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Función Pública, declaración patrimonial y auditorías

Actualmente existen más de 2,5 millones de funcionarios incorporados a las Administraciones Públicas lo que representa un 14 % de la población activa de España. Cerca de medio millón pertenecen a la Administración General del Estado y los dos millones restantes han sido incorporados a las Administraciones Autonómicas y a los Entes Locales durante las últimas décadas.

Probablemente muchos ciudadanos sientan necesidad de minimizar o incluso eliminar la función pública de sus vidas frente al tamaño excesivo del Estado y, como consecuencia de ello, el constante incremento de la regulación pública, la gestión pública de parte del ingreso familiar con la exacción de tributos y los actos administrativos con los cuales políticos y funcionarios toman decisiones en aspectos estrictamente privados. En estos momentos el gasto público alcanza más del 38,6% del Producto Interior Bruto según fuentes de Eurosat y, desde el inicio de la democracia en España el 6 de diciembre de 1978, el tamaño del Estado se ha duplicado por medio de la creación de gobiernos y parlamentos regionales y el surgimiento de la nueva Administración Autonómica.

El proceso de descentralización ha centrifugado un exceso de competencias hacia las autoridades regionales, provocando situaciones dramáticas de duplicidad de puestos y de indefensión de los ciudadanos como consecuencia de múltiples legislaciones y de actos administrativos arbitrarios en multitud de áreas de nuestra vida. Dado que parece poco probable que la función pública desaparezca en el futuro cercano y que los funcionarios aplican la legislación vigente, es interesante analizar brevemente como se podría mejorar su gestión.

En aras a mejorar la función pública, en primer lugar, todos los altos cargos de las diferentes Administraciones Públicas deberían realizar una declaración patrimonial al tomar posesión, en donde se indiquen absolutamente todos sus bienes y los de sus familiares más allegados. Esta medida de transparencia de los cargos públicos sólo sería útil acompañada de una nueva institución, similar a una Agencia para la Función Pública que se dedique a realizar auditorías patrimoniales a los funcionarios laborales y de carrera con puestos ejecutivos y, especialmente, a los altos cargos de libre designación.

No menos importantes es la urgente necesidad de que también se realicen auditorías jurídicas, que sean serias y alcancen a todas las unidades administrativas, para asegurar que cada cargo público cumple con la normativa aplicable cuando se tramitan y resuelven los expedientes administrativos. Para implementar con garantías legales las auditorias a los funcionarios, puede ser útil un Tribunal de Investigación de la Función Pública que visualice la presencia judicial e interventora ante los funcionarios y altos cargos y sirva para que, al menos, se lo piensen dos veces cuando reciban presiones para realizar algún tipo de irregularidad administrativa.

En cualquier caso, las actuaciones de ese tribunal especializado deberían ser iniciadas por las denuncias anónimas de los ciudadanos o por la nueva agencia arriba citada, y sus actuaciones deberían requerir el imprescindible concurso de jueces independientes para que se atengan a la ley.

En segundo lugar, existen altos cargos públicos que mantienen sine die en sus puestos, independientemente de los gobiernos que organicen la Administración, por lo que pueden gestionar sus unidades administrativas como si se tratase de cortijos privados. Por ello, los altos cargos y los funcionarios de libre designación de las Administraciones Públicas deberían mantener su cargo sólo hasta alcanzar una limitación máxima de una o dos legislaturas, para limitar una acción ejecutiva continuada que pudiese alimentar redes clientelares de empresarios y grupos de interés.

Pero, sin duda, puestos a posibilitar que la función pública se aproxime a la eficacia del mercado para servir mejor a los ciudadanos, habría que introducir el salario variable en función de objetivos dentro de las Administraciones Públicas para estimular el trabajo de los mejores funcionarios con incentivos por productividad, nocturnidad, peligrosidad o riesgo que permitan mejorar los diversos servicios públicos.

Ya vimos como la relación entre el ciudadano y el Estado sería más justa abordada dentro del Derecho Privado con jueces ejerciendo tutela sobre los derechos individuales de cada persona y evitando los privilegios derivados del Derecho Administrativo.

Pero intentemos ir más allá. Si se debe garantizar previamente el mérito y la capacidad de los funcionarios dentro de un área del conocimiento y en el ámbito de una legislación específica, una vez realizado un concurso oposición, el funcionario debería poder elegir ejercer desde el ámbito público o como profesional privado.

Es decir, si el interesado paga una tasa pública por un determinado servicio público, un funcionario debidamente acreditado mediante un concurso oposición debe poder resolver un expediente conforme a ley o proporcionar fe pública respecto de la seguridad de una determinada actividad desde el Derecho Privado, al igual que se hace ahora con los privilegios del Derecho Público, pero actuando de un modo similar a los notarios en aspectos técnicos, sanitarios, medioambientales, alimentarios, etc.

Si le compensase económica y profesionalmente, mediante su firma, el funcionario público o privado acreditaría el cumplimiento (o no) de una determinada legislación, garantizaría y asumiría frente a terceros la responsabilidad por la seguridad de un equipo, un proceso, una instalación, un sistema, un proyecto o, incluso, la actividad económica concreta de una persona física o jurídica durante un periodo de tiempo determinado.

