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La próxima gran burbuja ya está aquí

La solución a cualquier crisis económica es imprimir dinero y enchufarlo a presión en la economía. Esta barbaridad es la varita mágica de quienes mandan hoy en día. Desde que se pinchó la gran burbuja en 2008, los principales bancos centrales del mundo están llevando a cabo un auténtico tsunami monetario. La Reserva Federal de Estados Unidos, por ejemplo, ha inundado la economía multiplicando por cuatro la base monetaria en cinco años, al tiempo que mantiene los tipos de interés prácticamente al 0%. Idéntica estrategia se ha seguido en Europa y Reino Unido. En Japón se lleva aplicando desde 1996, habiendo logrado sumir una economía productiva en una depresión enquistada y eterna.

Quienes defienden que ésta es la manera de generar riqueza están consiguiendo congelar la actividad económica, bloquear la necesaria reestructuración productiva y perpetuar el desempleo. Por supuesto, dicen que el problema es que hay que imprimir más. Jamás se imprime suficiente. Paul Krugman escribía en The New York Times que necesitamos una mayor inflación. Su argumento es que hay que imprimir más puesto que la inflación en los bienes de consumo, tal y como la mide el gobierno, está bajo control. Como todo buen keynesiano, su obsesión por los productos de consumo hace que se olvide de que el consumo es sólo la punta del iceberg de toda la estructura productiva. Y normalmente los grandes desequilibrios no se desarrollan en la superficie, sino que se gestan de forma silenciosa en las profundidades. Las burbujas son muy fáciles de identificar, siempre y cuando hayan estallado ya. Mientras se originan sólo hablan de ellas personas incómodas.

En Estados Unidos desde hace algún tiempo se habla de que la próxima gran burbuja puede estar ya aquí. Bill Gross es uno de los que alertaban de que la Fed está inflando una gran burbuja en el mercado de bonos. Bill Gross no es un tipo cualquiera que pasaba por ahí, sino el cofundador y director general de PIMCO, el mayor fondo de inversión en renta fija del mundo. El caso es que a día de hoy la economía de Estados Unidos sigue deprimida, con escaso crecimiento real y un alto desempleo para los estándares americanos. Pero pese a eso, el primer trimestre de 2013 se ha batido el récord global de emisión de bonos basura (high-yield bonds). Al mismo tiempo, esta semana el precio de los bonos basura ha alcanzado máximos históricos, es decir, la rentabilidad exigida cotiza en mínimos. Esto quiere decir que empresas de una muy mala calidad crediticia están emitiendo bonos como locos a unos tipos de interés de risa. Esto debería sonarnos de algo.

Cuando los inversores se lanzan a comprar activos de baja calidad, normalmente quiere decir que los mercados de mejor calidad ya están saturados. No sólo el mercado de bonos basura está en máximos. El gobierno americano está colocando deuda pública a los menores tipos de interés de su historia reciente. El Tesoro se financia a 10 años al 1.8% al tiempo que el tamaño de su deuda alcanza cotas de locura, habiendo superado recientemente el 100% del PIB. Una situación similar viven otros mercados, como el de deuda hipotecaria o bonos corporativos. La bolsa americana, de igual manera, está en máximos históricos, ampliamente por encima del pico de la burbuja de 2007.

Daniel Lacalle publicaba esta semana en El Confidencial un muy buen artículo titulado La Gran Burbuja en el que explica cómo los tipos bajos crean una carrera ciega a "buscar rentabilidad", generando una "fiebre del bono" que se extiende por todo el mundo: "La rentabilidad del bono griego a diez años ha caído a niveles pre-crisis, Portugal vuelve a lanzar deuda, Ruanda emite a 6,8%, los bonos basura cotizan a tipos históricamente bajos, empresas en riesgo de quiebra colocan deuda a 3%, la banca española acumula el 50% de los bonos portugueses, etc". La conclusión de Daniel Lacalle es clara: "La cuestión no es ‘cómo termina’, que ya lo hemos visto en 2001 y 2007, sino ‘cuándo’. Es como los dibujos animados del Correcaminos. El Coyote sube por el precipicio hasta que sobrepasa el borde, sigue corriendo y se encuentra que debajo de sus pies no hay nada".

Fijar los tipos de interés artificialmente bajos es una manipulación monetaria de los bancos centrales que engaña a los agentes económicos e induce errores sistemáticos de inversión. Endeudarse se vuelve mucho más barato de lo que el ahorro real permite. Esto hace que, temporalmente, a los agentes les resulte aparentemente rentable meterse en proyectos con una rentabilidad real muy baja o posponer la reestructuración de las malas inversiones acometidas antes de la crisis. Cuando los tipos reales están a cero y, como sucede en Estados Unidos, aún hay empresas e inversores con cierta capacidad de apalancarse, hasta proyectos ruinosos parecen rentables. Además, los intermediarios financieros pueden financiarse sin límite y casi gratis a corto plazo para invertir a largo en activos basura que mientras dura la fiesta parecen sanos. Pero cuando se para la música y los tipos de interés vuelven a subir, queda patente que esas eran inversiones erróneas, que habíamos estado destruyendo riqueza en lugar de crearla y empieza una nueva crisis. Como decía Brad Hintz, analista de AllianceBernstein, "cuando los tipos de interés suban vamos a ver a un montón de gordos tratando de salir por una puerta realmente pequeña". Con tipos bajos y un torrente artificial de liquidez que busca una salida se está cebando la bomba financiera que estallará el día de mañana. Y después se volverá a culpar de todo al libre mercado.

Hay otro motivo para la inquietud: Paul Krugman no ha dudado en negar que haya una burbuja en el mercado de bonos, en otro de esos artículos que tendremos que guardar para volver a leerlo en unos años. Lo curioso es su razonamiento. "¿Por qué se habla tanto de una burbuja de bonos? En parte refleja la observación correcta de que los tipos de interés están muy bajos según las referencias históricas. Lo que deben tener presente, sin embargo, es que la economía también está en una situación especialmente mala desde una perspectiva histórica (peor que nunca en tres generaciones). No pueden aplicarse las reglas habituales sobre lo que constituye un nivel razonable para los tipos de interés". Pero si la economía está tan mal y la calidad crediticia de los agentes está bajo mínimos, ¿cómo es posible que hasta los bonos basura coticen como si no tuvieran riesgo si no es una burbuja en toda regla? Es él mismo quien admite que la creciente demanda de bonos no se debe a los fundamentales sino a la política de la Fed.

¿Quiere esto decir que estamos a punto de vivir otra debacle como la de 2008? No necesariamente. En la práctica las burbujas suelen durar más de lo que se espera. Muchos inversores han perdido su trabajo por salirse demasiado pronto tras haberlas detectado correctamente. Es muy difícil predecir cuándo se pinchan y qué se llevarán por delante. Si la política expansiva de los bancos centrales se lleva hasta el extremo, como en la década pasada, el desastre está asegurado. Pero, al menos en Estados Unidos, parece que la Fed se está dando cuenta de lo que está creando y, como publicaba The Wall Street Journal esta semana, podría estar empezando a dar marcha atrás. Después de todo, puede que los molestos agoreros que advierten de las burbujas no lo hagan, como concluía Krugman, "por antipatía hacia los catedráticos de Princeton barbudos", en referencia a Bernanke y a él mismo. Tal vez no busquen más que la corrección de las peligrosas distorsiones que generan los bancos centrales en la economía. Ya se sabe que, si las cosas se ponen feas, la factura de la fiesta la terminará pagando usted.

