Como si de algo excepcional se tratara, son muchas las voces que se han mostrado sorprendidas e indignadas a partes iguales al conocerse la lista de los países que han sido elegidos para integrarse en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU a partir del 1 de enero de 2014. Entre ellos figuran algunos con un historial, y un presente, realmente deleznable en la materia que trata dicho organismo. Es el caso, por ejemplo, de Cuba, Vietnam, Marruecos, China o Arabia Saudí. Las zorras cuidando el gallinero, que diría un castizo.
La indignación está justificada, pero no la sorpresa. Al menos para quien no acepte la versión buenista de que la ONU es un ente benéfico que trabaja por el bien de la humanidad. Que tiranías de todo signo formen parte del Consejo de DDHH, o de la Comisión que existía con anterioridad, es la marca de la casa. De hecho, el auténtico UN way of life es ser una democracia de las dictaduras. Es suficiente con echar un vistazo a la lista de países que actualmente forman parte del organismo en cuestión para darse cuenta de que no tiene nada de novedoso que entren ahora dictaduras de distinto signo.
De hecho, y tal vez con la excepción de algún país que haya accedido a la independencia en fechas recientes, todos los Estados del mundo menos uno (Israel) han sido miembros en algún momento del Consejo o la Comisión. Y eso incluye a la extinta URSS, a otras dictaduras comunistas y a las petromonarquías dictatoriales árabes.
Que gobiernos que violan los más elementales derechos de quienes viven en sus paíes sean los encargados de velar que los mismos se cumplan en el resto del mundo es el resultado lógico de la estructura y el funcionamiento de Naciones Unidas. Muy en contra de lo que pretende la propaganda dominante, en la ONU no están representados todos los "pueblos", y mucho menos los ciudadanos de todo el planeta. Es una organización en la que quienes tienen voz y voto son quienes ostentan el poder político en cada Estado. Y entre ellos hay numerosos dictadores de distinto signo. Lógicamente, entre estos se cubren las espaldas unos a otros.
Pero peor aún. La elección de los miembros del Consejo de DDHH se realiza mediante voto secreto de las delegaciones de los Estados miembros. Esto protege a aquellos gobiernos de países democráticos que, por los intereses que sean, aceptan votar a favor de la canditura de alguna dictadura. Como los ciudadanos no tienen forma posible de conocer el sentido de su voto, sus gobernantes están a salvo de las posibles críticas que pudiera acarrearles su apoyo a uno o varios tiranos.
La ONU goza de buena imagen general, y la indignación por quienes entran en el Consejo de DDHH habrá pasado al olvido en pocos días, si es que no lo ha hecho ya. Seguirá siendo retratada como una especie de parlamento mundial donde todos los seres humanos estamos representados. Y la realidad seguirá siendo la misma: se trata de una organización al servicio de los tiranos y enemiga de la libertad.
Los enemigos de la libertad, el libre mercado y la competencia acostumbran a tener en su punto de mira a las grandes superficies (Mercadona, Walmart, Tesco, Carrefour o Día, por ejemplo), argumentando que destruyen empleo, hacen que los salarios bajen y que incentivan un consumismo desaforado.
Nada más lejos de la realidad. Estas compañías son creadoras netas de riqueza y bienestar. Sólo hace falta ver sus resultados empresariales. Walmart, por ejemplo, aumenta su facturación un 5% anual y ha conseguido mantener sus márgenes brutos a lo largo de los últimos años alrededor de un 26,5%. En este sentido no podemos más que afirmar que Walmart crea riqueza para la sociedad, ya que la única manera de obtener beneficios en un mercado libre es satisfaciendo necesidades. Además posee un ROCE medio de 22% y un pay-out de 37,4%, lo que indica que reinvierte una gran cantidad de sus beneficios y éstos tendrán una rentabilidad elevada. Algo que sin duda crea valor y riqueza para los accionistas, para los clientes y para la sociedad en su conjunto.
A pesar de ello, sus detractores critican sus precios bajos argumentando que crean negocios de poco valor añadido para la sociedad. Pero ¿ofrecer productos con cada vez mejor relación calidad-precio no es beneficioso para la sociedad? Al bajar los precios, estas compañías aumentan el nivel de vida de la sociedad, haciendo que nuestra renta real aumente, es decir, que con la misma cantidad de dinero podamos comprar más bienes y servicios.
Para conseguirlo deben optimizar toda la cadena de valor. ¿Cómo? Haciendo que todas las etapas sean más eficientes, desde el productor hasta la venta al consumidor final. Es aquí donde emanan las críticas hacia estas grandes superficies por las "duras" condiciones a las que, según sus críticos, someten a productores y distribuidores.
Pero en un mercado no intervenido nadie obliga a nadie a llevar a cabo una transacción y acuerdos comerciales. Estos sólo ocurren cuando las dos partes creen subjetivamente que saldrán beneficiadas del intercambio. De lo contrario no se produciría el intercambio. No se trata de un juego de suma cero, en el que una gana a expensas del otro. Si existen empresas que quieren ser, por ejemplo, proveedores de Mercadona o Walmart es porque saben perfectamente que saldrán enormemente beneficiadas. Recibirán un enorme volumen de negocio por parte del minorista a cambio, eso sí, de un importante descuento y de unas condiciones de trabajo cada vez mejores (entrega, calidad, fiabilidad, etc). Todo ello se traduce automáticamente en un beneficio para el consumidor.
Los detractores también consideran que los trabajadores reciben salarios artificialmente bajos por parte de estas empresas. Desconocen por completo el mecanismo de establecimiento de un salario, que depende de la productividad marginal del trabajador y no de sus deseos.
Ciertamente, es posible que las grandes superficies deseasen tener menos costes salariales. Pero en una economía no intervenida la competencia protege al trabajador de percibir salarios "bajos". Y es que no hay ninguna empresa que pueda impedir a otra ofrecer un salario más elevado a sus infrapagados trabajadores. Esto es precisamente lo que ocurrirá cada vez que se pague al trabajador un salario inferior a su productividad marginal. Por lo tanto, a medio-largo plazo no cabe pensar en la existencia de trabajadores recibiendo salarios artificialmente bajos.
Por último, las grandes superficies también son acusadas de perjudicar y causar la quiebra de pequeños establecimientos. Esto es una monumental falacia económica. Hay infinidad de pequeñas y medianas empresas que tienen una trayectoria y unos beneficios envidiables (y de hecho, la mayoría de las empresas españolas son pymes). También es cierto que hay otras muchas pymes que cierran, pero eso no es debido a que sean pequeñas, sino a sus caducos modelos de negocio y la imposibilidad por parte de los propietarios de adaptarlos a las nuevas circunstancias y necesidades de la sociedad. En este sentido las empresas que no se adaptan continuamente al cambio acabarán quebrando, ya sean grandes o pequeñas. Y es bueno que así sea ya que no están aportando lo suficiente a la sociedad.
