, por no decir paranoico, que tanta gente pueda siquiera dudar sobre si la pobreza es menor hoy que hace 50, 100 o 200 años. Pero, ¿por qué combatimos hoy la pobreza? A decir verdad, hace 200 o 300 años no existían ONG para combatir la pobreza, ni grandes campañas, ni concienciación alguna. Hoy sufrimos por ver a niños morir de hambre en partes del mundo o por no tener acceso a agua potable y medicamentos básicos. Eso era la humanidad entera hasta hace no tantísimas décadas. Es gracias al Capitalismo y la popularización de la riqueza y la prosperidad que hoy vemos la pobreza como algo que combatir e incluso erradicable. Y eso es algo fabuloso. En las eras precapitalistas esto no existía porque la miseria era lo común, lo cotidiano. La nobleza y realeza de antaño –que vivían mucho peor que una persona de clase modesta actual bajo el Capitalismo-, eran una parte ínfima de la sociedad.

Suele decirse que el socialismo ama tanto a los pobres que los multiplica como los panes y los peces allá por donde pasa. Y por eso precisamente odia a los ricos. El socialismo es el sistema del visceral odio al ingenioso, al capaz, al hábil, al productor, al inventor, genio y emprendedor que destaca y sobresale. El socialismo es el paredón de fusilamiento de todos los Leonardo da Vinci, Einstein, Miguel Ángel y Steve Jobs de este mundo.

Demos gracias al Capitalismo por ser el sistema más social.

Los enemigos de la libertad tienen una especialización sin igual: la de la propaganda. Llamar "socialismo" a un sistema donde el Estado canibaliza y subsume a la sociedad no deja de ser un monumento a las figuras lingüísticas: quizás ironía, quizás antítesis, quizás oxímoron. En cualquiera de los casos, es una infame bofetada al sentido común. En su obra La Fatal Arrogancia –Los errores del socialismo-, Hayek dedica un capítulo íntegro a denunciar la corrupción lingüística del campo semántico de "social".

Víctimas de nuevo de la propaganda liberticida, acabamos viendo con desdén palabras como competencia; pero el capitalismo no se basa en ninguna competencia como la de animales salvajes. Muy al contrario, en la selva no existen las reglas y normas que sustentan el Capitalismo. Se trata de una competencia pacífica para determinar en cada momento quién es mejor haciendo qué para servir los intereses de las personas que conforman la sociedad. Si existe algo así como el "bien común", es el Capitalismo su mejor productor.

El socialismo supone el fracaso absoluto de la sociedad y la cooperación pacíficas. Es el odio al ser humano común con sus deseos y gustos, que ha de someterse a aprobación del mandatario de turno. Sea el deporte, la gastronomía, leer a Dostoievski o la pornografía homosexual, el Capitalismo no juzga nuestros intereses siempre que no invadan la libertad de los otros.

Y cuanto mejor sirva usted los intereses de los otros, más será recompensado en el Capitalismo, con independencia de su origen, su raza, sus creencias personales o su orientación sexual.

Demos gracias al Capitalismo por la seguridad jurídica.

La esfera de la propiedad privada de donde emerge el Capitalismo es imprescindible para expurgar la agresión entre humanos. Las reglas y normas del mercado libre, su seguridad jurídica, hace que los humanos ahorren y tengan previsión: con ello adelantan el futuro embarcándose en proyectos con alargadas estructuras de capital en el tiempo. Al revés de esto, en el socialismo prima el cortoplacismo: la inseguridad jurídica inhibe a las personas de invertir y ahorrar para poder crear así mañana aviones supersónicos o curas para las enfermedades. Debido a la expropiación en el socialismo (vía directa, o indirecta con la inflación), nadie proyecta por inseguridad sus recursos hacia el futuro.

Nunca entendí el anhelo de tantas personas por épocas como las de los castillos medievales o conquistas romanas, el romanticismo decimonónico, la era de los descubrimientos en el s. XVI o quizás el París de 1900. Son épocas de pestes, hambre generalizada, sin electricidad ni agua potable corriente y condiciones casi infrahumanas comparadas con nuestra Europa actual. La masoquista melancolía del "todo tiempo pasado fue mejor" nutre las filas de todos los socialismos que idealizan la vida que en realidad supone sobrevivir harapientos en una jungla como miserables. El socialismo es, por excelencia, el sistema del hombre del pasado. El Capitalismo es el sistema del hombre del mañana. 

Demos gracias al Capitalismo por la paz.

