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Ensalada de grillos

La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, más conocida como FAO, se encuentra extremadamente preocupada por el hambre que pasan millones de personas y ha recomendado comer insectos para combatirla, ya que 100 gramos de orugas secas "poseen 53 gramos de proteínas, un 15 por ciento de grasas, alrededor de un 17 por ciento de carbohidratos y su valor energético ronda las 430 calorías", con una calidad proteica incluso superior a la proteína de la carne y el pescado, además de un montón de oligoelementos y vitaminas y sin subir el colesterol. Vamos, para chuparse los dedos.

Cuentan que los soldados americanos que eran capturados por los japoneses durante la Segunda Guerra Mundial en el frente del Pacífico no eran capaces de comer durante la primera semana el arroz con gorgojos que les daban sus captores. Después, cuando el hambre apretaba, eran capaces de apartarlos y comerse el cereal. Pasado el primer mes, ya no les importaba la accidental mezcla y se dice que los más veteranos que habían sobrevivido al maltrato nipón, no dudaban en comerse los gorgojos que los novatos despreciaban.

Como nos demuestra la FAO con datos, las orugas y la mayoría de los insectos comestibles son una estupenda fuente de alimento, como pronto descubrieron los soldados aliados. Y no ha sido el primero ni será el último animal de la lista de "asquerosos" que ha terminado saciando un estómago hambriento. Los barcos que se hacían a alta mar y estaban infectados de ratas, dejaban de estarlo cuando llevaban tiempo suficiente en altamar. "Molineras" les llamaban por su pelaje cubierto de restos de galleta.

Precisamente, el consejo de la FAO coincide con un programa de la República Popular de Laos para poner fin a los problemas nutricionales de los niños de la región. Aseguran que "las tasas de malnutrición de los niños menores de cinco años alcanzan, en la región de Asia Suroriental, el 40 por ciento, lo que se traduce en desnutrición crónica o en retraso del crecimiento", a lo que añade que la causa de desnutrición más común se debe "a la falta de proteínas y a las carencias de micronutrientes como la vitamina A, B1, hierro y yodo", por lo que se concluye, citando al experto forestal de la FAO, Paul Vantomme, que: "debido a su elevado valor nutricional, en algunas regiones se emplea la harina de orugas en la alimentación infantil para combatir la malnutrición".

En todo caso, que los insectos sean o no un manjar es una cuestión más cultural que una ventaja nutricional. Muchos países latinoamericanos, africanos y asiáticos tienen entre sus platos habituales a escarabajos, grillos, saltamontes y otros artrópodos que a la mayoría de los occidentales les produce más asco que apetito; y ello no ha evitado que algunos, la mayoría, estén en una peor situación nutricional que la de otros países con una alimentación menos exótica. En Occidente también tomamos artrópodos para comer, aquí los solemos llamar mariscos, e incluso así, productos del mar como los calamares o el pulpo, o de la huerta como los caracoles producen cierto asco a gente no muy lejana a nosotros.

Yerra la FAO cuando anima a comer insectos o, como más recientemente, ante una prevista plaga de medusas en el Mediterráneo provocada por el famoso calentamiento global, a comerse a estos venenosos animales marinos. Y digo que yerra, no porque los insectos o las medusas no puedan ser o sean una estupenda comida, sino porque esa medida no ataja las causas del hambre, sino que intenta aliviar los síntomas, hecho que, pudiendo ser necesario en el corto plazo, tiende a confundirse con la solución y se termina enquistando un problema solucionable.

De hecho, la FAO no debería hacer nada. Ni la FAO, ni la ONU, ni ningún gobierno u organismo estatal de la zona afectada o de más lejos. Sería más juicioso dejar la resolución de estas necesidades al orden espontáneo, a la empresarialidad de los que sufren esa hambre o de los que ven en ella una oportunidad de satisfacer necesidades de otros. Las razones del hambre no son por falta de alimentos, ya que en el mundo se producen suficientes alimentos para todos sus habitantes, sino coyunturales.

Hay hambre porque hay causas objetivas que evitan que los alimentos lleguen a los que los necesitan. Algunas de ellas son de carácter coactivo: algún gobierno, grupo guerrillero o mafia organizada impide por la fuerza, bien que los lugareños puedan cultivar y tener suficientes alimentos para su subsistencia, bien que los traigan/compren en otros lugares; otras veces tienen carácter administrativo: los gobiernos e instituciones estatales imponen políticas económicas y sociales que impiden su producción en cantidad suficiente para satisfacer las necesidades de los habitantes de la zona y, si es posible, la venta de los excedentes en otras zonas con carestía. El caso más reciente lo tenemos en la petrolera Venezuela, que presenta carencias en muchos bienes de primera necesidad y ya ha anunciado la cartilla de racionamiento.

La mayoría de las veces es una mezcla de ambas situaciones lo que condena al hambre a millones de personas, impidiendo no sólo la libre actividad empresarial, sino también limitando la inversión de los capitalistas, ligándola en muchos casos a los intereses del grupo que ostente en ese momento el poder, sea gobierno, guerrilla o mafia. Porque, seamos serios, qué puede evitar que, si una guerrilla ha confiscado el contenido de una explotación de aves para sus objetivos, no haga lo mismo con una de grillos, o de orugas, si ésta se ha convertido en la comida de la zona y amenaza con reducir el poder del grupo sobre la población.

Tampoco es casualidad que el régimen de Laos sea comunista, pese a que ha habido alguna apertura a cierta libertad económica en los últimos años, y que el comunista sea uno de los sistemas económicos que más apuestan por la regulación. Tampoco es casualidad que el régimen no haya construido suficientes carreteras ni caminos en todos los años que lleva gobernando el país, ni que buena parte de la región no tenga energía eléctrica, ni que, pese a ser un país agrícola, la mayoría de esta agricultura sea de subsistencia. A lo mejor el problema de la desnutrición radica en ello y no en si se van a servir más o menos ensaladas de grillos en los restaurantes laosianos.

