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No pierdan de vista el oro

El canario en la mina vuelve a piar con fuerza. El precio de la onza de oro al contado en el mercado de Londres cerró el jueves en 1.742,5 dólares. ¿Y eso es mucho o poco? No tanto si se compara con el récord histórico alcanzado el pasado 5 de septiembre, cuando cotizó a 1.895 dólares, pero la perspectiva cambia si se observan otras variables. Y es que, comparar el valor del metal amarillo con el del billete verde, el papel moneda de referencia a nivel internacional, puede llevar a engaño.

Estos últimos días el mercado de oro ha pulverizado otros récord igual o más de significativos. Su demanda mundial subió un 6% en el tercer trimestre del año respecto al mismo período de 2010, hasta un total de 1.053,9 toneladas -equivalente a 57.700 millones de dólares-. Una subida sustancial, aunque la clave principal no es ésta: casi la mitad de este volumen fue adquirido por inversores (468,1 toneladas), un 33% más que hace un año; además, destaca el apetito inversor mostrado por Europa, en donde las compras subieron un 135% entre julio y septiembre, hasta las 118,1 toneladas; y lo más relevante es que los bancos centrales dispararon las compras del preciado metal hasta las 148,4 toneladas, lo cual supone la cifra más elevada en 23 años -cuando adquirieron 180- y un 556% más a nivel interanual, ahí es nada.

Que los bancos centrales se hayan convertido en compradores netos de oro supone un cambio de rumbo radical, tras casi 20 años de ventas, e implica que están acelerando su diversificación de activos a fin de compensar la depreciación de sus reservas en divisas (dólares, principalmente). De hecho, si se tiene en cuenta la naturaleza de estos agentes, resulta alarmante que los emisores monopolísticos de papel fiduciario se abracen al oro con tal inusitada fuerza, pues evidencia una creciente desconfianza hacia su propia gestión monetaria. Asimismo, que el mercado apueste al oro como inversión es síntoma inequívoco de la gran incertidumbre económica e inestabilidad bursátil que aún reina tras casi cinco años de crisis internacional. No en vano, el hecho de que Europa haya disparado su demanda en plena tormenta euro ratifica, una vez más, la percepción de que este activo constituye un valor refugio por excelencia.

Por último, si bien su precio medio ha subido un 39% interanual, el oro no ha parado de apreciarse en los últimos años, llegando a multiplicar su valor varias veces. De hecho, en la actualidad, un estadounidense precisa destinar un promedio de 88 horas de trabajo para comprar una onza frente a las 20 del año 2000, un nivel muy próximo al alcanzado a finales de los años 70, en plena estanflación. Con Europa viviendo un momento crítico, la posibilidad de que la monetización masiva de deuda pública se extienda también a la zona euro, la amenaza de una recaída a nivel global en 2012 y el mantenimiento de los tipos de interés en mínimos históricos, es normal que el oro siga brillando con intensidad y, por tanto, siga cotizando al alza en un contexto de crecientes turbulencias financieras, económicas y monetarias. Sin duda, un activo cuya evolución es preciso seguir muy de cerca.

¿Debe un anarcocapitalista votar? Quizás sí…

En principio, se me hace muy difícil pensar que un ancarcocapitalista se planteara siquiera votar. Básicamente porque jamás participaría en un monopolio como es la democracia actual, que fundamentalmente significa el mantenimiento y expansión de los monopolios y privilegios públicos en contra de libertades individuales y del mercado. Participar en este "juego" significaría aceptar el juego, sus reglas, su funcionamiento y, por tanto, sus consecuencias.

Un juego que se traduce en:

  • Impuestos abusivos (si es que hay alguno que no lo sea).
  • Limitaciones brutales en nuestra libertad de actuar y elegir en las que nos convertimos en delincuentes por ejercer nuestra libertad, por ejemplo: la libertad de consumir drogas, la libertad de prostituirse o ser cliente de prostitutas, la libertad de fumar en espacios donde el propietario lo permite, la libertad de automedicarse, la libertad de poseer armas, entre muchísimos otros.
  • Precios de mercado más altos o más bajos de lo que debieran por las innumerables leyes y regulaciones.
  • Servicios "sociales" como la Seguridad, la Sanidad y la Educación, que no solamente son ineficientes sino que además nos salen carísimos (aunque se nos diga que "son gratis y no los paga nadie").
  • Efecto crowding out cuando el Estado desplaza a la iniciativa privada al ponerse a jugar a ser empresario y tratar de proporcionar productos y servicios.
  • Interferir en las relaciones entre trabajadores y empresarios sin que las partes puedan negociar libremente: prohibiendo trabajar más de un número determinado de horas a la semana, estableciendo unos salarios mínimos, imponiendo unos costes de despido, asignando unos "negociadores colectivos", implantando un seguro de desempleo que más bien equivale a desempleo seguro.
  • Dinero fiduciario cuyo valor intrínseco tiende a cero, monopolio de planificación central llamado banco central y crisis económicas de forma cíclica.

Esto se debe a que la democracia actual (socialdemócrata) acaba siendo, como señaló Jefferson, el gobierno de las masas donde un 51% de la gente puede lanzar por la borda los derechos del otro 49%. Y eso, desde luego, no es nada liberal. Porque actualmente los derechos individuales no son los límites del ejercicio de la soberanía, sino que son destruidos, manipulados y tergiversados. Ciertamente, en este "concurso de popularidad", los anarcocapitalistas no deberíamos participar.

Dicho esto, sí creo que puede haber motivos para insertar una papeleta en una urna: si el no hacerlo te puede perjudicar a nivel personal.

Intentaré explicarme. Parece que aquellos que defendemos unas ideas con cierto convencimiento debamos poco menos que "morir por ellas". Nos sentimos obligados moralmente a defender nuestras ideas político-económicas ante todo aquel que las ponga en duda en cualquier momento y en todo lugar.