Evidentemente, con estas breves líneas sólo se pretende esbozar la dirección que pueden adoptar las Administraciones Públicas para disminuir su exceso de tamaño. El planteamiento anterior requiere el concurso de compañías de seguros que prestaran sus servicios a funcionarios privados debidamente acreditados por una titulación y por un concurso oposición que, sin duda, encontrarían el incentivo adecuado para desarrollar su labor en el mercado.

Quizás sería más adecuado emplear la palabra inspectores privados. Pero aquellos que conozcan el funcionamiento de las sociedades de clasificación en la certificación y supervisión de edificios, hospitales, bosques, obras civiles, industrias, barcos, aviones, naves espaciales o centrales nucleares podrán analizar la disminución que podría lograrse en el tamaño del sector público con la constitución de agencias para la prestación de los servicios públicos y, con la posibilidad de convocar concursos públicos que acrediten profesionales con el mérito y la capacidad necesarias para prestar servicios fedatarios desde el ámbito del Derecho Privado.

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Biopolítica y liberalismo

Tenía razón Peter Singer cuando afirmaba que ser ciego a la realidad de la naturaleza humana es arriesgarse al desastre. Por ese motivo proponía a sus correligionarios izquierdistas la renovación de las premisas, de los medios y de los fines que, constreñidos a esa realidad, pudiera asumir una renaciente izquierda, una izquierda darwinista que, en cualquier caso, debería ser fiel a sus valores tradicionales de defensa de los débiles, pobres y oprimidos.

Hay que recordar que el propio Stalin se encargó de que los darwinistas soviéticos acabaran sus días en el Gulag y que científicos izquierdistas como Gould, Lewontin, Rose y otros no tuvieron empacho en escarnecer a colegas suyos como E.O. Wilson, por el pecado de defender la existencia de una naturaleza humana desde postulados evolucionistas. Así, reivindicando tal condición, Singer liberaría a la izquierda de la carcunda marxista, advirtiendo a los iluminados de que no es posible pasar por encima del ser humano para transformar la sociedad. En lo sucesivo, la izquierda darwinista, según Singer, debería abstenerse de, por supuesto, negar la existencia de dicha naturaleza y de suponerla infinitamente maleable; lo que, en consecuencia, supone abandonar la idea de que todos los conflictos terminarán mediante la revolución o una mejor (y progresista) educación o de que todas las desigualdades son producto de la discriminación y de la opresión.

Pero, entonces, ¿qué queda de la izquierda? La cooperación. La solidaridad. La esperanza de que en el largo plazo nuestra razón "pueda llevarnos más allá de las limitaciones darwinianas convencionales sobre el grado de altruismo que una sociedad puede fomentar". En el tablero de las ideologías la izquierda de Singer se enroca; su darwinismo es oportunista, espera el momento para recuperar fines más ambiciosos. Volver a lo de siempre, tal vez al horror profiláctico de un Mundo Feliz o al que imaginara Houellebecq en Las partículas elementales, un mundo confiado al Gobierno y a la ciencia. Singer:

Por primera vez desde que la vida emergió de la sopa primitiva, hay seres que comprenden cómo han llegado a ser lo que son. Para aquellos que temen sumar el poder del Gobierno y el del estamento científico, esto puede parecer más un peligro que una fuente de libertad. En un futuro distante que apenas podemos vislumbrar, esto puede ser el prerrequisito para una nueva clase de libertad.

Como nos recuerda Larry Arnhart, antes que Singer, un anarquista, Bakunin, advirtió de que la marxista dictadura del proletariado se convertiría en un gobierno despótico, afirmando que quien lo dudara (Marx, por supuesto) desconocía la naturaleza humana.

Precisamente Arnhart ha publicado un extenso artículo en el que desarrolla un marco teórico para una ciencia biopolítica, esto es, una ciencia para el estudio de animales políticos. Como resume Eduardo Robredo en La Revolución Naturalista:

Arnhart propone una metodología pluralista; la historia política evolucionista debe envolver la historia natural [de las especies], la historia cultural [del grupo] y la historia individual [de quienes conforman dicho grupo]. Éste esquema serviría para intentar explicar la historia de la Proclamación de la Emancipación, incluyendo en este caso la historia de la cooperación natural de la especie humana, la historia cultural de la esclavitud en Norteamérica, y la historia individual de Lincoln.

"Si queremos comprender la naturaleza humana de la política", nos dice Arnhart, "debemos entender la unidad de los universales políticos, la diversidad de las culturas políticas y la individualidad de los juicios políticos", tres niveles de estudio que es posible identificar en el comportamiento (político) del ser humano.

Creo que el trabajo de Arnhart ofrece una buena oportunidad para elaborar una defensa del Estado mínimo, una forma de organización social más cercana al anarcocapitalismo que al moderno Estado del Bienestar. Es necesario que, al igual que hizo Singer con la izquierda, se exponga la forma en que el liberalismo del siglo XXI es, de hecho, "compatible" con la naturaleza humana. El socialismo, la izquierda, no es ni será un estrategia evolutiva estable. El liberalismo puede serlo.

