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Sin conciencia verde

No hace mucho encontré en la prensa nacional una noticia devastadora: nuestra conciencia ecológica está por los suelos. Sí, es duro, pero la crisis no pasa en balde y las preocupaciones de los ciudadanos de a pie, ésos que pagan impuestos y mantienen el Estado de Bienestar en actitud derrochadora, se han ido por otros derroteros. El medio ambiente les importa, de pronto, una higa. O menos. Según el CIS, ese organismo sociológico-estatal que tanto nos cuesta y tanto disgustos nos da, la conciencia ecológica del entrevistado medio ha retrocedido y pasado del puesto 15 en 2005 al puesto 28 en la actualidad.

Sí, sí, lo reconozco, el puesto décimo quinto en plena burbuja financiero-inmobiliaria-estatal no es mucha cosa, teniendo en cuenta lo que le sirvió al Gobierno del ínclito José Luis Rodríguez Zapatero para justificar sus políticas medioambientales y energéticas, pero es lo que había, y el vigésimo octavo es lo que hay ahora: en ambos casos, un tanto penoso. Este dato da, desde luego, para una pequeña reflexión sobre la conciencia ecológica de la gente.

El ecologismo vende, y vende mucho. Es posiblemente una de las ideologías anticapitalistas que más usan el marketing, herramienta básicamente capitalista, para ampliar horizontes e ingresos. Y lo hace muy bien, no puedo negarlo, siempre despertando nuestros sentimientos y miedos. Pero vende cuando hay dinero de sobra y podemos dedicar unas perrillas a alguna causa perdida, como la de la ballena gris, la del camachuelo trompetero o incluso la del mutante e inexistente pez de tres ojos del ecosistema de Garoña (Ecologistas en Acción dixit). Sin embargo, cuando el hambre aprieta, ni camachuelos, ni ba-llenas, ni vacías; el dinero se dedica a las necesidades más básicas, la de la comida, el refugio y el vestido, y al gorrión no le quedan ni las migas del bocata del mediodía. Somos así de egoístas, ¡qué le vamos a hacer!

Al mundo de las ONG también ha llegado la crisis y ha llegado, como a todo hijo de vecino, con un descenso de sus ingresos. Bueno, hijo de vecino no ligado a la corrupción política, porque a esos sí que puede que les hayan salido unas cuentas en Suiza o en las Caimán, como a otros sabañones. En la segunda quincena de julio de 2012, nos desayunábamos con la noticia de que nuestros amigos de Greenpeace las estaban pasando canutas y se vieron obligados a hacer un ERE de tres pares de pingüinos, dejando en la calle, y sin calefacción, a 16 colaboradores de ésos que cobran, no de los que colaboran sin ánimo de lucro. Vale, que 16 no son muchos, pero que fastidia comportarse como una vulgar institución capitalista. Y eso que en España la ONG cuenta con 100.000 socios, que ya podían haberse rascado el bolsillo…

¿Tenemos una amplia conciencia ecológica o es más bien una moda, como la de llevar rastas, pantalones pitillo o comprar bolsos falsos de Gucci? Pues estos datos apuntan hacia lo segundo para una gran mayoría de "concienciados". El problema de las políticas medioambientales a la vieja usanza es que nos están saliendo muy caras, incluso cuando la burbuja que las ha alimentado y financiado durante años ha desaparecido, explotando y llevándose por delante buena parte de la economía española, aunque la pública se resiste como si en ello le fuera la vida.

El gobierno socialista de ZP inició una serie de políticas medioambientales y energéticas moralmente justificadas en las tesis ecologistas, pese a que este tema estaba por detrás de otros catorce a los que podía haber prestado más atención, y esas medidas son unas de las que actualmente nos están dañando la cartera, el riñón, el otro riñón y posiblemente el hígado. Desde las primas a las renovables, que es una especie agujero negro que se traga nuestros impuestos (7.416,97 millones de primas al llamado Régimen Especial en 2012 según datos de la CNE), pasando por la burla de las desaladoras que no funcionan ni tienen visos de hacerlo algún día, hasta las iniciativas medioambientales del Plan E y todo el dinero que, además, han gastado Comunidades Autónomas y Ayuntamientos en temas similares.

Y como la cosa podía empeorar, el gobierno popular de Rajoy sigue una línea similar, no quizá tan derrochona como la de su predecesor, porque no hay tanto dinero, pero sí manteniendo en la medida de lo posible los desmanes del socialista. Sin ir más lejos, el Ayuntamiento de Madrid ha anunciado que cobrará más a los coches más antiguos al aparcar en zona SER, asegurando que contaminan más. Supongo que un Audi comprado ahora con un motor de 8 litros es "eco" y no contamina nada. La familia que tiene problemas para llevar los garbanzos al plato todos los días y no puede cambiar el coche debe de estar dando saltos de alegría con Ana Botella y sus ocurrencias.

Puede que lo que haya pasado es que el ciudadano se haya dado cuenta de que la conciencia ecologista es realmente un sacacuartos que ayuda a unos pocos, porque corruptos hay en la Administración, en las empresas que trabajan con ella y, desde luego, en las organizaciones solidarias y supuestamente bienintencionadas que viven del presupuesto y de los favores de los administradores. Que el camachuelo puede tener un ecosistema en perfecto estado de revista, pero eso no tiene que pasar por alimentar a un montón de rastafaris de salón, dedo inquisidor y dictador interior.

Y mientras este tipo de gente siga mandando sobre la ciencia y la ecología, no confundir con ecologismo, mientras esta gente siga diciendo o sugiriendo qué es moral o inmoral, el medio ambiente estará fastidiado porque no se someterá a un proceso de mercado que determine las mejores formas de conservarlo, empezando, quizá, por la propiedad privada.