No me llames dinero, llámame Lola

El hombre es el animal capaz de tropezar, no dos, sino dos millones de veces con la misma piedra. El laberinto del lenguaje, la mala definición de los términos (en este caso, económicos) y las medias verdades son, en gran parte, responsables de ello. La otra parte de culpa es nuestra. De las propias personas, que parece que tenemos querencia por según qué pedruscos del camino. En esta ocasión, hablo del Quantitative Easing y la inflación que no genera.

Vuelve el QE, como las oscuras golondrinas

Periódicamente, los estadounidenses alzan sus ojos y miran al máximo representante de su banco central, la Reserva Federal o FED, el señor Bernanke, para ver qué hay de lo suyo, si habrá un nuevo Quantitative Easing (QE) o no. Hace dos semanas, Bernanke desataba nuevos rumores acerca de un nuevo embiste de la FED al declarar que igual era muy pronto para retirar estímulos, no sea que se apague el Sol. Y de nuevo llueven análisis justificando la política de QE. Que no. Que no es emisión de dinero nuevo. Pero es que el dinero, los billetes… no son los únicos medios de pago.

El Estado quiere financiar el gasto que no puede asumir: emite deuda pública a largo plazo y la vende. El banco la compra en una subasta. Y, a continuación, el Estado, a través de la FED (¿en serio alguien cree que la autoridad monetaria es independiente?), compra esa deuda pública que está en el activo de los bancos, a cambio, no de dinero, sino de un depósito en el banco central. ¿Enrevesado? Pues sí, esas piruetas y otras más complejas son las que nuestros gobiernos hacen para financiarse. Hombre, lo que nos venden es que se trata de fomentar la inversión, porque las bajadas de tipos, ya ni fu ni fa. Así que, de alguna manera, los bancos ven sus tenencias de deuda pública a largo plazo disminuir y un depósito para ser utilizado en el banco central. Aunque, lo cierto es que eso permite que esos bancos respiren y sigan comprando deuda pública, que sirve para que el Estado siga gastando, y gastando mal.

Claro que, este encaje de bolillos no genera lo que conocemos estrictamente como inflación. Como decía Juan Ramón Rallo el pasado febrero: “en el fondo, igual da que sea contra billetes de nueva impresión o contra depósitos en la Fed, los dos son pasivos del banco central estadounidense que sirven como moneda de curso legal para saldar las deudas privadas nominadas en dólares”Pero generan otras distorsiones similares porque lo que ha aumentado son los medios de pago, que son como los dioses grecorromanos que contaban, cada uno, con cien mil advocaciones. ¿Y dónde están esos medios de pago extra? Adivinen… en deuda pública, disfrazados de unicornios.

El salto intertemporal: movimiento sexy

¿Hay inflación? Tal vez, aunque no escandalosa. Es decir, desde finales de 2008, cuando se inician los Quantitive Easing, los precios han subido casi una media anual del 2,2%. No es mucho, pero el día que la economía norteamericana esté en condiciones de volver a endeudarse y los bancos empiecen a hacer uso de esos depósitos de que disponen en la FED, subirán mucho más. Bueno, hoy no será. Eso dicen los defensores del QE, del gasto y de los unicornios. Pero, no solamente el aumento de los precios es inflación. También hay que considerar el exceso de liquidez, porque la inflación es la depreciación de los medios de pago, no el aumento de los precios. Lo otro es confundir el síntoma con la enfermedad. Y en nuestro sistema, crear crédito falso es crear dinero, en el momento en que ese crédito supone un mayor poder adquisitivo. Esa es la cruda realidad. Lo demás son apaños de quienes enseñan los datos para justificar su ineptitud.

Me admira que este argumento tan egoísta para con nuestros descendientes sea defendido por los mismos que te acusan de odiar la madre Tierra por proponer competencia energética, suspender subvenciones y abrir la puerta al fracking.

Es ilustrativo compararlo con lo que ha hecho Draghi en la UE. Sí, se parece más a una ‘barra libre’, pero no va a tener ese efecto ‘huevo Kinder’, que encierra una sorpresita en su interior. En la Unión Europea, el BCE ofrecía créditos a la banca comercial a unos tipos de risa. Y la banca comercial compraba deuda soberana a sus respectivos países para que el Estado pudiera seguir gastando y, también en esta ocasión, mal. Las empresas y particulares nos quedamos a dos velas, es verdad, pero no hay traslación de efectos perversos a generaciones futuras. Eso sí, tenga claro que se la están dando con queso, porque esa financiación privilegiada para gobiernos y bancos la obtienen a su costa, es menor crédito para el ciudadano.

Yo soy de las que eliminaría los bancos centrales, lo reconozco, pero entre una cosa y otra, igual me quedo con Draghi. Y más cuando le oí decir el otro día que “no hay que gastar lo que no se tiene”. Que es una frase que debería tatuarse cada ministro de Economía español, cada vez que se incumpliera el sano equilibrio presupuestario.

Otro gallo cantaría.

Carta abierta al español medio

Queréis empleo pero despreciáis al empleador.

Despreciáis al empleador pero pedís subvencionarle para mantener puestos de trabajo.

Pedís subvenciones para mantener puestos de trabajo en empresas jerarquizadas mientras suspiráis por trabajar en entornos innovadores.

Suspiráis por entornos innovadores mientras pedís al Estado que regule los mercados donde consumís.

Pedís regulaciones en los mercados mientras os quejáis de precios altos por falta de competencia.

Os quejáis por falta de competencia mientras lamentáis la competencia desleal de los chinos.

Os lamentáis de la competencia desleal mientras mantenéis que la clave de la prosperidad económica es exportar al exterior.

