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I Congreso de Economía y Libertad: La Gran Recesión y sus salidas

La actual crisis económica ha resquebrajado algunos de los cimientos sobre los que se asienta nuestra sociedad. En concreto, la crisis nos ha obligado a replantearnos cuál debe ser el papel del Estado y cuál es el grado de libertad económica que necesitamos para construir una sociedad próspera. Por supuesto, en este debate social ha habido respuestas de todos los colores, pero, al contrario que en otras crisis y para sorpresa de muchos liberales, una parte de la sociedad está tomando conciencia de que la salida de la crisis requiere austeridad pública, menos intervención estatal, menos impuestos y, en definitiva, más libertad económica.

Es indudable que en estos momentos pueden llegar a hacerse reformas valientes que hace unos pocos años eran políticamente inviables. En este sentido, hoy tenemos la oportunidad de refundar la sociedad en la que vivimos sobre unas bases más sólidas que permitan evitar desastres como el que estamos padeciendo. Es necesario, por tanto, organizar foros de debate para reflexionar sobre la situación en la que estamos y sobre cuál es la dirección que debemos tomar.

Este es el motivo por el que la Universidad Católica de Ávila y el Instituto Juan de Mariana celebrarán el “I Congreso de Economía y Libertad: La Gran Recesión y sus salidas” los próximos 22, 23 y 24 de noviembre en Ávila. Nuestra intención es reunir durante tres días a los mejores expertos para reflexionar sobre la Gran Recesión. Por ello, en el Congreso participarán ilustres personalidades académicas como Juan Velarde, Carlos Rodríguez Braun, Victoriano Martín, Maximino Carpio y Juan Ramón Rallo, entre otros. Asimismo, queremos elaborar un breve documento que sintetice las principales conclusiones del Congreso y, en especial, que explique cuáles son las medidas concretas que debe tomar el Gobierno para acelerar la llegada de la recuperación económica. Este documento será posteriormente facilitado a los medios de comunicación.

Como puede verse en el programa, el Congreso tendrá seis ejes temáticos o hilos conductores: en primer lugar, “antecedentes de la Gran Recesión” a través del que analizaremos cómo hemos llegado a esta situación; en segundo lugar, “crisis mundial y crisis española” donde estudiaremos la magnitud de la crisis; en tercer lugar, “crisis monetaria” donde profundizaremos en la dimensión monetaria de la crisis; en cuarto lugar, “crisis de las políticas públicas” en el que analizaremos los problemas de deuda soberana así como las políticas anti-crisis que se han aplicado; en quinto lugar, “crisis ética”, donde analizaremos las implicaciones éticas de la crisis; y, finalmente, “crisis de paradigma” donde debatiremos sobre la dirección que estamos tomando y sobre cuáles son las bases de una sociedad más libre y más próspera.

Además, queremos que en el Congreso participe toda persona interesada en presentar una breve comunicación oral de 20 minutos. Aquellos que estén interesados pueden enviar un resumen de la comunicación a lo largo del verano (julio y agosto) y seguir las normas de presentación establecidas por el Comité Científico del Congreso. Todas las comunicaciones aceptadas y presentadas serán publicadas en un Libro de Actas con su respectivo ISBN.

Por todo esto, os invitamos a todos a asistir a este Congreso, que creemos que será una oportunidad única para la reflexión y el análisis de la dramática situación que vive la economía mundial y española.

¡Os esperamos!


Para más información, https://www.ucavila.es/I_congreso_economia o directamente contactar con David Sanz (david.sanz@ucavila.es).

Carencia de base microeconómica en Keynes y sus seguidores

En un comentario anterior, vimos cómo la competitividad internacional de España y Europa en las próximas décadas requiere un cambio cultural que, si arraigase entre las autoridades y los ciudadanos, implicaría la limitación de la estructura del gasto público y la implementación de reformas estructurales orientadas hacia el impulso del ahorro previo, la inversión y la empresarialidad del sector privado, porque son los impulsores principales del crecimiento económico.

Ese cambio cultural hacia la competitividad requiere que se olviden los errores teóricos en el ámbito económico y se confíe en la importancia del ahorro y de la función empresarial.

1. La fatal arrogancia de los economistas keynesianos

Keynes y sus seguidores se olvidan del largo plazo y se ocupan exclusivamente del empleo de los recursos económicos en el corto plazo, no planteándose el problema de las distorsiones que los estímulos políticos de la demanda provocan en la estructura productiva del capital y, especialmente, recomendando a los políticos una visión pesimista tanto del ahorro privado como de la empresarialidad, lo que supone un error teórico grave puesto que son los motores de las economías de mercado.

Esta percepción errónea de la realidad económica se produce porque las recetas de la sobrevalorada obra Teoría General del Empleo, el Interés y el Dinero (1936) de John Maynard Keynes carecen de una base teórica microeconómica al no tener en cuenta los desarrollos previos de Carl Menger y de Eugen Böhm-Bawerk.

Por un lado, Menger (1840-1921) analizó el principio de la utilidad marginal de los bienes en su obra Principios de Economía Política (1871) y, especialmente, profundizó en los aspectos subjetivos de la valoración de esos bienes en función de su escasez relativa y en las relaciones causales que explican la utilidad subjetiva y las fuerzas que impulsan las leyes de oferta y demanda de los bienes en los órdenes de preferencia temporal que configuran la estructura productiva del capital.

Por otro lado, Böhm-Bawerk (1851-1914) profundizó en las ideas microeconómicas previas de Menger y en su obra Teoría Positiva del Capital (1889) introdujo el gráfico de los círculos concéntricos que facilita que los economistas incorporen la variable tiempo y visualicen con facilidad la estructura del capital en economía.