Relativismo o esencialismo liberal

La polémica teórica y práctica entre relativismo cultural y esencialismo es irresoluble. La controversia está viciada por la existencia de etnocentrismos de uso político por parte del relativismo radical cuando se ataca solamente a Occidente, por invasivo e "imperialista", y se sobreestiman las otras sociedades, las que lo cuestionan. Un relativismo cultural radical y, a la vez, honesto habría de prestar legitimidad ética por igual a todas las culturas, incluida la occidental y, simultáneamente, habría de negar la existencia de toda unidad cognitiva entre los seres humanos.

La asunción más elaborada de esta postura la ejemplifica el antropólogo Franz Boas (1858-1942) para el que cada cultura constituye un mundo social total que se reproduce a sí mismo a través de la enculturación, es decir, del proceso mediante el cual se transmiten de una generación a la siguiente los valores, disposiciones emocionales y comportamientos incorporados. Tal planteamiento se da de bruces con la realidad, puesto que los humanos de diferentes etnias nos relacionamos por encima de las diferencias étnicas y nos aculturamos en una dinámica permanente. Los ámbitos de cada etnia nunca son cerrados, ni su apertura es igual en todos los casos. La versión moderada del relativismo deja, sin embargo, la puerta abierta al reconocimiento de una amplia base cognitiva común a todos los humanos y, por tanto, la posibilidad de llegar a compartir valores éticos, sin dejar de constatar que, a su vez, existen diferencias que afectan a la interpretación del mundo físico, de la sociedad y a las preferencias individuales.

Por otra parte, un esencialismo absoluto ofrece tantas debilidades como el exceso contrario. La formulación de que existen valores tan generales como inmutables resulta empíricamente insostenible, por más que sí podamos identificar cierta durabilidad de los mismos así como una importante universalidad entre sociedades, pero enmarcadas ambas en procesos cambiantes. El esencialismo extremo se halla ante la tesitura de afirmar la unidad cultural y ética de la humanidad, reconocible apelando a una autoridad absoluta legitimada bien místicamente, bien por la sedicente superioridad de una de las sociedades sobre la que recaería la tarea suprema de definir la esencia ética de las demás. La versión radical del esencialismo está cargada, pues, de constructivismo, de una fatal arrogancia que multiplica su potencial de error. El universalismo moderado tiene, no obstante, la opción de pervivir plausiblemente mediante el descubrimiento de valores y cogniciones comunes a todas las culturas, a la vez que aceptando una diversidad real no suprimible.

¿Cuál es la posición del liberalismo en este debate? La que aquí consideramos, la de la tradición austriaca, maneja comunes presupuestos antropológicos, económicos y políticos, lo que no impide la cohabitación de discrepancias importantes dentro de aquella.

Tres son las principales estrategias de fundamentación de la libertad en la tradición de la escuela austriaca que nos permiten definir su posición en la discutida controversia entre esencialismo y relativismo. Las vemos expuestas en paralelo en las definiciones esquemáticas que el profesor Huerta de Soto aportó en sus "Estudios de economía política": el evolucionismo institucional de F. A. Hayek, el utilitarismo de L.V. Mises y el iusnaturalismo de M. N. Rothbard. Los tres planteamientos, dejados a la suerte de su propia lógica, pueden llevar a fugas de la realidad, a callejones sin salida, tal y como Huerta de Soto indica en su artículo. No obstante, balanceados mutuamente en una suerte de contrapesos teóricos aplicados a la realidad, es posible posicionar el liberalismo austriaco entre el relativismo moderado y el universalismo atemperado. Ni tanto utilitarismo que conlleve una reglamentación hiperracionalista de la vida social, ni un esencialismo que concluya de la misma manera por la vía de la ética absoluta, ni un tradicionalismo que consagre instituciones sin una apropiada crítica racional o ética (es decir, que las legitime solo por su carácter ancestral).

La propuesta de De Soto se muestra como la única viable sin que debamos permitirnos un excesivo optimismo acerca de sus resultados. La vigilancia que cada enfoque ejerce sobre los otros dos no garantiza el acierto ni oculta la existencia de diferencias importantes entre todos ellos, pero sí que configura una posición sensata entre relativismo y universalismo que permite una crítica clara y radical tanto de la impronta conservadora como de la posmoderna.

La campaña para el establecimiento de la Reserva Federal

El sistema de banca nacional creado durante la Guerra entre los Estados era notablemente superior al anterior, más cercano a una banca libre, desde el punto de vista de los grandes financieros. Pero su funcionamiento, durante la guilded age, no cumplía todos sus deseos. Empezó a hablarse del problema de la “elasticidad” del crédito, es decir, de la capacidad del sistema financiero de expandir el crédito sin muchas limitaciones. Otro de los problemas era que, aunque se había dado un paso hacia la centralización del crédito, no se había ido tan lejos como podría. Tampoco, y esto era fundamental para sus intereses, había un prestamista de última instancia que salvase a aquellos bancos en problemas. La banca nacional no era todavía una banca centralizada y orquestada por una institución.

Aunque grupos como el de Rockefeller y otros estaban detrás de este paso adelante en el intervencionismo financiero, la primera fuerza detrás de este profundo cambio es la que aporta J.P. Morgan. Se había convertido en el gran financiero de la gran industria del país, que eran los ferrocarriles. Morgan, desde esa posición, había estrechado lazos con los dos principales partidos. A finales del XIX, por medio de su hombre en el partido Republicano, el senador Henry Cabot Lodge, Morgan se acerca al muñidor Mark Hanna, un hombre de Rockefeller, para firmar un pacto en torno a un candidato, William McKinley. El pacto incluye el programa electoral del partido republicano para aquellas elecciones de 1896: Patrón oro, una moneda “elástica” y proteccionismo arancelario. En frente estaba la candidatura demócrata del populista William Jennings Bryan, inflacionista, racista y progresista.

