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¿Qué fue de Guinea Ecuatorial?

A pesar de haber sido colonia española durante más de 200 años, la historia de Guinea Ecuatorial como estado independiente permanece bastante desconocida.

Después de convertirla transitoriamente en Comunidad Autónoma en 1964, el gobierno de Franco culminó el proceso de descolonización al que se había comprometido en las Naciones Unidas tratando de establecer previamente los mimbres de una nueva república en una conferencia en la que participarían grupos diversos del país bajo la guía "técnica" de la potencia colonial. Los desacuerdos llegaban incluso al punto de considerar la propia partición de la colonia en dos estados; uno insular basado en Isla de Fernando Poo, defendido por líderes de la etnia bubi y colonos españoles, y otro en la provincia continental de Rio Muni, donde la población de origen fang o panwe es mayoritaria. Se impuso la idea de mantener un único estado en coherencia con la posición de la metropolí en las organizaciones internacionales y, finalmente, tras desechar otros proyectos, se aprobó en referéndum una constitución redactada por una comisión de tecnócratas reclutados por Fernando María Castiella, Ministro de Exteriores de la época. Uno de sus miembros, Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, presume de haber participado en la comisión y al mismo tiempo se desentiende del resultado final.

En las elecciones celebradas en septiembre, Francisco Macías Nguema, fue elegido Presidente después de una segunda vuelta a pesar de los esfuerzos del gobierno español por promover candidatos proclives a mantener lazos amistosos. No obstante, el 12 de octubre 1968 se concedió oficialmente la independencia a Guinea Ecuatorial y se reconoció su autoridad al presidente electo. Éste no tardó en autoproclamarse presidente vitalicio, prohibió toda oposición política y rompió las relaciones con España. Además, implantó una dictadura comunista y dirigió uno de los regímenes más despóticos y sanguinarios de África, persiguiendo sistemáticamente a intelectuales y religiosos. Una de sus contribuciones más notables a la planificación económica fue la prohibición de la pesca a sus infelices súbditos y la orden de destruir todos los barcos pesqueros. Llegó a convertirse en un Pol Pot africano. Durante su régimen de once años, 100.000 exiliados huyeron del país (más de un tercio de la población en aquel tiempo), se condenó a más de 40.000 personas a trabajos forzosos y 50.000 fueron asesinadas. Forjó una alianza con la Unión Soviética y otros países de su órbita –a cambio de concesiones pesqueras en la zona económica exclusiva que, al parececer, encubrían objetivos militares– sin despreciar tampoco el asesoramiento chino.

La situación cambió cuando su sobrino, Teodoro Obiang Nguema (a la sazón jefe de las cárceles de Guinea) dio un golpe de estado y se alzó con el poder en agosto de 1979. A las pocas semanas, Macías fue juzgado en un consejo de guerra y ejecutado junto a otros altos jerarcas.

En el momento del golpe que depuso a Macías, ya se hablaba del enorme potencial petrolífero que albergaba el país. A partir de 1996, se vio confirmado por unos espectaculares resultados que le han convertido en el tercer mayor productor de crudo del África subsahariana. Sin embargo, el régimen de Obiang ha venido ocupando durante estos treinta y tres años los puestos más deleznables entre los violadores de derechos humanos del mundo. Según los informes de Amnistía Internacional y Human Rights Watch, se producen detenciones arbitrarias de forma rutinaria y los detenidos por la policía y el ejército son torturados sistemáticamente. A lo largo de los treinta y cuatro años ininterrumpidos, la represión política se ha cobrado la vida de más de 10.000 ecuatoguineanos. En el índice de corrupción de Transparencia Internacional, Guinea Ecuatorial ocupa el puesto 162 de una lista de 176 países.

Un ejemplo de la corrupción dominante que beneficia al clan de Obiang son los procesos de investigación que se siguen en Francia y Estados Unidos contra su hijo, "Teodorín", por delitos de lavado de dinero procedente de la extorsión, sobornos y malversación de fondos públicos, donde se han embargado bienes de lujo y cuentas corrientes localizados en esos países.

En 2004 se produjo un intento de golpe de estado no esclarecido para derrocar al dictador Obiang, en el que subyacían las luchas por hacerse con el control de los recursos petrolíferos. Según ha declarado el correoso Obiang, el gobierno chino se ha convertido en el principal financiador de Guinea Ecuatorial, a cuenta de esos futuros ingresos derivados del petróleo.

Dentro de ese contexto, no puede sorprender la celebración la semana pasada de la III Cumbre de los países del ASA (Africa y América del Sur) en Malabo, sustituyendo a Trípoli como sede tras la sangrienta guerra que derrocó al Coronel Gadafi en Libia. Con reminiscencias del antiguo grupo de no alineados, agrupa a los gobiernos suramericanos de la Alianza Bolivariana (incluidos Brasil y Argentina) y a un gran número de países de África. En sus resoluciones estos gobiernos no tienen empacho en recoger una amalgama ideológica de marxismo leninismo y crudo mercantilismo para justificar el sometimiento de sus pueblos al pillaje de una casta que envía directamente el importe de los sobornos, pagados principalmente por empresas extranjeras, a bancos del "Norte".

Los saqueadores que no respetan otra propiedad que no sea la suya y la de sus allegados se ungen en el papel de víctimas de sus pueblos por la colonización y los agravios de unas relaciones económicas dominadas por los países del "Norte". Esa retórica no va acompañada de una petición por eliminar totalmente las trabas al comercio internacional.

Al contrario, su raza o el pasado colonial de sus países les sirve para responder a periodistas occidentales lo que respondió Obiang recientemente a un corresponsal inglés cuando éste le inquirió sobre el número de palacios y mansiones que posee: "Usted lo que quiere es yo viva en un choza". Llegado el caso lo mismo responderían Evo Morales o Hugo Chávez, aprovechando su raza. Claro, Cristina Fernández tendría que apelar a las Malvinas y Raúl Castro al embargo norteámericano. Pero resume, como pocos gestos, la impostura y la doblez de estos granujas, y sirvió para que el habitualmente duro interrogador cambiara de tema.

Los fallos de mercado de David Friedman

En enero, tuvimos la fortuna de tener en Madrid a David Friedman, hijo del premio Nobel Milton Friedman, y reconocido anarco-capitalista. Hasta en tres ocasiones pudo cualquier interesado en escucharle hacerlo, pues dictó dos conferencias y además mantuvo un coloquio organizado por nuestro Instituto.

Personalmente, me sorprendió que, partiendo de unos postulados mainstream, de la Escuela de Chicago, llegue a proponer el anarco-capitalismo como sistema óptimo para el bienestar social, algo que se deduce más naturalmente desde la Escuela Austriaca. Esta discrepancia de inicio hace que Friedman acepte la existencia de fallos en el mercado (libre), algo que resulta muy difícil de aceptar para los austriacos. De hecho, Friedman llega al anarco-capitalismo aceptando la existencia de fallos de mercado, pero constatando que los fallos del Estado son aún más catastróficos y dañinos, por lo que es preferible convivir con el primer tipo de fallos que con el segundo. Por su parte, desde la Escuela Austriaca se defiende el anarco-capitalismo, por considerar que no se puede determinar la existencia de fallos en el mercado (libre), por lo que este funcionamiento es a priori el óptimo para la sociedad.

Friedman ilustra la existencia de fallos de mercado con algunos ejemplos, el más conocido de los cuales es el del ejército antes de la batalla.