Víctimas y transacción de penas

Pocos son los juristas que cuestionan el carácter público del denominado Derecho Penal. Pero que la autoridad o estructura de dominación –esté fijada en la figura del Rey y su corte o en la configuración estatal moderna y contemporánea– sea quien dicte actualmente las normas sancionadoras de determinadas conductas y agresiones a terceros no implica que no pueda ser de otra forma.

La víctima, siguiendo un razonamiento ético liberal, es dueña de la acción de perseguir a quien crea criminal por haber infringido una agresión ilegítima sobre su persona o sus bienes. No hace falta retrotraerse a la Ley del Talión para apreciar el intento jurídico de precisar un techo a la fijación de la pena merecida ante hechos delictivos probados. La víctima acude al magistrado competente en la materia para hallar una resolución favorable que, de cara a la comunidad, le conceda justificación en la ejecución de la pena decidida. El techo o límite, como señala Rothbard en La Ética de la Libertad, debe ajustarse al daño padecido, si bien es cierto que son muchas las circunstancias en las que parece imposible fijar penas "proporcionales" abstrayéndose del caso concreto. Es más, obviando este intento de objetivización, la fijación de penas particulares, aun siguiendo directrices básicas, generaría una situación clara de desproporcionalidad y posible injusticia.

Es controvertida la legitimación procesal en la medida que muchas veces la víctima en sí no sobrevive a la agresión o se ve incapaz de iniciar la acción en su propio nombre decidiendo una vez probada la autoría sobre la pena y la posible transacción con el reo. Que los familiares o afectados puedan emprender la acción se hace indispensable si lo que pretendemos es que ningún delito quede impune, más si cabe cuando estamos hablando de homicidios o lesiones graves. Si no quedase nadie afectado por la pérdida de la vida o la incapacitación de la víctima debe articularse algún mecanismo de persecución del acto punible.

El Rey, antes de conformar la estructura soberana de dominación que hoy llamamos Estado Moderno, se hizo con la potestad de intervenir en todos los casos que rompieran la Paz Real (hoy, orden público). De este modo se trazaba una relación de hechos tenidos como delictivos que sin ser el propio Rey o su corte los afectados, proporcionaban al mismo el dominio de la acción penal y la persecución del crimen. Esos hechos punibles que caen dentro de la órbita de la "Paz Real" quedan de alguna forma expropiados del orden social privado y pasan a ser objeto de intervención por afectar al orden público, siguiendo una definición capciosa.

Las víctimas ven como agresiones contra su persona, sus bienes o su libertad se convierten en delitos públicos sobre los que no puede disponer en absoluto, salvo la pertinente denuncia a la autoridad para que ésta las persiga. Su papel en los sistemas procesales contemporáneos es prácticamente testimonial, de contrapeso a la calificación que el Ministerio Público pueda realizar, pero en definitiva una labor generalmente frustrante. Las penas para estos delitos son fijadas arbitrariamente por el Estado mediante un Código Penal donde se articula un sistema de imputación y sanción donde pueda moverse el juez con cierta discrecionalidad preestablecida.

Las penas no obedecen a la búsqueda de la proporcionalidad ni a la compensación por el daño infringido. El delincuente halla una estructura que le es favorable no ya en las garantías procedimentales y de imputación que obviamente deben presidir toda intervención de una magistratura pública en pos de resolver sobre la autoría de un crimen, sino en cuanto a las penas y su ejecución. La víctima no puede disponer sobre las mismas, tal capacidad es negada por la Autoridad. Sin embargo, ésta, siguiendo objetivos propios y un cálculo de oportunidad que deja fuera cualquier consideración respecto al damnificado, si puede graduar la presión y la petición, incluso, en la práctica, pactar con los delincuentes con cierto margen de maniobra. A todo esto la víctima es obviada y olvidada desde el mismo momento en que denuncia la agresión.

Los actuales códigos penales, así como los sistemas procesales por los que se dirime la condena y el establecimiento de la sanción de los delincuentes, son consecuencia del intervencionismo del Estado sobre la esfera de libertad individual. Su afán por establecer una paz social a cualquier precio ha expulsado a los perjudicados y agredidos de la persecución del delincuente. Quien padece dichos ataques merece, en la medida de lo posible, dirigir la acción contra el responsable. Articular sistemas que favorezcan la seguridad jurídica, garanticen la libertad, la imparcialidad, cierta proporcionalidad y límite, así como una sensación de que la ley se cumple y nadie queda impune cuando comete un delito, no debe estar reñido con el reconocimiento indispensable de los derechos individuales lesionados, que deben, en todo caso, ser el centro de atención y la base del diseño de todo ordenamiento jurídico.

Nacionalizaciones

En los últimos tiempos en las noticias estamos encontrando una palabra que creíamos olvidada, la nacionalización. Tras diversos años en los que distintas empresas de titularidad pública fueron privatizadas en diversos continentes, parece que la corriente está invirtiendo su curso y son varios los países que vuelven a nacionalizar distintas industrias, muchas de ellas recientemente privatizadas.