La campaña para la creación de un banco central fue larga, concienzuda y, en última instancia, exitosa. No lo tenían nada fácil. El público mantenía una instintiva oposición a la centralización del poder, y especialmente en asuntos financieros. En 1897 se reunieron varios representantes de la industria en la Convención Monetaria de Indianápolis con el mismo programa de McKinley. Sus conclusiones no nos pueden sorprender, pero lo más relevante es el mensaje de que era necesaria una reforma del sistema financiero, que fue diseminado por la prensa nacional.

En 1900 lograron que bajo la presidencia de McKinley se aprobase la Gold Standard Act, que reducía a la plata a una moneda de cuenta. En 1906, la Cámara de Comercio de Nueva York publica un informe llamando la atención sobre el problema de la inestabilidad de la moneda, y pide expresamente “un banco central de emisión bajo el control del Gobierno”.

Pero la oportunidad de oro vendría con la crisis de 1907. Entonces, todos los mensajes con los que los publicistas de Morgan, Rockefeller, Kuhn Loeb y demás habían estado empapando a la opinión pública adquirieron una mayor relevancia. Y los esfuerzos por introducir un banco central se redoblaron. En 1908 se creó una Comisión Monetaria Nacional para dar el empujón definitivo. La opinión pública seguía siendo refractaria a un banco central. Por eso, según explicaba el representante republicano Theodore Burton, “mi idea, por supuesto, es que todo debe realizarse de la manera más sigilosa posible y sin un anuncio público”. Ya llegará el momento para ello. En 1909 el presidente de la Asociación Nacional de Banqueros, George M. Reynolds, pide oficialmente la introducción de un banco central, a imitación del Reichbank. Y, finalmente, como culminación de los trabajos de la Comisión Monetaria Nacional el Congreso pone en marcha el Plan Aldrich, que prevé la creación de una Reserva Federal (no se atreven a llamarlo banco central o banco nacional), a medio camino entre una institución pública y una privada, con una base geográfica dispersa, y que, con ciertas modificaciones, fue el que se llevó a la práctica.

Quedaba todavía un escollo, y era la posible vuelta del Partido Demócrata al poder. El partido de Andrew Jackson jamás hubiera permitido la creación de una Reserva Federal. Todavía los bourbon democrats de Grover Cleveland quizás hubieran mostrado ciertas reservas. La plataforma electoral de Bryan, inflacionista, era sin embargo muy distinta a los planes de Morgan y Rockefeller. Pero el partido demócrata había cambiado mucho desde la época de Jackson, y ahora sus miembros del Congreso eran más transigentes con una reforma financiera de ese calado. Finalmente, bajo un presidente demócrata, Woodrow Wilson, se aprobó la Federal Reserve Act, en 1913. Este mes de diciembre se cumplirán cien años. Al valorar la aprobación de la ley, la Asociación Nacional de Banqueros emitió un dictamen según el cual, “la medida reconoce y adopta los principios de un banco central”. Era el cumplimiento de sus objetivos, buscados desde hacía tiempo.

El Estado de Bienestar y la violencia

Si mañana el Estado decidiera prohibir las relaciones homosexuales, tendría que acompañar la medida de un despliegue coactivo de tal envergadura que inmediatamente provocaría el rechazo de la inmensa mayoría de la sociedad. Los medios de comunicación difundirían imágenes de homosexuales pacíficos siendo detenidos, o testimonios emotivos de los que hubiera preferido esconder su orientación sexual antes de ir a la cárcel. Toda persona sensata, al ver a gente pacífica siendo acosada de tal modo, estaría escandalizada y exigiría al gobierno que rectificara dicha medida de inmediato.

Si preguntáramos a esos ciudadanos por qué se oponen a la prohibición, muy pocos contestarían que, simplemente, a ellos les parece bien ser homosexual y por tanto el Estado debe legalizar esta orientación sexual en concreto. No, la mayoría basaría su posición en que el Estado no puede prohibir algo que se hace libremente entre dos adultos y que no perjudica a nadie.

Por desgracia, esta posición tan razonable, o bien no se ha interiorizado, o bien se abandona a las primeras de cambio en cuanto el algo que se hace libremente no es del agrado del que juzga.

El ejemplo más claro es la prostitución en adultos. Al igual que con las relaciones homosexuales, se trata de dos o más adultos actuando de mutuo acuerdo, y sin hacer daño a nadie. Pero claro, cuando algo no te gusta, ahí están las excusas argumentales para hacer que sea fácil tirar tus principios por el desagüe; por ejemplo, que la supuesta falta de dinero del que presta el servicio le obliga a dedicarse a esos menesteres, y de ahí la ilegitimidad de ejercer esa profesión.

Por suerte, en este tema la sociedad está avanzando y cada vez más voces se levantan a favor de la legalización total.

Por desgracia, hay otros temas en los que la coacción estatal aún campa a sus anchas con el beneplácito de la mayor parte de la población; me refiero a la persecución fiscal a causa del llamado Estado de bienestar.

Al Estado de bienestar se le ataca desde el liberalismo por muchas cosas, y todas son importantes. Pero en lo que no se hace suficiente hincapié es que, al igual que todos los entramados mastodónticos Estatales, se sustenta en algo muy simple: la coacción sobre el individuo pacífico que no hace daño a nadie. O lo que es lo mismo, sobre la violencia gratuita.