Supongamos quinientos individuos armados y pertrechados esperando en su línea la embestida del enemigo. Si pierden la batalla, su poblado será arrasado y sus familias muertas. Cuando comienza el ataque, cada uno sabe que si los quinientos mantienen el frente, ganarán la batalla, aunque algunos perderán la vida. También saben que si uno o unos pocos huyen, se ganará la batalla, y el huido salvará la vida. Y si todos huyen, se pierde la batalla y mueren todos.

En estas condiciones, explica Friedman, el óptimo social resulta de que todos se mantengan en su puesto, pues así ganan la batalla. Sin embargo, el óptimo individual es huir y ser el único en huir, pues así se asegura la supervivencia. En resumen, la decisión racional de cada individuo es incoherente con la decisión racional para el colectivo, por lo que se produce lo que Friedman llama un fallo de mercado.

Pero, ¿es esto de verdad un fallo de mercado? ¿Es una situación realista la que propone Friedman? ¿Qué asunciones implícitas se realizan en este ejemplo?

Lo primero que llama la atención es la presencia de alguien sobre-humano, capaz de saber a priori lo que va a pasar en cada caso. Evidentemente, para alguien que sabe el futuro y todos los posibles futuros, para alguien que tiene información perfecta, sí se puede producir un fallo en el mercado.

Pero en la realidad, nadie tiene información perfecta. Es más, ni siquiera aunque supusiéramos que todos los individuos tienen información perfecta, se podría asumir que va a ser procesada de la misma forma, pues cada individuo es diferente, y lo son sus preferencias, sus conocimientos y su experiencia previa. Los mismos datos van a dar lugar a conocimiento empresarial completamente diferente en cada uno de los quinientos individuos presentes en la línea de defensa, que puede desembocar en diferentes acciones óptimas para cada uno.

Por tanto, en el ejemplo de Friedman tenemos una instancia del planificador central omnímodo para el que sí pueden existir fallos de mercado y que sí puede tomar acciones correctoras. Los demás sabemos que tal es, no solo práctica, sino teóricamente imposible (para una demostración ver la obra de J. Huerta de Soto: Socialismo, cálculo económico y función empresarial), por lo que hemos de desechar el ejemplo de supuesto fallo de mercado.

Además, Friedman únicamente propone dos alternativas para sus individuos: quedarse a luchar o huir. Este es un presupuesto típico del mainstream, incluida la Escuela de Chicago. Estos economistas eliminan de sus modelos la creatividad del ser humano, el emprendimiento, asumiendo que están predefinidos los recursos y los cursos de acción. Nada más lejos de la realidad, afortunadamente. El hombre imagina nuevos usos de los recursos para cumplir sus fines, los pone en práctica, y a veces acierta y mejora su situación, y otras se equivoca y la empeora. Y esta es la esencia misma del funcionamiento del mercado.

Parece, por tanto, poco adecuado tratar de ilustrar fallos en el mercado impidiendo a sus actores la innovación y asignándoles a priori un conjunto limitado de acciones. Es muy probable que, de los quinientos, la mayoría solo vean esas dos opciones. Pero, con uno que imagine una tercera mejor que las propuestas, y gracias al proceso de imitación, es posible que el bienestar social mejore considerablemente, sin que la solución óptima sea que todos se queden a luchar. Basta, a lo mejor, con que uno de los guerreros cuente un chiste o empiece a cantar, y quizá la batalla no tenga lugar y ambos bandos se vayan de fiesta.

Y es que, para poder identificar fallos de mercado, es necesario conocer cuál es el funcionamiento óptimo del mercado. La mayor parte de los economistas creen que dicho funcionamiento se corresponde con el mercado de competencia perfecta, pero ello es un grave error. Entre la múltiple bibliografía al respecto, me remito al trabajo Mitos sobre la regulación para la competencia (2012), donde analizo también esta cuestión (capítulo 4). Otros economistas, como Friedman, inventan situaciones estilizadas en que disponen de toda la información, por lo que atentan contra aspectos teóricos básicos para proponer su ejemplo.

Así pues, en ausencia de una estructura óptima para el funcionamiento del mercado libre (al menos, de una que se pueda predecir a priori), no existe referente teórico contra el que establecer fallos de mercado. Resumiendo: no existen fallos de mercado en el mercado libre, solo opiniones arbitrarias de los individuos que creen saber cómo debería funcionar el mercado. Y esto no tiene por qué suponer ningún problema mientras esos individuos no quieran imponer por la fuerza su visión ideal.

Gracias por provocar la reflexión, profesor Friedman.

España necesita un sistema pirolítico

Las elecciones en Italia, la dimisión papal, la ceremonia de los Oscar y los lamentables escándalos de corrupción han conseguido que los focos no estén tan centrados en la ausencia de toma de decisiones económicas del Gobierno.

Cualquier cosa vale para distraer la atención. Sí ha habido esta semana, como todas las semanas, más del mismo remover el caldero de las protestas, las evaluaciones y los análisis desde la barrera. La gente en la calle mezcla churras con merinas, corrupción con recortes. Y es normal. Porque quienes están al mando aplicando las medidas que son tan inevitables son los mismos que tiene salpicones de corrupción por todos lados. No están solos. Los que señalan con el dedo, quienes deberían ser oposición, tienen los mismos manchones o más. Una vergüenza. Pero hay que decir bien alto que los recortes no están relacionados con los sobres. Los recortes son un fenómeno doloroso pero nuevo. Los sobres, en cambio, son una arraigada tradición en este país en el que el que no corre, vuela.

La evaluación de Fitch

La consultora internacional Fitch ha publicado un informe con las luces y las sombras de nuestra situación económica. Pocas novedades, la verdad. Las zonas oscuras no son cualquier cosa. La amenaza es que podemos ir a mejor, pero también a peor. Y la conclusión del diario Expansión, que hay margen para reforzar las medidas fiscales, no señala en la buena dirección.

La losa del paro; la volatilidad de los mercados, es decir, la frecuencia e intensidad de variaciones en los precios, que trae consigo una mayor incertidumbre; el déficit público, que impide ni siquiera pensar en lograr el necesario equilibrio presupuestario; el débil crecimiento de la economía y el enorme pedrusco en el camino que supone el desastre bancario español pintan un panorama poco halagüeño. Si al empobrecimiento de las familias y la debilidad de la demanda le añadimos nuevas "alegrías" fiscales, el resultado no parece muy positivo. Pero hay explicaciones para todo. Explicaciones que se resumen en el eslogan de la desidia política: no se puede hacer otra cosa. Esa excusa es de las más dañinas y nocivas que conozco. Primero, porque no es cierto. Segundo, porque transmite a la víctima, es decir, el ciudadano susceptible de ser (más) esquilmado, la sensación de que haga lo que haga, las cosas son así. Un consejo del libro de los samurái dice que cuando hay una lluvia torrencial que te pilla a la intemperie tienes dos alternativas: correr o ir despacio, pero nada evitará que te cale el agua hasta los huesos. Y ese es el mensaje que encierra ese perverso "no se puede hacer otra cosa", dense ustedes por empapados.

Hay alternativas reales

En la misma semana que Fitch publicaba su informe, Daniel Lacalle sacaba a la luz en Cotizalia el informe acerca de las posibles medidas de política económica que se pueden tomar, remitido a determinados miembros de nuestro Gobierno. Supongo que yace en un cajón junto con la vergüenza torera de quien dirige nuestro rumbo. Y junto con una brújula, probablemente.