El Capitalismo, al basarse en la cooperación voluntaria y no agresión, es el adalid de la paz. La guerra tiene típicamente todos los ingredientes del socialismo: un Estado grande que imprime dinero de la nada (inflación) para financiar sus guerras, militares reclutados por la fuerza de ese Estado y feroz agresión de propiedades de inocentes (empezando por sus cuerpos). El gran liberal Bastiat decía que donde no cruzaran las mercancías lo harían los soldados. El comercio libre y abierto es el gran disolvente del entendimiento por la fuerza bruta.

Los Padres Fundadores de EEUU, que crearon el primer país abanderado del Capitalismo, verían hoy su nación como un engendro socialista en política exterior. "Todas las guerras son estúpidas, muy caras y perjudiciales", decía Benjamin Franklin. "La guerra acaba castigando tanto a quien la lleva a cabo como a quien la sufre" o "aborrezco la guerra y la veo como el mayor azote para la humanidad" sentenciaba Thomas Jefferson. James Madison, por su parte, consideraba que "ningún país que está en guerras constantes puede preservar sus libertades" o que "de todas las amenazas para las libertades, la guerra es la que debe ser más temida". El imperialismo es, como tal, un sistema netamente anticapitalista.

El Capitalismo en definitiva nos libera de la trampa de la pobreza, de la homogeneidad por decreto, la discriminación por ley y de la fuerza bruta y la imposición. Los liberales y libertarios no debemos cejar en nuestra revolución. La de liberar de las cadenas a los seres humanos del mismo modo que en su día lo hicieron Thomas Jefferson para los estadounidenses, Luther King o Rosa Park para los negros o Harvey Milk para los homosexuales.

Hagamos de cada día el día de la libertad. Hagamos de cada día el Día del Capitalismo.

Poder y prensa

Paradójicamente, a Tirpitz no le entusiasmaba el mar y solía pasar sus periodos de descanso en la Selva Negra. Alfred Von Tirpitz ingresó en una obsoleta y pequeña marina prusiana, porque ofrecía más posibilidades de promoción que el ejército, y no se equivocó. Su particular visión de lo que debía ser la marina alemana, de una Alemania recién constituida que buscaba su lugar bajo el sol, atrajo la atención del inseguro e inestable Guillermo II, un káiser que tenía mucho más poder político del que tenía su abuela, la emperatriz británica Victoria, o del que tuvo su tío Eduardo VII a la muerte de ésta.

De todas las circunstancias y factores que desencadenaron la Gran Guerra, la creación de la flota alemana en contraposición a la Armada británica fue uno de los más decisivos. Tirpitz estaba en China buscando un puerto adecuado para las pretensiones coloniales alemanas cuando fue nombrado Ministro de la Marina. Guillermo había mantenido una conversación en Kiel en 1891 que le había dejado huella. Después de ser nombrado Jefe de Estado Mayor naval, desarrolló este planteamiento ofensivo basado en grandes buques de línea que pudieran hacer frente a la todopoderosa flota británica, incluso derrotarla en una batalla decisiva (teoría que había sido compilada y desarrollada por el estadounidense Alfred T. Mahan). Tirpitz, el Káiser y su, entonces, Ministro de Asuntos Exteriores, Bernhard Von Büllow, querían su flota.

Como la mayoría de los políticos y hombres de Estado, Tirpitz fue incapaz de prever las consecuencias graves de sus políticas y, obviando o desconociendo sus carencias y fallos, se centró en sus objetivos, apoyado por la política imperial. Y tal incapacidad y tales obviedades no habrían sido más relevantes si no fuera por el poder que acumulaban él y cuantos le respaldaban.

Tirpitz era, de alguna manera, consciente de que la gran flota tenía que venderse no sólo al Gobierno alemán, sino también a la población e incluso a la de otros países. De esta manera, nada más llegar al poder creó una sección de noticias y asuntos generales parlamentarios que conectó muy bien con la opinión pública. Tirpitz y sus colaboradores organizaron diversos eventos, donde mostraron las posibilidades de estos acorazados y buques de guerra en distintas maniobras, innumerables delegados del Ministerio recorrieron el país contactando con los formadores de opinión, así como con personajes importantes del mundo empresarial y universitario. Los periodistas pudieron recorrer los navíos, recabando información sobre las nuevas armas, y en las escuelas públicas se realizaron diversos actos de propaganda dirigidos a crear una visión favorable en las nuevas generaciones. Además, varios periódicos, incluyendo algunos extranjeros, fueron subvencionados para que contaran sus pacíficas intenciones y la grandiosidad de sus fuerzas armadas.