2. La importancia de la estructura del capital en economía

Con el gráfico de Böhm-Bawerk se puede comprender mejor el concepto de la estructura productiva de los bienes que es temporal y capital-intensiva. Así, desde fuera y hacia adentro, se pueden observar los bienes que satisfacen necesidades personales (posición 1 o bienes de consumo), pasando por los bienes de capital intermedios (posiciones 2-3) y hasta llegar temporalmente a los bienes de órdenes superiores (posiciones 4-5 y posteriores), que son más capital-intensivos, necesitan más tiempo para producirse y requieren de ahorro e I+D+i previos para que se produzca la inversión del empresario, y que hacen posible un consumo cada vez más complejo y sofisticado propio de las sociedades más ricas.

A medida que los países se van desarrollando, los círculos interiores se ensanchan y los círculos exteriores se contraen porque se produce un aumento de la producción de bienes que incorporan más capital y más innovación. Por ello, son imprescindibles para lograr un crecimiento económico sano en las economías desarrolladas: tanto la acumulación del capital previo como la investigación, el desarrollo y la innovación para el adecuado impulso por los empresarios de la inversión (basada en ahorro previo) en productos y servicios de alto valor añadido.

3. Dos errores graves en contra de la estructura productiva del capital

 

Estructura productiva

De ahí el grave error que comenten los economistas keynesianos con sus políticas macroeconómicas de impulso de la demanda agregada en el corto plazo porque no tienen en cuenta la importancia de la microeconomía y, especialmente, se equivocan al pasar por alto la necesidad de que se produzca el ahorro privado previo que se requiere para que se produzca una inversión económicamente eficiente en la producción de los bienes capital-intensivos.

Teniendo en cuenta todo lo explicado anteriormente, desde el punto de vista del análisis microeconómico de la estructura productiva de un país desarrollado, se pueden extraer dos conclusiones importantes.

3.1. Primer error grave. La disminución de la inversión en I+D+i.

Por un lado, si un Gobierno reduce (o desincentiva o elimina) la inversión en investigación, desarrollo e innovación (I+D+i), está cometiendo un error grave (e hipotecando el crecimiento futuro del país) porque se elimina la posibilidad de que los empresarios impulsen inversiones capital-intensivas (con know-how nacional) para la producción de los bienes de órdenes superiores, que son los que permiten aumentar el consumo y las exportaciones y, por tanto, impulsan el crecimiento económico en los países más desarrollados.

Según este razonamiento sobre la estructura productiva del capital, un ajuste fiscal del gasto público debería recortar en todas las políticas de gasto y, sin embargo, sólo en último término y cuando fuese estrictamente imprescindible, entrar a recortar en las políticas de I+D+i [1].

Evidentemente, lo anterior no quita que se establezcan prioridades, se racionalicen y optimicen programas y se logren rendimientos crecientes en el gasto de I+D+i, lo que se gestiona de un modo más eficiente desde el sector privado.

3.2. Segundo error grave. Las subidas de impuestos.

Por otro lado, si un Gobierno elimina (o bien penaliza) el ahorro con impuestos (o con legislación) sobre las personas físicas y jurídicas, está cometiendo un error grave porque se disminuye la acumulación previa de capital, que es lo que permite que se realicen las inversiones en la etapas más alejadas en la estructura de producción del capital y, por tanto, se imposibilita la realización de la función empresarial en los productos y servicios de alto valor añadido (más capital-intensivos), sin los cuales el crecimiento económico es imposible en las economías desarrolladas.

Por tanto, según este razonamiento sobre la estructura productiva del capital, un ajuste fiscal del gasto público debería realizarse solamente con recortes de las partidas presupuestarias de todas las administraciones públicas (centrales, regionales, provinciales y locales) y, en último término y después de haber agotado todas las posibilidades ejecutivas y legislativas, recurrir a los impuestos.

Como estamos viendo, los aumentos de impuestos distorsionan gravemente la estructura productiva del mercado que se basa en la previa acumulación de capital (ahorro) y en la inversión privada para permitir la realización de la función empresarial y, por tanto, impulsar el crecimiento económico.

En todo caso, subir los impuestos en la etapa recesiva de un ciclo económico resulta económicamente poco inteligente (y hasta suicida) porque, el efecto que se produce es justo el contrario al buscado, se disminuye la recaudación tributaria [2][3][4][5] y se imposibilita el sostenimiento de las cuentas públicas lo que lleva a la quiebra del Estado, salvo un rescate internacional vía BCE y FMI. Por ello, una política financiación del gasto pública tan equivocada se suele denominar espiral de la muerte o, en inglés death spiral y, desgraciadamente, pudiese ser el camino de servidumbre en el que se estaría introduciendo la economía de España.

Esperemos nuestras autoridades reaccionen a tiempo, olviden las erróneas recetas de los economistas keynesianos y modifiquen sus políticas económicas con base en los principios del crecimiento económico y, por tanto, con impulso de la estructura productiva del capital que se ha explicado en este artículo.

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Que no me toque a mí

El gobierno de Mariano Rajoy ha despertado tras seis meses de letargo con una ristra de medidas para podar el Estado y… recaudar más. Tarde y mal, como buen burócrata, ha preferido aumentar la presión fiscal y mantener en la medida de lo posible un Estado del Bienestar que no podemos financiar.

Es verdad que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades pues durante los últimos tiempos los gobiernos nos han endeudado para poder ofrecer lo que la ciudadanía les exigía elección tras elección. Se trata de la trampa democrática que en ningún caso sale gratis y, en nuestro caso particular, se ha mantenido gracias al dinero prestado del exterior. Ahora quieren que se lo devolvamos y alguno lo llama la dictadura de los mercados (sic) pero no deja de ser algo lógico, quieren asegurarse de que se les devuelve lo que nos dejaron.

