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Por unas fronteras abiertas

Las migraciones son un fenómeno tan antiguo como la humanidad, hasta tal punto que se podría afirmar que forman parte de la propia naturaleza humana. Desde siempre, el hombre se ha desplazado en un afán de mejorar su vida, ya sea en grupos ya sea de manera individual. De hecho, en el ser humano era nómada en los primeros estadios de su desarrollo, lo que supone quizá el grado máximo del migrante al suponer un constante cambio geográfico a lo largo de la vida de una persona. En la mayor parte de los casos los motivos han sido y son económicos, pero no siempre es así. También ha habido y hay quien cambia de país de residencia en el afán de conseguir un nuevo hogar donde poder desarrollarse según sus propios valores o donde gozar de un mayor respeto a sus derechos.

En la actualidad el fenómeno migratorio ha alcanzado unos niveles en números absolutos mayores que en ninguna otra época. Los motivos son diversos. Nunca antes habían habitado tantos seres humanos sobre la tierra, lo que aumenta la cantidad de potenciales migrantes. Los medios de transportes son más veloces, cómodos y baratos que en cualquier momento del pasado. Si hace tan sólo un siglo cruzar de Europa a América (la ruta entonces habitual) suponía semanas de travesía en barcos mal acondicionados y con billetes caros, hoy en día el viaje en sentido contrario implica tan sólo unas horas de vuelo en cómodos y modernos aviones y a un precio proporcionalmente inferior al que pagaban españoles, alemanes, italianos o irlandeses por llegar a Argentina o Estados Unidos. Hay excepciones, no obstante, a esta norma de “más barato, corto y cómodo”, sobre todo en lo que se refiere a los africanos.

Otro motivo que conduce al incremento de la inmigración es la diferencia de niveles de vida entre países, tal vez mayor que nunca antes en la historia, lo que supone un incentivo para emigrar. Esto no se debe al lugar común de que “los pobres son cada vez más pobres”. No hay unos niveles de miseria que no haya conocido la humanidad en el pasado. Sin embargo, en amplias regiones del mundo (Norteamérica, Europa occidental y Sudeste Asiático, sobre todo) la mejoría ha sido mayor que en el resto del mundo y la diferencia se ha incrementado.

Y es este mundo rico el que trata de poner coto a la inmigración, al tiempo que la incentiva. Los gobiernos de los estados más desarrollados invierten cada vez mayores cantidades de dinero (procedente de los impuestos que pagan los ciudadanos) en sistemas que tratan de impedir la entrada de personas procedentes de otros países. Imponen asimismo visados para disminuir la cantidad de hombres y mujeres que cruzan legalmente las fronteras como turistas para después pasar a la categoría de irregulares o establecen moratorias como la que impide a rumanos y búlgaros establecerse en los demás países de la Unión Europea en igualdad de condiciones con el resto de los ciudadanos europeos.

Sin embargo, nada de esto logra frenar la inmigración. El motivo es que los mismos estados que ponen todas estas trabas son los que no cejan en su empeño de frenar el crecimiento económico de los países de origen de los inmigrantes. En un intento de proteger la “propia” industria y la agricultura, los gobiernos de la Unión Europea, Estados Unidos y otros países subvencionan al campo, así como otros bienes y servicios producidos dentro de sus fronteras, al tiempo que a la producción externa le imponen altísimos aranceles. Esto no sólo obliga a los locales pagar precios artificialmente elevados (lo que supone un freno a la economía de estos lugares), sino que además impide que se enriquezca el resto del mundo. Quien no puede vender su producción a otros, con independencia de que estos estén a cientos o miles de kilómetros, termina por no mejorar su nivel de vida o incluso se empobrece más. Y ante esta tesitura la emigración se transforma en la vía más factible de mejorar la situación personal.

Por muchas trabas que se traten de poner o por muy alto que llegue a ser el nivel de vida en todo el mundo, siempre habrá migraciones y es un fenómeno que no para de crecer. La única política realista para que estos flujos se reduzcan es el desarrollo de los países de origen, y este ha de llegar por el libre comercio. Mientras los países ricos se nieguen a permitir que las naranjas o los coches nuevos crucen las fronteras, quienes las pasarán legal o ilegalmente serán las personas. Y se trata de algo legítimo.

Es necesario, por tanto, poner fin a las trabas al comercio entre países. Los gobiernos de los países más desarrollados deben dejar de impedir que sus ciudadanos adquieran libremente bienes y servicios procedentes de las regiones del mundo más pobres. Si lo hacen, las personas de viven en ellas se enriquecerán y la emigración perderá gran parte de su atractivo para muchos. Bajarán los flujos migratorios y las fronteras podrán estar como debería ser su situación: abiertas para todo el que las quiera cruzar con el fin de hacer turismo, estudiar o quedarse a vivir. Desaparecería así la irregularidad y los cruces ilegales, que ponen en manos de mafias a miles de personas que tan sólo buscan una legítima mejora de su vida.

El anuncio imposible

Quizá alguno recordará un llamativo anuncio de hace algún tiempo. Me refiero a aquel en que se resumía la historia de un tal Kyle McDonald, quien comenzó con un clip rojo y, mediante sucesivos intercambios, se hizo ni más ni menos que con una casa. Además, en 2006, en pleno boom inmobiliario.

El anuncio, como digo, se basaba en una historia real (por cierto, más detalles en el blog de McDonald). Cualquier persona sin conocimientos económicos específicos sabe que la tarea anterior, si bien difícil de conseguir, no es imposible. Se puede hacer, y de hecho se ha realizado, como prueba la historia de este tipo.

Sin embargo, para un economista neoclásico, esto es directamente imposible. La teoría económica que conoce no solo no puede explicar este fenómeno, sino que, por el contrario, afirma la imposibilidad de su ocurrencia. Vamos, el mundo al revés: una teoría generalmente aceptada por la comunidad académica nos dice que es imposible algo que la evidencia histórica muestra que ha sucedido. Lo curioso es que la teoría sigue vigente y sirviendo de base para la toma de decisiones regulatorias.

Como es sabido, toda la teoría de la eficiencia y la cuantificación de las magnitudes económicas que se realiza en dicha escuela parte de la base de que la utilidad que obtiene el individuo de un bien es igual al precio que paga por él. Y, a partir de aquí, se cuantifican la demanda, la oferta y todo lo que haga falta.

De acuerdo a la teoría económica neoclásica es imposible que se pueda intercambiar un clip rojo por una casa, puesto que, por la propiedad transitiva, esto implicaría que tienen la misma utilidad. Y, aunque no se puede afirmar taxativamente que no pueda ocurrir en ningún caso, la evidencia histórica nos muestra que el segundo bien es mucho más valorado que el primero.