Deuda, interés y descuento

Algunos teóricos de la liquidez insisten en que el tipo de descuento (de las letras comerciales) y el tipo de interés (de los bonos) son fenómenos muy diferentes: que la propensión al consumo es lo que determina el tipo de descuento, y que la propensión al ahorro es lo que determina el tipo de interés. En realidad, aunque letras y bonos tienen funciones y mercados diferentes, el tipo de descuento es un caso particular de tipo de interés (en ambos casos hay deuda con acreedor y deudor); la propensión al consumo sirve para reducir la prima de riesgo sobre el crédito comercial a muy corto plazo (garantiza su pago); y en las letras comerciales, aunque originalmente no sean un préstamo de dinero, también alguien debe ahorrar, aunque sea a más corto plazo y con más seguridad.

La deuda monetaria es una promesa de pago (con el correspondiente e inseparable derecho de cobro) de una cantidad de dinero en el futuro; o de un flujo de cantidades en distintos momentos, como un bono con cupones periódicos, o una hipoteca que va devolviéndose mensualmente. El plazo o momento de pago puede estar predeterminado de antemano o depender de la voluntad del acreedor o del deudor, con la posibilidad de opciones o derechos de exigir el cobro o realizar el pago antes del vencimiento de la deuda (con o sin penalizaciones).

Toda deuda tiene un deudor (el que tiene la obligación de pagar) y un acreedor (el que tiene el derecho a cobrar). El deudor potencial es el lado de la demanda de crédito o fondos prestables (quiere recibir bienes a crédito o que le presten dinero), o de forma equivalente el lado de la oferta de promesas de pago (ofrece endeudarse). El acreedor potencial es el lado de la oferta de crédito o fondos prestables (quiere entregar bienes a crédito o prestar dinero), o de forma equivalente el lado de la demanda de derechos de cobro. El deudor debe estar identificado de algún modo en la documentación que acredita la deuda; el acreedor puede estar identificado o no (deuda al portador).

El tipo de interés de la deuda tiene tres componentes desde el punto de vista del acreedor: la preferencia temporal (la prima del presente sobre el futuro), la prima de riesgo (por la probabilidad de no cobrar todo a tiempo), y la prima por inflación esperada (pérdida del poder adquisitivo del dinero). Con un dinero ideal no existiría inflación (ni tampoco deflación). A igualdad de riesgos, en condiciones normales el tipo de interés de la deuda crece con su duración.

El deudor puede endeudarse para consumir o para producir. El deudor para consumo sólo considera su preferencia temporal. El deudor que invierte los fondos recibidos en préstamo en un proyecto productivo considera (además de la preferencia temporal y los posibles cambios de valor del dinero), en lugar de la prima de riesgo, la expectativa de productividad o rendimiento marginal del capital en su actividad empresarial: pide prestado sólo si el coste de la financiación es menor que su rendimiento financiero esperado.

La deuda puede originarse de diferentes maneras: por intercambio a crédito, por préstamo de dinero, o por alguna obligación impuesta no pagada inmediatamente (sanción o castigo, compensación debida por algún daño causado, pago de impuestos). La deuda puede desaparecer (de forma total o parcial) al pagarla, compensarla con otra deuda contraria, perdonarla o quedar impagada de forma definitiva. La deuda puede modificarse si cambia el deudor o el acreedor (subrogaciones), las cantidades o las condiciones de pago (reestructuración, quitas, aplazamientos, renovaciones).

En un intercambio a crédito el vendedor (acreedor) entrega un bien o servicio a cambio de una promesa de pago del comprador (deudor). En un préstamo de dinero el prestamista (acreedor) entrega una cantidad de dinero a cambio de una promesa de pago del prestatario (deudor): la cantidad entregada inicialmente es el principal, y la diferencia entre este y la cantidad prometida a devolver es el interés, que expresado en términos relativos (porcentaje del principal) y por unidad de tiempo es el tipo de interés.

Ahorrar es renunciar a consumir cuando puede hacerse. Es posible ahorrar en dinero, manteniendo saldos de tesorería (dinero en la cartera o en la hucha) hasta gastarlos, o poseyendo algún activo financiero (acciones, deuda de distintos plazos y riesgos). La deuda es un activo financiero para el acreedor y un pasivo para el deudor. El acreedor ahorra porque renuncia al consumo o uso de un bien presente que entrega al deudor: el dinero que presta el prestamista, los bienes que entrega el vendedor a crédito (o el dinero que podría haber conseguido cobrando al contado y en efectivo).

Para transformar su derecho de cobro en consumo, dejando así de ahorrar, el acreedor debe o esperar a que venza la deuda (y entonces recibir su dinero y gastarlo) o conseguir ya que otro agente espere en su lugar: vender su derecho de cobro a cambio de dinero en un mercado secundario de deuda, o utilizar dicho derecho de cobro como medio de pago de aquello que quiere consumir si la otra parte lo acepta (en ambos casos otra persona se subroga en su posición de ahorrador y acreedor).

Aunque a la inversión en activos de deuda (letras, bonos, obligaciones) se la llama renta fija, el interés obtenido sólo es fijo si se espera hasta la fecha de vencimiento y si la deuda realmente se paga: si se necesita el dinero antes, el rendimiento puede variar; y existe la posibilidad de impago parcial o total de la deuda.

El deber de pago o derecho de cobro pueden ser transferidos entre agentes económicos (con o sin modificación de las condiciones de la deuda): el comprador de una vivienda se subroga como deudor del préstamo hipotecario del promotor; un inversor compra un derecho de cobro ajeno. El mercado primario es el que genera, origina o emite las deudas. Posteriormente la deuda se intercambia en mercados secundarios entre particulares, tesoros de estados, empresas, bancos (privados o estatales), aseguradoras, fondos de inversión. El interés (o precio) asociado a los intercambios secundarios es por lo general variable según cómo cambien la oferta y demanda de fondos prestables.

El precio de la deuda (valor presente de la promesa de pago en el futuro) y su tipo de interés son dos formas alternativas de ver la misma realidad. El tipo de interés guarda una relación inversa con el precio: es el tipo al que se descuenta el valor nominal futuro de la deuda para obtener su valor presente.

La relación entre el tipo de interés de la deuda y su precio o valor presente puede verse como la cantidad de dinero que hay que prometer entregar de más en el futuro para obtener una determinada cantidad en el presente (para obtener un préstamo de 10,000 euros debo aceptar pagar un 4% de interés anual a cinco años); o como la cantidad por la que se intercambia ahora una promesa de entrega de una cantidad determinada de dinero en una fecha futura dada (un bono sin cupón que madura en dos años con valor nominal de 50,000 euros cotiza ahora a 47,250 euros).

Los tipos de interés (y precios asociados) son diferentes para cada deuda según el plazo pendiente y el riesgo asociado, y serán iguales para deudas del mismo plazo pendiente y riesgo; la expectativa de inflación influye pero es la misma para todas las deudas en la misma divisa. Conforme pasa el tiempo, el plazo hasta vencimiento de una determinada deuda va reduciéndose: el precio tiende a crecer y el interés a reducirse. La deuda de nueva emisión compite en el mercado no sólo con otras emisiones de características equivalentes (mercado primario), sino también con la deuda emitida previamente que ahora tiene el mismo plazo que la nueva (mercado secundario). Las matemáticas financieras indican las fórmulas que relacionan interés, plazo, valor presente y valor nominal de la deuda (con distintas versiones según cómo se calcule el interés simple o compuesto).

La letra real comercial es deuda muy segura, a corto plazo (normalmente hasta tres meses, una estación), que se emplea normalmente en las transacciones comerciales de bienes muy cercanos al consumo (de venta muy segura, muy líquidos), entre comerciantes en la cadena de distribución, y en lugar del pago de dinero al contado. Es una deuda autoliquidable porque se paga con el dinero que se obtiene de la venta de los bienes entregados a cambio: el deudor recibe el dinero para pagarla del consumidor final que paga en efectivo (o de forma recursiva de otro comerciante que ha recibido a su vez el pago de otra letra).