Entre tanto, los recortes y ajustes han empezado a afectar a todos los sectores de la población y cada vez son más los que salen a la calle a protestar por el atraco que perpetran los políticos en sus bolsillos. Unas quejas que llegan precedidas por años de silencio en los que el cuerno de la abundancia les confería lo que creían que eran derechos irrenunciables. Lamentablemente el cuerno de la abundancia del Estado del Bienestar no tiene nada que ver con Zeus y la cabra Amaltea pero mucho con la expansión crediticia.

Bienvenidas sean si estas protestas se traducen en una sociedad que vigila y controla con celo a sus políticos oponiéndose frontalmente a los impuestos confiscatorios, en sus palabras y en las urnas. Porque el comportamiento hasta la fecha no ha sido el de una sociedad de propietarios responsables sino el de una sociedad de irresponsables dependientes de la teta estatal.

De hecho, parece más bien que la gente no quiere darse cuenta que la burbuja estatal se está desinflando y que el mundo en el que creían vivir ya no existe. La pirámide se desmorona y nadie quiere perder sus privilegios, ni los que ocupan posiciones intermedias ni los de arriba. Quienes coronan el sistema aprietan las tuercas a los que tienen abajo y estos a su vez acusan a los de arriba. Los de más abajo, los trabajadores ahorradores, no saben hacia donde mirar porque les están sacando el dinero de sus bolsillos desde diferentes posiciones. En realidad todos están dispuestos a recortar los privilegios ajenos a cambio de blindar los propios.

El Estado conlleva burocracia que lo mantiene y gestiona; no se puede mantener el Estado sin políticos ni se puede prescindir de los políticos si se pretende seguir viviendo del Estado. Son los intérpretes necesarios para mantener el sistema. La vía socialdemócrata para salir de la crisis consiste exactamente en lo que se está haciendo, redimensionar el Estado para hacerlo viable sin cuestionarlo. Entre tanto, y mientras dure, todo seguirá igual bajo el poco ejemplar principio "que no me toque a mí".

A vueltas con el IVA

Supimos que sufriríamos una fuerte subida del IVA desde el preciso momento en que Cristóbal Montoro lo negó rotundamente. Pues bien, ya la tenemos aquí: el tipo general pasará del 18 al 21%; el tipo reducido pasará del 8 al 10%; y el tipo superreducido se quedará en el 4%. Todo esto entrará en vigor a partir de 1 de septiembre.

El pretexto, el de siempre: reducir el déficit. Pero la subida del IVA no sólo no reducirá significativamente el déficit, sino que impedirá aun más la salida de la crisis. ¿Por qué? Porque dilapida la renta de los ciudadanos y/o empresas, con lo que evita que salden sus deudas y que puedan reestructurarse financieramente. Despilfarra los recursos necesarios para que la crisis se vaya superando progresivamente. El gobierno debería favorecer el ahorro privado, pero no para consumirlo él en nuevos programas de gasto público prescindibles y subvenciones a sectores, sino para que pueda ser puesto a disposición de los intermediarios financieros y, de esta manera, favorecer la inversión.

¿Y quién acabará soportando y pagando este IVA? Pues dependerá de si las empresas pueden repercutirlo en los precios o no, que dependerá del sector en el que se encuentren. Hay sectores en los que las empresas podrán trasladar la subida del IVA a los precios finales, porque en su sector hay menos competencia, porque su producto está muy diferenciado del resto y es ‘único’, porque todo el sector traslada a precios el impuesto, o porque vende sus productos únicamente a otras empresas (con lo que el IVA es ‘neutro’).

Pero no siempre es así, sobre todo en empresas muy cercanas al consumo final. En muchos de estos sectores los empresarios no podrán repercutir el 100% de la subida al consumidor debido a que la gente no consumirá lo mismo (ya sea porque se decantará por productos ‘sustitutivos’ o porque la competencia decidirá no trasladará el impuesto a los precios), con lo que deberán absorber el incremento del impuesto ellos mismos, con las consiguientes pérdidas y reducciones de márgenes. En algunos casos eso significará una pérdida de competitividad y la descapitalización de la empresa, y en otros casos se traducirá en el cierre de la empresa y la destrucción de empleo.

Pague quién pague finalmente este impuesto, la sociedad se empobrecerá en su conjunto y la salida de la crisis será cada vez más difícil, costosa y dolorosa.

Después de las medidas, la confusión

El pasado viernes, el Consejo de Ministros aprobaba las medidas que Rajoy había anunciado unos días antes. Desde el anuncio se han sucedido agrias declaraciones, protestas, manifestaciones, concentraciones y agitación.

Una subida del IVA, el aumento de los impuestos especiales al tabaco y alcohol, la reducción de salario de los funcionarios, la delegación de las funciones de algunos ayuntamientos pequeños en las diputaciones, y anuncios de reformas que aún no se han concretado pero suenan fuertes, son la explicación de tanto revuelo. Y de nuevo, los españoles nos hemos apresurado a buscar culpables y héroes a un tiempo.

La necesidad de un culpable

En lugar de reconocer que esta sangría se debe a la fiesta previa, y que como sociedad, durante años hemos votado a quienes prometían el paraíso en la tierra, a quienes más gastaban, a esos políticos que ofrecían cheques bebé, rentas a jóvenes para que se independizaran de sus padres, y casi, casi un unicornio por ciudadano. Se nos ha olvidado que todos pedíamos más, que reclamábamos esas instituciones duplicadas, que cuando se hablaba de equilibrio presupuestario no hacíamos ni caso.