Afortunadamente, existe una teoría económica, la austriaca, que sí está en contacto con la realidad y permite explicar fácilmente este suceso. Dicha teoría parte del supuesto justamente contrario al de la neoclásica: el intercambio sólo se produce sin ambas partes valoran más lo que obtienen que aquello de lo que se desprenden. En otro caso, no harían el intercambio. Esto quiere decir que cuando alguien paga un determinado dinero por un bien, no valora dicho bien en ese precio, si no en más.

¿En cuánto más? Para eso la teoría económica no tiene respuesta, pues las preferencias de los individuos tienen orden jerárquico, y se pueden valorar ordinalmente, pero no cardinalmente. Esto es, podemos decir que preferimos un bocadillo a 3 Euros, pero no podemos decir que ese bocadillo lo valoramos en 4 Euros. Ni nosotros, ni mucho menos un economista observador del fenómeno.

Pero, en todo caso, los bienes intercambiados tienen más valor para el receptor que para el dador. Por tanto, sí es teóricamente posible conseguir intercambiar un clip por una casa. Con cada intercambio, el nuevo bien tiene más valor que el previo, y lo único que hay que hacer es encontrar a un nuevo individuo que valore más este objeto que el que está dispuesto a ceder.

Aparentemente, en este proceso se invierten básicamente dos componentes: el bien inicial y tiempo. Por tanto, el bien final tras cada intercambio deberá superar en valor para Kyle la suma de ambas utilidades. Teniendo en cuenta que obtener la casa le llevó al protagonista tan solo un año más el clip rojo, y que el valor de las casas suele superar un año de sueldo, tiene que haber algo más que explique el excepcional resultado.

Me refiero, por supuesto, a la función emprendedora del ser humano, que es capaz de encontrar desfases entre las valoraciones de un mismo bien por distintos individuos, y obtener como ganancia la diferencia entre ambas valoraciones. En el fondo, Kyle McDonald demuestra una gran capacidad de emprendedor, como se puede comprobar con un simple vistazo a la página web antes citada. Son estos beneficios obtenidos tras cada intercambio los que explican la hazaña.

En definitiva, la historia del anuncio imposible se puede explicar fácilmente si aceptamos algo que sabemos: que el intercambio de bienes solo se produce si las dos partes ganan, y que el hombre tiene una enorme capacidad de emprendimiento. Si, como hacen los economistas neoclásicos, asumes que el intercambio supone igualdad de valor, y que el hombre es un optimizador de recursos andante, este anuncio es mera ficción.

En su mundo de eficiencia y competencia perfecta, esto no es posible; en el nuestro, el real, sí.

Hay que privatizar la moneda

Cuando explicamos los motivos por los cuales se producen las crisis económicas, aconsejamos que para prevenirlas y alcanzar un sistema monetario sano sería necesario que la abolición de los bancos centrales fuese acompañada de la privatización del dinero. Dicho de otra manera: hay que eliminar el monopolio gubernamental sobre la moneda, que es una institución vital para la vida económica ya que sin ella no habría precios y se limitarían considerablemente los intercambios.

La primera idea importante con respecto al dinero es que no son los gobiernos los que dan valor al dinero ni los que deciden qué es dinero. Señaló Menger que sólo podemos entender el origen del dinero si consideramos este procedimiento social como un resultado espontáneo, es decir, como consecuencia no prevista de los esfuerzos individuales.

Y es que el dinero surge al intentar solucionar los problemas que presenta el trueque (intercambio directo). A lo largo de la historia se han utilizado muchos bienes distintos como medio de intercambio: ganado, sal, café, azúcar, esclavos, seda, entre otros. Sin embargo, finalmente se llegó en casi todas las zonas y culturas a utilizar los metales como medio de intercambio. En especial la plata y el oro. Lo cual nos demuestra que estos bienes cumplen mejor las funciones de dinero que el resto de bienes. Por tanto, es la gente, mediante un procedimiento de prueba y error, la que decide en qué bien o bienes conservar su riqueza.

De la misma forma que el lenguaje, el mercado o el derecho, la moneda debe caer dentro del concepto de orden espontáneo. La salud de la moneda sólo se consigue permitiendo emisores privados que compitan, ya que sólo de esta manera podemos descubrir empresarialmente qué dinero es más conveniente para la gente.

Los productores de dinero intentarán descubrir oportunidades de ganancia y aprovecharlas en un proceso dinámico sin fin, rivalizando unos con otros en el ofrecimiento de beneficios. Pese a que no podemos saber los resultados concretos de un mercado de dinero que evoluciona libremente, White señala algunos servicios que podrían ofrecer: convertibilidad fácil, formas y tamaños convenientes, colores atractivos, seguros contra falsificaciones y un conjunto ventajoso de valores nominales, entre otros. Evidentemente, el monopolio gubernamental de la moneda hace imposible la función y el descubrimiento empresarial que llevaría a cabo este proceso.

Las consecuencias de que se nos haya expropiado el dinero, es decir, de utilizar papel moneda no convertible en un entorno de curso forzoso, son altamente perjudiciales. Por un lado, el papel moneda inconvertible es un bien que la gente no desea por sí mismo porque no cumple la función principal del dinero: la conservación de valor. Es por ello que la gente tiene que trasladar riqueza a bienes como la propiedad inmobiliaria, las materias primas o las acciones. El papel moneda sólo se utiliza para realizar pagos.

Por otro lado, aumenta notablemente el poder y el intervencionismo de los gobiernos. Se entra (a partir de 1971) en la "era de la inflación" (Rueff), ya que los gobiernos la utilizan como recurso. Hasta que fue expropiado por el Estado, el oro impedía a los gobiernos expandir la oferta crediticia exógenamente, porque el oro no podía ser creado "de la nada". Ya no existe la preocupación de conservar las suficientes reservas metálicas para hacer frente a sus compromisos.

Sencillamente, un mercado competitivo de dinero es la mejor garantía contra la inflación. Hay que eliminar el curso forzoso legal y todas las restricciones legales sobre la moneda porque destruye el proceso de descubrimiento empresarial y limita las opciones de medios de intercambio.

Por ello, Hayek afirmó que los gobiernos han explotado sistemáticamente el monopolio de la moneda en beneficio propio y en perjuicio de la población, y añadió que "espero que no se tarde mucho en comprender que la libertad en utilizar la moneda que libremente se prefiere constituye una marca esencial de un país libre".