No son medidas teóricas basadas en sesudas reflexiones sobre el sexo de los ángeles. Son aportaciones lúcidas, que se han puesto en marcha en otros sitios y que aumentarían la solidez del sistema porque generarían más ingresos estatales a largo plazo, no aquí y ahora y mañana ya veremos. Pero seguimos con esa mentalidad de poner tiritas para arreglar costurones. Estimular la demanda mediante reducciones fiscales que atraigan capitales y generen una mayor actividad económica es más seguro que seguir engordando el gasto.

Aprovechar los despilfarros en infraestructuras utilizando la imaginación, el ingenio, ese gran don, para rentabilizarlas no es un sueño imposible. Es cuestión de coraje y voluntad política. Y no hay ni lo uno ni lo otro.

El sistema político pirolítico

La última propuesta de Daniel Lacalle se refiere a los escándalos de corrupción y su efecto. Hace tiempo perdí el hilo de las múltiples tramas de corrupción que colapsan nuestro país. Este sistema lo permite. Estas leyes, mientras no veamos una hilera de encarcelados, lo permiten. No podemos escandalizarnos.

No hay igualdad ante la ley, como la ex juez Carmena reconocía en declaraciones a El PaísNo hay un sistema de autolimpieza que asegure que el que se manche sale fuera de la política y el que se manche por encima de la ley va dentro de la cárcel. No hay verdadera rendición de cuentas. Ni los políticos lo proponen en serio ni los ciudadanos ven más allá de sus narices. Y es imprescindible para la recuperación real de la economía, aunque no sea evidente.

Pero en nuestro país, en nuestras calles, solamente hay gente que grita "basta" y paga impuestos. O sea, no hay nada. Puestos a reclamar podíamos empezar por las leyes. Menos y más eficientes. Un sistema pirolítico.

¿Control de armas o de las farmacéuticas?

Si el pueblo permite que el Gobierno decida qué alimentos comer y qué medicamentos tomar, sus cuerpos pronto se encontrarán como las almas de aquéllos que viven bajo la tiranía.

Thomas Jefferson

Obama tiene un plan. Y lo tiene para aumentar el control de armas tras las últimas masacres sufridas en EEUU. Sin embargo, si uno busca una correlación entre dichas masacres y mayor acceso o libertad de armas no la hallará. Probemos pues otra correlación.

El asesino de la escuela de Connecticut Adam Lanza fue diagnosticado con una enfermedad mental y estaba bajo los efectos de diversos fármacos psiquiátricos. ¿Cuál es un efecto secundario de no pocos de ellos? El comportamiento violento y las tendencias suicidas. Ningún arma, recordemos, mata por sí sola. En 2003, las autoridades británicas tuvieron que prohibir la administración de fármacos antidepresivos a los adolescentes y menores de edad debido a que parecía claro el potencial suicida de estas personas bajo dichos medicamentos.

En la trágicamente célebre masacre de Columbine en 1999, se sabe que uno de los estudiantes criminales estaba bajo los efectos del fármaco Prozac, y otro de ellos al menos bajo el antidepresivo Luvox, ambos asociados con comportamientos psicóticos en adolescentes. 

James Holmes, el joven que perpetró la masacre en los cines de Aurora en verano de 2012, llevaba meses visitando a un psiquiatra, quien llegó a alertar a las autoridades de su universidad de que podía resultar una amenaza.

El joven asesino Shawn Cooper disparó con 15 años a varios compañeros y profesores. Su padre confesó que su hijo tomaba antidepresivos. 

Con sólo 13 años, Chris Fetters disparó a su tía. Estaba tomando Prozac. 

Kip Kinkel, con 15 años, disparó a sus padres y después agredió a 22 de sus compañeros. También tomaba Prozac. Y la lista seguiría…

Uno de los que han denunciado estos hechos es el Dr Whitaker miembro de la Academia Americana de Medicina Antienvejecimiento y del Consejo Nacional contra el Fraude Médico. La Dra Ann Blake, autora de “Prozac, ¿Panacea or Pandora?”, analizó treinta y dos casos de homicidio más suicidio de madres con sus hijos, y halló que en veinticuatro de los casos las mujeres estaban tomando Prozac. El Institute for Safe Medication Practices realizó en 2011 un estudio sobre los fármacos más involucrados en comportamientos violentos. No debería sorprendernos que los antidepresivos dominaron la lista.

A día de hoy, en EEUU ha habido más de 31 tiroteos o actos muy violentos escolares protagonizados por personas que tomaban fármacos psiquiátricos o estaban intentando dejarlos, lo cual se ha traducido en más de 160 heridos y 72 asesinados. Sólo entre 2004 y 2011, la FDA ha recibido más de 11.000 avisos o casos de efectos secundarios de fármacos psiquiátricos relacionados con violencia, los que incluyen 300 casos de homicidio.

Si todo esto no es capaz de alertarnos lo suficiente, prestemos atención al caso de John Noveske. Éste es uno de los más famosos fabricantes y distribuidores de armas de EEUU. En realidad, lo era ya que falleció en un misterioso accidente de tráfico el pasado 4 de enero en el que su coche fue por todo el carril contrario hasta chocar contra dos rocas que expulsaron el automóvil de la carretera. Y ahora viene lo sorprendente. Una semana antes de fallecer, John Noveske publicó en Facebook una lista de todos los tiroteos escolares en los que estaban involucrados los fármacos psiquiátricos. ¿Tan fuertes pueden ser los intereses para que esta relación no se conozca? Pero Noveske no fue el único defensor de la libertad de armas hallado muerto recientemente; Keith Ratliff fue asesinado en una zona rural de Georgia previamente.

Mientras los fármacos dejan una estela de más de 100.000 muertos anuales por efectos secundarios sólo en EEUU, la mayoría sólo cree que el peligro reside en un arma. Y los fármacos no son peligrosos precisamente porque haya un mercado muy libre. Si no, no habría los poderosos intereses creados entre el brazo gubernamental de la FDA y la industria farmacéutica. Es lo que Gary Null ha denominado el culto a la tiranía de la FDA.

Podríamos concluir que lo que necesitamos es mayor control sobre los fármacos, o quizás sobre las personas que toman determinados fármacos. Yo creo que lo que necesitamos es controlar a un Gobierno desbocado. Su responsabilidad, también en este tema, es infinita. Hilary Clinton es, entre otras muchas cosas, conocida por su afán por convencer a todos los norteamericanos de que no hay que tener miedo a que te diagnostiquen una enfermedad mental, que es algo natural. Éste es el paso previo para psiquiatrizar a toda la sociedad, hacerles sentir incluso orgullosos de que les diagnostiquen una enfermedad mental que naturalmente deberá tratarse con uno o múltiples fármacos. Todos estamos locos, todos necesitamos tratamiento. En EEUU te lo dicen no sólo los anuncios, los telepredicadores, sino incluso hasta los políticos.

Sólo de 2001 a 2010 aumentó en EEUU el consumo de fármacos psiquiátricos un 22%, y en 2010 llegó a la cifra total de 21% de estadounidenses consumiéndolos. Si crees que tienes una enfermedad mental, no te preocupes, el Gobierno te ayuda a encontrar una que se ajuste a ti y a darte la pastilla subvencionada que las farmacéuticas dicten. Un lucrativo negocio para las farmacéuticas casadas con el Gobierno, que vive –nunca lo olvidemos- no de tus intercambios voluntarios sino de tu dinero extraído violentamente por el fisco.