Los argumentos empleados para las nacionalizaciones son diversos, pero básicamente giran en torno a la incapacidad de los antiguos propietarios para satisfacer diversos fines que sólo la administración pública puede garantizar. Estos diversos objetivos son muy variados, pero pueden incluir el mantenimiento o aumento del empleo, el desvío de los beneficios hacia fines sociales, la reinversión nacional de los beneficios, el mantenimiento de la solvencia de la empresa, la bajada de precios, etc.

La realidad, sin embargo, nos dice que dichos fines raramente se suelen cumplir cuando una compañía no es privada. Las empresas nacionalizadas suelen operar en régimen de monopolio, y sus fines vienen marcados por la agenda política del ejecutivo en dicho instante en el poder. Esto tiene un efecto básico, y es que, a diferencia de las compañías privadas, el cliente deja de ser la razón de ser de la empresa, pasando a ocupar este lugar la administración pública.

Las empresas privadas en un mercado libre operan bajo una premisa básica, la voluntariedad del contrato de compraventa. Ningún cliente puede ser obligado a comprar un producto. Si éste accede es porque de alguna manera le reporta alguna satisfacción. Existe además otra segunda premisa, y es que el mercado está abierto a más competidores. Si la utilización de los recursos por parte de la empresa no es satisfactoria, vendrá otro competidor, con mejores productos o más baratos, que es perfectamente consciente de que para obtener un beneficio es necesario ser el mejor en la satisfacción del cliente. Finalmente, existe otro condicionante básico y es el hecho de que los propietarios de la empresa han arriesgado muchas veces todo o parte de su patrimonio para obtener financiación. La posibilidad de perder el patrimonio obliga a aguzar el ingenio a los propietarios, que se ven así compelidos a buscar nuevas formas de satisfacer el cliente.

En las empresas nacionalizadas estos condicionantes no existen. En primer lugar, si operan en régimen de monopolio, el concurso del cliente se transforma en algo secundario, ya que queda obligado a adquirir el bien o servicio en la empresa nacionalizada, perdiendo así su libertad de elección. En segundo lugar no puede surgir ningún competidor que ofrezca mejores bienes y servicios, ya que, la empresa nacionalizada, por ley, pasa muchas veces a ser el único proveedor de dicho bien. En tercer lugar, la propiedad de la empresa se diluye, ya que pasa a ser del Estado, y éste puede ampliar su patrimonio si tuviese necesidad vía tributos. Así, puesto que no existe un emprendedor que haya arriesgado su patrimonio, si existen pérdidas no pasa nada, ya que serían cubiertas con un aumento de la presión fiscal.

Todas estas razones motivaron a diversos países a privatizar empresas anteriormente nacionalizadas, que automáticamente pasaron a prestar mejores servicios a sus usuarios, dejaron de ser un motivo de pago para el contribuyente, y dinamizaron el mercado gracias al fin del monopolio y a la existencia de competidores.

La insistencia en recetas que ya en décadas anteriores habían fracasado, no va a suponer ningún beneficio ni para el consumidor, ni para el contribuyente, ni para la innovación, ni para los inversores, que se van a ver desprovistos de sus derechos básicos (libertad y propiedad) para ver cómo las nuevas empresas nacionalizadas prestan peores servicios y más caros.

La dependencia psicológica y la entrega de la libertad

La legitimidad del Estado y sus gobernantes no se basa principalmente en la represión, sino en la condescendencia de sus ciudadanos. Son ellos los que hacen que sea soberano, es decir, que sus decisiones sean "finales".

El sometimiento no es físico, sino psíquico. La estabilidad social depende del hecho de que los hombres se encuentren en una situación psíquica que los arraigue a una situación social concreta.

La esfera política puede influir y fomentar esta condescendencia consiguiendo que se perpetúe en el individuo adulto la situación psíquica que experimentó en la infancia cuando no podía sobrevivir sin su familia, y cuyos impulsos vitales se adhirieron primeramente a los objetos que le daban protección y satisfacción frente al desamparo: su madre y su padre.

La dependencia psíquica infantil que se promueve hace que el Estado se imponga en el inconsciente del individuo como una figura paterna. Lo cual lleva consigo una evidente adoración y veneración hacia las políticas estatales intervencionistas. Principalmente en todo lo relativo a los derechos positivos, es decir, los derechos que supuestamente tiene una persona a que se le cubran una serie de necesidades: salud, vivienda, trabajo, alimentación e incluso una renta fija mínima.

El individuo adulto espera que el Estado, cumpliendo con su función paterna, elimine la crueldad y la incertidumbre del destino, además de compensarlo por los sufrimientos, las frustraciones y las necesidades que acarrean una vida civilizada en común.

El extremo es el hedonista político (que diría Strauss), que llega incluso a reverenciar a los representantes políticos ya que los considera sabios y cree que desean su bien y su felicidad. Entiende que es un buen ciudadano porque cumple con todo lo estipulado por la élite política sin ningún espíritu crítico, creyendo que es lo apropiado y lo justo, de la misma forma que de niño acataba sin más las afirmaciones de su padre. Su docilidad consigue un premio o recompensa: el elogio de éstos. Además, esto refuerza a la clase política y a toda la maquinaria estatal, ya que la culpabilidad de sus acciones no recaerá en ellos, sino en los propios ciudadanos, que asumirán toda la responsabilidad.