La demonización de las grandes superficies suele promoverse por las empresas ineficientes del propio sector y de otros relacionados, que buscan el favor político para que éstos eliminen competencia y les otorguen privilegios. El resultado de esta nefasta alianza es el mantenimiento artificial de negocios ineficientes, que destruyen valor y capital. Y eso sí que genera pobreza y desempleo.
¿El liberalismo vende? Esta es la pregunta que se hace todo liberal compungido ante la falta de calado en la población de estas ideas.
No deja de ser éste un tema trascendente. Quizás Paco Capella, quien se sumergirá en los misterios de la naturaleza humana en un próximo seminario con el Instituto Juan de Mariana que se celebrará el próximo 30 de noviembre y 1 de diciembre, pueda alumbrarnos sobre qué factores psicológicos hacen de un ser humano una persona con simpatías liberales. O, por el contrario, con otras querencias sociales, como los colectivistas de rapiña, colectivistas de ‘ordeno y mando’ o colectivistas por inercia social… De estos tres, curiosamente, los dos primeros destacan por su avaricia, egoísmo de la peor especie, violencia y falta de escrúpulos. El último colectivo es el tonto útil del que nos hablaba recientemente Fernando Parrilla (también llamada habitualmente "clase media") y que da soporte a este tinglado, el Estado, "que es esa gran ficción a través de la cual todo el mundo quiere vivir a costa de los demás" (Bastiat), mientras que al final es esa gran ficción la que acaba viviendo a costa de todos.
Los que estuvimos allí presentes presenciamos un canto al optimismo y el vitalismo. ¿Qué es más importante: las ideas o los valores? Esta es la pregunta que se hizo en repetidas ocasiones Walter Castro. Y aquí las respuestas serán múltiples según quién la conteste. Él se decantó –lógico a tenor del título de su charla- por la fuerza de los valores. Lo que nos acerca, de nuevo, a Francisco Capella. Los valores, según esta concepción, serían previos a la razón y condicionan una buena parte de nuestros comportamientos (acciones) futuros. Los valores "correctos" nos hacen receptivos a ciertos mensajes o ideas; y los valores errados (o malos) nos llevan a tomar decisiones antisociales, en primer lugar, y se justifican en ocasiones echando mano de razonamientos teóricos muy sesudos, eso sí, pero nefastos: ¿Es el pillaje bueno? ¿Es correcto vivir a costa de los demás? ¿Es bueno hacer algo que sabemos que no deberíamos sólo porque no nos están viendo? ¿Es bueno tomar decisiones colectivas para todo (qué legitimidad albergo para inmiscuirme en la vida de mi vecino, sea en su vertiente económica o moral)?
Un pequeño ejercicio de introspección nos llevará a darnos cuenta de que buena parte de nosotros hemos llegado al liberalismo (de una manera u otra y extrayendo unas conclusiones u otras) como resultado de una búsqueda de un sistema social "bueno y justo" (valores) y de "la verdad" (ideas).
Yo no veo la necesidad de desligarlo, pues no dejan de ser ambas facetas de nuestro mismo ser. El hombre, en tanto ser social, se "justifica" continuamente. Cuestión aparte es qué viene antes: el huevo o la gallina; la razón o el valor (sentimientos). Sobre esto cabría analizar tantísimo y, de nuevo, espero que Capella nos hable extensamente. Pero parece que el peso de los valores y las emociones es fundamental. Porque un valor, en este contexto, es un mecanismo de "resorte", es un: "robar no está bien; luego te lo explico, pero no está bien". A muchos, muy racionales, les podrá parecer atroz que este sea el origen de muchas acciones o decisiones, pero las instituciones mengerianas no dejan de tener un comportamiento parecido… Es más, los valores, la moral se catalogan como institución según esa aproximación al concepto.
Siguiendo con la cuestión de los valores, qué parte viene de factores ambientales y qué parte de genéticos es otra gran pregunta. Y es que en lo que respecta a la genética, por qué siempre hay ovejas negras (o blancas) en las familias "bien" (o "chungas").
Y si nos adentramos en el factor ambiental, llegamos a destacar la importancia de la "comunicación". El "problema" es que los valores se transmiten de manera muy íntima: en el ámbito familiar, círculo de amigos, colegios (¡!), cine, lenguaje subliminal (o hiperexplícito) de los medios…
Al liberal no mesiánico le da verdadero miedo difundir mensajes a este nivel tan personal. Lo más que suele sugerir es que el Estado (u otras instituciones que no "viven y dejan vivir") no se inmiscuya en esta esfera, demandando varios cambios coherentes con la libertad individual: no se dediquen a atacar con dinero público sólo a un tipo familia (es decir, métanse en sus asuntos y no en los ajenos y, en esto en particular, también), desnacionalicen y descentralicen los colegios, no subvencionen la ("su") cultura o a sus medios…
Pero no pretende ir mucho más allá precisamente porque quiere mantenerse fiel a sus valores: "no me gusta que se metan en mi vida, pero tampoco quiero hacerlo en la de los demás".
En ello insistió también bastante Walter Castro. En qué podemos hacer: ser constantes y perseverantes, y, sobre todo, de cara a difundir los valores correctos, "predicar con el ejemplo", "ser una buena persona", sin más, según interpreté de sus palabras.
En cuanto a la batalla de las ideas, la cuestión es distinta. Los liberales siempre "sacamos" (me cuesta tanto hablar en primera persona del plural) pecho pavoneándonos por lo bien que empleamos la lógica y lo correcto de nuestras ideas. Pero ¡y qué! Si quienes tienen la "fuerza" (a la que los demás renunciamos por repugnancia y "valores"), son más. Y contraargumentan de manera falaz, sí, pero eficaz.
Porque los colectivistas que rapiñan no necesitan argumentos; esos sí que apelan al sentimiento, al victimismo. En una conferencia de Antonio Escohotado con el Instituto él mencionaba esta cuestión justo en el turno de preguntas: cómo el victimismo (por ejemplo, de los "desahuciados") dicta gran parte de las medidas políticas de las democracias actuales. Pero los colectivistas de "ordeno y mando", acompañados por otros seres inmundos, los intelectuales al servicio del poder (véase profesores universitarios o "expertos" que plagan los medios…) son de lo más "racional". Y para llegar con eficacia a los seres de rapiña y los tontos útiles, no crean, no, que los argumentos han de ser muy complejos. Si caben en un "tuit", mejor que mejor.
La gente que no vive de manera directa (o al menos no es consciente) del "tinglado" (Estado) quiere vivir su vida y alcanzar sus metas plácidamente. Y es perfectamente legítimo. Es una gran señal del proceso civilizador: las crecientes clases medias. No necesitan disponer de una teoría del Estado, no tienen que saber de economía, tienen que saber de aquello en que se hayan especializado dentro del entramado económico capitalista (hasta donde le dejan llegar). Y los políticos e intelectuales lo saben… Por tanto, como nos movemos conforme a valores y autojustificaciones (ideas), el Estado hace muy bien en secuestrar ambas facetas de la vida: valores (apelando a la conmiseración y al miedo, como nos decía María Blanco en una visita del IJM a alumnos de Bachiller) e ideas sencillas y muy cercanas al "corazón" (sentimiento), por supuesto, contrastadísimas por premios Nobel de Economía… Y, cómo no, al mismo tiempo, ejerciendo todo el poder que les confiere su fuerza para expulsar a toda institución social que sirva de contrapeso (no mencionaré ninguna, que Paco Capella me excomulga, aunque yo ya no crea en nada…).