Parte de este terrible panorama sobre la psiquiatrización de los ciudadanos americanos de la mano del inseparable dúo Gobierno-farmacéuticas es expuesto por la Dra Marcia Angell –antigua editora jefe del New England Journal of Medicine- en “The Epidemic of Mental Illness. Why?”.

Como decía en el artículo anterior, no se me ocurren acciones más mortales que aquéllas que provienen de individuos del Gobierno. Y en este caso de psiquiatrización forzosa de la sociedad, de nuevo el culpable es el Gobierno y sus agencias sanitarias.

En 2004 la FDA se vio forzada a organizar varias audiencias para dilucidar los problemas de los antidepresivos en menores. Uno de los intervinientes fue Tom Woodward, votante fiel del Partido Republicano que se ha dedicado a la causa de denunciar las malas prácticas y negativa influencia de las farmacéuticas. "Nuestra hija Julie estaba emocionada con el instituto y había alcanzado 1.300 puntos en sus tests", contó al iniciar su declaración. Semanas después, debido a pequeños problemas que los padres creían normales en una adolescente, Julie fue diagnosticada con depresión y se le prescribió el antidepresivo Zoloft. Tras una semana tomando el medicamento, Julie bajó al garaje de su casa y se autolesionó. "En lugar de elegir un colegio para nuestra hija, mi mujer y yo tuvimos que elegir un cementerio para ella. En lugar de visitarla en el colegio, ahora vamos a verla a su tumba".

A día de hoy el Gobierno americano sigue sin hacer nada. Nada a favor de la ciudadanía. Lo cual no es nada nuevo.

@AdolfoDLozano / david_europa@hotmail.com

François Hollande, el matón de Le Monde y Le Figaro

Los editores de Le Monde, Le Figaro, Libération y el resto de los periódicos franceses son personas respetables. Cuando quieren conseguir dinero de alguien le convencen de lo interesante que es invertir en sus empresas y no mandan, como si fueran mafiosos, un matón para hacerse con "la pasta". ¿O sí?

Pues, efectivamente, la respuesta es positiva. El matón de los editores de periódicos del hexágono no es un sicario de la ramificación local de la mafia rusa o la Camorra, ni tiene por nombre algo del estilo de Nick "Puños de hierro" o "Gaston le Terrible". Tiene un cargo en apariencia aún más honorable que el de editor de un periódico, presidente de la República Francesa, y se llama François Hollande.

El pasado 1 de febrero, Hollande firmó con el presidente de Google, Eric Schmidt, un acuerdo por el que el gigante de internet se compromete a entregar 60 millones de euros en forma de un fondo destinado a "facilitar la transición de la prensa al mundo digital". Si el acuerdo hubiera sido libre, sin coacción alguna, no habría nada que objetar; al fin y al cabo cada uno entrega su dinero a quien quiere. En todo caso, tan sólo tendrían derecho a replicar algo los accionistas de Google. El problema es que aquí la libertad ha brillado por su ausencia.

La puesta en escena del acuerdo ya deja muchas cosas en evidencia. Si es un pacto, como debería ser, entre empresas privadas, que el presidente de la República sea uno de los firmantes no tendría sentido alguno. Es, por tanto, una demostración en sí misma del poder de coacción del Estado. Pero peor aún es cómo se llegó a ese convenio tan provechoso para unas empresas, las compañías francesas editoras de periódicos, que no han hecho nada para merecerlo.

Durante meses, Hollande defendió la necesidad de instaurar la denominada "Tasa Google" por la cual esta empresa debería pagar a los periódicos por enlazar a sus contenidos. Es algo ya de por sí absurdo, por mucho que la prensa de todo el mundo pretenda lograr algo similar con la excusa de que el gigante de internet gana dinero con la publicidad que acompaña a los resultados de sus búsquedas. Pero el presidente francés fue más allá. Amenazó a la compañía americana con imponerla a través de una ley si no se llegaba a un acuerdo entre las partes.

Este equivalente a la amenaza de que el matón destroce el local al negociante que no pague la "protección" al capo del barrio funcionó. Para Google es mucho menos oneroso entregar esos 60 millones que hacer frente a los, sin duda alguna, muchos más elevados pagos que supondría la existencia de la "Tasa Google". Estamos ante la plasmación de lo que denunció hace ya más de siglo y medio Frédéric Bastiat, un francés que se avergonzaría de Hollande:

El estado es la gran ficción a través de la cual todo el mundo trata de vivir a costa de todos los demás.

Por supuesto, los servicios de un matón nunca son gratuitos para aquellos que usan sus servicios. En este caso, Hollande se ha ganado sin duda alguna un trato benévolo de la prensa francesa cuando le sea necesario.

Del justiciero al héroe y otros animales cinematográficos (y II)

(Continuación de la serie sobre la figura del justiciero).

La década de los 80 es, de alguna manera, la antítesis de la precedente. El clima pesimista se fue atemperando y desembocando en un optimismo casi generalizado. Las cosas parecían ir mejor, la delincuencia y la corrupción que habían dominado la década anterior empezaron a encauzarse, incluso a desaparecer. La llegada al poder de Reagan, con su particular manera de reivindicar el espíritu americano, coincidió con una mejora general de la economía. Los recursos no se habían agotado, e incluso se estaban encontrando otros, lo que despejaba un futuro oscuro que hasta ese momento se había mostrado en películas como "Mad Max" (1979), "Cuando el Destino nos Alcance" (1973) o "Naves Misteriosas" (1972).

Reagan aseguró que la Unión Soviética no era ese enemigo imbatible y convirtió la lucha contra el comunismo en uno de sus pilares en política exterior, aunque fuera a costa del contribuyente. Porque la época de Reagan también fue la época en la que el presupuesto norteamericano se disparó. Aun así, el dinero fluía y Wall Street se entusiasmó, los negocios funcionaban, o lo hacían aparentemente, y el tiburón, además de una película, se convirtió en un mito de los mercados financieros.

En los años 70, el problema era el sistema. Aunque el justiciero pudiera formar parte del mismo y, en el fondo, no querer acabar con él, sabía o intuía que realmente no funcionaba por sí mismo, que estaba podrido y era necesario cambiarlo. Según la ideología del artista, la alternativa podía ser desde un sistema similar al soviético, que aparentemente estaba demostrando su valía, a un sistema quizá menos intervencionista, incluso libertario. Aunque en esta época, lo libertario no tenía una prensa demasiado amplia. En los 80, Reagan cambió todo eso.

Los héroes-justicieros de principios de los años 80 no se diferenciaban mucho de los que finalizaban los 70, pero ya empezaban a tener matices importantes. Seguían siendo personajes inadaptados al medio, ya fuera en lo social o en lo laboral, pero el rechazo de la sociedad ya no era tan fuerte como una década atrás y se les podía ver en buena sintonía con compañeros, superiores, amigos y, en algunos casos, hasta con pareja más o menos estable. En el fondo, lo que le generaba complicaciones era la excesiva burocracia, reflejo quizá de una época pasada. Sus jefes, aunque deploraban en algunos casos sus métodos, quizá demasiado violentos, les apoyaban hasta el punto de que había cierta complicidad. Otra diferencia importante es que ganaban con más frecuencia, había vuelto el "happy end". El justiciero estaba transformándose poco a poco en el héroe que dominaría el panorama cinematográfico americano hasta bien entrados los 90. Y no sólo héroes violentos o de acción.