Diversas instituciones de la sociedad civil colaboraron con el Gobierno, como la sociedad colonial o la liga pangermánica, distribuyendo miles de panfletos. Este apoyo empresarial y social no se explica única y exclusivamente por una manipulación desde el poder político, que existió, sino porque también hay que ser conscientes del apoyo popular que recibieron ésta y otras iniciativas gubernamentales. La fuerte ideología nacionalista de la sociedad germana, un tanto darwinista (en el sentido que adopta el darwinismo social), ayudó mucho en este sentido tanto en los hechos que desencadenaron la Primera como la Segunda Guerra Mundial. Si a eso unimos el victimismo que por distintas razones también asumió un grupo importante de alemanes, muchos de ellos con poder, podemos entender en cierta medida los hechos posteriores.

La importancia de la comunicación en política fue, es y presumo que seguirá siendo cada vez más esencial para los intereses del Gobierno. Los políticos alemanes de esta época no necesitaron sólo el apoyo de empresarios o financieros, sino que buscaron que el Cuarto Poder se pusiera de su parte, mientras que la Educación Pública hacía su labor más lenta, pero no menos transcendental para los intereses del Estado. No es descartable que muchos de esos niños "educados" combatieran con ímpetu en los frentes y ayudaran a sostener el esfuerzo de guerra voluntariamente.

Pero volviendo al periodismo, ¿es el "Cuarto Poder" un término afortunado? Incluso en los regímenes democráticos más libres, los poderes legislativo y ejecutivo tienden a confundirse bajo la "dictadura" de los partidos, y el judicial suele ser una extensión de los otros dos, al menos en lo que se refiere a sus órganos de gobierno y en los tribunales más altos. Medidas como las resoluciones que están soltando etarras y otros delincuentes en España abundan en este sentido.

Cabe preguntarse si este mal llamado Cuarto Poder no actúa algunas veces como los otros tres y se convierte en una extensión del que lo ejerce en ese momento o de alguna de las instituciones que forman parte del Estado. En España no es difícil ver medios alineados, sí o sí, con uno u otro partido, o protegiendo a una facción de uno de ellos, atacando al resto, sin importar caer en incoherencias, defendiendo lo que ayer atacaban o atacando lo que hace unos días defendían, y sin el menor asomo de vergüenza.

En muchos casos, esta particular lealtad se debe a que el medio de comunicación, o el periodista que trabaja para él, es de carácter público con unos intereses muy concretos; en otras, porque siendo privados, sus licencias de radio o televisión dependen de una decisión administrativa y no pueden arriesgarse a perder lo que ya tienen. Por último, en otros casos, las relaciones personales y profesionales entre políticos y periodistas o empresarios del sector son más intensas y complejas de lo que somos capaces de entrever, con lo que se confunden intereses y favores.

Todos podemos identificar a periodistas y medios de relumbrón alineados con populares, socialistas, nacionalistas e incluso con partidos menos relevantes desde el punto de vista parlamentario, o sindicatos e instituciones que dependen del presupuesto o de favores del poder. Todos estos periodistas y empresas de comunicación, públicas y privadas, realizan un papel muy similar al que hicieron los periodistas alemanes que ayudaron a Tirpitz y al Káiser a promocionar su juguete bélico. Sus particulares "flotas" tienen sus propios voceros dentro de la prensa y lo más indignante es que se supone que la prensa es infinitamente más libre que lo que podía ser en la Alemania previa a la Gran Guerra.

No pretendo decir con esto que cada medio, cada profesional de la comunicación no tenga su particular visión de los hechos que está presenciando y contando y que informe según ésta, su ideología política o su propia visión ética y moral de la vida, sino que el sector periodístico que tenemos es mayoritariamente acrítico consigo mismo, que como otros hacen, colabora con intensidad con el poder y, algunas veces, se desangra en guerras particulares que no favorecen a ninguna de las partes, pero que por honor, por interés o por miedo, terminan afectando al propio proyecto empresarial. Si el periodismo tiene un enemigo que amenace su esencia es el poder político, que lo "necesita", para sus propios objetivos, posicionado en elementos clave y que por ello lo quiere mantener cerca a través de artificios regulatorios.

Afortunadamente, esta independencia, complicada antaño, no depende ya tanto de la buena voluntad del político. Herramientas como Internet y procesos como la globalización nos permiten a los últimos usuarios acceder a fuentes que antes nos estaban vetadas. La rapidez con la que se transmiten las informaciones a través de la red hace cada vez más dificultosa su manipulación por parte del poder a través de la censura o de la ocultación de hechos, lo que invita a usar otros medios. Ahora es más fácil volcar información a la red, de modo que se puede tapar un hecho relevante con toneladas de noticias irrelevantes. La creación de curiosas conspiraciones también ayuda, alimentando las paranoias. Las denuncias contra la Agencia Nacional de Seguridad de Estados Unidos demuestran cómo de importante se ha vuelto para los gobiernos este aspecto y cómo la libertad se está viendo amenazada de nuevas maneras. Puede que a estas alturas del siglo necesitemos, además de poder acceder una noticia importante, saber despejarla de otras que no lo resulten tanto, y más que un periodista, un contador de hechos o un opinador, necesitemos un buen analista.