Declaración Universal de los Derechos de los Políticos

El pasado 10 de diciembre se cumplieron 60 años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, un texto escrito tras la Segunda Guerra Mundial y que recoge dos tradiciones distintas de pensamiento sobre los derechos de las personas. La primera, que se refleja esencialmente en los artículos primero a 20, es la tradición individualista que reconoce en cada persona al portador de derechos inalienables que le son inherentes y que se derivan del derecho a la vida y a la propiedad. Es la tradición que se reflejó en la famosa Declaración de Derechos de Virginia o en las diez primeras Enmiendas a la Constitución de los Estados Unidos.

El artículo 21 marca ya el cambio de tono, y proclama el derecho de todos de participar en el proceso político. A partir de ahí se lista un conjunto de derechos “positivos”, como el “derecho” a la seguridad social, a “una remuneración satisfactoria”, a “un nivel de vida adecuado” a la “educación gratuita” y demás.

El de los derechos positivos es un capítulo sin límite. Mientras que los negativos nacen del mismo ser de la persona, los otros son una lista de la compra que se puede ampliar a medida que la sociedad es más próspera y puede sostener las promesas de los políticos. No son, en realidad, derechos, sino la promesa de que el proceso político pondrá a una parte de la sociedad, o a toda ella, bajo una servidumbre involuntaria que resultará en la provisión por el Estado de ciertos bienes y servicios. Los derechos positivos son un programa político.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos no parte del reconocimiento de ciertos derechos propios de cada individuo, sino que es ella quien los otorga, quien los crea. E, igual que los ha proclamado, los puede cambiar en cualquier momento. De hecho, en su artículo 29 dice que “estos derechos y libertades no podrán en ningún caso ser ejercidos en oposición a los propósitos y principios de las Naciones Unidas”, y como éstos dependen de lo que decidan los dirigentes, la carta de derechos de 1948 es una concesión, limitada y siempre provisional, de los políticos. Es una Declaración Universal de los Derechos de los Políticos. Siempre nos están salvando… menos de ellos mismos.

El fantasma de las Navidades futuras

Acaba otro año. Parece que se impone la reflexión y el propósito de la enmienda. Es el momento de los buenos deseos para el futuro que se dibuja en un turbio horizonte. Yo, si puedo elegir, quiero para el año que viene una Barbie Libertaria. Desde 1959, todo lo que existe en el imaginario colectivo es reflejado por una muñeca de Mattel correspondiente: hay una Barbie dentista, profesora, surfera, punkie, ranchera, ecologista, princesa de cuentos, latina, Mary Poppins, obamita… ¿Por qué no una Barbie Libertaria?

Muy sencillo: los liberales y los libertarios no tenemos buena prensa, entre otras cosas porque la gente no tiene muy claro qué defendemos. Por un lado, en el año I a. de C. (antes de la Crisis), se subieron al carro liberal por la derecha y por la izquierda toda una troupe que consideró que para ganar las elecciones hay que ser un poco de todo: un poco socialista, un poco liberal, un poco de lo que usted, amado y nunca suficientemente loado votante, necesite para que me conceda su voto. Pero ya ha pasado mucho tiempo desde entonces. Ha sobrevenido lo que se vislumbraba, y quienes antes defendían la responsabilidad de cada cual ahora claman por un plan de salvación planificado desde arriba y alimentado por el gasto público. Ha pasado el momento de sonreír a la cámara afirmando ser liberal.

Sea como fuere, algo hacemos mal. Si nuestro mensaje es tan evidente (¡y lo es!), si como decía Manuel Ayau en su discurso de recepción del Premio Juan de Mariana, tenemos en nuestra mano la solución a la pobreza (defensa de la vida, la propiedad y los contratos)… ¿por qué no hemos convencido ya al 70 % de la población mundial?

Si lo que defendemos es la autonomía individual frente al sometimiento a quienes quieren hacer de nosotros seres dependientes… ¿por qué no están abarrotados los buzones con cartas preguntando "dígame cómo lo hago"?

Mi amigo Xabi dice que vende más el mensaje "Usted no haga nada, señora, déjese llevar, que yo sé muy bien qué necesita y se lo voy a dar, me lo pida o no… (y no se olvide de pagar)", que decirle a la gente que se haga responsable de sus actos, por más que esta última opción asegure independencia y libertad. Es cierto, señor conde, pero hay algo más, reconozcámoslo. No comunicamos bien y no somos buenos estrategas.

Los liberales y libertarios somos racionalistas. Unos y otros, con más o con menos formación oficial, todos nos preocupamos por leer, argumentar, debatir hasta la extenuación para delimitar qué sí, qué no, de qué manera y en qué circunstancias. Yo reconozco que me encanta discutir con mis compañeros, que disfruto con esos análisis eternos. Pero soy consciente de que eso no llega a la gente de a pie que viaja conmigo en el Metro. No les llega incluso cuando los temas les importan, y eso es en pocas ocasiones. Los publicistas de detergentes para la lavadora saben que un toque científico está bien, pero lo que la gente quiere ver es a la niña vestida de Primera Comunión caerse en el barro y lo blanco y brillante que queda el vestido después. Y nosotros los liberales y libertarios tenemos esa carencia. Hay que hacer más cosas (¡sin abandonar los debates sesudos!).

Las personas que podrían estar interesadas en nuestro mensaje no quiere saber la delgada línea que diferencia a éstos de aquellos; le preocupan otras cosas más prácticas: que el Gobierno gasta mucho y mal, que no puede educar a sus hijos como quiere, por poner un par de ejemplos. ¿Por qué no dedicarnos a explicarles qué es realmente el liberalismo y cómo puede afectar a su vida cotidiana?

La primera y principal razón somos nosotros. No sabemos escribir sin desprendernos de la densidad del lenguaje técnico. No sabemos hablar comunicando. Es un gran error: be gentle with the reader, sé amable con el lector, me repitió siete años mi director de tesis. Y para ello es imprescindible tener muy claro quién es el lector. Porque como dijo el gran publicista del PSOE en una canción… "No es lo mismo". Pero eso no es todo. Cuando alguien comunica bien, le despreciamos de manera más o menos evidente porque nos parece frívolo. ¡Lo que nos faltaba!