Aunque del 76 sería la película interpretada por Sylvester Stallone, "Rocky", la que marcaría la tendencia, la del héroe que se enfrenta a su entorno y a sus limitaciones y que es capaz de ganar, a uno y a otras. En el 79, 82, 85, 90 y más recientemente, en el 2006, el boxeador se enfrentaría a retos cada vez mayores, incluyendo en su cuarta película la derrota del enemigo comunista.

Los héroes de acción que creó el cine de los 80, y que durarían hasta bien entrados los 90, eran una respuesta a los planteamientos del cine de la década anterior. Si durante los 70, los soldados americanos eran abandonados, en los años 80, actores como Sylvester Stallone, o Chuck Norris se aventuraban a rescatarlos del enemigo comunista, éste último en la saga "Desaparecido en Combate".

Los policías se reinventan y sus métodos son espectáculo puro, exageración llena de explosiones, persecuciones, situaciones de tensión, en los que el montaje juega con la ansiedad del espectador, una violencia exagerada y poco creíble, y unos guiones que pierden complejidad y donde la estrella de turno, Arnold Schwarzenegger, Sylvester Stallone, Bruce Willis y otros héroes de acción, se comen la pantalla, llenan los cines, para desesperación de los partidarios del cine de autor y de temáticas duras y sociales. Resurge en este ambiente el ciudadano inocente que se ve metido en un lío, retomando un poco el clásico de Hitchcock.

El boom económico de la época Reagan también genera un nuevo tipo de héroe-justiciero. Éste no usa las armas para vencer y convencer, sino que usa sus conocimientos, pero sobre todo, su deseo de emprender y prosperar. Los creadores de empresas, los que suben en la escala laboral a pesar de todos los impedimentos de los que están arriba, constituyen un nuevo personaje que es la antítesis del perdedor de los 70, del que sabía que el fin estaba cerca y que no era necesario esforzarse ni crear.

El capitalista, al menos en la versión americana de la época, estaba de moda y cualquiera podía conseguir el éxito con un poco de suerte. Michael J. Fox, después de la película que le llevó al estrellato, "Regreso al Futuro (1985), realizó una serie de películas que apuntaban en esa dirección. Así, en "El secreto de mi éxito" (1987), un simple repartidor del correo de una empresa conseguía hacerse con ella, sólo con su inteligencia y pericia, apartando del poder a su codicioso jefe. Ya en la década de los 90, "Conserje a su medida" (1993) y "Los codiciosos" (1994) abundaban en esa línea, tocando en este último caso la ética de los negocios, pero a través de la comedia.

En "Entre pillos anda el juego" (1983), un vagabundo, Eddie Murphy, un snob traicionado por sus propios jefes, Dan Aykroyd, y una prostituta, Jamie Lee Curtis, eran capaces de vencer a dos peces gordos de Wall Street con sus mismas armas, mostrando de alguna manera que la vieja economía estaba obsoleta y los nuevos empresarios venían a quitarles de en medio. Películas como "Armas de Mujer" (1988) añadían un toque feminista, en un sentido muy distinto del feminismo ligado a la izquierda que era más habitual. Tess McGill, el personaje que bordó Melanie Griffith, con nuevas ideas y un olfato para los negocios impropio de un mero administrativo, era capaz de luchar contra su entorno y sacar los colores a su jefa, interpretada por Sigourney Weaver. De nuevo, una historia de optimismo y de esfuerzo, que se aleja del pesimismo de años atrás.

Pero este ambiente tan americano que se generó durante la época de Reagan tuvo su respuesta en un Hollywood más escorado hacia la izquierda de lo que le gustaba a su presidente. Surgió una serie de actores y directores que recuperaron parte del espíritu de los 70, en especial, en el ámbito bélico, donde no estaban muy de acuerdo con la política exterior americana. De nuevo, Vietnam fue el escenario donde se batalló. En 1986, Oliver Stone rodaría la primera de sus películas sobre Vietnam, "Platoon", reviviendo el infierno de la guerra. Le seguiría "Nacido el cuatro de julio" (1989) sobre los efectos de la guerra en los veteranos, y "Cielo y Tierra" (1993), donde muestra los efectos de la guerra en la sociedad vietnamita.

En una línea muy parecida a la de Stone, Stanley Kubrick rodaría en 1987 "La chaqueta metálica", una visión un tanto ridícula del estamento militar y hasta cierto punto, una parodia de "Oficial y Caballero" (1985). Dos películas más quiero destacar en esta línea crítica, y son, por una parte, "La escalera de Jacob" (1990), donde Adrian Lyne nos muestra, de nuevo, los efectos de la guerra en el veterano, aunque con una historia que roza lo paranormal, y "Corazones de Hierro" (1989), donde Brian De Palma nos descubría a un inocente Michael J. Fox enfrentado a lo más crudo, violento e inmoral de la guerra, curiosamente, en el bando americano, nunca en el norvietnamita.

Y como Oliver Stone es insaciable en esto de quejarse del sistema que le permite conseguir suculentos beneficios, no puedo dejar de mencionar "Wall Street", película que rodó un año después de "Platoon" y que pretendía denunciar los abusos de los tiburones financieros, incapaces de mostrar o tener la moral más básica.

En definitiva, los 80 y los 90 dieron lugar a un cine mucho menos social, más dado a la comedia, alejado del drama de la década anterior, con un fuerte componente lúdico, donde los guiones pierden complejidad o se ahonda de una manera distinta. Este cine, de alguna manera, ha sobrevivido hasta la fecha, pues algunos de sus intérpretes siguen en activo. No puedo dejar de pensar en que Clint Eastwood terminó con su detective favorito en "Gran Torino", o que Arnold Schwarzenegger acaba de estrenar película con un papel similar a otros que interpretó décadas atrás, o que Bruce Willis sigue metido en su jungla particular y que Sylvester Stallone ha reunido en dos ocasiones a sus amigos-mercenarios para hacer lo que mejor ha hecho en el cine, matar a los malos, para desgracia de los que tienen más interés por el cine centroeuropeo de mediados de los 70.

Los verdaderos culpables de los desahucios

Hace varios días, el Partido Popular dio marcha atrás en el último momento y votó finalmente a favor de la admisión a trámite de la iniciativa legislativa popular (ILP) que solicita la dación en pago retroactiva, la moratoria de todos los desahucios y la promoción del alquiler social, y que ahora tendrá que debatirse en la Cámara baja.

Todo ello es un éxito de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) y muy especialmente de su portavoz, Ada Colau, principal referente del movimiento antidesahucios. Colau, no ha parado de señalar que los desahuciados (y en general todos los españoles) fueron víctimas de una estafa, de un engaño y de desinformación masiva por parte del sistema bancario. Incluso habla de genocidio financiero.

Dejando de lado la retórica demagógica y populista de esta activista profesional, que normalmente acompaña con insultos y amenazas (ver también el final de esta carta enviada a UPyD), es necesario hacer una reflexión acerca de los verdaderos culpables de la oleada de desahucios.