El hombre necesita darse cuenta que esta situación desemboca en una eterna infancia, en donde lo único que busca el individuo adulto es evadirse de sus responsabilidades.

El objetivo del hombre adulto es deshacerse de estas cadenas políticas. Debe romper esa dinámica para ser verdaderamente libre; debe sustituir la dependencia por autonomía; debe cortar esos vínculos primarios porque impiden su desarrollo humano completo; debe realizar su individualidad y no subordinarse a un poder exterior a sí mismo; debe, en definitiva, creer que le es posible autogobernarse y tomar sus propias decisiones, en vez de estar ansioso de entregar su libertad.

La irracional guerra contra las drogas

La persecución de los crímenes sin víctima es, junto con la guerra, la mayor amenaza a la libertad individual. Los delitos de opinión, la prostitución, la inmigración o la tenencia de armas entre muchos otros copan gran parte de las condenas penales. Pero si hay un delito consensuado o sin víctima que descuella sobre los demás por su importancia, este es el del consumo, tráfico y producción de drogas. Cerca de dos tercios de los reclusos en España ocupan una celda por algún delito “contra la salud pública”.

Todo el mundo, o casi todo, acepta que debe ser así. Las drogas son perniciosas e infligen un daño moral a la persona que puede ser irrecuperable. Un anuncio que ocupa estos días la pantalla sugiere que el daño comienza pero no acaba en la persona consumidora, sino que se extiende a todas aquellas con las que tiene alguna relación. Si el mal del consumo de drogas es tan claro, ¿cómo oponerse a su prohibición? La razón es que, por un misterio que quizás no se haya explicado plenamente, hay comportamientos que son (aunque no en todos los casos) perniciosos, pero su prohibición resulta más perniciosa que permitir su libre ejercicio.

La guerra contra las drogas ignora esta realidad, pero si se acerca uno a su justificación comprobará que no resiste una mínima apelación a la racionalidad. Para empezar, no hay una relación directa, unívoca y general entre el consumo de una sustancia y la producción de determinados efectos. Antonio Escohotado, en su Historia de las drogas, explica que “tras varias décadas de esfuerzos por lograr una definición ‘técnica’ del estupefaciente, la autoridad sanitaria internacional declaró el problema irresoluble por extrafarmacológico”, por lo que su consejo es “clasificar las drogas en lícitas o ilícitas”. Esto supone ceder al Estado la decisión arbitraria (ya que no tiene soporte científico) de penalizar unas sustancias y no hacerlo con otras.

Hay defensores de la legalidad del consumo y tráfico de drogas caen en el error, acaso por contrarrestar la propaganda en su contra, de negar prácticamente todo riesgo asociado al consumo, cuando la cuestión que está en juego no es esa. El problema es que no se puede prohibir un comportamiento por el hecho de que tenga un riesgo, especialmente cuando no se puede valorar de antemano qué riesgo está asociado a ese consumo. Ese conocimiento es relevante para el comportamiento individual, para sumarlo a su criterio de acción, pero no puede incorporarse eficazmente a una legislación, ya que por su propia naturaleza no sería capaz de recoger juicios de relevancia válidos para cualquier circunstancia futura. Prohibir el consumo de drogas no tiene lógica.

La persecución del consumo de drogas, ya sea directamente, ya contra su producción y distribución, requiere grandes recursos en manos del Estado que, de otro modo, se dirigirían contra la comisión de verdaderos delitos. Y la importancia que se otorga a este comportamiento penalizado sirve para justificar todo tipo de atropellos a los derechos de las personas. Un informe de Naciones Unidas de 1988 reconocía que la lucha contra las drogas se está “alejando de los principios generales del Derecho”.

El problema no está definido científicamente, pertenece al ámbito de decisión de la persona sobre su propia vida y la lucha contra las drogas provoca verdaderos actos delictivos tanto por parte del Estado como por parte de los proveedores. No hay una lógica en la guerra contra las drogas, pero hay una implicación emocional muy fuerte, como en el caso de las armas. No obstante, estamos hablando de un asunto lo suficientemente grave como para dejar a un lado las emociones, especialmente si están basadas en un juicio erróneo, y abordarlo con racionalidad y sin prejuicios.

Paradojas sobre el Estado mínimo

Uno de los temas más apasionantes desde el punto de vista liberal (y, me atrevería a decir, general) es si es o no necesaria la existencia de un Estado y, si es el caso, cuál es el tamaño mínimo que este debería tener, tamaño medido, se supone, en competencias.

Sin entrar en disquisiciones filosóficas para las que no creo estar preparado, sí es necesario que, de alguna forma, defina lo que entiendo por Estado, a efectos de dar claridad a las siguientes reflexiones. Para mí el Estado es el ente que es capaz de imponernos el cobro de impuestos, supuestamente a cambio de una serie de servicios, entendidos en sentido amplio. Contrariamente a los otros agentes presentes en el mercado, el Estado puede imponer, y de hecho lo hace, la "adquisición" de sus servicios a todos los ciudadanos. Coherentemente, el Estado se suele considerar como el único monopolista de la violencia, el único que puede ejercerla sin verse sometido a sanción.