Tal y como señala D. Antonio Damasio en su obra El error de Descartes, y en línea con el principio económico del valor subjetivo de los bienes que identificaron los escolásticos españoles de la Escuela de Salamanca y, posteriormente, los autores de la Escuela Austriaca de Economía, las decisiones humanas están situadas a medio camino entre lo racional (hemisferio izquierdo del cerebro) y lo irracional y sensitivo (hemisferio derecho). Los procesos de toma de decisiones están íntimamente relacionados con la intuición y las emociones de los ciudadanos.
Globalización de la Información (Internet)
La globalización de la información (Internet) está suponiendo un cambio en las bases de creación de riqueza. En el siglo XX, la fuente de creación de riqueza era más financiera y a corto plazo, incentivando comportamientos psicopáticos (no-éticos) y depredadores en los directivos y en los políticos. Sin embargo, en el siglo XXI, se puede observar la migración desde una economía financiera y fuertemente intervenida por el Estado hacia una economía basada en los valores intangibles (esfuerzo, mérito, iniciativa empresarial, capacidad innovadora…).
El futuro de las empresas y, también, el futuro de los países desarrollados quedan determinados por la gestión inteligente de los valores intangibles, que se concentran en patentes y marcas fuertes. El valor de las empresas en el mercado dependía en sólo un 10% del fondo de comercio en los años 70 pero, en estos momentos, el valor bursátil de las empresas como Google, Facebook, Twitter, Red Bull o Coca-Cola, depende en más de un 80% de su reputación, es decir, de su buena gestión de los valores intangibles que aportan sus patentes y su marca.
Reputación Corporativa
Lo que no ha cambiado es que la reputación corporativa se consigue con legitimidad y con diferenciación. La legitimidad se conseguía antes tan sólo con una titularidad jurídica pero, con la globalización de la información, la legitimidad es un asunto muy complejo puesto que se gana ante los stakeholders o los diversos grupos de interés (opinión pública, empleados, autoridades…) de los que depende el valor de una empresa.
La diferenciación se buscaba antiguamente por medio de características objetivas de un producto o de un servicio que ofrecía la empresa. Sin embargo, en un mercado globalizado, todo se puede copiar y existe sobreoferta por lo que las decisiones se adoptan por las características subjetivas (intangibles) y la diferenciación empresarial requiere atraer talento, capital y clientes.
Por tanto, los consumidores y los ciudadanos disponen de fuentes de información que les permiten preguntarse quién está detrás de un producto o servicio, cuál es su política laboral, cómo protegen el medio ambiente, cómo realizan su logística, cuál es su política de precios… De hecho, más del 70% de los ciudadanos evitan comprar si no les gusta la compañía, más del 60% consulta la etiqueta, y más del 65% analiza la reputación de las empresas.
El orden de mercado se mueve y adapta mucho más rápido que el orden político (u orden oligárquico). La tendencia mundial de las empresas es a fortalecer las marcas corporativas por encima de las marcas de producto que las empresas no pueden diferenciar dado que comunicar eficientemente cada vez resulta más caro. Y, si observamos atentamente, la tendencia de los gobiernos también es a fortalecer la marca país para atraer empresas, inversores y turistas.
Oportunidades y Riesgos Reputacionales
Internet hace que la información viaje a la velocidad de la luz y, por tanto, genera enormes oportunidades para aquellos que sean percibidos como diferentes y mejores, según destaca Jim Stengel en su ensayo Grow. Sin embargo, presenta también riesgos reputacionales, debido a que queda concentrado el juicio de los consumidores y las percepciones de los ciudadanos sobre una marca.
Internet ha mundializado la información pero, al mismo tiempo, ha creado una crisis de confianza. Los retos son mejorar la diferenciación y, al mismo tiempo, mantener la legitimidad ante los ciudadanos, es decir, ante los millones de juicios de valor (subjetivos) que los demás hacen sobre algo o sobre alguien, sobre una marca empresarial o sobre una marca personal.
Dinámica de la Confianza
La diferenciación y la legitimidad de una marca requieren de la confianza en las relaciones personales, sociales, económicas, políticas… Y, como siempre, el orden de mercado sabe adaptarse al entorno mucho más rápido que el orden político (u orden oligárquico).
Cuando en agosto de 2007 estalló la burbuja financiera y productiva (inmobiliaria), que desencadenó la actual crisis económica, hubo una crisis de confianza en los bancos, las empresas y los directivos. Sin embargo, existen dos formas diferentes de adaptarse ante la crisis de confianza.
Por un lado, el sector privado padeció quiebras y concursos de acreedores pero, en general, puede afirmarse que, durante los años 2008-2013, las empresas han logrado reducir su endeudamiento y adaptar con flexibilidad y rapidez su estructura de negocio al nuevo entorno para poder recuperar la confianza de los mercados.
Por otro lado, el sector público se enrocó en mantener la burbuja estatal que sostiene las canonjías de la casta política y de su red clientelar de medradores de prebendas públicas (partidos, sindicatos, patronales…), lo que les está llevando a niveles mínimos de confianza del electorado.
Gestión de la Confianza y la Reputación
La globalización de la información ha provocado que más del 80% del valor bursátil de las empresas dependa de una buena gestión de la confianza que tengan los stakeholders (opinión pública, empleados, autoridades…), que es lo que proporciona la reputación.
La valoración de los stakeholders depende de dos factores fundamentales, las buenas prácticas de gestión y la comunicación eficiente de los valores de la marca.
Por ello, los buenos directivos realizan transformaciones internas que orientan la gestión empresarial hacia la diferenciación de productos y servicios, la legitimación ante los empleados y los consumidores, y la mitigación de los riesgos reputacionales. Posteriormente, los planes de comunicación deben permitir capitalizar la realidad del buen trabajo realizado por la empresa.
Según Angel Alloza de Corporate Excellence, existen 7 parámetros fundamentales en el juicio del consumidor sobre las empresas, que arrojan los siguientes datos de valoración en orden de importancia:
1) la calidad de la oferta (30%), 2) la ética, el buen gobierno y la honradez en la gestión (10%), 3) el trato a los empleados (10%), 4) el respeto a la ciudadanía, los derechos humanos y el medio ambiente (10%), 5) la innovación (10%), 6) la calidad de los gestores (10%), y 7) los buenos resultados financieros (10%).