El otro punto es la estrategia. Una de los signos evidentes de que debemos estar en el camino correcto es que cada vez nos critican más, les hacemos pupa. Y, por supuesto, en este intento de desprestigio, muchas veces exitoso (llamemos pan al pan, y vino al vino), no escatiman. Somos medievales, comeniños, pederastas, fachas… y, por encima de cualquier otra cosa, somos una secta. ¿Y qué hacemos? Como nos sentimos minoría agredida, nos comportamos como una secta. Porque las sectas se comportan como minorías agredidas. Pero si lo pensamos bien ¿qué son los seguidores de Hello Kitty sino una minoría "elitista"? Creo que deberíamos lanzar una campaña de merchandising aprovechando los ataques de aquellos que nos insultan porque les resultamos molestos. Una campaña divertida, barata y bien diseñada. Si otros pueden, nosotros también.

Tal vez entonces Mattel se plantee sacar una Barbie Libertaria. Y realmente les daría muchos beneficios, especialmente en los complementos, pues casi todo es opcional y voluntario.

Somalia, ¿anarquía o caos?

Somalia no tiene un Gobierno nacional formal desde 1991. Tras la caída del dictador socialista Siad Barre las facciones rivales se enzarzaron en una guerra civil, varias zonas pasaron a ser regiones autónomas sin reconocimiento internacional y otras, como la capital Mogadiscio, fueron subdivididas y controladas informalmente por "señores de la guerra". La soberanía de Somalia es reclamada por el Gobierno Federal de Transición, formado por una variopinta coalición de señores de la guerra y líderes tribales. Este Gobierno no tiene ninguna autoridad sobre la mayoría del país y no ha sido capaz de recaudar impuestos todavía.

Somalia es reivindicado como ejemplo tanto por algunos anarco-capitalistas como por sus críticos. Para los primeros Somalia es una prueba de que el anarco-capitalismo es viable mientras que para los segundos demuestra que tiene resultados tercermundistas. Hay una tercera posibilidad y es que Somalia no sea un retrato fiel de una sociedad anarco-capitalista y no sirva como ejemplo a ninguno de los dos.

El anarco-capitalismo según sus proponentes es un sistema en el que todos los servicios son provistos por el mercado, no hay impuestos sino precios que se pagan voluntariamente, y nadie detenta el monopolio de la fuerza en un determinado territorio. Pero en muchas áreas de Somalia no hay empresas de protección compitiendo entre ellas por clientes sino señores de la guerra con monopolios locales y con capacidad para cargar ciertos tributos. En una sociedad anarco-capitalista la ley es un bien de mercado y su contenido obedece a la demanda de los consumidores. Para que el anarco-capitalismo tenga el resultado liberal que defienden sus valedores la mayoría de la población debe tener inclinaciones liberales y demandar leyes inspiradas en estos principios, y no parece que se cumpla esta premisa.

Pero Somalia tampoco encaja como ejemplo de una sociedad estatista. No hay un monopolio de la fuerza sobre todo el territorio. Hay milicias locales pero su control no es del todo efectivo ni tan intrusivo. No hay regulaciones ni licencias, y los tributos que se cobran por algunos servicios son muy reducidos. Existe, además, un sistema de ley consuetudinaria tradicional denominada xeer que tiene muchas similitudes con la common law anglosajona. El antropólogo liberal Spencer MacCallum señala que en la xeer los crímenes están definidos en función de los derechos de propiedad, la justicia criminal está orientada a compensar a la víctima, y sus preceptos se oponen a cualquier forma de impuestos. Según MacCallum la xeer y su sistema de resolución de disputas (ligado a una estructura descentralizada de clanes de libre adscripción) ha permitido que sea posible la actividad económica y el desarrollo en Somalia.

Somalia parece estar a medio camino entre la anarquía y el equilibrio tenso entre diversas milicias o mini-Estados, todo ello en el contexto de una sociedad pauperizada tras décadas de socialismo duro, con fuerte conflictividad social e importante arraigo islamista. Un escenario un poco extremo para poner a prueba el anarco-capitalismo. No obstante, la realidad es menos negra de lo que asumen quienes utilizan Somalia como ariete anti-anarcocapitalista, y fuentes tan poco sospechosas de anarquismo como The Economist o el Banco Mundial se han sorprendido de los progresos de Somalia en ciertos sectores en ausencia de un Estado formal.

Peter Leeson estudia 18 indicadores sociales y económicos durante el período anterior y posterior a la caída del gobierno de Barre y concluye que los somalíes están mejor sin Estado que con Estado. Bajo el régimen de Barre la libertad de viajar estaba severamente restringida. La libertad de expresión a menudo se castigaba con la muerte. Hoy en día los somalíes son libres de viajar donde quieran (los límites los ponen los otros Estados) y aunque sigue habiendo intimidación contra periodistas por parte de los distintos grupos armados hay más libertad de expresión y más medios de comunicación privados. En el ámbito judicial, las disputas se resuelven de forma más rápida por árbitros y tribunales privados, y en ausencia de Estado no hay tanta corrupción ni presiones políticas. Bajo el gobierno de Barre la "justicia" era pura represión contra el disidente.

Leeson también compara el progreso de Somalia en su período anarquizante con el de sus vecinos estatistas, Kenya, Djibuti y Etiopía. En la mayoría de indicadores Somalia muestra mayores progresos. Ben Powell compara las condiciones de vida en Somalia con la de 42 otros países sub-saharianos antes y después de la caída del Estado central. Las condiciones de Somalia mejoraron en términos absolutos y en general han mejorado por encima de la media de los demás Estados sub-saharianos.

El sector de las telecomunicaciones de Somalia es uno de los más desarrollados de África oriental. La enérgica competencia ha reducido los precios por debajo de los niveles típicos africanos y el número de teléfonos fijos y móviles por habitante supera el de la mayoría de países. El sector aeronáutico cuenta con 15 compañías, 60 aviones y 6 destinos internacionales. En 1989 había una compañía nacional, un avión y un destino internacional. El agua, la electricidad, la educación o la sanidad están siendo provistas por empresarios. La escasez sigue siendo rampante pero la oferta de estos servicios ha aumentado y es dudoso que un Estado fuera a hacerlo mejor. En el actual contexto resulta demasiado costoso para un empresario privado invertir en carreteras y cobrar peajes, pero las autoridades municipales de Berbera-Hargeisa recaudan peajes y tampoco los invierten en el mantenimiento de las infraestructuras.