La teoría económica neoclásica ha mostrado también su interés por identificar cuáles son aquellos servicios que no se pueden dejar al arbitrio del mercado, por ser productos de determinadas características, los llamados bienes públicos. El conjunto de estos bienes públicos constituiría el contenido del Estado mínimo. Como es sabido, dicha teoría económica descansa sobre unos supuestos y metodologías que le permiten "demostrar" económicamente cualquier cosa que les pueda parecer interesante en un momento dado, por lo que sus resultados no parecen especialmente fiables ni relevantes.

Sí se puede decir que tradicionalmente se han considerado servicios públicos la justicia, la defensa, la seguridad, la sanidad, la educación y otros más. Se puede observar, por tanto, que el contenido del Estado mínimo y la consideración de servicio público son bastante dinámicos.

Desde mi punto de vista, la discusión sobre el Estado mínimo se puede resolver por analogía con la discusión sobre el precio justo. ¿Cuál es el justiprecio de las cosas? La respuesta la sabemos, al menos desde el punto de vista de teoría económica (aunque creo que ya hay referencias a Santo Tomás de Aquino con este tema). El precio justo es aquel que fija el libre mercado: al que voluntariamente el vendedor accede a vender, y el comprador a comprar. Cualquier otro precio es arbitrario, por muy sofisticado que sea el método de cálculo.

Pues bien, la misma solución aplica, a mi modo de entender, al Estado. ¿Cuál es el justi-tamaño del Estado? Pues ni más, ni menos, que el que fija el mercado en cada momento. Cualquier otro tamaño es arbitrario. En definitiva, el tamaño del Estado mínimo quedaría determinado, paradójicamente, por el mercado.

Lo que nos lleva a la segunda paradoja. Entendamos ahora el Estado como monopolio de la fuerza. El Estado es la única entidad aceptada con capacidad para imponer un comportamiento a los individuos. ¿De qué forma puede el mercado disciplinar al Estado, para que éste tenga el tamaño que en cada momento aquel demanda? Es imposible, no lo puede hacer, precisamente porque el monopolio de la fuerza reside en el ente al que se trata de disciplinar.

De esto sigue, de forma inmediata, que el Estado no tiene límites, pues puede hacerse con el control de la sociedad mediante el uso del recurso cuyo monopolio detenta: la fuerza. Parece, por tanto, que lo queramos o no, es incompatible el Estado con el mercado; al menos, es una situación inestable que ha de moverse hacia algún sitio: más intervencionismo, o desaparición del Estado. Aspectos que tanto Hayek como Mises, y Rothbard de forma más radical, tienen claro.

¿Cuál es la solución? Hay que romper el monopolio de la fuerza del Estado. Hay que permitir que aparezcan "competidores" al Estado. Y que el Estado deba competir con estas entidades por satisfacer al ciudadano en los servicios públicos. Si lo hace bien, consigue ingresos (ya no impuestos) y sobrevive; y, si no, tendrá que desmontarse.

En otras palabras, la solución es que el mercado preste los servicios considerados como públicos. Solo así se conseguiría que el "Estado" tenga en cada momento el tamaño que demanda el mercado. Pero, claro, este Estado no es ya tal, es una empresa más en el mercado.

La inutilidad de prohibir la negación del Holocausto

En el Museo de los Horrores causados por los totalitarismos en el siglo XX ocupa un lugar destacado el Holocausto. La Shoah (como es conocido por su nombre en hebreo) tiene unas características concretas que, juntas, tan sólo se dan en este genocidio, haciendo de él algo único en la Historia del que, no obstante, se pueden sacar conclusiones de validez universal. Prohibir que se niegue que ocurrió es una reacción lógica ante el descubrimiento del horror de los campos de la muerte y demás mecanismos de asesinato masivo puestos en marcha por los nazis y sus aliados (como los extranjeros miembros de las Waffen SS o las organizaciones filo-nazis y gobiernos títeres de diversos países centroeuropeos).

Es cierto que lo terrible no es sólo la negación en sí misma. Al afirmar que no ocurrió se está fomentando el antisemitismo. Implica una acusación implícita (y en muchas ocasiones explícita) de que es una "mentira judía" y que, por tanto, los miembros del pueblo judío son mentirosos y deben ser combatidos. Este tipo de argumentaciones no sólo son propias de los neonazis, también son defendidas por los integristas islámicos y ciertos sectores de la extrema izquierda. Ejemplos de ello son los nefastos Norberto Cersole (autor argentino de obras negacionistas y cuya trayectoria vital incluye la militancia en el grupo terrorista Montoneros o el final de sus días como asesor de Hugo Chávez) y Roger Garaudy (que fuera miembro del Comité Central del Partido Comunista Francés y terminara convirtiéndose a un radical islamismo filonazi).