Alabáis la exportación exterior mientras protestáis ante la menor liberalización del mercado laboral que baje los costes de producción.

Criminalizáis la liberalización del mercado laboral mientras os escandalizáis de que la tasa de paro se sitúe en el 25%.

Os escandalizáis ante la tasa de paro mientras criticáis que se permita la apertura de centros comerciales todos los días del año.

Deploráis que se permita la apertura en festivos mientras alabáis las ventajas de internet y las nuevas tecnologías.

Alabáis las ventajas de internet y las nuevas tecnologías mientras os rasgáis las vestiduras ante el cierre de un periódico de papel.

Lamentáis el cierre de un periódico de papel mientras vuestra fuente preferida de información son titulares o tweets.

Vuestra fuente preferida de información son titulares o tweets mientras consideráis que la casta política es la responsable de todos los males.

Consideráis que la casta política es la responsable de todos los males mientras creéis que las subvenciones, plazas públicas y demás privilegios que ha concedido durante décadas eran vuestros derechos.

Creéis que los privilegios eran vuestros derechos mientras culpáis a quienes no quieren seguir financiando esos privilegios de capitalistas sin escrúpulos.

Culpáis a quienes se ofrecen a refinanciar nuestra deuda mientras exigís que se respete vuestra soberanía en el gasto público.

Exigís que se respete vuestra soberanía en el gasto público mientras pedís fuertes regulaciones a los bancos a los que prestáis vuestro dinero.

Pedís fuertes regulaciones en los depósitos bancarios mientras protestáis por los altos tipos de interés y condiciones de esos mismos bancos a la hora de conceder créditos.

Protestáis por los altos tipos de interés y condiciones de los préstamos mientras exigís la dación en pago de las viviendas bajo hipoteca.

Exigís la dación en pago de las viviendas bajo hipotecas mientras no aceptáis que un banco pueda quebrar.

No aceptáis que un banco pueda quebrar pero os asombra ver los privilegios de los que disfrutan los banqueros.

En definitiva, no sabéis qué queréis. Para vosotros el mundo es un lugar mágico donde siempre tenéis que ganar o rompéis el tablero, donde el beneficio solo es legítimo si lo conseguís vosotros o los vuestros, donde lo justo se convierte en injusto al mismo tiempo que cambian vuestras circunstancias, y donde la realidad es ignorada o cubierta por una tonelada de estiércol en cuanto os estropea vuestros numerosos prejuicios.

Con todo lo anterior podéis entender que algunos no estamos hartos ni de los políticos, ni de los banqueros, ni de la troika; estamos hartos de vosotros y de vuestra incivilizada conducta que permite a los primeros mangonearnos a todos.

Así que, por favor, la próxima vez que queráis denunciar los males del mundo, nada de manifestaciones, panfletos, charlas en el café o en la sobremesa; simplemente id al espejo más cercano y quedaos un rato mirándolo fijamente. Nos haréis un favor y lo mismo aprendéis algo.

Cuatro frentes

Separatismos, economía, corrupción y oposición interna. Estas son, quizá bien ordenadas por importancia, las cuatro cuerdas flojas en las que bailan los dirigentes, bien del PP, bien del gobierno, que en este régimen de no división de poderes, viene a ser lo mismo.

La inevitable aparatosidad de las fuerzas independentistas catalanas y vascas amenaza al gobierno y a la unidad de España. No podemos menospreciar este peligro porque sería casi estúpido no leer y tampoco escuchar lo que claramente dicen los líderes de esas fuerzas. La pretensión de los radicales vascos parece más sólida siendo menos mediática. La catalana, traspasada de corrupción, se presenta parcialmente como el negocio familiar Pujol-Mas. La actitud de Rajoy parece perseguir que el proyecto catalanista pierda fuelle y se desgaste poco a poco ante la indiferencia, más que oposición, de los españoles, también los de Cataluña. Perfil bajo de Rajoy que, por eso, cubre menos flancos y estimula la confianza separatista. Los separatistas de las Vascongadas se asientan en las instituciones rehabilitando las figuras de los terroristas que, no habiendo entregado sus armas, siguen contando con ellas para, sin mencionar la vuelta a los atentados, dejar sin refutar su posibilidad. Y Rajoy, en esto, cubriendo aún menos huecos. Para esta no estrategia cuenta con dos PPs nada incómodos para los independentistas.

En la economía se apunta a las recetas menos liberales posibles. No se trata de que Rajoy deba ser un dogmático partidario de menos Estado y más mercado porque sí, sino porque a esta fórmula se la puede denominar por sus efectos: menos pobreza, más prosperidad. Una visita al Índice de Libertad Económica muestra la correlación, la coincidencia, la evidencia empírica o lo que sea que vincula, año tras año, la prosperidad con la libertad en la política económica y en la reducción de regulaciones. Si en el contraste con los hechos advertimos que menos estas aumentan la libre entrada de empresarios al mercado, Rajoy regula más y más. Si los elevados impuestos son la salud del funcionariado y de los políticos pero no de los ciudadanos, va y los sube. Ya que la expansión sin control del crédito supone inflación, más o menos oculta tras las mediciones de los IPCs o tras las mejoras tecnológicas que la absorbe pero no la eliminan, el Presidente reclama al BCE poco menos que una monetización de su deuda. Da igual. Solo le importa que el gobierno absorba el escaso crédito circulante y carga al BCE con la culpa del estancamiento esperando que este se desboque, inunde el mercado de dinero y no podamos ver al gobierno de España succionando los préstamos que se deniegan a, por ejemplo, las pequeñas y medianas empresas. Por último, en esta línea, si la mínima racionalidad económica y, sin duda, institucional, aconsejan exigir el mismo déficit autonómico a todas las regiones incluidas las de los sedicentes "hechos diferenciales" basados en distinciones y privilegios propios del Antiguo Régimen, pues no; para qué intentar construir un estado moderno bajo el principio, también moderno, de igual trato para todos.