Para los estándares occidentales Somalia sigue siendo un país tercermundista, violento y repleto de miseria. Pero una crítica honesta de Somalia como ejemplo imperfecto de una sociedad sin Estado no puede reducirse a un "si tan genial es el anarco-capitalismo por qué no te vas a vivir allí". Primero porque no está claro que Somalia se ajuste a la definición de anarco-capitalismo. Y segundo, porque si se quiere evaluar un sistema político frente a otro hay que comparar su aplicación en escenarios similares (social, económica y culturalmente). Si queremos estudiar si una dieta para adelgazar es mejor que otra no es serio probarlas respectivamente en un sujeto obeso y uno flaco y luego, aunque el obeso adelgace más que el flaco, decir que la dieta del obeso no funciona porque aún está mucho más gordo que el flaco. Somalia sigue siendo muy pobre y lo seguirá siendo por todo el bagaje social, económico y cultural que arrastra. La cuestión es si Somalia está mejor sin Estado de lo que estaba con Estado. Y si en otros países, con otro bagaje histórico, también estaríamos mejor sin Estado.

Lincoln, la construcción de un mito

De las cuatro decenas largas de presidentes de los Estados Unidos de América, el más celebrado de todos ellos es Abraham Lincoln. A diferencia de Washington, Jefferson, e incluso Reagan, que disfrutaron de largas y no siempre serenas magistraturas, Lincoln gobernó sólo cuatro años, exactamente los mismos en los que se desarrolló la guerra de secesión, severo trauma que desangró la todavía jovencísima Norteamérica entre 1861 y 1865. Ha pasado a la historia como justiciero libertador de esclavos, impenitente demócrata que luchó por la unidad de su país y como compendio de todo lo bueno y justo que aquella gran nación ha dado al mundo.

Pocos, sin embargo, saben que, en el país de la libertad de prensa, cerró más de 300 periódicos, o que era despótico en la forma y racista en el fondo, o que se lo comía la ambición por el poder. Casi nadie conoce que el hombre que dictó la Proclamación de Emancipación de los esclavos negros se significó públicamente a favor del esclavismo. Nada de esto se sabe porque el Abraham Lincoln que ha llegado hasta nuestros días y hasta nuestros ojos es un personaje histórico edulcorado y esculpido a la medida de los muchos panegiristas con los que ha contado a lo largo de último siglo y medio. El Lincoln que hoy todos conocemos –o creemos conocer– es, en definitiva, un mito, una imagen idealizada que, de manoseada que está, no se parece en nada al personaje real, al que vivió, gobernó y fue asesinado en un teatro en el recién nacido Washington de mediados del siglo XIX.

Quizá sea en el modo en que Lincoln dejó este mundo la piedra primera sobre la que se edificaría el mito posterior. Fue el primero del siglo XX, a pesar de morir 35 años antes de que éste empezase, y el modelo sobre el que se edificaron después las más variopintas leyendas personales post mortem de los líderes carismáticos de un siglo que, como el pasado, fue pródigo en ellos. Lincoln, que en vida había sido un ser humano mezquino y un presidente mediocre tirando a malo, se convirtió tras su muerte en el emblema de los nuevos Estados Unidos nacidos tras la confrontación civil. Los aduladores del momento le pintaron como el heredero natural de los Padres Fundadores y como el punto de inflexión necesario que precisaba entonces la República. No en vano, la historia de Estados Unidos se dibuja en dos anchos trazos en cuyo centro se encuentra la providencial presidencia de Lincoln.

Esta parcial e interesadísima apreciación histórica sería el principio de una presidencia inventada, de un presidente que nunca existió y el fundamento sobre el que edificar una unión renacida, sí, pero que poco tenía que ver con la visión de los que habían parido la nación más libre de la Historia tan sólo un siglo antes. Aquí radica la construcción del mito, es decir, la transformación de un oportunista en un visionario cuya figura habrían de recordar las generaciones venideras.

Con Lincoln nació, por ejemplo, la iconización de los prohombres públicos. Los avances tecnológicos de la época, como la fotografía, y la difusión de la prensa diaria lo hicieron posible. No es extraño que hoy en día el rostro de Lincoln sea el más fácilmente identificable de todos los presidentes de Estados Unidos, incluso para americanos sin instrucción y para extranjeros de cualquier parte del mundo. A esto no se ha llegado por casualidad. Todos los norteamericanos de 1865 pudieron mirar a los ojos de su malogrado presidente. Fue el primero que, en vida, inspiró una suerte de culto a la personalidad. Un juego de niños en comparación con lo que habría de venir, pero suficiente como para ser pionero en algo que, por aquellos, años, casi ningún político hacía. Tras su asesinato, su cadáver fue trasladado hasta Illinois en un aparatoso tren fúnebre preparado para la ocasión, presidido por un gran retrato del fallecido. Millones de personas asistieron al espectáculo conmovidas por la magnificencia de un poder político que nunca antes en los Estados Unidos había sido tanto para tantos.

Construida la imagen del libertador de barba geométrica y semblante adusto, se fue cimentando el mito poco a poco, con la lentitud que estos procesos conllevan en las sociedades libres. Se le atribuyeron cualidades que no poseía, se suavizaron sus más sonados defectos y mutaron en virtudes algunos de sus peores vicios. A los treinta años de su asesinato, Abraham Lincoln había dejado de ser un hábil político del medio oeste que había llegado a presidente, para convertirse en el refundador de Estados Unidos, en el "Gran Emancipador". Evidentemente no se lo merecía, pero para entonces ya no le importaba a nadie, el mito estaba listo para perpetuarse. Y se ha perpetuado.

El problema que tenemos cuando nos encontramos ante un personaje mitificado, es decir, de cartón piedra, es que no lo detectamos ni a la primera, ni a la segunda, ni a la tercera. Por lo general no lo detectamos nunca a no ser que vayamos sobre aviso. No lo hacemos porque tenemos una tendencia innata a creernos lo que nos cuentan si, en esa narración, todos o casi todos coinciden. Este es el peligro principal de los mitos en la Historia: llegado a un punto, pasan completamente desapercibidos hasta para los más desconfiados.

Para levantar la manta tejida pacientemente durante 150 años son necesarias ciertas dosis de curiosidad, de amor a la verdad y, sobre todo, estar dispuesto a estropear una excelente historia que almohadilla parte del presente, una parte mollar y confortable sobre la que sestea la conciencia de América. Lincoln no fue un dictador en el sentido estricto de la palabra, y al lado de los tiranos que la humanidad padeció en el siglo XX, bien puede representar la cara de la libertad. Pero como de lo que se trata es de saber la verdad, y sólo la verdad, porque de eso se alimenta el saber histórico, libros como El verdadero Lincoln no sólo son una buena excusa para clarificar episodios del pasado, sino una necesidad para explicarnos porque la primera potencia del mundo que es, a la par, la patria espiritual de todos los hombres libres, es mucho más estatista y borrega de lo que los amigos de la libertad desearíamos.