Así que buscamos inmediatamente un culpable propicio: el gobierno de Rajoy, el gobierno de Zapatero, los políticos, sindicatos y, últimamente, los funcionarios. De manera que el gobierno de Rajoy es el peor del mundo y nos va a llevar a la tumba; el gobierno de Zapatero es el verdadero responsable de todo y nadie más; los políticos son todos unos ladrones y deberían estar en la cárcel, los sindicatos llevan años politizados e incumpliendo con su verdadera función y, ahora, los funcionarios son la razón de todos los males de España.

Con esa actitud nos libramos del auto examen, del reconocimiento de nuestra participación, complicidad, responsabilidad individual. Y tan contentos.

¿Quién le puso mala cara a Zapatero? ¿quién se preocupó de la transparencia cuando la bolsa estaba llena? ¿quién no se puso a la cola para recoger su unicornio?

Todos pagamos impuestos, decíamos. Pero no nos aseguramos de que esos impuestos se emplearan de manera "sostenible", de forma que se generara riqueza, o de si eran innecesarios. Permitimos subvenciones absurdas, sueldos de escándalo, tal vez pensando que mientras uno tenga cada vez más, los principios se pueden guardar en un cajón.

La reacción inmediata: la mitificación

Pero como este país es así, tras la crítica vino la obsesión, y después la reacción. No es para tanto, Rajoy hace lo que puede. No es verdad que Zapatero no hiciera nada, el pobre. No es cierto que los políticos no hagan nada por el país, su labor es básica en la democracia y meterse con ellos es atacar la democracia; los sindicatos son el gran logro del siglo XX y los funcionarios son quienes desempeñan las labores más importantes de nuestra sociedad.

De repente, cada cual, en función de sus filias, sus intereses, sus presentimientos o sus simpatías, se pone al lado de algún "damnificado" por la crítica ajena y defiende a capa y espada a un sector, un personaje político o una política determinada. La izquierda más radical atacaba esta semana la subida de impuestos. La derecha con algún o alguna liberal declarada entre ellos, justificaba una subida de IVA que nos va a machacar. Antiguos políticos han defendido en televisión la eliminación de subvenciones a partidos políticos. Un economista llama pirómano a otro por decir simplemente la verdad en un medio internacional. Y así todo.

Mientras tanto, lógicamente, la gente de la calle está atónita sin saber muy bien a quién creer, qué hacer o de quién fiarse. Como explicaba la dulce Clarisse al doctor Anibal Lecter en El Silencio de los Corderos, aunque abras la valla para liberarles, los corderos no se mueven, se quedan ahí gritando, esperando ser degollados. Los ciudadanos gritan, protestan porque les tocan la cartera, porque el paro no baja, pero no saben salir de este círculo vicioso en el que estamos. Todos hablan de "menos Estado" pero ¿cómo les afecta a ellos? Porque también dicen que eso significa que no habrá colegios, ni médicos, ni carreteras.

Más claridad y menos manipulación

Es necesario que los economistas y los medios de comunicación hagan un esfuerzo de claridad, sin encerrarse en la oscuridad del lenguaje técnico, pero no pierdan veracidad ni rigor, facilitando que la gente, el que pagará ese IVA, el que cobija en su casa a los hijos parados que han vuelto, que llega muy mal, o no llega a fin de mes, sepa a qué atenerse, sepa a quién reclamar y cuáles son las opciones.

¿Seremos capaces?

Ingeniería económica ecuatoriana al servicio de la teocracia liberticida iraní

Al amparo de la verborrea incendiaria que caracteriza al Chavismo, lo que le hace acumular protagonismo mediático, actualmente Rafael Correa es quién más está trabajando para que el socialismo del siglo XXI, ante la incapacidad de aumentar su número de países miembros, mantenga una lucecilla de esperanza.

En efecto, el Presidente ecuatoriano, que en el interior de su país lleva desde hace años una cruzada contra la prensa libre, a nivel de relaciones internacionales ha mostrado sobradamente sus credenciales. A su discurso anti-norteamericano, unió el apoyo al Castrismo no asistiendo a la Cumbre de las Américas. Recientemente, ha incrementado sus lazos con la Bielorrusia de Lukashenko.

Sin embargo, no se ha detenido ahí el líder del Movimiento Alianza País y ha apostado por Irán como socio comercial y estratégico de Ecuador. No se trata de una asociación baladí sino de una forma de desafiar a la comunidad internacional. Como suele suceder en estos casos, el cronograma ha cumplido escrupulosamente sus diferentes fases.

Primero, Ricardo Patiño (Ministro de Exteriores de Ecuador) defendió la tesis de que Irán, como nación soberana, tiene derecho a desarrollar su programa nuclear. En ningún momento ha cuestionado el oscurantismo del mismo ni que supone una amenaza real tanto para Israel como para la estabilidad en la región.

En segundo lugar, intercambio de giras de figuras vinculadas a los dos gobiernos. En mayo, el número 2 de Ahmadinyead, Ali Saeidlo, visitó Ecuador. A nivel diplomático, se saldó con un resultado más simbólico que tangible como fue que Correa garantizó su presencia en la Cumbre de los Países No Alineados, a celebrar en Teherán el próximo mes de agosto. Tras ello, el aludido Ricardo Patiño acudió a Irán, dentro de una gira internacional, que le llevó por países tan diferentes entre sí como Suiza o Sudáfrica.