Sin embargo, todo ello no quita que prohibir el negacionismo –cuyos defensores denominan cínicamente "revisionismo"– es posiblemente un error. Los libros negacionistas no se fundamentan en investigación alguna, por mucho que pretendan que así es, y contienen argumentos inventados fácilmente rebatibles, pero con una apariencia de veracidad. Al proscribirlos y condenar legalmente tanto a sus autores como a quienes los distribuyen, se facilita que nazis y ultraderechistas cercanos a ellos, izquierdistas autodenominados "antisionistas" (forma políticamente correcta de declararse judeófobo) e islamistas digan que está "prohibido investigar el Holocausto" y que esto se debe a que es mentira.

Por muchos mecanismos que se traten de poner para impedir la difusión de las mentiras negacionistas, sus defensores y propagandistas siempre encontrarán maneras de divulgarlas. Si hace años se hacía mediante la publicación de estos materiales en países donde no estaban prohibidos para introducirlos después en los lugares donde sí lo estaban, ahora con internet es mucho más simple. Al tratar de poner coto a esto, tan sólo se consigue que los negacionistas tomen una pose victimista y reclamen cínicamente (pues no creen en ella) libertad de expresión. Y esto puede llegar a convencer a algún despistado y, sobre todo, refuerza a los convencidos. De hecho, estos adoptan una posición de "perseguidos" que les hace inmunes a los argumentos reales.

La negación del Holocausto resulta moralmente aberrante y debe de ser combatida. Pero la prohibición es una vía equivocada y contraproducente. La forma correcta es hacerle frente mediante la divulgación de la verdad del horror de la Shoah.

Sofismas económicos del siglo XXI

Dicen que Protágoras, señalado por Platón como el primer sofista de la historia, aceptó como alumno a un joven sin recursos con el compromiso de que pagara sus servicios cuando ganara el primer litigio. Pero, pasado el tiempo de formación, el pupilo no ganaba ningún juicio. La razón era que no aceptaba litigios. Así que Protágoras le demandó presumiendo mala fe por parte del alumno. El juez fue incapaz de proclamarse al respecto dado que si le daba la razón al alumno, entonces éste debería pagar a Protágoras por haber ganado un juicio y si, por el contrario, Protágoras ganaba, el alumno tenía que pagarle igualmente por haber actuado de mala fe.

Este ejemplo, sea leyenda o historia real, muestra en qué consistía la habilidad de los sofistas. Normalmente, hoy en día, le atribuimos al término sofisma un significado peyorativo, ya que presuponemos que se defiende una falsedad haciéndola aparecer como cierta mediante el arte de la retórica, o simplemente de la palabrería.

Los sofismas no son algo de épocas pasadas alejadas de nuestro moderno siglo XXI, más bien al contrario, vivimos en un mundo que se sustenta en falacias resistentes a todo defendidas por personas con formación impecable. Se pregunta Steve Horwitz en su blog The Austrian Economists cuáles son las falacias económicas más persistentes y que más necesitan ser corregidas, tanto desde un punto de vista teórico como desde uno práctico. Las respuestas de Horwitz y las de sus comentaristas llevan a una fructífera reflexión. Solamente entresaco algunas que me han llamado la atención.

“El consumo, más que el binomio ahorro/ inversión, es la fuente del crecimiento económico”. La idea de que si cae el consumo el cielo se desplomará sobre nuestras cabezas porque los empresarios tendrán menos beneficios es, hoy más que nunca, uno de los sofismas más dañinos de la historia económica reciente. El consumo es la manera en que se absorbe la riqueza, pero no la genera. Es la expansión de los bienes de capital lo que fortalece la estructura productiva del país y, a la larga, crea riqueza. Sin embargo, nuestros gobernantes, siguiendo las doctrinas keynesianas, se empeñan en tomar medidas ante la crisis que aseguren una menor caída del consumo y olvidan que quienes permiten que se genere ese consumo son quienes invierten en bienes de capital.

“La avaricia es la causa de los precios”. Art Carden, quien aporta este sofisma moderno, explica que, además de las medidas perniciosas que conlleva esta creencia errónea, como el control de precios, etc., hay un efecto de mayor calado. Las decisiones respecto a la producción y la asignación de recursos no deben dejarse en manos de cualquiera no vaya a ser un egoísta con ánimo de lucro, tienen que tomarlas los planificadores, superiores moralmente, incorruptibles, exentos del vicio de la codicia y un ejemplo a seguir. Carden, da una vuelta de tuerca más y plantea que esta clase que se considera moralmente superior utiliza a quienes desean lucrarse, a los “egoístas”, para implementar su utopía igualitarista.

Esta idea me trae a la memoria la discusión que tuve con un amigo acerca de si educamos a los niños en el egoísmo o en el igualitarismo. ¿Qué pensaríamos de un padre que aconseja a su hijo antes de ir al parque que organice un grupo con sus amigos para quitar por la fuerza los juguetes a los niños más ricos para dárselos a quienes no tienen? ¿Qué apelativo dedicaríamos a quienes defendieran que el resultado del esfuerzo de los empollones debería repartirse con quienes tienen menos capacidad? ¿Por qué no compensar a los alumnos que tienen déficit de voluntad, es decir, a los vagos?

Lo que enseñamos a los niños desde siempre es que hay reciprocidad “tu prestas y te prestan”, les enseñamos a intercambiar cosas valiosas (cromos, canicas, tazos…) como medio de redistribución, les enseñamos altruismo voluntario, a no aprovecharse del esfuerzo ajeno copiando en los exámenes. Pero de mayores jugamos al sueño igualitario.