La clave y justificación de todo, la causa por la cual se construyó el mito de Lincoln reside ahí. DiLorenzo lo muestra tal cual, con la crudeza y precisión que estilan los historiadores norteamericanos. No emancipó a los esclavos del sur por convicción sino por oportunidad política. Dio comienzo a una guerra innecesaria que se llevó por delante más de medio millón de vidas y puso los cimientos del que acaso sea su legado más perdurable: la elefantiásica, todopoderosa, ingobernable y corrupta administración federal de Norteamérica. El resto es fábula, manipulación y una biografía cuidadosamente retocada, o, lo que es lo mismo, mito.

El verdadero Lincoln, de Thomas Di Lorenzo, está disponible en la tienda del Instituto Juan de Mariana a 26 euros, 18 para nuestros patrocinadores.

Triángulo rosa sobre uniforme a rayas

Para aquellas ideologías que tienen soluciones totales para los problemas de la sociedad, la homosexualidad consentida ha de ser combatida. Es más, en casi todas las sociedades ha habido generalmente un sentimiento (y una legislación) hostil hacia dichas prácticas voluntarias. Nada es comparable a la opresión ejercida por los regímenes totalitarios al imponer coactivamente una moral al conjunto de sus subordinados.

Desde que Stalin promoviera la moral de la "familia socialista" y criminalizara la homosexualidad en 1933, la ortodoxia comunista dictaminó que ésta era fruto del vicioso capitalismo. Se tipificó como delito en el código penal soviético. El testimonio de dos o más vecinos contra alguien que vivía sin compañía femenina y que acogía por las noches sólo a hombres podía acarrearle hasta cinco años de prisión por tan "peligroso" delito. En enero de 1936, Nikolai Krylenko, comisario del pueblo para la Justicia, anunció que la homosexualidad era subversiva y propia de las clases explotadoras; no habría lugar para ese tipo de conducta en la "sana" sociedad comunista. Se vinculó, pues, a la contrarrevolución (Yagoda, un mujeriego jefe de la NKVD, la relacionó incluso con el espionaje y Gorki, pluma del realismo socialista, con el fascismo). Más tarde, las autoridades médicas y judiciales soviéticas corroborarían en multitud de ocasiones ese punto de vista moral ejercido desde el poder.

Durante el nazismo se endurecieron exponencialmente las penas ya existentes contra los homosexuales que acabaron por engrosar las listas de los colectivos que la GESTAPO pretendió exterminar (no menos de 10.000 personas fueron asesinadas por dicho motivo). En los campos de concentración se les identificaba, según el marcador nazi de prisioneros, con un triángulo rosa invertido y bordado en su uniforme-pijama. Su trato hacia ellos en dichos campos fue brutal. Eran, de entre todos los presos, los que menores posibilidades tenían de sobrevivir. Himmler fue un fanático perseguidor de homosexuales por considerarlos degenerados genéticos de la raza a los que había que erradicar completamente de la sociedad. Los experimentos hormonales y químicos llevados a cabo en 1944 por el médico de la SS Karl Vaernet en el campo de Buchenwald para la "cura" de la homosexualidad fueron viles y criminales.

En la China de Mao, por su parte, se les persiguió de manera inclemente especialmente a lo largo de la Revolución cultural. Se les encarcelaba durante años y, a veces, se les castraba o ejecutaba. En 1997 se descriminalizó la homosexualidad y sólo recientemente se ha eliminado de la lista oficial que recogía los desórdenes mentales (Rusia lo haría en 1999).

Fidel Castro la combatió tenazmente en su isla. Durante algún tiempo fue ilegal en Cuba y estaba penalizada con cuatro años de encarcelamiento. Se requirió a los padres para informar a las autoridades cuando observaran a un hijo "desviado"; el no hacerlo era un crimen contra la revolución. A mediados de los años sesenta hubo detenciones en masa de homosexuales, sin cargos ni procesos. Muchos fueron internados en campos de trabajos forzados (las UMAP) con el objeto de ser reeducados, para "hacerse hombres" según pontificaban los agentes del Gobierno cubano (los catetos revolucionarios siempre idealizando la vida rural). A pesar de que el código penal cubano de 1979 la despenalizó formalmente, su situación legal en Cuba sigue siendo hoy delicada. La conducta homosexual "causante de escándalo público" puede ser castigada con hasta doce meses de cárcel y esta sanción se utiliza caprichosamente para arrestar a hombres afeminados o travestidos. Periódicos u organizaciones de homosexuales están completamente prohibidos en el paraíso progre caribeño.

Incluso hoy día en los países del antiguo bloque comunista persiste aún mucho prejuicio e intolerancia hacia los vínculos homosexuales fruto de la estela de la antigua moral colectivista e inquisitorial.

En las complejas y civilizadas sociedades de hoy la homosexualidad ha dejado de ser, por fortuna, un problema comunitario. En este contexto, el actual socialismo desdentado defiende el "otorgamiento" de derechos a los homosexuales como mero señuelo para ganarse el voto de dicho colectivo, que es lo que verdaderamente interesa. Por el contrario, en su programa político la defensa de las libertades individuales, en general, no parece ser una prioridad. Las ideologías colectivistas son "maravillosas" pues les resulta sorprendentemente fácil apoyar una cosa y la contraria en su estrategia hacia la toma o permanencia del codiciado poder.

Es siempre amenazador aleccionar en asuntos morales desde el Estado. El liberalismo, pese a renunciar al "punto de vista privilegiado sobre el mundo", reconoce que la moral constituye un factor humano relevante, si bien recela que su difusión sea ejercida desde el poder. Se sabe que el ser humano es hipersocial y, al tiempo, que su conocimiento es falible. Su aspecto práctico se encuentra diseminado y tácito entre todos los millones de personas vivas. El ejercicio efectivo de la libertad del individuo amparado por reglas generales y no discriminatorias se torna, pues, imprescindible para el progresivo aumento pacífico de medios y fines del hombre. Sólo así se evidencia realmente un respeto integral por la persona, inquietud primera del liberalismo.

Por el anarquismo artístico

Quien haya vivido la Movida Madrileña recordará la proliferación de grupos que surgían de la noche a la mañana, los que sólo conseguían grabar un disco, los eternos, los que se dedicaban a actuar en los antros de moda, los que tras muchas desavenencias se separaban para formar otros con los restos de otras bandas rotas. También recordará los estilos musicales, las tribus urbanas, los comics sin censura, las publicaciones pulp, las señoras mayores pensando que se acercaba irremediablemente el fin de la civilización, un nuevo estilo de hacer cine, una nueva forma de hacer literatura, ambas tan viejas pero a la vez tan nuevas.