En tercer lugar, el lenguaje. Este aspecto es fundamental puesto que sirve para aunar a dos regímenes tan, en teoría, antagónicos, como el ecuatoriano y el iraní. Ahí es donde expresiones como “fin del mundo unipolar y unilateral” hacen de nexo y garantizan dosis de victimismo con las que mirar para otro lado cuando los problemas domésticos aparecen.

Finalmente, llega el acuerdo bilateral. Para ello, se burlan las normas internacionales a través del clásico disfraz populista. Consciente Correa que el Banco Central de Ecuador puede recibir sanciones si comercia Irán, lo hará entonces a través de la intermediación de bancos que si están autorizados para hacerlo con el país asiático. Nuevamente, se utiliza como subterfugio que Alemania, China o, incluso, Estados Unidos, operan de esta manera, con lo cual se distorsiona la realidad. Sin embargo, lo que deliberadamente se oculta es el rédito que tanto Ecuador como Irán pretenden sacar de esta operación, el cual va más allá de las cifras cuantificables.

Sin embargo, también pueden producirse consecuencias negativas, en forma de sanciones, que en este caso afectarán más a Ecuador que a su socio. En efecto, el país latinoamericano no tiene ningún producto estrella al que fiar su economía. Además, sus actuales aliados en América Latina no atraviesan por la mejor de las coyunturas económicas, especialmente Venezuela sumida también en un proceso electoral que determinará no sólo su futuro, sino el de la región. Quizás, por esta última razón, está multiplicando Rafael Correa su protagonismo a costa, eso sí, de que la imagen de su país y por extensión de su gobierno, le haga perder enteros ante la comunidad internacional.

En definitiva, una operación de alto riesgo la que asume Correa cuyas repercusiones se dejarán sentir en el corto y medio plazo. ¿Acaso unas importaciones que en 2011 fueron de 1,2 millones de dólares justifican apoyar a un régimen como el de los Ayatolás que vulnera sistemáticamente los derechos humanos que el Presidente ecuatoriano tanto dice defender? Puede que sea precisa mente “eso”, la peculiar forma que tiene Irán de entender la libertad, lo que le gusta al dirigente latinoamericano.

Fraude. Por qué la gran recesión

Hace varios años ya cuando, siendo un joven afiliado al Partido Popular, descubrí en una conferencia organizada por Faes a un entusiasmado catedrático de economía que anduvo durante más de una hora explicando la imposibilidad teórica del socialismo. La impresión que me causaron sus palabras debió de ser similar a la vivida por Pablo al caer cegado del caballo.

Con el atrevimiento de quien no sabe bien lo que hace, nada más llegar a casa le escribí un mail pidiéndole un artículo para la revista que acababa de fundar en la universidad. No tardó mucho en responder. Me dijo, amablemente, que no. Que andaba muy ocupado escribiendo su Tratado de Economía Moderna pero que hiciese el favor de mandarle mi dirección postal. Lo hice y al día siguiente llegó un motorista a casa con un enorme paquete. Eran todos sus libros y una invitación personal –”con el apellido que usted tiene, no faltaba más”, me dijo- para asistir a su seminario de los jueves. No sólo leí todos aquellos libros sino que desde entonces no he dejado de asistir a todos cuantos seminarios he podido. El catedrático no era otro, claro, que Jesús Huerta de Soto.

Amagifilms

A lo largo de tantos jueves he ido descubriendo, no sólo la mayor parte de los conocimientos que hoy día conforman mi bagaje intelectual, sino a varios de los que hoy considero grandes amigos. Asimismo, he ido viendo crecer la cantidad de auténticos liberales que, si hace algunos años, como suele recordar Luis Reig, podían caber holgadamente en un taxi, hoy necesitan ya –necesitamos- al menos un buen avión.

Entre ellos están muchas de las mejores cabezas de la intelectualidad actual y mi relación personal con ellos fue, sin duda, una de las principales razones para que en Amagifilms, la empresa que hace apenas un año fundé con mis socios –Daniel García y Bárbara Sokol–, nos decidiésemos por “Fraude. Por qué la Gran Recesión” como nuestro primer gran proyecto.

Son muchos los documentales que, como Fraude, han tocado el tema de la crisis económica que actualmente nos asola. Sin embargo, ninguno con ellos conformaba el documental que a mí me hubiera gustado ver. Para llenar ese vacío, además de contactar con intelectuales de la talla de Jesús Huerta de Soto o Juan Ramón Rallo, profesionales de los mercados como Daniel Lacalle o Ned Naylor-Leyland o alguno de los poquísimos políticos que han sabido comportarse en estos años, como Steve Baker.

Película documental

Ideé un guión que fuera capaz de aglutinar, primero, la teoría económica que una vez más se ha demostrado como la única acertada (la Teoría Austríaca de los ciclos económicos); segundo, la crónica histórica de la Gran Recesión vista a la luz de estas ideas; y, por último, que fuera capaz, no sólo de denunciar los graves atropellos que venimos sufriendo desde hace siglos los ciudadanos–y que terminé llamando “el fraude legal”-, sino de aportar soluciones concretas.

Enfrentar esta difícil tarea tratando, no sólo de cumplirla con una mínima solvencia, sino de hacerla digerible para el gran público y, a su vez, revestirla de cierto encanto audiovisual ha sido, sin duda, lo que más dificultades ha supuesto durante todo el período de producción. Eso y, por supuesto, la necesidad de conseguir una financiación básica que nos permitiera, al menos, cubrir las partes más esenciales del presupuesto. A este respecto, nunca sabremos agradecer bastante la ayuda de inversores como el Instituto Juan de Mariana; personas que de manera anónima hicieron en su día, a ciegas, su aportación, depositando en nosotros una total confianza; y, por supuesto, todos cuantos nos apoyasteis hace unos meses, cuando apenas teníamos un tráiler que enseñar, y nos seguís apoyando ahora, según vais terminando de ver el documental, con vuestras donaciones.