Al igual que el homosexual o la prostituta, la persona que decide no usar los servicios del Estado de bienestar (educación, sanidad, pensiones, etc.) no hace ningún daño a nadie. El disfrute de los servicios puede ser, y es, restringido y por tanto nadie que no participara en su financiación podría ser excluido sin el más mínimo problema.

Pese a esto, millones de personas que suscriben sin ningún pudor la máxima del vive y deja vivir se manifiestan a favor de monitorizar, auditar, perseguir y meter en la cárcel si es necesario a todos los ciudadanos del país con tal de que nadie se escape de mantener esa maquinaría de gastar dinero que tanto les gusta.

Pues ya va siendo hora de que se empiece a decir alto y claro que se puede estar a favor de los servicios públicos del Estado de bienestar. Pero siempre que se deje perfectamente claro que se está en contra del vive y deja vivir. Porque todo defensor de lo público es alguien que no deja vivir a los demás. Alguien que sustrae dinero, y por tanto horas, ideas, esfuerzo, y en general, la vida a otros, en nombre de lo que él cree adecuado por su moral, sin importarle lo que la otra persona piensa o lo que podría hacer con esos recursos si tuviera la oportunidad. En otras palabras: alguien que cree en la violencia y desprecia la libertad.

África (I). Una tradición de libertad

África subsahariana fue un continente aislado hasta el siglo XIX. Las severas barreras geográficas del interior separaron muchos de sus pueblos entre sí. Sus zonas escasamente pobladas y las limitaciones en el transporte hicieron de África un mundo aparte. Se produjo, por tanto, una fragmentación étnica y lingüística enorme: actualmente hay más de dos mil etnias y con sólo el 13% de la población mundial las lenguas africanas representan el 30% de todos los idiomas conocidos. Sus habitantes tuvieron siempre difícil acceso a los progresos económicos y culturales del resto del mundo debido a su aislamiento secular.

Cualquier libro sobre historia de África precolonial tratará esencialmente de aquellos casos en que surgió cierta estructura de Estado. Leeremos acerca de los imperios de Songhaï, Ghana, Mali o Kanem-Bornú, así como de otros pequeños reinos centralizados. Habrá también referencias a las numerosas e interesantes ciudades-estados que surgieron por doquier como las de Hausa, Yoruba o las costeras del Este africano de cultura swahili en las que restos arqueológicas muestran que hubo un destacado comercio con Persia, India y China. Serán escasas, sin embargo, las menciones a sociedades descentralizadas dispersas por todo el continente, compuestas por grupos de poblados sin conexión política alguna con formas de organización social superiores. Estas sociedades sin estado fueron mayoría.

Se basaban en organizaciones clánicas, no territoriales. Tenían un gobierno limitado; no solían tener jefe tribal y eran gobernadas por un consejo de ancianos de la comunidad. En caso de tener un jefe, éste no solía ser hereditario. Si abusaba de su poder, la comunidad sencillamente le abandonaba.

Aquellas sociedades descentralizadas no han sido convenientemente estudiadas. Las razones de ello han sido la ausencia de fuentes escritas -se desarrollaron en un entorno cultural esencialmente oral- y los prejuicios. Hasta épocas recientes, muchos historiadores han aceptado el punto de vista predominante según el cual sólo aquellas sociedades que estuvieran centralizadas merecían la pena ser estudiadas. Han estado durante mucho tiempo por debajo del radar de la mayoría de los escudriñadores del pasado.

La distancia entre el gobierno y los gobernados era escasa y la participación de estos últimos solía ser habitual en forma de consultas o deliberaciones comunitarias. La sociedad se organizaba en torno al consenso y a la toma de decisiones de abajo a arriba. Entre los ashanti había un dicho que rezaba así: No existe gobierno aparte de la gente. Independientemente del tipo de autoridad que se formara, había un sentimiento muy arraigado de que aquello que dañara a la comunidad también lo hacía al individuo. Por muy autócrata que fuera un gobernante, estaba limitado por la autoridad de los consejos locales, el respeto ancestral a los usos, a las costumbres, a los códigos de valores y, en última instancia, a las divinidades. La ideología tradicional y las instituciones autóctonas servían de freno al poderoso. Un proverbio que se repite con variantes entre las diferentes etnias africanas dice que La sabiduría no se encuentra en la cabeza de una sola persona, o bien que Una sola cabeza no hace el consejo.

Pero incluso en aquellos lugares donde sí se formaron imperios o reinos, la tradición africana establecía contrapesos por medio de los jefes tribales y los consejos de ancianos intermedios. En la zona que hoy es Nigeria, por ejemplo, hay constancia de monarcas depuestos por abuso de poder por lo menos desde el siglo XII. Asimismo, los escasos imperios que surgieron África se rigieron bajo el principio confederal. La descentralización del poder es parte intrínseca de la herencia de su sistema político indígena. Éste funcionó razonablemente bien durante siglos en el África subsahariana.

Jefes y reyes no promulgaban casi nunca leyes sin la concurrencia de los consejos de ancianos, la institución sociopolítica de más prestigio en el África tradicional. Normas y costumbres eran motivo de debate comunitario cuando era precisa su interpretación. La conducta de la gente estaba pautada y era previsible. La justicia, impartida por el jefe o el consejo de ancianos, era proclive a la conciliación y a la restitución y no a soluciones punitivas. Existían instituciones de mediación comunitaria importantes como la palaver. Sus diferentes modelos de resolución de conflictos se fueron conservando y se integraron con otros valores locales para facilitar la cohesión de la comunidad y de los diversos clanes.