El tipo de interés de estas letras, compradas tradicionalmente por los bancos comerciales como activo muy líquido (teoría de las letras reales), se conoce como tipo de descuento: el banco paga por la letra una cantidad resultado de descontar, según el tipo de interés vigente en el mercado y el plazo pendiente, el valor nominal de la misma.

La letra comercial se diferencia de otras deudas (además de por su plazo y seguridad) porque el dinero sólo está presente para el pago final, y así se economiza en el uso de dinero y la necesidad de disponer de saldos de tesorería. En un bono el dinero está presente al comienzo y al final del préstamo: primero de acreedor a deudor, luego de deudor a acreedor.

La letra comercial también se diferencia de otras deudas en que puede funcionar como un sustituto monetario o medio de pago complementario al dinero: las letras circulan, se monetizan en ciertos ámbitos (son dinero en sentido amplio). Pero son diferentes del dinero en sentido estricto: el dinero es de aceptación más universal y su valor es estable; la letra depende de la confianza en su deudor y su valor cambia conforme se reduce su plazo y cambia la percepción de su riesgo.

Como la preferencia temporal es relativamente estable y pequeña a corto plazo, y la inflación no tiene grandes efectos a corto plazo (salvo en casos de hiperinflación), el tipo de descuento varía sobre todo con cambios en la aversión al riesgo y los rendimientos de las actividades comerciales. El análisis es complejo porque son posibles muchos cambios diferentes en la distribución de la renta y riqueza de los agentes económicos entre las diversas posibilidades: ofertas y demandas de bienes de consumo, dinero y activos y pasivos financieros (deuda a distintos plazos y riesgos, o acciones).

La falacia del consenso

Los momentos de crisis en algunos casos impulsan medidas desesperadas. Desgraciadamente, algunas de ellas no son tanto para cambiar el statu quo y adecuarlo a las circunstancias, sino para mantener el que se posee, aferrarse a la posición y negar que el mundo que era, ha dejado de ser. Una de esas medidas desesperadas puede ser, dependiendo de cómo se afronte, el famoso consenso: un acuerdo entre la mayoría o los principales grupos sociales y políticos por el cual se aúnan voluntades, se apartan peleas y rencillas y se actúa a una, con el objetivo de conseguir una mejora objetiva. Sin embargo, más importante que el objetivo en sí, es el camino que se emprende para conseguirlo y ahí es donde radica el éxito o el fracaso.

Los círculos cercanos al presidente Mariano Rajoy están preocupados por cómo están desarrollándose los acontecimientos. Las políticas económicas del Gobierno, basadas en un incremento de la presión fiscal y una serie de medidas que no cambian el peso de la Administración y de lo público, y que siguen asfixiando al contribuyente, no están teniendo los resultados esperados, si es que se esperaba un resultado distinto al que se está produciendo. Semejantes medidas resultan asombrosas si tenemos en cuenta que el programa electoral del PP iba en el sentido opuesto: un descenso de los impuestos y un adelgazamiento de la Administración, en especial una racionalización del peso de las Comunidades Autónomas.

Tan nerviosos se hallan que, pese a tener una cómoda mayoría absoluta en las Cortes y poder acometer gran parte de las reformas sin tener que buscar mayorías parlamentarias con otros partidos, Moncloa se está planteando mantener una serie de reuniones con los principales “agentes sociales”: CEOE, Cepyme, CCOO y UGT, para abordar la situación económica, la sostenibilidad del sistema de pensiones, la reforma de la Administración y ciertos asuntos europeos que afectan a la política nacional.

Por otra parte, el Rey se ha declarado favorable a propiciar pactos y consensos entre las instituciones para afrontar la situación económica de España, con un PIB en grave decrecimiento y un número de parados que ya supera los 6,2 millones y cuya previsión más optimista apunta a que seguirá incrementándose. El monarca quiere volver a su papel moderador de la batalla política que se está produciendo en estos momentos.

Por lo que vemos, el mantra del consenso se ha instalado en las principales instituciones políticas españolas, así que la pregunta es evidente: ¿solucionaría algo?

Nada de lo anterior, y con los antecedentes en la mano, invita a pensar que un acuerdo común entre las principales instituciones políticas revirtiera la situación económica y social española. Como antes he apuntado, aunque con matices, la semilla de la recuperación está en una parte del programa electoral popular: la reducción de los impuestos y la racionalización de las Administraciones Públicas. Ambas medidas ayudarían a mejorar la economía de los ciudadanos, permitiéndoles ahorrar y consumir, y a reducir la burbuja estatal, el verdadero cáncer que aqueja a la economía y la sociedad española. A ello habría que unir un descenso del clientelismo que soporta el Estado: sólo 13,8 millones de trabajadores del sector privado mantienen el sistema, y eso en un país que tiene en torno a 47 millones de habitantes, donde muchos viven del y para el Estado, procediendo sus sueldos, pensiones, subvenciones, ayudas y prebendas del asfixiante sistema impositivo.

Pensemos primero en el diálogo que propone Moncloa. La CEOE o Cepyme son grupos empresariales más cercanos a una visión gremial de la economía que la ligada al libre mercado. Intentarán defender aquellos “derechos” que han conseguido en estos últimos años, aunque puedan estar dispuestos a hacer algunos “sacrificios”.

Qué decir de los grandes sindicatos, cuya visión económica está más cercana al marxismo clásico que a otra visión menos intervencionista, además del hecho de que viven por y para el presupuesto público. Podría pensarse que otros sindicatos podrían tener una visión más realista y menos ideológica, pero los sindicatos mayoritarios se han encargado de que estos sindicatos menores no tengan un papel relevante para cualquier Gobierno, sea del partido que sea.

Si a eso unimos que el PP es un partido en el que domina una visión socialdemócrata de la economía, que está más preocupado en el corto plazo y en las siguientes elecciones, la idea de un giro de 180º de la economía española no parece realista, más bien un acuerdo en el sentido contrario.

La iniciativa del monarca no es mucho mejor. La institución de la Monarquía no pasa por su mejor momento. Las acusaciones de corrupción ligadas a parte de su familia y al comportamiento de él mismo han llevado a la peor imagen de la Corona desde su restauración. Volver a su papel de mediador entre partidos suena más a chiste que a algo serio. En la transición pudo funcionar, ahora es dudoso.

Miremos a los partidos. Además de lo dicho del PP, el PSOE pasa actualmente por un proceso de descomposición. No hay un líder claro, Rubalcaba está muy gastado y angustiado, el PSC es en realidad un partido distinto del PSOE, y las encuestas muestran a los socialistas hundidos, pese a que la imagen de los populares es también lamentable. IU se ha movido hacia un marxismo decimonónico, más acorde con la visión chavista o castrista de la sociedad-economía que con una versión más moderna. Cree Cayo Lara que es ésa la razón de su éxito, negándose a ver que éste depende del fracaso socialista.