Con la corrupción el Partido Popular tiene un grave problema. Lo tiene porque cada vez con más fuerza se traslada la idea de que tanto o más que un partido se trata o se trató de una máquina de hacer dinero para goce particular de sus dirigentes. Es lo que hay y, ahora, que lo nieguen. Ya no vale. Por mera higiene, en principio, pero por sentar las bases de una forma honesta, es decir, moderna y eficiente, de afrontar la organización del Estado, la corrupción debe dar un vuelco importante. Seguro que nunca se podrá erradicar por razones que hoy no vienen al caso, pero sí debe quedar claro que, a la vista de los logros en otros países (ver los datos que ofrece Transparencia Internacional al respecto) se puede hacer mucho más; y ese más redundará en seguridad jurídica y estabilidad institucional. No hay, por el contrario, duda de que quienes viven de la niebla harán lo posible para que nunca escampe.

Y por último, la oposición aznarista. A muchos, liberales y/o partidarios simples de la unidad de España, les resulta grata la presencia pública de Aznar sustituyendo y desbordando en impacto, aunque no en calidad, a Esperanza Aguirre. Creo que esa ilusión levantada es un espejismo, no porque la estrategia de "caña flexible" de Rajoy esté resultando muy eficaz contra los enemigos internos, sino porque el aznarismo, la vieja guardia, carece prácticamente de posibilidades de ser ni mayoritariamente minoritaria. Los viejos éxitos no valen si aparecen mezclados con Bárcenas y otras fealdades. No obstante, aunque la estrategia de Rajoy ante su exjefe presente pocos riesgos, es eficaz y se intuye tras ella el plumero de la nomenklatura política. Que personajes como Durán i Lleida le defiendan frente Aznar revela el terror que le produce a esa casta la remota posibilidad de que el Estado del cual viven, y muy bien, mengüe con una reforma radical y liberal.

Rajoy juega a no aparecer como responsable de los fracasos posibles de sus alineamientos políticos pero sí, claro, si hay éxitos. Para ello deja hacer, acepta lo que le dicen pero no tanto, amenaza con Aznar y carga las tintas pidiendo más Europa, es decir, más respiración asistida.

La importancia de la planificación

El hombre se distingue de los animales porque, entre otras muchas cosas, planifica. Prevé sus diversas necesidades y actúa en consecuencia ajustándose a un plan más o menos detallado de antemano. Dadas las limitaciones de predicción de los seres humanos, no pocas veces se han de cambiar los planes y ajustarse a la nueva realidad circundante. Otras, se ha de empezar casi de cero. El hombre planifica constantemente en su ámbito de actuación.

Cuanto mejor planifica una persona menos probable es que se vea inerme ante imprevistos o situaciones adversas. Esto no significa que no haya bastantes aspectos de la vida que sean imposibles de controlar pues vivimos en un mundo esencialmente impredecible. Pero el anticiparse a los acontecimientos racionalmente según la experiencia pasada y conforme al diseño futuro de cada uno permite una mejor adaptación al entorno social.

Es cierto que existen personas que, por los motivos que sean, no planifican su vida. En estos casos suele suceder que se la planifican los demás y sus circunstancias externas. El que no sabe a dónde va suele acabar donde no quiere estar. Vivir sin una planificación básica de la vida es como ir en un barco a la deriva. A la mayoría de los humanos ese escenario le repele.

Si vamos un escalón más arriba, hallamos los planes de negocio, las estrategias de inversión y las planificaciones empresariales que son incesantes y cambiantes por la misma naturaleza dinámica del mercado. Son cruciales para la sociedad porque el efecto combinado de voluntades llega mucho más lejos que el de una sola persona. Por lo demás, no es lo mismo equiparar la empresa privada con la pública. Ambas trazan sus propios planes pero nacen y se mueven por motivaciones diferentes. La privada se crea mediante la aportación voluntaria de recursos de sus socios y se autorregula porque opera en competencia e internaliza las pérdidas. La pública, en cambio, parte de premisas contrarias: se apropia de recursos ajenos y externaliza las pérdidas, por lo que le es casi imposible corregirlas.

Los planes de sendos ámbitos mencionados –el estrictamente individual o el empresarial- deben ser respetados. Al fin y al cabo el liberalismo, como nos recuerda Álvaro Lodares en su libro Desde la Libertad, es el respeto irrestricto por los proyectos de vida de otros.

No obstante, el subir a un nivel todavía más complejo -esto es, el organizar y planificar sectores enteros de la sociedad- es problemático debido al hecho de que el conocimiento práctico para el hombre está muy disperso y no es aprehensible por unas pocas cabezas, por preclaras que éstas sean. Hablamos de órdenes diferentes. Si el ámbito personal puede planificarse con ciertas probabilidades de éxito, el orden extenso es imposible hacerlo correctamente por la ingente cantidad de variables que entran en juego. La planificación estatal, además de interferir irrespetuosamente en los proyectos de vida de personas y empresas, está abocada al fracaso por falta de incentivos e información suficiente.

Los numerosos descendientes de la rama excesivamente racionalista de la Ilustración (a saber, cartesianos, benthamianos, saintsimonianos, positivistas, marxistas, socialistas, socialdemócratas o tecnócratas) no creen en esas limitaciones al propugnar designios sociales impuestos a todos desde una élite política y/o burocrática. Juzgan que el conocimiento disperso puede constreñirse a un diseño centralmente planificado por unos pocos dirigentes para el bien de todos. Juegan con las piezas sociales a modo de ajedrez.