Considero esta postura errónea, inmadura e infantil porque significa anteponer nuestra ideología a nuestro bienestar personal. Y no hay nada más antiliberal, antiindividualista y antihumano que el martirio por nada que no seas tú mismo. Con lo único que debiéramos estar verdaderamente comprometidos es con nuestra vida personal y la de las personas que queremos, no con nuestra ideología. Estoy convencido que el martirio no sólo es un error intelectual sino que además es una degeneración del ser humano.

Por lo tanto, considero que hay ocasiones en las que se debe votar, por ejemplo: si por alguna circunstancia la estabilidad o continuidad de tu trabajo depende de tu voto; si vives en una población pequeña y el no votar va a significar un boicot hacia ti y hacia tu familia; si tu mujer o tus hijos se van a enfadar porque no quieres votar y eso conllevará discusiones familiares; si el no votar hace que tus padres se sientan defraudados o tristes (admitámoslo, nuestros padres se sienten decepcionados cuando les decimos que no vamos a votar y que, además, somos anarquistas).

Esta es la postura anarcocapitalista más sensata: no darle ninguna importancia al asunto. Desprenderse del Estado consiste en tomarse con indiferencia (en la medida en que se pueda) "lo que nos ofrece" y nuestra participación en él. Entonces, ¿por qué darle tanta importancia a votar si además sabemos que la relevancia de nuestro voto tiende a ser nula? Demos al Estado la razón como a los tontos si es necesario y no antepongamos nuestras ideas a nuestro bienestar.

Mi consejo para ti, lector anarcocapitalista, es que si en alguna de estas situaciones que he comentado anteriormente ves que puedes salir perjudicado, ¡vota, por Dios, vota! Trágate tu orgullo y tus ideas, tómate unas pastillas para dormir y vota… No seas un degenerado. No des al Estado más importancia de la que tiene, es decir, ninguna. Ah, y luego llama a tus padres para decirles que has votado por el mismo partido que ellos. Eso sí es un acto importante en tu vida.

El día después de las elecciones generales 2011

Supongo que muchos de Uds., lectores serios y avezados, se habrán preguntado cómo será el día después de las elecciones del próximo domingo 20 de noviembre de 2011. Sin duda, sea cual fuere el resultado de las próximas elecciones generales, el político que resulte elegido Presidente del gobierno por el parlamento tendrá ante sí un reto económico monumental.

Dado que ya analizamos el desafío de España a medio y largo plazo, permítanme que ahora observemos el primer obstáculo que deberá afrontarse en el corto plazo. A continuación, les resumo mi análisis del agujero presupuestario que debería solucionar el próximo gobierno de España con extrema urgencia si quiere evitarse una intervención con préstamos internacionales del Banco Central Europeo (BCE) y del Fondo Monetario Internacional (FMI). 

1. Disminución de los ingresos fiscales por la debilidad del crecimiento económico.

En primer lugar, los PGE 2011 fueron calculados para un crecimiento de la economía española del 1,3 % del Producto Interior Bruto (PIB), que quedará en un 0,7%, lo que rebaja en cerca de 5.600 millones de euros la previsión del gobierno socialista. Ya vimos que la única vía de desarrollo en la próxima década es la introducción de competitividad en la economía española. Sin embargo, desde un punto de vista fiscal, ese crecimiento menor del PIB ocasiona una desviación en las cuentas públicas que deberá ser afrontada con un mínimo de 1.800 millones de euros.

2. Gastos fiscales adicionales al rebasar los 5 millones de parados.

En segundo lugar, el número de desempleados alcanzará los 5 millones de personas durante el primer trimestre del año 2012, si se contabilizan las personas realizando cursos de formación, estudiantes y otros "maquillajes" estadísticos del actual Ministerio de Trabajo e Inmigración.

Tan sólo los 208.981 parados "oficiales" más, desde septiembre 2010 a septiembre 2011, suponen 1.500 millones de euros adicionales de gasto en prestaciones de desempleo para los PGE 2012. Por lo que, si se quiere afrontar de modo realista el escenario más probable durante el primer semestre del año 2012, habrá que presupuestar un mínimo de 4.500 millones de euros adicionales.

3. Aumento del ajuste fiscal para alcanzar un déficit público del 3%.

El Gobierno de España se comprometió con la Unión Europea (UE) a realizar un ajuste fiscal para alcanzar un déficit público del 6% del PIB en 2011, 4.4% en 2012 y 3% en 2013. Sin embargo, más tarde o más temprano, habrá que contabilizar las desviaciones por el menor crecimiento y el aumento del paro, Y, por otro lado, habrá que atacar el problema del déficit autonómico "oculto" que duplica y triplica lo declarado hace un año y, sólo en Castilla y la Mancha pasó de 900 a 2.700 millones de euros. Las Comunidades Autónomas añadirán un déficit "oculto" que fácilmente puede llegar a rondar un 1% del PIB de España, es decir, cerca de 10.000 millones de euros.

De hecho, un estudio de la propia Comisión Europea (CE) ha previsto en noviembre 2011 que las desviaciones del déficit público serán del 6.6% del PIB en el año 2011, del 5.9% en 2012 y del 5.3% en 2013. Esto último supone que deberá realizarse un esfuerzo adicional de ahorro en los servicios públicos para alcanzar los compromisos adquiridos por los siguientes importes:

Año

Déficit Público:
previsión de la Comisión Europea (Nov.2011)

Déficit Público:
compromiso de ajuste fiscal por el Gobierno de España

Diferencia en % PIB que debe corregirse

Ajuste fiscal adicional en millones de Euros (aprox.)

2011

6,6% PIB

6% PIB

0,6% PIB

 6.553 mill. €

2012

5,9 % PIB

4,4 % PIB

1,5% PIB

16.427 mill. €

2013

5,3 % PIB

3 % PIB

2,3% PIB

25.189 mill. €

Fuente: http://ec.europa.eu/economy_finance/eu/forecasts/2011_autumn/es_en.pdf

Nota: Se realizan los cálculos con el PIB de España en el año 2009 de 1.092.163 Millones de euros, según Eurostat.
 

Por tanto, lograr atender los compromisos adquiridos por España para corregir el déficit público implica un ajuste presupuestario de 22.980 millones de euros a comienzos de 2012 y otro adicional de 25.189 millones de euros en 2013.