Los partidos nacionalistas van a lo suyo, en este caso a la independencia de sus respectivos colectivos, y están más preocupados de sacar lo máximo de este proceso de descomposición que de lograr que el conjunto de los españoles viva mejor. UPyD acaba de aterrizar y, seamos realistas, no deja de ser una escisión del PSOE. El resto de partidos tiene muy difícil conseguir representación en tanto tengamos esta ley electoral, cuyo cambio depende, paradójicamente, de los que más se benefician de ella. Unamos a lo anterior los grandes casos de corrupción que afectan a todos, en mayor o menor medida, y que amenazan con descubrir las cloacas del régimen, y que todas estas instituciones dependen del sistema (es decir, más clientelismo). ¿Qué consenso puede sacar el monarca de todo ello? Antes de acometer cualquier medida que les perjudique a unos u otros, incluyendo a la Monarquía, llegarán a pactos de silencio, pactos que les permitan seguir como hasta ahora. Los cambios positivos serían mínimos por una cuestión práctica, por una cuestión de Estado.

El consenso es, por sí mismo, una falacia y sólo cabe desear que algún corpúsculo del partido gobernante se haga en algún momento con las riendas y tome las medidas adecuadas. Si no es así, lo normal es que sigamos en esta senda hasta tocar suelo y luego, de alguna manera, rebotemos hacia arriba, pero no sabría decir cómo y en qué condiciones. Ánimo, que la Fosa de las Marianas es profunda, ¿o debería hablarse de la Fosa de los Marianos?

La economía española: el río no suena

Dicen que cuando el río suena, agua lleva. No parece ser el caso de nuestra economía. Los rumores y sonrisas ante las cifras de la prima de riesgo y los tipos de interés tan bajos que se están pagando son interpretadas por los gobiernos como un tímido despuntar. Falso. Pero no se trata de un brindis al sol. Es un brindis a la Unión Europea.

La bochornosa intervención de Rajoy en el Congreso

Cuando hace un par de semanas Mariano Rajoy se presentó en el Congreso, henchido el ánimo, y nos contó, al poco de subirnos los impuestos de nuevo, lo bien que va todo, el vuelco que parecen estar dando los acontecimientos, con frases que todos sabemos, y tal vez él también, que mañana se le van a caer encima, como que lo peor ya ha pasado, no acerté a darme cuenta de lo que sucedía.

Rajoy no sonreía a la cámara de televisión, ni a sus señorías, Rajoy miraba a quienes han de ponernos nota a finales de mayo y decidir sobre nuestras condiciones económicas.

Aunque muchos analistas se centraron, con razón, en las incongruencias del presidente, en los patinazos y en el abismo que separa sus palabras de los hechos, como las treinta subidas de impuestos que adelantó Libertad Digital y retomó John Müller en El Mundo, creo que el meollo del asunto era otro.

Es verdad que estamos pasando una recesión terrible, la clase media se empobrece y es casi obsceno que venga el presidente con su discurso triunfalista a sonreír al tendido. Pero no miraba al tendido, sino al más allá. Más allá de los Pirineos. Y la razón la apunta indirectamente Daniel Lacalle en su artículo La Gran Burbuja.

La falsa confianza

Según la opinión del autor de Nosotros los mercados, el empujón bajista a los tipos está distorsionando de nuevo el comportamiento del mercado internacional. Mientras “el nivel de riesgo que se está acumulando en los mercados es desproporcionado con respecto a la calidad de los activos”, los estados se felicitan porque aparentemente los niveles de confianza se han recuperado. Y, sin embargo, con los datos en la mano, da la sensación de que estamos de nuevo soplando el agua con jabón y sacando una nueva burbuja.

La misma advertencia de Daniel Lacalle, pero con otro matiz, la hacía en la mañana de este lunes la agencia Fitch, quien señalaba que no cuadra el débil crecimiento de países como España, Grecia, Portugal o Irlanda (tal vez habría que ampliar la lista a Francia y al reino Unido) con la percepción que flota en el ambiente de los mercados financieros. Fitch teme que regresemos a la volatilidad del pasado el próximo verano. Sería terrible porque nos pillaría muy a desmano: empobrecidos, cansados, y sin esperanza.

El punto de mira de Rajoy

¿Qué podría justificar el autobombo de Rajoy? El hecho de que el 29 de mayo, Olli Rehn, comisario de Asuntos Económicos de la UE, decidirá si nos aplican el Procedimiento de Desequilibrios Excesivos, o no. Eso implicaría exigencias más severas que las del MoU. Para zafarnos del aceite de ricino europeo solamente tenemos que demostrar que los planes de Reforma y de Estabilidad, enviados la semana pasada a Bruselas, contribuyen a reducir significativamente las debilidades de la economía española.

Obviamente estamos en campaña. Luis de Guindos declarando que está convencido de que van a reconocer el enorme esfuerzo realizado y Rajoy, la semana pasada, dando carnaza a los periódicos nacionales, pero transmitiendo a Europa ese triunfalismo que ha de creerse porque es “palabra de presidente”, solamente desmontable por la vía de los datos.

Pero las cosas en Europa tampoco van muy bien. Y ese punto es básico. La situación es una pescadilla que se muerde la cola y, para solucionarlo, se están planteando soluciones dudosas. Por ejemplo, la posibilidad de que el Banco Central Europeo compre ABS (valores respaldados con activos), que consisten en paquetes de préstamos de PYMES que se negocian en el mercado. Puede que no suene mal, pero esta opción quedó relegada al estallar la burbuja de las subprime cuando se puso de manifiesto que los ‘paquetes’ a veces esconden sorpresas desagradables. El ministro de finanzas alemán ya ha advertido que va contra el Tratado de la Unión Europea.

En esa situación, las debilidades españolas aparecen desnudas, sin colchón europeo en el que caer. No está claro cómo nos recogería Europa ante un traspiés. O si lo haría. El desgaste es generalizado y no está el horno para bollos. Ni para apariencias. La secreta esperanza que Rajoy alberga de salir del pozo al rebufo europeo se disipa mientras imperturbable, sigue sonriendo al tendido.

En defensa del voto censitario

Nos lo inculcan ya en clase de sociales en el colegio, está constantemente presente en los medios de comunicación, como una verdad irrefutable, como la quintaesencia de la democracia. Sin duda, la consecución del sufragio universal, la realización del principio “un hombre, un voto” es considerado uno de los logros más importantes de la sociedad, la plenitud de la democracia; el no va más del poder del pueblo.

Por contra, el voto censitario, característico en muchas sociedades de finales del Dieciocho y que se mantuvo en diferentes variantes hasta bien entrado el Siglo Veinte, está absolutamente desprestigiado. Así, plantear hoy en día el concepto de voto censitario es una forma segura de ser tildado de cualquier cosa acabada en “ista”: fascista, racista, machista…, incluso capitalista.

Pero yo voy a plantearlo.

El voto censitario

Realmente, el voto censitario puede (y, de hecho, lo ha estado a lo largo de la historia) estar basado en muchos tipos de restricciones.

Desde el sexo, como en Suiza, donde, hasta 1971, el voto era un derecho solo para varones, hasta la raza, como en los Estados del Sur de los Estados unidos, con los negros fuera del censo electoral (perdón, afroamericanos…, seamos políticamente correctos), pasando por el estado civil, casados y “cabezas de familia” en las elecciones al tercio familiar de la España franquista, hasta la edad, como el voto a los 18 años de nuestra moderna y superguay democracia (y que los partidos de izquierda, conscientes de que cuanto más inmaduros e irresponsables sean los votantes más van a sentirse atraídos por sus insensateces, estarían encantados de bajar a 16…).

Sin duda, muchas de estas restricciones son absolutamente indefendibles. Pero hay una restricción, una restricción basada en la riqueza de las personas, el voto ponderado basado en la aportación económica de cada uno al erario común, que me parece absolutamente clave para un ejercicio sano de la democracia.

Aportación y participación

Porque en el fondo, la democracia no es más una forma de decidir la gestión y el control del dinero que aportamos cada uno. Y lógicamente, por un elemental sentido de la justicia, quien más aporte debería tener más que decir sobre el destino que se da al fondo común, de forma proporcional a lo aportado.