África fue supuestamente “descubierta” por Occidente en el siglo XVI. En la cultura indígena africana, el concepto de individualidad occidental era desconocido, sin embargo, bienes y miembros de las diferentes etnias se movían libremente a través de todo el continente. Los medios de producción eran propiedad de los nativos, no de sus gobernantes o de sus jefes tribales. Los campesinos, ganaderos, artesanos, pescadores o mineros acudían con sus excedentes a los mercados abiertos. Si lograban beneficios eran guardados por ellos sin ser expropiados por el jefe o el consejo. En este sistema tradicional, las autoridades del clan no imponían control de precios, ni se apropiaban de ninguna herramienta, instrumento, embarcación o arma, pues eran todos privados. No así la tierra, que solía ser comunal.

En el África precolonial hubo una densa red de intercambios y rutas comerciales por todo el continente. Pese a sus limitaciones, existieron mercados libres y abiertos durante siglos, antes de que ningún hombre blanco pisara sus tierras. Destacó especialmente, por lo menos desde el siglo IX, el comercio tran-sahariano. Fueron ciudades de mercaderes destacadas las de Tombuctú, Salaga, Dia, Djenné, Mogadixo, Mombasa, Pemba, Zanzíbar, Kilua o Sofala.

Eran sociedades con muchas carencias pero, al menos, no estaban oprimidas ni tiranizadas. A sus gobernantes no se les pasaba por la cabeza imponer ideologías ajenas a la tradición de sus súbditos ni recluir o matar a los disidentes. Las ciudades-estado eran probablemente las formas de organización social superior más acordes con la tradición y no los extensos Estados que se crearon posteriormente.

Hasta entonces no existieron las absurdas fronteras actuales. Cuando el colonialismo trajo consigo las fronteras administrativas y sus gobiernos centrales -con todas sus regulaciones, controles y sanciones–, los comerciantes se volvieron contrabandistas, se disgregaron artificialmente comunidades lingüísticas y étnicas, se destruyeron las rutas comerciales tradicionales, se impusieron formas de vida sedentaria a muchas comunidades nómadas, se forzaron convivencias entre etnias muy diversas y se impuso desde la metrópoli el poder de una minoría blanca y privilegiada sobre mayorías desarraigadas cuyas instituciones autóctonas quedaron desprestigiadas y fueron excluidas. Todo esto fue letal para la tradición política nativa que existió en África desde tiempo inmemorial.

Como nos enseña el economista George Ayittey, las instituciones indígenas tradicionales del sistema político y económico de África demuestran nítidamente que sus pobladores odiaban las tiranías y eran reacios a la excesiva concentración de poder en una sola cabeza.

Con la llegada de la inicua colonización en el siglo XIX, esta tradición indígena se vio violentada. Por desgracia, no ha dejado de serlo hasta nuestros días.

Estamos esperando a Godot

En 1952 se publicaba en francés la obra de teatro de Samuel Beckett Esperando a Godot. En ella, dos extraños y absurdos personajes esperaban a un tal Godot, que no se sabe quién es, para qué le esperan y si finalmente aparecería.

La trama de esta pieza de teatro del absurdo representa, a mi entender, la actitud de los españoles y, tal vez, los ciudadanos de otros países, frente a la desesperante situación económica que vivimos.

Vladimir y Estragón, los protagonistas, identifican perfectamente ese inmovilismo, esa pasividad ciudadana que adolece nuestro mundo civilizado. Nos miramos los unos a los otros esperando que Godot, el Estado, haga algo, aparezca, nos motive, nos solucione la papeleta. La diferencia es que nuestro particular Godot no es tan invisible como el de Beckett. Ha utilizado nuestro dinero, y sigue haciéndolo, para rescatar a una banca ajena al ciudadano y demasiado cercana al poder político, a pesar de ser pública y de tener como uno de sus objetivos la acción social. Me refiero a las cajas, por supuesto. Nuestro Godot de todos los partidos ha sido elegido por Vladimir y Estragón, que ahora se ven enroscados e inmóviles, en medio de la serpiente y a punto de ser devorados por ella, asfixiados, o ambas cosas.

A pesar de ello, nosotros, los Vladimir y Estragón del siglo XXI, seguimos sentados al borde del camino, esperando que el Estado sancione nuestros actos, formalice nuestra actividad económica, reconozca nuestro derecho de propiedad.

Por cuestiones laborales, he leído la crítica que el presidente del Instituto Juan de Mariana y futuro Rector de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala, Gabriel Calzada, le hizo en mayo del 2004 al libro de Hernando de Soto, reputado economista peruano, The Mistery of Capital. Tengo que agradecer a Mauricio Ríos que llamara la atención sobre esta reseña y este tema.

Hernando de Soto explica que, a fin de cuentas, la economía informal, tan frecuente en países emergentes, con instituciones poco sólidas o altos niveles impositivos, aunque genera un sistema espontáneo de normas y derechos de propiedad, no consigue que se genere riqueza porque el capital es estéril; lo que él llama dead capital.

Básicamente, la idea es que si la propiedad no es reconocida por el Estado, los bancos no van a permitir el acceso al crédito y el emprendedor informal, aquel capaz de desarrollar la acción empresarial más allá de las trabas e intereses políticos, no va a poder acceder al sistema financiero.

Pero Hernando de Soto no considera la posibilidad de que, precisamente por eso, las economías informales den paso a un sistema financiero alternativo libre. Libre no de normas, que son fruto natural de las relaciones humanas, sino libre de la manipulación estatal, de la extracción interesada de la riqueza del individuo, y de las alianzas perversas entre las grandes corporaciones bancarias y los Estados. Esas alianzas que tienen una gran responsabilidad en la situación que vivimos.