De modo que si las empresas quieren despertar un sentimiento positivo (subjetivo) en los ciudadanos, deben comunicar muy bien lo que hacen. No es una tarea fácil por la saturación con miles de mensajes diarios, por la multiplicidad de medios y por la necesidad de conseguir captar la atención del usuario de las nuevas tecnologías de la comunicación
Círculo de la Comunicación de la Confianza
Hoy en día, la comunicación no funciona si se realiza de arriba abajo, siendo sólo efectiva cuando se produce de modo horizontal, es decir, siendo los "otros" los que hablen del producto o servicio de una marca.
Por ello, es importante la coherencia de los valores que se comunican, rigor y transparencia, basados en una identidad común que arraigue fuertemente en la empresa, es decir, en un sistema de creencias compartidas o en un modelo de valores comunes en la organización.
El círculo de la comunicación en un entorno de información globalizada requiere: 1) alinear a los que toman las decisiones empresariales para que construyan las creencias compartidas, 2) estimular la acción de todos los que toman decisiones gracias a esas creencias, 3) fortalecer la confianza en que las acciones son importantes, 4) alcanzar audiencias cada vez más grandes a través de la recomendación de las redes de contactos.
En definitiva, el futuro está en manos de las percepciones y juicios de valor de los demás por lo que se requieren fuertes culturas dentro de las organizaciones que hagan sentir emociones, valores comunes y orgullo de pertenencia que se traducen en acciones que transmiten confianza y aportan recomendaciones sobre bienes y servicios que ofrece una marca.
Valoración Corporativa del Marco institucional
Ampliando estos conceptos al ámbito público de un país, las instituciones deberían ser gestionadas para operar buscando la reputación corporativa, con rigor y transparencia, y transmitiendo valores comunes a los empleados públicos orientados a la prestación de servicios de calidad, a la restricción presupuestaria y al respeto estricto por los ciudadanos, como pagadores de los impuestos y como perceptores de los servicios públicos.
Por ello, más allá de la demagogia, de la corrupción política, o de que se desee un Estado limitado o mínimo, nunca debe olvidarse que existen instituciones y servidores públicos que trabajan responsablemente en las fuerzas armadas, en la policía, en los tribunales de justicia, en los hospitales…
La valoración de una organización pública se puede realizar de un modo similar a las organizaciones empresariales privadas por medio de 7 parámetros fundamentales en el juicio del ciudadano: 1) la calidad del servicio público, 2) la ética, el buen gobierno y la honradez en la gestión, 3) el trato a los empleados públicos, 4) el respeto a la ciudadanía y a los derechos humanos, 5) la innovación, 6) la calidad de los gestores, y 7) los buenos resultados financieros.
En el siglo XX, las empresas y los Gobiernos y, en general, las organizaciones humanas no se vinculaban tanto al rigor y a la transparencia. La legitimidad y la diferenciación también dependían de los juicios de valor de población, pero los medios de comunicación eran limitados y podían "controlarse" para mostrar una buena imagen más allá de la realidad en el interior de la organización.
Sin embargo, Internet ha supuesto una revolución tecnológica que ha transformado la concepción de las organizaciones humanas orientándolas hacia un entorno de globalización de la información que demanda rigor y transparencia máximos.
Por ello, en el siglo XXI, las organizaciones deben competir por ganarse la reputación corporativa que proporciona la confianza de la población. Internet impide ocultar los incidentes o la realidad de una organización.
Las empresas privadas están sabiendo adaptarse mejor al nuevo entorno de globalización de la información, y de un modo más rápido que las empresas públicas, los gobiernos, los partidos políticos, los sindicatos y las patronales.
De ahí, la actual situación de pérdida de confianza por la percepción (real) de los ciudadanos de un deterioro político y judicial y de un déficit institucional, tanto en España como en Europa, lo que deja bajo mínimos la reputación institucional.
Sin embargo, hay que ser optimistas a largo plazo porque, desde la irrupción de Internet, sólo existe un camino hacia el éxito organizacional, en un orden extenso y complejo de colaboración humana, caracterizado por un nuevo entorno de información globalizada. La confianza de la población y la reputación corporativa sólo se obtienen por medio de la transparencia y la honradez (ética).
En el núcleo de la Escuela Austriaca de economía se encuentra la praxeología, el estudio formal y abstracto de la acción humana a partir del axioma apodíctico y a priori de la acción intencional: el ser humano actúa utilizando medios escasos para conseguir los objetivos, fines o propósitos que subjetivamente considera más valiosos.
La Escuela Austriaca contiene otros elementos distintivos interesantes y valiosos: el carácter dinámico, heterogéneo, relativo y variable de las preferencias; los problemas y las limitaciones de las capacidades cognitivas, de comunicación y de coordinación de los agentes económicos en entornos complejos y cambiantes, incluyendo la imposibilidad del socialismo y el carácter destructivo del intervencionismo estatal coactivo; la evolución espontánea de órdenes emergentes y de instituciones sociales; los problemas relacionados con el tiempo, el riesgo y la incertidumbre; y la empresarialidad creativa, dinámica e innovadora.
La praxeología puede estudiarse de forma autónoma e independiente de otras ciencias naturales y humanas, pero ello puede resultar en una visión parcial y pobre de la realidad, sin conexiones o referencias externas que sirvan como puntos de apoyo o elementos de crítica. La praxeología no es el principio ni el fin de todo, y considerarlo así es un grave error.
El praxeólogo, partiendo de un principio verdadero y utilizando rigurosamente sus capacidades mentales de inferencia deductiva, puede sentirse muy seguro en sus exploraciones teóricas y cree comprender correctamente lo esencial de la realidad humana y social. Sin embargo tal vez no percibe, o no le importan, las limitaciones de su paradigma intelectual: quizás afirma cosas verdaderas pero imprecisas, poco relevantes o incompletas.
El praxeólogo purista o integrista desdeña la psicología (timología), desconecta la teleología de la realidad material, física y biológica, e insiste en diferenciar de forma radical la acción humana de la conducta o comportamiento animal: considera la intencionalidad como exclusiva de los seres humanos (no lo es), e ignora formas de acción no intencional (como reflejos, reacciones o hábitos), expulsándolas fuera del ámbito del estudio económico. No se pregunta por qué existen la acción intencional y las valoraciones; no conecta la acción con los conceptos de interacción y trabajo de la física; no se da cuenta de que el pensamiento es un tipo particular de acción cuya función es dirigir y coordinar otras acciones; e insiste en que los humanos eligen, deciden mediante su libre albedrío, mientras que los otros seres vivos sólo reaccionan instintivamente según leyes deterministas.
Si sientes interés por aprender a conectar la física, la biología, la economía, la psicología e incluso la moral y la ética, en breve impartiré un seminario intensivo sobre estos temas, que son muy enriquecedores y fácilmente comprensibles para cualquiera cuando se explican de forma adecuada. Resumiendo mucho:
Los organismos son agentes económicos: la vida implica acción dirigida, controlada por la psique con emociones y cognición. La vida incluye competencia y cooperación, y la vida social cooperativa es muy exitosa: gran parte de la psique (preferencias, intencionalidad, conciencia, moral, normas, instituciones) existe para la coordinación social.