4. Aumento de la prima de riesgo de la deuda pública.

Finalmente, los PGE 2011 fueron calculados con 200 puntos básicos de diferencial con respeto al bono de referencia alemán. Y, por cada 100 puntos básicos de diferencial se requieren cerca de 7.000 millones de euros.

Lo anterior quiere decir que, con una prima de riesgo de 350 de media anual, tendríamos que realizar un ajuste presupuestario de 10.500 millones de euros, siempre y cuando las compras de deuda soberana del BCE logren mantener la prima de riesgo por debajo del punto de no retorno de los 500 puntos básicos, lo que dependerá en un alto porcentaje de otros países como Grecia e Italia.

5. Ajuste fiscal para evitar una intervención conjunta del BCE y FMI.

En resumen, el escenario económico de España en el corto plazo requeriría un ajuste fiscal mínimo en el año 2012 de cerca de 40.000 millones de euros en las primeras semanas del nuevo Gobierno sólo para atender los gastos adicionales del año 2012 que acabamos de enumerar.

Sin embargo, proporcionaría una mayor tranquilidad a los inversores si se realizase un ajuste fiscal en el entorno de los 70.000 millones de euros para atender posibles contingencias presupuestarias y, con la debida antelación, hacer frente también a la desviación que existe en el compromiso de déficit del año 2013.

En cualquier caso, el análisis presupuestario demuestra que el nefasto Sr. Rodríguez Zapatero ha logrado que España no dependa de sí misma para salvarse del default. El ajuste fiscal socialista aprobado a comienzos del año 2010 no tuvo la suficiente contundencia, y no vino acompañado de reformas estructurales profundas que proporcionasen competitividad a la economía española. Por ello, las cuentas públicas de España siguen enganchadas al grupo de países que presentan falta de competitividad en sus economías y fragilidad en sus cuentas públicas y, por tanto, se encuentran sometidos a la crisis de deuda soberana.

Nuevamente, los gobiernos socialistas han demostrado que la discrecionalidad y el despilfarro en el gasto corriente, así como la irresponsabilidad en el aumento del gasto social hasta niveles insostenibles, se pagan con el desajuste de los Presupuestos Generales del Estado en el corto plazo, seguida de una crisis de deuda en el medio o largo plazo.

Por desgracia, todavía deberemos esperar hasta diciembre 2011 para dejar de ver al que, sin duda, puede catalogarse como el peor gobierno que ha padecido España durante la democracia. Ése será el principal hándicap de España, dado que existe un riesgo alto de que la prima de riesgo rebase los 500 puntos básicos antes de la toma de posesión del nuevo Presidente.

Esperemos que el viento (BCE) sople a favor de los intereses de España y aguante el techo de la prima de riesgo española, que ha superado los 450 puntos básicos ayer martes, 15 de noviembre de 2011. Y, para evitar males mayores, esperamos que los asesores del nuevo inquilino del Palacio de la Moncloa sean escuchados y se tomen medidas de ajuste fiscal y reformas estructurales nada más llegar al poder.

Como la esperanza es lo último que se pierde, ojalá también se tenga el coraje político y el sentido de Estado que se requieren para arraigar una mayor certidumbre socioeconómica con un Estado de Derecho digno de tal nombre.

Es decir, ojalá se consiga un marco institucional con una mayor seguridad jurídica para ciudadanos, propiedades e inversiones con reformas que garanticen la independencia de los jueces y que doten de separación de poderes al régimen representativo español para que se pueda considerar una verdadera democracia liberal.

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El liberalismo antipático

Nunca he entendido del todo por qué el liberalismo es tan antipático para gran parte de la sociedad. Sé que muchos se rasgarán las vestiduras por lo que acabo de decir, pero sólo hay que ver cómo los políticos de toda Europa tratan de desmarcarse de los principios básicos liberales (mercado libre, propiedad privada, respeto a la autonomía del individuo…) para darnos cuenta de que la filosofía que defendemos está mal considerada. Si les diera votos, todos la defenderían en campaña como si les fuera la vida en ello. En España, no vende decir que eres liberal. A mí, por ejemplo, me toca explicarle casi a cada persona que conozco qué significa, cuáles son los principios que defendemos y cómo los lugares comunes que aparecen en los medios no se acercan en absoluto a la verdad.

Es cierto que hay grupos, normalmente pequeños aunque de personas muy preparadas y con capacidad de influencia, que defienden los grandes principios liberales. También hay un puñado de asociaciones de éxito (como el Instituto Juan de Mariana) y unos poquitos medios de comunicación en los que se puede encontrar a voces que luchan contra el intervencionismo. Pero incluso en estos casos, su labor resulta siempre ardua. Casi pasan más tiempo luchando por desmontar falsos prejuicios que defendiendo sus ideas.

Normalmente, los liberales culpamos a la falsa calidez del lenguaje colectivista. Es verdad que las metáforas que emplea (lucha contra la pobreza, impuestos solidarios, redistribución fiscal, proyecto común, pacto social, etc.) son tremendamente sugestivas. No es sencillo luchar con ellas. Pero tampoco es imposible. Hay pocas ideas más atractivas en el mundo que la de la libertad y agarrándonos a ella debería ser factible luchar contra la dictadura socialista. Pero hay que lograrlo con inteligencia, constancia y persuasión. Encerrarse en la torre de cristal en la que la mayoría de los liberales ha vivido en los últimos cien años es como entregar el trofeo antes de que empiece el partido.

Pensaba en esto mientras leía algunas de las propuestas de esta última campaña electoral. No es sólo que casi todas las ideas presentes en los medios destilen el más rancio intervencionismo. Es que el lenguaje empleado, incluso en aquellas iniciativas interesantes, no es sino una concesión más a los intervencionistas. Una concesión que acabarán cobrándose antes o después.