La sanción estatal, que parece ser un permiso divino que concede la gracia al ciudadano para tomar decisiones, asegura principalmente el engorde de las arcas del Estado y, como vemos cada día, no necesariamente para atender al necesitado, o para crear un marco adecuado para el desarrollo de empresarios, autónomos y trabajadores. Más bien, los ingresos del Estado son destinados a proyectos aparentemente interesados en el vaporoso bien común, pero que afianzan el poder del trío maléfico compuesto por los gobiernos, las empresas al servicio del régimen y la banca estatalista, sea privada con privilegios, sea directamente pública.

La actitud de Hernando de Soto es una justificación para que la ciudadanía siga esperando a Godot, sentada al borde del camino.

El final de la obra es una muestra de lo que apunto. “Qué, ¿nos vamos?”, dice uno de ellos. “Sí, vámonos”, responde el otro. Y ambos permanecen inmóviles, como nosotros, esperando la aprobación divina, la licencia de apertura, la subida de impuestos, y la recuperación económica.

Un error, en toda regla. 

El desprestigio de los economistas

El descrédito de la ciencia económica procede fundamentalmente de su confusión con otras ideas de índole moral, religiosa y política que han hecho depender sus conclusiones de necesidades generales y proyectos constructivistas que en cualquier caso se verían limitados, al menos en un plano teórico, por conclusiones estrictamente científicas.

Las ciencias físicas son una herramienta cuya perversión únicamente conduce al fracaso tecnológico inmediato. La economía es mucho más sencilla de manipular. El fracaso inevitable que entraña la aplicación de una teoría errónea, dada la extraordinaria complejidad que tienen los fenómenos sociales, podría justificarse mediante una nueva conjetura hecha ad hoc, aunque ésta estuviera igual de equivocada que la anterior. Por el camino quedarían escasez no resuelta y descoordinación en forma de parálisis económica.

El origen de tamaña frustración, que ha llegado a desvirtuar las ciencias sociales, procede de la fatal arrogancia que pretende un diseño inteligente del orden social. El objeto de estudio de las ciencias sociales no es otro que el orden espontáneo surgido de las consecuencias, queridas y no queridas, de acciones simultáneas y sucesivas realizadas por millones de individuos racionales persiguiendo fines estrictamente particulares en un entorno institucional evolutivo.

El diseño inteligente del orden social parte de teorías acientíficas promovidas por pensadores que se identifican moral e ideológicamente con los fines propuestos por quienes promueven dicha intervención masiva contra la sociedad. Intervenir supone violentar a los agentes que, libremente y en un entorno institucional, persiguen fines particulares estableciendo acuerdos voluntarios entre sí. La intervención aspira a conseguir un resultado concreto que se estima imposible de alcanzar en un escenario donde diversos fines y una pluralidad de voluntades interactúan libremente. Por ello, se trata de sustituir el orden espontáneo por una organización deliberada que ingenuamente se considera adecuada para la consecución del resultado propuesto. La acción, que a priori es siempre personal y competitiva, adquiere un carácter más amplio cuando se encauza a través de una organización que reúne a una multitud de agentes. Para que dicha organización eluda las reglas que imponen tanto el orden espontáneo como la libertad institucional, deberá recurrirse a la coacción irresistible.

La intervención, que materializan multitud de actores a través de la estructura organizacional del Estado posee las siguientes características:

  1. La coacción sobre todos los agentes cuyos fines particulares sean contradictorios con el propósito intervencionista. Para ello, quedan eliminadas tanto la autonomía como la voluntariedad de los intercambios, sustituyéndose el entorno institucional por mandatos que regulen la servidumbre de los individuos implicados y afectados.
  2. La intervención utiliza una información insuficiente, particular y estática, articulada en cierto momento a partir de un conocimiento limitado.
  3. Las consecuencias de la intervención serán tan amplias como lo sea el poder que la organización ejerza sobre las parcelas afectadas del orden social, alterando los cursos de acción particulares e impidiendo a los individuos generar y transmitir nuevo conocimiento. Esta circunstancia redunda en la naturaleza limitada y estática de la información y el conocimiento a los que tendrán acceso quienes tracen el plan que trate de reorientar y reajustar la organización cuando vea frustrados sus distintos propósitos.

La acción particular surge de la creación de conocimiento dentro de un entorno institucional evolutivo donde se producen intercambios libres y voluntarios. Las consecuencias evidentes de cada acción particular se materializan en forma de éxito y de fracaso. Esta información quedará a disposición del resto de agentes plasmándose en forma de precios de mercado y cuentas de pérdidas y ganancias. La función empresarial del individuo hará el resto. La eliminación del beneficio contable y los precios de mercado hace imposible el cálculo económico, lo que provocará el fracaso de todo diseño inteligente que trate de suplantar el orden espontáneo. No sólo se verán frustrados los objetivos propuestos por la organización coactiva sino que, además, se interrumpirá el proceso social que hacía posible la coordinación entre las acciones particulares.

La ciencia económica tiene como objeto el estudio del orden social, así como de las consecuencias de aquellas agresiones que lo neutralizan. Desgraciadamente, son muchos los economistas que, abrumados por la complejidad de su ámbito de estudio, o simplemente alterados por la fatal arrogancia que les hace creerse capaces de trazar un diseño inteligente que mejore los resultados del orden social competitivo, han optado por ponerse al servicio de poder absoluto, convirtiéndose simples paladines del estatismo.

@JCHerran

Hacerse el sueco

Si hay un país que para el españolito medio ha representado un sueño inalcanzable, ese es Suecia. En primer lugar, porque hay suecas, y eso, en un país caracterizado por su “landismo”, ya es bastante. En segundo lugar, y desde una óptica más política, porque después de décadas de propaganda progre, Suecia es vista por muchos como el paraíso de lo social, de lo público, el paradigma del Estado del Bienestar.