Por el contrario, los liberales tienen otra idea completamente distinta de lo que debe ser gobernar. Conscientes de que la razón humana es limitada, sin embargo, cuando se la deja actuar conforme a su planificación individual y en cooperación pacífica e interacción diversa con los planes y los propósitos de vida de otras personas, se alcanza un inimaginable pero eficiente orden social. Lo esencial en ese proceso es su carácter voluntario y su posibilidad combinatoria casi infinita, a diferencia de los proyectos coercitivos. De ahí que en sus Armonías económicas Bastiat dijera que los planes privados difieren todos entre sí pero los arrogantes planificadores (estatales) son todos iguales.

Se podría criticar esta postura liberal, argumentando que si se es refractario a planificaciones de la sociedad, entonces es que no se sabe bien a dónde quiere uno dirigirla. Iría a la deriva y se estaría renunciando, por tanto, a objetivos deseables que para muchos son irrenunciables. En cierta manera, esta crítica contra el liberalismo es correcta.

Bonita paradoja: lo que predicaba al inicio de este comentario para la planificación privada del individuo o de las organizaciones empresariales, no aplica para el orden superior (la sociedad) del que forman parte y son sujetos actuantes.

Es sabido que trazar objetivos comunes funciona a la perfección en sociedades sencillas, es decir, pequeñas y tribales regidas por la escasez y pocos bienes económicos, pero en sociedades complejas es contraproducente. Si se fuerza en exceso lo segundo -como se viene haciendo en grados diversos- las consecuencias indeseadas empiezan a multiplicarse que impulsan, a su vez, a más intervenciones sobre el cuerpo social en una carrera sin fin. Para el liberalismo, en cambio, el objetivo público deseable sería no orientar la actividad privada hacia ningún fin concreto sino crear el marco apropiado en el que se respeten unas instituciones sociales asentadas, unas normas generales y el cumplimiento de los contratos privados. Eso sí, el resultado puede ser cualquiera; motivo por el cual a los racionalistas sociales repele profundamente la evolución libre de un pueblo y sus instituciones.

Sin embargo, la planificación pública centralmente diseñada y su insoslayable despilfarro y arbitrariedad es ingeniería social que acaba por impedir la libre acción del hombre, la coordinación de los mercados y la correcta asignación de recursos. Mises escribió en 1922 probablemente el libro más importante jamás escrito referente a la imposibilidad del cálculo económico de las sociedades centralmente planificadas y ajenas al mercado. En una época en que el socialismo disfrutaba de un inmenso (e inmerecido) prestigio, Mises previó con claridad la caída de los regímenes que en él se inspiraban. Socialismo, cálculo económico y función empresarial, obra escrita en 1992 por el profesor Huerta de Soto, supuso un complemento necesario al análisis de Mises para demostrar cabalmente que allá donde se despliega un sistema socialista y planificador va ahogando ineludiblemente la necesaria función empresarial de las personas y, por ende, dificultando el curso libre de la sociedad.

Todavía muchos no se han dado por aludidos. En nuestras modernas sociedades persisten todavía áreas completas donde priman las planificaciones infestadas de decisiones políticas e insostenibles financieramente. La gestión de las pensiones públicas, la educación pública de los infantes y su adoctrinamiento, la gestión sanitaria, el mercado monetario, la regulación bancaria, la determinación del tipo de interés oficial, la regulación del suelo o cualquiera de las políticas públicas sectoriales no son más que algunos ejemplos.

Como dejó escrito Hayek en su Camino de servidumbre, cuanto más planifica el Estado, más complicada se le hace al individuo su propia planificación. A resultas de ello, muchos proyectos vitales y/o empresariales dejan de producirse. Se consigue, así, una sociedad civil indolente. Demasiada gente acaba renunciando a su propia responsabilidad y a buscar libremente sus fines. Es anhelo del liberalismo que esas abdicaciones dejen de producirse en la medida de lo posible.

La protección de la clase media

El pasado domingo en La Gaceta se publicó una entrevista en la que me preguntaron por los errores de Rajoy. Uno de los que expuse era no defender a la clase media, que estaba desprotegida. Al leerlo me he dado cuenta de que esa idea puede inducir a error.

Estamos en un país, y tal vez, por desgracia, en una sociedad occidental del siglo XXI, en el que proteger significa invadir. Y hacerlo, además, con el dinero de otros.

La protección a la infancia no consiste en evitar que sea dañada sino la inversión, con dinero de todos los ciudadanos, en medidas arbitrarias, populistas muchas veces, que no protegen verdaderamente a la infancia, pero sí muestra la presencia del Estado en ella.

Como ese ejemplo tenemos millones.

De esta forma, nada sutil por otro lado, el Estado se manifiesta en nuestras vidas desde antes de nacer hasta nuestra muerte. Un buen amigo que acaba de perder a su padre se quejaba amargamente de la cantidad de papeleos y dificultades que encuentra la doliente familia que vive la muerte de un ser querido.

Desde el terreno individual, personal, hasta las actividades colectivas, y pasando por lo que sucede en nuestra nación como tal, el Estado, sin importar quién sea el partido que lo maneja, tiene su sello marcado a fuego en nuestra piel, y cobra por ello.

Desde que John Stuart Mill hablara de la protección a la industria naciente, nos hemos tragado la idea de que proteger es dar dinero de otros, sea directamente en forma de transferencias, sea mediante exenciones fiscales. No solamente existe el problema de que es difícil quitar esas prebendas a las empresas una vez que dejan de ser "nacientes", que es el ataque habitual y más evidente. Es que la protección, a la industria, a la infancia, a la mujer, al hombre, debería consistir en evitar males, no en otorgar favores. No debería tratarse de privilegiar, todos sabemos que una concesión es un factor que desencadena los peores incentivos en los individuos y desata el riesgo moral. Es un caldo de cultivo para el fraude y la corrupción.