Así, creo que el derecho a voto, libre y voluntario, debería tener un precio. Pongamos un ejemplo. Cada papeleta de voto, 100 €, 200 €. Cada persona decidiría cuántos derechos a votos quiere y/o puede comprar y, de esta forma, con el dinero que cada persona, de forma voluntaria, aporte, se financiaría el Estado, pues este dinero, estas digamos “participaciones” serían el único y exclusivo capital estatal con el que se financiaría… y, por supuesto, nada de impuesto adicionales.

Es decir, todo aquel que crea en el Estado, que ponga la pasta, que considere y decida en función de ella… Básicamente, como si comprase acciones de una empresa.

Yo, personalmente, no me dejaría un euro en derechos de voto, pues se me ocurren muchas otras opciones más interesantes donde gastar mi dinero…

Llamémosle escrache

La agrupación HIJOS, dejémoslo ahí, comenzó a convocar a sus miembros frente a las puertas de los miembros de la dictadura argentina que no habían sido juzgados. Si la administración de justicia no iba a hacer lo propio con su nombre, ellos sí estaban dispuestos a dar contenido a esa justicia. Con la declaración de culpabilidad en las pancartas, se arremolinaban frente al domicilio del protagonista y le lanzaban gritos, improperios, acusaciones. En comandita. Todos los mensajes impresos, vociferados, eran importantes, pero el principal, el verdadero mensaje que les convocaba, que iban a entregarle sin firma y sin sello, es esa vieja expresión: sé dónde vives, me he quedado con tu cara. En lunfardo, esa jerga bonaerense, a esa reunión de hijos se le llamó escrache.

Llamarlo escrache es importante. Porque, de no hacerlo así, tendríamos que utilizar una palabra del español y llamarlo acoso. Aquí, una organización pantalla autodenominada Plataforma de Afectados por la Hipoteca adoptó el método y el nombre. Actúan sobre un drama real, el de la gente que es incapaz de hacer frente a su deuda hipotecaria, actúan de altavoz de las personas que sufren las consecuencias, y por medio de los acosos vuelcan el sentimiento de condolencia, incluso de indignación, contra el Partido Popular y contra sus miembros más destacados. Contra el Partido Popular, no contra el Gobierno, ya que el primer acoso fue frente a la casa de su secretario de comunicación, Esteban González Pons, que no forma parte del Ejecutivo.

Más allá de las motivaciones políticas y de las viejas y nuevas tácticas de la izquierda, la cuestión aquí es la legitimidad de los acosos y la respuesta posible. Soraya Sáenz de Santamaría es vicepresidenta del Gobierno, es diputada por Madrid y es miembro de la dirección del Partido Popular. Forman parte de la persona de Sáenz de Santamaría, en su sentido más original. En el teatro clásico, en ocasiones los actores llevaban una máscara que llevaba una bocina, que ayudaba a proyectar su voz. A esa bocina se le llamó, en latín, per sonare, y se identificó con la máscara, de ahí con los personajes de la obra, y, por extrapolación, con el papel que juega cada persona en la sociedad en que vive. Pero además de ese papel público, de esa persona, Sáenz de Santamaría y demás políticos del Partido Popular tienen una vida privada. Es el mismo individuo, pero son dos ámbitos distintos. El ámbito que comparte con la sociedad está abierto a la pública discusión, al debate propio de una sociedad abierta. Los promotores del acoso consideran que eso no es suficiente. Y rompen esa barrera moral que separa los dos ámbitos para entrar en el plano privado. Cada vez que oigamos, o incluso pensemos, que hay que respetar la vida privada de alguien, tenemos que recordar que los promotores de los acosos no lo hacen.

Ese es un elemento del acoso. El otro es la violencia. En el primero de los practicados aquí aporrearon la puerta de la casa de Esteban Pons. Los que defienden los acosos, al menos los que se hacen contra miembros del PP, dicen que son una muestra de la libertad de expresión. Más bien, como aquéllos “interrogatorios reforzados” del Ejército estadounidense, los acosos son “libertad de expresión reforzada”. Coacción es el uso o la amenaza de uso de la violencia física. Si se acusa a una persona, en su domicilio, de ser responsable de un agravio propio y se hace gritando y en compañía de una masa enfurecida, ¿es posible no entenderlo como una amenaza? Aquí entra el criterio de cada cual. Pero es claro que si se recurre al acoso es porque la víctima lo puede entender, razonablemente, como una amenaza. En un acoso, una señora portaba un cartel que decía: “¿Qué es violencia? ¿Echarme de casa o ir a tu puerta?”. Que, curiosamente, es el origen de los acosos pero dado la vuelta: aquí es la aplicación de la justicia es lo que se considera motivo suficiente para recurrir a él. Hay quien entiende, desde su estricta militancia izquierdista, y siguiendo una larga tradición, que es violento, pero que el recurso a la violencia es legítimo, si el objetivo es de progreso.

Con todo, más allá de unos golpes en la puerta, los gritos son un primer paso al que no ha seguido el segundo, el de la violencia física. Los defensores del acoso no lo llaman así, y habitualmente dicen que son un acto pacífico. No hablemos del derecho positivo, sino de la legitimidad de los actos. Este es un terreno movedizo. Si las calles fueran privadas, sus dueños pondrían, legítimamente, poner normas para su uso. Pero como son públicas, no está tan claro qué límites pueden poner al ejercicio de otros derechos. En principio, no podemos prohibir que una persona se presente frente a la casa de otra. Tampoco que lo hagan varios. No podemos prohibir que manifiesten sus ideas frente a otro ciudadano, ni podemos hacerlo cuando son más de uno. Luego, aunque los convocantes y el protagonista entienden, los dos, que es un acto violento, no está claro que deban prohibirse.

Ahora bien, eso no quiere decir que la víctima de los acosos no pueda defenderse. Recordemos ahora que los acosadores han roto la barrera de la vida personal. La víctima, sola o, como ellos, en compañía de otras personas, puede sacar fotografías de los acosadores. Serían la imagen del acoso. Cada uno de sus rostros. Con esfuerzo, paciencia, suerte, pericia, se podrían identificar a aquéllas personas. Y, gracias a Internet, colocar los perfiles de cada uno de ellos. No hace falta hacer de ello una red social, nada de eso. Es la libertad de expresión, ahora sin refuerzo.

Los empresarios no quieren crear empleo

Vamos a imaginar a un minero que consigue los derechos de explotación de una mina de oro. En el primer año de duro trabajo extrae 10 pepitas de oro y, como sólo necesita 4 para los gastos de la concesión, tiene unos beneficios de 6 pepitas. Animado por su éxito decide alquilar maquinaria para aumentar su extracción del preciado metal.

En principio sus planes son sólidos; la maquinaria le ayuda a extraer 24 pepitas al año siguiente, y el coste de su alquiler le cuesta solo 12 pepitas, que, junto a las 4 de gastos fijos que ya tenía, hace que sus beneficios anuales suban hasta las 8 pepitas anuales. El siguiente año repite resultados y se felicita a sí mismo por su inteligencia al alquilar la maquinaria.

Pero un año más tarde las cosas empiezan a torcerse y en vez de las 24 pepitas habituales, sólo extrae 22, por lo que sus beneficios vuelven a bajar hasta las 6 pepitas por año.