  • Por ejemplo, desde el comienzo de la crisis se ha vendido la idea, incluso en los medios liberales, de que es necesario hacer un “sacrificio”. Vamos, como si lo ideal fuera seguir viviendo como en los años de la burbuja, produciendo cosas sin sentido, viviendo a costa de otros y acumulando deudas. De esta manera, el planteamiento liberal, que defiende el trabajo en industrias productivas, el respeto a la propiedad y que celebra el ahorro, aparenta ser una medicina necesaria, pero molesta y muy poco apetecible. No nos debería extrañar que cinco minutos después de acabada esta recesión vuelvan a aparecer los profetas del despilfarro.
  • Tampoco me parece especialmente inteligente el argumentarlo habitual contra cualquier subida de impuestos que se plantee. El sistema fiscal actual es injusto y hace que los que cobran nóminas reciban sobre sus espaldas una proporción desaforada del peso del gasto estatal. No quiere decir esto que debamos apoyar una subida impositiva (que, además, nunca va acompañada de un descenso en otras tasas). Pero en muchas ocasiones parece que la intención sea mantener los impuestos como están, como si la actual estructura fiscal fuera tan sólo un mal menor (aceptable, aunque no perfecto).
  • Lo mismo cabría decir de la retórica a favor de que los países endeudados (Grecia, Italia o España) hagan “recortes” para ajustar el gasto del Estado a sus ingresos. Más allá de que el despilfarro público haya llegado a extremos vergonzosos en todos estos países, lo cierto es que lo que necesitamos como el comer en el sur de Europa son “reformas” que liberalicen nuestra economía. Sacar a los burócratas de sus despachos y conseguir que sea el ciudadano el que decida qué hacer con su dinero nunca debería venderse como algo negativo (“recorte”): de nuevo, parece un remedio doloroso pero inevitable. Y rebajar las pensiones no es algo imprescindible para cuadrar las cuentas públicas, sino la consecuencia de una política irresponsable que esquilma cada año los bolsillos de los trabajadores a cambio de una incierta promesa de una recompensa futura que cada día es más pequeña.

La lista podría ser interminable. Cada día hay millones de ejemplos en los medios. Todos los que escribimos en ellos hemos visto sorprendidos como nosotros mismos “comprábamos” en muchas ocasiones el lenguaje aparentemente inocuo del intervencionismo. Mientras no demos esta batalla, será complicado que empecemos a ganar la guerra.

Cuando un mínimo superávit no es suficiente

El economista alemán del XIX Adolph Wagner, figura central de la Escuela alemana del socialismo de Estado, dio origen a la que se conoce como la "ley de Wagner". Ésta sostiene que el crecimiento económico tiene gran peso en el gasto público y, por ende, en las funciones que crecientemente asume el Estado. Así, el gasto público tiende a crecer de manera más rápida que la producción del país.

No nos debería extrañar esta ley tras lo vivido en los últimos años de esplendor económico español con pies de barro. Como tampoco nos asombra el resultado final de todo ello: una explosión de la deuda pública desde el año pasado que hace tambalear no sólo los cimientos de la economía nacional sino de la Unión Europea y su moneda común.

El Estado, durante los años de ese grandioso auge económico y crediticio que experimentamos hasta 2007/2008, gozó de ligeros superávits públicos o de equilibrios presupuestarios, lo que redundó en que la deuda pública (sobre el PIB) apareciera completamente bajo control.

Pero ¿y el gasto público y, más aún, los compromisos públicos? Qué pasó con ellos. ¿Se cumplió la "ley de Wagner"? Huelga decir que sí. Ahondaremos en las razones que suelen aducirse para explicar el significativo incremento de gasto público durante los años del boom. Aunque no todas se corresponden con las motivaciones aportadas por el propio autor, de cuya teoría manaba más el ideal comunal y de Estado (capaz de dirigir centralizadamente la producción de manera más eficiente) que tanto admiraba.

El primer motivo aducido por el autor es que una sociedad más rica es más compleja, por lo que genera grupos más divergentes. Las demandas de servicios o bienes públicos por parte de este ramillete de grupos (¿de interés?) son superiores y variadas. Se necesita más gasto público para atender a necesidades diversificadas (razón no le falta y los grupos de interés bien lo saben).

La segunda razón se asienta en que progreso y riqueza económicos inflan el gasto estatal en tanto que la "demanda de gasto público tiene una elasticidad a la renta superior a uno". Lo que esto significa es que un incremento porcentual de la unidad en la renta nacional (por ejemplo, PNB) generaría un incremento superior al uno por ciento en el gasto público debido a la naturaleza de los bienes y servicios que aprovisiona el Estado. Dado que el tipo de bienes y servicios que se arroga el sector público es de lujo o superior, ante incrementos en la renta o ingresos nacionales, el gasto necesario para poner en marcha los nuevos servicios será superior. Ello producirá, bien déficits fiscales, bien un efecto expulsión del sector privado (que tendrá que consumir menor proporción de las crecientes rentas al derivarse más fondos a gasto público).

En palabras del propio Wagner: "Interpretada desde el punto de vista económico-nacional, esta ley significa la creciente extensión absoluta, y también relativa, de la forma de organización pública junto a, y en sustitución de, la económico-privada dentro de la economía pública".

Esta ley ha sido frecuentemente discutida y ha habido innumerables intentos de validarla empíricamente. En todo caso, la hipótesis es más que plausible en el contexto económico en que se enmarca (creciente PIB), y no debemos ningunear el poder (y el peligro a largo plazo) de la misma: que las economías en crecimiento impulsan el aumento del Estado en una proporción superior al de la propia economía.

Pero la "ley de Wagner" no sólo se cumple por los argumentos expuestos por su autor, centrados en el lado del gasto. El ciclo económico, en su fase de auge, tiene un papel determinante en una variable no mencionada aún: los ingresos fiscales. Ya se ha comentado que los años del boom se caracterizaron por presupuestos aparentemente saneados (en el periodo que va de 2000 a 2004, entre +1% y 0,2%; y ya déficits no muy significativos del -1% al -2% entre 2005 y 2007).

Pero ésta se trataba de una situación engañosa. La recaudación fiscal pareció emanar del cuerno de la abundancia durante estos felices años merced a la fuerte actividad económica, acarreando un riesgo a largo plazo para las arcas públicas por la falsa percepción de bonanza perpetua. El gasto público creció al ritmo en que lo hicieron los ingresos fiscales. Es decir, todos esos ingresos fiscales del auge se gastaron en su totalidad, comprometiendo gasto estatal de todo tipo y condición para ejercicios futuros, lo que acabó por impedir la capacidad de reacción del sector público cuando la actividad económica se desplomó a partir de 2008.