Los organismos vivos son sistemas físicos con una organización especial tal que se autoconstruyen. La vida implica acción, trabajo, costes, uso de recursos, economización. Los organismos son entidades complejas con muchas partes cuya acción conjunta exige coordinación. La acción adecuada para la supervivencia y el éxito evolutivo requiere mecanismos cibernéticos de control y dirección que tengan en cuenta el estado del propio agente y del entorno. Los sistemas cibernéticos de los organismos incluyen sensores y procesadores de información según modelos representativos del mundo (cognición y emociones, capacidades y preferencias). La mente es una herramienta para la resolución de problemas.
Para cooperar y competir mejor los organismos intentan anticiparse de forma estratégica, prediciendo el futuro y preparando planes de acción. Para reducir riesgos los organismos no ensayan directamente conductas en el mundo real sino que las simulan virtualmente en sus cerebros. La intencionalidad emerge evolutivamente como una adaptación para mejorar el control de la acción propia y el entendimiento de la acción ajena. La consciencia surge de la autorepresentación como agente intencional, la integración narrativa de información y la supervisión a alto nivel de la actividad de la sociedad de la mente.
Los seres vivos pueden competir o cooperar. La vida social es especialmente exitosa porque permite juntar esfuerzos, compensar riesgos y especializarse. Pero la socialización requiere capacidades cognitivas y emocionales especiales: preocuparse por el bienestar ajeno, entender la acción de otros, someter la conducta a normas morales pautadas que eviten conflictos destructivos, detectar y desincentivar a los parásitos tramposos. En los grupos sociales son esenciales la confianza y la reputación o estatus: son necesarios mecanismos cohesionadores y de demostración de lealtad y compromiso. La moralidad fomenta la cooperación dentro del grupo para competir contra otros grupos.
La capacidad de imitación memética y en especial el lenguaje introducen el ámbito de la cultura, el arte, la religión, la tecnología y la ciencia. El lenguaje incrementa enormemente las capacidades de coordinación y producción y difusión de conocimiento, pero también permite la manipulación, el engaño y la hipocresía. La comunicación honesta requiere el uso de señales costosas difíciles de falsificar.
Parte importante de la acción humana consiste en influir sobre los demás. Las capacidades de argumentación no son tanto para conocer la realidad sino para persuadir a otros y vencer en disputas verbales. La mente humana presenta múltiples limitaciones, imperfecciones y sesgos sistemáticos.
Siempre que escucho el calificativo de tonto útil pienso en Korpik, el soldado Alemán que desertó el día antes de la operación Barbarroja para avisar del inminente ataque a sus camaradas comunistas rusos, y que terminó ejecutado por orden de Stalin. Es difícil imaginar qué se le pasaría por la cabeza a este hombre minutos antes de ser fusilado por los mismos a los que quería salvar… ¿Se arrepentiría de haber cometido semejante insensatez?, ¿cuestionaría sus ideales comunistas viendo lo que le iba a ocurrir?, ¿o simplemente no entendió nada hasta que todo acabó?
Seguramente fue esto último lo que le ocurrió. Otro pobre idiota que pensó que el comunismo era algo más que decirle a Stalin lo que quería oír, y que no vivió lo suficiente para ser consciente de su error.
Por desgracia Korpik fue solo una de las millones de personas que murieron por culpa de Stalin y su criminal régimen, pero al menos muchas de sus víctimas murieron sabiendo quién era el responsable de su muerte.
Lo mismo ocurre actualmente, salvando las distancias, con el sistema fiscal. No deja de ser divertido ver cómo se indignan los defensores del fisco cuando ven que los dineros recaudados son malgastados en subvenciones absurdas o robados directamente por la casta política. ¿Es que esperaban otra cosa?
Una vez más, el único consuelo que le queda a cierta parte de la población es ver la cara de tontos de nuestros conciudadanos cuando se dan cuenta de que los cuervos, que con tanto esmero han criado, nos están sacando los ojos.
Tengo que reconocer que uno de mis mayores placeres es torturar a este tipo de personas poniéndoles constantemente sus contracciones en frente de sus ojos. Por ejemplo disfruto bastante cuando algún interlocutor me saca el tema del espionaje de la NSA (Agencia de Seguridad Nacional). Ante la pregunta de por qué le preocupa tanto que la agencia estadounidense lea sus correos cuando no le da importancia a que Montoro sepa qué pagadores tiene, cuánto le pagan, qué compra y qué vende, siempre me encuentro con la misma cara de perplejidad.
Es evidente que la NSA o incluso el CNI pueden hacer al españolito medio bastante menos perjuicio con los correos que intercambiamos con nuestra novia, o amante, que Montoro con las ganancias de un año de duro trabajo. Pero hete aquí que para el tonto útil los impuestos son algo bueno y el hecho de que se gasten en espiarle los correos no les quita un ápice de su legitimidad. De hecho es difícil que el tonto útil medio llegue a unir los puntos para descubrir que una cosa está relacionada con la otra.
Tampoco termina de entender que es bastante mejor que la NSA tenga que meterse en los servidores de Google para espiarte, a que tu tengas que descargarte de un servidor de la NSA los correos del año (fiscal), asegurar que son tuyos y que no tienes otros correos que no estén espiados. También es mejor que la NSA tenga que molestarse en crear leyes absurdas y enrevesadas que les permita obligar a los grandes servicios de internet a cederles ciertos datos, a que el Estado (con el apoyo social) haya obligado de forma clara y meridiana a esos mismos servicios a pasar toda la información (y cuando digo toda, es toda) a la NSA de forma directa, para que, una vez analizada, pueda dictaminar nuestro grado de terrorismo y penalizarnos económicamente en consecuencia.
Dicho de otra forma, el tonto útil actual, como el del 1941, es incapaz de distinguir la realidad en la que vive y se escandaliza con lo que hacen "los otros" mientras cierra los ojos a lo que hacen "los suyos". Si le quitas importancia a lo que hace la NSA porque Hacienda va mucho más lejos, y encima financia a las NSA de turno, eres un defensor del espionaje o un loco. Pero loco y todo seguirás teniendo razón, y el tonto útil seguirá siéndolo cuando el historiador de turno explique a las generaciones futuras la forma en que se cavaba su propia tumba, y se quedaba con cara de idiota cuando le metían dentro y le enterraban.
Este artículo ha sido publicado originalmente en el "Especial Liberalismo" de la revista universitaria La Pecera.