Esto no desanima a nuestro minero y decide seguir con la maquinaria, con la esperanza de que los éxitos pasados se repitan. Por desgracia ese año fue peor que el anterior y los beneficios se quedaron en unas exiguas 2 pepitas. Alarmado ante tal pobre resultado, y temiendo que la cosa se pudiera poner peor, intentó prescindir de la maquinaria. Pero al leer la letra pequeña del contrato de alquiler se percató de que existía una penalización por devolver la maquinaria en caso de que no se agotara la vida útil de la misma, que eran 10 años, de una pepita por cada año alquilado.

La lógica dictaba al minero devolver la maquinaria y asumir el fracaso de su idea, pero el ego venció y decidió probar suerte un año más. Ese año fue el peor de todos y solo consiguió extraer 14 pepitas, con lo que no cubría ni los gastos y, por primera vez, no sólo no ganó una sola pepita, sino que perdió 2.

Ante la evidencia clara de que la mina no le iba a dar una producción de pepitas que justificara seguir con la maquinaria, decidió devolverla y pagar la penalización de 5 pepitas, una por cada año de alquiler. Con lo que las pérdidas de ese año de explotación aumentaron hasta las 7 pepitas y el resultado global de los 5 años de maquinaría alquilada fue de 17 pepitas de beneficio, contra las 30 pepitas que podría haber ganado si hubiera seguido como el primer año, o al menos 23 si el ritmo de producción hubiera bajado de forma similar a como lo hizo usando la maquinaria.

¿Y a qué viene este ejemplo? Pues viene a que el otro día vi en twitter una referencia a este vídeo de Nick Hanauer declarando, como si fuera un secreto, que los empresarios no quieren contratar a la gente a no ser que no les quede más remedio.

Si sustituimos a la maquinaria de nuestro minero por un empleado, el ejemplo sigue siendo el mismo, y la pérdida de ganancias también. Pero por desgracia mucha gente dejaría de entender el disgusto del minero y empezaría a acusarlo de insolidario o explotador, ya que el sueldo del empleado (alquiler de la maquinaria) dejaría de salir del bolsillo del empresario (minero) y pasaría a ser fruto de los recursos naturales de la madre naturaleza.

Que es más o menos lo que dice Nick Hanauer cuando declara que el empleo lo crea el consumo de la clase media, y no el empresario que atiende ese consumo contratando gente. Y de ahí saca la peregrina idea de que hay que subir los impuestos a los ricos y bajarlo a la clase media.

La verdad es que el empleo no lo crea ni el empresario ni el consumidor. Lo crea el inversor al creer que un trabajo va a producir tanta riqueza como la que él invierte en que se haga, más un margen que compense la operación. Y el inversor puede ser un multimillonario o padre de familia con unos ahorros, por lo que lo lógico es que se le bajen los impuestos a ambos, y no solo a uno de ellos.

En todo caso, y volviendo a nuestro minero, para lo que sí puede servir el vídeo de señor Hanauer es para dejar claro a quienes no lo tengan aún que crear puestos de trabajo no es el objetivo de nadie que no sea un demagogo o un estafador. El objetivo es siempre ganar dinero, y éste sólo se gana de forma sostenible en el tiempo generando riqueza y reinvirtiendo la mayor parte de ésta antes de que se agote la mina actual. Por lo tanto, por mucho que se bajen las penalizaciones por devolver la maquinaria, o se pidan prestadas pepitas de oro para enterrarlas, el único método efectivo de que vuelva a crearse empleo es que se deje de consumir, vía impuestos y vía deuda, la riqueza generada y se empiece a dejar a la gente, ricos y no ricos, invertir su dinero donde ellos decidan.

O sea, justo lo contrario de lo que está haciendo Montoro y compañía.

La perversión del lenguaje

"La propaganda estalinista lo creó, los nazis lo perfeccionaron, y hoy se apodera y nos articula sin que muchos sean conscientes de ello. Es la perversión del lenguaje. Obsesionado por imponer su lenguaje vive el nacionalismo". Así comenzaba el polémico reportaje de Telemadrid titulado "La imposición y perversión del lenguaje". La acusación contra esos nacionalistas que aspiran a formar un Estado es clara: en su lucha por segregarse utilizan el lenguaje como arma, renombrando los conceptos y aplicando metáforas que modifiquen el marco con que interpretamos lo real.

En verdad todo el lenguaje político, sean quienes sean los actores, se basa en el uso de expresiones favorables para los propios proyectos y denigrantes para los del contrario. No solo los nacionalismos, coincidentes con un Estado o sin él, echan mano de los cambios en el lenguaje en su favor, sino que todo personaje público se aplica a ello con mayor o menor fortuna. Así, el ministro Montoro denominó "recargo temporal de solidaridad" a la subida del IRPF y "novedad tributaria" a un nuevo impuesto cuyo montante dice que destinará al cuidado del medio ambiente, añadiendo con esto último una nueva manipulación de las percepciones públicas para evitar las protestas.

Pero al margen de los manejos improvisados del lenguaje por parte de políticos en apuros, lo cierto es que el uso que de él hacen los profesantes de algún tipo de colectivismo, también el de corte nacionalista, resulta especialmente perturbador. Lo es cuando la élite que busca el poder nacional pretende convencer a los demás de que los límites de su futuro estado-nación se ajustan a una sociedad cerrada, con una sola cultura y una misma lengua. Nada más falso que esto.

La mitología que hay detrás de la idea de cultura como algo diferente a los individuos y que los determina tiene su más claro exponente moderno en la Alemania del Romanticismo y, guste o no, desembocó en el totalitarismo nacionalista del siglo XX, nazi y fascista. Por un camino alternativo, desde la idea de "clase social", el socialismo nacional y "proletario" del estalinismo culminó con una aberración similar.

En una aplicación ibérica del volkgeist germánico, el entonces dirigente del PNV, Javier Arzallus, decía que "igual que a los gallegos no se les puede robar su alma, nadie podrá robarnos a los vascos la nuestra". Lo cierto es que no existe una cultura alemana, española o catalana que encierre y determine a los individuos y los aboque a ser de una determinada manera. Esta falsedad solo tiene como fin evitar el pensamiento crítico y que, con este y por su mero ejercicio, la realidad refute una mentira.

Existen individuos con prácticas, normas, pautas y respuestas que denominamos culturales, y que siempre son abiertas a cambios e influencias exteriores en mayor o menor grado, pero no existen entes místicos que nos atrapen ni culturas que nos determinen inexorablemente. El delirio de poder es el único sostén de esa pretensión.

De igual manera tampoco existe una asociación fija entre cultura y lengua como pretenden los nacionalistas. Allí donde una élite étnica que cree representar a un pueblo mete la nariz en el idioma se repite la expresión "identidad cultural y lingüística". Dicha expresión pertenece al tipo de las que Hayek denominaba "comadreja", puesto que influye agazapada en nosotros para sostener el proyecto de poder de un determinado grupo. Salta a la vista que los individuos comparten rasgos culturales de manera cambiante y que estos no coinciden siempre con las lenguas habladas; y, sin duda, ni aquellos ni estas se ajustan a los límites de los estados-nación.

Para cerrar el círculo de la crítica al léxico colectivista, los nacionalistas y, por apatía mental, los medios de comunicación y numerosos sedicentes intelectuales, citan el término "sociedad" vinculado a un estado o a un área de estados como si con esos términos estuviéramos designando realidades. Se habla de "sociedad sudamericana", "sociedad china" y "sociedad europea" como de conceptos metafísicos que reúnen en un todo a individuos que dejan de considerarse como tales, y se los encierra en unos límites.

Es cierto que no podremos jamás sustraernos por completo a un uso generalista del lenguaje dado que seríamos incapaces de manejarnos en el mundo sin abstracciones. Lo que nunca debiéramos hacer es creer que esas generalizaciones tienen entidad propia. Siempre habrá políticos que lo pretendan, que deseen que los demás lo crean, puesto que así desarman ideológicamente a los ciudadanos y los inducen a pensar que someterse a lo uniforme es su obligación. Y no, no lo es.