La Movida no fue un fenómeno novedoso; venía de Barcelona, donde había echado sus primeros brotes, y lo hacía huyendo del oficialismo y de un nacionalismo de nuevo emergente. Pero ni siquiera aquella fue una novedad, pues las décadas de los 60 y los 70 habían protagonizado movimientos parecidos en todo el mundo, en especial en el anglosajón, en la Gran Bretaña obrera y laboralista, en el Sur profundo y en el Norte noble y snob de los EEUU. Un rápido vistazo, un somero análisis de todos estos movimientos culturales y artísticos descubren una diversidad descomunal de creadores, estilos, necesidades, intereses, reivindicaciones, gustos, realidades, amores e incluso odios. Era puro caos, una especie de anarquismo artístico, una ola novedosa y antigua, destructora y creadora, todo a la vez.

Es difícil definir el concepto de arte, es demasiado subjetivo como para que haya un consenso generalizado. Es posible que sí podamos estar de acuerdo con la calidad artística de Velázquez, pero es más discutible la de Andy Warhol o la de Miró, de los que no es difícil encontrar detractores que los consideren una tomadura de pelo. Si apostamos por la crítica especializada, estamos tirando a la basura películas como Con la muerte en los talones (North by Nortwest) de Alfred Hitchcock, que no tuvo un estreno muy afortunado. Si consideramos que el éxito comercial es lo determinante ¿acaso el actual gobernador de California no tiene buena parte de sus películas entre las más exitosas del cine de todos los tiempos? ¿No son programas de televisión como Gran Hermano ejemplos de lo que la gente quiere y debe ver?

Todos y cada unos de nosotros tenemos nuestros propios intereses, gustos y necesidades culturales, intelectuales o artísticas, que serán diferentes de nuestros vecinos, amigos y familiares. Si hay un sistema lógico y coherente para permitir que los creadores entren en contacto con sus potenciales clientes es el del mercado. La proliferación artística es fruto de la libertad y la libertad es un atributo necesario en el libre mercado. Será el entorno adecuado para aquel que quiera ganarse la vida con ello, pero también lo será para el que sólo quiera expresarse sin más reivindicaciones y aspiraciones que las meramente artísticas. Pintores como Van Gogh o escritores como John Kennedy Toole sólo triunfaron después de muertos y con éxito apabullante, dadas las cifras que alcanzan los cuadros del primero y el número de libros vendidos por los herederos del segundo.

Pero el arte y la cultura en general es, además de una fuente de satisfacción personal, una enorme herramienta para los que quieren transmitir una idea, un mensaje ideológico o un credo político. Las grandes dictaduras controlan ciertos movimientos artísticos y desacreditan o persiguen los que les son peligrosos y contrarios a sus intereses o dogmas. En las democracias, el Estado tiene más dificultades para este tipo de manipulaciones, pero existen y en algunos casos de manera muy exitosa. La creación de políticas estatales que favorecen un determinado estilo en forma de subvenciones y otras ayudas no es nueva; la creación de grupos de artistas cercanos a ciertas causas sociales y políticas, tampoco. Su consecuencia directa es la aparición de parias que, de no seguir las indicaciones ideológicas, terminarán alejados de los dineros públicos que, debemos recordar, vienen de todos los contribuyentes. Las empresas, como en otros casos, acuden gustosas a estos recursos inmorales, relativamente fáciles de conseguir si se sabe pelotear bien; los grandes holdings de la comunicación buscan mantenerse cercanos al poder o al menos no enfadar al Gobierno de esos cuatro años. Las políticas estatales son elementos que desactivan la proliferación artística, que callan a aquellos que molestan, que imponen gustos, que terminan adoctrinando y que a la larga, producen un arte mediocre, homogéneo y regular.

El ciudadano es el principal perjudicado, ese ciudadano al que dicen proteger, ese ciudadano al que aseguran que de esa manera se está defendiendo su cultura, su arte y su forma de vida. El arte es básicamente anarquía y cada uno cogemos lo que nos gusta y desechamos lo que nos repele o lo que no nos llama la atención, y de ese proceso saldrán grandes bombazos comerciales, eternos movimientos artísticos, celosos defensores de la pureza artística, rompedores de la tradición establecida, puristas fanáticos, buscadores de mitos, tribus absurdas, idiotas snobs, aprovechados, y si se me apura, hasta artistas.

La naturaleza humana

Los seres humanos son seres vivos, agentes autónomos autopoyéticos, resultado de la evolución biológica (genética) y cultural (memética): son criaturas de dos replicantes, los genes y los memes. El ser humano es un animal sensible, emocional, racional, social y cultural, con un ciclo vital: nace, se desarrolla, se reproduce eventualmente y muere.

El ser humano controla su propia conducta como un sistema cibernético complejo, procesando información mediante ciclos de realimentación de percepción, pensamiento y acción: percibe mediante sus sentidos y actúa a escala macroscópica mediante diversos efectores (especialmente las manos y el aparato fonador) dirigidos por el sistema nervioso mediante programas de diversos tipos: reacciones automáticas, hábitos repetitivos y acciones intencionales.

El ser humano necesita un entorno o hábitat adecuado (condiciones ambientales en ciertos rangos), y debe protegerse de las agresiones y alimentarse para mantenerse, crecer y reproducirse. La capacidad de acción humana le permite modificar su entorno (la materia inerte y otros seres vivos) para adecuarlo a sus necesidades y preferencias.

La reproducción humana es sexual (macho y hembra con diferencias psicológicas y fisiológicas por sus distintas estrategias reproductivas) y familiar (progenitores e hijos): las crías nacen desvalidas (altriciales) y necesitan muchos cuidados hasta alcanzar la madurez.

Los humanos son hipersociales, suelen vivir en grupos (familia, tribu, sociedad extensa) que incrementan su capacidad de acción (la unión hace la fuerza, especialmente en la caza y la guerra), disminuyen los riesgos debidos a la variabilidad de las circunstancias individuales (ayuda mutua), y permiten la especialización, la división del trabajo y el intercambio.

La capacidad cognitiva (percepción, memoria, imaginación y racionalidad limitadas y falibles, parciales, locales) permite al individuo captar, sistematizar y utilizar información y conocimiento sobre la realidad. La voluntad y las emociones guían su conducta y establecen sus preferencias (sensaciones, afectividad, empatía, sentimientos, moralidad). Los afectos y los sentimientos morales (emociones innatas referidas fundamentalmente a otras personas) son especialmente importantes para la convivencia en sociedad, la cual requiere voluntad de integración (amor, deseo de pertenencia) y normas orientadoras del comportamiento. La capacidad emocional es limitada y parcial: se suele querer más a los más próximos.