El profesor Carlos Rodríguez Braun cuenta que en una ocasión le preguntó a Karl Popper qué le parecía que la libertad fuera tan buena para aumentar la prosperidad económica. Ésa es una muy feliz coincidencia, respondió el filósofo austriaco. Como bien explicaba Rodríguez Braun, esto es una boutade, no es verdad. La ciencia económica nos explica por qué un sistema en el que impera la libertad tiende a ser más próspero que uno en el que no. No es ninguna coincidencia. Pero la ingeniosa respuesta de Popper es una acertada crítica al excesivo énfasis con el que los liberales solemos defender la libertad desde un punto de vista estrictamente económico. No hay que defender la libertad por sus consecuencias económicas, sino desde un punto de vista ético. Si por alguna casualidad el esclavismo fuera un sistema más próspero, aún así habría que combatirlo.
La libertad es la respuesta a la búsqueda de un sistema ético universal, es decir, un conjunto de normas de convivencia que aplique a todo el mundo por igual y que sea válido en todo momento. El liberalismo parte de que todas las personas son sujetos éticos iguales. Toda regla que aplique a un individuo o a un grupo necesariamente tiene que aplicar a todos los demás individuos o grupos. De este punto de partida se deduce un sistema de normas de convivencia con el que evitar o minimizar los conflictos entre personas. Ese sistema es lo que los liberales resumimos en el término libertad. Pero es necesario precisar. ¿Qué es exactamente la libertad?
La libertad hay que describirla desde tres puntos de vista, como si fueran los tres lados de un mismo triángulo. El primero de esos lados es el denominado principio de no agresión. Lo que dice es cada uno puede hacer lo que desee mientras no inicie el uso de la fuerza contra los demás. No se puede matar, violar, secuestrar, esclavizar, agredir, coaccionar, robar, cometer fraude o extorsionar a los demás. Este principio no es en teoría polémico. Si vamos a la calle y preguntamos a los diez primeros que pasen qué les parece este principio ético, estarán de acuerdo. Pero como dice el economista Walter Block, lo que define a los liberales es que nosotros lo decimos en serio. Lo aplicamos a todo y no hacemos excepciones. Ésta es la libertad desde el punto de vista de la acción, lo que a menudo se denomina "libertad negativa". Es lo que nos dice qué acciones podemos llevar a cabo y cuáles no.
Pero este principio queda incompleto si no definimos los medios a los que podemos aplicar esas acciones. Si por ejemplo vemos que Juan le quita la cartera a Pedro y sale corriendo, ¿quién está agrediendo al otro? Pues depende de quién sea el propietario de la cartera. Si resulta que ayer Pedro le robó la cartera a Juan y ahora Juan simplemente la está recuperando, estará en su derecho. Por ello, el segundo lado de ese triángulo que define qué es la libertad es el punto de vista de los medios, de las cosas materiales sobre las que ejercemos nuestras acciones: necesitamos una teoría de la propiedad. La propiedad es el ámbito material de control de cada uno, el ámbito en el que podemos hacer lo que queramos mientras respetemos el principio de no agresión. El derecho de propiedad sobre algo nos legitima a establecer normas sobre dicha cosa. Es necesario tener una teoría no arbitraria que asigne derechos de propiedad de la realidad material a los individuos o grupos de individuos.
Existen cuatro reglas generales de asignación de derechos de propiedad. La primera es que cada uno es dueño de sí mismo. La segunda, que cada uno pasa a ser dueño de los frutos de sus actos, entre otras cosas los bienes que producimos con nuestro trabajo o con factores productivos de nuestra propiedad. Cuando varias personas participan en la producción de algo, la propiedad se reparte entre ellas como previamente se haya pactado. La tercera nos permite hacernos dueños de las cosas, al hacer uso de ellas, cuando no tienen propietario previo y nadie antes usa, mediante el principio de primer uso. Y la cuarta forma es mediante la transferencia voluntaria y consentida de derechos de propiedad entre individuos, como por ejemplo intercambios o regalos.
Aunque muchos teóricos liberales definen el sistema ético de la libertad sólo con estas dos primeras patas, lo cierto es que así quedaría cojo. Tendríamos un sistema de normas demasiado general al que le falta un mecanismo para el establecimiento de normas más específicas. Es cierto que algunas se derivarían directamente del derecho de propiedad, puesto que cada uno puede poner las normas particulares que desee dentro de su ámbito de propiedad. Pero faltaría un mecanismo de generación de normas particulares más vinculantes entre personas. Por ello el tercer lado que completaría la definición ética de la libertad es precisamente la teoría de contratos. Francisco Capella completa esta teoría definiendo los contratos como compromisos formales exigibles por la fuerza. Los contratos son mecanismos que permiten que dos o más individuos pacten de forma voluntaria establecer normas particulares sobre sus propios ámbitos de propiedad y se comprometan a cumplir con ellas. Los contratos expresan nuestra capacidad para ligarnos mutuamente, nos permiten hacer uso de nuestra libertad para restringir nuestras propias acciones. Por ello, se requiere que los contratos sean voluntarios y consentidos, y que vinculen sólo a las personas contratantes y a sus respectivos ámbitos de propiedad.
La libertad, por tanto, no es un principio vago o que sea útil sólo en determinadas circunstancias. No es un eslogan vacío para campañas políticas. La libertad es un sistema ético universal, igual para todos y válido siempre, definido por el principio de no agresión, la asignación de legítimos derechos de propiedad y los contratos voluntarios. Este sistema es el que los liberales consideramos como válido. Y es, por otro lado, el sistema que los antiliberales atropellan cuando proponen excepciones. A menudo con buena intención, el antiliberal propone la agresión, la violación sobre el derecho de propiedad o la prohibición de determinados contratos libres y vinculantes sólo entre las partes, como medio para conseguir fines particulares. Quienes apoyan los atropellos al sistema liberal, a veces sin darse cuenta de que lo hacen, hacen de éste un mundo más arbitrario, menos justo y más violento. Hacen de éste, en definitiva, un mundo peor.
Hay que decir que no todo es sencillo dentro del sistema liberal. La realidad es compleja y presenta dilemas y casos de frontera que se interpretan de manera distinta entre los propios liberales. Hay muchos asuntos controvertidos, fundamentalmente en torno al papel del gobierno. Esto da lugar a distintas corrientes dentro del liberalismo, como el anarcocapitalismo, el minarquismo y el liberalismo clásico. Pero una cosa es segura. Todos los liberales compartimos un mismo principio ético, un mismo credo que hay que defender. Somos quienes de verdad, sin excepciones ni excusas, amamos la libertad. El liberalismo, como decía el profesor Walter Castro, es una cuestión ética.
Estamos tan acostumbrados a un modo de vivir que, cuando nos invitan a probar otro, se nos manifiestan los miedos. El Estado y sus políticas impregnan casi todas las facetas de nuestra vida y pensar en salir de la caja estatal suele generar sarpullidos, sofocos, ansiedad y malestar general. Si además, vivimos de ello, se nos manifiesta el "qué hay de lo mío", y no cabe en nuestra cabeza que a lo mejor lo que hacemos, que es distinto de lo que somos, lo puede hacer mejor otra persona, se puede realizar en otras circunstancias o simplemente, no es necesario.