Las mujeres sabemos muy bien cómo funciona ese sistema de protección estatal y hasta qué punto las buenas intenciones acaban en la dependencia del dinero público. Cuántas veces no habremos pensado muchas mujeres: "Si quieres protegerme, simplemente ¡no me pongas piedras en el camino!, ¡déjame vivir a mi aire!". Porque las "ayudas" acaban atando las manos de los ayudados y sometiéndoles. 

Por exactamente las mismas razones, creo que la protección de la clase media no implica sueldos vitalicios, salarios mínimos, subvenciones a la adquisición de viviendas o cheques bebé, pero sí, por ejemplo, no poner el enorme peñasco del rescate bancario sobre los hombros de los ciudadanos. La pretendida salvación nacional identificada con la salvación del sistema bancario se está haciendo a golpe de impuesto. Y aún queda alguna subida más. Es cierto que en nuestras economías occidentales que, desde la Revolución Industrial, han logrado que los menos favorecidos alcancen un bienestar inimaginable, el sistema bancario es una pieza clave para el funcionamiento de las mismas. Si observamos desde cierta perspectiva y sin atenernos a los últimos diez años nada más, el sistema bancario es fundamental para entender el sistema capitalista, tanto el puro como el llamado crony capitalism. Lo ideal es que la banca funcione también siguiendo los principios de la libre competencia, en resumen: el que la hace, la paga. Lo otro, lo que tenemos, es ese capitalismo de colegas en el que "tú rascas mi espalda y yo rasco la tuya".

Y, en el caso de la clase media española, primero Zapatero y después Rajoy (por no extenderme en la historia de la democracia), han jugado al rasca y gana con la banca a expensas de la clase media, esa que ahora paga con sangre, sudor y lágrimas los desmanes de políticos metidos a banqueros.

Proteger a la clase media pasaba por evitar esa subida de impuestos recortando gastos políticos, tan difíciles de determinar, y por ello, tan fáciles de engordar. Pasaba por facilitar el ajuste de empresas para evitar que las pequeñas y medianas empresas se vieran forzadas a cerrar para siempre. Por facilitar la rotación laboral para que los empleados despedidos tuvieran la posibilidad de encontrar un nuevo empleo, no necesariamente en la mismas condiciones, es cierto, pero siempre mejor que el agujero del paro.

En una cena con Anthony De Jasay a la que tuve el privilegio de ser invitada, le pregunté, dado que él desconfía de las constituciones como garantes de la libertad (y pone ejemplos muy claros de las razones), cuál es la institución a la que se pueden acoger los ciudadanos para protegerse de los abusos del poder. No supo responderme. Después de pensarlo creo que el fallo es mío, el planteamiento es incorrecto. Protegerse es librarse de un peligro. Para protegernos del Estado no podemos recurrir a ninguna institución que emane del Estado. Hay que organizarse out of the box.

Emprendimiento del siglo XXI

Emprendedor y emprendimiento son los nuevos términos aceptados y asimilados por el lenguaje políticamente correcto. Curiosamente, el uso de estas palabras no viene necesariamente seguido de “social” para que sea visto con buenos ojos por el pensamiento único. Con la crisis, el emprendedor se ha convertido en un prototipo casi antagónico del empresario común, que continúa siendo sospechoso de ser un agente egoísta, tramposo, explotador y, en definitiva, falto de conciencia social.

Este aparente consenso en torno a las bondades del “emprendimiento” no deja de ser tan falso como tramposo, cuando quienes apelan a las bondades del emprendedor son en realidad los que más obstáculos y dificultades ponen en su camino.

La mitología izquierdista ha creado un nuevo ídolo a partir del ideal randiano, pero muy apartado de sus virtudes y arrojo individualista. El perfil es tan variado como aquel, pero sus objetivos se amoldan perfectamente a los fetiches habituales. El emprendedor nace de la nada. Es universitario con una idea moderna, solidaria, urbanita o ruralizante. Es un currito de los de toda la vida, joven o mujer, ejecutivo cansado del horror financiero, un parado de multinacional reconvertido. Es un visionario con un negocio que vuelve a la esencia, a lo castizo, o lo de antes. Aplicaciones de móvil, comercio “justo”, bicicletas, energías renovables, comida orgánica… Los medios de comunicación nos bombardean con ejemplos curiosos, lucidos y exitosos, retro o vanguardistas.

La conclusión es bien sencilla. Con este emprendimiento hipster vamos a salir de la crisis. Nada de grandes inversiones y multinacionales. Nada de juego, macrocomplejos y cosas por el estilo. El pensamiento único lo tiene claro: investigación pública, emprendimiento de guardería y proteccionismo industrial. La cuadratura del círculo. Una baza electoral que PSOE y PP están dispuestos a exprimir hasta sus últimas consecuencias. Visto que el maltrato a pequeños empresarios y autónomos ha dado margen, y parece no movilizar lo suficiente, qué mejor que dictar una Ley de Emprendedores que llene titulares, motive reportajes de Informe Semanal y corrompa el término hasta despojarlo por completo de su esencia estrictamente libertaria. “Emprendedores” a la caza de ayudas, rezando porque el Estado les apoye.

La estrategia es clara: ocultar la única fórmula válida, la única vía con visos de traer resultados positivos para emprendedores, empresarios, currantes y españolitos todos. Menos impuestos y más libertad. Menos Estado y más mercado. Pero de eso nadie habla. Al emprendedor hay que mimarlo, subvencionándolo, protegiéndolo, aupándolo. Nada de simplemente dejarlo en paz.

¿Por qué no prueban a bajarnos los impuestos? A dejar que nos descolguemos del gran fraude que es la seguridad social. ¿Por qué no nos dejan emprender y trabajar sin trabas, sin burocracia, sin cotizaciones, salario mínimo, sin pasar por ventanilla para empezar, permanecer o abandonar?