Y los ganadores a ‘Los verdaderos culpables de los desahucios’ son:

Los bancos centrales

Son culpables por inyectar crédito artificialmente barato mediante la reducción de los tipos de interés, que provocó la burbuja financiera y propició que los bancos expandiesen crédito muy por encima de las tasas de ahorro de la sociedad. Esto permitió a las entidades financieras reducir los intereses a los que ofrecían crédito a largo plazo, como por ejemplo, el interés de las hipotecas, que cayó del 6,5% en 2001 al 3% en 2004. Por tanto, la semilla de la oleada de desahucios fue sembrada por los bancos centrales.

Los bancos

Pese a los incentivos perversos generados por los bancos centrales sobre los agentes económicos, los bancos llevaron a cabo prácticas empresariales que sólo pueden ser tildadas de arriesgadas y temerarias. Dieron la posibilidad de endeudarse masivamente a personas que dudosamente iban a poder hacer frente a ese crédito. De todas formas, si los bancos centrales no actuasen como prestamistas de última instancia y los gobiernos no salvasen a los bancos, es de esperar que fueran muchísimo más prudentes al conceder préstamos por temor a caer en default. Sencillamente, para evitar tragedias hipotecarias deberían suprimirse los privilegios a la banca.

Los hipotecados

He aquí el principal responsable. Por muy duro que sea admitirlo y por mucho que nos intenten hacer creer o contrario: los bancos no obligan a firmar hipotecas a nadie.

Los hipotecados quisieron vivir irresponsablemente muy por encima de sus posibilidades. Cegados por la posibilidad de poseer una vivienda en propiedad (que es un deseo muy digno), no se pararon a analizar el extremado riesgo que supone hipotecarse de por vida, es decir, hacer frente a las salidas de caja que mensualmente (cuota de la hipoteca) suponía la financiación del inmueble. En el caso que nos ocupa las salidas serían a lo largo de 30 ó 40 años, es decir, significa comprometerse a tener trabajo toda la vida.

Cada persona debe ser dueña de su destino y responsable de sus inversiones, tanto de las buenas como de las malas. ¿Qué diferencia de fondo hay entre un emprendedor que se endeuda en la creación de una empresa que finalmente fracasa y pierde todo su patrimonio y un desahuciado que pierde su casa? Ninguna. Y jamás he visto a estos activistas ponerse violentos y echar bilis por la boca para defender el patrimonio de ningún emprendedor o empresario. Posturas claramente asimétricas por motivos ideológicos.

Decir que el hipotecado carece de toda responsabilidad es falsear clamorosamente la realidad e intentar que el resto de la sociedad asuma y le exima de sus errores individuales.

La casta política

El espectáculo que ofrece la casta política es verdaderamente grotesco. No solamente han recapitalizado (rescatado) a las entidades financieras que erraron en sus estrategias empresariales, sino que además han claudicado frente a un grupo de presión (la PAH) que pide colectivizar las pérdidas de las ruinosas inversiones de una minoría. Un grupo que manipula los datos del número de desahucios descaradamente y que utiliza miserablemente los suicidios para justificar moralmente sus demandas.

Aquí se ve la verdadera naturaleza y acción de la casta política: intentar perpetuarse en el poder privilegiando a grupos de presión para obtener su favor.

Los medios de comunicación

Los medios han jugado un papel importante en aumentar la confusión y desviar la atención de los verdaderos culpables de los desahucios. Sus informaciones son demagógicas, políticamente correctas e ideológicas, carentes de cualquier análisis medianamente serio. Ello es debido a su profundo desconocimiento, a su sectarismo y a sus intereses con los grupos de presión y la política. Están ayudando a crear una sociedad más injusta, infantil y totalmente dependiente del Estado. También son culpables.

El resto de ciudadanos

También tienen su parte de culpa el resto de ciudadanos al no darse cuenta que son ellos los que pagan los excesos de una fiesta a la que no han asistido. Hay que tener claro que cualquier rescate, ya sea de bancos o de sus deudores (hipotecados), será pagado irremediablemente por el resto de contribuyentes ya sea vía impuestos o vía deuda pública.

El efecto inmediato de la aprobación de la dación de pago retroactiva será que, a partir de ahora, será muy complicado acceder a una hipoteca ya que el estudio de los riesgos será rigurosísimo y hará que las condiciones financieras sean más duras. Los diferenciales aumentarán previsiblemente hasta un 5-10%, las condiciones y avales exigidos a los prestatarios serán elevadísimos, el valor máximo de la hipoteca no será superior al 60% del valor de tasación y la hipoteca será a 15-20 años. Condiciones verdaderamente prohibitivas que sólo podrán afrontar perfiles con gran capacidad de pago. ¿No suena muy social, verdad?

Aunque quizás la consecuencia más profunda y perjudicial a nivel social de los rescates es que se privilegia a los ciudadanos e inversores imprudentes (que impagan) frente a los prudentes y responsables (que pagan religiosamente).

El único consuelo sería que los que impagan pasasen a formar parte de una lista de morosos a los que difícilmente se les volverá a conceder ningún préstamo como ocurre en otros países como Estados Unidos o Bélgica. Eso haría a la sociedad un poco más justa.

@jmorillobentue

Integración, modularidad, diseño de producto y estructura de la industria

Si algo caracteriza a los sistemas productivos y a la economía en general es su complejidad. Una de las áreas a tener en cuenta a la hora de estudiar la estructura del capital de la economía y que se compagina muy bien con la teoría austriaca del capital es la llamada aplicación de la modularidad a la economía, que ha visto un importante desarrollo en la literatura del management y la organización empresarial o el diseño de producto por autores como Langlois, Christensen, Baldwin, Simon, Henderson, etc.

La teoría de la modularidad es un conjunto de principios que trata de gestionar la complejidad. Dividiendo un sistema complejo en partes que se comunican a través de conexiones estandarizadas formando una estructura, se puede gestionar un volumen de complejidad que de otro modo sería mucho más difícil. Los módulos no se comunican de cualquier manera, cada uno tiene su orientación, pues es más o menos complementario a otros módulos, y por ello forma una estructura, es decir, no es una mera lista de elementos sin relación coherente. Es algo parecido a la estructura de capital, compuesta por bienes de capital que también tienen características de complementariedad, especificidad, imperfecta divisibilidad, etc., y que también se conectan a través, por ejemplo, del sistema de precios o la empresarialidad formando una estructura coherente.

En el mercado habrá más o menos modularidad dependiendo de la estructura de capital existente. Puede verse el diseño de producto como un ejemplo en el que se observa esta mayor o menor composición modular según los recursos productivos sean organizados por los empresarios atendiendo a sus características.

Integración y modularidad en la arquitectura de producto (el caso de Apple)

Una empresa puede desarrollar un producto integrando toda la cadena de valor internamente; puede externalizar los servicios prestados por algún bien(es) de capital –o módulo(s)- subcontratando a especialistas, o bien puede directamente vender no sólo el producto terminado sino también algún componente del producto por separado.

En la mayor o menor integración en una empresa de la cadena de valor tiene un papel fundamental la capacidad de las empresas de mejorar sus productos en relación con la capacidad de los consumidores de absorber dichas mejoras. No en vano, no todos los consumidores tienen las mismas exigencias en cuanto al producto puesto que también la demanda es heterogénea. 