La ciencia en España no se percibe de una manera muy distinta a la Sanidad o la Educación, una gran mayoría de españoles no la conciben si no es a través de un organismo público, sin que el ánimo de lucro la "contamine", aunque no duden en pedir un sueldo "digno" para los investigadores a cargo del contribuyente. Sin embargo y analizando los hechos, esta percepción tiene una base muy real.
La ciencia en España tiene tres bases fundamentales. Por una parte, está el Centro Superior de Investigaciones Científicas, más conocido como CSIC, organismo público creado por el Gobierno franquista, el tercero por peso en Europa y que cuenta con la simpatía de muchos que ven en él una especie de MIT, pero en público y castizo. Según se puede leer en su página web, "el CSIC desempeña un papel central en la política científica y tecnológica, ya que abarca desde la investigación básica a la transferencia del conocimiento al sector productivo", lo que parece indicar que para ellos mismos su actividad no es nada productiva.
El segundo pilar donde se crea ciencia lo conformarían las universidades. Como no puede ser de otra manera en España, casi todas son públicas y desgraciadamente no parecen dedicar muchos recursos a lo que nos ocupa, siendo más frecuentes las actividades sindicalistas, con especial predilección por las huelgas, las peleas políticas por las cátedras, el servir de trampolín para la carrera política de unos pocos o de cómodo destino de políticos casi retirados. En el fondo no dejan de ser grandes burocracias públicas, donde los recursos son malgastados sin vergüenza y donde los alumnos que salen "sabidos" son verdaderos héroes que han sabido luchar contra los elementos.
El tercer pilar de la ciencia española debería ser el empresarial. Y digo "debería ser" porque la empresa española dedica poco a la ciencia. Las pymes apenas nada, que bastante tienen con sobrevivir a los impuestos de Montoro, y las grandes no se caracterizan por sus cuantiosas inversiones en Investigación+Desarrollo+innovación. No hace demasiado, el consejero delegado de Telefónica I+D, Carlos Domingo, criticó la baja inversión en innovación de las empresas españolas. Además, apostilló que los recursos públicos invertidos en este área están mal repartidos, porque hay muy pocas investigaciones que tengan retorno en la economía real.
Tiene mucha razón el directivo de Telefónica. La economía real la conforma el mercado, es decir, las necesidades de gente e instituciones, que se expresan en demandas, algunas veces muy concretas, otras veces vagas e imprecisas, y que son satisfechas por las ofertas de las empresas, de los proveedores de servicios. Es en ese intercambio donde los científicos pueden ver oportunidades para desarrollar la actividad que tanta alegría y satisfacciones les genera.
Lo que diga un político, como mucho satisface las necesidades de la "política" real, que no se corresponde con las necesidades de la gente. La ciencia pública termina sirviendo a una ideología, a un partido, a las necesidades del Estado o incluso a las necesidades del pequeño grupo que tiene el poder, de la misma manera que termina haciéndolo la Educación pública. En definitiva, Carlos Domingo tiene razón, pero con un matiz: a la larga, todo termina siendo mal repartido, porque los criterios son políticos y, si alguna vez se acierta, es casi por casualidad.
Pero como decía al principio a modo de introducción, sacar a las personas de la caja, de su caja personal, es muy complicado. Los recortes propios de la crisis han llegado a todos; primero al sector privado, que lo ha hecho sin ruido, sin pausa. Ahora, le está tocando al público, incluyendo a las empresas privadas que trabajan con presupuestos públicos, y los ajustes están poniendo en la calle a muchos y quitando recursos a otros, recursos que ya no existen. La situación es tal que el "qué hay de lo mío" inunda los medios de comunicación, ávidos de desgracias ajenas.
En un acto reivindicativo realizado por investigadores de la Universidad de Granada y del CSIC, Roque Hidalgo, profesor del Departamento de Física Aplicada y uno de los convocantes, ha asegurado que "todo lo que usamos, desde el teléfono móvil a la pintura de estas paredes o los alimentos que comemos, viene de un proyecto de investigación. Si no investigamos en España, lo harán en otros países".
Es interesante cómo se mete por medio el patriotismo cuando conviene. ¿Y cuál es el problema de que se consigan logros en otras partes? Eso no impide que, si no se crean barreras regulatorias artificiales y se "protegen" industrias nacionales poco eficientes, lleguen a la economía nacional tarde o temprano, posiblemente a precios muy competitivos. Seguro que los teléfonos móviles que han usado para convocar el acto están basados en tecnologías no desarrolladas en España y están contribuyendo a la economía española tanto como la industria del aceite de oliva. De hecho, es posible que el sueldo que está recibiendo cada uno de esos investigadores y catedráticos esté perjudicando la economía nacional, ya que si su labor no es adecuada, ni responde a las necesidades de mercado, es decir a la de la gente, a éstos se les están sustrayendo recursos, vía impuestos, que podrían ser invertidos/gastados en sectores mucho más rentables y solicitados, pero que pagan estos sueldos. A lo mejor es el momento de salir de la caja y hacer las cosas de otra manera, aprovechando la crisis, y no mirarse tanto el ombligo.
La sentencia del Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo supuso un test perfecto para comprobar el posicionamiento de muchos sectores sociales, ideológicos y políticos en España. Muchos de los que han dicho algo han valorado la sentencia, aspectos de la sentencia, la no retroactividad, la posibilidad de fraudes de ley y otras piezas jurídicas como si de principios esenciales se tratara o como si su aplicación en este caso estuviera fuera de toda duda. No cabe duda de que el principio de legalidad es digno de respetar hasta límites que están más allá de la comprensión de la mayoría. Dura lex, sed lex, reza el brocardo latino. Pero es igual o más cierto aún el hecho de que quienes han esgrimido la obligatoriedad de la sentencia del TDH aferrándose a este principio lo han hecho bien con las cartas marcadas por una intencionalidad política, bien por una inaceptable ingenuidad armonista común a variopintos divagantes de salón.
Esta sentencia se erige como un mojón importante en uno de los hilos de la negociación del PSOE de Rodríguez Zapatero con los nacionalismos antiliberales que en España padecemos con objeto de que se conviertan en un apoyo de poder para el PSOE y con la imposible esperanza de que el vínculo que les une a España no se rompa. Si lo hace, la jugada del PSOE se vuelve contra él. El hilo de la sentencia forma parte del entramado vasco en el que también figura el chivatazo a ETA, así como la sentencia del TC favorable a la presencia de Bildu en las instituciones. Cierto que esta última solo les permitió concurrir a las elecciones, mientras que fueron los electores quienes les han aupado a los cargos. Pero determinados liberticidas deberían estar fuera de estos. Los sistemas jurídicos y las leyes electorales deciden más cuestiones casi que los propios votantes. Modificarlos en beneficio de todos es una potestad de los políticos.