Esa sería la auténtica novedad. El discurso político que deberían expresar los emprendedores, ahora adulados y reconocidos casi por cualquier cosa. Pero el pensamiento socialdemócrata tiene un don insuperable: tomar como propio aquello que lleva décadas cercenando, casi destruyendo, convirtiéndolo en bandera y alternativa al libre mercado.

Cuando a los socialistas (de todos los partidos) les da por rectificar, aviso a navegantes: van a por vosotros, emprendedores. Así ha sucedido antes, y volverá a suceder de nuevo.

@JCHerran

La ventaja comparativa del liberalismo

 La idea de la libertad es tan atractiva que los socialistas de todos los partidos la usan como reclamo para conseguir el voto de la gente y legislar contra ella. Paradojas de la política, los hombres nacen libres pero se entregan al Estado para que los esclavice por su propio bien.

Los españoles hemos encadenado dos gobiernos socialistas de distintos partidos que han competido en subirnos los impuestos y mantener el Bienestar del Estado. Las recetas que no funcionaron al inicio de la crisis tampoco están funcionando ahora, aunque se maquillen con el apelativo de "liberales". La desesperanza abruma a una sociedad que se esfuerza por seguir trabajando mientras el Ministerio de Hacienda le saquea con tal de mantener la burbuja del sector público y socializar las pérdidas de empresas ruinosas que no dejan quebrar.

El liberalismo no es rescatar bancos con el dinero de los contribuyentes; el liberalismo no es subir los impuestos para mantener el gasto estatal; el liberalismo no es devaluar la moneda para empobrecer a la gente; el liberalismo no es crear trabajos artificiales; el liberalismo no es dejar de pagar las deudas; el liberalismo no es planificar la economía; el liberalismo no es legislar para crear incentivos; el liberalismo no es gastar el dinero de los contribuyentes…

No, el liberalismo es todo lo contrario: bajar impuestos; reducir el gasto; pagar las deudas; devolver la iniciativa económica a la sociedad; desregular para simplificar las leyes que deben ser comprensibles; ahorrar para acumular capital que después se podrá invertir; y permitir que los malos empresarios fracasen y el capital se desplace hacia los sectores productivos. La complejidad de la acción humana impide que nuestra economía pueda diseñarse en un despacho por lo que todos los socialistas repetirán viejos errores y fracasarán.

Pese a todo, deberíamos ser optimistas. Frente a todos aquellos que recorren una y otra vez el camino de servidumbre del socialismo, el liberalismo reluce en lo alto de la colina. Existe una alternativa real y bien desarrollada por economistas a los que los políticos no hacen caso porque piden menos poder para el Estado y más libertad. Y cada vez son más, los de siempre y toda una nueva generación de jóvenes bien formados que recogen y mejoran los principios que sus maestros les descubrieron.

Venezuela post Hugo Chávez: misma precariedad, idéntico liberticidio

El fallecimiento de Hugo Chávez estuvo rodeado de un halo de secretismo interesado por parte del régimen. Lo mismo que sus frecuentes visitas a La Habana cuando se trató del cáncer. Una vez se consumó su muerte, además de las intrigas palaciegas dentro del PSUV, se convocaron elecciones, ganadas por el oficialismo.

Como resultado, Nicolás Maduro es la nueva figura del gobierno. Aún es pronto para determinar en qué sigue la senda del chavismo y en qué se aparta de la misma. No obstante, algunas y peligrosas constantes del pasado inmediato mantienen su protagonismo.

La primera de ellas, las continuas descalificaciones a la oposición, particularmente a la figura de Capriles Radonsky, al que acusa permanentemente de sabotear al gobierno, por ejemplo tras su reunión con el Presidente colombiano Juan Manuel Santos. La segunda, y en íntima relación con la anterior, afirmar que en Venezuela está creciendo la extrema derecha pero "él evitará que aparezca un nuevo Pinochet". Por tanto, Maduro no se ha apartado de la ortodoxia argumental de su predecesor, de quien ha heredado su carácter mesiánico.

Así, en los últimos días hemos asistido a denuncias de golpe de Estado y posibles intervenciones de sicarios para desestabilizar el sistema político. Frente a ello, la respuesta ha consistido en culpar a Estados Unidos de todos los problemas. Sin rubor, Maduro declaró a Le Monde que "Obama sonríe pero bombardea".

A nivel exterior, el nuevo caudillo tampoco se aparta de la senda marcada por Hugo Chávez. Se mantienen intactas las relaciones con Nicaragua, Cuba, Bolivia y Ecuador. De hecho, la primera visita oficial la ha efectuado a Bolivia, reuniéndose con Evo Morales. Este afrontará en breve elecciones, en un contexto de creciente desaprobación a su gestión política. Está por ver si la oposición es capaz de organizarse para plantear un programa y un candidato alternativo, algo que en los años previos no ha logrado.

En Cochabamba, hemos asistido a una diatriba incendiaria por parte de ambos. Términos como imperialismo (asociado principalmente a Estados Unidos), coparon los discursos. En cuanto a las líneas de cooperación que seguirán, apuesta clara por el intervencionismo en sectores como el de la alimentación, de tal modo que será el Estado quien controle la producción y exportación de los alimentos. Para ello se creará una empresa, cuyo nombre es tan rimbombante como ambiguo: "grannacional".

Lo paradójico del caso es que, mientras Morales y Maduro hablan de crear las bases para una nueva América Latina, los socios de su proyecto socialista no aumentan. Es más, naciones que hasta la fecha se han mantenido "neutrales", principalmente para evitar enfrentamientos con Caracas, apuestan por mirar comercialmente hacia el Pacífico y en concreto, hacia China. La Alianza del Pacífico se ha convertido en un rival claro para el ALBA.

Más allá de América Latina, Irán se atisba como su principal socio internacional. Desde el régimen de los Ayatolás se ha bendecido la nueva situación política venezolana. Al respecto, el intercambio de visitas ya ha empezado: si semanas atrás Ahmadineyad acudió a la investidura de Nicolás Maduro, ahora ha sido David Velásquez (Vicecanciller venezolano) quien se ha reunido en Teherán con el Ministro de Exteriores iraní Alí Akbar Saheli.