Así, prueben a discutir con un progre sobre voracidad impositiva estatal y desmesurado gasto público. Rápidamente el modelo sueco saldrá a colación para demostrar que lo que necesita España es precisamente eso: más impuestos, más sector público… ¡Como en Suecia!

La verdad es que si miramos el nivel de vida de los suecos, la lógica de usar a Suecia como modelo es inapelable… El problema es que dicha Suecia, la Suecia de un sector público desmesurado, de un estado omnipresente, ya no existe, como bien dice Maurico Rojas, pero bueno, ya sabemos que para la progresía lo importante no es la realidad, sino la ideología…

Y el caso es que, durante unos años, aquí en España hemos sido ¡por fin! suecos. Y de los de antes… Hemos vivido en una cálida y divertida Suecia mediterránea, disfrutando de una sanidad, una educación, unos servicios sociales públicos de niveles cuasi escandinavos… Y con un coste similar (o muy superior si le añadimos comisiones…).

Pero, a diferencia de dicho país nórdico, que ha sido capaz de pagárselo a base de elevados impuestos, eso sí, pero aplicados sobre una economía muy liberalizada y, por tanto, muy productiva, en España, los ingresos vinieron de tasar una economía muy intervenida y en consecuencia improductiva, basada en el endeudamiento generado por la triple burbuja…

Si encima, a esto le sumamos el contar con una clase política hispana que en su forma de manejar el erario público, en vez de a los sobrios y honestos suecos, se parece más bien a sus antepasados vikingos, está claro que, después de unos años gloriosos, el sueño sueco se nos ha acabado.

Esto no da para más, volvemos a ser españoles, improductivos, deficitarios y en el paro.

Pero la sociedad española no quiere verlo… Presa de la demagogia, con unos niveles de formación económica tercermundistas, no está dispuesta a renunciar a un sector publico desmesurado e insostenible, a unos niveles de gasto público que, basados en una actividad económica inflada e irreal, son absolutamente inasumibles.

Y una vez más, con la clase política al frente, recurrimos a Suecia como fuente de inspiración, para directamente “hacernos los suecos”…

Pero esta vez, y van dos seguidas, tampoco el “modelo sueco” nos va a funcionar… A lo mejor, deberíamos mirar a la otra orilla del Báltico.

Egoísmo de Estado

Los liberales estamos acostumbrados a recibir lecciones morales por parte de los socialistas de todos los partidos. La réplica a los argumentos a favor de la libertad suele caer en el sentimentalismo demagógico para tachar de egoístas a todos los que discuten que el Estado es el encargado de prestar una serie de servicios.

Normalmente apelan a la necesidad de ayudar a los más necesitados para curar graves enfermedades o escolarizar a los niños que de otra forma no tendrían oportunidades. Olvidan que los costes de estos servicios ofrecidos por el Estado son muy superiores a los mismos que el sector privado oferta pese a esta competencia desleal e ilimitada de los que tienen el presupuesto público de su parte. Además de resultar más baratos, la calidad del servicio y la satisfacción de los usuarios suele ser mayor. La trampa aquí reside en que los costes de los servicios estatales no se perciben como tales, pues los impuestos se recaudan en base a un hecho imponible en lugar de pagarse por la contraprestación de un servicio como las tasas. El acceso a muchos servicios estatales no está regulado por ningún precio (aunque sea menor del coste como las tasas universitarias) y, por tanto, no se percibe como tal. Cuando pagamos impuestos, desconocemos a dónde va a parar nuestro dinero y cuando utilizamos muchos servicios prestados por el Estado se crea una ilusión de falsa gratuidad por aquello que en realidad ya hemos pagado o tendremos que pagar a base de endeudarnos.

No se discute, en cambio, que otros servicios esenciales como podrían ser la alimentación y su distribución se deje en manos del "capitalismo salvaje". Hoy podemos comer prácticamente cualquier cosa por exótica que sea y el sustento básico tiene precios bajos en relación a la renta media impensables en otros tiempos. El libre mercado ha propiciado que tengamos comida barata y abundante sin que el Estado tenga que planificar nuestra alimentación a través de comedores sociales o cartillas de racionamento. Ha ocurrido lo mismo en otros sectores básicos para nuestro día a día como es el textil. En los sistemas capitalistas comprar ropa de abrigo o calzado no es un problema cuando no hace demasiado tiempo era una preocupación vital y desgracidamente en muchos países comunistas continúa siéndolo.

No es comprensible que quienes defienden la libertad política persigan la libertad económica para hacernos creer que el Estado es capaz de garantizar y prever nuestras propias necesidades. Pero es que además se trata de un sistema egoísta en el que se pretende ayudar al prójimo con el dinero ajeno, el de los contribuyentes. No hay grandeza en ayudar a tu vecino si para ello necesitas robar a un tercero.

En la última gala de entrega de los premios Goya, tuvimos que escuchar a actrices que propugnaban "terminar con un sistema que roba a los pobres para dárselo a los ricos". Estoy de acuerdo, la distribución de la riqueza consiste en saquear a los contribuyentes para repartir prebendas, entre otros, a los cineastas subvencionados. Se trata de un sistema egoísta que impide que cada cual sea generoso o egoísta con lo que gana gracias a su trabajo y esfuerzo. Una vez más, el Estado sustituye la responsabilidad individual en su más íntima humanidad, el altruismo, por una falsa solidaridad colectiva que tan solo sirve para limpiar conciencias atormentadas con las desgracias que ocurren a nuestro alrededor. Si creemos que los impuestos son bajos, nada nos impide hacer donaciones al Estado y si queremos ayudar a los demás podemos socorrer al prójimo en lugar de confiar en que otros lo hagan por nosotros. Lo contrario, es puro egoísmo.