Y tras 2008, pasó lo que cabía esperar, que la recaudación, a partir de ese año, pero, sobre todo, de 2009, se hundió por el fango y que una gran parte del gasto comprometido en el boom resultó ser muy rígido a la baja. Y ahora, quién le pone el cascabel al gato. Fatal desenlace tras la actuación de nuestros supuestamente prudentes dirigentes políticos durante el auge, que exprimieron el presupuesto al máximo con fondos provenientes de unos ingresos públicos inflados e irreales en el largo plazo (por la propia naturaleza de la burbuja inmobiliaria) y que en la crisis y recesión irremediablemente colapsaron. Por no hablar de las políticas de gasto que desde 2008 se pusieron en marcha, con los rescates bancarios, los "planes E" y las crecientes prestaciones por desempleo (inevitables éstas por el fuerte desempleo), que no hicieron sino echar más gasolina al fuego (pero ahí ya entramos en otra fase del ciclo económico, la crisis y recesión, que no pretendo abordar en este artículo).

Sí, Rubalcaba, la burbuja inmobiliaria no se frenó a tiempo. De hecho, se hizo lo posible por alargarla y acabó frenándose sola, tarde y mal. Pero a quién le interesaba entonces pararla. ¿A una demagoga clase política –ayuntamientos, autonomías, gobierno- que veía la oportunidad de consagrarse en el poder de manera casi perpetua, recaudando a espuertas y prometiendo aún más, al tiempo que a la ciudadanía poco le importaba el destino de sus impuestos porque tenía trabajo, acceso al crédito fácil y creciente valoración patrimonial? Y no nos detengamos en el sector bancario, ahora sometido a una dramática insolvencia… Bien sabemos que no interesó a nadie en aquel momento, pero si había un agente social al que menos preocupó fue al gobierno, empeñado, a través de su Ministerio de la Vivienda, en que, primero, pareciera que no existía "burbuja" y luego, en que ésta no "estallara".

¿Por qué no lo frenasteis, Rubalcaba y Zapatero (y Aznar)? Pues porque la avaricia recaudatoria y confiscatoria del Estado no tiene fin. Quién es el verdadero Scrooge aquí: aquel empresario a quien su "avaricia" durante el boom le cava su propia tumba o aquellos irresponsables que nunca se verán obligados a liquidar sus activos, a cerrar ni irán a prisión -cosa que sabemos sí pasa en las empresas privadas-, y que no hacen más que abrir fosas durante el auge para meternos a todos dentro tras la orgía de deuda pública de la recesión (que nos traerá más impuestos, devaluaciones, hiperinflaciones…). Cómo se ve la paja en el ojo ajeno… y no el "edificio" en el propio.

Efectivamente, como se colige de la "ley de Wagner", el crecimiento del tamaño del Estado, vía ingresos, fue de una proporción superior a lo que crecía la economía medida en términos de PIB. Esto es consecuencia de que los ingresos fiscales reaccionan como un resorte amplificado ante la coyuntura económica (tanto durante el auge como en la crisis). Esta sensibilidad o elasticidad de los ingresos ante variaciones del PIB viene explicada principalmente por tres razones.

  • La primera de ellas, la progresividad fiscal y la reducción del desempleo hacen que un incremento de la renta nacional redunde en una recaudación fiscal superior al alcanzarse tramos superiores de rentas (sobre todo, en lo que respecta a gravámenes como el Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas –IRPF–).
  • Asimismo, los impuestos indirectos que recaudan las diferentes Administraciones Públicas también son sensibles al ciclo económico. El número de transacciones de este tipo de bienes en la economía se multiplica considerablemente (piénsese no sólo en el IVA, sino en los impuestos especiales, como la gasolina o bebidas alcohólicas, o el impuesto sobre transmisiones patrimoniales y actos jurídicos documentados -ITP/AJD-).
  • Por último, y quizás de mayor importancia recaudatoria, están los beneficios empresariales, de los que el Estado ingresa el Impuesto de Sociedades (IS). Estos crecen en una proporción muy superior a las ventas durante la fase expansiva del ciclo, principalmente, por el aprovechamiento de las economías de escala. (Avanzamos que durante la contracción también las pérdidas serán más sensibles a la caída de las ventas, lo que significa que el sector público verá muy mermada su recaudación).

Puestos a decir, durante los felices años de la abundancia (de crédito y gasto) en España, las políticas fiscales que se pusieron en marcha ni siquiera pueden considerarse keynesianas. Se trató de simple estatismo despilfarrador. Keynes en todo caso abogaba, por ejemplo, por reservar las obras públicas para la recesión (y no durante el auge). Asimismo, sabiendo que en la recesión los déficits se van al 7 y hasta el 10%, como ha sucedido en España en 2009 y 2010, los superávits durante el auge deben estar permanentemente por encima del 5%, lo cual no debe suceder a costa de subir impuestos, sino de no asumir más gastos y compromisos… Así nos va.

Hayek y Keynes debaten en 2011

En el año 1930, John Maynard Keynes publicó la que había concebido como su obra más importante. Pero fue sólo la más ambiciosa, su Tratado sobre el dinero. Friedrich A. Hayek publicó entonces, en Economica, un artículo en dos partes criticándolo. Entre medias Keynes publicó una réplica a la primera parte de la crítica de Hayek y éste le respondió a su vez. Los dos autores se cruzaron, asimismo, una serie de cartas. Luego Keynes abandonó el debate apenas comenzado, y lanzó a Piero Sraffa a que continuara con el asunto. Éste lo hizo en una de las piezas intelectualmente más detestables que haya leído. Aunque no defendiendo la teoría de Keynes, sino atacando una obra contemporánea del austríaco, Precios y producción. Hayek tuvo la elegancia de responderle, pero Sraffa no quiso quedarse sin una última palabra.