Privacidad o libertad económica

 Dice Vinton Cerf que la privacidad es una anomalía, una exigencia de los tiempos recientes y que hace unas décadas, no digamos ya siglos, no estaba garantizada. Es decir, se tenía o no se tenía, pero no era objeto de reclamación jurídica. La idea del individuo protegido de las miradas de otros se gestó al albur de la sociedad de masas con la industrialización. Es la tecnología la que posibilita nuestra privacidad. Pero es una evidencia que la tecnología es también quien nos la quita. Por un lado expande las posibilidades de acción del individuo y por otro elimina la posibilidad de ocultar esa misma acción.

La declaración de Cerf no es inocente, por supuesto, al margen de su valor de verdad sociológica, pues coincide con la polémica sobre el uso de la tecnología de internet con fines de espionaje. Defiende el invento en que colaboró y, de paso, presenta una visión realista sobre algo que fue idealizado durante mucho tiempo. Como toda tecnología, internet expande y, a la vez, constriñe.

No olvidemos que Cerf empezó sus proyectos para el ejército, cuestión que desataría todo un interminable debate acerca de las posibilidades tecnológicas de una utópica sociedad basada en el dogma de la no agresión y exclusivamente autodefensiva. Y eso es así, cuando, paradójicamente, se señala a internet como un dilatador del comercio libre y las conexiones voluntarias. Lo es, pero también presenta otras caras menos felices.

Posar la mirada exclusivamente sobre el espionaje de los gobiernos como invasores de lo íntimo es lo más recurrido, pero quizá sea lo menos frecuente. Lo cierto es que la pérdida de privacidad en la red no se produce todo ni tanto por parte de ellos como por parte de las empresas. Cuando navegamos por la red, incluso sin realizar compras, vamos dejando rastros que son utilizados por empresas para detectar las visitas que realizamos y, con ellos, mucha información de la que no somos conscientes. La pugna por proteger el moderno derecho a la reserva pasa por saber y limitar el tiempo en que las IPs de los ordenadores es retenida, las recomendaciones para limitar las cookies, si estas deben ser permitidas previo aviso o eliminadas por decisión improbable del usuario, etc.

Las posibilidades comerciales de internet son la amenaza más potente que sufre la recientemente concebida privacidad porque en esto ocurre lo mismo que en el caso de la relación de los depredadores del presupuesto público respecto de los contribuyentes: son menos y su incentivo individual es mayor; por tanto, la energía empleada en captarlo vence las resistencias. Una especie de ley 20/80 que relaciona el número de agentes y la intensidad de su esfuerzo de manera inversa para cada actor en lucha.

Los internautas se hallan por ello ante varios dilemas. Las posibilidades de crecimiento de las empresas pasan por invadir la intimidad de los internautas y esto es verdad al margen de si esas empresas operan en mercados más libres o más regulados. La concepción de la publicidad como práctica honesta y necesaria en una economía de mercado se convierte, por este proceso, en una pérdida de control del internauta sobre qué se quiere que se sepa y qué no.

Por la ley 20/80 les resulta imposible, por sí mismos y mediante mecanismos asociativos exclusivamente, forzar a las empresas a restringir sus invasiones porque siempre irán por detrás de los poderosos incentivos las empresas. Es necesario, pues, acudir al Estado. Pero, a su vez, el Estado puede regular las restricciones si la presión de los grupos pro privacidad es mayor que la de los lobbies comerciales por lograr lo contrario. La batalla por la privacidad se antoja, por tanto imposible e, incluso cuando parezca que el usuario recibe buen trato y se le pregunta cuántas cookies permite en su ordenador, ya hay otra innovación tecnológica que le ha radiografiado. En cualquier caso, el papel del Estado como árbitro es inevitable 100%.

La situación excluye la posibilidad de resolverlo con análisis simplistas tan del gusto de algunos y requiere aceptar los límites de la libertad económica para imponer reglas. Pero esto es, en sí, bastante simplista también si consideramos la cadena de intereses que siempre son mayores del lado de las empresas.

Podemos dar, pues, por no ganada la guerra a favor de la privacidad, por no idealizada la libre empresa y por no banalizado el papel del Estado. Ningún factor aislado produce buenos resultados automáticamente.