La mente es la descripción funcional, abstracta y de alto nivel de la actividad computacional de bajo nivel del cerebro, su sustrato físico, que opera como procesador de información y coordinador de la conducta. La mente humana no es algo homogéneo, indivisible o de esencia inmutable: es una sociedad dinámica resultado de múltiples asociaciones complejas de una gran cantidad de agentes especializados, mecanismos o procesos más simples y menos inteligentes, operando en serie y en paralelo, interactuando de forma coordinada, a diferentes niveles de una estructura muy compleja. Su actuación conjunta da origen a las propiedades abstractas emergentes de la inteligencia.

La mente humana utiliza datos observacionales y modelos representativos de la realidad para intentar predecir el curso de los acontecimientos que pueden afectar al individuo y para explorar las consecuencias previsibles de diversas conductas alternativas (reflexión, simulación virtual antes de la acción real).

El ser humano es autoconsciente: se representa a sí mismo de forma reflexiva en su modelo de la realidad y puede observar parte de su propia actividad mental. La consciencia es una importante pero pequeña parte integradora, supervisora y narradora de la sociedad de la mente, mayoritariamente inconsciente.

La mente humana posee muchas habilidades y tendencias instintivas innatas (elementos más estables, rígidos y universales). El ser humano también puede aprender (por experiencia propia o por observación o comunicación con otros); tiene una especial capacidad de imitación que permite la difusión de cultura (contenidos mentales más variables y plásticos); tiene curiosidad y puede innovar y ser creativo (recombinar elementos preexistentes e imaginar nuevos fines y medios); puede automatizar conductas desarrollando hábitos individuales y sociales (rutinas, instituciones).

Las entidades del entorno más importantes para un ser humano son los demás seres humanos (por oportunidades de beneficio o riesgo de daños). La psicología intuitiva y la habilidad lingüística permiten la interacción social coordinada (cooperación y competencia). Cada ser humano cognitivamente competente posee una psicología intuitiva o teoría instintiva de la mente que le permite entender formalmente a otros seres humanos como agentes intencionales con deseos, propósitos y personalidades peculiares. Los seres humanos se comunican mediante lenguaje gestual y verbal; el lenguaje sirve como herramienta de manipulación y como medio de transmisión y almacenamiento de información.

El ser humano actúa como agente intencional (planifica, es proactivo y no sólo reactivo) para conseguir fines subjetivamente valorados utilizando medios escasos (decide, elige, asume costes, optimiza, economiza para obtener más por menos), con posibilidad de error y consecuencias no previstas o no deseadas, y en situaciones de riesgo e incertidumbre. Un agente intencional diseña mentalmente un plan de actuación basado en sus deseos y su conocimiento de la realidad (relación entre estados del mundo y operaciones sobre la realidad); el plan es una estructura de acciones intermedias a partir de un estado inicial cuya ejecución conduce a un estado final futuro deseado; los medios utilizados son bienes naturales, bienes de capital (herramientas previamente producidas), el tiempo y la propia capacidad de trabajo del ser humano. La capacidad de acción humana se incrementa si dispone de más y mejores herramientas (acumulación de capital) y conocimiento acerca de la realidad (tanto generalidades teóricas como concreciones empíricas).

Los seres humanos pueden apropiarse de forma exclusiva de ciertos bienes económicos y compartir otros, y pueden cooperar y competir de forma pacífica para beneficio mutuo o agredirse de forma violenta, destructiva (luchar, guerrear, robar, esclavizar, parasitar); establecen entre sí relaciones de diversos tipos (pertenencia o exclusión, solidaridad, altruismo, igualdad o desigualdad, autoridad y obediencia, dominación, intercambios voluntarios directos o indirectos). Los seres humanos pueden no sólo actuar conforme a las reglas dictadas por sus sentimientos morales íntimos: las normas sociales pueden explicitarse mediante el lenguaje, constituir tradiciones transmitidas o formalizarse en órdenes (obligaciones y prohibiciones), pactos o contratos.

Todos los seres humanos pertenecen a la misma especie y tienen rasgos comunes, pero cada individuo se desarrolla históricamente de forma única e irrepetible en detalle. Cada persona tiene algunos genes y memes comunes y otros diferentes, acumula experiencias y recuerdos particulares en circunstancias diversas (condiciones iniciales y de contorno); cada ser humano tiene potencialmente diferentes capacidades, conocimientos, creencias, opiniones, gustos y preferencias (en rangos más o menos extensos o limitados), que pueden cambiar de forma dinámica (a mayor o menor velocidad).

Algunas funcionalidades instintivas de la mente humana son resultado de adaptaciones a condiciones primitivas, muy diferentes de las actuales en una sociedad extensa, donde pueden ser innecesarias, problemáticas o incluso perjudiciales. Algunos memes sobreviven porque son populares o útiles aunque no sean ciertos: algunas ideas atractivas pueden ser falacias contrarias a la supervivencia de sus portadores; también existen ideas que pueden ser utilizadas como armas para manipular o engañar a otros.

La intencionalidad y la comunicación son funciones tan importantes que sus agentes mentales responsables son hiperactivos, sistemáticamente producen explicaciones con propósitos, finalidades, sentidos, significados, a menudo en ámbitos inadecuados donde estos conceptos no son aplicables.

Los seres humanos no son ni todos completamente iguales (sin diversidad ni subjetividad) ni todos completamente diferentes (no existe la naturaleza humana). La mente humana no es una hoja en blanco completamente moldeable por el entorno social, pero no es tampoco el resultado de un programa genético rígido completamente insensible a influencias ambientales. La mente humana es compleja, no contiene únicamente un procesador universal de propósito general. El humano primitivo menos civilizado y socializado no es un buen salvaje feliz.

La consciencia no es un misterio espiritual o sobrenatural inexplicable; el ser humano no es un espíritu encarnado, con un alma inmaterial e inmortal que controla la maquinaria física del cuerpo y responsable del libre albedrío. El ser humano no está incompleto sin la divinidad. Las creencias religiosas son ficciones cognitivamente naturales y socialmente útiles (unificadoras del grupo, promotoras del altruismo), manifestaciones culturales especialmente importantes para muchas personas, resultado de la capacidad de imaginación desconectada del análisis crítico riguroso de la realidad. La trascendencia humana no está en la superstición de lo sobrenatural sino en la reproducción a través de hijos e ideas.