En esto queda, estrictamente, el debate entre Hayek y Keynes. Sería mucho considerarlo como tal. Fue más un choque entre dos concepciones muy distintas de la naturaleza del dinero, del crédito y, sobre todo, de la producción. También sobre la metodología de la economía, que en Keynes era ya macroeconómica, mientras que en Hayek estaba dominada por los precios relativos y su influencia en los comportamientos de los agentes. Fue un debate que no llegó a producirse por una incomprensión mutua y por abandono de Keynes a mitad del mismo.

Fue un encuentro de dos concepciones del proceso económico y, en consecuencia, de la política económica. El triunfo de Keynes y, sobre todo, de los Keynesianos, fue enorme. Un claro ejemplo es que no creo que haya muchos economistas que leyeran La teoría pura del capital, de Hayek, del año 1941. Nada que ver con el éxito arrollador de Precios y producción en sus primeras horas, a decir de Joseph Schumpeter. Lo que quedó de debate, en realidad, se trasladó al plano de la política económica, como las dos cartas enviadas al Times de Londres en octubre de 1932 firmadas respectivamente por ambos economistas, ambos escoltados por otros nombres relevantes.

Pero más tarde tampoco se puede hablar de debate. Los keynesianos, la “avalancha keynesiana” de la que habla McCormick, no tenían rival. Hayek abandonó la teoría económica y se dedicó a otras cosas y Mises tardó en crear de nuevo escuela en Nueva York. El paso de Hayek por la LSE no había dejado escuela. Coase cuenta que a su llegada a los Estados Unidos enseñaba con el Precios y producción en la mano, pero era una excepción. Ludwig Lachmann dijo de sí mismo que se convirtió en el último hayekiano de varios nombres notables.

Mas de algún modo, la escuela austríaca acabó por recuperarse y, aunque no ha alcanzado el grado de integración en la corriente principal de comienzos de siglo, ha tenido un último desarrollo brillante. La crisis de los 70 fue la crisis del keynesianismo, y coincidió con la concesión del Nobel a Hayek. De esta crisis se dice que es la del modelo del mercado desregulado y, por tanto, la del (neo)liberalismo, que estaría representado, entre otros, por Hayek. Así, se ha producido una vuelta a Keynes. Es evidente en las políticas adoptadas por los gobiernos un recurso ingenuo al viejo keynesianismo. Ni han reformulado el capitalismo ni le han salvado de la crisis, eso es evidente. En este contexto, la oposición entre los dos economistas, ya muertos, vuelve a ser protagonista.

Thomson Reuters ha albergado un debate entre hayekianos y keynesianos. En este último campo participaron James Galbraith, hijo de John Kenneth, Sylvia Nasar, autora de una historia de varios economistas del siglo pasado, John Cassidy, periodista del New Yorker, y el analista financiero Steven Rattner, que asesora a la Administración Obama. Del otro lado participaron Stephen Moore, del Wall Street Journal, Edmund Fhelps, Lawrence White y Diana Furchtgott-Roth, del Manhattan Institute.

Hay que decir, en honor a la verdad, que lo que cuentan las crónicas de lo que ha sido el debate describe una foto en mate, poco armoniosa. Galbraith juega con la audiencia con argumentos de autoridad, Nasar vende su libro, Moore ve en el fracaso de la política de Obama el de Keynes y Cassidy el de Hayek en la situación en el Reino Unido… Lawrence White le dio una buena respuesta a Steven Rattner, que defendió su política de rescate de General Motors (por lo que es llamado “zar del automóvil”): “Steve Rattner”, dijo White, “menciona el hecho de que nadie quisiera invertir en GM y lo llama fallo del mercado. Yo lo llamo veredicto del mercado”.

Los asistentes, dos centenares de personas, podían votar a lo largo del debate cuál era para ellos el lado que más les convencía. Keynes (estamos hablando de Nueva York), partía de una clara ventaja con un 47 por ciento de los votos por un 33 de Hayek y un 20 por ciento de indecisos. El de Cambridge y sus seguidores acabaron con un 52 por ciento de apoyo por un 42 de los hayekianos y todavía un 6 por ciento de indecisos.

Este último debate se ha celebrado con motivo de la publicación de un libro, titulado, si alguien lo tradujera al español: Keynes, Hayek: El choque que definió la economía moderna. El título es pretencioso y rimbombante, sí, pero no se le puede negar que es oportuno.

Vote por la sociedad civil

En unos días se celebraran las elecciones generales. Se habrá dado cuenta por la multitud de carteles electorales que hay colgados en las farolas de su vecindario o porque no se pueden ver unos informativos o abrir un periódico sin que aparezca la cara sonriente de los candidatos. A todo ello lo llaman la fiesta de la democracia… aunque no veo que nadie, aparte de los políticos, se divierta.

El ciudadano común sólo se tiene que preocupar por una cosa: decidir si vota y a quién. Hay opciones para todos los gustos; están lo que se abstienen para no legitimar el sistema, los que votan a alguna formación con poca representación para ser fieles a sus ideas o los que votan a alguno de los dos grandes partidos para que su voto "no se pierda" y apoyar lo que consideran el mal menor.

Lo cierto es que da igual lo que se haga. La clase dirigente es un simple reflejo de la sociedad en su conjunto, ya que un político solo puede gobernar si se pliega a la opinión mayoritaria de la población. Es bastante inocente pensar que si esa opinión mayoritaria nos lleva a la ruina, la solución pase por cambiar a ese político por otro, que irremediablemente, tendrá que hacer lo mismo si quiere gobernar.

El ejemplo más claro lo tuvimos en el debate que mantuvieron los dos candidatos a la presidencia del gobierno. En el bloque de "políticas sociales", prácticamente no se diferenciaban las posturas que defendían ambos. Los dos eran férreos defensores del "Estado de bienestar" y sólo se reprochaban la amenaza que suponía el otro para este maravilloso sistema. Pues bien, en las encuestas postdebate de todos los medios se daba un empate a los candidatos en este bloque. ¿Por qué? Pues porque la sociedad cree de verdad que el Estado de bienestar es irrenunciable y hubiera castigado a cualquier candidato que se hubiera salido del guión.