Leonardo Polo: filosofía y economía

Este mes de febrero ha fallecido Leonardo Polo, un profesor de Filosofía en la Universidad de Navarra, seguramente no muy conocido en estos foros más económicos. Aunque se trata de una persona reputada en su campo (existen publicaciones y congresos que estudian el pensamiento poliano), la verdad es que no puedo hablarles con seguridad sobre los problemas metafísicos del ser y la esencia, o la profunda antropología que desarrolló en sus obras. Pero al menos les voy a copiar (en homenaje a mi compañero de columna, Paco Capella) las líneas que ha escrito una antigua alumna suya, Blanca Castilla, antes de referirme al título de este Comentario:

"Como a otros pensadores del siglo XX le preocupaba el formalismo en el que había derivado la Filosofía desde la tardía Escolástica. Lo cierto es que consiguió ir a la raíz del problema y, cuando en la década de los 60, algunos neotomistas re-descubren la piedra clave del pensamiento de Tomás de Aquino, la distinción esse-essentia, intuyó un método de acceso al SER. ¡Cuántas veces repitió que "una vaca pensada no da leche", o que "el yo pensado no piensa"!, rebatiendo idealismos y enseñando la importancia de abandonar el límite mental para llegar a la REALIDAD, al ámbito propio del SER…

… Estaba acometiendo la tarea de ampliar la ontología desarrollada por la Metafísica clásica, para poder pensar al ser Humano, que es distinto, de otro nivel decía, que el Cosmos, donde la Unidad es monolítica y el ser jerarquizado, y no da cabida a una la pluralidad de iguales, aunque sean irrepetibles. Y fue desarrollando una Antropología enraizada en el SER Personal, que por eso denominó Antropología Transcendental".

Hasta aquí mi excursus más filosófico. Porque de lo que pensaba hablarles es de un Seminario sobre Leonardo Polo: Filosofía y economía, al que justamente asistí el pasado mes de enero. El motivo era la presentación de un reciente libro del profesor Polo (con ese mismo título), que recoge diversas intervenciones o escritos suyos en relación a estos temas.

No pude quedarme hasta el final, y tampoco he podido comentar con otros ponentes el resultado de la Jornada. De manera que les voy a resumir mis impresiones en el rato que pasé con varios profesores universitarios, expertos en el pensamiento de este maestro que acaba de dejarnos. Sobre todo, voy a contarles la ponencia de Juan Fernando Sallés, también profesor de Filosofía en esa Universidad de Navarra, quien además prologa el libro del que hablamos, y que recoge (como se indica en la Introducción) catorce trabajos de Leonardo Polo sobre temas de economía y empresa: algunos ya publicados, otros inéditos o bien resultado de la transcripción de sus cursos y conferencias.

La obra (bien gruesa: casi quinientas páginas) se articula en torno a tres partes: "Bases antropológicas de la economía", "Sociedad y empresa" y "Ética y empresa". Siendo la primera la más extensa, con un largo e interesante trabajo sobre el "Esquema de la evolución de las organizaciones en la Edad Moderna". Se trata de un recorrido histórico desde los finales de la Edad Media hasta el siglo XX; pero no es una simple descripción de historia económica: contiene reflexiones más profundas como ésta que les transcribo: "Hay que subordinar la organización del espacio -tema del interés- a la del tiempo. La clave de la organización temporal radica en el perfeccionamiento intrínseco humano" (p. 17). Y continúa: "La libertad personal humana organiza el tiempo, organización más difícil que la del espacio, porque organizar el espacio es organizar los medios, pero organizar el tiempo es ordenar la propia vida en orden al fin personal" (p. 19).

En este mismo apartado encontramos otros capítulos muy interesantes como "La libertad humana y la organización de sus ámbitos", "Tener, dar, esperar" y "Los radicales humanos en la economía". Este último, un tema muy característico del discurso poliano, al que se refirieron varios profesores en la Jornada que comentamos: Leonardo Polo habla como de tres grandes momentos en la orientación de la vida humana. La época clásica, con su descubrimiento de que el hombre es un ser con una naturaleza racional, algo que está en los orígenes de nuestra cultura. El radical cristiano, que añade el descubrimiento de algo más importante, que el hombre es un ser personal (ser persona es lo más digno, más que ser animal racional). Y un tercer momento, la modernidad: cuando el hombre descubre que puede progresar construyendo, produciendo; pero este radical sólo, como se basa en que el hombre sin los resultados de su acción no es nada, establece una descompensación según la cual el hombre se subordina a sus obras.

Me salto la Segunda Parte y concluyo con "Ética y empresa". Aquí se abordan cuestiones tan relevantes como "El mando", "La acción de gobierno", "La ética y las virtudes del empresario" o "El valor de la veracidad como condición de la actividad empresarial". Verán que se trata de asuntos de plena actualidad, aunque por desgracia poco valorados, debido al progresivo deterioro moral de nuestra sociedad. Y en torno a ellos, el profesor Sellés proponía nueve consejos a los directivos: respetar la persona (y su intimidad); hacer equipo; buscar y formar a tus sucesores; mejorar la propia formación (el estudio); cultivar las virtudes importantes (aquí engarzaba las cuatro clásicas -prudencia, justicia, fortaleza y templanza- con la veracidad y la responsabilidad); tener objetivos realizables; la acción: fin del conocimiento; considerar el dinero como un trabajo en potencia y, por último, servir al bien común.

En fin, todo un reto para estos tiempos de crisis. Vaya aquí mi recuerdo al profesor Leonardo Polo.