Esta crisis marcará la generación a la que pertenecemos todos cuantos hemos participado de manera directa en este documental. Denunciar el fraude que penosamente nos ha llevado a ella y tratar de advertir sobre los más que probables errores futuros que nos harán repetir el proceso era nuestra principal intención. Valorar el resultado es algo que ya no nos corresponde a nosotros. Si pensáis que se ha cumplido, ya sabéis: difundidlo.

Ver también

El relato más crítico de la Gran Recesión. (Ángel Martín Oro).

La verdad sobre la austeridad española

A continuación, reproducimos el artículo de Ángel Martín Oro aparecido en Wall Street Journal el 18 de junio. La traducción fue publicada en elCato en español, a quienes agradecemos nos permitan reproducirlo aquí.

A medida que la crisis económica en España se profundiza y el rendimiento de los bonos alcanza niveles récord, algunos afirman que la austeridad ha fracasado y que ahora es momento de recurrir a políticas de crecimiento basadas en un estímulo fiscal. Dos años de profundos recortes en el gasto solo han llevado a España a una nueva y severa recesión, con una caída estimada del PIB de 1,8% en 2012, según la edición de abril de la publicación Perspectivas de la Economía Mundial del FMI. Los keynesianos señalan a la espiral contractiva que constituye el recorte del gasto, que conduce a una menor demanda y, a su vez, a una caída del PIB y del empleo.

El presidente del gobierno Mariano Rajoy acudió recientemente a Europa por ayuda, tras asegurar al parlamento que su gobierno había hecho todo lo posible para recuperar la confianza de los inversores.

El problema es que tanto las objeciones keynesianas como los intentos de Rajoy de pintar el rescate como una victoria, pasan por alto un hecho vital. La austeridad no ha fracasado porque esta no se ha intentado realmente, a menos que "austeridad" signifique realizar modestos recortes de gasto mientras se aumentan significativamente los impuestos, como ha hecho España. El término "austeridad" es ambiguo, pero no parece apropiado llamar a un gobierno "austero" cuando trata de solucionar el déficit mediante la extracción de más recursos del contribuyente.

Aclaremos que el déficit actual de las finanzas públicas se debe principalmente a un gasto excesivo. ¿Cómo es posible eso, teniendo en cuenta que las administraciones públicas españolas mantuvieron un superávit presupuestario del 2% en 2006 y 2007? La respuesta está en el crecimiento extraordinariamente alto e insostenible de los ingresos en ese momento, gracias a la burbuja inmobiliaria inducida por el crédito.

Durante el boom, el gobierno asumió nuevos y grandes compromisos de gasto a largo plazo en áreas como prestaciones sociales, infraestructura pública y salarios del sector público. Pero esto fue financiado principalmente por ingresos temporales y a corto plazo. No debería sorprender que el déficit se disparara cuando la burbuja se derrumbó.

Mientras que el gasto público ha caído de su nivel máximo de 2009, consideremos un horizonte temporal mayor con los siguientes datos —que provienen de un reciente estudio comparativo de las políticas fiscales durante la Gran Recesión, publicado por el Observatorio de Coyuntura Económica del Instituto Juan de Mariana de España:

  • En 2011, el gasto total del sector público en España fue un 13% más alto que en 2007 y casi el doble de lo que era en el año 2000.
  • Entre 2007 y 2009, el saldo presupuestario se deterioró en 13,1 puntos porcentuales del PIB (comparado con 10,3 puntos porcentuales en EE.UU. y 4,3 en Alemania), como resultado tanto de un aumento en el gasto y una caída en los ingresos. Desde entonces, la llamada consolidación fiscal solo ha mejorado el balance público en 2,3 puntos porcentuales (frente a 3,5 puntos porcentuales en EE.UU.).
  • De 2007 a 2011, el gasto público como porcentaje del PIB ha aumentado en 4,4 puntos porcentuales en España, más del doble del equivalente en Alemania (2,1 puntos porcentuales).
  • La relación deuda pública a PIB en España ha aumentado en un 90% desde 2007, en comparación a 50% en EE.UU. y solo 25% en Alemania.

En los debates actuales sobre la política fiscal en España —falazmente enmarcados como un conflicto entre la austeridad y el crecimiento— a menudo se olvida que durante 2008 y 2009 el entonces gobierno socialista implementó uno de los mayores paquetes de estímulo de todos los países desarrollados, comparable solo a los niveles de estímulo estadounidenses.

En el mejor de los casos, estas políticas fueron ineficaces. Ni EE.UU. ni España lograron evitar las fuertes pérdidas de empleo en el sector privado, y en su lugar aumentó el número de empleos del sector público. En cambio, con políticas fiscales mucho menos expansivas, el mercado laboral de Alemania apenas ha sufrido. Si bien es cierto que Alemania no experimentó una burbuja similar a las que inflaron los mercados inmobiliarios en EE.UU. y España durante la década pasada, también es cierto que en 2009 Alemania experimentó una caída del PIB mayor que la de España o EE.UU., causada por el colapso de sus exportaciones.

Pero la peor consecuencia de los paquetes de estímulo fiscal es el aumento subsiguiente de la carga de la deuda nacional y otros costes relacionados. En primer lugar, incentivan el creciente deterioro de las finanzas públicas al desplazar el crédito bancario del sector privado y ponen frenos al proceso de desapalancamiento saludable de la economía en su conjunto, lo que reduciría la necesidad de financiación externa.