Y la sociedad cree esto pese a llevar 3 años sumergida en una crisis profunda que, si algo ha dejado claro, es que nuestro sistema de pensiones es un timo piramidal, que el subsidio de desempleo es la mejor manera de mantener el paro en niveles astronómicos manteniendo una economía sumergida bestial, que el sistema universal de salud hace aguas por todos lados y que la educación pública ha fracasado año tras año y sistema tras sistema en dar la formación mínima que las nuevas generaciones necesitan.

Por lo tanto el problema no es un político, un partido o la clase política en general. El problema es, y ha sido siempre, las ideas erróneas de la sociedad. Y esas ideas no se cambian yendo a votar o no votando un día cada cuatro años. Esas ideas se cambian con trabajo día sí y día también durante años y años, que junto a la cruda realidad pueda convencer a la mayor parte de los ciudadanos de lo erróneo de su forma de pensar.

O, dicho con otras palabras; la solución pasa por votar todos los días por la sociedad civil.

En la política como en las empresas

Muchos españoles consideran que la clase política es uno de los principales problemas del país. De hecho, según el barómetrodeoctubre del Centro de Investigaciones Sociológicas, se encontraría en el tercer puesto solo por debajo del paro y los problemas económicos. La política se percibe como problema en lugar de dar solución a los problemas de la res publica cuando en realidad la política es parte de la cosa pública. De la misma forma que el capital humano de la clase política es parte del mismo cuerpo que compone la sociedad.

Desde las juventudes hasta la jubilación en alguna institución pública o subvencionada (el número de senadores es limitado y no caben todos), los políticos profesionales medran de cargo en cargo. En el camino van consolidando posiciones, independientemente de su valía y méritos pues priman las familias políticas, padrinos, lealtad incuestionable al partido y todo tipo de favores a devolver. En realidad, los que critican el funcionamiento de esta partitocracia la envidian y quisieran participar en mayor grado de ella o extender sus formas allí donde ellos desarrollan sus actividades.

En la era estatista, pensar en política es como bucear en un tanque de agua en el que hemos metido una ballena. Inevitablemente chocaremos con este cetáceo-leviatán. Los tentáculos del Estado y la actividad empresarial se entrelazan entre concesiones, concursos, permisos y comisiones que engrasan su funcionamiento en semejante entramado de regulaciones. No es solo que no se pueda hacer nada sin el visto bueno de los políticos, sino que la mentalidad empresarial de muchos españoles se aleja del capitalismo para abrazar el mercantilismo de quienes se cobijan y agradan a los poderosos para conseguir ventajas sorteando la competencia del libre mercado. Este capitalismo de Estado pretende la socialización de las pérdidas y la privatización de los beneficios siempre que los favorecidos sean ellos mismos.

Así, quienes no trabajan en Banca recelan de las capitalizaciones, los profesores están de acuerdo con bajar el sueldo de los soldados pero se niegan a tener que dedicar mayor tiempo de su jornada a dar clases. Los empresarios quieren liberalizar mientras que ahogan a los trabajadores aun cuando tienen beneficios. Mientras tanto, los mismos emprendedores que critican la duplicidad – o cuadruplicidad- de administraciones peregrinan de ventanilla en ventanilla mendigando algún tipo de "ayuda". Todos ven la paja en el ojo ajeno pero no solo no ven la viga en el propio sino que quieren protegerla de los demás.

Una sociedad conservadora en la peor acepción del término, inmovilista para conservar sus privilegios a cualquier precio y por encima de cualquier cambio ambiental. Pensar que los políticos son un problema sin hacer examen de conciencia primero solo conseguirá un "quítate tú para ponerme yo". Tal vez sea el pecado nacional de la envidia o la conjunción de una mentalidad acostumbrada al pesebre unido a unas instituciones diseñadas para mantenerlo y perpetuarlo. ¿Fue antes el huevo o la gallina? ¿El pesebre o el apesebrado? El sistema de subvenciones a través del que se articulan civilmente nuestras sociedades (de las ONG’s a los sindicatos pasando por los partidos políticos o la Iglesia) es el que se demanda por lo que solo cuando se extingan tanto el huevo como la gallina se podrá dar por terminado este sistema piramidal de privilegios al que llaman Estado del Bienestar.

Socialismo del siglo XX para el siglo XXI

Las encuestas son adversas para el candidato socialista, hasta tal punto que los resultados del 20 de noviembre pueden ser peores que lo obtenidos por Joaquín Almunia frente a José María Aznar en las elecciones del año 2000. Por lo tanto, no debe sorprendernos que su estrategia consistiese en tirar del binomio González-Guerra, imagen inusual desde 1996. Quizás éste sea el principal logro de Pérez Rubalcaba: la unión ficticia de los principales adalides del manido lema "que viene la derechona" y de un socialismo que aún cree en la lucha de clases (más en el caso de Alfonso Guerra, naturalmente).

A pesar de que forma parte de la primera plana socialista desde hace más de 20 años, poco es lo que se conoce acerca de las ideas políticas y económicas Rubalcaba. Durante estos meses se ha dedicado más al populismo fácil (guiños al 15 m, amenazas de impuestos a los grandes fortunas, defensa a ultranza de la lengua catalana, lloros en público por el "final" de ETA…) que a proponer recetas tangibles para salir de la crisis, en la cual, no lo olvidemos, nos ha metido un gobierno del que ha sido protagonista destacado.

En Sevilla, Felipe González y Alfonso Guerra estuvieron en su papel. A estas alturas de la película ya no engañan a nadie. El ex Presidente atribuyó la "victoria" sobre ETA a Rubalcaba, y seguidamente, cargó contra Aznar pero no dedicó ni una sola sílaba a recordar el legado de corrupción y paro que él dejó al gobierno del Partido Popular en 1996.