Hay otro sofisma económico moderno con muchas ramificaciones perniciosas:

“El mundo (y, por ende, los fenómenos económicos) es estático”. Esa idea conduce a las políticas que promueven la sostenibilidad. Los mercados son inestables, la naturaleza es inestable, es necesario diseñar un plan para estabilizar los mercados, para asegurar que tenemos planeta para rato. Pero lo cierto es que vivimos en un mundo en permanente proceso de cambio, nuestra naturaleza humana nos hace imprevisibles (a unos más que a otros), y pretender que se pueden sacar conclusiones acerca de sistemas dinámicos mediante un análisis estático en lugar de estudiar los procesos de mercado es una barbaridad. Y eso es lo que se enseña en las facultades de economía en general.

A nadie se le escapará que fue Frédéric Bastiat antes que yo quien escogió el título Sofismas Económicos (1845) para uno de sus primeros escritos. En él, el economista francés (nunca suficientemente reconocido) intentó señalar los errores más comunes que se esgrimían contra el libre cambio a mediados del siglo XIX. En la introducción, Bastiat explica que los intervencionistas tienen una ventaja sobre los defensores de la libertad que pone las cosas más difíciles. Para sustentar sus malas políticas no necesitan sino verdades incompletas, que son asimiladas por el público común fácilmente y arraigan con fuerza. Nuestra misión es desmontar esas medias verdades que generan errores de larga duración aunque ello nos cueste áridas explicaciones. Como dijo Bastiat, “destruir un error es edificar la verdad contraria”.

El predecible fiasco de la predecibilidad

No nos gusta lo impredecible. Al ser humano medio le gusta saber lo que le va a pasar a lo largo del día, por eso somos tan dados a crear rutinas, que por otra parte nos permiten centrarnos en otros asuntos, quizá más importantes. Al ser humano medio le gusta oír que todo va a ir bien, que la economía se va a recuperar, que los buenos tiempos van a volver, que ese problema que nos agobia, terminará solucionándose. Nos gusta organizar nuestro futuro sobre la certeza y por eso pedimos predicciones, compramos predicciones y lo hacemos a muy buen precio, dado el sueldo de algunos consultores. Tanto nos gustan las predicciones que las del tiempo meteorológico se han convertido en programas televisivos con entidad propia, sus presentadores son verdaderas estrellas y hasta se han generado canales temáticos exclusivos.

Pero como somos humanos y no nos gusta dudar de nuestras propias certezas, no comprobamos cuántas de esas predicciones que hemos escuchado, o que hemos adquirido, se han terminado por cumplir, a tiempo y con un error asumible. Cuántas veces los políticos que hemos elegido han decido cambiar tal o cual variable económica que hasta hace poco juraban y perjuraban que se iba a mantener. El ministro Pedro Solbes ha modificado más de una vez su pronóstico de crecimiento económico para España con la desvergüenza del que se sabe seguro en su cargo. Cuántas veces se ha asegurado que una ley va a terminar con un mal que asola España, para meses después callar cuando, por ejemplo, el número de mujeres muertas a manos de sus parejas, dicen que sentimentales, sigue en niveles parecidos, sino superiores, a los que había antes de la promulgación de la Ley.

No aprendemos, les seguimos votando y no les pedimos responsabilidades por sus errores. Los políticos lo saben. Siguen vendiendo certezas en sus campañas electorales y la gente las compra, les guste o no, cuando paga impuestos. Si me votas a mí, todo será maravilloso, no así si votas a ese mendrugo, que además le huele el aliento y sufre almorranas en silencio, porque no es lo suficientemente valiente para admitirlo.

Un plan es un fracaso seguro si lo que se busca es que éste se complete en todos sus puntos. Por eso no funciona el socialismo, por eso no funcionará nunca un sistema que antepone la utopía y una artificial manera de conseguirla como objetivo. Pero que nadie se llame a engaño, los grandes planes fracasan por lo general en cualquier plano, público o privado. Cuántas empresas entraron en el nuevo año sin saber que a finales ya no iban a existir. Cuántas hicieron planes, calcularon sus objetivos financieros con datos que se salieron de todas sus previsiones, previsiones que habían pagado a prestigiosas consultoras. Algunas empresas sobreviven porque son flexibles, porque son capaces de adaptarse a las circunstancias haciendo sacrificios o aprovechando oportunidades, porque son conscientes de que se arriesgan, que pese a todo pueden hundirse, pero también alcanzar la gloria. Por eso no funciona el socialismo, el intervencionismo, porque sólo es rigidez, cuando realmente lo que buscamos es lo contrario.

La gente busca certeza, pero debería percatarse que nada en este mundo es cierto y que en un momento dado, todo puede cambiar, tus ahorros perderse en una mala racha o multiplicarse en una brillante operación. No sabemos qué va a pasar, no tenemos suficiente información, entre otras cosas porque ni si quiera se ha creado todavía eso que a lo mejor, cambiará nuestras vidas. Por eso no funciona el socialismo, porque lo predecible es mentira, un fiasco.