Desde otro prisma, Siria mantendrá en Venezuela su portavoz en la región. A comienzos de mayo, Maduro lanzó sus primeros ataques verbales contra Israel, lo que es muy del gusto de Al-Assad. En la Conferencia sobre Siria (29 de mayo), auspiciada por Irán, Venezuela será uno de los asistentes, aunque el protagonismo recaerá sobre Rusia (que se ha atrevido a denunciar doble moralidad de los países occidentales) y China (cuya política exterior no diferencia pragmatismo de relativismo).

En conclusión, los patrones de funcionamiento del Chavismo siguen vigentes en Venezuela, con un régimen que prefiere hablar de imaginarios enemigos externos, antes que solucionar los problemas de su población. A pesar de las campañas de maquillaje, muchas de ellas en Occidente, el descrédito del socialismo del siglo XXI sigue su curso.

Cat Wars in NZ

Después de haberme "consagrado" como el comentarista más seguido del Juan de Mariana por mi anterior artículo (nota a la Dirección del IJM: ¿Para cuándo un sobre con algo de dinero proveniente de los cuantiosos fondos que las multinacionales del petróleo entregan al instituto a cambio de su servicio en defensa de oscuros intereses…?), salto de nuevo a la palestra.

Pero, antes de ponerme a ello, quería comentar dos puntos sobre mi efímero y relativo "estrellato" mediático que, por un momento, me hizo pensar que incluso podría acabar, cual Falete, tirándome desde un trampolín en Antena 3.

En primer lugar, mi desagrado por el uso que se ha hecho de mi artículo desde blogs de signo progre para atacar al PP… Realmente, se me ocurren argumentos mucho mejores y contundentes para ello…

En segundo lugar, mi reconocimiento a la capacidad de difusión y agitprop de dichos blogs, pues sin ellos, mi artículo hubiese quedado circunscrito a las típicas dos docenas de ME GUSTA y, más o menos, veinte tweets de media que suele tener el resto de mis comentarios, gracias a los amiguetes a quienes digo que, "porfa", me marquen la tecla en el FB y a los cuatro gatos liberales que me leen y disfrutan dándole vueltas a enfoques diferentes, provocativos y políticamente incorrectos.

Dicho esto, y aprovechando la mención felina, vamos con el tema de mi artículo, la Guerra del Gato en Nueva Zelanda, literalmente en las Antípodas de mi anterior colaboración.

Pongámonos en antecedentes.

En Nueva Zelanda, desde filas ecologistas se está planteando acabar con la presencia de gatos en las islas, considerada un peligro para la exclusiva fauna endémica. Liderados por Gareth Morgan, un economista convertido al ecologismo , desde su blog Cats to Go, los defensores de Piolín vs Silvestre sueñan con una Nueva Zelanda "cat free" en la cual el kiwi, el kakapo (ave que incluso es denigrada en un medio como La Sexta) y demás avifauna campen a sus anchas sin el peligro que representa la presencia gatuna, acusada de ser la responsable de extinguir especies como el chochín de la Isla de Stephen y de poner en peligro la biodiversidad local…

Así, se han lanzado campañas de concienciación sobre la amenaza felina dirigidas a los dueños de gatos, proponiendo su confinamiento domiciliario y castración (… de los gatos, no de los dueños). Y, ¿cómo no?, se ha invocado el apoyo del gobierno para unas medidas que van desde cuantiosas multas para los propietarios de gatos cuyas mascotas sean sorprendidas pululando fuera de su domicilio , hasta una "solución final" para acabar con los gatos ferales, valorada en 20 millones de dólares…

El problema es que muchos neozelandeses aman a sus mascotas, con sociedades de protección animal al frente… La Guerra del Gato está servida, polarizando a la opinión pública.

Sin duda, un tema complejo, que plantea dos cuestiones (… y vaya por delante mi simpatía hacia las aves).

Primera cuestión: ¿Tienen los animales nativos algún tipo de derecho exclusivo sobre las tierras neozelandesas, un derecho innato basado en "nosotros estábamos primero, evolucionamos de forma autónoma y no tenemos por qué competir con recién llegados"? ¿Vale más objetivamente la vida de un kiwi que la de un gato? No, no hay nada de ello. Es una cuestión de nuestros gustos y preferencias. Entre el partido pro kiwi y los "cat fans" solo se dilucida eso.

Unos argumentan el desastre ecológico que acarrearía la reducción de la biodiversidad, otros dicen que, sin gatos, nos comerían las ratas. Pero solo son manifestaciones de, repito, los variados deseos e intereses de nuestra especie, de cada individuo…

Segunda cuestión: ¿Tiene una de las partes, en este caso, el partido pro kiwi, derecho a que el gobierno, con el dinero de todos, amantes de los gatos incluidos, lance el programa de erradicación gatuna definitivo? ¿Tiene derecho a crear una legislación que vulnere, mediante multas y coacciones, los derechos de propiedad, de uso y disfrute felino de una parte de la población?

Sinceramente creo que no. "Die Kittenfrage" debería ser resuelta mediante los métodos propios del libre mercado, es decir, estoy absolutamente a favor de las campañas de concienciación, con fondos privados; de la creación de reservas privadas, etc.

Sin duda, más difícil, complejo y con resultados menos garantizados que cuando se cuenta con el favor del aparato de coacción estatal…, pero es que los derechos de las personas, dueños de gatos incluidos, están antes que los de los kiwis.

PD: Espero que este artículo no acabe difundiéndose bajo el título "Un think tank cercano a Esperanza Aguirre (?) defiende que los gatos extingan a los pájaros en Nueva Zelanda", pero quién sabe…