En segundo lugar, el gasto de estímulo, tanto en España como en EE.UU., ha sostenido artificialmente sectores hipertrofiados de la economía, tales como la industria inmobiliaria y la automotriz, que fueron sobrealimentadas por políticas de crédito fácil durante la etapa del boom. De este modo, ha detenido el ajuste necesario de la estructura de producción de la economía, mediante el cual las industrias infladas deben reducirse y liberar recursos para su uso en sectores más rentables y eficientes.

Tratar de resolver una crisis causada por un exceso de (mala) deuda con más deuda ha sido contraproducente. El problema fundamental de la fase recesiva del ciclo no es la necesidad de estabilizar la demanda agregada. Las circunstancias actuales requieren, en cambio, que reajustemos la oferta inadecuada para satisfacer la demanda real, y para mejorar las deterioradas posiciones financieras de los agentes económicos reduciendo la deuda y aumentando el ahorro o el capital.

Sin embargo, la austeridad fiscal tampoco es una panacea. Debe acompañarse con un conjunto de políticas pro crecimiento para crear un ambiente institucional favorable para la recuperación del sector privado —mediante, por ejemplo, reformas más profundas del mercado laboral y la eliminación de las barreras al emprendimiento. Por otra parte, se debe alcanzar una solución razonable para el sistema bancario, como la que propuso anteriormente en estas páginas Juan Ramón Rallo.

Podría darse el caso de que aún con la aplicación de recortes de gasto grandes y bien orientados, acompañados con reformas favorables al libre mercado, los inversores siguieran sin la suficiente confianza como para invertir, manteniendo a la economía española en recesión. Pero el señor Rajoy al menos tendría mayor derecho a decir que hizo todo lo posible por solucionar la situación. Y la alternativa promete ser mucho peor.

Rajoy, por el camino equivocado

Si algo se le concede a Rajoy es que, desde que llegó a La Moncloa, no se ha quedado de brazos cruzados. Su Consejo de Ministros presenta cada semana una nueva batería de medidas para atajar la profunda crisis en la que se encuentra España. Sin embargo, en economía más vale no hacer nada que aplicar las medidas equivocadas. En ese sentido, muchos liberales depositaron su confianza en Rajoy pensando en que mejoraría las cosas por simple omisión. Esa era la fama que se había labrado, sobre todo durante sus ocho años como líder de la oposición. Pero el pasivo opositor ha resultado ser un presidente hiperactivo. La cuestión a analizar, pues, no es si está tomando o no medidas. Es si van bien encaminadas.

El estallido de la burbuja que durante años vivió la economía española dejó al descubierto dos profundos problemas estructurales que se fraguaron durante aquella falsa bonanza. La primera es que los gastos estructurales del Estado habían crecido al calor de unos ingresos artificiales que no volverán. La segunda es que la estructura productiva estaba totalmente distorsionada por efecto de la burbuja, adaptada a la construcción y financiación de una bestialidad de viviendas que no necesitábamos, y de unas infraestructuras que no podíamos permitirnos. La salida de la crisis vendrá, por tanto, cuando el Estado vuelva a un tamaño sostenible, y cuando esa estructura productiva obsoleta se vaya liquidando y se reconvierta para satisfacer las demandas reales de la economía.

El actual Gobierno desde el principio anunció que su prioridad era la lucha contra el déficit. Pero en tiempo récord ha demostrado que no pretende reajustar el Estado a un tamaño sostenible. Prefiere sangrar al ciudadano, freírle a impuestos, para así tratar de no reducir la estructura del Estado en lo sustancial. De hecho, el método Rajoy es de lo más torpe: aprueba recortes dolorosos para los ciudadanos, pero por la puerta de atrás incrementa y mantiene gastos de corte político. Hasta la fecha los resultados son terribles. Pese a que trató de hacernos creer que embridaría el déficit público, en menos de medio año casi ha excedido el objetivo renegociado con Bruselas para todo el año. Y ya están tratando de apañar de nuevo un objetivo de déficit mayor. Es decir, que aunque la meta original para el año era del 4,4%, al final terminará acercándose al 7%. Quién sabe si más.

Ni los gobernantes españoles ni los burócratas de Bruselas parecen darse cuenta de que a los mercados financieros les da exactamente igual lo que los políticos pacten entre ellos. Lo que les preocupa es la propia sostenibilidad de las cuentas públicas. Por mucho que el Estado cumpla un objetivo de déficit previamente acordado, si se calcula que la economía española no puede permitirse tamaña cantidad de gastos públicos, esos mercados buscarán otro lugar mejor en el que invertir. Al fin y al cabo, los famosos mercados no son otra cosa que un conjunto de ahorradores que buscan el mejor destino posible en el que invertir con éxito su escaso capital.

La segunda pata para la salida de la crisis es la capacidad de la economía española para reajustar su estructura productiva y volver a generar riqueza. En primer lugar, los agentes económicos necesitan impuestos bajos para que les sea menos costoso desendeudarse y liquidar el capital mal invertido. Y en segundo lugar, se necesita un marco económico en el que los ahorradores se atrevan a invertir en España y que los empresarios, nacionales o extranjeros, decidan crear o expandir sus empresas en nuestro país.