Durante el proceso competitivo, las empresas tratarán de mejorar sus productos para liderar el mercado. Podría decirse que aquellas que tengan estructuras que más integran el proceso de producción tendrán una ventaja competitiva frente a las que presentan una arquitectura de producto más modular. Esto podría explicarse porque las primeras podrán aprovechar las interdependencias entre las partes del proceso productivo y así alcanzar más eficientemente (prueba y error) las mejoras deseadas: ante intento de mejora es necesario conocer la respuesta de los consumidores para al mismo tiempo modificar alguna(s) pieza(s) y/o su ensamblaje (es decir, interdependencias entre el consumidor, el ensamblaje de las piezas, las propias piezas componentes del producto, etc.).

Llega un momento en que el producto en sí cubre más que de sobra la funcionalidad o prestaciones demandadas por el consumidor. Es decir, los consumidores estarán felices de adquirir esos productos continuamente mejorados pero no estarán tan dispuestos a pagar precios cada vez mayores que cubran esos avances (por ejemplo, los televisores de alta definición, HDTV). Esto no significa que los consumidores no pagarán por cualquier mejora. Una vez ya tienen la funcionalidad deseada, sólo estarán dispuestos a pagar un precio premium por aquellos productos que cumplan exactamente lo que quieren y cuando quieran.

Es en esta fase donde las estructuras más modulares tendrán su ventaja frente a las más integradas porque serán capaces de ofrecer los productos de manera más rápida, flexible y receptiva. Las empresas más modulares podrán introducir nuevos productos más rápidamente porque podrán actualizar los componentes o subsistemas (módulos) sin necesidad de rediseñar todo el proceso de diseño o productivo. Además, dada la estructura modular, estas empresas podrán combinar los componentes del producto para ofrecer al consumidor lo que quiera exactamente. Por otra parte, al ser modulares, estas empresas soportarán no sólo menos costes generales que las más integradas sino que podrán aprovecharse y ahorrarse gran parte de las inversiones en I+D. Un ejemplo de todo esto es el de Apple (como empresa que integra gran parte de la cadena de valor) frente a empresas más modulares, como Samsung, etc., pero hay más y no sólo en mercados de alta tecnología.

Por tanto, la modularidad, una teoría aplicada a diversos campos del conocimiento y que ha encontrado un interesante desarrollo en economía, en la literatura del management y la organización empresarial, y que desarrolla en cierto modo la teoría austriaca del capital, tiene un profundo impacto en la estructura de la industria, muy útil no sólo para los consumidores que se benefician de los productos, sino para inversores, managers, empresarios, académicos, etc.

Rescatemos a las personas, condenemos a las personas

Este fin de semana la representante de nuestra izquierda más caviar ha tomado un baño de multitudes y se ha puesto en contacto con lo más indignados del pueblo de acera y pancarta. Y ha acabado llorando, la pobre Beatriz Talegón. En muchas pancartas se leía: "Rescatemos a las personas, no a los bancos".

La economía y las personas

No resulta fácil hacer un análisis, ni siquiera una reflexión, medianamente clara de la situación económica que atravesamos. Los intereses políticos y los medios de comunicación tienen bastante culpa de ello.

Desde el informe FUNCAS que se agarra a los datos, a algunos datos, para desmitificar la mala situación, de manera que uno acaba pensando que somos competitivos, que no tenemos un problema de gasto público y que ya ha pasado lo peor, pasando por Luis de Guindos, que nos cuenta desde la Cumbre del G20 que España ya no es el problema, que ya "nadie" duda de la banca española y que el foco no está sobre nuestra coronilla. Pero lo cierto es que seguimos sin tener un sistema productivo diferente a la construcción, que no sea el turismo, tan frágil. Lo cierto siguen siendo los millones de parados, los ERES, el empobrecimiento, el roto de la deuda pública en el bolsillo de los españoles, y la lentitud en los resultados de las reformas del gobierno que, aunque presentadas como el rien ne va plus no tienen el calado que podrían tener.

Después del goteo de artículos alertando acerca del problema de la deuda pública en España, por periodistas económicos tan sensatos como John Müller, ahora y sólo ahora, sale en portada. "Me sorprende porque los periódicos se supone que dan noticias" comentaba el propio John Müller. Y así es. No es noticia esa cifra tan descomunal. Se veía venir de lejos. ¿Por qué ahora es portada de El País? Pues para mí es un misterio. Pero, cada vez más, una tiene la sensación de que estamos huérfanos de periodismo económico de verdad. El morbo que genera el tema de los desahucios es un buen ejemplo.

El suicidio no es responsabilidad más que del suicida

De acuerdo, salvemos a las personas, pero no podemos desmantelar la seguridad jurídica de un plumazo. Porque eso afecta a las personas presentes y futuras, al sistema en el que vivimos. Muchos pensarán que, precisamente, de lo que se trata es de desmontar el sistema. Y tal vez me lo plantee hasta yo. Pero viene a mi memoria la frase "Esto no era, esto no era…" que tantos revolucionarios cargados de buenas intenciones debieron pronunciar a lo largo de la Historia, empezando por los franceses, que fueron depurados por el Terror.

Y, sin embargo, ahí andamos jaleando y prestando voz a quienes aseguran que tras un suicidio por desahucio se esconde un asesinato. Ada Colau, la portavoz de la Plataforma de Afectados por las Hipotecas, antigua okupa, que vive de alquiler y no ha tenido una hipoteca en su vida, va a los programas de mayor audiencia a ver si se sacan al mercado de alquiler las viviendas que son propiedad de los bancos a un precio social, si se consigue la dación en pago y si se aprueba la moratoria para los desahucios. Nada de ello soluciona el problema de los ya desahuciados, excepto si, saltándonos a la torera el orden jurídico, se implanta de forma retroactiva. Solamente la moratoria tendría cabida, porque la dación normal ya está contemplada.

Si llegamos hasta el final, con la lógica de Ada Colau, habría que pensar en quiénes son los responsables, y acabaríamos en los votantes, probablemente alguno de ellos miembros de la PAH. Si tiramos del hilo en busca de responsabilidades nos encontraremos a quienes legislaron, a quienes eligieron a los que legislaron, a los que firmaron sus contratos de hipoteca sin aceptar la dación en pago… Todos son responsables. Pero, en mi opinión, no de los suicidios, sino de la situación tan conflictiva. Detrás del suicidio hay un drama, y es una barbaridad y una falta de responsabilidad transformarlo en asesinato. Pero, claro, caldea el ambiente, da audiencia. Y porque el suicida no avisa, que hay periodistas capaces de ir a dar cuenta en directo de los últimos momentos del desesperado que no ve otra salida. 

La ley y las personas

Lo que de verdad está minando la paciencia y la cordura de los españoles y, al tiempo, está devastando la imagen y la credibilidad de España son los escándalos de corrupción. Y aquí, las personas implicadas, no solamente han cometido un acto inmoral, sino que han dado un hachazo mortal a la base de las instituciones democráticas de nuestro país. No inspira mucha confianza el mismo Ministro de Justicia. No hay partido político que se libre. No hay administración pública que no esté bajo sospecha. La Corona, instancia máxima, no solamente tiene barro en los zapatos, además tiene muy mala estrategia de comunicación.

Regeneración, dicen. Preciosa palabra, pero lo cierto, es que nadie sabe por dónde empezar, más allá de la sugerencia extemporánea de Rubalcaba de cambiar el nombre al partido para ceder soberanía a favor del partido socialista europeo. Cárcel, propongo yo. Dimisión ante cualquier duda. Sentido del pudor. Vergüenza torera, en una palabra.