Felipe González fue especialmente torticero cuando se refirió a ETA. Alabó a Rubalcaba en la lucha contra la banda terrorista…pero hubiera sido bueno que recordara a otros notables del partido socialista, como "su" cúpula de interior que acabó en la cárcel. Frente a ello optó el cinismo, afirmando que al PP le hubiera gustado que ETA retrasara "su final", envuelto de lirismo cuando espetó que "sé que es políticamente incorrecto pero amarga la verdad". Tampoco hubo, evidentemente, referencias al caso Faisán, aunque ya sabemos que en materia de lucha contra el terrorismo, el socialismo español es más partidario de tomar atajos que de apostar por el Estado de Derecho.

En cuanto a Alfonso Guerra, viejas dosis de izquierdismo rancio y de palabrería fácil con la que llegar al público, conseguir su exaltación… pero poco más. Identificar el triunfo de Mariano Rajoy con un desmantelamiento de la sanidad y de la educación es una mercancía que ya sólo compran estómagos agradecidos.

El estilo de Guerra queda definido en una frase suya: "si se pudo derribar el muro de la vergüenza de Berlín, ¿cómo no se va a poder derribar el muro de la infamia de los mercados?". Una vez más, opta por escribir la historia a su manera ya que, por un lado, el muro de Berlín no cayó precisamente gracias al trabajo del socialismo, sino más bien de líderes que la izquierda desprecia como Ronald Reagan y Margaret Thatcher. Por otra parte, ilustró la capacidad para mirar hacia otro lado que tiene la izquierda cuando se habla de la URSS o más recientemente, de la dictadura comunista cubana. 

Y, evidentemente, no podían faltar los insultos a Rajoy (vago, perezoso). Es el recurso al estereotipo que tanto gusta a la izquierda progre, la cual tiende a hacer gala de una superioridad moral más virtual que real y con la que esconde una carencia de ideas y de argumentos.

En definitiva, Rubalcaba recurrió a la vieja guardia consciente de que, cuando menos mediáticamente, aquélla es capaz de llenar escenarios, aunque la mayor parte del público sean nostálgicos que tampoco tienen mucho interés en que se les identifique con el Zapaterismo y su legado económico (5 millones de parados), moral (negociación con ETA) y político (aumento del binomio división-crispación entre los españoles).

Del velo islámico y otras libertades

El modelo de libertad religiosa parece comúnmente asumido en Europa y compartido por todas las confesiones presentes en ella, así como por todo el espectro político normalizado. ¿Puede decirse que esto es realmente así? Parece que no, pues lo cierto es que, si bien existen puntos de acuerdo y consagrados constitucionalmente, las discrepancias acerca de lo que significa dicho principio y de lo que supone resultan en absoluto una cuestión pacífica.

El consenso básico o modelo general en este tema puede ser definido a través de tres caracteres fundamentales: a) neutralidad del Estado respecto de las cuestiones religiosas individuales, de modo que las leyes constitucionales y los tratados y convenciones internacionales garantizan la imparcialidad del poder público y la obligación de respetar la libertad de profesar las creencias religiosas, con la ausencia de discriminación basada en la religión; b) el respeto a la autonomía interna de las confesiones religiosas; y c) la presencia de normas legales que establecen límites al ejercicio del derecho de libertad religiosa en sus manifestaciones colectivas por razones de orden público, de moralidad, de salud o, en fin, de protección de los derechos y libertades de los demás.

Este acuerdo básico está siendo cuestionado en su contenido concreto por los gobiernos a partir del fenómeno masivo de la inmigración en Europa y el incremento de las comunidades religiosas no cristianas. Así, en el Estado más beligerante en esta cuestión, el francés, la ley sobre la laicidad y utilización de signos religiosos en los centros públicos, de 15 de marzo de 2004, subraya que, por respeto a la libertad de conciencia y al carácter propio de los establecimientos privados bajo contrato, se prohíben en las escuelas, colegios y liceos los signos que manifiestan una pertenencia religiosa o política.

En este punto es necesario considerar si un principio como el de la libertad religiosa puede ser interpretado restrictivamente, considerando la opción religiosa libre como algo que excluir del espacio público, o bien positivamente, como la no injerencia del Estado en las opciones religiosas de cada individuo.

Las diferencias entre los modelos continentales europeos, más restrictivos, y los anglosajones, más abiertos, se asientan en la diversidad de tradiciones, intervencionista, por un lado, y garantista, por el otro. Pero la confluencia de problemas lleva a que los planteados acerca del uso público y visible de signos religiosos comiencen a ser algo común.

Situando en el punto de mira la opción reguladora más beligerante, la francesa, y, por extensión, la eurocontinental, caben dos apreciaciones críticas.

La primera sitúa en el centro de mira el diferente énfasis aplicado a los símbolos religiosos femeninos y a los masculinos. El caso más llamativo y, por tanto, el que requiere más atención, es el del velo islámico de las mujeres, cuestionado y situado como paradigma que hay que combatir desde una laicidad convertida ya en religión de estatal al modo francés. El énfasis aplicado a un símbolo religioso femenino parece no corresponderse con el caso de signos externos masculinos del mismo tipo, como la barba, tanto en el islamismo como en el judaísmo. Dicha diferencia de trato señala un defecto en la tutela de las libertades y en la regulación estatal de las mismas. Dado que las mujeres han de seguir siendo protegidas por una normativa estatal frente a los hombres, aparente salvaguarda que no parece más que un mero eufemismo, acabamos aceptando una restricción en sus libertades y una tolerancia asimétrica en la de los hombres.

La segunda crítica que debe considerarse es que la cuestión polémica, al igual que sucede en otras libertades conculcadas por los estados, se asienta en la invasión del Estado y de su modelo público a cada vez más amplios círculos sociales. Si progresivamente los derechos de propiedad son menos soberanos y más subsidiarios del "Leviatán", las libertades acerca de su disfrute y de la libertad personal que suponen la creencia religiosa y los hábitos personales serán también menores.

Nos hallamos, pues, ante la configuración de un modelo público de sociedad donde, bien la propiedad privada y la "autoposesión" son cada vez más aceptadas, o, como está sucediendo, se incrementa una invasión de lo estatal que, con la justificación de una seguridad convertida en coerción, acaba siendo pura arbitrariedad política, de manera que hasta la discriminación de género en la regulación terminará siendo fatalmente aceptada.