El progre con miedo al progreso

El pasado febrero estrenaron en España la película La Tierra Prometida producida y protagonizada por Matt Damon. La historia cuenta el trabajo de un empleado de Global (una empresa que extrae gas mediante fracking) que va pueblo a pueblo comprando terrenos. Hasta que se encuentra con un lugar diferente, en el que vive un catedrático del MIT jubilado que le estropea el discurso y donde, en torno a ese tema, se desarrolla toda la trama.

Nadie dice toda la verdad

El personaje que interpreta Matt Damon es un buen tipo, una persona sincera, que no engaña, simplemente es buen vendedor, pero es honesto, trabajador y listo. Muy bien interpretado por Damon, que con camisa de cuadros y las botas del abuelo pasa por un joven criado en ambiente rural que ha estudiado y disfruta de la actividad de la vida urbana.

Hay varias luces en la película y todo un repertorio de sombras, de aspectos sesgados, que inducen al espectador a volver al terruño y quemar las ciudades. El tema central es la mentira. El que miente es el bad guy, el que dice la verdad es el nice guy. Matt Damon se pasa media película repitiéndole a la chica que él es una buena persona. Y queda demostrado cuando se descubre que él es otro pobre infeliz engañado. Pero la realidad es que mentir, nos mienten o, en el mejor de los casos, no nos cuentan lo que no conviene. Los gobiernos, las grandes empresas, los bancos, los partidos políticos… y los propios ciudadanos, también lo hacemos.

En la película, solamente hay una parte que engaña: los malos, es decir, la empresa de fracking. Ese es el primer sesgo.

Pero pasa casi desapercibido el hecho de que la solución, el camino "correcto", consiste en seguir manteniendo una agricultura deficitaria a golpe de subvención a costa del trabajo del resto de la población, sin mirar lo que cuesta al ciudadano no agricultor ganar cada dólar. Es decir, se fomenta vivir a costa de los demás, eso sí, manteniendo la tradición del viejo granero del abuelo, las cosas de toda la vida, que despiertan los sentimientos más puros, en mí la primera, de cuidar la herencia de tus mayores, pero encierra un mensaje subliminal peligroso.

El inmovilismo y el miedo al progreso

Cuidar lo que nuestros mayores han sacado adelante no significa mantener un negocio deficitario ni una forma de vida que se extingue, a toda costa. Tenemos una responsabilidad con nuestros descendientes. Y el mismo empeño que pusieron quienes nos precedieron en dejarnos un mundo mejor es el que deberíamos poner nosotros. Porque esa es la herencia: ofrecer un mundo mejor, con más posibilidades de salir adelante de manera independiente, no mantener lo que hay sobre las espaldas de nadie.

Si nos trasladamos al origen del ferrocarril y aplicamos el mensaje de la película de Damon, seguiríamos viajando en automóvil y, si somos puristas, en diligencia. Porque ese "caballo de hierro" era peligroso. Hubo ingenieros que aseguraron que era nocivo para el viajero ir en un medio de transporte que alcanzaba tal velocidad. Por no hablar de las tierras ocupadas, las granjas desaparecidas, el cambio en el paisaje… el progreso, a fin de cuentas.

Las minas, los pozos de petróleo, las placas solares (que emplean plata y necesitan una actividad extractiva que altera el medio)… en general, todas las industrias energéticas, suponen una alteración del entorno, de la vida de quienes viven en él, es una cirugía invasiva en toda regla.

No se cuenta en la película cuáles son los beneficios para todos los ciudadanos de tener una energía limpia y barata. Solamente se exponen los riesgos. El catedrático del MIT no afirma que el fracking es como una bomba nuclear, sino que tiene problemas y que no es seguro al cien por cien. La vida tampoco lo es.

El miedo bloquea las soluciones

Pero la realidad nos muestra que no queremos vivir consumiendo menos energía. Los ciudadanos, con sus elecciones, compras, formas de vida, imponemos un consumo determinado. Esos son los datos de partida del problema. ¿Cómo se soluciona de la mejor manera posible?

Elijamos el menor de los males e invirtamos en la solución de los problemas, que sin duda, como todo avance, implica. No se avanza sobre seguro. Es ley de vida. Cada elección tiene un coste de oportunidad e implica un riesgo. Y en el caso de fracking y de las demás fuentes de energía no es diferente. Por supuesto, la magnitud del estropicio es mayor en la elección de una u otra apuesta energética que en la elección de un corte de pelo. Por eso es tan importante decir toda la verdad, sin sesgos.

Y, finalmente, parece que nadie se hace la gran pregunta: ¿a quién no le conviene que triunfe lo nuevo? A los que sacan dinero con lo viejo. En este caso, las petroleras, las empresas subvencionadas por el Estado, es decir, las renovables, y aquellas grandes empresas asociadas a los gobiernos que viven de esto. El dilema se plantea ahora por la asfixia presupuestaria que empuja a los gobiernos, al estadounidense también, a reducir la gigantesca factura energética. Se acaba el dinero, hay que despertar el ingenio, y los viejos modos han de dejar sitio a los nuevos. En este sentido, el fracking es el futuro. O volvamos al caballo.

África (y III). Hipopótamos contra guepardos

África es el continente menos libre de todos. Según clasificación gráfica y algo simplificada del economista George Ayittey, la sociedad africana se divide en dos clases: aquéllos que ostentan y participan de las prebendas del poder político y aquéllos que lo sufren. Los primeros forman lo que él denomina la generación de los hipopótamos (hippos, en inglés) y los segundos, la generación de los guepardos (cheetahs, en inglés).

La generación de los hipopótamos (hippos)

Los llamados hippos son los que han monopolizado el poder político desde la emancipación de los países africanos. Son predecibles; piden siempre más Estado y más ayuda extranjera. Forman parte también de los hippos los intelectuales y los burócratas. Son los que están a favor de mendigar ayudas a organismos internacionales como el Banco Mundial, el FMI y la ONU cuya capacidad de supervisar el dinero entregado es muy limitada y carecen de incentivos para divulgar después los desastres que financian. Quieren preservar el statu quo y no van hacer, ni apoyar de ninguna manera -aunque lo proclamen- las reformas estructurales locales que son necesarias en los países africanos para salir del atolladero.

Los hippos son los que ven que en cada necesidad social un pretexto para acusar al imperialismo actual y una excusa para pedir más ayuda oficial y más intervención pública. Son minoritarios pero poderosos. Desde la independencia de los países africanos ubican la necesidad de cambio siempre en otras personas en lugar de imponer la carga del cambio en uno mismo. Los hippos son también los empresarios amigos del poder y enemigos de la competencia que han succionado sistemáticamente la vitalidad económica de su propia gente. Son las élites que continúan vampirizado África desde su supuesta descolonización.

Como ha señalado muy certeramente el periodista ugandés Andrew Mwenda, el problema del continente africano es que se ha distorsionado la estructura entera de incentivos de los gobiernos al no depender sus ingresos tributarios de la actividad de las fuerzas productivas de su propia nación sino de las ayudas internacionales. Éstas se han apropiado de los esfuerzos empresariales de los africanos al hacer que lo más rentable sea convertirse en un buscador de rentas con el fin de obtener momios del Estado y sus donantes. Se torna difícil encontrar oportunidades para comerciar o trabajar en el sector privado ya que el entrono político e institucional actual es beligerante con los negocios autóctonos particulares.