Rajoy en este asunto ha sido sistemático: prácticamente todas sus medidas han perjudicado directamente a inversores y empresarios. En España se parte de la base de que tanto inversores como empresarios son los malos de la película. Es a quien hay que perseguir y castigar, no a quienes hay que convencer. A los inversores les han subido el impuesto del capital y les han ampliado los costes regulatorios. A los empresarios se les mantiene unos impuestos de sociedades y cotizaciones sociales prohibitivas. Y ahora se les vuelve a subir el IVA, que impacta en las ventas de las empresas de consumo y se repercute sobre todas las demás. El resultado es que hoy España es uno de los países con más impuestos y trabas regulatorias del mundo, y tiene a los agentes económicos totalmente asfixiados. Si sumamos a esto el costoso entramado burocrático y, sobre todo, la brutal incertidumbre de hacia dónde nos lleva este Gobierno, el resultado es que los inversores ni se plantean meter su capital en España. Y los potenciales emprendedores, de igual modo, buscan fortuna en otro país que les acoja mejor. O, simplemente, deciden no arriesgarse a emprender y se cruzan de brazos.

El gran pagano de esta situación es el ciudadano de a pie. Aquéllos que dependen del mercado de trabajo y no puede irse a otro país con tanta facilidad. El empleo en España vive la tormenta perfecta. La imposibilidad de que los emprendedores y los inversores sobrevivan en España provoca el desplome de la demanda de empleo. El paro permanece desbocado y se deprimen los salarios. Al final, la meritoria reforma del mercado laboral aprobada por Rajoy no tiene efecto si nadie invierte ni abre empresas. Y en esas estamos.

Rajoy, por tanto, va por el camino equivocado. Está desconcertado por los malos resultados de su política económica, convencido de que la solución es que el BCE se ponga a imprimir más dinero. El verdadero camino de salida de la crisis puede ser políticamente costoso, pero es de lo más lógico. Hay que reducir de verdad el tamaño del Estado y el poder de los políticos, y devolver el dinero a los agentes económicos. Y hay que hacer de España un lugar en el que los ahorradores quieran invertir y los empresarios quieran abrir empresas. Hasta que no se haga, España será un país sumido en la depresión económica y social, en el que el Estado se dedica a gestionar la pobreza, y los ciudadanos a padecerla.

¿Disfruta Montoro subiéndonos los impuestos?

Los políticos son seres que, estudiados desde la objetividad, resultan asombrosos. Son capaces de decir una cosa y la contraria sin parpadear. De negar la evidencia aunque la tengan delante. De criticar un defecto en su contrincante que todo el mundo puede ver en él. De dirigir los prejuicios de la masa en su beneficio, sin importar las consecuencias.

Y pese a que todas estas características se consideran negativas por la mayor parte de la sociedad, el poder político no deja de crecer y crecer cada día que pasa.

Pero de vez en cuando, ya sea por las circunstancias o por un fallo en el sistema, se cuela en lo más alto de la jerarquía estatal un ser que no debería estar allí.

Hablo, como no puede ser de otra manera, del señor ministro de Hacienda; Don Cristóbal Ricardo Montoro Romero. También conocido como Montoro a secas.

Alguien me podrá decir que no ve la diferencia entre un político corriente y el señor Montoro. Y puede ser así para ojos inexpertos, pero a poca experiencia que se tenga en el estudio del político común, uno se da cuenta de que estamos ante un espécimen que no debería haber llegado tan alto en la cadena alimentaria estatal.

Montoro es un simple técnico de Hacienda elevado por las circunstancias. Se licenció, se doctoró, dio clase de lo único que sabe y entró a servir a los políticos como un lacayo más en la época en la que Rato era la niña bonita de la derecha española.

Seguramente por esa obsesión absurda que tienen los conservadores sobre la superioridad de la gente estudiosa, le cayó un ministerio que hasta entonces no existía y se pasó cuatro años donde, sin la presencia de quienes le hicieron el trabajo en su etapa anterior, pasó sin pena y sin gloria.

Hasta aquí la historia no tiene nada de rara. Muchos políticos empezaron sus carreras siendo herramientas de otros políticos hasta que aprendieron el oficio y consiguieron suficiente poder como para empezar una carrera por su cuenta.

El problema de Montoro es que nunca ha aprendido el oficio. No es un político, sino un tecnócrata incapaz de disimular que le encanta la idea de subirnos los impuestos. Y no porque eso le lleve a mantenerse en el poder, no. Le gusta subirnos los impuestos por el mero hecho de subirlos.

Si alguien duda de esto, por favor, que mire su cara o se fije en su tono de voz cuando habla del tema. No estamos, como en el caso de Soraya o De Guindos, ante la típica cara de circunstancias con el fin de no cabrear al electorado mientras se aseguran el pesebre. Es claramente la cara de alguien que disfruta con su trabajo y es incapaz de disimularlo.

Es un fallo garrafal poner a este hombre en la posición en la que le ha puesto Rajoy. Podemos pensar que las actuaciones políticas no son creíbles y que da igual la cara que pongan, o las palabras que usen cuando toman ciertas medidas, porque éstas hablan por sí solas. Pero lo cierto es que lo políticos, como cualquier otra profesión, llevan perfeccionando su oficio durante siglos, y salirse del guion y mostrar, aunque solo sea un atisbo de sinceridad, mientras actúan en contra de la mayoría, es algo que no les sale gratis.

Que nadie piense que lo critico. Lo que perjudica a un político beneficia a la libertad. Imagine lo que siente un votante del PP al ver cómo el partido al que ha votado no sólo hace lo contrario de lo que defendía, sino que el ministro del ramo se chotea en su cara al hacerlo.

Así que siga así, señor Montoro. Sonría, haga gracias y disfrute. Va a poder degustar durante unos meses, o puede que años, su sueño de someter el dinero, y por ende la libertad, de los españoles a las cuentas que hace en su cuaderno.

Cada sonrisa y cada gracieta harán más por la libertad que cualquier bajada de impuestos, que, por supuesto, jamás acometería este gobierno.