La parte vasca de los hilos de la negociación no es más que la mitad de esta y no la más importante. La otra mitad está en Cataluña, donde el proceso de ruptura con España presenta más avances políticos y hacia donde se mira desde Vascongadas para coordinar aquellos tiempos y modos de secesionismo que sean coordinables. La imbecilidad socialista en este proceso es notable y la pasividad de muchos españoles ante el mismo, sea por indolencia ignorante, sea por apatía ilustrada, es también notoriamente culpable del mismo mal.
¿Qué supone el nacionalismo separatista para las libertades de los españoles? Un fracaso en toda regla. España es una nación histórica y política mientras que ni Cataluña ni Vascongadas lo son. Para constituir a estas en nación hace falta un esfuerzo de coacción ciudadana en tantos ámbitos que la merma en libertades respecto de las existentes dentro de España es inevitable. Ya es un hecho que, en Cataluña y en al País Vasco, algunos derechos básicos están desaparecidos mientras que ETA sigue armada, no lo olvidemos; y con armas, siempre hay coacción.
El Partido Popular de Rajoy es el agente suavizante de este proceso de ruptura liberticida de España. Es el que apela al brocado una y otra vez. Reconoce su primera parte delante de las víctimas de ETA y repite la segunda ante todos los demás españoles. Calla ante quienes dicen que la sentencia del TDH es un fraude de ley en sí misma pues utiliza la ley para un objetivo contrario al que se pretende conseguir a la misma, lo mismo que la no aplicación de una doctrina interpretativa como la llamada "Parot" era un fraude de ley. Con su silencio Rajoy evita reconocer que sí puede hacer más por evitar las consecuencias de la sentencia y que nada quiere hacer ante el escenario de progreso del separatismo.
Y bajo este enfoque, con perfecta cabida entre los mecanismos de acción del Gobierno, Mariano Rajoy podría preparar la no aplicación de la sentencia. ¿Por qué no lo ha hecho y no lo hará? Por la misma razón por la que carece de estrategia jurídica y política para desalojar a Bildu de las instituciones políticas vascas y por la que no recurre la sentencia del "caso Faisán": está a hacerse perdonar por el nacionalismo. No plantea la misma abierta actitud negociadora con él, pero habla de la unidad de los españoles mientras cede a los nacionalistas los instrumentos que los afianzan. Pretende que de esta manera la ruptura no se alcance en esta legislatura y, luego… ya se verá.
No cabe terminar de otra manera que afirmando que quienes se han mostrado tibios o legalistas a la hora de opinar sobre la sentencia del TDH, han dicho sí al proceso secesionista en el que está incardinada. O eso o que propongan cómo frenar ese proceso.
"La raza humana se divide políticamente entre aquéllos que quieren que la gente esté controlada y los que no".
Robert Heinlein.
En 2010, el New York Times publicó un reportaje sobre la paleodieta o dieta tipo paleolítica en el que describía a los integrantes de este movimiento nutricional como "jóvenes, individualistas y liberales".
Por qué tantos paleos conectan con el liberalismo y tantos liberales y libertarios se interesan por la paleodieta en el fondo no es nada extraño. Antes al contrario, parece natural. Y lo parece si tenemos por ejemplo en cuenta que las dietas oficiales de donde nacieron las pirámides alimenticias oficiales lo hicieron de un acto de intervención política y gubernamental. Concretamente en 1977, con los Objetivos Dietéticos del Gobierno de EEUU. Tanto demócratas como republicanos hicieron su parte y los políticos de aquel país sellaron a fuego una alianza con unas industrias poco o nada "paleolíticas": las del trigo, soja y maíz, entre otras.
Todo esto tuvo como antecedentes una pugna en el campo científico. En concreto, la del estadounidense Ancel Keys -enemigo de las grasas y apasionado de los carbohidratos- contra el mundo entero. Fue el anglosajón Keys –también anglosajón fue el antiliberal Keynes- quien acalló como pudo la teoría de y contra los carbohidratos que provenía de la Escuela Austrogermana de medicina –Keynes hizo lo propio con la liberal Escuela Austriaca de Economía-. Además, ambas pugnas tuvieron lugar en la misma época: en la etapa posterior a la II Guerra Mundial. El socialismo del anglosajón Keynes y el procarbohidratos del anglosajón Keys triunfaron académicamente tras la II Guerra Mundial, a pesar de que los paleos/anticarbohidratos y los liberales sintieron que aquella victoria fue un fraude intelectual.
Los liberales desdeñan al Gobierno, y éste ama los carbohidratos. El 95% de los subsidios alimentarios del Gobierno de EEUU va a la agricultura, no a la ganadería. Una sociedad ganadera es más independiente e individualista que una agrícola: es fácil tener una pequeña granja o unos animales propios, pero no lo es tener un campo de cereales para cada habitante del campo. Por eso, el Gobierno adora la industria agrícola, porque su deseo de controlar a la población a través de los monopolios agrícolas (recordemos la alianza sellada) es más factible.
El vegetarianismo, en las antípodas del movimiento paleo, encumbra la agricultura sobre la ganadería, claro, y se alinea con frecuencia con movimientos que desean un Gobierno Grande: los antiglobalización y anticapitalistas. Los liberales, que deslegitiman al Gobierno, tienen por naturaleza un difícil encaje intelectual con el vegetarianismo oficial.
Los liberales y libertarios desprecian al Gobierno porque creen en el orden espontáneo y los mercados libres. Los paleos reconocen que el ser humano es fruto de la evolución y éste debe ir adaptándose a los distintos ambientes. Libertarios y paleos consideran que alejarse del natural y espontáneo proceso de evolución y adaptación supone una amenaza para nuestra propia civilización: el progreso socioeconómico se frena y el progreso del cuerpo humano se estanca.
Los paleo y los liberales confían en el individuo y asumen su responsabilidad personal. Ambos son curiosos, y generalmente llegan al liberalismo y a la nutrición paleo por una investigación y lecturas personales al margen de los dictados oficiales. Ni en escuelas ni en universidades –sobre todo las públicas comandadas por el Gobierno- apenas se enseña liberal-libertarismo ni nutrición paleo. Más bien, todo lo contrario. Además, los paleos y los liberales tienen su principal foco de difusión en el mismo lugar: internet. Por antonomasia un sitio muy libre y poco regulado, donde el Gobierno está –aún- muy al margen.
Los paleos se beneficiarían de una sanidad libre y desregulada: obtendrían primas mucho más ventajosas de sus seguros por estar sanos. Y los liberal-libertarios se beneficiarían de una nutrición paleo: estarían más sanos y practicarían cierta contraeconomía gubernamental (al decantarse como consumidores por alimentos menos subvencionados). Y ambos grupos ganarían adeptos del otro grupo.
Si eres paleo, te animo a interesarte por las ideas de la libertad. Y si eres liberal, lo congruente es que comas de acuerdo con tus ideas.
Si la libertad es una cosa, es la disolución de los monopolios. Acabemos con el monopolio del Gobierno paternalista y el monopolio de los carbohidratos. Porque no puede haber verdad sin libertad.
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