¿Qué hay de lo mío?

Desde que estalló la crisis, España se está deslizando poco a poco, pero de forma constante y cada vez más creciente, por la deriva del populismo y la demagogia más mezquinos y aberrantes. El famoso dicho ¿qué hay de lo mío? está impregnando la sociedad española desde hace ya casi un lustro. Tras el estallido de la burbuja crediticia e inmobiliaria en 2007, los promotores y grandes inmobiliarias fueron los primeros en reclamar al Estado un "rescate", a costa del dinero de los contribuyentes, argumentando que su caída como "sector estratégico" era intolerable, ya que su colapso acabaría arrastrando al conjunto de la economía nacional. Poco después, el sector del automóvil, otro de los grandes beneficiados por el chorro de crédito fácil y barato propio de la década pasada, utilizó la misma excusa para solicitar ayudas públicas de todo tipo. Un par de años después, y ante la evidencia de que la tormenta no escampaba, la crisis golpeó de lleno a la banca española. Fusiones arbitrarias de cajas, con el respaldo y el aval de la deuda pública, préstamos que luego se convirtieron en ingentes inyecciones de capital y la reciente creación del ‘banco malo’ fueron las herramientas empleadas por las autoridades políticas para salvar a la mitad del sector financiero de una quiebra inevitable. Pero la cosa no terminó ahí, ni mucho menos. La crisis bancaria dejó otros damnificados colaterales a su paso… Titulares de participaciones preferentes, accionistas de cajas de ahorros e hipotecados que ya no podían hacer frente a sus cuotas se organizaron, igualmente, para reclamar lo suyo, alegando todos ellos que fueron víctimas de una "estafa" y un "engaño masivo". El Estado, es decir, el bolsillo de los contribuyentes, debe rescatarlos, alegan.

Por desgracia, el Gobierno, antes el PSOE y ahora el PP, han ido cediendo a cada una de estas reivindicaciones, en mayor o menor medida, redistribuyendo así el coste de la crisis de forma injusta y contraproducente. Se trata de un esquema que, por definición, castiga a los ahorradores y prudentes al tiempo que premia a los irresponsables e incautos. De este modo, asistimos a la reproducción del clásico cuento de la cigarra y la hormiga, solo que en la vida real. Se privatizan las ganancias y se socializan las pérdidas, violando así de forma flagrante uno de los principios esenciales del capitalismo. Veámoslo con un ejemplo ilustrativo:

Juan dejó sus estudios en el instituto atraído por el dinero fácil y rápido que hace ahora una década ofrecía el sector de la construcción. Con apenas 20 años, y sin necesidad de cualificación alguna, ya ganaba cerca de 3.000 euros al mes. Juan, sin embargo, lejos de llevar una vida austera, no ahorró dinero y optó por llevar un buen nivel de vida a base de deuda. Se compró un gran piso de 350.000 euros, bajo la ilusoria creencia de que nunca bajaría de precio, y un buen coche (otros 50.000 euros). El escaso dinero que ahorraba, tras el pago de las consiguientes cuotas crediticias, se lo gastaba en viajes y en cenas. Además, y puesto que aún le sobraba algo, aconsejado por el director de su sucursal y sin tener conocimiento alguno sobre el mundo de las finanzas y la inversión, decidió comprar acciones de un banco, entonces en pleno apogeo, e incluso algunas preferentes para obtener una renta a tipo fijo -se comercializan desde finales de los años 90-. Pero la crisis estalló. Juan perdió su trabajo y empezaron los problemas.

Su vecino Pedro, sin embargo, llevaba una vida diametralmente opuesta a la de Juan. Acabó sus estudios universitarios, hizo un máster en una buena escuela de negocios con el dinero que fue ahorrando durante su época de estudiante -trabajando en vacaciones- y aprendió idiomas. Tras años de esfuerzo y dedicación a formarse, Pedro comenzó trabajando de becario en una multinacional. Durante los primeros años de burbuja, su sueldo era tres veces inferior al de Juan, pero gracias a su buen desempeño fue escalando puestos en el seno de su empresa hasta ser nombrado directivo. Aún así, y pese a cobrar 5.000 euros netos al mes, optó por seguir viviendo de alquiler -se trasladó a una buena urbanización- y llevar una vida austera, sin grandes lujos, a fin de ahorrar de cara al futuro. Gracias a sus conocimientos financieros, eligió un buen fondo de inversión a largo plazo. Llegó la crisis, pero ésta no golpeó a Pedro ya que, si bien la multinacional en la que trabajaba se vio afectada en España, siempre tendría la opción de trasladarse a alguna de sus filiales en el extranjero, mejorando incluso sus actuales condiciones laborales.

Pese a todo, Pedro fue obligado a compartir el reparto de la carga de la crisis. Cuando estalló la recesión, su vecino Juan, pistola en ristre (Estado), le exigió que destinara parte de sus ingresos a avalar la inmobiliaria en la que aún trabajaba para evitar su quiebra; aún así su compañía acabó cerrando y Juan, ya en el paro, obligó a Pedro a sufragar su prestación de desempleo; posteriormente, éste también se vio forzado a colaborar en el rescate de las entidades financieras para salvar el depósito de su vecino; e incluso tuvo que aportar dinero extra para que Juan recuperase sus preferentes, sus acciones y evitar que le desalojasen de su casa por impago de hipoteca.

Juan, que durante los años de burbuja no se privó de nada y vivió muy por encima de sus posibilidades reales, disfrutó plenamente, cual cigarra, de los beneficios obtenidos durante la época del boom económico, mientras Pedro, cual hormiga, iba construyendo poco a poco unas bases sólidas de cara al futuro a base de esfuerzo, ahorro y prudencia. Sin embargo, con la crisis ya encima, Juan saqueó el bolsillo de Pedro para cubrir sus propios errores, manteniendo así buena parte de las ganancias obtenidas en el pasado. Juan ha sido premiado, Pedro, por el contrario, castigado. ¿Es justa esta redistribución de cargas? La respuesta, evidentemente, es no.

Amplíen este enfoque individual a nivel social y comprobarán que éste es el esquema básico que está siguiendo el Estado para paliar la crisis. España cuenta a día de hoy con una de las fiscalidades más elevadas del mundo desarrollado como consecuencia del rescate indiscriminado de empresas y particulares y, por supuesto, del mantenimiento de una estructura administrativa y de gasto público totalmente desproporcionada, propio aún de la época de burbuja. La asfixia que sufre hoy Pedro se debe al auxilio de empresas que deberían haber quebrado (o rescatadas por vías privadas, como es el caso de la banca), a la cobertura de errores de inversión cuya responsabilidad es estrictamente individual (preferentes, acciones e hipotecas), así como al pago de un Estado ingente. La caída de los sectores más beneficiados por la expansión crediticia ha sido amortiguada a costa de empobrecer a los demás, ralentizando así la imprescindible reordenación de la estructura productiva, al tiempo que se subsidia a parte de la población en lugar de liberalizar por completo la economía para que se incorporen nuevamente al mercado laboral cuanto antes, asumiendo, eso sí, el coste de sus malas inversiones. Bajo el lema ¿qué hay de lo mío? no sólo se esconde una brutal hipocresía y demagogia, aderezadas con una creciente dosis de populismo de efectos desastrosos, sino, sobre todo, una injusticia, simplemente, intolerable: que paguen justos por pecadores.