Las políticas de gasto de los hippos no hacen sino alimentar sus cuentas bancarias en el exterior y acrecentar la estructura del sobredimensionado Estado. Los hippos son los destructores de sus monedas locales y también las fuerzas extractivas de los países africanos en el sentido dado por Acemoglu y Robinson en su célebre libro Why nations fail.

La generación de los guepardos (cheetahs)

En contraste con lo anterior están los denominados cheetahs. Son los que están a favor del emprendimiento, la competencia y la iniciativa privada. No esperan ya que el gobierno les vaya a resolver sus problemas. Desean una decidida integración con la globalización. Piden, por tanto, que las barreras comerciales internas e internacionales sean suprimidas, así como las perniciosas ayudas externas. Son los que ven en cada necesidad social una oportunidad de negocio. Son ágiles y austeros. Generan gran parte de la riqueza del país que no está en los libros contables oficiales. 

Rechazan por obsoleto que todo problema africano sea analizado bajo el paradigma del "colonialismo-imperialismo". Los cheetahs, libres de estorbos de dicha jerga populista, son capaces de analizarlos con mucha mayor claridad y precisión. Saben que sus problemas y fracasos no vienen del capitalismo ni del imperialismo, sino principalmente de sus propios y cleptócratas gobernantes que bloquean tanto la aparición de la inversión productiva como de la innovación y se enriquecen sin traer apenas desarrollo a su propio país. Los guepardos son los hombres y mujeres de África que huyen del Estado para encontrar en otros ámbitos sociales distintos una vida colectiva con sentido, la cual estiman en gran medida.

La salvación y desarrollo de África no vendrá jamás de los hipopótamos, sino de la generación de los guepardos. Los cheetahs, a falta de los imprescindibles derechos de propiedad legalmente reconocidos, son los que forman el sector informal y tradicional de la economía africana, es decir, la inmensa mayoría de la población del continente. Saben que la agricultura es el sector más importante del continente por lo que perciben las ayudas a la agricultura de los países desarrollados como el mayor obstáculo a su desarrollo interno.

Son también los africanos de la moderna diáspora alrededor de África y del resto del mundo que han tenido que abandonar sus países respectivos por falta de oportunidades. Representan lo mejor de la tradición africana de libertad y perseverancia. Condenan el nepotismo, los abusos de poder, la rapiña y la falta de transparencia de los hippos.

Los cheetahs son los constructores del futuro de África. Están desplegando una revolución silenciosa de esfuerzo, trabajos y pymes que está rellenando el deprimente foso dejado por los malos gobiernos. Aportan experiencia. Sus inversiones son modestas pero productivas, a diferencia de lo que sucede con las de los hippos y sus aliados (FMI y BM).

Los gobiernos de la mayoría de los 54 países africanos, con independencia de su régimen político, son meros negocios corruptos, más afines a la mafia que a los servicios públicos. En una ocasión, un jefe tribal de Lesotho confesó que los problemas que tenían en su país eran fundamentalmente dos: las ratas y el gobierno. Los cheetahs creen que el libre comercio, la libertad de desplazamiento, de reunión y de opinión forman parte de su propia herencia africana y de sus instituciones indígenas. Juzgan a los influyentes expertos en desarrollo como personas cándidas cuando proponen a los hippos la mera implantación de medidas e instituciones extrañas al cuerpo social africano. Nunca funcionarán.

Es necesaria una mayor consideración de las asambleas tribales locales, demás instituciones tradicionales y de las necesidades reales de las poblaciones para que no siga creciendo la distancia entre los gobiernos y la gente. Sin deseo de volver ciega y románticamente hacia el pasado, ni de legitimar muchas costumbres arcaicas que son ya inasumibles para la racionalidad crítica moderna, las estructuras políticas tradicionales tienen sin embargo aún mucho que decir para la futura cohesión del continente.

La formación de un Guepardo africano: el caso diamantino de Botswana

Botswana ofrece un caso único de alternativa de gobierno efectivo en África. Ha sido de los pocos en no despreciar la tradición de valores democráticos autóctonos tras la independencia, pudiendo, así, allanar la transición hacia su democracia moderna.

A esto se unieron sus acertadas políticas mantenidas en el tiempo, las más amigables de África con el mercado, la propiedad privada y la rule of law. También embridó su gobierno el gasto público y, en consecuencia, la presión fiscal. Fue empeño de sus dos gobernantes principales, Seretse Khama y Festus Mogae, el alejarse de todo radicalismo, así como sostener valores de la democracia liberal y el hacer de Botswana un país acogedor para los negocios, las inversiones y los turistas. Su antigua institución de la Kgotla (asamblea para deliberar asuntos locales, impartir justicia, celebrar casamientos, etc.) sigue aún jugando un rol esencial en la convivencia de la sociedad botswanesa. Desde su independencia en 1966, y a diferencia de otras naciones africanas, ha conseguido compaginar con éxito su tradición con un constante crecimiento en una senda de pacífica coexistencia, sin diseños megalómanos y con no pocas dosis de pragmatismo y buen sentido.

A pesar de contar con yacimientos diamantíferos, su verdadero tesoro es otro: el que su gobierno, desde que dejó de ser protectorado de Reino Unido, haya dado participación a su sociedad civil preservando, al mismo tiempo, un entorno de seguridad jurídica y económica.

La experiencia de Botswana nos enseña que hay que invertir sobre todo en las instituciones locales, no en sus líderes. El economista congoleño John Mukum Mbaku nos recuerda que la solución a los problemas de África vendrá, no de las instituciones importadas de Occidente, ni tampoco sólo de sus meras instituciones indígenas, sino de sus propias soluciones endógenas de abajo a arriba surgidas de reformas graduales serias y sensatas que liberen y den seguridad jurídica a la sociedad civil para desatar la acción humana y la función empresarial autóctona que atraiga inversiones y permita adaptarse a su manera a la modernidad, al capitalismo y a las posibilidades que ofrece la presente globalización.

Nada se conseguirá limitándose a culpar las potencias extranjeras por aprovecharse de las consecuencias de la calamidad interna africana como denunció en su momento Walter Rodney, proponiendo ideologías fallidas como el afrocomunismo y otros fundamentalismos supuestamente buenistas o sugiriendo la desconexión de la economía internacional por intercambio desigual tal y como recomienda insensatamente Samir Amin. Sus efectos serían bastante peores que los males que pretenden evitar. La cruda realidad es que el abrumador volumen de comercio e inversión de los países ricos se dirige a otros países ricos, no a los países pobres. Se trata de que estos últimos puedan integrarse cada vez más en aquellos flujos y, de paso, vaya creciendo poco a poco allí la deseable clase media para alcanzar la prosperidad hasta ahora vedada en buena parte del África subsahariana.

Tal y como argumenta Thomas Sowell, muchos de los problemas actuales de África son internos, por más desagradable políticamente que esto sea para los habitantes de esos países o para las personas del mundo occidental que prefieran otras explicaciones.


Este comentario es parte integrante de una serie publicada acerca de los factores internos causantes de los problemas actuales de África (cleptocracias despóticas, ideologías equivocadas, fragilidad institucional, libertad secuestrada, abuso de poder, guerras civiles) así como sus posibles soluciones endógenas (reconocimiento y adaptación de las instituciones autóctonas, paz y seguridad jurídica, limitación de los poderes ejecutivos, liberar y permitir a la sociedad civil actuar en todos los ámbitos). Contradice el diagnóstico que carga, sobre todo, las tintas en los factores exógenos como explicación del origen de los primeros (neocolonialismo exterior, imperialismo, comercio internacional) y como opción más recomendable de las segundas (ayudas externas, reformas patrocinadas por el FMI o el BM). Para una lectura completa de la serie, ver también I y II.